Sara empujó la puerta de su casa con el hombro, cargando la mochila en una mano y sujetando con la otra el brazo de su amiga Marta. Ambas volvían de la universidad, tercer año de químicas. El pasillo olía a cuero y a suavizante de ropa recién lavada. La luz de la tarde entraba por las ventanas del salón, calentando con sutileza el ambiente.
—Pasa, pasa. Mis viejos no están, creo que se fueron al centro comercial —dijo Sara mientras dejaba caer la mochila junto al sofá—. Juan debe de estar en su cuarto jugando o estudiando… o vete tú a saber.
—¿Jugando? Pensé que era mayor de edad
—Sí, eso dice su DNI, pero a veces se comporta como un mocoso.
—Ya —respondió Marta entrando detrás de su amiga.
La invitada tenía una forma de caminar femenina de amazona que hacía que sus vaqueros ajustados marcaran culo y pantorrillas. Llevaba un cinturón ancho de hebilla plateada que brillaba cuando se movía y gafas de sol. Se quitó las zapatillas en la entrada, guardó las gafas en el bolso y siguió a Sara descalza cruzando el salón.
—Dame un segundo que pillo la tableta de chocolate. ¿Quieres agua? —dijo la anfitriona desde la cocina.
—Sip. ¿Vas a dejar la mochila aquí?
—No ahora la cojo que tenemos que estudiar—respondió imprimiendo un tono de disimulada seriedad a sus palabras.
La habitación de Sara estaba en el piso de arriba, junto a un baño y a los dormitorios de sus padres y su hermano, era pequeña pero acogedora: cama individual con edredón gris claro, escritorio lleno de apuntes desordenados, pósters de bandas indie y una lámpara de lava que burbujeaba perezosamente. Se sentaron en la cama, una frente a la otra, con los libros de texto abiertos entre ellas como excusa.
—¿Quieres? —dijo Sara ofreciendo un trozo de chocolate a su amiga.
—No gracias.
—Tú te lo pierdes, esto es mejor que el sexo.
Hablaron de la clase de orgánica, del profesor que siempre se enredaba con las fórmulas, de la fiesta del viernes pasado a la que ninguna había ido. Sara no podía evitar fijarse en los labios de Marta cuando reía, en cómo se le formaban hoyuelos diminutos. Marta hablaba con las manos, gesticulando mucho, y cada movimiento hacía que su camiseta se tensara sobre sus tetas.
Sara comenzó a sentir un cosquilleo en el estómago, como si miles de mariposas revolotearan ahí dentro. Le gustaban las chicas desde bien joven, aunque nunca había pasado de besos robados en fiestas. Marta, en cambio, siempre hablaba de chicos: de los músculos de fulano, de la sonrisa de mengano. Pero nunca había dicho que no le interesaran las chicas. “No estoy cerrada a nada”, le había confesado una vez entre copas.
Sara se acercó un poco más.
Sus rodillas se rozaron.
—¿Sabes qué? —murmuró, bajando la voz como si fuera un secreto—. Estás muy guapa hoy.
Marta sonrió, ladeando la cabeza. —Bueno, supongo que tú también estás mona con esos pantalones anchos.
—¿Supongo?
—Bueno, ya sabes que las tías no son lo…
—¿Pero has besado a alguna? —intervino Sara sin dejar acabar la frase a su amiga.
Marta se encogió de hombros y Sara no esperó más.
Se inclinó y la besó.
Fue suave al principio, casi tentativo. Marta se quedó quieta un segundo, sorprendida, pero luego respondió. Sus labios eran cálidos, sabían a chicle de menta. Sara deslizó una mano por la cintura de su amiga, sintiendo la curva de su cadera…
Justo entonces, la puerta de la calle se cerró con fuerza. Voces. La de su madre, intentando calmar. La del padrastro, grave y furiosa.
—… irresponsable niñato, esta vez te vas a enterar…
Las chicas se separaron de golpe.
Marta se llevó una mano a la boca.
—Joder, ya están aquí —susurró Sara.
Marta se levantó. —Oye, mejor me voy, no quiero meterme en…
—No, espera —la detuvo Sara, poniéndose de pie también—. Vamos a ver qué pasa. Quédate un rato, ya se calmará.
Sara entreabrió la puerta de su habitación y se acercó al marco, escuchando. Marta se quedó detrás, pegada a su espalda. Subieron pasos pesados por la escalera. La voz del padrastro retumbó.
