Capítulo 1: Vestida para su deseo prohibido
Esta es mi historia, aunque a veces la fantasía se entrelaza con la realidad para dar sabor a la vida. Permítanme presentarme: soy Sol, una mujer que encuentra en la clandestinidad y la sumisión a su amante, Rafael, un escape a la monotonía de su matrimonio. Mido 1.66 metros, y hoy, con mis tacones favoritos, alcanzo una altura de 1.73 metros, una presencia que irradia una sensualidad discreta pero poderosa.
Mi cabello rubio ceniza, siempre cuidado y con un brillo sutil, cae en ondas suaves hasta mis hombros, enmarcando un rostro de facciones delicadas pero con una mirada intensa, de ojos color miel que hoy arden con anticipación. Mis senos, generosos, de una talla 40D (101.6 cm), se insinúan bajo el ajustado vestido rojo, prometiendo las curvas que tanto enloquecen a Rafael.
Hoy, mi elección de vestuario es una declaración de intenciones. Un vestido rojo pasión, de un tejido suave que se adhiere a mis curvas como una segunda piel, resaltando la forma de mis caderas y la redondez de mi trasero. Debajo, un conjunto de encaje negro, una caricia traviesa contra mi piel depilada, un secreto que solo Rafael descubrirá.
Mis piernas desnudas bajo el vestido son una invitación silenciosa, al igual que la lencería que llevo: una tanga negra, impregnada de mi aroma después de días de usarla, lista para ser reclamada como un trofeo. Las ligas negras, adornadas con un delicado encaje, tensan mis medias, añadiendo un toque de fetichismo a mi atuendo. Unas gotas de mi perfume favorito, una fragancia embriagadora y sensual, completan esta armadura de deseo.
El sonido del cerrojo al cerrarse tras la espalda de mi marido fue la primera nota de la sinfonía de excitación que vibraba en mi interior. Se había ido, como cada mañana, ajeno al temblor húmedo que ya me recorría. Hoy no era un día de rutina; hoy, mi amante, Rafael, cruzaría este umbral, trayendo consigo la tormenta de placer que mi cuerpo anhelaba en secreto.
Recordé los juegos previos con Rafael, la forma en que sus manos expertas recorrían mi cuerpo bajo la lencería, la excitación de sus juguetes íntimos deslizándose dentro de mí. Sentía su posesión cuando me vendaba los ojos y me hacía suya, explorando cada rincón de mi ser. Esos momentos, donde la sumisión se entrelazaba con el placer, eran un escape a la monotonía de mi vida conyugal.
La tanga negra, esa prenda que guardaba su aroma, mi propio aroma intenso después de días de llevarla contra mi piel febril, era un recordatorio constante de su posesión. Sabía que la reclamaría como un trofeo, dejándome al aire, la humedad pulsando entre mis muslos en anticipación de su tacto. Las ligas mordían mi piel, tensando las medias de encaje, cada detalle un eslabón en la cadena de mi sumisión voluntaria. Mi coño latía, ya empapado solo con la idea de él.
El espejo me devolvió una imagen lasciva, muy lejos de la esposa apagada que mi marido daba por sentada. Mis ojos, oscuros con el deseo, brillaban con una intensidad que rara vez se permitía ver la luz del día. Mis pechos, grandes y turgentes, se derramaban sobre el escote, los pezones erectos y oscuros marcándose con impudicia a través de la tela fina. Sentí el calor concentrarse entre mis piernas, mi entrada ya palpitante, lista para ser invadida. Los tacones altos me elevaban, ofreciendo mi cuerpo en una postura de entrega provocativa.
Unas gotas de perfume, una esencia cargada de promesas carnales, sellaron mi metamorfosis. Cada inhalación era una punzada de excitación, un anuncio olfativo de la pasión que estaba a punto de desatarse. Mientras repasaba mi maquillaje, mi mente se llenaba con la imagen de Rafael, su sonrisa depredadora, la forma en que sus ojos oscuros me desnudaban con solo mirarme.
Una punzada de nerviosismo se mezcló con el fuego que me consumía. La idea de lo prohibido, de este encuentro clandestino en mi propio hogar, era un afrodisíaco potente. La adrenalina danzaba en mis venas, preparándome para la entrega total.
