Autor: admin

  • Masaje

    Masaje

    Te habían hablado muy bien del masajista con el que tenías cita, tus amigas, que te lo recomendaron decían que sus manos eran un prodigio de la naturaleza, tenías debido al estrés, contracturas musculares en la espalda, aparte que estabas pasando un periodo de sequía sexual que te tenía irritable y nerviosa. Tus amigas cuando te recomendaron el fisio alababan su capacidad pero también lo buenorro que estaba y lo cachondas que se ponían fantaseando mientras las masajeaba.

    – eso, eso es lo que necesito, un buen polvo, decías bromeando.

    – creo que le voy a pedir una cita, a ver si por un lado me relaja y por otro me desatranca.

    El masajista buenorro también, con un suplemento a su tarifa trabajaba a domicilio y a ti te dio morbo la idea que viniera a tu casa, esa tarde, antes de su llegada te duchaste con esmero para quedar, relimpia, oliendo a gloria bendita, sin duda querías estar impecable y deseable, y de pensar en ello, mientras te duchabas te hiciste un pajote, que solo te relajó un momento porque ya no hubo manera de apaciguar tu coño caliente y húmedo.

    Para la ocasión, te pusiste tú mejor conjunto de lencería, un tanga y sostén de encaje rojo y una minibata de seda que quedaba al límite de tus hermosos muslos y que apenas cubría tus exuberantes tetas.

    Suena el timbre, es él, puntual…

    Me recibe una preciosa sonrisa erótica y sensual, de tal modo que tardé un momento en percatarme que su sonrisa hacía juego con el resto de su cuerpo, voluptuoso, con curvas de infarto, vestida o semivestida con la intención clara de atraer al macho.

    -Buenas tardes, ¿Alicia?

    -Si, encantada.

    Alicia se abalanza sobre mi cara y nos damos dos besos, ¡ummm que bien huele!

    -¿Donde instalo la camilla?

    – Si aquí en la sala

    Mientras monto la camilla ella está tras de mí y siento que me observa y no puedo evitar pensar en guarradas.

    -Bueno ya está, me salgo un momento, te quitas toda la ropa y te tumbas boca abajo…

    Bufff como me gusta el cabrón este, ha salido pero se que me está espiando, voy a montarle un pequeño espectáculo…

    Joderrr, creo que la so guarrona se ha dado cuenta que la estoy mirando, ¡Que manera de dejar caer la batita y quitarse el sujetador, ¡Dios que hermosura de cuerpo! ¡Que tetazas!…

    -Ya estoy

    Me tumbo en la camilla pero me dejo puesta la tanga.

    -Bien te dije que te quitaras toda la ropa, sería una pena que te estropeara una prenda tan linda con mis potingues, pero no importa si no quieres.

    – Ah no, ahora mismo me lo quito

    – No quédate tumbada, ya te lo quito yo

    Bufff eso no me lo esperaba, con delicadeza me agarra el tanga, el primer contacto de sus dedos hace subir mi temperatura, ya de por sí alta,

    -Ahueca un poquito,

    Subo exageradamente el culo y me contoneo un poquito. Noto sus dedos como se deslizan por mis nalgas y mis muslos, nadie me había encendido tanto quitándome las bragas…

    Joder con la pava, cada movimiento suyo se ve que pide guerra, está caliente y yo estoy que echo chispas. Bueno a ver, que soy un profesional.

    -Bien veo que tienes contracturada la espalda, te quitaré las tensiones en cuello, espalda y lumbares.

    Sus manos son prodigiosas, con manoseos, cacheteos y la presión de sus dedos me deja como una malva, pero también cachonda pérdida, luego se pone con mis pies y mis piernas, ¡que gusto, por Dios!, pero el muy cabrón sube tanto sus manos por mis muslos que rozan ligeramente mi chumino unas cuantas veces, se me escapa algún gemido y me tiene tan cachonda que me corro, procuro disimularlo y le oigo decir que me de la vuelta…

    -Alicia date la vuelta, que te tengo que trabajar por delante, si quieres te doy una toalla para que te tapes.

    -Ah no, no hay problema

    Joder, pensaba, intentaré terminar el masaje, pero inevitablemente me la voy a follar. Se da la vuelta, madre mía, el volcán de La Palma en plena erupción, cuerpazo de infarto, tetas grandes y firmes y pezones duros y tiesos, Bach y el chocho depilado brilla por su humedad, abierto y sonrosado. Comienzo por sus hombros y cuello para continuar por las costillas que las alivio de contracciones a la vez que mis brazos rozan sus pezones y la escucho un gemido de puro gustito…

    ¡Quijoputa! solo con el roce de su piel en mis pezones ha hecho que me vuelva a correr…

    Continuo con su tripa y su pelvis, continúan los gemidos, también jadeos, ya no disimula, por fin trabajo sus piernas, mis manos por fin tocan y manosean ese chocho caliente y húmedo sin vergüenza ninguna, me abalanzó a comerme sus tetas que mamo con fruición y glotonería…

    Ahhh, por fin se ha lanzado, el muy cabrón me estaba torturando, joder como mama va a hacer que me vuelva a correr, me da una tregua mientras se quita la ropa, se queda en gayumbos y se acerca a mi que continuó boca arriba en la camilla, se quita los calzones delante de mi cara viendo como su enorme polla salta como un resorte al verse liberada, no aguanto mas y me la llevo a la boca, ummm que rica…

    Joder como chupa la tía, como no la saque me voy a correr, se la quito de la boca, me unto las manos de aceite y la unto la entrada de su ojete, no espero y la incrusto mi polla, entra bien y ella gime con desespero, ahueco un poco y le meto dos dedos en el chumino, noto como se corre pero sigo el metesaca presionando las paredes de su vulva y su ano, que provoca que, en medio de alaridos y gemidos, se corra eyaculando como si fuera un volcán en erupción sobre mi tripa y yo ante tal explosión de gozo, no aguanto más y me corro en su culo.

    Unos minutos después:

    -Que te debo?

    -Si me compras un bono de diez, la primera sesión es cortesía de la casa.

    Fin.

  • La promiscua (2)

    La promiscua (2)

    Como ya he comentado en otra ocasión, soy muy promiscua. Una auténtica zorra. Una puta, vamos, hablando mal y pronto. Y no lo puedo remediar. Mi espíritu rebelde y liberal hacen que la monogamia me resulten asfixiante. Sí, ya sé, muchos (y muchas más) dirán aquello de que si no puedo ser fiel para qué tengo pareja. Pues porque las personas tenemos muchas contradicciones. Somos muchas cosas al mismo tiempo. Y en mi caso, estar emparejada con un hombre al que quiero me da una estabilidad necesaria para vivir pero… A veces, necesito poner un poco de sal. Necesito sentir la adrenalina de lo prohibido. Esa que recorre el torrente sanguíneo ante la posibilidad de ser descubierta. Sexo prohibido, secreto. Si nunca lo han probado no saben lo que se pierden.

    A lo largo de mi vida he tenido muchos amantes. Reconozco que cuando decidí parejaeme y ser madre mi espíritu promiscuo se aletargó. Deje de sentir la necesidad de zorrear. Ya he dicho que quiero a mi marido y mucho más a mi hijo. De manera que durante un par de años me sentía plenamente satisfecha a nivel sexual.

    Pero después de un par de años el sexo marital, de sábado noche y cama de matrimonio, comenzó a quedarse corto para mis necesidades de mujer activa. Comencé a masturbarme con más frecuencia. Me hice con juguetes que usaba sin miramientos. Mi marido correspondía a mi apetito pero lo que yo necesitaba era algo diferente. Probar otras pollas. Así que volví a caer en la tentación. Acompañada de mi íntima, y también promiscua, amiga (ya saben aquello de que Dios los los cría y ellos se juntan) le fui infiel a mi marido con un bombero que estaba buenísimo. Él, mi marido, nunca lo supo haciendo bueno aquello de que el cornudo es el último en enterarse. Fue a partir de ahí cuando comencé a retomar mi vida de mujer infiel. Mi amiga Sandra dice que estos son «bombonas de oxigeno» que nos permite seguir inmersas en nuestros matrimonios.

    Dicen que lo más complicado de cualquier cosa es realizarlo la primera vez, después de derribar esa barrera moral ya sabemos de lo que somos capaces. Y eso me sucedió a mi. Después de varios años siendo le fiel a mi marido, una vez lo engañé la primera vez supe que no tendría demasiados cargos de conciencia para hacerlo de nuevo. Y así fue como le volví a poner los cuernos al pobre hombre.

    Aproveché que mi marido llevaba a nuestro hijo al fútbol por primera vez para quedar con mi amiga Sandra y salir a pasar un buen rato. Fue una de esas salidas en las que me encontraba especialmente atractiva y con ganas de guerra. Mi melena negra planchada, mi belleza viciosa y morbosa se acrecentaba con un chaleco negro de cuello alto que realzaba mis maravillosas tetas. Un pantalón vaquero ajustado y unas botas negras. Mi amiga Sandra no pudo reprimir un comentario soez:

    -Pero que puta zorra eres. Tú has salido a follar… jajaja.

    Estuvimos tomando unas cervezas en varios bares y charlando de nuestras vidas. Después decidimos picar algo para rematar con unas copas en una terraza que ese día tenía música en directo. Tras dos rondas, el alcohol había diluido cualquier atisbo de control y nuestra libido se encontraba a flor de piel. Decidimos darles vidilla a unos chicos jóvenes que se nos acercaron. Después de un vistazo rápido ninguno era de nuestro gusto pero los chavales se lo curraban y nos hacían reír. De repente el camarero se acercó a nosotras y nos puso un nueva ronda:

    -Oye, que no te hemos pedido nada.

    -No, os invitan aquellos dos.

    El camarero señaló en dirección a la otra punta de la barra. Allí estaban dos tipos que levantaban sus copas a modo de brindis. Sandra les sonrió y me guiñó un ojo. Eran dos populares tipos de la zona. Jaime, alto, con reminiscencias de su pasado rockabilly, ojos claros y cuerpo trabajado. Rafa, era bajito, algo cabezón pero con fama de estar muy bien dotado. La verdad es que este último era un tío que siempre me habia dado cierto morbo. Era un amigo del grupo de colegas de mi marido. Eso unido a su fama me resultaba excitante.

    Sin más explicaciones y dejando a los chavales que nos rondaban con dos palmos de narices nos marchamos en dirección a los dos tíos que nos invitaban. Con dos besos en las mejillas nos saludamos los cuatros. Ellos venían de hacer una ruta con sus motos y sus atuendos los delataban. Jaime con chupa de cuero y su estética rockabilly parecía sacado de una película. La línea que separa lo original de lo ridículo es muy fina y por muy poco este la traspasaba. Es cierto que su musculado cuerpo rellenaba perfectamente la camiseta ajustada manteniéndolo a este lado de la dignidad.

    Por su parte Rafa, era menos estridente en su vestuario. Con vaquero y sudadera no llamaba la atención por nada especial, a simple vista, pero su fama siempre flotaba a su alrededor. Su paquetón se marcaba de manera provocadora haciendo que fuera imposible no dirigir la mirada, aunque fuera disimuladamente, a su entrepierna. Sandra me había contado que, pese a que no se lo había tirado, conocía historias de su pollón. Al parecer, en una ocasión se fue con una tía a la que no le cabía. Era bastante estrechita y por más que lubricaba su coño no pudo abarcarlo. Y otra leyenda decía que una pareja se desmayaba cuando se la metía hasta el fondo. Todo aquello hacía que mi calentura fuera en aumento y el morbo hiciese estragos en mi cerebro.

    Entre risas los dos tipos nos contaban anécdotas divertidas de sus rutas moteras. Rafa tenía una gracia especial para narrar de manera casi cómica aquellas aventuras de dos machos alfas:

    -¿Tenéis buenas motos? -Pregunté simulando ingenuidad.

    -Este -dijo Jaime señalando a Rafa -tiene una buena… burra…

    La pausa antes de finalizar la frase provocó una risa en los cuatro.

    -Me encantan las buenas… burras… -Repliqué llevando la broma un paso más allá.

    Rafa se acercó a mí hasta pegar su cuerpo al mío. Pude sentir el calor que desprendía y el bulto de su entrepierna contra una de mis nalgas. Mirándole de reojo y con media sonrisa acerqué mi mano y le acaricié el paquete de manera disimulada. Él acercó su boca a mí oído:

    -Cuando quieras te montas en ella…

    Me giré hacia él. En una declaración de intenciones le roce mis tetas por el brazo y le susurré al oído:

    -Muy buena tiene que ser para que yo me monte…

    Rafa me sonrió y brindó con su copa. Sabía perfectamente que acabaría montandome.

    Seguimos riendo y bebiendo durante una media hora más hasta que Rafa me lanzó un órdago:

    -Bueno, ¿te montas en la mía o no?

    Yo le sonreí, luego miré a Sandra, que estaba cogida a la cintura de Jaime, y me guiñó un ojo a modo de visto bueno.

    -Vamos a ver si merece la pena eso que tienes ahí…

    Salimos a la calle. Pese a ser noviembre y haber anochecido, la temperatura era agradable. Rafa me invitó a su ir a su Harley. La verdad es que era una pasada de moto. Y el tipo me daba aún más morbo sobre ella. Me monté de paquete y me agarré al suyo. Rafa aceleró y nos perdimos por una calle. Mi mano seguía apoyada en su entrepierna, de vez en cuando lo apretaba notando como iba creciendo el bulto. El tipo sabía lo que hacía. En un par de minutos estábamos en aparcamiento de una gran nave de su propiedad dentro de un polígono industrial.

    Nos bajamos de la moto y sin darme tiempo a nada me agarró de la cintura para besarme. Por supuesto yo me dejé meter la lengua hasta la garganta. El tío besaba muy bien. Al tiempo acariciaba mi cuerpo, mi culo, mis tetas. Yo correspondía agarrando su paquete. Me sentía muy cachonda. Deseaba agarrarle la polla y descubrir de primera mano cuánta verdad había en las leyendas.

    Rafa empezó a hacer presión sobre mis hombros hacia abajo. Trataba de obligarme a arrodillarme ante él. Eso a mí me puede. Me excita que un tío me someta. Me obligue a hacer lo que él quiera. Me gustan los tíos dominantes. Yo lo entendí y fui arrodillándome. Él me miraba desde arriba, sabiéndose el dueño de la situación. Se quitó el cinturón y desabrochó su pantalón. Bajo un bóxer C&K se marcaba la silueta de un rabo impresionante. Sin dudar lo agarré los las manos para delimitarlo. Lo mordí sobre la prenda y lo noté duro y caliente. Me relamía ante semejante miembro. Por fin, Rafa liberó a la bestia. Ante mí, saltó como un resorte una polla descomunal. Era de película porno. Gruesa, grande, según me dijo después eran 25 centímetro, con las venas muy marcadas:

    -Vaya tranca calzas, cabrón. -Dije con una sonrisilla impaciente.

    La agarré con ambas manos. Sientiendo la dureza de aquella polla de caballo. Colocando una mano sobre la otra hizo un pequeño cálculo con la de mi marido. Y sí, las comparaciones son odiosas. Tiré de la piel hacia atrás y liberé una cabeza gorda, de piel tersa y brillante. De cor amoratado. No pude evitar lamerlo. Luego posé mis labios sobre el capullo co si quisiera besarlo y fui lentamente introduciendomelo. Mi cavidad bucal no era suficiente para deja te trozo de carne. Topaba con mi garganta y aún quedaba más de la mitad fuera.

    No quería defraudar y comencé a mamar lo que pude. Generaba mucha saliva para que entrase con facilidad. Le agarré los huevos, de tamaño considerable también, y comencé a juguetear con ellos al tiempo que mi cabeza iba y venía por el tronco. Rafa suspiraba mientras me miraba emplearme a fondo:

    -Así joder, así. Con esa cara de viciosa tantas que ser una buena comepollas…

    Al tipo no le importó demasiado ser conocido de mi marido. Y a mi esa situación me 3xcitaba sobre manera. También ayudaba aquel pollón increíble que gastaba el motero. En mi vida me había comido muchas pollas. Pero pocas como la de Rafa. Me sentía muy puta. Mi co manaba jugo caliente que manchaba mi tanga. Sin dejar de mirar a los ojos de aquel tipo, le 3wcupí en el capullo antes de continuar mamando:

    -Vaya guarra que eres, joder.

    Cada insulto hacía que mi excitación subiese más. No puedo evitar ser como soy. Una puta zorra con ganas de polla. Y aquel cabrón sabía cómo tratarme. Un tipo que pese a no ser guapo ni estar bueno sabía que todas caerían rendidas ante su pollón. Y ahorra, la que se encontraba arrodillada ante aquel mástil era yo. La puta mujer de un conocido.

    Rafa comenzó a respirar entre cortado. Tensó su cuerpo y anunció que se iba a correr. Yo aceleré el movimiento de cabeza y me agarré a sus piernas haciéndome saber que me lo tragarias:

    -Aaahhhggg… -con un grito anunció que llegaba al orgasmo. -Traga, puta, traga…

    Yo sola me clavé la polla todo lo que pude. Sentí como el capullo escupia copiosos chorros de lefa caliente. Los dos primeros comenzaron a descender por mi garganta y mi esófago. Los dos siguientes no los pude tragar y quedaron almacenados en mi boca antes de comenzar a salirse por la comisura de mis labios. Rafa movía su cadera en un intento de follarme la boca. Casi sin respiración me liberó. Cogí aire y escupí los restos de semen que no pude tragar. Un par de hilillos viscosos corrían por mi barbilla y tú e que recogerlos con los dedos. No dude 3n chuparlos mirando con lascivia al tipo.

    Rafa me invitó a entrar en la nave. Era un garage de motos de importación que era a lo que se dedicaba. Casi a oscuras nos dirigimos a una oficina y nos sentamos en un sofá. El tipo encendió un cigarro y me lo pasó tras darle una calada. Hacía mucho que no fumaba. Desde que me casé pero la situación lo requería. Él se incorporó y estuvo rebuscando en un mueble. Yo di otra calada al cigarro y comencé a acariciarme la entrepierna. Rafa vino con dos copas. Brindamos y bebimos. Nuestras miradas se quedaron enganchadas antes de comernos la boca de nuevo. Como dos adolescentes comenzamos a desnudarnos. Rafa no tenía un buen cuerpo. Bajito, cabezón, poco agraciado y con una incipiente barriguita. Todo se compensa a con un extraño sex appeal y una polla exageradamente grande. En mi caso, tenía dos buenas tetas de aureola marrón claro y pezón gordo que el tipo no dudó en comerme de manera excitante. Succionaba y mordía hasta el límite del dolor mientras con la otra mano buscaba bajo el pantalón la entrada de mi coño.

    Sin saber muy bien como me tenía con el pantalón en los tobillos y sus dedos entrando y saliendo de mi rajita adornada con una estrecha franja de vello negro. El tipo era un magnífico amante. Sin prisas, tomándose el tiempo necesario me llevó a un impresionante orgasmo antes de recorrer mi cuerpo con su lengua desde las tetas hasta el clítoris. De repente me vi tumbada en el sofá de aquella oficina, agarrándome las tetas y entre mis piernas abiertas un tipo comiéndome el coño. Al tiempo que yo me amasaba las tetas y me pellizcaba los pezones, Rafa trillaba mi clítoris con los dientes y metía un par de dedos en la vagina.

    Justo antes de llegar al orgasmo, el tipo paró:

    -¿Qué haces cabrón?

    Sin mediar palabra se tumbó sobre mí y de un golpe de cadera me clavó la polla hasta el fondo. La sensación fue indescriptible. Una especie de dolor agudo se transformó al instante en algo placentero. Era la primera vez que me penetraban tan profundo. Sin respiro, un segundo golpe de cadera para clavarmel hasta los higadillos y fijarme al sofá. Di un grito desgarrador. Rafa comenzó una follada tremenda. Yo intentaba agarrarle con las piernas. Le arañé. Le mordí. Lloraba, reís. Todo al mismo tiempo .ientras aquel conocido de .i marido me partía en dos con sus 25 centímetros de polla.

    Suspiros, gemidos, insultos, gruñidos. No sabía cómo exteriorizar el placer de sentirme totalmente llena. Mi lubricación era más de la habitual, igual que mi excitación. Rafa me estaba echando el polvo de mi vida. Me la dejó clavada tan adentro que casi creo que me rompería:

    -Diosss, -dije con esfuerzo -me la vas a sacar por la boca, cabrón.

