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  • Me encanta cuando me llenas la boca de leche

    Me encanta cuando me llenas la boca de leche

    -¿Quieres un rapidito? -me preguntas mientras estoy escribiendo en el ordenador.

    -Vale.

    -Voy a bañarme primero.

    Sales del baño con el cabello húmedo, aun así hueles a ti, tu olor es una huella indeleble en mí.

    -¿Lista?

    -Mmmm no, déjame quitarme la ropa. -me levanto de la silla, te beso suave en los labios-. ¿Quieres que me ponga algo en especial?

    -Sí, esas medias que tu usas.

    -¿Las de malla? ¿Encaje negro en los muslos?

    -Sí, esas.

    -¿También quieres que me ponga el hilo con el lacito atrás?

    -Sí.

    -Entonces me voy a quitar este sostén y me pongo el baby doll negro semi transparente… -te sonrío coqueta y me meto en el baño.

    Me saco mi bata de peluche, esa que siempre uso para el frío, ahora no la voy a necesitar. Me saco los calcetines gruesos, los vaqueros, el suéter y la camiseta, me quito el conjunto de lencería vino tinto. Cuando me pongo el babydoll que abraza mis curvas, mis pezones duros se asoman a través de la tela, me subo la tanga negra, ese hilo mínimo con un pequeño y coqueto lazo, esa siempre ha sido una de tus favoritas. Ahora deslizo una media por mi pierna, ajusto la liga de encaje alrededor de mi muslo, luego la siguiente.

    Salgo de nuestro baño a la habitación, has dejado una almohada en el suelo mientras me esperas sentado al borde de nuestra cama. Me encanta arrodillarme ante ti, amo ser tuya.

    Me arrodillo sobre la almohada, lista para que te pongas de pie y hallar tu erección con mis labios; te inclinas y besas mi frente, tus manos van sobre mi piel, se sienten tan cálidas, tus manos calientes me estremecen, tu boca encuentra la mía, tu lengua en mi boca, tus manos en mi piel, bajas el escote del babydoll, liberas uno de mis senos, me la aprietas y pellizcas mi pezón, gimo contra tu boca mientras haces lo mismo con mi otro pecho.

    Tu boca baja de mis labios y chupa mi pezón, el placer se concentra allí y recorre el resto de mi cuerpo. Tu mano baja por mi abdomen, deslizas tus dedos en mi tanga y tocas mi clítoris. Me tienes de rodillas en el suelo, piernas abiertas, aferrándome a tus hombros mientras chupas mis tetas, frotas mi sexo hasta inundarme con mi propia excitación.

    Me tienes gimiendo, excitada, a tu merced.

    -¡Déjame chupártelo! -te imploro.- ¡Métemelo en la boca!

    Ahora sí te pones de pie, sacas tu verga rígida y me lo meto completo en la boca, golosa, muerta de hambre por sentir tu miembro estirando mis labios con tu grosor.

    Mis manos en tus muslos, suben y te agarro las nalgas, presionándote contra mi boca, me encanta mamármelo, me encanta estar de rodillas y sentir tu verga grande y dura entrar y salir de mis labios, verte recubierto con mi saliva, sentir tu glande tocar el fondo de mi garganta, tus manos en mi cabello mientras te follas mi cara.

    -Quiero que hoy me acabes en la boca. -Te digo y vuelvo a llenarme la boca de ti. -Quiero que me llenes la boca con tu leche, quiero sentir como acabas en mi boca y tragarme toda tu leche.

    Bajo y te chupo las bolas, una luego otra, busco meterme ambas en la boca y me restriego tu verga untada con mi saliva por la mejilla.

    -Que rico me lo chupas -dices-. Te voy a llenar la boca de leche, pero primero quiero metértelo un rato. Ven, ponte encima mío.

    Te acuestas en la cama y me monto en tu regazo, alzo el culo y arrimo el hilo a un lado. Empuño tu verga dura y mientras la posiciono ante my abertura mojada, ya estás jugando con mis pezones otra vez.

    La cabeza de tu miembro está en mi entrada. Me siento y me empalas, me penetras, ¡Dios! Me encanta como me llenas toda, me siento tan llena, tan excitada, soy tuya, soy toda tuya.

    Levantas el baby doll, tu boca en mis pechos otra vez, tus manos en mis nalgas, mezo las caderas, me muevo sobre ti, consumida por el deseo que eres capaz de despertar con solo un beso.

    Te beso en la boca cuando no estás chupando mis pezones, mi boca te devora a besos, tus manos me agarran duro por las nalgas y te entierras una y otra vez con fuerza en mí. Me empalas, me penetras, me coges tan rico, te siento tan profundo que cuando enderezo la espalda y metes el vibrador en mi tanga sé que no podré aguantar.

    Colocas el vibrador justo en mi clítoris, la tanga lo mantiene allí, cada vez que me muevo sobre ti el placer escala más. Me muevo más y más rápido. -Me vas a hacer acabar.

    -Quiero verte acabar, me encanta verte cuando acabas.

    El orgasmo estalla, el placer me consume, cuando el clímax está en su punto más fuerte no puedo moverme, me halas hacia ti, te tragas mis gemidos con tus labios y te sigues moviendo. Me dejas hecha un lago de placer.

    Cuando recupero el habla… te reitero.

    -Quiero que hoy me acabes en la boca. Quiero que hoy me llenes la boca con tu leche.

    -Chúpamelo un ratico, pero te lo quiero meter en cuatro un rato más.

    Te desmonto, la evidencia de mi placer está acumulada sobre tu base, tu verga huele a mí, sabe a mí, y te lo chupo y te lo mamo con ese apetito sensual y morboso que incitas.

    -Ven, ponte en cuatro.

    Chupo tu longitud tiesa una vez más y me pongo en cuatro, rodillas al borde de la cama, pecho y brazos extendidos sobre el colchón, culo en el aire, entregada completamente ante ti.

    Deslizas tu verga de arriba abajo por mi raja, tu cabeza separa mis pliegos y me penetras. ¡Dios! Esa sensación de llenura que me das, siempre se siente tan intenso, nunca me voy a cansar de sentir como me lo metes, jamás.

    Me agarras por las caderas, entras y sales despacio.

    -¡Ay que rico papi! ¡Dios! ¡Qué rico te sientes dentro de mí!

    Te quedas quieto.

    -Muévete tú. Cógeme tú así.

    Echo el culo para atrás, yo misma embistiéndome en tu verga dura. Me muevo, mis nalgas chocan contra ti, me arrancas un gemido que ahogo contra el colchón cuando me agarras y te entierras con fuerza cuando echo para atrás. Te siento en el fondo, me sobrecarga estar tan llena de ti.

    -Qué rico, qué rico, qué rico -cae de mis labios como una plegaria. El placer que me das me consume.

    -Voy a llenarte la boca con mi leche y te lo vas a tragar.

    -¡Sí, sí, sí, lléname la boca de leche!

    Te sales de mi cuerpo y me giro hacia ti, me agarras por el pelo, me sujetas a la distancia que quieres mi cara. Abro la boca, te miro empuñando tu verga, entonces veo esa flexión que me encanta ver, un chorro de tu placer sale disparado, siento tu semen caliente y espeso aterrizar en mi lengua, una y otra vez, lo metes en mi boca y te terminas de vaciar, que rico saborear tu placer así. Mantengo tu leche en mi boca, te termino de chupar hasta la última gota sin derramarlo.

    Acaricias mi cabello, me incorporo y separo los labios, te enseño como lo llevo todo allí, como me gusta tenerte allí, como me gusta tu sabor, antes de tragármelo todo.

    -Me encanta tragarme tu leche, me encanta cuando me acabas en la boca y tragarme tu leche. Me da demasiado morbo.

    Sonríes.

    -A mí también me das mucho morbo.

    Estoy escribiendo un cuento nuevo, pero no podía seguir sin verbalizar todo lo que me acabas de hacer. Apenas terminé de escribirlo, copié el texto y te lo mandé por correo. Me había sentado así como estaba vestida, con el babydoll, la tanga y las medias, tu sabor en mi boca.

    Después de mandártelo, me cambié, me dejé la tanga, volví a ponerme el sujetador de encaje vino tinto, el resto de la ropa y bajé a la cocina, me tomé un café caliente.

    Cuando subí me esperas de pie en la habitación, el muro de tu pecho se presiona contra mis tetas, tu boca halla mis labios en un beso hambriento.

    -Ponte en cuatro otra vez.

    Me saco solo los vaqueros y me pongo de manos y rodillas en la cama. Siento tu mano en mi nalga, apretándome con ese hambre posesivo. Te paras al lado de mi cara y tu verga está dura otra vez, apuntado hacia mi rostro. Abro la boca y chupo, apenas siento el sabor de tu piel en mi lengua, siento como aprieto, mi coño, como mi boca, tiene hambre de ti. Súbito, espontáneo y repentino, esta segunda vuelta inesperada y ya con metérmelo en la boca tienes mi clítoris palpitando.

    Tócate mientras me lo chupas. Mis dedos deslizan por mi humedad mientras tu verga entra y sale de mi boca. Entonces escucho el zumbido familiar, enciendes el vibrador y lo metes en mi tanga. Cierro las piernas para mantenerlo allí, con aquel estímulo en mi clítoris sensible te la mamo con más desespero, mis labios deslizan por tu longitud, la cabeza chocando contra el fondo de mi garganta, te lo mamo frenética, moviendo el culo, retorciéndome con el vibrador en mi clítoris mientras te lo mamo.

    Sin aviso te sales de mi boca y te paras detrás de mí. Apartas el hilo de la tanga y te entierras en mi abertura, tan mojada para ti.

    -¡Ay sí! ¡Qué rico! ¡Lléname toda! ¡Hazme tuya!

    Me muevo de adelante atrás, quiero que me lo metas todo, necesito sentirte completamente enterrado en mi interior.

    Te quedas quieto otra vez, echo el culo para atrás, mis nalgas chocan contra tu cuerpo mientras me clavo en tu verga, lo hago una y otra y otra vez.

    Con el vibrador en mi clítoris el orgasmo es inescapable, me tienes como una perra en celo, desesperada, consumida de deseo, el placer estalla en mi interior pero no quito el vibrador, lo dejo allí, mi cuerpo se sobresalta con el exceso de placer. Tus manos se aferran a mis caderas y siento tus estocadas duras y profundas.

    -¡Dios que rico! ¡Qué rico estar llena de ti! ¡Quiero que me llenes toda, lléname toda con tu leche!

    Me penetras tan fuerte que mi cuerpo sucumbe a otro orgasmo que no termina, sino se transforma en otro, son como una metralleta, me asalta de placer hasta que no doy más. Apago el vibrador, estoy tan sensible que puedo sentir la curva de tu cabeza a medida que desliza de adentro hacia afuera. Siento cada centímetro de ti como se mueve en mi interior, la hipersensibilidad me estremece.

    -Lléname, lléname toda con tu leche -es una súplica.

    Estoy tan sensible que siento tu orgasmo antes de escuchar tu gemido. Tu verga se flexiona en mi interior, te entierras en lo más profundo de mi y te vacías, llenas mi vientre con tu leche. Cuánto me encanta tener tus orgasmos dentro de mí.

    Después de llenarme por segunda vez esta tarde, recojo los vaqueros del suelo de la habitación.

    -Ahora sí me vas a dejar empapada y chorreando -te digo con una sonrisa traviesa mientras me abrocho el pantalón.

    -Habías dicho que te la había dejado limpia esta vez porque te acabé en la boca, y no podía dejarte así. Tenía que llenarte allí también.

    Ahora a seguir con el día, con las responsabilidades de la vida, pero con una sonrisa que no termina de desaparecer de la comisura de mis labios y el calor de tu semen de pronto ya no saldrá en un pequeño goteo, sé que en algún momento al caminar, sentiré el borbotón de tu leche deslizar de mi abertura, me detendrá en mis pasos, y aquel torrente mojará más allá de esta mínima tanga, me dejará empapada hasta los pantalones.

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  • El ultimo calor (2 – final)

    El ultimo calor (2 – final)

    Justo cuando el sueño empezaba a vencerme, vibró el teléfono. Era Augusto.

    —Hola bella dama, ¿estás?

    —Hola, sí. ¿Qué pasó?

    —No nada, quería saber si estabas libre esta noche. El bar está abierto y hay buena gente, si querés bajar y platicamos un rato.

    —Perdón, estoy cansadísima, tuve un día largo.

    —¿Te acompaño ahí? Doy buenos masajes…

    —No, no, gracias. Acordate que tenés esposa, jajaja.

    —Solo dije masajes… ¿qué pensaste vos?

    —Jajaja nada, pero no estoy para visitas sola.

    —Daleee… igual quería hablar con vos porque me caíste muy bien y, además, quería contarte que me voy a divorciar. Mi esposa me llamó anoche y me dijo que era lo mejor.

    —Uuh, lo lamento mucho. ¿Estás bien?

    —Sí, obvio que estoy triste, pero bueno… ahora quiero olvidar un poco todo esto.

    —Espero que lo logres. Bueno, me voy a dormir. ¡Buenas noches!

    —Que descanses, preciosa.

    Colgué y me quedé mirando el techo en la penumbra. Sabía perfectamente que ya tenía otras intenciones; lo notaba en ese tono de voz bajo, en la forma en que alargaba las palabras, en esa oferta de “masajes” que no era inocente. Pero yo también había pensado en esas situaciones: en sus manos grandes sobre mi espalda, bajando despacio, en su aliento en mi nuca mientras me quitaba la poca ropa que llevaba.

    Por ahora no me interesaba cruzar esa línea… o eso me repetía. Aunque ahora sabía que él iba a insistir más, a provocarme con más ganas. Los hombres como Augusto, perros viejos, olfatean el deseo a kilómetros. Y él sabía —porque lo sentía en mi risa, en mis respuestas, en el silencio que a veces dejaba— que yo estaba caliente, vulnerable, con la carne palpitando y la cabeza llena de dudas. Sabía que, con un poco más de presión, yo podía caer.

