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  • Mi adolescencia (Capítulo 46)

    Mi adolescencia (Capítulo 46)

    Por lo que al final dije un anodino: “Bueno, vale”. Él sonrió. No dijo más. Solo me abrazó y me empezó a besar. Pero yo no saboreaba sus besos pues mi mente se puso a pensar en los riesgos que conllevaba todo ello. Cierto que todos los riesgos eran para él pero había una cosa que me daba más miedo de todo esto. Y es que Pilar le pillase robando su camisa y pantalón y eso la llevase a pensar, con toda lógica, que Iñigo la seguía deseando, la seguía queriendo y que quería volver con ella. Es decir, que había un riesgo altísimo de que la fantasía acabase fastidiando el buen rollo fetichista que había entre Iñigo y yo. Y eso me asustó. Me asustó mucho. Por lo que bruscamente me separé de él y le dije: “Bueno, vale, hazlo pero hazlo con mucho cuidado y tacto, no te vaya a pillar, es importantísimo que no te pille”. Él me sonrió y con una tranquilidad pasmosa me dijo: “Descuida. Yo soy el primero que quiero que ni se dé cuenta. Seré súper hábil y discreto. No se dará cuenta. Te lo juro. Lo haré mañana mismo”. Al escuchar ese “mañana mismo” me acojoné un poco. No esperaba que fuese todo tan pronto. No estaba preparada. Pero antes de que pudiera decir nada de mis inseguridades ya estaba Iñigo dándome un beso de despedida mientras salía por la puerta. Las siguientes 24 horas hasta que tuviese esa ropa en mis manos iban a producirme muchísima ansiedad.

    Como me conozco muy bien a mí misma, sabía que lo que debía a lo largo de ese día distraer mi mente con todo lo que fuese posible para no pensar en ello. Por lo que tras salir de clase quedé con las amigas para tomar un café, ir a casa de Sara a escuchar música, a enredar por Internet y a lo que fuese hasta que la llamada al móvil de Iñigo me sobresaltó. Mi plan había funcionado, porque me había distraído tanto que no pensé nada en ello a lo largo de todo el día y hasta se me olvidó que Iñigo me tenía que llamar. Como era de espera su llamada fue clara y concisa pues solo me dijo: “Ya lo tengo. ¿Quedamos ahora en tu casa?”. Yo titubee. Incluso creo que hasta me sonrojé al escuchar eso, hasta Sara creo que se dio cuenta de mi sofoco. Al final le contesté: “Sí, ahora voy para allá. En unos 15 minutos estoy en mi portal”. Por lo que algo azarada salí hacía mi casa y cuando me fui acercando le vi en mi portal con una bolsa de deporte al hombro. Era evidente que la ropa estaba dentro de esa bolsa. Todo había salido bien y no tenía motivos para preocuparme. Aunque todavía quedaba la segunda parte del plan, es decir, devolverla al día siguiente al armario de Pilar sin que ella la echase en fatal y con la misma discreción y sutileza con la que había sido cogida. Desde luego todo era muy morboso, pero ay, que nerviosa me ponía todo esto.

    Subimos juntos en el ascensor y a ambos se nos notaba algo nerviosos. No me atreví ni a preguntarle qué tal le había ido en casa de Pilar, si había habido algún problema, aunque claro, supongo que no hubo ninguno y que todo salió perfectamente porque sino no estaría él ahí. Era evidente que todo había ido como la seda y que había podido guardar la ropa sin problemas en su bolsa de deportes sin que se enterase Pilar. Al llegar a mi cuarto, sin ninguna dilación ni decir nada, abrió dicha bolsa de deporte y sacó la camisa azul a rayas, el pantalón blanco, el pañuelo rosa e incluso hasta el cinturón marrón. Tanto la camisa como el pantalón estaban perfectamente planchados y no se habían arrugado nada a pesar de llevarlos dentro de la bolsa. Yo me quedé quieta sin saber qué hacer. Solo reaccioné cuando Iñigo me dijo: “Venga, quítate esa camiseta que llevas y ponte esta ropa, ¿a qué esperas?”. Me quedé algo nerviosa y agobiada tras estas palabras. Cierto que Iñigo y yo habíamos hecho ya múltiples de fantasías juntos pero esta era especial porque conllevaba el hurto de ropa a una amiga común. Cierto que se la íbamos a devolver al día siguiente, pero aun así me sentía que estaba haciendo algo malo e indebido. La conciencia me agobiaba con todo esto y aunque el fetichismo de la fantasía era muy jugoso no estaba convencida del todo.

    Iñigo, viendo que me sentía incómoda, me besó en la frente y dijo para quitar hierro a todo este asunto: “Voy a saludar y a charlar un rato con tu madre mientras tú te vas cambiando”. Y sin esperar respuesta salió de mi habitación. Yo, a pesar de esta ya sola, aún tarde varios segundos en reaccionar, y no dejaba de mirar la ropa de Pilar sobre mi cama. Al final me convencí a mí misma que era una fantasía como otra cualquiera y que no era nada malo lo que estábamos haciendo. Por lo que me quité la ropa que llevaba y me puse esa camisa azul a rayas con los pantalones blancos. Salí de la habitación. Me encontré a Iñigo hablando distendidamente con mi madre (hay que ver que bien sabe ganarse Iñigo la confianza de todo el mundo, si mi madre llegase a imaginar la de fantasías sexuales y morbosas que hacíamos juntos). Él al verme me dijo irónicamente: “Vaya, que guapa te has puesto”. Lo dijo con una espontaneidad y naturalidad asombrosa, como si no supiese que iba a salir así vestida. Desde luego, cuánta ironía y sarcasmo había en esas palabras, y qué actor más fabuloso y convincente era. Yo contesté: “Gracias, bueno, ¿nos vamos?”. Él asintió con la cabeza y salimos por la puerta. Notaba que me miraba de manera diferente. Mucho más lujuriosa que de costumbre. Estaba claro que esta fantasía era especial para él.

    Antes de montarnos en el coche, sacó su cámara digital y me hizo varias fotos vestida así, me dijo: “Para el recuerdo. Verás que excitante será recordar el día que te hice estas fotos”. Nos montamos en su coche. Por un momento pensé que nos dirigíamos a su chalet pero cuando vi que tomó otra dirección por la carretera le pregunté: “pero ¿a dónde vamos?”. Iñigo ni giró la cabeza para responderme, solo dijo: “tranquila, es una sorpresa”. Al cabo de unos 20 minutos llegamos a nuestro destino. Era un pueblo (omitiré decir aquí el nombre del pueblo para que nadie pueda identificarlo). A pesar de ser un pueblo relativamente conocido yo nunca había estado antes allí. Le pregunté: “Pero, ¿qué hacemos aquí?”. Esta pregunta ni me la respondió. Solo me cogió de la mano y me llevó por una serie de calles. Hasta estar al lado de una ventana con unas rejas grises. Yo seguía sin comprender el porqué teníamos que estar justo en ese pueblo y al lado de esa ventana con rejas. Por fin Iñigo se dignó a explicarse: “La explicación es bien sencilla. La foto que tiene Pilar en su habitación vestida así es justo aquí. Junto a esta ventana de esta casa. Esa es la razón de hacer la fantasía aquí”. Yo muy extrañada le pregunté: “¿y cómo sabes que es justo esta casa?”. A lo que me respondió: “Pues porque en su día le pregunté dónde se había hecho esa foto y me dijo que en casa de su abuela, y ésta es la casa de su abuela”. Saber eso me puso mucho más nerviosa. No es que fuese a aparecer su abuela de repente diciendo: “Oye, esa es la ropa de mi nieta”, pero aun así me agobió mucho más saber la verdad y las intenciones de la fantasía ideada por Iñigo.

    Fueron unos momentos angustiosos para mí y me agobié cantidad, tanto que estuve a punto de decirle a Iñigo: “Vale, muy bien, ya hemos recreado esa foto, vámonos ya de aquí”. Muy serio me respondió: “No. Hay que hacerlo bien del todo”. Yo no comprendía ni tampoco quería comprender. Él siguió hablando: “Agárrate con la mano derecha a la reja, tal y como Pilar está en esa foto. Y sonríe como si posaras para una foto”. Yo algo temerosa lo hice. Cierta que era una fantasía morbosa pero también me ponía muy nerviosa y por tanto no la estaba disfrutando. Estaba ya agarrada a la reja gris cuando de repente noté como Iñigo se pegó a mí por detrás. Hasta conseguir restregar su entrepierna contra mi culo. Yo le veía las intenciones. Era evidente y no iba a consentírselo. Por lo que dije: “No, Iñigo, no, venga, que por esta calle puede pasar gente, no hagas el tonto, que puede pasar cualquiera y vernos”. Ni siquiera me respondió, solo al cabo de unos segundos dijo: “solo un momento más, déjame restregarme un poco más contra este pantalón blanco que en tu culito te queda de maravilla”. Cuando pensé, al cabo de unos segundos, que ya había acabado y que nos íbamos me demostró que no tenía ninguna intención de hacerlo. Pues con brusquedad cogió el pañuelo rosa y lo tiró al suelo y empezó a besarme el cuello por detrás mientras seguía restregándose contra mi culo. Yo volví a insistir ya muy agobiada: “Iñigo, joder, que va a venir alguien, que va a pasar alguien”. Ni siquiera me oyó. Solo se dedicó a disfrutar de estar recreando ese momento.

  • La madre de Renato

    La madre de Renato

    De todas las experiencias sexuales de mi juventud, la que me trae recuerdos más vividos es la relación con la mamá de Renato. Estaba en mis 20 y Renato era mi mejor amigo, estábamos en la universidad y siempre era un rollo para mí eso de estudiar en casa, vivía en un departamento pequeño con mis padres y otros 2 hermanos menores que no paraban de joder y me era imposible concentrarme en los estudios, por lo cual siempre terminaba estudiando en casa de Renato cuyos padres llevaban una vida más acomodada y tenían una casa más confortable y espaciosa, además de las esmeradas atenciones que nos prodigaba su madre, que sobre todo conmigo, era muy amable y agradable.

    La mamá de Renato ya estaba pasada de los 50, pero era una medio tiempo de muy buen ver, tenía un rostro agradable que evidenciaba que fue bonita en su juventud y un cuerpo bastante macizo para su edad, era más bien alta con piernas bien torneadas, buenas caderas y un culo bien formado, duro y redondo, mas unas tetas bastante grandes. No es que se vistiere provocativamente, pero le era imposible disimular su cuerpo escultural, que resaltaba con las ropas que usaba, ciertamente bien ceñidas así que en varias oportunidades había provocado mis sueños eróticos y más de una paja aliviadora.

    El día en cuestión estábamos en el cuarto de Renato, estudiando biología, él, su novia Claudia y yo, el tema estaba bastante aburrido y Renato y Claudia hacia un buen rato que, entre una cosa y otra, estaban magreándose, sin cuidarse de mi presencia, Renato le metía en ocasiones la mano por debajo de la falda o entre sus senos, provocando sus risas, débiles protestas con llamados al orden y muchas miradas lascivas, en algunas ocasiones quedaban expuestos, sin ningún pudor, sus atributos y yo miraba disimuladamente, estas situaciones eran habituales cuando estudiábamos, por lo cual ya yo estaba acostumbrado y había apreciado en varias oportunidades los senos y el culito de Claudia. En un momento determinado Renato, que ya estaba mandado, olvidándose de mi existencia, le comenzó a dar una incipiente pajeada por encima del blumer, en respuesta a lo cual ella abrió todas sus piernas y empezó a gemir, presentándome sin tapujos toda su panochita en la cual terminó bailando un dedo de Renato que había apartado el blúmer hacia un lado. Esta situación finalmente me había puesto cachondo, así que salí del cuarto a refrescarme un poco y darles espacio para sus juegos.

    Comencé a vagar por la casa y pensando que la mamá de Renato no se encontraba me metí a su cuarto para revolver sus ropas íntimas y pajearme pensando en ella, cuando, para mi sorpresa, escuche gemidos inconfundibles que venían del baño, la puerta estaba abierta y al asomarme observo a la mamá de Renato en la bañadera, sobresaliendo sobre el agua enjabonada sus grandes tetas con sus prietos y duros pezones que ella estrujaba y apretaba con una mano, mientras la otra se perdía dentro del agua, evidentemente masajeando y acariciando su panocha en una sabrosa pajeada, mientras apoyaba ambas piernas a cada lado de la bañera. No podía salir de mi asombro ante esta situación, pues ella siempre se había comportado de una manera correcta y seria y yo la tenía como una mujer muy decente y nunca me la había imaginado disfrutando de esa manera con una paja y menos hecha por sus propias manos.

    Ante esta visión tan estimulante y ya bastante excitado por la situación en el cuarto de Renato no pude resistirme, y me saqué el rabo, que estaba bien endurecido, y comencé a mi vez a pajearme asomado a la puerta. Enseguida empecé a disfrutar y dejándome llevar por el deseo y la curiosidad, sin apenas notar lo que hacía, avancé puerta adentro y me situé al lado de la bañadera, dejando mi pinga expuesta a medio metro por encima de la cara de la mamá de Renato que seguía disfrutando sus propios estímulos, tenía los ojos cerrados y gemía cada vez más fuerte, mientras empezaba a mover las caderas hacia arriba y abajo, dejándome al fin disfrutar de su panocha, enmarcada en un negro y tupido vello púbico, destacando su raja grande y roja con un gran clítoris que constantemente acariciaba y apretaba, mientras metía otro dedo dentro de su concha. En unos minutos llegó al orgasmo y luego de algunos gemidos y movimientos espasmódicos abrió lánguidamente los ojos, para enfrentarse de golpe con los 25 cm de mi pinga, negra y gorda y con una erección descomunal. Sin poderlo evitar lanzo un pequeño grito, que enseguida me sacó de mi ensoñación. La situación era bastante complicada y embarazosa y yo no sabía qué hacer, solo seguía mirando su cuerpo desnudo y mantenía la mano sobre el rabo que sentía cada vez más duro y palpitante, ella se tapó tímidamente su concha con una mano y con el otro brazo sus senos y empezó a recriminarme, a hablarme de su hijo, que era mi mejor amigo y que eso que había hecho de entrar a su cuarto sin permiso era una falta de respeto y que iba a pensar Renato si entraba en ese momento y bla, bla, bla, pero mientras hablaba no apartaba sus ojos de mi herramienta e incluso, de manera inconsciente, había dejado de taparse sus partes y empezado de nuevo a acariciarse los senos y el clítoris. Yo no me había movido y ella sin dejar de acariciarse el bollo, de pronto tomó con su otra mano mi pinga y empezó a apretarla, al punto que me explicaba que hacía más de un mes que estaba disgustada con su marido y no tenían relaciones sexuales y que la vista de mi rabo la había excitado mucho, que nunca había visto una pinga tan joven, grande, gorda, tan dura y además negra y no había resistido la tentación de tocarla, acto seguido se levantó y ante mi asombro se metió mi pene en la boca y empezó una agradable mamada. Como dije antes, aunque era muy joven, mi pinga era bastante grande y gorda y ella la tomó entre sus dos manos mientras su boca se tragaba la cabeza y varios centímetros del cuerpo, era alucinante ver a la mamá de Renato tratando de meter en su boca la mayor cantidad del rabo, en ocasiones llegaba hasta el fondo de su garganta y parecía que iba atragantarse, pero no se detenía, continuaba metiéndosela y sacándosela de la boca acompasadamente, mientras sus manos se movían alrededor del rabo en sentido contrario, creando una sensación que junto a la succión de su boca, hacía muy difícil no explotar y llenarle la cara con mi semen, pero por suerte todavía pude aguantarme, disfrutando de su mamada por varios minutos, cuando estaba a punto de atragantarse, la sacaba de su boca y pasaba su lengua a través de todo el miembro, desde la base hasta la cabeza como si fuera un gigante caramelo que quisiera gastar con sus lametazos. Ya yo no podía más, y cuando pensaba que iba a venirme ella paro, se encaminó hacia una banqueta que había en el medio del baño, se tumbó de espaldas, abrió completamente sus piernas y me gritó desde allí:

    -Ven cabrón, y méteme en el coño ese pedazo de rabo, quiero sentirlo dentro de mí.

