Llevaban diez años casados. Diez años de una vida perfectamente curada. Alejandro era el arquetipo del éxito: socio en un bufete de abogados, miembro de clubes exclusivos, un hombre cuya sonrisa firme y apretón de mano inspiraban confianza. Su reputación era intachable, su familia, un pilar de la sociedad. Y Sofia, su esposa, era el complemento perfecto: elegante, discreta, anfitriona de cenas impecables, madre de dos niños que iban al colegio más caro de la ciudad. Su vida era una obra de arte, y cada detalle estaba en su lugar.
Pero últimamente, el barniz empezaba a mostrar grietas. Sutiles, casi invisibles para cualquier otra persona, pero no para ella. No para la mujer que conocía cada uno de los rituales de su marido.
Hacía tres meses, Alejandro había empezado a llegar más tarde del trabajo. No mucho, quizás cuarenta y cinco minutos, una hora. Siempre con la misma excusa: “Un cierre de último minuto, mi amor. Sabes cómo es este mundo”. Sofia sonreía y le servía un whisky, pero la excusa, repetida hasta el cansancio, había empezado a sonar hueca.
Sofia no necesitaba pruebas. Una mujer sabe. Sabe en la forma en que su esposo evita su mirada, en cómo su perfume favorito ahora huele a mentira, en la distancia que se abre entre ellos en la cama aunque sigan durmiendo juntos. Durante semanas, Alejandro había sido un fantasma en su propia casa, y el silencio entre ellos se había vuelto más pesado que cualquier conversación.
Esa noche, mientras él se duchaba, su teléfono personal vibró sobre la mesita de noche. Un sonido agudo, insistente. Sofia no quería mirarlo. Una parte de ella prefería vivir en la ignorancia, pero la otra, la más fuerte y cruel, la obligó a levantarse.
Con dedos que apenas sentía, tomó el dispositivo. La pantalla se encendió, mostrando una vista previa del mensaje. El remitente era un solo nombre: “Verónica”. El texto era corto y devastador.
“Fue increíble anoche en el hotel. No puedo esperar a volver a verte. Llámame cuando puedas.”
El mundo de Sofia se detuvo. No hubo llanto, ni gritos. Solo un vacío helado que se apoderó de su pecho. “Hotel”. “Anoche”. Las palabras resonaban en su cabeza como un eco sordo y terrible. Todas las sospechas, todas las medias verdades de su esposo, se condensaban en esa única y brutal notificación.
Dejó el teléfono exactamente donde lo encontró, con la pantalla aún iluminada. Se sentó en el borde de la cama, escuchando el agua de la ducha correr detrás de la puerta del baño. El hombre que se estaba lavando allí ya no era el suyo. Era un extraño que llevaba el rostro de su marido, y ella acababa de descubrir su secreto más oscuro.
La rabia le había secado las lágrimas. A la mañana siguiente, actuó como si nada. Le dio un beso a Alejandro en la mejilla al despedirse para el trabajo, le deseó un buen día y, con una calma que a ella misma la aterraba, se puso a investigar. No fue difícil. El nombre del hotel, “El Mirador”, estaba en los detalles de pago de una tarjeta de crédito que Alejandro.
A las cuatro de la tarde, Sofia estaba en el lujoso lobby del hotel. Vio a una recepcionista distraída con una llamada y aprovechó el descuido para colarse por un ascensor de servicio. Su corazón martilleaba con cada piso que ascendía. Se paró frente a la puerta del 804, tomó aire .La puerta se abrió en silencio.
La escena era un cliché romántico destrozado. Alejandro estaba de espaldas, abrazando a una mujer rubia de ojos azules y senos perfectos y operadas que le susurraba algo al oído. El perfume caro de ella se mezclaba con el aire acondicionado de la habitación.
—Así te queria ver, Alejandro —dijo Sofia, su voz helada y cortante como un cristal roto—. Quería ver con quién me engañabas. Con una puta. ¿Te gustan las operadas, por lo que veo? Mi esposo, el hombre ejemplar, está con una cualquiera de la calle.
La rubia se soltó de los brazos de Alejandro y se puso de pie con una lentitud insultante. Su mirada era de acero.
—No soy cualquiera —dijo, su voz era grave y segura, un contraste fascinante con su apariencia angelical—. A mí me eligió.
Sofia soltó una carcajada vacía, llena de desprecio. —¿Te eligió? Por favor, eres una más. Una Barbie de calle que le dará a mi marido unas enfermedades y luego le pedirá dinero. No eres nada.
