Luis y Marcela (deseo y lujuria)

La lluvia caía a cántaros en el pequeño aeropuerto, desde la pequeña oficina de migración se veía el agua azotar la pista. Luis y Marcela estaban solos sentados en un pequeño comedor. El último vuelo había sido desviado horas antes y la torre les había comunicado que no habría más llegadas esa noche.

La única luz era la fluorescente y parpadeante del techo, y el único sonido, aparte de la tormenta, era el chasquido de las latas de Coca-Cola y el murmullo de sus voces.

—Y así le dije al profesor que si creía que iba a pasar toda la noche calculando la resistencia de materiales, estaba loco —contaba Marcela, con una sonrisa cómplice mientras se reclinaba en su silla— La vida es para vivirla, ¿no, Luis?

Luis la miró desde el otro lado del escritorio. A sus cuarenta años, su rostro conservaba una fresca juventud que engañaba, pero sus ojos, oscuros y profundos, delataban una calma y una experiencia que Marcela encontraba irresistibles. Sonrió, una sonrisa tímida que apenas le curvaba los labios.

—En mi época, la vida era para estudiar y trabajar. No había tanto tiempo para… fiestas.

—¡Ay, Luis! —exclamó ella, lanzando su cabeza hacia atrás con una risa que hizo vibrar el pecho—. Usted ya habla como un señor. Debería salir conmigo un viernes de estos, a ver si le rejuvenecemos el alma.

La broma flotó en el aire entre ellos, cargada de una tensión que había crecido durante meses. La química era innegable entre ambos y llevaban ya más de 3 meses de amistad y compañerismo. La admiración que Luis sentía por esa joven de 25 años se había transformado en un deseo palpable, un anhelo que contenía por respeto.

Y Marcela, a pesar de su carácter jovial, no era ingenua. Sentía su mirada, la forma en que sus ojos se detenían un segundo de más en sus labios o en el escote de su blusa, o como por momentos lo notaba recorrer su silueta curvilínea con los ojos y luego disimular…

Decidida a dar el primer paso y sintiendo que la soledad de la noche lluviosa era una invitación, Marcela, por debajo de la mesa, liberó lentamente su pie derecho de su tacón y lo deslizó hasta encontrar la pierna de Luis. Él no se movió, pero su respiración se cortó por un instante. Ella continuó su ascenso rozando la tela del pantalón de vestir, hasta que el empeine de su pie presionó suavemente la entrepierna.

La reacción de Luis fue instantánea. Una erección rápida y sorprendente que se endureció bajo el contacto de su pie. Marcela la sintió con claridad, una prueba tangible del deseo que él intentaba ocultar. Un escalofrío recorrió su espina dorsal.

Luis bajó la mano y acarició su piel, el empeine, hasta subir lentamente hasta el talón.

—Tus pies… son muy suaves y hermosos —murmuró, su voz ronca de excitación.

Marcela lo miró con un desafío en la mirada, sonrió y arqueó una ceja. —¿Sólo mis pies? —Dijo al tiempo que continuó frotando, hasta que Luis jadeó.

—Todo tu cuerpo —respondió él sin dudarlo, con la voz entrecortada, la mirada fija en la suya, con toda la contención rota—. Te he deseado desde el primer día que te vi.

El silencio que siguió fue denso, cargado de promesas. No se necesitaban más palabras. Luis se levantó de un solo movimiento y ella lo siguió. Caminaron en silencio por el pasillo oscuro hasta una de las bodegas de manifiestos de vuelo. El olor a cartón viejo llenaba el aire. Luis cerró la puerta con llave; la única luz era una pequeña bombilla en el techo.

Se miraron un instante antes de que él la tomara por la cintura y la besara. El beso fue hambriento, desesperado, liberando meses de contención. Marcela se fundió en sus brazos, sintiendo la fuerza de su cuerpo contra el suyo. Las manos de Luis recorrieron su cuerpo, hasta finalmente desabotonar su blusa. Dejando al descubierto un sujetador negro de encaje… Sus dedos se movieron con urgencia, liberando sus pechos. Eran de tamaño medio, perfectamente erguidos, con aureolas de un café claro que contrastaba con la piel clara de Marcela, que se erizaron al contacto con el aire frío de la bodega.

Luis bajó la cabeza y tomó uno de sus pezones en su boca. La chupó con desesperación, mordiéndolo suavemente mientras su otra mano estrujaba y masajeaba el otro pecho. Marcela arqueó la espalda, un gemido escapó de su garganta. Se sintió sumisa, entregada por completo al deseo de ese hombre que la idealizaba y que ahora la consumía.

Sus manos no se detuvieron. Desabrocharon el pantalón de tela del uniforme de Marcela, que cayó a sus tobillos. La tomó por los hombros y la giró, inclinándola sobre una mesa de madera fría. Se colocó detrás de ella, admirando la curva perfecta de sus caderas. Sus manos recorrieron sus nalgas firmes y redondas, apretándolas, acariciándolas. Con un movimiento decidido, le bajó el panty de encaje hasta sus rodillas.

—Ya no puedo más, Marcela —sopló él contra su nuca, su voz rota por el deseo—. Te he deseado tanto.