    La visión era increíble, ahí estaba la mamá de Renato, presentándome impúdicamente su gran bollo como corresponde a una señora ya mayor, grande, rojo, con un clítoris enorme y enmarcado todo en una negrura colosal, destacando una abertura a su vagina donde parecía que mis 25cm iban a estar a sus anchas. Por supuesto, no me hice esperar y arremetí contra ella, metiendo de un tirón y sin miramientos todo mi rabo en su coño, ella tuvo un pequeño sobresalto y dijo entre dientes:

    -Suave, suave, que tienes el rabo muy grande y me puedes hacer daño.

    Ella estaba completamente húmeda y luego del primer tirón, empecé a sacarla y meterla suavemente, para luego imprimir al movimiento un mayor ímpetu provocando sus gemidos y gritos de placer, mientras tanto ella, con sus manos, empujaba mis nalgas y levantaba sus piernas hacia el techo, para lograr una penetración más profunda.

    El espectáculo era alucinante, ni en los más depravados de mis sueños había imaginado a la mamá de Renato en esa posición, completamente abierta, con sus piernas al aire apoyadas en mis hombros, yo veía mi largo y negro pene entrar limpiamente en su vagina haciendo un contraste enorme con su color rosado, que ya se tornaba rojo con el incesante roce del mete y saca, mientras sus grandes tetas de bamboleaba hacia arriba y abajo al compás de mis arremetidas. A partir de sus gritos y movimientos me había percatado que ella había tenido algunos orgasmos y yo no pude aguantar más e inundé su vagina de abundante leche, mientras arremetía con más fuerza, como si quisiera traspasarla, al punto pude ver, mientras la sacaba, como el semen desbordaba su coño y empezaba a correr a través de sus muslos, acumulándose en su ano. Ya para ese entonces yo había perdido todo el respeto que tenía por la señora y se me ocurrió una idea, a pesar de la venida mi cipote se mantenía muy duro y yo seguía con deseos de mas, así que coloqué la cabeza del rabo en el ojo de su culo encharcado en mi leche y sus jugos y empecé a empujar. El grito que dio fue espeluznante:

    -No, por ahí no cojones, que me vas a destrozar.

    Pero ya no había dios que me detuviera, gracias a humedad acumulada en la entrada de su ano y en mi pene este empezó a abrirse camino a través de su conducto y el ojo del culo comenzó abrirse para dejar paso a mi herramienta, en verdad parecía que la iba a destrozar pues a pesar de que era evidente que ya le habían dado en varias ocasiones por el culo, parece que nunca con una pinga de esas dimensiones y me costaba trabajo avanzar, amén de que sus gritos eran de verdadero dolor, pero yo la tenía bien agarrada por las caderas y no podía escaparse. Poco a poco fui avanzando y aunque parecía imposible logré meterle el rabo en el culo hasta que me chocaron los cojones con sus nalgas, ella no podía hablar y parecía que se ahogaba, pero aguantaba estoicamente, no tenía más remedio. Suavemente la fui sacando para luego volver a meter, luego de varios intentos y un poco de saliva mi pene se acomodó en su culo ya dilatado y todo fue más fácil, así que repetí el mete-saca cada vez más rápido y ella olvidándose del dolor empezó a gemir de placer, me rodeó las caderas con sus piernas y empezó a disfrutar plenamente de la culeada, estuve un buen rato metiéndole el rabo que entraba limpiamente desde la cabeza hasta la base y estoy seguro que ella tuvo varios orgasmos hasta que finalmente exploté llenándole el culo con mi semen, cuando la saqué completamente, hasta me dio pena, tenía el ojo del culo completamente abierto, rojo, rojo y de él manaba poco a poco mi semen ligado con algo de sangre y ella apenas podía moverse. Luego de varios minutos de reposo me dijo:

    -Lávate y vete, y de esto no le cuentes a nadie, mucho menos a mi hijo. Va y si guardas bien el secreto en otra ocasión lo podemos repetir.

    En realidad apenado, pero contento y satisfecho por lo que había ocurrido, sin decir ni pío me lavé, recompuse mis ropas y salí de su baño hacia el cuarto de Renato. Asumía que ellos habían acabado sus escarceos amorosos pero me equivoqué, parece que al fin Renato había conseguido convencer a Claudia y la estaba dando una buena cogida, al abrir la puerta los encuentro desnudos sobre la cama, el culito de Claudia puesto en pompa hacia mi bajaba y subía, mientras el pene de Renato se perdía dentro de su pequeña concha que se veía desbordada, estaban disfrutando tanto que no se percataron de mi presencia, Renato estaba tapado completamente por el cuerpo de Claudia chupándole las tetas y ella completamente de espaldas a la puerta, así que siguieron en lo suyo y yo, graduado ese día de voyeur, me quedé mirando y al excitarme de nuevo me saqué el rabo y empecé a acariciarlo. En un momento Claudia volteo su rostro hacia la puerta y me vio, yo me asusté y paré pero ella no se inmutó, siguió moviendo el culo para seguir recibiendo la follada y se quedó embelesada mirándome el rabo mientras se relamía los labios. Así seguimos hasta que por los gritos y gestos de Renato me di cuenta que se había venido, Claudia se apartó y él se fue hacia el baño, yo me retiraba pero ella me llamó con un gesto y al acercarme a la cama, tomó mi rabo y se lo metió en la boquita donde apenas le cabía solo la cabeza y empezó a mamarme, se comía mi polla de forma rápida, metiendo y sacando el trozo que le cabía en la boca y aunque pareciera mentira enseguida tuve el tercer orgasmo del día y ella lo recibió todo en su boca, tragándose hasta la última gota de mi semen, luego ella misma lo tomó en sus manos y lo metió dentro de mis pantalones mientras me miraba golosa y satisfecha. En eso oímos a Renato que la llamaba desde el baño:

    -Claudia, ven a bañarte y vestirte que ahorita vuelve Damián.

  • Reunión de amigos: Proposición inesperada

    Reunión de amigos: Proposición inesperada

    Me llamó Arturo y conocía a Roberto y Damián desde la niñez, éramos amigos desde siempre y juntos conformábamos un grupo compacto que, como todo grupo de tres a esa edad, nos llamábamos Los Tres Mosqueteros, aunque en nosotros era una realidad aquello de “todos para uno y uno para todos”, todo lo compartíamos y un problema de uno era un problema de los tres. Roberto era negro, y ya desde niño era alto y musculoso, tozudo y colérico, siempre dispuesto a las peleas y las discusiones y era difícil contradecirlo, en cambio Damián era todo lo contrario, un blanquito delgado más bien débil de buenos sentimientos e inteligente pero nada dado a la violencia y la confrontación, al contrario, siempre que se metía en algún problema los otros salíamos a defenderlo, yo era como el punto medio entre ellos, mulato claro y de cuerpo normal, no era muy amigo de broncas y reyertas como Roberto y prefería resolver los problemas negociando, pero cuando era necesario nunca retrocedía ante los desafíos.

    Ya a estas alturas de la vida habíamos crecido, éramos hombres trabajadores, mediando los treinta, con familias y responsabilidades, pero seguíamos siendo amigos y alguna que otra vez nos reuníamos a recordar tiempos pasados y a pasarlo bien. En esa ocasión decidimos pasar el día juntos en casa de Damián aprovechando la piscina. Era un verano caluroso y nos vendría muy bien un chapuzón. Cuando llegue ya Roberto estaba allá con María, una mulata alta de cuerpo escultural, piernas de ensueño, grandes caderas y grandes tetas que siempre pensé fueran producto de alguna operación, pero lo más sobresaliente de su cuerpo era el culo, un culo fenomenal a lo Jennifer López o Kim Kardashian, grande, redondo, alto, el culo que todo hombre quisiera poder mirar, tocar y disfrutar a sus anchas. Damián estaba con Lourdes, su pareja hacía ya varios años, era una joven bajita pero con un buen cuerpo y un culito pequeño pero igual de bueno, senos normales y una carita bonita con una boquita pequeña, nariz respingona y una cabellera rubia que enmarcaba adecuadamente su cara aniñada. Yo por mi parte fui con Rebeca con la cual estaba conviviendo hacía más de un año, también era blanca pero más alta y mayor que Lourdes y creo que con mejor cuerpo, aunque nunca podía compararse con María, tenía senos grandes, un buen culo y piernas muy bien formadas. Pasamos buena parte del día bebiendo, comiendo los saladitos y manjares preparados por las mujeres y bañándonos en la piscina, haciendo bromas y comentarios jocosos y hasta subidos de tono sobre lo bien que se veían las mujeres con sus bikinis sobre todo María, que no podía ocultar las grandes nalgas que sobresalían de su tanga y provocaba la mirada lasciva de todos, algunos comentarios míos mas incisivos y el malestar de Roberto, pero todo iba en buen plan y a modo de broma, no era la primera vez que nos reuníamos y todos nos llevábamos muy bien incluida las mujeres entre ellas.

    Ya estaba oscureciendo y se sentía cierta frialdad por lo que decidimos entrar y los hombres nos pusimos a jugar barajas para entretenernos un poco mientras las mujeres observaban y comentaban las jugadas. Para esa hora ya habíamos bajado 1 botella de ron, 2 de vino, una caja de cervezas y recién habíamos comenzado una botella de whisky, así que estábamos bastante entonados. Apostábamos con el dinero que teníamos encima y a Roberto le había ido muy mal, al punto que había perdido todo y todavía me debía unos cuantos pesos. Ya pensaba en finalizar el juego cuando Roberto soltó la bomba.

    -Arturo, te lo apuesto todo a que María te muestre el culo y se lo puedes tocar.

    Todos nos quedamos de piedra, sobre todo María, yo conocía bien a Roberto, sabía que era muy celoso y nunca esperé que fuera a apostar a su mujer lo cual me imaginé era producto de la bebida, pero sabía que no soportaba perder, y por tanto no iba a desistir, María se veía tensa y muy molesta pero también lo conocía y sabía que en las condiciones en que estaba, contradecirlo iba a provocar más problemas, así que se mantenía callada. Pasaron varios minutos y yo finalmente, tal vez influenciado también por el alcohol le dije:

    -Eso no sería justo para María, no tiene porqué pagar por lo que tú has perdido.

    Los miré a todos que habían quedado boquiabiertos al verme plantarle cara a Roberto, así me dirigí a todos en general:

    -Les propongo otra cosa, empezamos un nuevo juego participando todos, incluidas las mujeres y el que gane la mano le pide al que quiera un deseo de carácter sexual. Si todos nos ponemos de acuerdo empezamos, sino, acabamos ahora mismo la velada y cada cual se va a su casa.

    Todos estaban atónitos y nadie hablaba, sabía que estaba proponiendo un juego peligroso, estaba proponiendo desatar públicamente las fantasías eróticas más íntimas de cada cual y eso podía tener severas consecuencias, sobre todo en el futuro de nuestra amistad, pero ya el reto estaba planteado y no había vuelta atrás, mire a María y le dije:

    -Que tú piensas María?

    Me miró un rato y luego a Roberto y seguro que pensando que su proposición era más molesta y humillante que la mía dijo desafiante:

    -Yo estoy de acuerdo

    Damián y Lourdes estaban más blancos que el papel, pero era evidente que no querían desentonar y menos crear una trifulca entre Roberto y María, o que este la tomara con ellos, así que encogiéndose de hombros asintieron tímidamente con la cabeza. Rebeca me miraba molesta y asombrada, no podía creer que yo la expusiera en ese juego, sabía de sobra que yo estaba obsesionado con el culo de María y lo que más quería era tenerlo frente a mi poya para metérsela hasta el fin, habíamos discutido varias veces de ello e incluso provocado algún altercado matrimonial, pues yo también sabía que ella fantaseaba con el tamaño de la poya de Roberto, así que tal vez en son de venganza o para cumplir su fantasía, también estuvo de acuerdo. Por último Roberto sin muchos miramientos asintió diciendo:

    -Está bien, estoy de acuerdo, pero sepan que voy a ir hasta el fin, ahora vamos a ver si en verdad somos todo para uno y uno para todos.

    Repartí las cartas y comenzamos el juego. Confirmando que esa noche era mi día de suerte gané la primera ronda, todos se quedaron esperando, seguros de que me metería con el culo de María, pero no quise tirarme a fondo y solo le pedí que nos mostrara sus tetas, ella sin vacilar se quitó el brassiere y descubrió unos senos preciosos, eran grandes aunque sin exagerar y perfectamente redondos, con un color canela más claro que el del resto de la piel quemada por el día soleado, en ellos destacaban unas aureolas negras, grandes y perfectas con unos pezones también grandes y afilados, completamente erectos, no sé si por la incipiente frialdad o por el morbo de la situación. Todos nos quedamos mirando sus senos y hasta las mujeres se veían admiradas, yo tuve una erección instantánea y no apartaba los ojos de ella hasta que Roberto nos dijo:

    -Bueno, seguimos?

    La siguiente mano la ganó Roberto y pidió a las otras mujeres que se quedaran con las tetas al aire como su mujer. Lourdes se veía incomoda pero ambas cumplieron y mostraron sus tetas, las de Lourdes eran unos senos pequeños pero muy firmes con aureola rosada donde destacaban algunos pelillos rubios y unos pezones rojos y achatados, por su parte los senos de Rebeca eran más grandes y se veían algo caídos, no en balde era la mayor de las mujeres, pero estaban apetitosos y a mí enseguida me dieron deseos de pegar mi boca a sus pezones y chuparlos hasta el cansancio.

    Seguimos jugando y volví a ganar la siguiente mano y decidí que no valía la pena seguir esperando, así que dije:

    -Bueno María, es hora de que nos muestres el objeto de tanto alboroto, enséñanos tú culo, y para que no te sientas mal, también las otras mujeres deben quedarse en pelotas.