    Me di vuelta en la cama, apreté las piernas buscando alivio y cerré los ojos. Mañana sería otro día…

    No los quiero aburrir con más detalles de la rutina de chicas, pero la verdad es que la pasé increíble esos días: spa con masajes que me dejaban la piel temblando de relax, clases de yoga al aire libre donde el sudor resbalaba por mis curvas, gym con vistas al mar que me ponían el cuerpo firme y brillante. Todo era perfecto, salvo ese vacío que no se iba.

    Augusto siguió insistiendo con mensajes sutiles, cada vez más directos: un “buenos días, preciosa” que me aceleraba el pulso, una foto del atardecer desde el bar con un “te extraño aquí conmigo”. Algo en mí seguía rechazando la idea de cruzarlo todo, de caer en esa tentación madura y prohibida que él representaba.

    Me repetía que no, que ya había cambiado, que mi marido quizás también… pero las noches en soledad me traicionaban. Los gemidos que llegaban desde las habitaciones de Soledad, Raquel o Mari —intensos, liberados, envidiables— me dejaban con la piel erizada y la mano entre las piernas sin querer. Y mi marido, otra vez: promesas de llamadas calientes que terminaban en “estoy agotado, mañana sí”. Yo esperándolo con la lencería puesta, los pezones duros contra el encaje, la humedad creciendo… y nada. Solo silencio y frustración.

    Ya faltaban solo dos días para volver a casa. Aprovechamos para ir a parques temáticos, tiendas lujosas, desayunar en cafés con mesas al sol y smoothies helados que chorreaban por la mano. Reíamos como locas, nos sacábamos fotos sexys en cada rincón, vivíamos como si no existiera un mañana.

    Cuando volvimos al hotel, vi el cartel: esa noche había una gran fiesta de cierre de temporada en el salón principal. La última gran noche en Miami. No lo dudamos: salimos las cuatro directo a comprar ropa para despedir las vacaciones como se merecían.

    Todas elegimos algo realmente lindo… y muy sexy. Soledad se llevó un vestido negro cortísimo que le marcaba el culo perfecto y un escote que dejaba poco a la imaginación. Raquel optó por un mono rojo fuego con transparencias que mostraban su piel bronceada. Mari eligió un top plateado brillante y una falda alta que dejaba ver sus piernas interminables.

    Yo me enamoré de una falda blanca fluida con detalles dorados que se ceñía a mis caderas y se abría apenas con el movimiento, fresca pero provocativa, ideal para el calor infernal que no aflojaba ni de noche. La combiné con un top a juego: corto, escotado, con tiras finas que cruzaban la espalda y dejaban al descubierto mi abdomen tonificado y la curva superior de mis pechos. Al probármelo en el espejo del probador, sentí cómo la tela rozaba mis pezones ya sensibles, cómo la falda se levantaba apenas al girar, insinuando lo que había debajo. Me miré y pensé: esta noche no paso desapercibida. Ni quiero.

    Volvimos al hotel cargadas de bolsas, riendo y planeando la previa en la suite: maquillaje intenso, perfume que deja huella, tacones que hacen caminar como si el mundo fuera nuestro. Era nuestra despedida de Miami… y algo en mí sabía que también podía ser la despedida de mi última oportunidad de sentirme deseada, follada como merecía, antes de volver a la rutina que me estaba ahogando.

    Me miré una vez más en el espejo mientras me vestía. El top dorado abrazaba mis tetas, la falda blanca se mecía con cada paso. Estaba hermosa.

    Al llegar a la fiesta, el salón estaba a reventar: luces bajas, música latina que retumbaba en el pecho, cuerpos moviéndose como olas. Mis amigas y yo nos lanzamos directo a la pista. Esa noche me permití unos tragos con alcohol —no muchos, justo lo suficiente para que el calor subiera por la piel y las inhibiciones se aflojaran—. Bailamos felices, riendo, sudando, con la falda blanca ondeando alrededor de mis muslos y el top dorado pegado a mis pechos por el calor.

    Después de un rato, sentí una mano firme en mi cadera. Me giré apenas y era Augusto, su aliento cálido en mi oreja:

    —Hola, preciosa.

    Le di un beso suave en la mejilla y seguí bailando, ahora apoyada contra él. Mi culo rozaba su entrepierna y ahí estaba: su pene duro, grueso, presionando contra mí a través de la tela. Ese contacto me encendió al instante; un latigazo de placer directo a mi vagina. En ese momento no pensaba en nada más: ni marido, ni hijos, ni promesas. Solo quería disfrutar.

    El perreo se intensificó. Se movía increíble para su edad: caderas seguras, manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo por mis costados hasta rozar el borde de mis tetas. Cada roce me calentaba más, mis pezones duros contra el top, la humedad creciendo entre mis piernas.

    Al rato no aguanté más el deseo y lo tomé de la mano.

    —Vení.

    Lo llevé atrás de los baños, a un rincón oscuro donde la música llegaba amortiguada y las sombras nos cubrían. Ahí lo besé con hambre, mientras seguía moviendo las caderas contra él, mis pechos presionándose y frotándose contra su torso.

    —No puedo creer que me hagas caso a mí, teniendo tantos hombres jóvenes alrededor —murmuró, apretando mi culo con fuerza.

    —Shhh, disfrutá —le susurré, mordiéndole el labio mientras mis movimientos se volvían más obscenos.

    —Vamos a tu pieza, nena —dijo, levantándome la falda, sus dedos rozando la piel de mis muslos.

    —Vamos a tu casa. En la habitación nos pueden interrumpir mis amigas.

    —Lo que desees.

    Caminamos rápido hasta su auto en el estacionamiento. Subí al asiento del acompañante, pero él no soltó mis labios ni un segundo. Los vidrios polarizados nos daban privacidad total; la gente pasaba cerca y no veía nada. Sus manos duras, expertas, bajaron de mis tetas —apretándolas, pellizcando mis pezones hasta hacerme gemir— directo a mi vagina. Apartó la tanga con facilidad y empezó a mover los dedos: lento al principio, luego profundo, curvándolos justo donde me volvía loca. Estaba tan mojada que la tela se corrió sola; sus dedos entraban y salían con un sonido húmedo que me avergonzaba y excitaba a partes iguales.

    —Vamos rápido… aquí es incómodo —susurré, jadeando en su oído.

    —Shh, disfrutá, me dijiste vos —respondió con una sonrisa pícara, y bajó la cabeza para besar mis tetas, chupando un pezón por encima del top mientras sus dedos seguían follándome sin piedad.

    No aguantaba más. Mi mano en su pelo, tirando suave, pequeños agarrones de placer.

    —Aaah, vamos, nene… quiero todo de ti.

    Se incorporó para manejar, pero yo no iba a dejarlo así. Me acomodé como pude, saqué su pene del pantalón: grueso, venoso, durísimo. Me agaché y empecé a chupárselo despacio, saboreando la punta, luego metiéndomela entera hasta la garganta.

    —Espero no esté incómodo, nene —dije mirándolo con picardía antes de volver a succionar.

    —Ooh, nena, para nada —gimió él, arrancando el auto con cuidado.

    Me puse en cuatro sobre el asiento, la falda subida hasta la cintura, el culo expuesto. Mientras conducía despacio por las calles iluminadas de Miami, su mano libre me acariciaba las nalgas, separándolas, rozando mi ano, volviendo a mi vagina empapada. Yo seguí chupando, lamiendo, tragándome su polla con avidez, sintiendo cómo palpitaba en mi boca. El auto olía a sexo, a deseo contenido que por fin explotaba.

    Sabía que íbamos a su casa, y que esta noche me iba a follar como hacía años nadie lo hacía: duro, profundo, sin prisa. Y yo lo necesitaba. Lo deseaba con cada fibra de mi cuerpo traicionero y ardiente.

    Llegamos a su casa casi sin aliento. Augusto vivía en un condo moderno a pocas calles del hotel: entrada privada, luces tenues que se encendieron solas al abrir la puerta. Apenas cerró, me empujó suavemente contra la pared del pasillo y me besó con urgencia, sus manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo hasta apretar mis pechos por encima del top dorado.

    Yo tomé el control de inmediato. Lo aparté un poco, sonriendo con esa mirada felina que sé que vuelve locos a los hombres, y empecé a moverme despacio frente a él, como si todavía estuviéramos en la pista. Mis caderas ondulaban al ritmo de una música imaginaria, la falda blanca subiéndose con cada giro hasta dejar ver la tanga negra debajo.

    —Mirame —le ordené en voz baja mientras me quitaba el top con lentitud, dejando que mis tetas grandes y firmes rebotaran libres. Los pezones ya estaban duros, rosados, pidiendo atención.

    Augusto se quedó parado, respirando pesado, los ojos clavados en mí.

    —Dios, Julieta… sos perfecta.

    Seguí bailando, ahora solo con la falda y la tanga. Me acerqué, le desabroché la camisa botón por botón, besando su pecho, su cuello, mordisqueando apenas. Luego bajé al pantalón: lo desabroché, lo bajé junto con el bóxer y su polla saltó dura, gruesa, palpitando. Me arrodillé despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos, y empecé a chupársela con calma: primero la punta, lamiendo el líquido preseminal, luego metiéndomela entera hasta el fondo de mi garganta. Él gimió fuerte, una mano en mi pelo rubio sin tirar, solo acompañando.

    Después me incorporé un poco, puse su polla entre mis tetas y empecé a moverme arriba y abajo, apretándolas con mis manos para que la sintiera envuelta en carne suave y caliente.

    —Así… ¿te gusta? —susurré, viendo cómo sus ojos se perdían en el espectáculo.

    —Mucho… no pares, por favor.

    Lo hice un rato más, hasta que lo sentí al borde. Entonces me paré, dejé caer la falda al piso y quedé solo en tanga y tacos. Lo llevé de la mano hasta el sofá amplio del living, lo empujé para que se sentara y me subí a horcajadas sobre él, pero sin dejarlo entrar todavía. Solo rozaba mi vagina húmeda contra su polla, adelante y atrás, torturándolo.

    —Ahora vos —dije con voz ronca.

    Augusto entendió perfecto. Me levantó con facilidad (fuerte para su edad) y me recostó en el sofá. Me quitó la tanga despacio, separó mis piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua fue directa al clítoris: círculos lentos, luego rápidos, chupando suave, luego más fuerte. Dos dedos entraron sin esfuerzo porque ya estaba empapada, curvándose justo en ese punto que me hace arquear la espalda.

    —Ay, sí… ahí… no pares —gemí, agarrándole el pelo con las dos manos, empujándolo más contra mí.

    Me hizo correr dos veces con la boca: la primera rápido, la segunda más lento y profundo, hasta que temblé entera y grité su nombre.

    Cuando me recuperé, lo miré con ojos de leona hambrienta.

    —Ahora te toca a vos sentirme.

    Lo empujé al piso, sobre la alfombra suave, y me subí encima. Tomé su polla con la mano, la acomodé en mi entrada y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba por completo. Los dos gemimos al unísono.

    Empecé a moverme: primero lento, círculos con la cadera, luego arriba y abajo con fuerza. Mis tetas rebotaban con cada embestida, él las agarraba, pellizcaba los pezones, me miraba como si no pudiera creer lo que estaba viviendo.

    —Sos increíble… tan apretada, tan caliente —jadeaba.

    —Y vos tan duro… me encanta sentirte así dentro —respondí, acelerando el ritmo.

    Cambiamos varias veces porque ninguno quería que terminara rápido. Me puso en cuatro sobre el sofá: entró desde atrás profundo, agarrándome las caderas, golpeando justo donde más me gusta. Yo empujaba hacia atrás, pidiéndole más.

    —Más fuerte… sí, así…

    Después me cargó hasta la cama, me puso boca arriba y me folló misionero, lento y profundo, besándome todo el tiempo, chupándome las tetas mientras entraba y salía. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le susurraba al oído cuánto me gustaba.

    En un momento me subí otra vez encima, ahora de espaldas: quería que viera mi culo grande rebotando mientras lo cabalgaba. Él lo agarraba con las dos manos, separaba las nalgas, metía un dedo húmedo en mi ano mientras yo subía y bajaba sin piedad.

    —Julieta… no aguanto más —gimió al fin.

    —Yo tampoco… venite conmigo.

    Aceleré, apretándolo con mis paredes, y los dos explotamos casi al mismo tiempo: él llenándome con chorros calientes y yo corriéndome tan fuerte que vi estrellas, temblando encima de él.

    Nos quedamos así un rato largo, yo encima, él todavía dentro, acariciándome la espalda, besándome el cuello. Después repetimos: una segunda ronda más lenta en la cama, él lamiéndome otra vez hasta hacerme gritar, yo chupándosela hasta que se vino en mi boca y lo tragué todo mirándolo fijo.

    Duró horas. Nos duchamos juntos entre caricias, volvimos a la cama y seguimos hasta que el cuerpo no dio más. Me dormí abrazada a él, con su mano en mi teta y su respiración calma en mi nuca, sabiendo que había sido la follada más intensa y completa que había tenido en años.

    Y sí, yo siempre tuve el control. Porque esa noche era mía. Y él lo supo desde el primer segundo.

    Al otro día desayunamos en su cocina, con el sol entrando a pleno y el aroma a café fresco. Hablamos poco, solo miradas cómplices y sonrisas que decían todo. Me sentía satisfecha, poderosa, con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. Cuando me llevó de vuelta al hotel en su auto, intentó besarme al detenerse frente a la entrada. Lo aparté suave pero firme, con una sonrisa traviesa.

    —No te equivoques, Augusto… solo fuiste una presa más.

    Le guiñé el ojo, saqué la tanga negra que llevaba en el bolso y se la dejé en la mano como recuerdo. Él rio bajito, sorprendido, y yo bajé del auto contoneándome, sabiendo que me miraba el culo hasta que desaparecí en el lobby.

    Al llegar a la suite, eliminé y bloqueé su número sin dudar. Me duché largo, dejando que el agua se llevara el perfume de su piel y cualquier rastro de duda. Mis amigas ya estaban despiertas; les conté lo justo, entre risas y gritos de aprobación, y pasamos el resto del día relajadas, disfrutando las últimas horas en Miami. Al día siguiente partimos.

