Autor: admin

  • Una para todos

    Una para todos

    Primera parte

    Aunque Fernanda y Ricardo llevaban ya unos cuantos meses de novios, nunca habían tenido la oportunidad de coger en plenitud. Solo un par de veces en el asiento trasero del auto de Ricardo y unas cuantas mamadas en baños públicos. Llevaban semanas planeando tener un buen día de sexo. Y la oportunidad se daba el lunes en que Ricardo tomaría un día de descanso en el trabajo. La pasantía lo tenía exhausto y había logrado que le dieran un lunes libre. Así que cumplirían alguna de las tantas fantasías que tenían en mente. Aunque Ricardo es atlético y bien parecido. Todo ser viviente es opacado por la belleza de Fernanda, mide más de 1.70 y su pelo castaño casi rubio hasta la cintura la vuelve un objeto del deseo en donde quiera que se para. Además las piernas largas sólo son la antesala de un hermoso y monumental culo, y la cintura pequeña lo hace lucir como un Diosa. Por si fuera poco, los ojos de color y la pinta de niña bien logra que todos, absolutamente todos envidien a Ricardo.

    Ese día Ricardo despertó con una erección particularmente fuerte, sabía que por fin disfrutaría por completo de Fernanda y ella le había pedido que la sorprendiera e hicieran cosas locas. Así que, tomó las llaves de su auto y se fue directo a la casa de ella. Por su parte Fernanda, Al no asistir a la facultad, aprovechó y durmió un poco más de lo normal. Hasta que sonó un mensaje en su móvil.

    “Buenos días amor, ya voy en camino”

    Fernanda camino en calzones por la casa vacía, tanto su mamá como su papá salían a las ocho en punto a trabajar. Y su hermano ya debería está en la escuela. La ausencia del auto compacto de su padre y la camioneta de su madre lo confirmaban. Después de comer un poco de fruta, se dio un baño y se puso el conjunto blanco de tanga y brazier que había comprado el fin de semana, y los ligueros que tenía hace meses. Por fin tendrían un buen uso. Sonó el timbre y sin temor a que los vecinos l vieran atravesó el patio en lencería y abrió la puerta segura de que se trataba de Ricardo.

    —¡Esto es un asalto!

    Grito Ricardo y la jalo hacia la casa, aunque traía una capucha en la cabeza, y su arma era su mano haciendo forma de pistola, su eterna playera de los Rolling Stones lo delataba, aun así Fernanda siguió el juego y levantó las manos, fingiendo un gran susto.

    —¡tome lo que quiera, pero no me lastime!

    El bulto en el pantalón de Ricardo crecía mientras veía el contoneo de esas nalgas camino adentro. Aprovecho y le puso unas esposas de plástico que tomó de los juguetes de su hermanito. Ya adentro le coloco una venda en los ojos, mientras cruzaban la sala. Aunque conocía bien el camino. Era la primera vez que entraba a la habitación de su novia.

    —¡De rodillas puta!

    Sabía que su hermosa novia de cara tierna llevaba una puta dentro, y le excitaba que le hablara como una.

    —¡Abre la boca pendeja! ¡Me vas a mamar la verga o te mato cabrona!

    Sin pensarlo, Fernanda abrió la boca. Aunque tuvo que esperar a que él se sacara la verga, en cuanto sintió el calor en su lengua la aprisionó y comenzó a mamar. Ricardo estaba más que emocionado y fascinado con la vista de su novia. Sentía la saliva de Fernanda sobre su verga. Las manos de ella tras la espalda le impedían evitar que la verga de su novio entrará hasta la garganta. Y las manos de el en su nuca evitaban que ella pudiera zafarse.

    —¡Eso puta, a tragar verga hija de su puta madre!

    —¡Agggh!

    Fernanda sentía el calor acumularse en su vagina, y los insultos ayudaban en mucho a que ella se pusiera a tope. Aunque a duras penas podía jalar aire por la nariz, ella no quería parar, le gustaba sentirse humillada. Sentía su saliva escurrir por las comisuras de los labios.

    —¡Sé que te gusta perra! ¡Sigue mamándome la verga puta!

    Al otro lado del corredor, el ruido y los gritos despegaron a don Antonio, el papá de Fernanda debía hacer unos trámites fiscales, para los que su hijo mayor Juan Carlos de 28 años, pasaría por él, y por primera vez dejó que su hijo menor Daniel de 21 manejara su auto. Los ruidos no eran normales. Salió sin hacer ruido para ver que mierda estaba pasando. Al principio se le aceleró el corazón, pensó que alguien había entrado a robar. Pero en cuanto reconoció la voz del pusilánime de su yerno, se llenó de ira y casi tuvo el impulso de sacarlo a patadas. Pero, al acercarse. Vio la figura de su hija arrodillada, su larga cabellera y el cuerpo de su yerno no le permitían verle el rostro pero, la puerta de la habitación estaba abierta y podía ver con claridad la imagen de su hija atragantándose con la verga de su novio.

    —¡Ahora si te voy a coger, pedazo de puta!

    Aunque la voz de su novio era todo, menos amenazante. A ella le encantaban los insultos. La levantó la aventó de espaldas a la cama. Su padre con una furia acumulada, aguantaba en silencio para entender que mierda estaba pasando ahí.

    —¿Quieres verga putita?

    —siii… dame verga cabrón!

    —No te escuche pendeja… ¡¿Quieres que te meta la verga?!

    —¡Si puta madre! ¡Cógeme!

    La panocha de Fernanda estaba ya completamente húmeda, y el tiempo de espera en el que Ricardo se acomodaba el preservativo le parecía eterna. Cuando lo sintió encima, rodeó su cuello con sus piernas y lo jalo. Estaba más que ansiosa por sentir la verga dentro. Ricardo se quitó la capucha para poder admirarla por completo. Sabía que era afortunado de tener a ese pedazo de diosa por novia.

    —¡Te amo mi amor!

    —¡Eres un puto ladrón, no me digas cosas bonitas cabrón!

    —Perdón… ¡que rica panocha hija de tu puta madre! ¡Perra apretadita de mierda! ¡Vas a aprender a obedecer maldita puta!

    —¡¿Me vas a coger duro?!

    —¡Te voy a desmadrar el puto culo perra!

    —Siii… cógeme! méteme tu verga!

    Don Antonio, tenía un sentimiento agridulce. Estaba furioso de ver a ese pendejo cogiéndose a su niña. Pero, la cabroncita era su hija. Y además, su pantalón de pijama tenía un bulto. Aunque para sus ojos, su princesita era la más hermosa, sabía que con los años. En efecto se volvió una mujer hermosa. Y ahora lo comprobaban sus ojos.

    —Dame vuelta que se me están durmiendo las manos!

    —Si amor, perdón… perdón… ¡Te voy a empinar hija de puta! ¡Voy a desmadrarte esa cola!

    Cuando la acomodó, debido a que sus manos estaban en su espalda. Fernanda quedó empinada, con la cara en el colchón. La vista de ese culo con tanga y ligueros dejó sin aliento a Ricardo, y a medio pasillo también a don Antonio.

    —¡Puta madre!

    Murmuró su papá, estaba claro que su verga estaba dura, como hacía mucho no la tenía. Se sobaba la verga y tragaba saliva mientras veía a su yerno batallar por entrar en el culo de su hija, hasta darse por vencido y penetrarla por la vagina. Además de los gemidos de su hija, el golpeteo de los güevos de Ricardo chocando contra las nalgas de su niña le taladraban los oídos.

    —¡Más rápido hijo de tu puta madre!

    —Siiii

    —¡No pares, no vayas a parar cabrón uuuff!

    —Haaa! haaaa!

    —¡Aguanta puto! ¡Aguanta otro poquito!

    —Haaaaa! Haaaa! Ha!

    Aunque quiso evitarlo, el ver ese culo rebotando contra él, hizo que Ricardo se viniera enseguida. Solo alcanzo a saca la verga para que su semen se estrellara contra las nalgas de su novia. Luego intento penetrarla nuevamente pero su teléfono sonó y sacó la verga de inmediato.

    —No hagas ruido amor, es mi jefe.

    —¡No mames! ¡No me dejes así cabrón!

    Después de jalarse el pelo de frustración, intento compone la situación. Sabiendo que el momento tan especial que habían planeado, apenas había durado unos minutos.

    —¡Mira hija de tu chingada madre, te quedas así!

    —¡¿Qué?!

    —¡Ahí te quedas empinada! ¡Voy a contestar y regreso a partirte el culo perra!

    —Sí, lo que usted diga señor ladrón.

    Fernanda muy en el fondo sabía que se había acabado todo, pero quiso tener la ilusión de que su novio regresaría y la trataría como la puta que ella quería ser. Cuando Ricardo dio la vuelta para salir y contestar la llamada, se topó de frente con su suegro. Y quedó inmóvil. Don Antonio, que aún tenía la verga en la mano, le indicó con un gesto que se callara. Luego lo llevo hasta el patio y lo sentó en la banca donde acostumbraba a sentarse a leer el periódico.

    —Mira cabroncito, aquí te quedas y si haces algún ruido. Te corto los guevos. ¡Entendiste!

    Sin decir ni una sola palabra y con un temblor en los labios, Ricardo asintió.

    Cuando don Antonio camino el pasillo de regreso, vio el culo de su hija. Con la tanga de lado. Tenía rasurada la panochita y era el culo más hermoso que hubieran visto sus ojos. Y aunque el corazón parecía que se le saldría y las piernas le temblaban. Entro a la habitación y no necesito más. Su verga estaba totalmente dura. Tomó la cintura de su hija y metió su verga poco a poco. El sentimiento de culpa casi lo hace retroceder. Rosaba la punta de su verga con el clítoris de su hija, el semen de su yerno seguía escurriendo por las nalgas y piernas de su hija cuando se acomodó un poco más y empujó un poco hacia adentro, nuevamente pensó que era un terrible error. Pero el calor que envolvía su verga lo impulso a ir hasta el fondo.

    —¡¿Me vas a desmadrar el culo o no?!

    —…

    —Usted dijo señor ladrón… que regresaría a partirme mi puto culo…

    Después de sacar su verga, las manos de don Antonio que apenas rozaban la piel de su hija, cobraron fuerza y después de pegar su verga contra el ano de su pequeña, la física se encargó de todo lo demás. La verga entraba poco a poco y podía oír los quejidos de Fernanda. Y verla morder las sábanas para soportar el dolor.

    —¡Ya no la saques que me duele mucho!

    Don Antonio escuchó todo lo contrario, y en cuanto sintió que su verga llegaba al tope y veía a su hija se retorciéndose se separó y volvió a tomar impulso. Esta vez fue una entrada brusca, seguida de un grito desgarrador de dolor. Y el choque de ese culo contra el alimento su deseo.

    —¡Puta madre cabrón! ¡Me duele…!

    Pero su papá seguía entendiendo mal, y salió y entro de su cola hasta tomar un solo y rápido ritmo. La manera en que le apretaba las nalgas no era normal. Ricardo nuca había sido tan brusco.

    —¡Eso… haaa… como puta… trátame como una puta perra!

    La voz de su hija solo hacía que Don Antonio se aferrara más y ya le jalaba los brazos para que ese culo rebotara con todas sus fuerzas. Y aunque ella estaba desecha de placer, algo raro empezaba a pasar por su mente. ¿Por qué Ricardo ya no dice nada? Y esas manos, no se sentían igual, estaban grandes y callosas. Y aunque trataba de voltear, la venda en sus ojos le impedía ver quién estaba detrás. Además esa verga era más grande y gruesa por mucho que la de su novio. Y sentía una panza sobre sus nalgas. Una sensación de miedo la invadió y trató de zafarse. Pero el pie de quien quiera que sea que le estuviera metiendo la verga en su cola le oprimió la cabeza. Eso la excito muchísimo y decidió que quien fuera el que estaba cogiendo con ella, lo disfrutaría.

    —¡¿Entonces te gusta que te traten como una puta?!

    La voz gruesa de su padre le heló la sangre, y se detuvo. Pero su padre no. El siguió penetrándola y tomando más fuerza. Con los dedos del pie le saco la venda de los ojos.

    —Si quieres ser una puta… serás mi puta.

    Su pie oprimió con más fuerza la cabeza de su hija y las embestidas fueron más y más intensas. Fernanda estaba sin habla. La cabeza le daba mil vueltas y se sentía mareada. Pero su padre la sacó del trance y la jalo para sentarla encima. Ahora ella daba pequeños brincos para que rebotar en la verga de su padre. Don Antonio disfrutaba de la vista, las nalgas de su hija están rebotando frente a él. La jalo hasta que pudo besar su cuello. Y lo más importante, susurrarle el oído.

    —¡Que rico culo tienes! ¡No me importa que seas mi hija, de ahora en adelante vas a ser mi putita!

    —¡¿Papá?!

    Don Antonio sabía que las palabras dulces no funcionaban con su pequeña, así que puso en práctica lo aprendido y algo que en circunstancias normales le avergonzaría.

    —¡Papá ni que su chingada madre! ¡Eres mi pinche perra ahora!

    —siiii

    —¡No la escuche chamaca pendeja! ¿Grítelo para que lo escuche ese pinche escuincle caguengue!

    —Soy… soy… tu…

    —¡Fuerte hija de su puta madre!

    —¡Soy tu puta! Haaaa!

    Estaba a punto de llegar al orgasmo. Y la barba de su padre rozando su espalda la estaba volviendo loca.

    —¡Ahora a mamar una verga de a de veras!

    La acostó boca arriba, con la cabeza colgándole al borde de la cama y le metió la verga en la boca, solo eso bastó. Fernanda parecía poseída y trataba de meterla mayor cantidad de verga en su boca. Mientras su padre buscaba con la lengua el sexo de su hija para sentir en sus labios el sabor de aquella panochita. Ahora eran uno. Y no parecía que tuvieran ganas de separarse. Pero Don Antonio sabía que estaba a punto de soltar unos buenos chorros de leche. Saco su verga justo cuando sintió los espasmos y los chorros de semen chocaron contra la hermosa cara de su hija.

    —Soy tu puta… soy tu pinche putita… quiero ser tu puta! ¡Dame tu leche papi! ¡Dale su lechita a la nenita!

    La sonrisa en los labios de Don Antonio denotaba una alegría pura. Y ella seguía repitiéndolo como un mantra. El semen escurría por su cara y en su boca, pero no impedía que ella siguiera repitiéndolo.

    —Mi amor, tu papá está loco. Me obligo a quedarme afuera.

    Una lamentable imagen de Ricardo se asomó en la habitación, pero Fernanda tenía claro lo que quería.

    —Quítame estas cosas y por favor vete.

    Le dijo mostrando las esposas de juguete que le mantenían las manos en la espalda. En cuanto sus manos estuvieron libres, abrazo a su papá. Y busco la verga que le había dado tanto placer para seguir estimulándola.

    —¡¿amor?!

    —Vete.

    —Pero…

    —Ya la escuchaste.

    Don Antonio le puso su ropa en las manos y lo llevó a la puerta. Cuando camino de regreso, Fernanda estaba con las piernas abiertas y sobándose en clítoris.

    —¡Quiero más!

    —¡Pequeña puta de mierda!

