Primavera prohibida

En los albores de 1923, en una pequeña villa rural de Inglaterra, Eleanor Harrington vivía en una casa grande y silenciosa que olía a cera de abeja y a ausencia. Tenía treinta y dos años, el cuerpo todavía firme y suave, la piel pálida, de esas que se sonrojan con facilidad, los ojos verdes, habituados a observar y obedecer en silencio.

Su marido, el señor Harrington, era un hombre de cincuenta y pocos, alto, seco, con bigote recortado y una voz que nunca subía de tono porque no hacía falta: bastaba con que hablara para que todo el mundo se sometiera a sus órdenes. Viajaba mucho por negocios textiles, y cuando estaba en casa hablaba poco con ella. La trataba con corrección distante, como a un mueble caro que hay que cuidar y lucir en sociedad.

Eleanor sabía cosas de él que prefería olvidar. Una tarde, años atrás, había vuelto antes de tiempo de una visita y lo encontró en su estudio. La puerta estaba entreabierta. Harrington tenía a una criada joven inclinada sobre el escritorio, la falda subida, las bragas retorcidas a la altura los tobillos. Con una vara fina de abedul le estaba dando golpes secos en el generoso trasero desnudo. No alzaba la voz amenazándola, no: lo hacía con calma, reprendiéndola en voz baja, como quien ajusta una máquina. La chica lloriqueaba, pero no se movía. Eleanor se apartó sin hacer ruido y nunca le comentó nada, ni a él ni a nadie.

Desde entonces entendió que su marido no buscaba placer con ella porque lo encontraba en otro sitio: en el control, en el castigo medido, en la piel que se enrojece bajo su mano, en la lágrima, el temor y la humillación de los sumisos.

Con ella era correcto, frío, rápido. Dos minutos los viernes por la noche, luz apagada, camisón subido hasta la cintura, casi siempre de espaldas para no mirarla. Después se daba la vuelta y dormía.

Por eso Eleanor se sentía seca por dentro, como una planta que recibe agua pero nunca sol.

Necesitaba calor, toque, risa.

Necesitaba sentirse deseada.

Thomas era el ayudante que Harrington había contratado para la finca. Veinticuatro años, ancho de hombros, brazos fuertes del trabajo al aire libre, piel morena, ojos azules que miraban de frente. Al principio solo eran saludos corteses. Luego miradas que duraban un segundo de más. Luego roces “accidentales” cuando le pasaba una herramienta o una taza de té. Eleanor notaba cómo se le aceleraba el pulso cuando él estaba cerca. Se sorprendía a sí misma imaginándolo sin camisa, imaginando sus manos grandes sobre su piel.

Una mañana de mayo, con Harrington en Londres por una semana, Eleanor propuso un paseo en bicicleta. —Para tomar aire —dijo, con una sonrisa que no era del todo inocente.

Thomas aceptó enseguida. Cargaron la cesta: pan, queso, peras, sidra, el mantel a cuadros rojo y blanco bien doblado al fondo.

Pedalearon por caminos de tierra entre robles y praderas. El vestido floral de Eleanor, ligero, de algodón estampado con margaritas, se le subía un poco con el viento y dejaba ver las pantorrillas. Reían. Él la miraba de reojo. Ella notaba la mirada y no bajaba el vestido.

Llegaron junto a un arroyo. Extendieron el mantel bajo un sauce. Comieron despacio. Thomas cortaba el queso con una navaja; sus dedos rozaban los de ella al pasarle un trozo. Eleanor mordía una pera y un hilo de jugo le bajaba por la barbilla; él se lo limpió con el pulgar, muy despacio.

Se quedaron callados un rato, solo el ruido del agua, la brisa en sus rostros y pájaros piando, quizás en busca de pareja.

Jugaron con pajitas de hierba como adolescentes. Él paso una por su brazo para luego, de manera traviesa, pasarla por el sitio dónde los hombres llevan bigote. Ella protestó riendo al notar las cosquillas.

Luego él “tejió” un improvisado collar y se lo puso, dejando las manos un segundo de más en su cuello. Ella sintió como el calor nacía en el vientre y subía hasta sus mejillas ruborizándolas levemente.

De pronto el cielo se cerró llenando el paisaje de sombras. Nubes negras, viento frío, y finalmente a lluvia en abundancia.

No había paraguas.

Cogieron las bicis y pedalearon.

—Con este tiempo no llegaremos a casa. —dijo la mujer.

—Allí, un refugio. —señaló el hombre.

Encontraron un chamizo viejo medio derruido al borde del bosque.

Entraron chorreando.

El vestido de Eleanor se pegaba al cuerpo, marcando los pechos, los pezones endurecidos por el frío. La camisa de Thomas se transparentaba, se le veía el pecho ancho, el vello oscuro.

Temblaban.

—Nos vamos a helar —dijo él, con la voz ronca.

El mantel estaba casi seco, bien enrollado en la cesta.

Eleanor tragó saliva.

Sabía lo que venía.

Pero la responsabilidad ante todo.