    María se levantó y se quitó la parte baja del bikini, mostrando primero su conejita, la tenía depilada completamente por lo cual se notaban a priori sus labios vaginales, grandes y pulposos, luego se dio una vuelta presentándonos a todos el culo, que como ya describí anteriormente era espectacular destacando unas nalgas redondas y duras donde se marcaba también la diferencia del bronceado. Cuando estuvo de espaldas a mí y frente a Roberto, se inclinó completamente hacia delante, presentándome el ojo del ano, de un color morado oscuro y con una areola de carne alrededor que evidenciaba que había practicado bastante el sexo anal, en esos instantes también pude entrever su conchita abierta donde destacaba un clítoris grande y puntiagudo y tuve que controlarme para no meterle un dedo. Luego le tocó el turno a Rebeca que nos mostró su vagina completamente peluda pero muy bien cortada y el culo con unas nalgas blancas, grandes y firmes, finalmente Lourdes, roja como un tomate, también se desvistió mostrando una conchita pequeña y con un triangulito de pelillos rubios, un poco más abierta que las demás se notaba el clítoris rojo y encogido, con respecto a su culito todo era normal, nada grande pero blanquito como el papel, redondo y de nalgas firmes. Ya a esas alturas el ambiente se estaba caldeando, y todos tratábamos de esconder las sensaciones tomando sorbos de nuestras bebidas, los hombres con nuestras copas de wyskhy y las mujeres con cerveza o vino.

    La siguiente mano la ganó María y pidió a los hombres que mostráramos los penes. Con todas las mujeres desnudas y mostrando sus encantos era lógico que todos estuviéramos algo empalmados así que cuando nos quitamos las trusas mostramos nuestros penes casi erectos. Siempre he considerado que tengo un pene grande que llega sobre los 20 cm en erección, pero lo de Roberto era bastante inusual, cuando descubrió su pene casi erecto me pareció que cifraba sobre los 25 o 30 cm, gordo y completamente negro era algo descomunal y todas las mujeres, incluida la suya se quedaron alucinadas mirándolo, lo que le provocó ponerla más dura. Ante ese espectáculo tanto mi pene como el pene normalito de Damián sobre los 16 a 18 cm pasaron casi desapercibidos.

    Ahora el ambiente estaba evidentemente caliente, todos estábamos desnudos y ante tantos atributos expuestos tratábamos de disimular nuestros deseos, pero las mujeres se movían contantemente en sus asientos y ya no trataban de esconder sus encantos y los hombres no podíamos disimular las erecciones, así que las miradas pasaban de unos a otros y cada cual trataba de disimular tomando sus tragos lo que provocó en todos una semi embriaguez y que nos llevó a una desinhibición total.

    La próxima ronda la ganó Lourdes y sin ninguna vacilación pidió tocarle el rabo a Roberto, y ante el asombro de todos fue hacia él, se arrodilló a sus pies, tomó el rabo entre sus pequeñas mano y empezó a amasarlo, apretarlo y jugar con su negra cabeza. He oído teorías sobre si los hombres con penes muy grandes no llegan a una buena erección, pero en el caso de Roberto esto fue falso, desde el primer momento en que Lourdes le tocó el pene este se puso rígido y aumentó considerablemente su tamaño. Lourdes estaba como hipnotizada, pasaba ambas manos a través del rabo de Roberto y no apartaba la mirada de él, en un momento se escupió en ambas manos para continuar con la pajeada y facilitar la labor, continuó moviendo una mano de abajo arriba a través del pene y con la otra comenzó a acariciar la cabeza que escupía a cada rato, Roberto respiraba agitadamente, se había echado hacía atrás y disfrutaba plenamente, luego de varios minutos en esa labor Lourdes acercó su pequeña boca al rabo de Roberto y empezó a pasarle la lengua por la cabeza para luego introducirlo en su boquita y a Roberto se le escapó un gemido. Todos estábamos mirando el espectáculo con ferviente mirada, yo tenía una total erección y empecé a acariciarme el pene, y al recorrer la vista por los demás vi que igual hacía Damián, completamente excitado de ver a su mujer mamándole el rabo a otro hombre, mientras María y Rebeca se acariciaban disimuladamente en la entrepierna y no era para menos, observar el esfuerzo que hacía María para engullirse totalmente la pinga de Roberto era alucinante, el pene apenas cabía en su pequeña boquita, pero ella la abría lo más posible y se lo metía hasta el final de la garganta mientras seguía acariciándolo con ambas manos, ya la mamada duraba como 10 minutos cuando ella tomó los huevos en una de sus manos y empezó a estrujarlos y acariciarlos y Roberto no pudo más y dio un grito:

    -Cojones, dale más fuerte que me vengo!

    Entonces Lourdes se sacó el pene de la boca y continuó apretando, moviendo ambas manos y pasándole la lengua a la cabeza hasta que del rabo manó un potente chorro de leche que le empapó toda la cara y se derramó a sus manos, ella entonces se aplicó más con la lengua a lamer y limpiar todo el rabo, mientras tenía en la cara una expresión de máxima satisfacción y una mirada perversa.

    Mientras Lourdes iba a lavarse los demás nos fuimos reponiendo de la impresión de ver la espectacular mamada y seguimos con nuestros tragos, cuando se repartieron nuevamente las cartas ya se notaba un ambiente completamente relajado, se hicieron algunos chistes y comentarios y el ejemplo de la inocente de Lourdes hacía que cada cual quisiera ganar para hacer realidad su fantasía sexual y en esta ocasión le tocó a la sin par María que sin dudarlo nos dijo:

    -Quiero ser penetrada por Arturo y Damián a la vez.

    Todos nos miramos y Roberto puso cara de pocos amigos, pero a esas alturas ya no tenía nada que objetar, Damián trajo de adentro una colchoneta que se tiró al suelo y se vistió con un sábana, María se arrodillo sobre ella y yo y Damián nos acercamos, ella tomó nuestras herramientas y empezó a apretarlas y amasarlas para lograr una buena erección mientras que Damián le masajeaba sus tetas y yo le introducía un dedo en su concha que ya estaba húmeda, cuando estuvo lo suficientemente dispuesta tiró a Damián sobre la colchoneta y se puso a horcajadas sobre él metiéndose de una sentada el pene en su precioso bollo y empezó a cabalgar primero despacio y acompasadamente y luego más rápido mientras no soltaba mi pene y Damián seguía amasándole las tetas, ya yo no podía esperar más para cumplir mi fantasía, me moví hacia atrás de ella y la empujé suavemente hacia delante dejando al descubierto el ojete del deseado culo. Mientras Damián empezaba a chupetearle las tetas, me embarre la pinga abundantemente de aceite, también traído por Damián y colocando mi herramienta en el pequeño orificio empecé a empujar. El espacio ocupado por la pinga de Damián en su concha dificultaba mis avances pero la buena lubricación ayudó y pronto la cabeza del rabo desapareció completa en su ano lo cual le provocó un gemido, no sé si de deseo o de dolor, pero para mí no tenía importancia, al fin tenía el culo de María a mi disposición y quería disfrutarlo plenamente así que seguí avanzando hasta lograr meterle todo el cipote. He visto innumerables películas porno de doble penetración y todo parece muy fácil pero no es tan así, el movimiento de Damián metiéndole su rabo en la concha provocaba que sus contracciones trataran de expulsar mi rabo de su culo, pero yo empujaba para adentro y me afincaba con mis manos agarrando fuertemente sus caderas mientras miraba sus grandes nalgas entre mis manos y la fuerza de ambos para no salirnos provocaba en ella grandes gemidos y gritos de placer que evidenciaron que había logrado tener un orgasmo, mientras con sus manos se masajeaba el clítoris. Todos estábamos disfrutando y yo particularmente no dejaba de meter y sacar la pinga del apretado culo que ya se había adaptado a mi rabo mientras Damián hacía lo suyo por el otro lado, al mirar a los espectadores me percaté que tanto Lourdes como Rebeca con sus piernas completamente abiertas se acariciaban sus conchitas y senos y Roberto miraba con cara de bobo con su pinga entre las manos, María lo vio y le hizo señas de que se acercara y tomando su pene se lo introdujo en la boca comenzando a mamárselo, ya tenía a todos los hombres a su disposición dándole placer y con movimientos paroxísticos se vino de nuevo , toda la escena había durado más de 15 minutos y Damián se corrió inundando su bollete de leche, yo por mi parte, ahora sin el inconveniente del rabo de Damián en su bollo, seguí disfrutando a mis anchas del culo de María que inclinada completamente hacia delante movía su cabeza metiéndose en la boca todo el rabo de Roberto que no tardó en descargarle todo el semen en el fondo de su garganta, yo continué imprimiendo un ritmo rapidísimo al mete y saca, resollando como loco y sacando en oportunidades completamente el rabo para apreciar el ojo del culo, bien abierto y palpitante esperando por otra metida hasta el fondo y así seguí por varios minutos más logrando darle un tercer orgasmo ayudado por Damián que desde abajo le acariciaba la concha, hasta que descargue todo mi semen en su culo entre ayes de placer y gritos de ella de: –Dame más, dame más. Finalmente, cansada y maltrecha se dejó caer sobre Damián y yo sobre ella mientras Roberto nos observaba, parado a nuestro lado con el rabo todavía semierecto y goteando leche sobre nosotros. Así quedamos por algunos segundos recuperando el aliento, aunque todavía la tenía clavada con mi pene. Finalmente saqué la herramienta de su hueco y se derramó sobre la sábana bastante semen que salía de sus orificios, ella quedó boca arriba despatarrada sobre la colchoneta, emanando semen por sus tres orificios y evidentemente satisfecha de la singueta. Al cabo de unos minutos, incorporándose nos dijo:

    -Nunca había singado con 3 hombres a la vez. Esto fue muy intenso, es seguro que algún día volveré a repetirlo.

    Llegados a este punto estimamos que no valía la pena seguir con el juego de cartas y era mejor que cada cual expresara públicamente su fantasía para entre los demás hacerla realidad. Colegimos que ya yo había cumplido la mía de darle por el culo a María y Damián la suya de chuparle las tetas y cogerla, pero tanto Rebeca como Lourdes expresaron sus deseos de ser sodomizadas también, así que dispusimos que yo le diera por el culo a Lourdes y Roberto a Rebeca lo cual cumplía a su vez su fantasía. Habían pasado varios minutos en esta conversación y los hombres ya estábamos bastante recuperados así que Rebeca se tiró en cuatro sobre la colchoneta dispuesta a recibir en su culo, que por supuesto yo había disfrutado en varias ocasiones, el gran cipote de Roberto. Ayudado con un poco de lubricante este colocó la punta de la cabeza en el orificio y empezó a empujar, creo que Rebeca pensó que le sería más fácil recibir en su ano tal herramienta pero equivocó, enseguida noté que le estaba doliendo la penetración, y para relajarla Roberto empezó a besarle y morderle la espalda y el cuello, mientras le pasaba una de sus manos por el bollo acariciando el clítoris y metiendo un dedo para buscar su placer. Era asombroso ver como la gran pinga de Roberto ganaba poco a poco terreno metiéndose en las entrañas de mi mujer y aunque parecía imposible, en un momento el ano de Rebeca se tragó todo el pene, luego de unos segundos Roberto fue sacando la pinga poco a poco para luego volver a meterla ahora más fácilmente y comenzó enseguida un movimiento acompasado más bien lento, pero constante que hacía salir el rabo casi completamente hasta asomar la cabeza pero enseguida arremetía nuevamente hacia adentro hasta chocar los cojones contra las nalgas, ya Rebeca no gemía de dolor, al contrario, casi gritaba de placer y con sus manos hacia atrás tomaba las nalgas de Roberto para empujarlo hacia ella.

    Ante tantas expresiones de placer mi pinga estaba que parecía un palo y tomé a Lourdes, la coloque sobre la mesa con las piernas abiertas sobre mis hombros y su pequeña conchita frente a mí y lubricando su culito le coloque la punta del rabo en el ojete y empecé a empujar suavemente, era claro que nunca se la habían metido por ahí y el ano estaba sumamente estrecho y apretado, pero continué empujando, ella empezó a gritar que le dolía, que parara, pero yo no me detuve, eché un poco más de grasa sobre el pene y de un empujón le metí dentro toda la cabeza, literalmente le había partido el culo porque enseguida noté sobre el pene unas gotillas de sangre, pero seguí para adentro hasta llegar a introducir la mitad, ella estaba llorando pero resignada a recibir el resto de la culeada empezó a acariciarse las tetas con una mano y la concha con la otra mientras yo sacaba un poco mi herramienta y empujaba nuevamente hacia adentro adaptando su caverna trasera a mi rabo. Luego unos segundos el movimiento se hizo fácil y rápido y pude meterle todo el pene hasta el fondo para comenzar a sacar y meter con movimientos rápidos. Ya a estas alturas Lourdes había sobrepasado el momento de dolor y sus gemidos indicaban que estaba recibiendo placer. Mientras seguía metiendo el cipote en el culo de Lourdes vi como Roberto y Rebeca le habían imprimido un ritmo frenético a su culeada, Roberto se movía constante y rápidamente mientras Rebeca gritaba: –mas, mas, más fuerte, maricón –y ayudaba empujando su grupa hacia atrás al compás de los movimientos de Roberto que tenía sus grandes manos en las blancas nalgas de mi mujer, y con sus pulgares hacia presión abriendo más el ojo del culo donde desaparecía a intervalos su gran pinga negra. Por su parte Damián y María no se habían quedado ociosos, Damián estaba sentado en un butacón y María de espaldas a él y de frente a nosotros, con las piernas completamente abiertas y el bollo expuesto mientras se lo acariciaba, cabalgaba sobre él recibiendo el rabo nuevamente en su culote. Era muy estimulante ver sus grandes senos bamboleándose, el bollo totalmente abierto mientras se acariciaba el clítoris y como esas nalgas morenas bajaba y subían a lo largo del rabo de Damián. La visión de los demás me excitó al máximo e imprimí un ritmo desaforado al mete saca sin ninguna contemplación, notando como Lourdes ya estaba recibiendo sin ningún impedimento mi pinga en su culito y mientras seguía la metedera me fijé en lo bonita que tenía su conchita con sus pelillos rubios y sus labios vaginales rosados y abiertos y sin dudarlo se la saqué completamente del culo y se la metí en su conejita, la sensación fue fenomenal, su conchita también era apretadita y muy húmeda aunque con un calorcito interior que era muy agradable, no sé si porque ya ella estaba a punto o por la sorpresa del cambio, pero cuando se la metí en su bollito, dio un pequeño grito y comenzó a correrse entre gemidos, gritos y movimientos rápidos mientras se estrujaba las tetas con las manos. Por mi parte seguí un rato más dándole por la concha para luego comenzar a alternar de un orificio al otro provocándole enseguida otro orgasmo y así seguí hasta que noté que me venía y la saque dejando que los chorros de mi leche se derramaran sobre los pelillos del pubis y corrieran entre sus labios vaginales y se depositaran en el ojo del culo que ahora se veía completamente abierto y rojo, con un hueco del ancho de una moneda de 25 céntimos. Por su parte Roberto y Rebeca habían terminado y estaban echados uno junto al otro en la colchoneta mientras María seguía cabalgando sobre Damián, aunque no por mucho tiempo, casi enseguida se escucharon sus gritos de placer y Damián se descargó completamente dentro del ano de María.

    Dimos por terminada la jornada y luego de asearnos y arreglarnos, cada pareja se retiró a su casa para emprender un nuevo día, pero como había imaginado, nada fue igual entre nosotros y las consecuencias de esa reunión loca, donde dejamos emerger sin tapujos nuestros anhelos sexuales no se hicieron esperar, provocando desacuerdos, rupturas e inesperados reencuentros entre nosotros, pero esas son otras historias.

  • Mi pequeño y sucio secreto: Le fui infiel con un extraño

    Mi pequeño y sucio secreto: Le fui infiel con un extraño

    Haroldo, mi marido era una persona muy trabajadora, muy amigo y buen esposo. Yo en cambio era toda una puta en la cama, pero un buen día deje de serle fiel.

