Ese día me vestí más sexy de lo normal. Saqué del fondo del placard un short jean apretadísimo que no me ponía hace años —de esos que se me clava entre las nalgas y marca todo el culo redondo— y un top negro escotado que dejaba ver el borde del corpiño de encaje y el canalcito rico entre las tetas. Me miré al espejo antes de salir: el pelo suelto, labios rojos, bronceado del gym… sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Llegué al almacén a media tarde, como siempre en horario de siesta, cuando el country parece muerto. José estaba atendiendo a una vecina mayor, pero en cuanto me vio entrar sus ojos se clavaron en mí. Terminó rápido con ella, casi empujándola para afuera con una sonrisa, y bajó la persiana a medias.
—Pienso en vos todo el tiempo —soltó directo, sin vueltas, acercándose al mostrador.
—Ayyy, qué exagerado sos —me reí nerviosa, pero ya sentía el cosquilleo entre las piernas.
—Te lo juro, la verdad me volvés loca —insistió, la voz más grave que de costumbre.
—Sabés que estoy casada… —dije, aunque sonó más débil de lo que quería.
—Pero si no le decís, no tiene por qué saber que quiero todo con vos —respondió él, sin pestañear.
—Mejor ya me voy… porque sino… —dejé la frase colgando, y los dos sabíamos lo que significaba.
—¿Porque sino qué? —preguntó, rodeando el mostrador y acercándose despacito.
—No sé, jajaja… capaz me arriesgo, pero imposible.
—Nada es imposible, preciosa —dijo, y de pronto ya lo tenía pegado a mí. Me agarró por las caderas con las manos grandes, con un poco de temor todavía, pero firme—. Yo sé que tu marido no te toca como quisieras… ¿o me equivoco?
—No sé… puede ser —murmuré, apartándome un paso, el corazón latiéndome como loco.
—Estoy seguro que no. Sino no estarías acá, así de linda, así de sexy… Vamos, animate —susurró, y su mano bajó despacio hasta rozarme el culo por encima del short, apretando apenas una nalga.
—No, no… me tengo que ir —dije, pero la voz me temblaba. Me alejé rápido, tomé la bolsa que ni recuerdo qué había comprado y salí casi corriendo.
—Al menos pensalo, ¿eh? —gritó desde la puerta, apoyado en el marco con esa sonrisa de ganador.
—Ya no estés molestando, jajaja… adióoos —le contesté, y me fui caminando despacio, contoneando el culo de lado a lado más de lo necesario, sabiendo que él me estaba mirando fijo.
Al llegar a casa, la indiferencia de siempre: mi marido en el living con el celular, ni levantó la vista cuando entré. “Hola”, murmuró sin mirarme, y siguió scrolleando. Ni un comentario sobre cómo venía vestida, ni una mirada de deseo. Nada.
Me fui directo al baño, cerré con llave y abrí la ducha. El agua caliente cayó sobre mí mientras me sacaba el short y el top. Al bajarme la tanguita vi lo obvio: estaba mojada, empapada, el hilo de excitación pegado a la tela. No entendía… o sí entendía perfectamente. Cada charla con José me dejaba así, bien cachonda, con la concha hinchada y palpitando.
Me apoyé contra la pared, dejé que el agua corriera por las tetas y la panza, y bajé la mano. Empecé a acariciarme el clítoris despacio, en círculos, imaginando al principio los viejos buenos momentos con mi marido: esas cogidas salvajes de antes, cuando me agarraba del pelo y me daba hasta que no podía más.
—Aaah… —gemí bajito, mordiéndome el labio para que nadie oyera.
Últimamente me masturbaba mucho, casi todos los días. Pero esta vez, inevitablemente, la cara que apareció fue la de José. Imaginé sus manos grandes en mis caderas, su barba blanca rozándome el cuello, esa pija gruesa que se le marcaba en el pantalón cada vez que me miraba.
—¿Y si lo hago… por última vez? —me susurró esa voz maligna en la cabeza.
Apreté más fuerte el clítoris, metí dos dedos adentro, bombeando rápido mientras el agua caía. Me vine en una explosión rica, las piernas temblando, un gemido ahogado saliéndome de la garganta. Pero no fue suficiente. Mis dedos no alcanzaban. Necesitaba más. Necesitaba un pedazo de carne dura entre las piernas, alguien que me cogiera como mujer, no como un mueble.
Me quedé bajo el agua un rato largo, respirando agitada.
