Justo cuando el sueño empezaba a vencerme, vibró el teléfono. Era Augusto.
—Hola bella dama, ¿estás?
—Hola, sí. ¿Qué pasó?
—No nada, quería saber si estabas libre esta noche. El bar está abierto y hay buena gente, si querés bajar y platicamos un rato.
—Perdón, estoy cansadísima, tuve un día largo.
—¿Te acompaño ahí? Doy buenos masajes…
—No, no, gracias. Acordate que tenés esposa, jajaja.
—Solo dije masajes… ¿qué pensaste vos?
—Jajaja nada, pero no estoy para visitas sola.
—Daleee… igual quería hablar con vos porque me caíste muy bien y, además, quería contarte que me voy a divorciar. Mi esposa me llamó anoche y me dijo que era lo mejor.
—Uuh, lo lamento mucho. ¿Estás bien?
—Sí, obvio que estoy triste, pero bueno… ahora quiero olvidar un poco todo esto.
—Espero que lo logres. Bueno, me voy a dormir. ¡Buenas noches!
—Que descanses, preciosa.
Colgué y me quedé mirando el techo en la penumbra. Sabía perfectamente que ya tenía otras intenciones; lo notaba en ese tono de voz bajo, en la forma en que alargaba las palabras, en esa oferta de “masajes” que no era inocente. Pero yo también había pensado en esas situaciones: en sus manos grandes sobre mi espalda, bajando despacio, en su aliento en mi nuca mientras me quitaba la poca ropa que llevaba.
Por ahora no me interesaba cruzar esa línea… o eso me repetía. Aunque ahora sabía que él iba a insistir más, a provocarme con más ganas. Los hombres como Augusto, perros viejos, olfatean el deseo a kilómetros. Y él sabía —porque lo sentía en mi risa, en mis respuestas, en el silencio que a veces dejaba— que yo estaba caliente, vulnerable, con la carne palpitando y la cabeza llena de dudas. Sabía que, con un poco más de presión, yo podía caer.
Me di vuelta en la cama, apreté las piernas buscando alivio y cerré los ojos. Mañana sería otro día…
No los quiero aburrir con más detalles de la rutina de chicas, pero la verdad es que la pasé increíble esos días: spa con masajes que me dejaban la piel temblando de relax, clases de yoga al aire libre donde el sudor resbalaba por mis curvas, gym con vistas al mar que me ponían el cuerpo firme y brillante. Todo era perfecto, salvo ese vacío que no se iba.
Augusto siguió insistiendo con mensajes sutiles, cada vez más directos: un “buenos días, preciosa” que me aceleraba el pulso, una foto del atardecer desde el bar con un “te extraño aquí conmigo”. Algo en mí seguía rechazando la idea de cruzarlo todo, de caer en esa tentación madura y prohibida que él representaba.
Me repetía que no, que ya había cambiado, que mi marido quizás también… pero las noches en soledad me traicionaban. Los gemidos que llegaban desde las habitaciones de Soledad, Raquel o Mari —intensos, liberados, envidiables— me dejaban con la piel erizada y la mano entre las piernas sin querer. Y mi marido, otra vez: promesas de llamadas calientes que terminaban en “estoy agotado, mañana sí”. Yo esperándolo con la lencería puesta, los pezones duros contra el encaje, la humedad creciendo… y nada. Solo silencio y frustración.
Ya faltaban solo dos días para volver a casa. Aprovechamos para ir a parques temáticos, tiendas lujosas, desayunar en cafés con mesas al sol y smoothies helados que chorreaban por la mano. Reíamos como locas, nos sacábamos fotos sexys en cada rincón, vivíamos como si no existiera un mañana.
Cuando volvimos al hotel, vi el cartel: esa noche había una gran fiesta de cierre de temporada en el salón principal. La última gran noche en Miami. No lo dudamos: salimos las cuatro directo a comprar ropa para despedir las vacaciones como se merecían.
