Autor: admin

  • Por error terminé cogiendo con la señora Dora

    Por error terminé cogiendo con la señora Dora

    Tengo 28 años y estoy saliendo con Liz hace 9 meses la quiero mucho y ella a mí, ambos estamos en la universidad privada donde a duras penas puedo pagar la pensión trabajando en las noches y estudiando de día gracias a dios me encontré con don Víctor que es el dueño del taller de mecánica de autos donde trabajo y él hizo lo mismo que yo en su juventud por eso se sintió muy identificado conmigo, en cambio Liz no tiene ese problema sus padres tienen buena posición económica.

    Liz al inicio me veía con recelo porque no era del grupo de su entorno económico pero una noche la vi varada con su auto descompuesto y yo estaba en el bus el lugar era oscuro y solitario así que bajé unas cuadras más abajo y fui en su auxilio.. Se sorprendió cuando me acerco y me dio las gracias porque me había visto sentado junto a la ventana en el bus y luego de arreglar el auto que tenía un problema con la batería me dijo.

    – Hola me llamo Liz. Muchas gracias lo mínimo que puedo hacer es llevarte a tu casa.

    Por más que le dije que no era necesario lo hizo, desde ahí nos hicimos amigos y con el tiempo enamorados era muy bella de cabellos castaños y de muy buen cuerpo resaltando sobre todo su trasero que era grande y respingón que luego tuve la fortuna de disfrutar cuando hicimos el amor era una gatita salvaje cuando sentía mi verga penetrarla en todas las poses sólo hasta ahora no aceptó el sexo anal tenía miedo al dolor pero con paciencia todo se logra así que no la forzaba…

    El problema sucedió cuando me presento a sus padres se notaba que don Juan venía de una posición humilde al igual que yo y con estudios y buen manejo de su dinero había conseguido una muy buena economía tenía dos empresas que importaban accesorios para computadoras y cuando conversamos le caí bien en cambio su esposa la señora Dora era muy diferente ella quería para Liz un mejor pretendiente que viniera de una familia al igual que ellos…

    Así como dice el dicho me masticaba pero no me pasaba su trato era distante y algunas veces hasta ofensiva, pero por el amor a Liz no le daba importancia mientras ella estuviera feliz conmigo lo demás no valía…

    Doña Dora era la versión madura de Liz de unos 52 años cabellos castaños de ojos verdes y piel blanca a diferencia de su hija sus senos eran de buen tamaño y de pezones grandes que se lograban notar sobre su ropa y el trasero si era grande y carnoso de 1.72 de estatura al igual que Liz, como no tenía necesidad de trabajar su única responsabilidad era verse bien y complacer a su esposo.

    Cuando llegó el día del cumpleaños de Juan había bastante gente donde Dora recibía a los invitados se veía muy hermosa con su vestido rojo que dibujaba su cuerpo maduro bien cuidado con un escote que dejaba ver el canal entre sus ricas tetas, apenas me dirigió el saludo cuando llegue con Liz ella se dio cuenta e iba a decir algo pero le dije que no era el momento no quería echar a perder la fiesta de la su padre. Cuando ya la fiesta estaba en su mejor momento notaba que doña Dora abusaba de la bebida y su esposo también entonces nos miramos con Liz y sabíamos que era nuestra noche para coger bien en su dormitorio.

    Cuando ya los invitados se iban retirando se acercó su prima Joanna que venía del extranjero y le dijo que porque no se iban a su casa para seguir con la fiesta pero entre ellos eso me molestó mucho porque tiraba al tacho lo planeado con ella me hice el mareado claro que había tomado pero no quería ir

    -Ya pues Liz mira que así nomás no vengo al país además en casa está la tía Elena que no pudo venir a tu casa por su edad. Vamos por favor…

    Ella me vio sabía el cariño hacia su tía Elena me había contado cosas buenas de ella cuando era niña, le dije que no había problema que vaya no más que estaba cansado y me iré a dormir a mi casa, acercó su boca a mi oído mientras todos que irían se alistaba…

    -Estás loco como te vas a ir a estas horas así como estas tomado. Espérame en mi cuarto cuando ellos se vayan a dormir subes y me esperas.

    Continuará…

  • Guillermo y su enorme verga

    Guillermo y su enorme verga

    En una conocida red social lo conocí. Su nombre es Guillermo, un muchacho de unos 25 años, adinerado y de apetito sexual insaciable.

    Aquella noche de domingo estaba en mi departamento, paseándome en un top color rosa liso de licra, y una fina tanga de hilo en colores púrpura y negro; traía unas inmensas ganas de sentir una enorme verga en mi interior.

    Entonces quedamos en vernos después de una pequeña plática e intercambio de algunas fotos íntimas.

    Me puse un pantalón negro en el cual el marcase la pedrería que mi tanga tenía en la parte trasera, me puse un bra de encaje en color púrpura y me puse un suéter delgado.

    Desde que subimos al auto, Guillermo me puso la mano en la pierna, me dijo al oído que me iba a dar la cogida de mi vida y qué no me iba a arrepentir de haber salido con él, se le notaba ya un enorme bulto en el jeans y en sus ojos se leían las ganas de tener sexo de manera desenfrenada.

    Nos metimos a un motel de paso pequeño, sencillo. Apenas bajando del auto pegó su pelvis con la mía y me permitió sentir el gigantesco pene que se escondía debajo del pantalón, nos dimos un enorme beso y me subió cargando hasta la habitación.

    Me quito el suéter, y el pantalón, y ya semi desnuda me puso en cuatro sobre la cama, hizo a un lado mi pequeña tanga, ya empapada y me dijo “Qué hermoso culo tienes, chiquita”, comenzó a tocarme el clítoris y como buena puta empecé a quejarme, sus dedos eran mágicos, me tocaban justo donde yo quería y justo en el punto que me hacía retorcerme de placer. No pude más y terminé empapando parte de la cama y su mano. Era su turno, así que me hinqué y comencé a mamar desde los huevos hasta la punta, una y otra vez, Guillermo se retorcía y su respiración cada vez se era más agitada.

    Me tomo del cabello y me llevó lentamente hacia el tocador, y quedamos ahí, frente al espejo, el detrás de mí, metiendo nuevamente sus dedos en mi vagina húmeda, y ya de paso en mi ano dilatado, yo gemía más y más, ansiaba que me metiera esa enorme verga entre las piernas. Y entonces sucedió.

    Sentí un fuerte empujón que me hizo gritar de placer, Guillermo me tomo de la cintura y comenzó a moverse de una manera genial, me encantaba el sonido que producían mis nalgas al chocar con sus huevos, yo gemía más y más fuerte, me jalaba el cabello y me daba tremendas nalgadas.

    En mis veintitrés años de vida he estado con cuántos hombres que querido, pues pienso que no hay nada más placentero que el sexo, pero Guillermo fue una de mis mejores experiencias. Aun siendo solo dos años mayor me hizo sentir lo que ni Rodrigo, diez años mayor me había hecho sentir.

    Nos dirigimos a la cama y me coloqué boca arriba, abrí mis piernas y sentí su lengua recorrer mi húmeda y depilada vagina, mientras tocaba mis pezones yo me retorcía de placer, incluso creí que los de la habitación contigua podían escuchar lo bien que la estábamos pasado, “qué rica sabes, princesa” me dijo, al tiempo que me besó en los labios puso mis largas y torneadas piernas sobre sus hombros y sentí como me la metió nuevamente, me cogía tan fuerte que ya había empezado a sudar y a desear que terminara, tenía la verga muy grande y gruesa, la cabecera comenzó a pegar contra la pared, me puso la mano en el cuello y presionó fuerte, entonces, nuevamente me vine, volví a mojar la cama y lo mojé a él, entonces lo sentí salir de mi interior, se quitó el condón y terminó en mi estómago.

    Fui al sanitario a limpiarme y me vestí.

    Nos dimos las gracias y jamás nos vimos nuevamente.

    Caminé a esperar el Uber mientras disfrutaba que Guillermo mirase mis enormes nalgas, ni pequeña cintura, y mis pechos que, son una copa C. Y sumado mi bello rostro.

  • Estefanía y sus tíos

    Estefanía y sus tíos

    Estefanía, una joven rubia de 19 años, alta, de ojos azules y con un cuerpo de escándalo, a las ocho de la mañana, iba haciendo footing por su urbanización con un chándal rojo con rayas blancas, apretado al cuerpo, acompañada de su tía Matilda, una mujer morena de 38 años, de ojos negros, cuerpo estilizado y que vestía un chándal verde. La tía, cuando iba a su lado no paraba de mirar el movimiento de las tetas de Estefanía subiendo y bajando, y cuando iba detrás de ella le miraba para el culo, un culo grande y respingón. Matilda se excitaba mirando para los encantos de la sobrina, y por mirar para donde no debía metió un pie en un hueco y torció un tobillo.

    Estefanía llamó por el móvil a una ambulancia. Matilda fue llevada al hospital y Estefanía volvió al chalé.

    Serafín, el tío de Estefanía, un cuarentón, canoso y atractivo, que estaba en bata de casa, al ver entrar en la cocina a su sobrina, le preguntó:

    -¿Y tu tía?

    -En el hospital. Se torció un tobillo. Me voy a dar una ducha que estoy sudada.

    -Así, con el coñito sudado enamorarías al mismísimo diablo.

    -Sí que te importa tu mujer, sí.

    -En este momento eres tú el centro de mi universo.

    -Esto me empieza a oler mal, y no soy yo.

    Serafín le cogió las manos y besó dulcemente las muñecas de Estefanía.

    -¿Qué haces?

    La besó alrededor de los ojos, en la punta de la nariz, en las mejillas, en la comisura de los labios, en el cuello, en el borde de la mandíbula, en los lóbulos de las orejas, se los mordisqueó. La besó en los labios.

    -Déjame ya, hombre, déjame ya que me estás poniendo mala y acabaré haciendo lo que no debo.

    Serafín le metió la mano dentro del chándal. El coño de Estefanía estaba mojado de sudor y de jugo.

    -Debe estar delicioso ese coñito. Saladito por el sudor…

    Estefanía hizo que se callase metiendo la punta de la lengua en la boca de su tío. Se encontraron las lenguas. Se besaron con pasión. Luego, Estefanía le dijo a su tío:

    -Me gustaría hacerlo en vuestra habitación.

    -¿Y eso a qué se debe?

    -Morbo. Más de una vez sentí gemir y jadear a la tía mientras se corría. Ahora quiero ser yo quien se corra contigo en esa cama.

    -¿Qué hacías al sentir sus gemidos y sus jadeos?

    -¿Tú que crees?

    -¿Una paja?

    -A veces dos o tres.

    Cogidos de la mano fueron para la habitación de Serafín y de Matilda. En la habitación, Estefanía se quitó los calcetines, las zapatillas de deporte y la parte superior del chándal. Serafín, se quitó la bata y quedó en pelotas, Tenía una buena verga, y la tenía tiesa.

    Por detrás, cogiéndole las tetas a Estefanía, con su verga metida entre sus piernas abiertas, y rozando los labios del coño mojado, Serafín la besó en la parte posterior del cuello, y en los lados, volvió a besar y morder los lóbulos de las orejas. Se volvieron a besar con lengua. Serafín echó a Estefanía boca abajo en la cama. Jugó con su verga en la entrada del coño, que se abría y se cerraba invitándola a entrar… Besó su nuca, luego bajó besando y lamiendo su espalda hasta llegar al culo. Le quitó el pantalón del chándal. Abrió las nalgas con las dos manos y lamió muy despacito el perineo y su ojete durante varios minutos, Estefanía comenzó a gemir. Un rato más tarde lamió los labios del coño, el clítoris el perineo y el ano. Cuando los gemidos de Estefanía le dijeron que se iba a correr, le dio la vuelta. Se besaron. Después, dos dedos de Serafín acariciaron los pezones. A los dedos siguió la lengua y la boca, chupando y mamando pezones y areolas. Llegó al ombligo, lo besó y lo acarició con movimientos circulares de la punta de la lengua. Luego bajó besando y lamiendo el interior de sus muslos hasta llegar a los pies. Acarició el tendón de Aquiles el hueco del tobillo y acarició, besó y lamió las plantas de los pies, besó, lamió y chupó los dedos. Volvió a subir besando y lamiendo el interior de los muslos. Al lamer el coño, Estefanía, sintiendo que se iba a correr, le dijo:

    -¡Para, tío, para, que si no paras me corro!

    Estefanía le cogió la polla a Serafín, y despacito, como él le hiciera todo, lamió y chupó sus cojones. Lamió desde el perineo hasta el meato, lamiendo bien el prepucio y la corona y le chupó el glande. Meneando la verga siempre muy lentamente.

    Ahora el que se corría era Serafín. Le preguntó a su sobrina:

    -¿Tomas precauciones?

    -Sí, la píldora.

    Serafín subió encima de Estefanía. Besándola, se la metió hasta el fondo. Después, apretando su pelvis contra el clítoris movió su culo alrededor. Estefanía sintió como su tío, con su verga enterrada en el coño, se corría dentro. Se comenzó a correr ella. Su coño apretó la verga de Serafín. Sus manos apretaron el culo contra ella y su boca le chupaba la lengua mientras la sacudía un terremoto de placer. Tuvo un orgasmo largo y muy intenso.

    Al acabar, le dijo Serafín.

    -Me has hecho sentir joven de nuevo.

    -Es que estás hecho un chaval, tío.

    Serafín se levantó de la cama.

    -Bueno, me tengo que ir a trabajar, cariño.

    -Y yo a la universidad, que el título de derecho no lo dan gratis.

    Dos días más tarde, por la noche, Matilda, que estaba en proceso de recuperación, descansaba en su cama. Serafín iba en viaje de negocios a Londres y Estefanía estaba estudiando en su habitación. Oyó a su tía llamar.

    -¡¿Puedes venir un momento, cielo?!

    Estefanía, que estaba en bata de casa, fue a la habitación de su tía.

    -¿Necesitas algo?

    -¿Si te pregunto cosas íntimas me responderías?

    Estefanía, sonriendo, le respondió:

    -Claro que sí, pregunta lo que quieras.

    Estefanía se sentó en el borde de la cama.

    -¿Has hecho el amor con alguna mujer?

    -Sí.

    -¿Qué se siente?

    -Los besos y las caricias son más dulces, pero el resultado es el mismo, te acabas corriendo.

    -¿Y un trío? ¿Has hecho un trío?

    -Sí, con dos mujeres, con dos hombres y con un hombre y una mujer.

    -¿Te han penetrado anal y vaginalmente?

    -Sí, y el orgasmo fue espectacular. Fue como si estuviera volando.

    -¡Que suerte tienes! Yo sólo lo he hecho con tu tío.

    -¿Y nunca te dio por el culo?

    -No.

    -Pues no sabes lo que te pierdes. ¿Quieres que te presente a unos amigos mío?

    -¡No! Sólo siento curiosidad.

    -También te podrías penetrar el culo con un consolador y follarte el coño con dos o tres dedos. ¿Quieres que te preste mi consolador?

    -No, ya te dije que sólo era curiosidad.

    -Pues me has puesto tan cachonda que hoy cae una paja como un mundo, o dos, o tres, ¿Cuántas vas a hacer tú?

    Matilda mintió como una bellaca.

    -Yo no hago esas cosas, cariño. Hasta mañana.

    -Apuesto lo que sea a que esta noche nos vamos a comer las tetas, el coño y el culo.

    -¡¿Vas a pensar en mí cuándo te masturbes?!

    -Y tú en mí.

    Estefanía se quitó la bata y su tía vio sus tetas perfectas, grandes y redondas, con sus rosadas areolas, sus grandes pezones y su coño de barbie sin un solo pelo. Luego se dio la vuelta y le enseñó su tremendo y sensual trasero. Después, se dio la vuelta, y con la bata en la mano, le dijo:

    -Hasta mañana y felices pajas.

    Al marchar Estefanía de la habitación. Matilda apagó la luz, quitó el camisón, cerró los ojos. Acarició las tetas. Las llevó a la boca y lamió los pezones, pezones que en su imaginación eran de Estefanía, como el coño mojado que poco después encontró la mano que se coló dentro de sus bragas.

    Se estaba masturbando y sintió que alguien se metía en la cama. Era su sobrina. La besó con lengua. La destapó. Apartó su mano del coño y la masturbó con dos dedos, dedos que parecían de seda. Aún no pasaran dos minutos, y dijo Matilda:

    -Me voy a correr, cielo.

    Estefanía quitó los dedos. Le quitó las bragas. Se metió entre sus piernas y le folló el coño con la lengua hasta que Matilda hizo un arco con su cuerpo, y gritó:

    -¡¡¡Me coooorro!!!

    Estefanía sintió como su boca se llenaba de jugo cada vez que el coño de Matilda le apretaba y le soltaba la lengua.

    Se hartó de beber de aquella escandalosa corrida.

    Cuando Matilda acabó de correrse. Estefanía le comió las tetas, le comió la boca, y después le dio la vuelta. Le abrió las nalgas con las manos, le lamió el perineo, y el ojete se lo folló con la lengua… Cuando estaba otra vez excitada, le fue metiendo el consolador en el culo, al tiempo que le besaba y le lamía la espalda.

    -¡Ooooooh que gustazo!

    Al rato, Estefanía, le quitó el consolador del culo, y se lo metió en el coño. Después se echó boca arriba, y le dijo:

    -Ponte a cuatro patas, fóllate y cómeme el coño que ahora viene la sorpresa.

    Matilda comía su primer coño y se follaba el suyo con el consolador cuando sintió que alguien más subía a la cama, le ponía una polla en la entrada del ojete y después se la iba clavando. El after shave lo delató, era su marido el que la estaba enculando.

    Para Matilda, como si fuese un diablo, estaba a punto de correrse de nuevo antes de encularla y ahora la excitación que sentía era doble, poco más tarde, Matilda, exclamaba:

    -¡Voy a volar!

    Un chorro de jugo salió del coño de la sobrina y fue a parar a la boca de la tía, al tiempo que le decía la sobrina:

    -¡¡Hooostias que corridón!!

    Matilda sintió como una pequeña catarata de jugo salía del coño de su sobrina y resbalaba por su lengua. Con Estefanía corriéndose en su boca, el consolador en su coño, y su marido corriéndose dentro de su culo, exclamó:

    -¡¡¡Me mueeeero!!

    Y por diez minutos estuvo como muerta, ya que fue tanto el placer que sintió que perdió el conocimiento. Al despertar vio a Estefanía cabalgando a su esposo, y les dijo:

    -La noche promete ser salvaje.

    Y lo fue.

    Veremos si esta vez a alguien se le da por comentar.

