La limusina surcaba las calles nocturnas de Seúl, envuelta en un silencio denso y cálido. Los asientos de cuero negro brillaban bajo la luz tenue de la iluminación interior, exudando ese aroma profundo y lujoso que se mezclaba con el perfume floral de las tres “idols”.
Jisoo, la mayor del trío de veinticinco años, cruzó las piernas con elegancia, su vestido corto de seda granate rozando la piel del nuevo manager, un hombre de cuarenta y tantos que sudaba nervioso en el asiento opuesto. Junto a ella, Lin y Sayo, esta última de origen japonés, observaban, sus ojos brillando con una mezcla de seriedad mal disimulada, picardía juvenil y burla.
El error había sido grave: una reserva mal hecha que les costaría una fortuna en penalizaciones. Jisoo inclinó la cabeza, su voz suave pero firme.
-Manager, creo que mereces un correctivo… algo que te haga recordar quién manda aquí.
La cara del hombre enrojeció con violencia al oír la sentencia.
Dudó un instante, pero, finalmente obedeció.
Siguiendo las instrucciones de sus jefas se bajó los pantalones y los calzoncillos —de esos antiguos, con estampado discreto y elástico flojo—, revelando un trasero pálido y algo temblón, cubierto por un vello oscuro que brotaba generosamente de la ranura central.
Las chicas soltaron risitas ahogadas mientras lo guiaban: Jisoo se acomodó en el amplio asiento, y él se tendió torpemente sobre sus rodillas, el cuerpo pesado y nervioso. Lin sujetó sus piernas con firmeza juguetona, Sayo inmovilizó su tronco, sus manos rozando su camisa empapada en sudor.
“¡Mira qué trasero tan blanco!”, exclamó Lisa con una carcajada ligera. “Parece que nunca ha visto el sol. Vamos a calentarlo un poquito, ¿no?”
El primer azote llegó de la palma de Jisoo: un golpe seco y sonoro contra la carne fofa. El manager protestó, su cuerpo tensándose, mientras el calor subía rápidamente en la limusina. El cuero crujía bajo ellos, el aire se volvía pesado, cargado del sudor masculino y del aroma dulce de las chicas. Mientras tanto, el pene del varón, traicionero, palpitaba contra la seda del vestido de Jisoo, endureciéndose con cada impacto, rozando la tela fresca y provocándole un gemido reprimido de vergüenza y placer confuso.
Pronto, las manos no bastaron. Sayo sacó de su bolso un cepillo de pelo de madera, ancho y firme. “Esto será más efectivo”, murmuró con guiño malicioso. Los golpes con el reverso del cepillo eran más intensos: ¡plaf, plaf!, marcando la piel pálida con rojeces que contrastaban con el vello oscuro. El manager se retorcía lo poco que podía, su trasero temblando, el sudor perlando su rostro. Gemidos bajos escapaban de su garganta seca, mezcla de dolor punzante y un deseo inconfesable que hacía palpitar su erección contra las piernas de Jisoo.
La temperatura en el coche era asfixiante, el deseo flotando como niebla: las chicas reían, excitadas por el poder, sus mejillas sonrosadas.
Casi al final, cuando el correctivo alcanzaba su clímax, un sonido escapó: un pedo suave, como una colchoneta desinflándose lentamente, cálido y traicionero.
Las tres muchachas arrugaron la nariz al unísono. “¡Guarro!”, exclamó Lin, tapándose la boca con fingido asco. Sayo soltó una carcajada. “¡Qué asqueroso, manager! Eso te vale golpes extra, bien fuertes. Chicas, sujetadle bien”
El manager con la cara roja, conociéndose, sacó un pañuelo de su bolsillo y lo introdujo bajo su miembro.
Los últimos azotes fueron contundentes, haciendo bailar las nalgas encarnadas, dejando la piel ardiente y escocida.
Y con el último llegó la vergüenza máxima, el semen, viscoso, derramándose, impregnando el pañuelo y los muslos del hombre.
Sayo le miró con disgusto y Jisoo le insultó y amenazó con nuevos azotes.
Por suerte para el manager el destino estaba a la vuelta de la esquina.
La limusina se detuvo frente a la entrada del lujoso hotel, donde los fans gritaban tras las barreras. El manager se vistió a toda prisa, pantalones subidos con manos temblorosas y torpes, secándose una lágrima rebelde mientras el picor y el escozor del su trasero le recordaban la lección. Las chicas salieron primero, radiantes y sonrientes, saludando con estudiada coreografía, simplemente perfectas. Él las siguió, agradeciendo no ser el foco de atención, caminando con cuidado, el trasero latiendo… y una promesa silenciosa de no volver a equivocarse.
Nota: Este relato está inspirado en viñetas de cómic japoneses que introducen los azotes en todos los ámbitos de la vida. Espera, vergüenza, picardía y sobre todo, mucha sensualidad, es lo que convierten a este fetiche en, a mi parecer, algo especial.
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