Relatos en la casa rural (2 de 2)

Fuera de la casa rural, la lluvia continuaba cayendo. Y el día, de por si oscuro, estaba tornando en noche.

Alba se levantó y todos la miraron.

-No me escapo, solo voy a encender la luz. -sonrió.

De vuelta en su asiento, ahora sí, comenzó a leer su relato.

El relato de Alba

“Juan lanzó un insulto al aire mientras su magullada rodilla enviaba señales de dolor.

-La herida tiene mala pinta. -comentó su compañera de universidad.

Juan era de por sí una persona hipocondríaca y aunque los centros médicos le gustaban entre poco y nada, decidió acudir a que le viesen la maltrecha articulación.

-No hace falta que vengas. Ya me apaño yo -dijo despidiéndose abruptamente de la chica.

El día era festivo y no había casi gente. Muy pronto fue atendido por una doctora joven que se limitó a revisar la herida y llamar a una enfermera.

Una mujer de treinta y algo, bata blanca, pelo corto, cara de profesional y ciertamente no carente de atractivo hizo acto de presencia.

-Me llamo Sandra. Ven conmigo -dijo al universitario.

Juan obedeció.

Llegaron a una sala donde estaban varias camas. La mayoría vacías, unas pocas con gente. A él le colocaron junto a una donde una joven rubia recibía

“Paracetamol” por vía intravenosa.

-Buenas tardes. -dijo Juan con educación.

-Hola -respondió la enferma.

-Cólico renal. -añadió sin que la preguntaran.

La chica era mona y bastante guapa. Juan se la imaginó desnuda. La piel pálida, los pechos firmes y un culito pequeño y cerrado.

Sandra corrió la cortina y tras poner un ungüento en la rodilla del chico, la vendó.

-Estate aquí tumbado unos minutos que ahora vuelvo. -dijo descorriendo la cortina.

No pasarían ni cinco minutos cuando la enfermera volvió. Venía empujando un carrito. Sobre el carrito, algodón, un bote de alcohol, una jeringa, una aguja y un frasquito con la medicina líquida.

-¿Ya?… -dijo Juan algo asustado.

-Esta no es para ti. -comentó la enfermera corriendo la cortina de la cama de la rubia.

Juan se quedó muy quieto. Escuchando. Al parecer la chica del cólico seguía con dolor y la iban a pinchar… en el trasero.

Oyó el ruido de sábanas, movimiento y pasado el tiempo una frase que le hizo, paradójicamente, contraer las nalgas.

-Relaja ese culete.

Unos minutos después se abrió la cortina. La rubia estaba acostada de lado, dándole la espalda y en un cubo de plástico se podían ver envoltorios rasgados, una jeringa vacía y un trozo de algodón.

La enfermera volvió unos minutos después y dijo al chico.

-Nos vamos a una habitación.

-¿Por qué, pasa algo?

-No, no, esta bien. Solo que te voy a auscultar.

Juan llegó a la habitación y se sentó en la cama. La enfermera le siguió y, para su sorpresa, cerró la puerta.

-Así no nos molestarán.

Luego sacó de un cajón una jeringa grande y una aguja que daba miedo.

-¿Eso para qué es? -preguntó Juan tragando saliva.

-Para ti. Túmbate boca abajo y descubre el culete. -dijo Sandra.

Juan no se movió. Tragó saliva y dijo.

-No.

-No, ¿qué?

-No quiero que me pinchen… yo, creo que…

La enfermera le miró con severidad y dijo.

-Aquí se obedece, ¿está claro?

-Vale yo… vale. -dijo Juan comenzando a desabrocharse el cinturón sin mucho entusiasmo.

-Ya es tarde para eso. -aseveró la enfermera sentándose sobre la cama.

-Ven aquí, deja que me encargue. Las manos quietas.

Juan se acercó a donde estaba la enfermera y esta le desabrochó el cinturón y se lo quitó dejándolo sobre la cama. Luego le desabrochó el botón del pantalón, bajó la cremallera y deslizando las manos agarró pantalones y calzoncillos y de un tirón le dejó con el culo y el pene al aire. Seguidamente le colocó sobre sus rodillas y comenzó a darle nalgadas. Primero con la mano y luego, doblando el cinturón, le azotó con el cuero dejando marcas rojas que picaban.

El chico se incorporó un par de minutos después con la cara roja de vergüenza y el culo calentito tras la azotaina. Su pene, erecto, crecido, palpitando.

La enfermera cogió el miembro con las manos y poniéndose de cuclillas comenzó a lamerlo. Luego lo introdujo en su boca llena de saliva y lo chupó con avidez.