—Quítate la ropa mojada o cogeremos una pulmonía —murmuró.

Se dieron la espalda por pudor, pero el espacio era pequeño. Ella se desabrochó el vestido, lo dejó caer. Las enaguas siguieron el mismo camino. Quedó desnuda, la piel de gallina, los pechos pesados, el sexo oscuro entre los muslos. Él se quitó camisa, pantalones, calzoncillos. Su pene a medio camino, colgando con una leve inclinación a la derecha.

Ella se dio la vuelta para sentarse, su culo pálido, las nalgas separadas por una hendidura generosa que hacía imposible no pecar.

Se sentaron en el suelo y se envolvieron juntos en el mantel a cuadros. Piel con piel. El calor empezó a volver. Eleanor notaba el pecho de él contra su espalda, el aliento en la nuca. Notaba también cómo el miembro de Thomas se endurecía contra su trasero. Intentó no moverse, pero era imposible.

De pronto sintió una presión en el vientre.

La sidra, los nervios… la tripita cogiendo frío.

Necesitaba soltar aire.

Intentó contenerlo apretando el esfínter, pero al poco la necesidad volvió con más fuerza.

—Thomas… —susurró, la voz temblorosa, la cara ardiendo—. Lo siento muchísimo… pero… no puedo más. Necesito… tirarme un pedo.

Él se quedó quieto un segundo y luego habló suave, controlando esa rara excitación que provoca la intimidad.

—Hazlo. Aquí no hay nadie más.

Ella se giró un poco, levantó el mantel y muerta de vergüenza, ventoseó, uno suave, prolongado, pero audible. El alivio fue inmediato. El aroma pasó fugaz.

Esperaba que él se apartara, que su cuerpo reaccionara traicionando sus modales de caballero… pero no, al contrario, la abrazó más fuerte.

—No pasa nada —susurró contra su oreja mientras su miembro comenzaba a palpitar.

El momento, en vez de romperlo todo, lo hizo más íntimo y excitante. Ella se giró hacia él. Se miraron. Se besaron. Primero suave, luego con hambre. Las manos de él recorrieron sus pechos, pellizcaron los pezones. Ella bajó la mano y agarró el pene duro, caliente, lo acarició despacio.

Un minuto después, él puso el mantel sobre el suelo mientras ella se fijaba en sus glúteos. Se tumbaron sobre el mantel. Él se colocó entre sus piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarla del todo. Eleanor jadeó. Empezaron a moverse juntos, al ritmo de la lluvia que golpeaba el tejado.

Ella clavó las uñas en su espalda. Él la besó en el cuello, en los pechos. Los ruiditos del chupeteo, los gemidos y el latido agitado del corazón. Llegaron al mismo tiempo, un estremecimiento largo, intenso.

La tormenta cesó tan abruptamente como había empezado. El sol asomó tímidamente. Se vistieron con la ropa aún húmeda y pedalearon de vuelta. Media hora. El viento no era tan frío y aun conservaban calor.

Llegaron a la casa de Eleanor, una casona victoriana rodeada de jardines. Su marido estaba lejos, en viaje de negocios.

Subieron directos al baño. Llenaron la tina con agua caliente del calentador. Se desnudaron de nuevo, esta vez sin vergüenza. Entraron juntos. El agua humeante, el jabón resbalando por la piel. Se lavaron mutuamente, despacio, explorando.

Luego, después de un beso apasionado, después de que sus lenguas danzaran y exploraran la boca del otro con anhelo, después…

Él la levantó contra la pared de azulejos, ella le rodeó la cintura con las piernas.

Volvieron a hacerlo, esta vez más fuerte, más urgente, el agua chapoteando cuando el cogía impulso para una nueva embestida. Las manos de ella inquietas, revolviendo el cabello del varón unos segundos, sobando las nalgas masculinas un instante después, para volver a agarrarse alrededor del cuello mientras pegaba su cuerpo en un intento por fusionarse con aquella fuente de placer infinito.

Pero la realidad los expulsó del paraíso demasiado pronto, el reloj no detuvo el camino y la eternidad paso a ser solo una promesa incumplida. Al atardecer, formales y vestidos, se despidieron con un beso cargado de melancolía. “Esto debe quedar en anécdota”, murmuró Eleanor, sabiendo que su marido regresaría pronto y Thomas volvería a ser solo el empleado.

Él asintió, resignado, tratando de disfrazar su tristeza con una sonrisa para el recuerdo.

Ella pensó en su marido, en ese episodio de crueldad. Con rabia deseó que su esposo se presentara allí, los pillara por sorpresa. Ella rescataría a su hombre, se ofrecería como víctima para recibir el castigo. En ese momento de desesperación, no le importaría nada… al menos la vara mordería sus nalgas y la haría llorar, sollozar por el amor de verdad que ahora, por esa puerta, se alejaba para siempre.

Pero su marido estaba fuera, de viaje, no había nadie que la castigase por su infidelidad.

Solo ella, la casa y el recuerdo de la tormenta que les unió para siempre.

Fin.

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