Me llamo Laura, tengo 38 años y la verdad es que no me quejo de cómo me veo, después de todo sigo yendo al gimnasio tres veces por semana, tengo unas buenas tetas que se paran solas, un culo firme que me hace sentir poderosa cuando me pongo unos leggings ajustados, y una cintura que aún envidian mis amigas. Vivo con mi hijo Mateo, que acaba de cumplir 19, es universitario y por dios que se ha convertido en un macho de esos que te dejan la boca abierta. Alto, con unos hombros anchos de tanto levantar pesas, pectorales que se marcan bajo cualquier camisa, un abdomen que parece tallado a mano.
Desde que empezó a entrenar duro hace un par de años no puedo evitar mirarlo, es como si tuviera un semental viviendo bajo mi techo y yo, que llevo meses sin un buen polvo decente desde que me separé de su papá, a veces me sorprendo fantaseando con ese cuerpo.
Mateo tiene una novia, se llama Camila, flaquita pero con buenas curvas, siempre anda viniendo a la casa, se encierran en su cuarto y yo finjo que no escucho. Pero una tarde todo cambió. Yo había salido a hacer unas compras, regresé antes de lo previsto porque olvidé la cartera, entré sigilosa porque no quería molestarlos si estaban estudiando o lo que sea que estuvieran haciendo. Subí las escaleras y al pasar por mi recámara escuché ruidos, gemidos fuertes, jadeos de hombre y gritos de mujer. La puerta estaba entreabierta, y me quedé helada en el pasillo, espiando por la rendija.
Allí estaba mi hijo, completamente desnudo, ese cuerpo brillando de sudor, sus músculos tensos mientras embestía como un animal a su novia que estaba en cuatro sobre mi cama, mi propia cama donde duermo todas las noches. Camila gritaba como loca, con la cara hundida en mi almohada.
-¡Ay sí Mateo, métemela más duro cabrón, rómpeme!
Y él, mi Mateo, agarrándola de las caderas con esas manos grandes, le clavaba su verga una y otra vez, se le veía todo, esa polla gruesa y larga que entraba y salía toda mojada, chapoteando, haciendo unos sonidos obscenamente ricos cada vez que chocaba contra el culo de ella. Él sudaba, gruñía como un macho en celo, le daba nalgadas fuertes que dejaban la piel roja.
-Te gusta eh puta, te gusta que te coja como perra.
-¡Sí papi, cógeme como una puta, lléname de leche!
Yo me quedé allí parada, con el corazón latiéndome fuerte, sintiendo cómo me mojaba entre las piernas sólo de ver cómo mi hijo la taladraba sin piedad, cómo sus nalgas se contraían con cada embestida poderosa, ese culo perfecto moviéndose hacia adelante y atrás, los músculos de su espalda brillando, su verga saliendo toda cubierta de jugos y volviendo a entrar hasta el fondo. Camila se venía gritando, retorciéndose, y él no paraba, la seguía cogiendo fuerte, diciéndole cochinadas al oído, mordiéndole la nuca, agarrándole las tetas desde atrás. Era exactamente lo que yo siempre había querido, un macho así, fuerte, salvaje, que te coja hasta dejarte temblando, que te haga sentir mujer de verdad.
Me mordí el labio tan fuerte que casi me sangra, sentía la vagina palpitándome, los pezones duros contra el brasier, pero no dije nada, no entré, no los interrumpí. Me quedé viendo hasta que él gruñó y se vino dentro de ella, empujando profundo mientras Camila volvía a gritar de placer. Después se derrumbaron en mi cama, riendo bajito, besándose, y yo retrocedí despacio, bajé las escaleras con las piernas temblando, salí de la casa de nuevo como si apenas llegara.
Entré gritando que ya estaba en casa, los encontré en la sala viendo tele como si nada, Camila con la cara sonrojada todavía y Mateo con esa sonrisita de satisfecho. Los saludé como siempre. Desde esa tarde no pude sacarme de la cabeza lo que vi, cada noche al acostarme en mi cama, la misma donde mi Mateo había cogido tan guarro a su novia, sentía un calor que me subía por todo el cuerpo, me imaginaba su verga gruesa entrando y saliendo, sus nalgas contrayéndose con cada embestida, ese sudor brillando en su espalda musculosa, y yo sola allí, con las sábanas que todavía olían a sexo aunque las había lavado mil veces.
