Mas que hermanos (1): La noche que cambió todo

Escribo esta historia como una forma de desahogo, aunque antes de avanzar es necesario poner todo en contexto. Me llamo Jhonny, tengo 57 años y estoy casado con Laura, de 54. Somos padres de dos hijos: Leandro, de 28 años, recientemente casado y ya fuera de casa, y Rocío, de 25, que actualmente estudia en el extranjero. Con nosotros vive también Javier, mi mejor amigo, que tiene mí misma edad. Él es viudo y padre de un hijo de 28 años que, aunque no está casado, vive solo y se ha ganado la fama de ser un mujeriego empedernido.

Conocí a Javier desde la infancia. Sus padres eran amigos de los míos, vivían cerca de nuestra casa y estudiábamos juntos. Prácticamente crecimos uno al lado del otro, y con el paso de los años nuestra relación se volvió tan estrecha que él terminó ocupando en mi vida el lugar de un hermano mayor.

Ya habíamos terminado el colegio y nos preparábamos para ingresar a la universidad cuando ocurrió una tragedia que lo cambió todo: en un accidente de tránsito fallecieron los padres de Javier. Sus tíos le ofrecieron irse a vivir con ellos, pero mis padres también le abrieron las puertas de nuestra casa. Javier decidió quedarse con nosotros, y esa decisión fortaleció aún más el vínculo que nos unía. Adaptamos mi habitación para colocar dos camas y así comenzó una convivencia sin barreras ni pudores: compartir el espacio nos hizo naturales el uno con el otro, incluso en nuestra vulnerabilidad cotidiana.

A esa edad, Javier era muy popular con las mujeres. Tenía facilidad para conversar, era carismático y desde joven fue apasionado por el deporte. Yo, en cambio, era más tranquilo, aunque por su influencia también comencé a ejercitarme. Él estaba en excelente forma física, y mi padre solía entrenar con nosotros, comportándose como si tuviera dos hijos varones. Muchas veces acompañaba a Javier al gimnasio, y entre ellos se fue forjando una relación muy cercana.

Hasta entonces, nuestra relación era limpia, fraterna, casi inquebrantable. Tan cercana que, en silencio, llegué a sentir celos de la complicidad entre Javier y mi padre. Nunca lo expresé; me decía a mí mismo que tal vez era su forma de llenar el vacío que habían dejado sus padres.

Mientras Javier vivía rodeado de conquistas, yo llevaba una vida más serena. Ambos teníamos novias y, sin dudarlo demasiado, decidimos estudiar lo mismo: ingeniería civil. Yo había solicitado una beca para una universidad en España, pero los cupos se habían llenado y me pidieron volver a intentarlo al año siguiente. Así fue como, al menos por un tiempo, comencé mis estudios junto a Javier en la universidad de mi ciudad.

Todo esto era necesario contarlo para entender cómo llegamos al punto en el que estamos hoy. Porque, aunque parezca increíble, todo cambió en una sola noche.

La noche que lo cambió todo ocurrió mucho antes de lo que hoy podría parecer lógico. Fue en nuestra época universitaria, cuando aún éramos jóvenes, cuando la vida parecía un terreno amplio y sin demasiadas consecuencias.

Esa noche habíamos salido a festejar con nuestros amigos. Nada extraordinario: risas, música fuerte, alcohol compartido y esa sensación de libertad que solo se tiene a los veinte años. Nuestras novias estaban fuera de la ciudad, visitando a sus familias, y la casa estaba completamente sola. Mis padres habían viajado a ver a mis abuelos maternos y se habían llevado a mi hermana con ellos. Por primera vez en mucho tiempo, Javier y yo teníamos la casa para nosotros.

Al llegar a la casa, todavía traíamos la noche encima. Javier fue directo al equipo de música y, sin preguntar, puso una lista que conocíamos bien: canciones que habíamos escuchado cientos de veces, primero en fiestas, luego en reuniones más pequeñas, siempre como fondo de algo compartido. El volumen era alto, lo suficiente como para que la casa dejara de sentirse vacía.

El calor, el alcohol y la confianza hicieron lo suyo. Nos quitamos la ropa casi por inercia, como tantas otras veces, hasta quedarnos en bóxer. No había nada nuevo en eso: habíamos crecido juntos, compartido habitación, visto al otro en situaciones mucho más vulnerables. O eso creíamos.

