Olfateando y examinando culos

Elena se despertó con el corazón latiendo fuerte, y gotas de sudor en su frente. El sueño había sido tan vívido, tan absurdamente erótico en su rareza, que aún sentía un cosquilleo en el bajo vientre.

A sus treinta años, regresando a la universidad para terminar esa carrera que había dejado a medias, se sentía como una intrusa entre los veinteañeros. Pero en el sueño, esa diferencia de edad se había convertido en algo más: un catalizador para una escena que rozaba lo humillante y lo excitante.

En el sueño, estaba sentada en el aula, rodeada de unos veinte estudiantes, chicos y chicas con rostros frescos y cuerpos aún en plena juventud. La profesora, una mujer de unos cuarenta, elegante con su falda lápiz y blusa ajustada, explicaba algo sobre literatura moderna.

De repente, el silencio se rompe.

Un sonido inconfundible: un pedo largo y poderoso.

Risas ahogadas estallaron aquí y allá, sonrisas cómplices se intercambiaron. Elena sintió una oleada de vergüenza ajena, pero la profesora no rio. Su rostro se endureció, los labios apretados en una línea seria.

-Esto no es gracioso – dijo con voz firme.

Salió un momento de clase y volvió con otro profesor, un hombre corpulento de barba gris, y juntos cerraron la puerta del aula. Colocaron un biombo improvisado en un rincón, dividiendo el espacio.

-Todos en fila – ordenó la profesora.

-Vamos a encontrar al culpable. Inspección rectal. Nombre y apellidos, y luego… ya sabéis

Elena tragó saliva. ¿Era en serio? Los estudiantes se miraron, algunos con risitas nerviosas, otros con el rostro pálido. Pero nadie protestó; el sueño tenía esa lógica ilógica donde lo absurdo se aceptaba. Los chicos primero. El primero, un chico alto y delgado con pelo rubio, dio su nombre: “Alex Rivera”. Se bajó los pantalones y los calzoncillos, revelando un culo pálido y firme, con una ligera vellosidad en la raja. Se inclinó, separando las nalgas con manos temblorosas. Su expresión era de pura mortificación, los ojos cerrados, las mejillas rojas como tomates.

La profesora se acercó por detrás, su nariz casi tocando el ano expuesto. Inspiró profundamente, el olor a piel limpia y un leve sudor masculino llenando sus fosas nasales. “Limpio”, murmuró, pero anotó algo al lado del nombre: “Aroma fresco, como jabón de limón”. Luego el profesor olfateó, su barba rozando la piel, haciendo que Alex se estremeciera. “Coincido”, dijo, y anotó “Sin rastro de flatulencia”.

Sí, es un sueño, Elena estaba en la fila, esperando su turno, pero de alguna manera también era la profesora o al menos una espectadora que seguía todo en primera persona.

La siguiente fue una chica, María, de diecinueve años, con falda corta. Su rostro era un mapa de vergüenza: cejas fruncidas, labios mordidos, ojos mirando al suelo. Se levantó la falda, bajó su tanga rosa, exponiendo un culo redondo y suave, con una raja depilada que brillaba bajo la luz fluorescente. Al inclinarse, sus nalgas temblaron ligeramente. La profesora olfateó: un olor femenino, mezcla de perfume floral y un toque de humedad natural. “Inocente”, dijo, pero Elena notó cómo la docente alargaba la inspección visual un segundo más, como si disfrutara el poder o quizás fuese un deseo de índole lésbica.

María apretó los ojos, sintiendo el cosquilleo de la nariz cerca, una invasión íntima que la hacía sentir vulnerable y, extrañamente, excitada en su humillación. El profesor olfateó después, su aliento cálido causando un escalofrío. Anotaron: “Aroma dulce, como vainilla”.