    Fernanda se arrodilló y con sus dedos fue jalando todo el semen de su cara y lo tragó. La imagen de su hija logró bombear sangre y una erección apareció lentamente. Ella le besaba los guevos y recorría con su legua, hasta que metió en su boca por completo la verga de su padre. Y sintió como le jalaba la cabeza, cuando abrió los ojos sus miradas se encontraron.

    —¡¿Quieres que use preservativo?!

    Estaba claro que Don Antonio quería sentir a su pequeña. Fernanda sin dejar de mamar negó con la cabeza. Papá le tomó el pelo y la llevo a gatas hasta el sillón. Cuando él se sentó, Fernanda se montó frente a él. Dejando que la lengua de papá chupara sus tetas, mientras ella tomaba ritmo cabalgándole.

    —¿Te gustan mis tetas papi?

    —¡Estas bien pinche sabrosa! Más que tú madre cuando era joven.

    —¿Voy a ser tu puta.

    —¡Ya eres mi puta! Y vas a seguirlo siendo siempre.

    —¡que riiico! Siiii

    —Me vengo! Me vengoooo!

    —Si papito siiii siiii papi papi!

    Una nueva carga de semen inundaba las entrañas de Fernanda mientras ambos llegaban al clímax. El sonido de la puerta exterior los sobresalto y de inmediato Don Antonio recordó porque estaba en casa. Su hijo mayor Juan Carlos lo llevaría a realizar los trámites fiscales pendientes.

    —¡Es tu hermano Carlos!

    —¿Le abrimos?

    —¿Él tiene llaves?

    —¡Mierda!

    Ambos salieron disparados, Fernanda a su habitación y don Antonio al baño. El sentimiento de culpa que tenía por haber tenido sexo con su hija no le borraba la expresión de satisfacción. Mientras tanto Fernanda sentía aún la adrenalina en su cuerpo. Y no se arrepentía de nada.

    Continuará…

    @MmamaceandoO

  • Un beso y no te pajees que el lunes verás mi coño

    Un beso y no te pajees que el lunes verás mi coño

    [email protected]. 4 de abril de 2018

    -¿Qué vas a hacer esta noche, Rita?

    Rita…@hotmail.com

    -Me voy a hacer un dedito que se me van a poner los ojos al revés.

    Te dedico el homenaje, lo que no te garantizo es que sea uno solo.

    [email protected]

    -¿Qué te parece si esta noche hacemos una paja juntos?

    Rita…@hotmail.com

    -Nunca hice una cosa así, pero me parece bien. Tendré preparado a Balta, un consolador negro, enorme, y a Soldado, uno más pequeño para el culo.

    [email protected]

    -Quedamos a las once, antes no puedo.

    -A las once…

    Rita…@hotmail.com

    -¿Estás ahí?

    [email protected]

    -Sí, pero tengo compañía.

    Rita…@hotmail.com

    -Pues otro día será.

    [email protected]

    -Vale.

    Al día siguiente…

    Rita…@hotmail.com

    -Espero que hayas tenido un «final feliz» de la noche, yo tuve dos, pero al final a mi mente vinieron imágenes de coños y tetas, no de pollas y huevos, jajajajaja.

    Un beso.

    [email protected].

    -Ahí te mando una foto de mi polla por si un día quieres mamarla, aunque sea a distancia.

    Rita..@hotmail. com

    -Vaya aparato hermoso calzas. Yo catalogo a las pollas en dos tipos, la cabezona y la que es como la tuya, que acaba en punta y es ancha atrás, es el tipo ideal para que te la metan en el culo. Esta noche vuelven a caer un par de pajas, y no va a ser pensando en coños y tetas.

    Un beso, o dos, que hoy estoy generosa.

    capalo.33@gmx.

    -¿A qué edad te corriste por primera vez, Rita?

    Rita…@hot mail.com

    -Te va a parecer muy fuerte pero fue a los 33 años. ¿Y tú?

    [email protected].

    -Mucho antes. Me corrí por primera vez con otro chico, Me la peló y me la mamó en una caseta. ¡Y cómo la pelaba y la mamaba el Cabroncete! La hostia fue que al ver como se tragaba mi leche, por primera vez en mi vida la polla no se bajó, después de correrse quería más.

    Me voy a extender un poco porque a raíz de esto me lo iba a pasar de puta madre.

    Al día siguiente, pensando, me di cuenta de que el Cabroncete no aprendiera solo. En la aldea no había raritos. ¿Quién se la pelaría y se la mamaría a él?

    Acabaría descubriéndolo.

    El cabroncete tenía una hermana más fea que pegarle a un padre, a la que nadie follaban ni tapándole la cara con un saco. El hermano le contara lo de la paja. Lo supe porque dos días después estando sentado sobre una gran piedra que había en el corral de la aldea en que vivíamos, la moza, que por cierto fea era, pero tenía un cuerpazo que quitaba el hipo, comiendo un bocadillo de chocolate, se sentó sobre mis rodillas, y moviendo el culo sobre mi polla, cuando no pasaba nadie por el camino, me fue llamando la atención por lo que había hecho con su hermano. La sangre iba subiendo a la cabeza de mi polla y la hacía latir, ella la sentía y a cada poco le daban escalofríos. Creo, aunque no lo pudo jurar, que cuanto me corrí se corrió conmigo, lo digo por la tembladera que le entró.

    La cosa no quedó ahí. Un día que fuimos a coger piñas al monte, detrás de una enorme roca, me amenazó con contar lo mío con su hermano si no le comía el coño. No le podía decir que no. Hice lo que me fue diciendo: Lamer su clítoris, el cual me señaló con un dedo. Pasar mi lengua por sus labios vaginales. Lamer su ojete. Meter la punta de la lengua en su vagina y en su ojete… En una de esas veces que le estaba metiendo la punta de la lengua en su vagina, le vino el gusto y meó por mi lengua, dentro de mi boca y por ende, por ella. Yo me toqué y me corrí en los calzoncillos.

    A ella también le enseñaran a comer coños. Su padre hacía casi un año que se fuera a trabajar a Alemania. Su madrastra era la única que estaba con ellos en casa. Saqué mis propias conclusiones. Hice de Perry Mason. Vigilé a la madrastra, que era una mujerona de cuarenta y pocos años, morena, de pelo castaño y largo, con tremendas tetas y un culo que se llevara muchas de mis pajas. La vigilé varios días hasta que la pillé en el establo de su casa, encima de la paja, con otra vecina del corral, soltera, delgadita, con poco de todo menos de belleza, ya que era guapa a rabiar. Me hice un pajote, que para que te voy a contar, eché leche hasta por las orejas, y la eché cuando la que tenía poco de todo, con la lengua de la que tenía de todo y más en su coño, le dijo: «¡Sigue, sigue, no pares, no pares que me corro!»

    Y ahora la pregunta. ¿Cómo te gustan tus parejas?

    Rita…@hotmail.com

    -Joder, tío, como sigamos así voy a perder más peso que con mi endocrino. No sé si dejar de llevar bragas. No sé para que las pongo, las llevo todo el día en las rodillas.

    Me gusta que mis parejas femeninas sean dulces y tiernas, pero las masculinas que sean rudas y fuertes. que de vez en cuando en pleno juego sexual descarguen algún cariñoso azote en mi trasero y que me hablen fuerte, en fin, no como si yo fuese una novicia virginal, sino como lo que soy, una veterana de braga fácil. Así que si se te escapa alguna expresión mal sonante, no te preocupes, no sólo no me molesta sino que me pone y mucho. Te haría una vaquita lechera ahora mismo, seguro que ponías lo ojos en blanco.

    ¿Has hecho algún trío?

    [email protected]

    -Los ojos en blanco te los ponía yo a ti comiéndote el coño, putona. Ibas a echar jugo hasta por las pestañas.

    Hice un trío en Inglaterra con un senegalés y su mujer, pero mejor te cuento la continuación de la madrastra, el cabroncete y la chantajista, que son tres y conmigo cuatro.

    Fue en el mes de septiembre, el día de San Miguel, que era el día de la fiesta de la aldea. En ese día se abrían los barriles del vino nuevo.

    Voy a abreviar.

    En mi casa estaban perjudicados y cada uno andaba a su bola.

    Esa noche las orquestas Poceiro y Los Satélites competían a quien lo hacía mejor. En casa de la señora X, su hijastra, la chantajista, su hijastro, el cabroncete, y yo, competíamos a quien besaba mejor. Teníamos que besar por turnos y con lengua a la señora X y ella daba puntos. Quien peor la besara tenía que quitarse una prenda de ropa. El primero en quedarse en pelotas, empalmado como un burro, fui yo. Recuerdo la cara de felicidad que puso la chantajista al ver mi polla. En fin, que acabamos desnudos el cabroncete, la chantajista y yo. El cabroncete tenía una polla pequeña y delgada. La chantajista un pequeño matojo de pelo negro rodeando su coño y unas tetas casi triangulares, con pequeñas areolas marrones y pezones como granos de arroz. Lo mejor iba a empezar cuando el cabroncete, poniendo voz de niño, le dijo a su hermana: «Nene quiere teta». La chantajista le dio una teta a chupar. Mi polla, latiendo, se puso a mirar para el techo. El cabroncete sabía mamar las tetas de maravilla. Su hermana no paraba de gemir. Después de mamarle las dos tetas, le dijo a su madrastra: «Mami, nene quiere teta grande». En aquel momento me di cuenta de que a aquel juego ya jugaran antes. La señora X, sentada en una silla, se quitó la blusa y el sujetador y vi aquellas maravillosas tetas, con grandes areolas rosadas y tremendos pezones.

    Cuando el cabroncete le comenzó a magrear, a lamer y a mamar las tetas a su madrastra, saqué la polla, la meneé y me corrí como un bendito. La chantajista me cogió la polla. Se pringó la mano de leche. Me besó. (Ya estaba gimiendo sin tocarla) Oí como la madrastra le decía: «Espera que cojo la mantequilla. Tengo que controlarlo yo para que no te haga daño ni te deje preñada.»

    Sólo te diré que me corrí tres veces, y las tres en la boca de la señora X, que tenía mi polla cogida con su mano por el tallo y la quitaba del coño de la chantajista y se tragaba mi leche cuando me empezaba a correr. Entre nosotros, creo que me corrí tres veces por tener todo el tiempo la polla del cabroncete entrando y saliendo de mi culo…

    La señora X acabó roja como un tomate maduro, o lo que es lo mismo, caliente como una tigresa en celo. Se levantó de la silla. La chantajista, la besó, al tiempo que le magreaba las tetas. El cabroncete le bajó el vestido y las bragas. Vi aquella inmensa tojera de tojo negro. Mi polla se volvió a empinar. Se moría por follar aquella maravilla. Pero ese día no estaba en los planes de la señora X que la follara. Aunque su coño era el plato principal del menú. Desnuda, se volvió a sentar en la silla. Se abrió de piernas y se echó hacía atrás contra el respaldo de la silla… Cuando la chantajista le comía el coño, el cabroncete y yo le chupábamos las tetas y la besábamos. Cuando yo se lo comía el hijastro y la hijastra la besaban y le comían las tetas, y así hasta que al cabroncete le tocó el premio gordo, y le tocó cuando la señora X, gimiendo, temblando y sacudiéndose, le llenó la cara con el jugo de su inmensa corrida.

    Cuéntame algo más de ti.

    Rita…@hotmail.com

    -Mis amigos me llaman Tata, espero que tú también. Dime cómo quieres que te llame. Hazme más preguntas. Quiero saber más de ti. A mí me gustaría sentirte dentro de mí, además de sentir tu mano en mi culo, ya sabes el refrán: Hay que tratar a las damas como putas y a las putas como damas, y yo soy una dama. ¿Tienes pareja? ¿Te satisface sexualmente? ¿Qué fantasías te gustaría realizar? Me pones muy hot. Te mando un beso, pero este tiene color. ¿Te gustan? Es una de mis especialidades.

    Capalo.33@gmx. es.

    -Me encantan los besos negros, Tata, darlos y que me los den. Por desgracia mi mujer es muy puritana, tan puritana es que hace años que no me la mama. Me encantaría comerte el culo mientras te metes a Balta, ese enorme amante negro con venas y de plástico que te hace gozar como una perra, y cuando te corrieses beber tu flujo. Me gustaría darte por culo, zorra, al tiempo que te masturbaba ese coño miles de veces perforado y aun esperando la corrida perfecta, la madre de las corridas. ¿Lo captas, cerda? Quisiera follarte hasta secarte el caldo de tu coño que la gallina vieja cuanto más puta mejor caldo hace. Y llamar, llámame como me llamaban las inglesas: Golden Cock, o lo que es lo mismo. Picha de Oro.

    Preguntas. ¿Tan buena eres dando besos negros? ¿Has tenido algún orgasmo anal? ¿Hiciste algún trío con dos mujeres?

    Joder, estoy como una moto. Mándame una foto con tu coño mojado después de correrte, una de esas fotos que se quitan con el móvil, como la que te mandé yo con mi polla y mi leche en la mano, esa que te sirvió para hacerte una buena paja.

    Un beso con lengua en todo el ojete, o dos, o tres, y ya puestos…

    Rita…@hotmail.com 27 de abril de 2018.

    -Has topado con una maestra.

    ¿Qué si lo hecho con dos mujeres? Sí, una vez

    ¿Qué si he tenido orgasmos anales? Yo suelo tener combinaciones, clítoris + coño, coño + culo, culo + clítoris. Con el culo sólo tengo gustito muy agradable. ¡Vaya fijación tenéis con el culo! A mí me lo han desvirgado una docena de veces. Tío nuevo, tío que quiere penetrármelo. A todos les monto el numerito de la doncella anal, grito y peleo para excitarlos y al final se corren como lobos. Sois muy cortitos cuando veis un agujero que profanar.

    El fin de semana lo tengo ocupado. El lunes te mando fotos.

    Palabrita de ex Javeriana.

    Un beso y no te pajees que el lunes verás mi coño.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos

  • Las infidelidades de mi esposa, caliente webchat

    Las infidelidades de mi esposa, caliente webchat

    Como les decía en el anterior relato, uno de mis placeres es el de compartir a mi esposa, a veces es ella quien busca la oportunidad para tener sexo y otras soy yo quien lo propicia y claro, ella siempre acepta, pero esta afición también la he llevado a Internet, con relatos o en algunos web chat, acostumbro entrar a salas de cornudos y contar mis experiencias, en ocasiones comparto fotos pero suelo esconder su rostro, pero en el siguiente relato les contare, algo que paso hace algunos días,

    Ese día le pregunte a Elizabeth que si no le gustaría mostrarse en un web chat privado, ella comenzó a reír, pero después de unos segundos me dijo:

    – ok, pero que te gustaría que hiciera.

    – bueno, pues podría comenzar con charlar un poco sobre de ti y después de que los tenga bien calientes, pues les haces un show, no sé, tal vez bailar o algo así.

    Lo pensó unos instantes y después me contesto.

    – me parece buena idea, pero con la condición de que yo haga lo que quiera.