—Sube a tu cuarto y prepara el culo, que esta vez no te vas de rositas.
Marta abrió mucho los ojos. —¿Qué ha dicho?
Sara se encogió de hombros, nerviosa.
—Mi padrastro es… intenso. A veces le da un bofetón a Juan cuando se pasa. Pero lo del culo… no sé, suena a amenaza. Nunca lo había visto ponerse así.
Oyeron la puerta del cuarto de Juan cerrarse. Luego, pasos de nuevo. El padrastro entró sin llamar.
—Bájate los pantalones, de una puta vez. —dijo antes de entornar la puerta.
Desde su habitación las chicas guardaban silencio, con el oído atento. Silencio tenso. Luego, un golpe seco. Un jadeo. Otro golpe. Y otro. Sonaba como algo duro contra carne. Juan soltó un quejido ahogado. El tintineo de una hebilla.
—Parece que está azotándolo con el cinturón. —susurró Sara tragando saliva.
Marta sentía el corazón en la garganta.
De pronto, la madre apareció a mitad de la escalera, hablando en voz baja pero clara. —El horno no está para bollos ahora, chicas. Enseguida salimos tu padre y yo a cenar. Volved a la habitación y ya saldréis cuando esté la cosa más tranquila.
Sara y Marta retrocedieron deprisa, cerraron la puerta y se miraron sin saber qué decir. Los golpes, amortiguados por la puerta cerrada, continuaron un rato más, espaciados, acompañados de algún grito contenido de Juan.
Luego, silencio. Pasos bajando.
Sara abrió la puerta de la habitación.
—¡Nos vamos! —Llegó la voz de la mujer desde el piso de abajo.
La puerta de la calle esta vez. El coche arrancando.
Sara salió y caminó de puntillas hasta la puerta del cuarto de su hermanastro.
Oyó un sollozo ahogado, como si intentara no hacer ruido.
Volvió con Marta. —Está llorando —susurró.
Marta se mordió el labio inferior. Sus mejillas estaban sonrojadas. —Oye… no sé por qué, pero todo esto… me ha puesto un poco… cachonda.
Sara la miró, sorprendida y excitada a partes iguales.
—¿En serio?
Marta asintió avergonzada.
Sara se acercó de nuevo y la besó, esta vez con más hambre, usando la lengua. Sus manos subieron por debajo de la camiseta de Marta, acariciando sus pechos por encima del sujetador. Marta gimió suavemente contra su boca y se separó.
—Poco a poco —dijo Marta, sonriendo
—Ya, prefieres hombres. —respondió Sara
Marta se rio nerviosa, con la tensión de lo sucedido y la novedad del beso femenino.
—Pues… sí. Pero no estoy cerrada a nada, ya lo sabes.
Sara miró hacia el pasillo. —¿Y si…? ¿Y si vemos qué tal lo lleva mi hermano?
Marta se puso colorada como un tomate.
—¿Estás loca? —dijo en voz baja
—Venga, mujer. Acabamos de oír cómo le han azotado el culo. Seguro que está sensible… Además, siempre has dicho que te gustan los tíos jóvenes. ¿No te gustaría ser su enfermera?
Marta protestó un poco más sin convicción, pero la curiosidad (y el calor que sentía entre las piernas) ganó.
Sara llamó suavemente a la puerta de Juan y entró sin esperar respuesta. Juan estaba acostado de lado en la cama, en pantalones de vestir y camiseta. Los zapatos tirados a un lado de la habitación, llevaba calcetines. Se incorporó rápido al verlas, abrochándose el botón, colorado hasta las orejas.
—¿Qué hacéis aquí? —balbuceó.
Sara se fijó en los pantalones, la cremallera sin subir y un bulto imposible de ignorar.
—¿Qué hacías tú? —preguntó ella, con una media sonrisa.
Juan se tapó como pudo. —Nada… me duele el culo y… me estaba haciendo una paja para distraerme.—dijo de sopetón.
Marta soltó una risita nerviosa.
—Tiene que escocer mucho —dijo dando un paso que la acercaba a la cama.
Juan asintió, avergonzado. Sara, con la adrenalina todavía alta, decidió ir a por todas. —Oye… ¿y si nos enseñas las nalgas? A lo mejor te podemos poner cremita. Juan dudó, pero la mirada de las dos chicas era demasiado intensa. Finalmente se tumbó boca abajo y se bajó pantalones y bóxers de un tirón dejando al descubierto su trasero. A pesar de sus dieciocho años, tenía bastante vello oscuro en las nalgas y una hendidura profunda entre ellas. Las marcas rojas de los azotes destacaban vivas.