    Por un segundo salió de mí y sentí un vacío interior inexplicable. Sin 3sfuerzo me volteó y me colocó a cuatro patas sobre el sofá. Sabiendo lo que se me venía encima, me agarré fuerte y esperé el puntazo. Rafa me sujetó por las caderas y comenzó un mete-saca frenético. Me parecía increíble que alguien pudiera mover la cadera a tal ritmo. Sentía como su capullo llegaba al fondo de mi coño. Casi al útero y aún tenía fuerzas para seguir percutiendo. Yo le alentaba a que me diera más fuerte. A que no dejara de empujar. A qué me partiese en dos con aquel fenómeno de la naturaleza que era su polla. Rafa me estaba empotrando literalmente:

    -Me corro, puta…

    -No te salgas. Córrete dentro, cabrón.

    Con un grito animal, Rafa volvió a eyacular de manera abundante. Esta vez dentro de mi coño. Hacía años que tomaba la píldora con lo que no había riesgo de embarazo. Y semejante corrida no podía desperdiciar. Los últimos puntazos hicieron que la leche comenzará a salir de mi coño y resbalarse por mis muslos. Cuando terminó de correrse salió de mí lnterior y yo caí derrengada. Tenia el coño dolorido. Sentía como si me hubiese movido algo dentro con los pollazos tan profundo.

    Había perdido la noción del tiempo cuando un palmetazo de Rafa contra mi culo me hizo volver en sí:

    -Tenemos que irnos. -Me avisó.

    Como pude me recompuse. Mi melena lucía alborotada. Mi ropa estaba esparcida por el suelo. En silencio abandona.os la oficina y salimos a la calle. Al montarnos en la moto sentí una punzada de dolor en el coño. Y es que el mejor polvo en mis 37 años de vida iban a dejarme dormida la siguiente semana.

    Volvimos al bar donde Sandra y Jaime hacía tiempo que se habían marchado. Pedimos un par de cervezas para celebrar nuestra espectacular sesión de sexo y me llevó a casa. Fui directamente a la ducha. Me lavé a conciencia el coño del que aún salían restos de semen. El tanga estaba totalmente mojado producto de la mezcla de los fluidos de ambos. Los labios estaban enrojecidos de la fricción y al palparme los sentí doloridos. Sobre las doce de la noche, estaba en la cama cuando oí a mi marido y mi hijo que volvían del partido de fútbol. Me hice la dormida para evitar responder a preguntas sobre cómo había ido mi tarde. Aquella noche estuve acariciándome recordando el pollón de Rafa, el colega de mi marido.

  • Mi primera fantasía

    Mi primera fantasía

    A lo largo de mi corta vida en matrimonio, mi esposa y yo hemos tenido fantasías en las que ella me ha dado gusto de hacerlas realidad, así como experiencias no planeadas pero muy placenteras que hemos disfrutado demasiado, una experiencia que quisiera contar paso hace algún tiempo en mi cumpleaños y creo fue la primera vez que realizamos una fantasía, recuerdo que en aquella ocasión mi esposa preparó una cena deliciosa para cuando llegara yo de trabajar y festejamos mi cumpleaños con familiares que ella había invitado para la ocasión.

    Ese día llegue de trabajar ya estaba listo el baño mi esposa ya estaba lista para la cena pude percatarme de que se había puesto ropa especial para la ocasión se puso ropa interior negra con encaje que le hace lucir muy bien su cuerpo se puso una blusa con un escote que le dejaba ver sus pechos hermosos y un pantalón ajustado que dejaba notar muy bien la figura de su cuerpo y la figura de sus glúteos estaba tan sexi que no pude aguantar la tentación de besarle y acariciar sus nalgas y decirle cuanto la amo, justo en ese momento empezaron a llegar nuestros invitados llegaron algunos de mis primos con los que he convivido la mayoría de veces mis primas y sus primas de mi esposa estando ya la mayoría de invitados en seguida pasamos a la mesa y se empezaron a destapar las cervezas y botellas de tequila después de cenar pusimos algo de musica para bailar, seguimos tomando bromeando brindando, ya mas noche se empezaron a retirar nuestros invitados excepto un primo que le gusta tomar y seguir la parranda y pues seguimos tomando bailando disfrutando de la noche, como no había más parejas solo habíamos quedado los tres nos turnamos a mi esposa para bailar en una vez que a mi primo le tocó bailar con mi mujer me percate que el le sonreía y ella le correspondía no le era indiferente no me sorprendió ya que mi esposa es alegre hermosa y esta buenisima y en un momento mientras ellos bailaban yo salí al patio para orinar y no se porque pero me imaginé a mi mujer con mi primo teniendo sexo me excite tanto a tal grado que mi pene al momento tuvo una erección de gran dureza que era imposible ocultar espere a que mi pene se pusiera un poco blando para poder entrar a la sala en eso sale mi esposa y me dice que haces mi amor porque te saliste, le dije a lo que había salido y lo que había imaginado me dijo estás loco mi amor me dio un beso cachondo como si le hubiese gustado la idea y al momento le propuse que se acostará com mi primo que lo hiciera como regalo de cumpleaños, estás seguro, me dijo ella, yo le respondí por supuesto que estoy seguro, ya te había dicho que se me antojaba que otro te cogiera, ella me dijo voy ha ver que puedo hacer por lo mientras vamos a bailar.

    Paso un rato y me sentí mas mareado puse todo a favor de ella para que hiciera realidad mi fantasía puse una musica algo suave apague algunos focos de la casa me senté en el sillón y me hice el dormido.

    En esos momentos pude observar que a mi primo también se le antojaba estar con mi mujer pero no se atrevía hasta que en una canción se pegaron mucho y se besaron las manos de mi primo rápidamente llegaron a las nalgas de mi mujer y su boca empezó a bajar hacia el cuello y ella empezó a desabrochar el cinturón y pantalón de mi primo metió la mano dentro del bóxer acariciaba el miembro de el mientras se besaban, el con miedo de ser descubierto se llevó a mi esposa a una de las habitaciones de la casa, cuando entraron, me levanté silenciosamente me dirigí hacia aquel cuarto hice a un lado la cortina que cubría la puerta únicamente por donde pudiera observar sin ser descubierto, ahí estaban los dos se besaban ardientemente mi primo besaba los pechos de mi mujer y ella acariciaba la parte trasera de su cabellera evidentemente mi mujer disfrutaba el momento tanto como yo, al observar esa escena al escuchar los suspiros que mi mujer que dejaba escapar mi mujer a causa de lo exitada ella estaba, el fue bajando lentamente el pantalón de mi mujer se fueron recostando sobre la cama ella saco un pie de su pantalón para que pudiera ser penetrada el se levanto un momento para quitarse la ropa y ponerse un condón era excitante ver esa escena mi calentura fue aún más en aumento tanto que saque mi pene y me empecé a masturbar pero algo pasó en ese momento el perro de la casa empezó a ladrar tanto que ellos se detuvieron tuve que irme al sillón para no ser descubierto ellos salieron del cuarto pensaban que alguien los podía descubrir pero no había nada fuera de la casa, el volvió a besar a mi mujer, ella le dio la espalda a mi primo replegó su trasero al miembro de mi primo y se movía insitando a seguir con sus deseos el la tomó de la cintura mientras besaba su cuello ella se dejaba llevar por el éxtasis el acariciaba sus senos después fue bajando las manos aflojo el pantalón de ella metió una mano y acariciaba su panocha ella dejaba escapar ligeros gemidos de placer replegaban sus nalgas al miembro de mi primo con más fuerza se volvieron a meter a la habitación los seguí nuevamente sin que se dieran cuenta ellos se besaron candentemente mi mujer rápidamente se quitó la ropa solo quedo en tanga se recostó abriendo las piernas y acariciando su panocha ofreciendocela lista para ser penetrada por él y al momento se le acercó sin perder tiempo hizo aun lado la tanga de mi mujer y al momento le dejó ir su miembro ella gemía cuando entraba y salía se escuchaban los chasquidos que hacían sus cuerpos los suspiros de mi mujer acusaban que estaba disfrutando el momento era algo extremadamente excitante ella tomó el control subió sobre él moviéndose con gran placer dejaba escapar sus gemidos hasta que pude ver como logro un orgasmo terminando su orgasmo ella seguía moviéndose y besándolo le decía ahora sigues tú hasta que lo hizo venirse se quedaron ahí un rato platicando y besándose recordaron que me habían dejado en la sala se vistieron rápidamente me fui rápidamente para el sillón me seguía haciendo el dormido el se tuvo que ir se despidieron se besaron él acarició las nalgas de mi mujer ella se volvía a calentar pero el se tuvo que ir cuando se fue yo me fui para mi cuarto mi mujer se quedó a cerrar cuando mi mujer cerró la puerta se fue directo a la cama conmigo estábamos tan calientes por la experiencia que tuvimos que logramos un orgasmo al instante fue una experiencia que nunca la olvido aun cuando la recuerdo me vuelvo a calentar.

  • Memorias de África (X)

    Memorias de África (X)

    Estos indígenas tenían la costumbre de distribuirse en pequeños grupos durante la vida cotidiana. Descubrí dónde se metían los hombres la mayoría del tiempo, unos pescando, otros cazando. Las chicas en el arroyo cogiendo musgo, hojas de plataneras, hierba fresca y agua. Las mujeres mayores en el poblado limpiando, haciendo fuego o cuidando de los niños y adolescentes. Se distribuían por sexos, pero además dentro de cada grupo de sexos, se separaban luego por edades. Me agradó ver el cuidado y casi hasta el mimo con el que los mayores cuidaban de los más pequeños. Siempre había un mayor más gruñón, pero por lo general eran gente muy afable y paciente. No tenían un concepto de padre o madre al estilo nuestro, todos cuidaban de todos. Entre los jóvenes, por llamarlos de alguna manera ya que soy incapaz de adivinar la edad de nadie por sus rasgos, había como en todo grupo, unos más espabilados que otros. Entre ellos uno con el que tenía una especie de relación de amor y odio. Era aquél que se me acercó el primer día cuando me exhibieron, y tuvo la desfachatez de manosearme. No es que tuviera el mando de la pandilla de veinteañeros, pero sí que parecía algo así como un líder, en ciertos aspectos me recordaba a mi Samsung, mi semental. Les vi en alguna ocasión dar órdenes y dirigirse a los demás con una especie de autoridad, pero también es verdad que vi a muchas adolescentes y a muchas de las chicas, dirigirse a la cabaña de Samsung o a la de ese otro jovenzuelo, sacarlos como un caracol de la concha y obligarlos a follar allí mismo. Ese niñato era simplemente el miembro más espabilado, más activo de la banda que formaba. Si alguna vez me cruzaba con ellos en el bosque, en el río o en la playa, se formaba una fiesta. Se apoderaban de mí y me rodeaban, siempre riéndose, hablando en aquella extraña jerga, los ojos vivarachos. Los primeros días pensé que lo único que buscaban era simplemente jugar conmigo, como si desde su punto de vista o desde su mundo, yo fuera un juguete que les había dejado un Papá Noel aborigen. Yo me esforzaba por caerles en gracia, cantar con ellos, sentarme en sus corros, pero para mí eran una especie de pequeños cretinos. En los primeros días yo todavía solía ir con mis shorts y la camiseta, sin ropa interior pero a salvo de las miradas de aquellos desconocidos.

    Los primeros días de mi llegada a aquél poblado y después de ser usada por los hombres, me preguntaba a menudo como es que las mujeres aceptaban aquello. Por muy incivilizados que fueran, pueden ver que los hombres me cogen, me dan placer, tiempo, su esperma y hasta si me apuran, emociones. ¿les bastaba con eso? Con el paso de los días comprobé que las libertades que ellas se tomaban conmigo, azotes, humillaciones y demás, no eran sólo patrimonio de María José la extranjera recién llegada, se comportaban así también con los hombres, y el caso es que a ellos eso les gustaba. Como dije, en el poblado había dos cabañas más grandes de lo normal, una para las mujeres y otra para los hombres, con la diferencia de que en la de los hombres, sólo entraban los solteros, mientras que a la de las mujeres iban todas, casadas, solteras, amantes, viejas, vírgenes o viudas. Yo supongo que en la cabaña de los hombres uno de los temas de conversación serían las mujeres, pero a pesar de no entender lo que hablaban, casi puedo asegurar que en el “local social de las mujeres”, hablar de hombres poco. Supongo que los celos sólo los pueden sentir los que se sienten inferiores, y tenía la sensación de que aquellas mujeres se tenían en muy alta estima. Las mujeres formaban un grupo compacto, como si estuvieran unidas por algún extraño vínculo. Los hombres eran simplemente otra raza. A medida que me sentía más aceptada por la tribu, empecé a visitar la cabaña de las mujeres más a menudo. Como el resto de mujeres estaban desnudas, yo nada más entrar hacía lo mismo. Siempre que iba a la cabaña de las mujeres Aifon estaba allí con su sonrisa y sus brillantes ojos negros. Había días que se sentaba al borde un enorme camastro que había dentro y tirando de mí me sentaba en sus rodillas con mis piernas abiertas, y no dudaba un segundo en arañarme, pellizcarme, o comerme los pezones. O si le apetecía me tumbaba boca arriba y ella boca abajo colocando su sexo en mi cara y el mío en su boca. Al parecer aquella postura le gustaba mucho. Metía su cara entre mis muslos y me chupaba el clítoris y los labios de la vagina hasta que en el sentido literal de la palabra me devoraba de placer. El ambiente que se respiraba allí era de confianza y cálido. Éramos amantes unas de otras y disfrutábamos juntas. Las mujeres eran cariñosas con las mujeres, se amaban, nos amábamos sin prisas. A veces nos abrazábamos y dejábamos pasar el tiempo. Para mí no era nuevo el calor y la suavidad del cuerpo de otra chica, pero mientras en nuestra civilización eso todavía está restringido, aquellas que en ocasiones yo llamaba salvajes, lo hacía con total naturalidad. Cuando abrazaba a Lila o a Aifon, sentía la dureza de sus pechos contra los míos, o la agudeza de sus pezones y los míos. Sin prisas nuestros cuerpos se sopesaban y estudiaban, las pelvis avanzaban hacia las pelvis, o las espaldas se arqueaban para que las nalgas tocaran las vulvas. Los pubis se acariciaban como dos mejillas cuando das un beso. Sentía la suavidad de los muslos, la redondez de una rodilla, el contacto de unos pies. Mientras apretaba a mi partener por la espalda, otra chica acostada detrás de mí me abrazaba. Sentía el calor de su cuerpo. Aplastaba mis pechos contra una de las espaldas y otros pezones se pegaban a mis omóplatos. Un pubis, una vulva abordaba mis nalgas, mientras que mi vientre se acomodaba en el hueco de la espalda que tenía a mi frente. Me estremecía de placer la sensación de una vulva rozando mis nalgas. Jadeábamos, gozábamos con ese jueguecito y una vez pasado el primer orgasmo, buscábamos otro. Una sobre la otra y al revés, hundía la cara en mi amiga y chupaba su sexo. Nos mareábamos con nuestro sabores y con nuestros líquidos. Creo que las mujeres somos la fuente del mundo. Nos reíamos de nuestros pelos revueltos, de nuestras mejillas sofocadas o de un arañazo en nuestras nalgas.

    Me acuerdo de un día. Ya me habían desnudado, lavado, azotado e incluso follado en aquel banco de madera en mitad del poblacho. Así con mucha dignidad, como cuando te levantas después de haberte caído en plena calle a la vista de todos, fui al rio a bañarme y a alejarme un poco del resto de la gente. Allí estaban todos los jovencitos sentados en coro, hablando y riendo. Me senté en medio de todos ellos de mala gana todo hay que decirlo, pero intenté mostrarme amable. Se acomodaron a mi alrededor, sentados, tumbados y como siempre, empezaron a tocarme el pelo, les fascinaba mi pelo rubio. Mi “amigo” se levantó de donde estaba, se puso de rodillas a mi lado y empezó a quitarme los tres botones que cerraban el cuello de mi camiseta. ”Este niño es gilipollas”, pensé.

    Lo separé de mí con un movimiento suave pero firme de mi brazo, y mientras me volvía a abrochar los botones, se quedó mirándome callado, pero una mirada de sorpresa. Luego con las dos manos cogió el cuello de la camiseta y de un tirón rompió los botones, abriendo el pequeño escote. Aquello me cabreó muchísimo, pero me contuve, no hacía mucho que estaba allí y ya había aprendido con cada vez que me rebelaba, había un correctivo en forma de azotes. De su boca salió una especie de gruñido como los de Samsung, pero no era tal, fue una orden en toda regla a sus compañeros. Se abalanzaron unos pocos contra mí y me quitaron la camiseta a trompicones, me empujaron contra el suelo y me pusieron boca abajo. Intenté revolverme, pero eran más que yo y parecían sacar fuerzas de la nada. Cuando me quise dar cuenta, me habían quitado los shorts y sólo en ese momento pararon. Los que me estaban sujetando por las muñecas y los tobillos me soltaron y aproveché para ponerme de pie. La idea era vestirme, salir de allí y dejar a toda aquella jauría a su aire. Pero claro, tonta de mí, ni camiseta ni shorts… habían sido más rápidos que yo. Así que allí estaba yo desnuda, con las nalgas doloridas de la azotaina anterior, y con mi sexo y mis pechos a la vista de aquella pandilla de gamberros. Me quedé quieta, como paralizada, y uno de ellos aprovechó para tumbarse en el suelo detrás de mí, me empujaron y caí sobre él. Pensé que lo ahogaría o que le haría daño con el golpe, pero al contario, se rio a carcajadas y dijo algo a los demás. Me quedé tumbada boca arriba sobre el cuerpo del muchacho y con sus brazos me hizo una presa, dejando mis brazos inmovilizados, mi cabeza junto a la suya y el cuerpo arqueado. Me separaron las piernas dejando a la vista de todo el grupo mi sexo abierto. Mi “amigo” se arrodilló entre mis muslos y empezó a examinar mi vulva. Deslizó sus dedos hasta las nalgas y el ano, para volver de nuevo a la vulva, y sin mediar palabra la abrió y empezó a lamerme. Con su lengua dio a la primera con mi clítoris y ayudándose con las dos manos separó los labios de mi sexo para estimularlo con uno de sus dedos. Yo estaba contraída y tensa como para poder sentir placer, pero con cada lengüetazo con cada movimiento de sus dedos, mi resistencia fue cayendo hasta terminar por estremecerme. Su compañero acostado debajo de mí me sujetaba con fuerza al principio, pero al notar mi relajación me soltó y con sus manos me apretaba los pechos y pellizcaba mis pezones, para más tarde llegar hasta mis caderas. En aquel grupito de jóvenes habían unas pocas chicas también, que pensaron que de aquella fiesta había que participar y una de ellas se dedicó a chuparme los pezones. El muchacho que estaba debajo de mi llevó su mano hasta mis nalgas, buscó el agujero y me ensartó uno de sus dedos, lo que me sobresaltó, pero no me molestó. Tenía los pezones duros y crecidos, y notaba perfectamente como mi coño se despertaba y se mojaba. Una de las chicas apartó a mi “amigo” y se puso ella entre mis piernas, se puso de rodillas y apoyándose en uno de mis muslos empezó a masturbarme con el dedo y a metérmelo en la vagina suavemente. Mi “amigo” le quitó el taparrabo a la chica, se quitó el suyo y de rodillas rozaba su verga entre los muslos de la chica. Como provocando al chico, arqueó levemente la espalda colocando su culo más a la vista. Mi “amigo” no lo dudó y ensartó su polla en las entrañas de la chica, que cerrando los ojos gimió de placer. Las chicas que no estaban participando de aquel aquelarre, cogieron al resto de chicos y los apartaron, los denudaron y se dedicaron a jugar entre ellos. Mientras, mi “amigo” bombeaba con una fuerza inusitada para lo que suponía un jovenzuelo inexperto. Podía ver el gesto de placer en la cara de aquella chica, sus gemidos, sus pechos bailando a cada embestida, el movimiento de su cuerpo con cada arremetida y sus dedos dentro de mi coño mojado. Dos de los chicos quitaron a la jovencita que estaba entre mis piernas, y flexionándolas me las llevaron hasta el pecho. Mi “amiguito” se acercó y apoyando su vientre contra mi culo me metió su verga en mi coño. Resultaba delicioso sentir entrar su glande dentro de mí, y aquél muchacho me follaba a una velocidad alucinante y su polla iba y venía dentro de mí. No pude reprimir mi orgasmo y casi al instante el muchacho se puso frenético y expulsó un chorro de su semen caliente. El chico que estaba debajo de mi seguía con su dedo metido en mi culo, pero durante toda esa operación se había mantenido quieto. Mi “amigo” seguía empalmado, su verga no se había venido abajo y quitó de un manotazo la mano de compañero de mi culo. Cogió con su mano el pene del muchacho que estaba debajo de mí y lo guio hasta la entrada de mi ano. El chico que estaba debajo de mi introdujo su pene en mi culo con un movimiento bastante hábil, mientras sus manos abrían mi culo. Una, dos, tres, cuatro… Tenía mi culo ocupado mientras mi “amigo” se masturbaba viéndonos. Otro manotazo y sacó el miembro de su compañero de mi ano. Su polla rígida se paseó por la entrada de mi culo y me la hundió. Igual que cuando me estaba follando hacía un instante, sentía su dureza entrando y saliendo de mi culo. Sus compañeros dejaron de sujetarme las piernas, y fue él quien tomó el mando de todo. Sujetando mis piernas por los tobillos, me las abrió en forma de V, cerrando levemente mi ano por lo que las sensaciones fueron aún más placenteras. Casi en seguida empecé a gozar con aquello. Sus embestidas movían todo mi cuerpo, veía mis pechos bailar y no sólo sentía placer en mi culo, sino también en mi coño, el vientre se me contraía con cada bocanada de aire que tomaba y gritaba sin miedo a que nadie pudiera decirme algo. Estaba furiosa, excitada y el corazón ya iba pasado de revoluciones. La polla de aquel jovencito era exquisita. Hubo un segundo orgasmo por ambas partes y sentí su semen caliente dentro de mi culo. Cuando sacó su verga de dentro de mí, la sensación fue de vaciarme, como si me quitaran algo. Estaba totalmente fuera de mí, desatada y gritando le dije:

    -Métela otra vez joder, fóllame de nuevo.

    Evidentemente no me entendió, y mientras jadeaba y de su polla salían las últimas gotas de líquido, se rio y se marchó. El chico que estuvo todo el rato debajo de mí, también se levantó y se fue. Me quedé tumbada mirando el cielo, estaba jadeando. Los veinteañeros de hoy día, al menos los de nuestro mundo tan civilizado y occidental, se preocupan poco de satisfacer a los mayores. Tienen ese egoísmo, pero sin los modales de los adultos. Aquél día unos veinteañeros bribones me habían usado y jodido, chicos y chicas que en otras circunstancias se hubieran ganado como mínimo una bofetada, se habían permitido el lujo de desnudarme, lamerme, chuparme, masturbarme y hasta penetrarme por todas partes. Y en ese momento que, sin quererlo de inicio, había empezado a gozar, a mojarme hasta extremos insospechados, justo en aquél momento que hasta les hubiera suplicado para que siguieran follándome como una perra hasta caer todos rendidos, se fueron dejándome sola. Los llegué a odiar. Mientras me follaban no tuve tiempo de hacerlo, estaba fuera de mí gozando por completo, pero luego les odié. Cuando me refiero a que me abandonaron, me refiero sólo al placer, a mi placer. Les hubiera sido fácil sustituir a mi “amigo”, el siguiente pudo haber seguido follándome, lo hubiera tenido muy fácil conmigo. Pero no. En lugar de eso al rato me levantaron sonriendo, como si yo tuviera que estar contenta porque me habían follado, masturbado y enculado tan bien. Las chicas trajeron agua en un cuenco y me lavaron y me llevaron a una parte cubierta por la espesura fuera del descampado que rodeaba aquel tramo del riachuelo. Tras caminar unos pocos pasos llegamos a otro tramo del riachuelo, donde había una pequeña cascada, un poco más alta que una persona, y cuyas aguas llenaban una especie de piscina formada en la roca. Allí habían dos jóvenes más mayores, de la edad de Aifon o Lila. Le cuchichearon algo al oído al chico, y después de intercambiar una serie de gestos y frases, ordenaron a una de las adolescentes que se sentara en un tronco de un árbol caído. ¿De verdad?, ¿en serio?, ¿de verdad voy a tener la oportunidad de vengarme y darles su merecido?, pensé.

    Pero no, para mi desgracia iba a ser yo la que recibiera el jodido correctivo. La muy zorra se aplicó con ganas, y a pesar de su mano pequeña, al instante se me pusieron las nalgas rojas y doloridas. Lo más gracioso del asunto, es que el joven que ordenó el castigo se empalmó con una rigidez y una contundencia asombrosa. La chica que estaba con él le quitó el taparrabo, y sin importarle nuestra presencia, se agachó y le comió la verga hasta que el chico se corrió entre gemidos y ráfagas de semen. Al menos mi castigadora tuvo la compasión de dejar de pegarme y me masturbó de forma hábil todo, hay que decirlo, tocando mi clítoris, la vulva y metiendo sus dedos en mi coño, lo que me provocó un fuerte orgasmo. Cuando las jóvenes se fueron, los adolescentes me permitieron bañarme en el riachuelo. El agua estaba fresca y eso me repuso. Me acompañaron a un claro junto al cauce donde daba el sol con toda intensidad. La hierba estaba caliente y me tumbé estirada como si estuviera en la playa. Cerré los ojos durante unos minutos.

    Me hubiera gustado poder dormir un rato, pero fue imposible. En lugar de eso me dediqué a observar a mis acompañantes veinteañeros. Aunque no me hace gracia reconozco que aquellos indígenas adolescentes eran guapos y ellas muy atractivas. De adultos los hombres son musculosos, de espalda ancha y piernas musculosas. En cambio, de jóvenes son algo más aniñados, delgados y estilizados. Tanto a ellas como a ellos cuando les daba el sol en el cuerpo, su piel iba de un color caramelo oscuro a un marrón brillante que admito me gustaba. Eran absolutamente libres. Cuando se desnudaban, ellos ayudaban a las chicas a doblar su taparrabo, pero ellos eran más independientes. Me hacía gracia cómo se estudiaban entre ellos, y las risas y la cara de asombro de las chicas al ver como alguno de los chicos aparecía con su verga empalmada. Ellos por su parte, pudiendo estudiar conmigo anatomía y hacer anatomía comparada, no lo hicieron y se pusieron impacientes a medida que iban quitando los taparrabos de las chicas, y aparecían unos redondos y preciosos traseros, o una vulva apretada. Por no hablar de unas tetas perfectamente formadas. Estuve un buen rato mirándoles y tomando el sol. Se estaba verdaderamente bien allí. Las adolescentes y las jóvenes eran las más inventivas. No se cortaban en unirse dos o tres de ellas para asaltar a alguno de los chicos. Yo tenía la sensación a pesar de mis treinta y seis años, de ser como una especie de vieja. Por supuesto sin fundamento porque, aunque los llame adolescentes, lo hago para diferenciarlos de los más mayores, que ya rondaban la treintena como yo. Todo esto dicho con la incertidumbre de no saber sus edades exactas, y especular en base a sus rasgos y cuerpos. Para las chicas parecía que todo les estaba permitido. Contra más sabe uno, más ciego te vuelves, no hay nada como la inocencia. Una de las chicas, a fuerza de manipular y desflorar a uno de sus compañeros, llegó a ponerme en un estado de excitación claro. Con sus gestos, imitaba lo que ella imaginaba que podría ser un estado de excitación mío. Cogía la polla del muchacho, lo masturbaba levemente y pasaba la punta de su lengua por el glande. No pude aguantar la risa viendo con qué interés mamaba aquella polla. Una de sus compañeras, viendo y suponiéndola satisfecha, la apartó y se hizo con la erguida verga e imitó sus gestos. En ocasiones se acostaban cara a cara, pero no se besaban, raramente los vi besarse, salvo a aquellos como Samsung, Aifon o Lila, a los que enseñé lo provocativo, insinuante y lujurioso que puede llegar a ser un beso. Otra cosa que pude comprobar y experimentar, es que la mayoría de los hombres, jóvenes y maduros, tenían la capacidad de mantenerse empalmados durante cierto tiempo, y eran difíciles de cansar. Alguna de las chicas en medio de aquella improvisada bacanal, se puso junto a mí recostada de lado y subiendo una de sus piernas dejando su sexo a la vista de sus compañeros… y mía. Colocándose a su espalda, uno de ellos con la polla en la mano, la guio hasta la entrada de su vagina, y moviendo ella misma las caderas y el cuerpo, introdujo la verga en su sexo. Con ese movimiento constante, consiguió que el muchacho se corriera, mojando con su semen los muslos de la chiquilla. Me di la vuelta y me puse también de lado y atraje a uno de los chicos a mi espalda. Por la sonrisa que puso, entendí que se sentía afortunado, como aquellos tontos clones de la película “La Isla”, que se creían afortunados por ir a un paraíso cuando en realidad los iban a incinerar. Llevé mi mano hacia atrás y cogí su polla. Le masturbé por puro placer. Y cuando noté que la tenía dura y rígida, levanté un poco mi pierna, retrocedí la espalda y coloqué el glande en la entrada de mi sexo. Tiré levemente de él para que entendiera lo que quería, pero no hizo falta, una vez colocado, tiró de su cuerpo hacia atrás y me penetró con fuerza. Estaba mojada y al placer ayudaba yo masajeándome el clítoris. Una vez que estaba distendida y bien mojada, saqué la verga de mi sexo y la coloqué en mi culo. Apretó contra mí y me sentí bien una vez que su verga abrió mi culo y entró con facilidad. Las primeras embestidas se las impedí. Contraje el culo, bajé la pierna para cerrar más el ano y ahogué su polla dentro de mí y entre mis nalgas. Resultó delicioso y excitante sentir como abrazaba aquél miembro. Cuando me ponían de rodillas y me penetraban por el culo, podía sentir, pero en aquella posición era aún más estremecedor notar aquella carne sólida y caliente. Empecé a gozar primero de forma leve, primero pulsaciones, luego con más intensidad. Su mano fue a parar a mi vulva, pero se lo impedí y cogiéndola con fuerza le hice entender que debía dejar su mano y sus dedos flácidos. Yo le guie hasta mi clítoris, yo usé sus dedos para masturbarme, yo llevé su mano a lo largo de los labios de mi sexo, yo controlaba y mandaba. Empecé a gemir con más fuerza. Cerré los ojos y el placer de aquella verga en mi culo y los largos y frágiles dedos en mi coño, desembocaron en un escandaloso orgasmo y en un enorme placer. No dejé que en esa ocasión el muchacho hiciera lo que quisiera, mantuve a mi amante así hasta que yo creí conveniente. De mi boca salieron todo tipo de insultos y mi lenguaje se volvió soez. El muchacho que me penetraba, que se había parado un instante mientras yo me corría con sus dedos en mi sexo, aprovechó para ponerse en marcha de nuevo dentro de mi culo. Avanzaba y retrocedía muy bien, lo justo para que su glande rozara el agujero y lo distendiera, pero sin llegar a salir. Hacía ya rato que yo había perdido el control. Mantuve la mano del chico en mi sexo mientras me corría y solté entre sus dedos todos mis líquidos. Me la ensartó por última vez con un gran espasmo, y mientras se agitaba de placer, derramó todo su ardiente semen dentro de mí. Los dos gritamos al unísono. Dormí tranquila y feliz durante unos minutos.

    La luz del sol, que hasta ese momento me daba un chorro de calor y claridad, se fue velando poco a poco. Ya no tenía nada que hacer allí, Me sentía sola, otra vez esa sensación que en aquellos primeros días no terminaba de dejarme. El atardecer y la consiguiente noche fueron largas y menos agradables. Se celebró una especie de fiesta en honor de vete a saber qué, el cambio de estación, una buena pesca, la construcción de una choza. Se comió y bebió lo que se pudo y más, y se formó una orgía en toda regla. Muchos de los hombres pretendieron disponer de mí, pero aquél día yo había tenido suficiente, sólo quería dormir. Obedecí a los primeros indígenas que vinieron a sacarme de la cabaña para follar allí mismo, o incluso sin llegar a levantarme del camastro, pero mi apatía era tal que fueron desistiendo poco a poco.

  • Nataly y el haitiano (Parte 1)

    Nataly y el haitiano (Parte 1)

    Nota: Todas las personas descriptas aquí tienen 18 años o más y son totalmente ficticias, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

    Me llamo Nataly, una chica de 19 años, con un cuerpo bastante atractivo para los hombres, unos senos que yo considero grandes y un trasero torneado, de piel blanca y con una gran autoestima.

    Omar es un hombre de 48 años, de estatura un poco baja la cuál le ganó el apodo de «Chaparro», es originario de Haití, aunque emigró a México ya varios años atrás, un hombre maduro con un color de piel oscuro, con unos brazos bastante fuertes y unas piernas igual de fuertes.

    Lo conocí por primera vez cuando yo tenía 18, en mi primer viaje a Zipolite, mis amigos organizaron un viaje el cual tenía como destino aquella playa nudista. Al llegar a aquella playa todos mis amigos se desvistieron y corrieron a meterse al mar excepto yo, ya que el oleaje es bastante fuerte en esa playa me daba miedo meterme en él, así que decidí quedarme a tomar el sol, fue ahí cuando vi que un hombre se me quedaba viendo, pero en vez de sentirme acosada me sentí halagada, aquel hombre de tez oscura era Omar. Cómo vi que mis amigos aún no regresaban me arme de valor y fui a hablar con ese hombre, supongo que me atrajo su color de piel, siempre he fantaseado con ser tomada por un hombre negro mucho más grande y fuerte que yo y gracias a los estereotipos del porno de que todos los negros tienen un pene grande mi fantasía se hace más grande, Omar no era tan alto, pero al menos más que yo si, así que me puse de pie y camine hacia él.

    – Hola – dije con una total seguridad en mi misma.

    – Que tal – respondió a mi saludo con un acento, supuse que el era de otro país

    – Estoy intentando encontrar una regadera, ¿sabes si hay por aquí alguna?

    Me di cuenta de que Omar no dejaba de mirar mi busto, no lo hacía evidentemente, pero sus ojos no podían dejar de mirarlo, así que baje la mirada y vi que mis senos habían tenido una gran reacción en él, note en sus shorts un bulto el cuál el no parecía estar apenado porque yo lo viese

    – La verdad no sabría decirte, no estoy mucho tiempo aquí en la playa –

    – Oh, muy bien, entonces… ¿sabes de alguna actividad interesante en estas playas?

    – Pues, se de una, pero no sé si estés interesada – contestó tocando su bulto

    – ¿Ah sí? ¿Cuál? – respondí haciéndome la inocente

    – Pues, si me acompañas puedo hacerte pasar un muy buen rato bonita – dijo con un tono algo pedante

    – ¿Y adonde iríamos? – conteste acercándome a el, intentando tocar su miembro

    – Mi casa no está tan lejos de aquí, si quieres te puedo llevar y que tu veas que tan grande soy o si lo prefieres podemos ir atrás de esas rocas y ver cuánto ruido haces – dijo con un tono pícaro

    Lo que dijo me sonrojo e hizo que me excitara, sentí como un piquetito en mi vagina, y creo que el vio el efecto de sus palabras en mi.

    – Muy bien… ¿deberíamos irnos ahora o esperar? – contesté

    – Bueno, ahora mismo tengo que ir a trabajar, pero terminando podemos hacer lo que tú quieras –

    – Muy bien. Te veré aquí mismo si te parece bien. Oh, casi lo olvido, no te he preguntado tu nombre –

    – Me llamo Omar, bonita, ¿y tú eres? –

    – Nataly – le contesté

    – Nataly… bonito nombre – contesto y se fue a pescar

    Pasaron las horas y finalmente llegó la tarde, en todas esas horas no pensé en nada más que en aquel hombre, me imaginaba en sus brazos con el arriba de mi y yo sumisa a el.

    Mis amigos ya se iban, así que les dije que yo los alcanzaría más tarde, la casa donde nos estábamos quedando no está tan lejos, así que podía llegar caminando.

    Cómo acordamos Omar y yo, nos volvimos a ver en ese mismo lugar donde hablamos, el me llevo en su auto, un coche algo viejo pero funcional a su casa.

    Omar no vivía en una mansión, pero su casa no era fea, tenía todo lo que se necesitaba para vivir cómodamente, incluso tenía una alberca.

    – Así que aquí vives… no está mal

    – Pues no es una casa lujosa, pero tiene todo lo que se necesita, era de un tío mío, el falleció y como nunca tuvo hijos decidió dármela a mi

    – Es bonita

    – Gracias

    – ¿Sabes que me gustaría ver? – dije con un tono algo sensual

    – ¿Que cosa, preciosa?

    – ¿Por qué no vemos que tan cómoda es tu cama? – dije con picardía al mismo tiempo que me acercaba a el

    – Empiezo a creer que no es la primera vez que haces esto – me contestó a la vez que agarraba mi cabello

    – De hecho es la primera vez, aunque no creí llegar tan lejos

    – ¿Eres virgen? – preguntó mientras su mano jugaba con mi cabello

    – Si… – conteste dudosa

    – Entonces… ¿soy el primer hombre en tu vida?

    – Si… – le contesté

    – Eres muy bonita, y con un cuerpo bonito

    Aunque Omar no tenía cara de modelo, no era mal parecido, además no tenía un mal físico.

    – Tú eres bastante guapo, ¿crees que pueda tener un mejor vistazo de ti?

    – Claro

    Me acerque a el, agarré su miembro y note como fue ganando tamaño, el jugaba con mi cabello y cuando tuvo la oportunidad me besó.

    Me besó como un adolescente besa a su primera novia, con esa pasión e intensidad, yo correspondí a su beso y empezamos a desvestirnos, sus besos eran con lengua y bastante babosos, cuando nos empezó a faltar el aire nos despegamos y comenzamos a quitarnos nuestras prendas.

    El me desvistió con bastante facilidad, además de que no era mucha ropa la que traía puesta ya que solo era mi traje de baño y un playera, el se quitó su playera y sus shorts y finalmente ambos quedamos solamente con una prenda la cuál cubría nuestros genitales.

    La verdad estaba muy nerviosa, jamás había hecho esto y mucho menos con un hombre que bien podría ser mi padre, pero aún así seguí con lo mío.

    – Adelante nena, ¿que esperas? – dijo sensualmente

    Me arrodillé y quede frente a su entrepierna, mis manos temblorosas deszlizaron sus shorts y finalmente me tope con ese gran pedazo de carne que anhelaba ver.

    Su pene era negro, grande y con un grosor considerable, en estado flácido juro que media al menos unos 17 cm, sin circuncisión, lo cual lo hacía más excitante para mí, con unos testículos bastante grandes.

    – Wow… – dije con sorpresa

    – ¿Es lo que esperabas? – díjo alardeando

    – Claro que sí – dije sin quitar la mirada de aquel pedazo de morcilla

    – Entonces, ¿Que esperas? Mi pene no se va a lamer solo

    Era como aquellas películas porno, solo que en este caso yo era la actriz, así que sin dudarlo me metí aquel pedazo de carne en la boca.

    Era bastante grueso y conforme fui mamandolo fue haciéndose cada vez más grande, cuando finalmente alcanzó su tamaño máximo sentí algo de miedo, puesto que era más grande de lo que yo creí que sería.

    – ¿Cuánto mide? – pregunté

    – 27 centímetros, nena. 27 cm de puro placer

    Su pene estaba duro como pata de perro envenenado, su glande era de un color violáceo lo cual me excitaba por alguna razón, así que seguí mamandolo, atragantandome con aquel pedazo de carne.

    Me lo metía lo más profundo que podía, el empujaba mi cabeza intentando llegar a lo más profundo de mi garganta. Sus gemidos me hacían ver qué lo estaba haciendo bien y que el lo disfrutaba, así que seguí hasta que el me pidió parar.

    – La chupas como toda una profesional mi amor

    – ¿Te gusta?

    – Me encanta, aunque… me gustaría más ver qué tan profunda eres

    Me detuve, me puse de pie y el me beso de nuevo. He oído que hay hombres a los cuales les da asco que los besen después de que su pareja les ha hecho sexo oral, pero a Omar no parecía importarle. El me llevo a su cama, me tumbó y ansioso abrió mis piernas, me quito el resto de mi traje de baño y vio mi vagina.

    – Rosadita… que rico – expresó mientras la olía

    – ¿Te gusta lo que ves? – le dije

    – Me encanta –

    – Bueno, en ese caso… ¿Que esperas semental? Mi vagina no se va a lamer sola – le dije pícaramente

    El comenzó a hacerme sexo oral, y si que sabía lo que hacía, me hacía retorcerme y gemir como loca, chupaba mi clítoris y lo lamía, lo hacía tan bien que me hizo correrme. Me había masturbado varias veces imaginando esto, pero jamás había llegado a un orgasmo tan potente como el que el me hizo sentir, podía oír como el se tragaba mis jugos y finalmente termino jadeando como perro que había caminado kilómetros.

    El abrió mis piernas y puso su pene en mi vagina, jugaba con el y me torturaba al hacer la intención de meterlo.

    – Mételo mi amor, hazme tuya – dije desesperada

    – ¿Quieres que te haga mía?

    – Si… por favor, quiero sentirte dentro

    – Si eso es lo que quieres… – dijo al mismo tiempo que empezaba a penetrarme

    Los dos jadeabamos y nos besábamos, aunque solamente teníamos un día de conocernos yo sentía como si nos hubiéramos conocido toda la vida.

    El empezó a bombear más fuerte y la penetración comenzo a ser más profunda, tan profunda que su glande tocó mi cuello uterino.

    – ¡Ouch! – exclamé con algo de dolor

    – ¿Ese es tu cervix bebé?

    Por lo que dijo, supuse que no era la primera vez que penetraba a una mujer tan profundo.

    – Si… – dije adolorida

    – ¿Quieres que pare? – dijo con un tono de preocupación

    Por supuesto que no iba a dejar que se detuviera, no después de haberme hecho tocar el cielo.

    – N-No… continúa, por favor – dije rogandole

    – De todas las mujeres con las que he estado, tú eres la primera que no ha querido detenerse después de haberle tocado su cervix

    – ¿Debería sentirme halagada? – le dije con inocencia

    – Eres aguantadora. Me gusta – dijo y después me besó

    Seguimos haciendolo cómo por una hora, o quizás más, la verdad perdí la noción del tiempo, en diferentes posiciones. El me levanto y me empezó a coger en el aire, con mis piernas en sus hombros y mis manos agarrando sus brazos, sus embestidas eran tan duras que en varias ocasiones su pene se salió de mi vagina, haciéndome correr varias veces. Note que el estaba apunto de terminar, así que sacó su pene.

    – Me encanta lo que estamos haciendo, pero… no me gustaría preñarte en la primera cita

    No sé porque, pero la palabra «preñar» siempre me ha parecido excitante

    – Hazlo dentro, por favor – le rogué

    Supongo que por el calor del momento no estaba pensando en las consecuencias que tendría si el acababa adentro, así que por más que le rogué el no lo hizo y eyaculó afuera

    – Lo siento mi amor, pero no quiero embarazarte tan pronto

    Me moleste un poco, pero después el me hizo ver lo que podría pasar si acababa embarazada, me hizo entrar en razón supongo.

    Después de esa jornada de sexo, nos acostamos y acurrucamos, todos sudorosos y cansados.

    – Eso fue genial mi amor – le dije mientras tocaba su pecho

    – Supongo que tus amigos deben de estarse preguntando dónde estás – me dijo

    – Les dije que llegaría tarde

    – ¿Crees en el amor a primera vista, Nataly? – me preguntó con un tono cariñoso y pensativo

    – Si – conteste

    – Bueno, porque… creo que he me he enamorado

    La verdad me sorprendió lo que dijo, ¿Estaba él enamorado de mi? Supongo que sí, la forma en la que me besaba era como alguien besaría a su pareja, pero el y yo no éramos una pareja, éramos dos desconocidos los cuales se acababan de conocer ese mismo día, pero… yo sentía lo mismo por el, así que le dije que yo también creía que me había enamorado.

    El me abrazo y beso tiernamente, y abrazados nos quedamos dormidos.

    Al día siguiente desperté y vi que Omar había hecho el desayuno, comimos y volvimos a tener sexo.

    Después nos bañamos y tristemente había llegado el momento de despedirnos.

    – ¿Te volveré a ver? – me preguntó preocupado

    – Por supuesto que sí – le dije cariñosamente

    Le di mi número de teléfono y nos despedimos con un beso. Esa no iba a ser la última vez que lo vería, no estaba dispuesta a dejar ir a ese hombre, estaba dispuesta a hacer de todo por quedarme a su lado.

  • ¿Fantasía o decepción?

    ¿Fantasía o decepción?

    Desde muy joven sentía curiosidad por cómo sería que un hombre maduro me complaciera, aun cuando era virgen.

    Puedo decir que con el pasar de los años se convirtió en una fantasía porque todas mis experiencias había sido con hombres de mi edad o con solo uno o dos años de diferencia, pero para mi sorpresa recientemente sucedió, no lo tenía planeado ni se me pasaba por la mente que mi tarde terminara de esa manera. Tengo 31 años, soy de contextura delgada, de baja estatura, de cadera ancha y nalgas redondas y paradas mis senos no son muy grandes pero tienen un buen tamaño y están parados con pezones duritos café, con cabello largo negro y piel canela.

    Desde ya hace muchos años trabajo en una multinacional y tengo a cargo actividades administrativas en las que debo contactar con los socios para cumplir con tareas que ellos mismos requieren, por las fiestas decembrinas es común que le envíen detalles, este año uno de los socios me llamo para invitarme a almorzar, no vi nada de extraño en la invitación y la acepté agendando el evento para que no se cruzara con alguna reunión, se llegó el día del almuerzo ya a un día de navidad me arregle el cabello y me maquille de manera natural me puse ropa interior que no hacía juego y ni era sexy solo cómoda use un pantalón negro camisa blanca y blazer blanco me perfume y me dispuse a acudir a la invitación.

    Cuando llegue me esperaba muy alegre y como si fuéramos grandes amigos me dio un abrazo tan fuerte que sentí como presionaba mis senos en su pecho, me pareció rara esa cercanía solo lo había visto un par de veces antes y no me sentía nada cercana a él, pero pensé debe ser muy sociable y expresivo.

    Llegamos al restaurant era muy agradable y elegante me sorprendí porque pensé que sería un lugar más sencillo, mientras verificaron nuestros códigos de vacunación por la pandemia teníamos una agradable charla me hacía preguntas de mi vida y yo le respondía atendió varias llamadas importantes mientras llegaba lo que pedimos al mesero.

    Degustamos los deliciosos platos gourmet mientras charlábamos muy a gusto.

    Cuando terminamos le dijo acompáñame un momento a la oficina y pedimos un Uber para que vuelvas a la oficina, no vi nada extraño y acepté, ya en su oficina se quitó su chaqueta de alta costura y me pregunto si aceptaba acompañarlo con un vino a lo cual dije simplemente bueno; seguimos hablando y tomando un par de copas de vino mientras me seguía preguntando por mis gustos musicales, de ropa, contándome anécdotas de su vida ya el con sus 79 años tenía muchas, así seguimos por una hora aproximadamente hablando y tomando vino, yo ya me sentía algo mareada, de un momento a otro saco un regalo de su escritorio y dijo que con un gran cariño por ser tan servicial y hermosa. Me sonroje y me tomo de la mano para que lo abrazara, en ese momento sentí que él se lanzaba más a tocarme se aproximaba más me hablaba y apoyaba su mano en mi rodilla, no dije nada y seguimos charlando mientras me sobaba la pierna sobre el pantalón, en ese instante se volvió a levantar de la silla y me tomo de las manos para volverme a abrazar, cada vez que me abrazaba apretaba duro su pecho contra mis senos y ahora también le acercaba si entre pierna moviendo la verga contra mi abdomen quede fría cuando sentí que la tenía dura y no me soltaba del abrazo por el contrario le daba besos en las mejillas en la frente hasta que le beso en los labios, yo estaba muda el corazón se me aceleró, no sabía que decir y con voz temblorosa dije está como muy alegre señor y él dijo estoy feliz contigo me gustas, quede con la boca abierta y le respondí pero si solo le ha visto unas pocas veces y dijo pues para que veas.

    Seguía sin soltarme de su abrazo y me seguía dando besos en los labios poquitos solamente pero ya me empezó a tocar, noto mi incomodidad y me dijo solo déjame tocarte y yo seguía como una piedra tensa pero sin emitir una sílaba.

    Sentía como si fuera irreal como si estuviera anestesiada no sé si era por los vinos o por la situación o las dos, muy ágilmente aquel abuelo metió su mano en mi pantalón y cuando me di cuenta ya tenía un dedo en mi conchita yo lejos de sentirme excitada me sentí petrificada pero lo dejaba, me bajo el pantalón y los pantis hasta las rodillas y rápidamente hizo lo mismo con los suyos llevándome al diván de la oficina cuándo le vi la verga oh que sorpresa la tenía parada y gruesa y la verdad de buen tamaño pero yo seguía muy asustada me dijo quítate eso y me deje desnuda de la cintura para bajo mientras el se quitó toda la ropa, su cuerpo estaba lleno de arrugas pero se notaba que aún se esfuerza para mantenerse no tenía nada de barriga pero su piel arrugada es la evidencia que era cerca de los 80, cuando volvió al mueble me dijo quítate eso y quite mi blusa y brasier rápidamente me chupo unos segundos cada pezón me acostó se hizo sobre mi y si nada de juego previo me fue metiendo la verga di un par de pequeños gruñidos porque no estaba lubricada y sentí que me lastimo al metérmela mientras él parecía un perrito excitado moviéndose rápido yo solo decía Dios mío porque me pasa esto a mi, en mis fantasías me imaginaba que un maduro le haría llegar a los orgasmos con la lengua y este abuelo no le hizo nada fue al grano aunque ni le sentía excitada permitía que él me tocara y hasta le penetrara pensaba si lo dejo hacerlo es porque en el fondo no le molesta por lo cual le respondí un beso pero le faltaba pasión, la pasión que me calienta cuando leo los relatos eróticos sobre hombres maduros.

    Sin embargo lo deje que disfrutara cada tanto le volvía a lamer los pezones y seguía metiéndome sus estocadas cuando lo vi más agitado le dije por favor no se venga adentro y entonces lo saco y se fue corriendo al baño para dejar correr el semen, aprovechando para vestirme muy rápido cuando él salió yo ya estaba totalmente vestida y con mi cartera y regalo en la mano.

    Dijo pero porque te vistes y le dije que era hora de irme porque tenía mucho trabajo acumulado.

    Antes de irme le dije que esperaba que lo ocurrido fuera algo entre nosotros su respuesta fue aclarar que es muy resecado.

    Eso pasó ayer y aunque me siento tranquila y ya me pasó el sentimiento de culpabilidad, no sé cómo será mi reacción cuando lo vuelva a ver.

  • Los secretos de la vieja computadora

    Los secretos de la vieja computadora

    Las historias de vida de cada familia son muy diferentes entre sí, en algunos casos pueden haber similitudes en algunos hechos, pero son muy pocos. En algunas familias suelen ser motivos de orgullo para cada miembro, en cambio, en otros casos prefieren dejar en el pasado lo que alguna vez sucedió y que en lo posible nunca nadie saque a la luz ni siquiera en forma de anécdota.

    Cuando me encontraba cursando el último año del colegio ya me había decidido en que iba a ser Ingeniero en Sistemas, ya que me volvía loco cualquier carrera que tenga que ver con la tecnología ya que a medida que pasaban los años todo se iba haciendo más digital.

    Luego de haber terminado un curso de Armado y Reparación de pc, pude arreglar la vieja computadora que teníamos escondida en una pieza vieja de nuestra casa, pero lo que verdaderamente hizo que me decida por estudiar la carrera fue todo lo relacionado con el hacking informático y explotación de sistemas informáticos.

    Me llamo Nahuel y hoy les voy a contar lo poco que pude descubrir luego de haber reparado esa vieja computadora.

    Luego de haber reparado esa computadora, me sentí de una manera especial ya que era la primera vez que reparaba algo fuera del instituto y sin supervisión de un profesor, por dentro mío me felicite a mí mismo, porque pude ver que verdaderamente dio fruto lo que había aprendido en ese curso. Tanta fue mi alegría que me di cuenta que podría usar ese equipo como fuente de futuros experimentos informáticos. No pude aguantarme la emoción y fui a contarle a mi madre lo que había hecho.

    Corrí por todos los lugares de la casa buscándola, al ser mi casa bastante grande no la encontré por ningún lado, hasta que se me ocurrió que podría únicamente estar en el quincho ya que mi padre le había instalado aire acondicionado para los días calurosos o días de frio.

    Cuando me iba acercando hacia el quincho, pude escuchar a mi madre hablar con alguien por teléfono:

    Mamá: no te preocupes pato, ese secreto me lo llevo a la tumba, es más está guardado en una computadora vieja que tenemos, pero que no la ocupamos porque está rota, jaja igual que las dos después de aquellas sesiones de ejercicios que hacíamos jaja, bueno te dejo y te espero el jueves con las chicas en casa para comer y tomar algo como siempre. —corto la llamada justo en el momento que ingresaba al quincho de manera decidida.

    Yo: Hola má, ¡no sabes lo que acabo de hacer! —dije con una emoción en la cara que se notaba a metros

    Mamá: por tu emoción veo que es algo bueno, a ver ya cuéntame que hiciste.

    Yo: bueno, ¿te acuerdas que había empezado hace unos meses atrás un curso de reparación de computadoras? –le dije

    Mamá: pues si me claro que me acuerdo, yo mismo te acompañe a inscribirte, pero ¿a qué viene esto? ¿Acaso pudiste reparar alguna computadora en el colegio?

    Yo: pues si repare una computadora, pero lo mejor es que pude reparar la computadora vieja que teníamos guardado en la habitación de huéspedes. –le dije de manera emocionada nuevamente y sobre todo le di un abrazo

    Pero por lo que pude ver en su mirada se veía sorprendida o como una noticia de la cual no se esperaba, pero sobre todo vi en su expresión como asustada y nerviosa.

    Mamá: ¡vaya no sabía que esa computadora todavía podía servir! Pero, ¿va a funcionar correctamente o puede que ya no funcione más?

    Yo: pues de que va a funcionar es muy seguro, ya que solo tuve que actualizar a un nuevo Windows, pero todos los archivos que estaban en esa computadora van a poder recuperarse, como si nunca paso nada. –le dije como quien hablando de profesional a cliente.

    Un silencio incómodo se presentó por un momento luego de haber dicho esas palabras, pero luego ella nuevamente volvió a preguntar

    Mamá: ¿puedo ver como quedo el arreglo que le hiciste?, hace mucho que no usábamos esa vieja computadora y hay muchas fotos de chicos de vos y tus hermanos y de mi casamiento también, quisiera ver si se encuentran todavía.

    Yo: claro que sí, es más el deje prendida para que puedas ver cómo funciona tranquilamente sin problemas.

    Y luego de haber dicho esto nos dirigimos hacia la habitación donde teníamos guardado la vieja computadora y otras cosas más que solo usábamos en momentos específicos.

    Cuando llegamos la computadora se hallaba todavía con la pantalla encendida, y luego de darle un pequeño repaso y mostrarle que todo funcionaba de manera normal, hasta que conectamos el cable del internet y de una manera inesperada se quedó la pantalla tildada.

    Pero no me hice mucho problema ya que solo hacía falta cambiar unos elementos en su conector y hacer unos ajustes en las configuraciones de conexión desde la computadora. Cuando terminamos de hacer el repaso a la pc, le pregunte a mi madre sobre las fotos de niño mía y mis hermanos.

    Yo: oye má, ¿dónde tienes guardado las imágenes mías de chico?

    Mamá: en la carpeta de imágenes, hay una carpeta en específico que dice Nahuel.

    Me dirigí al acceso directo de la carpeta de imágenes que estaba en el escritorio y luego de ingresar en dicha carpeta, pude constatar que había fácilmente y sin contar como veinte carpeta de imágenes con distintos nombres, en ese momento solo me concentre en buscar la carpeta que tenía contenido de mi niñez. Luego de haberla encontrado y bajo la atenta mirada de mi madre pude encontrarla, cuando la encontré y me dispuse a ingresar, en la pantalla apareció una pequeña pestaña en la cual me pedía que ingresara una contraseña.

    Yo: ¿porque tiene contraseña la carpeta? –le pregunte de manera confusa, en lo cual ella me respondió de manera serena.

    Mamá: pues veras, en un principio no tenia, pero cuando empecé a ver que esta vieja computadora daba signos de que en cualquier momento iba a dejar de funcionar, decidí proteger todos los archivos importantes por las dudas que algún día deje de funcionar, y con la esperanza de que si algún día no anduviera más, todo estaría completamente protegido y sobre todo que pudiera recuperarlas en su totalidad sin ningún problema. Luego de haberle puesto contraseña a dichas carpeta no paso ni un mes y dejo de funcionar hasta día de hoy. Cuando dejó de funcionar me agarro una bronca total, pero tu padre luego me compro una laptop y se me paso la rabia del momento, pero sobre todo me quede tranquila por haber hecho eso ya que quedo todo protegido. Y bueno por lo visto ese día llego gracias a ti y al curso que tomaste ahora voy a poder recuperar y ver nuevamente esas imágenes y traer esos recuerdos nuevamente a mi mente.

    Yo: me alegra que hayas sido precavida con el tema de estos archivos que son únicos por lo visto, ya que tenemos muy pocas fotos físicas, eso quiere decir que si hacías eso o yo me equivocaba en el algo durante el arreglo hoy no íbamos a poder nada de estas fotos, y sobre hubiéramos perdido cualquier recuerdo que teníamos guardado aquí.

    Mamá: exactamente mi bebé, –exclamó… ¡odiaba que me dijera así!…. Pero ya está todo como tiene que ser en su lugar, bueno la contraseña es: MariayJorge150599. —respondió justo cuando ya le estaba por preguntar por la contraseña.

    Escribí la contraseña y luego de darle en ingresar, aparecieron un montón de imágenes desde el momento en que mi madre estaba embarazada de mí, luego de recién nacido, después de mis primeros cumpleaños, de mis primeros días en el jardín y escuela. La verdad que de algunas fotografías no tenía recuerdos, pero luego de verlas me vinieron a la memoria esos momentos vividos.

    Mi mamá luego de ver algunas fotografías no pudo aguantar la emoción y algunas lágrimas de alegría cayeron de sus ojos, y dándome un beso en la mejilla me felicito.

    Mamá: gracias hijo, ansiaba ver hace mucho tiempo estas imágenes, y ahora que nuevamente puedo verlas un tsunami de emociones me trae, hace que sienta como si ayer paso todo eso.

    Luego de haber repasado de manera rápida mi carpeta personal de imágenes, decidí abrir la carpeta de mis hermanos, luego de ingresar la misma contraseña accedí a dichas fotos.

    Empezamos mirar dichas imágenes y eran casi parecidas a la mías, pero algunas eran más graciosas que no pudimos aguantarnos la risa con nuestra madre.

    Pasamos un buen tiempo viendo y riéndonos en de algunas imágenes y en algunas de ella mi madre no pudo aguantar la emoción nuevamente.

    Luego dimos un repaso a las imágenes que contenía la carpeta de su casamiento, la verdad que contenía más imágenes que las que había visto en su álbum físico, la verdad que me sentí de maravilla el poder ver que mi madre que se emocionaba al pasar cada imagen.

    En un momento, mientras seguíamos viendo dichas fotografías, mi madre recibió un llamado, en lo cual al contestar me dejo solo por un momento en la habitación.

    Cuando estaba por ingresar en la carpeta de mis abuelos, ingrese en la carpeta personal de mamá, luego de introducir la contraseña que me había proporcionado mi madre, al ingresar me llamo la atención que no había imágenes a la vista sino cinco carpetas más, y lo que se me hizo más raro fue que al intentar ingresar a cualquiera de esas carpetas y luego de teclear la contraseña que me había dicho mi madre no me dejaba ingresar, me saltaba el mensaje de “Contraseña Incorrecta”, lo cual no hizo más que hacerme pensar que estas carpetas podrían contener archivos muy importantes de su trabajo o que tuviera elementos comprometedores que no quería que viera nadie.

    Estas dos opciones eran las que más rápido trabajaron en mi cabeza, pero de un momento a otro se me vino a la mente lo que había escuchado en la conversación por teléfono con su amiga, me llego a la mente el comentario que salió de su boca, “ese secreto me lo llevo a la tumba”, eso hizo que mi atención y curiosidad por ver que obtenían dichas carpetas se incrementaran como niño en navidad queriendo abrir su regalo de navidad.

    Cuando termino de hablar por teléfono se acercó nuevamente donde estaba yo:

    Mamá: ¿cómo va todo?, ¿pudiste ver las demás imágenes?

    Yo: pues si pude ver algunas imágenes más, pero en algunas carpetas que quise ingresar me decía contraseña incorrecta.

    Mi mamá en ese momento se puso bastante inquieta y nerviosa por lo que había dicho, creo que el contenido de esas carpetas definitivamente no quería que nadie las viera.

    Mamá: Ups, es que son archivos de mi trabajo, que no puedo eliminarlos por más que tengan años que no los use, son un montón de documentos aburridos. —me respondió rápidamente y como quien tratando de salir de la situación lo más rápido posible.

    Yo: ah bueno, si no quiero mirar documentos aburridos. –hice una risa forzada

    Luego de haber mostrado algunas cosas más a mi madre, y quedar por sentado que la computadora podía seguir funcionando perfectamente sin ningún tipo de problema, apague el equipo y le dije que para asegurarme que si llega a dejar de funcionar de manera definitiva, pasaría las imágenes a un cd y luego las pasaría a un pendrive. Para poder tener bien guardadas por cualquier problema.

    Todo esto había pasado un día domingo a la tarde, después de ese no volví a tocar la compu ya que debía prepararme para unos exámenes del colegio.

    Cuando llego el día jueves, me sorprendió que cuando llegaba a casa cerca de las nueve de la noche estuvieran cuatro autos estacionados afuera de casa, pero luego me acorde de la reunión que hace mi madre los jueves con un grupo de amigas del trabajo.

    Siempre se reúne con cinco amigas a comer y tomar algo y de paso a sacarle el cuero a algunos de sus compañeros o jefes.

    Luego de ingresar a casa y saludar en modo general a todas las presentes me dirigí a mi cuarto a descansar por un momento ya que a las once de la noche tenía un partido de futbol cinco. Cuando llego el horario salí de mi cuarto hacia la cancha, pero cuando estaba en la mitad del pasillo me llega un mensaje de que se suspendía el partido, pero no decía el por qué. Así que con mala gana me volví hacia mi cuarto, me di un baño luego de dejar mis cosas y cambiarme, cuando estaba por acostarme, me acorde que debía pegar un pequeño repaso a la carpeta de biología y mañana tenia examen.

    Así que agarre mi carpeta y todo lo que fuese necesario y me dirigí hacia le quincho, ya que a pesar de que mi cuarto estaba alejado de la cocina se podía oír el murmullo de las señoras hablando.

    Antes de salir en dirección al quincho, pase por la cocina y si bien había saludado de modo general a sus amigas del trabajo, me di cuenta que algunas estaban muy buenas a pesar de su edad.

    Yo: mamá, voy para el quincho a estudiar que mañana tengo examen, cualquier cosa que necesites avísame. —le dije en un momento que dejaron hablar

    Mamá: bueno hijo, anda tranquila que si necesito algo te llamo. –soltándome una sonrisa

    Dicho esto me dirigí hacia el quincho, cuando acomode todas mis cosas en su lugar me dispuse a estudiar. Estaba tan concentrado que ni me di cuenta que ya eran las una de la madrugada, y que con el tiempo que había repasado era más que suficiente para poder hacer el examen.

    Cuando salí del quincho me dirigía hacia la casa, y abrí la puerta que conectaba el patio con la cocina, por lo visto ya se habrán ido todas ya que no había nadie y la luz estaba apagada. Decidí abrir la puerta con sumo cuidado de no hacer ruido ya que mi madre podría encontrarse durmiendo en el sofá del living.

    Hice mi mayor esfuerzo y pude abrir sin hacer ningún tipo de ruido, me quite las ojotas y las agarre con la mano y empecé a caminar descalzo, en dirección al pasillo que conectaba todas las piezas y el baño de la casa.

    Cuando en momento escucho a dos personas hablando, me acerco sigilosamente y alcanzo a ver que era mi madre charlando con su amiga Patricia, en un momento veo que Patricia le muestra algo en su celular.

    Patricia: mira boluda la chota que tiene este flaco. –mientras pasaba unas imágenes

    Mamá: hay pato la poronga que tiene el chabón, ¿te andas comiendo eso o solo te paso fotos nada más? –sonriendo de manera picara

    Patricia: ¿quieres sacarte la duda? –y paso dos imágenes más y reprodujo un video

    Cuando empezó a reproducir el video, subió un poco el volumen del video, se podía escuchar el gemido de la chica del video “¡hay sí! ¡Así, hijo de puta! ¡Dale cógeme!”

    Mi mamá mirando asombrada miraba el video mientras su amiga patricia se reía como si de un meme se trataba.

    Mamá: pedazo de zorra. –exclamó asombrada; te lo cogiste y encima sin condón, que hermosa puta eh. –dijo sonriendo

    Patricia: mira quien habla, yo por lo menos no me enfieste con más de cinco hombres a la vez igual que alguien que no quiero decir el nombre pero la estoy viendo. –exclamo

    Mamá: y no sabes lo lindo que fue, pero eso es parte de mi pasado. –dijo riéndose y mordiéndose el labio de manera sensual

    Yo no lo podía creer lo que acababa de escuchar de la boca de mi madre, se había enfiestado con más de cinco tipos a la vez, eso ahora solo me quedaba descubrir si eso paso antes o después de casarse.

    Mamá: ah, y hablando del pasado boluda, no sabes lo que paso el domingo pasado. –dándole un pequeño golpe en el hombro de su amiga

    Patricia: ¿qué paso? Espero que no sea nada malo. –exclamo su amiga con cara extrañada

    Mamá: gracias a Dios no todavía, mi hijo Nahuel, se había anotado a un curso de reparación de pc, y cuando terminamos de hablar por teléfono el domingo pasado, me comento que había hecho funcionar la vieja pc que teníamos guardada en la habitación de huéspedes.

    Patricia: pero me alegro mucho que haya podido arreglar la computadora, eso quiere decir que el curso que tomo, le sirvió y que sobre todo aprendió, ¿pero que tendría de malo que haya arreglado esa vieja compu?

    Mamá: no tiene nada de malo que la haya arreglado, lo que pasa es que ahí están las cantidades de fotos que nos sacamos las dos cuando nos íbamos de viaje. ¿Acaso no te acordáis la fiesta en que estuvimos las dos juntas?, ¿en dónde crees que guarde todos esos recuerdos? –exclamo preocupada

    Patricia: pero no me dijiste que habías borrado esas imágenes, y si claro que me acuerdo de esas aventuras, pero no pensé que todavía tenías esas fotos, tienes que borrarlas o pasarlas a algún pendrive o subirlas a tu cuenta de google, porque si no se te podría armar flor de quilombo, si él llega a ver esas fotos, y peor si las muestra a Jorge. –dijo con cara de preocupación

    Mamá: bueno ya veré que hago, pero le puse una buena contraseña a esas carpetas donde están guardadas las fotos, con decirte que en este momento ni me acuerdo cual es, pero si la tengo anotada en una libreta personal que tengo escondido en mi ropero. –con cierto aire de tranquilidad.

    Patricia: bueno mejor que hagas todo lo necesario y rápido, sino nos veremos en serios problemas, pero mucho más vos que tenes familia. –respondió con algo de calma también

    No era necesario seguir escuchando esa conversación, definitivamente tenía que hacer un copia antes de que mamá le pide ayuda a mi padre, por lo cual debería de actuar lo más rápido posible, antes que mamá.

    Me dirigí hacia la puerta que lleva al quincho, y la abrí haciendo un poco de ruido, como para que se den cuenta de que estaba ingresando.

    Luego de pasar por la sala de estar, las vi y me despedí de ambas antes de irme a mi dormitorio a descansar.

    Toda esa conversación me dejo prácticamente en shock, tan así que apenas pude dormir esa noche, pero lo bueno que al otro día pude rendir. Pero una vez terminado ese día me tranquilice, me dirigí hacia una casa de electrónica y computación, compre un pendrive de 16gb y por las dudas dos Cd y DVD, con eso en mano me dirigí hacia casa

    Ese fin de semana mis padres aprovechando un feriado largo habían quedado que se iban a una casa en la costa hasta el lunes a la tarde con unos amigos de ellos, yo la verdad no tenía ganas de ir, y la había dicho que no, pero por sobre todo tenía la casa sola para poder averiguar que secretos tenía guardado en ese computadora vieja mi quería madre.

    Luego de despedirme de ellos por las tarde, antes de que me ponga a buscar entre las cosas de mamá la bendita libreta donde tenía escrito esa tan secreta contraseña. Espere a que me avisaran que ya subieron a la ruta, para asegurarme de que podía empezar mi búsqueda sin ningún tipo de preocupación.

    Alrededor de una hora más tarde mi madre me llamaba avisándome que ya subieron a la ruta, que tardaron un poco porque pasaron a comprar unas cositas, pero que ya estaba dirigiendo a la costa.

    Luego de recalcarme que me portara bien y que cualquier cosa que llame, me dijeron que llamarían de nuevo cuando llegaban.

    Ya confirmado que ellos ya estaban mínimo ya dos horas de distancia, lo primero que hice fue ir a prender la computadora y dejarla encendida, luego me dirigí hacia la habitación de mis padres, por suerte no estaba llaveada, ya que siempre solían hacerlo cuando salían de viaje. Mis viejos tienen su propia armario para cada uno, así que ya sabiendo cual era el de mamá, me dispuse a buscar en él, hurgando entre las cosas que ella tenía, vi varios conjuntos de ropa erótica, y luego entre sus ropas interiores también tanguitas que me dejaron algunos boquiabierto. Pero como no venía a buscar eso rápidamente vi en la parte de arriba del armario que habían tres cajas grandes con muchos papeles, luego de revisar cada una de las cajas había encontrado muchos archivos que no eran los que estaban buscando.

    Ya me estaba dando por vencido cuando muy dentro del armario alcanzo a divisar, una pequeña caja como de zapatos, era la última caja que quedaba, por lo cual tendría que estar escondido en ese lugar. Abro dicha caja, ya estaba media vieja pero bien cuidada, dentro de ella encontré varios documentos de mi madre, y algunas libretas más, pero bien en el fondo de la caja se encontraba una pequeña libreta de color morado y con anillos.

    Cuando abrí y empecé a leer dicha libreta contenía un montón de contactos y nombres de personas que yo ni conocía, supuse que serían de personas del entorno laboral de mi madre, fui avanzando rápidamente por dicha libreta hasta que en la parte final casi halle lo que estaba buscando.

    Bingo. –dije alzando un poco la voz y con cierta alegría.

    Había hallado lo que tanto estaba buscando, casi en la parte final de la libreta estaba escrito unos párrafos que decían “CONTRASEÑAS DE CARPETAS” y se enumeraban varios renglones con contraseñas bastante extensas, y con letras y números combinados. Teniendo ya esto en mano, me dispuse a ordenar lo que faltaba y luego me dirigí hacia la habitación donde se encontraba dicha computadora, pero antes decidí pasar por mi cuarto a buscar mi silla estilo gamer para estar cómodo.

    Acomode mi silla y tome asiento, no sé por qué pero mi corazón empezó a acelerarse, estaba por descubrir que contenía cada una de esas carpetas. Respire hondo y al ingresar a la primera carpeta me salió el mensaje para que ingrese la contraseña, entonces tome la libreta y teclee la primera contraseña que estaba anotada, era bastante extensa, luego de haber escrito todo y dar en la tecla Enter ingrese en dicha carpeta.

    En ese momento empezaron a aparecer ante mi vista unas cuantas imágenes, pero también había tres carpetas, las fotos que estaban a la vista no eran nada extraño ni de qué preocuparse.

    Cuando miro los nombres de las tres carpetas que estaban ahí, “Fiesta Privada”, “Escapada de Verano” y “Salida de chicas”.

    Estuvo deliberando en cual capeta ingresar primero, y me decide primero por la carpeta de “Salida de chicas”, cuando ingrese en esa carpeta aparecieron fácilmente más de doscientas fotos, al darle a la primer foto la vista previa, me quede petrificado, en la foto salía mamá con su amiga patricia y otras dos señoras más que no conocía todas haciendo topless.

    A la mierda. –susurre casi de manera inaudible

    Seguí pasando varias fotos más y todas eran de la misma índole pero desde distintas posiciones y a veces eran alguien diferente la que tomaba la fotografía, por lo que pude constatar en ese día se reunieron como cinco amigas contando a mi madre.

    A medida que iba pasando las fotos, podía ver que en el momento que estaban sacándose las fotos se estaban preparando para salir de fiesta, tal como lo decía el nombre de la carpeta. Luego se podía ver a sus amigas saliendo del baño con la toalla envolviéndolas todo el cuerpo, a otras se las veía en tanga, y otras ya directamente se las veía con la concha al aire. Lo más loco es que pensé que se lo tomaba todo re normal, pero bueno claro entre mujeres no hay problema de andar desnudas. Cuando estaba llegando al final de las fotos pude ver por fin como fueron vestidas a esa tal fiesta, todas iban con vestidos por encima de las rodillas y bastantes escotados pero sobre todo sin corpiño puesto, de manera que se les marcaban bien los pezones a casi todas por encima del vestido. La verdad que jamás pensé que saldría alguna vez a alguna fiesta así vestida, siempre se vestía de manera formal o si se ponía vestidos lo hacía con vestidos sueltos.

    La verdad que las fotos que había visto en esa carpeta no solo me impresionaron sino que produjeron en mí una pequeña excitación, tan así que mi pene estaba semi erecto.

    Pero si ese era el contenido de la primera carpeta que abrí, ni se imaginan lo que fue cuando abrí las siguientes dos carpetas…

    Continuará

  • Nataly y el haitiano (Parte 2)

    Nataly y el haitiano (Parte 2)

    Mis padres no sabían lo que yo había hecho en aquella playa,  y en parte yo quería que así se quedará, no quería imaginar cuál sería su reacción si se enteraran que su hija se acostó con un hombre el cual tenía la edad de su padre, pero yo sabía que no siempre iba a poder mantenerlo en secreto.

    Después de haberle dado mi número a Omar, seguimos hablando mediante mensajes, nuestras conversaciones siempre solían hablar de sexo y sobre las cosas que le gustarían hacerme a mi, pero también hablábamos sobre nosotros y lo que sentíamos.

    Omar confesó que después de aquel día, el no pudo dejar de pensar en otra cosa que no fuera yo, y la verdad es que yo tampoco pensé en otra cosa durante un muy buen tiempo. Pero aunque quisiéramos volver a hacerlo, una gran distancia nos lo impedía, pues yo vivía en la Ciudad de México y el vivía en Acapulco, así que lo único que podíamos hacer para matar la calentura era hacer videollamada y masturbarnos juntos.

    Tiempo después, mis amigos volvieron a organizar otro viaje a Zipolite para celebrar mi cumpleaños número 19, así que yo me emocioné porque sabía que volvería a ver a Omar, sin pensarlo ni un momento, organice mis maletas y le mandé un mensaje a mi hombre diciendole que me mandará la ubicación de su casa. Les pedí a mis amigos que de favor me dejarán en aquella ubicación, ellos al principio se quedaron algo confundidos, pero les menti diciendo que era la casa de un amigo que no había visto en un largo tiempo, ellos accedieron.

    Me bajé del auto donde veníamos, el lugar donde vivía Omar era un fraccionamiento llamado «Las Gaviotas», era un fraccionamiento bonito, bien cuidado, el ya me estaba esperando en la entrada, lo saludé dándole un largo y apasionado beso, el me correspondió el beso y proseguimos a caminar a su casa, al llegar lo primero que hicimos fue recuperar el tiempo perdido, nos desvestirnos mientras nos besábamos, el chupaba mi cuello y de mi cuello pasaba a mis senos, los agarraba con sus manos y los chupaba, yo lo tumbe en la cama y empecé a chupar sus pies, Omar me había contado que uno de sus fetiches era que le gustaba que le chuparan los pies, fui subiendo lentamente besando sus muslos, y al ver su pene duro como una piedra empecé a hacerle sexo oral, olía sus testículos, ese olor a hombre me ponia más cachonda, me los metía a mi boca, esas bolas pesadas y llenas de fértil semen me volvían loca.

    – Ya te extrañaba mi amor – dijo mientras agarraba mi cabeza

    Durante todo el tiempo que estuvimos separados yo fui practicando sexo oral con plátanos, era lo más parecido a un pene, fui entrenando mi garganta para recibir el tremendo falo de Omar, así que cuando le estaba haciendo sexo oral, de sus 27 centímetros me pude tragar al menos 19. Sentía como mi vagina estaba mojadita, así que deje de mamar su pene y me puse arriba de el para montarme en tremenda verga.

    – ¿Sin condones? – preguntó

    – No se siente lo mismo – le dije excitada

    – ¿Segura que quieres hacerlo sin condón mi amor? – dijo con un tono dulce

    – Si… por favor – le dije

    Agarre su pene y empecé a sentarme lentamente en el, sentía como las paredes de mi vagina se iban estirando para recibir ese trozo de carne. Sé que los hombres sin circuncisión tienen el glande más sensible que un hombre circuncidado, así que recordando eso me enfoque en qué su glande recibiera más placer. Lentamente fui metiendo toda su verga en mi, hasta el punto en qué su glande tocó mi cérvix.

    – Tienes unas tetas hermosas Nataly – dijo con un tono dulce

    – Gracias. – le dije mientras le daba sentones

    El agarraba mis nalgas y me daba nalgadas no tan fuertes, pero que me hacían volverme loca en aquella verga.

    Mis gemidos empezaron a volverse más fuertes conforme yo fui acercándome al orgasmo, y finalmente me corrí, empapando sus piernas con mis jugos. Sentía como mis piernas temblaban.

    – Dios… que rico – le dije mientras intentaba recuperarme de aquel intenso orgasmo

    – Eso fue lindo bebé, pero a ese paso al que vas no creo llegar al orgasmo – contestó

    Se acomodó bien, y empezó a darme duro en la misma posición, yo gemia como loca, la verdad no me importaba si alguien nos oía, lo único que me importaba era darle a mi hombre un rato feliz. Podía sentir sus testículos golpeando mis nalgas, yo me volví a correr. Por la cara de Omar supe que el se estaba acercando a el orgasmo así que empezó a bombear más lento hasta que sentí su semen inundar mi vagina. Tanta fue la cantidad de semen que eyaculó que gran parte se salió de mi vagina, cuando yo me levanté para sacarme su pene vi como el resto de su semen salia de mi.

    – Si que tenías tiempo sin eyacular – le dije sorprendida

    – Es que no tengo mucho tiempo para masturbarme –

    – Se nota – le dije

    Me acosté a su lado, el me beso y me preguntó

    – Entonces… ¿que somos tu y yo?

    – Yo te dije que si tú querías podíamos intentar ser una pareja

    – A mí me encantaría pero… la gente nos mirará raro – me contestó algo preocupado

    – ¿Y? Mientras tú y yo nos queramos lo demás no importa

    – Me encanta ese optimismo que tienes – me dijo mientras me daba un beso en mi frente

    – ¿Cuánto tiempo te quedarás?

    – Una semana – le dije

    – ¿Y a qué debo el placer de volver a verte?

    – Vine a celebrar mi cumpleaños

    – ¿Tu cumpleaños? Jamás me dijiste cuando era tu cumpleaños. Pude haber preparado algo para ti

    – La verdad se me olvidó decirte, pero este ha sido el mejor regalo que alguien me ha dado

    El me abrazo y me felicitó.

    – No estás en tus días fértiles, ¿Verdad? – preguntó preocupado

    – No – le dije – No tienes porque preocuparte

    – ¿Segura? Por qué puedo comprarte una de esas pastillas anticonceptivas

    – No estoy en mis días fértiles Omar, tranquilízate

    El se veía preocupado, pero yo le dije que no había nada de lo que preocuparse. La verdad es que no sabía si estaba o no en mis días fértiles, jamás he llevado un control de mi periodo, solamente se que soy regular, así que si quedaba embarazada o no sería cuestión de suerte.

    Después de esa jornada de sexo nos bañamos y nos pusimos nuestros trajes de baño para ir a la playa. Nos metimos en el coche y fuimos a la bahía de Acapulco.

    Una vez ahi Omar se ofreció a llevarme a dónde el trabajaba. Había varios botes pequeños, dónde solo cabían maximo dos personas, el agarro sus cosas y fuimos a pescar. Tardamos casi todo el día, y al terminar Omar fue a hablar con sus demás compañeros, cuando terminó se dirigió a mi y me dijo que había que irse a casa.

    Cuando llegamos a su casa yo le prepare algo de comer, no sé si soy buena cocinera pero a Omar pareció gustarle, ambos comimos y después nos fuimos a acostar.

    Así pasaron 5 días.

    Un día antes de que yo me marchara Omar me dijo algo que jamás pensé que diría

    – Nataly… ¿puedo hacerte una pregunta?

    – Claro –

    – ¿Te gustaría… tener hijos? – dijo algo nervioso

    – ¿Que si me gustaría? Claro que sí, pero… no se si sería una buena madre – le dije con un tono algo triste

    – Serías una excelente madre, Nataly

    Lo que me dijo me hizo sonreír y sonrojarme

    – ¿Por qué la pregunta? – le dije

    – Bueno… últimamente he estado pensando en qué ya voy a cumplir 50 y aún no tengo hijos, y bueno… se que tú y yo solamente tenemos un año de conocernos pero yo siento como si nos hubiéramos conocido toda la vida, tu forma de ser conmigo es muy linda, te preocupas por mi, me haces sentir bien, y yo… quería preguntarte si tú quisieras ser la madre de mis hijos – dijo nervioso

    Yo me quedé atónita. Omar me estaba proponiendo ser la madre de sus hijos. No supe que decirle, mi corazón decía que le dijera que si, pero mi mente decía otra cosa. Mi amor por el era intenso, así que sin dudarlo le dije que si.

    Vi que Omar sonrió de oreja a oreja. Yo me acerque a él y le dije

    – Entonces… ¿porque no intentas preñarme?

    – ¿Ahora?

    – Si… ahora, semental

    Omar agarro mi mejilla y con una sonrisa me dijo que me amaba, me besó y ese beso se fue convirtiendo en algo más apasionado, no habíamos tenido sexo en 2 días, así que sus testículos tenían una carga de fértil semen, comenzamos a desvestirnos y cuando ambos estábamos desnudos el me cargo haciéndome poner mis piernas en sus hombros, dejando mi vagina indefensa a su tremenda verga negra, de lo duro que estaba Omar su pene no tuvo dificultad para abrirse paso por mi vagina.

    Cada embestida se sentía genial, oírlo gemir a el era muy excitante para mí.

    El me acostó en la cama y continuo haciéndomelo, a él le gustaba mucho sentirse en control, así que agarro mis piernas y las flexionó al punto en qué mis pies estaban a la altura de mi cabeza. El me besaba y me decía lo mucho que me amaba.

    Me encantaba ser cogida en la posición de misionero, me encantaba ver la facilidad con la que hacia desaparecer la verga de Omar, además de que el contraste de su piel con la mía lo hacía mil veces más excitante.

    Noté que el se estaba acercando a el orgasmo debido a que sus embestidas empezaron a ser más lentas, yo cruce mis piernas para no dejar que Omar sacara su pene, aunque él no tenía intenciones de hacerlo, no quería arriesgarme.

    – ¿Lista para ser madre? – dijo con un tono pícaro mientras con sus dos manos agarraba mi cabeza

    – Hazlo dentro, por favor – le rogué excitada

    – ¿Segura? Aún puedes cambiar de…

    No lo deje finalizar, le puse mi dedo en su boca y le dije

    – Embarazame – le dije – Estaré orgullosa de tener a tus hijos

    El sonrió y empezó a embestirme lento pero fuerte, su glande tocaba mi cervix pero ya no dolía tanto como aquella vez.

    Cuando mi hombre eyaculó pude sentir como su fértil semen llenaba mi útero, era una sensación única, una que jamás había sentido.

    Yo miraba a Omar con admiración, y el me miraba como ningún otro hombre me ha mirado antes, era la mirada de un hombre realmente enamorado.

    – Los hijos que quieras… yo estaré dispuesta a dartelos

    – Gracias, vida mía – me contestó y besó intensamente

    Supe en ese momento que no quería nada más en la vida que estar con el y darle hijos, todos los hijos qué el quisiese. Realmente estaba enamorada de ese hombre, y me hizo sentir feliz que nuestro primer hijo había sido concebido con amor.

  • Infidelidad en Nochebuena

    Infidelidad en Nochebuena

    I.

    Ignoraba que todo estuviese dispuesto para que aquella se convirtiera en una de mis mejores nochebuenas; de las más eróticas, de las más tórridas, de las más morbosas y de las más trasgresoras.

    Allí, desnuda frente al espejo de mi habitación, rememoré sus labios absorbiendo mi vagina, su barba recortada rozándome mis labios mayores, sus dedos estirando mis pezones, y su lengua lustrándome la piel.

    Habían pasado apenas dos días desde que me entregara a él por primera vez, en aquella casa solitaria, en aquella sala de estar, frente a la chimenea. Fue un encuentro clandestino, apenas planificado, pero concebido con la más estricta de las discreciones, no fuera que el silencio se pudiera enterar.

    Las lenguas chisporroteantes de la chimenea fueron las únicas testigos de aquel ardiente e irrefrenable acto, cuyos protagonistas fuimos él y yo.

    Mientras los carbones se quemaban, su erecto y duro falo desaparecía en mi boca, palpitando en mi lengua y mi paladar, y yo de rodillas frente a él, con mis dos enormes nalgas apoyadas sobre mis pantorrillas, mis senos colgando sobre mi pecho, los pezones endurecidos apuntando al techo, y yo mirándole a los ojos al tiempo que su mano derecha impulsaba mi nuca para dirigir la deliciosa felación.

    «Trágatela toda, gatita, es tuya, haz con ella lo que quieras.»

    —Mmmh —gemí mientras me untaba crema hidratante en el triángulo de mi pubis, recordando con lujuria las escenas de aquella noche.

    Me recostó sobre la alfombra, y con su boca frotó mi cuerpo desnudo con un hielo que expulsó vapor de lo caliente que me hallaba; jadee, me estremecí, y luego continué padeciendo los azotes de su lujuria cuando vertió sobre mis tetas, vientre, muslos y vagina largos chorros de vino tinto, del espumoso, que burbujeó sobre mi carne antes que él mismo se lo bebiera, recogiéndolo con sus labios y su húmeda lengua.

    —¡Augg! —volví a jadear delante del espejo, recordando aquellos vívidos y morbosos sucesos.

    De pronto comencé a traer a mi mente escenas difusas y alternantes que se proyectaron en el cristal del espejo.

    La imagen se clarificó en mis ojos y lo vi cogiéndome con ardentía, con mis piernas vulgarmente abiertas, apoyadas sobre sus hombros, y él en medio de ellas, estocándome con lujuria, sin descanso, los dos empapados de sudor.

    Luego la imagen cambió a nosotros fornicando sobre un sofá sin brazos color café, que se hallaba justo al centro de la estancia en una atmósfera cachonda y de semioscuridad; él aparecía echado sobre el mueble y yo a horcajadas arriba de él, dándole enérgicos y reiterados sentones, de manera que mis nalgas chocaban con sonidos fuertes contra sus piernas.

    Y finalmente nos vi entregados al placer sobre la encimera de la barra de la vinoteca, mi espalda reposando en la áspera superficie de madera, mis piernas enredadas en sus caderas y mis tacones clavados en sus nalgas.

    —Hummm —gemí, entrecerrando los ojos y luchando para evitar caer en la tentación de introducir mis dedos en mi coñito mojado y masturbarme, como lo había hecho a todas horas desde esa cita, recordando semejantes escenas dantescas.

    Aquellas ansias por sentirlo, por beberlo, por acariciarlo y por hacerlo mío una vez más me atormentaron en demasía; y tuve miedo, angustia y pesar, ya que tal deseo irrefrenable habría sido de lo más natural de no ser porque ese hombre al que tanto añoraba no sólo me llevaba alrededor de veinte años de edad, sino que, para mi pesar, era el cuñado de mi novio, esposo de la hermana de mi novio, y quien, a su vez, había hecho las veces del padre de mi novio, desde que éste quedara huérfano tras un fatídico accidente en que sus padres perdieron la vida.

    —Por Dios —suspiré agobiada cuando puse las cosas en balance.

    Habían pasado ya dos días desde aquella noche, en la que, por decisión propia, ahogada en remordimientos, le advertí que aquello no lo podíamos volver a repetir, y aunque él no dijo nada, asumí que había aceptado mi decisión y que, a partir de entonces, por el bien de todos, debíamos de poner tierra de por medio.

    Pero esa mañana, sin que mi novio lo advirtiera, recibí en nuestro apartamento un paquete cuya etiqueta rezaba «Para tu cuerpo. Para mis ojos», que no era otra cosa que un juego de lencería negra y un elegantísimo vestido del mismo color que, pese a su fineza, se distinguía por ser bastante entallado y atrevido, ya que el corte sirena tenía una gran abertura en la espalda, desde la altura del cuello, en forma de óvalo, que se prolongaba hasta el preludio de mis nalgas.

    Fui consciente de que ponerme aquel vestido y aquella sensual lencería, para lucirlo en una fiesta donde mi reciente amante estaría presente, sería tanto como firmar tácitamente un contrato de consentimiento en la que aceptaría que nuestras aventuras continuaran. Y yo… lo que más quería era acabar con todo esto de tajo.

    ¿Entonces por qué mierdas lo hice?

    Culpemos a la adrenalina y a mi renovado estado de transgresión de todo esto. Una cosa era vestirme con su regalo, y otra muy distinta volverme a entregar a él. Eso ya estaba pactado.

    —Mi ángel —dijo mi novio, impaciente, del otro lado de la puerta de nuestra habitación—, date prisa, que se hace tarde, y mi cuñado no para de llamarme para ver si ya llegamos.

    —Ya casi termino, cielo, espera un poco más —respondí, apenas aclarándome la garganta.

    ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión…

    El hilo de la tanga partió mis dos nalgas por igual; de hecho, la costura frontal de la prenda era tan minúscula, que sentí que incluso se me incrustaba entre los gajos mojados de mi vagina, quedando estos al descubierto.

    —Ufff…

    Me pregunté qué pensaría mi pareja cuando se diera cuenta de la diminuta tanga que llevaba, ya que al tener un culo tan gordo, y una vagina tan inflamada, aunque estrecha, el contraste con aquella prenda ahora que la tenía puesta lucía demasiado vulgar:

    «He comprado esta lencería para ti, mi cielo» le diría «para darte tu nochebuena»

    Excusas perfectas para mentiras inevitables.

    El roce del satén mientras mi cuerpo se embebía en el vestido negro me recordó a las caricias del autor de mi regalo, y tal alusión me puso cachonda; lo supe cuando noté que mi entrepierna se empapaba y que la piel de mi cuerpo se me había erizado.

    —¿Livia? —insistió mi novio, mientras yo tragaba saliva, me mordía los labios y apretaba las piernas para no seguir destilando.

    —Ya estoy lista, amor, sólo me hace falta cambiar mis cosas a otro bolso y nos vamos.

    —¿Otro bolso? Pero cielo —respondió Jorge fastidiado—. Aníbal ya me tiene harto. ¿Ahora resulta que este año le nació su lado paternal para conmigo? No recuerdo que ninguna otra navidad hubiese estado tan ansioso por verme.

    —¿A ti? —se me salió sin querer.

    —¿Eh? —se sorprendió de mi respuesta.

    ¡Por Dios! «Piensa rápido, piensa rápido…»

    —Que… que a ti no te tiene qué preocupar la demora, Jorge. Llama a Aníb… al señor Abascal por teléfono y dile que… yo soy la responsable de la demora, que me estoy terminando de arreglar. Estoy segura que lo comprenderá y… bueno, así ya no la agarrará contra ti.

    Jorge bufó, contrariado, pero fue comprensivo.

    —Lo siento, Livy, no he pretendido estresarte.

    —No… Jorge, no lo haces, en serio, tranquilo…

    Siempre me sentó mal ser la responsable de las angustias de mi novio. Pocas cosas lo mortificaban tanto como la impuntualidad. Jorge fue criado por una familia opulenta, aparentemente recta y conservadora, cuyas tradiciones tan lineales y estrictas lo convirtieron en un chico bastante aprensivo y perfeccionista, siempre evitando disgustar a su hermana, una loca e histérica sin remedio que lo mantenía sometido a su voluntad de tal manera que era incapaz de defenderme ante ella de las ofensas y humillaciones que me otorgaba cada vez que le daba la gana.

    Su segundo gran estrés era Aníbal Abascal, su cuñado… mi amante, que, además, era su jefe inmediato, y a quien día a día trataba de demostrar que ya no era un niño, que era un joven cualificado para desempeñar los cargos que él le demandaba y que por tanto merecía ser ascendido y, por qué no, reconocido por su trabajo.

    Y ahí estaba yo, esmerándome para verme hermosa, ajustando el vestido que el cuñado de mi novio me había regalado, y ensayando movimientos para que mis labios vaginales dejaran de comerse involuntariamente las costuras de mi microscópica tanga.

    ¿Cómo se hace para presentarte en la casa de tu amante, y permanecer serena delante de él, de tu pareja y de su esposa, sin que los nervios, el deseo y los remordimientos te ataquen y te alteren la tranquilidad?

    —Respira, Livia, respira —me dije.

    Jorge, mi novio, me esperaba en el descansillo de nuestro apartamento. Lo bueno de él es que siempre me daba mi privacidad para vestirme. Él era de la idea de que, aunque vivas en pareja, uno siempre tiene que dar al otro su intimidad.

    Al mirarme se quedó anonado, y no precisamente porque le resultara hermosa que, en sus palabras, lo estaba, sino porque, aunque él no se atrevía a decírmelo, yo sabía bien que mi vestuario de esa noche le parecía inapropiado para una nochebuena, sobre todo porque en aquella cena estaría gente conservadora muy importante de nuestros trabajos y, lo peor, su querida hermana, de quien, como ya he dicho antes, yo no era santa de su devoción, sino que más bien me odiaba a mansalva, aun si nunca le había dado razones para ello; salvo ahora, claro, que la estaba haciendo cornuda, si ella saberlo.

    —Por Dios, Jorge, te has quedado mudo —le reproché vacilante, con una sonrisa nerviosa—, ¿tan mal me veo?

    Mi querido novio tragó saliva, medio sonrió y me dijo:

    —Ah, por Dios, Livia, si estás preciosa, de hecho… estás… espectacular… ¡asombrosa! Muy… sensual… sólo que…

    Sólo que el vestido le parecía impropio, aun si él no era capaz de sincerarse conmigo.

    —Llevas la espalda descubierta… y en Monterrey estamos a menos tantos grados y…

    Mi querido amor; sus eufemismos para evitar hacerme sentir mal me enternecían. «Estás vistiendo como puta» tuvo que haberme dicho.

    —Llevaré el abrigo que me regalaste la navidad del año pasado, mi pequeño —le dije, acercándome a él para darle un beso que lo atontó momentáneamente—, ¿te parece bien, cielo?

    —Sí, sí… es… me parece perfecto.

    Jorge no quería contrariarme. Tenía mil razones para evitar hacerlo. Durante las últimas semanas, nuestra relación no había ido nada bien. Por diversas circunstancias que ahora no vienen al caso, nos habíamos distanciado; las continuas discusiones se habían convertido en el pan de cada día, y ese 24 de diciembre, creímos que era un momento propicio para intentar enmendar nuestra relación.

    Sus faltas, aunque graves, no implicaban una infidelidad como la mía.

    —Lista —le dije cuando me puse el abrigo.

    —Perfecto, Livy. Ahora sí, nos vamos, que Aníbal y Raquel nos esperan.

    II.

    Me jactaba de tener la relación más codiciada de mi entorno, con un novio apuesto, de ascendencia escocesa, inteligente, pelirrojo, deferente, de mirada dulce que destellaba desde el pigmento de sus ojos grisáceos, a veces grises, a veces zarcos, aunque, la mayor parte del tiempo, asomándose a través de ellos un atisbo taciturno.

    Jorge Soto era mi amparo, mi salvación, mi guía y mi soporte; él era el ancla que impedía que mi embarcación permaneciera incrustada en el atraque de mi puerto, pero un día el ancla se rompió, y mi navío zarpó hacia mar abierto, donde me encontré con bestias salvajes que me incitaron al naufragio.

    Y yo cedí.

    Pese a todo, yo lo amaba, aunque suene contradictorio; lo amaba y la necesidad egoísta de tenerlo a mi lado era inalterable, aun si eso implicara serle desleal.

    Mientras Jorge conducía hacia la casa de su hermana y su cuñado, no podía dejar de pensar en lo zorra que estaba siendo, y por momentos volvió a lastimarme la culpa; se me hizo un hueco frío en el pecho y me dieron ganas de llorar.

    La parte más dura de la vida es cuando te das cuenta que has sido una mujer abyecta, y que sin pretenderlo has sido capaz de faltarle al respeto y dañar a quien no lo meritaba. Me di cuenta tan tarde de mis actos, que cuando menos acordé, lo había destruido. Y yo me había destruido con él.

    Yo nunca merecí que Jorge me amara de tal manera; con tal entrega y con tal fidelidad. Yo nunca merecí que me admirara con el ardor con que lo hacía, que me ensalzara como si yo fuese una imagen religiosa que siempre le sería leal, creyéndome inocente y virtuosa, como lo había sido apenas meses atrás, antes de abrirme a mi perversión.

    Hablamos nimiedades durante el trayecto y de pronto ya nos hallábamos en aquella imponente mansión.

    —No estés nerviosa, Livy —me susurró mi novio cuando nos apersonamos en el vestíbulo, y su hermana nos miró desde lejos, con una sonrisa perversa, conversando con una tipeja a la que llegué odiar incluso más que a ella misma—. Raquel prometió portarse bien. Se lo hice prometer. Yo voy a cuidarte, Livy.

    Asentí con la cabeza, y nos echamos andar hacia la estancia. Y cuando creí que había acogido todo el valor que se requería para poder estar en una casa llena de bestias adineradas, prepotentes y ambiciosas, le vi a él; me miró y nos miramos.

    Y la connivencia que nos hacía cómplices del crimen que habíamos cometido días atrás nos envolvió en el silencio. Y Jorge me presentó ante damas y caballeros de su círculo social que, hipócritamente o no, insistían en adularme, diciéndole a mi novio lo hermosa que era y haciendo hincapié en que parecía provenir de una familia con «clase» y «dinero»… Si hubieran sabido que yo me identificaba más con los mendigos que con ellos, seguramente me habrían corrido a patadas.

    Y me pregunté cómo era posible que nadie hubiera notado el deseo tan intenso con que Aníbal y yo nos saludamos; la forma tan morbosa en que él chasqueó la lengua después de besarme las mejillas, el descarado movimiento de sus manos cuando me atrajo hacia él para culminar nuestro saludo, rozando a propósito sus dedos en mis nalgas, y cómo fue que me acarició a suspiros, cómo me erotizó a susurros, y cómo me hizo el amor a miradas, mientras Jorge sonreía a mi lado y me presentaba, por enésima vez, al resto de sus conocidos.

    Y yo cerré los ojos, asida del brazo de mi novio, y me estremecí por la culpa, por las mentiras, por los remordimientos… por el horror.

    Nunca esperas serle infiel al amor de tu vida ni mucho menos hacerle daño por culpa de la calentura. Nunca esperas que una aventura se prolongue más allá de una equivocación; solo tropiezas, te levantas, y nunca más vuelves a transitar por la misma vereda.

    Pero lo que me pasaba con Aníbal me superaba. Era como una alcohólica que todos los días se emborracha y promete «la última y ya.»

    —Luces preciosa con ese vestido —me susurró Aníbal de nuevo cuando mi odiosa cuñada me robó a mi novio por algunos minutos y mi amante, viéndome sola, se acercó para saludarme una vez más, representando ante el mundo el gran caballero recto y honorable que no se cansaba de mostrar—, y eso que no lo he visto sin ese abrigo.

    —Buenas noches, señor Abascal —le dije nerviosa, aspirando su aroma a macho, desprovista de valía, pero simulando aplomo y forzando una conversación diplomática—, usted también… esta noche… luce… muy elegante y apuesto. —Y le sonreí con la mayor naturalidad del mundo, como si no me hubiera comido su verga dos días atrás y como si él no me hubiese follado tres veces esa noche como a una perra en celo.

    E hice lo posible por retroceder y volver con mi novio, cuando logré recuperarlo, y quien de vez en cuando me miraba amoroso, dándome besitos en la mejilla, presumiéndome con orgullo ante las amistades de su familia, mientras yo me enfrentaba al arrepentimiento, que no cesaba de atormentarme.

    —¿Es mi impresión? —me susurró mi novio—, ¿o estás algo tensa, Livy?

    —Es… por el frío —mentí con una sonrisa, pues en realidad estaba caliente. Nerviosa y caliente. Asustada y caliente. Arrepentida y caliente.

    ¡Vida mía!

    Y es que yo creí tenerlo todo controlado, me creía capaz de terminar de tajo todo lo que había comenzado de forma tan abrupta.

    Pero con Aníbal cerca, la conciencia se me escaba entre los dedos, y justificaba mi culpa diciéndome que Jorge había tenido antes de mí otras novias y parejas sexuales con las que había experimentado.

    En cambio yo… nunca tuve otro hombre aparte de él, con quien incluso perdí mi virginidad. Nunca antes había tenido otro hombre entre mis piernas. Nunca antes me había pasado por la cabeza serle infiel, hasta que apareció su cuñado… y todo se desmadró.

    —¿Esa es la novia de tu hermano? —oí de lejos que le día una mujer a mi cuñada.

    —Es sólo una amiguilla, querida, tú ya sabes, de esas que van de paso.

    Rabié con odio al comentario de Raquel, sobre todo porque Jorge no dijo nada aun si también había escuchado el insulto. Y así, enfadada, de manera unilateral me sentí con derecho a explorar mi sexualidad con otros hombres, pero sin perder a mi pareja. Qué ilusa, ¿no? Pretender ir de guarra por el mundo, hasta saciarme de pollas, y a la vez creer tener el derecho de tener un amoroso novio que me esperase en casa para darme el amor que las experiencias sexuales no me ofrecerían.

    —Jorge —dijo de nuevo su hermana—, ¿querrías acompañar a Renatita por su abrigo? Alcánzala, se ha ido sola al estacionamiento. La muy descuidada lo dejó en su coche, y con este frío… anda, mi vida, sé un caballerito, como te he criado. Seguro que tu noviecita no se opondrá, ¿verdad?

    No dije nada. Solté a Jorge de mi brazo y él, disculpándose con la mirada, resignado, me dio un beso en la mejilla y fue tras la estúpida de «Renatita»

    Y allí sola, en medio de tanta gentuza, tuve miedo de que Aníbal se acercara para acecharme. Pero… por fortuna, era un hombre inteligente, y no iba a dar pasos en falsos ni se iba ni me iba a exponer. A ninguno de los dos nos convenía. Menos a él, que tenía una carrera política muy fructífera por delante.

    En lugar de eso, Aníbal conservada con un grupo de hombres, desde donde me miraba a hurtadillas una y otra vez.

    Entonces saqué el móvil de mi bolso y le escribí una travesura, para tentarlo, para que no se olvidara que yo estaba allí:

    «Deja de mirarme, van a sospechar»

    Él notó que escribía, y luego debió sentir la vibración en su bolsillo, porque sonriéndome, extrajo su celular y leyó lo que le había escrito. Volvió a mirarme y sonrió de nuevo.

    Vestía un elegante traje negro, con corbata también negra que contrastaba con su delicada camisa blanca. Sus ojos azules le conferían a su mirada una profundidad que solía robarme la cordura. Aquél era un hombre maduro tan guapo como perverso. Y así lo deseaba; así me calentaba.

    «Estás deliciosa, mi encantadora niña.» me escribió él.

    «Gracias, pero en serio, deja de mirarme, o lo arruinarás todo.»

    Nos miramos desde la distancia, mientras alguien entonaba algún villancico por ahí, y volvimos a sonreírnos. Nadie nos miraba. Nadie sabía lo que había entre los dos. Y eso me excitaba.

    «Te noto muy tensa, mi niña; quisiera poder darte un masajito en tu espalda desnuda.»

    Tragué saliva. Miré la hora y vi que habían pasado varios minutos desde que Jorge se hubiera perdido con «Renatita». Luego miré hacia la izquierda y escuché las carcajadas que protagonizaba Raquel, esa inmunda esposa de mi amante, que al parecer tenía su vista fija sobre mí, en un claro hecho donde me criticaba junto a sus amigas.

    «Tenemos un acuerdo, señor Abascal» le recordé para frenarlo. Y agregué un emoticón de diablita.

    Él leyó y se relamió los labios.

    «Cómo quisiera estar entre tus piernas»

    No respondí nada, sólo reí. Y ante mi falta de respuesta, volví a recibir un nuevo mensaje:

    «Esta noche no te irás de mi casa sin haberte penetrado» me sentenció. Y yo quedé helada, sobre todo cuando Jorge volvió a posicionarse junto a mí, recogiendo mi brazo.

    Y a lo lejos vi a Aníbal sonreír, poderoso, sardónico, seguro de sí mismo. Y me molestó su actitud irónica, siempre burlesca. Y odié que mirara a Jorge con sorna, diciéndole con la mirada que me había follado, que le habíamos puesto los cuernos y que por lo tanto era un tipo insignificante. Y yo, para salvar su honor, le di un beso en los labios, discreto, pero lleno de amor. Jorge respondió a mi beso acariciándome una de mis mejillas.

    Y a lo lejos, escuché de nuevo una de las carcajadas de mi amante, cuyo significado solamente yo fui capaz de entender.

    «Te voy a rellenar tu estrecho coñito, mi encantadora mujer» leí de costado un nuevo mensaje procedente de él.

    «Sueñas» le respondí como final, cuando tuve oportunidad, pidiéndole a Jorge que saliésemos al jardín. Para alejarme de Aníbal. Para alejarme de Raquel. Para alejarme de «Renatita.» para Alejarme de todo.

    III

    Esa noche, previo a la cena de navidad, sufrí las peores humillaciones que una mujer puede recibir de otra mujer. Me refiero a Raquel, la hermana de mi pareja, mi cansina cuñada, que, entre eufemismos baratos, reunidos en la sala de estar, no se cansaba de recordarme lo poquita cosa que era al lado de su hermano.

    —No la escuches, Livy, por favor, no la tomes en cuenta —me susurraba mi novio.

    Lo peor es que esta clase de ofensas, clasistas y racistas (pues se creía de una clase superior a la mía) no eran eventos nuevos, sino que se remontaban a inicios de mi relación con Jorge.

    Las palabrerías ofensivas continuaron en la mesa, previo a la cena de navidad, burlándose de mí, humillándome; ofensas a las que yo, para sorpresa de todos, después de tantos años, le respondí por primera vez con la misma acritud con que ella las dirigía a mí. Nuestros dimes y diretes fueron tan intensos y cada vez más crecientes, que seguramente Aníbal, en un oportuno intento de evitar una confrontación, se puso de pie, proponiendo el brindis que antecedía a la cena, diciendo:

    —Bueno, pues yo iré por las botellas, que es tradición que el anfitrión vaya por ellas.

    Y como mi odio hacia Raquel y mi rabia hacia Jorge, que no dejaba de mirar a «Renatita», a la que mi cuñada no perdía la esperanza de emparentarla con su hermano, era tan abundante, no perdí la oportunidad de cometer el peor error que pude haber propiciado esa noche, cuando dije en voz alta:

    —Le acompaño, Aníbal.

    La cara de mi concuño fue primero de sorpresa y luego de victoria. El resto de miradas se posicionaron sobre mí cuando Aníbal se acercó a mí, y con caballería me recogió del brazo y me llevó consigo hacia una ante sala que estaba lo suficientemente alejada para huir de aquella sordidez, pero lo suficientemente cercana para oír a lo lejos sus murmullos.

    Cuando pude me solté de su brazo y avancé hacia adelante, rumbo a una puerta de madera que tenía grabada la palabra «Vinatería.»

    De una forma mucho menos descarada pero igual de morbosa, sabía que el cuñado de mi novio miraba mis nalgas, y, pensando en ello, contonee mis caderas de forma más sensual, abrí la puerta y me introduje en el saloncito decorado con madera de caoba.

    Al entrar había un sofá de cuero en armonía de la decoración, y en el fondo estaba una barra/vinoteca, semejante a la de aquella casa, sobre la que habíamos fornicado como conejos. Me detuve en el centro de la estancia y pronto sentí una poderosa dureza procedente de la entrepierna de Aníbal, quien se acercó a mí para quitarme el abrigo;

    —Te está asfixiando, mi pequeña —me dijo.

    Y yo me estremecí, e involuntariamente eché mi culo hacia atrás para sentir aún más su erección, y él suspiró.

    —¿Estás bien? —me preguntó, posicionado detrás de mí—. Te noto tensa.

    Meneó la cintura y me siguió restregando su poderoso bulto.

    —Só… lo… un poco ma… reada —simulé un vahído.

    —Jorge me comentó que habías estado un poco estresada —me dijo en un susurro violento, con sus labios pegados a mi oreja derecha.

    —Ansiedad… cr… eo —me diagnostiqué, aplastándole mi culo con suaves movimientos sobre su polla, que palpitaba debajo de su pantalón sobre la tela de raso de mi vestido.

    Extendió sus brazos hacia delante y frotó mi vientre. Y yo jadee, sintiéndome cerdísima.

    —¿Quieres que vaya por algún analgésico? —me ofreció con otro susurro, y casi sentí su lengua húmeda serpenteando en mi lóbulo.

    —No… sólo quiero perm… anecer un mome… nto aquí… recostada —señalé como pude el sofá que estaba a nuestro lado.

    —¿Te molestaría si te ayudo a liberar un poco la tensión, princesita?

    —No… claro… hazlo… por favor —cedí a sus encantos.

    —¿Confías en mis manos, preciosa?

    —Completamente.

    Aníbal se apartó de mí, me ayudó a sentarme en el sofá y se dirigió a la puerta, cuando oímos que alguien se acercara. No tuve el valor de mirar hacia afuera, aunque me tranquilicé cuando mi acompañante le decía al recién llegado algo como «no estamos aquí, estamos en cualquier parte, pero no aquí». «Sí, señor» respondió el hombre como si fuese el respondo de una oración «Cubre mis flancos» le dijo mi concuño como final a su empleado de confianza.

    Y Aníbal entró de nuevo a la vinatería, cerró la puerta con pestillo desde adentro y me dijo:

    —Recuéstate boca abajo, cielo, en el sofá.

    El pecho me palpitó muy fuerte.

    —¿Cómo?

    —Voy a darte un masaje —me dijo, acercándose a mí.

    —Aníbal… yo…

    —Sólo tenemos unos minutos —me advirtió.

    Y miré la hora en mi teléfono y suspiré.

    —Aprovechémoslos, entonces —no sé por qué le dije aquello.

    Me obligué a pensar que con tan poco tiempo a nuestro favor, iba ser imposible claudicar de nuevo a la lujuria. Sólo sería un masaje y volveríamos. Nadie podría sospechar.

    —Gracias por el vestido —le dije, cuando me recosté boca abajo en el sofá y acomodé mis enormes senos en la tapicería—, es precioso.

    —Un vestido lo hace lucir la portadora, no la prenda en sí, querida niña, y tú lo haces destacar extraordinariamente. Todas las miradas están puestas en ti —me halagó.

    Cerré los ojos cuando sentí que los laterales del sofá se hundían, pues Aníbal estaba colocando sus rodillas a mis costados, una a cada lado de mis piernas. Y un escalofrío me obnubiló.

    —No pretendía llamar la atención —admití avergonzada, pensando en la incomodidad de Jorge.

    —Tú llamas la atención con vestido o sin él. No quiero imaginarme lo que sería que te viesen desnuda.

    Cuando menos acordé, sus dedos ya recorrían mi espalda desnuda, en tanto su entrepierna comenzaba a acercarse a mis nalgas, que estaban puestas debajo de él, apuntando hacia su bulto.

    —A tu mujer le daría un infarto —intenté reír, para pensar en otra cosa.

    —Ya le ha dado el infarto al saberte la más hermosa de esta noche.

    —Y como venganza no se ha cansado de humillarme delante de sus amigas —la acusé—. El odio que siente hacia mí se robustece día con día.

    —Es que te has comido a su marido, ¿te parece poco? —se echó a reír.

    —Ella me odia desde antes de que «te comiera» —le recordé.

    —Ufff. Qué rico ha sonado eso, cariño.

    —Aníbal, por favor, pórtate bien.

    —Sí, sí, lo hago, sólo te estoy dando el masajito. ¿Lo estoy haciendo bien?

    —De maravilla —jadee.

    Sus dedos eran ásperos, fuertes, una firme remembranza de su época como militar en las fuerzas armadas. La intensidad de sus caricias me mojaron. Mordí el cuero del sillón y mis pezones pronto se me endurecieron. Aníbal estaba encima de mí, sobre mi culo, con su enorme y dura protuberancia enterrándose entre el medio de mis nalgas, sobre mi vestido.

    Las hormonas me ardieron por dentro y poco a poco comenzaron a estallar.

    —¿Todo bien? —quiso saber.

    —S…í… todo… bien…

    Lo sentía pesado contra mí, era como si su dureza ansiara traspasar su pantalón y enterrarse entre el hueco que separaba mis dos nalgas.

    Después de lo que había ocurrido con él hace dos días, todas las fibras nerviosas de mi cuerpo se hallaban encendidas; estaban sensibles, siempre a la expectativa.

    —Tu pulso se ha acelerado —me dijo cuando tocó las pulsaciones de mi cuello.

    —No sé por qué será —vacilé, manteniendo los ojos cerrados.

    Desde esa noche me mojaba con facilidad, hasta estilar, y mis deseos de amasar mis pechos y estirar mis pezones, introduciendo un plátano grueso en el interior de mi vulva, era voraz.

    —¿Lo sientes, Livia… lo sientes?

    Se refería a su duro bulto.

    —Sí…

    —Esto es lo que me provocas —me acusó.

    Y ahí estaba yo, con mis enormes y gordos pechos aplastados contra el cuero del sofá, mientras mis dientes mordían la funda del cojín para evitar expulsar gemidos que me pusieran en entredicho ante el hombre que se había quedado afuera a cuidarnos los flancos.

    —Mmmh —jadeó él.

    Simulé extenuación, para no hacerme cargo de los errores que estaba cometiendo. Simulé olvido, para evitar hablar de esto en el futuro. Simulé indiferencia, para no sentirme culpable de estar en la casa de la familia de mi futuro esposo, mientras el marido de su hermana restregaba su miembro endurecido sobre mi culo.

    —Ufff —no pude evitar gemir.

    Me arrepentí al instante. Esperé que mi acometedor no se hubiera dado cuenta de mi excitación, pero ya era demasiado tarde.

    —Estás… que revientas, mi amor.

    Me pregunté si de verdad le gustaba, o sólo era el morbo que le generaba ser la novia de su cuñado, mi cuerpo, mi cara y mi voz. Mis burdas insinuaciones. Todo lo que habíamos hablado o vivido entre los dos nos había puesto en una predisposición para esto que estaba ocurriendo ahora.

    La tensión sexual había sido real, desde el principio. Y me daba miedo, Dios mío, me daba muchísimo miedo un día no tener la fuerza de voluntad para refrenarme y dejarme ir a donde sea que él y la lujuria me llevaran. Y, sin embargo, pensé en Raquel humillándome «tú no tienes cabida en nuestra foto familiar», pensé en Jorge y en la primera cena a la que me había llevado con su familia, diciéndome «¿cómo puedes ser tan burda, Livy? ¡Esa ropa que llevas puesta que hace ver muy mal!» Y pensé en esa estúpida de Renata de Valadez.

    Y me importó un carajo lo demás.

    Me dije que lo que estaba haciendo era una acción compensatoria. Un reparador de daños. Y me permití fantasear con Aníbal Abascal, y lo que pasaría si, de un momento a otro, me giraba, me arremangaba el vestido, le abría las piernas y le confesaba la verdad: que quería que me cogiera duro, muy duro… hasta hacerme bramar como una puta de verdad.

    —Más duro… —verbalicé mi fantasía sin querer, y Abascal suspiró.

    Entendí que él había captado mi comentario, y aunque podría significar cualquier cosa (en ese juego de doble sentido) él se comportó como si de verdad me la estuviera metiendo en lo más hondo de mi útero.

    —¿Así, mi gatita hermosa, así de duro? —me preguntó frotándome su paquete duro en mi culo.

    De pronto sentí cómo Aníbal maniobraba detrás de mí, haciendo movimientos de apareamiento encima de mis nalgas, como si yo fuese su perra y él un semental que me estaba penetrando. Desde luego, su masaje sobre la espalda también fue más intenso, que se supone que era lo que yo le estaba solicitando.

    Y por inercia volví a gemir. Esta vez de forma más descarada. Y mi corazón comenzó a latir sin parar. Mi frecuencia cardiaca se volvió frenética, y mi respiración bastante densa y agitada.

    —¿Te gusta…? ¿Te gusta? —oí su demoniaca voz varonil desde la distancia: ardorosa, perversa.

    —S…í, me enca…nta —confesé sin límites, mostrándome cínica, sucia. Perversa también.

    Nuestros amores, los hermanos Soto (su esposa y mi futuro esposo) estaban fuera, congregados en una larga mesa esperándonos para cenar. Y nosotros sin llegar, porque él: mi fantasía sexual, mi gran pecado, estaba allí, encima de mi culo, restregándome su polla.

    No sé cómo pasó, pero comencé a levantar mi culo para sentir con mayor precisión su dureza, para indicarle que estaba caliente, que quería más, no sólo frotamientos. Me restregué a él, y él se friccionó más fuerte hacia mí, y continuó:

    —¿Te gusta, mi niña traviesa?

    —Sí… me encanta… papi…

    —¿Quieres que pare?

    —No, por favor… más… fuerte… dame más… duro…

    —Eso es, mi pequeña, dime papi, me pone cachondo que me digas papi…

    E incrementó sus movimientos de apareamiento. Sentí su cuerpo cada vez más pesado sobre mi culo, pues casi se había recostado sobre mí, y su respiración también se hizo densa y agitada.

    —¡Ah, por Dios! —jadee—. ¡Así… así…!

    Era un descaro total. Un descargo de ansias contenidas, al menos de mi parte. Y me volví a preguntar si este juego era real o sólo producto de mi imaginación o de una pérfida fantasía.

    —Ufff… sí, sí… —Quise que escuchara mis gemidos, mis dolorosas plegarias.

    Que me idealizara en una gran cama con sábanas blancas, recostada boca arriba, con las piernas abiertas, y él encima de mí, metiéndomela.

    —Lo sé, yo sé que te gusta, claro que lo sé —jadeó con un tono animalesco, violento, ávido.

    Yo me seguí restregando contra el sofá, imaginando que sus manos me amasaban mis tetas, que me jalaba mis pezones. Y él me estaba cabalgando. Y yo tenía la excusa perfecta para tal descaro «un masaje para el estrés»

    A estas alturas, podía sentir que mi tanga estaba siendo mordida por mis labios vaginales, mojados, hinchados de placer.

    Y ya no pudimos soportarlo más; ni él ni yo. Ni su polla ni mi sexo: y sabía que si nos quedamos un minuto más allí, ocurriría eso a lo que estaba rehuyendo, por eso le dije entre gemidos:

    —Aníbal… por favor… volvamos a la mesa…

    —¿Cómo…?

    —Volvamos…

    —¿En verdad quieres que volvamos?

    —Sí…

    —Yo quiero follarte, princesita, ¿quieres que te folle o que volvamos a la mesa?

    —Sí…

    —¿Sí volvemos a la mesa?

    —Sí, fóllame.

    Cuando menos acordé, había expulsado las palabras. Y Aníbal, incorporándose un poco más, me hizo girar, de manera que mi cara se encontrara con la suya. Y lo atrapé de la nuca, lo atraje hasta mí y le ofrecí mi lengua mojada. Él la aspiró con su boca y nos lengüeteamos, chupamos nuestros labios y seguimos desplazando nuestras lenguas incluso fuera de la boca.

    —Dilo —me ordenó…

    —¿Qué cosa?

    —Que te coja duro…

    —Sí… Mmmghgh, cógeme…mghm…durmmghro…

    —Dilo…

    —¿Qué digo…?

    —¿Qué eres de mí…?

    —Yo… soy tu puta….

    —¡Dilo… todo… todo… dilo…!

    —¡Soy tu puta, y quiero que me cojas duro!

    —¡A mi princesita lo que ordene!

    Fui yo la que empleó sus dedos para remangarse el vestido, que como era un corte de sirena, requirió de mucha paciencia y maña hasta lograrlo.

    Cuando me di cuenta, la parte inferior de mi vestido ya estaba enredada a mi cintura, mis piernas libres y separadas, enfundadas en un par de sensuales medias de nylon, atadas a las caderas por medio de ligueros, los tacones anclados en el sofá, y mi tanga mojadísima incrustada en mi rajita.

    —Si lo hacemos… Aníbal… seremos unos hijos de puta —le dije, todavía con remordimientos, desenterrando el hilo de mi tanga de entre mis gajos vaginales y haciéndola aún lado, mientras él permanecía de rodillas entre mis piernas, sacándose su temible y poderoso falo venoso, por el hueco de su bragueta, para después apuntarlo hacia mí—. ¡Ellos… están… a pocos metros de nosotros… y…!

    Pero él estaba concentrado mirando hacia mi sexo, hambriento, ávido, lujurioso:

    —Quisiera chuparte esa rajita encharcada hasta hacerte correr como una puta, mi amor… pero el tiempo apremia…

    —Aníbal… —dije con un erótico gemido.

    —Ufff, mi vida… —se acercó un poco más, mirando detenidamente el océano hirviente que había entre mis piernas—; ¡si pudieras ver cómo estás chorreando, mi pequeña guarra calentona, te mueres de placer!

    Aun si «el tiempo apremiaba» Aníbal no pudo contener la tentación de darme unas chupadas de coño, que estaba caldoso y empapado, produciéndome un pálpito que me obligó a jadear, presionar mis manos contra su cabeza, y ahogarlo entre mis charcos hasta dejarlo con la boca estilando de mis febriles flujos, los cuales, al incorporarse, hizo chapotear con su lengua, complacido.

    Y no hubo más preliminares. No había tiempo para recrearnos, para adorarnos nuestros cuerpos, para reconocernos la piel. «El tiempo apremia». Así que fuimos a lo nuestro, antes de que alguien nos buscara; antes de que alguno de los dos se arrepintiera (como si acaso hubiese sido posible).

    —¿Quieres saber a qué saben las putas? —me preguntó sonriente—. Saben a esto…

    Al mismo tiempo que clavaba su verga sobre mi estrecho coñito, se tendió completamente sobre mí, a fin de darme su boca y hacerme probar los restos de mis propios fluidos vaginales.

    El aroma de mis caldos, la estocada de su falo, y la contracción de mi útero al sentirlo tan adentro me hicieron temblar y sollozar de satisfacción.

    —¡Aaaahhh!

    —¡Shhh! —me advirtió mi macho, acallando mi sollozo devorándome la boca.

    Rodee mis piernas sobre su torso e hice por impulsarlo hacia mí.

    —¡Qué rico… por Dios… Aníbal… qué rico se siente…!

    Sus embestidas eran tan certeras, tan hondas, tan colmadas de carne, que el hormigueo de vulva se esparció por todo mi cuerpo.

    —¡Absórbelo, putita… absorbe mi verga hasta tus entrañas así como sabes hacerlo! ¡Ufff… Livia Drusila…! ¡Después de ella… nuca sentí un coño tan estrecho como el tuyo…!

    —¿Ella…? ¿Cuál ella…?

    —¡Ohhhh!

    —¡Ahhhh!

    En la mesa del comedor, alguien seguía cantando villancicos; Raquel seguramente estaba repartiendo las hojas de cánticos para que la espera de los vinos fuera menor, y Jorge y Renata debían de estar conversando sobre sus ridículas infancias juntos.

    Mientras tanto, en el interior de la vinatera, con un hombre protegiendo la entrada, estaba yo en una nueva posición; yaciendo de pie sobre mis tacones, con las piernas medio separadas, el largo de mi vestido enroscado a mis caderas, con mis antebrazos apoyados sobre la encimera de la barra, junto a las cuatro botellas de lambrusco que Aníbal acababa de bajar, y con mis abultadas nalgas agitándose sobre el pollón de Aníbal, que, tras servir una copa de vino para los dos, se disponía a volvérmela a meter.

    —Brindemos —me dijo sonriendo, dándome de beber—, porque somos unos hijos de puta.

    Y luego clavó su falo entre mi acuosa caverna de carne, volviéndome a dilatar el coñito con su circunferencia, en tanto sus dedos hurgaban entre mis cabellos, a la altura de la nuca. Y ladeó mi cabeza hacia él, que se acercó hacia mí, de manera que mi boca y la suya se encontraron a fin de compartir el vino que aún almacenaba mi boca. Nuestras lenguas nadaron entre las burbujas espumosas del lambrusco al mismo tiempo que sus caderas se impulsaban hacia atrás y hacia delante, metiéndome su falo y sacándomelo, a veces, lento, a veces fuerte, en medio de un estado de ardentía que me tenía sometida al placer.

    El vino resbaló por mi esófago al mismo tiempo que su verga resbalaba por mi útero.

    —¡Ouughh! —jadee.

    Aníbal metió su mano a mi vestido, y sacó por el costado mi pecho izquierdo, el cual dejó desnudo, pesado, con su pezón erecto colgando sobre el aire, mientras atrincaba el escote entre el canalillo para evitar que mi seno se escondiera de nuevo. El otro pecho permaneció oculto, pero igual de caliente.

    —¡Qué tetas tan gordas y duras tienes, preciosa!

    Advertí la caldosa cabeza de su verga ingresando despacio sobre mi estrecho agujerito, que lo recibía acuoso, caliente, estilando. Con una de sus largas manos me sujetó de una nalga, y con la otra me estrujó el único seno que colgaba por el lateral de mi vestido.

    Y continuó invadiéndome; y su enorme longitud y circunferencia se enterró sin descanso, acalorándome el coñito y engrosándomelo. Mi espalda se arqueó hacia abajo por inercia mientras me llenaba de su polla, y mis gemidos no pudieron controlar la poderosa necesidad que había de expresar mi satisfacción.

    —¡Oh por Dios, papi, papi! ¡Aaahhh!

    Metió un dedo a mi boca para aplacar mis aullidos de perra lasciva, sin éxito; luego dos, luego tres, y cuando fueron cuatro mi lengua comenzó a lamerlos por impulso, llenándolos de saliva, de vez en cuando mordisqueándolos.

    —¡Hummhg! ¡HumHhhg!

    —¡Pfff! —bufaba mi concuño mientras me follaba.

    Sacó los dedos de mi boca y luego los sentí hurgando mi empapada vagina. Los metió hasta mojarlos y nuevamente me los entregó a mi boca para que volviese a probar el sabor de mi sexo.

    Y se reanudaron las fuertes metidas, y sentí sus huevos chocando contra los gajos de mi vagina, notando cómo ante cada estocada, pequeños goterones de mis jugos se expulsaban desde mi útero, mojando la madera con que estaba forrado el suelo.

    Y comencé a menear el culo, en hondas, para que su verga se restregara por todo el interior de mi vagina. Las oleadas de sensaciones que surgieron en mi interior se irradiaron hasta mis entrañas, mi vientre, y fue subiendo hasta mis pechos, mis pezones, que parecían querer explotar de lo pétreos que se encontraban.

    Mi amante continuó horadándome y yo seguí moviendo mis caderas, para enterrármela hasta adentro, para sentir mayor placer. Ladee mi cabeza hacia atrás y lo vi con la cabeza echada hacia atrás, con la corbata restirada, su boca entreabierta, sus ojos cerrados, su nariz aspirando todo el oxígeno que podía y su cuerpo en un estado permanente de excitación.

    El chapoteo de mi acuoso coño al contacto de las penetraciones de su caliente verga se unió a nuestra sinfónica de gemidos. Y el cosquilleo de mi sexo se incrementó. Pronto vinieron solas las convulsiones, propiciadas por las oleadas de placer, seguido de ese peculiar deseo femenino de querer orinar justo cuando se acerca el orgasmo.

    Las estrujadas de tetas, las metidas de verga sobre mi coño, y el morbo de saber que nuestras parejas nos esperaban afuera propiciaron que me doblara de rodillas tras un poderoso orgasmo que hizo estremecer mi cuerpo y la barra misma, provocando que tres botellas se tambalearan y se estrellaran contra el suelo.

    —¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! —gemí.

    —¿Todo bien, señor? —gritó el hombre que cuidaba afuera.

    —¡Todo perfecto, Ezequiel! —se carcajeó Aníbal, casi al mismo tiempo que me susurraba—. Yo también me corro, mi pequeña… me corro…

    —¡Córrete fuera de mí! —le advertí, intentando recuperarme de semejante orgasmo.

    —¿Lo va a desperdiciar? —Se refería a su semen, por supuesto.

    —No voy a tomarme otra vez la píldora del día siguiente —me quejé, apaciguando los temblores de mis muslos y mi vientre.

    —Entonces… trágatelos… mi niña…

    —¿Qué?

    —¡Que te tragues mi leche!

    Después de mi escandalosa corrida, sentí que todo lo que pasara después ya era ganancia. Mis piernas seguían temblando, así que cuando menos acordé, me hallaba de rodillas delante de él (por fortuna los cristales de las botellas rotas estaban del otro lado de la barra, aunque el líquido estuviese esparciéndose hacia donde yo me encontraba) con mi boca abierta y la lengua de fuera a la altura de su polla.

    Los lechazos expulsados de su glande impactaron directo en mi garganta, pues cuando advertí sus bufidos adiviné que ya estaba por correrse y me la metí en la boca. Lo que menos se me antojaba era que su esperma cruzara mi cara y arruinara mi elaborado maquillaje. Además no había mucho tiempo para volverme a maquillar.

    —¿Señor? —dijo el hombre de afuera—, me temo que la señora comienza a preguntar por su demora.

    —Ve y dile, sin que nadie te escuche, que mi demora se debe a que rompí por accidente varias botellas y estoy limpiando el desastre. Asegúrate de que te cree y vuelve de nuevo a tomar tu lugar.

    —Como diga, señor.

    Minutos después ya me estaba alisando la tela inferior de mi ajuar, tras haberme ajustado mis tetas dentro de mi vestido. De prisa extraje mi pequeño neceser de cosméticos para retocar mi maquillaje, sobre todo el labial, que lo tenía completamente arruinado. Más tarde, mientras ajustaba la corbata de Aníbal, sus manos inquietas comenzaron a estrujarme el culo.

    —Ufff, mi niña traviesa, tienes un culotote de infarto. No me canso de tomarlo, de desearlo, de querérmelo comer y de aplastarlo todo el tiempo.

    —Deja mis nalgas en paz, Aníbal, que me vas a volver a desajustar mi vestido. No, no, ya no me beses, con el trabajo que me costó limpiarte. Además… no quiero que mi aroma quede en tu ropa o en tu piel. Con el trabajo que me costó quitártelo con la toalla húmeda de vino.

    —Ya huelo a ti, preciosa; huelo a tu perfume, a tu sudor femenino, a tu boca, a tu sexy aliento y, sobre todo, a tus caldos vaginales.

    Suspiré cuando corroboré que el cuñado de mi novio no tenía labial en su cuello, en su saco ni en su camisa, que encima era blanca.

    —¿Nos vamos? —le dije respirando hondo.

    —No por placer —me dijo, dándome una última nalgada—, que si por mí fuera, me quedaría aquí cogiéndote toda la noche.

    No dije nada. Tragué saliva, y los nervios comenzaron a abordarme. Lo único que me faltaba es que Raquel no se hubiera tragado la justificación de nuestra tardanza, que Jorge comenzara a sospechar cosas raras; o que algo mal puesto, pintura o aroma, delatara nuestra infidelidad.

    Habíamos pisado la línea roja, y ambos teníamos en cuenta que una vez que tocas esa línea, se te hace más fácil atravesarla la próxima vez.

    —Quiero que estés tranquila —me dijo Aníbal antes de abrir la puerta del ámbito—. Ha sido… culpa de tu estrés —convenimos ambos como si estuviésemos firmando un descargo de responsabilidades—. Nunca tengas miedo cuando estés a mi lado, Drusila, yo voy a protegerte siempre, incluso de ti misma.

    Tragué saliva, lo miré de soslayo y caí en la realidad de lo que habíamos hecho. Y mis ojos se aguaron, mi pecho tembló, y la pesadumbre y vergüenza de tener que volver a ver a Jorge a la cara me sometió.

    —Esta no soy yo… Aníbal… yo no soy así… La Livia que es novia de Jorge jamás habrí…

    —La Livia que es novia de Jorge no es la Livia que me acabo de follar, eso está claro. Tú eres Drusila, y de ella me encargo yo.

    Salimos de la vinatera; mi concuño más íntegro y perfecto que yo, cargando en su mano derecha una cubeta con cuatro nuevas botellas de vino con las que brindaríamos, cuando de pronto sentí irme de bruces al darme cuenta de que Ezequiel, un hombre que conocía a Jorge a cabalidad, era nada menos que el fiel sirviente que había estado custodiando la puerta, pendiente de lo que dispusiera su señor.

    ¡Dios Santo! ¡Dios Santo! ¡DIOS SANTO!

    Sentí que la quijada se me caía al suelo y que mi corazón se saldría por mi boca. Aníbal debió notar mi terror porque no tardó en decirme:

    —Tranquila, es de mi entera confianza.

    Atisbé a Ezequiel a hurtadillas y hallé en él disimulo y discreción. Actuaba como un perro amaestrado, como solía decir Jorge. Yo misma lo noté desde que se presentó en mi apartamento días antes para hacerme entrega de las llaves del vehículo que me obsequió Aníbal. De todos modos la vergüenza me pudo y esquivé la mirada con presteza.

    ¿Cómo podría ver a ese hombre a la cara de ahora en adelante después de lo que había atestiguado? ¿Qué estaría pensando de mí? Pues eso, lo que era, una imbécil, una zorra desconsiderada. ¡Una maldita puta que se dejaba follar por el hombre que había hecho las veces de padre de su novio!

    —Limpia el desastre, cierra la puerta y te vienes a la mesa —le ordenó Aníbal al pasar a su lado con bastante indiferencia, como si Ezequiel fuese un gato sin sentimientos que sólo actuaba por inercia.

    —Así será, don Aníbal —respondió él; y de soslayo me pareció apreciar en la mirada de Ezequiel un odio excesivo hacia su jefe, un odio y resentimiento tan intenso que a los segundos pensé que era imposible, y que sólo había sido una alucinación de mi mente, producto de mis nervios.

    Hice acopio de valentía y traté de serenarme. «Suspira, Livia, suspira.»

    Me dije que si Aníbal no tenía rastro de preocupación por lo que su escolta y secretario personal hubiera podido escuchar o mirar, mucho yo menos yo tenía que tener razones para tener miedo.

    —Vamos —me instó Aníbal, desprendiéndose de mi cintura para asirme del brazo antes de llegar al umbral del comedor.

    —¿Y ahora…? —dije asustada, cuando faltaba poco para volver al gran salón—. ¿Y ahora, Aníbal? Ese hombre… Ezequiel… conoce a Jorge… y sabe que yo… si le dice a Raquel… tú… yo… ¿Y ahora?

    —Y ahora, querida —me dijo mi amante en un susurro—, ve pensando cómo le vas hacer, que antes de año nuevo te quiero tener a cuatro patas sobre el escritorio de mi despacho, mientras tu novio trabaja a tres metros de nosotros.

    —¡Aníbal! —me horroricé.

    Al volver al salón comedor choqué de frente con la realidad. Fuertes oleadas de agitación y arrepentimiento golpeaban mi conciencia. ¿Qué habíamos hecho? Aunque, la pregunta correcta era, ¿cómo podía actuar Aníbal Abascal con tanta frialdad, como si no hubiera pasado nada?

    —Vaya, cachorrito —le dijo a mi novio cuando me entregó a él como si fuese una de sus pertenencias—, la suerte que tienes de tener una chica tan espontánea, ocurrente y perspicaz como ella. —Sentí de nuevo que me caía de bruces. El descaro de Aníbal me asustó momentáneamente—. ¿Vino o tequila para brindar? —le preguntó, mientras sus dedos hurgaban sobre mis nalgas.

    —¡Levanten sus copas! —dijo mi amante y anfitrión minutos más tarde—, y brindemos nosotros, por la vida, y porque cada cosa que se propongan se realice sin demora ni cansancio. Feliz navidad, familia y amigos, y que el año próximo sea tan… placentero como lo ha sido para mí esta noche.

    —¡Salud! —dijimos todos, mientras nuestras miradas se cruzaban.

    Después de la cena me fui al servicio de aquella mansión para lavarme el coño con agua tibia. Esa noche seguía muy cachonda, y Jorge sería quien aplacara el fuego que no había podido apagar del todo su cuñado.

    _____________

    ¡FELIZ NAVIDAD, AMIGOS!

    Este es mi regalo de navidad, extraído de un capítulo no publicado de los libros oficiales de la historia de Livia; puede leerse de manera independiente, para quienes nunca antes hayan leído nada de mí, ya que lo adapté para que no interfiriera con el futuro de la obra. Gracias.

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  • El primer trío de mi novia fue en Navidad

    El primer trío de mi novia fue en Navidad

    Pasaron las 00 h, brindamos con nuestras familias y ya estábamos listas para salir de joda. Mi novia estaba vestida con un vestido rojo que le quedaba pintado. Yo estaba con una minifalda que dejaba ver hasta mis suspiros. Salimos con una conservadora llena de alcohol. Fuimos en mi auto. Cuando llegamos a la joda, estaba lleno. No habían pasado ni 5 minutos que nosotras ya habíamos encontrado a nuestro grupo de amigos y estábamos meta chupar y perrear. La noche se basó en eso.

    En cierta parte de la noche, ya estábamos todos re en pedo mal. Mi novia y yo estábamos bailando bien pegadas, rozándonos todas, la calentura subía. Un chico se nos acercó y comenzó a bailar con nosotras, conmigo más que nada. Se movía como los dioses y los revés sobre mi no faltaban.

    Se me acercó al sonido y me dijo que quería cogerme toda. No dude en decirle que lo haga, sin recordar que mi novia estaba atrás. Comenzó a comerme el cuello a besos y manosear me toda, yo me dejaba. La cara de mi novia un poema. Ahí me rescate yo y hablé con ella. Le plantee la posibilidad de hacer un trío. Era algo que teníamos pensado hacer, no tan pronto, pero sí. Era nuestra oportunidad. Ella nunca había estado con un chico, pero accedió. Le dije al pibe que nos fuéramos para alguna casa y el puso la suya. Fuimos en su auto. Yo iba sentada de copiloto mientras la mano de él recorría mis piernas… Mi novia observando desde atrás. Llegamos a su casa. Entramos, nos fuimos a la cocina por unas cervezas y fuimos a su cuarto. Las paredes estaban llenas de posters de chicas desnudas, me calentó. Él se sentó en su cama y se desabrochó el pantalón. Era mi momento. Seguime le dije a mi novia.

    Fui hacia él y le baje los pantalones. Me saque mi top y me ate el pelo. Tome su pija con una mano y comencé a bajar y subir lentamente mientras lo miraba a los ojos. Se estaba muriendo por verme con su pija en mi boca. Le dije a mi novia que se sentará a su lado y lo hizo. El comenzó a quitarle la remera. La besó. Al instante yo metí su verga en mi boca, que buena verga, bien grande como me gusta. El gimió y mientras la besaba a ella y la manoseaba, con la otra mano, empujaba mi cabeza para tenerla hasta el fondo. Estuve varios minutos chupandosela. Tome la mano de mi novia y la traje conmigo, le di la pija y le di a entender que era su turno. Dudó en un momento, pero luego se la comió toda. Cambiamos de lugar, yo me senté al lado del chico el cual me besó rápidamente. Varios minutos de besos y caricias. Yo estaba que chorreaba de lo caliente que estaba y el lo sabía. Hizo levantar a mi amiga y la sentó en el medio de la cama de piernas abiertas. Yo sabía lo que se venía. Teniendo en cuenta que mi novia aún era virgen, yo sería la que iba a comer mientras le chupaba la concha a ella. Y así fue. Me puse de perrito mirando su concha mientras él acomodaba su verga en la entrada de mi concha. Comencé a chuparle la concha a mi novia y de un solo empujó tenía toda la verga adentro. Hacia mucho no sentía tanto placer. Cómo sabía moverse ese chico!!! Taca Taca varios rato. Me lleno de leche la concha. Ahora el turno de mi novia. Ella ya estaba re caliente también, así que cambiamos de lugar…

    ¿Parte 2?