Iniciando a nuestros hijos mellizos (25)

Después de la llamada de Juan me quede desconcertado, Myriam suspiró ignorando lo que me confeso sobre la cámara oculta. Encendí el motor y conduje sin rumbo por calles laterales, era el inicio del invierno, pequeñas gotas de lluvia caían sobre el parabrisas. Un vaivén de imágenes: Mi hija desnuda, hermosa y manos ajenas sobre su piel. Myriam rozó mi brazo con sus dedos fríos.

“¿No te apetece que nos tomemos un café?”

Asentí. Encontramos una cafetería de fachada vintage a tres cuadras del condominio. Sus ventanales empañados prometían refugio. Al entrar, el aroma a grano recién molido y pan dulce nos envolvió como un abrazo cálido. Elegimos una mesa de mármol cerca de la ventana, lejos de los pocos clientes.

“Como te sientes amor?”.

“Nerviosa, confundida no sé si fue buena idea, no sabemos nada de la pareja”.

“Debemos confiar en Juan, sé que no pondría en ningún tipo de riesgo a Sandra”.

El camarero depositó las tazas humeantes con un tintineo de porcelana contra el mármol. Dos círculos de leche espumosa flotaban sobre el café oscuro; las galletas de higo —crujientes y polvorientas— descansaban en un plato de cerámica esmaltada. Myriam hundió una galleta en su café, observando cómo la masa se empapaba y oscurecía. Me sonrió, llevándose el pedazo reblandecido a los labios carnosos.

“¿Habremos llegado demasiado lejos Miguel?”. La pregunta surgió de repente, sus ojos, normalmente tan luminosos, se veían opacos, fijos en el reflejo de su taza.

—Cuando la vi caminar hacia ese edificio, ¿notaste cómo sus piernas temblaban bajo la falda? Iba muy nerviosa —me dijo, mirándome con angustia.

Apreté su mano; mi pulgar acarició su nudillo, un gesto automático de consuelo que repetía desde nuestros años universitarios.

Mi respuesta fue lenta, eligiendo cada palabra con cuidado. “Amor, recuerda que está decidida, más que decidida: Tenemos un pacto con ella, ¿recuerdas? Confía en nosotros y nos pidió que fuéramos más abiertos. Es mejor estar cerca al inicio.”. Bajé la voz, inclinándome hacia adelante. “Apoyarla no significa solo dejarla ir; significa estar aquí, ahora, respirando este café y esperando su mensaje como dos padres idiotas, pero juntos.”.

Myriam dejó escapar un suspiro largo “Tienes razón, si no estamos aquí cuando ella salga de esa experiencia, si huimos porque nos incomoda, ¿qué clase de complicidad y apoyo le ofrecemos?”.

Sentí cómo mi erección crecía. Ella, absorta en su angustia maternal, no notó el cambio en mi respiración, mi mirada descendió entonces hacia sus piernas cruzadas, el movimiento había hecho que la tela se corriera, revelando centímetros de piel desnuda sobre la rodilla. Recordé el cuadro completo de dos mujeres bellas y maduras sometidas por 4 hombres portentosos mientras nosotros sus esposos cornudos y pervertidos las veíamos excitados.

Mi propia ansiedad se transformó entonces en algo distinto: excitación pura al imaginar a Sandy entregada. Mis ojos se detuvieron en la curva del cuello de Myriam, donde el cabello ondulado y oscuro se recogía en un desorden sensual. Recordé cómo su nuca se arqueaba la noche con los Mandingos, cómo sus músculos se tensaban mientras Abdón la penetraba desde atrás… el gemido gutural, casi animal, que salió de ella. El recuerdo de sus orgasmos consecutivos —cuatro o cinco, uno tras otro— me golpeó con crudeza obscena.

“¿Miguel?” —sus ojos color miel se clavaron en los míos— “¿Recuerdas la hora exacta que dejamos a Sandy? si mal no recuerdo fueron las siete y veinte”, añadió recordando antes de que pudiera yo responder “Lleva más de una hora dentro de ese departamento.”.

“Si, no te preocupes amor, Sandy se sabe cuidar y sabe que estamos cerca”.

¿En qué estás pensando?”. Sus labios se apretaron mientras esperaba mi respuesta.