    Su petición me pareció razonable, así que acepte, y por la tarde me puse a preparar todo, acomode la computadora frente a una pared y puse detrás una cortina negra, y la cámara la acomode para que solo se viera su cuerpo del cuello para abajo. Elizabeth por su parte se metió a bañar y me dijo que se iba a depilar, y que si me gustaría que se pusiera medias o algo en especial, yo le dije que como ella deseara, que lo que quisiera estaba bien, se metió a bañar y yo continué con los preparativos. Salió de bañarse y se metió a la recamara, mientras tanto pensaba en todo lo que podía pasar, seguramente iba a causar alboroto, ya me la imaginaba, moviendo sus hermosas nalgas frente a la cámara o mostrando sus boobies o tal vez se masturbaría, la idea me ponía tan caliente, que tuve una erección en ese mismo instante, pero me controle y deje que todo transcurriera solo, total que después de un rato, Elizabeth salió, se había decidido por unas medias negras que hacían que sus piernas se vieran tremendas, se había puesto una diminuta tanga color negra, un brasiere del mismo color y unas zapatillas de tacón, se veía bastante morbosa.

    – bueno, cuando te me digas comenzamos.

    Nos sentamos frente a la computadora y la encendí, entre al Chat y comencé a charlar con algunos cibernautas que ya conocía, decidí que una plática normal sería lo mejor y conforme veía que ellos iban respondiendo fui subiendo el tono, hasta que llegue al tema de mi esposa, les comentaba que ella estaba bastante excitada con la idea de saber si les parecía o no atractiva, que deseaba saber si aún era ardiente, y claro, los comentarios no se hicieron esperar, pero solo escogí a los más morbosos y abrí un Chat privado y añadí a unos cuantos, los comentarios continuaron llegando, algunos mensajes decían que les gustaría ver sus nalgas, otros más que habían ya visto sus fotos, mencionaban que les gustaría verle las boobies y todos esos comentarios los estaba leyendo Elizabeth, así que de un momento a otro me dijo.

    – diles que si me quieren ver, que enciendan sus cámaras, quiero ver que tanto los caliento.

    La idea me pareció por demás morbosa, así que les comencé a escribir lo que ella me dijo, y claro de inmediato aparecieron a un costado de la cámara, cinco pequeñas pantallitas, una se veía bastante obscura, en otra aparecía un tipo con la bragueta abajo, en otra solo enfocaba hacia la pared, y en las dos últimas, los más atrevidos si se veía la parte de un rostro, Elizabeth miro las pequeñas ventanas y me dijo.

    – enciende la cámara.

    Rápidamente le hice caso y libere la cámara y en la pantalla, en una ventana más grande, apareció Elizabeth, los comentarios de aquellos cinco desconocidos no se hicieron esperar, le decían cosas como mamacita, zorra, puta, que les mostrara las nalgas y cosas así.

    – wooow… escríbeles que quieren que haga.

    Comencé a teclear y rápidamente respondieron, le pedían que se acariciara, Elizabeth se acomodó en la silla, y comenzó a acariciarse el cuerpo, sus manos subían y bajaban lentamente recorriendo su torso, en momentos se detenía y durante unos segundos apretaba y masajeaba sus pechos y después continuaba acariciándose, para ese momento ya se veían las cinco cámaras, y los comentarios iba en aumento.

    – que están escribiendo.

    Comencé a leer los comentarios y en el rostro de Elizabeth se dibujó una sonrisa, era obvio que lo estaba disfrutando.

    – pregúntales si quieren que me quite el brasiere.

    Teclee rápidamente lo que ella me dijo y claro, aquellos cinco tipos contestaron todos que sí, Elizabeth llevo sus manos a su espalda y sin dejar de contonear su cuerpo, comenzó a desabrocharse el brasier, pero justo antes de que este cayera. Ella lo sujeto con una mano y me pido que escribiera la siguiente.

    – escribe que quiero ver sus miembros.

    Teclee tan rápido como pude y después de unos segundos, en las pequeñas ventanitas, comenzaron a aparecer los miembros de los que la observaban, la sonrisa de Elizabeth se acentuó mucho más, inclusive note que se ruborizaba un poco, al ver esas cinco vergas, así que sin demora, Elizabeth bajo su mano y sus hermosos y grandes pechos, quedaron completamente a la vista de esos cinco desconocidos, los comentarios de inmediato comenzaron a llegar, Elizabeth continuo contoneando su cuerpo, pero ahora ponía especial atención a sus pechos, los frotaba y los acariciaba con más fuerza, sujetaba sus pezones y los jalaba ligeramente, provocando que estos se pusieran completamente erectos, para después soltarlos y seguir sobándoselos, para ese momento yo también tenía ya una gran erección, era demasiado para mi ver a Elizabeth exhibiéndose y además leer todo aquello que mandaban, pero Elizabeth ya estaba bastante animada y me volvió a decir.

    – pregúntales qué más quieren que haga.

    Teclee su mensaje y ellos pidieron que bailara.

    Elizabeth soltó sus pechos, se levantó y comenzó a girar en su lugar, sus caderas se movían de una forma bastante cachonda, mientras que sus manos recorrían su abdomen y cada vez que sus nalgas quedaban justo frente a la web cam, se detenía unos instantes, sujetaba su tanga y la movía de arriba hacia abajo, como si fuera a quitársela, sus movimientos provocaron que algunos de esos cinco desconocidos comenzaran a tocarse, podía verse por las pantallitas como sacudían sus vergas frente a la webcam, Elizabeth también noto eso y me comenzó a decir.

    – en verdad les guste, quieres que me quite la tanga.

    La respuesta era más que obvia, así que solo asentí con la cabeza, Elizabeth sujeto los delgados hilillos de la tanga y desabrocho el nudo que la sujetaba y en segundos, la delicada prenda se deslizo por sus piernas, dejando la vagina de Elizabeth a la vista, los comentarios volvieron, aquellos desconocidos estaban bastante excitados, unos escribían y otros solo se acariciaban frente a la webcam, Elizabeth ya estaba completamente desnuda y podía ver que no dejaba de mirar aquellas vergas que se mostraban en la pantalla, comenzó de nuevo a mover sus caderas, pero ahora sus movimientos se hicieron más atrevidos, y de nuevo me volvió a decir.

    – pregúntales, qué más quieren que haga.

    Volví a teclear y los comentarios llegaron de inmediato, querían que Elizabeth se masturbara.

    – quieren que te masturbes.

    Elizabeth se sonrojo al escucharme, pero una sonrisa se ilumino en su rostro, tomo asiento, separo sus piernas y las subió al escritorio de la computadora.

    Y sin decirme nada, comenzó a acariciar su vagina, en ese momento sentí que me venía, Elizabeth estaba comportándose como una puta y eso me fascino, pero solo me quedaba observarla, sus ojos se centraron en la pantalla, mientras que sus dedos subían y bajaban lentamente recorriendo su vagina, voltee hacia la pantalla y los cinco desconocidos sacudían sus vergas, estaban tan excitados como ella, los dedos de Elizabeth entraban y salían lentamente de su vagina, los dejaba dentro unos instantes y después lo sacaba, para comenzar a frotar su clítoris, su respiración se hacía cada vez más y más agitada, había cerrado sus ojos y solo se concentraba en darse placer, y sus dedos comenzaron a moverse más y más rápido, y su espalda comenzó a arquearse y de un momento a otro, cerro repentinamente sus piernas y comenzó a gemir, había terminado, se quedó quieta unos instantes y abrió los ojos y miro hacia la pantalla y justo en ese momento, algunos de los desconocidos, también terminaron, algunos salpicaron sus webcam de semen, otros tuvieron la decencia de ponerse un pedazo de papel, pero Elizabeth, los había hecho terminar a todos, volteo a verme y aun bastante agitada me dijo.

    – que te pareció…??

    – bastante caliente Elizabeth…

    Ella solo rio y apago la cámara y se fue hacia el baño, intente escribir algo, pero los desconocidos ya se habían desconectado, termine de apagar todo y me fui hacia el baño a esperar a Elizabeth.

  • Dentro del consultorio degustando una deliciosa verga negra

    Dentro del consultorio degustando una deliciosa verga negra

    Estaba llegando a casa con Matías, para continuar con otra sesión de estudio (link «Haciendo el proyecto de facultad, con la boca llena de semen») cuando el teléfono sonó, era mi hermana yendo a la emergencia con contracciones. Rápidamente salimos juntos, rumbo al hospital y en un instante estuvimos ahí, justo cuando llegaba mi hermana con mamá, y directo entraron a la emergencia, parecía que era la hora de llegada de mi sobrina.

    Con mamá pasamos a la sala de espera, y comenzamos hablar de cómo estaba mi hermana y deseando salga todo bien. Pasó una hora sin novedades hasta que Matías vino a avisar que la estarían ingresando para seguir las contracciones y que seguro pasarían la noche allí, si es que no nacía antes, fue entonces que con mamá decidimos esperar, ella fue por refrigerios y yo quede ahí.

    Entonces que me puse a observar el movimiento del hospital y como el personal se vinculaba, fue cuando descubrí a una doctora, tirándose onda y cruzando miradas con el enfermero, y mi cabeza empezó a fantasear con la relación de aquella doctora y enfermero.

    Ella era una doctora de 40 y largos, alta pelirroja, parecía tener un cuerpo atlético escondido bajo su uniforme que llevaba con un par de botones abiertos luciendo muy buen par su de lolas de quirófano además llevaba una falda sobre la rodilla ajustada y medias caladas. El enfermero, era un moreno flaco y alto, al que en su pantalón blanco se le marcaba el bulto de tal forma que no importa como era su cara o resto de su físico, lo que guardaba en la entrepierna parecía ser un atributo suficiente para imaginármelo y llevármelo desnudo sobre mí.

    En aquel instante, el enfermero anuncia el nombre del paciente, una y dos veces nadie se apersona, al ver que no hay nadie para la consulta el moreno entra al consultorio y la doctora detrás, pasan los minutos y se sienten algunos ruidos en el interior.

    Mi cabeza empieza imaginar que pasa dentro, ella abriendo cada uno de los botones de su uniforme y sus senos contenidos en su sostén rojo son todos para él, que con suavidad pone sus labios en su cuello y baja hasta ellos.

    El tiempo apremia y las manos de ella están ya en su pantalón masajeándole todo su paquete el que crece y crece y se endurece más y más, el momento indicado es, ella al piso de rodillas baja su pantalón y calzoncillo de un tirón para descubrir más de 20 centímetros de verga negra, erecta y deliciosa esperándole, fue besando su cabeza y poniéndola toda adentro en sus labios, de solo imaginarlo me pareció sentirla en mi boca, casi atorada con esa verga interminable con venas que parecían estallar, el sexo oral se volvió intenso con los testículos golpeándole su pera.

    Es cuando, el moreno levanta a la doctora ella parecía no querer despegar la boca de aquella verga dura y joven. Pero al oído él le dice, «doctora la saque de su boca porque, se la voy meter hasta el fondo de su vagina»

    «Claro que si la quiero toda» contesta y se levanta su falda a la cintura y quita sus medias caladas y bombacha, para darle toda esa vagina a esa verga negra deliciosa. Ella abre sus piernas, él la alza a su cintura, ella se enrosca a él y se cuelga de su cuello, la penetra contra la pared en una sola embestida, toda dentro toda llena su vagina 1 2 3 4… El ritmo era delicioso y sentía todo ese placer empapada sus orgasmos empezaron a llegar, arañándole su espalda para contener los gemidos y tratar de evitar los ruidos disfrutaba y el destroza a la doctora.

    Del otro lado de puerta el paciente que ha llegado tarde golpea… Pero no es el momento ella ya desvanecida en su verga y brazos se ha olvidado, donde esta y pero el apura el ritmo para estallar llenándola toda. Otra vez golpea el paciente, ella baja de él hasta su verga a agradecer el polvo y a limpiársela con su boca, mientras deja que retire su última gota el sube su pantalón.

    Acomodando rápidamente todo, él dice «estamos prontos lo hago pasar al paciente?».

    «Atiéndelo, pero retenerlo un instante que no encuentro la bombacha»… «aquí esta.»

    El enfermero abre la puerta, y puedo verlo que charla unos segundos con el paciente y pasa. Mientras yo en la sala de espera, tomando el refresco que mi madre trajo quedo con la mirada perdida, para ver minutos después, salir al paciente y enfermero el consultorio y la doctora retirase atrás sin sus medias.

    En eso llega Matías y nos anuncia que fue falsa a alarma mi sobrina aun no llega

    Lo cierto es que no sé qué pasó dentro de ese consultorio, pero me calienta pensar que mi imaginación no estuvo lejos de la realidad…

  • Morbo de una perversión

    Morbo de una perversión

    ¿Por dónde empezar? Por definir el porqué, cuando más deseo despierta mal se eleva el morbo o por pensar que en la perversión nace el morbo de la imaginación de donde puede terminar ese morbo que despierta?

    Se vistió para hacer lo que iba hacer… despertar infiernos, infiernos propios, infiernos ajenos… infiernos de placer…

    La ansiedad la mataba ni arriba de esos finos tacos le daban la seguridad de ver todo desde otro plano, ni la transparencia de su blusa le daba claridad a sus pensamientos.

    Sabía a lo que estaba por enfrentar… sabía que de un momento a otro… iba a tener que dejar volar sus demonios porque ellos alimentaban su mente y había llegado la hora de satisfacerlos entregándose al placer de 4 manos… 2 bocas pero una sola perversión… ella misma.

  • Aliviando a su hijo

    Aliviando a su hijo

    En su silla de ruedas, Waldo, un joven de 23 años, moreno, tetrapléjico, escuchaba los gemidos y las palabras obscenas de una joven y un joven. Venían de la habitación de su madre, una mujer llamada Virginia, alta, de cuarenta y cuatro años, con tetazas, con anchas caderas y un gran culo. Virginia tenía los cascos puestos, pero no se daba cuenta que no estaban bien conectados al ordenador.

    Después de masturbarse y de correrse sacó los cascos, y al seguir oyéndose las voces le dio un vuelco el corazón. Se dio cuenta de que su hijo había oído lo mismo que ella. Apagó el ordenador. Fue a la sala de estar y vio a Waldo mirando la televisión. El joven disimulaba, pero quien no podía disimular era su polla que le hacía un gran bulto en el pantalón. Virginia, preguntó, aun sabiendo la respuesta:

    -¿Sabes lo que he estado haciendo, hijo?

    El joven bajó la cabeza.

    -¿Sentiste mis gemidos al correrme?

    Waldo, asintió con la cabeza.

    -¿Piensas que mamá es una guarra?

    El joven negó con la cabeza.

    -Sé que no lo debía hacer, pero es que tu padre no me atiende.

    Virginia vio como la polla su hijo le latía debajo del pantalón.

    -¿Te pusieron así los gemidos de la chica?

    Waldo, le dijo que no con la cabeza.

    -¿Fue pensando en cómo mamá se tocaba las tetas, como se metía los dedos en el coño y como se corría?

    Parecía que Virginia quería que su hijo se calentase aún más.

    Waldo, asintió con la cabeza.

    -Vaya por Dios. ¿Quieres que mamá te alivie?

    Waldo, asintió tres veces con la cabeza.

    Virginia, se agachó, le sacó la polla a su hijo de su escondrijo. Era una polla pequeña aunque gordita. Le lamió el meato, el frenillo, la corona… Metió la polla en la boca y se la mamó mientras su mano la masturbaba. Al ratito, Waldo, con los ojos en blanco, se corrió en la boca de su madre, que con lujuria, se tragó la leche.

    Al acabar de correrse, le preguntó:

    -¿Mejor, hijo?

    Waldo, volvió a bajar la cabeza, pero la de su polla no se bajaba, y el miembro seguía latiendo.