Al final terminé cediendo. Mi cuerpo pedía a gritos ese placer que llevaba meses negándome, y ya no podía más con la calentura que José me provocaba cada vez que lo veía. Esa noche, después de otra cena fría con mi marido pegado al celular, tomé el teléfono con las manos temblando y le mandé el mensaje sin pensarlo dos veces:
—A las 3 de la tarde te espero en el hotel de la viña, piso 3, habitación 13.
Ni hola, ni explicación, nada. Directo al grano.
La respuesta llegó en segundos:
—Entendido, reina.
Me quedé mirando la pantalla, el corazón latiéndome fuerte, una mezcla de culpa y excitación que me mojaba sola. Sabía que no había vuelta atrás.
Al otro día me preparé como si fuera a una cita prohibida de película. Me puse mi vestido halter rojo, ese que marca la cintura y deja la espalda casi entera al aire, con el escote profundo que resalta las tetas. Debajo, lencería negra de encaje nueva: corpiño que las empujaba bien arriba, tanguita brasileña que apenas cubría la concha depiladita y se hundía entre las nalgas. Arriba de todo, un saco largo para disimular y no levantar sospechas en el country. Me miré al espejo: labios rojos, pelo suelto en ondas, perfume fuerte en el cuello y entre las piernas. Estaba para comerme.
Salí en sigilo, diciendo en casa que iba al gym y después a tomar un café con las chicas. Conduje hasta el hotel de la viña —ese que está a unos kilómetros, discreto, con entrada por el estacionamiento trasero— con las manos sudadas en el volante y la concha ya palpitando de anticipación.
Al llegar, José ya estaba en la puerta de la habitación 13, apoyado contra la pared con una camisa blanca arremangada, jeans oscuros y esa sonrisa lobuna que me volvía loca. Me miró de arriba abajo cuando me acerqué, quitándome el saco en el pasillo desierto.
—Por favor, no das más de linda… —murmuró José con la voz ronca, y sin darme tiempo a réplica me agarró fuerte de las caderas y me estampó un beso que me dejó sin aire.
Abrimos la puerta de la habitación como pudimos, tropezando, él metiéndome mano por todos lados, amasándome el culo por debajo del vestido, yo tironeándole la camisa hasta sacársela de un tirón. Los botones saltaron, pero a ninguno le importó.
—Lamentablemente tenemos poco tiempo —jadeé entre besos, mientras le arañaba el pecho velludo.
—Lástima… a mí me gustaría estar con vos el día entero —gruñó él, bajándome el vestido halter de un solo movimiento, los tirantes cayendo y dejando mis tetas al aire, envueltas solo en el encaje negro del corpiño.
—Sí, pero no se puede… ¡Aaah… aaah!
Estaba demasiado caliente, cachonda como nunca. Nunca había estado con un hombre tan maduro, y sus caricias lo delataban: sabía exactamente dónde tocar, cuánto apretar, cómo volverme loca. Sus manos grandes y callosas me recorrieron la espalda desnuda, bajaron hasta el culo y me alzaron contra él. Sentí su pija dura, gruesa, presionando contra mi panza a través del pantalón.
Empezó a besarme el cuello, bajando despacio, mordisqueando la piel sensible hasta llegar a las tetas. Me bajó el corpiño de un tirón y las sacó: pezones duros, hinchados de deseo. Su boca caliente se cerró sobre uno, chupando fuerte, la lengua girando en círculos perfectos mientras con la otra mano apretaba la otra teta, pellizcando el pezón justo en el punto que me hacía arquear la espalda.
—Aaah… ¡SÍ! ¡Besame así, sí! —gemí eróticamente, la voz temblando, la piel quemándome de excitación.
Bajó la cabeza más y se dedicó a devorarlas: chupaba una, la lamía entera, pasaba la lengua por el canalito entre las dos, después atacaba la otra con la misma hambre. Sus apretones eran firmes, posesivos, como si las tetas fueran suyas desde siempre. Hasta ahora, solo de recordarlo, se me eriza la piel y se me moja la concha.
—Qué pedazo de tetas tenés, reina… —susurró contra mi piel, la barba blanca raspándome deliciosamente los pezones—. Tan firmes, tan ricas… me las como todas.
Yo ya no podía más: le desabroché el cinturón con manos temblorosas, bajé el cierre y metí la mano adentro. Su pija saltó caliente, gruesa, venosa, la cabeza ya brillando de precúmulo. La agarré fuerte, la apreté, la saqué entera y empecé a pajearla despacio mientras él seguía chupándome las tetas como un poseído.
—José… no aguanto más… cógeme ya —supliqué, la voz rota de deseo.