“No te voy a mentir” confesé, “Recordaba la noche con nuestros amigos y los Mandingos”. La admisión salió cruda, el silencio que siguió fue denso. Me preparé mentalmente para el reproche, para el golpe verbal que merecía mientras ella se retorcía de angustia maternal, “No cambias, Miguel”, murmuró sonriendo, “Ni en estos momentos” levantó la mirada hacia mí “Pero me gusta tu lado perverso”.

“Sabes?” —dije confiado— “Fantaseo mucho después de cada reunión y esta última fue especialmente excitante”.

Sentí cómo su piel se erizaba bajo mi toque “Me gustaría que lo repitiéramos…”, observé cómo sus pupilas se dilataban “Verte así tomada por ellos… “. No terminé la frase ya que el mozo de servicio llego con dos porciones de tarta de pastel de nuez.

“Desean ordenar algo más?”.

“Todo bien, gracias”.

El chico se retiró no sin antes ver los turgentes senos de mi mujer a través del escote “Esta noche estas especialmente sexy, el mesero desde que entramos no te quita la vista de encima”. “No lo note”, susurró casi para sí misma.

“Entonces… ¿te gustaría repetirlo?”, dijo, sosteniendo mi mirada sin pestañear “¿Qué pensarías si te digo que recuerdo esa noche… y me masturbo?”. La pregunta y confesión me llevo al límite, mi erección palpitó con fuerza. “Pensaría que deseo verte de nuevo así empalada por varios hombres, solo que… quisiera que la próxima vez no estén Martha y Juan, y todos los hombres sean para ti”. Le dije ahogándome en la excitación.

“Mmm eso me calienta”, contesto chupando la cuchara “¿Que estará pasando con nuestra hija en este momento, no te dan celos?”, pregunto abruptamente.

“Si, siento celos pero también me parece excitante es similar a lo que siento contigo cuando estas con otros”, le confesé.

Los minutos siguientes fueron una mezcla de silencios cargados y miradas furtivas hacia el reloj cada segundo que pasaba aumentaba la presión en mis sienes, mi esposa no dejaba de mirar el teléfono esperando la llamada de Sandy, ya habían pasado casi dos horas desde que la dejamos, la angustia y la excitación se mezclaban. Hasta que por fin, después de lo que pareció una eternidad, el móvil de Myriam vibró sobre la mesa, era un mensaje de texto:

“Todo bien, no se preocupen, ¿por qué no se van a casa?, Carlos y Valeria me llevaran más tarde”.

Myriam soltó el aire, sus dedos temblaron al guardar el teléfono.

“Es hora de irnos”, dijo de repente, poniéndose de pie “Ella debe afrontar a lo que vino amor, ya la acompañamos, si algo sucede nos llamará, no tiene sentido seguir aquí”, afirmó mientras recogía su bolso con movimientos bruscos.

La vi tensa, casi rígida, pagamos y salimos de prisa, en el trayecto de la cafetería al auto no platicamos nada, íbamos como autómatas solo caminando uno al lado del otro.

“Yo conduzco” me dijo pidiéndome las llaves.

El trayecto fue una tortura cada semáforo en rojo era una eternidad, cuando llegamos Myriam subió directo a la ducha mientras yo permanecía en el sofá de la sala. Enrique nuestro hijo no estaba en casa.

De pronto recordé las palabras de Juan: “Hay una cámara oculta en casa de la pareja”. Sentí ansiedad y también rabia ¿Cómo se atrevía a grabar a nuestra hija sin permiso? Pero bajo esa indignación bullía algo más oscuro, viscoso, una curiosidad enfermiza que se arrastraba desde el estómago hasta la garganta.

Subí las escaleras sin hacer ruido, Myriam estaba recostada en la cama en su rutina de cremas. “Voy a quedarme en el sofá un rato, ¿me quieres acompañar?”.

“Tratare de dormir, me siento agotada, me despiertas cuando llegue Sandy”, me dijo muy seria.

“Descansa amor”, me puse mi pijama y bajé a la sala, el móvil pesaba en mi mano, sentía que latía con vida propia. Marqué el número de Juan sin obtener respuesta.

Nuevo intento, mi ansiedad crecía.

