Nunca dejé de ser suya (1)

Advertencia:

El siguiente relato es la introducción de mi historia, por lo que no cuenta con tanto contenido erótico como las siguientes partes. Hay descripciones largas sobre personalidades y lugares. Sobra decir que los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los implicados en este triángulo amoroso. Sin más por el momento, les comparto mi relato:

Me casé joven y enamorada; yo (Jazmín) tenía 19, mi esposo (Francisco) 22. Yo mido 1.55 cm. Soy muy delgada. Mi cabello es lacio y negro. Mis pechos son de tamaño mediano y mi trasero es grande a pesar de mi baja estatura. Mi mejor atributo, según mi esposo son mis labios gruesos y mis piernas trabajadas durante horas en el gimnasio. Mi piel es casi completamente lisa, casi no tengo lunares. Mi esposo mide 168 cm, era guapo de rostro aunque tenía un poco de sobrepeso.

A pesar de casarnos enamorados, atravesamos desde el principio problemas emocionales y de convivencia que dieron como resultado que nos separáramos poco tiempo después de casarnos.

Nuestra vida sexual era muy buena. Nada que reclamarle. Francisco siempre fue un caballero conmigo dentro y fuera de casa, y en la cama era todo un semental, un macho, un hombre. Tenía una energía sexual a la que me costaba seguirle el paso, a pesar de su sobrepeso, y un deseo inagotable por mi cuerpo, al que yo siempre me entregaba sin reservas. Ambos éramos vírgenes cuando nos conocimos y fue mutuo el descubrimiento en el mundo del placer carnal. Había confianza suficiente para expresar nuestras fantasías y deseo de sobra para llevarlas a cabo. su inexperiencia la compensaba con energía y deseo.

Una de las cosas que más le excitaban a él eran que yo le hiciera sexo oral, ya fuera antes del sexo, en cada cambio de posición o al terminar, cosa que me pedía muy a menudo, pues le excitaba demasiado descargar su semen en mi boca y ver cómo yo me lo bebía. Al principio no era de mi agrado hacerlo, pues su sabor resultaba extraño para mí, pero con el tiempo me fui acostumbrando y me encantaba verlo disfrutar tanto. Amaba que sus piernas temblaran cuando lo succionaba y a veces incluso gemía y me decía cosas sucias. Con el tiempo, mi boca se volvió el lugar predeterminado en el que mi esposo se venía, pues no nos gustaba usar condones.

Yo, por otra parte, me excitaba a través de la imaginación. A veces jugábamos a que éramos amantes o que éramos completos desconocidos que se conocieron en un bar y, llevados por el deseo, habían decidido hacer el amor sin más. Otra fantasía que usábamos a menudo (y que me da un poco de vergüenza contar) es que yo era una nativa mexicana y él un conquistador español.

Los primeros meses sin él la pasé fatal. Él había sido mi primer amigo íntimo, mi primer novio y el primer hombre que conocí en una cama. Nunca me había imaginado vivir sin él y una soledad me eclipsaba y me asechaba todo el tiempo, sobre todo en las noches. La cama se sentía inmensa sin él.

Fue en esa soledad que conocí a Agustín, un hombre 11 años mayor que yo. Habían pasado dos años desde nuestra separación, por lo que ahora yo tenía 21 años; él, 32. Media 167 cm. Era delgado, de cara normal y en general no muy guapo. Sin embargo, tenía labios gruesos, cosa que me encantaba sentir cuando nos besábamos, a diferencia de Francisco, cuyos labios eran delgados. Además, quizás por su experiencia, besaba rico y era bueno para calentarme en general. Sabía cómo, cuándo y dónde poner sus manos. En lo demás, era lo opuesto a mi marido: mientras Francisco era más bohemio, Agustín era muy trabajador.

Pero así como tenía lo que a mi esposo le faltaba, también le faltaba lo que mi esposo tenía. El carácter de Agustín a veces era desagradable. Se enojaba con mucha facilidad y no era muy culto. Por el contrario, Francisco, a pesar de su energía, tenía un carácter apacible. Rara vez se enojaba y nunca perdía la calma. Jamás me levantó la voz (fuera del sexo, donde me encantaba que lo hiciera) y tenía una ortografía impecable. Si no era un profesionista de cualquier tipo, era porque estaba enamorado de su tiempo libre y sus aficiones. Tocaba el piano, jugaba baloncesto, nadaba y sabía 3 idiomas. Francisco solo trabajaba lo justo para no morir de hambre. Nada más.

Agustín, por el contrario, el único pasatiempo que tenía era emborracharse y seducir mujeres. Si no estaba en el trabajo, estaba en el bar. Tenía una pésima ortografía y no era demasiado inteligente, pero me daba atención. Lo conocí porque él es conductor de una plataforma de transporte y me ofreció intercambiar números con la excusa de si algún día necesitaba un servicio especial o fuera de horario.

Comenzó a escribirme halagos y cada vez se fue metiendo más en mi vida. Me buscaba mucho y siempre estaba al pendiente de mí. Al principio lo rechazaba y le decía que era casada. Y lo era, pues nunca me divorcié oficialmente, pero eso pareció excitativo más y, con el tiempo, la soledad y la falta de sexo y de estímulos hizo que terminara aceptándole una cita. Francisco no estaba y Agustín sí. ¿Qué más podía hacer?

La primera cita que tuvimos fue en un bar alejado de la ciudad. La zona no era fea, pero el bar no era del todo de mi agrado, pues rallando lo vulgar. No me encantó físicamente cuando lo vi. No recordaba cómo era y en su perfil no subía fotos suyas. Habíamos hablado lo suficientemente por chat como para saber nuestras intenciones y esa cita fue únicamente para formalizar una relación que ya habíamos cosechado 3 meses atrás.

