Mi tía y el sacerdote

Era domingo por la tarde, la iglesia vacía. Me arrodillé en el confesionario con el pulso acelerado, sabiendo que al otro lado estaba el padre Luis, un hombre mayor.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida —respondí con la garganta seca.

—Habla, hijo. ¿Qué peso traes hoy?

—Padre… pensamientos impuros. Muy graves. Constantes.

Silencio. Solo se oía el leve crujido de su sotana al moverse.

—¿Con quién son esos pensamientos, hijo? El demonio siempre pone un rostro.

Tragué saliva. La madera olía a cera y a años de pecados ajenos.

—Con… con una mujer casada, padre. Mayor que yo. Muy devota. Va todos los días a misa, ayuda en la catequesis, lleva el rosario siempre en la mano… Todos la ven como una santa.

El padre Luis respiró hondo, lento.

—¿Y cómo se llama esa mujer, hijo? Di su nombre, que el nombrar el mal es el primer paso para vencerlo.

Sentí que el corazón me iba a estallar.

—Susana, padre. Mi tía Susana.

Un silencio tan denso que casi dolía.

El sacerdote carraspeó. Cuando habló de nuevo, su voz era más baja, más íntima, como si él también estuviera confesándose.

—Susana… Sí, la conozco bien. Una mujer ejemplar. Pechos pequeños, discretos… pero ese trasero, hijo. Ese trasero es una tentación que hasta a los de sotana nos ha hecho apartar la mirada en la misa. Alto, redondo, perfecto… No eres el primero que viene aquí por ella.

Me quedé helado. No esperaba eso.

El padre Luis dejó escapar un suspiro largo, tembloroso.

—Hace dos años, en el retiro espiritual… la grabé sin que ella lo supiera.

Un clic suave. Sacó un teléfono viejo del bolsillo de la sotana y lo acercó a la rejilla. La pantalla se iluminó en la penumbra, apenas lo suficiente para que yo viera.

Pulsó play.

Allí estaba ella. Mi tía Susana, de rodillas frente a un pequeño altar improvisado en la habitación del retiro. La camisola blanca era tan fina y el calor tan intenso que la tela se pegaba a su piel como una segunda capa translúcida. Prácticamente desnuda. La luz de la ventana la atravesaba sin piedad: los pechos pequeños, firmes, con los pezones oscuros y endurecidos claramente visibles; la curva delicada de la cintura; y sobre todo ese culo exquisito, alzado, redondo, perfecto, moviéndose apenas con cada inclinación de su cuerpo mientras rezaba.

“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…” susurraba con esa voz suave, angelical, mientras sus nalgas se balanceaban levemente al ritmo de las palabras, como una ofrenda involuntaria. Cada vez que besaba el crucifijo, la camisola se levantaba un poco más por detrás, dejando ver la línea perfecta entre sus glúteos, la piel blanca y suave brillando bajo la luz.

El video duró solo quince segundos, pero fue eterno. Sentí que me faltaba el aire, que la erección me dolía tanto que tuve que apretar los dientes para no gemir.

El padre Luis apagó la pantalla y guardó el teléfono. Su respiración era pesada, entrecortada.

—Ahora ya lo has visto, hijo. Ahora sabes por qué esta cruz es tan pesada.

El padre Luis guardó el teléfono con lentitud, como si le costara desprenderse de la imagen. Su respiración seguía pesada, pero cuando habló de nuevo su voz había recuperado esa autoridad serena de confesor.

—Esto que has visto hoy, hijo, es solo el comienzo de tu camino hacia la pureza. No puedes liberarte de un pecado tan profundo en un solo día. Necesitas tiempo para meditar, para rezar, para que la tentación madure y revele su verdadero rostro.

Hizo una pausa larga, y sentí que me observaba a través de la rejilla.

—Dentro de exactamente un mes, el domingo 6 de febrero por la tarde, volverás aquí a la iglesia a la misma hora. Traerás tu alma preparada y me contarás cómo has luchado contra estos pensamientos. Solo entonces te daré la absolución plena.

Asentí en silencio, todavía aturdido por el video y por la erección que no bajaba.

—Ve en paz —dijo al fin—. Y que el Señor te acompañe.

Salí del confesionario con las piernas temblando y la mente en llamas. El mes que siguió fue un infierno dulce: cada domingo veía a mi tía Susana en misa, arrodillada, con esa cara de santa y ese culo perfecto marcándose bajo el vestido. Cada noche revivía el video en mi cabeza hasta correrme en silencio. Pero obedecí: no la busqué, no la toqué, solo recé y sufrí.

Llegó el domingo 6 de febrero. La iglesia estaba igual de vacía que aquel día. Entré con el corazón latiéndome fuerte, esperando encontrar al padre Luis en el confesionario.

Pero no estaba allí.

La puerta de la sacristía, al fondo, estaba entreabierta. Una luz tenue salía de dentro. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, atraído por un murmullo bajo… una voz de mujer rezando entrecortada.

Me asomé por la rendija.

Y lo vi todo.

Mi tía Susana estaba de rodillas en el suelo de la sacristía, frente al padre Luis. Pero no rezaba como siempre. El hábito del sacerdote estaba subido hasta la cintura, su miembro erecto y grueso entrando y saliendo de la boca de ella con lentitud deliberada. Susana tenía los ojos cerrados, las mejillas hundidas, las manos apoyadas en los muslos del padre como si estuviera recibiendo la comunión. La blusa blanca estaba desabotonada, los pechos pequeños al aire, los pezones duros y rosados. El vestido subido hasta la cintura dejaba a la vista ese culo exquisito, perfecto, alzado hacia mí mientras el sacerdote la follaba la boca con calma.

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