    Al llegar a Argentina, mis niños corrieron a mis brazos en el aeropuerto, y mi marido me abrazó fuerte, con esa mirada que por un momento me hizo sentir que todo podía volver a ser como antes. Con el tiempo intentamos mejorar: más charlas, más intentos de reconectar, más noches en que fingíamos que la chispa seguía ahí. Pero después de unos años era notorio lo cansados que estábamos de la relación, de la rutina que nos había comido vivos.

    Una noche, antes de tirar todo por la borda con gritos y reproches, hablamos de verdad. Calmados, como adultos. Él me confesó que me había sido infiel, que habían sido un par de veces. Yo también confesé lo mío. Y en vez de explotar, nos reímos… como dos chicos pillados en una travesura. Reímos por lo absurdo, por lo humano que éramos los dos, por no haber sabido parar a tiempo.

    Al detallar una de mis aventuras —sin nombres, solo sensaciones—, él me miró distinto, me besó con hambre contenida y terminamos haciendo el amor una última vez: apasionado, hermoso, sin culpas ni apuro. Fue un cierre perfecto, intenso, como si nos despidiéramos agradeciéndonos todo lo bueno que sí habíamos tenido.

    Los dos cometimos errores. No supimos terminar cuando correspondía. Pero nada nos iba a quitar la oportunidad de ser buenos padres, y eso lo agradecimos siempre. Firmamos los acuerdos en paz, cada uno siguió su camino, y lo único que nos unió desde entonces fueron nuestros hijos: lo más valioso de todo.

    Al cabo de unos años, mi vida giró solo alrededor de ellos. Me preocupé por sus risas, sus estudios, sus abrazos. No me interesó nadie más en serio. Obvio, soy una leona: tuve mis momentos calientes, encuentros rápidos, noches de placer puro… pero nada memorable como para contarles aquí.

    Hace más o menos un año descubrí el mundo de los relatos eróticos. Me encantó: historias bien contadas, vivencias reales, parecidas a la mía. Un día apareció uno de Alma Carrizo y sentí que era mi vida reflejada en sus palabras. Tomé coraje, le mandé mensaje. Ella me respondió, empezamos a charlar y nació una linda amistad. Nos conocimos en persona, y ella me animó a contar mis vivencias.

    Alma lo hacía para soltar un peso enorme que había cargado; yo no viví nada trágico, pero sí me sentía sucia, asquerosa por lo que había hecho. Y ojo: no quiero restarle culpa. Engañar estuvo mal y está mal. Punto. Pero aquí encontré personas dispuestas a escuchar sin juzgar, a entender que todos somos humanos, con deseos y errores.

    Agradezco especialmente a mis seguidores, con quienes tuve más diálogo: fueron amables, respetuosos, me hicieron sentir acompañada. Y agradezco públicamente a Alma Carrizo, que me inspiró y gracias a ella mis vivencias salieron a la luz.

    Bueno, no quiero seguir aburriéndolos. Muchas gracias a todos por leer hasta acá. No tengo más nada que contar; mis historias terminaron. Pero si les gustó mi forma de relatar, quizás en el futuro invente algunos relatos nuevos.

    A los que me insultan o dejan comentarios groseros: ya no me leerán más. Felicidades.

    A los seguidores amorosos que tuve: mil gracias por ser tan buena onda. Espero que mis relatos les hayan traído un poco de excitación, pero sobre todo entretenimiento en este mundo cada vez más complicado.

    ¡Muchas gracias y adiós!

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  • Me hizo terminar apretando mis botoncitos

    Me hizo terminar apretando mis botoncitos

    Tenía mucho tiempo rogandome, siempre le decía que no porque me daba tanta pena que me viera desnuda por los 20 kilos que me sobran.

    Ayer me escribió, estaba tan ganosa de tener una verga dentro de mi que le dije que si ¡y fue la mejor decisión!

    Al llamar al motel destapamos un par de cervezas, platica random y se acostó en la cama, me jalo hacia el y me comenzó a besar, metió su pierna en medio de mis piernas haciendo fricción en mi parte íntima, despacio me quito la blusa dejándome en bra, empezó a acariciar mis senos encima de la tela y solté un suspiro… la temperatura comenzaba a subir. Poco a poco me fue desnudando mientras me besaba desde el cuello, pasando por los senos, tomo con su boca uno, recorría con su lengua el pezon y lo mordia, mientras su otra mano masajeaba el otro, yo con los ojos cerrados gemia bajito.

    Aun teníamos ropa interior, frotó su parte contra la mía mientras los besos y caricias seguían. No aguante más, me quite la panty y le dije entre gemidos que entrara.

    Abrí mis piernas dejando toda mi vagina expuesta para el, paso 2 dedos y me dijo “Amor que mojadita estás” – Metemela por favor ” se puso el condon y me embistio suave, poco a poco sentía su miembro grueso y grande abriendose paso dentro de mi, solté un jadeo y empezó un vaivén lento pero rico donde podía disfrutar y sentir perfectamente como su verga entraba y salía de mi, empapada de mis jugos, tomo sus 2 dedos y me los dio a chupar “Mira que rica sabes mi vida, empinate que te voy a dar de perrito, quiero ver ese culote rebotando”.

    Me puse en 4 y abrí bien las piernas, de repente entró pero esta vez violentamente, con una mano masajeaba mi ano y con la otra sobaba mi clitoris, y alternaba sus manos con caricias y pellizcos en mis pezones

    “Aaaah así mi amor asi, así por favor no pares amor, nalgueame mi amor” mi culo rebotaba en su pelvis, y cuando mis pezones duros como piedra estaban libres rozaban la sabana y se sentía delicioso.

    “Que rico culo tienes chiquitita, ven” me enderezo quedando mi espalda pegada a su pecho musculoso. “Hazme venir amor” le rogué entre gemidos. Sin dejar de embestirme volvió a hacer presión con sus dedos sobre mi clitoris y con la mano libre estimulaba mi seno izquierdo mientras me besaba la boca y el cuello, estaba sintiendo demasiado placer que no me di cuenta que estaba gritando “Grita más mi amor, quiero sentir como te vienes”. “Sigue así mi vida no pares por favor” así de rodillas en la cama con su cuerpo pegado al mio, mis piernas comenzaron a temblar y llego uno de los orgasmos más ricos que he tenido dejando una mancha de humedad en la sabana.

    Perdí fuerza en las piernas y me deje caer boca abajo en la cama, sudada y mojada

    “Que rico te viniste mi cielo” me dijo mientras me besaba la frente “Ahora vas tu” me monte en el y empecé a moverme primero despacito y fui subiendo la velocidad mientras apretaba su verga dentro de mi “Aaaag amor no hagas eso, me voy a venir más rápido” acelere los movimientos mientras el me agarraba de las nalgas y mis senos rebotaban, a veces los tomaba para meterlos en su boca. Gemiamos al mismo tiempo y termino dentro de mi con el condon puesto.

    Nos acostamos en la cama y nosotros comimos a besos” Que rico estuvo princesa” “Si, hay que repetirlo mi amor” me dijo “Me dejas hacer algo?” sin saber a que me exponía dije que si, me dijo “Quiero ver como te vienes ¿Puedo?”.

    No respondi, solo abrí las piernas, el observó mi vagina empapada por la faena que acabamos de tener y empezó a acariciarla “Mmmm se siente rico” “Sigo?” “Si mi amor sigue” acarició cada pliegue de mi vagina presionando los labios y el clitoris, me empecé a mojar otra vez mientras gemia, abrió mis labios vaginales dejando al descubierto mi clitoris y presionaba haciendo círculos, con la mano libre acariciaba mis senos.

    Creo que a este punto se dieron cuenta que mis chichis son mi talón de aquiles, me dan demasiado placer. Entonces ahí me tenía a su merced, con las piernas abiertas, acariciando mi vagina y pechos y gimiendo como una loca, retorciendome como gusano de tanto placer que me estaba dando “Aaah aaay amor por favor no te detengas” “Así mi vida así, así” no se cuanto tiempo paso, pero no quería que acabara nunca “Beba quiero ver como se moja tu cosita, vente nena” “Meteme los dedos amor” inserto dedos dentro de mi y el pulgar seguía masajeando el clitoris. Ya no pude más y sentí muchas ganas de orinar, era el orgasmo llegando, grite y expulse un chorro “¡Amor que rico!”.

    ¡Nadie me había hecho sentir así! Ojalá se repita.

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  • Mi tía y el sacerdote (2)

    Mi tía y el sacerdote (2)

    Yo estaba paralizado en la puerta entreabierta de la sacristía, con el corazón latiéndome a mil. Lo que veía no era un sueño ni una alucinación inducida por mis noches de insomnio: mi tía susana, la devota intachable, arrodillada ante el padre Luis chupándole la verga como toda una profesional.

    El sacerdote tenía la sotana levantada hasta la cintura, el hábito negro arrugado en sus manos como si fuera un trapo cualquiera. Su polla, gruesa y venosa, entraba y salía de la boca de susana con una lentitud casi ceremonial. Ella mantenía los ojos cerrados, como si estuviera en plena oración. Las mejillas se le hundían cada vez que lo tragaba hasta la base, y un leve sonido húmedo, casi reverente, llenaba la habitación: el roce de sus labios resbaladizos, el leve gemido ahogado que escapaba cuando la punta le rozaba la garganta.

    Pero lo que más me gustaba era su culo. Ese culo alto, redondo, perfecto que siempre me había obsesionado bajo los vestidos recatados de los domingos. Ahora estaba alzado hacia mí, expuesto sin pudor, porque el vestido se le había subido hasta la cintura y la falda interior estaba hecha un nudo alrededor de sus caderas. Las nalgas blancas se tensaban y relajaban con cada movimiento de su boca, como si el acto de mamar fuera una danza que involucraba todo su cuerpo.

    El padre Luis respiraba agitado. Una de sus manos grandes se enredaba en el cabello castaño de susana. La guiaba despacio, hacia adelante y hacia atrás, como si le estuviera enseñando a rezar con la boca. “así, hija… así se expía… toma todo lo que el señor te da”, murmuraba con voz ronca, casi paternal, mientras su otra mano acariciaba la mejilla de ella con ternura

    De pronto, susana soltó un gemido ronco que vibró en la polla del padre Luis. Él se tensó, gruñó y empujó una última vez, profundo, hasta el fondo de su garganta.

    Ella intentó tragarlo todo: labios sellados, mejillas hinchadas, succionando con hambre desesperada. Pero fue imposible. El semen salió a chorros violentos, espeso y caliente.

    El primer chorro le llenó la boca. El segundo le salpicó la cara: un grueso hilo blanco cruzó su mejilla, pegándose al pómulo y goteando hasta la barbilla. El tercero y el cuarto cayeron directo sobre sus tetas: salpicaduras calientes cubrieron los pezones endurecidos, resbalando entre ellas en líneas brillantes y pegajosas.

    Susana jadeó, con la boca abierta, el semen todavía cayendo en gotas lentas desde su barbilla hasta sus muslos. Su rostro angelical ahora era una máscara profanada: blanco espeso en la nariz, en los labios, en las pestañas. Sus pechos brillaban, cubiertos, goteando sobre la piel temblorosa.

    El padre Luis la miró con ojos oscuros, la mano aún en su pelo, y murmuró:

    —traga lo que puedas, hija… es tu penitencia.

    Yo, escondido, ardía. Mi polla dolía tanto que casi me corro solo de mirar esa cara santa llena de semen.

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  • El hombre alfa

    El hombre alfa

    Llevaban diez años casados. Diez años de una vida perfectamente curada. Alejandro era el arquetipo del éxito: socio en un bufete de abogados, miembro de clubes exclusivos, un hombre cuya sonrisa firme y apretón de mano inspiraban confianza. Su reputación era intachable, su familia, un pilar de la sociedad. Y Sofia, su esposa, era el complemento perfecto: elegante, discreta, anfitriona de cenas impecables, madre de dos niños que iban al colegio más caro de la ciudad. Su vida era una obra de arte, y cada detalle estaba en su lugar.

    Pero últimamente, el barniz empezaba a mostrar grietas. Sutiles, casi invisibles para cualquier otra persona, pero no para ella. No para la mujer que conocía cada uno de los rituales de su marido.

    Hacía tres meses, Alejandro había empezado a llegar más tarde del trabajo. No mucho, quizás cuarenta y cinco minutos, una hora. Siempre con la misma excusa: “Un cierre de último minuto, mi amor. Sabes cómo es este mundo”. Sofia sonreía y le servía un whisky, pero la excusa, repetida hasta el cansancio, había empezado a sonar hueca.

    Sofia no necesitaba pruebas. Una mujer sabe. Sabe en la forma en que su esposo evita su mirada, en cómo su perfume favorito ahora huele a mentira, en la distancia que se abre entre ellos en la cama aunque sigan durmiendo juntos. Durante semanas, Alejandro había sido un fantasma en su propia casa, y el silencio entre ellos se había vuelto más pesado que cualquier conversación.

    Esa noche, mientras él se duchaba, su teléfono personal vibró sobre la mesita de noche. Un sonido agudo, insistente. Sofia no quería mirarlo. Una parte de ella prefería vivir en la ignorancia, pero la otra, la más fuerte y cruel, la obligó a levantarse.

    Con dedos que apenas sentía, tomó el dispositivo. La pantalla se encendió, mostrando una vista previa del mensaje. El remitente era un solo nombre: “Verónica”. El texto era corto y devastador.

    “Fue increíble anoche en el hotel. No puedo esperar a volver a verte. Llámame cuando puedas.”

    El mundo de Sofia se detuvo. No hubo llanto, ni gritos. Solo un vacío helado que se apoderó de su pecho. “Hotel”. “Anoche”. Las palabras resonaban en su cabeza como un eco sordo y terrible. Todas las sospechas, todas las medias verdades de su esposo, se condensaban en esa única y brutal notificación.

    Dejó el teléfono exactamente donde lo encontró, con la pantalla aún iluminada. Se sentó en el borde de la cama, escuchando el agua de la ducha correr detrás de la puerta del baño. El hombre que se estaba lavando allí ya no era el suyo. Era un extraño que llevaba el rostro de su marido, y ella acababa de descubrir su secreto más oscuro.

    La rabia le había secado las lágrimas. A la mañana siguiente, actuó como si nada. Le dio un beso a Alejandro en la mejilla al despedirse para el trabajo, le deseó un buen día y, con una calma que a ella misma la aterraba, se puso a investigar. No fue difícil. El nombre del hotel, “El Mirador”, estaba en los detalles de pago de una tarjeta de crédito que Alejandro.

