La casa rural parecía jugar al escondite oculta tras árboles de hoja perenne.
-Ha sido una buena idea venir aquí. -dijo Alba saliendo del coche, estirándose y tomando aire.
La mañana era fresca y soleada. El campo se hallaba invadido por flores de muchos colores y un arroyo, no muy lejano, ponía banda sonora a un fin de semana lleno de promesas.
-Sí, mola bastante. -replicó Marta apartando un mechón de cabello pelirrojo. Llevaba gafas, mascaba chile y tenía un buen culo.
-¿Tú que opinas? -preguntó Rocío, de tez morena, mirada inteligente y cuerpo menudo, dirigiéndose al único hombre de aquella aventura.
Marcos miró alrededor con sus ojos verdes y sonrió.
-Bonito.
Aprovecharon la mañana para pasear y a eso de la una volvieron a la casa y comieron dentro, ya que la temperatura había bajado bastantes grados.
-Se nubla. -comentó Alba.
Una hora después comenzó a llover.
Suspendidos los planes al aire libres se sentaron en el salón. Marcos encendió la chimenea y Rocío sacó unas cervezas de la nevera.
-¿Y ahora qué?
-Pues ahora contamos historias de miedo. -dijo Rocío
-¿Tú todavía no has salido del colegio o qué? -repuso Marta.
-¿A ti que te apetece? -dijo Marcos preguntando a Alba.
-A mi me apetece algo caliente.
Los otros la miraron.
-Me refiero a una taza de chocolate pandilla de…
-¿Tú que dices Marcos? -intervino Marta.
-Yo soy un hombre soltero rodeado de tres bellezas… siempre dispuesto.
-Hace mucho frío para quitarse la ropa. -opinó Alba
Siguieron hablando sin aterrizar durante unos minutos. Se propusieron juegos subidos de tono, canciones y otras cosas.
-Y si contamos una historia corta.
-Ya hemos dicho que fantasmas no.
-Una historia sexual. -dijo Marcos.
-Vale… y que tema elegimos… -salto Marta animada con la propuesta.
-Si, porque si no decimos nada acabamos con algo romántico estilo Rocío.
-Oye, que yo sé de donde vienen los niños… -repuso la aludida.
-Veo que vamos a acabar con el rollo romántico de príncipes cabalgando…
-Coño, quien pudiese cabalgar con un príncipe… -comentó Rocío dispuesta a demostrar que ella también podía ser transgresora.
-Yo se montar
Finalmente, entre risas, debates e insinuaciones que pondrían la cara roja a más de uno y una, optaron por contar, por turnos, una pequeña historia erótica con un componente fetichista. Se sorteó el orden, se dejó una hora, papel y lápiz para escribir y la primera en leer su obra fue Rocío.
Mi relato va a ser corto. -comenzó. Su voz algo insegura.
El relato de Rocío:
“Laura miró el reloj de plástico que llevaba en la muñeca y apretó el paso.
Llegaba tarde al trabajo.
Su responsable, Pilar, la echó una mirada rápida cuando entró a la sala.
-Pasa algo. -dijo la becaria.
-La has cagado corazón. -contestó Manuel con su franqueza habitual.
Manuel era atractivo y Laura notó como los nervios se agarraban a su estómago.
Pilar explicó la situación, la próxima reunión con el cliente definiría si se salvaba o no el proyecto.
-Yo, lo siento. -empezó a disculparse la chica.
-Y si no ya sabes, al despacho del jefe, unos latigazos y todo arreglado. -comentó Manuel muy serio.
Laura se puso colorada.
Luego todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Mareada, cayó al suelo.
Despertó en un cuarto húmedo. Acurrucada en el suelo, con frío.
Vestía un traje que originalmente debió ser blanco. Su cabello una maraña.
-Ya es hora. -oyó decir mientras alguien agitaba unas llaves detrás de la puerta de madera.
La puerta protestó al abrirse dejando pasar la luz de la mañana.
Había mucha gente ahí fuera. Campesinos, hombres, mujeres…
Una neblina flotaba en el ambiente.
