Ari. Dominio y deseo (1)

Antes de que todo se derrumbara en una tarde de luz y curiosidad, mi vida tenía el orden tranquilo de los números. Me llamo Arian —Ari para quien me permite la confianza—, tengo 25 años y trabajo desde casa como contador. Paso los días entre hojas de cálculo y recibos, con la ventana de mi habitación convertida en mi pequeño refugio donde, cuando nadie me ve, me permito ser mínimamente quien siento por dentro. Mido 1.50 y peso 60 kilos; mi cuerpo, aunque nacido masculino, se ha ido moldeando con una feminidad que me enorgullece y me asusta a la vez: piernas firmes, un culote que atrae miradas, y unos pechos pequeños de quinceañera. Mi piel es blanca y cuido cada detalle: cremas, pedicuras —calzo 36 tengo un pie de mujer—, uñas cuidadas.

Por fuera parezco toda una señorita adolescente ya que todos mis rasgos son muy finos, de pequeño mi madre me llevo al endocrinólogo donde me diagnosticaron falta de testosterona y exceso de estrógenos por falta de dinero no me pudieron dar un tratamiento ya que mi padre nos abandono y mi madre se dedico a trabajar para poder comer y darme estudios, para cualquiera que me escuche hablar por teléfono: mi voz es fina, dulce, de señorita, y más de una vez me han confundido creyendo que soy mujer.

Pero en mi interior vive un conflicto constante: sé que soy hombre y, sin embargo, me siento mujer. Esa contradicción me llevo como una culpa que a veces se vuelve tortura. Soy tímido, obediente hasta la médula, sumiso ante el mundo, y las reglas me apaciguan ese miedo que nunca termina de callar. No he tenido novia, nunca he besado a nadie; el amor y la intimidad me parecen territorios lejanos donde temo perderme o ser descubierto.

En el barrio, la vida es otra cosa: ruidosa, imprevisible, con miradas que van y vienen como autos. Ahí está Jordan —19 años, alto como un muro, 1.90 y 85 kilos de músculos—. Un muchacho de barrio, seguro, provocador; su cuerpo habla antes que él, y su voz —grave, mandona, burlona— corta el aire cuando entra en una esquina. No trabaja, se abre paso a su manera; practica calistenia, boxeo y sabe llevar la atención a donde quiere. Es el tipo que usa su tamaño y su experiencia para conseguir lo que desea; popular, mujeriego, y con una confianza que intimida y atrae a la vez. Su reputación sexual corre por las bocas del barrio: experto, dominante, y capaz de dejar a cualquiera sin palabras.

Yo siempre lo vi como un niño le llevo 6 años pero ya hace unos dio el estiron que lo hace ver el hombre fornido que es ahora.

Yo en mi intimidad cuando estoy sola en casa ya que mama trabaja todo el dia, aprovecho en usar prendas de mujer ademas que asi me siento comoda para trabajar desde casa.

Nunca imaginé que un descuido pudiera cambiar tanto mi mundo. Esa tarde, mientras me probaba un conjunto de lencería nueva frente a la ventana de mi habitación, sin darme cuenta, dejé la cortina un poco abierta. La luz del sol iluminaba mi piel blanca, y mi reflejo en el vidrio me hizo sentir… viva, aunque también aterrada.

De repente, escuché una voz que me heló la sangre.

—Wow… qué mujer más hermosa —dijo un muchacho desde la calle, con un tono seguro y burlón.

Me quedé paralizado. ¿Había dicho eso en serio? Mi corazón empezó a latir como loco. Mi reflejo se transformó en un deseo prohibido que nunca me había permitido sentir.

—Eh… esto… —tartamudeé, intentando cerrar la cortina, pero fue demasiado tarde.

—¡Hey! No te escondas —gritó él, con esa voz grave que parecía rebotar en todo el barrio—. Quiero conocerte.

Me quedé sin palabras ahi pude reconocer que era Jordan el que me habia visto el chico problema del barria, si que estaba metido en un problema este chico no me dejaria en paz , sin saber qué hacer. Su presencia, aunque a la distancia, tenía algo magnético, cerre la ventana y corri con panico al baño a cambiarme esta muy asustada, todo el dia ya no pude concentrarme para ya que yo soy contador y trabajo desde casa, todo el dia me torture por mi descuido.

Al dia siguiente despues que mama se fue a trabajar ya mas tranquila despues de lo sucedido el dia anterior, iba a empezar a trabajar cuando tocaron a mi puerta yo pense que seguro era un mensajero o tal vez un vendedor, al abrir la puerta me quedé paralizada. No era un mensajero ni un vendedor como pensé, era Jordan. Sentí un nudo en la garganta y de inmediato traté de cerrar, pero su fuerza me lo impidió con facilidad.

—¿Q-qué haces aquí? —pregunté con la voz temblorosa, apenas atreviéndome a mirarlo.

Él dio un paso hacia adelante, forzando la entrada, con esa sonrisa que me puso aún más nerviosa.

—¿Así recibes a alguien que solo quiere hablar? —me dijo con calma, como si todo lo tuviera bajo control.

Retrocedí sin pensarlo, apretando las manos contra mi pecho. Sentía que el corazón me iba a salir por la boca.

—No… no deberías estar aquí… mi mamá… —balbuceé, sin terminar la frase.

Jordan me interrumpió con firmeza:

—Tu mamá no está. Solo estamos tú y yo.

