Una tarde de martes recibí la llamada de Juan. Estaba en mi oficina, cuando su voz irrumpió en el altavoz. “Miguelito, ¿estás listo para otra dosis de adrenalina pura, de esa que te deja temblando y con la polla dura por días? He planeado una nueva reunión con Los Mandingos. Esta vez serán seis. Aumenté la cuota para que sea épica, inolvidable.
Dos más que la última vez: un par de chicos nuevos, bien dotados, con experiencia en grupos grandes y en hacer gritar a las mujeres hasta que no puedan más. Nuestras mujeres van a terminar exhaustas, temblando de tanto correrse, con los agujeros dilatados y llenos de leche… todos tienen el test ITS me lo hicieron llegar, están libres y limpios, será otra orgia sin condones, ya les envié los nuestros solo falta que me envíen los de ustedes”.
¡Ahora seis!… La sola idea me excitaba de forma casi dolorosa, mi polla se endureció mientras imaginaba a mi esposa con ellos. Tragué saliva, sintiendo un nudo en el estómago. La primera vez con cuatro ya había sido demasiado: cuerpos sudorosos, gemidos ahogados, penetraciones simultáneas que dejaron a Myriam con el coño hinchado y el ano sensible por días. Ahora seis… La idea me excitaba tanto como me aterrorizaba. “Si tenemos los test actualizados… ¿Cuándo planeas la reunión?”, pregunté tragando saliva. “Este sábado, en nuestra casa.” Contesto emocionado.
Colgué y llamé a Myriam. “Amor, Juan nos invita a otra reunión… con seis Mandingos.”. Hubo un silencio al otro lado. Luego, su voz temblosa: “Dios, Miguel… ¿seis? La última vez apenas pude caminar al día siguiente. Pero… sí estás de acuerdo me pone cachonda solo pensarlo.”. Aceptamos, nerviosos como adolescentes antes de su primera vez. Esa noche, follamos con urgencia, imaginando lo que vendría.
Los días previos fueron una tortura dulce. En el trabajo, no podía concentrarme; mi mente divagaba a escenas explícitas: Myriam de rodillas, rodeada de seis vergas gruesas y venosas, goteando, su boca estirada al límite mientras intentaba tragárselas una por una. Sandy, siempre perceptiva, notó nuestra tensión. Enrique estaba en su mundo, ajeno como siempre, pero mi hija nos observaba con esos ojos curiosos.
El viernes por la noche, durante la cena, explotó. Alejandro había venido a cenar, pero se fue temprano alegando un compromiso familiar. Quedamos los cuatro: Myriam, yo, Sandy y Enrique que subió pronto a su habitación, dejando un silencio cargado. Sandy nos miró fijamente, con una sonrisa. “Papi, mami… ¿qué pasa? Están raros desde hace días. Como si tuvieran un secreto. ¿Otra reunión swinger en proceso? ¿Algo… intenso?”
Myriam y yo nos miramos, recordando nuestro pacto de apertura. “Sí, hija”, confesé, sintiendo el pulso acelerarse. “Juan nos invitó a una nueva reunión con… Los Mandingos.” Sandy abrió los ojos como platos, pero no de shock, sino de interés puro y crudo. “¿Los Mandingos? ¿Esos hombres de color que me contaron?” Myriam asintió, sonrojada, “Serán seis esta vez. Aumentó la cuota. Vamos a ir… nerviosos, pero iremos.”.
Sandy se mordió el labio inferior, un gesto que la hacía ver aún más provocativa. Se reclinó en la silla, cruzando las piernas con lentitud deliberada; noté cómo su short ajustado marcaba el contorno de sus piernas. “Wow… seis hombres. Solo para ustedes dos, ¿verdad? ¿O habrá más mujeres?” “Solo Martha y mama”, respondí.
Sandy suspiró profundamente, sus pechos subieron y bajaron “Me excita la idea, la verdad. Desde Carlos y Valeria, no he estado con nadie más, en el club solo participe con ellos yo esperaba algo mas de apertura, confieso que fue excitante que otras personas nos miraran hacerlo. Fue genial, pero… limitado. En verdad quiero algo más, su reunión me parece muy excitante”.