Al tercer intento, contesto con esa calma calculada. “Miguel, justo iba a llamarte”, mentira obvia, pero no importaba, mi ansiedad y enojo me ahogaban “No me pediste autorización para grabar”, interrumpí. Un suspiro al otro lado, luego el clic de un encendedor. “Vamos no te hagas el santo sé que ardes en deseos de ver que está haciendo tu hija…”.

El pitido del mensaje entrante paralizó mi garganta. Una imagen borrosa llego a mi WhatsApp: Sandy arrodillada entre sombras, la luz rasante destacando la curva de su espalda. Mi pulgar tembló al ampliarla —los detalles emergieron con cruel nitidez: su cabello sujeto por las manos de Carlos, el vestido arrugado—, cada píxel confirmando lo que ya sabía.

“Relájate, Miguel.”. Juan soltó una risa gutural mientras yo escuchaba el crujido del cuero en su sillón al moverse. “Carlos sólo grabó los primeros minutos a petición mía para saber que tu princesa estará bien, no existe una grabación como tal de toda la reunión.”.

Sentí alivio y decepción a la vez, algo dentro de mí luchaba.

“Por ahora tendrás que conformarte con esa foto oscura” me dijo mientras yo sentía el celular arder en mi mano. La imagen seguía allí, inmutable, la voz de Juan se volvió más grave, casi un susurro: “Carlos tiene todo bajo control, nos estuvimos comunicando… bueno sé que están ahora descansando, son jóvenes y Sandy un manjar, seguramente van a repetir”.

No tuve reacción, me quede como idiota ampliando la imagen oscura de mi hija en esa situación sexual.

“¿Te estas masturbando amigo? ¿imaginando lo que está haciendo tu princesa?” dijo Juan con esa voz burlona que me hacía hervir la sangre, pero también la piel, ese tono que sabía exactamente dónde clavarme las palabras.

“Confiésalo y suéltate, ¿estas excitado?”

“Si… no te puedo engañar” confesé al fin.

“Disfruta esa sensación, no te preocupes ella está segura. Nunca ha sucedido algo así con nuestra hija Lily quizá sería buena idea algún día conseguir una cita para nuestras dos hijas con una pareja o unos hombres, ¿seria excítate no crees?” me dijo Juan con voz ronca, mientras mi mano se movía irremediablemente hacia mi pene erecto, imaginando exactamente lo que describía.

“¿Tienes otra imagen?”, le pedí excitado

“Paciencia Miguelito, le pediré algunas fotos a Carlos”.

Una nueva notificación apareció: descargue la imagen, Sandy de rodillas de espaldas a la toma, frente a una cama con la falda sobre su espalda, con las bragas en las rodilla y las piernas abiertas, amplié la foto y alcance a ver un par de piernas femeninas a los lados de su cabeza, mi hija tenia hundida la cara en la vulva de la chica!, fue inevitable regresar a las nalgas de mi hija y ampliar la imagen: ver su sexo expuesto, sus labios vaginales jóvenes y apetitosos, sus nalgas paradas con formas perfectas, los músculos marcados de sus piernas se notaban, la foto había sido tomada desde un ángulo bajo.

El siguiente mensaje era un video de 15 segundos. Al reproducirlo, el sonido me golpeó: gemidos agudos mezclados con jadeos masculinos, luego la imagen: Sandy montando a Valeria sobre su cara mientras Carlos la penetraba desde detrás. Mi verga palpitó contra el pantalón del pijama.

“Amigo, ya es algo tarde, disfruta del material que te envié. Buenas noches”. Sin más corto la llamada dejándome excitado y sin poder reclamar nada más.

Eran casi las once y media de la noche cuando escuché el motor de un auto deteniéndose frente a la casa. Apagué rápidamente el celular y me incorporé en el sofá. Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de alivio, ansiedad y excitación que no me abandonaba.

Por la ventana vi un SUV negro elegante estacionarse. La puerta trasera del auto se abrió y bajó Sandy.

Carlos y Valeria bajaron también del auto. Él, alto, atlético, de unos 35 años; ella, morena, curvilínea, con un vestido ceñido que resaltaba sus formas. Se despidieron en la acera con abrazos y besos en las mejillas. Valeria tomó el rostro de Sandy con ambas manos y le dio un beso prolongado en los labios, Carlos le acarició la cintura al abrazarla y le susurró algo al oído que hizo que Sandy sonriera con picardía y bajara la mirada.

