El sol de las cuatro se colaba con mucha dificultad por entre las ramas de los árboles. Casi junto al tronco de uno, Renata se había sentado sobre el pasto mullido y le hablaba a Tristán con una voz entrecortada y grave. Tristán escuchaba y asentía; sólo de tanto en tanto hacía preguntas breves.
El parque en el que estaban fue levantado sobre una pendiente. Quien se sentaba allí, veía hacia abajo, y quien se recostaba sobre el pasto, se recostaba en diagonal. A su lado, pero varios metros debajo de ellos, dos jóvenes, hombre y mujer, cambiaban miradas melosas. Renata no quería decir nada, pero la cercanía con esa pareja empezaba a incomodarle.
Dos semanas después de que Renata se separó de su novio, empezó a llamar a sus amigos, uno por uno. El último fue Tristán. Se veían, tomaban café y terminaban en largos paseos, por parques abiertos y solitarios, en los que ella les contaba la historia de su ruptura. La mayoría de estos amigos eran hombres y casi todos (unos más, otros menos) estaban enamorados de Renata. Ella estaba más o menos consciente de eso y, aunque no quería utilizarlos, se decía a sí misma que, en el inmenso dolor de su ruptura, necesitaba la mayor cantidad de atención posible. Se podía dar ese permiso.
—Mi tristeza los mantendrá a raya —pensaba.
Pero ahora, la cosa se había complicado. La pareja la distraía de lo que quería contarle a Tristán, y la hacía pensar en Miguel, su exnovio. La chica de la pareja llevaba una faldita negra y unos mallones; era alta y su pecho turgente le recordaba mucho a Indira, la amiga por la que Renata sentía que Miguel la había dejado. El chico era blanco, barbudo y sonriente, de piernas estrechas y torso ancho. Ahora se acercaban uno a otro, se juntaban las frentes, se veían a los ojos como cíclopes y se daban besos esquimales. Estas rutinas de amor (que son las de cualquier pareja) a Renata le recordaban exactamente lo que hacía con Miguel, y le parecían una pedrada del destino, irónica y exacta.
Cuando salió de su ensimismamiento, Renata volteó a ver a Tristán, que le sonreía con comprensión:
—Me estabas contando que, desde que terminaste con él, has pensado en tomar dos trabajos —le comentó Tristán, viendo que Renata había perdido el hilo.
—Perdona, es que… —dijo ella, apuntando con la cabeza a los novios.
Tristán dejó escapar una pequeña risa, que no hizo sentir a Renata juzgada, sino acompañada.
—Bueno, compañera, todo el mundo tiene derecho a ser feliz, ¿no?
—Yo sé, yo sé. Es que… me trae recuerdos.
—Si quieres, mejor vámonos.
Tristán se levantó y le ofreció una mano a Renata. Ella sonrió y lo vio de cuerpo completo. Largo, con una barba incipiente y el cabello desordenado. Vestía una chamarra de color olivo en la que, hasta hace un momento, tenía muy ocultas sus dos manos. Hacía frío.
En el trato, Tristán era muy diferente a Miguel. Tristán escuchaba a la gente hablar durante mucho tiempo y sólo hablaba si podía contradecir a alguien, si podía hacer que repensara algo. Renata sabía que si Tristán le decía “todo el mundo tiene derecho a ser feliz”, significaba que él no creía que Renata debiera ver al mundo como un enorme recuerdo de Miguel. Y si le decía “mejor vámonos”, significaba que él consideraba que le estaba dando importancia a una tontería.
—No. Quedémonos. No debo ser así —dijo Renata, que en su mente había vencido a Tristán… y a Miguel.
Él volvió a sentarse y ella le siguió hablando de su ruptura, de sus sentimientos y de sus planes. Los novios, abajo, sentados uno al lado del otro, comenzaron a besarse. Primero pequeños piquitos; luego, abrazos largos (visiblemente incómodos), con besos profundos que les quitaban el aliento.