Verónica sonrió, y esa sonrisa no tenía nada de divertido. Era la sonrisa de un depredador que sabe que su presa ha cometido un error fatal.
—No soy nada, ¿verdad? —dijo, y dio un paso hacia adelante, desafiante—. Te equivocas, cariño. Soy todo lo que él siempre ha querido. Y todo lo que tú nunca podrás ser.
Con un movimiento rápido y deliberado, Verónica se abrió la toalla.
Sofia estaba preparada para más insultos, para una pelea de gatas. Pero no para esto. El mundo de Sofia se hizo añicos. El insulto se murió en sus labios. El aire escapó de sus pulmones. Quedó de pie, en medio de la lujosa habitación, helada, en un shock tan profundo y absoluto que su mente simplemente se negó a procesar lo que sus ojos estaban viendo.
La boca de Sofía se abrió sola. Sus ojos se abrieron tanto que dolieron, fijos en el imposible. No era una cualquiera. Lo que vio fue una verga, gruesa y pesada, colgando donde no debía. La realidad de Sofía se rompió en ese instante, reemplazada por un shock tan profundo que le robó el aliento y la dejó paralizada.
“Verónica agarró a Alejandro por el pelo y lo obligó a ponerse de rodillas frente a ella. Con una sonrisa pícara, mirando de reojo a Sofía, dijo: “Míra bien, Sofía, mira cómo tengo a tu marido”. Sofía no podía creer lo que veía: a su esposo, el hombre dominante de la casa, ahora reducido a un estado sumiso ante esa supuesta mujer. Verónica apretó el pelo de Alejandro y le ordenó: “Dile a Sofía qué es lo que me hacías ahora”. Alejandro, con la cara roja y sin atreverse a levantar la vista, miró a su esposa y balbuceó: “Estaba… estaba chupando tu verga”. Verónica soltó una carcajada, le tiró del cabello hacia abajo.”.
Su miembro permanecía a centímetros de los labios entreabiertos de él. Alejandro, lejos de apartarse, se inclinó hacia adelante como atraído por un imán. Abrió la boca con una avidez evidente, desesperado por tenerla dentro, moviendo la lengua en el aire buscando el contacto.
Verónica soltó una carcajada seca y cínica, y luego giró la cabeza hacia Sofía, con una sonrisa maliciosa pintada en la cara.
—Mira bien, Sofía —dijo, señalando con la barbilla al hombre arrodillado—. Mira a tu esposo. ¿Lo ves? Nadie lo está empujando. Él me lo está pidiendo. Fíjate con qué ganas se abre la boca para mí.
Sofía sintió un nudo en la garganta. La imagen de Alejandro, con los ojos llenos de lujuria y sumisión, esperando ansioso ese miembro, era más devastadora que cualquier golpe.
—No puedo creer esto… —susurró Sofía, negando con la cabeza, aunque su voz sonó débil, casi inexistente.
Verónica no tuvo piedad. Volvió a mirar hacia abajo, acariciando la mejilla de Alejandro.
—Qué buen chico —murmuró Verónica, hablándole a él pero proyectando cada sílaba hacia la esposa—. Vamos, dale gusto. Tu esposa nos está mirando. Demuéstrale lo que sabes hacer.
Alejandro no necesitó más invitación. Se lanzó sobre ella, envolviéndola con su boca con una devoción absoluta, produciendo sonidos húmedos y obscenos mientras la chupaba.
Verónica lanzó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido alto, teatral, diseñado para cortar la resistencia de Sofía.
—¡Dios, sí! —gritó Verónica, mirando fijamente a los ojos de Sofía—. ¡Tu esposo chupa rico, Sofía! ¡Sí, lo sabes! ¡Tu macho lo mama rico!
Las palabras golpearon a Sofía como una bofetada. Instintivamente, giró el rostro hacia la pared, incapaz de soportar la imagen por un segundo más. Pero su cuerpo traicionaba su voluntad. La curiosidad y una excitación mojada y pulsante la obligaron a girar la cabeza lentamente. Al principio solo miró de reojo, y luego, con los ojos entornados, se quedó clavada en la escena. Algo profundo dentro de ella, algo que jamás había reconocido, se estaba despertando al ver a su marido de esa manera: destruido, sumiso y usado por otra mujer.
El ritmo de Alejandro era frenético, moviendo la cabeza con una urgencia patética, totalmente entregado al acto. Pero de repente, Verónica detuvo todo. Con un movimiento seco, le tiró del cabello hacia atrás, obligándolo a soltarla con un sonido pop húmedo y lascivo.