Todas elegimos algo realmente lindo… y muy sexy. Soledad se llevó un vestido negro cortísimo que le marcaba el culo perfecto y un escote que dejaba poco a la imaginación. Raquel optó por un mono rojo fuego con transparencias que mostraban su piel bronceada. Mari eligió un top plateado brillante y una falda alta que dejaba ver sus piernas interminables.
Yo me enamoré de una falda blanca fluida con detalles dorados que se ceñía a mis caderas y se abría apenas con el movimiento, fresca pero provocativa, ideal para el calor infernal que no aflojaba ni de noche. La combiné con un top a juego: corto, escotado, con tiras finas que cruzaban la espalda y dejaban al descubierto mi abdomen tonificado y la curva superior de mis pechos. Al probármelo en el espejo del probador, sentí cómo la tela rozaba mis pezones ya sensibles, cómo la falda se levantaba apenas al girar, insinuando lo que había debajo. Me miré y pensé: esta noche no paso desapercibida. Ni quiero.
Volvimos al hotel cargadas de bolsas, riendo y planeando la previa en la suite: maquillaje intenso, perfume que deja huella, tacones que hacen caminar como si el mundo fuera nuestro. Era nuestra despedida de Miami… y algo en mí sabía que también podía ser la despedida de mi última oportunidad de sentirme deseada, follada como merecía, antes de volver a la rutina que me estaba ahogando.
Me miré una vez más en el espejo mientras me vestía. El top dorado abrazaba mis tetas, la falda blanca se mecía con cada paso. Estaba hermosa.
Al llegar a la fiesta, el salón estaba a reventar: luces bajas, música latina que retumbaba en el pecho, cuerpos moviéndose como olas. Mis amigas y yo nos lanzamos directo a la pista. Esa noche me permití unos tragos con alcohol —no muchos, justo lo suficiente para que el calor subiera por la piel y las inhibiciones se aflojaran—. Bailamos felices, riendo, sudando, con la falda blanca ondeando alrededor de mis muslos y el top dorado pegado a mis pechos por el calor.
Después de un rato, sentí una mano firme en mi cadera. Me giré apenas y era Augusto, su aliento cálido en mi oreja:
—Hola, preciosa.
Le di un beso suave en la mejilla y seguí bailando, ahora apoyada contra él. Mi culo rozaba su entrepierna y ahí estaba: su pene duro, grueso, presionando contra mí a través de la tela. Ese contacto me encendió al instante; un latigazo de placer directo a mi vagina. En ese momento no pensaba en nada más: ni marido, ni hijos, ni promesas. Solo quería disfrutar.
El perreo se intensificó. Se movía increíble para su edad: caderas seguras, manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo por mis costados hasta rozar el borde de mis tetas. Cada roce me calentaba más, mis pezones duros contra el top, la humedad creciendo entre mis piernas.
Al rato no aguanté más el deseo y lo tomé de la mano.
—Vení.
Lo llevé atrás de los baños, a un rincón oscuro donde la música llegaba amortiguada y las sombras nos cubrían. Ahí lo besé con hambre, mientras seguía moviendo las caderas contra él, mis pechos presionándose y frotándose contra su torso.
—No puedo creer que me hagas caso a mí, teniendo tantos hombres jóvenes alrededor —murmuró, apretando mi culo con fuerza.
—Shhh, disfrutá —le susurré, mordiéndole el labio mientras mis movimientos se volvían más obscenos.
—Vamos a tu pieza, nena —dijo, levantándome la falda, sus dedos rozando la piel de mis muslos.
—Vamos a tu casa. En la habitación nos pueden interrumpir mis amigas.
—Lo que desees.
Caminamos rápido hasta su auto en el estacionamiento. Subí al asiento del acompañante, pero él no soltó mis labios ni un segundo. Los vidrios polarizados nos daban privacidad total; la gente pasaba cerca y no veía nada. Sus manos duras, expertas, bajaron de mis tetas —apretándolas, pellizcando mis pezones hasta hacerme gemir— directo a mi vagina. Apartó la tanga con facilidad y empezó a mover los dedos: lento al principio, luego profundo, curvándolos justo donde me volvía loca. Estaba tan mojada que la tela se corrió sola; sus dedos entraban y salían con un sonido húmedo que me avergonzaba y excitaba a partes iguales.