Myriam se removió en la silla, apretando los muslos. Yo luchaba por no tocarme ahí mismo. “¿Es en serio, te excita?”, pregunté, con voz grave y ronca. Sandy asintió, bajando la mirada con falsa timidez, pero sus ojos brillaban de lujuria. “Sí, papi, he visto imágenes en la página de contactos de parejas que están con hombres de color, imagino la textura de sus pollas gruesas, venosas, nada que ver con la de Alejandro o Carlos o de cualquier chico con el que he estado. Me gustaría alguna vez vivir la experiencia de estar con uno al menos o quizá dos al mismo tiempo.
Myriam intervino, con la voz entrecortada: “Claro, mi amor. Eres mayor de edad. Si quieres explorar más, te apoyamos. Pero esto es… intenso. No es como con una pareja.”. Sandy se levantó, caminando alrededor de la mesa con gracia felina, sus caderas balanceándose. Se paró detrás de Myriam, masajeándole los hombros y luego se inclinó hacia mí.
“Los tres somos personas de amplio criterio, no es así?”.
“Si hija, lo somos y nos tenemos confianza ese fue el trato desde el inicio”. Conteste.
¿Tienen la mente tan abierta como para que los acompañe? Solo como espectadora, quizá escondida como en la tienda en las cabinas, yo si tengo la suficiente mente abierta como para mirarlos a ustedes en esa situación”.
El morbo era asfixiante, el aire cargado de tensión sexual. Mi polla palpitaba dolorosamente, imaginando a Sandy allí en un rincón.
“Hija… eso es… ¿estás segura?”. Mi esposa trato de decir algo.
“Sí. Solo observar. Prometo portarme bien. No participar como ustedes, solo miraré y me tocaré, si no aguanto, esos tipos no van a saber que estoy ahi de mirona.”. Reímos nerviosamente, pero la excitación era mutua e innegable.
“Sí en verdad quieres solo mirar, hablaré con Juan y Martha a ver qué se les ocurre. Es una locura, lo sé, pero es excitante”, confesé sin más tapujos.
Más tarde, llamé a Juan y le conté la petición de Sandy. Su respuesta fue inmediata y entusiasta: “Miguelito, te felicito, has hecho un gran trabajo educándola. Cada día más cerca de lo que todos deseamos en el fondo. Sandy se quedará en nuestra alcoba principal; pondré varias cámaras de alta definición y tendrá visión en vivo desde una Tablet. Podrá controlar zooms y paneos, y todo quedará grabado con 8 cámaras distribuidas estratégicamente. ¿Qué te parece, cornudo?”.
Asentí por teléfono sin darle el gusto de compartirle mis reales sentimientos profundos —la mezcla de celos paternales, culpa y excitación prohibida que me ahogaba—, pero la idea de Sandy observando en secreto me dejó la polla dura el resto de la noche.
Al día siguiente, sábado, llegamos a casa de Juan y Martha al atardecer, con Sandy a nuestro lado. Ella vestía casual pero provocativa: un mini vestido de mezclilla que apenas cubría sus nalgas perfectas, una blusa corta que dejaba ver su vientre tonificado debajo de una chamarra corta, y tenis blancos, parecia que salía al cine con amigos y no a presenciar una orgía depravada. Myriam llevaba lencería negra sexy bajo un abrigo largo, yo pantalones flojos para disimular mi erección constante desde la mañana.
Juan y Martha nos recibieron con besos y copas de vino. “¡Bienvenidos!”, dijo Juan, devorando a Sandy con la mirada descarada. Le dio un beso en la mejilla que duró demasiado, rozando sus labios cerca de los de ella.
“Sandy, bienvenida a nuestro club privado.”.
“Solo espectadora”, aclaró con voz nerviosa. Martha, sonriente y cómplice, la tomó del brazo con ternura y la acompañó escaleras arriba a la recámara principal, susurrándole algo que hizo reír a Sandy. Vi cómo las dos mujeres subían, las caderas jóvenes y perfectas de mi hija balanceándose hipnóticamente, sentí un pinchazo profundo de morbo paternal: deseo y culpa entrelazados.
“Martha le indicará cómo controlar las cámaras y nos ayudará a hacer los paneos perfectos. Todo quedará grabado en alta definición con 8 cámaras distribuidas: ángulos cercanos de coños y pollas, faciales, generales… Será material para pajearse toda la vida”, dijo Juan excitado agarrándose la polla a través del pantalón.
