Mi tía y el sacerdote (2)

Yo estaba paralizado en la puerta entreabierta de la sacristía, con el corazón latiéndome a mil. Lo que veía no era un sueño ni una alucinación inducida por mis noches de insomnio: mi tía susana, la devota intachable, arrodillada ante el padre Luis chupándole la verga como toda una profesional.

El sacerdote tenía la sotana levantada hasta la cintura, el hábito negro arrugado en sus manos como si fuera un trapo cualquiera. Su polla, gruesa y venosa, entraba y salía de la boca de susana con una lentitud casi ceremonial. Ella mantenía los ojos cerrados, como si estuviera en plena oración. Las mejillas se le hundían cada vez que lo tragaba hasta la base, y un leve sonido húmedo, casi reverente, llenaba la habitación: el roce de sus labios resbaladizos, el leve gemido ahogado que escapaba cuando la punta le rozaba la garganta.

Pero lo que más me gustaba era su culo. Ese culo alto, redondo, perfecto que siempre me había obsesionado bajo los vestidos recatados de los domingos. Ahora estaba alzado hacia mí, expuesto sin pudor, porque el vestido se le había subido hasta la cintura y la falda interior estaba hecha un nudo alrededor de sus caderas. Las nalgas blancas se tensaban y relajaban con cada movimiento de su boca, como si el acto de mamar fuera una danza que involucraba todo su cuerpo.

El padre Luis respiraba agitado. Una de sus manos grandes se enredaba en el cabello castaño de susana. La guiaba despacio, hacia adelante y hacia atrás, como si le estuviera enseñando a rezar con la boca. “así, hija… así se expía… toma todo lo que el señor te da”, murmuraba con voz ronca, casi paternal, mientras su otra mano acariciaba la mejilla de ella con ternura

De pronto, susana soltó un gemido ronco que vibró en la polla del padre Luis. Él se tensó, gruñó y empujó una última vez, profundo, hasta el fondo de su garganta.

Ella intentó tragarlo todo: labios sellados, mejillas hinchadas, succionando con hambre desesperada. Pero fue imposible. El semen salió a chorros violentos, espeso y caliente.

El primer chorro le llenó la boca. El segundo le salpicó la cara: un grueso hilo blanco cruzó su mejilla, pegándose al pómulo y goteando hasta la barbilla. El tercero y el cuarto cayeron directo sobre sus tetas: salpicaduras calientes cubrieron los pezones endurecidos, resbalando entre ellas en líneas brillantes y pegajosas.

Susana jadeó, con la boca abierta, el semen todavía cayendo en gotas lentas desde su barbilla hasta sus muslos. Su rostro angelical ahora era una máscara profanada: blanco espeso en la nariz, en los labios, en las pestañas. Sus pechos brillaban, cubiertos, goteando sobre la piel temblorosa.

El padre Luis la miró con ojos oscuros, la mano aún en su pelo, y murmuró:

—traga lo que puedas, hija… es tu penitencia.

Yo, escondido, ardía. Mi polla dolía tanto que casi me corro solo de mirar esa cara santa llena de semen.

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