En la manzana de una gran ciudad, donde la gente se cruzaba por la calle con desconocidos y las luces de neón parpadeaban cada noche devorando anhelos escondidos como promesas rotas, se tejía una leyenda urbana en redes sociales. Hablaban de un joven misterioso, vestido de negro de pies a cabeza, con un antifaz que ocultaba su rostro y le daba un aire de bandido de otros tiempos. Entraba en las casas como un ladrón sigiloso, sin forzar cerraduras ni romper ventanas, como si las sombras mismas le abrieran paso. Su objetivo no eran joyas ni dinero, sino mujeres solas, maduras, siempre mayores de cuarenta.
Les pedía que se desnudaran, con una voz que decían era cálida, profunda y extrañamente hipnótica. Algunos posts en foros anónimos juraban que no se limitaba a mirar: llegaba al acto, al roce prohibido, al placer robado en la penumbra.
Carmen, una mujer de cuarenta y cinco años que vivía en un apartamento de ese área, había tropezado con esas historias una noche de insomnio. Al principio, las descartó como fantasías colectivas, el tipo de cuentos que las mujeres solteras inventaban para condimentar sus vidas monótonas.
“Un enmascarado que entra y te pide que te quites la ropa… ¿y luego qué? ¿Te hace el amor como en una novela erótica?”, se burlaba en voz baja mientras movía el dedo sobre la pantalla táctil del teléfono móvil.
Pero las descripciones repetidas la intrigaban: decían que era callado y reservado, que su presencia llenaba la habitación como un perfume embriagador. Alguien comentaba que había sentido su aliento en el cuello, cálido como una caricia, antes de pronunciar la temida orden. Otra usuaria, bajo un pseudónimo, confesaba que había cedido, que el acto había sido intenso, con toques que exploraban cada curva madura, cada pliegue olvidado por el tiempo.
“Su voz me hipnotizó”, escribía. “No pude decir no. Y no me arrepiento”.
Carmen no era ingenua. Había pasado por un divorcio amargo y luego casi nada, nada que no fuese convertirse en aventura de una noche satisfaciendo el deseo de hombres que solo buscaban la fugaz adrenalina de una descarga. Pero esas historias plantaban semillas en su mente. Imaginaba al enmascarado acechando en la oscuridad, su silueta esbelta contra la ventana, pidiendo con esa voz profunda que se expusiera, que mostrara su cuerpo no perfecto, pero lleno de historias.
¿Qué sentiría al desnudarse ante un desconocido? ¿El frío del aire en la piel, o el calor de la anticipación? En las noches solitarias, mientras se duchaba, sus pensamientos la consumían: se tocaba levemente, imaginando que era él quien la observaba, quien la invitaba al acto prohibido. “Es solo una leyenda”, se repetía, pero el pulso se aceleraba al pensar en un culo expuesto, en un roce inesperado, en el hacer que tanto se comentaba en esas redes.
Los días pasaban grises, rutinarios. Carmen trabajaba en una oficina, volvía a casa exhausta, se preparaba una cena ligera y se perdía en libros de romance suave, donde el deseo era insinuado e irreal.
Fuera, la ciudad bullía con rumores. Un post viral en Instagram mostraba un dibujo amateur del enmascarado: alto, delgado, con pantalones ajustados que insinuaban una juventud vigorosa. “Anoche se coló en mi casa”, escribía una mujer anónima. “Me pidió que me desnudara. Su voz… Dios, su voz. Me dio un azote. Luego, el acto. Fue como si me poseyera”. Comentarios se acumulaban: algunas lo llamaban fantasma erótico, otras advertían del peligro, pero muchas confesaban envidia, un anhelo secreto por ser elegidas.
Carmen, convertida en Don Quijote, leía y releía con obsesión, sintiendo un cosquilleo en el vientre. ¿Y si era real? ¿Y si entraba en su casa, la encontraba en la cama, y con esa voz hipnótica le proponía algo más que mirar? El deseo la mantenía despierta, imaginando escenarios: él acercándose, sus manos enguantadas rozando su piel, pidiendo que se inclinara, que ofreciera su culo para el acto definitivo.