—Vamos rápido… aquí es incómodo —susurré, jadeando en su oído.
—Shh, disfrutá, me dijiste vos —respondió con una sonrisa pícara, y bajó la cabeza para besar mis tetas, chupando un pezón por encima del top mientras sus dedos seguían follándome sin piedad.
No aguantaba más. Mi mano en su pelo, tirando suave, pequeños agarrones de placer.
—Aaah, vamos, nene… quiero todo de ti.
Se incorporó para manejar, pero yo no iba a dejarlo así. Me acomodé como pude, saqué su pene del pantalón: grueso, venoso, durísimo. Me agaché y empecé a chupárselo despacio, saboreando la punta, luego metiéndomela entera hasta la garganta.
—Espero no esté incómodo, nene —dije mirándolo con picardía antes de volver a succionar.
—Ooh, nena, para nada —gimió él, arrancando el auto con cuidado.
Me puse en cuatro sobre el asiento, la falda subida hasta la cintura, el culo expuesto. Mientras conducía despacio por las calles iluminadas de Miami, su mano libre me acariciaba las nalgas, separándolas, rozando mi ano, volviendo a mi vagina empapada. Yo seguí chupando, lamiendo, tragándome su polla con avidez, sintiendo cómo palpitaba en mi boca. El auto olía a sexo, a deseo contenido que por fin explotaba.
Sabía que íbamos a su casa, y que esta noche me iba a follar como hacía años nadie lo hacía: duro, profundo, sin prisa. Y yo lo necesitaba. Lo deseaba con cada fibra de mi cuerpo traicionero y ardiente.
Llegamos a su casa casi sin aliento. Augusto vivía en un condo moderno a pocas calles del hotel: entrada privada, luces tenues que se encendieron solas al abrir la puerta. Apenas cerró, me empujó suavemente contra la pared del pasillo y me besó con urgencia, sus manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo hasta apretar mis pechos por encima del top dorado.
Yo tomé el control de inmediato. Lo aparté un poco, sonriendo con esa mirada felina que sé que vuelve locos a los hombres, y empecé a moverme despacio frente a él, como si todavía estuviéramos en la pista. Mis caderas ondulaban al ritmo de una música imaginaria, la falda blanca subiéndose con cada giro hasta dejar ver la tanga negra debajo.
—Mirame —le ordené en voz baja mientras me quitaba el top con lentitud, dejando que mis tetas grandes y firmes rebotaran libres. Los pezones ya estaban duros, rosados, pidiendo atención.
Augusto se quedó parado, respirando pesado, los ojos clavados en mí.
—Dios, Julieta… sos perfecta.
Seguí bailando, ahora solo con la falda y la tanga. Me acerqué, le desabroché la camisa botón por botón, besando su pecho, su cuello, mordisqueando apenas. Luego bajé al pantalón: lo desabroché, lo bajé junto con el bóxer y su polla saltó dura, gruesa, palpitando. Me arrodillé despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos, y empecé a chupársela con calma: primero la punta, lamiendo el líquido preseminal, luego metiéndomela entera hasta el fondo de mi garganta. Él gimió fuerte, una mano en mi pelo rubio sin tirar, solo acompañando.
Después me incorporé un poco, puse su polla entre mis tetas y empecé a moverme arriba y abajo, apretándolas con mis manos para que la sintiera envuelta en carne suave y caliente.
—Así… ¿te gusta? —susurré, viendo cómo sus ojos se perdían en el espectáculo.
—Mucho… no pares, por favor.