Los Mandingos llegaron poco después: Abdón el líder maduro, Kofi, Malik, Yosef, Jamal y Troné. Todos altos, corpulentos, músculos definidos reluciendo bajo camisas ajustadas. Se presentaron los nuevos con sonrisas lobunas, besando las manos de Myriam y Martha.
La sala se transformó rápidamente. Música sensual, luces bajas, alcohol fluyendo.
Después de media hora los hombres se desnudaron a petición de Juan: seis pollas negras erectas, gruesas como brazos, venosas, cabezas bulbosas. La más grande era de Jamal, casi 25 cm, curva y amenazante.
Empezó el caos depravado. Abdón tomó a Myriam por el cabello, la arrodilló y le embutió su polla gruesa en la boca. Ella succionó con avidez de rodillas tratando de tomar aire, babas espesas le caian por su barbilla y pechos. Para nuestra hija debió ser impactante ver a su madre de carácter tan fuerte en esa posición tan humillante. Kofi y Malik se unieron: uno follándole la boca con embestidas brutales cuando la polla de Abdon se lo permitía, el otro frotando su verga entre sus tetas, Martha ya tenía a Yosef y Troné: Yosef en su coño, embistiendo como un pistón.
Sabía que arriba, en la recámara, nuestra hija observaba todo en vivo a través de las cámaras. De inicio me sentí cohibido, como si su mirada invisible me juzgara, pero las escenas frente a mí me desinhibieron rápidamente: la excitación de saber que Sandy veía todo lo que sucedía me ponía al borde constantemente.
“Chicos, los seis al mismo tiempo con cada una, no se detengan ya saben que a las dos les gusta por los dos lados, ¿quien será la primera?”. Grito Juan polla en mano.
Myriam fue la primera: seis pollas turnándose en su garganta, estirándola hasta que le hicieron correr lágrimas por sus mejillas. Luego la tumbaron en la alfombra: Abdón en su coño, profundo y rítmico, haciendo que sus labios vaginales se hincharan alrededor de la barra negra, Kofi y Malik le follaban la boca alternadamente, sus bolas pesadas golpeaban su barbilla. Troné y Yosef le chupaban y mordían los pezones con los dientes, dejándolos rojos, hinchados y sensibles.
Juan se unió, masturbándose furiosamente sobre el rostro de Myriam. “¡Toma! ¡Siente siete!”. Yo observaba desde un lado, pajeándome lentamente, el morbo de ver a mi esposa en esa situacion mientras mi hija veía todo.
Martha se acercó y tomo un tercio de los hombres para ella: triple penetración brutal, una polla en coño, ano y boca, gritando y teniendo orgasmos múltiples que la hacían temblar. “¡Sí, hijos de puta! ¡Llénenme de leche!”. Los hombres rotaban sin piedad: ahora Myriam con los otros tres a la vez —vagina, ano y boca—. Sus gemidos guturales resonaban, su cuerpo se convulsionaba en orgasmos consecutivos.
La primera parte de la orgía después de dos horas de sexo constante había terminado en un clímax colectivo y devastador. Myriam y Martha yacían exhaustas en la alfombra, sus cuerpos brillantes de sudor, los pechos subiendo y bajando con respiraciones agitadas. El aire de la sala estaba cargado de un olor intenso y primal: mezcla de sudor masculino, semen espeso y almizclado, jugos femeninos dulces y ácidos. Los seis Mandingos se habían recostado en sofás y sillas cercanos, sus pollas ahora flácidas colgando pesadas entre sus piernas abiertas, aún brillantes y pegajosas mientras bebian de sus copas.
Myriam estaba exhausta su cuerpo maduro y curvilíneo brillaba bajo las luces, su piel normalmente suave y bronceada, ahora relucía con una capa fina de sudor salado que perlaba su frente, cuello y pechos, haciendo que cada respiración profunda levantara gotas que rodaban lentamente hacia su ombligo, los labios vaginales hinchados abiertos y con jugos chorreando hacia su ano dilatado y palpitante.
