El último calor (1)

En mi última aventura me desaté por completo. No podía creer lo que había hecho; me sentía sucia, más aún por todo lo que ya venía arrastrando. Intenté cambiar mi vida. Con José nunca más pasó nada; por más coqueteos o mensajes, siempre me mantuve alejada, aunque en el fondo lo deseaba con todas mis fuerzas. La verdad es que ser madre me fue transformando de a poco. Mi marido seguía en su terquedad, ciego ante el hecho de que poco a poco me estaba perdiendo.

Muchos preguntan por qué no terminé todo antes, y hasta ahora no sé qué responder. Quizás era miedo. Al ser madre, mis prioridades cambiaron: no quería fallar en eso. Teníamos estabilidad económica; ambos trabajábamos duro y los frutos llegaban. No nos faltaba nada material… bueno, ya saben qué era lo que faltaba.

Ese deseo se fue apagando lentamente. El sexo se volvió casi nulo, porque ninguno proponía nada. Antes era yo la que daba el primer paso, pero todo tiene un fin. Quería que él se esforzara, que volviera esa pasión de cuando éramos jóvenes, pero era un caso perdido. Las folladas eran esporádicas, las calenturas también. Me encantaba la vida que estaba construyendo, aunque en secreto anhelaba una última aventura. Desde José no volví a mirar a los hombres de la misma forma: alguien nada atlético, mayor, me había dado una de las mejores folladas de mi vida, intensa y profunda, que aún me hacía temblar al recordarla.

El trabajo iba viento en popa: reuniones livianas y mi estatus creciendo cada vez más. Un día, al acercarse mi cumpleaños, me pidieron que viajara a Miami, EEUU, para unas entrevistas. Al principio dudé, pero luego pensé en aprovecharlo como unas mini vacaciones: al terminar las reuniones, me quedaría unos días extra. Necesitaba un descanso; era yo la que más cuidaba a los hijos mientras trabajaba. Se lo comenté a mi marido y no puso drama: él, al ser jefe, podía trabajar desde casa y ocuparse de los niños. No quería ir sola, así que le propuse que fuéramos juntos, una mini luna de miel. Pero no quiso; sus “pendientes” lo tenían demasiado ocupado. En Europa parece que los “pendientes” te chupan toda la energía.

Al final decidí ir con una amiga, que justo también planeaba viajar a EEUU. De paso, tendríamos una salida como las de antes, que no teníamos hace años.

Preparando mi equipaje, no lo pensé demasiado: Miami, calor, playa… tenía que llevar trajes de baño. Y la verdad es que no dudé dos veces: metí varios bikinis sexys que se pegaban a mi piel como una segunda capa, resaltando cada curva de mis caderas y mis pechos con esa tela fina que se transparentaba bajo el sol. Además, no pude resistirme a incluir lencería provocativa: encajes negros que rozaban mis pezones endurecidos al imaginarlos, tangas diminutas que apenas cubrían mi intimidad ya húmeda solo de pensarlo. Esa parte salvaje de mí sabía que algo podría pasar, especialmente yendo con mi amiga, que es mucho más desinhibida y sociable que yo, siempre lista para coquetear y arrastrarme a la diversión prohibida.

Pero otra voz en mi cabeza me frenaba: “No lleves nada de esto, solo ve a divertirte como una madre normal”. Mi mente era una batalla ardiente entre el deseo y la razón, con el pulso acelerado y un cosquilleo traicionero entre las piernas. Al final, cedí a un compromiso: solo una prenda sexy, un body de encaje que se ajustaba perfecto a mi cuerpo, listo para ser arrancado en un momento de pasión, y un solo bikini llamativo, rojo fuego, que dejaba poco a la imaginación y hacía que mis pezones se marcaran con el roce del viento.

No iba en busca de sexo, pero si ocurría… quería estar preparada. Algo en mi interior, ese fuego de aventuras pasada había encendido años atrás, me susurraba que esta sería mi última aventura: una noche de follada intensa, salvaje, donde me entregaría por completo, gimiendo bajo el cuerpo de un desconocido, sintiendo cómo me llenaba hasta el límite, antes de volver a mi vida “perfecta”.

