—Decidí que quiero acostarme con él —le susurré a mi esposo.
Llevaba semanas con ese pensamiento rondándome por dentro, buscándole el momento, la forma incluso el valor. No era solo decirlo; era imaginarme cómo sería, cómo me sentiría al hacerlo con otro hombre después de tanto.
Gustavo me miró sorprendido. No porque no lo esperara del todo, sino porque creo que ni él mismo sabía qué sentiría cuando, por fin, me atreviera a decirlo.
Todo empezó cuando empecé a sospechar que el tema de la infidelidad despertaba un particular interés en mi marido.
La primera señal se presentó cuando le conté como una visita a un excompañero del liceo, a quien llamábamos Tim, terminó en un encuentro sexual, a pesar que él tenía una pierna rota. La historia quizá no tendría relevancia a no ser porque el protagonista de ella había estrechado la mano de Gustavo unas horas antes en la reunión a la que habíamos asistido y porque Tim conservaba, quizá como trofeo, una chaqueta que dejé olvidada en su casa el día que sucedió.
Pero la señal fue realmente que, después de un aparente cabreo de mi marido tras escuchar la historia, se convirtió en uno de los mejores encuentros sexuales que habíamos tenido últimamente. Recuerdo que las palabras, no pronunciadas después del sexo, que vinieron a mi mente fueron “debería contarle de otros buenos polvos más frecuentemente” mientras sonreía.
La siguiente señal se presentó la vez que, nos encontrábamos en casa. Los niños habían ido al cine con mis padres y nosotros veíamos una película en la habitación.
La peli en cuestión iba sobre una guapa mujer en sus 40 que, le es infiel al protagonista, Richard Gere. El amante: Un joven francés de veintitantos.
Recién terminada la película Gustavo empezó a acariciarme como siempre lo hace cuando quiere sexo.
Yo me sentía también con ánimo de hacerlo. Él estaba notablemente motivado. Se dirigió rápidamente a mí y hábilmente me fue despojando de la ropa, del sujetador y no tardó mucho en deshacerse de mis bragas.
Normalmente se toma tiempo para acariciarme lentamente, besar y morder mis pezones y juguetear con mi clítoris usando sus dedos durante un rato. Él sabe bien que, debe tener paciencia y excitarme lo suficiente con antelación o corre el riesgo de terminar mucho antes que yo.
Esta vez me penetró de inmediato, su dureza era notable y sus movimientos llenos de vigor.
Me hizo recordar cuando éramos novios, cuando la cantidad y la calidad del sexo eran por igual generosas. Disfruté como hacía algún tiempo no lo hacía. Un par de mis orgasmos llegaron antes de que él se vaciara copiosamente dentro de mí, completamente exhausto.
Con la siguiente señal, me ayudó la tecnología.
Gustavo adquirió un moderno reloj inteligente, que, junto con la aplicación en el móvil, obtienen toda la información posible del movimiento del usuario además de los valores asociados al pulso.
Un par de semanas después, me quedé en el salón a mirar una serie que a Gustavo no le interesaba, mientras él contestaba unos correos; al menos eso me dijo.
Su móvil se quedó en la mesita junto al sillón y comenzó a vibrar poco después de que mi esposo se recostara con la portátil a revisar sus e—mails.
Curioso que revisar correos acelere el pulso de esa manera, pensé.
Me acerqué sigilosamente a la habitación y cuál fue mi sorpresa al verlo: meneándosela mientras un video se ejecutaba en la pantalla
—¿Qué diablos haces? alcé un poco la voz, ya que los niños dormían.
Gustavo al darse cuenta de que lo había pillado como a un adolescente, intento guardársela y cerrar el portátil. Solo consiguió que la laptop se volteara hacia a mí y me dejara leer que el video iba de un cornudo filmando a su esposa.
Notablemente avergonzado me pidió disculpas culpando a uno de sus amigos de mandarle videos sucios. Por su puesto que me molesté y le costó a mi marido un par de días de sumisa obediencia.
Fue entonces que mi mente empezó a hilar los recientes eventos. Primero la historia con Tim, luego la película y ahora, él, viendo escenas de infidelidad y de francos cuernos en una página de pajeros; todo esto me dejaban entrever que Gustavo desarrollaba un incipiente voyerismo.
La comprobación final vino una vez más al ver una serie de un canal de “streaming” sobre gladiadores. En la historia el campeón gladiador es obligado por su amo a follar a la esposa de otro gladiador, para deleite de los pretores romanos. La app en el móvil volvió a hacerse notar, el pulso de Gustavo se aceleró irrebatiblemente.
Al final del capítulo mi marido notablemente excitado se acercó a mí con la verga lista para embestirme.
Me dejé llevar por él, quien evidentemente estaba muy caliente. Me tomó con mucha fuerza y me arranco la ropa. Mordiéndome los pezones, introdujo dos de sus dedos en mi coño, que húmedo de excitación los recibió sin resistencia.
Poco después su boca iteraba entre mis labios y mis pezones; sus dientes prendiéndose de mi cuello me provocaron un gemido ligero, que le comprobaron cuanto me agradaba.
Por mi parte, acaricié su tronco y comencé a pajearlo. Su pene duro apuntaba lo más alto posible y ambos testículos se sentían llenos.
Para entonces ambos estábamos listos y justo antes de que me penetrara, le pregunte con la respiración entrecortada:
—¿Me follarás como un campeón gladiador?
—él sonrió ligeramente y dijo —claro cariño.
Sus movimientos eran poderosos, nuevamente recordándome nuestra época de novios, el placer que me hacía sentir era máximo. Gustavo me dio muy duro y parecía no cansarse, su mente, quizá seguía la escena de la serie.
Fue entonces cuando me atreví a preguntarle entre jadeos:
—¿Prefieres el papel del campeón, o el del gladiador cornudo?
El móvil me indicó que había dado con la frase mágica. El pulso de mi marido volvía a incrementarse. Él aceleró los embates de una forma nueva para mí. Pensaba que en cualquier momento Gustavo terminaría, sin embargo, ya había rebasado su duración promedio y no daba muestras de llegar al clímax aún.
Mi esposo me estaba llevando al punto máximo de excitación, yo sí que estaba cerca de venirme.
Muy excitada, agregué en un grito:
—“Fóllame campeón ahora que mi esposo está ausente”
Gustavo enloqueció. Su pelvis me nalgueaba ruidosamente y estuve a punto de decirle que pensara en los niños, pero mi orgasmo llegó intempestivamente antes de poder articular palabra.
Mi marido notó que yo estaba terminando y eso lo hizo venirse llenándome de espesa leche. Poco después, pude sentir como su cálida y abundante descarga se alojaba muy, muy adentro de mí.
Después del clímax, llegó a mí una embriagante comodidad, que anticipaba un sueño profundo, pero antes de perderme en él, decidí preguntarle:
—¿Qué fue lo que pasó?, ¿cómo fue que me cogiste como hace años no lo hacías?
—No lo sé, Ana. Por alguna razón la fantasía del gladiador me excita. —Contestó.
Solo atiné a preguntar, —¿estás Seguro de que solo es una fantasía?
Continuará.
© Analucy Torelo. Todos los derechos reservados.
![]()

Deja una respuesta