Por mi parte, no me atrevía a participar activamente en la orgía, no todavía. Me sentía cohibido sabiendo que mi hija observaba todo desde arriba. No quería que me viera así, expuesto en actos sexuales, aun me resistía a perder mi imagen paterna y protectora… Pero era inevitable masturbarme, lento y tortuoso, sentado en mi rincón de la sala, polla en mano con el pantalón desabrochado, pajeándome con movimientos deliberados para prolongar el placer. Juan deambulaba por la sala platicando con todos sin dejar de masturbarse.
Mi móvil vibró y entro un mensaje. Era de Sandy, y al leerlo sentí un golpe directo en el estómago y la entrepierna: “Wow, qué excitante todo, papi… mamá se ve tan sexy, ahora entiendo porque disfrutan estas reuniones, son impresionantes sus penes. ¿Puedo bajar y tocarlos? Solo tocarlos. Asi flacidas como estan ahora.. ¿Quiero sentirlas en mis manos… Puedo?“.
Le enseñé el mensaje a Myriam. Aún jadeante, sonrió débilmente “Es… tan morboso, deja que baje.” Yo asentí “Está bien, hija… ¿estás segura? baja, princesa… papi te protege no temas.”
Vi la escena desarrollarse como en cámara lenta, cada segundo grabándose a fuego en mi mente pervertida. Sandy me hizo señas y subí a donde estaba y bajó las escaleras con pasos rápidos pero temblorosos tomando mi mano, como si su cuerpo joven luchara entre la curiosidad y el nerviosismo de cruzar una línea que, en el fondo, todos sabíamos que era prohibida la acompañe todo el trayecto.
Su mini vestido de mezclilla se subía ligeramente con cada escalón, revelando más de esos muslos atléticos y bronceados que yo había visto crecer año con año y que ahora deseaba en secreto con un morbo que me quemaba por dentro. Estaba a solo centímetros de ella cuando llegamos abajo, protegiéndola —o eso me decía a mí mismo.
Los Mandingos, recostados exhaustos en sofás y sillas no entendieron de dónde salía esa visión de belleza juvenil fresca. Algunos instintivamente intentaron cubrir su desnudez post-orgásmica con manos o cojines, pollas flácidas colgando pesadas entre piernas abiertas, pero sus ojos se clavaron en ella con hambre renovada, sorprendidos y excitados. Juan me miró desconcertado, pero yo fingí naturalidad, aunque mi voz salió ronca de deseo reprimido: “Ella quiere… tocar algunas pollas ahora.”. Le dije, acercándome a acompañar a mi hija como protegiéndola, a solo centímetros de ella acercándonos a los Mandingos.
“Es una amiga que se está iniciando en el ambiente. No participa, solo observa. Su fantasía es tocarlos ahora, tiene esa curiosidad. No la pueden ustedes tocar, bajo ninguna circunstancia”, advertí firme, aunque el morbo me traicionaba.
Sin más presentación, Sandy se hincó rodillas en la alfombra que estaba empapada de jugos en medio del círculo de hombres, y extendió sus manos. Empezó por Abdón el líder, sus manos temblorosas con uñas perfectas y esmaltadas en rojo se extendieron, yo me quedé a su lado, observándolo todo a centímetros, levantó su polla flácida con delicadeza, y sentí un pinchazo de celos y excitación al ver el peso muerto caer en su palma pequeña: unos 18 cm incluso blanda, piel aterciopelada oscura y suave contrastando con la blancura de sus dedos.
Note que estaba pegajosa, cubierta de una capa viscosa de semen residual —blanco cremoso, espeso como nata, con grumos que se estiraban en hilos largos y obscenos al separarse—. El olor nos golpeó a ambos de cerca: intenso, salado y almizclado.
Sandy pasó los dedos lentamente por el glande bulboso, ahora arrugado y suave como terciopelo usado, recogiendo semen con la yema: viscoso y resbaladizo entre sus dedos delicados. Lo frotó entre pulgar e índice, sintiendo la textura grumosa y pegajosa, y sin poder evitarlo —mi hija curiosa, siempre lo fue— se llevó el contenido de sus dedos disimuladamente a la nariz, inhalando profundo: olor fuerte a sexo puro, un gemido ahogado escapó de su garganta joven, ronco de deseo, y yo jadeé en silencio.