    Todo pasó hace algunos días, yo me encontraba esperando a Haroldo de que viniera de trabajar y como hacíamos a menudo, él me llamaba para avisarme que estaba por llegar o que iba a quedarse horas extras.

    Una noche yo estaba sentada mirando la novela y me acordé que tenía que ir a comprar algunas cosas al mercado. Me cambié la ropa interior y me puse una tanguita perfumada, una mini ajustada y una remera corta. Sabía que me iba un poco provocativa, que me dirían cosas en la calle. Eso me daba bronca pero también me calentaba. Más sabiendo que me decían cochinadas sobre mi cola y mi cuerpo y ni hablar si el tipo que me lo decía era lindo. Me hacia los ratones.

    Cuando salgo paso por un bar y estaba sentado allí un tipo muy lindo que me miró de arriba a abajo. Yo también me lo quedé mirando mientras pasaba. Los dos nos… no sé me parece que nos gustamos. Debo decir que pase por una obra y los negros me decían muchas cochinadas. Uno dijo mientras yo me acomodaba el pelo: «te chupo toda rubia». Yo caminé como si nada.

    Debo decir que llamo mucho la atención: soy flaquita, con una colita parada que trabajé mucho en el gimnasio, también tengo el pelo lacio y rubio con ondulaciones en el extremo. También me visto muy sensual.

    Cuando volví de comprar, el que estaba sentado en el bar me clavó la mirada otra vez y yo no escondí mi interés por él y lo miré fijamente hasta que se me escapó una sonrisa. Caminé unos pasos más y se me cayó una bolsa de compras. Rápidamente vino él y me ayudó muy amablemente. Yo le agradecí mucho y seguí caminando hasta que llegué a casa y entré.

    Me quedé pensativa aquella tarde y luego de que volvió mi esposo, comimos y nos acostamos. Haroldo quería hacer el amor así que le día lo que quería y me abrí de piernas. La verdad es que ya no me sentía atraída por él, aunque lo seguía queriendo. Mientras me penetraba yo pensaba en ese extraño sentado y que me miraba fijamente. Me excitaba mucho su mirada a tal punto que quería verlo otra vez.

    Haroldo era un tipo muy responsable así que se fue a trabajar como todos los días a pesar de que no se sentía muy bien. Al rato de que se fue me dio ganas de ir a caminar un rato y mirar vidrieras. Tenía muchas ganas de verlo.

    Ni bien pasé por el bar, él estaba allí. Parecía que esperaba a alguien. Yo camine despacio y él me volvió a clavar la mirada, entonces yo me detuve en un quiosco de la cuadra. Me miraba y yo lo miraba y así nos conocimos. Cuando me decido a volver para ver si me decía algo (ya había decido no ir a ver vidrieras), un hombre sucio y desagradable se me paró para decirme algunas cosas. Fue ahí que el extraño se levantó y me preguntó si estaba bien. Yo le contesté que si pero que nada me estaba pasando pero en realidad este tipo me estaba diciendo cosas feas. De inmediato él le dijo que se fuera y ambos nos sonreímos con más confianza.

    Me invitó a tomar algo y yo le dije que no podía, pero enseguida reaccioné y le dije que sí. ¡Era mi oportunidad! Lo sentía mucho por Haroldo. Tomamos un porroncito de cerveza cada uno. Reímos mucho (él era muy chistoso y así me terminó conquistando); me contó de su vida, de que estaba separado y todo eso. Sabía que faltaba mucho para que volviera mi esposo así que le dije que me tenía que ir a hacer algunas cosas.

    Fue cuando levanté mi culo de esa silla, él lo miró deseándolo. Sentí que quería hacerme suya esa misma tarde, entonces agarró mi brazo y dijo: «podríamos vernos otro día».

    Yo le contesté: -«que tal si seguimos esta conversación en mi casa».

    Caminamos tres cuadras para otro lado y tomamos un taxi para irnos a un telo (al hotel «paradaise») y debo confesarles que era la primera vez que le metía los cuernos a mi marido. Llegamos y Maxi le pagó al taxista. Entramos, pedimos habitación y ni bien cerramos la puerta me miró de arriba a abajo. Me puse muy nerviosa, pues no sabía si estaba con algún loco degenerado. Maxi me seguía mirando en silencio y yo me ponía cada vez más nerviosa hasta que me sonreí y le pregunté: «¿te pasa algo?»

    «Nada, solo contemplaba lo hermosa que sos»

    Fue allí que lo besé apasionadamente y él también a mí. Ambos saboreamos nuestras bocas en un frenesí de locura y placer. Quise esa misma tarde ser la puta de mi amante y así lo hice.

    Ni bien nos chuponeábamos nuestros cuellos y cuerpos le saqué los pantalones a él y le empecé a chupar su pija. Se la mamé como una zorra traicionera que necesitaba ser complacida y no lo era (hasta este momento) Él me agarraba mi cabeza y me empujaba hacia su pito. Yo tragaba toda esa pija, la ensalivaba toda hasta tal punto que me ahogaba. Miraba su cara de pajero y placer y me reía de a ratos. Veía como Haroldo trabaja como asno mientras yo judía con otro en un telo de Buenos Aires.

    Luego de chuparle el falo, él comenzó a lamer mi cálida vagina. Me gustaba mucho como me la chupaba porque me metía la lengua por mi conchita y también por mi ano. Me volvía loca.

    Cuando me la dejó bien húmeda y caliente me preparó para penetrarme. Mi mini negra elastisada estaba tirada en el suelo mientras Maxi me manoseaba el culo y me penetrada conmigo arriba. Le cabalgue su pija y salté una y otra vez en ella. Sentía como su carne entraba y salía por mi cuevita. Yo me movía para sentir más placer. Así estuvimos un buen rato, hasta que mi buen amigo me hizo acabar primero y luego prosiguió a cogerme con más fuerza. Cuando estábamos los dos exhaustos él me dijo: «¡»te acabo nenaa!»

    «Mmmm… si acabame adentro!», le contesté.

    Terminamos y cada uno se fue a su casa. Volvió Haroldo del trabajo y me saludo con un beso. Yo seguía sintiendo el olor a semen que me había dejado Maxi en mi entrepierna y me hacía pensar en la próxima vez que nos veríamos. Haroldo quiso hacerlo esa misma noche. Quería lamer mi vagina y yo como buena zorra se la di. Probó la leche de mi amante y no se quejó.

    FIN

  • Mi madrastra Viviana (Segunda parte)

    Mi madrastra Viviana (Segunda parte)

    Durante mi entrenamiento de básquet que era los viernes, mi papa me llamo para decirme que se tenía que ir todo el fin de semana por trabajo, que Viviana se quedaría en la casa ya que no lo podría acompañar.

    Luego de lo sucedido con Vivi, cuando llegué en la noche a la casa ella se encontraba encerrada en su cuarto viendo televisión, así que me metí en mi habitación y me acosté a dormir. Me daba vueltas en la cabeza es que me dijo Vivi: «aprovecha y has lo que quieras, porque esta será la primera y última vez que esto suceda», me sentía feliz de que hubiera pasado lo deseaba, pero deseaba mucho que volviera a pasar, pero temía su reacción, así que mejor decidí dormir y pensar con cabeza fría al día siguiente.

    Entre mis sueños sentí un ruido extraño, una sensación extraña y un poco más de frio de lo usual, así que desperté y oh sorpresa! Vi una carita angelical y un cuerpo desnudo conocido, con mi miembro completo dentro de su boca, Viviana me había quitado la sabana, bajado la pantaloneta y me estaba pegando una mamada a media noche. Me exalte un poco pero recordé lo que había pasado en la mañana y que además mi papa no se encontraba en la casa, así que me relaje la tome del cabello y empecé a empujarle mi miembro en la garganta.

    J: si mami, que rico se la mamas a tu hijo. Pensé que lo de la mañana iba a ser la primera y última.

    V: si quieres que pare solo dilo…

    J: solo bromeo, me encanta que me hagamos esto (le empuje de nuevo mi miembro en la garganta)

    Sin decir nada se colocó encima de mí y metió mi miembro en su chochita y empezó a saltar, hacia círculos, se movía adelante y atrás, paraba y gemía, parecía poseída.

    V: siiii, que rico tenerte dentro hijo, muy dentro… Ummm!!!

    J: que rico saben tus tetas, mira como rebotan.

    V: ohhh!!! Siisisisi!! Meee vengooo!

    J: ya estoy cerca mama, sigue sigue.

    V: ven pon tu pene entre mis tetas para que termines

    Ella se recostó en la cama y se cogió las tetas para rodear mi miembro, mientras yo lo empujaba como si me estuviera follando sus tetas, cada vez con más fuerza y velocidad para poderme venir sobre ese par de hermosas tetas.

    J: ma… Ma… Ya me vengo

    V: dale hijo estas tetas están esperando tu caliente semen… Ummmm

    J: ohhhh!!… Aaaaaa!

    V: ummmm que rico

    Ella se limpió con su tanga que estaba en el piso y se recostó a mi lado, sin decir nada, nos quedamos dormidos, desnudos y sudados.

    Al despertar estaba solo en la cama, pero la ropa de Viviana aún estaba en el suelo, así que salí de mi cuarto desnudo y me encontré con que Viviana estaba haciendo el desayuno completamente desnuda, se encontraba de espaldas, con ese trasero redondo y paradito, esa vista dejo mi miembro totalmente duro, así que me acerque sin decir nada, puse mi mano en su espalda y la empuje suave pero firme mente hacia adelante y le metí mi miembro de un solo golpe, luego la cogí del cabello y empecé mis embestidas, rápidas y fuertes, sabiendo que no duraría mucho, pero quemaría las ganas que tenia de metérselo a mi madrastra, luego de verla desnuda cocinando.

    J: mami, que caliente estas por dentro y que mojada.

    V: ah ummm que ricos buenos días, creo que cocinare sin ropa más seguido.

    J: si quieres que te lo meta todos los días, sería una buena táctica ohhhh, me vengo!!! Dentro de ti mami.

    V: ohhhh hijo sí que ricooo ummmm ya me dejas terminar el desayuno?  (risita)

    Yo me fui a bañar, ella termino el desayuno, nos sentamos a comer, luego lo hicimos todo el fin de semana, en todos los lados de la casa, la cocina, el baño, la sala y los cuartos, en todas las posiciones, me vine dentro de ella, en su cara, en sus tetas, en sus nalgas y abdomen. Lo hacíamos cada vez que podíamos, cada vez que mi papa se iba de viaje, teníamos fines de semana de sexo hasta quedar exhaustos.

    Luego de unos meses mi papa le propuso matrimonio (se casaron en diciembre) y yo tuve que irme a estudiar la universidad a otra ciudad, seguimos teniendo sexo, pero solo cada vez que yo los visito en mis vacaciones. En una de esas visitas Vivi me preparo una grata sorpresa…

  • Historia del chip (041): La vuelta a casa (Kim 016)

    Historia del chip (041): La vuelta a casa (Kim 016)

    Todo fue distinto en cuanto el avión aterrizó. Una parte de ella, oculta mientras estuvo en Córcega recobró su protagonismo. Los dos se dieron perfecta cuenta de su aparición. Se despidieron de forma algo fría, casi formal.

    *—*—*

    Cuando se encontraron, Kim no pudo evitar arrejuntarse con pasión. Su cuerpo necesitado requería atención, manifestando deseo, ofreciendo sumisión. Soltó el vestido, impulsada por el hábito. Los pezones descubiertos sintieron la tela gruesa de la camisa, orgullosos de su dureza. Sin dejar de besarse, -tal era su sintonía-, Kim sacó la pinza del bolso y la depositó en la mano de Roger, en el momento que dejó de apretarle la nalga derecha, denotando su pulcritud a la hora de los detalles. Fruto del hábito, la mano izquierda tanteó entre las piernas entreabiertas y tiró del clítoris sin contemplaciones. La pinza no tardó en llegar. Kim sentía que ese instante era el más importante en su relación. Roger no estaba relajado hasta ese momento, la mera posibilidad de que pudiese tener un orgasmo no consentido le intranquilizaba.

    La terapeuta le había explicado lo que se le requería. En esos instantes debía ser una amante solícita, pasional y dispuesta a todo. Sus necesidades quedaban en segundo plano. Aprovechando para sentir las caricias y los abrazos, reconociendo la excitación de su pareja. No se le ocurría mejor reconocimiento de amor que esa pequeña pinza en su cresta de amor convertido en su centro de dolor. Algo buscado e inevitable. Era entonces cuando debía actuar con más generosidad y ofrecer su cuerpo, sin dudas o ambages, disfrutando plenamente de cada caricia, de cada beso. Su dolor se convertía en amor. Su pasión en necesidad. Su cuerpo, las zonas erógenas, en el lugar de encuentro de ambos.

    Así lo percibía Kim. Cuando las manos abandonaban los pechos provocadores y recorrían la imposible cintura, las redondas y anchas caderas y aterrizaban en los muslos, su ardor crecía, recordando a sus propios dedos acariciando. Su clítoris se peleaba por zafarse de la presión, algo a todas luces imposible. Una danza se apoderaba de sus espíritus y el tiempo se volvía lento. Kim no podía creerse que los interludios durasen diez, quince o veinte minutos. Le parecían horas. Ninguno de los dos deseaba interrumpir esos momentos con ánimo de ganar el embate, sino proseguir conforme a un acto de plenitud, como si algo sagrado pudiera romperse.

    Como amantes en éxtasis amoldaron sus existencias a nuevas sensaciones. Los acercamientos eran esperados con expectación. Kim se colocaba las pinzas cada noche casi con deseo, sabedora de que Roger se excitaba pensando en ello. Si se encontraban al día siguiente, el tierno dolor que sentiría ante los estímulos le agradaría aún más. Su terapeuta le explicó lo importante que era tener una actitud dispuesta: como cuando llevaba tacones incómodos durante todo el día, aunque solo fuera para que su amante los apreciase el poco rato que estuviera con ella. A Kim le gustó la comparación. Su vida se ajustaba a las fantasías más íntimas, a los caprichos más disparatados de su amante.

    Consideraba a Roger como el mejor hombre del mundo. Sus muslos no podían soportar como las manos se alejaban, los pezones querían estar siendo acariciados en todo momento. El instante más tierno era cuando le acariciaba los labios menores, las finas hojas verticales. Nunca tiraba de ellos, a diferencia del clítoris o los pezones, se limitaba a bordearlos, a sentirlos húmedos. Con la yema de los dedos, los dibujaba. Cuidaba de no presionarlos, los trataba como si se fueran a deshacer. El contraste con su botón de amor prisionero servía para enardecerlos más. ¡Cuánto le hubiera gustado pedir permiso para acariciarse los labios cada noche! Nunca se atrevería a solicitarlo u a rogar que se quedase más tiempo en ese lugar. A pesar de lo lento del transcurrir en sus citas, esos instantes le resultaban insufriblemente breves.