    A las cuatro de la tarde, Sofia estaba en el lujoso lobby del hotel. Vio a una recepcionista distraída con una llamada y aprovechó el descuido para colarse por un ascensor de servicio. Su corazón martilleaba con cada piso que ascendía. Se paró frente a la puerta del 804, tomó aire .La puerta se abrió en silencio.

    La escena era un cliché romántico destrozado. Alejandro estaba de espaldas, abrazando a una mujer rubia de ojos azules y senos perfectos y operadas que le susurraba algo al oído. El perfume caro de ella se mezclaba con el aire acondicionado de la habitación.

    —Así te queria ver, Alejandro —dijo Sofia, su voz helada y cortante como un cristal roto—. Quería ver con quién me engañabas. Con una puta. ¿Te gustan las operadas, por lo que veo? Mi esposo, el hombre ejemplar, está con una cualquiera de la calle.

    La rubia se soltó de los brazos de Alejandro y se puso de pie con una lentitud insultante. Su mirada era de acero.

    —No soy cualquiera —dijo, su voz era grave y segura, un contraste fascinante con su apariencia angelical—. A mí me eligió.

    Sofia soltó una carcajada vacía, llena de desprecio. —¿Te eligió? Por favor, eres una más. Una Barbie de calle que le dará a mi marido unas enfermedades y luego le pedirá dinero. No eres nada.

    Verónica sonrió, y esa sonrisa no tenía nada de divertido. Era la sonrisa de un depredador que sabe que su presa ha cometido un error fatal.

    —No soy nada, ¿verdad? —dijo, y dio un paso hacia adelante, desafiante—. Te equivocas, cariño. Soy todo lo que él siempre ha querido. Y todo lo que tú nunca podrás ser.

    Con un movimiento rápido y deliberado, Verónica se abrió la toalla.

    Sofia estaba preparada para más insultos, para una pelea de gatas. Pero no para esto. El mundo de Sofia se hizo añicos. El insulto se murió en sus labios. El aire escapó de sus pulmones. Quedó de pie, en medio de la lujosa habitación, helada, en un shock tan profundo y absoluto que su mente simplemente se negó a procesar lo que sus ojos estaban viendo.

    La boca de Sofía se abrió sola. Sus ojos se abrieron tanto que dolieron, fijos en el imposible. No era una cualquiera. Lo que vio fue una verga, gruesa y pesada, colgando donde no debía. La realidad de Sofía se rompió en ese instante, reemplazada por un shock tan profundo que le robó el aliento y la dejó paralizada.

    “Verónica agarró a Alejandro por el pelo y lo obligó a ponerse de rodillas frente a ella. Con una sonrisa pícara, mirando de reojo a Sofía, dijo: “Míra bien, Sofía, mira cómo tengo a tu marido”. Sofía no podía creer lo que veía: a su esposo, el hombre dominante de la casa, ahora reducido a un estado sumiso ante esa supuesta mujer. Verónica apretó el pelo de Alejandro y le ordenó: “Dile a Sofía qué es lo que me hacías ahora”. Alejandro, con la cara roja y sin atreverse a levantar la vista, miró a su esposa y balbuceó: “Estaba… estaba chupando tu verga”. Verónica soltó una carcajada, le tiró del cabello hacia abajo.”.

    Su miembro permanecía a centímetros de los labios entreabiertos de él. Alejandro, lejos de apartarse, se inclinó hacia adelante como atraído por un imán. Abrió la boca con una avidez evidente, desesperado por tenerla dentro, moviendo la lengua en el aire buscando el contacto.

    Verónica soltó una carcajada seca y cínica, y luego giró la cabeza hacia Sofía, con una sonrisa maliciosa pintada en la cara.

    —Mira bien, Sofía —dijo, señalando con la barbilla al hombre arrodillado—. Mira a tu esposo. ¿Lo ves? Nadie lo está empujando. Él me lo está pidiendo. Fíjate con qué ganas se abre la boca para mí.

    Sofía sintió un nudo en la garganta. La imagen de Alejandro, con los ojos llenos de lujuria y sumisión, esperando ansioso ese miembro, era más devastadora que cualquier golpe.

    —No puedo creer esto… —susurró Sofía, negando con la cabeza, aunque su voz sonó débil, casi inexistente.

    Verónica no tuvo piedad. Volvió a mirar hacia abajo, acariciando la mejilla de Alejandro.

    —Qué buen chico —murmuró Verónica, hablándole a él pero proyectando cada sílaba hacia la esposa—. Vamos, dale gusto. Tu esposa nos está mirando. Demuéstrale lo que sabes hacer.

    Alejandro no necesitó más invitación. Se lanzó sobre ella, envolviéndola con su boca con una devoción absoluta, produciendo sonidos húmedos y obscenos mientras la chupaba.

    Verónica lanzó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido alto, teatral, diseñado para cortar la resistencia de Sofía.

    —¡Dios, sí! —gritó Verónica, mirando fijamente a los ojos de Sofía—. ¡Tu esposo chupa rico, Sofía! ¡Sí, lo sabes! ¡Tu macho lo mama rico!

    Las palabras golpearon a Sofía como una bofetada. Instintivamente, giró el rostro hacia la pared, incapaz de soportar la imagen por un segundo más. Pero su cuerpo traicionaba su voluntad. La curiosidad y una excitación mojada y pulsante la obligaron a girar la cabeza lentamente. Al principio solo miró de reojo, y luego, con los ojos entornados, se quedó clavada en la escena. Algo profundo dentro de ella, algo que jamás había reconocido, se estaba despertando al ver a su marido de esa manera: destruido, sumiso y usado por otra mujer.

    El ritmo de Alejandro era frenético, moviendo la cabeza con una urgencia patética, totalmente entregado al acto. Pero de repente, Verónica detuvo todo. Con un movimiento seco, le tiró del cabello hacia atrás, obligándolo a soltarla con un sonido pop húmedo y lascivo.

    Alejandro jadeaba, con los labios rojos y hinchados, babeando ligeramente, el aliento entrecortado por el deseo insatisfecho. Miró a Verónica con una mezcla de confusión y súplica, rogando con la mirada que lo dejara continuar.

    —Ah, ah, ah… no tan rápido, perrito —le dijo Verónica, apretando la nuca de Alejandro para mantenerlo inmóvil, con su miembro erguido y palpitando a milímetros de su cara.

    Verónica desvió la mirada hacia Sofía, que permanecía clavada en el sitio, con los ojos fijos en la escena, incapaz de procesar la mezcla de horror que la invadía.

    —Tienes a una mujer hermosa en casa, ¿verdad? —burló Verónica, acariciando la mejilla de Alejandro con su mano libre—. Una esposa que te ama. Pero mira cómo estás ahora.

    Verónica volvió a mirar a los ojos de Alejandro, endureciendo su expresión, exigiendo una respuesta.

    —Vamos, dile a tu esposa la verdad —ordenó, su voz baja y dominante llenó la habitación—. ¿Qué prefieres? ¿A tu esposa… o chupar esta verga?

    Alejandro parpadeó, confundido por un segundo. Su mirada vagó brevemente hacia Sofía, buscando en ella un rastro de compasión o de salvación, pero solo encontró el reflejo de su propia degradación. Su mente nublada por la lujuria intentó formular una negación, intentó recuperar su dignidad, pero el ansia en su garganta era demasiado fuerte. La verga de Verónica era lo único que importaba en ese mundo.

    Cerró los ojos un instante, sintiendo la vergüenza quemarle las mejillas, pero no pudo mentir más.

    —Prefiero… prefiero chupar está verga — está verga está rica ,grande balbuceó, con la voz quebrada—. Me gusta… me gusta chupar verga.

    El silencio que siguió a su confesión fue ensordecedor. Alejandro se quedó con la cabeza gacha, esperando el juicio, mientras Verónica sonreía con satisfacción, sabiendo que el último velo de la heterosexualidad de Alejandro acababa de rasgarse frente a su esposa.

    Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La confesión de Alejandro había sido un golpe, pero la atmósfera cargada de lujuría y humedad era demasiada para ella. Sus piernas temblaban, no solo por la tensión sexual, sino por el pánico de estar descubriendo una realidad que no estaba lista para aceptar.

    —No… no puedo hacer esto —murmuró Sofía, dando un paso atrás, con las manos sudorosas—. Yo… yo mejor me voy. Me largo de aquí.

    Se dio la vuelta para salir corriendo, buscando huir de esa pesadilla, pero la voz de Verónica la detuvo en seco. No fue un grito, sino una orden segura, cálida y llena de una promesa perversa.

    —¿Te vas tan pronto, Sofía? —dijo Verónica, con un tono casi juguetón—. ¿No quieres quedarte a ver cómo voy a comer a tu hombre por el culo?

    Sofía se congeló. Sus ojos se abrieron como platos y giró lentamente sobre sus talones, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.

    —¿Qué…? —tartamudeó Sofía, con una mueca de confusión total—. Eso… eso no te lo creo. Es imposible. A Alejandro no le gusta eso. Es un macho, él nunca…

    Verónica soltó una risa baja y despreciativa, ignorando las negaciones de la esposa. Con un movimiento brusco, agarró a Alejandro por los hombros y lo giró, dejándolo a cuatro patas sobre la alfombra, con su trasero expuesto y vulnerable.

    —Mira bien y aprende, Sofía —sentenció Verónica.

    Alejandro, con la cara apoyada contra el suelo y los ojos cerrados, no se resistió. Al contrario, arqueó la espalda instintivamente, ofreciéndose, temblando de anticipación.

    Verónica se colocó detrás de él, escupiendo en su mano y lubrificándose el miembro, que ya estaba duro y listo para romper esa última barrera. Sin previo aviso, tomó las caderas de Alejandro y se impulsó hacia adelante, penetrándolo de un golpe seco y profundo.

    El grito que escapó de la garganta de Alejandro no fue de dolor, sino de un placer animal y liberador.

    —¡Aaaah! —gemido él, clavando las uñas en la alfombra—. ¡Sí, sí, metémela toda! méteme esa verga

    Sofía se llevó las manos a la boca, conteniendo un grito de shock. Allí estaba su esposo, el hombre que siempre reclamaba el control en su matrimonio, gimiendo como una puta mientras una trans lo tomaba por detrás. Verónica comenzó a moverse con un ritmo brutal y constante, y cada embestida de Verónica arrancaba un quejido ronco y profundo de Alejandro, un sonido que Sofía nunca había escuchado en toda su vida matrimonial.

    Verónica, sudorosa y dominante, miró a Sofía a los ojos mientras seguía destrozando a Alejandro, sonriendo con maldad al ver la expresión de incredulidad y creciente excitación en la esposa.

    Verónica notó cómo las manos de Sofía bajaban lentamente, incapaz de mantenerse tapada ante el espectáculo brutal que tenía frente a sus ojos. La esposa estaba hipnotizada por el vaivén de los cuerpos. Decidió entonces aumentar la dosis de degradación.

    Aferró fuerte la cadera de Alejandro y, con un golpe seco que le hizo arquear la espalda, le ordenó:

    —Mira a tu esposa, perrito. No te escondas. Quiero que le digas exactamente qué es lo que te está pasando.

    Alejandro, con la cara roja y el aliento entrecortado por el embate constante, levantó la pesada cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Sofía, y por primera vez no hubo vergüenza en su mirada, solo una lujura desenfrenada y nublada.

    —Dile —insistió Verónica, dándole una bofetada en el trasero—. Dile quién es el dueño de tu culo ahora.

    —Me… me están comiendo por el culo —tengo una verga grande en mi culo balbuceó Alejandro, entre jadeo y jadeo, sin apartar la mirada de Sofía—. Me gusta… me gusta la verga en mi culo. Se siente… se siente rico, Sofía.

    Sofía sintió un escalofrío eléctrico recorrerle el cuerpo. Escuchar a su marido confesar eso tan explícitamente, con esa cara de placer absurdo, la estaba desestabilizando por completo.

    Verónica sonrió con malicia y apretó el pelo de Alejandro, obligándolo a mantener la posición.

    —Qué lindo, tan sincero —burló Verónica—. Pero creo que a tu esposa le falta saber algo más. Seguro que piensa que has olvidado los votos matrimoniales. Vamos, Alejandro, dile a tu esposa que tanto la amas y que la quieres. Hazlo ahora.

    Alejandro pareció confundirse por un segundo, su mente batallando entre la devoción a su esposa y el éxtasis que sentía en sus entrañas. Pero Verónica no esperó; comenzó a moverse con más fuerza, golpeando sus glúteos con violencia, haciéndole ver estrellas.

    —¡Dilo! —gritó Verónica.

    —Te amo… te amo, amor —gritó Alejandro, con la voz rota por el placer—. Te quiero mucho, pero… ¡ay, sí!.. pero esta verga en mi culo es tan rica. Es demasiado buena, Sofía, no puedo parar, me encanta que me la metan así.

    Las palabras colgaron en el aire, pesadas y obscenas. Alejandro acababa de admitir que el placer que le estaba dando Verónica era, en ese momento, más fuerte que todo el amor que pudiera sentir por su esposa. Sofía se mordió el labio hasta lastimarse, sintiendo entre sus piernas una humedad que negaba a gritos, incapaz de apartar la mirada de la sumisión total de su marido.

    Verónica, con el sudor corriéndole por la espalda y el dominio absoluto en su mirada, no soltaba a Sofía de su objetivo. Con cada embestida profunda, gritaba para que se grabara en la mente de la esposa:

    —¡Mira cómo te dejo a tu macho, Sofía! —grito Verónica, sin piedad—. ¡Mira cómo me lo estoy cogiendo! ¡Estoy culeando a tu hombre! ¡Soy yo quien lo tiene ahora!

    Alejandro, reducido a un mero vehículo de placer, soltaba gemidos incoherentes y profundos, totalmente perdido en la sumisión, incapaz de articular palabra, solo sintiendo cómo ella lo poseía por completo.