Luego pasó a Jamal, la más grande incluso flácida: casi 20 cm colgando pesada como una serpiente dormida, venas protuberantes como relieves gruesos bajo sus dedos exploradores. El semen aquí era abundante, chorros secos en la base, pegados al vello púbico rizado y negro. Al apretarla suavemente me miro transmitiéndome sus sentidos, sintió el calor interno, como si aún latiera con vida dentro y no se hubiese vaciado. La textura era resbaladiza, el semen fresco en la punta aún líquido, goteando lento sobre su mano. Lo olió de cerca, levantando el pene y absorbiendo el olor entre sus testículos al acercar la nariz casi tocándolos.
Una por una tocó las seis, con devoción morbosa que me volvía loco: Kamil con su curva natural, incluso blanda gruesa y amenazante como un arma dormida, semen espeso cubriendo el frenillo sensible, grumos crujiendo al frotar; Kofi suave y cálida, piel delicada arrugándose como seda al manipularla, semen fresco goteando; Yusef y Tyrone más venosas, tacto rugoso en las venas protuberantes, El sonido era sutil pero hipnótico para mí: chapoteo húmedo y pegajoso al moverlas, roce viscoso de semen fresco estirándose en hilos entre sus dedos y las pollas.
Sandy temblaba, Recogía semen con los dedos, lo untaba en las pollas como limpiando, pero en realidad explorando, lamiendo disimuladamente un poco sus dedos: “Son… tan pesadas, flácidas y cálidas… aun así impresionan “, murmuró, con voz ronca acariciando dos pollas a la vez, subiendo y bajándoles el glande. Myriam la observaba, excitada de nuevo; yo me pajeaba lentamente encima de mi pantalón sin que mi hija lo notara.
Al final se levantó, “Gracias…”. Se acomodó la falda, nos miró pidiendo permiso para retirarse agradeciendo a todos.
El aire estaba saturado de un olor denso y animal. Los seis Mandingos, recostados en sofás y sillas, sus pollas todas de nuevo erectas y amenazantes.
Fue entonces cuando Abdón rompió el silencio incorporándose miró a Sandy directamente a los ojos, ignorando que se trataba de nuestra hija. “Chica espera… no sabíamos que estarías en la reunión. Eres muy bella, no es común ver un cuerpo joven tan perfecto con una cara tan hermosa. Nos has excitado solo con tu presencia y la forma como nos has tocado. Nos gustaría verte desnuda. Solo eso. Prometemos no tocarte. Respetamos que no participes. Solo admirarte completa; tú nos tocaste, ahora queremos verte sin ropa.”.
El silencio que siguió fue eléctrico, sentí un nudo en la garganta: celos paternales mezclados con una erección dolorosa, imaginando el cuerpo atlético y perfecto de Sandy expuesto ante los Mandingos. Yo también deseaba mirarla desnuda.
Sandy nos miró con ojos llenos de deseo. “Si prometen no tocar…”. Su voz era ronca, temblorosa de excitación; noté cómo apretaba los muslos. Myriam asintió débilmente: “Sí, “amiga”… si tu quieres.”. Yo, con la polla palpitando, asentí también: “Es tu decision, para eso pediste venir, somos tus padrinos amiga” le dije.
Sandy se levantó lentamente, el vestido ceñido marcando cada curva. Se paró en el centro de la sala, primero se quitó los tenis, luego, con manos temblorosas, se sacó el vestido, las bragas y el brasiere. Su cuerpo joven y perfecto se reveló: pechos firmes tamaño perfecto, vientre plano y tonificado, músculos abdominales marcados, caderas anchas pero atléticas, nalgas redondas y levantadas, muslos macizos y definidos que se unían en un coño depilado impecable: labios mayores carnosos, vi su clítoris ligeramente abultado como un boton seguramente por el ejercicio lo tenia asi, asomando sobre su raja, un hilo de humedad bajaba por sus piernas.
El olor de su juventud irrumpió: dulce, limpio en el ambiente, los Mandingos jadearon colectivamente. “Dios… mira ese coño joven, tan rosa y apretado”, murmuró Malik. Jamal gruñó: “Esas tetas… perfectas y ese culo.”. Abdón sonrió, “No tocamos, como prometimos. Pero… qué perfección y mucha la tentacion”
Sandy motivada por sus palabras giró lentamente, exhibiéndose: con la espalda arqueada, sus nalgas separadas ligeramente revelando su ano rosado, abrió deliberadamente sus piernas para que vieran su coño, sus labios vaginales se abrieron solos como capullo por la excitación. Juan, observándola de cerca le dijo “Hija… eres tan hermosa… ellos te desean tanto.”. Sandy se sonrojó, pero sonrió.