Me tocaba pensando en él, metiéndome los dedos despacio al principio, imaginando que era su polla la que me abría, luego más rápido, mordiéndome los labios para no gemir fuerte y que me escuchara en el cuarto de al lado, me venía temblando, con su nombre en la mente, sintiéndome una puta por desear a mi propio hijo, pero cada día era peor, el antojo me comía viva. necesitaba sentir ese macho dentro de mí, no podía seguir así nomás fantaseando.
Decidí que tenía que hacer algo, no iba a esperar a que la vida me lo pusiera en bandeja, yo soy la que manda en esta casa y si quiero a mi hijo me lo voy a coger, punto. Esperé unos días, estábamos solos, él regresó del gym, con esa camisa pegada al cuerpo marcando sus pectorales, yo ya estaba mojada sólo de verlo entrar a la cocina a tomar agua. Lo dejé ducharse, cenamos como si nada, platicando de la uni y sus cosas, pero yo ya traía el plan en la cabeza.
Me habia puesto un vestido pegado al cuerpo, de esos que marcan todo, el escote profundo mostrando mis tetas firmes, la tela ceñida resaltando mi culo redondo y mis curvas que aún vuelven locos a los hombres. Después de la cena lo llamé al sillón Me senté cerca de él, crucé las piernas para que viera mis muslos, y empecé la plática como si nada. él me miró un segundo más de lo normal pero fingió normalidad.
-Mateo, tenemos que platicar de algo serio, mi amor.
-Dime ma, ¿qué pasa? -Me miró extrañado, pero sus ojos bajaron un segundo a mis tetas, y eso me mojó al instante.
-Es que… el otro día llegué temprano y los vi, a ti y a Camila, en mi cama.
Se puso rojo, pero no apartó la mirada, sonrió un poco pícaro.
-Ay mami, perdón, no pensé que llegaras tan pronto, te juro que no fue a propósito.
-No me enojo por eso, hijo, pero mi cama es sagrada, no quiero que la uses para coger con tus noviecitas, esa cama es sólo para mí.
-Pero mami, es que tu cama es la más cómoda de la casa, el colchón es perfecto, por eso se siente tan rico follar ahí, en serio, es como… no sé, mejor.
Me mordí el labio mirándolo fijo, sintiendo cómo me palpitaba la vagina sólo de escucharlo hablar así de follar en mi cama, me acerqué un poquito más, le puse la mano en la pierna, él no se movió.
-Si tanto te gusta mi cama, Mateo, entonces tienes que pedirla como se debe.
-¿Pedirla? ¿Cómo mami?
-Sí, mi amor, ya te dije, esa cama es sólo para mí, para que folle yo. Si la quieres usar… tienes que pedírmela a mí, porque la única que folla ahí soy yo.
Se quedó callado un segundo, confundido, mirándome con los ojos muy abiertos, pero yo vi cómo su mirada bajaba a mis tetas, cómo se le empezaba a marcar algo en el pants de pijama.
-Espera mami… ¿qué quieres decir exactamente?
Sonreí despacio, le apreté un poco la pierna, subí la mano más arriba, ya descarada total, sintiendo el calor de su muslo.
-Quiero decir que, la cama solo es para que folle yo, para que me cojan a mí. Así que si la quieres usar para follar, tienes que pedir por mí, porque soy la única que folla ahí. Le repeti, por si no le habia quedado claro la primera vez que lo mencione.
No dijo nada más, solo me miró con los ojos llenos de lujuria, el aire cargado entre nosotros, yo sentía mis jugos. Me levanté despacio, enseñándole el culo en el vestido pegado, y subí a mi cuarto sin voltear. Por un momento crei que me seguiria, que me tomaria y me haria suya. Pero no paso.
Esa noche no me contuve, me metí en la cama desnuda, abrí las piernas y me metí los dedos profundo, gimiendo fuerte su nombre, imaginando su verga clavándome, no me importó si me escuchaba, al contrario, quería que oyera cómo me venía gritando por él, jadeando como una perra, hasta que me derrumbé temblando.
Al día siguiente por la mañana, mientras desayunábamos en la cocina, yo con mi bata corta que dejaba ver mis piernas y él ya vestido para la universidad, con esa camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le hacían ver tan rico, Mateo me miró nervioso, removiendo su café como si no supiera cómo empezar.
-Oye mamá, antes de irme… estaba pensando en lo que dijiste anoche.
-Ajá… -Le contesté sonriendo, mordiéndome el labio, sintiendo ya un calorcito entre las piernas sólo de recordarlo.
-Y bueno… quería pedirte tu cama prestada esta noche. ¿Crees que se pueda?
Me quedé mirándolo fijo, con el corazón latiéndome fuerte, notando cómo se ponía rojo pero sus ojos brillaban de lujuria, pero allí estaba, pidiéndolo.