Lo hice un rato más, hasta que lo sentí al borde. Entonces me paré, dejé caer la falda al piso y quedé solo en tanga y tacos. Lo llevé de la mano hasta el sofá amplio del living, lo empujé para que se sentara y me subí a horcajadas sobre él, pero sin dejarlo entrar todavía. Solo rozaba mi vagina húmeda contra su polla, adelante y atrás, torturándolo.
—Ahora vos —dije con voz ronca.
Augusto entendió perfecto. Me levantó con facilidad (fuerte para su edad) y me recostó en el sofá. Me quitó la tanga despacio, separó mis piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua fue directa al clítoris: círculos lentos, luego rápidos, chupando suave, luego más fuerte. Dos dedos entraron sin esfuerzo porque ya estaba empapada, curvándose justo en ese punto que me hace arquear la espalda.
—Ay, sí… ahí… no pares —gemí, agarrándole el pelo con las dos manos, empujándolo más contra mí.
Me hizo correr dos veces con la boca: la primera rápido, la segunda más lento y profundo, hasta que temblé entera y grité su nombre.
Cuando me recuperé, lo miré con ojos de leona hambrienta.
—Ahora te toca a vos sentirme.
Lo empujé al piso, sobre la alfombra suave, y me subí encima. Tomé su polla con la mano, la acomodé en mi entrada y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba por completo. Los dos gemimos al unísono.
Empecé a moverme: primero lento, círculos con la cadera, luego arriba y abajo con fuerza. Mis tetas rebotaban con cada embestida, él las agarraba, pellizcaba los pezones, me miraba como si no pudiera creer lo que estaba viviendo.
—Sos increíble… tan apretada, tan caliente —jadeaba.
—Y vos tan duro… me encanta sentirte así dentro —respondí, acelerando el ritmo.
Cambiamos varias veces porque ninguno quería que terminara rápido. Me puso en cuatro sobre el sofá: entró desde atrás profundo, agarrándome las caderas, golpeando justo donde más me gusta. Yo empujaba hacia atrás, pidiéndole más.
—Más fuerte… sí, así…
Después me cargó hasta la cama, me puso boca arriba y me folló misionero, lento y profundo, besándome todo el tiempo, chupándome las tetas mientras entraba y salía. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le susurraba al oído cuánto me gustaba.
En un momento me subí otra vez encima, ahora de espaldas: quería que viera mi culo grande rebotando mientras lo cabalgaba. Él lo agarraba con las dos manos, separaba las nalgas, metía un dedo húmedo en mi ano mientras yo subía y bajaba sin piedad.
—Julieta… no aguanto más —gimió al fin.
—Yo tampoco… venite conmigo.
Aceleré, apretándolo con mis paredes, y los dos explotamos casi al mismo tiempo: él llenándome con chorros calientes y yo corriéndome tan fuerte que vi estrellas, temblando encima de él.
Nos quedamos así un rato largo, yo encima, él todavía dentro, acariciándome la espalda, besándome el cuello. Después repetimos: una segunda ronda más lenta en la cama, él lamiéndome otra vez hasta hacerme gritar, yo chupándosela hasta que se vino en mi boca y lo tragué todo mirándolo fijo.
Duró horas. Nos duchamos juntos entre caricias, volvimos a la cama y seguimos hasta que el cuerpo no dio más. Me dormí abrazada a él, con su mano en mi teta y su respiración calma en mi nuca, sabiendo que había sido la follada más intensa y completa que había tenido en años.
Y sí, yo siempre tuve el control. Porque esa noche era mía. Y él lo supo desde el primer segundo.
Al otro día desayunamos en su cocina, con el sol entrando a pleno y el aroma a café fresco. Hablamos poco, solo miradas cómplices y sonrisas que decían todo. Me sentía satisfecha, poderosa, con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. Cuando me llevó de vuelta al hotel en su auto, intentó besarme al detenerse frente a la entrada. Lo aparté suave pero firme, con una sonrisa traviesa.
—No te equivoques, Augusto… solo fuiste una presa más.