    -Se ve que estás muy necesitado. Te voy a hacer una cubana a ver si así quedas satisfecho.

    Virginia se quitó la blusa blanca y el sujetador. Quedaron al aire sus grandes tetas. Metió la polla entre los melones y masturbó con ellos a Waldo hasta que se corrió. Al sentir su leche calentita entre sus tetas, le acabó cogiendo la polla con la mano y tragándose la última leche.

    Virginia ya estaba caliente como una leona en celo, pero para su desgracia, la polla de su hijo bajó la cabeza.

    Le dio un beso en el capullo, y le preguntó:

    -¿Te quedaste a gustito, hijo?

    Waldo, asintió con la cabeza.

    Al llegar la noche, Basilio, el marido de Virginia y padre de Waldo, un cincuentón, alto y fondón, electricista de profesión, tenía una tajada gorda. Se había bebido media botella de brandy Felipe II. Había Champions. El Barça jugaba en Roma y la iba cagando, después de haber ganado tres cero en casa estaba a punto de quedar eliminado, y Basilio, culé empedernido, ahogaba el fracaso en el brandy, Virginia, le dijo:

    -Voy a lavar y acostar a Waldo.

    Basilio estaba de cabreo subido.

    -Y de paso acuéstate con él, puta. Todos los días tocándole la polla, lo estaréis deseando.

    La derrota de su equipo la quería pagar con su mujer. Virginia, no se iba a callar. De hecho, sin llegar a las manos, la tenían un día sí y otro también.

    -Pues a lo mejor lo hago, mira, pasamos mucha hambre.

    Basilio, que se creía un macho alfa insustituible, le dijo:

    -¡¿A qué esperas, mamona?!

    Virginia, llevó a su hijo en la silla de ruedas a la habitación, que estaba pared con pared con la sala de estar. Cerró la puerta con llave. Lo metió en cama, lo desnudó y le dio un baño de toalla. Ya no fue como siempre. Waldo, se empalmó. Sobraron las palabras, Virginia, se desnudó, subió a la cama y besó a su hijo en los labios, dulcemente, luego se besaron con lengua. Le puso el cuello en la boca, Waldo se lo besó, le puso las orejas, los ojos, la punta de la nariz… Waldo besó todo lo que su madre llevó a su boca y lamió lo que tenía que lamer. Sabía lo que debía hacer ya que había follado lo suyo antes de quedarse tetrapléjico en un accidente de coche dos años atrás. Luego besó ella las tetillas se su hijo, para acto seguido poner sus manos en la cabecera de la cama, y llevarle las tetas a la boca, primero una y después la otra. Waldo le mamó aquellas grandes areolas marrones y lamió sus pezones. 

    El partido había acabado, el Barça quedara eliminado. Basilio volvió al ataque.

    -¡¿Qué haces?! ¡¿Le lavas la polla al mierda, zorra?!

    Las paredes eran de papel y se oían las voces con nitidez.

    -No, el mierda me está comiendo las tetas, y no grites que no estoy sorda, zurullo.

    -¿Tetas? Lo que tienes son dos pedazos de grasa mal hechos, plasta.

    Minutos después, Virginia, se dio la vuelta, le puso el coño mojado en la boca y disfrutó de la lengua de su hijo mientras le masturbaba la empalmada polla… 

    Basilio, después de largar otro lingotazo de brandy, siguió a lo suyo.

    -¿Y ahora qué haces, le pones el coño en la boca?

    -Sí, y me voy a correr como una loca.

    -¡A ver si lo ahogas y nos quitamos esa cruz de encima!

    No me extraña que le metiera los cuernos con el hijo. Basilio era un hijo puta y un cabrón de primera división.

    -Tú sí que eres mi cruz, agonías.

    Virginia se volvió a dar la vuelta. Le volvió a poner el coño en la boca a su hijo. Se magreó las tetas y movió su pelvis buscando el orgasmo rozando la lengua de su hijo con el coño y metiéndola dentro de su vagina… Tanto fue el cántaro a la fuente que se rompió y su agua dio de beber al sediento, diciéndole:

    -¡Bebe, cariño, bebe!

    Basilio, que la estaba oyendo, sonrió, antes de decir:

    -¿Ya le diste el veneno, perra?

    -Sí, me corrí en su boca.

    -¡Ojo con lo que dices que vas a empalmar al vegetal.

    Virginia, se cabreó.

    -¡¡Tú eres el vegetal, cuckold!!

    -Inglesa de mierda. Lo que estás diciendo es para calentarme. Por más que hagas hoy no hay fiesta, puuuta.

    -Puta, pero puta de libro. Me voy a dar una cabalgada sobre la polla de Waldo y lo voy a dejar mirando para Cuenca.

    Virginia se sentó sobre la polla de su hijo y la clavó hasta el fondo de su coño.

    -Vas a acabar enfadándome de verdad, asquerosa.

    -Joder, ¡que morbo me da follar con Waldo mientras hablo contigo!

    Basilio quiso levantarse para ir junto a a su mujer y no pudo.

    -¡Deja de decir tonterías, ramera!

    -Insulta, insulta que aún me pone más cachonda.

    -¡La puta que te parió, lame coños!

    -¡Lástima de un coñito más para hacer un trío!

    A Basilio lo comían los demonios.

    -¡Te desgracio, asquerosa, cuando me pase la borrachera, te desgracio!

    -No te pongas así, hombre, que estaba de broma. Nunca te metería los cuernos, ni con nuestro hijo ni con nadie.

    Basilio, escuchó lo que quería oír, y sacó pecho.

    -Ya lo sabía, pero te seguía el juego. Aún no nació la mujer que le meta los cuernos a este pedazo de macho. ¡Baaarça! -se acordó de que acababan de perder- ¡Puta que los parió!

    Virginia estaba desatada y quiso cumplir una fantasía a la que Basilio siempre se negó. Sacó la polla del coño y le puso a Waldo el ojo del culo en la boca. El hijo se lo folló con la punta de la lengua. Nada más sentir la lengua dentro de su culo, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Supo que al meter la punta de la polla en su culo se iba a correr. Dejó que Waldo le follase el ojete con la punta de la lengua, que se lo follase bien follado. Cuando sintió que el ojete aceleraba sus contracciones anunciando que le venía, cogió la polla y metió la cabeza dentro de él. Comenzó a temblar, y con el placer que sintió se desmayó. Al despertar, con toda la polla dentro de su culo, oyó a Basilio, preguntar:

    -¿Vas a acabar, cerda?

    Virginia le respondió lo primero que le vino a la cabeza. 

    -Tu hijo está hecho un cristo. Me va a llevar un tiempo.

    -¿Mi hijo? El tuyo. ¡A saber quién es el padre, zorrona!

    -Si fueras a dormirla.

    -Si pudiera levantarme…

    Virginia le dijo al oído a su hijo:

    -¿Te quieres correr dentro del coño de mamá?

    Waldo, una vez más, asintió con la cabeza.

    Virginia, quitó la polla del culo, y noto que de él caía la leche de su hijo. Después de besarlo le acarició los huevos con una mano y le masturbó la polla con la otra… Más tarde lo masturbó subiendo encima de él y frotando su empapado coño con la polla al tiempo que lo besaba… Llegó un momento que ya no aguantó más, se metió la polla en el coño y folló a su hijo con maestría. Empezó como empezaban a ponerse en marcha las viejas locomotoras del tren cuando salían de la estación, lentamente: «Chuuuuuu, chucu, chuuuucu». Poco a poco iban cogiendo velocidad… Hasta que soltaban con un pitido toda la presión de la caldera. En el caso de Virginia fue una explosión que anegó los cojones de su hijo. Comenzando a correrse, se derrumbó sobre su retoño, y cuando sintió como le llenaba el coño de leche, entre gemidos, le dijo:

    -¡Te quiero, hijo!

    Basilio, que estaba echando un trago de Felipe II, al oír a su mujer, le dijo:

    -Si no estuviera tan borracho juraría que te estás corriendo, pécora.

    -¡Eeestoy, cabrooonazo, estoooy! ¡Ooooh! ¡¡¡Qué coooorrida!!!

    -Esta vez no pico, pero que bien lo finges, putona.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos.

  • Primer clandestino. Primer espontáneo

    Primer clandestino. Primer espontáneo

    Él era casado y me gustaba pero lo que más me gustaba era la manera lasciva en que me miraba. Yo iba a cumplir 19 y ya tenía meses masturbándome y las últimas semanas él era la imagen con la que me lograba venir cuando lo hacía. Iba a los eventos de la iglesia sólo para ver qué ropa traía ese día. Así podía imaginarme lo que se quitaba antes de penetrarme. Yo aún no había tenido sexo y la verdad me daba miedo el dolor de la penetración pero me era imposible no masturbarme varias veces al día. Realmente era adicta a masturbarme y era cuestión de tiempo que terminara cogiendo como loca. Llegaba a salirme de clases para ir al baño sólo a eso. Últimamente pensar en Misael desnudo me hacía venir en apenas un par de minutos de frotarme el clítoris. Él coordinaba los grupos de jóvenes mayores en la iglesia y yo le hacía bromas cada vez más pesadas. Lo retaba. Finalmente un día, realmente sin plantearlo, salí por la puerta lateral de la iglesia y él se iba estacionando. En lo que llegué de la puerta al portal del cercado del templo él se había bajado de su coche. Lo saludé normal. Me sentí nerviosa porque apenas verlo me mojé y me sentía desnuda frente a él.

    -¿y luego? ¿Por qué no empiezas a hacerme bullying cómo a diario? ¿Aquí solita no eres tan valiente?

    Yo me reí y le dije -no es eso, es que a lo mejor te pegan- mientras no podía dejar de sentir que me mojaba sólo de tenerlo cerca.

    -y a ti ¿en qué te afectaría que me pegaran si los golpes me los darían a mí?-

    Por un momento no supe que contestar y sólo atiné a decir -¿y qué caso tiene pasar por el trance amargo?-

    -Pues vamos haciendo la prueba con un helado, ¿te late?-

    Aquella invitación me desarmó. Sobra decir que ni le recordé que el apenas iba llegando y todo eso. Acepté y nos fuimos.

    La verdad el speech estuvo bastante cliché. Que yo le gustaba, que lo ponía nervioso, que nunca se había sentido así. Estuve a punto de cortarle la inspiración pero la verdad aparte de estar súper caliente quería ver qué tan lejos podíamos llegar.

    Compramos los helados, obvio por autoservicio para que nos viera nadie. La sorpresa vino cuando llegamos a una casa y metió el carro directo a la cochera.

    Me dijo: -estoy solo por todo el mes y aquí ni quien nos moleste ni diga nada.-

    Yo la verdad sí me asusté. Se me hacía mucho ir a su casa estando casado pero era cierto que no me gustaba la idea de que nos vieran. Eran obvias las posibilidades de ir a estar solos ahí y no era plan pero ya tenía mucho tiempo queriendo al menos fajármelo y me dejé llevar.

    Entramos por la cocina y nos sentamos en el desayunador a terminarnos los helados.

    Lo que sí no estaba yo dispuesta era a subir a su recámara. En aquel tiempo eso era un límite muy significativo para mí así que cuando me ofreció pasar a su estudio no dudé. Era una habitación agradable con libreros, equipo de sonido, su computadora en un escritorio y un sofá que quedaba frente a una enorme televisión de plasma. Me enseñó su colección de discos pero sólo fue el pretexto para acercárseme y antes de un dos por tres ya estábamos besándonos sentados en el sofá. Estuvimos un rato así hasta que le dije:

    -¿qué onda contigo? ¿Tanto circo para demostrarme que no te pegan?

    -no me importa que me peguen, de verdad me gustas mucho me dijo. Me pones a mil.

    -¿cómo que te pongo a mil?

    -a mil me pones- y me tomó la mano y la puso sobre su bulto que estaba enorme y duro. -¿te queda claro ahora?-

    La movida, por atrevida me prendió. Yo sentí caliente la cara y me moría por apretárselo con mi mano pero me contuve y retiré la mano.

    -¿por qué la retiras? ¿Te da miedo?

    Me quería reír pero me aguanté. -No es miedo- le dije.

    -¿entonces?

    -no sé -le dije.- ¿cuál es tu plan de traerme aquí?- le pregunté

    En vez de contestarme me empezó a besar y esta vez empezó a acariciarme un poco más fuerte y yo correspondí. No pude evitar empezar a respirar más fuerte porque realmente estaba muy excitada. Yo traía un vestido de tirantes largo que me llegaba justo a la mitad de las pantorrillas. No podía llevar a la iglesia ni pantalones ni faldas cortas. El me tocaba el cuerpo pero mantener el vestido en su lugar comenzaba a ser un problema. Empezó a besarme en las orejas y en el cuello mientras puso su mano en mi trasero y me jaló hacia él. Volví a sentir su bulto enorme estrechándose contra mi pelvis.

    Yo deje de besarlo para mirarlo. Hice un gesto como mirándole ahí abajo y le dije:

    -¿qué onda con eso? ¿Cómo tan cínico? ¿Así es de acelerado siempre?

    -no suele ponerse así- me dijo. Muere por estar libre.

    Esta vez sí lo toqué por encima. Hice el gesto de abrir el cierre del pantalón y él no me detuvo. Lo abrí y lo toqué por encima de la tela del calzoncillo. La verdad es que era enorme para el promedio de las que había visto en mis pacientes.

    -¿qué onda? – me dijo. – ¿a poco nomás yo voy a enseñar?

    Seguí tocándolo por un momento y le pregunté: -¿qué quieres que yo enseñe?

    -Tu vestido es de una sola pieza- me dijo. Yo me hice un poco para atrás y lo miré a los ojos:

    -¿y luego? ¿Quieres que me lo quite? La verdad me excitaba la idea y yo sentía entre pena pero también muchas ganas de quitármelo y que me acariciara.

    Se me acercó y bajó los tirantes por los hombros. Afortunadamente yo traía mi sostén favorito.

    Seguimos besándonos y ahora él se concentró un poco en acariciar mis hombros y mis pechos por encima del sostén. Yo estaba súper excitada y aunque tenía muy claro que no me sentía preparada para tener sexo en todo el sentido de la palabra, tampoco me sentía con intenciones de dejarlo parar.

    Finalmente jaló el sostén de modo que mis pechos saltaron por encima quedando al aire.

    Sentía algo de pena u le dije: -ahora la que está enseñando soy yo.

    El me miró por un momento. Se puso de pie y antes de que dijera agua va, se sacó la polo en un instante mientras moviendo sus caderas y sus piernas dejaba caer al suelo su pantalón que ya estaba desabrochado. Mientras se sacaba el pantalón sacudiendo sus piernas se me quedó mirando como retándome:

    -¿parejos?

    Yo no podía dejar de mirar su bulto erecto enorme en su calzoncillo. Me moría de ganas y tal vez si no hubiera estado tan enorme tal vez le hubiera permitido penetrarme. Sin embargo el miedo al dolor podía más. Yo quería venirme de algún otro modo que no fuera mi mano y no quería que el dolor me lo echara a perder.

    Me moría por tocarme pero aún restaba un resquicio de pudor en mi ánimo frente a éste hombre que se me antojaba tanto. Estaba frente a mí y de pronto se llevó una mano al bulto y se masajeó con placer. Mi primer impulso fue comenzar a masturbarme pero tratando de controlarme me acaricié uno de mis pechos. Él se me acercó un poco mientras seguía tocándose: – ¿ya viste cómo me tienes?