  • Un chalet en la serranía

    Un chalet en la serranía

    «Una tarde las vio. Desnudas, madre e hija se duchaban juntas. La puerta entreabierta permitió que viera la escena. La madre enjabonaba el cuerpo de la hija, extendiendo la espuma por su cuello, sus tetas, su abdomen, su pubis. Luego, en cuclillas, con ambas manos, continuó por las piernas. Era una escena tan sensual. Lo que no esperaba fue el beso que la madre dejó en el coño de la hija antes de erguirse del todo. Y, menos aún, que la hija acercase sus labios a los pechos de la madre para lamerlos con delicadeza. Más tarde, observó sus cuerpos juntarse, sus cabezas unirse, sus labios estrujarse. Oyó sus gemidos mezclándose con el chorro de agua cuando las dos comenzaron a masturbarse entre sí, introduciendo sus dedos en sus vaginas, deslizando las palmas de sus manos sobre el rizado vello oscuro. Sus voluptuosos cuerpos se estremecieron de placer. Él entró; ellas continuaron. Él se desnudó; y ellas lo miraron. Y era tal el deseo que tuvo de poseerlas que su polla se alzó dura y vibrante. Entonces, madre e hija salieron de la ducha; empapadas, las huellas de sus pies marcaban el suelo. Tomaron toallas del gancho de una pared y comenzaron a secarse. Él no les quitó ojo. Después, una le dijo: «Sabemos lo que quieres, y no te lo daremos, pues los hombres nos dañaron el espíritu ya hace mucho tiempo, somos hembras maduras, nos queremos, si somos madre e hija no es inconveniente, la perversión está presente en cualquier faceta de la vida, debemos aceptarla, ¿o no es una perversión que nos vigiles escondido tras la puerta?, nos iremos a otro sitio y allí nos amaremos, no nos sigas, pues tu vida correrá peligro si lo haces, que aun siendo mujeres también podemos ser crueles». Al oír esto él desvió su mirada al suelo y vio su falo enhiesto. Comprendió que a él no le correspondía disfrutar de dos mujeres, que más perverso fue su apetito que el amor que espió. Y regresó a su habitación apesadumbrado. Su tía y su prima regresaron a la suya. El chalet familiar quedó en silencio, en la noche primaveral serrana»…

    La luz encendida se colaba bajo la rendija de la puerta del dormitorio del hijastro. Eliana se había despertado repentinamente de madrugada con unas ganas irresistibles de mear y, de vuelta a la habitación de matrimonio, al pasar por el pasillo, se percató de ello; así que quiso entrar en la habitación con la intención de apagarla. Fue silenciosa, sí: empujó la puerta muy despacio y caminó de puntillas sobre sus almohadilladas pantuflas hasta llegar al borde de la cama. El flexo de luz fría estaba pinzado en el cabecero: allí estaba el interruptor. Vio al hijastro dormido: su rostro sereno, su tierno cuello; más allá su torso cubierto por un pijama de franela con botones, y, sobre él, el libro: «Un chalet en la serranía»; «¿De qué iría la novela?», se preguntó Eliana antes de tomarla entre sus manos para leerla por las páginas por las que estaba abierta; leyó. «Oh… vaya… va-ya», se dijo, y observó al hijastro. «Menudo salidito, estas lecturas son…, seguro que el muy bribón se hizo una paja mientras leía… jajaja, la verdad es que… a mí… a mí me ha puesto, veamos», pensó. Eliana se inclinó sobre el hijastro, apartó la manta y olfateó la entrepierna de éste; «Semen», murmuró.

    El calor de sus cuerpos al juntarse venció sus voluntades. Primero, Eliana se tumbó sobre el hijastro; luego, él despertó oyendo su nombre pronunciado en un susurro: «Bruno, Bruno»; más tarde, el camisón de Eliana cayó sobre su almohada, las redondas tetas de ésta cayeron grávidas sobre sus labios y su dura polla fue llevada desde el interior de su pantalón hasta la húmeda calentura de la vagina de Eliana. Follaron sin hacer excesivo ruido, como pequeños peces deslizándose en el agua de un acuario, no fuera a ser que despertasen al padre.

    «Pensó en dar un paseo por la montaña en cuanto hubo desayunado. De su tía y su prima no vio rastro alguno durante aquellas primeras horas del día; pensó que seguramente seguían dormidas. Salió por la puerta trasera del chalet dispuesto a tomar cualquier sendero. La tierra estaba aún mojada debido a la lluvia caída de madrugada, aunque ahora el cielo estaba limpio de nubes y el sol resplandecía. Comprobó que en uno de los senderos había huellas grabadas en el barro, y las siguió. Llevaba andando más de media hora cuando divisó un prado plagado de florecitas y decidió parar allí a descansar. Cual no fue su sorpresa al ver que se le habían adelantado. Bajo los salientes de unas rocas que flanqueban el prado contempló la desnudez de los cuerpos de su tía y su prima. Vio a la hija, de espaldas; estaba sentada sobre la madre, sobre su pubis, y, con las dos piernas flexionadas en ángulo recto apoyadas en el suelo, movía el culo de atrás hacia delante, dando ligeros contoneos con las caderas a intervalos; vio a la madre, en escorzo; tumbada bocarriba, giraba la cabeza de un lado a otro; ambas se daban ánimos dando grititos agudos, «¡más!», «¡ay!», «¡así», ¡me viene!». Al poco, ambas quedaron vencidas, la una sobre la otra, y se prodigaron sonoros besos sobre sus cuerpos. No le vieron masturbarse.»…

    Cuando la sirvienta se desnudó, Bruno quedó extasiado. Sus tetas eran orondas, algo caídas, provistas de unos pezones morenos; su cintura, gruesa y mullida, presagiaba un agarre perfecto; su coño peludo era un misterio. Ella se acercó a él descalza. Despacio. Se inclinó para besarle la boca y Bruno la atrajo por su nuca. Luego ella se arrodilló sobre el colchón y agarró con manos firmes su polla. Más tarde se la metió en la boca y la mamó, adaptando sus labios a los vaivenes de su sexo. Su feroz eyaculación coincidió en el tiempo con el restregar de zapatillas en el pasillo. Su padre ya se había levantado. «¡Carmen, el desayuno!», oyeron la orden. Carmen se puso el uniforme deprisa, entornó la puerta para poder mirar y salió airosa del dormitorio de Bruno.

    «Oye, Roberto», dijo Eliana a su flamante marido, «¿no crees que tu hijo necesitaría un cambio de aires?, parece, no sé, aburrido… lee demasiadas novelas, no sé»; «Se parece a su padre», dijo jovial Roberto, «las mata callando, por cierto, ¿dónde está?, el café se enfría, ¡Bruno!»; «Aquí estoy, papá, perdón por el retraso, estaba ordenando apuntes», dijo Bruno; «Vale, hijo, vale.»

    Los tres devoraban las tostadas que les iba sirviendo Carmen en la mesa, acompañando de vez en cuando con un sorbo de café o zumo. A Bruno no le pasaban desapercibidos las caricias que Eliana dedicaba a Roberto bajo la mesa con sus pies descalzos, pues a veces ésta confundía las extremidades. Aun así, Bruno se sentía cómodo y terminó de desayunar enseguida; se levantó de la mesa arrastrando la silla y fue a dejar su vajilla y cubiertos al fregadero. Eliana lo siguió y, cuando lo tuvo cerca, le susurró una frase: «Anoche no pasó nada». No, anoche no pasó nada, sólo lo que tenía que pasar.

    A menudo, Bruno, al volver de clase, pasaba junto a la puerta del dormitorio de su padre y Eliana. Los oía follar. Los resuellos roncos de su padre se mezclaban con los agudos gemidos de Eliana; y Bruno se refugiaba en su novela:

    «Se folló a su prima una tarde serena. Los jilgueros entonaban sus últimas melodías cuando vio a su prima avanzar en dirección a la hamaca donde se había recostado junto a la piscina. Ella llevaba puesta una bata de una tela ligera y opaca atada por la cintura. «Primo», le dijo, «nunca lo he hecho con un hombre». Y en un abrir y cerrar de ojos se quitó la bata dejando su bello cuerpo a la vista y se sentó sobre el regazo de su primo; con hábiles manos le desató la cuerda del bañador y se lo bajó hasta quedar su pene libre. Después dijo: «Primo, fóllame». Fue una deliciosa follada: su prima se estremecía de placer en cada arremetida suya, gritaba contenta, pedía más, más, y él le daba, le daba»…

    Bruno desvió la mirada del libro y contempló a través de las ventanas las montañas azuladas cubiertas de bosques.

    Sonó el timbre.

    Carmen estaba en el cuarto trastero acomodada sobre un viejo diván. Llevaba la camisa del uniforme completamente desabrochada porque Pablo, el jardinero, inclinado sobre ella, estaba saboreando sus grandes tetas; el bigote canoso de Pablo se deslizaba por los pliegues de sus exuberantes sernos blancuzcos y lo dientes amarillentos capturaban sus morenos pezones. «Pablo, para», murmuró Carmen, «la puerta»; «Ah, Carmen, qué buena estás, ¿cuándo haremos el amor?», murmuró Pablo a su vez; «¡Carmen!», se oyó la sorda llamada de Eliana; «Pablo, venga, sabes que hasta que no nos casemos no haremos el amor, soy una mujer recatada, venga, luego te hago una paja, me llaman», explicó Carmen; volvió a sonar el timbre; «¡Carmen!», gritó Eliana; «¡Voy, señora!», gritó Carmen: «Carmen, Carmen», musitó el jardinero dando besos corridos sobre las tetas de la sirvienta; «Pablo», regañó Carmen, y se levantó, se abrochó la camisa y salió del cuarto.

    «Solo, sentado en el mullido sofá del saloncito del chalet, rodeado del irritante sonido de los lamentos y grititos de placer de su tía y su prima, él observaba melancólico el paisaje serrano a través de los cristales. De pronto, le pareció ver a alguien entre los árboles, a poca distancia. Sí, era una mujer joven, y parecía estar desorientada: caminaba en zig zag, tropezaba y a veces alargaba sus brazos con las palmas abiertas para apoyarse en algún tronco. Salió de la casa raudo y llegó hasta donde ella se encontraba. La mujer se percató de su aparición con antelación, pues se puso tiesa y erguida en cuanto él cerró la puerta tras de sí. Ambos se quedaron quietos, frente a frente. Ella, de fina figura, hermoso busto y cara de finos rasgos, tenía la mirada fija perdida en algún punto tras él. «He oído ruidos y he venido, soy ciega, me he extraviado», dijo con suave voz; «Ah, bien, me había parecido, te ayudaré y…», él se fijó en un cinto que circundaba su cadera, «¡llevas arma!», exclamó; «Sí, para defenderme.»

    Ambos estuvieron dialogando durante minutos. Ella, de hito en hito, afirmaba enérgica con la cabeza mientras él hacía aspavientos con sus manos. Después, se engancharon con sus brazos por la cintura y caminaron decididos y severos hacia el interior del chalet. El eco de los dos disparos retumbó largamente en la serranía»…

    «¡Ya voy, ya voy!», vociferaba Carmen en tanto se acercaba a la puerta arrastrando sus sandalias. Abrió. Allí estaba una chica de extraña mirada, de pie, portando un fino bastón. «Hola», dijo, «perdonen que les moleste, es que… verá, soy ciega…, me he perdido»; «Ah, pobre, ¡señora Eliana, es una pobre niña perdida!», anunció Carmen en voz alta; «Dile que pase, ahora salgo yo…, dile a Bruno que salga del cuarto, que la acompañe mientras tanto», se oyó la voz velada de Eliana.

    Carmen hizo pasar a la chica, la acompañó al salón y la acomodó en un sillón; luego fue en busca de Bruno.

    «Bruno», llamó abriendo la puerta del dormitorio; «Ahora no, Carmen, no tengo ganas», dijo Bruno; «Ay, Bruno, mi machote, no vengo por eso», dijo Carmen con una amplia sonrisa, «¿no oíste el timbre?, ha venido una señorita que se ha perdido en la sierra, y me ha dicho Eliana que le hagas compañía mientras ella termina de… de ya sabes qué»; «¡Joder, no paran esos dos! ya voy, Carmen.»

    Bruno salió de su dormitorio. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio el característico bastón que sujetaba la muchacha. «¡Eres… eres ciega!», exclamó Bruno; «Sí, y tú muy maleducado, primero hay que presentarse», dijo ella juguetona; «Ay, perdona, es que… en… la novela…, bueno, ¿cómo te llamas?, yo soy Bruno»; «Sonia, encantada», dijo ella extendiendo una mano al vacío que Bruno estrechó al momento. Quedaron en silencio. Bruno observó con detenimiento la oscura melena rizada de ella, sus delicados hombros, sus protuberantes pechos marcados bajo la camiseta, su liso abdomen, sus formados muslos apretados bajo los pantalones de lona, sus sandalias de tiras. Los ojos de Sonia, sin iris, eran negros como pozos profundos llenos de misterio. «¿Cómo te has perdido, Sonia?»; «Mi perro guía, no sé qué pasó, se me soltó, supongo que olería a una hembra en celo y no se pudo resistir», dijo Sonia sonrojándose; «Sí, entiendo, los perros, admirables, jamás piensan en el qué dirán», rio Bruno; «Sí», rio Sonia; «Oye, Sonia, ¿llevas, no sé, una pistola?»; «¡Una pistola!, soy ciega, Bruno, ¿cómo voy a apuntar?»; «Claro»; «¿Qué pasa, Bruno, hay alguien que te irrita y quieres acabar con él?»; «Sí, supongo que los oirás, dicen que los ciegos tenéis un fino oído»; «¿Cómo crees si no que he podido orientarme hasta llegar aquí?». Ambos sonrieron.

    «¿Vendrán a buscarte, Sonia?; «Di aviso, vendrán en una hora, Bruno»; «No hay tiempo que perder.»

    Sonia se desnudó y se acostó en la cama de Bruno con las extremidades estiradas. Éste ató sus muñecas al cabecero y sus tobillos a las patas bajeras; después sacó un preservativo usado que contenía semen de su padre y lo vació sobre el ombligo de Sonia. Dijo: «Quizá te haga daño, pero debo penetrarte duro para que parezca…»; «Hazlo, Bruno». Bruno se sacó el pene que ya se empinaba ante la visión del majestuoso cuerpo desnudo de Sonia, y montó sobre ella. Las tetas estiradas de Sonia se bambolearon a causa de la embestida de Bruno; «¡Ah!», gritó al principio, más tarde se deleitó con la simulación: «Ah, ah, Bru-no, ah, me encanta tu polla, ah». Bruno se detuvo: no debía correrse o el plan se iría al traste. «Voy a hablar con Carmen y Pablo, Sonia, deséame suerte, te quiero, cariño», se despidió Bruno soplando un beso desde la palma de su mano.

    Años después vieron a Bruno y Sonia sentados en ropa de baño a la orilla del río helado que brotaba de las cumbres contemplando los juegos de sus hijos en el agua. Vieron también a Carmen y Pablo follando como posesos, desnudos en la pradera, bajo el radiante sol de la serranía. Mientras:

    «¡Eliana, ven, el alcaide te quiere ver!» Eliana era la reina de las mamadas: por supuesto, la preferida del alcaide, que cada tarde vaciaba el semen en su boca.

    «¡Roberto, qué pasa, vamos, alza un poco el culo, apoya las manos en las rejas!» Roberto era el alivio del jefe de los matones. Y gruñía, si, no crean que le gustaba, gruñía; entre dientes decía: «Maldito Bruno, maldito chalet en la serranía.»

  • Tu placer, mi descanso

    Tu placer, mi descanso

    Estoy deseando llegar a casa, verte durmiendo con esa cara de ángel, meterme bajo las sábanas y sentir el calor de tu cuerpo junto al mío y con ese olor tan característico, único, que ni el mejor de los perfumes iguala, inundar mis fosas nasales, que junto con el sentido de la vista al observar tu maravilloso cuerpo, me excita como ninguna otra cosa en el mundo, despertando en mi los instintos más primitivos.

    Comenzar a besarte la espalda tus hombros y con las yemas de mis dedos ir dibujando tu silueta, hasta llegar a tu entrepierna, sabiendo que estoy cerca de tu tesoro por el aumento de temperatura, acariciar tus inglés y su contorno, dejar que el sueño me invada olvidándome de todo, excepto de ti, de tu cuerpo. Notar como mis caricias te hacen estremecer, como la humedad hace resbalar con más facilidad mis dedos. Como inmóvil esperas pacientemente, relajada y en ese estado de consciencia que no sebes si estas despierta o dormida la llegada de tu orgasmo, como si fuera el mejor de tus sueños, te estremeces, unos leves gemidos salen de tu garganta anunciando una explosión se placer, seguidamente como si mis besos fueran un somnífero vuelvas a caer en un sueño profundo lo mismo que yo, ayudado por el olor adictivo de tu sexo impregnado en el ambiente y en mi mano que dejó descansar cerca de mi cara.

    Me giró, me abrazas y sintiendo el aliento de tu ser en mi cuello, desaparezco en sueños por varias horas.

  • La soledad de mi madrina

    La soledad de mi madrina

    Cuando salí de casa mi madre me advirtió que sea colaborador y sobre todo muy responsable y no me meta en los problemas de mis padrinos me mantenga al margen ella sabía que de vez en cuando tenían sus peleas porque se lo había dicho ella anteriormente pero aun así quería que viviera con ellos…

    – Pero mamá porque mejor voy a una pensión si voy a trabajar también con el señor Seijoo con lo que me paguen me debe alcanzar o de repente puedo ir a su casa?

    Mi madre era una mujer muy ordenada ya había hablado con el señor Seijoo que era un buen hombre y conocido de mis padres para que me trabajo de medio tiempo en las mañanas porque en tardes iría a la universidad San Marcos pero no me podía dar alojamiento porque su casa dijo que era pequeña y además tenía dos hijas y podía alterar su comodidad…

    -Como se te ocurre decir eso sabes cómo esta Lima de peligroso me siento más tranquila sabiendo que estas en una casa de familia así que no se discuta más y te vas ahí y punto.

    Cuando llegó me recibieron bien me dijeron lo grande que estaba 1.78 de estatura y bien formado practico pesas tenía 19 años no los veía hace 8 años cuando se vinieron a Lima pero siempre mantuvieron comunicación con mis padres, Marcelino era policía y tenía 53 años y Patricia pero todos le decían Patty tenía 49 años trabajaba como secretaria con una abogada y tenían un niño de 10 años.

    Me acomodé en una habitación pequeña donde apenas entraba una cama de una plaza y una mesa antes había sido un lugar donde guardaban cosas que no usaban no me podía quejar como decía mi madre estas en casa ajena, las primeras semanas pasaron sin ningún problema el salía temprano a trabajar junto conmigo y regresaba tarde y otras noches no decía que por su trabajo no tenía turno fijo y eso le molestaba a su mujer yo regresaba lo más tarde posible para sólo dormir y así no incomodar.