La espera era una tortura deliciosa. Cada crujido de la casa, cada susurro del viento, me hacía tensar. Finalmente, el timbre resonó, un latido fuerte en el silencio cargado de deseo. Abrí la puerta, mis labios curvándose en una sonrisa nerviosa y expectante. Él estaba allí, su mirada oscura clavándose en mi cuerpo, desvistiéndome centímetro a centímetro.
Cerré la puerta, el sonido resonando como un presagio. Sin dudarlo, me arrodillé ante él, ofreciéndole mi boca como un cáliz. “Mi dueño,” susurré, sintiendo la dureza de su erección presionando contra mis labios. “Estoy lista para ti.”
Mi boca se abrió, ansiosa por devorar su masculinidad, por sentir el sabor salado de su deseo, el pulso firme que anunciaba la tormenta que estábamos a punto de desatar. Mi lengua danzó sobre la punta hinchada, saboreando las gotas de líquido preseminal que ya la humedad de sus manos se enredó en mi cabello, guiando mi boca más profundamente mientras gemía en mi oído. El olor de su excitación me invadió, volviendo mi coño aún más líquido.
Él me levantó bruscamente, sus manos deslizándose bajo mi vestido para apretar mis nalgas desnudas. Me condujo sin decir palabra hasta la encimera de la cocina, levantándome y abriendo mis piernas sin delicadeza. Sentí su erección dura presionando contra mi entrada húmeda.
Con un gruñido bajo, se lanzó sobre mí, penetrándome con una fuerza salvaje. El dolor agudo se mezcló con una punzada de placer impuro. Gemí, aferrándome a sus hombros mientras sus embestidas se volvían más rápidas y profundas. Sentí mi tanga rasgarse bajo su furia, la tela ofreciendo una resistencia inútil. La humedad entre mis piernas se intensificó, mi cuerpo respondiendo a su salvajismo con una necesidad desesperada.
Mientras me follaba contra la fría superficie, sus manos exploraban mi cuerpo con una urgencia posesiva. Apretó mis pechos, sus dedos pellizcando mis pezones erectos hasta que grité. Su boca descendió sobre mi cuello, mordisqueando mi piel mientras sus embestidas se hacían más frenéticas.
En ese torbellino de dolor y placer, sentí mi orgasmo acercarse, una ola de contracciones intensas que me hicieron gritar su nombre. Mis fluidos se derramaron, mezclándose con su sudor y el aroma acre del deseo prohibido. Él gritó también, su semen caliente llenando mi interior mientras se aferraba a mí con una fuerza brutal.
Sin darme respiro, tomó uno de los pasteles de la encimera, la crema fría contrastando con el calor de nuestros cuerpos unidos. Con una sonrisa lasciva, untó la crema en mis pechos sudorosos, lamiendo con avidez mientras sus dedos seguían preparándome sin piedad. El sabor dulce y artificial se mezcló con el sabor salado de mi excitación, creando una mezcla obscena y deliciosa.
“Voy a acabar de nuevo” jadeé, mi cuerpo temblando incontrolablemente.
“Hazlo para mí, mi perra” gruñó él, sus embestidas volviéndose aún más salvajes. “Eres mía.”
Mi cuerpo se retorció bajo su dominio, mi orgasmo explotando con una furia incontrolable, mis fluidos empapando la encimera junto con la crema dulce y pegajosa. Él no se detuvo, su boca descendiendo sobre mi concha hinchada, lamiendo la mezcla obscena de mis fluidos y el pastel.
Después, en el dormitorio, antes de que me penetrara salvajemente, yo misma tomé otro pastel. Con una sonrisa provocativa, me unté la crema fría y dulce en mis senos, llenando los surcos y los pezones, ofreciéndoselos como un manjar antes de la tormenta de sexo que sabíamos que vendría.
Capítulo 2: Éxtasis profano en el lecho clandestino
Se miraron fijamente mientras se dirigían al dormitorio, la intensidad de su mirada anticipando el encuentro que estaba por comenzar. Al llegar, sin dudarlo, me arrodillé ante él. Con manos temblorosas, desabroché la hebilla de su pantalón, liberando el miembro erecto que palpitaba con impaciencia. La visión de su carne dura e hinchada me inyectó una nueva y salvaje excitación. Este era un placer diferente, más animal, más prohibido. Él, sin perder tiempo, comenzó a desvestirse, dejando caer las prendas al suelo como si quemaran sus dedos. Observé su cuerpo desnudo, la forma poderosa de su torso, la firmeza de su pene apuntando hacia mí como un arma de placer.