Él levantó la cabeza, los ojos oscuros de lujuria, y me empujó hacia la cama con una sonrisa de hombre que sabe que ganó la partida. Me tiró boca arriba, me abrió las piernas de un tirón y se arrodilló entre ellas, subiéndome el vestido hasta la cintura.
Me abrió las piernas de par en par, me miró la concha depiladita, hinchada y brillando de lo mojada que estaba. Gruñó algo inentendible y hundió la cara entre mis muslos sin más preámbulos.
Su lengua era experta: primero lamió despacio de abajo arriba, abriéndome los labios con los dedos gruesos, saboreando cada gota que chorreaba. Después se concentró en el clítoris, chupándolo fuerte, girando la lengua en círculos rápidos mientras metía dos dedos adentro y los curvaba justo contra ese punto que me hace explotar. Me retorcí en la cama, agarrándole la cabeza con las dos manos, empujándolo más contra mí.
—José… ¡la puta madre, sí! ¡No pares, no pares! —gemí sin control, la voz ronca, las caderas moviéndose solas contra su boca.
Me corrí en menos de dos minutos, fuerte, temblando entera, chorros calientes saliendo mientras él seguía chupando y tragando todo sin desperdiciar una gota. Cuando aflojó, levantó la cabeza con la barba blanca empapada y me sonrió como un ganador.
—Reina, qué rica sos… ahora te voy a dar lo que viniste a buscar.
Se paró al pie de la cama, se sacó los jeans y los boxers de un tirón. La pija saltó libre: gruesa, venosa, más grande de lo que imaginaba, la cabeza roja y brillante de precúmulo. Me incorporé rápido, me arrodillé en la cama y se la agarré con las dos manos. Estaba caliente, dura como hierro. La lamí de abajo arriba, saboreando la sal, después me la metí entera en la boca, tragando hasta la garganta mientras él me agarraba el pelo y gruñía.
—Así, preciosa… chupala toda… mirá qué bien la tragás.
Le hice una mamada profunda, rápida, saliva chorreando por la barbilla, masajeándole las bolas con una mano mientras con la otra lo pajeaba en la base. Él empujaba suave la cadera, cogiéndome la boca, pero sin llegar al fondo para no ahogarme. Después de unos minutos me levantó, me tiró boca arriba otra vez y se subió encima.
Me abrió las piernas hasta casi partirme, apoyó la cabeza de la pija en la entrada y me la metió de una sola embestida lenta pero profunda. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba hasta el fondo, rozando lugares que mi marido hacía meses no tocaba.
—Aaah… ¡José, qué gruesa la tenés! —gemí, clavándole las uñas en la espalda.
Empezó a bombear fuerte, profundo, el ruido de los cuerpos chocando llenando la habitación. Cada embestida llegaba hasta el útero, sus huevos golpeando contra mi culo. Me agarraba las tetas, las apretaba, pellizcaba los pezones mientras me cogía sin piedad. Cambiamos de posición: me puso en cuatro, me agarró de las caderas y me dio desde atrás, mirando cómo el culo rebotaba contra él.
—Mirá este culo… qué rico se mueve —gruñó, dándome una nalgada que me dejó la piel roja.
Me corrí otra vez así, apretándolo todo adentro, gimiendo contra la almohada para no gritar demasiado fuerte. Él siguió unos segundos más, cada vez más rápido, el sudor cayéndole por el pecho velludo sobre mi espalda.
—Reina… me vengo… ¿dónde querés? —jadeó, ya al límite.
—En las tetas… ¡acabame en las tetas! —supliqué, girándome rápido y poniéndome de rodillas frente a él.
Me pajeó la pija él mismo, apuntando directo al pecho. Gruñó fuerte y empezó a correrse: chorros gruesos, calientes, blancos que me salpicaron las tetas, el cuello, hasta alguna gota en la cara. Eran muchos, potentes, cubriéndome entera mientras yo me tocaba el clítoris otra vez y me venía por tercera vez solo de verlo.
Cuando terminó, los dos agitados, me miró con los ojos brillantes y me limpió un poco con la sábana, riéndose bajito.
—Juli… sos una diosa. Esto no va a ser la única vez, ¿eh? —dijo José, todavía agitado, pasándome el dedo por el pecho para juntar un poco de su propia corrida y llevárselo a la boca, saboreándola mientras me miraba fijo.
Yo solo sonreí al principio, todavía temblando, el semen caliente resbalando despacio entre mis tetas, goteando por la curva hasta el ombligo. Me sentía satisfecha como nunca, el cuerpo flojo, la concha todavía palpitando de los orgasmos que me había dado. Pero en cuanto el calor empezó a bajar, la realidad me pegó como un balde de agua fría.