    Sofía estaba paralizada, mirando fijamente cómo el cuerpo de su esposo se movía al ritmo que Verónica imponía. Su mente gritaba que debía irse, que debía sentir asco, pero su cuerpo tenía otros planes. Sin pensarlo, casi como un reflejo involuntario ante el espectáculo de tanta virilidad y dominación, su mano se deslizó lentamente hacia abajo, bajo su falda, hacia su entrepierna.

    Al tocar su ropa interior, se dio cuenta de lo evidente: ya estaba empapada, mojada y ardiente. Sofía se quedó allí, con la mano entre las piernas, observando en silencio cómo su marido era poseído, aceptando por fin que esa imagen era lo más excitante que jamás había visto.

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  • Baños clausurados (4)

    Baños clausurados (4)

    En casa Tadeo ya no sabía qué hacer para no escribirle a Emma o realizar algún tipo de contacto con ella. El resto del día anterior no habían cruzado palabras, incluso llegó a pensar que no lo quería ni mirar.

    Habían pasado dos días después del acontecimiento del sexo oral, en el baño de discapacitados. No habían vuelto a hablar de nada, más allá de algún pedido específico, laboral y escueto. Nada más.

    Esto lo tenía un poco perturbado y decidió conversarlo con su hermana. Pero luego lo pensó mejor y decidió que por ahora sería mejor no decirle nada, al fin y al cabo eran mellizos pero no tenían porque compartir todo… todo.

    Al tercer día de lo sucedido, Tadeo entró en la oficina sin decir mucho. Definitivamente era más tarde de lo que se había imaginado. Carlos le increpaba a Ricardo que no había pago a los proveedores en fecha y él no podía liberar los productos a tiempo para que lleguen a los comercios. En medio de esa discusión el grandote (Ricardo) ya no parecía tan temible como su figura lo demostraba. Y esa distracción ayudó a Tadeo a llegar sin levantar mucha evidencia de su horario.

    Se sentó en su compu empezó a abrirla, eran casi cerca de las 10:30 y se suponía que debería estar ahí a las 9.

    La noche anterior no le había sido fácil dormirse. Estaba preocupado y excitado por lo sucedido con Emma. Esa calentura y la imposibilidad de continuar con ese tipo de encuentros lo tenía inquieto. No entendía por qué ella lo ignoraba, al fin y al cabo Emma pretendía lo mismo que él. Eso le había hecho saber en un momento que recordaba con muchísima nitidez:

    “-ahhh la quiero en la cara y en la boca… dame esa leche que es mía ¡me la merezco! La vengo calentando desde hace meses.”

    ¿Que había pasado? Nada parecía lógico. En su cama pensaba y recordaba todo lo que había pasado. Intentando reconocer si pudiera haber hecho algo que a ella le hubiera molestado. Pero no, no encontraba nada. Cada vez que repasaba lo sucedido invariablemente se le despertaba una excitación tremenda y su miembro involuntariamente corcoveaba.

    En uno de esos momentos decidió que debía dedicarse un poco de placer o no se iba a dormir más. Aprovecharía la excitación que le traía esos recuerdos cada vez que los pensaba. Así que quería hablarlo con alguien pero no con su hermana y menos con un compañero de trabajo. Los amigos descartados de primera, no le creerían. Agarró su celular y buscó “chat sexo anónimo” y abrió uno de los enlaces que aparecieron.

    La página pedía que se creara un “nick” y que aceptara unas condiciones que no leyó y que estaba convencido que nadie leía nunca.

    Eligió un nombre ficticio “Dario” y entró en el chat. Un sin fin de mensajes avanzaban a un ritmo muy rápido no daba para leer ninguno entero y menos los que llevaban códigos que no entendía.

    -Flaco-22cm: ¿quién para paja? Paso foto

    -Romibienputa: ¿alguien de mi edad? (18-20)

    -Maduro_53: ¿quién muestra culito en tanga? Tengo la verga bien dura a punto de acabar, mando video

    -Feli_21: mi novia se fue con las amigas alguien para sustituirla

    -Putito19: ¿ACT real?

    -Belucalentona: califico, manden fotos

    -PelirrojaZN: algún maduro en la sala para esta nenita

    -Albañilpendejo: tributo

    -Rafa: Ft X Ft

    Así eran muchos mensajes y se iban tan rápido como aparecían en la pantalla. Decidió escribir:

    -Dario: ¿te cuento lo que pasó en la oficina?

    No pasó nada.

    Y de repente se abrió una pestaña con alguien que se llamaba “maduro18cm”. Preguntaba qué había pasado, “Dario” le contó más o menos lo que aconteció. Y “maduro18cm” contestó con un mensaje que solamente era un emoji de una cámara de fotos.

    Tadeo pensó “no tengo fotos si es lo que quiere”. Intentó copiar el emoji del mismo chat para pegarla y agregarle un “NO” pero algo pasó. Se abrió un nuevo cuadro que contenía una foto, de una pija bien parada y con toda la cabeza afuera. Estaba sacada desde arriba y por lo que se veía era grande. Entendió que ese emoji indicaba que le habían mandado una foto. Luego mandó otra foto de su mano como masturbando la pija y le dijo “¡lindo relato! ¿Pasas fotos?”

    Tadeo no tenía fotos pero el interlocutor no paraba de mandarle fotos de su verga dura y pajeandose.

    No le convenció la propuesta de chatear con alguien que no chateaba y mandaba fotos solamente. Así que volvió al porno clásico y busco un video que le calentara. En la categoría Oficina de su página de referencia habitual. Básico y letal.

    Pensando en eso estaba cuando vio un mensaje del chat interno que usaban en la oficina que le llamó mucho la atención. Marta le pedía que fuera a su oficina que necesitaba ayuda de él, además aclaraba que golpeara la puerta que ella misma le abriría. Eso le llamó la atención, generalmente era Emma la que se encargaba de anunciar a quien entraba y también abrirle la puerta.

    Convencido que la mentira sobre el apagón eléctrico del apartamento, y que el celular se quedó sin batería, por eso no escuchó la alarma, no eran muy sólidas como excusa de su llegada tarde, con todo eso en la cabeza caminaba hacia la oficina de Marta.

    Por lo menos iba a poder ver a Emma una vez doblara del pasillo hacia su salita previa a la oficina de la gerenta.

    Se llevó una gran desilusión cuando se percató que Emma no estaba en su despacho. Avanzó y ladeó la mesa de trabajo de ella para llegar a la puerta de la oficina de la gerenta, golpeó tres veces.

    La puerta se entre abrió y Marta con el índice de forma vertical en sus labios, le daba a entender que no hiciera ruido y mantuviera silencio.

    -Shhh

    Entró dio un paso dentro de la sala y rápidamente Marta cerró la puerta tras él. Se quedó sin aliento y totalmente sorprendido, su cerebro le decía debes irte de este lugar pero su cuerpo no respondía.

    La imagen con la que se encontró lo superó ampliamente.

    En el sofá de tres cuerpos frente a la televisión estaba Emma, subida, en 4 patas, sin camisa y con la minifalda toda recogida por encima de la cintura. Traía un antifaz que le impedía ver, una mordaza rosa en forma de bola que le impedía hablar y lo más impactante en su culito hermoso, tapando su ano se veía un círculo como de goma negro.

    Mientras intentaba desentrañar lo que ocurría en esa oficina Marta le empezó a susurrar en el oído.

    -Ustedes se han portado muy mal. Se todo lo que hicieron en el baño para discapacitados. Y si bien se también que la mayor culpable en ese hecho fue Emma, también tengo claro que tú la buscaste todo este tiempo. En este trabajo se te cuida, se te toleran muchas cosas… por ejemplo tus repetidas llegadas tardes y nadie te llama la atención. Será momento que empieces a dar algo a cambio de todo lo que hago por ti. ¿Estás de acuerdo o debo hablar con los abogados contables para comenzar tu desvinculación de esta empresa?

    En ese momento Tadeo se debatía entre dos fuerzas, salir corriendo de ese lugar o liberar el depravado sexual que llevaba dentro. Los últimos días los había vivido en ese límite constante, en esa cornisa. Por momentos la lujuria y el morbo le ganaban y otras veces la conciencia y la moral le decían que eso estaba muy mal.

    La miró a los ojos y vio determinación, no había enojo, ni sarcasmo. Era como si Marta ya supiera lo que iba a pasar.

    -¿qué debo hacer?

    -Por ahora solo tienes que acercarte y retirarle con cariño y gentileza el dilatador anal.

    Había tomado una decisión y no sabía lo que implicaba. Pero no aguantaba más esa dualidad. Iba a seguir por esa senda y estaba convencido que le faltaba crecer mucho para poder lidiar con lo que se venía, pero nadie nació sabiendo. Así que iba a confiar en su instinto y seguir para adelante.

    Se acercó a Emma que seguía expectante, tomó el dilatador anal por la base y empezó a tirar hacia afuera. Lo primero que sintió al acercarse, en su movimiento de autómata, fue el olor a sexo que tenía Emma. Reconoció un brillo que corría por las piernas de ella y sobre todo por la parte interna, sus labios vaginales que eran grandes colgaban todos brillantes y babosos producto de una excitación evidente. Reconoció que sobre las nalgas también existía un brillo que cubría su ano y parte de las nalgas. Tomó el dilatador y empezó a retirarlo, Emma se movió un poco, levantó al cola y bajó su pecho como si tuviera una coreografía aprendida. No miró, ni le llamó la atención que alguien le moviera su juguete sexual.

    A medida que lo retiraba notó que se ensanchaba y que esto implicó cierta molestia para ella pero salió sin mayor dificultad. La verdad no era ancho, ni largo. Apenas mayor a un marcador de pizarra.

    -Ahora vuelve a meterlo despacio.

    Tadeo estaba totalmente excitado su verga no daba más. Esa imagen y con la calma que ella tomaba esa masturbación anal era algo que nunca había vivido antes.

    -ahora vas a meterle esto y lo va a usar todo el día.

    El plug anal que tenía frente a su cara era más corto que el dilatador, pero considerablemente más ancho. Remataba la parte externa una gema color rosa.

    Lo colocó en su ano y poco a poco se lo fue introduciendo hasta que se ensanchó lo suficiente como para que Emma se corriera hacia adelante y no dejara que la penetración continuara.

    El ano estaba visiblemente abierto pero no lo suficiente, pasó la lengua lento. Le levantó todo el pubis haciendo que la cola quede más respingada y tuviera mayor acceso a su concha y su clítoris. Esto le provocó una oleada de excitación tremenda, la curvatura de su pija hacía fuerza contra su pantalón. Volvió a pasarle la lengua y con dos dedos se abrió paso entre los labios largos para entrar en su vagina lentamente. Tomó todo la baba que pudo de allí con los dedos y la colocó en su culito.

    -mmmm

    Luego volvió con el plug una vez más y esta vez si bien hubo resistencia logró introducirlo entero.

    -aghghgh

    Emma seguía en cuatro patas toda mojada visiblemente excitada pero no se movía.

    Tadeo se paró tenía una erección que sus calzoncillos le hacían doler. Debía liberar su verga para que pudiera alcanzar su mayor erección y a la vez la curvatura a la izquierda natural traía. No se animó a desvestirse.

    Marta sin decir nada se acercó y como si supiera lo que le pasaba a él, sin dejar de mirarlo a los ojos le bajó la cremallera. En ese momento se le escapó media sonrisa, como si hubiera cumplido su objetivo. Le liberó la pija a él y comenzó a masturbarlo con una mano.

    Tomo uno de los breteles de su musculosa y lo dejó caer, luego hizo lo mismo con el otro y se agachó frente a él. No llevaba corpiño como era habitual en ella. Los pezones eran enormes marrones. La musculosa quedó en su cadera, parecía un cinturón sobre la falda holgada de azul intenso que traía puesta.

    Él pensó “que par de tetas tiene”. Me encantaría acabarle en sus pechos y dejarle toda la leche ahí.

    Ella tomó al igual que él los flujos de Emma y se los pasó por entremedio de sus tetas. Las juntó empujando con sus dos manos desde la parte externa de cada una y ajustó la verga curvada de Tadeo entre las dos enormes mamas. Era como si fueran hechos el uno para el otro, la pija se acoplaba perfectamente a la curvatura de la teta de ella.

    Empezó un subibaja primero lento y luego cada vez más rápido.

    -No voy a aguan…

    -Shhh

    Ella siguió sin decir nada y él no se pudo contener. Le acabó justo cuando su verga estaba muy abajo entre esas tetas así que la primera escupida de semen quedó toda entremedio. Con un movimiento rápido Marta puso su antebrazo bajo sus pechos levantándolos un poco y con la otra mano tomó la pija y siguió masturbándolo apuntando a sus pechos. Para que el resto de toda su eyaculación cayera donde ella quería.

    Tadeo “Que paja rusa me hizo por dios, no pude aguantar nada”.

    Marta “Que cerda que soy y como me gusta sentir la leche caliente en mi pecho y ese olor a eyaculación me moja toda”

    Se paró y le susurró al oído:

    -por hoy te podes ir pero mañana al final del día cuando todos se hayan ido te espero acá. Espero que dures un poco más que ahora.

    Tadeo se subió los calzoncillos, sentía como la cabeza de la pija mojada por su propia leche se pegaba en ellos. Sin decir nada se dió vuelta y encaminó a la puerta. Cuando ya estaba por cerrarla la volvió a abrir para echar el último vistazo a esa imagen.

    Marta ahora frente a Emma, le sacaba la bola rosada que hacía de mordaza y le decía:

    -Chupa la leche que te traje, chupa la leche de mis tetas.

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  • Mi amiga, mi hermanastro y yo

    Mi amiga, mi hermanastro y yo

    Sara empujó la puerta de su casa con el hombro, cargando la mochila en una mano y sujetando con la otra el brazo de su amiga Marta. Ambas volvían de la universidad, tercer año de químicas. El pasillo olía a cuero y a suavizante de ropa recién lavada. La luz de la tarde entraba por las ventanas del salón, calentando con sutileza el ambiente.

    —Pasa, pasa. Mis viejos no están, creo que se fueron al centro comercial —dijo Sara mientras dejaba caer la mochila junto al sofá—. Juan debe de estar en su cuarto jugando o estudiando… o vete tú a saber.

    —¿Jugando? Pensé que era mayor de edad

    —Sí, eso dice su DNI, pero a veces se comporta como un mocoso.