Las citas se repitieron y la pasión no tardó en llegar. Ese hombre sabía cómo tratar a una mujer. A veces me hablaba de sus romances pasados y sus aventuras con mujeres casadas y no cabía duda: ese hombre sabía lo que hacía. Por lo general nos veíamos por las noches en zonas donde fuese poco probable encontrar a algún conocido mío. Me enseñó a manejar y me dio tal confianza en mí misma que empecé a trabajar en la misma plataforma que él.

Los fines de semana, después de trabajar unas horas, íbamos al mismo bar donde nos conocimos y bebíamos mezcal o cocteles. Él prefería la cerveza. Él me presentaba como su novia ante sus amigos y yo, aunque al principio me incomodaba, el rencor que guardaba por mi marido hizo que aceptara sin más que ahora era la novia de Agustín. Francisco no se podía quejar, pues se había ido.

Aun así, debo admitir que mi conciencia no me dejaba tranquila del todo. Yo no me había divorciado y ser infiel, aunque mi esposo ya no estuviera conmigo, no me era algo fácil de hacer, así que solía beber para achicar la culpa en alcohol, cosa que funcionaba temporalmente. Después de beber, íbamos a algún estacionamiento o calle solitaria donde, sin salir del auto y llevados por el alcohol dábamos rienda suelta a nuestras pasiones: él disfrutaba de intentar poseer a la mujer de otro hombre y yo me volvía con la idea de que lo consiguiera, de dejarme conquistar, de entregarme al deseo de un hombre que me valoró más que mi esposo y que, a primeras luces, parecía mejor que él.

La primera vez que pasamos al siguiente nivel fue un viernes. Yo traía un vestido corto color amarillo de algodón suave con figuras de flores. y aunque usaba tenis para manejar, cuando terminaba de conducir me los cambiaba por un zapatos de tacón alto color negro. Después de beber, dejé mi auto en el estacionamiento junto al bar y me subí en su camioneta blanca. Era enorme y olía a nuevo. Agustín a había comprado para dar servicios de lujo para bodas y fiestas de 15 años. Esas camionetas eran caras y solían ser usadas por guardaespaldas y famosos.

Se estacionó en una calle sin pavimentar que de un lado daba a la parte trasera de un fraccionamiento (o residencial) por lo que no había puertas ni ventanas que nos pudiesen ver, solo un enorme muro color blanco. Al otro lado de la calle había un terreno baldío lleno de árboles. La calle era amplia pero no había ningún otro auto estacionado. Al parecer, estaba hecha para que camiones grandes pudieran transportar material de construcción a estas casas, pero la residencial estaba terminada y ya no pasaba nadie por ahí.

No habría testigos…

Al principio, él se inclinó de su asiento para besarme y yo, sentada recta en el asiento del copiloto, le correspondí. A pesar de que sus dientes estaban un poco sucios, en ese momento yo estaba súper caliente y nada me importaba. Estaba encerrada en un auto con un hombre y la tensión sexual que había en el aire, sumada al humedad que comenzaba a llenar mi vulva inundaba el ambiente. Cerré mis ojos para encerrarme en las sensaciones del momento y me dejé llevar.

Sus gruesos labios besaban mi labio inferior. Su lengua intentaba penetrar mi boca, cosa que permití abriendo mis labios lentamente. nunca me habían gustado los besos de lengua y rara vez le permitía a Francisco besarme de lengua pero esta vez se lo permití a Agustín.

Sentía como su lengua rozaba la mía y decidí seguirle el juego moviendo la mía también. Ambas se tocaban con pasión y sentía como una de sus manos acariciaba mi oreja con ternura; después, mi cuello, para seguir bajando por mi garganta hasta mi pecho y se detuvo ahí para apretar uno de mis senos por encima de la ropa. Todo eso sin dejar de besarme. Escuchar su respiración agitada me excitaba más y no pude evitar gemir mientras su lengua seguía dentro de mi boca.

Por momentos sentía que me dormía por el alcohol y la hora, y que comenzaba a ser más torpe en los movimientos de mis labios pero entonces recordaba la excitación del momento y el morbo me despertaba. Agustín dejó de besarme e hizo su asiento hacia atrás. Luego me tomó de la cintura y me jaló hacia su cuerpo pero no me movió demasiado. Me quedé mirándolo sin saber exactamente qué esperaba hacer.

-Súbete arriba de mí. -Me dijo mientras jalaba mi mano hacia él.

Me subí encima de él con las piernas abiertas y comencé a besarle. La camioneta era muy grande, por lo que sobraba espacio. Él acariciaba mi cintura con una mano y con la otra mi pecho. Después, una de sus manos fue pasando poco a poco por mi muslo hasta llegar a mis bragas. Comenzó a acariciar mi vulva por encima de la ropa. Con sus dedos movió mi ropa interior y comenzó a acariciar mi clítoris. Era hábil. Se notaba su experiencia y sus dedos eran gruesos y largos.

Yo dejé de besarlo y, haciendo mi cabeza hacia atrás comencé a gemir. Este hombre sabía usar sus manos. Movía mis labios vaginales con maestría. Yo ya no podía más.

-¡Espera! -Le dije y me senté de lado para quitarme las bragas. Él me las arrebató y las olió mientras me miraba con lascivia.

Volví a ponerme encima de él y entonces conocí su arma secreta: su técnica al meter los dedos. Al principio me acariciaba los labios y el clítoris suavemente para después meterme un dedo. Luego dos y así comenzó a estimular dentro de mi vagina. Después de unos cinco minutos de gozar de las maravillosas que este hombre podía hacer con sus dedos, completamente borracha de placer solo alcancé a decirle:

-Cógeme.

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