El viaje se puso en marcha. Fuimos por separado, porque yo tenía que cumplir primero con mis obligaciones laborales. Las reuniones salieron mejor de lo esperado y terminé antes de lo previsto. Ese mismo día llamé a mi amiga; ella se había encargado de la reserva y, como siempre, eligió de maravilla: uno de los mejores hoteles de Miami, muy concurrido en esa época porque era pleno verano.

Al llegar, todo era un sueño hecho realidad. No había demasiada gente en el hotel —lo cual era perfecto—, porque la mayoría estaba en la playa. Pero la piscina del hotel… Dios, era algo espectacular: agua cristalina que brillaba bajo el sol intenso, rodeada de palmeras y tumbonas blancas, con un bar flotante que invitaba a cocktails fríos mientras el calor subía por la piel. El lugar mezclaba detalles modernos —líneas limpias, luces suaves— con un toque clásico elegante que lo hacía irresistible. Me quedé parada en el lobby, sintiendo el aire acondicionado fresco rozando mi escote, y un cosquilleo travieso me recorrió el cuerpo: este sitio gritaba placer, relax… y algo más prohibido.

Al llegar a la habitación, quedé impactada: todo era puro lujo. Las cortinas ligeras dejaban filtrar la luz dorada del atardecer, la cama king size con sábanas blancas impecables invitaba a revolcarse en ella, y los detalles minimalistas pero elegantes hacían que el lugar se sintiera como un refugio sensual. Era una suite, así que cada una tenía su propia habitación; perfecta privacidad para lo que fuera que la noche trajera.

Mi amiga llegó poco después, cargada de energía y maletas. Las dos gritamos de emoción como adolescentes, nos abrazamos y, sin perder tiempo, pedimos comida al room service. Merendamos en el balcón con vista a la piscina, riendo y poniéndonos al día mientras el calor de Miami nos envolvía la piel.

Después bajamos al bar del hotel, que estaba justo al lado de la piscina, con luces suaves y música baja que invitaba a relajarse. Fuimos con ropa cómoda, pero imposible pasar desapercibidas. Ella se puso una falda tropical corta que se movía con cada paso, dejando ver sus piernas bronceadas, y un corpiño ajustado que realzaba sus pechos perfectos, marcando sus pezones apenas cubiertos por la tela fina.

Yo elegí una falda blanca liviana que se adhería a mis caderas y un top rojo escotado que abrazaba mis curvas. No era tan provocativo como el de ella, pero mis pechos firmes y mi culo redondo se notaban con cada movimiento; sentía las miradas clavadas en mí y eso ya me empezaba a encender por dentro.

Las charlas fluían con tragos en la mano, las risas, los recuerdos… y, claro, los coqueteos de los chicos que estaban alrededor. Algunos se acercaban con sonrisas confiadas, cuerpos jóvenes y esculpidos por el gimnasio, abdominales marcados bajo camisetas ajustadas, piel bronceada y esa energía arrogante de quienes saben que suelen gustar.

Pero ninguno me movía un pelo. Ni a mí ni a mi amiga. Rechazábamos con cortesía, seguíamos charlando entre nosotras y disfrutando la noche. Sin embargo, por dentro yo no dejaba de analizarlo: ¿por qué esos cuerpos perfectos no me provocaban nada? Cualquier mujer babearía por ellos, pero a mí no me aceleraban el pulso.

En cambio, cuando pasaba algún hombre mayor —canas elegantes, mirada segura, manos fuertes y esa calma que solo da la experiencia—, sentía ese cosquilleo inmediato entre las piernas. Un calor lento que subía desde el vientre, humedeciéndome sin remedio. No lo entendía del todo, pero lo aceptaba: me calentaba lo maduro, lo vivido, la promesa de una follada profunda y sin apuro, de alguien que sabe exactamente cómo hacer gritar a una mujer como yo.

Al otro día salimos temprano a la playa. El sol quemaba fuerte y la arena estaba llena de cuerpos jóvenes, musculosos, bronceados, todos pavoneándose como si bastara con flexionar un abdominal para que nos cayéramos rendidas. Se acercaban con esa seguridad ridícula, sonrisas perfectas y frases ensayadas, pero nosotras éramos mucho más selectivas. Cada uno que intentaba algo se iba con la cola entre las piernas; los rechazábamos con una mirada o una risa cortés, y seguíamos charlando entre nosotras.