-Claro que sí, hijo. Ves cómo de bien se siente cuando pides prestado las cosas.
Sonrió, se levantó y me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, rozando su cuerpo contra el mío, y se fue. Todo el día no pude pensar en otra cosa, en cómo sería la noche, en ese cuerpo musculoso sobre mí, en su verga gruesa clavándome como había visto que le hacía a Camila. Regresé temprano del trabajo, me di un baño largo, me depilé todo, me puse crema para oler rico, y elegí la lencería más puta que tenía, esa negra con encaje que marcaba mis tetas grandes y mi culo firme, con ligas y medias de red que me hacían ver como una diosa del sexo.
Por la noche, mientras cenábamos, el aire estaba cargado, nos mirábamos con ganas, comiendo despacio como si prolongáramos el momento.
-¿Estás preparado para usar la cama esta noche, hijo? -Le pregunté con voz ronca, rozando mi pie contra su pierna bajo la mesa.
-Sí mami, pensando en cómo te voy a coger ahí, en hacerte gritar como nunca.
-Y yo tengo ganas de que me cojas como una puta. De sentirte bien adentro, llenándome toda.
Nos dijimos cochinadas así, excitándonos mutuo, él contándome cómo me iba a poner en cuatro y darme duro, yo diciéndole que quería chupársela hasta que rogara, hasta que no aguantamos más y subimos a la recámara. Él se quitó la ropa rápido, se acostó desnudo en la cama, su verga ya semierecta colgando gruesa entre sus piernas musculosas, esas nalgas prietas contra mis sábanas. Yo me metí al baño, me miré al espejo, respiré hondo y salí con la lencería puesta, el brasier de encaje apenas conteniendo mis tetas, la tanga marcando mi vagina depilada, las ligas tensas en mis muslos y las medias de red subiendo hasta arriba, posando como una modelo sólo para él.
Mateo se quedó con la boca abierta, su verga se puso dura al instante, latiendo.
-Mamá… estás para cogerte toda la noche.
Me acerqué despacio, subí a la cama gateando como una perra, me monté encima de él y lo besé profundo, sintiendo su verga dura contra mi vagina mojada a través de la tela. su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos me agarraban el culo con fuerza, amasándolo. Me bajé, le chupé esa polla enorme, saboreándola, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía y me agarraba el cabello.
-Qué rica boca tienes mami, chúpamela como una puta.
-Cógeme hijo, hazme tuya en esta cama que tanto querías.
Después me puso en cuatro, y ahora era yo la que gritaba cuando me arrancó la tanga y me clavó la verga de un solo golpe, entrando toda hasta el fondo, chapoteando guarro en mi vagina palpitante. Él gruñía, sudaba, me agarraba las tetas mientras me taladraba guarro, el sonido chapoteando obsceno cada vez que entraba y salía toda mojada de mis jugos.
-¡Ay mi niño, métemela más duro, rómpeme como a tu putita!
Él embestía como un animal, dándome nalgadas fuertes que me dejaban la piel roja, agarrándome del cabello para arquearme más, mordiéndome la espalda. Grité como loca, recordando que en esa misma posición, en cuatro sobre la cama, había estado Camila gritando por él, pero ahora era yo la que aullaba de placer, mi vagina palpitando alrededor de su polla mientras él embestía salvaje, chocando sus caderas contra mi culo.
-Te gusta eh mami, te gusta que te coja en tu propia cama, que te llene de leche.
-¡Sí papi, cógeme fuerte, lléname de leche como a tu novia!
Me vine dos veces así, antes era la novia la que se deshacía de placer en esa misma cama, ahora era mi vagina la que apretaba su verga, mis jugos los que chorreaban por sus bolas. Después me puso boca arriba, abriéndome las piernas con las medias de red, clavándomela profundo mientras me besaba, sus pectorales sudados contra mis tetas, hasta que gruñó fuerte y se vino dentro, llenándome caliente, empujando para que no saliera ni una gota.
Duramos horas, cabalgándolo yo como una amazona, mis tetas rebotando, clavándome su polla hasta el fondo, sintiendo sus manos en mi culo, él viniéndose dentro de mí dos veces, caliente y espesa, mientras yo gritaba su nombre babeando de placer, hasta quedar exhaustos, sudados, abrazados en las sábanas revueltas. Al final, exhaustos, derrumbados en las sábanas empapadas, él me besó el cuello, todavía con la verga medio dura dentro de mí, y me dijo al oído.
-Creo que te pediré prestada más seguida la cama, mami.
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