    *—*—*

    Las largas horas de descripciones en el diván de la terapeuta terminaron dando resultado. Kim explicaba fehacientemente las sensaciones de su cita anterior. Los detalles se consideraban importantes, su conciencia sobre los gustos y los movimientos de su amante primordiales; su propia reacción, vital. Debía aprender a acomodar sus reacciones a las necesidades de Roger. Adivinarlas, imaginarlas o en último extremo, preguntar sobre ellas. Kim era el centro de la relación, su cuerpo irónicamente el alma y su espíritu el gran motor de la relación. No debía dejar de cuestionarse si había algo más que pudiera gustarle a Roger, buscar la perfección, la variedad, adecuar sus necesidades a los caprichos de él. No se trataba de indagar a cada instante, el desgaste de la duda no era la respuesta, más bien una sana actitud de contemplación, con la certeza de que sabría encontrar nuevas maneras de hacerle feliz. Ése, y no otro, sería la motivación de su alma. A la vez, llevarle siempre hacia su cuerpo, el espejo del placer de Roger y el reflejo en el dolor de Kim.

    *—*—*

    Se despertó relajada. Sin ni siquiera pensar en ello, retiró las pinzas de los pezones y del clítoris. Como siempre un deseo ardiente de llevar sus manos a las zonas bruscamente liberadas la obligaron a vigilar sus reacciones, mezcla de dolor y necesidad. Sus manos no lo reflejaron mientras sostenían las pinzas fuertemente y volvían al lado de las caderas. A pesar del dolor, una sonrisa se formó en su cara y cuidó de observarla detenidamente en el espejo. Todavía quedaba mucho para mejorar esa transición, el cuerpo seguía tenso cuando retiraba las pinzas. Su terapeuta le había señalado la importancia de ese acto, -tan supuestamente banal-, al ser realizado en solitario. Su amante, si estuviera, debía percibir placidez en ese acto, no tensión o dolor. De un acto trascendente por el suplicio se había convertido en un acto cotidiano y debía ser un ritual, un reflejo de su entrega, una imagen de su felicidad por llevar ese tributo, como símbolo de su completo amor.

    Mantuvo la sonrisa mientras esperaba que el dolor desapareciera. Por lo menos, su intensidad devastadora. Y se recordó a si misma lo guapa que era, lo atractiva que resultaba, irresistible. Su sonrisa debía reflejar esos pensamientos. Y las pinzas, meros instrumentos de conexión con su amante. No importaba que no estuviera físicamente con ella. Las pinzas eran el recordatorio de que pertenecía a otra persona. Se evaluó con amabilidad y crítica. El cuerpo rezumaba sexo, suplicaba sexo. Como su amante desearía. Quería con todas sus fuerzas tocarse, acariciar los pechos, pellizcarse con suavidad los pezones. Se recordó que eso era exactamente lo que Roger quería que sintiese. Cuando se reuniesen sería una hembra en celo: necesitada, hambrienta… y sumisa.

    La ducha le vino bien para calmar los ánimos y aclarar las ideas. Hizo sus estiramientos y desayunó como siempre, de pie, todavía desnuda, exhibiendo su cuerpo a un amante imaginario sentado en la mesa. Picoteó un poco de fruta, usando los labios, rezumando sensualidad. Se imaginaba arrebatadora, ofreciendo más después de una noche de gozo. Fregado los pocos utensilios sucios y con la cocina recogida, buscó el móvil. Miró los mensajes. Hoy le tocaba un vestido de lino. Gris. Era elegante por fuera, su parte interior estaba sin tratar y le amargaría la existencia. Sin más preámbulos se lo colocó por arriba. No lo recordaba tan corto. Dos tercios de los muslos quedaban al descubierto. El único lugar dónde parecía ajustado era en la cintura y eso gracias a un cinturón rojo que daba alegría al conjunto. Anudó la parte de arriba tal y como se le indicaba. El trozo superior dejaba desnuda la espalda hasta el cinturón del talle, apenas cubría los laterales de los pechos. Con la disposición de la única sujeción anudada al cuello, bastaba que se inclinase treinta grados para mostrar los senos sin cortapisas. Debería andar bien erguida.

    Otro efecto era la necesidad de llevar el tejido pegado al cuerpo, lo que implicaba roces con los pezones, incomodidad en las mamas y agitación para sus muslos cada vez que daba un paso. Maldijo el momento en que se agachó para ponerse unos tacones rojos, a juego con el cinturón. El vestido se alejó del pecho y al volver el leve roce de la textura enardeció a los pezones. Los pechos frenaron el recorrido y notó como se excitaban con el mero contacto.

    Follaría con un lagarto, se dijo a sí misma, si me dieran permiso. Pero no se cambiaría por otra mujer. Adoraba a Roger a pesar de la frustración. No pensaba defraudarlo por nada del mundo. Se pintó los labios con un tono rojo sugerente acorde al resto del conjunto. Un último vistazo antes de salir: se vio espléndida.

    Recordaba con añoranza los días en Córcega, casi había olvidado los malos momentos. Entonces recibía orgasmos. Roger parecía feliz. Ahora apenas lo veía, aunque su espíritu dominaba todo lo que hacía o experimentaba.

    Bajó por las escaleras, como tenía ordenado. Olvidó su peculiar top y los pechos se alejaron del lino. Rectificó con rapidez y se ordenó dedicarse a los peldaños, no a sus tetas. Le gustaba sentir como se movían de un lado a otro, llevaba años sin ponerse un sujetador. Sus pezones eran su caballo de batalla, sin posibilidad real de victoria. Y menos un día como hoy, con el tejido hurgando a cada paso.

    Iba caminando, salvo si llovía. El paseo le agradaba, si no refrescaba. Raras veces le estaba permitido llevar una chaqueta. Se encontró con Lin a una manzana de la oficina y continuaron juntas. Se llevaban estupendamente e intimaban bastante.

    —¡Guau, chica!. Cada día vas más espectacular —le dijo después del beso de rigor en la mejilla.

    —Gracias. Tú estás muy elegante, Lin —respondió con convicción. Siempre sentía algo de vergüenza al principio de la mañana, al comparar su atuendo con aquellos con los que se encontraba. Lin llevaba un elegante conjunto de ante y sólo se le veían la cara y las manos. Botas altas para tratar de elevar su corta estatura. Tenía genes chinos, franceses y sudafricanos… como poco. Bromeaban diciendo que heredó la altura china, la piel francesa y el color sudafricano. El contraste era evidente. Los ojos no llegaban a la altura de la barbilla de Kim, tacones incluidos, los pechos siempre presentes, bien dispuestos. Lin no tenía necesidad de inclinar los ojos para contemplarlos.

    Kim supo que sería un día muy largo. Al inclinarse a besar a Lin, notó como la tela destapaba los pechos, el aire frío endurecía todavía más los pezones. Hizo todo lo posible por mantener su sonrisa cuando la rugosa textura volvió a su sitio. Todo debía haber durado menos de dos segundos. Y tendría que pasarse bastantes minutos con Mariona, -con su terapeuta, se corrigió, hablando de este instante. Siempre que había algo que escapaba a su control, algo excitante o humillante, algo que le hiciera sentir sumisa debía hacer una anotación mental y reflejarlo en su diario, que naturalmente leían Roger y su terapeuta. No debía usar el nombre de Mariona, ni mentalmente. Para Kim debía ser sólo la terapeuta.

    Lin, desde su privilegiada posición, no perdía ojo a los movimientos pendulares o caóticos de los senos erguidos. Ni podía dejar de admirar los pezones que presumía duros como piedras. No pudo soportarlo más. Esperó a ver un callejón y sin mediar palabra condujo a Kim a un soportal algo escondido. Sin preámbulos ni dubitaciones elevó las manos y las llevó hacia las ubres de Kim, que de manera automática se inclinó levemente para destaparse. No pensó en ello, surgió de forma automática. Estaba tan acostumbrada a esos gestos por parte de Roger que su cuerpo reaccionaba de forma instintiva. Sólo cuanto sintió los suaves y cortos dedos de Lin acariciar con dulzura los pezones hizo un ligero ademán de interrumpir el contacto. En menos de un suspiro llevaba dos errores. No tenía derecho a ofrecerse, pero tampoco a desdeñar el contacto. Si alguien la manoseaba o le levantaba la falda que llevase, debía informarle con tono suave y cortés de que no lo deseaba, pero sus manos nunca debían de estorbar. Le faltaba mucho para conseguirlo. Todo esto lo pensó mucho después en el diván de la terapeuta. Ahora su mente se hallaba entre el placer que surgía de sus entrañas. Por fin sus pezones eran acariciados, divinizados. Los dedos claramente expertos en caricias de Lin, no daban descanso.

    Nunca supo cuánto tardó en reaccionar y pedir que dejase de acariciarla. En todo caso, sonó a falso e hipócrita. Lin no dejó de hacerlo hasta que Kim empezó a sollozar. Todo el rato mantuvo los pechos bien ofrecidos, las manos a los lados y la barbilla elevada. El dolor remanente había desaparecido, la excitación que le acompañaba a todas partes se manifestó con más vigor. Pensó si Roger se pondría celoso, aunque parecía más una excusa llevada por la sombra de su propia inseguridad y el excelso placer que sentía.

    Tuvo que centrarse en los dedos de Lin o el ardor trasluciría todavía en mayor grado. Oída la súplica, Lin, -a modo de despedida-, apretó fuertemente ambos pezones, recordándole el dolor de las pinzas a una Kim casi traspuesta. Le costó horrores mantener las manos a los lados. Otra vez quería acariciarse, otra vez volvía el dolor. Imaginaba que esta vez duraría mucho menos. Sin mediar palabra alguna o mirada cómplice, Lin se volvió hacia la calle.

    —Ni se te ocurra hacerme esperar— le susurró en tono casual. Sin remordimiento, culpa o trasluciendo siquiera una ligera pasión. Kim trotó con el inevitable ruido de tacones, pechos y pezones rozados sin compasión.

    El asalto en el callejón fue el germen del cambio de la relación entre ambas mujeres. Compartieron una intimidad, su amistad cambio de grado.

    Lo primero que hizo Kim al llegar a la oficina fue llamar a Roger y contarle lo que había pasado. Sonó como la travesura de una chiquilla. Roger, haciéndose el escandalizado, pero en realidad partiéndose de risa, fue tajante.

    —Para eso están tus pechos, para ser tocados. No estoy enfadado. Puedes ser su amiga, con unas pequeñas condiciones. Seréis un cuerpo fragmentado. Tú puedes saborear su clítoris, sus labios vaginales, todo su triangulito. No toques nada del resto de su cuerpo. Y ella, a cambio, tiene acceso a todo tu cuerpo salvo tu pubis y a lo que hay cerca de él. No te acercaras al clímax, aunque sea imposible que puedas tenerlo. Pero tú puedes mantenerla cerca del orgasmo todas las veces que desee. Es una pena que el chip te impida darle el máximo placer. En la oficina harás lo que te diga, siempre que no afecte al trabajo. Y una noche a la semana puedes dormir con ella, si estás atada, vendada y con la pinza en el clítoris. Las pinzas en los pezones son exclusivamente para nosotros. Y no abandones tus ejercicios diarios ni las sesiones con la terapeuta.

    Kim colgó el teléfono estupefacta. Le gustó ese para nosotros. Sintió ganas de llamarlo de nuevo. Se decidió y cuando contestó, sin pensarlo dos veces le dijo que le quería, que los pezones estaban irritados con la tela y que el vestido la excitaba muchísimo. Que quería tener la verga en su boca. Sin parecer indiferente pero tampoco conmovido, Roger preguntó si ha llamado por algo más. Kim explicó lo mucho que ha apreciado ese para nosotros. El nexo de unión a través de los pezones. Una atadura exclusiva de ellos.

    —Pues, ponte las pinzas— sugiere Roger.

    —¿Aquí? ¿En el despacho? — pregunta con desesperación Kim.

    —¡Claro! Si llama alguien a la puerta te da tiempo de sobra para quitártelas.

    —Espera— le solicita mientras deposita el móvil en la mesa.

    Busca las pinzas en el bolso, que deja abierto y al alcance de la mano. Inclina el cuerpo para liberar las tetas y se coloca los temibles adornos. Sin darse tiempo a acostumbrarse a ellos, coge el teléfono.

    —Ya están— le dice orgullosa.

    —Realmente me siento muy unido a ti. No me importa lo que hagas con Lin— responde Roger con satisfacción.

    —Yo también me siento unida a ti. En todos los sentidos.

    —Bien, te tengo que dejar. Hoy no puedo ir a verte. Lo lamento.

    En cuanto cuelga, Kim se quita las pinzas y las pone en el bolso. El dolor reaparece de otra manera. Nadie ha entrado, por suerte. Tendrá que buscar otro lugar para llamar a Roger a partir de ahora.

    *—*—*

    Si en algún momento creyó que Lin se alegraría de la posibilidad de estar juntas, no tardó en comprender que las cosas iban a ser muy distintas. Para empezar, cuando le explicó su conversación con Roger, hizo un ademán displicente.

    —No sé si estoy interesada en poseerte en esas condiciones. Por otra parte, me gusta ser amiga tuya. Jugar con tus pezones está bien, pero no son nada del otro mundo. Una buena lengua sí es importante. Así que primero quiero probarla entre mis piernas. Otra cosa. Obediencia ciega, pero respetaré esas triviales reglas sobre el agujero entre tus piernas. Después de todo, se trata de lo que me des placer a mí. ¿No?

    Kim asintió, olvidada ya la sensación en el callejón. No sabía a qué atribuir tanta agresividad. Agachó la cabeza y trató de decir algo. No parecía que valiese la pena continuar.

    —No has contestado a mi pregunta— ya con un tono más conciliador. A Kim le costó saber a qué se refería, pero contestó de todas maneras.

    —Sí, se trata de tu placer. Pero mi entrega era total, a pesar de sus limitaciones. Me equivoqué pensando que me querías— supo decirlo con aplomo, costándole no sollozar.

    —Está bien, está bien. Empecemos de nuevo. Siéntate directamente sobre la silla, no sobre el vestido— apremió Lin y a la vez condescendiente.

    Kim se incorporó lentamente para retirar la parte sujeta por detrás. Al inclinarse desnudó los pechos. Se irguió a toda velocidad.

    —Bien. Las piernas más separadas. No de manera obscena, pero sí lo suficiente para demostrar tu sumisión…

    Le costó mucho más de lo que pensaba separar tanto las rodillas. La regla impuesta por Roger era muslos separados, frescor en la vagina. Para ello no era necesario mantener las piernas demasiado abiertas.

    —Un poco más si estamos solas. Pero así está bien el resto del tiempo en la oficina.

    Kim volvió a sentirse excitada. Los pezones no tardaron en anunciarlo. Sintió los labios húmedos entre las piernas. No sabía qué decir.

    —Estás pendiente de ti. Mis deseos son lo que te debe importar. Te convertiré en una perfecta sumisa para tu amado Roger y para mí. ¿Te dejan tocarte los pechos?

    Kim negó levemente, algo cohibida.

    —Bien, supongo que por eso te gustó tanto mi asalto esta mañana. Dime por qué quieres que sea yo la que pierda el tiempo con tus ubres. Convénceme de que valen la pena el esfuerzo. Véndeme tus tetas.

    Kim se aclaró la garganta. ¿Por qué le hacía esto? Estaba convencida de que Lin deseaba tanto tocarla como ella ser tocada. ¿Era un juego? ¿Un malabarismo de poder? Comenzó a sonreír pensando en lo estúpido de la situación.