—Imposible… me encantó… pero es imposible seguir así —murmuré, incorporándome un poco en la cama, cubriéndome las tetas con el brazo por instinto—. Espero que lo entiendas, José. No quiero perder a mi familia…
Él se quedó callado un segundo, apoyado en un codo, mirándome con esos ojos claros que ahora parecían más serios. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, suave, sin apuro.
—Reina, yo entiendo… sé que tenés tu vida, tu marido, tu hijo, el que viene en camino. No te estoy pidiendo que lo dejes todo —dijo bajito, la voz ronca pero cálida—. Solo te pido que no te prives de sentirte así de viva. Porque lo que pasó acá… vos lo necesitabas tanto como yo.
Tragué saliva, porque sabía que tenía razón. Me incorporé del todo, busqué la tanguita en el piso y empecé a vestirme despacio, con las piernas todavía flojas. Él me miró mientras me ponía el corpiño, el vestido halter rojo subiéndolo por las caderas, ajustándolo al cuello.
—José… fue increíble, de verdad. Nunca me habían cogido así, nunca me habían hecho sentir tan deseada. Pero esto fue… una locura de una vez. Para sacarme las ganas, nada más —mentí un poco, porque en el fondo sabía que mi cuerpo ya estaba pidiendo más.
Él se levantó, se puso los jeans sin boxers, la camisa abierta mostrando el pecho velludo. Se acercó, me tomó de la cintura y me dio un beso suave en los labios, sin lengua, pero cargado.
—Decís eso ahora, Juli… pero cuando estés en tu casa, sola otra noche, con él ignorándote, vas a recordar cómo te acabo de dejar las tetas pintadas y la concha temblando. Y vas a querer más.
Me aparté despacio, tomé el saco y el bolso.
—No sé… tengo que pensar. Chau, José.
Salí de la habitación con el corazón latiendo fuerte, el olor a sexo todavía pegado en la piel, el semen seco entre las tetas rozándome con cada paso. Conduje de vuelta al country en silencio, mirando el reloj: todavía tenía tiempo antes de que mi marido llegara.
Me duché rápido en casa, frotándome fuerte para borrar cualquier rastro, pero por dentro no podía borrar nada. Esa tarde, cuando mi marido llegó y me dio el beso distraído en la mejilla, yo sonreí como siempre… pero ya no era la misma.
Los días pasaron y nos convertimos en presos de las miradas. Cada vez que iba al almacén —porque sí, volví a ir, aunque me jurara que no—, José me devoraba con los ojos desde atrás del mostrador: un repaso lento por las piernas, la cintura, las tetas, hasta volver a mis ojos con esa sonrisa que prometía todo lo que ya habíamos hecho en esa habitación 13. Yo le sostenía la mirada un segundo de más, sentía el cosquilleo bajar hasta la concha, y después bajaba la vista fingiendo buscar algo en las góndolas. Un roce “accidental” al darme el vuelto, un “¿todo bien, reina?” dicho bajito… pero nada más. No pasaba de eso.
Esa experiencia en el hotel había sido rara, intensa, adictiva. Mi cuerpo pedía más —mucho más—, recordaba cada embestida, cada chupada, el calor de su corrida en mis tetas. Pero decidí apartarme, hacer lo correcto. Volver a la rutina: gym, casa, hijo, marido distraído, noches en las que me tocaba sola pensando en él, pero sin cruzar la línea otra vez. O eso me repetía.
Creo que, en el fondo, sabía que no iba a durar mucho. Como me dijo una vez una amiga autora: “La leona cazó a su presa… y después siguió su vida normal”. O al menos lo intentó.
En fin, mis queridos y morbosos seguidores, espero que hayan disfrutado este relato tanto como yo al recordarlo (y al escribirlo con las manos temblando en algunos momentos, jajaja). Intenté hacer la parte del sexo más explícita, como me pidieron varios de ustedes en los mensajes —esos que me llegan al alma y me hacen sonrojar—. Sé que me alejé un tiempo de los relatos, pero fue porque me copiaban entero y los subían en otros perfiles (especialmente esa Agatha, que ya todos sabemos). Al final, sus mensajes lindos, los “no pares, Juli”, los “contanos más”… me hicieron pensar y animarme de nuevo.
Esto es parte de mi vida real, no intento justificarme ni pedir perdón. Solo comparto estas vivencias prohibidas porque sé que a ustedes les calienta tanto como a mí recordarlas.
Un saludo enorme, un beso morboso donde más les guste… y nos vemos en la próxima aventura. Prometo que no tardará tanto.
Julieta.
![]()

Deja una respuesta