Un deseo abrasador se encendió en mi vientre, comiéndome. El perfume que emanaba de su piel, una mezcla de sudor y excitación, me embriagó, intensificando mi propia humedad. Mientras sus manos se enredaban en mi cabello, besándome con una urgencia posesiva, sus dedos se deslizaron por mi espalda baja, apretando mis nalgas con una demanda silenciosa.
Sus manos me tomaron por la cintura, y con una fuerza que me sorprendió, me levantó del suelo. El vestido rojo, que antes se ajustaba a mi cuerpo, ahora se deslizó por mis hombros, revelando mis pechos desnudos. Mis tetas, grandes y turgentes, se ofrecieron a su mirada lasciva, mis pezones erectos, de un café oscuro y duro, se erizaron aún más ante su aliento caliente. El roce de sus dedos contra mi piel desnuda envió un escalofrío de anticipación por todo mi cuerpo.
Con un movimiento rápido y seguro, me hacia la cama, arreglándome sobre el suave edredón. Mi cuerpo desnudo temblaba ligeramente, expectante. Él se movió hacia mis piernas, esperándolas con una lentitud deliberada, como si descorriera un telón hacia mi intimidad. Su dedo índice se deslizó por mi concha rosada y ya húmeda, recorriendo los labios hinchados y sensibles, dejando un rastro pegajoso del dulce sabor del pastel que aún persistía. El aroma de mi propia excitación se mezclaba con el dulzor artificial, creando una atmósfera cargada de erotismo impuro.
Él se detuvo, su mirada oscura y voraz clavada en mi entrepierna. “Quiero saborearte de nuevo, mi reina”, dijo, con una voz ronca que vibró directamente en mi coño. Con una mano, levantó la falda de mi vestido, dejando al descubierto mis muslos temblorosos y mi trasero ofrecido.
Él se arrodilló frente a mí, su aliento caliente golpeando mi sexo. Con una mano, tomó mi tanga usada, la tela negra aún impregnada de mi aroma y mi humedad. La acercó a su rostro, inhalando profundamente mi esencia. Su mirada se alzó hacia mi cuerpo desnudo, sus ojos oscuros brillando con una posesión salvaje. Su lengua se deslizó por la tela, saboreando el rastro de mi excitación.
Sus manos regresaron a mi vagina, acariciándola con una delicadeza cruel. Su dedo se introdujo lentamente en mi interior, probando la profundidad de mi humedad, el sabor salado de mi deseo mezclándose con el dulzor del pastel. Gemí, mi cuerpo arqueándose involuntariamente hacia su toque profano.
Capítulo 3: El sillón prohibido
Después de unos minutos, me llevó al sillón del ventanal. “¿Qué estás haciendo?”, me pregunta. “Me masturbo para ti, amor mío, para hacerte el amor aquí mismo”, le respondo, sabiendo lo que implica. Con una sumisión placentera, me doy la vuelta. Estoy vestida con tacones, medias de rejilla y ligas; mi excitación es palpable. Miro su verga, excitada. Él se sentó, su presencia llenando la habitación con una tensión palpable.
Me masturbo, la fricción contra mi clítoris es una explosión de sensaciones que suben por mi cuerpo. Siento sus ojos sobre mí, recorriendo cada curva, cada detalle. La anticipación es casi insoportable.
Me encuentro parada frente a él, consciente de cada detalle de mi cuerpo: mis ojos marrones, la calidez de mi piel, mi cabello rubio cayendo en cascada sobre mis hombros, enmarcando un rostro que, sé, lo cautiva. Mido 1.73, y los tacones que llevo acentúan la curva de mis caderas y la redondez de mi trasero; mis senos, una talla 40D, una provocación silenciosa. Él me encuentra irresistible, pienso, sintiendo un escalofrío de anticipación. Su verga, depilada y dura, es una provocación visual.
Él se encuentra sentado en el sillón de mi marido y me pidió con vos fuerte y yo parada frente a él me dice date vuelta. Que hoy te llame ese culo de leche, me giré dándole la espalda pensando que lo estábamos haciendo en el sillón que está al lado del ventanal por fuera pasada gente yo sentada en la verga de mi amante tu espalda y yo le digo lo haremos aquí en el sillón frente al ventanal a la calle sí me giré mostrándole mi culo, abriendo mis nalgas y con mis manos, sintiendo su pene entrar en mi culo. La excitación es inmediata, intensa. Me dejo caer sobre él, sintiendo su verga dentro de mí. El placer es tan intenso que siento que mis grandes pechos van a explotar. ¡Dios, esto es increíble!