    Luego empezaron las peleas y gritos hacia como que no pasaba nada me ponía unos algodones en los oídos para poder estudiar hasta luego dormir cuando peleaban Patty llevaba a su hijo donde su hermana que vivía cerca para que no vea el griterío el problema era que ella estaba segura que él tenía otra mujer.

    -Ya me tienes harto con tus reclamos si vengo porque vengo y si no también quién te entiende.

    – Claro cuando vienes… vienes pero borracho sólo para dormir ya me estoy aburriendo de esta situación.

    Cuando hablaba con mi madre le decía que no podía soportar más, pero ella decía que no tenía dinero para pagar una pensión y lo que yo cobraba apenas cubre mis pasajes y otros gastos pequeños, obligado por la necesidad era casi invisible en esa casa. Era sábado y estaba sólo en la casa porque habían ido a un cumpleaños de un familiar y estudiando en mi pequeña habitación y de nuevo los gritos y luego de un rato un silencio serían dos de la madrugada cuando tocan la puerta fuertemente abrí y era Patty me dijo si podía pasar un rato y antes que pudiera contestar entró estaba mareada y por los gritos que daba su esposo estaba peor.

    – Por favor Manuelito disculpa pero ya no quiero verlo por ahora está todo borracho y me sigue por toda la casa.

    Me interrumpió pero era su casa así que sonreí por compromiso y continúe estudiando luego de dos horas me fije y se había quedado dormida en mi cama, salí a ver dónde estaba mi padrino y luego de buscarla por toda la casa se había quedado dormido en su cuarto entonces regreso y la traté de despertar a Patty pero nada la moví más fuerte y me dijo que no quería salir y volvió a cerrar los ojos me quité la ropa y solo con mi pijama me eché a su lado.

    A mis 19 años y sin nada de sexo todo ese tiempo en Lima y tenerla tan cerca de mi hizo que tuviera una buena erección, ella sola se había metido al cuarto y luego a mi cama así que si tenía cuidado podía darle unas buenas sobadas ella me daba la espalda y veía ese culo grande y tentador como estaba con un vestido sus muslos torneados me volvieron loco con sumo cuidado subí su vestido hasta la cintura dejando ver por completo dos nalgotas sólo separadas por una delgada tela de su calzón que se metía entre los dos cachetes.

    Me baje el pantalón de la pijama y rose ligeramente el glande entre sus nalgotas subía y bajaba mi verga en medio de su culo por momentos me detenía cuando ella se movía pero luego se quedaba quieta, seguía así jugando hasta que ella tiró el trasero para atrás y empezó a moverse me quedé helado del susto ahora ella era la que subía y bajaba su culo sobre la verga que estaba en su máxima erección dejé que ella continúe.

    – Aggg aggg

    Ella empezó a dar suaves gemidos dentro de su borrachera estaba excitada, había logrado calentarla con las sobadas en sus nalgotas y ahora ella movía desesperadamente su culazo su mano izquierda fue para atrás y ella misma hizo a un lado la tira de tela de su calzón que impedía la penetración y buscó la verga y lo puso en la entrada de su vagina y tiró para atrás el culo logrando que entre por completo.

    – Aggg qué ricoo empuja Manuelito tiempo que no siento una buena verga dentro de mi.

    Ya no había mucho que pensar ella sabía que estaba sucediendo así que hice caso a su pedido y empezó el mete y saca la vieja cama parecía desarmar con el movimiento de nuestros cuerpos.

    – Madrina discúlpame por lo que empecé pero estas tan rica…

    – Ayy… Manuelito no te preocupes está bien rica tu pinga ayyy  tú necesitas una chucha hace tiempo y yo una pinga dura y joven… Ahh

    Estábamos cachando pero también hablando entonces me di cuenta que Patty no estaba tan borracha como creí y ella había buscado la oportunidad de ser cachada por su ahijado, porque su marido las veces que llegaba a su casa venía borracho o cansado de frente a dormir y ella estaba necesitando una verga y pensó en mí.

    – Así así… métemelo todito… agggg cómo extrañaba esta sensación… aggg… Yo seré tu mujer lo que tú quieras papito ahh.

    Ella se subió sobre mí y empezó a cabalgar sus tetas se movían al compás de la penetración parecía una licuadora humana se inclinó un poco hacia mí y besaba sus senos y daba leves mordiscos a esos pezones hinchados y duros su vagina estaba bien caliente y mojada hasta que su cuerpo se puso rígido y soltó un grito cuando llegó al orgasmo y sus jugos mojaron mis huevos.

    – Ayyyyy me corrooo qué ricoo ahhh…

    La puse en cuatro patas sobre la cama y abrí sus enormes nalgas y metí mi verga en medio aprovechando la lubricación de sus jugos metí hasta llegar a su ano era arriesgado pero no sabía si se volvería a repetir cogerla de nuevo.

    – Ayyyy no seas brutooo ayyy… me dueleee despacio ayyy ayyy.

    Ya con su permiso fui metiendo de a poquito hasta que llegue a tocar sus nalgotas con la base de mi pene, siempre me gustó darles por el culo la primera fue una enamorada que tuve en el colegio y que jamás me olvidaría porque yo le rompí el culo y ahora no podía desaprovechar esté rico culo apretadito que tenía hoy.

    – Te gusta madrina? Que rico está tu culo bien apretadito y calientito.

    – Ahora me duele. Imagínate si no cachaba antes como tengo el culo ahora cerrado. Parece como si fuera primera vez que me lo meten Ayyyy.

    Fui metiendo y sacando despacio hasta que su esfínter se acostumbre al diámetro y tamaño del pedazo de carne que la tenía bien clavada unos minutos después dejó de quejarse y la sujeto bien de las caderas y empezó las embestidas sus nalgotas saltaban a cada penetración lo que empezó como un infierno en su casa ahora se convertía en el paraíso para mí no sabía que pasaría mañana si se arrepentiría de lo que hacíamos o era una venganza para su marido ahora había que gozar el culo y chucha que llegó a mi.

    – Ahhh… eres todo un potro ahhh, que ricoooo… ahhh  Manuelitooo.

    Su esfínter apretaba mi verga como si fuera un guante a su medida… Durante 20 minutos disfrute del ano de Patty hasta que descargue toda mi leche acumulada desde mi llegada a Lima en su intestino y ella también volvió a llegar a experimentar otro orgasmo…

    – Agggg que ricooo Patty…

    – Ayyyy Ayyyy me mataste eres todo un semental.

    Caímos rendidos y todos sudorosos con la respiración agitada después de descansar un poco nos levantamos a ver como estaba Marcelino y seguía durmiendo ella me dijo que no me preocupe que ya lo conocía y recién se despierta en la tarde entonces nos metimos a la ducha juntos y ahí me empezó a chupar la pinga y no se detuvo hasta terminar en su boca tragando todo mi semen, me dijo que eso era por los malos momentos que había pasado en su casa con las peleas y nos besamos salvajemente nuestras lenguas se unieron y nos abrazamos fuertemente.

    -Ahora que pasará Patty?

    – Lo que tú quieras que pase Manuel, si deseas esto acaba ahora y nunca nadie debe saberlo pero si tú quieres siempre estaré acá para ti.

  • Marcas en la piel

    Marcas en la piel

    Rubia, ojos verdes, piel clara… Mayka era llamativa. Cierto que no era una modelo de las de pasarela, algunos centímetros le faltaban y algunos kilos le sobraban, pero no estaba nada mal. 32 años y un niño habían cambiado algo su silueta, pero cuando se la conocía se la deseaba. No es que estuviera gorda, nada de eso, pero es cierto que su cintura se había redondeado.

    Con el embarazo del pequeño tuvo que dejar de trabajar. Pero ya cuando el pequeño entró en la escuela infantil, decidió empezar a bus de nuevo trabajo. El sueldo de su marido les iba justo. En la actualidad con un solo sueldo la vida se apretaba mucho.

    Durante meses había mandado centenares de CV pero respuestas había obtenida pocas. Por eso cuando la llamaron para trabajar en un supermercado de una conocida multinacional se puso loca de contento. Ya casi había olvidado aquella entrevista, pero se ve que habían tenido en cuenta su cv.

    Empezaba una semana justo después del aviso, y su nerviosismo iba en aumento. El día que se incorporaba era un lunes y el viernes invitó a su marido a una cena. Todo en la cena fueron planes e ideas de futuro, risas y alegría. Luego en la casa, aprovechando que el pequeño estaba en casa de su tía, siguió la fiesta.

    Llegó el lunes y Mayka se fue hacia el supermercado al que la habían destinado. Estaba en una pequeña calle del centro de Sevilla. No era de los mayores de la cadena, pero allí, le habían dicho, podría aprender y formarse, y llegado el momento la podrían destinar a uno más cercano a su hogar.

    Al llegar la recibió el responsable. Había otra chica que empezaba ese día. Más joven que ella. Morena, ojos oscuros, pelo rizado. Algo más de 20 años le echaba. El responsable les explicó un poco el funcionamiento del supermercado y les presentó a la gente que estaba en aquel momento allí. Eran tres personas más: Sergio, un chico de unos veinte años, Laura, que era la más veterana y tendría unos 50 y Raúl, con unos 40 años.

    Dejaron a las dos nuevas a cargo de Raúl que se encargaría en las siguientes jornadas de enseñarles lo siguiente. Lo primero ponerse el uniforme. Mayka se lo enfundó y una gran alegría la invadió. Poder volver a trabajar la llenaba.

    La semana pasó rápidamente y, la verdad, es que fue bastante bien. Tanto Mayka como la otra chica se adaptaron bastante bien al puesto y eran ya independientes en su labor.

    El viernes, el responsable las visitó de nuevo, para decirles que estaban muy contentos con ambas. Cuando se despedía les comentó que la próxima semana habría una comida de la cadena de Supermercados para celebrar la Navidad.

    -Ya sé que ha pasado, pero con el trote que se nos da en esas semanas nos es imposible celebrarla antes. No es obligatoria la asistencia, pero si asistís no os costará nada. La paga la empresa por los resultados recientes. Avisadme con lo que decidáis.

    Cuando se fue el responsable, Mayka y Rocío, así se llamaba la compañera, preguntaron al resto si iban a la comida. Sólo Sergio, el más joven, iba. Aun así ambas decidieron ir. Podrían conocer a gente de la cadena que trabaja en otros supermercados y, en cierta medida, serviría de premio a esos primeros momentos en el trabajo.

    La siguiente semana pasó también rápido, así que antes de lo imaginado llegó el sábado, día de la comida de “Navidad”. Mayka se vistió con una falda negra que le llegaba algo más abajo de la rodilla, unos pantis negros, tacones y una camisa blanca con ribetes azules. Se recogió el rubio cabello en un moño y se pintó de forma que resaltara sus ojos.

    – Diviértete y pásalo en grande. Cuando vuelvas ya disfrutaré yo de esta belleza-le dijo su marido su marido pellizcándole el trasero

    -Voy bien?

    -Vas preciosa, cariño.

    Mayka había quedado con Rocío en la parada del metro. Juntas se dirigieron al centro de Sevilla, puesto que la comida era allí, no muy lejos de su centro de trabajo.

    Todo fue genial. Fueron encadenando cervezas, a pesar de que Mayka al principio no quería beber alcohol, y algo de picar. Luego llegó la comida en sí y unas copas. Mayka y Rocío estuvieron casi todo el tiempo juntas. Conocieron a bastante gente, con las que estuvieron riendo y conversando. Durante las copas se les acercó también Sergio que les presentó a otros tres chicos de su misma edad. Habían trabajado antes juntos, aunque ahora cada uno estaba en un supermercado diferente.

    Tras dos copas, Mayka necesitaba algo de aire, así que se lo dijo a Rocío y salió a la puerta. Aprovechó para mandar un whatsapp al marido diciéndole que todo iba genial y que no volvería demasiado tarde.

    -¿Te esperan en casa, no?

    Mayka se giró al escuchar eso y vio a uno de los amigos de Sergio. Un chico alto y fuerte de ojos oscuros y algo de barba, que estaba fumando apoyado en la pared.

    -Ya sabes, el marido en casa jeje

    El chico sonrío y Mayka le dijo que se volvía adentro y que allí se verían.

    La tarde siguió adelante entre copas y risas. Mayka se notaba algo borracha así que decidió dejar de beber. Pero la borrachera de Rocío era ya tremenda. Quedaba poca gente ya, pero Rocío seguía pegada a una copa. Mayka había intentado convencerla de que dejara de beber pero ni caso.

    Cuando decidieron irse las dos, se encontraron con el problema de que el estado de Rocío era más que malo. Mayka decidió no dejar tirada a su compañera, y eso a pesar de que por la calle las miraban a ambas por el estado de Rocío. Volver en metro iba a ser complicado por el paseo que implicaba, así que Mayka decidió llegar a una plaza cercana y allí intentar coger un taxi.

    Iban caminado cuando Rocío se detuvo. Necesitaba vomitar y lo hizo allí en una obra cercana, provocando las miradas de todo el que pasaba por la calle en aquel momento.

    -Lleva una fuerte borrachera, la niña eh?

    Cuando Mayka se giró vio a Sergio y a sus amigos.

    -Se ha pasado un montón, Sergio. Y eso que se lo he dicho.

    -Queréis que os acerquemos a casa. Nosotros ya nos vamos también y tenemos los coches en el parking de esta calle.

    -La verdad es que íbamos a coger un taxi, pero si no os viene mal os lo agradezco. No sé cuánto más podrá andar Rocío.

    -No hay problema, para eso estamos los compañeros no? Eso sí, espero que la niña no vomite dentro del coche jeje. Vamos a hacer una cosa. Quedaos aquí y yo y Miguel, dijo señalando al alto que le había hablado en la puerta, vamos por los coches. Matías y Salvi se quedan aquí con vosotros mientras tanto por si pasa algo.

    No pasó nada, y al poco Rocío y Mayka iban en el coche de Sergio, hacia la casa de la primera, en la parte trasera. Sergio conducía y Salvi iba junto a él. Detrás les seguía el otro coche con los otros dos amigos.

    Rocío al poco estaba dormida. Y Mayka iba así así. Los párpados se le caían y los chicos iban hablando entre sí, así que dio una pequeña cabezada.

    Al rato se despertó al sentir que la llamaban. Habían llegado al bloque de pisos donde vivía Rocío.

    -Qué piso es, Mayka? -Le preguntó Sergio.

    -Es el 2B. Pero creo que Rocío dijo que no había nadie más hoy allí. Así que habrá de despertarla.

    Pero Rocío estaba profundamente dormida y pese a los intentos no despertaba. Sólo se giraba.

    -Anda que ésta está bien. Buscaré las llaves en el bolso y me ayudáis a subirla, por favor?

    -Claro. No hemos llegado hasta aquí para dejaros ahora tiradas en la calle.

    Mayka encontró las llaves y subieron al piso de Rocío. Los chicos llevaban en brazos a la durmiente y, tras abrir la puerta del piso en sí, la dejaron en el sofá. Roció llevaba también una falda, en este caso más corta que la de Mayka, y al dejarla sobre el sofá dejó entrever la ropa interior de color rojo.

    Mayka se dio cuenta que los chicos la habían visto pero se hacían los tontos, no sin mirarse entre ellos y sonreírse.

    -Si os parece bien, busco algo para arroparla y la dejamos aquí en el sofá. Si queréis os podéis ir ya a casa, yo no vivo lejos de aquí.

    -No te preocupes, busca algo para taparla y ya nos vamos todos.

    Mayka encontró un par de sábanas dobladas sobre una cama y se las llevó al salón. Le quitaron los tacones a Rocío y la taparon.

    -No es lo más cómodo para que duerma- dijo Mayka- pero por lo menos ya está en casa.

    -Verás cuando se levante mañana y no se acuerde de nada jajaja -rio Sergio.

    -La verdad es que sí

    -Nos vamos entonces? – volvió a preguntar Sergio

    -Sí, vamos. Yo cojo el metro aquí cerca y llego a mi casa. Eso sí, dadme un minuto que necesito ir al baño.

    -Vale, te esperamos para irnos todos.

    Mayka se dirigió al baño del piso de Rocío. En el pasillo el cuerpo se le fue un poco, recordándole que ella, aunque no estaba tan borracha como Rocío, mañana también estaría de resaca. Se sentó en el baño. Escuchaba risas de los chicos en el salón. Cuando salió de nuevo ellos no se dieron cuenta y así ella pudo ver el motivo de las risas. Habían quitado las sabanas que tapaban a Rocío, le habían subido la falda y le estaban fotografiando la ropa interior roja.

    -Qué coño hacéis?? – les dijo mientras los apartaba a empujones y tapaba de nuevo a la chica.

    -Estáis locos o qué? Os voy a denunciar cabrones.

    -Tranquila Mayka, era sólo una broma – se defendió Sergio.

    – Llevamos de todo en el cuerpo y ya ni sabemos qué hacemos – añadió Matías entre risas.

    – Y no le hemos hecho nada – además, añadió otro.

    -Eso se lo tendréis que explicar a la policía, cabrones. Los voy a llamar ahora mismo para que vengan -dijo esto girándose buscando el bolso donde llevaba el móvil. El giro fue muy brusco y perdió algo de pie, teniendo que apoyarse en una mesa.

    Esto provocó las risas de los chicos. Eso la enfureció más y le soltó un bofetón al más cercano. Las risas cesaron. Ella se quedó mirando de frente al abofeteado, que era Sergio, que se tapaba la cara con la mano.

    -Lo vais a pagar, cabrones. Esto no os saldrá… -No pudo terminar Mayka la frase. Alguien la había agarrado del pelo y la había empujado hasta la mesa que un momento antes había servido para que terminase en el suelo. Le apretaba, el que fuera, la cara fuerte contra la fría superficie de madera. Del movimiento y de la fuerza del apretón le costaba respirar.

    Boqueó intentado buscar aire. El chico que la sostenía aflojó algo y pudo ya respirar. Tenía al chico que la retenía muy cerca, notaba un olor mezcla de colonia y alcohol. Además también notaba contra su falda el miembro erecto del chico.

    -No vas a llamar a nadie, puta. Te enteras? A nadie -Le dijo al oído.

    – Y además vas a poder ver en primera fila como nos follamos a tu amiguita. – dijo otro entre risas.

    Son soltarla la hicieron girar la mesa hasta que quedó frente a Rocío. La chica del sofá no se había movido más que para girarse. Mayka tenía mucho miedo. Empezaba a temblar y notaba como las lágrimas se le iban escapando mejillas abajo.

    Dos de los chicos se aproximaron a Rocío.

    -Ésta no se va a enterar de nada. Vaya borrachera tiene -dijeron entre risas.

    Le volvieron a subir la falda, dejando a la vista los pantis con unas braguitas brasileñas abajo. Mayka quiso hablar, pero sólo le sirvió el intento para notar que la llave que aprisionaba su cabeza contra la mesa se apretaba.