Un día de lluvia implacable, de esos que envuelven la ciudad en un manto gris y melancólico. El atardecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, tiñendo la habitación de un naranja difuso. Carmen se había refugiado en su cuarto, tumbada en la cama con un libro abierto sobre el pecho. La lámpara de mesilla proyectaba una luz tenue, cálida, que jugaba con las sombras alargadas por la tormenta. Vestía un pijama holgado, nada provocativo, solo comodidad para una tarde de soledad. El sonido de la lluvia contra el vidrio, las gotas deslizándose, fundiéndose con otras o simplemente convirtiéndose en un hilo de agua sin forma. Un sonido constante que adormecía sus pensamientos.
Cerró los ojos un momento, recordando las historias. “Leyendas urbanas”, murmuró por enésima vez, pero el pulso se aceleró al imaginar al enmascarado materializándose, su voz profunda susurrando:
“Desnúdate”.
Abrió los ojos de golpe.
Allí estaba. Una silueta negra contra la puerta entreabierta, el antifaz cubriendo sus ojos, pero dejando ver una mandíbula joven, firme. No había oído nada: ni pasos, ni crujidos. Solo su presencia, imponente y silenciosa. Carmen se incorporó, el libro cayendo al suelo con un ruido sordo. El corazón palpitando desbocado en el pecho. “¿Quién eres?”, balbuceó, pero ya lo sabía. Era él. El misterioso joven de las redes.
Se acercó con pasos felinos, deteniéndose al pie de la cama. No dijo nada al principio, solo la miró, o eso supuso ella, tras el antifaz. Luego, su voz surgió, cálida como un ronroneo, profunda como un pozo sin fondo, hipnótica en su cadencia lenta: “Desnúdate”.
Carmen tembló. Era real. Las historias cobraban vida en su habitación. Sintió un calor ascender por su cuerpo, una mezcla de miedo y algo más primitivo, un deseo larvado que las lecturas habían avivado. “¿Por qué?”, preguntó, su voz un hilo. Él no respondió de inmediato. Solo inclinó la cabeza, como si evaluara su resistencia.
“Quiero verte… desnuda”, dijo al fin.
El aire se espesó y Carmen tragó saliva. Por un instante pensó en gritar, en correr, pero sus músculos no respondían. La hipnosis de su voz la mantenía clavada en la cama. Imaginó las redes: mujeres como ella, solas, maduras, cediendo al enigma. El deseo no resuelto de días atrás ahora era una tensión palpable, un pulso entre sus piernas que la traicionaba. “¿Y si digo que no?”, susurró, probando los límites.
Silencio.
¿Fue su mente la que respondió, o sus labios los que se movieron en un susurro?
“Tú te lo pierdes”.
-Ahora me quito la ropa -La palabras escaparon de ella sin control, como si él las hubiera plantado allí.
Tembló, el cuerpo vibrando con anticipación.
Debería haber pedido tiempo: echarse perfume, retocar el cabello desordenado por la siesta. Pero ya estaba bajo su hechizo. El sí había sido pronunciado.
Con manos temblorosas, se quitó el pijama superior, exponiendo sus pechos maduros, menos firmes que antaño, pero todavía apetecibles. Él observaba, callado, reservado. Luego los pantalones, y de paso las braguitas, deslizando ambos por las caderas, revelando su intimidad.
Desnuda bajo la luz tenue, sintió el frío de la habitación, pero también el calor de su mirada.
El enmascarado se movió entonces, bajando sus pantalones negros hasta los tobillos, los calzoncillos poco después. Lo que quedó expuesto fue un pene grande, grueso, lleno de la vitalidad juvenil. Palpitaba ligeramente, erguido en la penumbra.
Carmen se preguntó qué hacer. ¿Tocarlo? ¿Lamerlo? Él no lo pedía, confiando en su experiencia, en que una mujer como ella supiera guiar el acto. Se arrodilló en la cama, sentando su trasero en los talones de sus pies. Extendió la mano, lo cogió con delicadeza. Cálido al tacto, vivo, como si tuviera pulso propio. Sacó la lengua, lamió la punta. Un sabor indefinido, salado, dulce, quizás amargo, la excitó. Decidió probar más: lo metió en su boca, succionando suavemente como quien chupa un polo, solo que este polo estaba caliente. Lo chupó buscando lubricación, por si lo usaba en ella, aunque su propio sexo ya estuviera mojado, listo para admitir al intruso. Sintió un gemido, real o imaginado, que avivó su fuego interno. El miembro palpitaba en su boca, creciendo con cada roce.