“Me encantaría que alguien nos viera”, dice él, su voz ronca de deseo. “A mí también”, le respondo, aún más excitada.
Siento una mano acariciando mi pezón derecho, apretándolo, recorriendo con sus dedos. Otra mano comienza a masturbar mi vagina. Cierro los ojos, entregándome al placer. En ese momento, grito: “¡Eres mi hombre! ¡Eres mi locura bella! ¡Siempre seré tu mujer, y tú, mi sumisa!”. “Yo también te amo”, me responde él.
Durante quince minutos me penetra, el placer es incontenible. Mis orgasmos son múltiples, intensos; los chorros de mi fluido saltan sobre la mesa y la alfombra. Siento su semen ardiente dentro de mi culo, lubricándome completamente. Él me dice frases sucias, palabras que me excitan aún más. “Eres mi sumisa, mi amante”, me susurra. “Este culo solo te pertenece a ti mi amo “. ¡Qué placer tan intenso… nunca me había sentido así!
“¿Qué fetiche tienes, mi fea, mi amor?”, dice él, su voz llena de deseo. “Y le respondo gimiendo y montando la verga Sueño con que estés penetrando a un hombre mientras lo masturbas, mientras te llenas el culo igual que a mí él me responde algún día me culearé a tu marido. Eso me caliento más”
Y pregunto a mi hombre “Y tú, ¿tienes algún fetiche más de todos los que has hecho?” me pregunta.
“Sí, tener un trío contigo”, respondo, mi cuerpo aun temblando de placer. “Pero sabes, como sumisa, elegiría un hombre o una mujer, y eso me excita aún más. ¿Qué te parece?”
“Me encanta”, dice él, su mirada llena de deseo. “Me gusta que seas tan sumisa, que te entregues a mí por completo”.
El contacto es inmediato, intenso. Siento su verga dentro de mí, llena de pasión. Cada estocada es una oleada de placer, una descarga de energía que me recorre toda. ¡Ah, Dios mío! gimo. El placer es incontenible, mis orgasmos son múltiples e intensos. Siento su semen dentro de mí, caliente y ardiente; me lubrica por completo. El sabor metálico de mi propio fluido se mezcla con el suyo, creando una sensación única, inolvidable.
“Date vuelta,” me dijo mi amante después de unos quince minutos. Había llenado mi culo con su semen. “Ya sabes lo que tienes que hacer,” me dijo, tocando mi concha. Me arrodillé y le chupé la verga, sacando todo su semen. Un poco de semen quedó al lado, casi milagrosamente amante se levantó y se fue a duchar. Yo fui a la cocina y me tomé un vaso de agua. El semen seguía goteando de mi culo.
Terminé de tomarme el vaso de agua y me dirigí al baño para tomar una ducha con mi amante, al entrar se la puerta le agarré las nalgas se la abrí y comencé a darle un beso negro pasando mi lengua la verdad una verga es está dura se lo comencé a mamar hasta cuando eyaculó dentro de mi boca pierde un poco de semen el día un beso negro de mi el dedo en el ano sentí como su v separada la ducha hasta que estaba tan dura tan dura el semen saliendo la boca de su leche.
Le di un beso negro, pasando mi lengua y masturbándose con mi otra mano. De nuevo me lo tragué. Después, terminamos de ducharnos, y con la toalla, ya me prestó mi vestido. Yo me lo puse, pero él se quedó con mi tanga y se fue con ella, dejándome sin tanga y a concha pelada.
Capítulo 4: La llegada a casa
Después tomé mi teléfono y vi un mensaje de mi marido. Él me había escrito que andaba con muchas ganas de tenerme en sus brazos, de penetrarme esa noche. Yo le respondí con un mensaje directo y provocador: “Mira, ando con un vestido… y sin nada debajo”.
Luego le dije que lo esperaba en la casa tomándome una copa de vino. Llegó aproximadamente como a las 7 de la tarde. Apenas entró en la casa, que aún tenía un ligero olor a sexo, se sentó en su sillón. Yo ya estaba mojada solo con su presencia. Estábamos conversando cuando me tocó la pierna y me dijo que tenía ganas de estar conmigo. Yo, fingiendo cansancio, le dije que estaba muy cansada.
