Vine a vivir a este barrio siendo muy joven, e inexperta. Mi familia es gitana, y, en fin, se pueden imaginar la fama de la que venimos precedidos, los gitanos. Sin embargo, de un tiempo hasta ahora veo a un payo que me mira cada vez que paso cerca de él. No sé qué tipo de mirada es la suya, aunque aventuro que es de deseo. Mi cuerpo se ha desarrollado de forma armónica: mis tetas son salvajemente perfectas, mi cintura fina, mi culo pequeño y duro y mis piernas fibrosas. Había noches en que mi calentura de hembra me llevaba a inesperadas ensoñaciones en las que el payo que me miraba a diario se metía en mi cama y me follaba; jamás pensé que ocurriría, pero así ensoñaba.
Una tarde salí a la puerta de mi chabola y vi al payo. Tenía un pitillo sin encender entre mis dedos y me dije: «Le pediré yesca». Eso hice y me la dio. Él posó sus ojos en mi cuello mientras yo encendía el pitillo; le pregunté: «¿Qué miras?»; «Tu hermoso cuello, niña», respondió; «¿Me lo quieres besar?», le reté; «Sí, pero necesitaría tiempo», dijo; «Ven», le invité, y le llevé a un derribo que había cerca.
Pasamos entre ladrillos y hierbajos y nos adentramos en un bosque de columnas que no sostenían nada. Tomé al payo la mano para no caerme si tropezaba, y así llegamos hasta un rincón oculto a las miradas de los vecinos. Detuve mi marcha y encaré al payo. «Aquí», dije acercando mis labios a los suyos: nos besamos. Su boca caliente calentaba la mía; su lengua daba círculos en mi boca. Me estremecí cuando sentí una misteriosa energía expandirse en el interior de mi pecho. Estreché mi cuerpo junto al suyo. Las manos del payo investigaban mi anatomía: lo mismo me acariciaban el culo que se introducían bajo mi camisa verde y estrujaban mis tetas. Dado que no llevaba sostén, el tacto de sus dedos sobre los pliegues de mis pechos me hacían dar suspiros que se ahogaban en su aliento. El abultamiento de su entrepierna presionaba mi vientre: abrí la portañuela de su pantalón y saqué su hinchada polla. Él, en ese momento, se separó de mí. «¿Qué vas a hacer?», me preguntó. «Te la voy a chupar, payo», le contesté, «no puedo follar contigo, mi rosa vale mucho», añadí. Entonces me arrodillé sobre el polvoriento cemento y me metí su venoso miembro en la boca. Lo había hecho más veces: con mi primo Jenaro, con mi hermano Adrián, con mi padre…, sin embargo a este payo lo quise impresionar y se lo hice despacio, deslizando mis labios sobre su glande con parsimonia, sosteniendo sus huevos en mis palmas; adelante y atrás con ritmo pausado hasta que oí un sonido gutural de masculino y ronco placer; entonces aceleré mis acometidas hasta que su semen regó mi paladar y mi lengua probó su templada viscosidad. Exprimí la totalidad de las gotas que manaban de su capullo cabeceando varias veces en su pubis y elevé la vista para admirar mi obra: el rostro del payo me lo decía todo: le había sacado un buen polvo.
Nos separamos a la salida del derribo. Empezaba a oscurecer y él aprovechó que no nos veía nadie para plantarme un sonoro beso. Después me dijo: «Me voy, nos veremos». Yo sonreí y me di la vuelta hacia mi casa.
La mañana siguiente, cuando me dirigía caminando al estudio del pintor para el que posaba desnuda a cambio de comida, por una calle estrecha y empedrada del Centro vi al payo. Iba acompañado de una mujer. Ésta lo tenía cogido del brazo. Me fijé en la mujer: era rolliza; bajo su larga falda negra se perfilaba el grosor de sus muslos y la magnificencia de su culo; y, aunque algo tapados por el abrigo de astracán, sus protuberantes pechos tensaban las abotonaduras que los protegían; su cara, redonda y graciosa, era rubicunda y su melena morena y rizada reposaba sobre sus hombros. Ya me podía hacer una idea de las noches amorosas que compartían en pensiones de habitaciones por horas, ya. Ella a cuatro patas jadeando mientras mi payo la bombeaba por detrás, esa exuberancia carnal desparramada sobre unas sábanas mugrientas después de haber realizado el coito, o antes, mientras mi payo le comía el coño grasiento. Ya me podía hacer yo una idea, ya.
