En el sofá, junto a mí arrellanado,
muy dulcemente mis labios besaste,
la camiseta y el sostén me quitaste;
amor, ya casi me habías desnudado.
«Qué buena estás», susurraste afiebrado.
Tú, tu hambre de mí, mis tetas chupaste;
con tus dedos mi coño acariciaste,
entre mis muslos habían penetrado.
Me hiciste la paja y yo me corrí;
luego desabroché tu cinturón,
saqué tu polla: «Vamos, nena», te oí.
Sobre tu regazo tragué el pollón
que me ofreciste, tan hinchado: «Oh, así»;
e hice y vino el semen, ¡qué sensación!

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