Sara y Marta se acercaron. Tocaron con cuidado, acariciaron. La piel estaba caliente. Sara sacó una crema hidratante del cajón y la extendió con suavidad, masajeando los glúteos. Al terminar tomó de nuevo la palabra
—Para calmar el escozor… y para relajarte, ¿por qué no nos desnudamos todos y pasamos un buen rato?
La habitación se llenó de silencio, vergüenza y deseo en la mente del trío.
Juan fue el primero. Se incorporó, se quitó la camiseta y los bóxers del todo. Su erección era evidente, el pene empinado, venciendo a la gravedad.
—Os toca chicas
Sara se quitó la ropa despacio: camiseta, pantalones amplios, ropa interior. Su cuerpo menudo, su culito redondo y firme, su sexo depilado completamente, sus tetas juveniles, los pezones duros. Marta se quedó en sujetador y bragas.
—Venga, bájate las braguitas —la animó Sara.
—No me he depilado… —confesó Marta, tímida.
—Eso no importa —dijo Juan, con la voz ronca.
Marta se desnudó. Sus pechos grandes, los pezones oscuros y erectos. Juan se acercó, los tomó en las manos y los chupó con avidez. Sus manos bajaron al culo generoso de Marta, apretándolo, abriéndolo ligeramente. Ella tembló y gimió. Se besaron con pasión, lenguas enredadas haciendo contorsiones imposibles. Sara los miraba, acariciándose, separando sus labios vaginales e introduciendo un dedo juguetón.
Al poco rato los tres acabaron en la cama.
—¿Cuál es tu mayor fantasía, hermana? —preguntó Juan, jadeante.
Sara se rio nerviosa ruborizándose.
Luego respondió. —Siempre he imaginado que un perrito me lame el culo. Por supuesto, esto en mi cabeza funciona luego la vida real… Marta se ofreció voluntaria para hacer de perrito. Se puso a cuatro patas sobre la cama mientras su amiga se tumbaba boca abajo, luego ladró, olfateo el culo, soltó un nuevo ladrido y empezó a lamer: primero las nalgas, luego separó las pequeñas “mejillas” y recorrió la raja, la vagina, el ano. Sara gimió. Juan se unió al juego.
Empujó con el hocico a la “perrita” Marta para echarla a un lado. Olfateó el culo de Sara, medio ladró medio aulló y lamió con ganas, metiendo la lengua en el ano de su hermanastra. Luego le dio un pequeño mordisco en la nalga. ¿Qué haces? —protestó la dueña del trasero. —Perrito real. —respondió Juan volviendo a olfatear a Sara.
Terminado el juego, Marta tomo protagonismo. Primero se tumbó boca arriba. Sara se puso de cuclillas sobre su cara, su culo abierto, a centímetros de la boca de su amiga. Juan, por su parte, separó las piernas de la chica tumbada, tiró de un par de pelos del coño y luego hundió la cara en su sexo peludo y mojado, saboreándolo con deleite. Marta temblaba, contraía los glúteos y sacando con torpeza la lengua, lamía el ano de Sara mientras jadeaba con fuerza.
Juan buscó en el cajón un preservativo, se lo puso y se colocó sobre Marta. La penetró lentamente al principio, luego con más fuerza. Ella gritó de placer. Cabalgaron con ritmo, sudorosos. Sara, tumbada de lado, se masturbaba viendo la escena, rozando el clítoris con los dedos. Cuando Juan se retiró, jadeante, Sara dijo:
—¿Y si vuelven nuestros padres y nos pillan?
Juan sonrió, travieso.
—Entonces prepara el trasero para los correazos de papá.
Sara contrajo los glúteos involuntariamente.
Juan dirigió la mirada a Marta. —Y tú también, cariño, que estás metida en esto. —añadió dándole una nalgada juguetona.—Pero qué culazo tiene esta chica. —concluyó. Los tres rieron, nerviosos, excitados.
Marta jugó con el pene de Juan distraída, sin importarle el semen que goteaba en la punta. Sara besó en la boca al chico, mientras con la mano derecha tocaba las tetas de su amiga.
El silencio de la casa los envolvió, cómplice.
Y ahí quedaron, desnudos, enredados, respirando agitados, sabiendo que aquello acababa de empezar.
Fin
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