-No te corras todavía. -le informó Sandra levantándose y preparando la medicina.

-Inclínate, apoya la palma de tus manos sobre la cama y relaja el culete.

El contacto del algodón empapado en alcohol fue inmediatamente seguido por el aguijonazo. Pero lo peor vino después, cuando el líquido penetró el glúteo agujereado. Por fortuna duró poco.

La enfermera sacó la aguja. Presionó con suavidad con el algodón y poniéndose detrás, casi pegada a él, agarró de nuevo el mástil y lo estrujó con suavidad en su mano cerrada, iniciando el movimiento típico para poner a un tío a cien.

Juan no tardó mucho en explotar y expulsar el semen mientras una ola de placer intensa se apoderaba de todo su cuerpo.

-Límpiate y túmbate en la cama boca abajo. -dijo la enfermera entregándole un paquete de pañuelos de papel.

Juan fue a decir algo pero la mujer se adelantó.

-Tengo que tomarte la temperatura. Túmbate y separa bien las nalgas.

Juan estuvo a punto de protestar, pero rectificó a tiempo, su culo ardía y no quería recibir más azotes.

Se tumbó y separó las “mejillas” con sus manos dejando el orificio anal expuesto.

Mientras tanto, Sandra se ponía guantes y metía la punta de un termómetro en vaselina.

Fin. “

-Ufff, que vergüenza tuvo que pasar Juan. -dijo Rocío.

-Pues yo le comprendo. Las agujas dan miedito. -repuso Raquel.

-¿Os han pinchado alguna vez? -preguntó Marcos.

Y un debate sobre inyecciones, supositorios y revisiones de lo más humillantes, mezclado con alusiones a las azotainas, se inició y prolongó durante varios minutos.

-Bueno Marcos… te toca a ti.

-Voy. -dijo el aludido tomando sus notas.

Relato de Marcos.

“Lucía era una mujer inteligente, de eso no cabía la menor duda. A sus casi cuarenta primaveras, se conservaba bien. Es cierto que su trasero había perdido un poco de firmeza y sus pechos no eran lo que fueron. Pero en conjunto se podía decir que era una mujer atractiva, que sabía vestir bien y sacar lo mejor de sí misma.

En la oficina era discreta y no solía hablar mucho con casi nadie a excepción de Juan.

Juan era varios años más joven que ella, pero con un punto de madurez que le hacía más que interesante.

Un día, hablando de lo divino y lo humano. Lucía le propuso tener una cita.

Sería cenar en un restaurante muy exclusivo que acaba de abrir.

Juan dijo que sí.

Le atraía Lucía físicamente.

Y además, sentía curiosidad. Un restaurante que llamaba la atención a su compañera de trabajo tendría que ser excepcional.

Lucía notó enseguida el entusiasmo de su compañero y añadió enigmática.

-No estoy segura de que te guste… pero su sensualidad te sorprenderá y… y quizás tu opinión sobre mí cambie…

Sí Luis hubiese albergado dudas sobre si ir o no, aquel comentario multiplicó su deseo y sus expectativas por diez.

A las siete de la tarde llamó al timbre del piso de su compañera.

-Juan, que elegante. Pasa que enseguida estoy.

El hombre entró y echó una mirada alrededor.

Lucía entró en el baño y un minuto después tiró de la cadena y reapareció en el salón, elegante, guapa.

-¿Dame dos besos no? -dijo mientras besaba a su compañero en la mejilla.

-¿Qué te parece el piso? Bueno luego de cenar si quieres nos tomamos algo.

Al restaurante se entraba por un portal discreto, un pasillo decorado en granate y oro, largo y estrecho, al final el acceso a un salón con cuatro mesas más grandes de lo habitual.

Un viejo tocadiscos emitía música clásica a bajo volumen.

-Dama, caballero, bienvenidos. En la mesa tienen servilletas de papel. Hay dos lavabos amplios para señoras y caballeros. Si no les importa, pueden ir y lavarse las manos. La higiene es muy importante en el local.

Juan se sorprendió por los precios, la comida, además, no era nada del otro mundo.

-Es la presentación -dijo Lucía leyéndole el pensamiento.

Una camarera de rasgos orientales entró con los entrantes. Parecía sacada de otro siglo, más bien de un burdel de otro siglo. El sostén ricamente bordado, apenas alcanzaba a tapar los pezones y en cuanto a la falda, digamos que era más una falda mandil. Eso sí, la chica usaba guantes negros infinitos.

-Caballero, aquí tiene sus alcachofas. Señora, sus guisantes.