Los hombres maduros, en cambio, ni se atrevían a acercarse. Tal vez por respeto, tal vez por miedo a un rechazo directo, pero sus miradas sí las sentía: discretas, intensas, recorriéndome de arriba abajo mientras yo me acomodaba el body rojo que había elegido esa mañana. Era una pieza entera, ajustadísima, que se hundía entre mis nalgas y levantaba mis pechos, dejando la espalda casi al descubierto y marcando cada curva bajo el sol. Mi amiga llevaba un bikini celeste diminuto que apenas contenía sus tetas; juntas éramos un imán de ojos, y eso me ponía la piel erizada de una forma deliciosa.

Después de unas horas tomando sol y riendo a carcajadas, hicimos amistad con dos chicas del hotel. Almorzamos juntas, fuimos de compras, probándonos ropa sexy y riéndonos en los probadores. Todo fluía perfecto, como si lleváramos años de vacaciones.

Por la noche se armó una fiesta en el salón del hotel. Era nuestro segundo día y ya sentía que había pasado una eternidad de relax. Antes de bajar, hablé por teléfono con mi marido. Me sorprendió: me habló con cariño, con esa voz ronca que usaba al principio, me dijo cosas calientes al oído, como cuando todo era fuego entre nosotros. Colgué con el corazón latiendo fuerte y una duda enorme en la cabeza. Por un momento pensé que quizás estaba cambiando, que valía la pena intentarlo de nuevo.

Iba a bajar con un pantalón vaquero ajustado y el body rojo que tanto juego daba, pero en el último segundo cambié de idea. Me puse una pollera azul fluida y una remera que me cubría hasta el cuello: algo más recatado, como queriendo convencerme de que las palabras de mi marido habían sido suficientes para apagar ese fuego interno.

La fiesta estaba animada: parejas bailando, luces tenues, música sensual. Nos instalamos en una mesa con mis amigas y empezamos con tragos —algunos sin alcohol, otros con justo lo necesario para soltarnos. La música subió de intensidad y terminamos en la pista. Los chicos jóvenes se acercaban uno tras otro; algunos bailaban bien, otros solo querían rozarse. Mi amiga y las chicas nuevas se dejaban llevar un poco más, coqueteando y quedándose con alguno, pero yo los rechazaba a todos con una sonrisa. Era divertido verles la cara, pero también triste: ninguno me provocaba ni una chispa, ni un cosquilleo.

Al rato me sentí de más entre tantas parejas improvisadas, así que me fui al bar a pedir un trago sin alcohol —frío, dulce, delicioso—. Estaba sola, apoyada en la barra, cuando se acercó un hombre de unos 45 años. Alto, canoso en las sienes, cuerpo normal —ni gym ni descuidado—, traje informal pero elegante. Al principio solo un saludo tímido, los dos callados mirando la pista.

Después de unos minutos se animó:

—Hola, ¿qué tal la noche? —dijo con voz baja, casi tímida.

—Bien, tranquila —respondí sonriendo—. ¿Cómo supiste que hablo español?

—Estabas con tus amigas y ese acento argentino se reconoce a leguas, jajaja. Soy Augusto, nací aquí en Miami pero mis padres son uruguayos —extendió la mano con calma.

—Un gusto. Julieta, de Argentina. Acertaste perfecto —reí, ya más interesada—. ¿Vos vivís acá?

—No, a unas calles de aquí. Vine con amigos —señaló a un grupo que ya estaba muy entretenido con otras chicas—. Pero parece que están ocupados, jajaja.

—Sí, a esta hora todos encuentran pareja rápido —miré hacia ellos y luego a él.

—Total. A vos ninguno te llamó la atención, ¿no? Sos muy linda, opciones no te deben faltar.

—No, no —mostré mi anillo con naturalidad.

—Aaa, me lo imaginaba. ¿Y tu esposo? Si se puede preguntar…

—En Argentina. Vine por trabajo y me quedé unos días de vacaciones.

—Qué bueno. Yo también estoy casado… pero con muchos problemas.

—Uuh, como todos, jajaja.

—¿Vos también?