Luego, él se acostó a ver el cielo. Las nubes dibujaban sábanas largas, vaporosas y dispersas. «Cirros», las llamaba Miguel. Renata interrumpió su relato y le susurró a Tristán:
—¿Cómo crees que se llaman?
—¿Quiénes? ¿La feliz pareja? —contestó él, a lo que Renata asintió. —No sé, ¿“Enrique” y “Margo”?
—Me convence —confirmó ella.
Margo se acostó de costado, apoyando su codo junto a la cabeza de Enrique. Bromeaban, y ella ponía pasto arrancado y seco sobre el pecho de él. Luego empezó a acariciarle la brava y las orejas, y a pasar una brizna de hierba por sus labios. Él sonreía y se dejaba hacer. Ella le iba acercando los labios, tentándolo, y él no se levantaba a besarlos.
—Ese parece ser su juego —le susurró Tristán a Renata.
Tristán y Renata se quedaron viéndose. Ella notó que él desviaba la vista a sus labios.
En algún momento, Enrique no pudo más y le robó un beso a Margo, que lo rechazó entre risas. Después de un pequeño forcejeo, ella cayó sobre el cuerpo de él; Renata se fijó sobre todo en la manera en la que los pechos de ella se estamparon contra él.
Enrique abrió las piernas. Margo subió una de sus piernas, ligeramente. Entre besos y jaloneos juguetones, la pierna de Margo terminó entre las de Enrique. Entonces ella comenzó a restregarse.
—Supongo que aquí terminó el juego —dijo Tristán, con voz sencilla y resuelta. —Vámonos, si te parece.
—No. Quedémonos —contestó Renata, con una sonrisa un poco triste. —De verdad no me afecta.
Muy buen rato se estuvieron besando y restregando los novios, hasta que Margo se bajó de Enrique. Se acostaron los dos de costado, viéndose profundamente el uno al otro. Entonces él llevó la mano al pecho de ella, y comenzó a acariciarlo por arriba del suéter. Se juntaron mucho para que no se viera lo que estaban haciendo, pero Renata alcanzó a distinguir como la mano de Enrique se coló debajo de la ropa de Margo.
Tristán se dio cuenta de que Renata miraba embelesada, ya sin disimulo, lo que hacían Margo y Enrique. Decidió que lo mejor que podía hacer era acompañarla y también comenzó a mirarlos. Pasado un momento, Renata le pregunta:
—Dime, ¿tú crees que Miguel y yo… hayamos…?
—Estuvieron juntos mucho tiempo. No me sorprendería para nada que hubieran llegado más lejos de Margo y Enrique ahora —dijo Tristán y se rio.
Renata se puso triste.
—En realidad… no mucho más lejos. Yo no quería. O sí quería, pero… no es fácil ser quien no debe querer, ¿me entiendes? Un día lo dejé. O “me dejé”… más bien “me dejé”.
—¿A qué te refieres con “dejar”?
—Pues…
Lo que ocurrió entonces hizo que Tristán abriera los ojos con sorpresa. Como a Renata le faltaban las palabras y lo único que tenía a mano era su propio cuerpo, casi de forma automática trató de expresarse con él. Cuando dijo “pues…”, llevó su mano derecha a su pecho izquierdo y lo estrujó un par de veces, apenas durante brevísimos segundos, pero con fuerza, como si quisiera decir «él también me acariciaba los pechos».
—Ah, ya entiendo… —dijo Tristán.
—Y bueno, también…
Ahora Renata se llevó las manos a la cara interna de los muslos, poniendo los pulgares casi en la ingle y apretándolos un poco, como si quiera decir «él llegó a masturbarme». O quizá se refería que le había hecho sexo oral (Tristán lo estaba seguro).
—Bueno… eso sí parece un poquito más que Margo… —empezó Tristán.
—Y… ¿me permites?