    —Tengo unos pechos perfectos. Grandes, pero no excesivos. Turgentes, estimulantes. Siempre preparados para ser acariciados, dispuestos a ser agasajados. No tienen necesidad de sujeción o soporte. Se bambolean al son del andar de mis tacones y mis piernas, al unísono con mis caderas. Te los ofrezco sin contrapartidas para que los manosees cuando quieras, pellizques mis pezones o los excites según tus preferencias. Están para tu uso y disfrute cuando esté contigo. Tus manos pueden descansar sobre ellos. Y, si mi oferta te parece apropiada, no olvides que tienes casi todo mi cuerpo a tu disposición. Puedes excitarme todo el tiempo que quieras para tu divertimento o como tortura. Por favor, usa mis tetas, juega con ellas, úsalas con total libertad.

    —Vale, vale— soltó un gesto displicente, entre el hastío y el aburrimiento. —Menudo discurso. No ha estado mal, pero no se trata de tus deseos, sino de mis caprichos. Sean cuales sean. En fin, dejémoslo por ahora. ¿Tienes mucho trabajo?

    —No, puedo enviarte mi agenda— respondió Kim, sin saber a ciencia cierta qué estaba pasando.

    —No es necesario, todavía no sé si aceptarte. Levántate.

    Fue una orden tajante. Kim tardó en reaccionar y cuando lo hizo los pechos se desnudaron al inclinarse. Volvió a sentir el aire de nuevo en los pezones y al volver a quedar cubiertos la tela respondió con rigor.

    —Es mejorable. Aunque si hubiera alguien más, quedaría algo… impúdico—. Kim apreció una leve sonrisa en la cara de Lin.

    —Siéntate de nuevo— le ordenó de nuevo.

    Kim obedeció al instante. Recordó que las nalgas debían de quedar desnudas en el asiento, así que hizo un gesto de subirse el vestido desde los laterales. Las nalgas y los muslos percibieron las rozaduras, que sin ser agradables no eran comparables a las que sufría en los pezones. Como le hubiera gustado acariciarse los muslos en ese momento. Mientras bajaba, las nalgas quedaron desnudas y al aire, al igual que los pechos. Rápidamente ajustó el vestido para que cubriese algo más de muslo y que no se pudiese atisbar entre sus piernas. Separó algo más las rodillas, en un gesto que la excitó en demasía y le llevó a pensar en sus maltratados pezones, una vez más desenvueltos y enredados. Algo dubitativa, mantuvo la barbilla elevada y miró a Lin, devolviéndole una sonrisa esplendorosa. Como diciéndole… no vas a resistirte a mí.

    —No ha estado mal, sabes cómo utilizar tus atributos. Falta un poco de armonía en el conjunto. Hazlo tres veces más de igual manera, sólo para nosotras y otras tres veces suponiendo que hay alguien más.

    Sin siquiera dignarse a contemplarla, se puso a consultar su ordenador. Cuando llevó sus ojos a Kim al cabo de un rato, le conminó a hacerlo tres veces más. Está vez miró. Kim se levantó al instante, aflorando tetas y piernas, los tacones resaltando el movimiento. Se quedó un instante de pie antes de volver a bajar. Tetas y culo al aire mientras retrocedía. Lin pudo apreciarlo mejor en las siguientes ocasiones. Le sorprendió como había conseguido mejorar con tan pocos intentos. Le intrigaba como se iba a levantar en la fase —modesta—. Comprendió que tenía muchísima práctica. Debía llevar años con vestidos exiguos, cortos e incómodos. Sin apoyarse, llevó las manos a su regazo, bajando el borde del atuendo mientras se levantaba. Por un leve momento, de forma inevitable, la parte superior se alejó del pecho, mostrando más carne. Sólo una persona pendiente del movimiento lo hubiera podido apreciar. Lin pudo hacerlo las dos ocasiones siguientes. Kim se quedó quieta, de pie, erecta, pechos erguidos y mirando hacia delante. Su nueva ama aprovechó para apreciar el cuerpo que se le había ofrecido. Las interminables piernas, los pechos sobresalientes. La excitación que palpaba en todos los poros. Le pareció que las piernas estaban demasiado juntas. Le debía resultar más cómodo o a Roger le gustaba más ver los muslos unidos.

    —Piernas algo más separadas, por favor. No estás con tu amado Roger— recalcó Lin, comprendiendo que no era algo importante para él. Ahora estaba perfecta. Se quedó un buen rato contemplándola. Terminó negando con la cabeza.

    —Siéntate, por favor— ordenó. A ninguna se le escapaba que el tono conllevaba un grado de exigencia. Nuevamente culo y tetas descubiertos. Esperó a que estuviese bien sentada, con las nalgas a pleno contacto con el asiento y le espetó: “No funcionará.”

    Kim esperó alguna explicación más. Tampoco era para tanto. No comprendió a lo que se referiría.

    —Tienes un cuerpo espléndido. Lo envidio. No voy a poder estar en la oficina caliente todo el día sin posibilidad de masturbarme o sin tu lengua dándome placer. No es práctico. Para ti es ideal, exhibiéndote como te gusta. Para mí, resultaría una tortura.

    Kim asintió. Por lo menos, estaban de acuerdo en una cosa, a las dos les gustaba estar juntas. Hacía mucho que había aprendido a no decir nada. Era preferible a expresar algo no genuino. Roger agradecía cierta espontaneidad, pero le molestaba que le hiciese perder el tiempo. Ahondando en sus pensamientos sumisos, bajo la cabeza y llevó la mirada a sus muslos, estorbada la mirada por los pechos y los pezones. Los sintió enormes, desplegados. La tela siempre gruesa de lino no podía esconderlos del todo. Se acordó del callejón y de la sensación de ambas mujeres. Animales llenos de lujuria. Roger no le perdonaría que la dejase insatisfecha. En Córcega le hubiera molestado que cualquiera de sus amigos se fuera sin haber depositado su esperma en su culo. No podía olvidar que tenía órdenes explícitas.

    —Podríamos estar juntas esta noche. Fueron… órdenes de Roger. No quiero defraudarle… ni a ti—. ¿Qué más podía decir? Kim tenía la voz entrecortada. Lin se encogió de hombros. Volvió a sonreír.

    —Tienes razón. No es tan importante. Basta de lamentaciones.

    Volvió la mirada a su ordenador. Con el rabillo del ojo vio como una teta desnuda asomaba mientras Kim se levantaba. No se podía tener todo. Vivir el momento también era importante. Entonces, Lin pensó en algo.

    —Espera— le espetó a Kim, que se giró, ofreciendo un nuevo espectáculo. La puerta ya estaba abierta y fue consciente de que se había dado la vuelta demasiado rápido. No sabía cuáles eran las intenciones del diseñador de su vestido, pero era hombre. Podía jurarlo. Y apreciar el control indirecto de Roger a eones de distancia. Quién sabe dónde.

    —Tengo una idea. Ven conmigo.

    Lin no pudo evitar levantarle el vestido y agarrarle el culo al salir al pasillo. Por suerte no venía nadie. O por desgracia, según el punto de vista. Caminaron deprisa hasta el ascensor. Los cortos pasos de una compensaban el traqueteo de los tacones de la otra. Bajaron a la planta menos dos. Lin abrió con una llave una estancia fría. Encendió una luz a la izquierda y Kim pudo contemplar un montón de ordenadores, cables, luces y dispositivos que no supo identificar. La habitación estaba helada.

    —Es la sala de servidores. Tengo que bajar de cuando en cuando a reiniciar un ordenador o hacer una copia de seguridad. La temperatura siempre está por debajo de cinco grados— explicó ufana.

    No hacía falta que lo jurase. Kim sintió el cuerpo congelado. Supo que los pezones endurecidos trataban de romper la tela. Se divirtió pensando cuánto tiempo le iba a durar el conjunto si seguía así. Lin confundió la sonrisa con el deseo de Kim por estar con ella, la ansiedad también podía con ella.

    —¿Que haces todavía con el vestido puesto?— le espetó dándole prisa. Observó que un siempre tirón en el nudo del cuello bastaba para descubrir los pechos. Sólo el cinturón sostenía ya el vestido. Llevó las manos a la hebilla.

    —Manos en el cuello. Cierra los ojos. Ya termino yo— mientras retiraba el complemento rojo. Con el trapito ya a los pies contempló a su esclava oficinista con ojos relucientes y de completa admiración, sabedora de que no sería descubierta. No la tocó. Entonces sus propios pantalones le resultaron molestos, al igual que las bragas. Se las quitó.

    —Pon las manos detrás de la espalda y empieza a trabajar entre mis piernas.

    Kim cumplió las órdenes y entonces cayó en la cuenta. ¿No debía llevar la pinza en el clítoris? Comprendió su error. El bolso estaba en su despacho. Dos errores, seguro que diría la terapeuta. No debía haberse quitado el vestido sin la seguridad de llevar sus artefactos imprescindibles. Ya no tenía remedio.

    —Lin, debes disculparme. Debo llevar siempre la pinza en el clítoris en estas circunstancias. Me he dejado el bolso en el despacho. Tendré que ir a buscarlo— lamentando que su primera vez resultase tan decepcionante.

    —Está bien. Yo no te he dicho dónde íbamos. No pasa nada. ¿Con una pinza agarrándote puedo hacer lo que quiera y cuándo quiera? — preguntó Lin todavía sin creérselo del todo.

    Kim se lo confirmó.

    —Si no me tocas entre las piernas.

    Lin buscó las bragas y se las puso. Dejo los pantalones colgando del sofá que, por suerte, había en la sala. Por primera vez se preguntó que hacía ahí.

    —Iremos a buscar una buena pinza por aquí. Hay varios despachos más y unos pocos archivadores. Algo encontraremos adecuado para tu cen… cerebro sexual. Perdona mi atolondramiento. Pensaré en ti como un chico sin condón. Siempre sin protección. Vamos a buscar.

    Kim hizo ademán de recoger el vestido. Lin negó con la cabeza.

    —Aquí no hay nadie. Ya puestos quítate los tacones.

    Kim obedeció automáticamente y se los sacó al modo que tanto le gustaba a Roger, pierna derecha elevada a media altura, fuera el tacón derecho y en un movimiento grácil elevó la pierna izquierda. Siempre lo hacía igual, incluso en casa cuando estaba sola. Sintió como la humedad crecía en su vagina. La moqueta era cálida al tacto de las suelas de los pies. Vio las piernas menudas de Lin, inalcanzables, sabedora de que no tenía derecho a tocarlas.

    Salieron al pasillo. Lin cerró la puerta cuidadosamente. De dentro afuera se abría para no dejar encerrado a nadie, pero al revés hacía falta llave. Los cuatro elementos que componían su vestido estaban dentro: el conjunto gris de lino, el cinturón rojo y los tacones también rojos. Completamente desnuda, salvo sus pendientes y sin su exiguo taparrabos como en Córcega. Aquí ya no había moqueta, pero no hacía frío. Al comenzar a caminar recordó la arena abrasadora en la playa, el momento en el que llegaban al paseo marítimo y cambiaba el contexto. Sus pies desnudos en el cemento o el azulejo. Notaba alguna rugosidad. Se sentía desvalida. Lin paró por un momento.

    —Yo también he olvidado algo. Cambiaré la cinta para que se vaya haciendo un backup.

    Y la dejó sola en el pasillo. La puerta se cerró en cuanto desapareció. No tardó demasiado, pero a Kim le pareció una eternidad. Llevaba los pantalones puestos.

    El contraste, ella desnuda, Lin completamente vestida y con su calzado, resultaba todavía más incómodo… y erotizante.

    Cuando habló con su terapeuta sobre ello, recordó lo difícil que le resultó mantener las manos a los lados de manera natural. Las claras directrices resonaron en su cerebro, no resistir con el cuerpo, no usar las manos, en ninguna circunstancia. Sólo informar con un tono neutral. Lin volvió y le agarró la nalga que todavía no conocía íntimamente, como si calibrase diferencias. Ya sin necesidad de levantar vestido alguno. Disfrutaba claramente.

    El corto paso de Lin no sintonizaba con la zancada de Kim. Sin contar con la ansiedad de ella por encontrar algo para el clítoris y volver lo antes posible a la protección, a la estancia helada. Sólo el ir descalza actuaba de freno. Fue Lin la que encontró algo para usar. Una tabla sujetapapeles con un clip de pestañas en su parte superior.

    —Aquí la tenemos. ¿Puedo ponértela yo? — preguntó Lin con malicia. Kim asintió enfáticamente. La pinza le parecía demasiado grande y amenazadora comparada a los que solía usar pero ¿quién era ella para discutir? Y no sería mucho rato. La cogió con cierto recelo y se volvió para tratar de volver a toda velocidad.

    —Espera, prefiero que la lleves puesta— le dijo Lin.

    Y como para ayudarla le acarició los pechos, sopló a los pezones como quitándoles el polvo y pellizcó las nalgas varias veces. Palpó y acarició los muslos.

    —Siempre he querido acariciarlos, desde el primer día que te vi. Adoro que estén siempre desnudos.

    Kim supo que se refería a los muslos. ¡Si supiera que era la única parte de su cuerpo que se podía tocar y sólo cuando llevaba las pinzas y estaba sola! El contacto había sido tan agradable… Casi dobló las piernas. Aprovechando la excitación, aguantó la respiración y le pidió que le colocase la pinza. Las primeras veces el clítoris no estaba lo suficientemente hinchado y eso había sido motivo de frustración para Roger. Ahora ya nunca ocurría. Con cierta satisfacción, Kim comprobó que Lin acertó a la primera sin tanteos, mostrando gran habilidad. El dolor intenso y penetrante la embargó como siempre. Lin estaba atenta y comenzó a acariciarle los pezones, tiró de ellos, hasta los pellizcó pensando en llevar su mente a otra parte. La medicina parecía surtir efecto y, de manera contradictoria, llevaba más dolor a su zona prisionera, su dilatación natural mermada.

    Lin esperó a sentir la respiración de su compañera más calmada y cogió su mano, como si todos los días llevase a una diosa temblorosa y desnuda por unas catacumbas. Los pasos de Kim eran en estas circunstancias mucho más cortos y se acompasaron a los de su amante. La calidez del contacto entre las manos tranquilizó mucho a Kim, hasta que Lin le dijo: “Podría pasar por un vibrador para el clítoris.”

    Se sintió más humillada. Recordó que podían encontrarlas en cualquier momento. ¿Cómo explicar su desnudez y más si creían que llevaba un vibrador? Azorada, confusa y excitada. Una mezcla explosiva. Lin paró un par de veces para jugar con los pechos y con los muslos. Kim no hubiera sabido llegar sola o hubiera tardado una eternidad explorando pasillos. El alivio que sintió al retornar a la zona de los servidores se disipó en cuanto la frialdad rodeó su cuerpo, con saña en los pezones.

    —Cierra los ojos, tonta. O te excitarás con mi cuerpo. Quiero saber si tu lengua raspa mucho.

    En cuanto su lengua tocó un par de veces los arrugados labios, sin tiempo a buscar el clítoris de Lin, sintió como se corría. ¿Cómo era posible? ¿Y el chip? Lin no tuvo reparos y gritó. Cerró las piernas y la cabeza de la solícita sumisa quedó encerrada entre los muslos, algo escuálidos, de su ama. La piel era suave. Y sabía que era ligeramente pálida. Con los mofletes y las orejas podía adivinar como era el tacto del interior de los muslos que la aprisionaban. Deseaba que al menos le acariciase los pechos como agradecimiento. Sabía que ese pensamiento era un error. Pero no pudo evitarlo. Lin debió presentirlo, por la forma que hinchó los pechos o por el callado susurro de los pezones. Los dedos exploraron con tranquilidad, comprobando la textura y la solidez. A Kim le pareció poco.