—Llevamos muchos años y eso desgasta, ¿no? La rutina, la indiferencia…

—Totalmente. Me sorprende que a vos te pase. Sos muy linda, es difícil de creer.

—Mirá, entre nosotros y que no salga de acá… creo que tiene otras mujeres. Ya sabés: el que no tiene lo busca y el que lo tiene también.

—En mi caso ella es muy fría, indiferente. Me fue infiel hace un tiempo, la perdoné, pero ahora es todo diferente y la verdad… me cansa.

Hablamos un rato más, con esa complicidad instantánea que surge cuando dos personas casadas reconocen el mismo vacío. En un momento vi que mis amigas ya se iban, algunas acompañadas.

—Bueno, mis amigas ya se retiran. Espero que soluciones lo tuyo con tu esposa… ¡nos vemos!

—Esperá…

—¿Sí?

—¿Me das tu número? No para nada raro, eh. Me caíste súper bien.

—Mmm… bueno, jajaja —se lo dicté sin pensarlo dos veces.

—Que tengas linda noche, Julieta.

Nos despedimos con un beso en la mejilla que duró apenas un segundo de más, suficiente para sentir su perfume y el roce cálido de su piel. Subí al ascensor con el pulso acelerado, el anillo pesándome en el dedo y la voz de mi marido resonando.

Al llegar a la habitación, cerré la puerta con cuidado y, al rato, empecé a escuchar gemidos bajos pero inconfundibles provenientes de la habitación de mi amiga. Eran intensos, rítmicos, acompañados de risas ahogadas y el crujido sutil de la cama. No la culpaba en absoluto: estaba soltera, en unas vacaciones soñadas, y se merecía revolcarse con quien quisiera hasta perder el aliento. Yo solo sonreí en la oscuridad, con un pinchazo de envidia mezclado con excitación ajena que me recorrió la piel.

Me metí al baño, dejé que el agua caliente cayera sobre mi cuerpo todavía cargado de la música y las miradas de la fiesta. Me enjaboné despacio, sintiendo cómo mis manos resbalaban por mis pechos, por mi vientre, entre mis piernas… pero me detuve. No era momento. Me sequé, me puse una camiseta liviana que apenas cubría mis muslos y me metí en la cama con la piel todavía tibia.

Antes de apagar la luz, agarré el teléfono. Tenía mensajes de mi marido: fotos de los chicos durmiendo, videos cortos donde me mandaban besos, y un audio suyo con voz suave, casi susurrante, diciéndome cuánto me extrañaban, que me amaban, que estaba hermosa en las fotos que les había mandado. Cada palabra era como un paño frío sobre el fuego que llevaba días conteniendo. Me alejaba más y más de la idea de una última aventura, de entregarme a ese cosquilleo prohibido que Augusto había despertado con solo una conversación.

Pero no entendía el cambio repentino en él. ¿De verdad se había dado cuenta de lo que estaba perdiendo? ¿No solo a mí como mujer, sino como familia, como madre de sus hijos? ¿O era esa clásica maniobra cuando meten la pata? Ya saben… cuando el marido huele que algo puede pasar a la distancia, o peor, cuando él mismo la cagó con otra y ahora quiere asegurar el terreno con mimos y palabras dulces para que yo no explote si algún día me entero.

Me quedé mirando el techo en la penumbra, con el cuerpo todavía inquieto, los pezones duros contra la tela de la camiseta y un calor traicionero entre las piernas que se negaba a apagarse del todo. Los gemidos de mi amiga ya habían cesado; solo quedaba el ruido lejano del aire acondicionado y mi propia respiración agitada.

Al otro día, al amanecer, mi teléfono vibró sobre la mesita. Un mensaje de Augusto:

—Hola Juli, soy Augusto, ayer hablamos en el bar del hotel.

—Hola, sí, te recuerdo. ¿Qué tal?

—Nada, todo tranquilo por aquí. ¿Vos? ¿Hacés algo hoy?

—Mmm, no sé, con mis amigas improvisamos día a día.

—¿Te parece si vamos a tomar algo a la noche al bar?

—No, la verdad no sé qué tengamos con mi amiga. Te aviso si me desocupo.

—Dale, si no podés no hay drama, lo dejamos para otro día.