    Yo ya no podía contestar. Estaba hipnotizada viéndolo darse el masaje.

    Me tomó de la mano y me hizo ponerme de pie. La gravedad hizo el resto. Mi vestido se deslizó hasta el suelo y el sostén se me quedó en la cintura.

    Misael se me quedó mirando. Yo no sabía si cubrirme o qué hacer.

    -Qué buenísima estás Anita- me dijo y yo no supe si dar gracias o reírme pero sí me sentí que se me hinchaban más los labios allá abajo. La calentura estaba muy por encima del pudor.

    Me abrazó y ahí de pie nos estuvimos besando. Yo ya no me controlé y frotaba rítmicamente mi pubis contra su enorme bulto. Lo deseaba. Estaba escurriendo entre mis labios vaginales.

    Mientras estábamos en ese faje me terminó de quitar el sostén deslizándolo hacia abajo, lo que aprovechó para tomarme de las nalgas y estrecharme más contra su bulto. De algún modo eso me relajó un poco y dejé caer mi peso un poco sobre sus manos tomando mi trasero sin dejar de sentir su bulto contra mi pubis.

    Fajamos un rato así y luego nos sentamos en el sillón. El no dejaba de mirar mi cuerpo y me acariciaba el abdomen. Eso sólo hacía que yo deseara aún más que me tocara abajo con su mano y para dárselo a entender cada vez que acercaba su mano yo elevaba la pelvis.

    En algún momento pareció entender y acercó su mano pero tomando el borde de la pantaleta con sus dedos me miró y me preguntó: ¿Puedo? Yo sólo asentí levemente con los ojos y suavemente me fue bajando la prenda. Al llegar a las rodillas yo entendí las piernas y el aprovechó para acariciarlas. Yo afortunadamente me había depilado ese día. Cuando regresó a murarme después de quitarme las bragas, obvio miró mi pubis casi con admiración. Acercó su mano y me tocó casi por encima. Los dos estábamos sumamente excitados y se notaba.

    -¿eres virgen?- me preguntó.

    Yo asentí nuevamente sin decir palabra.

    -Ok, no te preocupes- me dijo. -Estamos bien.-

    -gracias- contesté un poco aliviada. Podía relajarme y disfrutar sin el temor a que me doliera esa verga enorme suya.

    Se inclinó un poco y me besó apenas un poco arriba del pubis y me miró como tanteando mi rostro. Yo separé un poco las piernas y nuevamente me besó pero ésta vez ya fue sobre la zona donde normalmente está el vello. Esta vez no se retiró sino que siguió besándome una y otra vez, cada vez un poco más abajo hasta llegar a mis labios que comenzó a lengüetear cuidadosamente mientras separaba poco a poco mis piernas. Yo no opuse la menor resistencia. Era exactamente lo que deseaba. Fue pasando su lengua por encima de mis labios de abajo hacia arriba cada vez con más fuerza. Yo tomé su cabeza con mis manos y lo empujé contra mi pubis para que supiera que era bien recibido. Había imaginado tanto aquello que no creo que haya pasado más de unos minutos para cuando tuve un orgasmo causado sólo por su lengua.

    Cuando volví en mí de mi orgasmo Misael estaba sentado a mi lado mirándome de arriba a abajo.

    -Qué manera tan salvaje tienes de venirte. Se nota que lo disfrutas de verdad- me dijo

    Ya pasado el orgasmo volví a sentir un poco de pudor. Con un brazo me cubrí mis pechos mientras con la otra me cubrí el pubis. El comenzó nuevamente a besarme en la boca

    En una pausa me dijo mientras me acariciaba:

    -no esperaba que estuvieras tan linda y que tuvieras ese cuerpo-

    Se quedó un rato sentado a mi lado mirándome. Creo que sin darse cuenta comenzó a masajearse otra vez su bulto. Aún seguía en calzoncillos. Yo aún me sentía caliente excitada y con muchas ganas de seguirme viniendo.

    -¿no que íbamos a estar parejos?- le dije.

    Él sonrió y me preguntó: -¿quieres verlo o quieres usarlo?

    Yo me encogí de hombros. Sentía mis mejillas calientes de excitación.

    -primero veo- le dije

    El sin levantarse del sofá se quitó el calzoncillo. Su verga era realmente grande, no circuncidado. Se quedó ahí como esperando o presumiendo.

    Realmente se me antojaba. Extendí mi mano y lo acaricié con el dorso de mis dedos. Durísima. Caliente. Pulsante. Me quedé pensando qué hacer con esa verga que tanto había imaginado. Claro que mi primer impulso era pedirle que me la metiera de una vez por todas. Luego recordé el dolor y me contuve. Rodeé su verga con mi mano pero me quedé quieta. Él puso su mano sobre la mía y se quedó ahí como disfrutando la vista.

    -¿ahora sí me crees cómo me pones?-

    Me dio risa -como que ya ahorita no viene al caso dudarlo- le dije.

    Me incorporé un poco y seguí acariciando su verga mientras la miraba.

    -¿ya habías visto una verga en éste plan? Supongo que en las prácticas de la escuela has visto pacientes.-

    No le hice mucho caso. Sentí el impulso y no me detuve. Me incliné y metí su verga en mi boca. Lo había visto hacer en el porno que había visto pero nunca se me había ocurrido que pudiera desearse. Cuando lo sentí en mi boca sentí nuevamente crecer mi excitación. Comencé verdaderamente a mamársela y la verdad me gustó aunque apenas me cabía en la boca. Él puso una mano en mi cabeza y con la otra amasaba mi trasero aunque yo sentía un deseo enorme de que alcanzara a tocarme entre las piernas pero estaba disfrutando mucho mamársela. Estuve así un rato y de momento pensé que podía venirse en mi boca pero yo quería venirme otra vez y empecé a pensar la manera.

    Finalmente me levanté y me coloqué boca arriba. Separé mis piernas flexionadas mirándolo y le dije: -bésame otra vez con tu lengua ¿sí?-

    Él sonrió y se inclinó haciéndome otra vez otro oral y haciéndome venir otra vez pero mucho más fuerte. En pleno orgasmo se me puso encima y tomando su verga con su mano empezó a empujarla sobre mi clítoris prolongando mi orgasmo genial.

    Cuando me recuperé me levanté a ver la hora. Había dejado mi celular sobre el escritorio. Me asusté. Hacía más de 1 hora que debería haber regresado a mi casa y no había avisado nada.

    Comencé a escribir un mensaje a mi madre para decirle que nos habíamos entretenido y que ya iba de camino cuando sentí que Misael se me acercaba por la espalda. Yo seguía muy caliente y ni la prisa me hizo que lo detuviera. Apenas pude mandar al mensaje cuando con una mano me tomó por la cintura y con la otra se ayudó para introducir su verga entre mis piernas. Por un instante pensé que trataba de penetrarme y lo iba a permitir. Intenté separar mis piernas pero se presionó contra mis nalgas de modo que entendí que no era su plan, en vez de eso nos acomodó de manera que mientras mis muslos aprisionaban su miembro, al mismo tiempo rozaba mi clítoris y labios. Me hizo inclinarme sobre el escritorio hasta que apoyé los codos. Comenzó a moverse de adelante atrás entre mis piernas. Yo estaba mojadísima y resbalaba fácilmente. Ya de por sí se sentía delicioso pero entonces me tomó con ambas manos por la cintura y con eso se movió con más fuerza. Sentía su cuerpo contra mis nalgas. La piel de sus piernas en contacto a lo largo de las mías. Su vientre en mi espalda y su respiración en mi nuca. De pronto sentí que se movía especialmente fuerte y casi al mismo tiempo pude sentir los chorros calientes saliéndole entre mis piernas. El semen hizo más placentero el roce sobre mis labios y clítoris haciendo que finalmente me viniera pero esta vez tuve el orgasmo más fuerte que jamás tuve hasta esa fecha.

    Nos vestimos con rapidez y me dejó a unas cuadras de mi casa para evitar que me viera nadie conocido.

    Me despedí dispuesta a seguirlo viendo.

    Estaba decidida… la siguiente vez lo dejaría que me hiciera lo que el quisiera.

    Lo dejaría quitarme la ropa como él quisiera sin hacerme de rogar.

    Lo dejaría penetrarme. Abriría las piernas para él. Deseaba su verga.

    Primero lo haría besarme varias veces para quedar bien mojada y lubricada.

    Decidí que le pediría levantar mis piernas y poner mis pies en sus hombros.

    Haría lo mejor por relajarme para que su verga me entrara en esa posición.

    Quería dejarlo que me penetrara sin condón.

    Ya para venirse le pediría que se lo pusiera.

    Tal vez controlando bien la fecha de mi ciclo lo dejaría venirse adentro sin usar condón.

    Lo haría ponerme en cuatro para penetrarme también.

    Quería que me viera el trasero empinadita. Quería sentir sus manos amasándome el trasero mientras me enfilaba a penetrarme.

    Quería que pasara pronto.

    Hoy mismo de ser posible.

    Pero esa es otra historia.

  • Tres relatos de sexo

    Tres relatos de sexo

    Un desconocido muy persuasivo

    Su expresión no era muy diferente a la que tenía cuando le entregaban la cuenta en un restorán: una media sonrisa con la mirada penetrante dirigida al mozo de turno. Incluso la postura era similar, ya que, igual a cuando está en un restorán, debía levantar la cabeza para observar al otro, que, erguido, la superaba por varias cabezas. Pero ahora no estaba sentada, sino arrodillada, y el tipo que estaba parado frente a ella no le iba a entregar la cuenta precisamente.

    El hombre, mientras movía su brazo frenéticamente, producía un constante chasquido, parecía el ruido de un pedazo de cuero mojado chocando con una superficie dura.

    Ella se sentía algo patética, en esa posición tan pasiva, esperando que el hombre impregne en su cara su pegajosa virilidad.

    De todas formas, la situación no le desagradaba. Le gustaba lo inesperado, le divertían las aventuras, y le fascinaban los secretos. Y esto sería un secreto, porque su marido nunca debía enterarse. La sensación de lo prohibido y el instrumento largo que temblaba, en movimientos espasmódicos frente a ella, hicieron que su bombacha se empapara.

    ¿Por qué todavía estoy vestida? Se preguntó. El hombre no solo no la había desnudado. Ni siquiera la había tocado. No había acariciado sus muslos por debajo de la pollera, no había sobado las tetas que tanto la enorgullecían, ni había perdido el tiempo de manosearle el culo, el cual todos los hombres con los que estuvo se deleitaban en tocar. Ella había ido a la casa del hombre a pedirle que le diga a su hijo que no moleste más al suyo. El hombre había dicho que los chicos de doce años ya deberían saber cuidarse solos, y ya no dijo más.

    Pero sí dijo algo más, pensó ella, tratando de recordar. El hombre se había quedado mirándola, comiéndosela con los ojos, sin siquiera disimular. Tenía una mirada salvaje, algo desquiciada, pero muy viril. Ojalá mi marido fuese tan intenso como este tipo, pensó ella. “Estás muy buena” le dijo, ante su desconcierto. “me encantan las rubias naturales”, agregó. A ella le temblaron las piernas, y sintió mucho calor entre ellas. “arrodíllate” le dijo el hombre.

    Ella se preguntaba qué se creía ese hombre, ¿pensaba que se iba a arrodillar solo porque se lo ordenase? Pero cuando terminó con ese razonamiento mental se percató de que estaba de rodillas, y cuando intentó decirse que eso era una locura, que no podía practicarle una felatio a un desconocido, por más poderosa que tuviese la mirada, se dio cuenta de que su boca estaba abierta y que el sexo del hombre entraba en ella, dejando a su paso el sabor particular de esa extremidad. Entonces ella cedió, y sintió, como, lentamente, el miembro se endurecía.

    La verga se agitaba con más intensidad, a solo unos centímetros de su cara. El hombre, hasta ahora poco expresivo, hizo un gesto muy parecido al del dolor, justo un instante antes de largar tres chorros de semen en su cara.

    Ella se quedó arrodillada. Esperando que él finalmente la despoje de sus prendas y la viole encima de la mesa, pero el hombre se limitó a entregarle un papel de cocina y a abrirle la puerta, invitándola, en silencio, a que se vaya.

    Un recuerdo para un enamorado

    Juliana estaba sentada muy cerca de él. Sólo dos sillones con almohadas deshilachadas los separaban. Carlos atesoraba esos breves minutos en que la tenía para él solo. Los demás miembros del club de lectura solían llegar sobre la hora, o incluso algunos minutos tarde, pero Juliana salía de trabajo e iba directo al pequeño departamento que alquilaban por hora para reunirse a hablar de literatura. Y Carlos, siempre se inventaba alguna excusa para llegar antes y acompañarla en esos minutos preciosos.

    Como de costumbre, él, intimidado por la belleza natural de la chica, sólo atinaba a pronunciar alguna que otra frase. Estaba convencido de que todo lo que decía le resultaba aburrido a Juliana, sin embargo, ella se mostraba de lo más cordial, cosa que sólo servía para que Carlos se enamore más de ella. Juliana llevaba un short, de esos que por delante parecen polleras. Carlos siempre pensó que esas prendas eran una estafa a las fantasías masculinas, pero aun así, no perdía oportunidad de mirarle las piernas: eran largas, interminables, torneadas y musculosas. Juliana tenía un cuerpo atlético, pero sin perder una pizca de femineidad. Era delgada, pero fuerte. Sus piernas eran su mejor atributo, pero a Carlos también le gustaba mucho sus labios gruesos, y las pecas, casi imperceptibles que se repartían debajo de sus ojos, y rodeaban su nariz prominente. Era sencillamente hermosa.

    De repente a Carlos lo invadió una depresión fulminante.

    Cuatro años, pensó. Cuatro años que estoy enamorado de ella, y no pasó nada.

    Pero lo peor no era el hecho de no haber estado nunca con ella, sino la certeza de que nunca tendría su amor. Ya lo había intentado todo, a su manera torpe, pero lo había intentado: la invitó a salir, le escribió cartas cursis diciéndole de manera difusa lo que sentía, y más de una vez había intentado robarle un beso. Pero esto último casi le costó su amistad con ella, por lo que tuvo que desistir, y conformarse a adorarla a la distancia.

    “Voy al baño, ya vuelvo” dijo ella. Se levantó sobre sus piernas elastizadas, y caminó ágilmente hasta el baño. Y entonces Carlos se perdió en sus fantasías. “Qué no daría por seguirla hasta el baño”, pensaba, “esperar a que termine de hacer pis, y aprovechando que tiene la bombachita baja, abusar de ella. Juliana me odiaría, sin dudas, pero de todas formas nunca me querría, y yo me sacaría las ganas”.

    Sintió cómo una erección se levantaba adentro de su pantalón. Es una locura, pero ¿y qué? Luego iría preso ¿y qué? Bien podría suicidarme para no sufrir en prisión. De todas formas, si cumplo mi fantasía, moriría feliz.

    Sacudió su cabeza, tratando de ahuyentar sus fantasías perversas, pero el bulto duro de su pantalón era testigo de que no logró hacerlo.