Le guiñé el ojo, saqué la tanga negra que llevaba en el bolso y se la dejé en la mano como recuerdo. Él rio bajito, sorprendido, y yo bajé del auto contoneándome, sabiendo que me miraba el culo hasta que desaparecí en el lobby.
Al llegar a la suite, eliminé y bloqueé su número sin dudar. Me duché largo, dejando que el agua se llevara el perfume de su piel y cualquier rastro de duda. Mis amigas ya estaban despiertas; les conté lo justo, entre risas y gritos de aprobación, y pasamos el resto del día relajadas, disfrutando las últimas horas en Miami. Al día siguiente partimos.
Al llegar a Argentina, mis niños corrieron a mis brazos en el aeropuerto, y mi marido me abrazó fuerte, con esa mirada que por un momento me hizo sentir que todo podía volver a ser como antes. Con el tiempo intentamos mejorar: más charlas, más intentos de reconectar, más noches en que fingíamos que la chispa seguía ahí. Pero después de unos años era notorio lo cansados que estábamos de la relación, de la rutina que nos había comido vivos.
Una noche, antes de tirar todo por la borda con gritos y reproches, hablamos de verdad. Calmados, como adultos. Él me confesó que me había sido infiel, que habían sido un par de veces. Yo también confesé lo mío. Y en vez de explotar, nos reímos… como dos chicos pillados en una travesura. Reímos por lo absurdo, por lo humano que éramos los dos, por no haber sabido parar a tiempo.
Al detallar una de mis aventuras —sin nombres, solo sensaciones—, él me miró distinto, me besó con hambre contenida y terminamos haciendo el amor una última vez: apasionado, hermoso, sin culpas ni apuro. Fue un cierre perfecto, intenso, como si nos despidiéramos agradeciéndonos todo lo bueno que sí habíamos tenido.
Los dos cometimos errores. No supimos terminar cuando correspondía. Pero nada nos iba a quitar la oportunidad de ser buenos padres, y eso lo agradecimos siempre. Firmamos los acuerdos en paz, cada uno siguió su camino, y lo único que nos unió desde entonces fueron nuestros hijos: lo más valioso de todo.
Al cabo de unos años, mi vida giró solo alrededor de ellos. Me preocupé por sus risas, sus estudios, sus abrazos. No me interesó nadie más en serio. Obvio, soy una leona: tuve mis momentos calientes, encuentros rápidos, noches de placer puro… pero nada memorable como para contarles aquí.
Hace más o menos un año descubrí el mundo de los relatos eróticos. Me encantó: historias bien contadas, vivencias reales, parecidas a la mía. Un día apareció uno de Alma Carrizo y sentí que era mi vida reflejada en sus palabras. Tomé coraje, le mandé mensaje. Ella me respondió, empezamos a charlar y nació una linda amistad. Nos conocimos en persona, y ella me animó a contar mis vivencias.
Alma lo hacía para soltar un peso enorme que había cargado; yo no viví nada trágico, pero sí me sentía sucia, asquerosa por lo que había hecho. Y ojo: no quiero restarle culpa. Engañar estuvo mal y está mal. Punto. Pero aquí encontré personas dispuestas a escuchar sin juzgar, a entender que todos somos humanos, con deseos y errores.
Agradezco especialmente a mis seguidores, con quienes tuve más diálogo: fueron amables, respetuosos, me hicieron sentir acompañada. Y agradezco públicamente a Alma Carrizo, que me inspiró y gracias a ella mis vivencias salieron a la luz.
Bueno, no quiero seguir aburriéndolos. Muchas gracias a todos por leer hasta acá. No tengo más nada que contar; mis historias terminaron. Pero si les gustó mi forma de relatar, quizás en el futuro invente algunos relatos nuevos.
A los que me insultan o dejan comentarios groseros: ya no me leerán más. Felicidades.
A los seguidores amorosos que tuve: mil gracias por ser tan buena onda. Espero que mis relatos les hayan traído un poco de excitación, pero sobre todo entretenimiento en este mundo cada vez más complicado.
¡Muchas gracias y adiós!
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