Alejandro jadeaba, con los labios rojos y hinchados, babeando ligeramente, el aliento entrecortado por el deseo insatisfecho. Miró a Verónica con una mezcla de confusión y súplica, rogando con la mirada que lo dejara continuar.
—Ah, ah, ah… no tan rápido, perrito —le dijo Verónica, apretando la nuca de Alejandro para mantenerlo inmóvil, con su miembro erguido y palpitando a milímetros de su cara.
Verónica desvió la mirada hacia Sofía, que permanecía clavada en el sitio, con los ojos fijos en la escena, incapaz de procesar la mezcla de horror que la invadía.
—Tienes a una mujer hermosa en casa, ¿verdad? —burló Verónica, acariciando la mejilla de Alejandro con su mano libre—. Una esposa que te ama. Pero mira cómo estás ahora.
Verónica volvió a mirar a los ojos de Alejandro, endureciendo su expresión, exigiendo una respuesta.
—Vamos, dile a tu esposa la verdad —ordenó, su voz baja y dominante llenó la habitación—. ¿Qué prefieres? ¿A tu esposa… o chupar esta verga?
Alejandro parpadeó, confundido por un segundo. Su mirada vagó brevemente hacia Sofía, buscando en ella un rastro de compasión o de salvación, pero solo encontró el reflejo de su propia degradación. Su mente nublada por la lujuria intentó formular una negación, intentó recuperar su dignidad, pero el ansia en su garganta era demasiado fuerte. La verga de Verónica era lo único que importaba en ese mundo.
Cerró los ojos un instante, sintiendo la vergüenza quemarle las mejillas, pero no pudo mentir más.
—Prefiero… prefiero chupar está verga — está verga está rica ,grande balbuceó, con la voz quebrada—. Me gusta… me gusta chupar verga.
El silencio que siguió a su confesión fue ensordecedor. Alejandro se quedó con la cabeza gacha, esperando el juicio, mientras Verónica sonreía con satisfacción, sabiendo que el último velo de la heterosexualidad de Alejandro acababa de rasgarse frente a su esposa.
Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La confesión de Alejandro había sido un golpe, pero la atmósfera cargada de lujuría y humedad era demasiada para ella. Sus piernas temblaban, no solo por la tensión sexual, sino por el pánico de estar descubriendo una realidad que no estaba lista para aceptar.
—No… no puedo hacer esto —murmuró Sofía, dando un paso atrás, con las manos sudorosas—. Yo… yo mejor me voy. Me largo de aquí.
Se dio la vuelta para salir corriendo, buscando huir de esa pesadilla, pero la voz de Verónica la detuvo en seco. No fue un grito, sino una orden segura, cálida y llena de una promesa perversa.
—¿Te vas tan pronto, Sofía? —dijo Verónica, con un tono casi juguetón—. ¿No quieres quedarte a ver cómo voy a comer a tu hombre por el culo?
Sofía se congeló. Sus ojos se abrieron como platos y giró lentamente sobre sus talones, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué…? —tartamudeó Sofía, con una mueca de confusión total—. Eso… eso no te lo creo. Es imposible. A Alejandro no le gusta eso. Es un macho, él nunca…
Verónica soltó una risa baja y despreciativa, ignorando las negaciones de la esposa. Con un movimiento brusco, agarró a Alejandro por los hombros y lo giró, dejándolo a cuatro patas sobre la alfombra, con su trasero expuesto y vulnerable.
—Mira bien y aprende, Sofía —sentenció Verónica.
Alejandro, con la cara apoyada contra el suelo y los ojos cerrados, no se resistió. Al contrario, arqueó la espalda instintivamente, ofreciéndose, temblando de anticipación.
Verónica se colocó detrás de él, escupiendo en su mano y lubrificándose el miembro, que ya estaba duro y listo para romper esa última barrera. Sin previo aviso, tomó las caderas de Alejandro y se impulsó hacia adelante, penetrándolo de un golpe seco y profundo.
El grito que escapó de la garganta de Alejandro no fue de dolor, sino de un placer animal y liberador.
—¡Aaaah! —gemido él, clavando las uñas en la alfombra—. ¡Sí, sí, metémela toda! méteme esa verga
Sofía se llevó las manos a la boca, conteniendo un grito de shock. Allí estaba su esposo, el hombre que siempre reclamaba el control en su matrimonio, gimiendo como una puta mientras una trans lo tomaba por detrás. Verónica comenzó a moverse con un ritmo brutal y constante, y cada embestida de Verónica arrancaba un quejido ronco y profundo de Alejandro, un sonido que Sofía nunca había escuchado en toda su vida matrimonial.