    —Ya —respondió Marta entrando detrás de su amiga.

    La invitada tenía una forma de caminar femenina de amazona que hacía que sus vaqueros ajustados marcaran culo y pantorrillas. Llevaba un cinturón ancho de hebilla plateada que brillaba cuando se movía y gafas de sol. Se quitó las zapatillas en la entrada, guardó las gafas en el bolso y siguió a Sara descalza cruzando el salón.

    —Dame un segundo que pillo la tableta de chocolate. ¿Quieres agua? —dijo la anfitriona desde la cocina.

    —Sip. ¿Vas a dejar la mochila aquí?

    —No ahora la cojo que tenemos que estudiar—respondió imprimiendo un tono de disimulada seriedad a sus palabras.

    La habitación de Sara estaba en el piso de arriba, junto a un baño y a los dormitorios de sus padres y su hermano, era pequeña pero acogedora: cama individual con edredón gris claro, escritorio lleno de apuntes desordenados, pósters de bandas indie y una lámpara de lava que burbujeaba perezosamente. Se sentaron en la cama, una frente a la otra, con los libros de texto abiertos entre ellas como excusa.

    —¿Quieres? —dijo Sara ofreciendo un trozo de chocolate a su amiga.

    —No gracias.

    —Tú te lo pierdes, esto es mejor que el sexo.

    Hablaron de la clase de orgánica, del profesor que siempre se enredaba con las fórmulas, de la fiesta del viernes pasado a la que ninguna había ido. Sara no podía evitar fijarse en los labios de Marta cuando reía, en cómo se le formaban hoyuelos diminutos. Marta hablaba con las manos, gesticulando mucho, y cada movimiento hacía que su camiseta se tensara sobre sus tetas.

    Sara comenzó a sentir un cosquilleo en el estómago, como si miles de mariposas revolotearan ahí dentro. Le gustaban las chicas desde bien joven, aunque nunca había pasado de besos robados en fiestas. Marta, en cambio, siempre hablaba de chicos: de los músculos de fulano, de la sonrisa de mengano. Pero nunca había dicho que no le interesaran las chicas. “No estoy cerrada a nada”, le había confesado una vez entre copas.

    Sara se acercó un poco más.

    Sus rodillas se rozaron.

    —¿Sabes qué? —murmuró, bajando la voz como si fuera un secreto—. Estás muy guapa hoy.

    Marta sonrió, ladeando la cabeza. —Bueno, supongo que tú también estás mona con esos pantalones anchos.

    —¿Supongo?

    —Bueno, ya sabes que las tías no son lo…

    —¿Pero has besado a alguna? —intervino Sara sin dejar acabar la frase a su amiga.

    Marta se encogió de hombros y Sara no esperó más.

    Se inclinó y la besó.

    Fue suave al principio, casi tentativo. Marta se quedó quieta un segundo, sorprendida, pero luego respondió. Sus labios eran cálidos, sabían a chicle de menta. Sara deslizó una mano por la cintura de su amiga, sintiendo la curva de su cadera…

    Justo entonces, la puerta de la calle se cerró con fuerza. Voces. La de su madre, intentando calmar. La del padrastro, grave y furiosa.

    —… irresponsable niñato, esta vez te vas a enterar…

    Las chicas se separaron de golpe.

    Marta se llevó una mano a la boca.

    —Joder, ya están aquí —susurró Sara.

    Marta se levantó. —Oye, mejor me voy, no quiero meterme en…

    —No, espera —la detuvo Sara, poniéndose de pie también—. Vamos a ver qué pasa. Quédate un rato, ya se calmará.

    Sara entreabrió la puerta de su habitación y se acercó al marco, escuchando. Marta se quedó detrás, pegada a su espalda. Subieron pasos pesados por la escalera. La voz del padrastro retumbó.

    —Sube a tu cuarto y prepara el culo, que esta vez no te vas de rositas.

    Marta abrió mucho los ojos. —¿Qué ha dicho?

    Sara se encogió de hombros, nerviosa.

    —Mi padrastro es… intenso. A veces le da un bofetón a Juan cuando se pasa. Pero lo del culo… no sé, suena a amenaza. Nunca lo había visto ponerse así.

    Oyeron la puerta del cuarto de Juan cerrarse. Luego, pasos de nuevo. El padrastro entró sin llamar.

    —Bájate los pantalones, de una puta vez. —dijo antes de entornar la puerta.

    Desde su habitación las chicas guardaban silencio, con el oído atento. Silencio tenso. Luego, un golpe seco. Un jadeo. Otro golpe. Y otro. Sonaba como algo duro contra carne. Juan soltó un quejido ahogado. El tintineo de una hebilla.

    —Parece que está azotándolo con el cinturón. —susurró Sara tragando saliva.

    Marta sentía el corazón en la garganta.

    De pronto, la madre apareció a mitad de la escalera, hablando en voz baja pero clara. —El horno no está para bollos ahora, chicas. Enseguida salimos tu padre y yo a cenar. Volved a la habitación y ya saldréis cuando esté la cosa más tranquila.

    Sara y Marta retrocedieron deprisa, cerraron la puerta y se miraron sin saber qué decir. Los golpes, amortiguados por la puerta cerrada, continuaron un rato más, espaciados, acompañados de algún grito contenido de Juan.

    Luego, silencio. Pasos bajando.

    Sara abrió la puerta de la habitación.

    —¡Nos vamos! —Llegó la voz de la mujer desde el piso de abajo.

    La puerta de la calle esta vez. El coche arrancando.

    Sara salió y caminó de puntillas hasta la puerta del cuarto de su hermanastro.

    Oyó un sollozo ahogado, como si intentara no hacer ruido.

    Volvió con Marta. —Está llorando —susurró.

    Marta se mordió el labio inferior. Sus mejillas estaban sonrojadas. —Oye… no sé por qué, pero todo esto… me ha puesto un poco… cachonda.

    Sara la miró, sorprendida y excitada a partes iguales.

    —¿En serio?

    Marta asintió avergonzada.

    Sara se acercó de nuevo y la besó, esta vez con más hambre, usando la lengua. Sus manos subieron por debajo de la camiseta de Marta, acariciando sus pechos por encima del sujetador. Marta gimió suavemente contra su boca y se separó.

    —Poco a poco —dijo Marta, sonriendo

    —Ya, prefieres hombres. —respondió Sara

    Marta se rio nerviosa, con la tensión de lo sucedido y la novedad del beso femenino.

    —Pues… sí. Pero no estoy cerrada a nada, ya lo sabes.

    Sara miró hacia el pasillo. —¿Y si…? ¿Y si vemos qué tal lo lleva mi hermano?

    Marta se puso colorada como un tomate.

    —¿Estás loca? —dijo en voz baja

    —Venga, mujer. Acabamos de oír cómo le han azotado el culo. Seguro que está sensible… Además, siempre has dicho que te gustan los tíos jóvenes. ¿No te gustaría ser su enfermera?

    Marta protestó un poco más sin convicción, pero la curiosidad (y el calor que sentía entre las piernas) ganó.

    Sara llamó suavemente a la puerta de Juan y entró sin esperar respuesta. Juan estaba acostado de lado en la cama, en pantalones de vestir y camiseta. Los zapatos tirados a un lado de la habitación, llevaba calcetines. Se incorporó rápido al verlas, abrochándose el botón, colorado hasta las orejas.

    —¿Qué hacéis aquí? —balbuceó.

    Sara se fijó en los pantalones, la cremallera sin subir y un bulto imposible de ignorar.

    —¿Qué hacías tú? —preguntó ella, con una media sonrisa.

    Juan se tapó como pudo. —Nada… me duele el culo y… me estaba haciendo una paja para distraerme.—dijo de sopetón.

    Marta soltó una risita nerviosa.

    —Tiene que escocer mucho —dijo dando un paso que la acercaba a la cama.

    Juan asintió, avergonzado. Sara, con la adrenalina todavía alta, decidió ir a por todas. —Oye… ¿y si nos enseñas las nalgas? A lo mejor te podemos poner cremita. Juan dudó, pero la mirada de las dos chicas era demasiado intensa. Finalmente se tumbó boca abajo y se bajó pantalones y bóxers de un tirón dejando al descubierto su trasero. A pesar de sus dieciocho años, tenía bastante vello oscuro en las nalgas y una hendidura profunda entre ellas. Las marcas rojas de los azotes destacaban vivas.

    Sara y Marta se acercaron. Tocaron con cuidado, acariciaron. La piel estaba caliente. Sara sacó una crema hidratante del cajón y la extendió con suavidad, masajeando los glúteos. Al terminar tomó de nuevo la palabra

    —Para calmar el escozor… y para relajarte, ¿por qué no nos desnudamos todos y pasamos un buen rato?

    La habitación se llenó de silencio, vergüenza y deseo en la mente del trío.

    Juan fue el primero. Se incorporó, se quitó la camiseta y los bóxers del todo. Su erección era evidente, el pene empinado, venciendo a la gravedad.

    —Os toca chicas

    Sara se quitó la ropa despacio: camiseta, pantalones amplios, ropa interior. Su cuerpo menudo, su culito redondo y firme, su sexo depilado completamente, sus tetas juveniles, los pezones duros. Marta se quedó en sujetador y bragas.

    —Venga, bájate las braguitas —la animó Sara.

    —No me he depilado… —confesó Marta, tímida.

    —Eso no importa —dijo Juan, con la voz ronca.

    Marta se desnudó. Sus pechos grandes, los pezones oscuros y erectos. Juan se acercó, los tomó en las manos y los chupó con avidez. Sus manos bajaron al culo generoso de Marta, apretándolo, abriéndolo ligeramente. Ella tembló y gimió. Se besaron con pasión, lenguas enredadas haciendo contorsiones imposibles. Sara los miraba, acariciándose, separando sus labios vaginales e introduciendo un dedo juguetón.

    Al poco rato los tres acabaron en la cama.

    —¿Cuál es tu mayor fantasía, hermana? —preguntó Juan, jadeante.

    Sara se rio nerviosa ruborizándose.

    Luego respondió. —Siempre he imaginado que un perrito me lame el culo. Por supuesto, esto en mi cabeza funciona luego la vida real… Marta se ofreció voluntaria para hacer de perrito. Se puso a cuatro patas sobre la cama mientras su amiga se tumbaba boca abajo, luego ladró, olfateo el culo, soltó un nuevo ladrido y empezó a lamer: primero las nalgas, luego separó las pequeñas “mejillas” y recorrió la raja, la vagina, el ano. Sara gimió. Juan se unió al juego.

    Empujó con el hocico a la “perrita” Marta para echarla a un lado. Olfateó el culo de Sara, medio ladró medio aulló y lamió con ganas, metiendo la lengua en el ano de su hermanastra. Luego le dio un pequeño mordisco en la nalga. ¿Qué haces? —protestó la dueña del trasero. —Perrito real. —respondió Juan volviendo a olfatear a Sara.

    Terminado el juego, Marta tomo protagonismo. Primero se tumbó boca arriba. Sara se puso de cuclillas sobre su cara, su culo abierto, a centímetros de la boca de su amiga. Juan, por su parte, separó las piernas de la chica tumbada, tiró de un par de pelos del coño y luego hundió la cara en su sexo peludo y mojado, saboreándolo con deleite. Marta temblaba, contraía los glúteos y sacando con torpeza la lengua, lamía el ano de Sara mientras jadeaba con fuerza.

    Juan buscó en el cajón un preservativo, se lo puso y se colocó sobre Marta. La penetró lentamente al principio, luego con más fuerza. Ella gritó de placer. Cabalgaron con ritmo, sudorosos. Sara, tumbada de lado, se masturbaba viendo la escena, rozando el clítoris con los dedos. Cuando Juan se retiró, jadeante, Sara dijo:

    —¿Y si vuelven nuestros padres y nos pillan?

    Juan sonrió, travieso.

    —Entonces prepara el trasero para los correazos de papá.

    Sara contrajo los glúteos involuntariamente.

    Juan dirigió la mirada a Marta. —Y tú también, cariño, que estás metida en esto. —añadió dándole una nalgada juguetona.—Pero qué culazo tiene esta chica. —concluyó. Los tres rieron, nerviosos, excitados.

    Marta jugó con el pene de Juan distraída, sin importarle el semen que goteaba en la punta. Sara besó en la boca al chico, mientras con la mano derecha tocaba las tetas de su amiga.

    El silencio de la casa los envolvió, cómplice.

    Y ahí quedaron, desnudos, enredados, respirando agitados, sabiendo que aquello acababa de empezar.

    Fin

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  • La propuesta de mi amigo (2)

    La propuesta de mi amigo (2)

    El comienzo fue sencillo, la amistad con su esposo me permitía años de conocimiento y pude avanzar las primeras charlas sin dificultad. Hasta llegué al tema de su pareja, sin demasiada sospecha, porque era lógico que yo hablara de el, era socialmente, el vínculo que nos unía. Así que cuando le dije algo así como que mi amigo era la envidia de la barra, por la relación que tenía con ella, que ella además era linda y enseguida seguí hablando para que esa frase pasará desapercibida, ella me hizo una mueca que me permitió ingresar al terreno que yo quería. Bueno, le dije, ninguna pareja es el sueño todos los días, pero ustedes la llevan bastante bien. Si, pero no te creas que tanto.

    Bueno, a veces hay problemas y ciclos pero nada que no se solucione charlando y con propuestas nuevas, dije ya seguro que entraba en un espacio nuevo de nuestra relación. Jaja, si, me gustaría, aunque es raro hablar esto con un amigo de mi pareja. No le digas nada, bueno, y si se lo decís no me importa, pero la verdad es que si, que me gustaría probar otros caminos, pero Martín no es muy abierto a esas charlas.

    Eso me llamó la atención, porque quizás Martín era el responsable de que la relación esté en ese lugar y esto que me había pedido a mí, era como respuesta a algo que ella le había propuesto, sin que ella supiera claro.