Mi hija agitó la mano mientras el SUV se alejaba. Luego respiró hondo, se acomodó el vestido tirando suavemente de la falda hacia abajo y caminó hacia la puerta principal.

Abrí antes de que metiera la llave. La luz del porche la iluminó por completo.

—Papi… —susurró con voz ronca. Sus ojos brillaban con una mezcla de cansancio y euforia. Su maquillaje estaba ligeramente corrido: el delineador difuminado, el labial casi desaparecido.

La abracé con fuerza. Olía a una mezcla de su perfume habitual, sudor, y un aroma desconocido en ella. Un olor almizclado, intenso, que me golpeó directamente en el estómago y bajó hasta mi entrepierna.

—¿Todo bien, princesa? —pregunté, tratando de sonar solo preocupado, no excitado.

—Más que bien, papi —respondió, apoyando la cabeza en mi hombro un segundo más de lo habitual—. Fue… increíble. No sé ni cómo explicarlo.

Subimos las escaleras en silencio. Myriam, que había escuchado el auto, ya estaba en el pasillo en bata. Al ver a Sandy, sus ojos se llenaron de alivio y ternura maternal, pero también de una curiosidad que no pudo disimular.

—¿Quieres hablar ahora o mañana? —preguntó Myriam, acariciándole el cabello.

—Mañana —dijo con voz suave—. Estoy muerta de cansancio… y necesito una ducha urgente.

Entró a su habitación y cerró la puerta. Segundos después se escuchó la regadera.

Myriam me tomó de la mano y me llevó a nuestra habitación. Cerró la puerta con llave. Se acercó, me besó con urgencia y deslizó su mano dentro de mi pijama.

Esa noche, mientras la regadera de Sandy seguía sonando al otro lado del pasillo, Myriam y yo hicimos el amor con una intensidad salvaje, susurrándonos detalles prohibidos, imaginando lo que nuestra hija había recibido horas antes.

La mañana siguiente amaneció soleada, con esa luz invernal fría que entraba por las ventanas de la cocina. Myriam ya había preparado café y tostadas; yo bajé en silencio, aún con la mente revuelta por la noche anterior: el video repetido 30 veces, los gemidos de Sandy mezclados con los de Valeria, y el sexo urgente con mi esposa susurrándonos fantasías prohibidas.

Sandy apareció poco después, fresca como si hubiera dormido diez horas. Llevaba unos shorts deportivos muy cortos que dejaban al descubierto sus piernas atléticas y bronceadas, y una camiseta holgada sin sujetador. Su cabello estaba húmedo de la ducha, recogido en una coleta alta. Se sentó frente a nosotros con una sonrisa amplia, casi desafiante.

—Buenos días, familia —dijo con voz alegre, sirviéndose café—. ¿Durmieron bien?

Myriam y yo intercambiamos una mirada rápida. Los dos sabíamos que apenas habíamos pegado ojo.

—Más o menos —respondió Myriam con suavidad, poniéndole una tostada delante—. Cariño, no hace falta que nos cuentes nada si no quieres. Solo queríamos saber si la pasaste bien, si te sentiste cómoda y segura.

Sandy dio un sorbo al café, nos miró por encima de la taza y soltó una risita.

—Mamá, relajen. La pasé genial. Más que genial. Fue… intenso, liberador, exactamente lo que esperaba y mucho más —bajó la voz un poco, como quien comparte un secreto delicioso—. Y sí, me gustaría contarles algunos detalles, porque sé que les interesa… y porque tenemos un trato de ser abiertos, ¿no?

—No tienes que ser explícita si te incomoda —dijo Myriam, intentando sonar maternal y tranquila—. Solo lo suficiente para que sepamos que todo estuvo bien.

Sandy se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos brillaban con una mezcla de picardía y orgullo.

—Todo estuvo más que bien. Carlos y Valeria son… increíbles. Súper respetuosos, pero al mismo tiempo muy directos y apasionados. Empezamos tomando vino, hablando, rompiendo el hielo. Luego Valeria me besó… y todo fluyó natural.