Mi cabeza era un caos total. Por un lado, no entendía ese cambio repentino en mi marido —sus audios cariñosos, sus palabras calientes que me hacían mojarme solo de recordarlas, como si de pronto quisiera reclamar lo que había ignorado por años—. ¿Se habría dado cuenta al fin de que me estaba perdiendo, de que no solo era la madre de sus hijos, sino una mujer con un fuego ardiendo dentro, lista para explotar? Por otro, ¿hasta dónde podía llegar con Augusto? Ese hombre maduro, con su voz tímida pero segura, me provocaba un cosquilleo insistente entre las piernas solo con sus mensajes.

Imaginaba sus manos expertas recorriéndome, su cuerpo presionándome contra la barra, follándome lento y profundo hasta hacerme gemir sin control. Pero no, no quería pasar el día obsesionada con eso. Apagué el teléfono un rato y esperé a que mi amiga despertara.

Desayunamos en el balcón, con frutas jugosas que chorreaban por mis labios y café caliente que me despertaba la piel. Salimos de compras con ella y las chicas nuevas: probadores llenos de risas, ropa sexy que me ceñía las tetas y el culo, telas suaves rozando mis pezones endurecidos por el aire acondicionado. El día fue espectacular, puro placer inocente bajo el sol de Miami.

Después fuimos a la playa un rato. El agua estaba deliciosa, tibia como una caricia, envolviéndome las curvas mientras nadaba. Me puse el body rojo otra vez, empapado y pegado a mi cuerpo, marcando cada detalle: mis pezones tiesos contra la tela mojada, el contorno de mi sexo apenas cubierto. Las olas me mecían, el sol quemaba mi piel, y por momentos cerraba los ojos imaginando que eran manos fuertes las que me tocaban, no el mar. Pero sacudí la cabeza, reí con las chicas y dejé que el agua se llevara las dudas… al menos por unas horas.

Al terminar la tarde en la playa, decidimos cerrar el día con algo de relax puro: fuimos al spa del hotel. Masajes profundos, sauna, vapor, faciales… todo para derretirnos de placer. Nos recostamos en las camillas envueltas en batas blancas suaves, con el aroma a lavanda y eucalipto flotando en el aire, la piel todavía tibia del sol y brillando por el aceite de los masajes.

Ahí, entre suspiros de alivio, empezamos a charlar de todo lo que habíamos hecho… y, obvio, los hombres no tardaron en salir al tema.

Por cierto, nunca las había presentado bien: mi amiga con la que viajé desde Argentina se llama Soledad, esa morocha desinhibida y siempre lista para todo. Las dos chicas que conocimos en el hotel son Raquel, la más picante y directa, y Marisol —a quien todas llamamos Mari—, rubia, risueña y con una energía contagiosa que te arrastra a cualquier plan loco.

—Anoche se divirtieron, ¿eh? Jajaja. Todas terminaron como Sole o no tuvieron esa suerte —disparó Raquel, acomodándose mejor en la camilla.

—Shhh, no me lo recuerdes —dijo Soledad, recostándose y poniéndose los rodajes de pepino en los ojos con dramatismo.

—Los gritos se escucharon hasta nuestra habitación, ¿eh? Jajaja —agregó Mari, guiñándome un ojo.

—Bueno, bueno, chicas, es normal. Yo también la pasé bomba —confesó Raquel sin pudor.

—Todas menos vos, Juli —me señaló Soledad, quitándose un pepino para mirarme fijo—. Sé que estás casada, pero una aventura en Miami se queda en Miami.

—Sí, es verdad. Ese señor con el que estabas charlando… esa mirada de “coqueteame más que te follo aquí mismo”, ¿no pasó nada? —insistió Mari con una sonrisa traviesa.

—Ay, chicas, ¿qué hablan? —reí, sintiendo que me sonrojaba bajo la mascarilla.

—Mmm, nos parece que te gustó, ¿verdad? —Raquel no aflojaba.

—Tantos pibes musculosos que rechazaste y te calentó el maduro, jajaja —remató Soledad.

—Chicas, no me enamoró nadie, ¡por Dios! —protesté, pero todas estallaron en carcajadas.