    Te prometo que esto será algo nuestro nomás, no le voy a contar nada a él, quizás los pueda ayudar algún día hablando con él, pero sin que él sepa que sé algo más. Si, es lo mismo, igual, si querés decíselo, aunque me gustaría saber que puedo confiar en vos, yo he planteado muchas veces que intentemos hacer otras cosas, llevamos 15 años de pareja, y si ustedes se piensan que sólo los hombres tienen fantasías o ganas de sexo se equivocan, el tema es que Martín me bloquea cuando quiero hablar de sexo, no siquiera escucha una mínima propuesta, nada. Y no es que yo le vaya a hablar de cosas raras, solamente quiero hablar de sexo.

    Ahí me di cuenta que Martín me había pasado un tema para resolver que él no quería o no podía hacerlo. Quizás sus estructuras eran más antiguas y firmes de lo que dejaba ver y lo ponía incómodo esa situación, decidí avanzar.

    ¿Y qué cosas te has quedado con ganas de hablar sexualmente? ¿Fantasías? ¿Intercambios? ¿Cambio de roles? ¿Prácticas SDM? Fui bien al fondo para saber su reacción, a ver cuán lejos estaban sus pensamientos de esos lugares.

    Su cara fue de sorpresa y asco, pero sentí que había logrado posicionarla en un lugar de comodidad para la charla.

    No, o si, es que no lo sé, no hablar de sexo con tu pareja, sólo quedarte para cumplir con lo básico termina siendo una bomba, y dentro de esa bomba hay muchos pensamientos y sentimientos que no sé hasta qué punto son reales.

    Bueno, pero entonces algunas cosas de esas pueden ser ciertas, estaría bueno que hablaran y que se animaran a hacerlas, qué lástima que aquél sea tan trancado. ¿Vos has hecho algo de eso? – ¿Algo de eso? ¿A qué te referís? – A alguna de esas cosas que has dicho. – Si alguna hice si, jaja, pero yo no he tenido pareja de tanto tiempo como ustedes, de hecho ahora estoy solo, pero si, para mí la sexualidad es un espacio muy abierto donde tenemos muchos de nuestros temas más escondidos y la verdad, hay que perderle el miedo, yo en el sexo disfruto sin catalogar.

    Busco ese momento con mi pareja, de hecho lo hago apenas comenzamos la relación, para no estar perdiendo el tiempo, si ella está abierta a jugar, seguimos, si tiene muchas pavadas, mejor cortamos. No me ha ido mal, por eso te entiendo, he hablado cosas que nadie se imaginaria con mis parejas, nadie. Y después que hemos dejado, no he dicho a nadie lo que hablamos, el sexo, merece muchísimo respeto, porque hay mucho de cada uno involucrado.

    Su gesto ya era mucho más relajado, así que seguí con mi operativo ablande. Muchas veces las cosas que ocultamos del sexo, sólo están en nuestras cabezas, ni siquiera las queremos hacer, pero compartir con alguien más en confianza ya nos permite mirar eso que teníamos dentro de nosotros, verlo afuera y ya no nos asusta tanto, no nos paralizamos, menos cuando la otra persona tampoco lo hace.

    ¿Y qué cosas has llegado a hacer?

    Muchas menos de las que hablamos, como te digo, la experiencia a veces, sirve más como un calentamiento mental que como una actividad a realizar.

    ¿Pero qué cosas por ejemplo?

    Si excitación era palpable, sus ojos, la boca, su forma de tragar saliva y respirar, así que aproveché para incluirla a ella, aunque no fuera del todo cierto.

    Por ejemplo, ¿Querés que te cuente una de vos? ¡¿De mi?! Su sonrisa le permitió sacar un poco los nervios y la excitación. Si, de vos, ¿te acordás de Camila?

    Si claro que me acuerdo, fue tu última novia, bueno, al menos la que yo conocí. Jaja si, ella, bueno, con ella hablábamos de vos.

    Abrió la boca y los ojos mientras sonreía, quedó muda esperando que continuara.

    Es que una vez antes de aquella salida ¿te acordás? que fuimos al shopping y seguimos un rato más de noche por la rambla. Bueno, ese día habíamos tenido relaciones antes de salir y ella en el medio de todo, me dijo, vas a ver a la novia de tu amigo. Yo quedé medio sorprendido porque muchas veces jugábamos a poner a otras personas en la cama, pero hasta ese momento no había sido una persona tan cercana, era más bien hablar de terceros sin darles tanta forma. Sin embargo le seguí el juego y le pregunté ¿te gusta? No, a vos te gusta, ella estaba arriba de mí, con sus manos en mi pecho, con la cabeza hacia el techo de ojos cerrados, y siguió su historia. A vos te está que el otro día de noche le mirabas el culo.

    Yo te juro María que no había sido consciente de eso, y quizás no lo hice, pero como te dije antes, no juzgar a la pareja cuando pone un tema sobre la cama en medio de una relación sexual, es fundamental para la pareja.

    -Si ¡tal cual! No puedo creer que estemos hablando de esto, por favor terminá de contarme.

    Ni bien dijo eso, vi a Martín aparecer por atrás de ella, quedaban unos metros para que llegara, así que le dije no sé qué cosa de una comida. Ella al principio no entendió nada, y cuando me iba a pedir que siguiera, Martín dijo, Hola volví.

    La cara de ella fue un poema, su desilusión se notó, Marín también la notó pero no dijo nada, creo que se sintió contento que estuviéramos en algo avanzado, así que optó por no ahondar en ese detalle. La excitación de ella era evidente. Yo me reí, y enseguida empecé a hablar con él como si nada, eso sí, cuando nos estábamos yendo, a la pasada, apreté un poco de la mano que no estaba del lado de él. Ella no se sorprendió y me apretó también suavemente. El contacto, ya estaba hecho. Y las ganas, habían nacido en ese mismo momento.

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  • Luis y Marcela (deseo y lujuria)

    Luis y Marcela (deseo y lujuria)

    La lluvia caía a cántaros en el pequeño aeropuerto, desde la pequeña oficina de migración se veía el agua azotar la pista. Luis y Marcela estaban solos sentados en un pequeño comedor. El último vuelo había sido desviado horas antes y la torre les había comunicado que no habría más llegadas esa noche.

    La única luz era la fluorescente y parpadeante del techo, y el único sonido, aparte de la tormenta, era el chasquido de las latas de Coca-Cola y el murmullo de sus voces.

    —Y así le dije al profesor que si creía que iba a pasar toda la noche calculando la resistencia de materiales, estaba loco —contaba Marcela, con una sonrisa cómplice mientras se reclinaba en su silla— La vida es para vivirla, ¿no, Luis?

    Luis la miró desde el otro lado del escritorio. A sus cuarenta años, su rostro conservaba una fresca juventud que engañaba, pero sus ojos, oscuros y profundos, delataban una calma y una experiencia que Marcela encontraba irresistibles. Sonrió, una sonrisa tímida que apenas le curvaba los labios.

    —En mi época, la vida era para estudiar y trabajar. No había tanto tiempo para… fiestas.

    —¡Ay, Luis! —exclamó ella, lanzando su cabeza hacia atrás con una risa que hizo vibrar el pecho—. Usted ya habla como un señor. Debería salir conmigo un viernes de estos, a ver si le rejuvenecemos el alma.

    La broma flotó en el aire entre ellos, cargada de una tensión que había crecido durante meses. La química era innegable entre ambos y llevaban ya más de 3 meses de amistad y compañerismo. La admiración que Luis sentía por esa joven de 25 años se había transformado en un deseo palpable, un anhelo que contenía por respeto.

    Y Marcela, a pesar de su carácter jovial, no era ingenua. Sentía su mirada, la forma en que sus ojos se detenían un segundo de más en sus labios o en el escote de su blusa, o como por momentos lo notaba recorrer su silueta curvilínea con los ojos y luego disimular…

    Decidida a dar el primer paso y sintiendo que la soledad de la noche lluviosa era una invitación, Marcela, por debajo de la mesa, liberó lentamente su pie derecho de su tacón y lo deslizó hasta encontrar la pierna de Luis. Él no se movió, pero su respiración se cortó por un instante. Ella continuó su ascenso rozando la tela del pantalón de vestir, hasta que el empeine de su pie presionó suavemente la entrepierna.

    La reacción de Luis fue instantánea. Una erección rápida y sorprendente que se endureció bajo el contacto de su pie. Marcela la sintió con claridad, una prueba tangible del deseo que él intentaba ocultar. Un escalofrío recorrió su espina dorsal.

    Luis bajó la mano y acarició su piel, el empeine, hasta subir lentamente hasta el talón.

    —Tus pies… son muy suaves y hermosos —murmuró, su voz ronca de excitación.

    Marcela lo miró con un desafío en la mirada, sonrió y arqueó una ceja. —¿Sólo mis pies? —Dijo al tiempo que continuó frotando, hasta que Luis jadeó.

    —Todo tu cuerpo —respondió él sin dudarlo, con la voz entrecortada, la mirada fija en la suya, con toda la contención rota—. Te he deseado desde el primer día que te vi.

    El silencio que siguió fue denso, cargado de promesas. No se necesitaban más palabras. Luis se levantó de un solo movimiento y ella lo siguió. Caminaron en silencio por el pasillo oscuro hasta una de las bodegas de manifiestos de vuelo. El olor a cartón viejo llenaba el aire. Luis cerró la puerta con llave; la única luz era una pequeña bombilla en el techo.

    Se miraron un instante antes de que él la tomara por la cintura y la besara. El beso fue hambriento, desesperado, liberando meses de contención. Marcela se fundió en sus brazos, sintiendo la fuerza de su cuerpo contra el suyo. Las manos de Luis recorrieron su cuerpo, hasta finalmente desabotonar su blusa. Dejando al descubierto un sujetador negro de encaje… Sus dedos se movieron con urgencia, liberando sus pechos. Eran de tamaño medio, perfectamente erguidos, con aureolas de un café claro que contrastaba con la piel clara de Marcela, que se erizaron al contacto con el aire frío de la bodega.

    Luis bajó la cabeza y tomó uno de sus pezones en su boca. La chupó con desesperación, mordiéndolo suavemente mientras su otra mano estrujaba y masajeaba el otro pecho. Marcela arqueó la espalda, un gemido escapó de su garganta. Se sintió sumisa, entregada por completo al deseo de ese hombre que la idealizaba y que ahora la consumía.

    Sus manos no se detuvieron. Desabrocharon el pantalón de tela del uniforme de Marcela, que cayó a sus tobillos. La tomó por los hombros y la giró, inclinándola sobre una mesa de madera fría. Se colocó detrás de ella, admirando la curva perfecta de sus caderas. Sus manos recorrieron sus nalgas firmes y redondas, apretándolas, acariciándolas. Con un movimiento decidido, le bajó el panty de encaje hasta sus rodillas.

    —Ya no puedo más, Marcela —sopló él contra su nuca, su voz rota por el deseo—. Te he deseado tanto.

    Se desabrochó su propio cinturón y bajó la cremallera. Su miembro erecto y pulsante se liberó de la prisión de la tela. Sin más preámbulos, lo deslizó entre los labios del sexo de Marcela, sintiendo el calor y la humedad inmensa que la inundaba. Estaba más que preparada para él. Lo restregó una y otra vez en su entrada, coleccionando su humedad, mientras Marcela, con los ojos cerrados y las manos aferradas al borde de la mesa, susurraba su nombre, gimiendo…

    Sin más preámbulos, Luis la penetró con delicadeza hasta que todo su miembro estuvo dentro de ella, y con un movimiento de caderas firme y profundo, comenzó a bombear despacio.

    Un gemido largo y gutural escapó de los labios de Marcela: “Ah aaah aaaah” una mezcla de placer intenso al sentir cómo la verga durísima y marcada de venas de Luis la llenaba por completo, estirándola, reclamándola por dentro. El aire salió de sus pulmones en un solo suspiro.

    Luis se quedó mudo un instante, con los ojos cerrados, dejando que la sensación de ese calor y esa humedad lo envolvieran. Jadeó y balbuceó, con la voz rota por la emoción: —¡Qué delicia! ¡Qué apretada y mojadita estás, Marcela!

    Sus dedos se hundieron en la carne de su cintura, agarrándola con fuerza. Entonces, comenzó a moverse más rápido, y el deseo y la lujuria se apoderaron de él. Su ritmo se convirtió en un bombeo potente y constante.

    Marcela se entregó por completo. Cada golpe de cadera de Luis la empujaba contra la mesa, haciéndola crujir. Los gemidos no podían contenerse, salían de su boca de forma incontrolable. —Aaaah… aaaah… aaaah… Qué rico me coges, Luis… aaaah… ¡Me llenas toda! —gemía fuerte, con los ojos cerrados, perdida en la vorágine de placer que la consumía.

    Luis jadeaba, excitado por el sonido de sus gemidos y la sensación de su cuerpo respondiendo al suyo. Sin dejar de bombearla sin parar, deslizó una mano por su costado hasta encontrar sus pechos, que se balanceaban con cada embestida. Los estrujó, acarició los pezones duros, pellizcándolos, mientras su ritmo se volvía más salvaje.

    Marcela, con los pantalones y el panty todavía atrapados en sus tobillos, se mantenía de puntas sobre los tacones, inclinada apoyada en la mesa, equilibrándose y recibiendo las embestidas finales de Luis. El sonido de sus cuerpos chocando, mezclado con sus jadeos y los gemidos de ella, llenaba la bodega.

    —¡Aaaah… aaaah… ¡qué rico, Luis, me voy a correr! —gemía ella, sintiendo cómo el orgasmo se construía en su interior, una ola imparable que crecía y crecía con cada golpe profundo.

    El ritmo de Luis se volvió frenético. Marcela sintió cómo el control se le escapaba, cómo la presión en su interior se convertía en un torrente a punto de estallar. Con una última embestida profunda que la hizo ver estrellas, el orgasmo la golpeó con la fuerza de una ola.

    Un gemido prolongado escapó de su garganta, un sonido puro que vibró en el pequeño espacio de la bodega. —Aaah… aaah… ¡aaaaah! —gritó mientras su cuerpo entero se contraía en espasmos. Sus piernas temblaron y una ola de calor intenso recorrió cada fibra de su ser mientras se corría sobre la verga dura de Luis.