Juan reía, filmando: “Qué cuadro: maduras cubiertas de leche, y esta joven diosa intacta excitándonos de nuevo.”. El morbo era insoportable: ellos ignoraban el lazo familiar, pero nosotros sabíamos, y eso lo hacía prohibidamente delicioso.
Al final, se vistió, pero el aire quedó cargado. “Bien, estamos a mano”, dijo Sandy riendo con coqueteria. Se dirigió de nuevo a la habitación subiendo las escaleras sensualmente.
La orgía se reanudó, como si la visión de Sandy desnuda y acariciando pollas hubiera inyectado una dosis extra de testosterona en el aire ya saturado de sexo. Los Mandingos, con las pollas duras de nuevo atacaron a Myriam y Martha con una intensidad animal que borraba cualquier rastro de agotamiento. Sin pedir permiso las rodearon de nuevo agarrando pechos, nalgas y coños hinchados, embistiéndolas en todas las posiciones mientras los gemidos resonaban más fuertes, más desesperados.
Yo, consumido por el morbo me desnudé por fin, incapaz de contenerme más. Mi polla, dura y palpitante desde que vi a mi princesa tocar esas vergas cubiertas de semen, saltó libre me puse al lado de Malik, ofreciéndosela a Myriam directamente: ella, de rodillas la tomó en su boca, succionando profundo mientras otro la penetraba por detrás en el coño dilatado.
Participé plenamente entonces, perdido en el frenesí: follé a Myriam en la boca mientras Adbon ahora se la metia desde atras, sintiendo las vibraciones de sus gemidos en mi polla en cada embestida; luego cambié a Martha, penetrándola vaginalmente mientras Jamal le follaba la garganta, sus pechos maduros rebotando contra mi vientre. Tuve a ambas entre los Mandingos: doble penetración a Myriam conmigo en su coño y un negro en su culo, sintiendo la fricción de su polla gruesa contra la mía a través de la pared delgada.
Perdí la noción del tiempo por completo: alcohol fluyendo en copas que vaciaba una tras otra, emborrachándome hasta que el mundo se volvía borroso de placer, gemidos. Eyaculé tres veces —en boca, pechos y el culo de Martha—, pero seguían rotando las dos mujeres como juguetes con Juan y los Mandingos, hasta que el agotamiento y el whisky me vencieron. Me quedé dormido en un sofá.
Cuando desperté, desorientado y con resaca latiendo en las sienes, la sala estaba en penumbra, amaneciendo apenas por las ventanas. Cuatro Mandingos se habían ido cuando aún yo estaba consiente dejando solo a Abdón y Malik que ahora los veia recostados con las pollas semierectas sentados platicando en un sillon. Myriam y Martha dormían abrazadas en la alfombra y Juan estaba tomando solo en la barra.
Me volví a dormir y desperté cuando Juan, sonriente me dio una palmada en el hombro. “Buenos días Miguelito te dormiste temprano, la fiesta siguió un rato más… pero escucha arriba.”. Gemidos ahogados resonaban desde la recámara principal: femeninos, agudos y desesperados, mezclados con gruñidos graves masculinos, sonidos de carne chocando y el crujir constante de una cama. Mi corazón dio un vuelco: reconocí la voz que gemia y gritaba… era Sandy.
“Tu hija los pidió para ella”, susurró Juan con voz cargada de morbo y fuerte aliento a whisky. “Después de que te dormiste, bajó de nuevo… vio a Abdon y Malik me dijo que quería ‘probar’ en privado en la recamara, Myriam y Martha dormían, tú borracho… y yo como el único adulto responsable le di permiso de disfrutar. Escucha cómo gime tu princesa ahora, Déjala, Miguelito. ya es una mujer, y se lo merece después de solo mirar toda la noche.”.
Los gemidos subieron de intensidad: El morbo me golpeó como un rayo: mi hija, arriba, con los Mandingos, su coño joven estirado por esas enormes pollas, sentí celos feroces, culpa ardiente, pero erección inmediata y dolorosa. Juan rio: “Déjala que disfrute, imagina como la penetran… la próxima vez, todos con ella ya se lo prometí.”.
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