Hizo una pausa, observando nuestras reacciones. Yo intentaba mantener la cara neutra, pero noté que mi respiración se había vuelto más pesada.

—¿Y… te sentiste segura en todo momento? —pregunté, con la voz un poco ronca.

—Completamente. Me guiaron, me preguntaban constantemente si me gustaba, si quería más o menos… Fue perfecto para una primera vez con una pareja.

Myriam carraspeó.

—¿Y… fue los tres juntos todo el tiempo?

Sandy sonrió con malicia.

—Casi todo. Hubo momentos en que estuve solo con Valeria… Y otros solo con Carlos. Y luego los tres. Varias veces. Descansamos, tomamos más vino, y volvimos a empezar. Por eso llegué tarde.

Tragué saliva. La imagen del video que Juan me envió volvió con fuerza: Sandy sentada sobre el rostro de Valeria mientras Carlos la penetraba por detrás.

—¿Y… te gustaría seguir adelante con esto? —pregunté, tratando de sonar solo curioso y apoyador.

Sandy se enderezó en la silla, emocionada.

—Sí, papi. Más que nunca. Me sentí libre, deseada, viva. Y… —hizo una pausa dramática, disfrutando el suspenso— Carlos y Valeria me invitaron al club swinger al que van ellos. Dicen que es un ambiente muy selecto, seguro, y que sería ideal para seguir explorando.

El silencio que siguió fue denso.

—¿Al club? —Repitió Myriam, intentando mantener la calma—. Eso ya es otro nivel, cariño. Mucha más gente, más imprevisible…

—Lo sé —interrumpió con decisión

Y con eso se levantó, nos dio un beso en la mejilla, saludo a Enrique que se integraba a la mesa y subió a su habitación tarareando.

Los días siguientes transcurrieron con normalidad. La rutina volvió a apoderarse de la casa: Sandy salía temprano a la universidad, Alejandro aparecía casi todas las tardes con su sonrisa inocente y sus planes de futuro, cenábamos juntos como cualquier familia convencional, veíamos alguna serie los fines de semana. Él seguía sin sospechar nada; besaba a Sandy en la mejilla al llegar, le tomaba la mano mientras hablaban de exámenes y trabajos universitarios. Muy respetuoso.

Sandy, por su parte, flotaba en una nube. Cada vez que Alejandro la tocaba, yo advertía en su mirada un destello de comparación: él era tierno, predecible; Carlos y Valeria habían sido salvajes, impredecibles, compartidos. Una tarde la sorprendí en la cocina revisando su teléfono con una sonrisa boba; eran mensajes de Valeria me dijo.

Nos informó que Carlos y Valeria habían aplazado la visita al club swinger. Un viaje de trabajo imprevisto los llevaría fuera de la ciudad dos o tres semanas. Sandy nos lo contó una noche, con un leve tono de decepción..

Desde la iniciación de Sandy, mi deseo por Myriam se había multiplicado. Casi todas las noches terminábamos follando con urgencia, como si necesitáramos exorcizar las imágenes que nos rondaban la cabeza. Ella se montaba sobre mí y, mientras se movía lento, me susurraba: “Imagínate que es Carlos el que me tiene así… o que Sandy está en la habitación de al lado con Valeria entre sus piernas

Una mañana de jueves recibí una llamada inesperada. Era Mario, el hijo mayor de Juan y Martha, quería consultaros sobre un tema legal. Lo recibí en mi oficina a media mañana. Vestía traje impecable nada que ver con el joven perverso de las reuniones. Mientras revisábamos los documentos, la conversación fue estrictamente profesional: cláusulas, impuestos, riesgos. Pero cuando terminamos y guardé la carpeta, Mario se recostó en la silla con una sonrisa que conocía demasiado bien.

—Miguel, gracias por el tiempo —dijo, y luego bajó la voz—. Hay otro tema… más personal.

Sentí que el aire de la oficina se cargaba de electricidad.

—Dime.

—Desde aquella noche en casa de mis papás… no he podido sacarme de la cabeza a Myriam. —sus ojos brillaron—. Me gustaría mucho volver a estar con ella deseo mucho a tu mujer.

