Decidimos comprar un pequeño vibrador que funcionaba con un pequeño mando a distancia. Habíamos visto que algunas parejas los utilizaban en lugares públicos, así que decidimos probar.
Elegimos un local donde tocaban música en vivo, principalmente salsa. Para la ocasión, Paulina eligió un vestido ajustado, sin sujetador, y debajo de la tanga ocultamos el dispositivo. Yo llevaba en el bolsillo el mando que permitía regular la velocidad y los intervalos de la vibración. Seguramente muchos los conocen.
Mientras íbamos en el auto lo activé un par de veces; funcionaba a la perfección y hacía que ella se retorciera en el asiento.
Antes de entrar, acordamos que ella lo haría sola. Yo entraría después y me mantendría a distancia para observar si alguien se le acercaba. El lugar estaba casi lleno; la orquesta apenas comenzaba a tocar y las parejas ya llenaban la pista. Pau estaba a unos veinte metros de mí. La vi pedir una cerveza y decidí probar el alcance del mando. Por la reacción de su cuerpo y la forma en que me miró, comprobé que funcionaba.
No pasó mucho tiempo antes de que un chico se le acercara para bailar. A este tipo de lugares acude gente que baila muy bien y Paulina, siendo bailarina, destacaba entre todos.
Cuando terminó la canción, cada uno regresó a su sitio. En la siguiente media hora bailó dos o tres veces más, sin que nadie mostrara más interés que el del baile.
Me acerqué a ella para bailar como si fuera un desconocido más, pero quise ser atrevido: pegué mi cuerpo al suyo y coloqué mi mano en el límite entre su cintura y su trasero, pensando que tal vez alguien nos vería y se animaría también. Le sugerí a Paulina que tratara de ser más “coqueta”.
Al parecer funcionó, porque apenas unos minutos después de regresar a nuestros respectivos lugares. Un mesero le llevó una cerveza cortesía de un hombre que estaba con un grupo de unas ocho personas, casi todos varones. Paulina lo agradeció con una sonrisa, levantando la bebida en su dirección. Él se levantó, se acercó y pidió permiso para sentarse con ella, lo cual aceptó. Los vi platicar cómodamente antes de dirigirse a la pista. Él era moreno, alto, de complexión normal y rasgos marcados; se veía bien presentado y tendría unos treinta y cinco años.
Metí la mano en el bolsillo, busqué el control y lo activé. Noté cómo el cuerpo de Paulina se tensaba y se estrechaba contra el hombre. Solo fueron unos segundos. Más tarde, él la invitó a sentarse con su grupo y ella aceptó. Yo, nervioso, los veía platicar y reír; de vez en cuando ella me miraba, se le veía relajada.
De pronto, entre las risas, noté la mano del hombre en la pierna de Paulina. Ella lo permitía con una naturalidad que casi parecía inofensiva. Entonces vi que ella tomó su móvil y parecía escribir algo; el mío vibró al instante:
P: Amor, la estoy pasando bien, pero si quieres podemos irnos ahora, creo que se me está subiendo la temperatura.
A: Lo que tú decidas está bien. Hasta donde quieras llegar. Yo estaré atento.
P: Un rato más y nos vamos, te avisaré. Pero, ¿seguro que todo está bien? ¿No estás molesto?
A: Lo estoy pasando bien. Disfrútalo y avísame cuando quieras irte.
Como gesto de aprobación, presioné nuevamente el control. Sus mejillas, enrojecidas por el transcurso de la noche, eran la señal clara de su excitación. Continuaron bailando y riendo. Había una química evidente, una tensión sexual palpable: ella le tocaba el brazo y él no retiraba la mano de su pierna. En un momento, ambos se pusieron de pie y caminaron hacia los sanitarios. Esperé unos segundos y los seguí a distancia.
Él caminaba a su lado con la mano en su espalda baja. Después de que ella entrara al sanitario de damas, mi móvil vibró de nuevo:
P: Estoy al límite. Tal vez deberíamos irnos a casa y terminar allá.
A: De acuerdo, amor. Si es lo que deseas, pediré la cuenta. Tú despídete de tu amigo, aunque pienso que le debes un regalo de despedida para que no te olvide nunca.
P: Ya sé cuál es el regalo perfecto.
Unos segundos después, llegó una imagen a mi pantalla: era su tanga de encaje negro, una de sus favoritas. Realmente debía estar disfrutando. Cuando ella salió del tocador, él la esperaba afuera. Sorpresivamente, la tomó de la mano y la guio a un rincón con menos luz. La besó. Paulina no puso objeción; lo rodeó por los hombros y correspondió al beso con intensidad.
Yo no sabía cómo reaccionar, pero sentí una descarga de excitación recorriendo mi cuerpo. Mientras seguían unidos, activé rápidamente el vibrador. Paulina apretó sus manos contra los hombros de él, mientras él bajaba su mano hacia el trasero de ella. Se fundían apasionadamente. Él le susurró algo al oído y, tras un breve intercambio de palabras, siguieron los besos y los roces. Paulina sacó la prenda negra de su bolso y se la entregó. Ambos rieron.
Caminaron de vuelta a la mesa y ella sacó su móvil:
P: Estoy lista, amor. Tendrás que ser mi Uber: acerca el carro y avísame para salir.
A: De acuerdo, te aviso.
Pagué la cuenta y salí a por el auto. Los minutos que pasé sin observarlos se me hicieron eternos, imaginando qué podría estar haciendo ella en mi ausencia. Acerqué el auto a la entrada y le envié el mensaje.
Un par de minutos después, salió de la mano con él. Al llegar al coche, antes de subir, volvieron a besarse. Él intentó acompañarla, pero ella se negó con una sonrisa. Subió al asiento trasero.
—¿A dónde, señorita? —le dije, riendo en mi papel de chófer.
—Al hotel más cercano, por favor —respondió ella riendo también—. Y dese prisa.
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