Renata acercó su mano a la entrepierna de Tristán, pero se detuvo justo antes de tocarlo. Tristán asintió con la cabeza y la chica impuso su mano en la entrepierna, hasta sentir la presión de algo. Entonces cerró la mano y lo tomó. Ella esperaba tocar el miembro de Tristán, quizá un testículo, algo que le dijera «bueno, yo también lo masturbé». Pero no se esperaba que Tristán tuviera ya una erección completa. Notarlo le hizo pensar en lo que estaba haciendo. ¿Quería seguir? No quería acostarse con Tristán, pero la embriagaba sentirse deseaba. ¿Qué debía hacer? Finalmente, solamente le dijo:
—Siempre he querido preguntárselo a alguien: ¿tú dirías que soy todavía virgen?
—¿Eso te importa mucho? —preguntó Tristán, estupefacto de que alguna chica tuviera aún una ideología tan conservadora. —Creo que eres virgen si todavía te sientes virgen.
—Aún me siento virgen.
Tristán puso su sonrisa de comprensión, y Renata volvió a sentirse acompañada. En su pecho se juntaron la excitación y la amistad y decidió que podía dar un paso más.
—¿Alguna vez… has “estado”… con una virgen?
—Sí, una vez —respondió Tristán, con calma.
—¿Cómo fue? ¿Te gustó?
Ahora, abajo de ellos,
—Eso no fue todo lo que hicimos —confesó Renata.
—¿Te penetró? —preguntó Tristán.
—Le dije que solo me podía meter la punta. Y eso hizo. Me respetó Fui yo la que quiso más… y mi cuerpo no quiso. Me dolía. No pudimos terminar esa vez… ni nunca. Tú, entonces… ¿todavía dirías que soy virgen?
—¿Todavía te sientes virgen?
—Sí —contestó ella.
En el tono de Renata no había más que excitación: el gozo de saber que estaba tentando a Tristán. En sus ojos, por otro lado, había tristeza. Tristán entendía que, para Renata, no haber podido concluir la penetración era una de las razones por las que su relación había fracasado.
—Sabes que no le debías nada a Miguel, ¿verdad? Tú decidías cuándo y cuánto querías hacer con él.
Renata sintió que Tristán intentaba ser más racional de lo que ninguna persona es realmente en una relación. Se rio muy bajito, como susurrando su risa, y le dijo:
—Esos ideales no son para la vida real. Si tú fueras mi novio, ¿no esperarías… tener… sexo conmigo?
—Esperaría solamente lo que pueda esperar —contestó Tristán.
Renata, cada vez más incrédula por la inocencia de Tristán, volvió a reírse, y agregó:
—No te creo nada. Es más, ponte en la situación de Miguel. Si estuvieras… pues…
—¿Penetrándote? —se rio Tristán.
—Sí… ¿de verdad podrías contenerte cuando yo te lo diga?
—No es una cuestión de “poder” o “no poder”. Es lo que en principio debería exigirse a cualquier persona.
—¡Pero es irreal, Tristán! Mira el juego que jugaban Margo y Enrique… Enrique no pudo contenerse.
—Eso es un juego, no cuenta.
Entonces Renata se le acercó a Tristán. Poco a poco. Tristán sonrió, porque entendía lo que quería probar Renata. No se movió, ni siquiera cuando ella puso su frente sobre la de él. Se juntaron sus narices. Renata sonreía de oreja a oreja, segura de que Tristán cedería a la tentación en algún momento. Cuando vio que no lo hacía, entrecerró los ojos, como hacemos cuando vemos a un rival, y le acercó los labios. El labio inferior de Renata hizo contacto con el labio inferior de Tristán. Renata comenzó a moverlo de un lado a otro, restregándolo, y recordó cómo Margo se restregaba sobre el pantalón de Enrique. Volteó a ver el lugar donde estaban: ya no había nadie.
Después de girar la cabeza, sentía raro volver a tentar a Tristán. Entonces solamente agregó:
—Esto no significa nada. Si estuvieras teniendo sexo conmigo no podrías controlarte.
—Quizá tengas razón —le concedió Tristán, para verla feliz.
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