Prólogo
A los sesenta y cinco años, la vida no termina, se incendia.
Mi cuerpo, voluptuoso y maduro, ardía con un apetito que el matrimonio había silenciado. El destino me lo envió a casa: Dante, joven, atlético, y el amante de mi propia hija.
Su llegada no fue una visita; fue una invasión. Encontré en él la última oportunidad para una transgresión, la fuente de una lujuria prohibida y el peligro de un secreto sucio que nos envolvió a los tres.
El juego ya comenzó. Y en esta casa, el voyeur y su presa han cambiado de bando.
Capítulo 1: El voyeur, el fetiche y la madurez irreverente
A mis 65 años, mi vida en la capital de Chile era un engaño silencioso. Me llamo Esther, y mi cuerpo, que debía estar cansado y resignado después de haber trabajado duro toda mi vida, ardía de un apetito que no conocía la piedad. La vejez no había marchitado mis deseos; por el contrario, los había convertido en algo más peligroso, más urgente. Soy una mujer de curvas generosas y voluptuosas, una figura fuerte y con una apetitosa madurez.
Mis senos, grandes y firmes, se niegan a ceder a la gravedad, y mis nalgas, macizas y duras, son un auténtico desafío. La grasa y el peso se han acumulado en ellas, formando un trasero gordo, redondo y pesado, que siempre capta la atención. Mis muslos gruesos y torneados no dejan de excitarme cuando se me sube el vestido, o entreabro las piernas al sentarme. Y debo confesar que, a veces, lo hago a propósito cuando estoy cerca de jóvenes, porque siempre me han encantado. Arriendo piezas en mi casa a algunos chicos universitarios, hombres de entre 20 a 30 años; no me gusta el hombre mayor. Soy una mujer candente, atraída por hombres que no ven en mí a una madre o a una abuela, sino a una fuente prohibida, a una transgresión que ansían cometer.
La obsesión ciega y la lujuria materna
Un día, la llamada de mi hija, Sol, cortó la monotonía de mi vida. Me comunicaba que en un mes llegaría a mi casa.
—¿Vendrás sola?
—No, mamá. Iré con un amigo. Es mi amante, se llama Dante. Llevamos dos años juntos.
Mi alma se dividió en dos. Como madre, sentí la punzada de la molestia por la infidelidad de mi hija casada. Pero como mujer, algo se encendió: Su amante. Sol, que lleva veinte años casada en un matrimonio tibio y sin fuego, finalmente estaba viva. Me contaba que Dante la trataba como una diosa, pero también como su esclava, ya que ella por sí sola decidió ser su sumisa. Me hablaba de fetiches, lo que yo no entendía nada de sexo, pero bueno, la veía feliz y contenta y eso me dejaba más tranquila sin saber lo que yo tendría que enfrentar a futuro.
Poco a poco mi hija, durante ese mes antes de llegar, me contaba cosas que hacía con su amante. A mí, como mujer, me pasaron cosas que no quería. Me mandó algunas fotos de él, un hombre bastante atractivo, y me gustó. Él era Dante, con un cuerpo atlético, ojos verdes que parecían devorar el mundo, y una insolencia en su sonrisa que prometía peligro. La contradicción era el afrodisíaco más potente.
Reflexión de Esther: El deseo de la última oportunidad
En el mes que siguió, mi mente se obsesionó con la imagen de él. Dante. El hombre que hacía gritar de placer a mi hija. Mi matrimonio había muerto hacía años, y yo había aceptado la sequía. Ahora, este joven era la lluvia.
La culpa era un susurro débil, el deseo, un rugido que resonaba en mi vientre maduro. ¿Sería mi última oportunidad de sentirme así, de ser poseída, no por necesidad, sino por fetiche? Me miraba en el espejo. Mis senos se hinchaban. Mis caderas se movían con una cadencia nueva. Sentía mi cuerpo más atractivo que nunca, preparado para la transgresión. Me preparé, no para recibir a mi hija, sino para seducir a mi destino. Revisé los dormitorios que arrendaba. Los estudiantes estaban de vacaciones, así que la casa estaría libre. Todo conspiraba a favor del caos.