Otro chico, Pedro, con cuerpo atlético. Su culo era musculoso, nalgas firmes como rocas, con una raja profunda y vellosa. Su expresión era de desafío mezclado con vergüenza: mandíbula tensa, ojos entrecerrados como si intentara disociarse. Al olfatear, la profesora frunció el ceño; un olor más fuerte, a sudor de gimnasio y algo almizclado. “Posible”, murmuró, pero el profesor negó: “No es el culpable, pero huele a esfuerzo”. Pedro se enderezó con alivio, pero Elena vio cómo su pene semierecto asomaba, traicionando una excitación involuntaria por la exposición.

Luego vino una chica con pantalones vaqueros, Laura. Desabrochó el grueso cinturón, bajó los jeans y las bragas, revelando un culo más voluptuoso, con celulitis ligera que lo hacía real y tentador. Su raja era jugosa, con un leve olor a tela húmeda. Su cara: lágrimas en los ojos, respiración agitada, una mezcla de terror y resignación. La profesora olfateó, la nariz tan cerca que rozó la piel, enviando un cosquilleo eléctrico. “Limpio, pero tentador”, anotó. Laura pensó en lo expuesta que se sentía, como si su secreto más íntimo estuviera al aire, y una fantasía fugaz cruzó su mente: ¿y si la tocaban?

Finalmente, le tocó el turno a Elena, aunque realmente siempre había estado ahí, después de todo era su sueño, pero entonces, ¿por qué no controlaba nada?. Su corazón latía desbocado. Dio su nombre, bajó sus pantalones, exponiendo su culo contundente, temblón, con nalgas grandes y una raja profunda que invitaba a explorar. Pero antes de inclinarse, miró a la profesora: “¿Y quién nos dice que no has sido tú?”. La docente, sorprendida, asintió. Se subió la falda, bajó sus bragas, revelando un culo bonito y firme, con dos lunares gemelos en la nalga izquierda. Se inclinó, separando las nalgas. Elena se acercó, tragando saliva.

El olor era limpio, a jabón y un toque de perfume, no a pedo. Inspiró profundo, el aroma femenino invadiéndola, excitándola. Luego el profesor se sometió, su culo velloso oliendo a colonia masculina. De nuevo la inconsistencia, ese hombre venía de otra clase, el no había sido y sin embargo, expuso su culo como uno más.

Elena estaba perdida en pensamientos sobre el culo de la profesora –firme, invitador– y el de su compañero de profesión, cuando otro pedo sonó. Salieron de detrás del biombo con un chico de pelo rizado, desnudo de cintura para abajo, pene colgando flácido, cara roja de vergüenza. “¿Alguien tiene un cepillo?”, preguntó la profesora. Una alumna de cabello largo y ondulado se acercó y sacó uno marrón y ancho de su bolso, echando una mirada curiosa al pene del chico.

La docente se sentó, colocó al culpable sobre sus rodillas y comenzó a azotarlo. El cepillo impactaba con chasquidos, el culo enrojeciendo rápidamente: rosa, rojo, morado. El chico gemía, su pene endureciéndose contra el muslo de ella, el riesgo de otro pedo en el aire, añadiendo tensión erótica. Todos miraban, algunos excitados por el poder, otros por la vulnerabilidad.

Elena despertó. Jadeante. El aroma de un pedo fresco en el ambiente, un pedo real, el pedo en el sueño era real: acababa de tirarse uno en la cama. Su estreñimiento era un problema persistente, días sin ir al baño, hinchazón constante. “Basta”, pensó. Esa mañana tenía cita con el proctólogo. Se vistió con pantalones ajustados y una blusa, sintiendo la presión en su vientre.

En la consulta, el doctor, un hombre de cincuenta con ojos amables, la escuchó. “Hábitos de evacuación: irregulares, dos o tres días sin ir. Molestias: hinchazón, gases”. Elena se sentía vulnerable al hablar de algo tan íntimo, pero también liberada. Fantaseaba con ser examinada, expuesta, como en el sueño.

“Se tumbe boca arriba”, dijo él. Elena desabrochó los pantalones, bajó un poco las bragas, revelando su vientre plano pero hinchado y parte de su vagina, con pelos negros asomando de la mata sin depilar. El doctor se puso guantes, tocó su vientre, auscultando. “¿Duele aquí?”. Sus dedos eran firmes, profesionales, pero Elena imaginaba toques más íntimos, su mente volviendo al sueño. No dolía, pero el contacto la excitaba sutilmente.