Él insistió, diciéndome: “Eres una perra, sabiendo que me tienes ardiendo”. Esa “grosería”, dicha con ese tono, me recordó a Rafael y me mojó por completo. Las palabras sucias me excitan. Me levanté y, levantando mi vestido, le mostré que no llevaba nada abajo. Él me miró con deseo, su mirada húmeda. “Yo también tengo ganas”, le dije, dejándolo un momento porque tenía que ir a comprar y volver.
Cuando volví, lo encontré en la cocina. Estaba sosteniendo una pantaleta mía negra con encajes, que obviamente estaba sucia, la había olido. Cuando llegué a la cocina, la pantaleta estaba encima de la mesa, llena de su semen. Me dijo: “Ya que no andas con nada, puntual. Te quiero con ella sucia”. Y así lo hice. Vi cómo nuevamente su miembro se erigía. Lo tomé de la mano y lo llevé a la cama.
Él me abrazó. Sentí su pene contra mi cuerpo. Empezó a masturbarme. Me di la vuelta y él empezó a hablarme sucio, como lo hacía Rafael. Cerré los ojos, pensando en mi amante y su verga. Mi marido mide veinte centímetros y no me gusta porque me duele, pero pensé en Rafael y me mojé. Esa misma noche penetró mi vagina húmeda. No duró ni dos minutos, diciéndome cosas sucias. Me excité mucho. En un momento me dijo: “¿Me gustaría verte con otro hombre?” “En serio”, le dije, debajo de él mientras él me penetraba con su miembro.
Me excitaba pensando y cerrando mis ojos en lo que habíamos hecho en casa hoy, sin que mi marido supiera nada. “¿Cómo te gustaría que lo tuviéramos? ¿De adelante para atrás?” preguntó. “Me gustaría verme mamar otro pene que no fuera el tuyo”, respondí. Y cuando me hizo sexo oral, le dije a mi marido: “Bueno, soñemos. Entonces soñemos fuerte. Imagínate que estoy con otro hombre, amándose su verga, su miembro duro y depilado. Yo me paro, me abro las nalgas y me penetran analmente”.
Mi marido, con tantas cochinadas que le hablé y sin tener idea de que todo eso lo hago yo, me dijo: “Imagínate que yo te escupo la boca, él te orina y a mí me gusta”. Lo masturbé y eyaculó su leche sobre mis senos. En ese momento, mi marido puso las manos en mis senos duros y llenó mi vagina con su semen. Sentí un escalofrío y me levanté para irme a lavar. Sin embargo, subí con tropiezo a un dormitorio que está vacío y empecé a masturbarme, haciendo un video para mostrarle a Rafael ese mismo video de cómo estaba llena de mi marido. Me fui con chorros porque mi marido no pudo hacer que yo acabara. “Estoy feliz. Hoy fui la mujer que siempre soñé ser”.
Capítulo 5: Gracias papá
Habían pasado cinco días y no podía ver a mi amante por distintos temas personales de trabajo. Lamentablemente, a Rafael no lo había podido ver y lo necesitaba. De hecho, me estuve masturbando durante la semana ya que no había tenido sexo. Hoy en día, en la mañana, estando en mi trabajo, me tuve que masturbar en el baño, poniéndome un consolador anal. Ya no aguantaba más, y lo único que ansiaba era acostarme con Rafael.
Hoy en la noche, cuando ya estaba acostada con mi marido, me llamó por teléfono mi padre. Estaba enfermo y quería estar cerca de mi casa, así que lo pasamos a buscar y lo llevamos a un servicio de salud que quedaba en un parque, un lugar con muchos árboles. Ya era de noche, eran las nueve, y dejé a mi padre ahí en el servicio de salud. Llamé a Rafael, que vivía a dos cuadras de aquí, y mi marido se fue a casa, diciendo que lo llamara cuando estuviera listo mi padre para venir a buscarnos a mi padre conmigo.
Al llegar Rafael, apenas cinco minutos después de dejar a mi padre siendo atendido, me tomó de la mano y nos fuimos a una zona oscura, afirmando contra un árbol. Empezó a besarme. Juro que había gente alrededor, era un parque tipo verano con gente paseando.
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