Café pagado

Que esto empezara porque sonó el timbre, fuera yo a abrir la puerta, la abriera y viera a Sarai, tan morena, la cara tan redonda, sonriente, vestida con un top y una mini falda, frente a mí, pidiendo, su voz tímida: «Vecino, ¿me dejas café?», es algo extraordinario; más si cabe porque en estos momentos me la estoy follando:

«Oh, oh, uff, uff, oohh, oohh».

Sarai entró, porque le pedí que lo hiciera mientras buscaba el paquete de café en el mueble despensa que tengo en el salón, y se sentó en un sillón a mirarme. Yo tardaba. Dijo: «Vecino, te ayudo»; y se acercó; tanto que nuestros rostros se rozaron, y ella me plantó un beso en la mejilla. «Sarai», la reprendí, «te doblo en edad»; y me plantó otro beso, esta vez en los labios. Y no dudé: la tomé con una mano de la nuca y atraje su cabeza hacia la mía. Nos besamos largamente. Las manos de ella me palpaban la polla bajo mi pijama; las mías, le acariciaban las tetas bajo el top. «Sarai, qué ganas», le susurré; «¿Una folladita?», me propuso. Fuimos a mi dormitorio. Nos desnudamos. Ella se acostó bocarriba en mi cama; las piernas, finas como patas de gacela, abiertas; el coño, expuesto; y yo pues…

(«Aahh, vecino, aahh, me gusta-a-ahh»)

pues eso, ¡que me la estoy follando!:

«Mmpf, mmpf, oougghh».

«Vecino-oh, no te corra-aahhs dentro-oh», me ha pedido entre jadeos. Ella ha notado que estoy a punto de explotar. He sacado la polla del coño. He escalado sobre su bello cuerpo, aplastándole las tetas con el culo, y le he puesto los cojones en la barbilla. Sarai ha sorbido la polla entre sus labios y avanza y retrocede sobre el tronco con tierna sensualidad y soltura. «Oougghh». El semen he derramado. Sarai, con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción lame el glande y se relame. El moco blanco y espeso le ha salpicado en la cara.

Sarai, cuando me he apartado, se ha limpiado con la sábana, ha saltado de la cama y se ha vestido, veloz. He hecho lo mismo, y se ha plantado delante de mí: «Dame veinte euros», ha dicho; «¡Cómo!»; «Que te cobro veinte euros»; «Pe-pero yo… no sabía que…»; «Oye, mira, yo soy pobre, ¿tú has disfrutado?, me pagas, que nada es gratis»; «Que-querías café…»; «Me gusta más la horchata, anda, paga, veinte euros». He sacado mi cartera de un cajón y le he dado cincuenta euros.

Sarai se ha ido, dejándome el recuerdo de este día: dará para hacerme muchas pajas.

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