    Juliana terminó de orinar, y se limpió el sexo con papel. Fue entonces cuando sintió que alguien empujaba la puerta. “¿Carlos?”, dijo “Si te dije que estoy acá” agregó con una sonrisa nerviosa. “ya lo sé” susurró Carlos, al otro lado. Entonces empujó con más fuerza, y sin mucho esfuerzo, hizo que la traba de metal que estaba del lado de adentro de la puerta se doblara, hasta que la puerta se abrió.

    Juliana estaba todavía con el short y la bombacha abajo. Carlos entró, y ella supo, al ver su rostro, que la locura finalmente se había apoderado de él. “me va a violar” pensó, con temor. “siempre supe que algún día lo iba a hacer” se dijo, resignada.

    Carlos la agarró de los tobillos, le sacó el short y lo tiró al piso, y luego la despojó de su ropa interior blanca. Hizo un bollo con la prenda y la cerró en su puño. Acto seguido la acercó a su rostro y la olió. “Gracias por el recuerdo” le dijo, guardándose la bombacha en el bolsillo de su pantalón. “nunca te voy a olvidar” agregó, dándole la espalda, dejándola más sorprendida que asustada.

    Todavía estaba en el baño, conmocionada, cuando escuchó la puerta cerrarse detrás de aquel muchacho que no volvería a ver.

    Una maestra chantajeada

    Ser una mujer linda siempre tuvo sus ventajas, pero también sus desventajas. Eso lo sabe ahora que está rodeada por cuatro pendejos de no más de dieciocho años, en pelotas, y con las pijas como mástil.

    “No puedo creer que nos vamos a coger la mamá de Joaco” dijo uno de ellos. Era delgado, y tenía una cara aniñada. Si no lo conociese desde chico, pensaría que tenía quince años. “Vos no te vas a coger a nadie, pendejo”, pensó ella, pero las palabras no salieron de su boca. Estaba paralizada por la impotencia.

    Ya sabía que el repentino interés que ese cuarteto había mostrado por su hijo, era extraño. Joaco era dos años menor que ellos, y cuando ellos todavía estaban en la escuela, lo acosaban con bromas pesadas, y hasta lo golpeaban.

    “Bueno, profe, o se desviste usted o la desvestimos, nosotros, como guste”. El que le dijo eso era Marco, un chico rubio, musculoso, y extremadamente atractivo. Belén lo odiaba. Había tenido la mala suerte de ser su profesora hace solo dos años. Era hijo del empresario más importante de la zona, dueño de un supermercado y un shopping entre otras cosas, y el pendejo solía comportarse de acuerdo con su estrato social, despreciando a los de un nivel socioeconómico inferior. El hecho de que ella fuese la profesora más joven y linda de la escuela no hacía las cosas más fáciles. Siempre le silbaba cada vez que se daba vuelta a escribir algo en el pizarrón, y el grupo que le hacía la corte aprobaba el chascarrillo con risas. Y ahora ese ser despreciable pretendía poseerla junto con ese grupo de pendejos caprichosos que pensaban que tenían derecho a tomar las cosas sólo con desearlo.

    Los cuatro muchachos encuerados se le fueron acercando. La escena le parecía surreal ¿cómo es que me está pasando esto? Se preguntaba. Todo había sucedido muy rápido. Los chicos se habían presentado en la casa, supuestamente en busca de Joaco. Ella, ingenuamente los hizo pasar para que lo esperaran, y cuando fue a llevarles algo para tomar, vio en la tele de cuarenta pulgadas una escena pornográfica. “Chicos, por favor, acá no miren eso”. Estaba realmente indignada con la insolencia de los pendejos. “Mañana hablo con Joaco y le digo que no quiero que se vuelva a juntar con estos chetos maleducados”, se dijo. “Pero profe” dijo Marco, con una sonrisa enigmática “mire bien, la actriz es muy buena”. Belén miró la tele un instante. En ella aparecía una mujer de piel caribeña, con un hermoso pelo negro, largo y lacio. La mujer estaba completamente desnuda, tenía un cuerpo voluptuoso, sus caderas hacían una curva pronunciada y las nalgas eran redondas y grandes. Belén no podía creer lo que veía, pero la siguiente imagen la hizo convencerse: apareció un rostro en primer plano. Un rostro atractivo, con unos ojos verdes que brillaban en medio de ese mar de piel bronceada. La boca de la mujer se abrió y engulló una verga gruesa y venosa, que se le metió adentro hasta que los bellos púbicos del hombre que la penetraba chocaba con su nariz y labios.

    “Sale muy linda comiéndose la pija del profe Gustavo” dijo Marco, más odioso que nunca. “Ojalá hubiese podido hacer que lo echen” pensó Belén con remordimiento, al recordar todas las veces que la trató despectivamente y que le faltó el respeto. Pero las autoridades de la escuela no se habían animado a expulsarlo, ni siquiera, cuando Belén se había quejado de que Marco le había rozado las nalgas. El chico había asegurado que fue sin querer, y el caso había quedado ahí.

    En efecto, la mujer que salía en ese video comiéndose la pija, era ella misma, y el hombre no era precisamente su marido. Pensó en las implicaciones que eso podría tener si el video salía a la luz: la echarían de la escuela, su marido la dejaría, quedaría como la más puta de las profesoras, su hijo la odiaría, y a él le harían la vida imposible en la escuela. Para colmo, a esas alturas del año ya no podría conseguirle vacantes en otra escuela.

    Cuando salió de su ensimismamiento se dio cuenta de que los chicos ya se estaban desvistiendo. “Nuestro silencio se paga, profe” dijo Marco. Belén sintió cómo un calor se le subía hasta la cara y la sofocaba de tal manera que le nublaba los pensamientos.

    Ahora los cuatro cuerpos desnudos la rodeaban y la manoseaban por todas partes. “que puta linda” le decía uno “que pedazo de ojete” susurraba otro, mientras su mano subía y bajaba en su nalga izquierda. “Así me gusta, calladita y obediente” dijo Marco, mientras le estrujaba las tetas. Esto hizo que Belén por fin reaccione. “¡No! ¡Me sueltan ya!” ordenó. Pero los cuatro muchachos estaban demasiado excitados para hacerle caso, además, consideraban que si ella les había permitido llegar hasta esa situación sin quejarse era porque había accedido al trato: el silencio de ellos, a cambio del cuerpo de Belén. Por eso sus exalumnos no repararon en sus negativas, y procedieron a quitarle la ropa.

    Ella intentó empujar a Marco, pero este apenas se había movido, y el que estaba detrás, magreando su trasero, la agarró de las muñecas y llevó sus manos atrás, inmovilizándola, como si estuviese esposada. Aun así, ella intentó resistir, y tras un fuerte forcejeo fue a caer al piso, golpeándose la cabeza, justo encima de su oreja derecha, cosa que hizo que se desmayara.

    Despertó después de media hora con un fuerte dolor de cabeza. Su visión nublada, fue captando formas poco a poco. Sus pensamientos estaban tan neblinosos como su vista, pero pronto recordó lo que había pasado. De repente sintió un ardor en la entrepierna, y también sintió que un miembro se enterraba en su sexo con violencia. Cuando recuperó la mayor parte de la vista, vio a Marco, que estaba encima de ella violándola. “¿le gusta profe? ¿Le gusta la pija de su alumno preferido?”. Le decía Marco, con sus bellas facciones contorsionadas, y los músculos de los brazos, los cuales estaban estirados para sobarle las tetas mientras la penetraba, se encontraban con las venas marcadas. Ella se removió sobre el piso duro, y entonces dos de los secuaces de Marco la agarraron de las muñecas y la obligaron a colocar los brazos contra el piso. Ella se debatió durante unos minutos, pero el golpe de la cabeza la había atontado y no tenía fuerzas, por lo que pronto desistió, y viendo que aquello que temía ya estaba sucediendo, lo dejó hacer esperando que acabe lo más rápido posible.

    Sin embargo, la violación grupal estaba lejos de terminar. Aquellos que pusieron sus brazos contra el piso, acercaron sus vergas babosas a las manos de Belén. Las abrieron, y le ordenaron que los masturbe. El cuarto hombre se paró encima de ella, flanqueando el rostro de Belén con sus pies. Ella veía los testículos peludos del chico con la vista todavía algo nublada. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en su ojo izquierdo había entrado una gota de semen. Se preguntó cuántas veces habían acabado encima de ella mientras estaba desmayada. Pero desechó ese pensamiento. No quería pensar en nada, sólo se limitaba a abrir las piernas y a masajear haraganamente las pijas de los otros dos. Pero el cuarto muchacho la obligó a ser más activa, porque poniéndose en cuclillas le acercó una verga con fuerte olor a semen a la boca. Belén, ya completamente resignada, separó los labios y dejó que se la cogieran por la boca.

    Cada vez que acababan se aseguraban de eyacular hasta la última gota en el cuerpo de Belén. Enseguida, su piel tostada se fue cubriendo de una capa blanca de líquido viscoso. A los cuatro pendejos no parecía importarles, al contrario, les encantaba verla enchastrada con la leche de sus compañeros, y la seguían violando sobre el piso. Le metían la pija hasta el fondo, tanto en su sexo, con en su boca. Cuando ella quería descansar, porque sus mandíbulas ya no tenían fuerza para seguir chupando, le tapaban la nariz, hasta que se sintiese ahogada y se veía obligada a abrir la boca para respirar. Era entonces cuando la verga se metía de nuevo en su boca. Y mientras esta se movía al ritmo de los movimientos pélvicos de su violador, Belén sentía como un hilo de baba mezclada con semen le chorreaba de su boca e iba a para al piso.

    “Me encanta verte tan sumisa profe, así tendrían que comportarse todos los negritos como usted” se burlaba Marco. Para él, además de un acto excitante, lo que hacía era la reivindicación de su clase. Él sólo estaba haciendo lo que su posición acomodada le permitía, y eso incluía tratar a los pobres como cosas.

    Cuando se cansaron de violarla por la boca y el sexo, y cuando su rostro repleto de semen ya no les resultaba atractivo, la obligaron a ponerse en cuatro y se dispusieron a hacerle el culo por turno. Primero le metieron los dedos, impregnados de gel lubricante, y luego tuvieron la delicadeza de culearla de manera que los que la tenían más chica fuesen los primeros en poseerla.

    Aun así el enculamiento fue salvaje. A Belén le temblaban las piernas y los brazos, y apenas podía moverse. Carecía de fuerzas, y su mente, casi enloquecida, había escapado a un lugar lejano. Sin embargo, su cuerpo recibía los embistes de las pijas de los cuatro pendejos. Cada tanto largaba un grito involuntario, cuando se la metían muy profundamente. Esto enloquecía a los muchachos, que pensaban que se trataban de gemidos de placer, y entonces le embestían con más entusiasmo.

    El sol ya se estaba ocultando cuando decidieron dejarla en paz. Belén tardó en moverse, porque su cuerpo no le obedecía, y sólo el miedo de que su hijo la encontrara en ese estado, le infundieron las energías suficientes para ir a su cuarto.

    Media hora después Joaco llegó a casa. La encontró algo desordenada, y un olor raro flotaba en el aire. Se sorprendió cuando su mamá le gritó, desde su habitación, que no entrara porque se sentía mal. “ya se va a poner mejor”, pensó, y como estaba aburrido decidió llamar a sus nuevos amigos para pasar la tarde.

  • Mi suegra es diferente a las demás

    Mi suegra es diferente a las demás

    Siempre que leo historias de mujeres maduras, se habla de mujeres que aparentan menor edad de la que tienen y, generalmente, tienen el cuerpo de una de 20.

    Mi historia es diferente, la mujer de la historia tiene 50 años cumplidos (yo tengo 26 años), mide 1.72, cabello cortito -más parecido al corte de un hombre que de una mujer-, tiene barriguita producto de su fascinación por la comida; pero, si uno la mira de atrás, wow, es muy atrayente: Unas caderas anchas (98 centímetros que pude medir exactamente un día), una cintura muy bonita y pequeña (ojo, vista de espaldas) y unos senos no muy grandes pero tampoco diminutos, la medida 34B, es decir, como 95 centímetros de busto. Tiene una piel blanquita (hay veces que parece como de porcelana), suave y bonita. Unas piernas, wow, no son como de las modelos, son diferentes, me entenderán aquellas personas que han tocado alguna pierna de una mujer de 50 años!

    Pero si hay algo interesante en esta historia es que esta mujer es nada más y nada menos que mi suegra! ¿Por qué decirles esto? Para que entiendan como empezó mi aventura. Pero antes, contarles que yo nunca me fije en mi suegra como mujer, yo siempre la quise porque ella es genial, muy alegre, divertida y súper amorosa, la suegra perfecta, saben, es tan genial que todo el mundo que la conoce queda alucinando por su forma de ser y por lo bonita que es ella. La verdad, ella es muy bonita (unos ojos, unos labios… creo que estoy enamorado!) y si uno ve las fotos de cuando era joven!!! Simplemente una hermosura!

    En fin, como hace unos 5 meses, mi esposa y mi suegro tuvieron que viajar. Mis suegros viven en un lugar bastante apartado de la ciudad, y como no viajó mi suegra, tuve que ir a dormir a su casa para que ella no se quedara sola en la propiedad.

    Cuando llegué a su casa, nos dedicamos a charlar de todo. Luego comimos una pizza que yo había llevado y, finalmente, nos fuimos a ordenar el cuarto donde yo dormiría. La casa de mis suegros es de 2 pisos, arriba existen 2 cuartos y en el piso de abajo existe otro cuarto más, destinado para las visitas.

    – Mario -me dijo ella- lastimosamente no hay cable en la televisión de este cuarto.

    – No se preocupe señora. -le dije- Traje unas revistas para leer.

    – Si quieres, puedes subir a ver televisión en mi cuarto.

    – Mmmmm, mire… voy a leer un poco y si me aburro, subo… si?

    – Esta bien, pero ojo: Yo elegir que ver, ja ja

    Seguramente algunos pensarán: Esta vieja se lo quiere comer a este muchacho! Amigos y amigas que equivocados están! La verdad, no existía la mínima intención de eso, ni por su parte ni por la mía. Nos conocíamos tan bien y existía entre nosotros prácticamente una amistad así que esta propuesta no era nada más que eso: una simple invitación.

    Después de haber leído una revista, ojeado unas 2 y botado de la cama otras 3, me di cuenta que estaba totalmente aburrido. ¿Será que subo a charlar con mi suegra? ¿Será que hay algo que ver en la televisión? Eran como las 8:30 de la noche y decidí subir.

    – Suegra, hay algo en la televisión? que está viendo?

    – Mario! Que fue? Te aburrieron tus revistas?

    – Si! Justo traje las que ya había leído!

    – Ja ja, en la tele tampoco hay mucho! Ninguna película buena… estoy viendo un documental

    – Si? De que es el documental?

    – De esos que dan en Discovery… es de animales.

    – Bueno, entonces tendré que ver eso -le dije.

    – Claro, échate acá en la cama.

    Aunque éramos prácticamente amigos, nunca pude sentirme cómodo cuando estaba en su cuarto. Mi esposa se reía junto con mi suegra en esas oportunidades, ahora me sentía igual, así que me acerque a la cama y solo me senté y bastante al borde.

    – Pero échate pues! -me dijo mi suegra- Ja ja, no te voy a hacer nada!