El ritual de la seducción silenciosa
Cuando me avisaron de su llegada, mi elección de vestuario no fue inocente. Era un ritual. Me puse unos tacos que estiraban mis gemelos maduros, una minifalda arriba de la rodilla que mostraba mis muslos y una blusa blanca. La blusa era ajustada; no me importó que mis pezones grandes y oscuros se insinuaran a través de la tela. Era una declaración silenciosa de mi apetito, un reto a la prohibición, esperando que solo él lo entendiera. Fui a buscarlos, dispuesta a ser vista.
Inconscientemente, al llegar a donde mi hija, me di cuenta de que andaba sin bragas. Me dio vergüenza, no me di cuenta. No sé si lo hice inconscientemente o por lo rápido que salí. Era un día que hacía mucho calor, tiempo de verano, mes de enero, pero ya estaba ahí. Al ver a Sol, la abracé con el cariño maternal de siempre. Pero cuando vi a Dante, mi alegría se transformó en algo mucho más oscuro y peligroso.
Era un tipo guapo, atlético e inteligente. Su pelo oscuro caía sobre su frente con insolencia. Sus ojos, profundos y verdes, me analizaron de arriba abajo en una fracción de segundo.
Él es mío. No importa que sea el amante de Sol, no importa mi edad. Si él puede encenderla con fetiches y órdenes sucias, conmigo hará maravillas. Mi cuerpo lo exige. Un pensamiento me hirió la mente como un rayo en el pecho: “Algún día, ese hombre será mío”.
Su mirada se detuvo en mis senos, en mi trasero, con una lentitud que me hacía sentir desnuda. Me dio un beso en la mejilla, y se me erizó la piel. Sentía que él también me deseaba; su mirada intensa prometía el caos que yo anhelaba. La culpa luchaba a muerte contra el deseo, y el deseo ganaba sin piedad.
La tensión eléctrica en el auto
En el auto, Sol se acomodó atrás, hablando distraídamente de su trabajo. Dante se sentó adelante, a mi lado. El espacio se encogió. El aire se hizo pesado.
—Qué placer conocerla, Esther. Sol me ha hablado mucho de usted —dijo Dante, su voz baja y ronca, sin apartar los ojos de la carretera, pero sintiendo mi calor. Claramente vi su mirada hacia mis piernas y mis senos voluptuosos, y mis ojos vieron cómo su verga, su miembro, marcaba en su pantalón.
—Igualmente, Dante. Me alegra que hagan tan feliz a mi hija —respondí, sintiendo el ardor de la mentira en mi garganta.
—Yo amo y deseo a tu hija aunque sea casada; eso es lo de menos para mí —Su voz bajó un tono más, solo para mí.
El comentario me paralizó. No era una simple conversación. Era una declaración de intenciones, dirigida a mí. En una curva cerrada, su mano, que descansaba en la consola central, rozó mi muslo descubierto. El contacto fue eléctrico. Retiré mi mano rápidamente, pero no mi muslo. Sabía que no llevaba bragas. La fricción, aunque mínima, era una tortura exquisita.
Me ha tocado. Lo ha hecho a propósito. Mi muslo desnudo, sin protección alguna. Su roce fue una pregunta. Sabe que estoy vulnerable. Y me gusta. Deseo que me lo haga de nuevo. ¿Sabe que no llevo nada? La idea de que él me hubiese desnudado mentalmente en el auto me hacía jadear. Su respiración se aceleró a mi lado. Él huele a deseo. Sentí que el incendio que acabábamos de prender no tenía a Sol como testigo.
El acto inaugural: la dominación silenciosa en la cocina
Llegando a casa, con un calor inmenso, mi primer acto fue cambiarme. Mi mente estaba en modo “esclava”. Me puse la misma falda, pero opté por una polera ancha y blanca sin darme cuenta de que transparentaba con la luz de la cocina. Era la carnada perfecta.