Seguimos bebiendo, riendo, moviéndonos al ritmo de la música. En un momento, Javier se acercó y, con una sonrisa despreocupada, hizo lo que ya había hecho antes en otras ocasiones: me tomó de las manos y me sacó a bailar. Lo había hecho delante de amigos, incluso delante de nuestras novias, siempre como una broma, como una muestra más de su carácter extrovertido y provocador. Nunca había significado nada más.

llevábamos apenas lo suficiente puesto como para que cada movimiento se sintiera más cercano, más real. Al principio reímos, como siempre. Giramos torpemente, exagerando los pasos, burlándonos de nosotros mismos. Pero poco a poco la risa se fue apagando. Sin darnos cuenta, la distancia entre nuestros cuerpos se redujo. Ya no era una broma. Ya no era un gesto para los demás. No había nadie mirando, nadie interpretando la escena como algo inofensivo.

Sentí su mano firme en mi espalda, cerca de mis nalgas. Sentí el calor de su cuerpo demasiado cerca del mío. El baile se volvió lento, casi suspendido, como si la música hubiera pasado a un segundo plano, sentía su pene muy erecto en mi vientre, me sentía confundido y solo se me ocurrió preguntarle

—¿Qué estamos haciendo? —alcancé a preguntar, más para escuchar mi propia voz que esperando una respuesta.

—Nada —respondió con calma—. Solo divertirnos.

Lo miré a los ojos buscando una señal, una risa que rompiera el momento, cualquier cosa que nos devolviera a la normalidad. Pero no la encontré.

Cuando finalmente nos detuvimos, seguimos ahí, de pie, frente a frente, respirando el mismo aire. Y fue en ese silencio, mucho más elocuente que cualquier palabra, donde entendí que la noche había cruzado un límite invisible. Javier fue hasta el equipo de música y cambió el ritmo: los acordes conocidos dieron paso a un reguetón lento, envolvente, casi hipnótico. El ambiente se transformó de inmediato. Ya no había risas ni exageraciones; la casa parecía respirar al compás de la música.

Yo me quedé de pie, inmóvil, sin saber muy bien qué hacer con mis manos ni con lo que sentía. Fue entonces cuando Javier volvió a acercarse. No dijo nada. Simplemente redujo la distancia entre nosotros y, como si fuera lo más natural del mundo, retomamos el baile

Me tomó y me hizo girar con suavidad hasta quedar de espaldas a él. Sus manos me guiaron, primero con cuidado, luego con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. El contacto se volvió continuo, deliberado. Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensarlo; no me aparté, no protesté. Al contrario, me acomodé a ese ritmo compartido, aceptando lo que estaba ocurriendo.

El baile se volvió lento y cargado. Cada movimiento era una confesión muda. Sentí cómo el deseo dejaba de ser una idea para volverse presencia, presión, respiración compartida. No había prisa, pero sí una claridad nueva, intensa, imposible de negar, no me di cuenta cuando se había quitado su bóxer, hasta que comenzó a bajarme el mío y sentir su pene sin nada que interrumpiera su contacto con mis nalgas.

Sentía el pene de mi amigo erecto, duro, entre mis nalgas, mojándome con su pre-cum, cuando me volvió a girar, vi su cara llena de lujuria me llevo al sofá y me pidió que me colocara en 4 encima del sofa, sabia lo quería hacerme y no se aun porque no se lo impedi, aunque yo no estaba erecto si estaba excitado.

Ya colocado como me quería me dijo:

—Dios que culo tienes, Vas a ser mío

No buscó condón. Usó saliva, primero en su mano, luego directamente sobre mí. El contacto me hizo estremecer. Cuando finalmente presionó con más fuerza, el dolor fue seco, paralizante, pero no se detuvo. Lo hizo lento, consciente, hasta penetrarme por completo. El dolor cedió poco a poco a una sensación desconocida, intensa, que me arrancó gemidos que la música no logró cubrir.

Perdí noción del tiempo. Solo recuerdo su respiración, el ritmo que fue aumentando, el cuerpo respondiendo sin que yo lo reconociera como propio. Cuando me dijo el nombre de mi novia, algo se quebró del todo dentro de mí.

—Dime Elena que soy tu macho, dímelo o dejo de cogerte

Las palabras salieron solas, sin pensamiento.

—Eres mi macho, Javi… cógeme más fuerte.

El placer llegó de golpe, violento, inesperado. Me corrí sin siquiera estar erecto, manchando el sofá. Él gruñó, dio unas últimas embestidas y se vino dentro de mí. Lo sentí claramente.

Se quedo quieto encima de mí, con nuestras respiraciones alteradas, hasta que su pene se salió solo, entonces sin decirme nada se fue, escuche cuando entró y salió del baño con rumbo a nuestra habitación, yo no había podido moverme…

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