    Allí, con la cabeza girada, vio como los dos chicos que se habían acercado a Rocío se quitaban los zapatos y se bajaban los pantalones. Dos penes erectos apuntaban a una Rocío que no respondía.

    Le rompieron los pantis y le abrieron la camisa. Unos pequeños pechos asomaban tras un sujetador también rojo. Mayka sollozaba viendo lo que le iban a hacer a su compañera. Con las lágrimas no podía ver claramente quien era, pero uno de los chicos se colocó entre las piernas de Rocío y le colocó las piernas sobre sus hombros, al mismo tiempo que tiraba de las braguitas brasileñas.

    -Mira como disfruta tu amiga, zorra – le dijo a Mayka el de detrás. Notaba como le refregaba el miembro que, aún dentro del pantalón, debía ser enorme.

    El que estaba entre las piernas de Rocío la penetró y empezó a follarla entre las risas de los otros tres. Rocío no reaccionaba, y eso a pesar de que el que la embestía cada vez lo hacía con más fuerza. El otro que se había bajado los pantalones se masturbaba al mismo tiempo de jugaba con los pezones de la morena.

    Mayka notó de repente la voz de Sergio cerca también de ella.

    -Vas a pagar el bofetón de antes, rubita.- dijo, mientras empezaba a recorrer el lateral de la pierna de Mayka. Ella notaba la mano de Sergio buscando la parte interior de su falda y la polla del otro apretada contra su culo. Y delante veía a Rocío debajo de las embestidas de otro que cada vez le daba más y más fuerte. Podía ver los pies de Rocío sobre los hombros del chico y su movimiento. Las lágrimas en su mejilla se multiplicaron. Seguía sin poder hablar por como la tenían apretada contra la mesa.

    El que se masturbaba se giró y se vino también hacia la mesa.

    -Creo que prefiero también follarme a la madurita. La otra está pedo del todo. Debe ser como follarse un saco.

    Mayka sintió un temblor que le recorrió todo su cuerpo. Lo que hasta entonces había sido un temor era una realidad. Se la pensaban follar también a ella. Intentó con la mirada buscar su bolso pero no lo veía. Buscó también la puerta de entrada para ver si llegaría con una carrera.

    -Vamos a ver que guarda ésta debajo de la camisa – dijo el que la mantenía sujeta girándola. Mayka aprovechó para llenar los pulmones. Noto un fuerte tirón que se llevó por delante tanto la camisa como el sujetador. Noto sus pechos sueltos moverse. Se tapó con las manos e intentó gritar. Pero no lo consiguió. Un fuerte tortazo se lo impidió. No se fue al suelo porque estaba rodeada. Detrás tenía la mesa, y los otros tres lados estaban cubiertos por chicos.

    – Vaya tetas se gasta la madurita. Hija de puta. Creo que me la pone más dura que la otra jaja

    Notó una mano que le apartaba las suyas y le apretaba sin compasión los pechos. Como reacción soltó una bofetada al chico de enfrente. Pero Sergio consiguió pararla. Se giró para mirar a la cara a su compañero, y por eso no vio venir otro bofetón que le soltó el de delante. Noto el sabor de la sangre en sus labios que se mezclaba ya con el salado de las lágrimas. Casi seguido notó un puñetazo en el estómago que la hizo encogerse. La agarraron con fuerza de la cintura y la volvieron a girar contra la mesa, aprisionándole de nuevo la cabeza contra la madera.

    – Basta de juegos – oyó que decía uno de los chicos. -Esta puta necesita polla.

    Notaba sus pechos apretados contra la madera. Su cara con la mano del chico encima. Y sólo veía a Rocío que seguía recibiendo salvajes acometidas.

    Quería gritar. Quería llorar. Pero no podía.

    Un tirón y se quedó sin la falda. Le rasgaron entre risas los pantys, dejando a la vista un tanguita negro.

    – Vaya culo que tiene la tía.

    -Ufff como me está poniendo la zorra. Creo que lo vamos a pasar genial.

    -Rubita, si no quieres pasarlo mal de verdad empieza a comerle la polla a mi amigo. Te enteras? -notó que le decían al oído. Pero no contestó. -Te enteras? O hay que repetírtelo?

    -Vale, vale – dijo Mayka. Pensó que si conseguía con las felaciones que se corrieran los tres la dejarían en paz.

    El que le sujetaba la cabeza aflojó algo y otro le acercó la polla a la cara. Olía a pis pero Mayka no dudó en metérsela en la boca. Era la opción para salir de allí. Empezó a hacerle una mamada, aguantando las arcadas.

    -Venga zorra. Seguro que puedes hacerlo mejor. Seguro que al cabrón de tu marido le haces ver las estrellas con tu boca de puta. Así que esmérate

    Mayka abrió algo más la boca y jugó con la lengua en el glande de la polla. Por favor, que se corra rápido, pensaba y deseaba.

    Escuchó un gemido y miró hacia adelante. Rocío estaba sufriendo unas terribles embestidas del chico que la forzaba. Éste apretó aún más el ritmo antes de gemir también y detenerse. Se ha corrido, pensó Mayka. Un pensamiento cruel pasó por su mente: esperaba que otro de los chicos fuera a cogerse a Rocío. La crueldad de ese pensamiento hizo que brotaran nuevas lágrimas de nuevo en sus ojos y corrieran por sus mejillas arrastrando más pintura de ojos. Sin embargo ese pensamiento no aguanto mucho. Mientras le comía la polla a uno a su izquierda noto otra polla que le rozaba el pelo por la derecha, al mismo tiempo que ese mismo chico le apretaba el pecho. Le dolió y abrió la boca un poco para protestar. Lo único que consiguió fue que el que le tenía la polla dentro de la boca se la metiera más, produciéndole casi arcadas.

    El de detrás presionó con sus rodillas las piernas de Mayka obligándola a abrirlas un poco más. Notó la mano sobre su tanga. Un par de dedos recorrían su vulva, presionándole entre risas.

    -Esta zorrita tiene un coñito tremendo.

    -Sin un pelito eh?

    -Te gusta que te den duro verdad putita?

    Mayka no quería escuchar. Se afanaba en la felación con la intención de que se corriera el chico y luego hacer lo mismo con los otros dos.

    El que había forzado a Rocío llego donde estaban, colocándose el pantalón en su sitio.

    -Se lo estáis pasando bien aquí eh cabrones? – dijo entre risas. – Madre mía, vaya culo tiene esta hembra -dijo, lanzando una cachetada enorme al culo de Mayka, que notó como le quemaba la piel. No pudo ni gemir: la polla en la boca se lo impedía. – Joder, me encanta como se le está poniendo roja esa piel tan blanca. Le he dejado marcados los putos dedos.

    Mayka siguió con la felación pero cerró los ojos. Quería irse de allí, quería desaparecer. Notó como el de detrás la soltaba y la agarraba ahora el que tenía el pene fuera. Pudo notar el roce directo del glande del nuevo contra sus muslos y en la parte interior de los mismos. Escuchó como el que la había tenido aprisionada desde el principio se empezaba a quitar también los pantalos. Apretó aún más los ojos. No quería ver nada. Pero algo hizo que los abriera como platos. El que estaba ahora detrás de ella había deslizado el tanga a un lado y con dos dedos tocaba directamente su vulva. Ya no los separaba ni la débil tela del tanga. Directamente los dedos del tío estaban sobre su coño.

    -Esta zorra está bien mojada – dijo el que la tenía ahora cogida – Está deseando que nos la follemos.

    Mayka empezó a temer que su plan de hacer felaciones no iba a resultar. No podía ser. No podían follarsela. Pero entonces notó algo que no se esperaba. El de detrás ahora además de pasarle dos dedos sobre la vulva había penetrado con otro un poco su ano. Una sensación extraña acompañada de dolor y de un sentimiento de humillación le recorrió toda la espina dorsal. Quiso protestar pero no podía. Se intentó mover pero estaba inmovilizada completamente. El dedo penetró aún más entre las risas de los chicos. Y los dos dedos que tenía sobre el coño empezaron también a entrar dentro del mismo.

    -Muy muy mojada -jajaja dijo de nuevo el de detrás.

    Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban Mayka intento moverse. Pero entonces otra cosa ocurrió. Al que le hacía la felación empezó a respirar más fuerte. Le puso también una mano sobre la cabeza. Ya estaba aprisionada por dos manos y empezó él a follarle la boca. Ya no le estaba haciendo una felación. Ella ya no hacía nada más que recibir las embestidas de aquella polla que le golpeaba la cara interior de las mejillas y que notaba que cada vez entraba más adentro. Notaba el sabor a sangre en la boca ahora más. No sabía si era la sangre de la nariz o era que le estaba produciendo heridas en la boca o si, incluso era la polla del tío, la que sangraba ante la violencia de las acometidas. Afortunadamente tras 6 o 7 embestidas brutales notó algo caliente que le inundaba la boca. El tío se había corrido. Era un sabor repugnante, nada parecido al de su marido, que se mezclaba con la sangre y le producía una fuerte sensación de ahogo. No podía más. Al intentar respirar tragó un poco de semen. Algo que la lleno aún más de repugnancia. No aguantó más y noto como un hilillo de orina, del propio miedo, se le escapaba.

    Risas. Otra cachetada enorme en el culo.

    -La zorra se ha meado – reían los chicos. -La zorra me ha manchado los dedos de meado.

    Por fín le sacaron la polla de la boca. Y pudo dejar resbalar el semen que le quedaba a la mesa.

    -Esta zorra no puede más. Así que vamos a darle lo que quiere.

    Le apretaron aún más la cabeza contra la mesa. La mezcla de lágrimas, sangre y semen le llenaba toda la cara, el pelo, los ojos… se le metía incluso por la nariz.

    Un gemido brotó de sus labios cuando notó que el dedo que tenía en el ano ya no estaba solo, sino que eran dos dedos y que habían entrado bastante más adentro. Arqueó la espalda y levantó el culo intentando que aquella penetración de dos dedos no le hiciera daño. Pero sólo consiguió una cosa, y fue una tremenda penetración vaginal. Notó como una polla, que debía ser enorme, le entraba sin contemplaciones. Notó como, muy a pesar de ella, estaba lubricando y la polla le entró sin problemas. Aun así el que la penetraba parecía como si quisiera llegarle con la polla hasta el estómago. Apretaba de una forma bestial. Le hacía muchísimo daño. Eso sí, noto por lo menos como los dedos que tenía en el ano salieron. Eso le produjo, en contra de lo que pensaba, mucho dolor. La salida de ambos dedos le hirió y le quemó. Además notaba algo caliente sobre el ano. Un líquido que le corría. Sangre o semen? Dos impresionantes cachetazos sobre su lechoso culo le hicieron arquearse aún más. El que la estaba penetrando estaba destrozándola. Las embestidas eran brutales. La vulva le ardía. El culo le ardía. Notaba ese repugnante sabor en la boca. Notaba los pezones duros contra la madera. Aquello no podía estar pasándole a ella. El que se la follaba le agarró del pelo y le tiró hacia atrás. Le obligó a levantar la cabeza de la mesa. Dios, le estaba haciendo mucho daño. Sollozaba y gemía ante las embestidas que sufría.

    No lo vio venir. No pudo evitarlo. Pero pasó. Vomitó contra la mesa. Notó el agrio sabor salir de su boca, pasar entre sus labios. Era una mezcla de lo que había bebido, comido y, temió ver, encima de todos los vómitos, el semen que le había inundado hacía unos segundos la boca. Los chicos reían al ver como estaba. Tampoco puedo prever la corrida del que se la estaba tirando. Simplemente notó otro cachetazo enorme en el culo y algo líquido y caliente que le resbalaba desde dentro hacia los muslos.

    -De las mejores corridas de mi vida. Joder. Me ha dejado seco.

    Mayka respiró hondo. Estaba sudando, llorando, temblando, estaba vomitada, orinada… y no podía pensar. Quería que aquello terminara ya. Sólo pensaba en que se fueran y la dejaran.

    Notó como el enorme pene salía de ella. Y notó como la mano que le agarraba del pelo la soltaba.

    Pero sólo fue un segundo. Otra mano la cogió con fuerza y llevó su cabeza con violencia hacia la mesa. Le dolió mucho el golpe. Le dolía la cabeza. Le dolía el oído. Y el vomitó la manchó toda. Tenía la cabeza apretada contra su propio vomitó. Y eso le llenaba las fosas nasales. Cada respiración parecía más complicada.

    Otro pene se abrió camino entre sus labios vaginales que ardían. Otras embestidas. Otros cachetazos en el culo. Más risas. Más lágrimas. Sólo un poco más, pensaba Mayka. Un poco más y terminaran y se irán. Un poco más sólo.

    Tampoco pudo prever lo que iba a pasar a continuación. No se lo esperaba. Pero entre respiración y respiración empezó a notar un calor que, partiendo desde donde estaba siendo penetrada, se irradiaba hacia todo su cuerpo. Al principio temió lo que era, pero luego ya estaba segura. Ella misma se iba a correr, iba a tener un orgasmo. No. No podía ser y no quería. No quería tenerlo en aquella situación. No podía darles encima a aquellos cabrones aquel gusto. Se mordió el labio y concentró todas las fuerzas que le quedaban en evitar el correrse. Pero no pudo. Su respiración se aceleró aún más, y un leve gemido escapó de sus labios. Intentó reprimirlo todo lo que pudo. Deseó que aquellos cabrones no lo escucharan. La sensación de calor fue moderándose hasta convertirse en una ola de frío, un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Su cabeza se deslizaba sobre el vómito ante las acometidas del pene.

    -jajaja. Esta guarra se ha corrido. Os lo dije. Necesitaba polla de la buena. Que guarra eres Mayka de los cojones. Te gusta esto eh? – Le decía uno entre las risas de los demás.

    El que la penetraba sacó el pene. Mayka ni notó la corrida. Menos mal, ya se acabó, pensó.

    -Esto sí que le va a gustar a la puta -oyó que decía el que la penetraba. No le dio tiempo ni a pensar que quería decir. Un fuerte empujón impulsó el pene del tío a través de su ano. Sintió como la hería, como la dañaba, como la sangre corría dentro de ella. Pero ya no tenía fuerzas ni para llorar ni para protestar.

    Nunca había practicado sexo anal. Nunca. Y le dolía. Le ardía. No podía respirar. Parecía que el corazón se había parado. La mirada se le nublaba. Afortunadamente, el chico no duró mucho. Un fuerte empujo, que hizo que sus pechos llegaran hasta la mancha de vomito de la mesa, precedió a una enorme cachetada en el lateral del glúteo y a un gemido del tío. Luego un par de empujones más débiles y noto como se la sacaba. Como le ocurrió con los dedos, el momento en que el tío le sacó la polla le dolió muchísimo. Creía que se iba a desmayar. Agarró con fuerza el borde la mesa y dejó que su peso descansara totalmente sobre la misma.

    -Creo que soy el primero que le ha reventado el culito a ésta. Mirad como sangra jajaja.

    Mayka escuchaba aquella voz como si viniera de muy lejos. Otra voz más cercana le susurró al oído, acompañada del fétido olor del alcohol que pudo notar sobre el del vomito.

    -Has disfrutado verdad zorrita? Lo has pasado como nunca eh? Has sido una magnífica putita. Lo hemos pasado muy bien con vosotras.

    Luego risas que se alejaban y el sonido de la puerta al cerrarse. Mayka esperó unos segundos antes de dejarse resbalar hasta el suelo, donde cayó sentada entre sollozos y lágrimas. Notaba semen y sangre gotear de su nariz, de su cara, de su vulva y de su ano. A cuatro patas, entre ardores en todo el cuerpo, gateó hasta el sofá donde estaba Rocío, ajena a todo lo que les había pasado.

    Llegó a su altura y la llamó, le tocó el hombro. Lo único que consiguió es que la chica protestara y se girara dándole la espalda.

    Sólo eso.

  • Mi sirvienta y su culo

    Mi sirvienta y su culo

    Con mi mujer, que se llama Cristina, hace cinco años que estamos juntos, y tenemos un muy buen sexo. Cada vez que estamos en pleno coito, le digo mis fantasía, como que me gustaría verla coger con otro hombre, o con otra mujer, o que se imagine estar chupando una verga mientras yo le meto mi poronga por su culo, y acaba como una yegua. Una mañana, tocan el timbre, y al abrir la puerta era la nueva sirvienta, en su primer día de trabajo, morena, de baja estatura, tetas chicas, pero con unas piernas y un culo impresionante, vestía unas calzas color negro que dejaban ver como su tanga se le metía en el orto. Volví a la cama con mi mujer, y la tenía dura como una roca, mi mujer estaba culo para arriba y se la apoye, y me dijo:

    – Que te pasa? Que estas tan caliente.

    -El culo de la empleada me calienta, quiero meterle toda mi verga!!! Quiero cogerte a ahora, así escucha como gemís como puta, tragándote toda la verga por tu culo.

    Empecé a meterle lengua, mientras la pajeaba en su concha, hasta que le apunte mi verga en su culo y de un solo empujón se la metí hasta el fondo, comenzó un meta saca infernal, mi mujer comenzó a gemir, diciéndome, “si papi, métela, metal toda, me encanta tu verga!!!” y se vino mojando todas las sabanas.

    Se la saco y empieza chuparla colosalmente, y en eso miro hacia la puerta, y allí estaba ella, mi sirvienta, mirando con su mano derecha pajeándose, la llamo, se acerca y empieza a chupar mi pija junto a mi mujer, eran dos golosas. Separo a mi mujer, pongo en cuatro a mi sirvienta y le hundo mi pija por el culo, pego un grito, pero se fue acostumbrando, y empezó otro saca y meta infernal, hasta que me corrí llenándole el culo de leche, se la saco y mi mujer me la chupa hasta dejarla limpia… fue el principio de nuestros tríos…

  • Historia del chip (042): Terapia (Kim 017)

    Historia del chip (042): Terapia (Kim 017)

    La rutina se había aposentado en ambos a la vuelta de Córcega. Roger parecía algo desganado y Kim sintió que algo se apagaba entre ambos. Esa había sido la razón para consultar con una psicóloga. Mariona resultó ser tan estricta como su propio amante. Parecía comprender lo importante que era para Kim llevar la sumisión a otras áreas de su vida.

    Fue la terapeuta la que sugirió que volviese a llevar pinzas a la hora de dormir. Kim fue con Roger a comprarlas. Escogieron entre los dos, bien asesorados por una preciosa coreana. Las pinzas metálicas soltaban un chispazo tanto a la hora de colocarse como al ser retiradas. Únicamente por la parte interior como bien pudieron comprobar ambos. Si bien la corriente no era excesiva, a duras penas contuvo Kim las manos a los lados. La del clítoris le resultó peor, a pesar de ser menos potente y de menor tensión. Roger ya tenía su erección, tan habitual en otros tiempos y allí mismo descargó el semen en la boca de Kim. Creyó saber en ese instante, mientras saboreaba y engullía el líquido grisáceo expulsado a borbotones, lo que había faltado: más iniciativa por su parte. Esa noche, ya en casa, cuando se puso las pinzas, durmió feliz. La mañana siguiente le costó concentrarse en el trabajo: el roce del tejido con los pezones no la dejaba tranquila.

