A mis 67 años, soy una mujer de curvas generosas, con labios carnosos que saben a pecado y ojos que brillan con deseo. He vivido una vida llena de historias y secretos, pero nada me preparó para lo que está a punto de suceder.
Soy una mujer gruesa de cuerpo, de boca grande y profunda. Mis senos, grandes y firmes, mantienen un apetitoso atractivo sexual. Mi abdomen, con carnes flojas y crecido por los años, se equilibra con unas nalgas grandes y duras, que forman un hermoso culo, aproximadamente el doble del que tienen mis hijas. Mis gruesos muslos y pantorrillas forman unas atractivas piernas, todavía torneadas, que al mirarlas es imposible no hacer comparación con las de mis hijas.
Esas piernas no dejan de excitar cuando alguna vez se me sube el vestido, o me agacho para recoger algo, o entre abro las piernas al sentarme. Y debo confesar que, a veces, lo hago a propósito cuando estoy cerca de jóvenes, porque siempre me han encantado. Soy una mujer candente, atraída por jóvenes de entre 18 a 29 años.
Mi hija, Sol, siempre ha sido mi orgullo, mi niña hermosa, con una sonrisa que ilumina el alma. Pero su vida amorosa, un torbellino de pasiones, me llenaba de preocupación, como una madre lo haría. Su esposo, Víctor, ya no era suficiente.
Cuando me habló de Rafael, su nuevo amor, un hombre joven, de mirada intensa y sonrisa pícara, vi en ella esa chispa juvenil, esa alegría desbordante, que solo el amor verdadero puede despertar. Él tenía 42 años, un hombre apasionado, según ella, quien la había hecho sentir cosas nuevas, cosas que nunca antes había experimentado. Y yo, en silencio, sentía una punzada de celos. ¿Cómo podía ese joven, con su cuerpo ágil y sus ojos llenos de picardía, hacerla sentir cosas que un hombre mayor como su esposo no había logrado?
Yo, Mercedes, no tenía ni idea de que mi hija sentía una atracción por hombres más jóvenes, un deseo que siempre había mantenido oculto, un anhelo que solo salía a la superficie en momentos de soledad. En mi mente, fantasías calientes se mezclaban con la culpa y la vergüenza.
Cuando Rafael vino a conocerme, sentí una mezcla de nerviosismo y anticipación. Era alto, con una mirada intensa que me hacía sentir observada, analizada, como si pudiera ver mi alma a través de mis ojos. Me atraía su mirada, la forma en que se detenía en mis senos, en mi trasero, como si los estuviera saboreando con la mente.
Su sonrisa era cautivadora, una mezcla de timidez y seguridad que me desconcertó. Me sorprendió su caballerosidad, su respeto, tan diferente de la imagen del amante apasionado que Sol describía. Pero había algo más, una tensión palpable entre nosotros, una atracción que no podíamos ignorar. Sentía que él también me deseaba. Cuando llegó a mi casa, se sentó en el sillón a tomar un vaso de bebida mientras yo lavaba los platos y sentía cómo me miraba el trasero. A lo mejor era mi imaginación, tenía 67 años, era una mujer gorda con un gran trasero y estaba con mi hija. Era idea mía, creía yo, sin saber que en ese momento su fantasía era estar con una mujer mayor.
Yo me fui a duchar en ese momento, hacía calor, y al salir del baño, él ya no estaba en el comedor, pero sí estaba en el dormitorio mientras yo me cambiaba de ropa. Sentí un ruido en la pieza de mi hija, donde estaba preparando las camas, ya que se iban a quedar con su amante, y como sentí un alboroto, me acerqué y al momento de entrar, vi a mi hija completamente desnuda, él dando la espalda a la puerta, penetrándola analmente.
Mientras él la penetraba, le decía palabras sucias, lo que me gustó, me excité, me provocó esa imagen. Mi hija gemía y gritaba: “¡Más fuerte! ¡Hazme tuya, hazme tu esclava, hazme tu sumisa, sé solamente tuya!”. Algo que jamás imaginé en mi vida y, en ese momento, por la rendija de esa puerta, sentí la humedad entre mis piernas, mi concha estaba húmeda.
Sol y Rafael habían estado juntos hace un año, y la relación se había vuelto intensa. Sol, una mujer casada, había descubierto un lado de sí misma que nunca pensó que tuviera, una pasión que la llenaba de alegría. Rafael, por su parte, disfrutaba de la experiencia con Sol, pero también sintió una atracción por mí, su madre. ¡Qué ironía! Él, el amante de mi hija, me miraba con un deseo que me calentaba la sangre.
No sabía qué pensar, qué sentir. Mi hija, mi orgullo, se había entregado a él, y yo, su madre, sentía una atracción irresistible. Era como si una nueva llama se hubiera encendido en mi corazón, una llama de pasión prohibida. En ese momento, supe que mi vida ya no sería la misma. Un nuevo capítulo estaba a punto de comenzar, un capítulo lleno de secretos, deseos y peligros. Y yo, Mercedes, la mujer de curvas generosas, estaba lista para vivirlo con intensidad. Quería ser sumisa, su puta, a mi edad. Hacía seis años que nadie me penetraba.
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