Luego, “Bájese pantalones y bragas, túmbese de lado, rodilla derecha al pecho, pierna izquierda estirada”. Elena obedeció, exponiendo su trasero contundente: nalgas grandes, temblonas al moverse, raja jugosa con un leve olor a su propio cuerpo. Esperó, el aire fresco acariciando su desnudez, sintiéndose vulnerable y viva. El doctor se acercó, su dedo enguantado previamente sumergido en vaselina, dibujando círculos alrededor de su ojete, enviando ondas de placer. “Relájese”, dijo, y luego “Tome aire”. Introdujo el dedo, explorando.

Elena apretó involuntariamente, el dedo invadiendo su intimidad, segundos que parecieron minutos de sensaciones intensas: presión, exploración, un roce interno que la hizo jadear. Salió, y ella contrajo nalgas para no soltar aire, mortificada pero excitada.

“Todo en orden”, dijo, dándole una innecesaria palmada en la nalga y acercando un rollo de papel de cocina. Elena se limpió, notando humedad no solo de gel, sino de su propia excitación. Se vistió, el doctor prescribió laxantes. Al salir, corrió al baño. Se sentó en la taza, soltó un pedo largo, aliviada. Luego, impulsada por el sueño y el examen, llevó la mano a sus labios vaginales, frotando rápido. Otro pedo escapó, como aire de una colchoneta, intensificando el placer. Se corrió fuerte, fluidos empapando su mano. Se secó con papel higiénico, se lavó las manos y la cara y salió con las mejillas sonrojadas.

El día transcurrió en la cafetería, sirviendo mesas en su uniforme: pantalones negros ajustados que acentuaban su culo temblón. Luchaba por mantener la concentración en su trabajo. Sentía ojos en ella, fantaseando con inspecciones como en el sueño. De vuelta a casa, pasó por la farmacia de guardia, compró el laxante: un tubo pequeño para enema.

En casa, decidió llamar a su vecino, Carlos, un soltero de cuarenta, atractivo y solo. “Necesito ayuda con algo… personal”. Sabía que era inapropiado, pero su excitación del día la impulsaba; necesitaba sexo, liberación total.

Carlos llegó, confundido pero intrigado. Elena explicó que tenía que ponerse un enema, viéndolo sonrojarse. La ayudó: ella en el baño, pantalones abajo, exponiendo su culo, en real, una vez más. Él insertó el tubo con cuidado, sus manos temblando cerca de su raja. Minutos después, en el baño de su casa, sin molestarse en echar el cierre, Elena evacuó, sonidos resonando, no importándole que él oyera; al contrario, la excitaba, como el pedo en el sueño. Se relajó profundamente. Uso el bidé para lavarse bien y se echó un poco de perfume en el cuello.

Luego salió del baño. Salió en bragas, sin sujetador, pechos libres. Carlos esperaba. Elena se quitó las bragas frente a él, quedando desnuda: cuerpo curvilíneo, vientre plano, mata de vello, culo invitador. Él se desvistió, revelando un cuerpo firme, pene endureciéndose. La besó, sus labios calientes. Elena se pegó a la pared, nalgas aplastadas contra el gotelé que a buen seguro dejarían marcas. Una sensación más en un mar de sensaciones. Él se acercó, ella cogió su miembro, guiándolo. El la arrinconó, robándole su espacio y, pegándose a ella, le metió el pene en su vagina húmeda, embistiéndola contra la pared.

Gimió, placer inundándola: el roce interno, el olor a sexo, sus fantasías del sueño mezclándose con la realidad. Carlos gruñía, manos en sus nalgas, apretando. Elena pensó en los culos olfateados, en la vulnerabilidad compartida, y se corrió de nuevo, apretando alrededor de él. Él la siguió, llenándola.

Jadeantes, se miraron.

Elena sonrió: el sueño había sido el catalizador, pero la realidad era mejor. Su estreñimiento resuelto, su deseo saciado… Por ahora.

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