En el club swinger

Al final nos decidimos a ir. Lo habíamos conversado muchas veces en las noches de sexo y palabras pero todo siempre había quedado en la nada. Esa noche no lo planificamos. Fue casi sin pensarlo. Al entrar al club swinger vi a mi esposa algo temerosa y curiosa a la vez. Mientras que yo, temia que los celos me jugarán una mala pasada.

Mi marido había hablado tanto del club. Creía que yo no tendría idea. Muchas amigas, de las más calladitas habían ido. Yo sabía como funcionaba. Pero dejé que el creyera que iba con más nervios de los que el disimulaba. Al entrar nos recibió Tania, una de las personas a cargo.

Ella vestía, tal cual le había pedido, una ajustada y escotada solera roja que apenas le tapaba las nalgas, unas botas cortas y altas que manejaba como si fueran zancos y que resaltaba su figura de mujeron. Estaba muy hermosa y sexy

Yo tomaba un trago dulce. Lo sorvia lento pues era de borrachera fácil. No quería tener náuseas. Esa noche no me iba sin al menos chupar una pija. Era lo mínimo para desquitar la entrada y para que luego la podrida mente de Andrés me diera un polvo que valiera “tanto sacrificio”. Decíamos siempre como broma: una mamada no se le niega a nadie.

Pedimos dos tragos, quizás para tomar coraje, las luces eran tenues, se veían en los sillones varias parejas y en la barra varios hombres solos que ya se habían percatado de la belleza de mi mujer. Leticia, la cual se veía nerviosa y a la vez caliente solo de pensar en lo que nos depararia la noche.

Yo no sabía si Eliana, una mujer que se me había acercado, con ese acento que calentaba todavía más, que su enorme culo de corazón que se sostenía por su pequeña cintura por debajo de sus gigantes senos caídos. Dudaba si le gustaban las chicas o prefería las parejas en intercambio. Pero menos sabía yo, de tocar mujeres, aunque con ella me resultó como si fuera cotidiano. Me sonrió y me preguntó que tenía mi trago. Ahí percibí que la trivial pregunta era su aprobación.

La convide y le pedí a Andrés le comprará uno. Ella miró mis ojos bajando hasta mi escote. Nos presento a su pareja que era como un bastón para apoyar sus manos. Mi esposo no quitaba los ojos de su trasero. Yo me contenía para no parecer caliente con lo que creía podía acontecer. Propuse ir a eso con huecos que no conocía pero que entendí la función al entrar. En la pista, sólo iba a quedar como un regalo para las masivas tocadas de los cinco hombres que estaban en la barra. Las dos nos miramos con complicidad, ella con más experiencia: “Uruguayita linda” en España no solemos dar canilla libre de pajas más de dos minutos.

No lo podía creer, Leticia ya había dejado atrás sus temores y ensayaba un sensual baile en el medio de dos hombres. Su cara parecía gozar de las miradas que se clavaban como dagas en su cuerpo contorneandose. Parecía abstraída de todo cuando otra mujer, una morocha hermosa de aspecto extranjero se le acerca y comienza a imitar sus movimientos.

Bailaban las dos juntas pero no pegadas. De repente se dieron un beso en la boca que me calentó mucho he hizo volar mi imaginación hasta verlas juntas en una cama cada una besando apasionadamente el sexo de la otra.

La gente se empezó a acercar y más de uno se tocaba y pajeaba mirando la escena lesbica que tanto nos excita a los hombres.

Fuimos entrando en las cabinas de diez huecos. Yo no creía poder chupar tantas. Por suerte nuestras parejas habilitaron con un gesto a los cinco terceros. Nosotras, dentro, nos quitamos, yo el vestido y ella la blusa y el gigante brasiere. Entre besos y toqueteos fuimos compartiendo las paradas y las más tristonas, como una ensalada de frutas saborea da en un mismo plato.

Y ahí estaba mi “tímida” esposa chupando como una profesional una pija grande y gruesa sin nombre. Se alternaban con la otra mujer y se intercambiaban, cómplices las cinco vergas, más la del compañero de la española y la mía, que salían de las mamparas. En un momento Leticia se acercó a mí y me dijo: ¡nunca pensé que me gustara tanto hacer esto, lo estoy disfrutando!

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