Se desabrochó su propio cinturón y bajó la cremallera. Su miembro erecto y pulsante se liberó de la prisión de la tela. Sin más preámbulos, lo deslizó entre los labios del sexo de Marcela, sintiendo el calor y la humedad inmensa que la inundaba. Estaba más que preparada para él. Lo restregó una y otra vez en su entrada, coleccionando su humedad, mientras Marcela, con los ojos cerrados y las manos aferradas al borde de la mesa, susurraba su nombre, gimiendo…

Sin más preámbulos, Luis la penetró con delicadeza hasta que todo su miembro estuvo dentro de ella, y con un movimiento de caderas firme y profundo, comenzó a bombear despacio.

Un gemido largo y gutural escapó de los labios de Marcela: “Ah aaah aaaah” una mezcla de placer intenso al sentir cómo la verga durísima y marcada de venas de Luis la llenaba por completo, estirándola, reclamándola por dentro. El aire salió de sus pulmones en un solo suspiro.

Luis se quedó mudo un instante, con los ojos cerrados, dejando que la sensación de ese calor y esa humedad lo envolvieran. Jadeó y balbuceó, con la voz rota por la emoción: —¡Qué delicia! ¡Qué apretada y mojadita estás, Marcela!

Sus dedos se hundieron en la carne de su cintura, agarrándola con fuerza. Entonces, comenzó a moverse más rápido, y el deseo y la lujuria se apoderaron de él. Su ritmo se convirtió en un bombeo potente y constante.

Marcela se entregó por completo. Cada golpe de cadera de Luis la empujaba contra la mesa, haciéndola crujir. Los gemidos no podían contenerse, salían de su boca de forma incontrolable. —Aaaah… aaaah… aaaah… Qué rico me coges, Luis… aaaah… ¡Me llenas toda! —gemía fuerte, con los ojos cerrados, perdida en la vorágine de placer que la consumía.

Luis jadeaba, excitado por el sonido de sus gemidos y la sensación de su cuerpo respondiendo al suyo. Sin dejar de bombearla sin parar, deslizó una mano por su costado hasta encontrar sus pechos, que se balanceaban con cada embestida. Los estrujó, acarició los pezones duros, pellizcándolos, mientras su ritmo se volvía más salvaje.

Marcela, con los pantalones y el panty todavía atrapados en sus tobillos, se mantenía de puntas sobre los tacones, inclinada apoyada en la mesa, equilibrándose y recibiendo las embestidas finales de Luis. El sonido de sus cuerpos chocando, mezclado con sus jadeos y los gemidos de ella, llenaba la bodega.

—¡Aaaah… aaaah… ¡qué rico, Luis, me voy a correr! —gemía ella, sintiendo cómo el orgasmo se construía en su interior, una ola imparable que crecía y crecía con cada golpe profundo.

El ritmo de Luis se volvió frenético. Marcela sintió cómo el control se le escapaba, cómo la presión en su interior se convertía en un torrente a punto de estallar. Con una última embestida profunda que la hizo ver estrellas, el orgasmo la golpeó con la fuerza de una ola.

Un gemido prolongado escapó de su garganta, un sonido puro que vibró en el pequeño espacio de la bodega. —Aaah… aaah… ¡aaaaah! —gritó mientras su cuerpo entero se contraía en espasmos. Sus piernas temblaron y una ola de calor intenso recorrió cada fibra de su ser mientras se corría sobre la verga dura de Luis.

Sentir la contracción violenta del sexo de Marcela fue todo lo que Luis necesitó. Bombeó un par de veces más, con fuerza, y entonces su propio cuerpo se tensó. Un gruñido profundo salió de su pecho mientras eyaculaba, disparando toda su leche caliente y espesa dentro de ella, llenándola por completo. Se mantuvo clavado en su interior, vaciándose, hasta que el último temblor lo recorrió.

Ambos quedaron inmóviles, jadeando, apoyados sobre la mesa, escuchando solo el eco de sus respiraciones agitadas y la lluvia que seguía cayendo afuera. Luis se inclinó, apoyando su peso sobre la espalda de Marcela, y le susurró al oído con la voz ronca y tierna: —Qué hermosa eres… No sabes cuánto te he deseado… cuánto quería hacerte mía…

Marcela, con los ojos aún cerrados, solo pudo emitir un murmullo de satisfacción. Él la tomó por el hombro y la giró suavemente para mirarla. Sus rostros estaban a centímetros de distancia, Se dieron un beso húmedo y profundo, un beso que no hablaba de lujuria, sino de la intimidad que acababan de forjar.

Luis se incorporó lentamente, su cuerpo aun temblando. Se abrochó el pantalón, se arregló la camisa y corrió una mano por el pelo, despeinado. Marcela lo imitó, se subió el pantalón y el panty, se cubrió los senos y abrochó su blusa con dedos torpes.

Se miraron una última vez, una complicidad silenciosa flotando entre ellos, antes de que ella se girara y saliera de la bodega con pasos un poco inseguros, dirigiéndose hacia el baño para arreglarse y mirarse en el espejo, tratando de reconocer a la chica que sonreía allí, con los ojos brillantes y el cuerpo aun vibrando.

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