Verónica, sudorosa y dominante, miró a Sofía a los ojos mientras seguía destrozando a Alejandro, sonriendo con maldad al ver la expresión de incredulidad y creciente excitación en la esposa.
Verónica notó cómo las manos de Sofía bajaban lentamente, incapaz de mantenerse tapada ante el espectáculo brutal que tenía frente a sus ojos. La esposa estaba hipnotizada por el vaivén de los cuerpos. Decidió entonces aumentar la dosis de degradación.
Aferró fuerte la cadera de Alejandro y, con un golpe seco que le hizo arquear la espalda, le ordenó:
—Mira a tu esposa, perrito. No te escondas. Quiero que le digas exactamente qué es lo que te está pasando.
Alejandro, con la cara roja y el aliento entrecortado por el embate constante, levantó la pesada cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Sofía, y por primera vez no hubo vergüenza en su mirada, solo una lujura desenfrenada y nublada.
—Dile —insistió Verónica, dándole una bofetada en el trasero—. Dile quién es el dueño de tu culo ahora.
—Me… me están comiendo por el culo —tengo una verga grande en mi culo balbuceó Alejandro, entre jadeo y jadeo, sin apartar la mirada de Sofía—. Me gusta… me gusta la verga en mi culo. Se siente… se siente rico, Sofía.
Sofía sintió un escalofrío eléctrico recorrerle el cuerpo. Escuchar a su marido confesar eso tan explícitamente, con esa cara de placer absurdo, la estaba desestabilizando por completo.
Verónica sonrió con malicia y apretó el pelo de Alejandro, obligándolo a mantener la posición.
—Qué lindo, tan sincero —burló Verónica—. Pero creo que a tu esposa le falta saber algo más. Seguro que piensa que has olvidado los votos matrimoniales. Vamos, Alejandro, dile a tu esposa que tanto la amas y que la quieres. Hazlo ahora.
Alejandro pareció confundirse por un segundo, su mente batallando entre la devoción a su esposa y el éxtasis que sentía en sus entrañas. Pero Verónica no esperó; comenzó a moverse con más fuerza, golpeando sus glúteos con violencia, haciéndole ver estrellas.
—¡Dilo! —gritó Verónica.
—Te amo… te amo, amor —gritó Alejandro, con la voz rota por el placer—. Te quiero mucho, pero… ¡ay, sí!.. pero esta verga en mi culo es tan rica. Es demasiado buena, Sofía, no puedo parar, me encanta que me la metan así.
Las palabras colgaron en el aire, pesadas y obscenas. Alejandro acababa de admitir que el placer que le estaba dando Verónica era, en ese momento, más fuerte que todo el amor que pudiera sentir por su esposa. Sofía se mordió el labio hasta lastimarse, sintiendo entre sus piernas una humedad que negaba a gritos, incapaz de apartar la mirada de la sumisión total de su marido.
Verónica, con el sudor corriéndole por la espalda y el dominio absoluto en su mirada, no soltaba a Sofía de su objetivo. Con cada embestida profunda, gritaba para que se grabara en la mente de la esposa:
—¡Mira cómo te dejo a tu macho, Sofía! —grito Verónica, sin piedad—. ¡Mira cómo me lo estoy cogiendo! ¡Estoy culeando a tu hombre! ¡Soy yo quien lo tiene ahora!
Alejandro, reducido a un mero vehículo de placer, soltaba gemidos incoherentes y profundos, totalmente perdido en la sumisión, incapaz de articular palabra, solo sintiendo cómo ella lo poseía por completo.
Sofía estaba paralizada, mirando fijamente cómo el cuerpo de su esposo se movía al ritmo que Verónica imponía. Su mente gritaba que debía irse, que debía sentir asco, pero su cuerpo tenía otros planes. Sin pensarlo, casi como un reflejo involuntario ante el espectáculo de tanta virilidad y dominación, su mano se deslizó lentamente hacia abajo, bajo su falda, hacia su entrepierna.
Al tocar su ropa interior, se dio cuenta de lo evidente: ya estaba empapada, mojada y ardiente. Sofía se quedó allí, con la mano entre las piernas, observando en silencio cómo su marido era poseído, aceptando por fin que esa imagen era lo más excitante que jamás había visto.
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