Estoy en la oficina, el aire cargado de ese olor a papel y café. Mi jefe no para de pellizcar culos, como si fuera su vicio secreto. Primero al nuevo, un pellizco rápido que le pilla por sorpresa y ante el que, prudente, no dice nada. Luego a su secretaria de confianza, que suelta una carcajada nerviosa mientras él aprieta su carne bajo la falda ajustada. “Seguro que no es la primera vez que ese trasero recibe el trato humillante” pienso.
Y ahora me toca a mí.
El primero pellizco es juguetón, un roce que me eriza la piel y despierta un calor traidor entre las piernas. El segundo, más profundo, sus dedos clavándose en mi nalga, haciendo que mi coño se humedezca sin permiso. Pero el tercero duele de verdad: un pellizco intencionado y prolongado que me arranca un gemido agudo y me hace saltar.
Lo miro furiosa, me quejo en voz baja, protesto y él me clava esos ojos fríos.
-Quítate la ropa -ordena con voz autoritaria.
Me quedo helada, el pulso retumbándome en los oídos. ¿Desnudarme aquí? La puerta no tiene el pestillo echado; cualquiera puede entrar sin llamar: la secretaria, el nuevo, hasta el de contabilidad. Imagino sus ojos sobre mí, mis tetas expuestas, mi sexo al aire, los rumores extendiéndose como la pólvora: “Sandra se desnuda para el jefe, qué zorra”. La vergüenza me quema, pero también enciende algo sucio dentro, un cosquilleo que me moja más.
-¡No lo repetiré! -dice alzando la voz.
“Cállate nos van a oír” -grita mi mente sin voz.
-Desnúdate o estás despedida -añade en un susurro como si atendiera mi secreta plegaria.
Ahora sí, ahora la amenaza me aplasta.
No puedo perder el trabajo.
Con manos temblorosas, empiezo. Me quito la blusa, el aire fresco endureciéndome los pezones bajo el sujetador. Luego la falda, que cae al suelo dejando ver mis bragas negras, tan ajustadas que la tela se hunde en la raja profunda de mi culo. Esa hendidura glotona, carnosa y hambrienta, devora la tela por completo, el nacimiento del trasero al descubierto durante un instante, justo antes de que baje las bragas.
Tiro de ellas con rabia, la tela se desliza por mis muslos y mi coño queda al descubierto: labios hinchados, brillantes de excitación, el clítoris palpitando traicionero.
Por último, el sujetador. Mis tetas caen pesadas, pezones duros apuntando al frente. Estoy completamente desnuda, la piel erizada, el corazón latiéndome en la garganta y en el sexo. Su mirada me recorre como una caricia sucia: se detiene en mis tetas, baja hasta mi coño depilado y húmedo.
-Gira despacio. -ordena
Obedezco y me detengo. El culo, mi culo, se convierte en el foco. Siento sus ojos quemándome la espalda, las nalgas abundantes, con esa grasa suave que se acumula en los muslos, ligeramente caídas pero redondas, la hendidura profunda y cerrada que invita a ser abierta.
Se acerca. Su aliento caliente roza mi nuca. Sus manos grandes agarran mis nalgas, separándolas un poco, y pellizca la izquierda, por dentro, con fuerza. Gimo, arqueándome, el dolor convirtiéndose en placer eléctrico que me recorre el coño. Luego la derecha, más fuerte, sus uñas marcándome la piel mientras aprieta hasta que siento que voy a correrme solo con eso. Estoy temblando, mojada hasta los muslos, imaginando que me dobla sobre el escritorio y me hace suya ahí mismo, sin piedad, mientras alguien entra en…
De pronto, la puerta se abre. Un jadeo ahogado sale de mi garganta, el rostro ardiéndome fruto de una vergüenza absoluta. ¿Quién es? ¿Me verán así, expuesta, temblando de deseo y miedo?
Y en ese instante despierto, jadeante en la cama, las sábanas pegadas a mi piel sudorosa, el sexo palpitando con un deseo que no se apaga. Solo era un sueño, pero los pellizcos aún duelen en mi carne, y mi mano, mis dedos deslizándose en la vagina, ya buscan aliviar lo que él empezó.
![]()

Deja una respuesta