Un tipo rudo con el rostro lleno de arrugas la cogió del brazo y conduciéndola al lado de un árbol, ató sus muñecas haciendo un nudo con un cordel grueso ,lo pasó sobre una rama gruesa y tiró dejando a la chica con los brazos en alto, medio colgando, casi de puntillas.
Luego arrancó el vestido descubriendo la parte superior de su cuerpo, las tetas al aire y la piel de la espalda expuesta.
Su primera reacción fue de vergüenza absoluta, pero inmediatamente después, vio al hombre que llevaba el grueso látigo de cuero y el miedo lo invadió todo.
Luego llegó el dolor del primer azote mordiendo su espalda.
Gritó y comenzó a sollozar.
El segundo latigazo dejó una marca roja en su piel. El escozor recorriendo todo su cuerpo como una corriente eléctrica desagradable.
Se levantó viento.
Y de repente, como en un sueño, apareció un caballero montando su caballo negro. Un hombre alto, apuesto y guapo. Ojos verdes, ropa limpia y la mirada de los que tienen el mundo a sus pies.
-Deteneos y desatadla -dijo al tiempo que bajaba del rocín.
Laura sintió alivio y, en cuando sus brazos quedaron libres, trató de cubrirse los pechos mientras permanecía con la cabeza agachada por respeto y vergüenza.
-Venid conmigo. -dijo el recién llegado dirigiéndose a la casa.
-Vivis en esta choza. -comentó echando un vistazo rápido al lugar.
Laura negó con la cabeza.
-¿No habitáis en esta morada? Hablad sin miedo.
Laura miró al hermoso príncipe, tragó saliva y tratando de imitar su modo de hablar se disculpó y dijo que sí, que aquella era su habitación.
El hombre estiró la mano.
“Ahora me forzará.” Pensó
De alguna manera la idea de que aquel apuesto galán se aprovechara de ella no la desagradaba lo más mínimo. Más bien al contrario, el calor subió a sus mejillas y el cosquilleo se instaló en su bajo vientre.
El príncipe se contentó con observar su castigada espalda.
Luego ordenó.
-Tumbaos en el catre boca abajo.
Obedeció.
Con un paño caliente y algo que escocía limpio con ternura las heridas.
Luego se sentó y él se sentó a su lado.
-Sois muy hermosa -dijo mirándola a los ojos.
-Y tenéis unos pezones aún más hermosos.
Laura enrojeció y sin pensar lo que hacía, movida por el deseo, besó en los labios a aquel hombre de otro mundo.
-¿Puedo? -preguntó el varón mirando los pechos de la chica.
La muchacha asintió y las manos de aquel hombre se apropiaron de las mamas de manera deliciosa. Luego chupó los pezones con la boca, haciendo ruiditos juguetones.
Luego… luego Laura se quitó la ropa. Toda la ropa.
El príncipe se deleitó con el cuadro erótico que tenía ante sí, recorriendo con la vista cada parte de ese cuerpo creado para el placer.
-¿La espalda? -preguntó
-Que se joda. -respondió Laura olvidando la época.
El príncipe la miró sin comprender durante un instante.
Luego se desnudó.
Sus cuerpos se unieron y comenzaron a cabalgar, jadeando, disfrutando del sexo. Fin”
Alba aplaudió.
-¿Y dónde está el fetichismo? -dijo Marta
-En los azotes -respondió Marcos.
-Magnífico relato Rocío. -comentó Alba
-Esto se está calentando. ¿A quién le toca ahora? -intervino de nuevo Marta.
-Creo que a ti por hablar.
-Está bien, voy. Aunque… bueno, venga.
“Mi relato es en primera persona, simplemente porque me es más sencillo escribir así. Pero esta tía no soy yo, aunque la llame Marta. Bueno, empiezo. Aquella tarde de sábado hacía calor, no ese calor insoportable que imposibilita hacer ejercicio al aire libre, pero si suficiente calor como para sudar haciendo ejercicio. No era mi mejor día, pero tenía que salir a correr. Correr era como una droga para mí, algo que me perseguía y me hacía sentir culpable. Así que, como tantos otros días, salí a correr.