Mientras yo estaba de espaldas lavando la loza, él se tomaba una copa de bebida. Sentí su mirada. Era una presencia física que se clavaba en mi cintura, recorría la curva de mi espalda y se detenía con firmeza en mis nalgas grandes y duras. Sentí la humedad entre mis piernas. Mi sexo comenzó a palpitar con un ritmo insistente. Sin atreverme a girar, supe que el juego del deseo prohibido había empezado. Él está devorándome con la mirada. Puedo sentir la erección que debe tener. Su trasero… la perfección de la madurez. Si no se levanta a tocarme es solo porque tiene un plan o porque correrá a “descargarse” con Sol, pero con la imagen de su madre clavada en su retina.
El primer voyerismo y el orgasmo robado
En ese momento, avisé que me iba a duchar. Pensaba que mientras yo estuviera en la ducha, él querría hacer el amor con Sol.
Siento mis pezones duros. Estoy ardiendo. Esto no lo sentía hace mucho, pero el aire estaba cargado de vapor y promesa. Mi mano se deslizó bajo mi ropa y me toqué los senos y los pezones duros. Me encanta ese hombre. Que venga a mí. ¡Que me someta!
Al momento de salir de la ducha, me puse una bata. Me di cuenta de que Dante ya no estaba en el comedor. Escuché las voces de mi hija en su dormitorio. Risas ahogadas, seguidas de movimientos bruscos. Fui a ayudarle para ordenar el dormitorio sin saber con lo que me iba a encontrar.
El voyerismo, ese monstruo nuevo, me arrastró hasta la puerta. Me pegué al marco, abriendo una rendija minúscula. Sol estaba completamente desnuda, su cuerpo joven en una pose de sumisión brutal. Dante le daba la espalda a la puerta, penetrando analmente con una furia desinhibida. El sonido del golpe de la carne era un tambor que marcaba mi rendición. El aire olía a sudor, a sexo, a deseo.
—¡Más fuerte, amo! ¡Dame más nalgadas! ¡Duro! ¡Hazme tu esclava, hazme tu sumisa! Te necesito, Amo. Tu verga es la única que me calma el estar caliente, sentirte dentro de mí, llenarme con tu leche —gritó Sol.
Quiero ser ella. Quiero que me ponga en esa posición, que me hable así. Su placer es mi condena. Mi castigo es ver y no tocar. Mis dedos se metieron bajo mi bata. Estaba chorreando, mi vulva madura mojada con una humedad viscosa que no sentía hacía años.
En un movimiento brusco, Dante giró su cabeza. Sus ojos me encontraron en la rendija. No había vergüenza; solo una dominación absoluta. Sus embestidas se hicieron salvajes, mientras me miraba fijamente, como un semental reclamando su territorio.
Me miró y sonrió con soberbia. Sé que vio mis dedos bajo mi bata. Sé que notó mis pezones duros. Sus ojos me hablaban de un trío, de besarme, de lamer mi coño húmedo mientras penetraba a mi hija. Él estaba usando su cuerpo para humillarme y excitarme.
—¡Me encantaría ponerla de espalda, lamer el coño de tu madre húmeda y que viera cómo te penetro en cuatro! —le gritó a Sol, pero sus ojos estaban fijos en los míos, disfrutando de mi humillación—. ¡Estoy seguro de que se calentaría mirándonos! ¡Se masturbaría al lado de nosotros!
Mis piernas temblaron, tiritando por el exceso de placer y transgresión. Mi orgasmo fue un temblor silencioso y desesperado contra el marco de la puerta. Me retiré, sintiéndome la perra que él me había llamado. Quería ser su puta, su esclava, a mis 65 años. Hacía seis años que nadie me tocaba.
Oía cómo la penetraban analmente y terminaba dentro de ella, su leche corriendo por sus piernas, y ella tenía orgasmos con líquido chorreando toda la cama. Mi coño, me imagino húmeda, siento el orgasmo exquisito. Nunca había hecho esto. Tendré que bañarme. Necesito ser su mujer. Quiero que me penetre. Mi sexo quedó toda sucia. Tendría que cambiarme. Apenas son las 2 de la tarde y el día aún no termina.
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