Bajé la mirada. No podía sostener esos ojos tan seguros, tan dominantes. Estaba tan nerviosa que ni siquiera sabía qué hacer con mis manos.

—Yo… no sé qué decirte… —murmuré, casi sin voz.

Él se inclinó hacia mí, acercándose tanto que sentí su respiración.

—No tienes que decir nada. Solo escucharme.

Tragué saliva, sintiendo un calor extraño en mi cara. Alcé la mirada apenas por un segundo, y sus ojos me atraparon. Fue demasiado, la bajé enseguida.

—Por favor… yo no… nunca… —quise explicar algo, pero las palabras se enredaban en mi boca.

—Shhh… tranquila —me interrumpió otra vez, con ese tono grave que me hacía temblar—. No voy a hacerte daño. Pero tampoco voy a dejarte escapar.

Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza.

—Tengo miedo… —admití al fin, con un hilo de voz.

Él sonrió, inclinando apenas la cabeza.

—Está bien que tengas miedo. Eso significa que entiendes quién manda aquí. Mientras me iba acorralando con su enorme cuerpo.

Me quedé contra la pared, sin saber qué hacer con mis manos, sin poder controlar los temblores en mi voz. Jordan me miraba fijo, tan cerca que apenas podía respirar.

—¿Sabes qué no puedo sacarme de la cabeza? —me dijo de pronto, con esa media sonrisa que me heló la sangre.

No contesté. Me limité a bajar la mirada, nerviosa.

—La imagen de ti ayer, con esa lencería… —continuó, bajando la voz como si fuera un secreto solo para mí—. Te veías hermosa.

Sentí que la cara me ardía. Abrí la boca, pero las palabras se ahogaron en mi garganta.

—Yo… yo no… no fue… —intenté explicarme, pero me interrumpió enseguida.

—Shhh —susurró cerca de mi oído—. No tienes que justificar nada. Me gustó. Y quiero volver a ver esa imagen.

Mi respiración se aceleró. Me cubrí el pecho con las manos, como si eso pudiera protegerme de su mirada, pero sabía que él ya había visto demasiado.

—N-no puedo… —murmuré con un hilo de voz, sintiéndome cada vez más pequeña frente a su presencia.

Jordan rio suavemente, inclinando la cabeza.

—Claro que puedes. Lo único que falta… es que me obedezcas.

Sentí que mis piernas flaqueaban. El miedo, la vergüenza y algo más que no quería admitir me tenían atrapada. No podía apartar la mirada de él, aunque lo intentaba.

—Por favor… —susurré, sin saber si le pedía que se detuviera… o que siguiera.

Él sonrió con calma, seguro de sí mismo.

—Te ves aún más hermosa cuando tiemblas —me dijo, y esas palabras me atravesaron como un golpe suave pero certero.

Me quedé quieta, temblando, sin saber si retroceder o dejarme llevar. Jordan me miraba con esa seguridad que me desarmaba.

—Mírame… —ordenó con suavidad.

Levanté la vista apenas, y en ese instante sus labios rozaron los míos. Sentí un escalofrío recorrerme entera, mis rodillas casi no me sostenían.

—No… —alcancé a susurrar, pero mi voz se quebró entre jadeos.

Él me sostuvo del mentón, obligándome a mantener la mirada.

—Sí… —respondió con calma, como si no existiera otra opción.

Su boca volvió a buscar la mía, esta vez con más firmeza. Me quedé sin aire, sin defensas. Cada beso me robaba la voluntad.

Cuando me di cuenta, sus brazos me rodeaban, y con una seguridad que me hizo temblar aún más, empezó a conducirme hacia mi habitación. Yo apenas podía caminar, cada paso era un torbellino entre miedo y deseo.

—Tranquila… —me susurró al oído mientras avanzábamos—. No voy a soltarte.

Entramos y la puerta se cerró detrás de nosotros. Mi respiración era agitada, sentía mi piel arder. Él me miraba como si ya fuera suya desde antes de tocarme.

—Eres mía… —sus palabras fueron un golpe dulce, del que no pude escapar.

Me sentí desarmada. Su presencia llenaba el espacio, y yo, tímida, asustada, apenas podía sostenerle la mirada. Él, en cambio, parecía disfrutar cada instante de mi nerviosismo, y sumisión.

Me habló de la imagen que tenía grabada en su mente: yo, en lencería, vulnerable, expuesta. “Te veías hermosa”, me dijo, y esas palabras me atravesaron más que cualquier gesto. Yo temblaba, me encogía, quería esconderme… pero al mismo tiempo sentía que algo dentro de mí se abría paso hacia él.

Jordan me besó. Fue firme, arrebatador, y aunque intenté resistir, terminé entregándome a esa presión dulce que me hacía olvidar todo lo demás. Me tomó de la cintura y me deposito en mi cama me empezó a desnudar cada prenda que me quitaba era un torbellino: miedo, vergüenza, pero también un deseo que no podía nombrar.

Allí, desnudos, me rodeó con sus brazos y me habló al oído con una voz grave que aún retumba en mi memoria: “Eres mía”. Supe que tenía razón. Esa mañana no hubo excusas, ni barreras, ni miedos capaces de detener lo inevitable.

Me dejé llevar. Y en esa entrega descubrí no solo el peso de su fuerza sobre mi cuerpo, sino también el despertar de mi feminidad más oculta. Jordan no solo me tomó: me transformó. Después de esa primera vez, ya no fui la misma marcando un antes y un después en mi vida.

Loading

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *