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  • Rosalba: Un viaje de placer con mi primo

    Rosalba: Un viaje de placer con mi primo

    Cuando tenía 19 años, planee junto con mi primo Antonio, un viaje a Guanajuato, queríamos ir al Festival Cultural que se lleva ahí año tras año. Durante mucho tiempo, ahorramos dinero, para poder llevarlo a cabo. Con anticipación compramos los boletos del autobús, los boletos a ciertos eventos y por supuesto reservamos un hotel.

    Aquí tengo que hacer mención, que, desde pequeños, mi primo Antonio y yo, nos llevamos súper bien, él es apenas un año mayor que yo, y durante los últimos cinco años, en sus vacaciones de verano, se va a vivir con mi familia, pues el equipo de americano al que pertenece, tenía su campo de entrenamiento, mucho más cerca de nuestra casa, que de la suya. Durante esta época, siempre aprovechábamos para pasar tiempo juntos, platicar, pasear, etc. Teníamos una amistad sincera, jamás criticábamos ni cuestionábamos sobre los temas que tratábamos, cuando llego la época de tener novios, también se volvían tema de nuestras conversaciones y hasta nos aconsejábamos al respecto, hasta en ocasiones, cuando íbamos al cine, nos besábamos y acariciábamos tímidamente, sin pasar jamás a mayores.

    Cuando les mencionamos a nuestros padres, al respecto del viaje y nuestra decisión de hacerlo solo nosotros dos, no encontramos ningún problema en obtener su consentimiento, es más, mi tío (el papa de Antonio) hasta nos ayudó con algo de dinero.

    Así paso el tiempo y llego el día de partir, Antonio llego por mí a la casa y juntos nos fuimos a la estación de autobuses, para un viaje de tan solo unas cuatro o cinco horas, al llegar, lo primero que hicimos fue ir al hotel, para registrarnos y dejar nuestras cosas, pues los eventos a los que teníamos planeado asistir, iniciaban esa misma tarde-noche. Ahí encontramos un primer problema, ambos creíamos, que la reservación había quedado para una habitación con dos camas individuales, cual sería nuestra sorpresa al entrar a esta y ver solamente una cama gigante (king size), en medio de risas, pensamos primeramente no decir nada y compartir la cama, la habitación estaba cerca del área de piscina, y de muy fácil acceso, pero después de pensarlo, decidimos bajar a la administración y ver la posibilidad de cambiar la habitación. La chica de la recepción, entendió perfectamente la situación, pero nos dijo que solamente tenían habitaciones con una cama matrimonial y otra individual y que el costo era un poco más alto, aun así, decidimos tomarla, desafortunadamente, esta se encontraba hasta el último piso y lo más lejos del elevador, había que caminar por dos corredores antes de llegar a esta, pero aun así, cuando la vimos nos encantó, la vista desde el balcón era magnifica, toda la ciudad se veía desde ahí, así que acomodamos nuestras cosas y nos salimos a callejonear.

    La tarde noche paso de maravillas, entre los espectáculos, el alcohol y un poco de hierba que Antonio traía, llego la hora, en la madrugada, de regresar al hotel, para descansar un rato, aprovechar la alberca en la mañana y por la tarde reiniciar de nuevo la fiesta en el festival.

    Llegamos, más que “alegres” al hotel, subimos al elevador y nos encaminamos rumbo a la habitación, casi a mitad del primer pasillo, se escuchaban los gemidos de una pareja, que por lo que se oía, se la estaban pasando de lo más rico, la curiosidad y el morbo, nos llevó a quedarnos pegados a la puerta, sabíamos que a esa hora, nadie se iba a dar cuenta de eso. Oyendo e imaginando lo que pasaba ahí dentro, empecé a sentirme verdaderamente excitada y por lo que noté en mi primo, el también empezaba a animarse, por lo que le pedí a Antonio, siguiéramos caminando rumbo a la habitación.

    Al llegar, inmediatamente me metí al baño, para cambiarme y aprovechar para bajarme la calentura del momento. Cuando salí, mi primo ya estaba acostado en la cama más pequeña y me había dejado para mi la cama matrimonial, al darle las buenas noches, noté que su abrazo pedía que me acercara más a él, y no soltaba mi brazo, es más, me jalaba hacia él, fue un momento difícil, no les voy a negar que mi primo, era un forro de hombre, guapo y con un cuerpo de campeonato, ya en algunas ocasiones había sido el estímulo de algunas de mis fantasías, pero en ese momento no creí buena idea hacer realidad aquellos sueños, así que, como pude me zafé y me metí bajo las cobijas de mi cama.

    No había terminado de hacerlo, cuando se empezaron a escuchar gemidos y gritos de la habitación contigua, nuestros vecinos también estaban gozando la noche, sus suspiros eran alucinantes, no había forma de no alucinar con ellos, volteé a ver a mi primo y solamente pudimos sonreírnos seductoramente, en minutos, yo estaba totalmente encendida, sin darme cuenta y a pesar de saber que estaba Antonio en la cama de junto, empecé a darme una buena sobada en mis partes íntimas, que en ese momento ya estaban totalmente húmedas, gire la cabeza para observar a mi primo y vi con sorpresa, que había aventado las cobijas a un lado y totalmente desnudo, estaba observándome fijamente y sobando su viril miembro. No podía más, lo llame y le dije que se acostara conmigo, que necesitaba su verga dentro, pues estaba sumamente caliente, no termine de decirlo, cuando ya estaba parado junto a mí, más tarde en desnudarme, que el en meterse a la cama y aun antes de acomodarme siquiera, inserto su herramienta dentro de mi húmeda vagina, que para entonces no pedía, exigía tener un palo adentro.

    Fue maravilloso, una apoteosis de placer, jamás pensé, que Antonio, tuviera ese pedazo de tronco caliente, capaz de enardecerme al límite, que entraba y salía de mi cuerpo una tras otra vez y en cada una de esas intrusiones, me llevaba a la cúspide de mi excitación. Si los vecinos nos habían sorprendido con sus gritos, seguro ahora, mis gemidos y mis suplicas a Antonio, para que cada vez metiera con más fuerza y profundidad, aquella verga que me llenaba del todo, los tendría atentos a la culminación de nuestro acto. Pero aquel toro que tenía encima, tenía otros planes, por más que me encajaba aquel fierro, este no daba de si, no se cansaba ni siquiera tantito, después de que yo termine por primera vez, me acomodo en cuatro patas, para darme como animal en celo, así hasta que poco después de mi segundo orgasmo, retirarse rápidamente de mi vagina, para descargar toda su leche sobre mi espalda y nalgas.

    Y aquello apenas empezaba, en lo que mi pareja, se tomaba un tiempo para reponer fuerzas e iniciar otra acometida, nuestros vecinos, se oían totalmente absortos en otra buena cogida, el duelo de parejas, apenas empezaba… ya veríamos quien aguantaba más. Y yo confiaba que Antonio, me complaciera el resto de la noche y aún más.

  • Azucena, una compañera de oficina caliente

    Azucena, una compañera de oficina caliente

    Recuerdo que apenas había pasado un mes desde que empecé a trabajar para esa empresa. Un día, estando en la oficina arreglando una base de datos con la secretaria, entro una Sra. que jovialmente saludo a la secretaria y se pusieron a conversar. Mientras charlaban, note como la señora me hacía ojitos disimuladamente. Al irse, le pregunte a la secretaria quien era ella. Me comento que se llamaba Azucena y que trabajaba en la sección de planillas de la empresa. Un día me la encontré en la cafetería y terminamos comiendo juntos todos los días, cosa que aproveche para conocerla mejor. Azucena tenía 40 años, vivía sola, trigueña, de cabello corto castaño, algo gordita, un buen par de tetas, aunque algo falta en nalgas. Sin embargo, había algo que me ponía caliente respecto a ella. Un día, conversando con una compañera de trabajo, me entere que Azucena tenía fama de mujer fácil entre los compañeros.

    Un día, camino al trabajo, me la encontré esperando el bus en una parada y viendo que por lo visto, había perdido el bus de la hora, le di un aventón. En el trayecto, conversando pude notar que venía muy guapa, blusa blanca, saco y minifalda azul marino. Le pregunte a que se debía la ocasión y me comento que tenía una reunión importante y había que ir vestido profesionalmente. Me pregunto si así estaba bien, así que aproveche para decirle que se veía muy bien, cosa que la hizo sonrojar. Varias veces en el camino me pillo chequeándole las piernas. Cuando llegamos al trabajo, me dio un beso en la mejilla y me dijo que me veía en el almuerzo. Me pase toda la mañana pensando en Azucena y en esas piernas que me llamaron tanto la atención. Al mediodía, mientras comíamos y veíamos una revista que tenía consigo, se le cayó un papel que fue a parar debajo de la mesa. Cuando me agache a buscarlo, me quede un rato viendo las piernas cruzadas de Azucena un poco más de cerca. Justo en ese momento, las descruzo y las abrió de par en par, dándome una vista subliminal de sus bragas celestes. Como había demasiada gente en la cafetería en ese momento, me levante para no despertar sospechas. Cuando reanudamos la conversación, me pregunto si había visto algo que me hubiera gustado y le respondí que le quedaba bien el color celeste. Azucena me lanzo una sonrisa pícara cuando fuimos interrumpidos por otro compañero que quería sentarse en la mesa.

    Un viernes, faltando poco para salir, la secretaria de la oficina me llamo. Al parecer, tenía que venir el sábado a una cuestión de las hojas de tiempo de la oficina, pero también tenía una actividad en la escuela de la hija y que no podía faltar. Me pidió el favor de cubrirla al día siguiente con lo de las hojas de tiempo, ya que yo también tenía experiencia con la base de datos. Al principio lo pensé un poco, pero cuando me dijeron que me lo cargaban como sobretiempo, acepte sin problemas.

    Ese día, me dirigí a la oficina de planillas. Como no era día de oficina, todo el mundo estaba vestido bien sencillo. Azucena, que no dejaba de hacerme ojitos y sonrisas coquetas, llevaba puesto un vestido de verano verde, que al cruzar las piernas se le veían todos los muslos. Desafortunadamente, no me tocó ver lo de las hojas de tiempo con ella, pero desde donde estaba, podía verla cuando cruzaba las piernas todo el día y de vez en cuando, como abría las piernas para dejarme ver las bragas negras que tenía puesta. Al finalizar la jornada, me pidió el favor de darle un aventón hasta la ciudad. Al sentarse en el carro, el vestido se le corrió bastante, dejando la mayor parte de sus muslos descubiertos. Íbamos hablando de todo un poco y cuando llegamos a la ciudad, me pregunto si no era mucha molestia que la dejara en su domicilio. Viendo mi oportunidad, accedí y siguiendo sus instrucciones, llegamos a su apartamento. Nos quedamos conversando un rato en el carro hasta que finalmente me invito a subir a conversar, tomarnos unos tragos y quien sabe dijo. Nos sentamos en el sillón mientras conversábamos como siempre. Me pregunto si la encontraba atractiva y le respondí que sí. Se acercó a mí y me dijo que se había vestido así para mi justo antes de darme un beso en la boca. Mientras nuestras lenguas jugueteaban, mis manos apretaban sus tetas y su mano sobaba mi paquete y trataba de bajarme el zipper.

    Al quedar mi pene libre, se arrodillo frente a mí y empezó a mamármelo. Recorría mi pene con su lengua de arriba abajo y de vez en cuando me lamía los huevos y me los sobaba. Alternaba haciéndome una paja y mamando hasta que no aguante más y me corrí en su boca. Se lo trago todo y me siguió pajeando mientras me decía que le gustaba el sabor de mi semen y que era mía para lo que yo quisiera. Al rato de estar así, mi pene se fue poniendo duro de nuevo, entonces me dijo que quería que conociera su cama. Me guio hacia su cuarto agarrando mi pene con su mano. Una vez dentro, me pidió que le ayudara con su vestido. Le desabroche la parte de arriba y le quite el sujetador. Azucena se quitó el vestido quedando solo con la tanga negra. Se acostó en la cama y se abrió de piernas. Me acomode y procedí a quitarle la tanga. Se la quite con fuerza y pude notar que estaba completamente rasurada y mojadísima. Hice que se levantase un poco y le puse una almohada debajo para tener mejor acceso. Empecé a lamerla empapando mi cara en sus jugos cuando me apretaba la cabeza contra su concha. Al rato me dijo que no aguantaba más y que la penetrara. Se la metí de un solo golpe y empecé a bombearla con todas mis fuerzas. Solo se escuchaba los gemidos de Azucena y el rechinar de la cama. Azucena rodeo mi cintura con sus piernas y sentía como su pelvis se meneaba sincronizándose con mis embestidas. Finalmente no pude más y termine viniéndome dentro de ella. Sudados, me separe de ella y quede sentado frente a sus piernas abiertas viendo mi leche chorreando de su enrojecida concha. Se pasó un dedo recogiendo rastros de mi semen y se lo metió en la boca, diciéndome lo delicioso que era.

    Quedamos acostados juntos abrazados mientras Azucena me agarraba el pene y me lo frotaba una y otra vez. Todavía quería guerra y yo estaba dispuesto a darla.

  • Sentidos Inflamados

    Sentidos Inflamados

    Supe que los hombres adultos no eran en mi vida una simple fantasía sexual cuando los jóvenes de mi edad no lograban satisfacerme plenamente en mis deseos carnales. Los septuagenarios tenían la experiencia de toda una vida, pero casi siempre terminaban comportándose como adolescentes ávidos de sexo y con perversiones muchas veces morbosas. Y era justamente esa mezcla de inocencia y perversión que me atraía cada vez más.

    Yo debía ir a Buenos Aires por unos trámites de urgencia que tenía que realizar para mis papeles en España y allí vivía mi amiga Carla. A ella la conocía desde mi infancia donde juntas habíamos hecho la escuela primaria y secundaria, juntas habíamos pasado vacaciones en la quinta de sus padres y juntas habíamos exprimido nuestras primeras lágrimas de amores adolescentes. Con el tiempo la vida nos separó, nos llevó por caminos diferentes, pero siempre continuamos nuestra amistad y nuestro contacto, por eso cuando fui a Buenos Aires decidí alojarme en su casa y, al llegar, me encontré con sus padres que también estaban pasando una semana de vacaciones. Mi alegría fue doble porque hacía mucho tiempo que no los veía y por quienes yo sentía una gran afección.

    Durante el día nos reímos de todo y de nada, Carla me contó la historia de su trabajo y de su amor repetido, y yo les narré mi noviazgo y las anécdotas que se me presentaban en Europa con una mentalidad diferente que causaba la gracia a todos mis nuevos amigos. Después de cenar nos pusimos a ver fotos que yo había llevado de mi estadía en España y el padre de Carla se sorprendió cuando vio a mi novio, de quien yo ya había hablado mucho.

    – ¡Es un hombre grande!… –dijo sorprendido.

    – Sí, creo que tiene un par de años menos que usted –respondí un poco ruborizada- es 25 años mayor que yo –agregué como para dejar las cosas claras sin que entraran hacerme tantas preguntas suplementarias; solo Carla que conocía mis gusto por los hombres maduros comentó.

    – A Any siempre le atrajeron los viejos. Me acuerdo cuando estaba enamorada del profesor de matemáticas, era un viejo peinado a la gomina, con una panza enorme y anteojos caídos sobre la nariz. Nosotros le teníamos pánico y la única que lo defendía era ella.

    Carla conocía mis gustos por los hombres mayores y sabía la diferencia de edad que tenía con mi novio y se reía de eso. Pero en el padre de ella algo pasó por su pensamiento y se exprimió en sus ojos. Yo tuve temor de que lo tomara a mal, por eso le sonreí con la mejor de mis sonrisas y hasta, en un momento que crucé detrás suyo, puse mis manos en sus hombros y le di un beso tierno sobre la nuca, como para tranquilizarlo. El sacudió la cabeza de un lado para el otro sin decir nada.

    Antes de acostarnos, decidimos levantar la vajilla que quedaban sobre la mesa y me fui a la cocina para lavar los platos que habíamos utilizados. Yo estaba frente a la pileta, un poco separada para no mojarme con el agua cuando entró el padre de Carla con los pocillos de café ya utilizados para que los lavase con el resto de la vajilla. Él tuvo que pasar detrás mío y sin querer su cuerpo rozó contra mi cuerpo y yo sentí un pequeño golpe de frisón, de esa misma frisón que ya conocía bien. Pero cuando volvió a pasar para salir de la cocina, y de nuevo me tocó descuidadamente, supe instantáneamente que no había sido tan distraída su actitud, los hombres ya no tenían secreto para mí. Pero no dije nada.

    El departamento de Carla tenía dos dormitorios, en uno dormían sus padres y en el otro nosotras. Esa noche yo no podía conciliar mi sueño, imágenes sexuales atropellaban mi mente despertando en mi cabeza pensamientos eróticos que me excitaban cada vez más y yo que cuando me excito con alguien se me vuelve una obsesión. Imaginaba a mi novio acariciándome en esa misma cocina, pero cuando cerraba los ojos para visualizarlo mejor porque ya tenía ganas de masturbarme, me encontraba que era otro rostro, el del padre de Carla. No lograba dormir tranquila decidí ir a la cocina, a esa hora ya todos dormían profundamente y lo hice con el piyama de verano que había llevado, pantalón corto y transparente, pero no me preocupaba demasiado porque entre esa gente yo me sentía casi en familia.

    Estaba preparándome un café cuando vi aparecer al padre de Carla. A causa del calor y la humedad, él tampoco podía dormir y había tenido la misma idea de ir a la cocina y juntos decimos beber café.

    La cocina del departamento de Carla no era muy grande y ella había apoyado una mesa rectangular contra la pared opuesta a la pileta para ganar espacio y nos sentamos del mismo lado. Mientras hablábamos de mi viaje por Europa yo veía que su mirada se deslizaba descuidadamente por mi cuerpo, observando mis piernas entreabiertas donde se reflejaba transparente el triángulo de mi bombacha. Mis senos también podían adivinarse nítidos debajo de mi piyama. El padre de Carla se levantó para buscar un vaso con agua y descubrí que se hallaba excitado enormemente; debajo de su piyama se notaba el bulto de la erección que estaba teniendo. Fue esa descubierta que despertó salvajemente de nuevo mis deseos de mujer joven habitada por una libido en plena efervescencia y cuando él se volvió a sentar en la mesa yo me acerqué a su lado con el justificativo de servirle otro café. Pero mientras lo hacía apoyé descuidadamente mi cuerpo contra su brazo. Yo pude adivinar su temblor de macho caliente, excitándose antes de sentirlo sobre la piel de mi pierna. Ahora yo sabía cómo excitar un hombre para luego guiarlo hacia mis propios placeres, los hombres maduros continuaban a encender mi sangre.

    Cuando él se levantó de su silla, yo estaba ya sentada de nuevo en la mía y en el momento que se aproximó para saludarme porque pensaba regresar a acostarse, yo le sonreí y él se acercó para darme un beso en mi frente como lo hacía siempre. Pero allí su actitud cambió, tomó lentamente mi cabeza con sus dos manos y apoyó sus labios en mi frente, muy lentamente, como si buscara prolongar el tiempo de ese beso inocente. Mis ojos estaban justo a la altura de su bragueta y yo observé libremente ese bulto que le se le había formado debajo del piyama, mientras sentía la tibieza de sus labios sobre mi frente. Más observaba ese bulto y más me atraía, todo mi cuerpo se ponía en alerta y mis sentidos se inflamaban cada vez más, mi cuerpo ya estaba invadido por el deseo de ser poseída.

    Yo apoyé mis dos manos contra sus caderas y así nos quedamos un instante, mi rostro a la altura de su falo en erección porque él ya no trataba de ocultarlo y tampoco podía evitarlo. Pero devorar su sexo con mis ojos no me bastaba y mis glándulas salivares estaban sedientas de esperma; entonces desplacé mi mano hasta su bragueta para acariciarlo por encima del piyama. Su respiración se agitó de golpe y le desanudé el cordón que sostenía su pantalón que cayó entre sus piernas. Él no tenía slip y su sexo quedó frente mío erguido como el hasta de un mástil; y lo tomé entre mi mano. El padre de mi amiga Carla era un hombre delgado, alto y elegante y tenía un pene blanco, fino, largo y bien hinchado. Yo tenía clasificada las vergas de mis amantes en cuatro categorías: la primera, era el pene fino, largo, rosado y con un par de venas que se estiraba a su piel a lo largo hasta llegar al glande en forma de corazón y que correspondían a los hombres delgados. La segunda, eran las vergas medianas, tirando a color marrón, venosas y con una cabeza como hongo florecido y mucho líquido pre seminal, que correspondían a los hombres de no mucha estatura física. Las terceras vergas eran cortas y gruesas, arrugadas como el cogote de las tortugas, venosas como tejido de arañas y que terminaban en un glande redondo como la bola de los chupetines cubiertas por su prepucio, esas correspondían a los hombres petisos y bien alimentados; y la cuarta categoría, eran los otros sexos, esos que no se podían clasificar ni describir por lo anormal, eran sexos desmedidos, deformados y animales, como la de mi abuelo. Sobre gusto no hay nada escrito, pero yo tenía preferencia por los sexos gruesos, esos que cuando van entrando en mis cavidades intimas lo van haciendo a fuerza, abriéndose paso con sus venas violáceas y ayudándose del prepucio que se desplaza totalmente hacia atrás mientras van rompiendo los tejidos que se resisten, produciendo una mezcla de dolor y de placer. Pero, tenía que adaptarme a lo que encontraba, tratando de extraerle todo el gozo posible que pudiera tener el pene. Era ninfómana y lo asumía.

    El sexo del padre de mi amiga pertenecía a la primera categoría y comencé lentamente a masturbarlo de arriba hacia abajo, mientras con mi otra mano le acariciaba sus grandes testículos. Luego lo metí en mi boca porque quería sentir la piel tibia y dulce de su glande sobre mi lengua. Esa glande golpeaba mi laringe en el fondo de mi garganta y me cortaba la respiración, lo que me excitaba aún más. Me gusta tanto el sexo del hombre que hasta podía tener orgasmos con solo chuparlos. Yo lo succioné varias veces y a cada vez el vértigo del deseo de ser poseída carnalmente en ese mismo lugar me invadía completamente. Entonces me paré y me desnudé totalmente, dejando mi piyama y bombacha sobre la silla donde yo misma había estado sentada; luego me senté sobre la mesa dejando mis piernas abiertas como una tenaza que va a cerrarse sobre su cintura y mostrándole toda mi cavidad intima lo invité a penetrarme. Y él me penetró. Me penetró con fuerza aprovechando la cantidad de flujo que emanaba de mi vagina, empujando su sexo hasta el fondo como si quisiera meter también sus testículos adentro mío y se puso a bombear, cada vez con más fuerza, con más ahínco.

    El exceso de placer me cortaba la respiración y ningún sonido salía de mi garganta. El padre de mi amiga se detuvo, sacó su pija de mi concha y me corrió más atrás de la mesa. En esa posición media sentada media acostada, él agarró mis dos tetas con cada una de sus manos y las apretó como si fueran naranjas que quería exprimir; yo sentía sus uñas que se clavaban alrededor de mis senos y esa brusquedad repentina casi me lleva al orgasmo; luego besó mi vientre y fue descendiendo su boca hasta llegar a mi vagina que se puso a chupar desordenadamente y cuando sus dientes cercaron mi clítoris inflamado pegué un grito y mi orgasmo reventó salvaje. Entonces él se levantó y fue a cerrar la puerta de la cocina para que no me oyeran desde los dormitorios y volvió entre mis piernas.

    Con su mano comenzó acariciar los bellos depilados de mi vagina hasta que sentí que uno de sus dedos penetraba haciéndose paso entre mis labios vaginales totalmente mojados por mi reciente orgasmo. Enseguida metió dos dedos juntos como para palpar la dilatación de mi vulva. Yo estaba ya a punto de explotar de nuevo como un volcán, pero mi orgasmo recién saltó, sacudiéndome entera, cuando él pasó su mano por la línea de mi cola y su dedo mojado con mi propia segregación entró por mi ano. Yo me sostuve contra la pared, apoyándome sobre mis codos porque él venía de subirme los pies sobre sus hombros aumentando la visión de mi culo. Allí apoyó su sexo como si se preparara para introducirlo, pero no lo hacía y yo sentía su verga dura en la puerta de mi cola sin penetrarla y eso me obsesionaba. Entonces abrí el ano relajando todos mis músculos para que su miembro venoso entrara de una vez por toda. Súbitamente lo hizo de un solo golpe, con fuerza y con violencia. Yo sentí el dolor de mis tejidos que se rompían y sentí esa estaca de carne que entró abriéndose camino hasta que sus testículos golpearon mis nalgas. El dolor se transformó en placer y montó por mi cuerpo hasta mis riñones, fue en ese instante que comenzó a bombear con fuerza agarrándose de mis senos con sus manos como dos tenazas que cerraban.

    De esa manera me culeó, penetrando su verga cada vez hasta el fondo, golpeando sus testículos cada vez contra mis nalgas. Luego hizo mismo en mi vagina, pero rápido volvía a mi ano que parecía atraerlo más. Repetía ese cambio de orificio como si no se decidiera por ninguno de los dos y, cosa sorprendente, mi culo recibía su enorme miembro con igual facilidad que mi vagina. Nunca a mi ano lo había sentido así bien, reaccionaba distendiéndose y contrayéndose en cada penetración. Cuando el glande atravesaba el cuello de mi ano, yo lo cerraba para aprisionarlo con fuerza obligándolo a empujar su sexo con mayor potencia; fue hasta que el padre de mi amiga eyaculó y lo hizo al interior de mi tripa como si fuera una enema de esperma, una enema de placer líquido que venía de depositar en el interior de mi útero.

    Después se retiró unos centímetros y, metiendo su boca entre mis nalgas, fue limpiando mi ano y mi vulva. Su lengua penetraba por momentos en mi vagina como pequeñas cachetadas de placer, otras veces mordisqueaba mi clítoris con dulzura y a cada vez era una descarga eléctrica que sentía mi cuerpo. Si él hubiera continuado unos minutos más, yo hubiera podido tener otro orgasmo. Pero se separó de mí, se subió su pantalón y me dijo «hasta mañana amor», exactamente como decía mi novio antes de dormirse y justo antes de salir de la cocina, él se dio vuelta y dijo: «Creo que es mejor no contar a nadie lo que viene de pasar ahora».

    Esa noche dormí con un sueño profundo y reposado, sintiendo al interior de mi cuerpo el líquido de su esperma que había quedado habitando el interior de mis tripas. Al día siguiente, me di un baño y me cambié y cuando fui al comedor toda la familia ya estaba preparando el desayuno. Yo debía continuar los trámites que debía hacer en Buenos Aires y después regresaría a mi ciudad provinciana para continuar mis vacaciones. Entonces me despedí de todos ellos con mucho cariño, y cuando el padre de mi amiga me dio un beso en la mejilla como lo había hecho siempre, me sentí tranquila y contenta, estaba en paz con mi cuerpo y con mi espíritu rebelde. Entonces salí a la calle buscando la parada del colectivo mientras tarareaba un tango que me gustaba de alma y me decía sonriente, que no debía olvidar tampoco de pasar por una farmacia a comprar las pastillitas azules por las dudas fuera también a visitar a mi abuelo.

  • Ana, una ninfómana casada e insaciable

    Ana, una ninfómana casada e insaciable

    Esta historia puede constituir una lección acerca de lo útil que puede resultar escribir relatos eróticos, si es que hay alguien que pueda considerar que no vale la pena hacerlo. Claro que no es un indicador de que lo que pasó aquí le vaya a suceder a todo el mundo (pues se trata de una coincidencia sorprendente), pero bueno, siempre queda la esperanza de que este tipo de narración nos pueda llevar a algo más de lo que esperábamos.

    En la empresa donde trabajo el cargo de gerente de informática quedó vacante el año pasado. El tipo que se encargaba del área fue despedido porque tenía problemas con la bebida. Para reemplazarlo contrataron a Ana, una preciosa ingeniera de unos 30 años. Cuando los hombres de la oficina la vimos por primera vez quedamos boquiabiertos. Aunque de cara no es extraordinariamente hermosa –cuidado, tampoco es fea, tiene su atractivo-, el resto de su anatomía es increíblemente apetecible. Bastante alta, delgada, muy blanca, con una silueta llena de cuervas, rematada por un par de piernas largas y espectaculares, Ana llamó la atención del público masculino desde su ingreso a la empresa. El culo era magnífico- cosa que a mí me vuelve loco- y sus tetas eran de buen tamaño, firmes y paradas. A su atractivo habría que agregar, además, un bonito cabello rubio con bucles como de angelito y unos bellísimos ojos azules.

    Su defecto era su falta de simpatía personal. Era poco comunicativa y algo seca y prepotente en el trato. Pero eso le añadía, por otra parte, un aura de misterio. A pesar de que era madre de dos niños pequeños y de estar casada con un médico joven, Ana me trasmitía la idea de que en la cama debía ser una puta de la peor clase. A veces llevaba unas falditas muy sugerentes que, sin ser vulgares, permitían apreciar sus bellas y bien torneadas piernas, las cuales provocaba acariciar y tocar sin ningún límite.

    A pesar de haber fantaseado algunas veces con ella y de haberle dedicado un par de pajas, yo no esperaba lograr nada con aquel monumento, pues me la imaginaba como una madre y esposa dedicada. Pero he aprendido que la vida da giros inesperados que uno debe aprovechar.

    Un día recibí una llamada de Ana, pidiéndome que fuera a su oficina. Estaba vestida muy elegante, con un taller azul celeste. La falda permitía, de nuevo, disfrutar de la vista de sus bellas extremidades inferiores, a las cuales dediqué una mirada que probablemente se prolongó más allá de lo debido y que ella notó. Me pidió que me sentara, cosa que procedí a hacer y le dije que era todo oídos, que me dijera lo que necesitaba.

    Sacando una carpeta con aire muy ejecutivo, me dijo:

    -Bueno Alberto, tenemos un pequeño problemita por aquí, el cual, sin embargo, podemos resolver fácilmente. Resulta que aquí en la compañía usamos unos programas para detectar las actividades que hacen los empleados a través de sus PC y he encontrado cosas inusuales en tu caso. Veo que accedes a páginas web de contenido sexual y que has escrito relatos en el que involucras incluso a gente de la oficina.

    Yo estaba mudo, muy avergonzado por haber sido descubierto. Ella se dio cuenta y sin perturbarse me dijo:

    -No te preocupes. Yo te entiendo, pues algunas personas somos muy calientes –hizo un énfasis muy peculiar en ese «somos»-. Yo puedo perfectamente no revelar esta información si tú haces algo por mí…

    Al decir esto, una sonrisa extraña y sensual se dibujó en sus labios. Perplejo, le contesté:

    -Está bien… Dime en qué puedo servirte…

    Ella volvió a sonreír y luego de un par de segundos terminó la conversación diciendo:

    -Ven el sábado en la noche a mi casa y te cuento de qué se trata.

    Parecía obvio que se trataba de una insinuación de carácter sexual, pero al salir de su oficina yo no podía dar crédito a lo que había escuchado minutos antes. Una mujer casada y con hijos que, además, me proponía que lo hiciéramos en su casa… Aquello no podía ser. Podíamos haber escogido otro lugar menos comprometido. Durante los dos días siguientes estuve dándole vueltas a la cabeza sobre ese asunto y a veces el pene se me puso como una roca de sólo pensar en el banquete que seguramente iba a darme con aquella mujer.

    Llegó el sábado en la tarde. Comencé a arreglarme para llegar a su casa –ella me había mandado la dirección por e-mail-. Me bañé escrupulosamente, me puse mis mejores galas, me eché bastante agua de colonia y guardé varios condones en la cartera, para estar a tono cuando llegara «el momento».

    Cuando llegué al edificio donde Ana vivía y me bajé de mi carro, mi corazón latía con expectación. Toqué el intercomunicador y reconocí su voz al otro lado. Me dijo que pasara y tomara el ascensor. Así lo hice y arribé al piso 5. Pulsé el timbre de su apartamento y un minuto después me llevé una sorpresa que constituyó, en ese momento, un baño de agua fría: la puerta la abrió Luis, su marido.

    En ese momento toda mi fantasía de que me iba a tirar a Ana esa noche se fue al piso. Me dije a mí mismo: «Estúpido, te equivocaste! Seguro que el favor que les vas a hacer es darles algún consejo financiero o ayudarlos en quién sabe qué cosa». Luis me saludó con mucha amabilidad –lo había conocido en una fiesta de la compañía- y me invitó a pasar. Mi cara de «ponchado» era obvia y probablemente él se había dado cuenta. El me dijo que Ana no tardaría en salir y que mientras tanto me sentara en la sala, que el prepararía unas bebidas.

    No pasó mucho tiempo cuando Ana salió del área de las habitaciones. Cuando la vi mi sensación de «¿qué pasa aquí?» resurgió, pues ella iba vestida con una bata blanca algo corta e iba descalza. Sus piernas estaban muy descubiertas y parecía que a ella no le importaba. El cabello lo llevaba suelto. La verdad es que estaba preciosa! Una erección comenzó a abultar mi entrepierna, cosa que me hizo poner aún más nervioso.

    Luis trajo las bebidas y se sentó junto a Ana, en un sofá que estaba frente a la butaca que yo había elegido. Imperturbable, ella rompió el silencio:

    -Bueno Alberto, te preguntarás por qué te he pedido que vengas aquí hoy. Te lo voy a decir de la manera más cruda y directa. Aprovechamos que los niños van a pasar la noche en casa de mi mamá para ejecutar una de nuestras fantasías y te elegí a ti para que participes porque he visto que eres un tipo muy caliente y de mente abierta…

    Yo no podía creer lo que mis oídos estaban escuchando! Casi eyaculo ante la vista de aquella hembra diciéndome esas cosas con esa voz tan sensual y felina. Ella continuó:

    -Yo soy una mujer muy fogosa. No culpo a Luis porque él es un amante muy superior al estándar. El problema es mío, que no quedo satisfecha ni con el tipo más resistente… Luis quiere que yo quede complacida aunque sea una sola vez. Por eso hemos empezado varios experimentos y esta es una parte de la cadena. La idea es que tú me folles por donde se te ocurra mientras Luis mira y nos filma… Él no va a participar mientras tú estés cogiéndome. Solamente va a ver. La condición es que cuando termines te vistas, salgas del apartamento y te vayas, pues Luis me va a hacer el amor después, para probar si esta vez puede hacerme quedar exhausta. Él quiere ver, aunque sea un solo día, cómo quedo gritando que no deseo más nada y que estoy cansada.

    Les confieso que no sabía qué decir, aunque obviamente ya estaba resuelto, internamente, a acceder a los deseos de la mujer. Como me veía tan cortado, Luis me dijo con tranquilidad:

    -Mira Alberto, no te vayas a cohibir. Nosotros somos una pareja adulta y liberal que disfruta del sexo. Nos amamos y respetamos profundamente, pero hemos decidido llevar nuestras fantasías a la realidad. Puedes hacerle todo lo que quieras a Ana. Yo solamente voy a mirar y a grabar. Sé que eso te puede resultar incómodo, pero ya verás que la pasarás bien.

    Yo no lograba articular palabra, así que Ana, resuelta, se levantó del sofá y me dijo:

    -Nos vamos al dormitorio?

    Ante esta pregunta me incorporé casi mecánicamente y la seguí. El corazón se me iba a salir por la boca de la excitación y los nervios. Luis iba detrás de nosotros. Entramos al área de las habitaciones. El cuarto de la pareja estaba al fondo. Pasamos por la puerta del cuarto de los dos niños pequeños. Era increíble que la madre de aquellos angelitos fuera una ninfómana insaciable. Pero bueno, muchas cosas se ven en el mundo y esa noche yo estaba dispuesto a dejar a un lado los puritanismos y a gozar a mis anchas de aquella preciosa hembra.

    Entramos a la habitación. Era muy espaciosa, presidida por una cama matrimonial tipo king size, verdaderamente grande. A Un lado estaba colocada una silla, junto a un trípode en el que reposaba una cámara filmadora. Luis encendió la cámara y se sentó en la silla, diciendo:

    -Hagan como si yo no estuviera aquí.

    Aquello era un poco difícil. Tirarse a una mujer enfrente de su marido no es cualquier cosa. Ana comprendía que sería ella quien tendría que romper el hielo, de manera que se acercó a mí –yo estaba parado cerca de la cama- y me rodeó con sus brazos. Pude sentir su aliento exquisito cerca de mi cara. Lentamente yo fui rodeando su espalda y acerqué su cuerpo al mío. Pude sentir su calor… Eso me hizo estremecer. Sus tetas generosas y firmes quedaron apoyadas contra mi pecho y luego le pegué mi pene en su entrepierna. Huelga decir que mi tranca estaba durísima. Ella lo notó con mucha satisfacción y con su mano izquierda me tocó el miembro por encima del pantalón y empezó a acariciarlo. Yo empecé a besarle el cuello apasionadamente, luego a recorrer el lóbulo de una de sus orejas con la lengua. Ella comenzó a emitir unos gemidos muy ricos. Con frenesí busqué sus labios y la besé. Pensé que tal vez iba a rechazar un beso, pero no, me dejó meter mi lengua hasta las profundidades de su boca cálida y húmeda.

    Mi timidez terminó desapareciendo cuando mis manos palparon por debajo de la bata la piel sedosa y lisa de sus nalgas turgentes y firmes. Se las apreté con fruición y ella dejó escapar otro gemido muy suave que indicaba que aquello le estaba gustando. De las nalgas pasé a meter mi mano en su cuquita… Los vellos se sentían muy suaves y más abajo encontré la humedad chorreante de una vagina cálida que esperaba por mí. Le metí un dedo y ella pegó un respingo, luego con más fuerza le introduje dos y luego subí hasta su clítoris, el cual comencé a estimular muy suavemente, cosa que le arrancó otros gemidos.

    Segundos después le saqué la bata de seda, dejándola en ropa interior. Aquella mujer era una belleza. Su cuerpo, de piel muy blanca, no tenía nada fuera de lugar, a pesar de que ya había pasado por dos embarazos. Un abdomen plano daba paso a unas caderas amplias y bien formadas que luego bajaban hacia las piernas que tanto me enloquecían cuando estábamos en la oficina. Ana llevaba un conjunto de ropa interior blanco, con unas tanguitas que se metían en la raja de su culo de manera deliciosa. Aquellas nalgas llamaban a ser mordisqueada, tocadas, besadas, pellizcadas y, por sobre todas las cosas, gozadas. Las tetas luchaban por salir de la prisión del sujetador. Yo no tardé en liberarlas y en disfrutar de la sensación táctil que proporcionaban. Comencé a chupar los pezones con ansia, al tiempo que tumbé a Ana en la cama, mientras me yo me despojaba de mi ropa. Mi falo, en total estado de rigidez, quedó al descubierto, con la cabeza enhiesta mirando hacia el cielo, ante los ojos desorbitados de Ana.

    Con firmeza y decisión la despojé de su tanga, con lo cual quedó completamente desnuda. Aquella visión era como para degustarla durante mucho tiempo, pero no había momento qué perder. Ella tendría que ser mía de todas las formas, para su placer y el de su marido. Atraje su cuerpo hacia mí hasta que sus nalgas quedaron apoyadas en el borde de la cama, con las piernas casi colgando. Yo me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas y hundí mi cabeza en la entrada de su cueva. Empecé a chuparle el coño de manera increíble. Le metía la lengua en su raja y provocaba en ella estertores de placer. Ella gemía cada vez más duro. Parecía incluso que haberse olvidado de que su marido estaba allí (en verdad yo tampoco lo recordaba, pero él estaba sin duda disfrutando de todo aquello). Cuando mi lengua se dedicó sin piedad a lamerle el clítoris en forma rápida e insistente, comenzó a botar muchísimo jugo por la vagina, hasta que pegó un rugido que anunció un orgasmo bestial:

    -Ah, coñooo, me vengo todaaa! Que sabroso!

    Le di un tiempo para recuperarse, pero no necesitó mucho. Aquella hembra quería acción y yo no pensaba negársela. Quizás con otras mujeres habría sido menos directo, pero Ana estaba muy caliente y era una puta ninfómana, así que en lugar de empezar por la posición clásica del misionero, de una vez la puse en cuatro patas. A ella le gustó aquello y se volteó a mirarme, diciendo:

    -Sí Alberto, trátame como a una perra. No me tengas compasión!

    La visión de aquél cuerpo de piel nívea arrodillado en cuatro era celestial. La figura curvilínea se apreciaba magníficamente, con las nalgas enhiestas mirando hacia arriba y las piernas torneadas, formando una silueta hermosa que continuaba hacia arriba con un abdomen que se mantenía plano, luchando contra la gravedad, y las dos tetas generosas colgando y clamando por ser acariciadas. Su expresión, además, era fulgurantemente salvaje, con los cabellos rubios cayendo sobre su rostro.

    Yo no pude resistir más. Me coloqué detrás de ella, me puse un condón y le clavé el pene hasta el fondo de la totona sin ningún tipo de miramiento. A pesar de que emitió un gemido ronco, era un sonido provocado por el placer que estaba sintiendo, pues la vagina la tenía muy mojada y por haber sido madre dos veces ya no era tan estrecha como debió haberlo sido antes. Pero se sentía caliente y muy, muy húmeda. Yo la bombée suave y sensualmente al principio. Quería disfrutar de cada segundo dentro de aquella cuca divina, sintiendo con mi pene rozaba las paredes lubricadas de su concha rodeada por pelitos rubios cortados al ras. De su interior salían y salían cantidades de líquido que se escurrían un poco entre sus piernas. Sus tetas se bamboleaban acompasadamente con nuestro movimiento. Al tiempo que yo la penetraba y me movía, ella meneaba sus caderas, con lo cual el placer se hacía mayor. Yo fui incrementado paulatinamente el ritmo de la penetración y ella comenzó a pegar unos grititos muy agudos. La piel de sus piernas comenzó a erizarse y luego todo su cuerpo tembló castigado por un intenso orgasmo que le provocó otro grito que hizo que yo también comenzara a acabar. Tres chorros de semen inundaron el preservativo y yo pensé que era hora de retirarme de su interior. Pero cuando adivinó mis intenciones ella empezó a mover sus caderas hacia atrás y a menearlas, con lo cual, aún poseído yo de alguna fuerza, la bombeé un poco más durante unos segundos, cosa que le provocó un orgasmo adicional. Luego le saqué el guevo de la cochofla y me quité el preservativo.

    Mi herramienta necesitaba algo de descanso. Pero ella no estaba dispuesta a darme mucho tiempo. Dos minutos después estaba acostada boca abajo mientras yo permanecía arrodillado en la cama, buscando mi pene fláccido con sus labios. Lo empezó a chupar y mi verga, al sentirse dentro de aquella boca cálida, se empezó a endurecer progresivamente hasta alcanzar de nuevo su esplendor. Ana mamaba mi guevo como una profesional, recorriendo el tronco con la lengua y metiéndoselo todo hasta la garganta. Parecía una verdadera estrella porno y lo hacía además con mucha pasión. Cuando ella sintió que mi herramienta estaba en su punto otra vez, me tumbó boca arriba sobre la cama y sin colocarme el preservativo, se sentó sobre mí introduciéndose mi pene hasta el fondo de la cochofla.

    Yo le dije, alarmado:

    -Que haces?

    -Me molesta esa barrera de goma –contestó ella-. Estoy segura de que no tienes enfermedades raras y yo te aviso que no las tengo, así que quiero gozarte completico.

    Aquello era medio irresponsable, pero yo confieso que me dejé llevar. En ese momento no podía poner muchos reparos. Ella empezó a cabalgarme salvajemente, como ninguna hembra lo ha hecho hasta ahora conmigo. Parecía un jinete corriendo en el hipódromo. Sentir las paredes de su gruta, caliente como el infierno, sin tener el condón como intermediario, era realmente exquisito. De pronto disminuyó el ritmo y empezó a subir y a bajar muy lentamente, acompañando el mete y saca con la contracción de sus músculos vaginales, lo cual hizo que yo empezara a sentir como si mi pene fuese succionado por su cuca. Eso fue increíble y yo, como poseído, sin sacar mi herramienta de su interior, la empuje y le di vuelta. Ahora ella estaba abajo y yo arriba, tomando el control. Tomé una almohada y se la coloqué debajo de las nalgas. Luego agarré sus piernas de diosa y las apoyé dobladas sobre mis hombros. Las penetraciones eran ahora profundísimas y salvajes, al tiempo que la besaba en la boca a mis anchas. El ritmo era cada vez más frenético y ella gritaba:

    -Dale! Reviéntame la totona! Hazme tuya! Hazme mujer!

    Aquello era demasiado. Ella empezó a temblar de nuevo como loca, poseída por su orgasmo. Yo me retiré de su interior y pensé, de nuevo, en dejarla descansar, pero aquella mujer no paraba. Estaba cada vez más excitada y me ordenó que buscara un pote de vaselina que estaba sobre una de las mesas de noche, pues ahora quería que la poseyera por el culo.

    Yo no me hice de rogar, porque mi verga estaba al rojo vivo y deseosa de gozar de aquel culo, que era como un manjar de los dioses. Tomé un poco de vaselina entre mis dedos y puse a Ana acostada boca arriba, con la almohada debajo de las nalgas. A mi vista quedaron su vulva y, más abajo, el hueco de su culo. Mientras le mamaba el coño una vez más, fui dilatándole el esfínter con mis dedos, hasta que sentí que estaba lo suficientemente abierto. Embadurné mi pene de vaselina y coloqué a Ana nuevamente en posición de perrito. Excitadísimo, ubiqué mi glande en la entrada de su recto y empecé a empujarlo lenta pero decididamente, hasta que mis testículos chocaron con sus nalgas y ella emitió un alarido sordo, para luego gritar:

    -Coñooo! Me duele! Pero también me gusta, así que no pares hasta que me saques sangre, cabrón!

    Les juro que nunca le he bombeado el culo tan duro a ninguna mujer. Siempre trato de ser delicado. Pero aquella puta me estaba pidiendo que le reventara el esfínter y yo tenía que obedecerla. Además, su culo sí que estaba cerrado y me chupaba el pene hacia adentro, apretándolo bastante. Tenía que darle duro pues yo no tardaría en correrme. Ella gritaba como posesa. Yo gritaba: «Que culo mujer, que culo te gastas! Que cuerpo de diosa!!!». Mientras tanto, yo le iba frotando el clítoris. Ella acabó en un orgasmo muy intenso y yo a su vez me vine ruidosamente, inundando sus intestinos con un chorro larguísimo de leche caliente y espesa, que parecía no detenerse.

    Yo sentí que no podía más, pero aquella mujer quería más guerra. Fue entonces cuando me percaté de nuevo que Luis estaba en la misma habitación. Seguía filmándonos, aunque se había sacado los pantalones y de vez en cuando se meneaba el falo. Estaba excitadísimo y se veía dispuesto a entrar en acción cuanto antes. Fue entonces cuando él interrumpió su silencio y dijo:

    -Creo que debemos relevar a Alberto de su deber, por demás magníficamente cumplido.

    Estuve de acuerdo y empecé a vestirme. Al tiempo que Luis, sin pudor alguno, comenzaba a quitarse la ropa. Ni siquiera hice el amago de despedirme. Simplemente salí de la habitación y cerré la puerta.

    No pude evitar permanecer algunos minutos en la sala. Desde afuera se oían los gritos de placer de Ana. Su marido seguramente le estaba dando durísimo. Pero ya mi presencia no se justificaba. Seguir allí habría sido traicionar su confianza e inmiscuirme en sus asuntos de pareja, así que decidí marcharme, seguro de haber gozado una de las mejores sesiones de sexo de mi vida.

    El lunes siguiente me encontré a Ana en un pasillo de la oficina. No había más nadie alrededor y se detuvo a saludarme con un beso en la mejilla-. Yo le pregunté con picardía:

    -Y lograste solucionar el problema.

    Y ella respondió, guiñándome el ojo:

    -Sí, todo salió perfecto. A lo mejor volvemos a necesitar de tu ayuda.

    Nunca más me volvieron a llamar. Pero no podré olvidar jamás lo que ocurrió ese sábado en la noche en el apartamento de Ana, mientras su marido nos filmaba.

  • Claudia, la azafata

    Claudia, la azafata

    Esta es la historia de una fantasía hecha realidad, espero que disfrutéis tanto como yo lo hice.

    Había sido una semana agotadora, durante cinco días, de siete de la mañana hasta las tantas de la madrugada, exposiciones, charlas, relaciones públicas, apretones de manos, besos, saludos, almuerzos, cenas, copas con todo tipo de clientes, la feria había llegado a su fin y pasado mañana regresaríamos a casa cuando hubiésemos recogido todo el material de la promoción que habíamos realizado durante esos interminables días.

    Mis compañeros y yo nos habíamos empleado a fondo junto a las dos impresionantes azafatas que nos había enviado la agencia. Nos alojábamos todos en el mismo hotel y al regresar a cambiarnos para la cena decidí que no bajaría a cenar, me daría una ducha, me relajaría un poco viendo alguna película x del canal privado y a dormir. Mi compañero David se fue a cenar con Miguel, Juan y las chicas cuando yo me metía en la ducha. Al salir del cuarto de baño oí un ruido en la habitación de al lado que era la de las chicas y que comunicaba con la nuestra, yo pensaba que se habían ido así que decidí llamar para averiguar lo que sucedía. Llamé y la puerta se abrió, era Claudia, la impresionante morenaza que nos había estado ayudando esos días.

    -Pensaba que habías salido con estos a cenar, y me he asustado cuando he oído ruido en la habitación.

    -Pues no, ya ves que soy yo, me he quedado, tampoco me apetecía estar con Miguel, ya sabes lo que sucedió ayer, sigo un poco cabreada con él…

    -No se lo tengas en cuenta es un poco irascible y se cabrea enseguida, ya verás que pronto se le pasará, seguro que mañana te pide disculpas y tan amigos. Bueno te dejo me voy a comer un sándwich que he pedido al servicio de habitaciones y me voy a dormir.

    -Si quieres podías pasar aquí y cenamos juntos yo también he pedido algo.

    Yo no estaba seguro de admitir su invitación, estoy casado y amo a mi mujer y con lo impresionante que es Claudia, no estaba seguro de si podría reprimirme de intentar algo con ella. Es una mujer de 28 años, alta, delgada, muy guapa de cara y con un cuerpo escultural, grandes pechos, culo perfecto y largas piernas. Pero el caso es que ella insistió y accedí a cenar con ella.

    Yo solo llevaba puesto un tanga que me regaló mi mujer y una camiseta ajustada, así que le dije que me iba a poner algo más de ropa. Ella no me dejó y cogiéndome de la mano me dijo que daba igual, que así estaría más cómodo, yo no estaba tan seguro de ello, y que mientras ella se daba una ducha yo podía ir preparando la comida y las bebidas.

    Estuvimos toda la cena charlando y bebiendo, y cuando se nos acabó el vino sacó una botella de cava del minibar, yo ya me estaba empezando a animar y no puse ninguna pega, así con el vino, el cava y la presencia de una mujer tan hermosa la conversación empezó a derivar en el tema clave, el sexo. Que un hombre como yo, con treinta y tantos, tenía que ser un experto amante y que mi mujer tendría que estar muy contenta conmigo, que si una mujer tan espectacular tendría infinidad de pretendientes, al final Claudia con un rápido movimiento me dio un beso en los labios al que yo respondí con pasión. Nos besamos durante mucho rato y nuestras manos empezaron tocar las zonas sensibles de nuestros cuerpos, sus pechos eran perfectos gracias a la silicona pero eso no me importó para nada, su tacto era suave y duro a la vez, me quito la camiseta y mi polla empezó a sobresalir por un lado del tanga, ella la cogió con sus manos y empezó a masturbarme mientras me seguía besando el pecho y yo pellizcando sus pezones.

    Me sacó el tanga y mi polla se quedó a la altura de su boca, empezó a succionarla con una maestría insólita, estaba muy caliente y creía que en cualquier momento me iba a correr dentro de aquella boquita lo cual sucedió como por arte de magia cuando puso su dedo en mi ano y lo apretó contra él, chorros de esperma cayeron en su boca, creía morir de placer. Me relajé un poco para recuperarme e intenté ponerla en posición para poder corresponderle, pero ella no me dejó, me dijo que me pusiera boca abajo en la cama, que quería que fuese yo el que disfrutara y que me iba a dar un masaje que me iba a dejar nuevo para seguir toda la noche follando.

    Me coloqué y me dijo que cerrara los ojos y me relajara, oí como se desnudaba, solo de pensarlo mi polla empezó a reaccionar bajo mi vientre, se sentó sobre mi culo, y aplicándome una crema hidratante empezó a masajear mi espalda y brazos, lo hacía maravillosamente, sus duros pezones rozaban mi piel cuando se apoyaba sobre mí y yo cada vez estaba más caliente. Claudia se sentó un poco más abajo y empezó a masajear mis nalgas, pasando y acercando cada vez más sus dedos por mi ano. Yo estaba disfrutando de lo lindo pero el culmen fue cuando se incorporó y me pidió que separara las piernas y empezó a realizarme el beso negro más maravilloso que jamás nadie me había regalado. Cuando más estaba disfrutando dejó de chupar mi ano y mi protesta se vio cortada por un grito-gemido de placer cuando algo bastante gordo empezó a hacer presión contra mi culo y comenzó a entrar, intenté volverme para ver lo que era pensando en un vibrador o algo así y mi sorpresa fue mayúscula cuando vi lo que estaba entrando en mi ano, tenía polla, era una chica con polla, una polla fantástica que me estaba haciendo morir de placer. Claudia se me quedó mirando un momento, como esperando una respuesta que yo le di relajándome y acomodándome sobre la cama para dejar que todo aquello entrara en mí. Ella agarró mis caderas y empezó a meter y sacar aquella maravillosa polla y yo disfruté de mi desvirgue anal todo lo que pude y más.

    Mientras ella me follaba yo me agarraba la polla y me masturbaba sin parar hasta que al final y con un grito de placer de Claudia note como me inundó el culo de semen en una corrida brutal que casi hace que nos cayéramos de la cama. Yo no me llegué a correr, pero poco me importó, ya que la noche no había hecho nada más que comenzar.

    Claudia y yo nos quedamos unos minutos charlando encima de la cama, me preguntó que qué me parecía la sorpresa que me había dado, que temía que la rechazara por ser como es, yo le contesté que era todo lo contrario, que estaba realizando la mayor de mis fantasías sin proponérmelo, muchas veces había pensado que en alguno de mis viajes podría contratar los servicios de un transexual pero nunca me había surgido la oportunidad, incluso se lo había llegado a contar a mi mujer, pero ella era un reacia a satisfacerme en ese sentido y nunca había pasado de meterme un dedo por el ano.

    Ahora más tranquilos pude admirar con más detalle el aparato que me había desvirgado y la verdad, aun estando en reposo tenía un tamaño considerable.

    Pasado un rato, Claudia propuso que nos diéramos un baño en la bañera redonda, la llenamos de agua y espuma y nos metimos dentro. Comenzamos a besarnos y ahí fue donde me decidí a coger su polla con la mano, empezó a ponerse dura como una piedra, y como ya dije antes tenía un tamaño impresionante, incluso algo más larga pero menos gruesa que la mía, Claudia, entonces, se sentó en el borde de la bañera, quedando su polla a la altura de mi cara, y me dijo:

    -¿Quieres probar como sabe?

    -Por supuesto-le dije yo- acaso crees que no se corresponder, el placer debe ser mutuo, pero antes ponte de pie que quiero disfrutar de tu visión.

    Le di la mano y la ayudé a ponerse de pié, la besé en los labios y le fui dando la vuelta hasta que me dio la espalda, le besaba la nuca y mis manos iban de sus gloriosos pechos a su increíble polla, la masturbaba como si fuera la mía, y Claudia arqueaba su espalda apretando su duro culo contra mi polla, la cual ya llevaba un rato en todo su esplendor, le dije que se sentara y arrodillándome frente a ella, la besé en la boca y fui bajando por el cuello hasta sus tetas, que lamí y mordí como si no hubiera visto otras antes y continué bajando hasta llegar hasta su polla la cual sin pensármelo dos veces me metí en la boca y comencé a succionar, con un sube baja hasta que me llegaba a la garganta, la sacaba y la recorría por fuera hasta sus testículos perfectamente depilados, incluso llegaba a lubricar su culo, Claudia estaba disfrutando como una loca e incluso me susurro entre gemidos que no se creía que no hubiera chupado una polla antes, yo lo intentaba hacer como me gusta que me lo hagan a mí, seguí chupando y lamiendo aquel instrumento hasta que Claudia me pidió que la penetrara y dándose la vuelta me ofreció su precioso culito en pompa, antes de penetrarla, se lo comí y se lo folle con la lengua hasta que pude introducirle dos dedos sin apenas resistencia, me puse un poco de crema en la polla y coloqué la punta en la entrada de su ano, no iba ser la primera vez que follaba un culo ya que mi mujer me deja follarselo en alguna ocasión especial, que yo agradezco sobremanera, pero esta vez era superespecial y puse mi máximo empeño en hacerlo lo mejor posible y disfrutar lo más posible, Claudia separó sus glúteos con sus manos y con una presión mi glande entró en su estrecho agujero, la metí hasta el fondo y comencé a meter y a sacar mientras con mi mano le masajeaba su dura polla.

    Claudia gritaba de placer y yo estaba a punto de correrme, se lo dije y ella me pidió que me corriera ya todo dentro de ella, la agarré con fuerza de las caderas y me corrí, gritando y gimiendo como nunca, cuando acabé Claudia se dio la vuelta y me colocó su polla a la altura de la cara, yo se la cogí con la boca y me dijo que me avisaría cuando se fuese a correr, yo seguí comiendo aquel delicioso caramelo y cuando me avisó lejos de querer separarme de ella dejé que sus chorros de semen llenaran mi boca, ella me agarro del pelo y apretó con más fuerza al ver que me daba igual que se corriera dentro de mi boca, seguí chupándosela hasta bastante rato después de correrse, se la lamía, mordía, recreándome con su semen y mi saliva mientras ella me acariciaba la cabeza y con la otra mano se pellizcaba lo pezones.

    -Ha sido fantástico- me dijo.

    -Podíamos repetir.

    -Descansa un poco chico, y empezamos otra vez… Pero esto lo contaré en el próximo capítulo.

  • Claudia, la azafata (Parte 2)

    Claudia, la azafata (Parte 2)

    Durante tres meses no paré de pensar en Claudia y en la noche que pasamos en Barcelona. Claudia, en cierta manera, me hizo ver nuevos aspectos de mi vida sexual que estaban escondidos. Mi mujer no se enteró de nada pero en mi cabeza no paró de rondar la idea de llamar a Claudia y reunirme con ella en algún sitio, al final no me atreví e intenté olvidarla, algo que fue literalmente imposible.

    Poco tiempo después y por asuntos laborales me mandaron cuatro días a Barcelona para reunirme con unos clientes y como iba solo pedí permiso en la empresa para que me acompañara mi mujer y así evitar tentaciones, pero fue llegar a Barcelona y llamarla sin pensármelo aunque solo fuera para verla de nuevo y deleitarme con su cuerpo de infarto.

    Claudia se sorprendió de mi llamada y más aún cuando le dije que estábamos en Barcelona, insistió en que nos viéramos esa misma noche para cenar y poco le importó que estuviera mi mujer, todo lo contrario, estaba encantada de poderla conocer.

    Cuando le dije a mi mujer que cenaríamos con Claudia ella no puso muy buena cara pero le dije que Claudia había sido una muy buena colaboradora en la feria y no le podíamos hacer ese feo y ella accedió sin protestar demasiado, también le dije que nos enseñaría la Barcelona nocturna y lo pasaríamos bien, lo que no le dije fue como era Claudia en realidad.

    Marian, mi mujer, es una mujer muy atractiva, que puede resultar un tanto seria en un primer contacto, pero es toda una mujer, muy femenina, de mediana estatura, delgada, proporcionada, tiene unas tetas bien puestas a pesar de los niños, culo redondo y respingón que esculpe a base de gimnasio.

    Sobre las siete me metí en la ducha pensando en ver a Claudia, Marian estaba terminando de sacar la ropa de la maleta, con el agua caliente recordé la escena de Claudia y yo en la ducha y la polla se me puso como un a roca, estaba empezando a masturbarme cuando entró mi mujer en el baño y me pillo con la polla en la mano bajo la ducha.

    -Pero que haces, desde cuando necesitas masturbarte? te lo hago yo mal?, anda hazme sitio que me meto contigo hay que aprovechar semejante ocasión, madre mía como la tienes, pero en que estabas pensando?

    Yo estaba flipando de cómo mi mujer tomó la iniciativa, quizás el estar solos en un hotel, hacía mucho tiempo que no salíamos los dos solos, no sé pero estaba muy caliente y yo más.

    Entro en la ducha agarrándose a mi polla se arrodilló y se la metió en la boca como una posesa, me hizo una mamada de miedo, como hacía mucho tiempo, lamía el capullo y la recorría de arriba abajo hasta los cojones, estaba a punto de correrme cuando se levantó y me pidió que se la metiera desde atrás, apoyó una pierna en el borde de la bañera y me ofreció su precioso culo en pompa, comencé a bombear, agarrándole sus tetas y masturbando su clítoris hasta que me vino una intensa corrida justo en el mismo momento que ella se corrió, nos abrazamos y besamos durante un largo rato debajo de la ducha y salimos para arreglarnos.

    Marian estaba radiante después de tan buen polvo, se puso un precioso conjunto de tanga y sujetador debajo de un vaporoso vestido negro que le regalé en el anterior viaje a Barcelona. Yo me puse un traje de sport tirando a informal, y pedimos un taxi para que nos llevara al restaurante donde nos esperaba Claudia.

    Claudia estaba sentada en la barra tomando un martini cuando entramos en el bar, me quede como un bobo mirándola y mi mujer me llamó la atención diciéndome que me la iba a comer con los ojos, con un cierto aire de celos, estaba fantástica, llevaba un traje chaqueta, con una mini falda bastante mini, y solamente la chaqueta encima de un bustier que dejaba entrever, dejando algo para la imaginación.

    Nos saludamos correctamente y comenzamos a hablar de todo un poco. Durante la cena mi mujer se dio cuenta del cierto aire de complicidad que había entre nosotros dos, y en ciertos momentos se le escapaba algún detalle que delataba un poco de celos hacia Claudia, pero la noche salió a pedir de boca, según pasaba el rato y las copas comenzaban a hacer efecto en nuestras cabecitas la cosa se iba poniendo mejor.

    Cuando terminamos de cenar, Claudia nos llevó a un club de moda, nos sentamos en una mesa y seguimos charlando animadamente riéndonos y pasándolo en grande, en cierto momento Claudia dijo que iba al wáter y mi mujer se levantó para acompañarla.

    -Aquí te quedas solo, no ligues mucho cariño, ahora volvemos.

    Las dos se fueron cogidas de la mano y cuando llegaron al servicio, Claudia y mi mujer se metieron en el mismo lavabo, mientras mi mujer meaba le preguntó por curiosidad si sus tetas eran operadas o naturales, porque tenía un escote de vértigo y como llevaba varios meses pensando en operarse tras haber dejado de dar de mamar al pequeño, se fijaba en otras chicas y se preguntaba como serian. Claudia le contestó que eran operadas y que estaba encantada con ellas, se sentía súper sexy y ni corta ni perezosa se soltó la chaqueta y dejo al descubierto todo su pecho tapado solamente por el bustier.

    -Mira tócamelas y verás que tacto y firmeza.

    -No se me da un poco de corte.

    -Son unas tetas, que no muerden.

    Claudia agarró una mano de mi mujer y se la llevó al pecho, Marian la rozó un poco y cuando intentó separarla Claudia la agarró con más fuerza y la volvió a acercar, mirándola fijamente a los ojos, mi mujer entonces más decidida y con la boca entreabierta estrujó la teta de Claudia por encima de la blonda, sin ningún reparo bajó la copa del bustier y comenzó a pellizcar el pezón justo cuando Claudia se acercó a la boca de Marian y la beso metiendo su lengua con pasión en la boca de mi mujer.

    Marian estaba excitadísima y nerviosa a la vez, pero no por ello dejó de sobar las tetas de Claudia y de corresponder al apasionado beso que le estaban dando.

    En un momento de cordura notó algo a la altura de su entrepierna y se separó de golpe de Claudia dando un respingo.

    -No te asustes, no te ha dicho nada de cómo soy verdad?

    -No… no tenía ni idea, eres un hombre…

    -Tú crees?

    -Bueno nadie lo diría pero eso…

    -Te molesta?

    -Bueno, no se… no, creo que no. Y encima me estás dando una idea. Vamos. Pero no le digas nada de esto a mi marido.

    Cuando llegaron a la mesa con una gran sonrisa en los labios no me podía ni imaginar lo que había pasado pero mi mujer ya intuía que Claudia y yo habíamos tenido algo más que una simple relación laboral.

    Pedimos otra copa y Marian propuso el salir a bailar, salimos los tres a la pista y mi sorpresa fue mayúscula cuando Marian y Claudia se agarraron dejándome de lado, Marian se rozaba con Claudia de manera sensual y Claudia le seguía el juego frotándose contra las caderas de mi mujer, ahí fue cuando empecé sospechar que en el baño había pasado algo más y que mi mujer ya sabría algo más de Claudia.

    De vez en cuando sus labios se rozaban y yo me estaba poniendo cardiaco, mi mujer con otra mujer y encima que mujer.

    Me senté en le mesa sin decirles nada ya que mi erección resultaba muy evidente y me dispuse a disfrutar del espectáculo que me estaban ofreciendo.

    Las manos de Marian recorrían el cuerpo de Claudia y viceversa sus labios se encontraban con más frecuencia, no sé si alguien más estaba disfrutando del espectáculo pero no me extrañaría porque de verdad lo estaban dando.

    No sé porque en cierto momento llegué a sentir celos, si por mi mujer o por Claudia, pero ver a mis dos mujeres besándose apasionadamente me aceleraba el corazón a mil, y mi polla estaba a punto de estallar.

    Al final se acercaron a la mesa y me dijeron que si nos íbamos al hotel, yo encantado les dije que ya tardábamos, cogimos un taxi y ahí tuvimos otra sesión del espectáculo, Marian y Claudia se sentaron atrás y yo delante.

    Durante el trayecto me di cuenta que el taxista miraba continuamente por el espejo retrovisor y al darme la vuelta vi a las chicas que estaban dándose un muerdo de órdago, yo intenté disimular dándole conversación al tipo pero no surtió mucho efecto, siguió mirando sin parar hasta el final del trayecto.

    Cuando llegamos al hotel y nos metimos en el ascensor mi mujer nos agarró de la cintura a los dos y nos dijo:

    -Ya me contareis lo que hicisteis la otra vez, y tú y yo ya hablaremos en casa, no me ha parecido nada bien que vayas cumpliendo tus fantasías sin mí y menos que no me las cuentes…

    Y sonriéndonos nos acercó a los dos a su boca y nuestras lenguas se encontraron por primera vez.

    Una vez en la habitación, mi mujer me sentó en el sillón y se agarró a Claudia besándola en la boca y cuello. Claudia comenzó a bajar la cremallera del vestido de mi mujer y lo dejó caer en el suelo dejando en tanga y sujetador a Marian. Continuaron besándose con pasión mientras mi mujer le quitó la chaqueta, la minifalda y el bustier dejando al aire sus hermosos pechos, sus manos los agarraron con firmeza y los estrujo y pellizcó llevándose los pezones a la boca. No podía creer lo que veía, mi mujer con otra mujer recorriendo con su lengua todo su cuerpo y lo mejor estaba por llegar.

    Marian se arrodilló en el suelo delante de la entrepierna de Claudia y con gran parsimonia agarró las tiras del tanga de Claudia y lo bajó lentamente dejando al descubierto la polla que me había hecho pasar tan buen rato hacía unos meses.

    Pensándoselo y mirándome se la metió en la boca y empezó a succionarla como tan bien me lo hace a mí, yo estaba a punto de estallar sin haberme tocado, solamente de ver la situación.

    Claudia acariciaba el pelo de Marian y se pellizcaba los pezones, mientras mi mujer sorbía su instrumento con una delicadeza inusitada, nuestras miradas se encontraban y una de esas veces me guiñó un ojo y con el dedo me dijo que me acercara.

    Me quité la ropa y solo me quede con el tanga puesto, por el que asomaba mi polla a punto de explotar, me arrodillé junto a Marian y sin decirme nada acercó la polla de Claudia a mi boca, ofreciéndome tan exquisito manjar, yo no puse ninguna objeción y me la metí en la boca, no lo podía creer mi mujer y yo compartiendo una polla deliciosa, me la sacaba de la boca y se la metía ella, estuvimos chupándosela hasta que se corrió en nuestras bocas con una gran descarga de semen que compartimos los dos besándonos con toda su leche entre nuestras lenguas.

    Marian me pidió que me tumbara para que Claudia se sentara sobre mi polla, pero antes entre las dos me comieron el rabo como posesas, luego Marian lubricó el ojete de Claudia con su lengua y una crema y la ayudó a insertarse mi polla de espaldas a mí. Claudia empezó a cabalgarme mientras Marian le chupaba y sobaba las tetas, después y sin sacar mi polla de su culo Claudia se dio la vuelta y mi mujer se sentó sobre mi cara saqué mi lengua y le comí el conejito con pasión, ellas se besaban y sobaban mientras yo le metía la polla por el culito a Claudia y con mi lengua recorría la almeja y ojete de mi mujer.

    No tardé en correrme dentro de su culo y mi mujer no dejó que me levantara hasta que no se vino ella entre gritos y gemidos abrazándose a Claudia.

    Quedamos rendidos después de la primera toma de contacto los tres juntos, nos abrazamos los tres y descansamos durante unos minutos, pero no tardamos en ponernos manos a la obra enseguida.

    Marian nos dijo que quería vernos follar pero ahora Claudia enculándome a mí, nos dejó solos en la cama y se sentó en el sofá.

    Claudia me beso en la boca y me tumbó en la cama boca arriba y me hizo un traje de saliva por todo el cuerpo de miedo, al final se centró en mi polla y abriéndome las piernas pasó de chuparme los huevos a mi culo, yo levanté las piernas dejando una visión excepcional de mi ano y más facilidad para que lubricara toda mi zona anal, me estaba muriendo de gusto cuando se incorporó y se colocó mis piernas sobre los hombros poniendo la cabeza de su polla en la entrada de mi ano y de un solo empujón me penetró hasta el fondo, noté como su polla tocaba el fondo de mis intestinos y sus depilados huevos mis nalgas, no dejó de bombear mi culo durante más de diez minutos en los que yo casi me muero de placer, incluso me llegué a correr antes que ella sin ni siquiera tocar mi polla, cuando noté los chorros de semen de Claudia que comenzaron a recorrer mi culo vi como Marian estaba metiéndose cuatro dedos por el chumino y dos por el culo corriéndose como una loca. Cuando se recuperó se acercó a nosotros que habíamos quedado sobre la cama y nos dijo al oído:

    -Recuperar rápido porque luego vais a cumplir mi fantasía, quiero que me folleis los dos a la vez, uno por el coño y otro por el culo.

    Entonces Claudia que había sido un juguete para nosotros nos dijo que fuéramos los tres a la ducha. Ninguno de los dos pensamos lo que nos iba a proponer.

    -Vamos a ducharnos los tres juntos pero antes-dijo tumbándose en la bañera- quiero que me hagáis feliz haciéndome una lluvia dorada, bueno los dos a la vez.

    Nosotros estábamos flipando, pero como íbamos a negarnos, nos lo daba todo, como no íbamos a corresponder.

    Nos colocó de tal manera que el coñito de mi mujer quedaba a la altura de su pecho y a mi justo detrás de ella fuera de la bañera, para que apuntara donde quisiera.

    -No tengáis miedo y hacedlo los dos la vez y donde queráis yo estoy para vosotros. Lo quiero todo por mi cuerpo.

    Marian fue la primera en descargar su orina justo encima de sus tetas, Claudia se restregaba todo por su cuerpo y mi mujer haciendo círculos lo extendía por todos lados, tetas, polla, pero no se atrevió a hacerlo sobre su cara, Claudia tenía la polla que le explotaba pero el clímax le llegó cuando empecé yo a orinar sobre sus tetas y mi mujer que estaba todavía dentro de la bañera de pie se tiró encima de Claudia y toda mi orina fue a parar encima de esos dos esculturales cuerpos regados por mi calentita orina, las regué enteras incluso sus caras mientras ellas se besaban y restregaban, nunca hubiera imaginado que mi mujer actuara así, luego me dijo que como vio a Claudia pasarlo tan bien ella también quería probar.

    Después de darnos una ducha los tres juntos, frotando nuestros sexos, y metiéndonos mano por todos lados, nos metimos en la cama y nos quedamos dormidos.

    Ya eran más de las ocho de la mañana cuando noté algo familiar y muy agradable, abrí los ojos y mirando hacia mi entrepierna vi como Marian me la estaba chupando, colocada entre Claudia y yo, y con la mano izquierda pajeaba la polla de Claudia, luego cambió y se la chupó a Claudia y me la cascaba a mí, así durante un buen rato mientras Claudia y yo nos besábamos y tocábamos.

    Pasado un rato, Marian se sentó sobre mi polla, entrando toda ella en su coñito, y mirando con aire de complicidad a Claudia le dijo:

    -Quiero que me la metas ahora dentro de mi culo, ya.

    Claudia se incorporó y comenzó a chupar desde atrás el agujerito que quedaba libre de mi mujer y a la vez le metía dos dedos mientras me cabalgaba suavemente.

    Vi como Claudia se embadurnaba la polla con crema y se colocaba en posición para partir a mi mujer en dos, puso el capullo de su polla en la entrada y con un suave empujón noté como se deslizó la polla de Claudia por el estrecho orificio y se rozaba con la mía a través de la fina capa que separa vagina y ano.

    Marian soltó un grito de dolor que enseguida se convirtió en gemidos de placer cuando lentamente comenzamos a menear nuestros miembros dentro de ella, Claudia era la que más presión ejercía pero yo tenía la polla metida entera y notaba todas sus embestidas dentro de mi mujer, Marian se retorcía de placer cada vez que nos movíamos dentro de ella, en poco rato se corrió dos veces y cuando llegó por tercera vez nos pidió entre gemidos que nos corriéramos los dos a la vez pero en su boca. Claudia sacó su dura polla del culito de mi mujer y yo me incorporé y los dos de pié y mi mujer arrodillada nos agarró las pollas y se las metió en la boca por turnos e incluso alguna vez lo intentó con las dos al mismo tiempo, Claudia y yo nos besábamos agarrados por la cintura y llegamos a corrernos al mismo tiempo, apuntando nuestros rabos a la boca de Marian se la llenamos de leche en una corrida espectacular, se levantó y nos hizo compartir nuestro semen besándonos los tres a la vez, chorreando toda la leche por nuestros pechos y volviéndola a recoger con nuestras lenguas una y otra vez.

    Lo que disfrutamos esa noche fue increíble, los tres nos conocimos un poco mejor, revelamos nuestros secretos más escondidos y formamos un triángulo sexual que disfrutó de nuevas experiencias en otras muchas ocasiones…

  • Mi suegro me hizo su esclava (V)

    Mi suegro me hizo su esclava (V)

    No supe cuánto tiempo me dormí, ni a qué hora fue que mi suegro me desató; pero al despertar estaba libre, sin el antifaz y sola en mi recámara, la cual era todo un desastre; reflejo de la batalla sexual que ahí se había llevado a cabo.

    Junto a mí encontré un papel que decía: “tuve que salir puta, arregla todo, báñate, arréglate muy bien y ponte el bikini que te di; prepara de comer mientras regreso y prepara tu culo para una buena cogida”.

    No me gustaron las palabras que leí de mi suegro; me sentí ofendida de que creyera que yo me iba a dejar coger así como así nomás, pero de repente me acordé de lo que habíamos hecho y me sentí confundida por mis propios pensamientos.

    Me levanté y me puse de nuevo el diminuto bikini; mientras me vestía sentí que un líquido corría por mis piernas y supe que era el semen de mi suegro que había quedado en mi vagina; fui al baño a limpiarme e incluso me dieron ganas de bañarme de nuevo, pero pensé: “no tiene caso, seguramente me va a volver a coger”; extrañamente el pensamiento no fue con enojo, sino más bien con resignación.

    Vestida únicamente con el pequeño bikini azul me vi en el espejo de mi recámara y pensé que yo soy demasiado hermosa y que mi cuerpo está muy bien formado como para que un viejo desgraciado lo estuviera disfrutando gracias a su maldito chantaje; pensé que yo debería estar disfrutando con mi novio José o tal vez con otros hombres más jóvenes que mi suegro y que tenía que buscar la manera de librarme de él.

    Aun pensando fui a la cocina y empecé a preparar la comida. De repente pensaba que no debería obedecer a mi suegro, pero entonces me acordaba de sus amenazas y pensaba que era mejor hacer lo que él decía hasta poder denunciarlo a las autoridades.

    Una idea demasiado loca pasó por mi cabeza cuando cortaba una cebolla: «¿Y si mejor lo mato?», durante dos segundos me quedé pensando con el cuchillo en la mano; pero tan solo de pensarlo me dio miedo, pensé en que si lo hacía seguramente acabaría mis días en prisión y solté el cuchillo. Durante unos segundos me quedé quieta viendo el cuchillo en la barra de la cocina y sacudiendo la cabeza pensé: «¿Qué estoy pensando?, ¡Jamás podría matar a alguien!» y seguí cortando la cebolla.

    Pero no dejaba de pensar qué podría hacer para librarme de mi suegro y que él fuera al que castigaran y entonces se me ocurrió otra idea: ¿Y si buscaba los DVDs donde se vea que me violó y me humilló para denunciarlo? Esta idea me pareció mejor y entonces me apuré a hacer la comida para ir a buscar los videos, yo estaba segura de que los escondía en algún lugar de la casa. También pensé en la amenaza que él me hizo cuando dijo que mostraría los videos en los cuales parecía que yo cogía por gusto con él, pero mi idea era adelantármele y demostrar que eso era falso y que él me forzaba.

    Terminé la comida y me dispuse a buscar los malditos DVDs. Traté de pensar como lo haría mi suegro y lo primero que se me ocurrió es que tenían que estar en el sótano de la casa, pues era el lugar a donde no dejaba entrar a nadie, solamente él entraba ahí. Pero había un gran problema: La puerta del sótano estaba cerrada con llave. Entonces me imaginé que la llave estaría en alguna parte de su recámara, así que fui allá a buscarla.

    Abrí y cerré puertas, cajones y gavetas y no encontraba nada; hacía las cosas con rapidez para que mi suegro no me fuera a atrapar con las manos en la masa, pues sabía que regresaría para comer. Al seguir buscando no encontré la llave, pero me topé con algo que me sorprendió y me dio un vuelco total al corazón: En una gaveta había un sobre grande de papel manila de esos que tienen dos ruedas con un cordón que se enreda en ellos para cerrar el sobre. Estaba cerrado con el cordón; lo abrí y encontré una serie de fotos en las cuales aparecía Valeria en lencería, bikini, semidesnuda o totalmente desnuda en posiciones sexuales muy provocativas. En todas las fotos ella sonreía de manera forzada y supuse que Don José era el que se las había tomado, pues la gaveta era de él. Eran muchas fotos y con diferentes atuendos, ¡incluso en uno de ellos Valeria traía puesto el mismo bikini azul que yo traía puesto en ese momento! Durante unos segundos me quedé anonadada, sin saber que pensar, pero segura de que el puerco de mi suegro se cogía a su propia hija; también me dio asco saber que estaba usando una prenda que ya ella se había puesto y quien sabe cuántas personas más.

    Además de las fotos había dos DVDs en el sobre, me imaginé que en ellos habría grabaciones del cochino de mi suegro con su hija o más fotos de Valeria. Sonreí para mis adentros y pensé: “Con esto te hundo desgraciado”, las volví a meter al sobre y lo dejé a un lado mientras seguía buscando la llave del sótano.

    Un poco después sonó el teléfono. Contesté rápidamente, pues en la recámara había un teléfono inalámbrico, extensión del principal y en el que mi suegro escuchaba mis conversaciones.

    -Bueno

    -Bueno, putita ¿ya estás lista?, reconocí la voz de Don José

    -Si señor

    -Muy bien mamacita, llego en 5 minutos, quiero la comida bien caliente y tu panocha y tu culo bien calientes también, ¿escuchaste perra?

    -Sí, sí señor, contesté nerviosa

    -Muy bien, no quiero pendejadas, ¿oíste?

    -Sí señor, no señor. Estoy lista señor, fue lo que se me ocurrió decir para que él ya colgara el teléfono mientras yo rápidamente había tomado el sobre con las fotos y me fui a mi recámara a esconderlo.

    -Bueno, ya casi llego, ahorita te cojo, digo, te veo, dijo riéndose y colgó.

    Metí el sobre debajo de mi colchón y regresé a la recámara de mis suegros a dejar el teléfono y a ver que nada hubiera quedado fuera de su lugar, pues si mi suegro se daba cuenta de que había estado ahí seguramente el castigo que me pondría sería muy cruel.

    Nerviosa me fui a la sala de la casa y me senté en un sillón a esperarlo; me acomodé en una posición sensual y traté de sonreír para que no me descubriera.

    Don José entró y se me quedó viendo sonriente; yo le prodigué una gran sonrisa y dije un «hola» con una actitud y una voz muy sensual. Él sonrió y me dijo: «Muy bien putita, ya vas aprendiendo. Ahorita cogemos, pero primero dame de comer que traigo un hambre atroz!»

    «Si señor», contesté tratando de parecer servil; me levanté y fui a la cocina moviendo las nalgas de manera sexy para que él las contemplara, pues sabía que mi cuerpo le encantaba.

    En la cocina serví solamente la comida de él; no serví la mía, pues no quería que me castigara como en la mañana. Al estar sirviendo de nuevo vi el cuchillo y la loca idea volvió a cruzar por mi mente; pero la deseché agitando la cabeza como tratando de espantar esa estúpida tontería.

    Salí de la cocina hacia el comedor con una bandeja grande en la que llevaba un plato de sopa y una bebida para mi suegro; él ya estaba sentado en su lugar del comedor esperando la comida. Coloqué la bandeja en la mesa, agachándome de tal manera que mi cuerpo casi desnudo quedara muy cerca de la cara de mi suegro, sobre todo mis tetas y noté como él se les quedaba viendo fascinado. Me dijo: «¡Ay puta, se nota que quieres verga, espérate un poco, nomás que coma te doy con todo!» Yo solamente sonreí complaciente.

    Terminé de servirle la comida y me quedé parada junto a él como si fuera su sirvienta; él comenzó a comer mientras hablaba:

    -Qué bárbara puta, también sabes cocinar; esto está delicioso, tan delicioso como tú. Que buena joya trajo mi hijo, sabrosa, buena cocinera, sabes limpiar con la lengua, ¡hombre eres una maravilla!

    Siguió comiendo y en ese momento pensé: «¡Qué estúpida soy, lo hubiera envenenado y ni cuenta se habría dado!»

    Parece que me hubiera leído el pensamiento, porque en eso me dijo:

    -¿Y tú por qué no comes?; ¿Acaso me estás envenenando?

    -¡No señor, yo jamás haría algo así!, contesté asustada

    -¡Jajaja, ya lo sé! Si yo me muero tú te mueres de hambre porque yo soy el de la lana, tu noviecito no sabe hacer nada, lo tengo en mi empresa porque sé que es un inútil y para mandarlo lejos mientras me cojo a su vieja ¡jajaja!

    Estaba parada junto a él y empezaba a enojarme con lo que decía, pero aguanté. De repente él tomó la cuchara llena de sopa y me dijo: «¡pruébala!»; supe que lo hacía para ver si yo lo aceptaba o lo rechazaba y de esa manera comprobar que no lo estaba envenenando. Yo me agaché, con una mano me hice a un lado el cabello para que no cayera hacia la sopa y tomé la sopa de la cuchara que mi suegro me daba, demostrándole así que no tenía veneno. Le sonreí coquetamente y me enderecé de nuevo.

    -Muy bien puta, te has ganado el derecho a comer conmigo, podrás hacerlo en cuanto me mames la verga

    -¿Mande?, dije sorprendida, pues su comentario me tomó por sorpresa.

    -Que te metas debajo de la mesa y me chupes la verga, me ordenó

    Tuve que obedecerle, me metí debajo de la mesa y sorprendida vi que el viejo estaba sentado sin pantalón ni calzón, es decir, totalmente desnudo de la cintura para abajo, con su verga totalmente parada esperando a ser satisfecha.

    Me acerqué a su miembro erecto, lo tomé con una mano y lo metí en mi boca; sentí asco de nuevo, pero sabía que no podía desobedecer, así que me aguanté las arcadas y empecé a chuparlo como a él le gustaba.

    -¡Ah que rico mamas puta!, me dijo con la boca llena de comida.

    Mi suegro bajó una mano y la colocó sobre mi cabeza, no me empujó, solamente seguía el ritmo que mi cabeza llevaba al mamarle su gigantesco pene.

    Durante un rato se la estuve chupando hasta que él me ordenó detenerme.

    -Tráeme rápido el guisado antes de que me venga putita, me dijo.

    Salí de debajo de la mesa, recogí el plato de la sopa y fui a la cocina contonéandome provocativamente al caminar. Sabía que él me estaría viendo.

    Al estar sirviendo el siguiente platillo pensé en ponerle veneno para ratas, pero lamentablemente no tenía ni la menor idea de dónde habría, o siquiera si había en la casa y no me daría tiempo de buscarlo, así que deseché la idea.

    Salí de la cocina con el platillo en la mano y de igual forma lo coloqué en la mesa frente a mi suegro, poniéndole las tetas en la cara, situación que a él le fascinó.

    Yo me iba a meter debajo de la mesa para continuar con la felación, demostrándole sumisión, pero él me detuvo y cortó un pedazo de carne, lo tomó con el tenedor y me dijo: “¡Cómetelo!”, supongo que lo hizo para verificar que no lo estuviera envenenando y entonces pensé que había sido bueno no ponerle veneno a su comida o me hubiese descubierto. Me incliné mostrándole de nuevo mis tetas y abrí la boca para que él metiera el trozo de carne en ella; lo mastiqué y lo tragué bajo su atenta mirada; ya que me lo pasé mi suegro sonrió y me dijo: “Continúa”, señalándome hacia abajo de la mesa.

    Él comenzó a comer y yo sumisa me metí debajo de la mesa para continuar con la felación. Volví a meter su duro miembro en mi boca y de nuevo lo mamé. Mientras lo hacía pensé que lo mejor sería que mi suegro terminara en mi boca para que así no tuviera ganas de cogerme y por eso decidí hacer un excelente trabajo con la boca. Aunque también me entristecía un poco que no me fuera a dar una buena cogida como la de la mañana; pero decidí quitarme ese pensamiento que me parecía algo depravado.

    Después de unos momentos de estar chupando el pene de Don José, él de repente me tomó del cabello y me hizo detenerme. Me dijo: “espera puta o me voy a venir”. Me detuve aunque no quería y entonces él me dijo: “sal de ahí abajo y ve por tu comida”. Obedecí en silencio, salí de debajo de la mesa y fui a la cocina por mi comida. Cuando regresé con mi sopa mi suegro me tenía otra sorpresa. Él ya había terminado de comer pero seguía sentado en su silla. Cuando coloqué mi plato en la mesa me dijo: “No, espera, no vas a comer ahí” y se levantó de su lugar. Fue por una pequeña maleta que estaba en la sala y que yo no había visto; la abrió y sacó un collar de cuero para perro con una cadena y también sacó un plato de los que sirven para darle de comer a los perros. Yo miraba asombrada y pensé: “¡Oh no, me va a humillar haciéndome comer en ese plato como perra!”

    Y no me equivoqué; el infeliz viejo se acercó a mí y me entregó el collar de perro; solamente ordenó: “póntelo”. Yo me le quedé viendo y estuve a punto de reclamarle y negarme, pero pensé que mi plan original sería mejor y decidí mostrarme sumisa. Tragué saliva y tomé la correa con el collar, lo abrí y me lo coloqué en el cuello. Luego mi suegro me dio el plato de perro y me dijo: “pon ahí tu comida”; lo hice: coloqué el plato de perro en la mesa y vacié el contenido del otro plato en él. Iba a comer cuando mi suegro me dijo: “¡Al suelo!” Entendí su orden, y aunque me enojaba mucho, me aguanté el coraje, tomé el plato de perro y lo bajé al suelo.

    Mi suegro había tomado la correa del extremo opuesto al collar y me jaló como ordenándome que me bajara a comer. Le seguí el juego y me coloqué con las rodillas y las manos en el piso y me empiné para comer como perra. Tuve que meter la cara en el plato de perro para sorber la sopa. Mi suegro, que se había sentado en una silla sosteniendo el extremo de la cadena sonreía mientras me tomaba fotos con su celular y me dijo: “Haz como las perras, saca la lengua para tomar la sopa”. Aguantándome la humillación y el coraje hice lo que él quería, comí como perra lo cual para un humano es sumamente complicado.

    Mientras yo me esforzaba por tragar como perra mi suegro comenzó a hablar: “Cuando te vi en la mañana lamiendo el suelo se me ocurrió esta idea y mira, no es nada mala, te vez muy bien tragando como la perra que eres”.

    Cuando por fin terminé la sopa, mi suegro me acarició la cabeza como se acaricia a los perros, se levantó de la silla y me dijo: “buena chica, vamos por tu guisado”, entonces yo, que no quería seguir con ese juego le dije: “ya no tengo hambre”. Él se me quedó viendo con cara seria y me dijo: “no te estoy preguntando su tienes hambre perra, te estoy diciendo que vayas por tu pinche comida”.

    No me quedó más remedio que obedecer, iba a levantarme cuando me dijo: “¡Ah, ah, como perra!” y me hizo seguirlo a la cocina caminando en cuatro patas.

    Cuando llegamos a la cocina, él se detuvo junto a la estufa y se asomó a la cacerola en donde estaba el guisado que yo había preparado. Colocó el extremo de la correa en su muñeca y tomó un pedazo de carne de la cacerola, lo partió con sus dedos y me dijo: “¡siéntate!”; yo me iba a subir a una silla y entonces mi suegro hizo cara de desesperado y me dijo: “¿eres estúpida o qué? ¡Como perra! ¡Eres mi perra hasta que yo te diga! ¿Entiendes?”. Bajé la mirada y asentí con la cabeza; me senté como él quería, con las piernas debajo de los muslos y coloqué mis manos en mis rodillas; entonces él colocó sus manos a los lados y me dijo: “¡así!”, obedecí colocando las manos dobladas a los lados, como perrita y entonces él me arrojó el pedazo de carne y me dijo: “¡atrápalo!”; yo abrí la boca, pero no pude atrapar la carne, que cayó al suelo; entonces él se rio burlonamente y dijo: “¡Ah de veras, lo que tienes de sabrosa lo tienes de pendeja!, a ver ahí va otro, ¡atrápalo!”; de nuevo abrí la boca, pero el pedazo de carne me pegó en la mejilla y cayó al piso.

    “¡Jajajaja, Estúpida, abre bien el hocico!” y me arrojó un tercer trozo de carne; este si pude atraparlo con la boca y lo mastiqué mientras él me acariciaba la cabeza y me decía: “buena chica, ya vas aprendiendo”.

    Luego tomó un trozo de carne y lo tiró al piso y me ordenó: “¡anda, come!”. Casi no podía contener mi enojo, pero obedecí; me empiné para comer la carne como perra dándole la espalda a mi suegro.

    A los pocos segundos sentí como Don José tomaba la tanga del bikini y me lo bajó hasta los muslos; supe lo que venía y de inmediato sucedió; sin ninguna preparación previa colocó su duro miembro en la entrada de mi culo y empujó, penetrándome con fuerza. “¡Aaaauuuch!”, grité al sentir la salvaje penetración y entonces mi suegro dijo: “¡Eso es, aúlla como perra, puta!” y empezó un mete-saca salvaje en mi pobre culo, masacrándolo.

    “¡Aaaaiiihhh nooo!”, grité, mientras mi suegro emitía gemidos de placer: ¡”Aaaahhh sí, ah, sí puta, ah!”

    “¡Nooo, aaaayyy me dueleee, por favooor!”, gritaba yo sin parar por la salvaje penetración, mientras Don José disfrutaba a más no poder.

    “¡HAZ COMO PERRA PUTA, HAZ COMO PERRA, AÚLLA!”, me ordenó mi suegro. Yo, con el dolor que me causaba no quería obedecer, pero entendí que sería mejor cuando empezó a pegarme con la propia cadena en las nalgas y me gritó: “¡QUE AÚLLES TE DIGO, PERRA!”

    “¡AAAAUUUU!”, grité, tratando de imitar a una perra siendo cogida por los perros.

    “¡ESO ES, ESO ES, ERES MI PERRA PUTA, ERES MI PERRA!”, me dijo mi suegro mientras me cogía con fuerza y sin piedad.

    Yo no atinaba que hacer, por un lado, sabía que debía obedecer, porque de lo contrario me castigaría y ahora, en lugar de cinturón, tenía una cadena y estaba segura que no dudaría en usarla, pero por otro lado, me daban ganas de decirle que estaba a punto de acabar con sus abusos conmigo y con su hija.

    Pero tuve que aguantar, pensé que en cuanto terminara se iría a dormir y me dejaría en paz y yo podría poner en marcha mi plan para hundirlo al día siguiente.

    “¿PORQUÉ CARAJOS NO AÚLLAS PERRA, QUIERES QUE TE PEGUE?”, dijo mi suegro, quitándome de mis cavilaciones.

    “¡AAAAAUUUU!”, aullé de inmediato con fuerza para que no me castigara. De cualquier manera el dolor era real.

    Fueron varios minutos de inmenso dolor que tuve que soportar hasta que de repente mi suegro dejó su miembro dentro de mí y mientras me llenaba de semen las entrañas gritó:

    “¡Aaaahhh, yaaaa, si perraaaa, siiiii!”

    Luego sacó su pene ya flácido embarrándome las nalgas y los muslos por detrás. Se tumbó en el suelo sudando y respirando agitadamente mientras dijo: “excelente palo perra, me encantó, sabes cómo hacerme gozar”

    Yo también me tumbé en el suelo, pero boca abajo, adolorida y sintiéndome humillada, sabedora de que Don José solamente me veía exactamente como una perra de la que podía disponer a su antojo, sobre todo mientras no regresaran mi suegra, mi cuñada y mi novio, lo cual no sabía cuándo sería.

    Unos segundos después Don José se incorporó y mientras salía de la cocina me dijo: “limpia todo, esperas a que te llame y vienes perra”. Obedecí, me subí la tanga, me levanté y limpié todo el batidillo que había quedado, sosteniendo la cadena que colgaba del collar que tenía en el cuello. Cuando terminé ya empezaba a oscurecer y me senté a esperar a que “mi amo” me llamara; tardó unos diez minutos y me llamó; fui a la sala, en donde estaba mi suegro sentado en una silla; me acerqué y él tomó la cadena que colgaba de mi cuello; se levantó y me dijo: “sígueme”; yo empecé a caminar detrás de él y entonces se detuvo y mirándome fríamente me dijo: “¿eres estúpida o qué? ¡Como perra!”.

    Entendí que quería que lo siguiera en cuatro patas y me humillé haciéndolo; el infeliz de mi suegro me condujo hasta su recámara; entramos y me hizo seguirlo hacia un lado de su cama que no se veía desde la entrada; allí en el rincón había una jaula grande para mascota abierta; Don José me llevó hasta ella y me dijo: “muy bien perrita, métete”. Yo dudé un segundo, no me latía la idea de estar encerrada ahí; mi suegro me dijo: “anda, adentro, se buena chica”. No tuve más remedio que obedecer; me metí gateando a la jaula.

    Una vez que estuve adentro, mi suegro cerró la jaula y le colocó un candado por fuera; yo exclamé: “¡Oiga, no…!”, pero nada pude hacer, el desgraciado me había metido ahí como su perra.

    Él me dijo: “vas a estar quieta y callada, si no quieres que tengamos problemas”. Tuve que asentir con la cabeza muy a mi pesar. Luego él me ordenó: “quítate el bikini”; a lo que yo iba a protestar: “¡pero…!”; “¡Ah, ah, ah! Calladita perrita, obedece o te irá mal”, dijo en tono de advertencia. Obedecí, me quité el bikini y se lo di por en medio de uno de los cuadros de la jaula. Quedé totalmente desnuda ahí adentro. A continuación, mi suegro tomó la cadena y la amarró a una pata de su cama y me dijo: “hoy vas a dormir aquí, junto a mí perrita; descansa mucho que mañana nos espera una larga jornada”; luego él se quitó la ropa, se puso una camiseta y un short, prendió la TV y puso un programa que parecía un documental de guerra; apagó la luz y se acostó; a los pocos minutos lo escuché roncar dejando la TV encendida. No pude aguantar más, me tiré al piso y me solté llorando por el dolor y al darme cuenta de que el nivel de humillación era cada vez peor y que no podría llevar a cabo mi plan.

    No supe a qué hora me quedé dormida, pero el despertar fue terrible: sentí que mi suegro me sacaba de la jaula jalándome de la correa con fuerza, casi ahorcándome y ayudándose jalándome del cabello con la otra mano; yo no entendía que pasaba, estaba tirada en el piso y sentí como él me empezaba a pegar con su cinturón en las nalgas; yo trataba de detenerlo, pero al moverme los cinturonazos pegaban en diferentes partes de mi cuerpo, lastimándome y haciéndome llorar.

    “¡YAAA, AAAYYY, NO, YA, NO, NO POR FAVOR, YA NO ME PEGUE, AYYY!”, gritaba yo mientras metía las manos desesperada tratando de detener el salvaje castigo.

    “¡CÁLLATE PUTA PERRA TRAIDORA, CÁLLATE O TE IRÁ PEOR!”

    Al arrastrarme por la alfombra de su recámara tratando de escapar de la golpiza de casualidad vi el sobre con las fotos de Valeria que yo me había llevado a mi recámara tirado en el suelo mientras en la pantalla de la TV corría un video en el cual se veía claramente como yo hurgaba entre los cajones de la recamara de mis suegros y como me llevaba el sobre y luego como lo escondía debajo de mi cama y entonces comprendí el motivo del castigo: mi suegro seguramente había revisado los videos de vigilancia de las cámaras que tiene escondidas en toda la casa; me di cuenta lo estúpida que fui al olvidarme de ello y me enojé conmigo misma por tonta.

    Me arrastré tratando de ocultarme debajo de la cama de mi suegro para evitar los cinturonazos, pero cuando empezaba a meterme Don José me jaló de una pierna gritándome: “¡¿A DÓNDE CREES QUE VAS PUTA?!”, “¡VEN ACÁ QUE AUN NO ACABO CONTIGO PERRA DESGRACIADA, MALAGRADECIDA, INFELIZ PENDEJA!” y mientras decía todo eso no dejaba de pegarme con el cinturón.

    El castigo fue duro y cruel; de nada sirvieron mis súplicas y mi llanto pidiendo que se detuviera; en ese momento pensé que me iba a matar y tuve mucho miedo.

    Llegado el momento, Don José dejó de pegarme. Y lo hizo porque se cansó, pues lo vi sentarse en su cama sumamente agitado y sudoroso.

    Traté de levantarme, pero no pude, estaba demasiado adolorida; además mi suegro me dijo: “¡No te atrevas a moverte puta o te mato!” Yo estaba tan aterrada por la violencia con que me había pegado que decidí obedecerlo y no moverme.

    Don José, sudoroso, cansado y agitado comenzó a hablar:

    “¿Por qué eres tan malagradecida?, ¿Por qué quieres traicionarme si te lo he dado todo?, ¿Qué te hace falta?, ¡Tienes comida, una buena casa, ropa, lujos, todo y aun así quieres traicionarme, no lo entiendo!”

    La que no entendía era yo, ¿cómo es que mi suegro piensa que tengo que ser agradecida con él, si lo que hace es forzarme a tener sexo sin mi consentimiento?

    Él continuaba hablando:

    “Todas las pinches viejas, además de putas, son unas hijas de la chingada malagradecidas, infelices; ahí tienes a la puta de mi hija; aquí tiene todo lo que necesita, yo le doy todo: ropa de marca, una buena escuela, su auto, buen sexo y ¿Qué hace la muy puta?; ¡Se larga a coger con el pinche idiota vago drogadicto de su novio que me la entrega ya cogida y cansada!, no dudo que han de echarse sus buenas orgías con todos los pinches drogadictos que se juntan y que según dicen van a estudiar”

    “¡Y la puta de mi esposa!, ¿acaso cree que soy pendejo? ¿Acaso piensa que me creo que se la pasa cuidando a mi pinche suegra todo el pinche día? ¡Si yo sé que se acuesta con el cabrón vecino de su madre y que se la pasa en la casa de ese hijo de la chingada casi todo el día!”

    “Y luego estás tú, pinche puta cabrona, que sedujiste al pendejo de mi hijo cogiéndotelo casi diario, ¿crees que no me contaba de sus pinches encuentros sexuales diarios?, desde entonces se me antojó cogerte; desde la vez que encontré tus fotos desnuda en su recámara con tus pinches poses sugestivas de puta barata”.

    Yo intenté hablar para reclamar por lo que me pareció un insulto:

    “Oiga, yo…”

    “¡CÁLLATE PUTA, NO QUIERO OÍR TUS PINCHES MENTIRAS!, ¡CÁLLATE QUE SOY CAPAZ DE MATARTE Y HACERTE DESAPARECER Y LUEGO DECIR QUE TE LARGASTE CON OTRO CABRÓN, PERRA HIJA DE LA CHINGADA!”

    Me callé por completo, nunca había visto a mi suegro tan enojado y tan abrumado con sus traumas. Él se me quedó viendo por un instante y ya con voz calmada me dijo:

    “Mira lo que me hiciste hacer; eres tan tonta. Métete a la jaula y no quiero oír tus chillidos”.

    Obedecí metiéndome a la jaula con todo el dolor que tenía; yo sentía que en ese momento necesitaba ir a un hospital, pero no dije nada por temor a que me volviera a pegar. Lloré en silencio y me acosté dentro de la jaula temblando y dándole la espalda a mi suegro, pues no quería verlo después de lo que me hizo.

    Escuché como cerró la jaula con candado, apagó la TV y la luz y salió de la recámara dando un portazo; luego escuché como salía de la casa y cómo encendió su auto y se fue. Me quedé ahí encerrada llorando sin poder hacer nada y lamentándome por no poder haber llevado a cabo mi plan y haberlo estropeado todo, además de haber hecho enojar a Don José, por lo que seguramente a partir de ese momento me tendría más vigilada.

    No pude dormir por el dolor que sentía, así que en la oscuridad intenté ver si podía abrir el candado de alguna manera, pues pensé que cuando mi suegro regresara, la vida sería un infierno para mí; pero no pude, no tenía nada con que hacerlo y me sentía adolorida y cansada. Llegado el momento, el sueño me venció y me tumbé para poder descansar un poco.

    Varias veces desperté sin saber cuánto tiempo había pasado, la oscuridad de la recámara era total, pues las cortinas no permitían pasar el sol y por ello no sabía si ya había amanecido o no. Tampoco había reloj alguno a la vista. Tenía hambre y sed, pero lo que más tenía era mucho miedo de lo que mi suegro me fuera a hacer; pensé que tal vez me eliminaría definitivamente.

    Después de no sé cuánto tiempo, escuché que alguien entraba en la casa y se dirigía a la recámara. Mi suegro abrió la puerta y encendió la luz, encandilándome por unos segundos; él entró y se sentó en la cama, frente a la jaula y comenzó a hablar:

    -Mira perra, lo que hiciste estuvo muy mal. Si algo no soporto es la traición y tu pensabas traicionarme; si hubiera sido otra persona ya no existiría en este mundo; pero la verdad es que he llegado a apreciarte un poco y además eres la novia de mi hijo. Es por eso que, después de pensarlo mucho, he decidido perdonarte y darte una última oportunidad; pero en el caso de que descubra otra nueva traición tuya, puedes irte despidiendo de este mundo y no será de una forma agradable; te haré sufrir tanto que me implorarás que te mate; pero antes tu vida sería un infierno, haría que todos te despreciaran de forma tal que no podrías ir a ninguna parte sin ser rechazada o tal vez violada por mucha gente. Yo saldría bien librado de cualquier situación, pues tengo muchas influencias que el dinero me ha comprado y si no, las compro en ese momento. Así que espero que entiendas y de una vez por todas entiendas que eres mi puta, mi perra, mi esclava y harás todo lo que yo te diga, porque recuerda que tengo todos tus videos y tengo mucho poder para hacer de tu vida un infierno.

    -Eee… está bien… musité con la cabeza agachada, llorando asustada por todo lo que me decía. No sabía si era verdad, pero tampoco quería comprobarlo.

    -Muy bien putita, entonces a lo que sigue, dijo y se acercó a la jaula.

    Mi suegro abrió el candado de la jaula y tomó la cadena, me sacó como si fuera una perrita y me ordenó: “Necesito que te bañes, te cubras los moretones y te arregles, porque hoy va a ser un día muy intenso y quiero que estés bien preparada”. Dicho eso, me quitó la cadena y yo me levanté y me fui caminando desnuda; salí de la recámara de mi suegro y vi que ya era de día, el reloj de la sala marcaba las 2:25 p.m.; pensé en que me despedirían de mi trabajo por faltar tanto, pero parecía que Don José me leía la mente, porque en ese momento me dijo: “¡ah, por cierto, ya no te preocupes por ese trabajo de mierda en el que estabas, ya mandé tu carta de renuncia!”. Me quedé anonadada; ¿quién se creía ese viejo para tomar esa decisión por mí? ¡Si algo me gustaba era mi trabajo! No dije nada, pero me fui llorando al saber que mi maldito suegro cada vez se adueñaba más de mí.

    Mi suegro siguió hablando sin fijarse en lo que yo sentía: “Desde el próximo mes entras a trabajar en mi empresa, serás mi asistente personal”. Ya no quise escuchar más, me fui casi corriendo a mi recámara y me aventé en la cama a llorar. Durante unos minutos lloré desconsoladamente tratando de no hacer ruido, pero luego me levanté y me dispuse a obedecer las órdenes de mi suegro. Me bañé y me esmeré en mi arreglo; me puse una blusa blanca sexy muy pegada sin sostén, una pequeña chamarra “torera” negra, minifalda de cuero negro, medias negras y zapatillas. Me maquillé y pinté muy bien y después de dos horas y media, salí a la sala. Mi suegro se me quedó viendo con los ojos muy abiertos, con cara de morbo y dijo: “¡Caray puta, que buena estás!”; pero casi de inmediato cambió el semblante y me dijo muy serio: “Pero… a donde vamos no te puedo llevar así; vamos a ir a cenar con unas personas muy importantes y no puedo llevarte como la puta que eres; así que vas a tener que cambiarte y ponerte algo elegante”.

    Me quedé sorprendida, pensé que con nada le daba gusto a mi suegro, pero el saber que me iba a llevar a cenar a algún lugar elegante me agradó, pues pensé que tal vez ya me consideraba algo más que solo su puta y también saber que habría más gente me gustó; incluso pensé que tal vez sería mi oportunidad de escapar o de contarle a alguien lo que Don José me hacía y que por fin la gente supiera la verdad acerca del depravado tipo.

    Un poco molesta, me di la media vuelta sin decir nada y me dirigí hacia mi recámara para irme a cambiar. En ese momento mi suegro me dijo: “¡Hey, pero espera!”. Me detuve pensando: “¿Ahora que quiere?” y me volteé hacia él fingiendo una sonrisa.

    “Quiero aprovechar que estás vestida como puta para cogerte así, ven acá; al fin tenemos tiempo”, me dijo mi suegro sin más ni más. De nuevo me quedé en una pieza, ¿pues que se estaba creyendo?, pero de inmediato recordé que me tenía en sus manos y resignada suspiré y caminé hacia él; me dijo: “muy bien putita, me gusta que seas obediente y sumisa; así la vamos a pasar muy bien y nadie tiene porqué llorar ni enojarse; solamente será gozo y diversión”. Yo contesté con una fingida sonrisa: “ajá”.

    “¡Quítate la falda!” me ordenó de inmediato, yo lo hice y entonces él tomó mi tanga negra y la bajó; me dijo: “¡Me encanta tu chocho!”; acercó su cara a mi clítoris y comenzó a lamerlo mientras posaba sus dos manos sobre mis nalgas. De inmediato tuve una sensación de placer maravillosa, la lengua de mi suegro era la de un experto, era evidente que ya había hecho eso muchas veces. No resistí la tentación de colocar mis manos en mis pechos, así que me subí la blusa y comencé a masajearme mis jugosas tetas. Mi suegro se dio cuenta de lo que hacía y se detuvo un momento para decirme: “¡Eso es puta, me encanta cuando te pones cachonda, ya te estás mojando mamacita!” y era cierto, ya empezaba yo a sentir como mi vagina se lubricaba y como el calor empezaba a llenar mi cuerpo.

    Mi suegro metió un dedo en mi panocha y otro comenzó a meterlo en mi ano; yo solo tragué saliva. Sabía que eso estaba mal, sabía que todo quedaría grabado en las cámaras escondidas que él tenía, pero estaba sintiendo tanto placer que no pensé en nada más, lo ignoré todo, olvidé que era mi suegro el que me daba ese placer inmenso; en ese momento no pensé en todo lo que me había hecho, solamente me dejé llevar por lo que sentía.

    Yo respiraba profundo, mi suegro metió dos, luego tres y luego cuatro dedos en mi panocha que a esas alturas ya se encontraba totalmente empapada; en mi culo había dos dedos y su lengua seguía lamiendo mi chocho, haciéndome gozar tanto que de repente sentí como una descarga eléctrica recorría mi cuerpo y fue una explosión de placer; gemí como loca: “¡Aaaammm, aaaahhh, siiii, diooosss, siii!”

    El orgasmo fue intenso y duradero, yo sentía que todo mi cuerpo estaba descontrolado y perdí el control de mis brazos y piernas, que se agitaban sin parar.

    Después de varios segundos, o minutos, no lo sé, terminé el orgasmo y caí rendida el piso, pues mi suegro me había soltado y había dejado de lengüetearme.

    “¿Ves puta, ves lo que puedes gozar conmigo?; si me prometes no volverme a traicionar, yo te prometo darte momentos como éste, ¿qué dices?”.

    Me extrañó que en esta ocasión mi suegro no utilizara la violencia para convencerme, sino el placer. Tragando saliva a duras penas, pues mi garganta había quedado totalmente seca contesté en un suspiro: “si”.

    “Muy bien; es mi turno, siéntate en mi verga”, me ordenó Don José y yo obedecí; me levanté del piso, abrí las piernas y me clavé en su gordo pene; como estaba bien lubricada, no tuve ningún problema; él me tomó de la cadera y marcó el ritmo que quería; yo me moví subiendo y bajando, apretando la vagina para que mi suegro sintiera más placer.

    Duramos así un buen rato, hasta que mi suegro me dijo: “voltéate y clávate de culo”; de nuevo obedecí, pues aún sentía agradecimiento por el tremendo orgasmo que me hizo sentir unos minutos antes; me volteé y su gorda verga me clavó por el culo; sentí un poco de dolor al principio, pero una vez que su verga entró por completo, mi ano se relajó y de nuevo comenzamos con el sube y baja y de repente yo movía la cadera en círculos, para que él experimentara más placer; y así fue; cada vez que yo movía las caderas en círculos, él me decía: “¡aaaahhh putaaa, eso me gustaaa, asíiii, muévelo putaaa!” y eso me gustaba, pero había otras expresiones que no me agradaban mucho, como cuando decía: “¡aaahhh, siiii, te mueves más rico que la pinche valeriaaa y estás más apretadaaa, aaahhh que ricooo!”

    Ya lo tenía bien confirmado: el cochino viejo se cogía a su hija; mis dudas ahora eran: ¿sería con consentimiento de ella o la forzaría?; ¿Doña Martha estaría enterada?, ¿Y José, mi novio?, ¿Acaso había llegado a una familia de depravados? , ¿O solo mi suegro sería el desgraciado?

    Mis pensamientos seguían mientras mi suegro gozaba de mi culo a su antojo. Fueron cerca de seis o siete minutos que el viejo me estuvo cogiendo de esa manera hasta que me apretó las nalgas con fuerza y se vino echando grandes chorros de semen dentro de mis entrañas y gritando: “¡aaaahhh, yaaaa, por fiiin, me vengooo!”

    Sentí como el pene de mi suegro perdía dureza y quedaba flácido fuera de mi culo. Él me soltó y me levanté; lo vi ahí, con su miembro de fuera, viéndome con una sonrisa burlona. “Es lo que te gusta, ¿verdad?” No dije nada, pues me di cuenta de que me había dejado llevar y rápidamente me fui a i recámara. Mientras caminaba mi suegro me gritó: “¡Cámbiate rápido y arréglate porque ya vamos a salir!”

    Entré a mi recámara de nuevo confundida; por un lado, satisfecha por el gran orgasmo y el sexo que acababa de tener con mi suegro, pero por el otro, sabiendo que no era correcto y que en cualquier momento él regresaría a sus humillaciones y juegos depravados y eso no quería permitirlo.

  • La cabina (primer contacto de mi esposa)

    La cabina (primer contacto de mi esposa)

    Desde hace mucho tiempo Mónica, mi esposa, me lo dejó claro.

    – Contigo lo que sea, pero no deseo un tercero (decía siempre que yo sacaba el tema del trio) no te digo de no ir a una cabina solos o de jugar juntos pero solos.

    Pero la cuestión era que yo estaba obsesionado que la idea. Me excitaba la idea de observar su comportamiento con otro hombre.

    Imaginar a mí esposa y madre de mis hijos en una posición sumisa o gritando de placer a cuatro patas mientras otro macho se la follaba era algo que muchas veces me venía a la mente y ayudaba a mis erecciones.

    Ella es una buena esposa, una buena madre. Es correcta, comprometida con sus hijos y su familia.

    Pero esas eran mis fantasías. Y pienso que el motivo no es que ya no sintiese amor por mi esposa, sino que los más de 25 años que llevamos casados habían acabado por mermar la pasión hasta convertirla en simple rutina sexual.

    No os equivoquéis, sexo tenemos, pero para mí faltaba chispa en algún que otro momento.

    Pienso que nada tiene que ver el sexo con el amor. Yo amo a mi esposa y aunque algunos podáis decir:

    ¿Cómo puede decir que la ama, si desea compartirla?

    Por eso, porque la amo, porque deseo compartir con ella los momentos más intensos de nuestras vidas. Que cuando seamos muy mayores tengamos la sensación de haber tenido una vida sexual totalmente plena.

    Yo jamás sería infiel a mi esposa. Estas fantasías solo son con Mónica.

    Y creo que ella debería sentirse orgullosa de ser la mujer con la que su esposo tiene sus más obscuros deseos. Todos sabemos de alguna que otra pareja que se ha roto por no contemplar las perversiones de uno de los dos.

    No necesariamente se debe claudicar con todo, pero se pueden acercar posturas y llegar a acuerdos que, de alguna manera, satisfagan los deseos de los dos y eso es lo que nosotros habíamos pactado.

    Por eso desde hace tiempo jugamos con vibradores realistas, dildos y demás juguetes que sugieren un tercero.

    Muchas son las veces que mientras follábamos le he pedido que imagine a un tercero y aunque le cuesta entrar en el papel hace lo que puede mamando un pene de impresionante realismo que compré para la ocasión.

    Mónica es una mujer de 45 años muy bella.

    Cuando la conoces por primera vez te enamoras de ella, de sus ojazos verdes y de su cuerpo que no da ningún tipo de sospechas de haber sido madre en dos ocasiones.

    Aunque sus pechos no son excesivamente grandes eso nunca a sido un problema porque siguen siendo muy apetecibles ante la mirada de muchos hombres.

    A diario suele vestir de manera bastante convencional y cómoda exceptuando las noches que salimos a cenar solos en las que se arregla especialmente para la ocasión mostrando toda la belleza que aún conserva.

    Es entonces cuando tacones, medias, faldas o vestidos cortos substituyen a tejanos, pantalones o bambas y calcetines.

    Es entonces, también, cuando sus labios muestran el color de la pasión y sus ojos embellecen aún más.

    El sábado pasado nos fuimos a un teatro en el centro de Barcelona.

    Mónica estaba muy guapa. El vestido color burdeos que había escogido para esa noche ensalzaba sus caderas y su pecho. El vestido acababa justo sobre sus rodillas dejando a la vista unas piernas preciosas con medias obscuras. Había escogido unos botines de ante negros con tacón que ponían la guinda a un pastel que prometía ser dulce y apetecible.

    – Estás preciosa (le dije mientras la besaba)

    Ella, sonrió.

    Fuimos a ver un musical que llevaba semanas insistiendo y aunque yo no soy mucho de musicales… éste me gustó.

    Allí nos bebimos una copa de cava y durante la función nuestras manos se entrelazaban acariciándose.

    Sobre las 22h fuimos a cenar por allí cerca. La cena estuvo muy bien. Charlamos distendidamente y entre risas y picoteo nos habíamos bebido sin darnos cuenta nos una jarra de sangría de un litro y medio.

    Poco después le propuse ir a tomar una copa a un local cerca de allí. El local está en la calle Aribau y es uno de esos sitios donde puedes hablar tranquilamente mientras te bebes una copa.

    Así estuvimos un buen rato, riéndonos juntos, intercambiando miradas y besándonos de vez en cuando.

    Mi esposa estaba distendida, sin estar borracha si se le notaba algo más desinhibida.

    – Mónica, deseas que vayamos a otro sitio? (le pregunté)

    – ¿A dónde? (dijo desconfiada y sonriendo)

    – Tranquila… estaremos solos.

    Me miró como la que no acaba de fiarse pero acabándose de un trago su mojito dijo:

    – ¡Vamos! (y estiró su mano hacia mi)

    Pagué, cogimos las chaquetas y salimos.

    Fuimos paseando hasta un sex shop de la gran via.

    Es un local que tiene cabinas para parejas solas entre otros servicios.

    Ella de mi mano miró la entrada del local y me dijo:

    – ¿quieres entrar aquí?

    En un principio no le hizo mucha gracia pero accedió a acompañarme dentro.

    Una vez dentro la luz era bastante tenue. Sonaba música chill-out de fondo y el aroma era de una especie de canela o incienso.

    Dentro pasamos por delante de unas cuantas cabinas algunas de ellas cerradas con un led rojo sobre la puerta que supongo significaría ocupada. Nos dirigimos al mostrador del fondo donde había sentado frente a un ordenador un hombre que al vernos se sorprendió gratamente. Nos sonrió, no sin antes obsequiar a mi mujer con un discreto repaso visual desde su posición que ella no pareció notar lo más mínimo.

    – ¿Nos gustaría usar una cabina…cual podemos usar? (le pregunté)

    – Depende lo que queráis hacer pareja… de la 1 y la 4 normales de la 4 a la 8 son glory hole

    – Hombres solos 15 euros y las parejas son gratis (contestó con un sonrisa pícara)

    Mónica que no pareció haber escuchado las indicaciones me seguía a la cabina que escogí.

    Dentro de la cabina el espacio era bastante reducido, prácticamente rectangular y con un sillón de madera y poli piel marrón frente a un televisor que emitía porno. En concreto una escultural mujer rubia le estaba chupando la polla a un negro mientras un tío gordo (aparentemente su marido) se la follaba a cuatro patas.

    En un lateral de la tele había un pequeño habitáculo con toallitas húmedas y el mando con los canales (supongo).

    También había un tubito de vaselina.

    La pared interior de la cabina, la que estaba frente a la puerta de entrada a la misma tenía dos orificios redondos pequeños separados. En ese momento pensé que quizás deberíamos cambiar de cabina puesto que no era esa la que mi esposa deseaba y yo tenía muy claro para que era aquello. Me fijé en Mónica, mi esposa, y al darme cuenta de que ella no había reparado en ese detalle decidí quitarme la chaqueta y dejarla intentando taparlos lo máximo posible.

    Ella, ajena a eso, se quitó el chaquetón y lo dejó a un lado junto a la mía.

    Y entre las dos apenas tapamos uno de los agujeros.

    Después, mi esposa, curiosa por no haber estado nunca en un lugar así se sentó en aquella butaca y recostando su espalda me dijo:

    – Es cómoda (mientras acariciaba los reposabrazos de polipiel)

    Abrió relajadamente sus piernas y sabiendas que no podía ser observada y me miró.

    Yo sin más preámbulos me agaché sobre ella y la besé en los labios.

    Al incorporarme de nuevo me di cuenta que la cabeza de mi esposa estaba a la altura de la botonera de mi pantalón, algo que también ella apreció.

    Mónica, mirándome comenzó a desabrochar lentamente los botones de mi pantalón.

    Acariciaba mientras mis huevos y mi polla que ante esa situación estaba a punto de reventar.

    Ya solo que mi esposa estuviese decidida a iniciar una relación en un lugar como aquel superaba mis expectativas.

    Cuando me desabrochó el último botón de mi pantalón me lo bajó hasta las rodillas, bajó después mi short y cogiendo suavemente mi polla empezó a pajearme.

    Durante un minuto mi esposa me estaba masturbando en esa cabina sin pensar en nada. Yo que deseaba tocarla le pedí que me dejase sentar a mí.

    Mónica se levantó y aprovechó para sacarse los botines y de paso las medias colocándolas sobre las chaquetas.

    Me senté en aquel sillón y mi esposa se puso a cuatro patas frente a mi polla.

    Yo me quité los pantalones y el short y entre excitado y nervioso miré la puerta de la cabina comprobando que habíamos echado el cerrojo y no tendríamos visitas inesperadas. Eso hizo que me relajase del todo.

    Mi esposa, Mónica a cuatro patas frente a mi comenzó a chuparme la polla lentamente.

    Jugaba con su lengua en mi glande como a veces solía hacer en casa pero hoy era muy diferente.

    De vez en cuando repasaba el tronco de mi rabo con su lengua para volver a introducir aquel trozo de carne dentro.

    Yo como podía acariciaba sus pechos.

    Pero me resultaba difícil así que ella decidió levantar su vestido hasta la cintura y se sentó sobre mí comenzando a besarme.

    Yo, agarraba su culo con las dos manos, acariciándolo y apretándolo con fuerza. Sabía que eso la ponía cachonda. Aunque aún no la había penetrado ella estaba muy excitada y había empezado a gemir puesto que movía su cadera sobre la mía y eso le estaba provocando un placer increíble.

    Metía mis manos después por dentro de su vestido sacando sus pechos del interior de sus sujetadores para masajearlos, acariciarlos y besarlos.

    Ella excitada… gemía.

    – Aaauuugh… uuuugs… sigueee… (me decía)

    Sus gemidos eran evidentes y apreciables desde fuera de la cabina.

    Estoy seguro que el tío del mostrador los estaba escuchando. Pude notar sorprendido que una de las dos chaquetas se movió un poco como si alguien intentase apartarla. Era sin duda uno de los dos agujeros de la pared el que estaba más pegado a la pantalla de televisión a la espalda de mi esposa.

    Llevábamos unos 3 o 4 minutos y mi esposa seguía besándome mientras continuaba moviendo su cadera bastante excitada. Sin más preámbulos decidí meterle mi polla caliente a mi esposa que en cuanto la notó dentro empezó a cabalgarme.

    – oooh… (Gemía mientras metía me acariciaba por debajo de mi polo)

    De repente me quedé atónito.

    A espalda de mi esposa, en el orificio que antes había notado movimiento asomó la polla de un desconocido. No se veía más que eso, una polla blanca y depilada que asomaba lo justo para que saliesen también a la vista sus huevos.

    Aquel miembro se encontraba en un estado de semi-erección y no me cabía la menor duda del motivo por el que estaba allí.

    Así que me decidí.

    Incorporándome de pie pero sin dejar, en la manera de lo posible, de acariciar a mi esposa Mónica hice que se levantara.

    Una vez estábamos los dos frente a frente de pie comencé a besar el cuello de mí esposa muy suavemente.

    Ella inclinó el cuello facilitándome que la besara y cerró los ojos disfrutando de mis besos.

    Yo continué haciendo, a medida que la besaba poco a poco acompañaba con mis manos la cintura de mi esposa obligándola sutilmente a que se diese la vuelta y dándose de espaldas a mí.

    Mi esposa se colocó en una posición inclinada para facilitarme que yo le introdujese la polla, algo que yo hice prácticamente en el acto.

    Ella se apoyó con sus brazos en la pared y comenzó de nuevo a gemir con cada una de mis embestidas.

    En su posición aún no podía ver la polla que asomaba por el glory hole.

    – Oooooh!!… ooooh!

    Mis huevos golpeaban sin piedad clítoris cada vez y ella gemía más y más fuerte.

    – OOOOH

    Estaba seguro de que la estaban escuchando en todo el local.

    Entonces me decidí.

    Sutilmente y sin dejar de penetrar a mi esposa acerqué mi mano sobre la suya. Ella me la cogió y su mano derecha se alzó con la mía. Juntos y sin que ella fuese consciente de ello buscamos un roce con aquella polla extraña.

    Mónica al notar aquel cuerpo extraño apartó la mano rápidamente. Pero yo que seguía bombeando su coño intensifiqué mis movimientos y volví a acompañar su mano de nuevo hasta que esta vez sí. Mi esposa recibiendo mi polla y gimiendo más fuerte aún agarró la polla que aparecía por la pared.

    En un principio pareció parada, solo la agarraba y gemía.

    Pero al instante empezó a masajearla. Algo que se escuchó mediante un gemido masculino en el otro lado de la pared.

    Ese hombre al notar el tacto de mi esposa en su polla aún se acercó más puesto que aquel miembro sobresalió un poco más aún de la pared.

    Yo estaba excitadísimo. Cuantas y cuantas pajas me habría echo viendo escenas parecidas. Esposas o mujeres que acaban en estos lugares y realizando este tipo de cosas.

    Y allí estaba mi esposa…moviendo la cintura para que me la follase fuertemente mientras con la mano estaba realizándole una paja a un tipo al que solo le asomaba la polla.

    Yo en ese momento había decidido que iba a bajar la cremallera completamente del vestido de mi esposa dejándoselo por la cintura también por la parte de arriba y quedando las tetas totalmente liberadas, colgando y moviéndose al ritmo de mis arremetidas.

    Mi esposa gemía. El tipo aquel estaba disfrutando porque se movía… y gemía. Los dos gemían a la vez.

    Me acerqué a mi esposa y le dije:

    – Chúpasela!!

    Me miró y acercó su boca a la polla del desconocido.

    Al mismo ritmo de mis embestidas le fue entrando y saliendo aquel miembro en la boca a mi esposa.

    Al ritmo de mis embestidas ella se la chupaba ya sin ningún tipo de pudor.

    Acariciaba sus huevos, masturbaba y le hacía una mamada mientras inclinada recibía mi polla.

    De repente se escuchó.

    – Que se gire, quiero follarmela!! (ella me miró y negó con la cabeza)

    – OOOH… ME VOY A CORRERRR!!

    Así que decidimos que el desconocido se correría así.

    Mientras seguía follándome a mi esposa ella se inclinó todavía más haciendo que sus pechos quedasen justo debajo de aquella polla.

    Continuaba masturbándole, pero ya no se la chupaba.

    Creo que quería que se corriese pronto. El tío cada vez gemía más fuerte y entonces pasó.

    Yo, aminoré la penetración a mi esposa para disfrutar de aquella escena. Mi esposa también había ralentizado su masturbación y con los ojos cerrados, estaba permitiendo que un extraño se le corriese en sus pechos.

    El soltó muchísima leche sobre las tetas de Mónica. Tanta que ella tuvo que incorporarse un poco para no manchar su vestido.

    Con esa visión me corrí yo, y Mónica lo disfrutó contoneando su cadera con mi polla aún en su interior y disfrutando del calor de mi leche.

    Después aquel tipo retiró la polla del orificio y mi esposa rápidamente hizo uso de las toallitas húmedas.

    Estuvimos un rato más aún allí haciendo el amor pero fue algo más rutinario otra vez… y después nos marchamos.

    By © eroslifewomen

  • Mientras el marido roncaba

    Mientras el marido roncaba

    Ella, Juana, peinaba canas, él, Felipe, estudiaba F P. Ella, con un marido alcohólico y maltratador, pasaba más ganas de polla que una adolescente en celo, él era un adolescente en celo.

    Andrés, el marido de Juana, dormía la borrachera en el sillón grande de la sala de estar, Juana, estaba sentada a su lado. La mujer sintió el ruido de la llave en la cerradura de la puerta del piso. Soltó el cinto de su bata de casa azul. Abrió las piernas. Se recostó en el sillón. Cerró los ojos y se hizo la dormida. Su coño que estaba rodeado por una espesa mata de pelo negro, estaba al aire, junto a una de sus grandes tetas con su inmensa areola negra y su pezón grande y desafiante. Felipe, moreno, alto y fuerte, llegó a la sala, y al ver el coño y la teta de su madrastra, pilló un empalme del 16, que era lo que le medía su gorda polla, 16 centímetros. Felipe pensó que su padre y su madrastra se emborracharan juntos. De pie, detrás del sillón que estaba enfrente del de sus padres, sacó la polla y mirando para el coño y la teta de su madrastra, comenzó a menearla. Juana sentía el ruido que hacía el vaivén de la mano de su hijastro meneando la polla. Puso las manos detrás de la nuca y abrió más las piernas. Felipe vio sus dos tetazas y la raja abierta mostrando un poquito de sus labios. Estaba viendo el Paraíso. Salió de detrás del sillón y se lanzó a tumba abierta. Fue junto a su madrastra y le puso la polla en los labios. Juana abrió la boca y se la chupó. El culo y el coño de Juana se abrían y se cerraban pidiendo polla, polla que no iban a catar, ya que al ratito, Felipe, se corría en la boca de su madrastra. Juana se tragó la leche.

    Andrés, roncaba.

    Felipe, guardó la polla y se fue a su cuarto. Juana, al irse Felipe, metió dos dedos en el coño y pensando que eran aquella gorda polla, se masturbó hasta correrse.

    Desde ese día, Felipe traía loca a Juana. Cada vez que lo veía le subía una corriente por la espalda y acababa rascando el coño. Se estaba matando a pajas. Tenía que follar a su hijastro fuese como fuese. Urdió un plan que no debía fallar.

    Era martes. A Andrés le había traído dos botellas de Albariño y borracho como una cuba, roncaba en el sillón de la sala de estar. Juana se fue a la habitación de Felipe y tecleó en el ordenador: «Comida de coño, video» Pinchó en: «Comida de coño para una rubia sexy». Sólo le quedaba esperar a que su hijastro llegase de FP, que la pillase, y todo iría a pedir de boca. Pero ocurrió que se fue calentando. Se olvidó de Felipe. Se fue quitando ropa y sin darse cuenta estaba desnuda y llegando al orgasmo.

    -¡Hostias, que me corro!

    Felipe, detrás de ella, le dijo:

    -Por mí no te cortes.

    Mira si se había olvidado de él, que le metió tal susto que le cortó el rollo.

    -¡Felipe!

    Felipe supo que iba a mojar en el momento en que su madrastra no cogió ninguna prenda de ropa en el suelo para taparse.

    -No sabía que te iba el porno, Juana.

    Juana, paró el video.

    -A veces hay que desahogarse.

    -¿Me desnudo y te ayudo a desahogarte?

    Juana no se iba a hacer de rogar.

    -Desnuda.

    Felipe se quitó la camisa, los zapatos, el pantalón y los boxers. Su polla ya estaba empalmada. Se acercó a su madrastra, la besó y le cogió las tetas.

    -¿Quieres que te la coma?

    -¿Sabes comer un coño?

    -Yo también veo porno.

    -Vamos para la sala de estar.

    -Allí está mi padre.

    -Por eso. Quiero que el hijo puta sienta el olor de mi coño cuando le meta los cuernos.

    -¿Eso va por la mala vida que te da?

    -Y por los cuernos que me metió él a mí.

    Felipe, caminando detrás de su madrastra y viendo el movimiento de su tremendo culo, no se pudo resistir. Al llegar a la sala, la agarró por la cintura y le metió la polla entre las piernas. Su polla rozando los labios empapados, iba soltando aguadilla. Juana, a escasos centímetros de su marido se dobló y Felipe le clavó la polla en el coño. Felipe estaba tan caliente que se corrió encima de las nalgas de su madrastra a los pocos minutos.

    Cuando acabó de correrse su hijastro, Juana, dándose la vuelta, le puso a su marido el coño peludo y mojado delante de la nariz, y le dijo:

    -Huele esto, cabrón.

    Andrés, roncaba.

    Juana se sentó en el sillón. Se recostó. Puso las manos detrás de la nuca. Abrió las piernas, y le dijo a Felipe:

    -Toda tuya.

    Felipe besó a su madrastra. Le comió las grandes tetas. Chupó y lamió areolas y pezones al tiempo que se las magreó bien magreadas. Luego fue a por el coño y el culo. Lo primero que hizo fue lamer todo el jugo que lo empapaba, y después lamerle y follarle el culo con la lengua. Para pasar a lamer sus labios. Le folló la vagina con la lengua, y cuando llegó al clítoris, al hacerle el tornado, se vino.

    -¡Me corro, cariño!

    Juana se corrió en la boca de Felipe, que gozó bebiendo de ella y sintiendo sus gemidos y sus temblores de placer.

    Al acabar de correrse, le volvió a poner el coño al lado de la nariz a su marido.

    -Huele una corrida de verdad, desgraciado.

    Andrés, roncaba.

    Felipe, empalmado, se sentó en el sillón, Juana, dándole la espalda, puso su ojete sobre la polla de su hijastro. Felipe se la fue metiendo. Después fue Juana la que lo folló, a su aire, mientras se masturbaba. Juana pensó que haría correr a su hijastro. No contaba que podría tener un orgasmo anal, pero lo tuvo, Juana tuvo su primer orgasmo anal.

    -Ay, que me viene, ay que me viene! ¡Me cooorro!

    ¡Que corrida echó! Puso perdido el sillón y sus sacudidas hacían moverse a Andrés en el sillón. Fue un milagro que no despertara con las sacudidas y los gemidos de gusto de Juana, pero no despertó.

    Andrés, roncaba.

    Al acabar de correrse, sacó la polla de culo. Se dio la vuelta y la metió en el coño. Mirando a su hijastro, le dijo:

    -Joder, qué morbo tiene hacerlo así.

    Juana, follando a Felipe, lo besó y le dio las tetas a chupar… Cuando sintió que su hijastro no tardaría en llenarle el coño de leche, lo folló buscando su orgasmo. Les llegó al mismo tiempo. Corriéndose ella en la polla de su hijastro y Felipe dentro de su coño. Juana, besó en la boca a su marido, y después le dijo:

    -¿Te llega el olor de mi coño, cornudo?

    Andrés, roncaba.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos.

  • Tarjetas black (Parte 3)

    Tarjetas black (Parte 3)

    ― Buenos días― dijo la contable al ver entrar a Róber.

    ― Buenos días, señora ―Róber la miró severidad, como lo hiciera tiempo atrás uno de sus profesores de universidad o su propio padre cuando era niña― Tome nota. Hoy, y quiero decir “hoy” irá en persona a visitar a cada director, subdirector y consejero. Primero, les informará de que los pagos realizados con esas malditas tarjetas de crédito los asume la compañía. Sin embargo, dichos pagos han generado un fraude a Hacienda que en ningún caso asume la compañía. Es decir, los impuestos y recargos derivados les serán descontados en la siguiente nómina, ¿entendido Yeimy?

    ― Por supuesto ― confirmó ésta.

    ― Segundo, solicitará amablemente a todos “sin excepción” la devolución o destrucción inmediata de dichas tarjetas, informándoles de que en cualquier caso el banco ha procedido a su anulación a las 8 a.m. de hoy mismo ¿OK?…

    ― Claro que sí, Don Roberto― respondió con cierta indignación por su real o fingida desconfianza.

    ― Muy bien. Por último, custodiará esas tarjetas hasta entregármelas a mí personalmente… y muy importante, no mencione nada sobre esté… malentendido, en emails, llamadas telefónicas o Whatsapp. Nada, ni una palabra a nadie. Solo en persona y en privado ¿estamos?

    ― Sí, Don Roberto.

    Al levantarse, Róber dejó sobre la mesa el documento que la acreditaba para llevar a cabo todas las diligencias necesarias para llevar a cabo con discreción aquel importante cometido. Es más, aquel escrito decía explícitamente que Yeimy actuaría en representación de él mismo, con su misma autoridad y facultades en lo concerniente a ese asunto, asumiendo él toda responsabilidad. Róber confiaba ciegamente en ella.

    ― ¡Pues a trabajar!― Concluyó el Delegado. ―Vendré a por esas tarjetas mañana miércoles “señora Villaescusa” ―Yeimy se quedó helada cuando escuchó a Róber emplear el apellido de su marido.

    La estirada secretaria invitó a Yeimy a entrar en el espléndido despacho del Delegado. La delgada colombiana había hecho un buen trabajo y a pesar de ser mucho más baja que la secretaria entró triunfal en aquella selecta estancia. Ese día había escogido un discreto traje de falda y chaqueta con unos tacones tan comedidos como el tema a tratar.

    ― Buenas tardes, señora Villaescusa. ¿Todo bien? ―Dijo Róber con una pizca de mala leche.

    ― Buenas tardes, don Roberto. Sí todo bien.

    ― Pensé que me llamaría, que quizá alguien pondría algún reparo a entregarle a usted esas codiciadas tarjetas. De hecho me asombra que no fuese así. ―confesó el delegado.

    ― Bueno, lo cierto es que al parecer los rumores vuelan y salvo los dos o tres primeros afectados, el resto parecía estar esperando mi aparición.

    A Roberto le cambió la cara. ― Le advertí claramente sobre la necesidad de discreción, señora Villaescusa…

    ―…y así se lo advertí a todos, pero algunos estaban claramente al tanto. Unos la tenían preparada en un sobre esperando que pasase a recogerla, y otros confesaron sin tapujos saber que iría.

    ―Entonces o no explicó usted suficientemente claro que no debían comentar nada a nadie, o no tomaron en serió su advertencia… ―Le recriminó Roberto a la colombiana.

    ― O alguien filtró este asunto hace meses desde Madrid, o lo comentaron a la hora del almuerzo, o como dijo el encargado de exportación “era algo que olía mal”… ―se defendió Yeimy.

    Un tenso silencio invadió el despacho. La contable y el delegado se estudiaron con la mirada.

    ― Bueno, más tarde le pediré que señale a tres de esos “enterados” para poder hacerles un par de preguntas. Por cierto, ¿le resultó de ayuda el documento que le entregué? ― Preguntó Roberto para enfriar un poco el ambiente

    ― Sólo en un par de casos, la verdad. Aunque si le soy sincera ese documento me resultó especialmente útil a mí misma, para sentirme respaldada y darme confianza para tratar con toda esa gente con tanta rosca.

    ― ¿Con “tanta rosca”? Imagino que se refiere a tener buenos contactos, ¿no?

    ― Sí, es verdaderamente lamentable la cantidad de sueldazos que esta empresa se podría ahorrar.

    ― Eso pasa siempre, alguien debe tomar las decisiones y supervisar cada departamento. ―explico Roberto.

    ― Con un sistema de incentivos por objetivos para la gente que trabaja de verdad sobrarían la mitad de esos consejeros, supervisores y chupamedias que no hacen nada de nada.

    ― ¿”chupamedias”? ―pregunto el Delegado realmente hechizado por la perspicacia de la guapísima secretaria de contabilidad.

    ― Empleados que sólo se dedican a alabar y agradar a sus superiores, sobre todo a quienes movieron los hilos para que ellos entrasen en la empresa. Aduladores y recaderos que objetivamente no aportan nada a la empresa.

    ― ¡Ja! ¡Ja! ¡”Chupamedias”! ¡Quieres decir un “pelota” o un “lameculos”! ―rio el delegado.

    ― “Lameculos” ―Contesto Yeimy sonriendo en correspondencia.

    Un nuevo silencio se abrió hueco en aquella conversación. Sin embargo, esta vez una mirada maliciosa apareció en el rostro del delegado.

    ― Sí, gracioso ¿verdad? ―comenzó el hombre a hablar al tiempo que se levantó― Pero sabes por qué, pues porque te imaginas a un hombre haciéndoselo a otro… ―aclaró caminando en dirección a la puerta

    ― ¡CLOK!

    Yeimy escuchó con total claridad el cerrojo de la puerta.

    ― Pero… y si te imaginas a un hombre comiéndole el culo a una mujer o a ti misma, ¿también te resulta gracioso? o te resulta… interesante ―pregunto Roberto.

    ― Esto… no sé ―Yeimy no sabía cómo salir de aquella emboscada.

    ― ¿Le han lamido a usted el culo alguna vez, Yeimy?

    ― Creía que hablábamos en sentido figurado ―se excusó, fue la mejor evasiva que se le ocurrió.

    ― ¿En sentido “figurado”?… ―le recriminó Roberto― Parece mentira que sea usted la misma señora que tan “amablemente” me comió la polla cuando me ofrecí a acompañarla a casa.

    Silencio. Ese mismo silencio que lo invade todo cuando la presa descubre al depredador, que precede al atropellado precipitarse de los acontecimientos.

    ―No hablo en “sentido figurado” hablo de que se suba usted a la mesa y se ponga de rodillas en el borde. Hoy me toca a mí comerle algo a usted, señora Villaescusa.

    ― Pero… por favor, Roberto. ―rogó Yeimy.

    ― Vamos, no tenemos toda la tarde ― y agarrándola del brazo la hizo ponerse en pie.

    ― ¡Don Roberto…! ― Sollozó desesperada viendo como ese potente hombre volvía a hacer lo que le apetecía con ella.

    ― ¿De verdad quiere marcharse señora Villaescusa? Pues váyase ahora mismo ―le indicó el delegado harto de sus reticencias.

    Yeimy se quedó pasmada mirándolo, pero jamás saldría de aquel despacho sin que el Delegado la follase como había fantaseado bajo la ducha justo la noche anterior. Aquella breve vacilación bastó para que el delegado se hiciera con las riendas, las riendas de Yeimy.

    ― ¡Vamos! ¡Súbete!… y como te vuelva a oír gimotear… se te va a atragantar eso que tanto te gustó el otro día.

    Siempre que le ocurría esto a Róber le venía a la memoria su candorosa prima Caridad. Una maestra de religión que cada año invitaba a Róber al cumpleaños de su hija y que cada año en un momento u otro de la celebración llevaba a Róber al trastero para que le ayudase a subir más cerveza, los regalos para su hija… y de paso comerle la polla a gusto. Curiosamente, esa ingenua tenía una cualidad que la hacía especial para él, su prima Caridad era la única mujer a quien Róber podía penetrar oralmente de forma completa, la única que se tragaba sus 20 gruesos centímetros de polla cada 3 de Agosto. Asimismo, lo más gracioso era que la muy puta culpaba a su marido de su faringitis recriminándole: “Siempre te pasas con el aire acondicionado”… El caso es que Róber gozaba de forma especial follando con verdadero ímpetu a la más remilgada y ñoña de la familia, y es que no había cosa que más cabrease al Delegado que una mujer con ganas de polla comportándose como una chiquilla idiota…

    Yeimy le miró con ira pero renegando apretó los puños e intentó colocar la rodilla derecha sobre el despacho de Róber. Sin embargo, su falda era demasiado estrecha por lo que tuvo que sentarse primero sobre el borde para después girarse y subir juntas ambas rodillas.

    Roberto, aprovechó para sacar un sobre de plástico de uno de los cajones. Se trataba de un paquetito de toallitas higiénicas, de esas humedecidas. La joven esposa se fijó en como la rígida polla de Róber se dibujaba en la tela de su pantalón. Éste volvió tranquilamente hasta colocarse detrás de Yeimy. Entonces Róber bajo sumamente despacio la cremallera de la entallada falda negra y acaricio su prieto trasero, agarró el dobladillo inferior de la falda y de un enérgico tirón descubrió el suculento culito moreno de la contable.

    Róber acarició el sexo de Yeimy unos segundos y después cogió la goma de sus braguitas por sus caderas. Al bajárselas con delicadeza la colombiana notó que su braguita se había pegado a su coñito. Qué vergüenza.

    ― Róber, por favor…

    El delegado no se lo pensó, ya la había advertido y al tiempo que rodeaba la mesa de su despacho se fue bajó la cremallera del pantalón. Una vez enfrente de Yeimy la agarró por la nuca e hizo que se inclinase hasta que la barbilla de la colombiana tocó la oscura madera de su mesa. La pobre apenas pudo ver de refilón la exuberante polla del delegado antes de que éste se la introdujese en la boca. Roberto empuñó con fuerza su sexo como si de un puñal si tratase y en cuanto su puño chocó con la barbilla de Yeimy el delegado lo retiró para completar la puñalada en la garganta de la joven esposa… Apenas fueron tres angustiosos segundos los que Yeimy tuvo su nariz aplastada contra el fornido pubis y el pesado pollón del delegado encorvado hacia abajo en su gaznate. Roberto se quedó alucinado, la brava esposa no dio ni una sola arcada.

    En cuanto a Yeimy, ésta pensó en esas actrices porno de Internet que tanto le gustaban a Federico. ¿Qué haría su marido si un día la viera en Internet con la polla de su jefe en la boca? Justo entonces aquel cabronazo comenzó a sacársela, lentamente, disfrutando al ver salir cada centímetro de su gordo salchichón de entre los carnosos labios de Yeimy.

    ― ¡Joder, qué buena es usted con la boca! ―la alabó Roberto, que para sí mismo deseó volver a tener que castigarla.

    A cuatro patas sobre el despacho Yeimy trataba de recuperar el aliento. Róber no tardó en darle friegas con las toallitas húmedas, primero en su húmedo chochito, después a lo largo del estrecho surco entre sus nalgas y por último en su sensible orificio.

    ¡Slup! ¡Chups! ¡Slup! ¡Chups! ―Comenzó Róber a merendar su limpio coñito. No paró hasta oírla gemir y estremecerse mordiéndose los labios para evitar que la oyeran― ¡Umm! ¡Mmm! ¡Umm!

    Con la lengua de Róber devorando su fogón la contable perdió rápidamente los papeles. Su sexo ya goteaba sobre la mesa diluido con la saliva de aquel semental― ¡Qué gozada! ―pensó deseando que la montara como a una yegua. Yeimy se apañó para echar mano a la polla del Delegado y la mera idea de que su superior le metiera aquello fue suficiente para hacerla alcanzar un fantástico orgasmo.

    ― ¡Ummm! ¡Ummm! ¡Ummm!

    El español dejo que la joven esposa le masturbara de forma torpe y una vez que consiguió que se estremeciera por primera vez Roberto pensó que era hora de “lamerle el culo” a aquella hembra y pasó a hurgar con la punta de su lengua en el apretado esfínter de Yeimy. Al contrario que el babeante y abierto chochito, el ano de la contable parecía obstruido. Por más que lo estimulaba y jugueteaba, la contable no dejaba de apretar el culo y éste permanecía sólidamente cerrado.

    ― Relájate, no te voy a hacer nada ―trato de tranquilizarla.

    ― ¡Fóllame como un hombre y déjate de juegos! ―solicitó la colombiana que aún seguía meneándole la polla.

    No se lo tuvo que pedir dos veces. De un enérgico tirón hacia atrás hizo que la contable cayera apoyando las pesadas sandalias en la moqueta y el abdomen sobre la mesa. Con el culo de Yeimy en pompa, Róber aprovechó el flujo que rezumaba para untar sus dedos.

    ― ¡Ahhg! ―gruño cuando de repente el Delegado le metió un dedo en el culo.

    ― ¿Cuánto hace que un “hombre” no le abre el culo? ―Pregunto él con sorna.

    Róber empezó inmediatamente a follarla con su dedo corazón, el más grande de la mano, ensartándola con fuerza hasta los nudillos― ¡Plac! ¡Plac! ¡Plac! y ¿por dónde quiere que la folle “como un hombre”? ―preguntó Róber.

    ― ¡Por el coño! ¡Hijo de perra! ―acuciada por la contundencia del español, pero él siguió limando su agujerito a toda velocidad. Puede que Federico se conformara con gozar sólo “al natural”, les pasa a muchas parejas, pero él no iba a renunciar fácilmente al culo de su esposa, algún día.

    ― ¡Aaaaah! ―no tardó la pobre en comenzar a gritar.

    ― ¡Separe la piernas Sra. Villaescusa! ―le ordenó para poder así darle palmaditas en el chochito que aumentasen su excitación.

    Yeimy no sólo no podía articular palabra si no que comenzaba a sentir como el ardor de su ojete se extendía irrefrenable hacia su castigado sexo. El dominante macho, cuya dura polla Yeimy no dejaba de menear, seguía penetrándola analmente convirtiendo su ano en una máquina de placer, desquiciándola, haciendo que ella misma se estrujara sus firmes senos.

    Encendida, en un estado de ensoñación, comenzó a imaginar… Su infalible fantasía favorita últimamente. ―ese dedo castigaba su culo sin piedad― El jefe la había llamado a su despacho para comunicarle su despido por hacer que sus compañeros se distrajeran constantemente. La despedía por vestir de forma obscena. Por llevar vestidos claros que dejaban intuir sus tanguitas. La despedía por calienta-pollas. ―el Delegado había perforaba su diana trasera― Era cierto, a ella le gustaba que todos la mirasen, sólo a ella, a ninguna otra mujer. Llorando le había suplicado e implorado, pero entonces su jefe se puso en pie y ella vio el bulto en su entrepierna. Esta vez era a su jefe a quien se la había puesto dura… dura y de buen tamaño. ―su culo era ya un volcán a punto de entrar en erupción― Cuando Yeimy se masturbaba se imaginaba poniéndose en cuclillas para comerle la polla a su jefe. Sin embargo esta tarde él había preferido ese estrecho conducto oculto entre sus firmes nalgas de gimnasio. En cuanto la joven esposa se imagino siendo tomada analmente por Róber se corrió. ― ¡Ummm! ―Afortunadamente, su orgasmo paso desapercibido para Roberto centrado en darle placer a la colombiana.

    ― ¡Para, por favor! ¡No me gusta! ―le engañó.

    ― ¿Qué, no? Mira cómo te has puesto en un momento. Seguro que cuando seas mami te pasará como a mi vecina, le vuelve loca que se la meta por el culo ―le susurró Roberto al oído.

    ― ¡¿Fóllame o me largo?! ―le increpó la colombiana.

    ― ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se rió el Delegado dejando de torturarla― Sabía que no serías de las fáciles.

    ― “Lo bueno se hace esperar” ―le evadió apurada evitando dar detalles sobre su experiencia.

    ¡Paf! Al sacarle el dedo le asesto a Yeimy un buen azote y apoyando su polla contra la ávida rajita de Yeimy le dijo― ¿la quieres dentro? Pues tendrás que clavártela tú.

    Humillada pero terriblemente caliente Yeimy empezó a contonear el culo a fin de que aquella columna se abriese paso lentamente. Tras casi una semana sin sexo su coño estaba cerradito. Por suerte su chochito funcionaba de maravilla bien húmedo, resbaladizo y listo para la batalla.

    ― Bien, ya llevas la mitad ―la animaba Róber.

    “¡Sólo!”, pensó asustada. ― ¡Oh! ¡Ah! ¡Auh! ―se quejó aunque fuese ella misma la que con unos cautos vaivenes logró conseguir tocar el vientre del Delegado con su trasero, contoneando además su grupa para no dejarse nada fuera de aquel monumento, casi no podía creer que hubiese cabido.

    ― Es usted insaciable, como contable y como hembra ―la alabó Róber― ¡Venga, muéstrame como os folláis las colombianas un buen pollón!

    ¡Plaf! ―sonó un azotazo y con la mano del Delegado marcada a fuego en su culo latino la joven no se anduvo con rodeos. Empezó a follarse de lo lindo, haciendo énfasis al ensartarse a sí misma en aquel rabo, el de mayor tamaño que su coñito había conocido nunca. Claro que tampoco había hecho algo así con ninguno de los tres anteriores a Róber. Esto era otra cosa.

    ¡Plash! ¡Plash! ¡Plash! ―Róber permanecía inmóvil aguantando los envites del trasero de la contable.

    ― ¡Eso! ¡Así! ¡Bien! ¡Bien! ―decía Róber marcando el ritmo de la joven embrutecida cuyos choques se hacían cada vez más difíciles de contener.

    Entonces Róber se percató de cómo sus pechos se meneaban sin control bajo la fina blusa de licra y echó mano a la izquierda. Primero se la sobó, viendo atónito como su verga desaparecía una y otra vez devorada por aquel coñito hambriento. Después, a medida que se iba poniendo más cachondo amasó y estrujó aquella teta endurecida por la excitación. Comprendió que debía tomar las riendas de una vez, y las riendas de una mujer son sus caderas. Reteniéndola, la obligó a parar un instante y se la clavó entera.

    ― ¡Vaya con la contable!… Te gusta follar ¿eh, golfa?… Pues a mí también.

    ¡Plash! ¡Plash! ¡Plash! ―empezó a montarla.

    ― No lo entiendo, ¿es qué llevabas mucho tiempo sin follar? ―ríe él.

    ― ¡Sí! ¡Sí! ―aulló ella.

    ― Pues espero que tomes precauciones nena ―le advirtió Róber― te voy a llenar de esperma… Recuerdas qué sabroso…

    ― ¡Sí! ―claro que lo recordaba, es lo malo de ser mujer, que nunca olvidas nada… que nunca olvidas que un hombre te folló la boca con su gorda polla hasta que se vació los huevos. La leche de Róber era cremosa, era resbaladiza, caliente, abundante, y dejaba un regusto amargo en la garganta que te hacía carraspear.

    Por descontado, Yeimy era una mujer actual y no faltaba a su cita trimestral para inyectarse su anticonceptivo.

    Róber empezó a sacudirle con fuerza, bombeando en su coñito abierto, sacándole casi toda su dura verga antes de cada arremetida. Los pollazos que le endiñaba a la alucinada mujer eran tan fuertes que incluso la mesa de madera y aluminio se comenzó a estremecer. Entonces el Delegado noto que uno de sus pies se resbalaba.

    ― ¡Mire, Sra. Villaescusa! … ¡Mire como le chorrea el coño!… ―ella no podía verlo, pero en el suelo había un pequeño charquito que la inculpaba. Yeimy debía haber tenido pérdidas con alguno de sus orgasmos.

    ― Su coñito quiere polla, Yeimy…

    Yeimy no estaba acostumbrada a oír aquel tipo de lenguaje. De hecho, estaba acostumbrada a hacerlo en silencio, pero no podía callar más, su sexo estaba en un clímax continuo y tanto gusto, tanto placer le hizo perder los buenos modales “en la mesa” del jefe.

    ― ¡Sí, dame! ¡Dame polla! ¡Por Dios, qué rica!… ¡Más! ¡Más! ¡Así!… ¡Sí, fóllame, fóllame el coñito! ¡Ahora es tuyo, cabrón! ¡Sólo tuyo!… ¡Vamos, llénamelo! ¡Quiero sentir como me llenas! ―expelió al vigoroso Delegado.

    ― ¡Es lo que pensaba hacer! ―gritó Róber pensando que era cierto eso de “si hay una mujer más puta que una latina, es una latina casada”. Juntos le estaban poniendo unos buenos cuernos a su marido, y ahora él no podía fallar, debía rematar la faena―…prepárate preciosa… Seguro que tu marido no te ha llenado nunca así.

    Aquello ya fue demasiado para la contable que empezó a temblar a causa de las señales de placer que emitía su clítoris.

    ― ¡Qué coñito tan rico tienes, zorra! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! ―Róber la mordió en el cuello y le hundió su sexo con tanta fuerza en el chochito que la pobre sintió como la punta del glande se le encajaba en el mismísimo cuello uterino justo antes de comenzar a eyacular.

    ― ¡Toma nena! ¡Toma mi leche! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! ―su manguera se sacudía en el cálido jardín tropical de la contable.

    ― ¡Ummm! ―gimió Yeimy levantando su pie derecho al percibir como el líquido calentito iba inflando su utero. Nunca había sentido tan nítidamente a un hombre vaciarse tan adentro. De no ser por la píldora…

    Tras el riguroso epílogo de suaves caricias y tiernos mimos en la espalda y el torso de la colombiana, Róber sacó su polla, entumecida y pendulante. Entonces contempló con orgullo a la hembra saciada, abatida y tan despojada de soberbia como colmada de esperma. Volvió a coger otra toallita para limpiar esta vez su resplandeciente miembro, cubierto por completo de los fluidos vaginales de la mejor contable de aquella empresa.

    ― Has hecho un buen trabajo Yeimy y tendrás tu recompensa. Nos vemos mañana.―le comunicó con frialdad el Delegado que salió del despacho como si llegase tarde a algún sitio. Yeimy, aún con las bragas por los tobillos, supo que Róber se refería al asunto de las tarjetas y no al sexo. En cualquier caso ella se consideraba afortunada de trabajar para ese hombre.