«Mi gitana es muy guapa, y su figura esbelta, delicada pero plena de femineidad, me invita a ensoñar a que un día la posea, sea enteramente mía; por el momento sólo me la chupa cuando encarta porque dice querer conservar su rosa y me conformo, sin embargo quiero conquistarla, quiero saborear su piel morena, quiero llegar a la cima del placer con ella; sé que será difícil pero es lo que más deseo; no es que me vaya mal con mi novia, no, ella también me la chupa, aunque nunca me deja terminar en su boca; eso sí, pasamos horas en pensiones baratas amándonos, su voluptuoso cuerpo pide sexo a todas horas y yo la debo contentar; como no podemos usar condón porque estamos en guerra y estos están reservados para los militares, hacemos la marcha atrás, vuelco mi semen sobre su fofa barriga; pero lo que más le gusta a ella, y a mí, es que la folle por el culo; se quita la falda, las enaguas, las bragas y se pone a gatas sobre la cama, entonces, así, con la camisa puesta y los zapatos de tacón, me dice: «Vamos, pichón, a qué esperas»; yo me quito los pantalones y el calzón y la cubro como un caballo a su yegua; ella grita cada vez que la embisto; sus carnosas nalgas tiemblan cuando mi polla entra y sale de su agujero; arquea ella su espalda para tomar impulso hacia atrás, para que mi miembro le llegue más profundo, y grita más fuerte, tanto que hasta la dueña de la pensión da golpes de amonestación en la puerta; ah, pero el clímax le llega y a ella le da igual, para eso es la que paga; a veces mi novia, en un repente, me exige que le coma el coño, entonces entramos en la primera pensión que nos salga al paso, se desnuda completamente en la habitación y se tumba sobre las manchadas sábanas; sus tetas gigantes caen hacia sus costados; yo comienzo a chupárselas y ella gime contenta; luego voy bajando hasta su pubis y le introduzco la lengua y dos dedos en su raja; sus vellos rizados y negros me hacen cosquillas bajo mi nariz mientras la masturbo; el olor es penetrante y excita mis sentidos, así que me afano en mi labor con entusiasmo, oyendo como cada vez resolla más profundo, midiendo el crecimiento de su clítoris, su endurecimiento, saboreando el dulzor de sus jugos; ah, y no lo puedo evitar, echo mano a mi polla y me la empiezo a menear hasta correrme a la vez que ella me aparta la cabeza porque también se ha corrido; pasados unos minutos me acurruco sobre su acogedor cuerpo sudoroso y lamo todas sus curvas con fervor; ella, siempre, es la que paga.»
Cuando empezaron a caer las bombas, Gonzalo estaba con su tía desayunando pan mojado en vino dulce y malta con leche de burra en la casa del patio de vecinos donde vivían. Se sobresaltaron y se agacharon para esconderse bajo la mesa. Debían estar disparándoles desde el mar, puesto que el frente en el interior estaba estabilizado desde hacía varias semanas. Los obuses caían por cualquier sitio: era la tan cacareada Guerra Total cuyo único objetivo era sembrar el pánico. Y, de seguro, lo estaban consiguiendo: el griterío en el barrio era tan ensordecedor como las explosiones que los provocaban. Fue en una pausa entre estruendos cuando Gonzalo se acordó de Paquita, su gitana. Súbitamente, desobedeciendo los consejos de su tía, Gonzalo salió de debajo de la mesa como una exhalación y salió corriendo hacia la puerta; la abrió, cruzó el patio sembrado de gente herida y llegó a la calle; debía dirigirse hacia las chabolas, debía librar a Paquita de una muerte segura.
La manzana de chabolas hechas de adobe y cañas ya ardía casi en su totalidad en cuanto Gonzalo la divisó. Se adentró entre los escombros humeantes salpicados de despojos humanos y gritó: «¡Paquita!» Un niño sucio y ensangrentado le miró. «¿Has visto a Paquita?», le preguntó. El niño señaló una dirección a su izquierda, señaló el derribo. Gonzalo corrió con todas sus ganas; su corazón se le salía; le faltaba la respiración. Al fin, penetró por el bosque de columnas y allí la vio. Paquita estaba hecha un ovillo en un rincón con sus ropas ennegrecidas convertidas en harapos y sollozando. Nada más ver a Gonzalo, Paquita adelantó sus brazos: sus senos semidesnudos se agitaron. Gonzalo llegó hasta ella y se acuclilló a su lado; «¿Estás bien?», le preguntó; «¡Oh, Gonzalo, ha sido horrible, han muerto todos!», exclamó Paquita tomando a Gonzalo de la cabeza para besarle con desesperación; éste se dejó caer junto a ella, y ambos comenzaron a dedicarse caricias con sus manos sucias. Gonzalo se sentó apoyando su espalda al muro desportillado; Paquita se sentó frente a él, sobre sus muslos. «Gonzalo, bésame», suplicó Paquita, «pero hazlo como si fuese lo último que fueses a hacer en tu vida, por favor». Gonzalo puso sus labios sobre los de ella y le introdujo la lengua; Paquita le correspondió: la asfixia de ambos hizo que tuvieran que respirar por la nariz forzadamente. Y así, entre bufidos, Gonzalo levantó el culo de ella hasta situarlo en su entrepierna. La falda de ella estaba tan rajada que de un tirón Gonzalo se la pudo quitar; las bragas eran solo un trozo de tela descolgado. La polla de Gonzalo salió de su escondrijo en cuanto sintió la calentura que emanaba del chocho de Paquita, y nada más que el pantalón fue desabrochado surgió poderosa y enhiesta. «Tu rosa, Paquita, será mía», dijo Gonzalo; «Nada importa mi rosa ya, Gonzalo». Gonzalo la poseyó con destreza. Paquita apoyaba los brazos sobre sus hombros con la cabeza caída, mientras Gonzalo movía sus caderas arriba y abajo. Oh, la visión de su gitana…
Las ráfagas de ametralladora que los mató procedieron del cielo. La mortífera escuadra de aviones tenía órdenes precisas de acertar a cualquier bulto que se moviera, pues los generales no querían que sus tropas de infantería fuesen diezmadas por individuos emboscadas en algún agujero. Así que el piloto no tuvo dudas de que en aquel infesto derribo algo anormal ocurría al ver dos cuerpos moviéndose espasmódicamente; de seguro que fabricaban una trampa letal; y activó la fusilería que sesgó la vida de los amantes. No sin antes besar la estampa de la Virgen de las Angustias que llevaba en el salpicadero.

Deja una respuesta