    – Si ya se! pero me da cosa -le dije

    – Mira, si no te echas… yo me siento

    – Mejor -le dije

    Así que mi suegra se sentó y, seguramente, se veía muy chistosa la situación. El documental era sobre leones y justo estaban hablando de porque se le decía rey de la selva al león.

    – Que buena vida! -Le dije- Comer y tirar todo el día… no?

    – Ja ja, yo como todo el día… pero de tirar ya no tanto! Ja ja

    – Como es eso suegra? Que, mi suegro ya no da? -la curiosidad empezó a crecer en mí.

    – No! Si es el que jode y jode para tirar… creo que se cree el Rey de la selva! ja ja

    – Ja ja, entonces? -pregunte.

    – Bueno, sabes… nosotros las mujeres menopaúsicas ya no tenemos muchas ganas

    – Ja ja, nada que ver!!! Yo tenía entendido que la menopausia no quita en interés sexual

    – No? Sera? Entonces… será que ya no tengo ganas no más! Ja ja, por ahí fue mucha práctica en mi vida! Ja ja

    – Acaso? -le pregunte.

    – No tanto -me dijo- La verdad, yo no fui muy busca-pichi en mi vida

    – Suegra!!! -le dije- Que son esas palabras?!?

    Hasta este momento la charla era de lo más normal, pero algo paso por mi cabeza, no sé, sentí un morbo dentro de mí, la vi: ella ya no estaba sentada, estaba echada. Yo también estaba echado, no sé en qué momento me eche. Estábamos prácticamente a unos 30 centímetros cara a cara, ambos de estómago. De un movimiento me volví a sentar, pero ahora mucho más cerca de ella y me saque los zapatos para no ensuciar la cama.

    – Sabes Mario, -me dijo- Antes me gustaba el sexo, pero como hace unos 2 o 3 años que casi no siento nada… tu sabes, cuando una mujer se excita… se lubrica muy bien… ya no me acuerdo cuando fue la última vez que me paso eso -esto último lo dijo tan tristemente que casi me muero de la tristeza yo también.

    – Posiblemente -le dije- lo que necesita es algo diferente… no sé… con su hija procuramos cosas diferentes para no caer en la rutina.

    – Ja ja, en serio? Como que?

    – Suegra! No sea curiosa!

    Yo estaba muy emocionado, estaba hablando de sexo con mi suegra y de un momento a otro empezó a crecer mi pichi (debo decir que mi pichi no es gigante como en las historias que uno lee o en las películas que uno mira, el mío es de 17 centímetros, pero muy bien usados). Como yo estaba sentado, se empezaba a notar el crecimiento de mi pichi, no sabía que hacer, pero me estaba excitando y no sabía si era por mi suegra, por la charla o por que la luna estaba llena!

    – Vamos Mario -me dijo- contame, no quiero detalles, solo quiero saber que hacen -en eso vi, o me pareció ver, que sus ojos iban hacia mi parte inferior.

    – Bueno suegra, yo creo que lo que Ud. necesita es realizar algunas fantasías… no sé, usted que hace pues con su marido?

    – Ja ja -se rio, me encantaba su risa- Pues hacemos el amor, yo abro la patas el usa su instrumento y listo… que crees pues?

    Esto se estaba poniendo muy bueno, pensar a mi suegra con las piernas abiertas mientras un pene era introducido en su vagina era lo más arrechante que podía imaginarme. De repente, sin saber cómo paso, una de mis manos fueron hasta mi paquete y lo acomodaron… fue una reacción natural, pero… fatídica!

    – Mario! -me dijo- Que fue? Que te pasa? Tu instrumento está creciendo? Ja ja ja

    – Disculpe señora -le dije, totalmente avergonzado- uno no controla estas cosas.

    – Pues arréglate bien hijo, que todavía parece desacomodado.

    Como muchos de los lectores sabrán, hay veces que cuando crece nuestro gran amiguito, no hay forma humana de acomodarlo por fuera, es necesario bajarse los pantalones y arreglarlo. Pues, con lo excitadísimo que estaba y un valor que me nació no sé dónde, me pare frente a mi suegra y me baje el jean que llevaba puesto, mi diminuto calzoncillo no podía aguantar el crecimiento de mi pichi y el glande del mismo salía por arriba. Metí mi mano en mi calzoncillo, y acomode mi pichi hacia la izquierda. Mi suegra se quedó muda, yo sabía que ella no podía verme el pichi que se encontraba bajo el calzoncillo. Me agache y me subí el jean. Cuando estuve parado vi a mi suegra, tenía una de sus manos en uno de sus senos! El labio inferior lo tenía mordido y, aunque no movía la mano, yo sabía que estaba excitada, había excitado a una mujer de 50 años!

    Me acerque a ella, que se encontraba sentada en el sillón de mimbre, y le agarre la mano que tenía en el seno y la empecé a apretar… era alucinante manosear su seno por encima de su mano… ella subió su otra mano por mi pierna y fue a agarrar una de mis nalgas por encima de mi jean y me la apretaba.

    – Mario, que estamos haciendo? -me dijo mientras me seguía manoseando la nalga.

    – No sé, pero me encanta!

    Me agache y le di un beso, primero con los labios cerrados, luego saque mi lengua y la introduje en su boca… sentía como su lengua y la mía jugaban. Ella se liberó de mi mano y me desabrochó el jean, lo bajo y empezó a acariciarme el pichi por encima del calzoncillo. Yo seguía manoseando su seno, me agaché y empecé a subirle el polerón que cubría su cuerpo… una vez que lo saque me aparte para verla… llevaba un sostén color blanco y me miraba con una cara de arrechura y asombro… me saque el pantalón, las medias, la polera y me quede en calzoncillo… el glande me salía por arriba y ya se asomaban unas cuantas gotas de líquido pre-seminal. Ella se paró y se sacó los zapatos, las medias y el buzo, quedo solo con ropa interior, volvió a sentarse en el sillón y abrió un poco las piernas. Su calzón se veía mojado… ¡si podía lubricarse!

    – Ve que si se lubrica -le dije.

    – Es porque me traes muy excitada Mario -me dijo.

    – Usted a mí -le respondí, mientras me acercaba y me agachaba para oler sus jugos.

    – No está bien lo que estamos haciendo -me dijo.

    – Ya lo sé -respondí mientras sus olores inundaban todo mi ser.

    – Sera mejor que paremos -me dijo, mientras me agarraba la cabeza y me acariciaba el cabello.

    – Si, pero es muy difícil parar -le dije conforme veía como sus caderas se levantaban para luego dejarlas caer en un claro signo de excitación.

    Soltó mi cabeza y sus piernas fueron a parar en mis hombros, me tenía atrapado, sus manos fueron detrás de su espalda y se soltó el sostén… que senos! No muy grandes como les dije, tenía unos pezones casi del color de su misma piel y estaban totalmente erectos… abrió las piernas y empezó a sacarse el calzón… muy lentamente… finalmente me mostró el coño que yo tanto deseaba en ese momento. Era hermoso, unos labios grandes como de toda mujer madura, no estaba depilado pero, curiosamente, no tenía tantos pelos.

    – Creo que mejor te vas a dormir -me dijo, mientras me atraía hacia ella.

    – Sí, tengo mucho sueño

    – Se nota -me dijo al mismo tiempo que bajaba mi calzoncillo.

    Mi pichi saltó de lo parado que estaba y ella se acercó y empezó a darme unos besitos en el glande, luego saco su lengua y empezó a mojarme y lamerme todo el pichi. Vi como reunía saliva en su boca y la escupía en mi pichi, una y otras vez, para terminar de metérselo en la boca y empezar a chuparlo como una experta.

    – Suegra! Usted sí que chupa bien! Mucho mejor que su hija! -en esto exagere un poco puesto que mi esposa es una verdadera chupadora de pichis, podríamos decir que tiene un master en eso, je je.

    – Hijo, es la primera vez que lo hago -no podía creerlo, lo hacía tan bien.

    – Pero lo hace muy bien! Pobre de mi suegro que no le gustan estas delicias!

    – Si! Es riquísimo! A tu suegro no le gusta nada! -me dijo, mientras seguía chupando y yo veía como se marcaba mi pichi en sus cachetes.

    Me aparte de repente, ella puso cara de disgusto, baje y fui directo a sus pechos… una de mis manos acariciaba uno de los senos y el otro era atendido por mi boca que chupaba y chupaba, de rato en rato mordía el pezón y mi suegra daba un saltito de gusto y jadeaba como una quinceañera. Mientras besaba sus pechos, baje una de mis manos y empecé a acariciar su coño, estaba mojadísimas, no fue nada difícil meter un dedo y luego meter dos dedos a su agujero que los recibía como si fueran los últimos dedos sobre la tierra, el pulgar de mi mano jugaba con su clítoris… un clítoris grande y duro… la verdad riquísimo. Era alucinante, ella me agarro de la muñeca, dueña de la mano que jugaba en sus interiores y la movía rápido para sentir más placer… su otra mano, no menos juguetona, fue a parar a mi pichi al cual empezó a masturbarlo… yo estaba por terminar así que me aparte un poco para hacer durar más la aventura en la cual nos embarcamos.

    – Suegra, usted es la mujer más arrechante con la que he estado -le dije y esto no era exageración.

    – No me dejes acá, ven cómeme el coño que quiero terminar en tu boca -me dijo mientras los dedos de una de sus manos abría ese agujero magnifico.

    Me acerque a ella, la bese en la boca… baje a su cuello y se lo mordí… seguí bajando pasando por medio de sus senos cuyos pezones parecían que iban a reventar, me deslice por su estómago que lo tenía gordito pero no menos delicioso (las mujeres que son gorditas son magníficas en la cama) y llegue a su coño… era hermoso, como el de su hija, labios carnosos y muy rosadito… utilicé los dedos de mi mano para abrirlo y empezar a chupar ese coño maravilloso, de rato en rato cerraba la boca para apretar sus labios, mordía uno de ellos y lo estiraba, ella desfallecía y gritaba como una loca, le mordía el clítoris y me tomaba sus jugos, era hartísimo, seguramente por el hecho de no haberse mojado en mucho tiempo… ¡qué coño! Me terminó en la boca, era tanto el jugo que parecía que estaba orinando, era tanto que tuve que usar una de mis manos para retener sus jugos. Con todo ese líquido delicioso le embadurne su estómago. Estaba arrechísimo… me pare frente a ella y lentamente fui introduciendo mi pichi en su abertura… ella gemía de gusto.

    – Dale Mario, eres alucinante!!! Quiero terminar nuevamente Mario, no pares, movete.

    – Mónteme suegra -le dije.

    Nos levantamos del sillón y yo me senté, ella, como pudo, se puso encima de mí y dirigió mi pichi a su coño… empezó a moverse alucinantemente, yo veía como saltaban sus senos de arriba a abajo, de izquierda a derecha y como su cabeza la llevaba atrás por la arrechura en la que se encontraba. Yo acariciaba su espalda, la rasguñaba un poco y me acercaba a besarle los senos y su cuello. De repente sentí como mi semen empezaba a llegar al orificio de salida la empuje a la cama, me puse encima de ella y dirigí mi instrumento a su rostro, salieron tres chisguetazos, el primero le dijo en plena boca que la tenía abierta, el segundo le dio en el cuello y el tercero le dio en el ojo que, inmediatamente, lo limpio. Me atrajo a ella y me beso, yo sentía mi propio semen en mi boca y baje una de mis manos a sus senos, empecé a apretarlos y seguí besando a mi suegra mientras mi mano bajaba a su coño que nuevamente estaba mojado.

    Me eche a su lado y la abrace, ella me dio un tremendo beso y una de sus manos bajo a mi pichi que pausadamente y, a la vez, deliciosamente empezó a masturbarlo.

    – Mario, nunca engañe a tu suegro en mi vida -me dijo un poco confundida.

    – Yo tampoco a su hija suegra -le dije.

    – Sabes, hoy he vuelto a la vida… eres muy buen amante.

    – Usted es la mujer más alucinante del mundo

    – Pero estoy gorda -me dijo.

    – Es hermosa -y esto no era mentira, de verdad era hermosa, una hermosura especial, una hermosura de mujer adulta, una hermosura nueva que acababa de encontrar.

    No pude aguantar más y la bese, esos sus besos eran mojados, su lengua juguetona. No tuvo que esperar mucho, mi pene creció nuevamente y ella me masturbaba rapidísimo. La puse boca abajo y empecé a besarle la espalda, ella gemía como una gata, baje y empecé a morder sus nalgas… hasta ese momento no me había dado cuenta que mi suegra tenía un culo de película. Unas nalgas perfectamente redondas y bien apretaditas. Seguí manoseando ese conjunto de carnes mientras ella iba abriendo sus piernas muy pausadamente. Pude ver el agujero de su culito y mi pene creció tanto que me dolió, baje una mano y empecé a frotarle el coño y, de rato en rato, un dedo iba a parar al agujero de su culo, pero no entraba.

    – No pares Mario, seguí acariciándome -me dijo.

    – Eso hago querida suegra -le dije, mientras mi otra mano abría un poco más sus piernas.

    – No me vas a hacer nada por el culo -me dijo, en un tono de amenaza pero, creo, también de invitación y permiso.

    – No se preocupe, nunca hice nada por el culo a nadie -eso no era mentira, mi esposa nunca quiso porque decía que mi pene era demasiado grueso para su culo, pero era mi sueño.

    – Mi hija no te deja? -me pregunto, mientras yo veía como me movía el culo y como quería comerse mi mano ese coño delicioso.

    – No, dice que le duele, solo juego con mis dedos

    – Juega conmigo Mario, juega conmigo… que yo nunca tuve nada dentro de mi culito.

    Su espalda estaba totalmente sudada, y su culo lo tenía levantado hacia mí, era una escena realmente caliente, una vieja totalmente excitada y, además, virgen del culo. Uno de mis dedos fue a parar a su culo, empecé a moverlo en círculos para que este creciera un poco y cuando vi que estaba totalmente lubricado… lo introduje lentamente… podía sentir sus tabiques en mi dedo índice y sentía como lo apretaba mi querida suegra. Sin sacar el dedo e hincándome dirigí mi pene a la boca de mi suegra que muy prestamente empezó a chuparlo… pude meter otro dedo más en su culo mientras mi suegra ponía cara de dolor y empujaba para que salieran…

    – Me haces daño Mario, saca tus dedos!!! -me grito.

    Los saque rápidamente y pensé: Tiene el mismo culo que mi esposa! Ella siguió chupando mi pichi y también dirigió su hermosa lengua y su boca a mis huevos… los succionaba y los mordía… a mí me dolía un poco, pero estaba tan arrecho que no me importaba.

    Me puse detrás de mi suegra, la agarre de las caderas y levante su culo, empecé a jugar en su culito y poco a poco pude introducir mi glande… ¡que experiencia! Ella gritaba de dolor, yo sabía que no estaba disfrutando y, aunque no me gusto, tuve que sacar la cabeza de mi pichi de su culo. Pero, de un solo movimiento, se lo introduje en el coño… empecé a moverme como un loco.

    – Dale Mario, bótame tu leche adentro -me gritaba.

    Yo me movía arriba y abajo, cuando estuve por terminar saque mi pichi y se lo metí en el culo de un solo trancazo… ella grito de dolor: Ayyyy. Yo termine dentro de su culo y lo saque rápidamente.