Cinco kilómetros pueden parecer pocos pero a buen ritmo son suficientes para hacer sudar. Aquella tarde no corrí bien, completé la distancia más por cabezonería que por otra cosa, pero eso sí, sude la camiseta y los calcetines y hasta las bragas. No sé que braguitas elegí, quizás unas dadas de sí, el caso es que al terminar la carrera había mucha tela en la ranura que separaba mis dos medias lunas. Aparte, la goma, con el tiempo, había perdido consistencia. Vamos, que las bragas tapaban medio culo. Eso sí, llevaba pantalones cortos de correr, que eso de trotar en pelotas no era lo mio.
Miré la hora, era un poco tarde, pero llegaría antes que él a casa. Antes que el chico con el que había quedado. No era la primera vez, ya nos habíamos besado y hoy, si todo iba bien, quien sabe. Bueno, quien sabe no, estaba dispuesta a hacerlo aquel día.
Caminé hasta casa con paso vivo y, a medio camino, viendo que no había nadie en la calle, me pare, ladee mi trasero y dejé escapar un sonoro pedo que me alivió bastante. Luego decidí correr hasta casa.
-¿Qué haces aquí? -dije encontrando al chico en mi puerta.
-Perdona, he llegado un poco pronto. Puedo esperar fuera.
La idea de que esperase fuera era tentadora, pero lo suyo era que pasase.
Ya en casa hablé de nuevo.
-Salimos o nos quedamos. Voy a ducharme.
-Espera, no me das un beso.
-Estoy toda sudada. No… -comencé a decir.
-Silencio… -dijo poniendo su dedo índice sobre mis labios.
Su aroma, perfume de varón mezclado con olor a piel, se metió por mi nariz como un chute. Y antes de que me diera cuenta de que pasaba me beso en la boca.
Al separar nuestros labios, pensé en mi olor y queriendo explicarme repetí de nuevo.
-Estoy sudada, mi camiseta.
-Te ayudo. -dijo sin más.
Y ante mi sorpresa me quitó la camiseta, levantó mi brazo con suavidad y metiendo su nariz en mi sobaco aspiró ruidosamente.
La sangre subió a mis mejillas y mi cara se llenó de rubor y calor.
-Hueles muy bien… es tan adictivo. -dijo con voz sensual.
Le miré a los ojos, le miré. De reojo noté como la delantera de sus pantalones se abultaba creando una tienda de campaña.
Le quité la camisa, le bese el cuello.
Él se entretuvo desenganchando mi sostén.
Apreté mi cuerpo, mis pechos contra su pecho y aspiré su aroma.
Después le quité los pantalones y el hizo lo propio con los míos.
-Date la vuelta -dijo.
Mis bragas estaban a medio camino. Note su mirada y una frase, que leí en algún sitio vino a mi memoria.
“Hay algo hipnótico en esa línea de sombra que parte los glúteos, como si la espalda hubiera decidido volverse indecente de repente.”
-Quiero olerte el culo y lo demás.
Intenté protestar recordando el pedete que me había tirado. Seguro que olía seguro que… gemí violentamente. Gemí y arqueé la espalda al notar su nariz cerca de mi orificio anal. Y luego su lengua lamió mis nalgas y recorrió toda la hendidura que las separa.
Mi sexo estaba mojado y yo solo quería que me poseyese, que me amase de manera salvaje.
Y mis pensamientos se hicieron realidad.
The end”
El público tardó unos instantes en salir del mundo de lujuria en el que el relato de su compañera de aventuras les había sumido.
Marcos respiró hondo notando que su miembro, tímidamente, despertaba de su letargo.
Rocío suprimió las ganas de tocarse.
Y Alba aplaudió genuinamente impresionada.
-El nivel es demasiado alto. -reconoció esta última.
Y cogiendo su escrito comenzó una nueva narración.
Continuará.
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