—Obvio que no, pero nos referimos a esa chispa… esa humedad que se nota aunque no digas nada —dijo Mari bajito, y las demás asintieron.

—Por favor, Juli, ¿nos vas a decir que no tenés ganas? —Soledad me miró con complicidad.

—Jajaja, por favor, dejen de hablar pavadas —intenté cortar, pero mi risa me delataba.

—Esa risa nos confirma todo —sentenció Raquel—. Aprovechá, Juli. Sos hermosa, tenés un cuerpo increíble que vuelve loco a cualquiera, y aunque sos joven, esa chispa se apaga si no la alimentás. ¿Cuántas vacaciones sola vas a tener?

—No lo sé, pero engañar a mi marido no está bien —murmuré, aunque la voz me salió menos convencida de lo que quería.

—Por favor, sabemos que no está bien… pero hay que vivir la vida, nena. Una aventura no le hace mal a nadie —dijo Mari con tono suave, casi maternal.

—Ya, ya, jajaja. Mejor pensemos qué vamos a cenar o qué hacemos esta noche —cambié de tema rápido.

—Yo tengo que verme con el chico de la playa —anunció Soledad, ya emocionada.

—Yo salgo con el del baile también, jajaja —agregó Raquel.

—Y yo con el chico del masaje —soltó Mari como si nada.

—¿Del masaje de hace dos minutos? —pregunté, abriendo grande los ojos.

—Sí, ¿qué tiene? —se encogió de hombros, riendo.

—Sos increíble, amiga. Gracias por dejarme sola, ¿eh? Jajaja —me quejé en broma.

—Por favor, Juli, te parás en cualquier lado y tenés a todos los hombres que quieras. Llamá a ese maduro, seguro está esperando que le des luz verde para devorarte —me pinchó Soledad.

—Jajaja, okey, “amigas” —dije resignada, sintiendo cómo el cosquilleo volvía a encenderse entre mis piernas solo de imaginarlo.

Salimos del spa flotando, con la piel suave y brillante, el cuerpo relajado pero la cabeza llena de ideas prohibidas. Y yo, con el teléfono quemándome en el bolso, sabiendo que esa noche tenía una decisión pendiente.

Por la tarde ayudé a Soledad a prepararse para su cita. Ella ya brilla sola, con esa piel morena y esa sonrisa que desarma, pero cuando se puso ese vestido rojo ajustado que habíamos comprado esa misma mañana… Dios, estaba para comérsela. La tela se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sus pechos firmes y ese culo redondo que se movía con cada paso. Le presté mis tacones altos, le acomodé el pelo suelto sobre los hombros y, al mirarla en el espejo, hasta yo sentí un calorcito de envidia. Esa noche alguien iba a tener mucha suerte.

Raquel y Mari ya se habían ido por su lado, así que la suite quedó en silencio cuando Soledad salió, guiñándome un ojo y prometiendo contarme todo al día siguiente.

Yo decidí quedarme. Tuve una videollamada larga con mis hijos: sus risas, sus cuentos del día, sus “te quiero, mamá” me llenaron el pecho de una ternura enorme. Después habló mi marido, con voz baja para no despertar a los chicos, y quedamos en que más tarde, cuando allá fuera madrugada y los niños durmieran profundo, tendríamos nuestra llamada caliente. Me excitó la idea: por fin algo de fuego después de tanto tiempo.

Me duché rápido, me puse la lencería negra que había comprado en las compras del día: un conjunto de encaje transparente que apenas cubría mis pezones endurecidos y una tanga diminuta que se hundía entre mis nalgas. Me miré al espejo, me tomé varias fotos sexys —una con la mano entre las piernas, otra mordiéndome el labio, otra mostrando el culo en el reflejo— y se las mandé. Esperé. Y esperé.

No hubo respuesta inmediata. Lo llamé. Sonó varias veces y nada. Al rato llegó un mensaje suyo: “Perdón bebé, estoy re cansado. Mañana te digo todo lo que me provocaste con esas fotos”.

Me desilusionó como un balde de agua fría. El deseo que había empezado a subir se quedó a medias, latiendo entre mis piernas sin salida. Me metí en la cama con la lencería puesta, la piel sensible al roce de las sábanas, los pezones duros y un vacío molesto en el vientre.

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