    La terapeuta estaba muy satisfecha con el cambio acaecido, explicándole lo importante que sería en la relación entre ambos la nueva conexión: le bastaría quitarle o ponerle las pinzas. Kim le comunicó sus temores sobre la resistencia de su piel. La terapeuta riéndose le dijo que eso no importaba demasiado: siempre se podría restituir con una operación. Esta vez con órganos más sensibles.

    Y Mariona tuvo razón. Roger y ella volvieron a compenetrarse, a salir frecuentemente, bordeando los límites. Kim no tenía ningún tipo de inhibición respecto a su vestimenta o a la hora de ofrecer su cuerpo. Bastaban unos segundos para estar desnuda y con las pinzas colocadas. La electricidad era tanto estímulo como agonía, mezclándose difusamente.

    *__*__*

    Transcurrieron unas semanas. Roger aparecía más feliz. Se encontraban más a menudo, en muchas ocasiones con más gente. No importaba: buscaban un lugar discreto, ella se quitaba el sucinto vestido y sacaba del bolso las pinzas. Habían terminado comprando unas simples, sin descarga eléctrica. Roger comentó que no quería que se acostumbrase. Debió haber hablado con la terapeuta o se asustaron ante su adicción.

    Kim le colocó las pinzas en la mano, invitándole a que se las pusiese. Se había convertido en un ritual solemne y meticuloso. Nada parecido a lo que hacían en Córcega. Roger siempre empezaba por la de abajo, mientras que ella cuando se iba a dormir sola se colocaba primero las de arriba. Le costaba bastante encontrar el clítoris entre tanto pliegue húmedo así que determinaron que Roger estiraría la piel hinchada hasta que ella cerrase ligeramente las piernas, indicando así el punto correcto. Con la otra mano y sin inmutarse lo más mínimo colocaba el temido artefacto en el botón hinchado y solícito de su amante. Descubrieron con la práctica lo mucho que les excitaba a ambos. Derramaba su líquido casi en cuanto llenaba la boca de Kim. Por ello, los prolegómenos eran los pezones enhiestos, que parecían pedir las pinzas con ansiedad. Excitada por las caricias, las puntas agradecían por fin recibir un contacto humano, como contraste al lento transcurrir de las noches, encerrados en metal, al molesto roce del tejido durante el día y el constante anhelo de ser toqueteados. Agradecida, apreciando la excitación de su amante, no le importaba el dolor que sentía entre sus piernas, su clítoris impedido de responder a la pasión de sus pechos. Sabía lo mucho que suponía para Roger, lo manifiestamente agitado que estaba. Había sido la terapeuta la que le explicó el motivo: deseaba una amante genuinamente dedicada al placer de él, no como intercambio. Si su propio placer interfería en la relación debería ser anulado. En cambio, el dolor que sufría era la otra cara de la moneda. Una renuncia explícita a su propio deleite y una búsqueda incesante de dolor genuino era el camino de ser parte de la vida de su amante. Y una extraña forma de sentir otro tipo de placer.

    Volvían a la barra del bar o a la cena con los amigos plenamente satisfechos. Él, todavía sintiendo en los dedos la forma de los pechos, la cintura y los muslos de su amante. Ella, caliente a más no poder, el clítoris nuevamente dolorido, ahora sin ni siquiera la anhelada corriente de la pinza al ser soltada. Los pezones hinchados al máximo e imposibles de ocultar, siempre velados por una tela demasiado ligera y avergonzados por no haber sido acariciados lo suficiente.

    Se consumía por el deseo, debajo de las sábanas, desnuda salvo las pinzas, necesitada de las manos y del falo erguido de su amante. Un día, incapaz de dormir le llamó, suplicando que viniese. Roger le indicó que estaba acompañado. Se podía acariciar los muslos como mal menor. Muerta de envidia por la acompañante de Roger, imaginando su placer, se masturbaba los lisos muslos, agradecida de poder sentir la suavidad, tratando de sentir como su amante. Deseaba llegar a los labios verticales tan solitarios o tocarse la pinza del clítoris, algo que no tenía permitido hasta levantarse por la mañana.

    *__*__*

    La vida se aceleró para la maltratada Kim. Más exigencias, menos tiempo. Más excitación, menos descanso, aunque hallaba cierto reposo en terapia. Se le concedió el deseo de llamar por su nombre de pila a su terapeuta. Mariona consideró que más que terapia las sesiones podían considerarse una extensión de su vida sexual y le dio el certificado añorado aunque Kim seguía sin entender por qué era necesario si con una palabra de Roger hubiera bastado para dejar la terapia.

    Mariona le sugirió seguir con las sesiones a título particular y por su propia voluntad, si Roger estaba de acuerdo. Profundizarían sobre los estados mentales y las emociones que sentía. Si accedía, Mariona deseaba someterla a una serie de experimentos. Podía considerar que tenía dos amantes: el primero le sometía a su voluntad, su obsesión era el control físico de su cuerpo. El segundo o la segunda, mejor dicho, le mostraba el camino del control emocional con las sesiones improvisadas en la oficina. Ella le ofrecía la posibilidad de explorar en su mente. En cuestionar, analizar y proyectar nuevas fantasías. Nueva maneras de desnudarse, de ofrecer más placer, de ser mejor amante y mejor esclava.

    No habría sexo entre ellas o al menos no sería convencional. Y Kim debía comprometerse por períodos mensuales. Sólo Mariona tendría derecho a interrumpir las sesiones cuando quisiese. Esa pequeña asimetría, tal y como lo dijo, era por la exigencia que se le impondría. Habría momentos que podría sentir tentaciones de abandonar. Por eso, solo se le dejaría decidir una vez al mes. Eso no se interpondría en su futura amistad, de la que se sentía profundamente orgullosa. Le recalcó que habría sexo, sobre todo para ella, no para Kim, aunque ciertamente nada de orgasmos, debido al chip.

    *—*—*

    Ese día Kim vestía de gris azulado, falda a mitad de los muslos. Larga para su vestimenta típica, blusa algo traslúcida y ajustada, los pezones irritados casi desde el principio del día. Para colmo, Lin no los había acariciado en todo la jornada, aunque se adivinaban en la blusa sin buscarlos demasiado. Se había enfadado cuando había ido a tomar el café, pues no encontraron mesas libres y se sentaron en los taburetes de la barra. Kim no había recordado levantarse la falda y posar sus nalgas desnudas sobre la dura madera. Cuando reaccionó, al ver su mirada, corrigió al instante. No podía saber si estaba mirando alguien, aunque revisó a través del espejo infructuosamente. Con sus posaderas aposentadas y en contacto con el rígido material, pidió perdón. Lin miró a los pezones perfilados y Kim asintió. Nada de toqueteos en esa zona. Se maldijo a sí misma por su descuido. Con la falda más larga de lo habitual se podía observar como quedaba doblada al no ser lo suficientemente amplia. Lin no perdió sus habituales ganas de hablar, Kim supuso que no le había parecido importante.

    *__*__*

    Cuando llamó al timbre, le intrigó como viviría Mariona. Los encuentros serían en su casa, otro cambio en la relación entre ellas. Abrió espectacular, envuelta en un camisón corto y tan poco opaco como su propia blusa. Descubría y ocultaba. Nunca la había visto tan sensual. Agachó la vista, sin realmente saber si tenía derecho a contemplarla. Mariona le levantó la barbilla.

    —No seas recatada. Hoy te dejaré mirarme un rato. ¿Cómo es que no te has desnudado todavía?— le preguntó. Al ver la mirada de desconcierto de Kim, cayó en la cuenta.

    —Es verdad, no te había dicho nada. ¿Ves esa caja trasparente a la izquierda?— Kim se percató de qué se trataba… pero estaba por fuera. ¿Iba a dejar su ropa allí?

    —Se cierra si pulsas dos veces en esta pestaña. ¿Entiendes? Así queda bloqueada— le explicó. —Voy a por la llave y te la abro de nuevo.

    Kim aprovechó para quitarse la falda y la blusa, esperando por si los tacones debía de mantenerlos. Cuando volvió Mariona le indicó que debía dejar todo incluyendo el bolso y los tacones. Salvo el móvil por si lo necesitaba.

    —¿Y las pinzas?— preguntó Kim.

    —Naturalmente que debes llevarlas contigo. ¡Dónde tendré la cabeza!— contestó Mariona.

    Kim las extrajo del bolso, junto al móvil y depositó lo demás con cuidado en la caja. Notó el clic que bloqueaba la cerradura y se levantó. Cualquiera que llegase a la casa vería su ropa y su bolso. No lo entendería, imaginó. A la salida ya no le quedaría duda a quién pertenecía. La cajita estaba colocada bastante alejada de la pared, era imposible no fijarse en ella. Mariona le marcó una regla.

    —Siempre que vengas te desnudas aquí fuera. En el orden establecido de arriba a abajo, tacones lo último. Depositas todo en la cajita, salvo lo imprescindible y te aseguras de que quede bien cerrada. Luego puedes llamar. Si no hay nadie en casa, esperas de pie de cara a la calle. Tranquila, estás bien protegida por los setos, salvo que venga visita. Sobre todo alguno de los amigos de mis hijos.

    —¿Hijos?— preguntó Kim. La primera noticia que tenía.

    —¿No te había hablado de ellos? Angelina y Yann. Ella tiene veinte y él dieciocho. Les dije que venías y están dentro. No te asustes, que no muerden— añadió al ver la cara pálida de Kim.

    —Pero… estoy desnuda— tartamudeó.

    —Claro. Siempre que estés conmigo será así. No vamos a cambiar esa tradición. Salvo si salimos a cenar fuera algún día… en cuyo caso espero que me dejes escoger tu vestimenta. Para casa, tienes un par de zapatos.

    Kim ya se estaba arrepintiendo de haber aceptado la proposición de Mariona. ¡Y tenía un mes por delante!

    —Me va a resultar muy embarazoso— expresando su disconformidad en el tono neutro exigido. Escondió las pinzas todo lo que pudo dentro de la mano.

    —Sí, puede que tardes un tiempo en acostumbrarte, pero es necesario para tu educación. Recuerda que Roger se siente muy orgulloso de tus progresos. Y yo también. ¿Alguna cosa más?

    Mariona sonreía ante la reluctancia de Kim, pero estaba segura que las manos se quedarían a los lados, pasara lo que pasara.

    —¿Por qué tengo que estar desnuda?— preguntó Kim, arrepentida en cuánto las palabras salieron de su boca. No tenía derecho a cuestionar las acciones de Roger, Lin o Mariona. Sus preferencias o gustos. En cambio, debía siempre analizar y reflejar sus procesos internos. Mariona fue gentil.

    —Bien, por esta vez, pasaremos por alto tu pregunta. Quería decir cómo te sientes. ¿Alguna incomodidad aparte de la aprehensión por estar desnuda?— le preguntó Mariona quitándole importancia a la ausencia de ropa. Kim siempre debía contestar de manera directa, sin subterfugios y explícitamente.

    —Los pezones los tengo muy irritados. Deseo que me los acaricien.

    —Bien. A ver si podemos encontrar una solución. Ahora para adentro sin más dilaciones.

    En el hall había un pequeño estante bajo, con unos zapatos trasparentes y un joyero. Mariona le indicó que dejara allí su móvil y se pusiera los zapatos. Por delante tenían una plataforma de treinta centímetros y por detrás el tacón aparecía larguísimo, prolongando las piernas indefinidamente. Al ser todo el conjunto completamente trasparente, la suela de los pies se podían observar sin reparo, lo que todavía parecía alargar más las piernas. Kim se sintió más desnuda que nunca. Los pies quedaban casi en vertical. Se acordó de los taconazos terribles de Córcega. Una vez colocado el tacón derecho, le fue imposible ponerse el izquierdo como solía hacer. Los músculos de la pierna derecha no eran lo suficientemente fuertes. Mariona le indicó que para estos zapatos era mejor que se inclinase para colocarse el segundo. Alternaría lado en cada ocasión. Kim siguió las instrucciones. Notó como su culo sobresalía y se elevaba fuertemente. Lin hubiera disfrutado, eso seguro. Los dedos de los pies le dolerían en un rato, pensó mientras buscaba algún tipo de sujeción. Mariona abrió el joyero y sacó unas cadenas finas, de muy buen gusto. Blanquecinas, con reminiscencias grises como de plata. Mariona se agachó y comenzó a ajustar una. Era demasiado ancha. Con unos alicates o algo parecido, soltó varios eslabones. Volvió a probar y la cadena ya quedó bien. Entonces sacó otra cadena que se enganchaba a la que rodeaba al tobillo. La llevó hasta el dedo gordo del pie, visible detrás del plástico. Resultó que existía un minúsculo agujero cerca de la zona donde las zapatillas llevan el agarre. Kim no comprendía del todo el mecanismo. La cadena surgió por otro agujero ligeramente más adelantado. La arrastró suavemente hasta el tobillo. Quitó todos los eslabones que consideró oportunos y la sujetó también a la cadena principal.

    Realizado el mismo proceso en el otro pie, Kim comprendió que a partir de ahora ya sería muy fácil enganchar y desenganchar las cadenas, una vez dispuestas con la longitud adecuada. El plástico ya no se deslizaría. Mariona le explicó que al día siguiente encargaría las cadenas definitivas que llevarían unos engarces para mayor comodidad. Le ayudó a llegar hasta el espejo dónde pudo contemplarse. Las piernas aparecían más sensuales que nunca. Seductoras a más no poder.

    Le dijo que sería largo el entrenamiento hasta alcanzar la perfección con este calzado. Estaba completamente segura de que lo conseguirían si ponían el empeño adecuado. La conminó a alejarse. En el reflejo de un espejo cercano, los pies parecían flotar. Kim pudo apreciar que el tacón trasero llevaba una especie de aguja en el interior del plástico. Desde arriba hasta casi el extremo del tacón estilizando el pie. A dos metros ya casi no se distinguía el plástico, solo las partes metálicas. Como si sólo llevase un clavo desde el talón hasta el suelo, una cadena en el tobillo y otra hasta el dedo gordo. Era ilusión, ningún pie se podía sostener así. Pero también era enormemente sexy.

    Mariona sacó más cosas del joyero. Unos pendientes que consistían en unos pequeños aros, culminados por una cinta negra y alargada que culminaba pasados los hombros. Mariona se los puso con cariño y dijo en tono medio formal.

    —¿Ves? Ya no vas desnuda. Ahora ya puedo presentarte a mis hijos.

    Los llamó. Y no tardaron demasiado en salir, lo que le hizo sospechar a Kim que la estaban esperando. Angelina se parecía a su madre: esbelta y estilizada. Algo más alta. Detrás le seguía Yann, que tenía una altura parecida a pesar de tener dos años menos. Kim comprendió de inmediato que sus pechos quedaban casi a la altura de los ojos de todos. A efectos prácticos, sus tetas se elevaban para facilitar la visión. Era diabólico. En unas cuantas visitas, conocerían sus pechos mejor que ella misma. Sin esfuerzo de ninguna clase, sabrían cuán duros y extendidos estaban los pezones o como oscilaban de lado a lado las ubres. Si no estaban bien echados hacia delante o no los había expandido lo suficiente.

    La primera visión de los dos adolescentes fueron los globos de carne delanteros y excitados que tanto le gustaban a Roger. Y así sería para cualquiera que viniera a visitarlos. Bastaba que tuviera estatura media.

    Los dos estaban bien educados y no trataron de tocarla, pero le dieron un repaso visual en toda regla. Kim no sabía que hacer exactamente. Roger siempre le decía que la primera impresión era importante. Quería que la viesen como una persona sumisa, complaciente y deseosa de ser contemplada. No iba a ser difícil en esta ocasión, ni en ninguna otra si llevaba estos zapatones de cristal.

    Ninguno de ellos llegó a mirarla a los ojos. Hubiera supuesto levantar mucho la mirada, resultaba mucho más cómodo mirar al frente o algo hacia abajo. Kim supuso que tenían indicaciones al respecto.

    —Es preciosa, mamá. Como dijiste.

    Esta era Angelina.

    —Sus pechos son perfectos.

    Yann, naturalmente. Kim siguió con la barbilla alzada, los hombros hacia y el estómago encogido en su postura habitual. Estaba tan excitada que creyó que se iba a desmayar.

    —Me alegro de conocer a tus hijos, Mariona. Son encantadores. Tienes una hija guapísima.

    —¡Lo sé, lo sé! Chicos, poned la mesa. Kim, mientras tanto… ¿Te indico dónde está el baño?— preguntó Mariona

    —Mejor me acompañas, si no te importa. Todavía no creo que pueda andar sola en este atuendo—reconoció sin tratar de engañarse a sí misma y aparentar una fortaleza de la que carecía.

    —Claro, te indico dónde es. Espera un instante. Angelina. Ve preparando lo que falta de la ensalada. Yann, puedes contemplar sus pechos durante la cena. Y por favor, tened paciencia. Igual tardamos un rato.

    Mariona esperó a que sus hijos se fueran antes de indicarle a Kim como debía andar con los nuevos zapatos. Lo mejor sería levantar bien la pierna, hasta que el muslo quedase casi horizontal, sesenta o setenta grados por lo menos. Luego llevaría la pierna hacia delante lentamente y apoyaría los dedos de los pies, o mejor dicha la plataforma elevada para luego apoyar el tacón. Si no alzaba lo suficiente el pie, tropezaría. Con la práctica no le resultaría tan extraño.

    Kim cumplió a rajatabla y comenzó a dar cautelosos pasos, con la mano de Mariona agarrándole el codo para servirle de apoyo. A la puerta del baño, sonrió mostrándose satisfecha de su logro.

    Hizo sus necesidades y se lavó las manos y la cara. Después de pensarlo un momento, humedeció la toalla y se la paso por el cuerpo, para quitarse el sudor. Hizo hincapié en los pechos, las nalgas y los muslos. Le resultaba extraño sentirse tan alta. Sin dejar de mirarse en el espejo, dio cuatro pasos. Los pechos acompañaron a las piernas, las nalgas también. Se dio la vuelta y comenzó de nuevo. Con cada paso, el pecho saltaba actuando como un imán para las miradas. La nalga del mismo lado se encogía para volver a sobresalir. Cada muslo se mostraba alternativamente seductor y alargado. Las caderas iban y venían de lado a lado. Probó subiendo menos el muslo. La altura que tenía que subir era evidente. La acostumbrada con sus tacones sumándole la altura de la plataforma y algo más por precaución.

    Salió del baño. Mariona seguía allí. Hizo un ademán para ofreceler el brazo y Kim, agradecida, se agarró a él. Consciente de cada paso y del espectáculo, siguió a su amiga para ser devorada por sus hijos.