    Sentir la contracción violenta del sexo de Marcela fue todo lo que Luis necesitó. Bombeó un par de veces más, con fuerza, y entonces su propio cuerpo se tensó. Un gruñido profundo salió de su pecho mientras eyaculaba, disparando toda su leche caliente y espesa dentro de ella, llenándola por completo. Se mantuvo clavado en su interior, vaciándose, hasta que el último temblor lo recorrió.

    Ambos quedaron inmóviles, jadeando, apoyados sobre la mesa, escuchando solo el eco de sus respiraciones agitadas y la lluvia que seguía cayendo afuera. Luis se inclinó, apoyando su peso sobre la espalda de Marcela, y le susurró al oído con la voz ronca y tierna: —Qué hermosa eres… No sabes cuánto te he deseado… cuánto quería hacerte mía…

    Marcela, con los ojos aún cerrados, solo pudo emitir un murmullo de satisfacción. Él la tomó por el hombro y la giró suavemente para mirarla. Sus rostros estaban a centímetros de distancia, Se dieron un beso húmedo y profundo, un beso que no hablaba de lujuria, sino de la intimidad que acababan de forjar.

    Luis se incorporó lentamente, su cuerpo aun temblando. Se abrochó el pantalón, se arregló la camisa y corrió una mano por el pelo, despeinado. Marcela lo imitó, se subió el pantalón y el panty, se cubrió los senos y abrochó su blusa con dedos torpes.

    Se miraron una última vez, una complicidad silenciosa flotando entre ellos, antes de que ella se girara y saliera de la bodega con pasos un poco inseguros, dirigiéndose hacia el baño para arreglarse y mirarse en el espejo, tratando de reconocer a la chica que sonreía allí, con los ojos brillantes y el cuerpo aun vibrando.

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  • Me cogí a mi prima gracias a tiktok

    Me cogí a mi prima gracias a tiktok

    Corría el año 2025 en Ecatepec de Morelos, Estado de México, era el mes de noviembre. Me describo yo soy un chavo de 27 años, soy muy serio, gordito con barba y poco activo en redes sociales.

    Te pondré un poco de contexto sobre mi prima, mi prima es una chava gordita no muy guapa, pero la verdad es que siempre he tenido la fantasía de tener sexo con alguna mujer de mi familia, no esperaba que fuera con ella, pero así sucedió.

    Regresando al tema ella está casada, tiene 32 años y dos hijos uno como de 12 y una como 6, no recuerdo bien sus edades, ya que vivían cerca, pero no en la misma calle y no hablamos tanto, lo normal de hola que tal estas y hasta ahí.

    Todo comienza desde muchos meses antes, por ahí de mayo tal vez junio, escucho un comentario en mi casa, el cual era que ella se había ido de la colonia y nadie sabía su paradero, porque se dice que ella y su esposo le debían dinero a unos tipos que prestan dinero y te cobran de mala manera, entonces ya no pudieron pagar y por amenazas, se marcharon de la colonia, pasaron meses sin saber de ella y poco me importaba para ser sincero.

    Todo cambio un día cuando yo navega por tiktok y me llegó una notificación de que una cuenta me seguía, raro por qué cuando revisaba era muy vaga de nombre tenía un punto y de usuario una palabra genérica algo como rosas algo así, pero tenía algunos videos la mayoría de ellos de imágenes con canciones.

    Pero uno en especial de hace tiempo, unos 2 años atrás mostraba una sala, la cual yo identificaba muy bien era la sala de mi tía, abuelita de mi prima entonces así identifiqué que era mi prima desaparecida, la verdad no le di importancia entre mi dije que bueno que está bien y ya, pero pasaron los días y ella volvía a ver mi perfil y así pasaron 3 o 4 veces hasta que la empecé a seguir y me animé a poner le un sticker que decía hola por mensaje, pasaron días sin recibir respuesta

    Hasta que volví a ver qué vio mi perfil de tiktok, pero no contesto a mi mensaje, entre mi dije que hija de puta ja, pero pues ojalá que se encuentra bien, a los días me llegó la notificación con un “hola que tal estas”, le escribí que me encontraba muy bien y le pregunté que como estaba ella, que tenía mucho tiempo sin verla, yo haciendo me el que no sabía nada de su situación, ella me contestó que ya no vivía en la colonia por unos problemas familiares y que se había cambiado de casa.

    Ahí yo insistí un poco le pregunté “¿hasta dónde vives?” Ella tardo en responder y me contesto “me vine a cierto lugar que omitiremos por qué ahí sigue”, y agrego “Te puedo pedir un favor, no le digas a nadie por qué pocos saben que me vine para acá”, a lo que le contesté que sin problema yo le guardaba el secreto, de ahí le pregunté por su familia, ella contesto que todo muy bien pero muy general, Avanzando con la conversación le pregunte que si tenía WhatsApp por qué en tiktok casi no me conecto, me respondió que sí, me mandó su número.

    La conversación paso a WhatsApp, le escribí hola y me contesta un holaaa ya mucho más confiada y con una carita medio chiveada, le dije que tal estaba todo, ella empezó a tomar más confianza y me dijo que todo bien pero que sentía sola, le pregunté por qué y pues en pocas palabras me dijo que estaba lejos de su familia y su vato había cambiado mucho, seguí por esa línea preguntado ocasionalmente de cómo estaban sus hijos.

    Pasaron días hablando, sobre todo hablamos cuando yo estaba en el trabajo y no tenía mucho que hacer le escribía y para mí sorpresa contestaba rápido por qué sus hijos estaban en la escuela y su vato trabajando, hasta este punto platicábamos de temas normales y sobre todo de su relación.

    Recuerdo que era un jueves y jugando le dije si pues a ver cuándo te dejas ver, y ella me dijo el día que quieras entre semana que estén los niños en la escuela, pero sería de este lado por qué para allá no puedo ir, me quede pensativo por qué ir hasta allá me llevaría como una hora de camino en la camioneta, le contesta mañana tengo tiempo puedes, ella dijo si por mi está bien estoy libre desde las 8 am hasta las 4 pm, le conteste va donde te veo me mandó ubicación de su casa, le conteste mañana te veo como a las 10 am me dijo perfecto y a dejamos la plática en ese punto.

    Al otro día me pare temprano me bañe, pero ahí al saber que nos veríamos solo los dos, me éxito un poco y me masturbe mientras me bañaba, termine de bañarme y me arregle y salí rumbo a su casa. en el transcurso me mandó un mensaje donde preguntaba si asistiría a lo que le conteste que ya me encontraba de camino, me respondió con un ok y una carita apenada.

    Llegué a su casa y le escribí ya estoy afuera, me contestó con in simple ok, no tardo en salir de su casa me vio en la camioneta y se subió en automático a la puerta del copiloto, ella se veía arreglada pocas veces la había visto así solo en fiestas o algún compromiso, también olía rico, se acercó y me saludo de beso en la mejilla se notaba nerviosa al igual que yo.

    Arranque mientras platicábamos un poco y más a delante le pregunte “¿entonces a dónde vamos?” me dijo a dónde quieras no tengo problema si quieres solo platicamos en tu camioneta, le contesté “no como crees vamos a desayunar que conoces por aquí”, me recomendó un lugar de que quesadillas al que decidimos ir, en el lugar paso el tiempo ya con más confianza me contó que de su vato que ya no estaba a gusto con él, que se metía en muchos problemas de dinero y todo eso yo solo la intentaba aconsejar.

    Así paso el tiempo hasta que dieron las 12:30 y salimos del puesto de comida, le dije que procede tienes tiempo libre a lo que me comento que sí, la invite por un cerveza , acepto y me recomendó un lugar que era con un bar algo oscuro con algo de gente para la hora que era pero decidimos ir, pedimos varias cervezas, Después de varia cervezas no paramos a bailar y ahí ya la sentí más cariñosa, me abrasaba y me decía que la visitará más seguido, paso el tiempo y le dije ya son las 3 de la tarde, ella ya se notaba un poco tomadita me dijo vámonos no subimos a la camioneta.

    Ya fuera de su casa me dio un beso, pero se sintió muy sexy, se bajó me dijo a dios y se metió. Conduje a mi casa ya muy excitado, en el transcurso me escribió un mensaje que decía “Muchas gracias por el día de hoy primo me la pasé increíble tenía mucho que no salía de fiesta y me gusta estar mucho contigo con un emoji de un beso y un corazón”.

    Ya no le contesté hasta en la noche en mi cama acostado con ganas de charlar, le escribí “gracias a ti, te veías muy linda hoy”, después de eso me dejó en visto y pasaron varios días hasta que me llegó un mensaje de ella en el trabajo que decía “hola que haces” le contesté que todo bien y me respondió diciendo que si me podía marcar.

    Me entró la llamada y en llamada me contó que su vato llegó del trabajo a las 5 de la tarde y la noto tomada y oliendo a alcohol a lo que le reclamo, y claro él pensó que lo engaño, ella le conto había tomado en la casa por qué se sentía sola y pues se aventó un cuento,

    Como a las 11 de la noche recibí un mensaje de ella donde me contaba que estaba hasta la madre de su vato y muchas cosas de su vida personal, pues la conversación continua hasta muy tarde y ya de madrugada le pregunté por su vato me escribió que ya estaba dormido,

    Aquí empieza la parte buena, yo caliente me anime a decirle “que guapa se veía ese día” a lo que me contestó con unas caritas rojitas y me pregunto que si me parecía atractiva, le contesté que sí, que si yo fuera su esposo estaría igual por miedo a perder a una mujer tan guapa, me contestó no seas chismoso, no te creo, después le dije y que autito te pusiste hoy y me dijo te enseño y me mandó una foto de costado mostrándome su ropa, la cual era un pantalón un blusa algo escotada y pantuflas.

    Yo en este punto y a altas horas de la madrugada, ya me encontraba muy caliente y le contesté a si de la nada sin señal alguna arriesgándome a ser bloqueado “Que rico culo y unos diablitos”, mi sorpresa fue que ella me respondió con unos changuitos con los ojos tapados, aprovechando la situación le pedí una foto de nuevo, ella ya juguetona me escribió que no que es ya era demasiado, pero insiste con la frase ándale es que no voy a dejar de pensar en tu culote,

    A lo que me contestó con otra foto con el pantalón a las rodillas y mostrándome su tanguita, la vi por varios minutos y le conteste no inventes estás deliciosa que no le haría a ese culote, ella se notaba igual de caliente que yo por me contesto con un “que le harías cuéntame “y pues uno ya caliente le escribí que se lo chuparía todo que se la metería bien rico y cosas de hombre cachondo

    Ella me contestaba en un audio con voz bajita “que rico” y le propuse enseñarme más a lo cual me contestó con un emoji de un diablito y como a los 3 minutos me llega un video donde se está tocando se metía los dedos, se los lambia, se agarraba las tetas ya se notaba súper caliente,

    Después del vídeo me mandó un mensaje que decía “Como quisiera que me cogieras bien duro” a lo que ya caliente le dije te puedo ver mañana y su respuesta fue sí, pero ya sabes temprano lo cual me sorprendía mucho, le conteste mañana paso por ti a las 8 y me respondió 8:30 y le dije está bien y ya no contesto nada.

    Al día siguiente me levante muy temprano, avise que no llegaría al trabajo, y salí con rumbo a su casa, llegue a las 8 y le mandé mensaje de ya estoy aquí como la vez pasada, me respondió en seguida “vete tantito que todavía no se va mi vato a trabajar”, me moví a una calle de su casa, pero donde aún veía su puerta.

    Después de unos minutos salió su vato y se fue supongo a su trabajo, le escribí que si ya, y me respondió “no espera” después de 10 minutos me escribió ya, pero te marco, me entró la llamada, me dijo donde estas, le mencione que, estacionado enfrente al parque, ella ubico y me comento que ahí dejara la camioneta que me fuera acercado a su casa y cuando no viera a nadie entrara la puerta estaría entre cerrada, así lo hice, entre y no la vi camine hacia la primera puerta que vi.

    Ya adentro de su casa, ahí estaba acomodando la cama en toalla y con el pelo aún súper mojado, yo ya con la verga al 100 la vi y me acerque y sin decir nada la voltee y la bese ella se dejó completamente mientras la besaba sentí con ella bajo su mano a mi verga, reaccione quitándole la toalla y viendo sus tetas grandes y su vagina que se notaba que tenía poco de haberla rasurado.

    La seguí besando, la acosté en la cama continúe tocándola por un largo rato en una de esas se me subió yo aún con ropa y ella desnuda, me paga su vagina a mi verga una y otra vez y gemía, yo solo veía sus tetas moverse y me acercaba a morderlas un poco, ella continuaba gimiendo, después de unos 5 minutos ella se baja me desabrocha el cinturón, me bajo el pantalón un me la empieza a chupar por arriba del bóxer.

    Después de un ratito me saca la verga del bóxer y me la comienza a chupar de una manera muy rica yo la tomaba de la cabeza y me la pagaba como diciendo no te detengas, paso hacia otro momento ya con la verga a full se montó, se sentía su vagina súper mojada, entro súper fácil mi verga en su vagina, ella continuaba saltado y gimiendo, y yo por igual.

    Se bajó, la tome de la cintura y le dije ponte de a perrito ella accedió y empecé a cogerla ella solo gemía y gemía, ya en esa posición le abría las nalgas y veía su ano, le escupía y pasaba mi dedo por el como si se lo sobara,

    Ella gemía y se retorcía un poco, hasta que me dijo para, me quite, la acosté la abrí de piernas y se la chupe le metía la lengua en toda su vagina le chupaba las piernas hasta que se vino, empecé a sentir más húmedo y me decía no pares se la seguía chupando.

    Me enderece un poco y se la volvía a meter hasta que me dijo para ya no puedo y se retorcía en la cama mientras yo la tocaba, descansamos durante unos minutos y continuamos con un 69 que ella propuso muy rico me chupa toda la verga los huevos era muy rico, después de ahí nos paramos de la cama nos recargamos en un tocador y se la metí por la vagina mientras me besaba y me decía que era mi perra ahí termine en sus muslos.

    Regresamos a la cama, saque un cigarro lo prendí y le invite uno lo acepto nos vestimos platicamos de que tal estuvo y me dijo que quería repetirlo en otra ocasión le dije claro que sí y me salí de su casa, la volvía a ver dos veces más sí quieren les cuento y yo sigo hablando con ella de vez en cuando.

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