Cariño… por favor, no me mires así. Sabes que me cuesta decirte esto y que me siento muy avergonzada, pero me pediste que fuera sincera. Tenías razón cuando me dijiste que tuviera cuidado, que el mundo era más complicado de lo que yo pensaba, pero en ese entonces yo solo tenía dieciocho años y estaba tan emocionada con mi primer empleo como secretaria ejecutiva…
El viaje y la confusión.
Roberto, mi jefe, siempre me pareció un hombre tan… relajado. Sabes que es mayor que yo, tiene unos treinta, y siempre anda con su camisa por fuera, un poco desaliñado y con esa barriga de hombre maduro que lo hace ver inofensivo. Yo pensé que era un caballero. Cuando me dijo que debíamos viajar a la costa para cerrar un negocio, nunca imaginé que terminaríamos en esa situación.
Al llegar al hotel, el corazón se me detuvo. “Xiomara, hubo un error con la reserva”, me dijo con esa voz tan tranquila. Me explicó que solo quedaba una habitación con dos camas. Yo, con mi ingenuidad de niña, le creí. Pensé: “Él es un profesional, no pasará nada”.
El sol y la tentación.
Esa tarde me puse el bikini que compré, el que tú nunca viste. Fuimos a la playa y él se portó como un santo. Me hablaba de la vida, me daba consejos… me hizo sentir protegida. Pero cuando volvimos a la habitación por la noche, todo cambió. Me puse esa pijama de seda, la que es un poco transparente y corta; de verdad, amor, yo no sabía que compartiríamos cuarto, te lo juro.
Roberto sacó una botella de licor. “Para los nervios del negocio de mañana”, dijo. Empezamos a beber y el ambiente se puso pesado, cálido. Yo me sentía mareada, pero de una forma extraña, como si mi cuerpo estuviera despertando.
El momento de la verdad.
Me acosté en mi cama, dándole la espalda, pero el silencio era ensordecedor. De repente, escuché un ruido. Me giré un poco, disimulando, y lo vi. Roberto estaba en su cama, casi sin ropa, con su camisa abierta. No me estaba mirando a mí, o eso parecía; se estaba dando placer a sí mismo, con los ojos cerrados, respirando fuerte.
Nunca había visto a un hombre así, tan… entregado a su propio deseo. En lugar de asustarme, sentí un calor que me recorrió toda la columna. Sabes que entre nosotros las cosas nunca han sido intensas, pero verlo a él, con ese cuerpo grande y descomplicado, me puso muy deseosa. Me quedé mirándolo por la rendija de mis ojos, fingiendo dormir, pero mi respiración me delató.
Él se dio cuenta. Se acercó a mi cama con paso lento. “Xiomara, ¿estás despierta?”, susurró. No pude decir que no. Me supo llegar, amor. Empezó a acariciarme con una seguridad que me dejó sin aliento. Me exploró todo el cuerpo, centímetro a centímetro, con una calma que me volvía loca. No fue brusco, fue como si supiera exactamente dónde me faltaba fuego.
Y yo… yo accedí. No me obligó. Me sentía tan viva, tan deseada por ese hombre que parecía tan “sano” y terminó siendo un volcán. Me dejé llevar porque, en ese momento, el placer era algo que yo no conocía de esa manera.
Perdón, no quería que esto te doliera, pero así fue como pasó. Fue mi primera vez sintiendo que perdía el control por completo.
![]()

Deja una respuesta