    Fue una cena muy agradable dadas las circunstancias. Dos a cada lado de una mesa alta y estrecha, típica de las cocinas. Sentados en unos altos taburetes. Angelina se puso a su lado y la ayudó a encaramarse y sólo cuando la vio bien colocada, se permitió acompañarla. Todo era un problema, la plataforma por sí misma no hubiera sido suficiente agarre en la barra metálica del taburete. Terminó por colocar un pie bien ajustado a una de las esquinas donde su juntaban la barra horizontal baja dónde suelen ir los pies con la barra vertical. El otro pie terminó en el suelo, la punta de la plataforma era lo único que mantenía el contacto. Por suerte, parte del peso se lo llevaba parte de una cadera apoyada en la mesa. Cuando se cansaba cambiaba de pierna.

    Lo malo era que la postura era un terriblemente erótica. La típica pose de la playmate de la revista, muslos en diagonal, una pierna extendida, la otra doblaba. Por si hacían falta más elementos turbadores, Yann estaba sentado enfrente. Al ser la mesa tan estrecha, a duras penas cabían dos platos enfrentados, los pechos estaban peligrosamente cerca del muchacho. Cada vez que levantaba la mirada, al recoger un poco de arroz o cualquier otra cosa, iba directamente a los pechos que tenía a menor distancia que su brazo.

    Mariona rompió el hielo cuando le preguntó si sabía de qué color eran los ojos de Kim. Los cuatro rieron un buen rato. Angelina fue la primera en atreverse a curiosear.

    —Mamá, ¿Nos explicarás por fin por qué tiene que estar desnuda?

    —No va desnuda, va ataviada de manera sexy— replicó Mariona burlona.

    Y un cuerno, pensó Kim. A ver como sales de ésta. Por muy buena terapeuta que fuera, no se imaginaba ninguna manera de explicarle algo así a sus hijos, si algún día los tenía.

    —¿Tú que crees, Yann? ¿Va desnuda?— preguntó Mariona. Yann, no tardó ni medio segundo en responder.

    —No, mamá. Lleva unos zapatos de escándalo y unos pendientes preciosos. Además de las cintas negras que cuelgan. Es el vestido más sexy que he visto jamás.

    —¿Ves, Angelina? Tu hermano tiene muchos horas de pantalla, de cibersexo, a sus espaldas. No está desnuda, va sexy —aseveró la madre, con semblante serio. Se giró levemente para hablar con Kim

    —Kim, debes perdonar a mis hijos, si es que te has sentido incómoda con ellos. Me gustaría que hablases delante de ellos con la misma libertad que mostrabas en la consulta. Querría que aprendiesen de ti y tú de ellos. Se trata de cumplir con las fantasías de los demás. Escrupulosamente. Siempre dentro de lo posible. De ser una mujer objeto o dejar de ser una mujer y convertirte en un objeto de placer, encaminada al otro. Parte ya los has logrado en tu relación con Roger, con Lin y conmigo misma.

    Hizo una pausa que Kim aprovechó para cambiar de pierna, la humedad mantenía sus muslos brillantes. Hubiera dado lo que fuera por limpiarlos y cerrarlos. Sintió las miradas de los tres en sus ojos, por una vez.

    —Continúa, por favor— solicitó Kim sin querer mostrar un asomo de duda.

    —Lo que queremos, los tres, es que te acomodes a una nueva vida más acorde a tu ser, a tu sumisión. Queremos que desarrolles tu sexualidad para que sea más activa, sólo en una faceta. Tratar de ser más complaciente. Tu amante debe ver tu implicación en grado máximo. Sentir que harías cualquier cosa por él o por ella. Estamos todos agradecidos por tu dedicación a nosotros. Ahora queremos más— acabó Mariona, nada de convencida de estar expresándose con claridad.

    —Sigo sin entender— dijo Kim.

    —Está bien, no ha sido la mejor de mis exposiciones. Cojamos el ejemplo de hoy: tu inquietud a la hora de entrar en la casa desnuda, a la hora de dejar la ropa fuera. Sabes lo importante que es aceptar las cosas, no cuestionarlas. Tu reacción posterior es ejemplar y tu actitud digna de elogio. Queremos un ser plenamente entregado a sus amos, sin la sombra de una duda. Y en mi caso, mis hijos se incluyen en la ecuación. Son plenamente adultos y aunque no tendrán potestad absoluta sobre ti, serán parte integrante de tu vida. ¿Te ves capacitada?

    —Prometo hacer lo posible—aseveró Kim.

    —Me alegro. A tus amantes les gusta en ocasiones el juego del flirteo, de la seducción, las carantoñas. Como bien sabes, también son proclives a la dominación y al sadismo. A veces, -lo hemos notado los tres-, nos inhibimos a la hora de nuestras peticiones. Deseamos decirte las cosas con más claridad o de manera más precisa, sin atisbos de vergüenza. ¿Nos has notado cohibidos? —Mariona ahora sí parecía más acertada. Kim negó con la cabeza.

    —No lo he notado, Mariona. No quiero que os sintáis mal. Y sobre tus hijos… ¿es correcto que los trate como amantes?

    —¿Puedo intervenir, mamá?— interrumpió Angelina algo agitada. Su madre asintió.

    —No te sientas cohibida, por favor. Lo que creo que mi madre quiere decir es que te orientas a tus sensaciones y, ante todo, debes de ver las cosas desde los ojos de tus amantes. Te voy a dar un ejemplo, aunque me da un poco de vergüenza. Adoro las piernas femeninas, me gusta acariciarlas. Siempre estoy con las amigas jugando con sus piernas. Tu postura en el taburete es fantástica, sobre todo cuando te pones del lado que me muestra tu pubis y es el muslo contrario el que está levantado. Te cansas y te pones del otro lado. Eso sería un desagravio para tu amante. O te mantienes todo el tiempo del lado bueno, aunque supongo que te cansarías o buscas otra postura. Por ejemplo, llevar tus piernas a mi regazo para que les acaricie si me apetece.

    —No tiene permiso para eso, Angelina. Pero tu exposición ha sido correcta. Está claro que la imposibilidad de tener orgasmos te hace estar más alerta. Kim, como bien sabes, todas llevamos el dichoso chip. Angelina está ardiendo en deseos de irse con cualquier hombre. Sus fantasías están fuera de control— explicó Mariona, satisfecha con su hija pese a todo. Su tono expresaba el amor que sentía por ella.

    —Mamá, no tienes razón sobre Angelina— corrigió Yann. —Sus fantasías son perfectamente razonables y si no puede tener orgasmos, por lo menos, debe buscar maneras alternativas de ser feliz.

    —Vale, Yann, pero creo que tú eres el menos indicado para hablar de estos temas— señaló Mariona, en un tono cortante. Yann asintió. Kim no comprendió el porqué.

    —Se hace tarde. Kim, a modo de resumen y antes de irte a casa. ¿puedes decirme los puntos relevantes de la noche de hoy?

    Kim se lo pensó un tiempo para poder responder claro y conciso como se le solicitaba. A esto estaba acostumbrada. En este contexto y ante tanto auditorio, se aseguró sobre sus pensamientos.

    —Quieres convertirte en amante mía, pero no me di cuenta y pensé que se trataba de amistad. Me has puesto estos zapatos para que tu hija pueda disfrutar de mis piernas largas y las cintas negras en los pendientes para demostrar a tu hijo que con un poco de ingenio una mujer puede resultar más atractiva añadiendo ornamentos. Quizás los zapatos tengan más funciones, como elevar mis pechos para acercarlos a los ojos de los que me contemplan. U obligar a mi cuerpo a moverse de manera más sensual. También debo acostumbrarse a mostrar mi cuerpo en situaciones no sexuales, cotidianas.

    —Bien dicho, Kim. Bueno, chicos, dadle un beso a vuestra nueva amiga de juegos y a dormir. Yo la acompañaré a casa con el coche— ordenó Mariona mientras se levantaba. Kim bajó del taburete llevando la pierna no apoyada en el suelo hacia la otra y juntando las piernas. Angelina no se perdió el movimiento. Consecuentemente, los pechos se movieron arriba y abajo. Las nalgas ya estaban en su posición proyectada hacia atrás.

    —Cariño, ve cambiándote y me esperas fuera. Vengo en un rato—le indicó Mariona en tono amable que no engañó a Kim, hacía tiempo que sabía distinguir una orden.

    En el recibidor se agacha para quitarse los tacones. Rectifica y suelta primero las cintas negras y los pendientes. Se dobla para depositarlos en el joyero y con precaución suelta las cadenas. Las guarda también en el joyero para incorporada de nuevo retirar los pies de los zapatos. El dolor en las pantorrillas es intenso. No soporta mantener los pies apoyados. Eleva los talones quedando de puntillas. Los vuelve a bajar y se dobla completamente hacia delante. Recoge los zapatos y los deja en la balda cuidando que queden simétricos con las puntas hacia delante. Resultan mucho más estéticos mostrando su elevadísima parte posterior. Está a punto de preguntarse cuánto tiempo llevan allí esperándola y cambia su pensamiento a bocajarro. Vuelve a elevar los talones para aliviar el dolor y sale de la casa. Espera fuera de la casa, a oscuras, de pie y mirando a la calle, brazos a los lados, tal y como se espera de ella. Baja los talones. De alguna manera sabe que aquí las plantas de los pies deben estar en contacto con el suelo. Se da cuenta de que no lleva nada en las manos. Se ha centrado tanto en los zapatos que ha olvidado el móvil y las pinzas. Estaban en el mismo estante y, a pesar de ello, no los vio.

    Bueno, ahora ya no queda duda de que estoy desnuda. Su mente bulle de preguntas y para no formularlas se centra en su cuerpo. Vuelven las molestias a sus pezones, por el frío o por la excitación. Las pantorrillas tampoco la dejan en paz. No ha estado tanto tiempo contrayéndolas pero parece una eternidad. Dolor con zapatos, dolor sin zapatos. La caja trasparente con su calzado y atuendo está algo a su izquierda pero casi no se ve, la única farola que ilumina la calle está lo suficientemente lejos. Ya nunca más pensará que sus tacones en el trabajo son altos.

    Se enciende la luz exterior de la casa. Está algo a la derecha de ella. Ahora se la vería perfectamente si alguien abriese la puerta del seto. Sus cosas se distinguen con claridad dentro de la caja. Alguien abre la puerta. Debe ver su figura estilizada y femenina.

    —Perdona la tardanza. Ya sabes, adolescentes con las hormonas agitadas. Quieren saber si volverás, si podrán jugar contigo. En fin, lo normal.

    Kim hubiera querido gritar que no veía nada normal en la situación. En cambio, no habló ni movió músculo alguno. Recalcó su falta.

    —He olvidado el móvil y las pinzas.

    No le costó nada decirlo. Tenía una completa confianza en la comprensión de Mariona. Muchas horas de diván con los ojos cerrados. Hablando de sus pensamientos, sus deseos y de todo lo que consideraba importante. Nadie mejor que Mariona conocía sus sentimientos más íntimos y todos y cada uno de los errores que cometía.

    —No importa. Ha sido un día agitado. Si no estás demasiado cansada ¿Puedo estar un rato contemplándote antes de irnos? También te pondría en antecedentes.

    Aquí se pudo comprobar el entrenamiento de Kim. No hace mucho hubiera dicho que Mariona tenía todo el derecho a ordenárselo. Sin embargo, había sido una petición no una orden. Y ya no era únicamente su terapeuta, sino una amiga… o una futura amiga. Siempre sería su guía mental, la persona que daba orden a su tumulto interior. No contestó, siguiendo la regla de esperar a sentir claridad en su interior.

    Mariona se sentó enfrente de ella. El césped debía de estar frío o mojado. Fue a buscar una pequeña silla de playa que estaba plegada y apoyada al borde de la pequeña elevación que hacía la casa. Se puso a par de metros más o menos. Kim trató de no mover un músculo, para no romper la contemplación de su amiga. Le resultaba más difícil que antes. ¡Cuántas veces la había visto desnuda! Si lo pensaba un poco, siempre se había desvestido en la consulta. Ahora comprendía también que la deseaba desnuda física y mentalmente pero como terapeuta había actuado de manera profesional, no implicándose más allá. Y esa noche, -hasta ese momento-, había actuado más como madre y como terapeuta exigente. El mensaje le resultó diáfano: te quiero desnuda, te quiero como amante. No te lo ordenaré, no me creo con derecho. No, se corrigió a sí misma. No se cree con derecho todavía. Debo dárselo.

    Pasaron los minutos. Las pantorrillas dolían cada vez más. Los pezones, hambrientos e irritados. El clítoris lo sentía muy expandido. Sin pinza que le impusiese límites lo encontraba extrañamente erecto. Como el pene de Roger, si es que eran sensaciones comparables.

    Las interminables horas con Roger le daban un plus. Por otra parte, podía moverse cuando quisiera, pero no lo haría. No era una guerra de voluntades, ni imposiciones. Se sentía muy querida. Bastaba con que la contemplasen para sentirse amada.

    Se imaginó mentalmente desde fuera. Corrigió algo la postura, no pensaba que pudiera considerarse una ruptura de su quietud si era para mejorar su posición. Alzó algo más la barbilla, lo que le dificultaba la visión de Mariona, sin llegar a impedirla. Giró las manos hacia ella, ahuecándolas como si llevase unas pelotas de golf. Lo hizo todo muy, muy lento.

    Mariona asintió cuando vio su nueva postura. Y usando gestos le indicó que levantase los talones. Kim obedeció. Le hubiera gustado elevarlos con lentitud pero sabía que no tenía los músculos descansados, así que los llevó lo más alto que pudo a toda velocidad. El culo quedó más alto y sobresaliente. Los pechos más hacia afuera. Corrigió para quedar bien erecta y equilibrada. Mariona aplaudió con las manos. Un aplauso silencioso. Y habló.

    —Yo me quedaría toda la noche, pero sería injusto para ti. Cuando te tiemblen las piernas, puedes abandonar la postura. O cuando así lo desees.

    Así de sencillo, el mero capricho del observador y un nuevo dilema para ella. Cerró los ojos para dejarla a su aire. Cuando ya no pudo con su alma (ni con sus piernas), bajó los talones con toda la fluidez que pudo y se quedó quieta nuevamente. Mariona continuó la conversación.

    —Supongo que te extrañará un poco que involucre de esta forma a mis hijos. No crecieron aquí sino en Batavia. No sé si has oído hablar del lugar: en todo caso, te diré que las costumbres sociales y afectivas son muy diferentes a las nuestras. La sexualidad es completamente diferente. Y antes de que preguntes, su padre murió hace dos años y por eso decidimos que viniesen conmigo. Si conocieses Batavia, comprenderías que nunca hubiera permitido que no tuviesen la oportunidad de crecer allí, a pesar de estar lejos de su madre. No te preocupes por tu sexualidad ante ellos, es algo normal en Batavia y están acostumbrados. Han estado cohibidos por mí, saben de mi atracción por ti.

    Mariona se incorporó, volvió a dejar la sillita donde estaba anteriormente. Sacó la llave del bolsillo de su pantalón y abrió la caja para que Kim pudiera vestirse., que negó con la cabeza.

    —Me debes una cita. No pienso irme a casa hasta obtenerla. Quiero que ligues conmigo. Quiero sentirte excitada toda la noche. Quiero romanticismo, devoción y ver en ti que me quieres llevar a la cama. Si no lo haces, no volveré por mi voluntad. Sólo por la obligación que me has impuesto.

    Mariona respondió sin pausa.

    —No hay problema. Pero es muy tarde y mañana trabajas. En fin, supongo que podrás tomarte una pastilla contra el sueño. Pero tenemos toda la vida por delante.

    Kim negó con la cabeza y matizó.

    —Hoy. Algo me dice que nunca darás el paso. Se me exige claridad en mi sumisión. Y expresar mis deseos, sin expectativas de que puedan cumplirse. Puedes tenerme como amante con mi entrega incondicional o por obligación, pero hoy no quiero quedarme sola en la cama con las pinzas. Ni siquiera podría dormir. Quiero que expreses tu deseo hacia mí, con tu cuerpo, hablando. Supongo que tienes el chip colocado y no puedes tener orgasmos. Eso siempre es un límite. No creo que te resulte tan importante.

    En ese momento, -por primera vez-, Kim se planteó que Lin tenía orgasmos con ella. ¿Cómo era posible? Ni siquiera se había dado cuenta en todo ese tiempo tan concentrada que estaba en darle placer. Mariona no le dio tiempo a seguir pensando sobre el tema.

    —Es la primera vez que no te veo como terapeuta. No he tenido tiempo de expresarte mi afecto o mi amor. Me cuesta más a mío que a ti. Puedes vestirte y nos vamos.

    —Es una noche especial también para mí. Busca un atuendo sexy. Algo que te excite especialmente. Incluyendo unos zapatos de tacón alto que vayan a juego y que te haga disfrutar al vérmelos puestos. Maquillaje, pendientes. No importa lo que tardemos.

    —Pues tendrás que entrar en casa. Buscaremos algo— sugirió Mariona con cierto desespero a estas alturas.

    Sabía que se había equivocado a la hora de seducirla. Kim vislumbró su indecisión. Se sentó en el porche a pesar de la frialdad del mismo. Casi agradeció sentir ese frescor en las piernas, tan cansadas las tenía. No la tocó, pensó primero en la falta de la pinza entre sus muslos. Pensó en Roger, se lo diría mañana. Quiero que esté orgulloso de mí. Trató de animar a Mariona.

    —Quizás he exagerado un poco. Si no puedes hoy…— le dijo con suavidad. Le tocó negar con la cabeza a Mariona.

    —Tienes razón, Kim. Todo estaba perfectamente preparado. La caja, los zapatos, la cena con mis hijos. Eres la mujer más hermosa que conozco. Y las pruebas eran extremadamente difíciles. Quiero una tregua. Nada de ultimátum. Deja que te muestre lo que siento por ti. Quiero hacer las cosas bien. Esta noche y siempre, pero no voy a saber cómo vestirte ni adónde llevarte en este estado.

    Kim se quedó pensativa. A punto estuvo de hacerse una pregunta. Por un momento, casi llevó la mano a la cabeza para golpearse. Sólo cuando su habitual control sobre sus manos tomó el relevo se frenó. Miró a Mariona con enormes ganas de cogerle las manos, molesta consigo misma. Giró la cabeza para asegurarse de que las pinzas siguen ahí, en la caja. Después de todo estaba abierta. Demasiado fácil. En cuanto la llevase puesta y se tocasen, su sumisión se abriría paso completamente y Mariona se escondería. Quería alguna implicación más real por su parte. Pónselo difícil se dijo. Rastreó hacia atrás. Se hizo la pregunta ¿qué había dicho Angelina? Se maldijo. Era imposible no hacerse preguntas de cuando en cuando. Ya daba igual. Dijo: A mi madre le gustan tus piernas tanto como a mí. Tenía la respuesta. Angelina se implicaría. Estaba segura.