Dio un último chupetón, le miró a los ojos enmascarados e imploró.
-Por favor, te quiero dentro.
Sin esperar respuesta se incorporó, consciente de la mirada anónima tras el antifaz.
“Mejor así” pensó. El misterio aumentaba el erotismo, le permitía entregarse sin la carga de una mirada que juzgara o reconociera.
Giró sobre sí misma lentamente, como si cada movimiento fuera parte de un ritual, y se puso de rodillas en la cama, esta vez dándole la espalda. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en el colchón, arqueando la espalda de forma instintiva.
Su culo quedó así expuesto, plenamente a disposición del desconocido: redondeado por los años, algo más ancho de lo que había sido en su juventud, con esa suavidad carnosa que solo da el tiempo. La piel no era perfecta —nunca lo había sido del todo—, tenía algunas pequeñas imperfecciones que ahora, bajo la luz tenue de la lámpara, cobraban una intimidad casi obscena: unos granitos diminutos en la parte superior de las nalgas, recuerdo de una depilación reciente; un lunar apagado, marrón claro, justo en el pliegue donde la nalga se une al muslo, ese mismo lunar que su dermatóloga revisaba cada año con profesional indiferencia y que ahora, en esta situación, adquiría un significado nuevo, erótico, como una marca secreta que solo un amante podía descubrir.
Carmen sintió el aire fresco de la habitación rozando esa piel expuesta, colándose por la hendidura que separaba sus medias lunas.
Y un escalofrío recorrió su espina dorsal.
La espera era insoportable, un hilo de excitación la hacía temblar desde dentro.
Instintivamente, sin que él se lo pidiera, apoyando su peso en la cabeza, sobre la mejilla derecha, llevó ambas manos hacia atrás y apartó un poco las nalgas, abriéndose más, facilitando el acceso, ofreciéndose por completo. El gesto era sumiso y descarado a la vez, una súplica silenciosa que decía: tómame, aquí estoy. Su sexo, ya empapado, palpitaba ante la expectativa.
Finalmente, sintió sus manos en las caderas, firmes, sujetándola con la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere. El grueso miembro se abrió camino por detrás, presionando primero contra la entrada, luego deslizándose con una lentitud deliberada que la hizo contener el aliento. Entró centímetro a centímetro, abriéndola, llenándola hasta el fondo con una presión deliciosa que le arrancó un gemido ahogado. Los huevos chocaron contra sus nalgas con un eco suave, húmedo, y ella se mordió el labio para no gritar, mientras el placer comenzaba a inundar cada rincón de su ser.
El proceso se repitió: embestidas rítmicas, profundas, que inundaban cada nervio de placer. Carmen se perdía en la sensación, el cuerpo respondiendo con un ardor que había olvidado. El deseo que había leído en los relatos que creía ficticios explotaba ahora en oleadas, su sexo contrayéndose alrededor del miembro. No tardó en venirse: un clímax intenso, insultos mezclados con sonidos indecentes escapando de su garganta, el cuerpo convulsionando en éxtasis. Para acabar, finalmente, dejándose caer en la cama, exhausta, el corazón latiendo desbocado.
El tiempo pasó de algún modo. La lluvia seguía golpeando la ventana, pero el fuego en su interior se apagaba lentamente. Abrió los ojos. Estaba sola en la cama, en la habitación, bajo la luz de la lámpara. El enmascarado había desaparecido tan sigilosamente como llegó. ¿Había sido real? ¿O solo un sueño avivado por las leyendas? Carmen se tocó, sintiendo la humedad residual, el pulso aún acelerado.
En las redes, quizás pronto aparecería otra historia.
La suya.
Pero por ahora, se acurrucó en las sábanas, saboreando el eco del placer.
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