-¿Y los cubiertos? -susurró Juan mientras seguía hipnotizado el vaivén de las expuestas nalgas temblonas de la muchacha alejándose.

-Ahora los traerán, ya verás.

Una rubia, desnuda de cintura para arriba volvió en compañía de la chica oriental y cogiendo una silla, se sentó al lado de Juan.

-Nervioso el caballero según veo. No se preocupe, estoy para servirle.

Y pinchando una alcachofa con el tenedor, se la ofreció.

A continuación la chica de rasgos orientales se inclinó sobre la mesa. La rubia le bajó el tanga que llevaba y colocó el mango del tenedor en la ranura de sus nalgas. La chica inclinada apretó el trasero sujetando el cubierto.

-Aquí tiene su tenedor. -dijo la rubia invitando a que Juan lo cogiese.

Lucía, por su parte, consumía los guisantes sin perder detalle de aquella atmósfera.

El segundo plato era huevo cocido.

Una nueva camarera se quitó las braguitas de encaje y se tumbó boca arriba en la mesa mientras que la asiática ponía el huevo cocido sobre la expuesta vagina, los pelos negros, gruesos y largos hacían que el conjunto pareciese un nido.

La chica rubia apareció, puso crema de queso en sus pezones y animó a Lucía a probar.

Esta, ante la mirada de Juan. Lamió los pezones de la camarera.

-El queso está muy bueno. -comentó después.

Juan, empalmado, se disculpó.

-Voy al baño.

De vuelta en su sitio miró expectante.

-Ahora traen el postre. Mi parte favorita. -anunció Lucía sonriendo.

Fresas con nata para compartir.

Sin cubiertos.

La chica asiática puso una fresa en la boca de Lucía.

Caballero, es su turno.

Juan comprendió el juego y juntando su boca a la de Lucía, se las ingenió para morder la fresa y besar o algo entre medias.

También bebieron un poco de vino con burbujas.

De vuelta, el frescor de la noche despejó un poco a nuestros dos protagonistas.

-Tomamos algo o qué. -invitó la mujer

Juan la siguió dentro del piso.

Se besaron.

Las manos de uno en las nalgas del otro.

Luego todo fue muy deprisa.

Lucía, sin bragas, su culo apoyado contra la pared, su sexo a la vista, un boleto con destino al paraíso.

Juan, desnudo de cintura para bajo. Su miembro erecto, tenso, listo.

Empujó metiendo su mástil hasta el fondo.

Lucía gimió abrazando con fuerza a su compañero.

Juan embistió de nuevo contrayendo sus nalgas.

Las manos de ella en su culo, acariciando las nalgas del varón.

Su voz femenina, sensual, poética… rogando, pidiendo, suplicando más de aquello.

Juan ahogó un nuevo gemido besándola con deseo. Su lengua como loca en aquella boca con sabor a pura adicción.

No necesitaron cama para venirse.

Fin”

-Vaya con Juanito…

-Sí, sí.

Los comentarios sobre el relato se sucedieron. Luego cenaron algo rápido.

-¿Vamos a la cama? -dijo Rocío.

Todos asintieron y se levantaron con intención de ir a sus dormitorios y allí, tal vez, revivir los relatos con más realismo carnal, en privado.

El sonido de un trueno rompió el silencio y se convirtió en la excusa perfecta para cambiarlo todo.

Instintivamente Rocío se pegó a Marcos buscando protección.

-Tienes miedo.

La aludida no respondió de palabra.

-Puedo ir a tu habitación… hasta que pase la tormenta. -dijo Alba dirigiéndose a Marcos.

-Y yo.

-Yo también

De alguna manera todos acabaron en el cuarto de Marcos, sentados o tumbados sobre la amplia cama de matrimonio.

Y bajo la luz de una lamparita de noche. Entre sombras. Las manos de las chicas y del chico buscaron contacto humano.

-Hace frío. -comentó alguien.

-Creo que si nos ponemos de lado entramos todos bajo la mantita.

-Y hacemos la cuchara.

Se quitaron la ropa quedándose en ropa interior y se metieron en cama.

Un nuevo trueno hizo que sus cuerpos se pegasen.

-Noto un pene contra mi trasero. -dijo una de las chicas en voz alta.

-Y yo una mano en mi teta.

-Y yo una dentro de las bragas

-Oye, quien… quien me está tocando los huevos.

Un nuevo trueno, más lejano, acalló las risitas contenidas.

Las nubes, quizás obligadas por la luna, se separaban dejando paso a la reina blanca de la noche que, como una cotilla, intentaba colarse en cada habitación dónde dos o más amantes jugaban al juego del sexo, la caricia y el fetiche.

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