—No te voy a mentir, Mario —respondí al fin, con voz serena—. Myriam y yo hemos hablado de aquella noche muchas veces. Y sí, te recordamos. Pero esto lo tengo que consultar con ella. No tomo decisiones de este tipo solo.

Mario sonrió, satisfecho con la respuesta.

—Claro, por supuesto. No hay prisa. Solo quería ser directo. Mis padres me enseñaron que en este ambiente la honestidad es lo primero.

Se levantó, me estrechó la mano con fuerza y, antes de irse, añadió en voz baja:

—Dile a Myriam que sueño con el sabor de su boca… y con todo lo demás.

Cuando la puerta se cerró, me quedé solo en la oficina con una erección incómoda contra el pantalón. Tomé el móvil y escribí a Myriam:

“Acaba de irse Mario. Dice que te desea mucho y propone que nos reunamos”.

La respuesta llegó en menos de un minuto:

“¿En serio? Cuéntame todo esta noche… y prepárate, porque voy a necesitar que me cojas duro mientras me lo cuentas.”.

El sábado, después de una semana quedamos con Mario en un hotel del centro: suite amplia, luces tenues, cama king size.

Myriam se había preparado con esmero: lencería negra de encaje, medias hasta el muslo y un vestido corto que quitaba el aliento. Mario llegó puntual, traje oscuro, camisa abierta dos botones. Nos tomamos una copa de vino en el bar del hotel; las miradas ya lo decían todo.

Subimos a la habitación. Apenas cerró la puerta, Mario se acercó a Myriam por detrás, le subió lentamente el vestido y besó su nuca mientras yo la miraba desde el sofá. Ella cerró los ojos, suspiró y se dejó llevar. En minutos estábamos los tres desnudos.

Myriam se arrodilló entre nosotros, alternando su boca caliente entre mi erección y la de Mario. Sus gemidos vibraban contra nuestra piel mientras nos miraba con ojos llenos de lujuria. Luego la tumbamos en la cama: yo la penetré primero, lento y profundo, mientras Mario le follaba la boca. Después cambiamos; él la tomó con fuerza desde atrás, haciendo que sus pechos rebotaran, mientras yo le comía los senos y ella gritaba mi nombre y el de Mario sin orden.

Estuvimos varias horas: Myriam montándome mientras chupaba a Mario, luego él dentro de ella mientras yo la besaba. Al final, los dos la llenamos de leche casi al unísono, uno en su boca, otro sobre sus pechos. Ella temblaba, exhausta y feliz, cubierta y sonriente.

Nos duchamos juntos, riendo, besándonos. Al despedirnos, Mario susurró: “Repetiremos pronto”.

El día de la visita al club swinger de nuestra hija llego. Sandy pasó la tarde encerrada en su habitación preparándose con una dedicación casi ritual. Cuando bajó, nos dejó sin aliento: un vestido negro cortísimo de licra brillante que se ceñía como una segunda piel, escote profundo que dejaba entrever el borde de un sujetador de encaje rojo, medias de red hasta medio muslo y tacones altos que estilizaban aún más sus piernas atléticas. El maquillaje ahumado resaltaba sus ojos, y el cabello suelto caía en ondas perfectas. Se veía peligrosa, deseable, un mujeron.

Carlos y Valeria llegaron puntuales por nuestra hija. Sandy salió a recibirlos después de despedirse, Enrique extrañado nos preguntó quiénes eran los amigos de su hermana, los tres observamos desde la ventana como se subía al auto.

Sandy regresó cerca de las cinco de la madrugada. El auto la dejó en la puerta; la vimos bajar tambaleante sobre los tacones, el cabello revuelto, el maquillaje corrido. Carlos le dio un último beso largo en la boca antes de que ella entrara por fortuna no se veían vecinos y Enrique estaba en su quinto sueño.

Subió directamente a nuestra alcoba, nos dio un beso rápido en la mejilla a cada uno y murmuró con voz ronca: “Fue increíble… después les cuento, ahora estoy muerta”.

Nos miramos en la penumbra, excitados y ansiosos. Sabíamos que nuestra hija había cruzado definitivamente todas las líneas. Y que, por mucho que quisiéramos saber, parte de esa noche siempre sería solo suya.

Continuará.

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