    —No tenemos mucho tiempo, cariño. Y quiero un par de orgasmos más.

    Le colocó la cabeza otra vez entre los muslos y Kim sacó la lengua para satisfacer lo más rápido posible a su amiga. Otra vez fue casi instantáneo el orgasmo. Le dejó estar un poco más e introdujo la lengua en una empapada vagina. Como si sintiese vergüenza le retiró la lengua. Un roce en los pezones, que le supo a gloria y sintió como atrozmente fugaz e injusto, -otro pensamiento que debía haber evitado-, para notar como le volvían a pedir otro orgasmo. Con la sabiduría de la experiencia previa fue coser y cantar. Ya no hubo tiempo para más. Había olvidado el dolor del clítoris, que retornó para no irse.

    No había tiempo para sus pezones pero sí para devolver la pinza a su lugar. Lin la acompañó al indicarle Kim que no encontraría sola el sitio. Algo irritada fue con ella. Esperó pacientemente a que se calmase cuando se quitó la pinza. La sangre fluyó, los nervios se descomprimieron. Kim se mantuvo quieta y bien erguida todo el tiempo. Esperaba alguna caricia, cualquier tipo de contacto. No llegó. Volvieron. La excitación no dejaba de atormentarla, percibiendo a su colega satisfecha. Totalmente desnuda frente a la vestimenta completa de Lin. Tuvo una pequeña victoria cuando Lin le agarró el culo con fuerza, incapaz de resistirse. Era un choque de trenes. Lascivia era la palabra. Guerra, -no amor-, la respuesta.

    —Espérame junto al ascensor. Voy a recoger tus cosas— fue el comentario de Lin cuando se encontraban junto a la puerta cerrada. No le permitió vestirse hasta que no pulsó el botón de su planta y las puertas se cerraron.

    —Primero los tacones— indicó. A toda velocidad, Kim se colocó los zapatos con su gesto habitual. La humedad entre sus piernas afloró. Ya estaba preparado el vestido, se lo puso a toda prisa y anudó lo mejor que pudo el cordaje del cuello, preparando el nudo para que un simple tirón lo deshiciera. Mientras tanto, Lin le colocó el cinturón y lo apretó al máximo. Kim contrajo lo que pudo el estómago. También notó como los pezones protestaban con tanto trasiego entre las hebras de lino. Quedó tiempo de sobra para recibir un buen pellizco en la nalga con el vestido levantado. Las puertas se abrieron justo cuando Lin dejó de manosearla. El borde del vestido todavía cayendo. Kim saludó con su mejor sonrisa a los que esperaban en la puerta del ascensor. Salió como si tal cosa.

    —Hasta luego, Lin. Luego te veo.

    —Hasta luego, tesoro— replicó la satisfecha ama, divagando con la mirada ante las largas piernas desnudas de Kim mientras se cerraba el ascensor se dijo: la vida puede ser maravillosa.

  • De sueños y brujas

    De sueños y brujas

    Era una noche cerrada de invierno. Las nubes descargaban con ganas. Yo estaba mirando al camino por la ventana del piso de arriba de mi casa, una de tantas casas de piedra de aquella aldea que estaba a un kilómetro escaso de un pequeño pueblo.

    Ella, con un vestido negro y un chaquetón con capucha pasaba por el camino bajo el palo de la luz. Después de oírse un ruido atronador, un rayo cayó a su lado. Su cuerpo empapado emitía la luz de millones de diminutos rayos. Los murciélagos dejaron la bombilla del palo de la luz y volaron a su alrededor.

    -¡Dios mío! ¡¡Cenizas van a quedar de ella!! -dije al verla iluminada en medio de un charco de agua.

    Quedé asombrado al ver que no le había pasado nada.

    La muchacha me miró. Su piel era negra y sus ojos metían miedo. Me asusté. ¿Sería la muerte? ¿Sería un alma en pena que iba en busca de la Santa Compaña? Luego vi pasar detrás de ella a un jorobado, vestido de negro, tirando de un gran arcón, y ya no supe que pensar.

    A la mañana siguiente, estaba sentado a la mesa, en la cocina de mi casa, delante de una humeante taza de caldo, cuando llamaron a la puerta. Mi abuela, que estaba lavando unos platos en el fregadero, me dijo:

    -Vete a mirar quien es.

    Fui a mirar quien era y vi a la chica de la noche anterior. No era tan negra como me pareciera de noche. Era mulata. Tenía los ojos negros, grandes cono faroles. Tenía un cuerpazo, aunque en ese momento solo me fijé en sus enormes tetas. La muchacha, me preguntó:

    -Es esta la casa de los Merlos.

    -Es.

    -Soy Aitana, la hija de Secundino.

    Mi abuela, que la estaba oyendo, se fue a la puerta, le dio dos besos, y la mandó pasar.

    Al rato supe que su padre la metiera en un barco en Cuba porque era anti castrista y peligraba su vida, y que mi abuela, que también era su abuela, en secreto, le había comprado una casa vieja.

    Dando cuenta del caldo, cosa que desayunaría después Aitana. Me hice dos preguntas. La primera fue: ¿Cómo coño sobrevivió al rayo? La segunda: ¿Cómo coño supo en plena noche cual era la casa que le comprara mi abuela?

    Por la tarde venía Aitana de comprar de la tienda. Vestía un vestido negro que hacía juego con su cabello corto rizado y sus grandes ojos negros. Sus gruesos labios los llevaba pintados de un rojo chillón, y en las orejas llevaba dos grandes aros de plata. Al verme, me dijo:

    -¿Vienes a merendar conmigo? Llevo galletas de coco, chocolate, membrillo… Es por no merendar sola.

    -Me gusta el chocolate.

    No me lo preguntó, afirmó:

    -Y te gusto yo.

    Le respondí:

    -¿A quién le amarga un dulce?

    Fuimos a su casa y me extrañó no ver al jorobado. No le pregunté por él, pero, como si leyera mi mente, acariciando a un gato negro que tenía a sus pies, y mientras yo bebía un trago de un licor que había traído de Cuba, me dijo:

    -Es él.

    -¿Se llama él?

    -Es el jorobado que viste anoche.

    -Ya, y tú eres una bruja.

    -Tan cierto como que estás enamorado de mí y me deseas como a nada en este mundo. Vas a ser mi perro guardián. ¿Verdad que sí?

    No sé cómo ni cómo no, pero desde aquel momento, por aquella mulata, daría la vida. Nunca había amado ni deseado así a nadie.

    -Sí, corazón.

    -Quítate el jersey y la camisa que ahora vengo.

    Se fue a la habitación y volvió con una pañueleta en la cabeza y con un vestido de flores que le llegaba a los tobillos. Calzaba unas zapatillas marrones. En sus manos había puesto unos guantes negros de lana y en su mano derecha traía una cuerda con un lazo. Yo había quitado el jersey, la camisa y la camiseta. La cocina de piedra calentaba la pequeña casa. Me dijo:

    -Ponte de rodillas, perro.

    -Sí, vida mía.

    Me puse de rodillas, me colocó el lazo al cuello y se sentó en una banqueta.

    -Haz todo lo que te diga.

    -Si, cielo.

    -Mastúrbate.

    -Si, ángel mío.

    Saqué la picha y la meneé.

    Al rato…

    -Lame mis zapapillas.

    -Sí, princesa.

    Se las lamí.

    -Sube lamiendo mis piernas hasta llegar al coño.

    -Sí, mi reina.

    Fui besando y lamiendo los muslos y levantando el vestido. Ella abrió las piernas de par en par. Al llegar arriba vi que no llevaba puestas las bragas. Su coño estaba rodeado de pelo negro y rizado. Le lamí los labios y se los follé con mi lengua. Chupé y lamí su clítoris. Estaba comiendo su coño, yo, que nunca había olido uno. Era como si ella, telepáticamente, me estuviera diciendo como hacerlo. Tan bien lo hice, que un cuarto de hora más tarde, me cogió la cabeza con las dos manos, y me dijo:

    -Bebe el néctar de tu dueña.

    -Sí, alma mía.

    Se corrió sin emitir un sólo gemido, a pesar de que temblaba y que de su coño salía jugo en cantidad.

    Al acabar de correrse, me dijo:

    -Eres mío. Solo mío. Soy tu dueña. ¿Me ves linda?

    -Sí, te veo hermosísima.

    -Levántate.

    -Sí, ángel de amor.

    Me levanté. Ella se levantó de la banqueta.

    -Manos arriba y contra la pared. Te voy a dejar claro quién manda aquí.

    -Sí, jefa.

    Me puse como me dijo. Me lamió la espalda, mientras acariciaba mis costillas, después me bajó los pantalones y los calzoncillos… Me dejó en pelotas. Me acarició las nalgas con las manos y luego comenzó a nalguearme, una, «plas». Acarició de nuevo las nalgas, dos, «plas». Acarició las nalgas y la espalda y me preguntó:

    -¿A quién perteneces?

    -A ti, sempiterna belleza.

    Me dio y me acarició las nalgas más de diez veces. «plas, plas, plas…» Al acabar, me dijo:

    -Eres mío. Echa el culo para fuera

    -Sí, perenne amapola.

    Mi picha estaba empalmada y empapada de aguadilla. Me vendó los ojos. Sentí las plumas de un plumero acariciar mi espada y mis nalgas. El contraste me volvía loco. Disfrutaba de su suavidad cando me cayó un zapatillazo en una nalga. «¡¡Plas!!» Debía ser una zapatilla de esas de suela de goma porque dolía, pero me gustó. Me supo a poco que solo me diera dos veces en cada nalga: ¡¡Zaaas, zaaaas, zaaaas!! Lo siguiente que sentí fueron unas tetas grandes, esponjosas y calentitas estrujarse contra mi espalda, y su mano derecha coger mi picha empalmada. El gato negro, si era el jorobado, era maricón perdido, ya que comenzó a frotarse contra mis piernas. Aitana dobló mi picha hacia atrás, lamió los cojones, la chupó y después, me preguntó:

    -¿Quién soy yo?

    -Mi amor, mi dueña, mi ama, mi luminiscencia.

    -Date la vuelta.

    Me di la vuelta y sentí como me escupía en la polla. Luego como me la cogía en la mano y después como la ponía en la entrada de su coño empapado. La metió de un golpe de culo. Mis cojones chocaron con sus duras cachas.

    -Magréame las tetas, perro!

    -Sí, mi infinito gozo.

    Mis manos cogieron sus esponjosas tetas y las magreraron.

    -¡Dame duro! ¡¡Rómpeme el coño!!

    -Sí, dulce efervescencia.

    Le metí cien chupinazos a toda pastilla dentro de su coño, o alguno más, y me dijo:

    -¡Ni se te ocurra correrte!

    -No, terroncito de azúcar.

    Su coño apretó mi polla y comenzó a soltar una corrida larga, muy larga, lo que no sé es como hizo para que de nuevo, de su boca no saliese ni un solo gemido, ya que ella se sacudía como una posesa.

    Al acabar de correrse, tirando de la cuerda, me llevó a su habitación. Allí, me dijo:

    -Quítate la venda.

    -Sí, bello arrebol.

    Me quité la venda de los ojos y la vi sentada en el borde de la cama. Desnuda, solo llevaba encima las zapatillas, los pendientes y el carmín de sus labios. Estaba con sus largas y moldeadas piernas abiertas. Su coño también estaba abierto. Sus labios vaginales eran carnosos. Sus grandes tetas tenían unas areolas negras enormes y unos pezones como guisantes. Aitana me dijo con un movimiento del dedo medio de su mano derecha que fuese a su lado. Fui.

    -Bésame en el cuello y en los labios.

    -Sí, amada.

    Le besé el cuello y vi que tenía cinco lunares que si se uniesen formarían un pentagrama, le besé los cinco, y después besé el otro lado de su cuello. La besé en los labios, con y sin lengua… Se hizo la dura y no me devolvió los besos.

    -Cómeme las tetas.

    -Sí, gacelita.

    En mi vida había comido unas tetas, pero chupé, lamí y magreé como un campeón.

    Al rato largo, me decía:

    -Arrodíllate y come mi coño.

    -Sí, bella aurora.

    Era viciosa, viciosa, viciosa, y a mí me encantaba que lo fuera. Me arrodillé y lamí aquel coño empapado del jugo pastoso de su corrida. Mi picha no iba a aguantar mucho tiempo sin correrse. Aitana parecía saberlo.

    -¡Ni se te ocurra correrte!

    -No, cariño.

    Unos minutos más más tarde, se levantaba. Se daba la vuelta. Se apoyaba en la cama. Abría las piernas, y me decía:

    -Lámeme el culo y fóllamelo con la punta de tu lengua.

    -Sí, tesoro.

    Lamiendo y follando su culo con mi lengua, el gato negro se volvió a frotar a mis piernas. Ya me gustaba todo.

    Se quitó una zapatilla, me la dio, y me dijo:

    -¡Dame en las cachas!

    -Sí, señora.

    Le di con cariño. «Plas, plas».

    -¡Con fuerza, perro, si no quieres que te castre!

    -Le di con fuerza ¡¡¡Plas, plas!!!

    No se quejó.

    -Lámeme y follame el culo el coño y acaricia mis nalgas.

    Le lamí y le follé el coño, mojado, y le acaricié las nalgas.

    -¡Dame con la zapatilla, más fuerte y más veces!

    Le di seis veces en cada nalga. ¡¡Plaaaaas, plaaaaas, plaaaaas!! Al final me cogió la zapatilla de la mano, la tiró al piso de la habitación, y caliente como una perra, me ordenó:

    -¡Clávamela en el culo!

    Se la metí en el culo hasta el fondo… No era la primera vez que se lo follaban, ya que mi picha entró apretada pero sin dificultad. Follándole el culo. Le dije:

    -Me voy a correr, vida.

    -¡Ni se te ocurra, perro! ¡¡Aquí quien se corre soy yo!!

    Me cogió los cojones con una mano, apretó, y las ganas de correrme se me fueron.

    -¡Quítala y métela en el coño!

    -Sí, mi diosa.

    La quité y se la clave en el coño. Comenzó a mover el culo alrededor, y al rato, su coño apretó otra vez mi picha y la empapó con el flujo de su corrida.

    Al acabar, me dijo:

    -Ponte a cuatro patas en la cama.

    -Sí, fresita.

    Me quitó el lazo del cuello. Tiró la cuerda al piso de la habitación. Me puse a cuatro patas sobre la cama. Aitana, se puso detrás de mí. Acarició mis nalgas, mientras se metía dos dedos en el coño. Me nalgueó y acarició las nalgas infinidad de veces, «plas… Plas…. Plas”.

    A los diez minutos, más o menos, cogió mi polla y la echó hacia atrás, lamió los cojones. Folló mi ojete con la lengua mientras me masturbaba, y me preguntó:

    -¿Te gusta lo que te hace tu dueña?

    -Sí, caramelito.

    -Tu caramelito se va a correr otra vez. Ya puedes correrte cuando quieras.