    —Mariona. Yo también estoy cansada, aunque agotada sería mejor descripción. También estoy en una nube. Sabes casi mejor que yo que vivo en un cóctel de endorfinas, fantasías y amantes rigurosos. Pero hablan conmigo y me dicen qué quieren de mí. Tú hoy no lo has hecho, al menos, desde que te sentaste aquí fuera. Estoy de acuerdo contigo en que no debemos ser tan drásticas. Te sugiero que despertemos a Angelina. Que decida ella que debemos hacer. Si me debo ir a casa o a buscamos un restaurante romántico y cenamos de nuevo. Que me maquille y elija el atuendo. Hasta si debo llevar la pinza. Me da una enorme vergüenza que tus hijos sepan que debo llevarla para que me toquen.

    Mariona salió disparada. Volvió con una Angelina que no parecía muy dormida. ¿Les habían oído toda la noche desde sus habitaciones? Una pregunta más que no debía haber realizado.

    Angelina parecía preparada, como si todas las noches tuviera que vestir a una mujer desnuda en el porche de su casa. Kim casi se mordió la lengua y el cerebro para no hacer ninguna pregunta. Angelina primero se agachó para ponerle los zapatos. Suela metálica roja con un saliente trasero para evitar que el pie escapase por detrás. Un aro de cuero para el dedo gordo del pie y otro para el tobillo. Los dos se cerraban se ajustaban al milímetro gracias a un velcro resistente por el interior. El pie quedaba desnudo. Eran bien altos, algo menos que los que solía llevar pero todo el peso iría al dedo gordo. Observó el esmero que se tomaba Angelina. Esos zapatos eran para ella. Le quedaban como un guante. Si pudiera preguntar. Le adivinó el pensamiento.

    —No seas tonta. Llevamos semanas discutiendo qué zapatos ponerte en casa. Mi madre quería que llevaras éstos. La convencí de que aceptarías los de cristal sin rechistar. Si te hubieras resistido, te hubiera ofrecido éstos.

    Kim iba a preguntar lo del cristal. Reformuló: “Creí que eran de plástico”. Angelina negó y respondió a la vez, sin dejar de mirar las piernas desnudas de Kim: “Son de un cristal especial y adaptable, aunque sea difícil de creer. Se ajustarán a tus pies a medida que los uses, igual que tu cuerpo cambiará su postura por ellos.”

    —Sois fetichistas— dijo Kim aunque casi hace la pregunta. Se hubiera puesto una pinza en la boca con una pregunta más en su cráneo. No podía dejar de admitir la sabiduría de Mariona. Su mente cambiaba tan rápido como su cuerpo. Angelina la miró como extrañada de que no lo supiese a estas alturas, creyendo que había ido a la casa sabiendo a qué venia.

    —No sabía nada, Angelina. Me he convertido de paciente y alumna de tu madre en…— Se paró porque sintió que no se expresaría con claridad.

    —Nuestro animal doméstico. Eso es lo que debes ser en casa. Entre otras cosas. Sólo si lo deseas, claro. Mamá es demasiado recatada para pedírtelo. No sabes cómo ha cambiado desde que te ha conocido. Lleva demasiado tiempo entre adolescentes y pacientes.

    Todo esto transcurrió con las dos ya de pie. Kim mantenía los brazos levantados en vertical como Angelina le había indicado. Los ojos cerrados, expectante a ver que vestido le colocaba. Se sentía agasajada. No hubiera podido explicarlo. La vestían en el porche de una casa. Hacía frío (ya estaba acostumbrada debido a las sesiones en la sala de los servidores) y estaba casi desnuda. Dejó de hacer recuento y se centró en sentir la tela. Era suave y cálida. Nada de rozaduras infames. Quizás eso sería peor. Puede que hubiera debido de llevar el clip, la habían tocado por momentos. Decidió que era razonable. El contexto también contaba. No podía estar continuamente evaluando, era una de las reglas. Volvió al vestido. Exiguo seguro que era, y sexy como el demonio. Tan ligero como un body o una negligé. La espalda descubierta, las piernas y los… lados. Bajó los brazos y abrió los ojos. Se miró. Angelina sacó un pequeño espejo del kit de maquillaje que había traído, sabedora de que Kim se moría de ganas por verse. Como le pasaba a todas las mujeres. El espejo resultaba insuficiente así que Kim recorrió el vestido con las manos, cuidando de no tocarse. Angelina ayudó todo lo que pudo.

    —Es abierto a los lados, salvo un pequeño enganche que tiene justo en cada cadera. Se moverá a la menor brisa, al menor de tus gestos. Gírate.

    Kim se puso de puntillas y realizó un giro de 360 grados. El tejido era tan leve que se despegó en su frontal y la falda se levantó. Pero no notó mayor frescor o un cambio de aire. No entendía por qué. Por suerte, Angelina estaba tan excitada que le explicaba cada característica como si fuese un vestido de novia.

    —Es un polímero especial, muy parecido a la piel. Transpira casi igual. A medida que te acostumbres, no notarás que lo llevas. Ni cuando se despegue ni cuando vuelva a posarse sobre tu cuerpo. Es bastante ajustado pero tan liviano que se alejará si te mueves con suficiente velocidad. Los pechos te quedan perfilados y tus pezones son obvios. Su forma al menos. No se ven. No es un vestido trasparente o traslúcido. Tiene un agarre al cuello, además de los de las caderas. De hecho, son dos telas independientes. La delantera va creciendo en anchura para tratar de esconder los pechos, aunque no llegar a asomar a cada lado, salvo si la tela se despega, en cuyo caso, se ven sin demasiado esfuerzo. Pero tú no deberías notar si el tejido está pegado.

    Kim asintió con la cabeza. Era endiabladamente sexy. Ni siquiera sentía algo puesto salvo por el contacto metálico en el cuello y el ligero peso del vestido, más por el metal que llevaba en las caderas. Angelina fue a la casa y no tardó en regresar.

    —Lo había olvidado. Tiene un cinturón negro para la cadera o la falda estará todo el tiempo alejada de tus piernas al andar. Te lo engancharé bien abajo aunque si no tienes cuidado puede que se te mueva a la cintura.

    Esto sí que lo sintió. Angelina lo colocó algo inclinado hacia el lado izquierdo. Le indicó que caminase de un lado a otro. Kim supo que descubría los pechos y las nalgas al andar. Tanto por las miradas de madre e hija como por simple lógica. Los pechos vacilaban y las nalgas oscilaban de lado a lado. Por la exigua parte trasera el tejido caía inclinado hasta la mitad del culo y luego verticalmente. En esa zona, Kim sentía como se despegaba y volvía a contactar. La sensibilidad de su culo era algo muy apreciado por Lin, que llegaba a usar plumas de diferente grosor y la obligaba a adivinar cuál era. Kim imaginó que al cabo de unos minuto la piel se acostumbraría y ya no podría saber si se alejaba el tejido.

    Angelina le colocó unos pendientes de aro. Pesaban bastante. Se explicó de nuevo: “Están bañados en oro. El interior es de plomo. A lo mejor te duelen los lóbulos dentro de un rato. Lo mejor es que trates de no mover mucho la cabeza. Ahora cierra los ojos y abre ligeramente la boca. Te maquillaré un poco.”

    No tuvo oportunidad de saber cómo quedó su cara. Angelina cerró el kit mucho antes de que le fuese permitido abrir los ojos. Mariona se había cambiado y lleva un conjunto rojo. Falda larga y plisada con botas altas. El top ajustado mostraba su pecho por un ligero escote frontal. Un collar de artesanía era el único añadido. Discreta y elegante. Bueno, ella también estaba elegante, pero no tan discreta.

    Mariona sacó el coche, mientras Kim esperaba en la acera, al otro lado de los setos. Se había despedido con una genuflexión y un giro completo. Antes de salir, Angelina había ido corriendo a buscar un bolso que hiciera juego. Negro y minúsculo, sin correa. Estaría obligado a sujetarlo. Le hubiera gustado tener las manos libres, nunca se sabía. Las pinzas y el móvil todavía estaban en la casa, a nadie se le había ocurrido en toda la noche sacarlos. Otra vez Angelina reaccionó antes que su madre y fue a por ellos. Kim notó como aumentaba su humillación (y la humedad entre sus piernas) cuando Angelina se los entregó. Lo puso todo en el diminuto bolso que ni siquiera tenía cierre. Si no tenía cuidado, se desparramaría el contenido. Antes de salir, Mariona sugirió que cogiera la documentación. Kim usó su instinto. La tardanza hubiera sido una falta y se agachó como dentro de la casa. Piernas juntas y rectas, elevando el culo. Dejó el bolso negro en el suelo, levantó la tapa de la caja trasparente, fijándose ahora que estaba enclavada al suelo: ¡Habían hecho obra! Otra vez supo que todo había sido previsto de antemano. Las dos telas cumplieron con su cometido y enseñaron culo y tetas. Los pezones sí notaron como quedaban descubiertos, pero senos y nalgas no sintieron nada. El vestido era maravilloso… para las circunstancias adecuadas. Bajó la tapa y pulsó dos veces la pestaña. Dio un último vistazo. Mañana tendría que volver al trabajo con esa vestimenta. Todo el mundo sabría que no había dormido en casa. Le divirtió el pensamiento hasta que comprendió que Lin también lo sabría. Quizás tampoco recibiría mañana caricias en los pezones. Dadas las circunstancias estaban bastante modositos. O no había tenido tiempo de centrarse en ellos.

    Por suerte, o por hábito, cayó en la cuenta de levantar la tela posterior antes de sentarse. Ni se preocupó por el resto, era imposible no mostrarlo todo. Adoraba los asientos de cuero y odiaba los de plástico.

    —Te mancharé el asiento de cuero. Lo siento— se disculpó Kim. No podía evitar su humedad.

    —Lo considero un honor— respondió Mariona, sin facilitar las cosas. Kim iba a decir ¿puedo ir al grano?, rectificó a tiempo.

    —Voy a ir al grano— masculló. Mariona asintió, dando su aprobación. —Quiero saber algo más de ti, de tus hijos, de tu vida.

    Sonó a exigencia. Y lo lamentó.

    —Todo llegará. Ya te lo dije antes. Puedes relajarte.

    —No, no puedo relajarme.

    —Pareces idiota. Nos llevábamos mejor cuando llevabas tus pinzas. Nada de discusiones, nada de peleas.

    —Sí, es cierto. Estamos enamoradas— replicó Kim, ahora siempre recitaba su preguntaba con la respuesta más probable que se le ocurría, si tenía visos de ser cierta.

    —No, yo estoy enamorada. Y recuerda que no puedo tener orgasmos, por el maldito chip. También quiero lo mejor para mis hijos— admitió sin dejar de conducir con suavidad. Kim, como siempre, dijo lo que sentía. Cuando volvía a ese estado mental de quietud, confiaba plenamente en Mariona. O en cualquier otro de sus amantes.

    —No puedo ni imaginarme como me ven. Deben de creer que estoy enferma o loca.

    La voz de Kim parecía mostrar amargura.

    —Deja que yo decida eso. Te dije que habría grandes retos.

    —No sé si los he superado o seré capaz de superarlo, Mariona. Lo siento mucho.

    Ahora la aflicción surgía espontánea.

    —Eso también he de decidirlo yo. Está bien. Hablemos de mis hijos— así Mariona zanjó la cuestión.

    — [¿Por qué …]— Kim se interrumpió por su confusión.

    Nota del editor: a partir de ahora todas las preguntas o requerimientos de Kim que incumplan las reglas (incluyendo pensamientos difusos o inconcretos) se pondrá en corchetes.

    —¿Es porque son mis hijos o por su edad? — inquirió con clara sorna Mariona.

    —[Ofrecer así como así las tetas a un adolescente] Por las dos cosas— respondió Kim.

    —Deja que aparque por aquí. A ver si encontramos un lugar agradable.

    Entraron en lo que resultó ser un bar de lesbianas. Solo había mujeres en top-less en la barra, salvo un par de camareros descamisados y con unos paquetes descomunales entre las piernas, apenas disimulados por unos pantalones demasiado ajustados

    Pidieron cerveza y unas tapas. Kim estaba tan sosegada que se sentó con toda tranquilidad descubriendo su pecho y su culo. El asiento le resultaba algo picajoso, seguro que era de plástico cubierto de algún otro tejido artificial. Se sentó ladeada, lo que mostraba todo su pierna derecha a Mariona y cuando se inclinaba los pechos se descubrían.

    —!Fantástico!—dijo Mariona ante su postura. Kim cayó en la cuenta del verdadero problema que había tenido con su terapeuta. No es lo mismo escuchar lo que te narran, que vivirlo de cerca. Ahora era parte de su universo, una parte activa. Antes, su labor era escucharla. Había decidido incorporarse a su universo. Y había resultado un choque de trenes devastador. Debía ser difícil, supuso, tenerla desnuda y con las pinzas día tras día, escuchando todo lo que le hacían —o no le hacían— otras personas. Si se había enamorado, hubiera bastado con seducirla un poco. [¿Por qué unas fantasías tan forzadas en su casa y ante sus hijos?]. Empezaba a quedarse adormilada. Se levantó y se sentó junto a Mariona, para permitirle tener acceso a su cuerpo. Entonces escuchó como le preguntaba:

    —¿Acaso llevas la pinza puesta?— Kim despertó de golpe. Se le había vuelto a olvidar. Roger ya no estaría demasiado orgulloso de ella. Agachó la cabeza y se inclinó un poco, lo que descubrió los pechos, pero no se percató encerrada en sus pensamientos.

    —¿Quieres que hablemos de ello?— volvió a preguntar Mariona.

    —Ha sido un error imperdonable. [Estoy cansada]. Debes estar muy decepcionada— dijo Kim sonándole la voz hueca. Su expresión era desoladora.

    —Te juzgas con demasiada dureza. Ahora bien, no parece que te preocupes por tu acompañante o ya hace rato que estaría colocada tu pinza. Era tu deber estar accesible y únicamente te has preocupado de como se ajustaba el vestido—le recriminó Mariona, aunque Kim notó que hablaba de manera irónica y su expresión era de ternura. Comprobó su vestimenta y ahora sí supo que estaba mostrando los pechos de nuevo, tanto a Mariona como a todo el que mirase hacia ellas. Todo su lateral izquierdo estaba desnudo, desde la punta del pie hasta la cabeza.

    —¿Qué puedo hacer? —preguntó, girándose para poder ver a Mariona con más comodidad. Ni se planteó como quedaba la tela. Tampoco se dio cuenta de qué había hecho una pregunta.

    —Bueno, una pregunta sólo agrava el problema. No te preocupes por mí. He disfrutado enormemente de la noche, salvo esos instantes en el porche en los que me encontré perdida. ¿Puedes cogerte libre mañana en el trabajo? Es viernes. Si te quedas con nosotros hasta el lunes, trataré de ayudarte. No te será fácil, no nos engañemos— sentenció Mariona, bromeando.

    —[¿Sabré algo más de ti?]Llamaré por si hay algo urgente o imprevisto… no sé si podré resistir la idea de que tus hijos me vean de nuevo—Kim lo matizó sin ánimo de disculpa.

    —Te propongo un trato. Acepta libremente ser nuestro animal doméstico y tendrás derecho a hacerles todas las preguntas que quieras— ofertó Mariona con cierta desasosiego.

    —¿Siempre que quiera?— preguntó ansiosa. Kim se dio cuenta de que había vuelto a hacer una pregunta. En fin, ya no tenía remedio. Mariona soltó una carcajada.

    —De acuerdo. Está claro que necesitas preguntar todo el tiempo. El precio va a ser muy alto y por ahora desconocido para ti.

    Kim asintió y se sintió obligada a confirmar que pagaría.

    —Me tienes sujeta por obligación y tu deseo de que acepte libremente me extraña cada vez más. Te importa tanto que aceptas un intercambio innecesario. No te debe extrañar que quiera saber más de lo que tanto deseas. Sé que es mi mente la que desear cambiar.

    —Y tu cuerpo. Por ejemplo, desnudas tus pechos como intercambio, como favor hacia mí. Tratando de disculparte por tus acciones… digamos de la última parte de la noche. Tu actitud displicente. Sigues con la idea del control. En el fondo quieres tener la posibilidad de elegir. Y es cierto. Lo que yo quiero es que aprendas a distinguir entre tus elecciones y tus deseos. Que aprendas a actuar sujeta a los deseos de los demás.

    —[¿No es lo que ya hag…?] Creía que es lo que he estado haciendo desde que estoy con Roger— afirmó Kim con turbación. Se consideraba la perfecta sumisa, la perfecta esclava.

    —Sí, con matices. Lo que se te pide es que conviertas los deseos de tus propietarios en tus propios deseos, sin contrapartidas—explicó Mariona.

    —[¿propietarios?] No entiendo eso de propietarios. Pertenezco a Roger, luego a Lin, ahora acepto pertenecerte. Me resulta hasta confuso… y contradictorio.

    Kim no terminaba de estar convencida de su forma de expresarse, en clara contradicción con sus órdenes.

    —Tu confusión proviene de tu mente. Si te centraras en tus reglas, hallarías más claridad. Cojamos un ejemplo, la pinza en el clítoris. Tu principal amo no desea que seas acariciada sin llevarla, pues gusta de tu dolor tanto como de tu placer. No necesita estar junto a ti, le basta saber que lo llevas en esas circunstancias. A partir de ahí, tu libertad es plena. Hay pequeñas preferencias por su parte: que lo lleves cuando duermes y una excepción: si llevas pinzas en los pezones no se permite que te toquen aunque sí las lleves en el clítoris ¿Lo he descrito correctamente?

    Kim lo confirmó. Realmente era así. No era tan difícil, por mucho que ella se empeñase en obviarlo. Mariona continuó la exposición.

    —A partir de unas sencillas premisas, tienes unas enormes dosis de libertad, de cuerpo, de mente, de alma y de espíritu. Si te preguntasen si eres libre ¿qué contestarías?

    Mariona miraba el cuerpo ofrecido de Kim, sin llegar a mantener contacto visual.

    —Soy libre… de aceptar esas condiciones. De sentirme orgullosa. De no esperar nada a cambio.

    Kim se sentía tan contenta de expresarlo, de demostrar su amor por Roger. No estaba delante pero estaba presente.

    —Aparte de Roger, Lin, tú y yo… ¿Alguien más conoce las reglas?— preguntó Mariona. Kim negó sin llegar a saber adónde quería ir a parar.

    —Roger te acaricia cuando lo desea. Lin se ajusta a tus deseos, te pones la pinza y le das barra libre. Tú venías a mi sesiones, te ponías las tres pinzas, lo que de por sí implicaba que no te podía acariciar. Ahora no llevas ninguna. ¿Hay alguna diferencia?— preguntó Mariona que estaba sorprendida de haber encontrado de nuevo su habitual compostura.

