Con mi vecino seguimos intimando varias veces. Para más seguridad, yo lo visitaba en su casa. De esa forma podíamos relacionarnos aunque mis padres estuvieran en la quinta. Yo había dejado un par de zapatos de taco alto en su casa para no hacer ruido las veces que estaban mis padres. Siempre esperaba a medianoche y salía de mi casa en dirección a la suya. Esos encuentros eran agradables, pero resultaban muy rutinarios. Mi culito y yo necesitábamos cambios, salir de la rutina, experimentar situaciones nuevas y excitantes. Yo fantaseaba con un cambio importante… ¡Y vaya si lo hubo! Les cuento…
Una noche me vestí para ir a su encuentro: corpiño y tanguita con encajes color bordó, medias finas color caramelo con portaligas y unas chatitas rojas con un moñito. Me puse un tapado marrón claro, un gorrito de lana blanco y salí para su casa. Llevaba en el bolsillo del tapado un delineador y un lápiz de labios. Al llegar toqué a su puerta de la manera habitual y me desprendí el tapado para sorprenderlo. Se abrió la puerta y… la sorpresa me la llevé yo. ¡Y vaya sorpresa! En lugar de Martín, me encontré cara a cara con Raúl, el capataz de mi vecino. Casi me caigo de culo.
Él me se plantó en la entrada con una mirada sarcástica y yo abría la boca pero no podía gesticular ni media palabra. Yo sentía que mi corazón latía a mil, que mi rostro se prendía fuego y mi boca seguía empecinada en no dejar escapar ni una letra.
-Hola vecinito. ¿Qué andás necesitando? -dijo Raúl de forma irónica.
-Yo… ¿Y don Martín?… Yo…
-Tranqui, che. Te explico. Martín está delicado de salud y por bastante tiempo no va a volver a la quinta. En la ciudad tiene los mejores cuidados y se comunica conmigo por celular para algunas instrucciones precisas. Tuvo un infarto, pero de a poco va mejorando.
-Bu… bueno… que se mejore… yo me voy.
-Pará, no te vayas que tengo algo para vos que él me dejó. Pasá y de paso te calmás un poco.
Me cerré el tapado, entré y me quedé en silencio. Raúl fue a otra habitación y volvió con una bolsa amplia, expresando:
-Me dijo el patrón que esto era de la señora vecina y que lo tuviera a mano por si lo venía a buscar. Pero por lo que veo… es para “la señorita vecina”, ¿no?
Tomé la bolsa y adentro estaban mis altísimos tacos aguja rojos. Notaba como se avivaba el fuego en mi cara y comenzaron a caerme algunas lágrimas.
-No llorés. Calmate que no pasa nada. -dijo Raúl-. Vení, pasá al comedor que tomamos un café y vas a ver que te tranquilizás. Dale.
Me senté en el comedor con los codos apoyados en la mesa y tratando de ocultar mi rostro. Quería pensar en algo, pero mi mente estaba centrada en una palabra: vergüenza. Volvió con dos tazas de café y el mismo me secó las lágrimas con un pañuelo. Se sentó a mi lado y mientras bebíamos me dijo:
-Desabrochate el tapado. Vas a estar más cómodo, y no voy a ver nada que ya no haya visto.
Desabroché los botones de mi tapado con manos temblorosas y seguí bebiendo café. Y vino el pedido que cambió todo. Pidió que me pusiera los zapatos rojos. Quería verme como imaginaba que me veía Martin. Casi como un autómata saqué mis zapatitos de la bolsa y me los calcé. Él me dijo que me quedaban hermosos y que si no lo tomaba a mal, le gustaría verme caminar sobre esos tacos. Accedí y comencé a caminar a lo largo del comedor. ¡Y pasó!
Ahí, en ese instante todo cambió. ¡Los tacos altos me transformaron! Del joven avergonzado y temeroso no quedó rastro alguno. Me movía con soltura sobre mis adorados tacos y de manera cada vez más sensual y sexy. Raúl aplaudía y cuando volví a mi asiento me dio un beso en la mejilla y me dijo que era algo fabuloso como andaba yo con esos tacos. Aunque parezca mentira yo ya estaba re caliente. Me incliné hacia él y dije:
-¿Te puedo preguntar algo, Raúl?
-Lo que quieras, nene.
-¿Te puedo chupar la pija?
Ahora el sorprendido era él. Pero ni lerdo ni perezoso se bajó el pantalón y el calzoncillo y dejo ante mí una verga de buen tamaño y gruesa. Comencé a lamer la cabeza y, fiel a mi calentura, me la mandé entera casi hasta la garganta. Recorría ese mástil venoso y duro babeando y con succiones interminables. Seguí por largo rato llenando mi boquita con ese trozo de carne palpitante y cuando me pareció que estaba por acabar, me retiré. Me fui corriendo hasta el living, exhibiendo un hermoso repiqueteo de tacos altos y me puse de rodillas en un sillón con la cola hacia afuera.
Cuando terminaba de quitarme la tanguita, ya estaba Raúl detrás mío con la verga enhiesta. Me mandé cos deditos ensalivados en mi ortito de nena y esperé..
La apoyó, jugueteó un poco en mi agujerito y de golpe me la enterró hasta el fondo. Casi me hace pasar para el otro lado del sillón, pero ¡que delicia! Sentir mi cuerpo lleno de pija, me transportaba al espacio. Él bombeaba con esa fuerza de mucho con tiempo de abstinencia y yo me retorcía de placer. No había un milímetro de mi interior que no estuviera lleno y mi culo palpitaba a full con ese vaivén descomunal. Yo me sentía mujer, mina, yegua, diosa… ¡Todo junto! Me dio vuelta, me puso con las piernas al hombro.
Y cuando me ensartó creo que sentí que me llegaba al estómago. Mientras Raúl me daba sin asco, yo me contorsionaba, gemía, gritaba… amaba esa pija. Cuando al fin acabó, me inundó de leche. Al retirar la verga notaba como por mi cuito salía una catarata de ese néctar delicioso. Me giré y, poniendo mi mejor cara de putita, le limpie toda la verga con mis labios. No solo me deleité, además me la tragué hasta la última gota. Ahh.
Cuando me estaba marchando y le dejaba los tacos a su cuidado, me llenó de besos y me pidió que volviera cada vez que y quisiera. Yo le prometí que lo visitaría seguido. Y… cuando prometo algo lo cumplo, jajaja.
Espero les guste tanto o más que el anterior. Sus like me animan a seguir relatando, y tengo “aventuras” similares como para escribir un par de libros. Beso a todos y hasta la próxima.
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