    Se empezó a correr. Sus dedos chapotearon dentro de su coño. Me mamó la polla con gula y me corrí dentro de su boca.

    Al acabar de correrme sentí como me sacudían.

    -¡Despierta, dormilón! Despierta que llegaron de Cuba tu prima y su marido.

    Al ratito bajé las escaleras, y ¡coño! Allí estaba mi ama, y la hostia es que a su lado estaba el jorobado. Las caras eran clavaditas a las de la foto que había en casa de la pareja, pero en esa foto se veían las caras, no los cuerpos. Nadie de mi casa sabía que él era jorobado. Podría ser una coincidencia, pero cuando mi prima me besó en la mejilla noté que su olor corporal era el mismo que me excitó durante la siesta, y por si fuera poco, vi los cinco lunares que tenía mi prima en el cuello, lunares que le viera en mi sueño. Me entró el tembleque, porque esos lunares no salían en la foto.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos.

  • La señora Lydia y su nueva empleada

    La señora Lydia y su nueva empleada

    La señora Lydia tiene un pequeño negocio de venta de lencería y ropa interior femenina lo que le permite a veces atisbar a jóvenes clientas en el probador. A su negocio concurren mujeres de todas las edades pero Lydia tiene una predilección especial por las jóvenes, ver esas carnes tersas y firmes la enloquecen y tiene que controlarse para que su excitación no sea tan evidente.

    Ese día, en el horario de cierre al mediodía estaba esperando por la llegada de una candidata al puesto de ayudante que había publicado hacia unos días. Cuando sonó el timbre y la señora Lydia abrió la puerta, quedo deslumbrada por la belleza de la chica que se presentó diciendo «Hola yo soy Luciana, vengo por el aviso». «Pasa Luciana, yo soy Lydia, la dueña». Cuando paso por su lado la mujer mayor no pudo evitar mirarle las piernas y la cola a la chica que vestía un corto vestido veraniego, la invito a sentarse en el living (su casa quedaba anexada al pequeño negocio y comunicaba con una puerta con este).

    La muchacha se sentó en un sillón y la mujer enfrente a ella, dándose cuenta que al sentarse, el vestido de la chica subió bastante sobre sus muslos y su mirada quedo clavada en esas piernas deliciosas.

    Para entrar en tema la señora pregunto «Que edad tenés Luciana, ya trabajaste antes?» a lo que respondió la chica «Tengo 19, se puede decir que este sería mi primer trabajo, si usted me toma». «Bueno, el trabajo no es muy difícil, tendrías que ayudarme a atender a los clientes, te tengo que poner al tanto de la mercadería pero lo podes aprender rápido”.

    La muchacha notaba que la mirada de la mujer iba de sus pechos a sus piernas pero no se sorprendió porque ya sabía que la miraban tanto hombres como mujeres. Por el contrario, quedo halagada que su potencial empleadora se fijara como se fijaba en ella. «Bueno, si a usted le parece, dígame cuando empezaría y yo vengo a la hora que usted me diga».

    «Podes empezar hoy, como faltan dos horas para abrir, podemos ir al negocio y te voy poniendo al tanto de la mercadería».

    «Me parece bárbaro señora Lydia»

    Pasaron al negocio contiguo y la señora mayor le mostro a la chica los distintos conjuntos de ropa interior sin perder de vista el cuerpo espectacular de la chica y comenzó a excitarse teniendo ese bombón al alcance de la mano. Decidió arriesgarse y le dijo «Me llegaron unos conjuntitos preciosos como para una chica como vos, no te los querés probar para ver cómo te quedan?

    Luciana se dio cuenta que la señora estaba caliente con ella y la situación le pareció agradablemente morbosa y le dijo «Si señora me pruebo lo que usted me diga».

    La mujer casi se desmaya, tenía a esa pendeja a punto de verla casi desnudita y la excitación hizo que se empezara a mojar entre las piernas. Se recompuso como pudo y le dijo «Bueno pero mejor te los probas en casa así vas a estar más cómoda». Fueron directamente al dormitorio de Lydia, que le dijo «Cambiate tranquila, te espero afuera y cuando estés cambiada me avisas» la voz le salía un tanto ronca y eso no lo pudo disimular.

    Al cabo de unos minutos la chica dijo «Ya estoy lista señora, puede pasar».

    Cuando la caliente vieja entro al dormitorio no podía creer lo que veía: una deliciosa pendeja ataviada solo con una tanga minúscula y un sujetador también minúsculo que era desbordado por los pechos de la joven.

    «Le parece que me queda bien?» dijo la chica con una vocecita sugerente, al ver como la lasciva y lujuriosa mirada de la vieja le recorría todo el cuerpo.

    La señora Lydia no pudo contenerse más y fue hacia la muchacha dispuesta a gozar esas carnes duras y deliciosas. Le puso las dos manos en los pechos y le dijo «Que tetas tenés pendeja divina» y comenzó a acariciarlos. Luciana no se resistió y a la vez empezó a contagiarse de la calentura de la vieja y mientras sus pechos eran manoseados sintió que empezaba a mojarse entre las piernas. Lydia no podía creer que estaba acariciándole los pechos a esa deliciosa nena, retiro parte de la tela del sujetador y un pezón quedo frente a su vista, lo ataco con furia con su boca chupándolo con ardor. La chica suspiraba de placer y la vieja estaba en la gloria gozando esas tetas. Dirigió una mano hacia las nalgas de la muchacha y las sintió suaves y duras, apretó con fuerza y luego le acaricio un muslo, terso y firme enardeciendo a la vieja que busco la boca de la chica y la beso ardientemente siendo respondida por la muchacha que ya estaba más que caliente.

    En un momento, la monumental muchacha dijo «Me quiere chupar la conchita señora Lydia?»

    La señora Lydia la tomo por la cintura y la deposito en la cama, le quito el sujetador y mientras le sacaba la mojada tanguita le dijo “Te voy a chupar la conchita y todo el cuerpo nenita» y le abrió las piernas para ir directamente hacia la empapada concha y ponerse a chuparla con locura al principio, mas suavemente mientras le buscaba y encontraba el clítoris, lengüeteándole con dedicación por varios minutos hasta que los suspiros de la chica cambiaron a gemidos de placer cada vez más intensos hasta que fue evidente que estaba teniendo un orgasmo monumental. La mujer continuo lamiéndole la conchita a tan deliciosa nena mientras se frotaba contra las piernas de la chica y llegaba también a un explosivo orgasmo.

    Después de un corto tiempo, la chica y la señora Lydia se vistieron y la señora acompaño a Luciana hasta la puerta diciéndole «Mejor empezá mañana con tu trabajo, venite un rato antes así sigo mostrándote la mercadería» y la muchacha le contesto «Si señora Lydia, me gusta que Ud. me enseñe».

  • La hija de mi novia

    La hija de mi novia

    La historia que les contaré transcurrió casi a la par de mis encuentros sexuales con mi compañera Yola, de quien ya les platiqué cómo fue nuestra primera vez y próximamente les relataré más de nuestras aventuras.

    Como ya les platiqué yo conozco bien a toda la familia de Yola, un día su hija la cual tiene mi edad me mando hablar pues quería hablar de su mamá, yo me puse nervioso pensando que había descubierto lo nuestro, afortunadamente ella no sospechaba nada, solo quería saber si su mamá no me había comentado que saliera con alguien pues de un tiempo acá las veía más animada e incluso comprándose ropa muy jovial y había olvidado sus dolencias, yo fingiendo le dije que no, que incluso yo bromeaba con ella diciéndole que necesitaba un novio para olvidarse de sus dolores (lo cual, en efecto yo le decía antes de involucrarme sentimentalmente con ella, pero jamás imaginé que el novio terminaría siendo yo), pasó el rato platicando de diferentes cosas pues como su esposo trabajaba todo el día no tenía con quien hablar.

    Me pregunto que si tenía novia a lo cual le dije que no, y fue en ese momento que advertí que no llevaba sostén y por alguna razón se estaba excitando pues se le marcaban sus pezones y su blusa de tirantes dejaba ver unos grandes senos, los cuales tenía mejor vista cuando se inclinaba a dejar su vaso de agua en la mesa de centro. De repente así sin más me pregunta si soy virgen, y al decirle que sí, lo cual era falso, y en sus ojos se le ve la lujuria: “pues ya no más” se abalanza sobre mí y me empieza a besar, se quita su blusa dejando ver unos grandes senos con pezones rosados los cuales empiezo a masajear y succionar con fuerza y ella empieza a gemir, noto que su pantalón de licra empieza a mojarse y tiene su primer orgasmo.

    Le quito el pantalón y empiezo el mete y saca de mis dedos en su vagina, y chupándole el clítoris, no deja de gemir y gritar cuando estalla nuevamente en un orgasmo del cual me tomó sus fluidos. Con mi miembro a punto de estallar me quito el pantalón dejando mi miembro libre lo cual aprovecha para chuparlo de arriba a abajo incluyendo testículos, cuando ya estoy a punto le digo: me vengo, y sendos chorros de semen van a parar a su garganta y todo es devorado; de la mano nos vamos a su cuarto donde nos dejamos caer en la cama besándonos locamente y me pide que la penetre nuevamente, abre los pies y la penetro de forma más tranquila aprovechando para besar sus senos y sus labios, cuando sentimos que estamos a punto de venirnos acelero la penetración hasta terminar los dos al mismo tiempo, yo adentro de ella, a lo cual me dice que no me preocupe pues toma anticonceptivos.

    Nos quedamos dormidos, y no es hasta qué suena el teléfono que nos damos cuenta que han transcurrido dos horas. Es su mamá (mi novia) la cual llama para preguntar si todo está bien pues no la ha llamado, a lo qué la hija responde que sí, que estaba atendiendo a un paciente en terapia. Después de colgar nos damos un beso y prometo qué hay que repetirlo y me cambio para irme a mi casa. Al salir me llama mi novia para preguntarme donde he estado y que me espera en su casa para la cena.

    He seguido con las dos tomando máximas precauciones para no ser descubierto.

  • La violación de Marcel

    La violación de Marcel

    Marcel es un chico de lindo físico, no es delgado ni gordo, tiene lindas piernas y cola. Sin ser afeminado siente que a veces los hombres lo miran lo que le provoca cierta sensación de extrañeza y vergüenza. Tiene 18 años y estando en verano, de vacaciones, siempre hace los mandados de su casa, vestido con shorts y remeras que dejan ver sus piernas y brazos bronceados porque le gusta ir a la playa.

    Esa tarde, yendo de compras tiene que pasar por la casa de una pareja mayor de edad que no le caen muy bien. La mujer, como de 70 años, con cara de bruja, cuando el pasa le dice cosas como «Hola lindo» y el viejo, más o menos de la misma edad, se lo queda mirando raro y Marcel siente que el viejo lo desnuda con la mirada.

    En el momento que pasaba por la casa de esos viejos desagradables la mujer estaba al frente barriendo la vereda. Cuando Marcel estuvo cerca, la vieja le dijo «Hola precioso, vas muy apurado, porque te quería pedir un favor». Marcel, que es muy educado le dijo «Si, dígame”. «Mira, soy modista, tenía que tomarle medidas a alguien que no pudo venir y como vos sos parecido te quería preguntar si te puedo tomar las medidas, es solo un segundo, después te vas».

    Al chico le pareció raro, pero para no ser descortés le dijo, «Si pero solo unos minutos porque tengo que ir a hacer los mandados».

    «Si, va a ser rápido, entra», y lo tomo de un brazo llevándolo al interior de la casa. Cuando el muchacho entro, vio sentado en el living al viejo, que supuestamente era el marido de la mujer tomando algo y murmuro algo inentendible. La vieja atravesó el living llevándole de un brazo mientras le decía «Tengo el centímetro en el cuarto, vení» a lo que Marcel le siguió pareciendo más que raro pero entro al dormitorio, donde había una cama de matrimonio, un placar y un cajón como todo mobiliario.

    La vieja saco un centímetro del cajón y le dijo «tengo que medirte pecho, cintura y cadera, ponete de espalda». Al ponerse de espalda el chico vio que el viejo estaba en el umbral de la puerta y sintió un poco de miedo. En eso la mujer le paso el centímetro por los brazos y le media el pecho, sintió que le rozaba los pezones y luego le media la cintura y cadera. Dijo «tenés medidas de mujer, nene, estas divino» y empezó a acariciarle un muslo. El chico quiso apartarse y en eso el viejo lo agarro por los brazos y lo sujeto con fuerza… La vieja aprovecho para meterle las manos bajo la remera y comenzó a tocarle los pechos diciendo «Que suavecito que sos ricura», al mismo tiempo sintió que el viejo que le sujetaba los brazos por la espalda se frotaba contra sus nalgas y le decía «No sabes las ganas que tengo de cogerte, pareces una nena de lo bueno que estas».

    El chico no atinaba a nada por lo inesperado del ataque y además los viejos eran fuertes y lo zamarrearon hasta llevarlo a la cama. Allí se sentaron quedando el muchacho entre los dos calientes viejos, ahora la vieja lo tomo de las manos poniéndoselas en la espalda y el viejo empezó a sobarle los muslos, le acariciaba sin pausas las piernas mientras se babeaba de excitación, hasta que de un tirón le saco el shorcito. La vista de las piernas del chico lo enloqueció mas al viejo y hundió su cabeza en los muslos besuqueándolos y chuponeándolos mientras la vieja decía «mira lo que es, esta buenísimo, es una nena». Mientras lo besaba el viejo dirigía sus manos hacia las nalgas del chico y se las apretaba sin contemplaciones. El viejo abusador tomo al chico por la cintura y termino por ponerlo en la cama mientras la vieja le apretaba tanto las manos que le dolían.

    El viejo violador le levanto la remera hasta el cuello y empezó a sobarle los pechos y pezones y enseguida empezó a chupárselos. El chico de dio cuenta que lo iban a violar y no podía hacer nada, solo soportar los manoseos y lamidos de ese viejo degenerado. «Ponelo de espaldas» dijo el viejo y ahí supo el muchacho que no tenía salvación. La vieja, siempre aferrándolo por las manos lo obligo a ponerse boca abajo. El viejo no podía esperar de la calentura y le saco el slip de un par de tirones, miro el culo que se iba a coger y lo empezó a manosear, le abría y cerraba las nalgas, se las apretaba y de repente hundió su lengua en el culo del chico… Quería penetrarlo con la lengua y chupo y chupo hasta que estuvo bien mojado, le metió un dedo y luego otro para dilatarlo. El chico quiso gritar pero no podía, en eso sintió que algo duro y muy grande hacia fuerza para entrar en su culo. El viejo hacia fuerza para vencer la resistencia de ese hoyito y de a poco logro meter la punta de su dura verga. Espero unos segundos y de una embestida le metió toda la verga adentro del culo. Empezó a moverse de adelante hacia atrás mientras gemía de placer y estuvo culeandose al chico un rato largo hasta que en medio de una convulsión acabo llenando de leche el interior del muchacho. Finalmente se puso de costado, resoplando de satisfacción, La vieja estiro una mano para sobarle las nalgas mientras le decía «eso te pasa por estar tan bueno». Pasado un rato la vieja lo llevo al baño para que se lavara, le dio la ropa y el chico se marchó, dolorido y humillado.

    Nunca más volvió a pasar por la casa de esos viejos.