    Kim comprendió entonces lo que quería decir Mariona. Su desconsideración. Esa noche se había presentado en la casa y había cumplido con todos los requisitos. Había sufrido humillaciones dolorosas. Mariona estaba satisfecha de su comportamiento, pero ella no se había ofrecido realmente. Nunca había comprendido que su cuerpo era inaccesible en dos estados diferentes. A Lin se le había explicado específicamente en qué momentos podía jugar con ella. Pero siendo Kim la que en el fondo decidía. Era su necesidad de caricias, no el deseo de Lin, el verdadero motor. Y, Mariona, le había colocado en la disposición mental para comprenderlo.

    Kim creía que se había entregado esa noche, hasta que llegó su exabrupto. También lo había creído ahora cuando descubría su cuerpo, lo poco que tapaba el vestido.

    —Tienes razón, Mariona. Debemos aprender a ser amigas, amigas de verdad. Y, sin engaños. Y cuando yo lo considere, ceder mis… derechos. Darte plena libertad sobre mi cuerpo. Si es lo que deseamos las dos. Entiendo que yo sólo puedo ceder una vez… luego es algo que ya no me pertenece— reafirmó Kim vislumbrando la trascendencia de lo que, en el fondo se estaba diciendo a sí misma.

    —Es algo sagrado, pero claro que tienes el derecho de retirar tu permiso. Es tu implicación lo más importante… junto a tu conciencia de lo que estás haciendo. Tienes un solo amo. Los demás siempre sabremos de las limitaciones. Aunque simplemente sólo hay una: no podemos darte orgasmos. Si te paras a pensarlo, Roger sólo pone símbolo hay un hecho evidente: tu chip te impide tener orgasmos con todos menos con él. Ha añadido que sufras dolor y que sea evidente para cualquiera con quién quieras estar. Sólo tú puedes decidir si aceptas sus deseos. Por lo demás, tu grado de libertad es mucho mayor que cualquier mujer casada— aclaró Mariona.

    —Necesito que me hables siempre así, Mariona. Con claridad, con confianza. [¿Me quieres?]. Te quiero. Seré tú animal doméstico. Tu amante. Lo que tu desees. Mi sumisión será completa.

    —¿Incluyendo a mis hijos? Marcando yo los límites, si es que los hay— inquirió de nuevo Mariona. Kim asintió. Se obligó a afirmarlo verbalmente.

    —Sí, incluyendo a tus hijos.

    Salieron del bar casi arrastrándose, agotadas. Mariona la acompañó a su casa. Antes tuvieron que ir a la suya, dónde Kim se desnudó en el porche. Sacó el móvil y las pinzas del bolso y se lo entregó a Mariona, quien entró en la casa para dejar todo en el recibidor. Volvió a salir, abrió la caja y contempló como Kim se vestía con la ropa con la que había llegado. A pesar del cansancio, Kim se había desnudado de arriba a abajo, terminando por los tacones, el culo bien elevado. Ahora se vestía de abajo arriba. Como eran sus tacones habituales, elevó primero una pierna y luego la otra. Mariona había contemplado este gesto muchas veces en la consulta. Era muy bello.

    Mariona había debido cambiar de opinión y no dormirían juntas esa noche. Pero se abstuvo de hacer comentario alguno. La condujo a su casa y subió con Kim. Vio como se desnudaba nuevamente de arriba a abajo y guardaba el vestido y los tacones. Se puso la pinza inferior y esperó de pie con las manos a los lados y la barbilla bien alzada. Mariona entendió lo que quería. Acarició los pezones. Comprobó lo eróticos que eran. Estaban duros. Adorables. No se mantuvo mucho rato. Tendría todo el tiempo del mundo para disfrutar del cuerpo de Kim. Esperó a ver como se colocaba las pinzas en las pezones y se enroscaba en la cama. La arropó y se recostó junto a ella, queriendo sentir como se dormía.

    Cuando Mariona notó que Kim ya se había dormido, se fue a casa. Sus hijos también estaban dormidos. Le extrañó. Casi hubiera pensado que se habían quedado preocupados toda la noche. O es que confiaban ella. Prefirió creer lo último.

    Como tenía por costumbre, se centró en lo que había hecho bien antes de dormirse. Por la mañana, se preocuparía por los errores del día. Como todas las noches, se masturbó tocándose los muslos mientras se iba quedando dormida. Hacia ya mucho tiempo que se había despreocupado por unos orgasmos imposibles de alcanzar. Pensó en Lin y la suerte que tenía.

  • Mi novia, la zorra

    Mi novia, la zorra

    ¿Se imaginan conocer el lado más salvaje de su novia en una situación que otras les hubieran terminado? Bueno, eso fue lo que me pasó a mí…

    Soy un joven de 25 años, 1.70 m., de estatura, moreno y de complexión gruesa sin llegar a gordo, tengo un pene de 16.5 cm., y una novia hermosa. Mi novia es más alta que yo mide 1.72 es blanca, tiene una cara hermosa y un cabello precioso, con unos ojos color miel que hipnotizan a cualquiera, un par de tetas grandes y hermosas y un culo redondo y perfecto que lo complementa unas largas, torneadas y bellas piernas.

    Mi novia, a pesar de adorar el sexo, siempre ha sido algo discreta, ya que es menor que yo, pues tiene 20 años, se siente muy segura y cómoda conmigo, lo que genera gran placer sexual sin llegar a limites eróticos.

    Entrando a la historia, yo empecé a trabajar en un despacho contable a los 23 años como auxiliar, pero por mis habilidades ascendí muy rápido hasta el punto de ser Jefe del departamento de Finanzas y Contabilidad. Este ascenso me obligó a vestirme mucho más formal: Saco, camisas, pantalón de vestir y zapatos de vestir, lo normal dentro de una empresa normal.

    Sin embargo, por casualidad o quizá ambición, muchas de las trabajadoras de la empresa empezaban a coquetearme y ah tener ciertas atenciones conmigo, me arrimaban el culo o mostraban un escote a sus tetas, pero la verdad no le llegaba a mi novia, por lo que simplemente las ignoraba.

    Hasta que un día, recursos humanos decidió contratar para mi área una asistente para facilitar mis tareas y hacer más eficiente el área. La muchacha contratada era alta morena, cabello lacio, unas tetas si no grandes si apetecibles, un culo redondo, usaba lentes y en el pelo siempre se hacía una cola alta, debo de admitir que esto me vuelve loco.

    Pasaron los días y la verdad, todo transcurría con normalidad, la muchacha no solo resulto ser atractiva, sino que muy inteligente, capaz y con demasiadas habilidades. Hasta que, en una tarde, nos quedamos ella y yo terminando un informe que íbamos a presentar la mañana siguiente, ella me pregunto que si se podía poner más cómoda pues estaba cansada de todo el día de trabajo, a lo que obviamente asentí, así que ella salió al baño para mudar la ropa. En cuanto llego nuevamente a mi oficina, simplemente quede prácticamente boquiabierto, llego con una minifalda que dejaba al descubierto parte de su culo y un top que permitía ver casi a totalidad sus pechos. Ella notó mi atención a lo que me dijo:

    -Sabes, eres un chico listo y algo atractivo, me vestí así para ti, y la verdad tómame si eso quieres

    Al momento no supe que responder, inmediatamente pensé en mi novia y lo que una acción causaría en mi relación; afortunadamente antes de que algo pasara, llego ella, mi novia, vistiendo un pantalón y una blusa, la verdad nada impresionante; llego y se quedó inmutada por la escena.

    – ¿cómo va el trabajo amor? Preguntó

    – ¿Bien, de hecho, ya terminamos, te parece si nos vamos a cenar? Respondí.

    Ella asintió, así que me acerque le di un beso y la abrace, me despedí cordialmente de mi asistente, ella de forma provocativa se despidió, viendo a mi novia, retándola en el fondo

    -Adiós, cachorro, nos vemos mañana, dijo cuando ya íbamos a salir de la oficina.

    Esa noche, mi novia estaba callada, trataba de hacerla reír, preguntarle y explicarle, pero nada funcionó, ella estaba cortante y algo triste y confundida, si se notaba en su rostro, llegamos a nuestra casa, dormimos y acabo ese día.

    Cuando desperté, ella no estaba en la cama, decidí salir a buscarla en la cocina, y ahí estaba, vistiendo una playera transparente que dejaba ver esos hermosos pechos, con los pezones duros y tenía una tanga roja que dejaba al descubierto ese hermoso culo que ella tenía, me acerqué y con tal de hacer como si nada pasará, le di una nalgada bastante dura, que hizo que esas nalgas le rebotaran.

    -Oye eso duele, mencionó, enseguida me agarro mi verga y agrego, está bien dura hoy, ¿no? Lástima que tienes que ir a trabajar, siéntate y desayuna.

    Al momento en que me lo decía, tenía una mirada picara, una mirada que solo cuando teníamos sexo la ponía, me excito y me puso dura mi verga con ganas de quitarle la tanga ponerla en cuatro y penetrarlo muy duro, pero me dejo con las ganas, pues el tiempo era el pretexto perfecto y ya no me dejo acariciarla siquiera.

    Al momento en que ya me iba al trabajo, se despidió de mí con un beso pasional, su lengua toco la mía, mientras sus pechos se pegaban fuertemente en mi pecho y su mano me apretaba fuertemente mi verga y mis huevos, después de eso pregunto si ese día también iba a regresar tarde del trabajo, a lo que respondía que sí, se dio media vuelta meneando el culo de un lado a otro, muy sexy, como una autentica puta, eso me puso la verga dura y me dejo con una frustración en no poder cogerla, subí a mi coche y me fui a trabajar.

    El día transcurrió con normalidad, como si nada hubiera pasado, hasta la hora de salir…

    Solo quedábamos 4 personas, mis asistentes, dos ingenieros y obviamente yo. Llamé a mis asistentes a mi oficina por unos documentos que necesitaba, así que me los llevó; después de revisarlos me agarro de la camisa se hinco y rápidamente me saco la verga e intento mamármela, no supe cómo reaccionar más que intentar alejarla un poco así que la tome del cuello y al aleje, en ese instante, entra mi novia nuevamente, e imaginen la escena, yo con la verga por fuera tomándola del cuello a ella y con la boca abierta.

    Fue tanta mi sorpresa que no me di cuenta como mi novia llegó vestida, traía una minifalda que dejaba a ver gran parte de su culo, una blusa con un escote impresionante y un bralette negro sin sostén, realmente impresionante, realmente una puta.

    Así que mi novia cerró la puerta, me empujó hacia un lado y le dio una cachetada a mi secretaria esta ultima de la sorpresa no supo cómo responder, mi novia me miro pícaramente y sonrió, en eso le dio la vuelta a mi secretaria dejándola boca abajo le subió la falda y le quito la tanga que llevaba le levanto el culo mirándome directamente alas ojos le empezó chupar el culo. Simplemente no podía creer que ella era mi novia, pues era una chica recatada en público y algo conservadora y nada exhibicionista, pero en ese instante le estaba devorando el culo a esa chica, lo disfrutaba pues me miraba con un gran placer mientras le chupaba el culo, escurría saliva por toda la vagina de mi secretaria, mi novia, mi novia era una gran puta en ese instante. Agarré mi verga y me la empecé a jalar fuertemente, mis bolas iban hacia delante y hacia atrás chocando contra mis piernas, mie tras estaba extasiado con la escena lésbica que tenía por delante. Mi novia se paró, y la chica del placer no pudo ni moverse ella también estaba extasiado por la lengua de mi novia, por consiguiente, me beso.

    – ¿Cógetela, rómpele el culo, eso ibas hacer no?, ¿hazlo frente mío su tienes huevos, vamos rómpele el culo de prostituta que tiene, le sabe demasiado rico, no crees? Al instante me beso y me jalo la verga.

    Me puse de rodillas, le abrí el culo a la chica y le metí mi verga de una golpe, estaba demasiado excitado, fuera de mi era un auténtico animal, la penetraba, le estaba profanando el culo, le estaba dando demasiado duro, tanto que me llego a suplicar que parara, pero solo le daba más duro mis bolas chocaban con su vagina, mi novia se acostó debajo de ella y empezó a chuparle los pezones a la puta de mis secretarias; yo seguía penetrando como animal a esa puta, cuando puse mi atención en mi novia y su cuerpo estaba en una tanga negra diminuta, su cuerpo me volvió loco su cintura su coño, sus pierna y esas nalgas que servía de oporto, así que saque mi miembro del culo de mi secretaria y la hice a un lado, quedando solo debajo de mí mi novia y su hermoso y apetitoso cuerpo, le quité la tanga y le empecé a devorar el coño, saboreaba su clítoris, dios era tan delicioso, ella gemía y pedía más me agarra del cabello y me mantenía en su coño, la otra chica solo miraba con celos a mi novia; alcé las piernas de mi novia y le empecé a lamer el ano, dios me volvía loco tener mi lengua en su ano y sus nalgas en mi cara, la mejor sensación del mundo, así que intercalaba entre besar su ano y comerle el coño tan rico que ella tiene, moría de placer hasta que vio como la miraba la otra chica, sintió los celos de esta cualquiera, así que me apretó con sus piernas y con su mano me tapo la boca y me empujó hacia atrás.

    -Para maldito bastardo, dijo mientras se paraba y se subía a mi escritorio cruzando las piernas, esa pose me volvió loco y por instinto me acerque, pero ella me alejo. –Cógetela a ella, a esa perra cógetela por el culo, destrózala.

    Agarre a la chica le pare el culo y la penetre frente a mi novia, sin perder su mirada, la penetraba tan duro, pero solo la observaba a ella, así que mis movimientos eran bruscos, le estaba destrozando el culo, ella ya no podía más…

    -Para, para, por favor, imploraba la perra

    -Vamos no aguantas nada perra, eres una cualquiera, querías verga, ahí la tienes, y tu maldito perro desgraciado cógetela hasta que no pueda más destrózale el culo aún más a esa desgraciada, decía mi novia mientras se reía y se acercaba a nosotros.

    -Para, para, para, ahhhh, paraaa ya, me vineee no aguantooo, paraaa, gritaba desesperadamente, mi novia la agarró del cuello y la cacheteo tres veces.

    -Quítate perra así es como se coge, así somos las putas, observa perra de quinta…

    Mi novia se puso en 4, tenía un hermoso paisaje en verdad, su culo y sus grandes nalgas era un escenario digno de admirar, eso solo me excito aún más, así que penetre el culo de mi hermosa novia, le di aún más duro, le agarre el cabello y lo jalaba, mi novia moría de placer, y yo aún más, me estaba cogiendo a dos putas, pero mi novia con mucha diferencia, cogía mil veces mejor, era un autentica puta.

    -Ahhh dame más cabrón, cógeme, dame maldito perro, mi culo es tuyo nadie te coge como yo, gozalaaa aaaah.

    Mi novia había terminado y yo también, me saque la verga de su gran culo, y la voltee y termine en su boca, salpico todo su cuerpo, cabello y sus tetas, que yo agarre los pezones y la jale con gran fuerza mientras sacaba todo el semen.

    Mi novia se acercó a mi secretaria, que estaba agotada y no podía ni moverse, y le escupió todo el semen en la cara, y le acerco su cara a sus tetas, y la asfixio con las grandes tetas que mi novia tenía. Yo estaba viviendo un sueño, prácticamente me había cogido a dos putas ese día, pero esto no habría de terminar ahí…

    Como habíamos mencionado en el relato anterior, yo me había cogido a dos putas, mi novia estaba ansiosa de venganza, pues pensaba que yo había tenido la intención de engañarla deliberadamente.

    Después de haber terminado y llenar de semen a mis dos putas, quedé agotado, sin embargo, mi novia le embargaba un deseo vehemente por coger y hacer todo tipo de travesuras sexuales, así que agarro del cabello a mi secretaría y le puso mi verga en su boca y se la empezó a meter a hasta ahogarla, y no dejaba de hacerlo, por mi parte, a pesar de no aguantar ya el placer, decidí aguantarme y seguir, después de todo estaba teniendo la cogida de mi maldita vida, extasiado por la imagen y por tener mi verga en la boca de esa cualquiera no me di cuenta que mi preciosa novia se había colocado detrás mío, solamente sentí cuando dos de sus dedos había penetrado mi culo, y mi grito de dolor por eso, nunca me había penetrado el culo, ni siquiera besado, y justa esa ocasión me había enterrado de golpe dos de sus dedos y los metía y sacaba con gran fuerza, sentía como me desgarraba el culo, mientras la otra me daba placer mamando mi verga sin parar.

    -Toma perra, así se siente por el culo maldita puta, siiii eso eres, mi maldita puta, una cualquiera que le gusta coger, expresaba mientras me penetrada mi culo y me brindaba una combinación entre dolor y placer.

    En cuestión de minutos, terminé llenando la boca de mi secretaria de leche, mi semen caía al piso de su boca, estando extasiado, alzo mi mirada hacia la entrada de la oficina, y vi sorprendido, como uno de los ingenieros que aún se encontraban en el lugar. Se encontraba con el miembro por fuera, haciendo movimientos firmes y constantes sobre su gran verga, debo de admitirlo, un miembro grande y grueso y venudo; mi novia también lo vio y mordiendo el labio inferior y mirándolo salvajemente esbozo una sonrisa, de inmediato el desgraciado empleado pervertido salió corriendo al baño, para seguramente terminar de masturbarse.

    En ese instante mi novia, se paró se puso los tacones, la tanga que llevaba, me dio un beso, se acercó a mi oído…

    – ¿Crees que es todo?, posteriormente salió así por la oficina y fue directamente al baño.

    La seguí como perro faldero, llegando encontró al chavo con la verga fuera, descomunal jalándosela fuerte, sin decir anda entro, le agarró la verga y se la enfundo en la boca metiéndosela entera en la boca, atragantándose, llenando de l saliva, mientras me veía y me decía soy una puta, ¿así te gustan ofrecidas no? Estaba loco, esa imagen había despertado mi miembro y se empezaba a endurecerse, ver a mi novia, la chica a la que quería, mamándole la verga a otro tipo, me encabronaba, pero a la vez me excitaba, mientras ella se lo mamaba, le bajé la tanga y le empecé a dar por el coño, ese delicioso coño que se volvía a tragar mi verga, la empecé a coger muy duro mientras ella aceleraba la mamada a esa verga que tanto está disfrutando, lo hizo tan rápido que se vino en su boca y le batió las tetas de su leche espesa, al pasar esto ella se saca la verga del coño y me besa haciéndome tragar el semen del chavo ese.

    Já, impotentes, vaya, perdedores, nadie se la coge como yo, nadie me coge como ella lo hace, vaya ilusos, vaya momento, lo peor es que esta situación, fue solo el comienzo…