    – Mario! Me duele!!! -me gritaba- Tírame por el chocho -me dijo.

    – Lo que usted mande suegra -le dije.

    De un solo movimiento le di la vuelta, agarre sus piernas y las puse en mis hombros e introduje mi pene en su abertura peluda… me mojaba los testículos con sus jugos y mi pichi volvió a crecer dentro de ella… mete, saca, mete, saca… termine por tercera vez en la noche y ella tuvo un orgasmo de los mil demonios.

    Al día siguiente llego mi esposa y suegro, justo para el desayuno, y mientras toda la familia desayunaba junta… Mi suegra y yo nos mirábamos de una manera distinta… una manera sucia y, al mismo tiempo, una mirada de culpa y complicidad. ¡Solo pensaba cuando podríamos repetir nuestra aventura!

    FIN.

  • La vecina madura de mi abuela

    La vecina madura de mi abuela

    Comenzar a escribir este relato ha representado para mí todo un reto, y digo un reto pues con él demuestro abiertamente que he sido infiel a una persona a la cual quiero mucho, mas, por otra parte, este acontecimiento ha marcado un antes y un después en mis experiencias sexuales y no podía conservarlo en mi memoria sin más; así pues he decidido compartirlo con vosotros por su morbosidad (al menos la que representó para mí) y que el tiempo sea mi juez.

    ———————-

    Mi abuelo, que en paz descanse, fue un ciudadano bastante acaudalado gracias a sus negocios inmobiliarios; para mí desgracia mi padre era, de los cuatro hermanos, el más marginado. Sus otros hermanos siempre obtuvieron el apoyo de mi abuelo, sin embargo mi padre jamás fue visto con buenos ojos por más años que pasaron; y ni siquiera yo, heredero de su nombre y forma de ser, tuve el más mínimo hueco en su corazón. Siempre he desconocido los motivos, el silencio de mis padres ha sido sepulcral en todo momento, así pues los contactos con mis abuelos paternos han sido pocos, tan escasos que podrían contarse con los dedos de una mano.

    Pero algo cambió. Pocos meses tras la muerte de mi abuelo, su mujer (es decir mi abuela) tomó más contacto con esta cuarta parte de la familia. A pesar de ello mi padre y mi madre siempre renegaron de tomar contacto nuevamente, y yo, por supuesto, debía hacer lo mismo.

    En fin, yo había pasado muchos años sin ver a mi abuela, incluso no le hice demasiado caso durante el velatorio y el entierro, fue todo hipocresía. Por lo que se ve mi abuela había decidido preocuparse por su nieto, de igual nombre al que fuese su marido y con sus mismas ideas, pensamientos, forma de ser, etc. En mi cumpleaños tuvo la osadía de llamarme por teléfono e incluso enviarme algo por correo. No se personó con aquel increíble regalo (que prefiero omitir aquí), pero al menos tuvo el detalle.

    Creo que transcurrieron un par de meses más hasta que mi mente comenzó a maquinar un plan: si se encariñaba conmigo quizá podría conseguir que parte de la herencia, el día de mañana, fuese a parar a mis bolsillos o a los de mi padre. A tal fin decidí aprovechar la semana de vacaciones como motivo de la feria de la ciudad para ir a visitarla en su suntuosa casa de la costa que yo recordaba vagamente. Es una casa de tres plantas, un desván, garaje, una piscina con césped alrededor… y todo ello bordeado por muros de setos verdes. Junto a la casa había otra más formando así una manzana perfectamente rectangular.

    Evidentemente mi abuela no vivía sola, tenía una criada peruana que limpiaba, cocinaba, etc. Cuando llegué a la casa con idea de pasar esos pocos días de verano con ella vi que todo seguía igual, excepto por la presencia de mayor número de coches alemanes en la cochera junto a la entrada. Las mismas rejas negras, las mismas hamacas, las mismas sombrillas y la misma criada (un poco más vieja, eso sí).

    Una vez crucé el umbral del patio, me disponía a avanzar por el caminito empedrado que llevaba de la puerta del jardín hasta el porche de la casa misma, cuando mi abuela apareció y se dirigió enérgicamente hacia mí con los brazos abiertos. Me estrujó entre los mismos y me comió a besos. Se trata de una mujer de unos setenta años, pelo blanco, ojos azules, oro por todas partes (incluso en un par de dientes), de figura normal y muy sonriente.

    Todo transcurrió con normalidad: almuerzos, cenas, diálogos estúpidos, etc. Mi estancia allí durante el primer día fue de lo más normalita e hipócrita, pero debía conseguir mi objetivo. Mi plan de actuación estaba trazado, pero no contaba con un factor imposible de predecir.

    A la mañana del segundo día me levanté algo más tarde que de costumbre, quizás debido a las horas de coche o a la incomodidad de la situación. Lo primero que hice fue acicalarme un poco, la criada me dispuso una serie de toallas para mi uso durante la estancia (sólo faltaba el caramelito encima de la almohada). Utilicé el baño de la primera planta (en el sistema español sería la segunda) y luego bajé a saludar a mi abuela que encontrábase tumbada en una de las hamacas, próxima a la piscina.

    Mientras me acercaba distinguí otra figura, recién levantado nunca me pongo las gafas así que me costó desentrañar su imagen. Era una mujer de poco más de cuarenta años, pelo liso, corto y castaño, algo más rellenita que mi abuela, con las manos cubiertas de oro, vestida de blanco y con una espesa capa de maquillaje que le cubría todo el rostro. Me paré en seco y di los buenos días lo más cortésmente posible. Mi abuela me presentó a su vecina, ella se levantó de su lugar en la hamaca, me dejó sus labios rojizos marcados en ambas mejillas y volvió a sentarse mientras hacía un escrutinio de mi figura bajo sus gafas de sol de montura también blanca.

    Me retiré con la excusa de ir a desayunar algo y buscar mi bañador. Una vez en la cocina abrí la nevera en busca de algo que llevarme a la boca sin atender a la presencia de la criada. Mi costumbre era servirme yo mismo y eso hice. Mientras contemplaba la bien poblada nevera me di cuenta, aunque tarde, de que tenía mi miembro erecto (suelo levantarme con ese estado de ánimo) y que muy probablemente aquella mujer se había fijado en ello. En fin, de todas formas no le di demasiada importancia, probablemente no la vería más.

    Tras comer algunas palmeras diminutas y un gran vaso de leche, bajé nuevamente a la piscina con la intención de bañarme, olvidando por completo mi descuido durante el anterior encuentro. Por suerte mi vecina y mi abuela habían desaparecido, así que me tiré buena parte de la mañana en la piscina. Estaba a punto de abandonarla cuando vi salir a la peruana, probablemente a hacer la compra (¡la nevera estaba llena!). Al abrir la puerta se cruzó con mi abuela y su amiga que volvían. Ellas entraron y se dirigieron a la piscina. Yo me hice un poco el loco y me fui dentro de la casa para evitar más miradas de aquella mujer. No es que su persona me desagradase, incluso diría entonces que para su edad estaba muy bien, daba cierto morbo, pero mi presentación no había resultado ser de lo más acertada.

    Salí mojado mientras me excusaba. Fue otro error porque llevaba la bermuda pegada al cuerpo como consecuencia del agua y se me marcaba nuevamente el paquete. Sin duda alguna aquello no había pasado desapercibido para el ojo escudriñador de aquella dama. Tras un leve suspiro entré en la casa, dejé mi toalla colgada y me dirigí al baño de la planta baja. Este era el más grande y mejor decorado. Entré y me dispuse a orinar cuando, casi sin darme cuenta, noté un aliento en mi cogote, luego un par de enormes pechos que se apoyaban en mi espalda y una mano arrugada, de uñas largas y pintadas de blanco y cadenas de oro colgando, que agarraba, como si de una presa se tratase, a mi miembro a punto de orinar.

    Mi miembro, lánguido, pequeño y falto de excitación comenzó a ganar tamaño y rectitud al moverse aquella mano masturbadora. Rápidamente mi miembro alcanzó su mayor longitud y pude notar hasta la más mínima arruga de la mano, dedos realmente experimentados, ligeramente tostados por el sol y… ¡las uñas blancas! Quise mirar hacia atrás pero la excitación me lo impedía, a parte ella comenzó a saborear mi oreja con sus labios mientras que con un susurro decía: «Sigue con lo que estabas haciendo». Fue tan convincente y sensual que lo intenté pero la situación hacía de tal tarea un acto difícil de llevar a cabo. Esta mujer, consciente de lo que me ocurría, utilizó sus dedos para masturbar la punta de mi capullo, con soltura asombrosa. Sentí un cosquilleo que hacía echarme un tanto hacia atrás y cierta fragilidad en mis piernas, encogiéndome. En pocos segundos el roce, casi hecho de memoria, provocó que expulsase la orina que conservaba. Fue todo un placer ver cómo ella me ayudaba en tal acción, incluso creo que llegó a mancharse un poco, y digo «creo» pues mis ojos precisaban cerrarse de pura excitación.

    Ella continuó como si nada, mi garganta profería leves gemidos que iban a chocarse contra el techo del baño, mi miembro dejaba escapar las últimas gotas, y su mano no paraba de masturbarme con suma eficacia y experiencia, tanta que la eyaculación era inminente. Sus sedosos labios en mi oreja, sus pechos en mi espalda, una mano en mi pecho (para compensar mi falta de equilibrio) y la otra masturbando mi miembro. No sé cuánto tiempo duró aquello pero supongo que fue lo suficientemente rápido como para que mi abuela no se alarmase. Finalmente eyaculé sobre la taza del váter mientras ella continuaba manoseando mi miembro, manchándose y extendiendo el semen por toda la extensión del mismo al continuar con sus movimientos casi instintivos. Fue un goce inaudito. Me soltó y me apoyé junto a la pared, ella me miró y se lamió dulce y ligeramente la mano, acto seguido se las lavó, se las secó y abandonó la estancia no sin antes echarme una última mirada de complicidad y silencio.

    En cuanto me encontré en condiciones de dirigirme hacia mi cuarto, salí no sin antes ocultar pruebas y me marché escaleras arriba. Una vez en mi dormitorio no paraba de darle vueltas a lo acaecido. Por una parte había resultado ser una experiencia nueva: era una mujer mucho mayor que yo. No podía decir que me repugnaba si no al contrario, me dio mucho gusto y creo que había descubierto mi verdadera vocación: las maduras. Así que el resto del día, en su mayor parte, anduve fantaseando a la vez que intrigado por mis nuevos y recién descubiertos gustos.

    Todavía quedaban cinco días por delante, durante los cuales esperaría acontecimientos. Mi ética no me permitía hacer nada más pues en aquellos momentos vivía una hermosa relación.

    Pero los acontecimientos que yo aguardaba con impaciencia (sin querer) llegaron con el día a día. El primero de ellos no tardó en absoluto, fue al día siguiente y casi sin esperarlo. Fue nuevamente por la mañana. Me levanté como siempre, me aseé un poco antes de bajar al comedor y descendí las escaleras que me conducían a un nuevo encuentro.

    La voz de mi abuela y la de alguien más, manteniendo una conversación acerca de cuál sería la crema solar más recomendable para una mujer con su piel. La otra utilizaba sugerencias de lo más elocuentes, o al menos a mi abuela se lo resultaban porque yo no tengo ni idea de cremas raras. Sabía sobradamente quién era la acompañante de mi abuela en esa tertulia mañanera: era ella. Me detuve un momento, sin saber qué hacer, si entrar y aventurarme nuevamente a que sucediera algo o, por el contrario, quedarme en mi cuarto en espera de que se marchase. ¿Y si no se iba y me quedaba recluido toda la mañana en él?, no, probablemente saldrían, ¿y si venía alguna de ellas o la criada a despertarme? ¿qué hacer? Al final decidí dejarme llevar pues ¿qué era lo que realmente quería? sin duda alguna sentir el tenue tacto de su piel sobre la mía. Así pues crucé la esquina que llevaba al comedor y atravesé la puerta.

    Tras los típicos saludos llenos de cordialidad e hipocresía me senté frente a aquella mujer y junto a mi abuela. Para que os hagáis una idea la mesa era cuadrada, de madera ricamente adornada de dibujos que podían verse a través del grueso cristal que los protegía. Mi abuela tenía ambos brazos echados sobre la mesa, con la barbilla sobre ellos. Por su parte, la dama que me evocaba morbosidad (lady morbo), encontrábase apoyada al respaldo de su silla, casi echada.

    Mi abuela ordenó a la criada que me trajese algo para desayunar. Pedí, si mal no recuerdo, un sándwich de bacon y queso fundido (me encantan) y un zumo de naranja. Ambas mujeres continuaron discutiendo las mismas memeces que antes de mi interrupción. La criada me trajo casi al instante el desayuno; no di un par de mordiscos al sándwich cuando, ya que me disponía a dar el primer sorbo del zumo de naranja, noté un pie. Sin duda provenía de ella, odiada y amada, que volvía a por más. Casi escupo el zumo de la sorpresa pero pude contenerme.

    Al principio sus dedos buscaban mi miembro. Una vez hallado la planta de su pie se apoyó sobre él y comenzó a masajearlo con gran profesionalidad. Los pantalones que utilizo para dormir son extremadamente finos con objeto de combatir el calor nocturno (que no es poco), con algún botón que otro a modo de «bragueta». Pues bien, mi miembro no tardó en abrirse paso y salir a la luz, bajo la mesa claro está. Su pie parecía casi una mano, me lo acariciaba fina y exquisitamente, tanto que casi no podía ocultar mi rostro de placer delante de mi abuela. Cuando mi excitación iba en aumento ella logró separar tanto los dedos pulgar e índice de su pie que el grosor de mi miembro casi entraba en aquella oquedad improvisada. Con esa postura ella continuó masturbando mi miembro una vez más. No hubo tiempo para que eyaculase pues mi abuela se irguió en su silla y a ella no le quedó más remedio que apartar el pie.

    Por suerte o por desgracia no la vi en lo que restaba de día. Durante el siguiente me encontraba observando las numerosas maquetas de coches y barcos (mi abuelo había sido marinero en sus tiempos mozos) que llenaban estanterías enteras. Sin embargo mi mente viajaba una y otra vez a aquellos momentos en los que ella me tocaba, con la mano o con el pie, igualmente deliciosos, y me ruborizaba enormemente.

    Mi plan había quedado apartado, pero intenté aprovechar el tiempo perdido, pasando más tiempo con mi abuela y haciéndole los mimos oportunos. Al día siguiente (jueves ya) tampoco vi a aquella dama, lo cual representó una ventaja pues mi plan seguía en marcha.

    Por fin llegó el viernes y con él mi pasión por aquella mujer de unos cuarenta y dos años aumentó hasta límites insospechados. Ello derivó de un nuevo encuentro, esta vez en la piscina. Yo me encontraba inmerso en la misma mientras mi abuela tomaba algo en su hamaca en una mañana de lo más calurosa. La puerta sonó y la criada acudió a la misma. Pocos segundos después vi aparecer a aquella mujer vistiendo un bañador negro de pieza única, unas gafas también negras y una pamela a juego. Ah, también llevaba un fino pañuelo de vivos colores, pero sin importancia.

    Se sentó junto a mi abuela y tomó algo mientras yo me hacía un poco el «distraído» dando vueltas por la piscina, buscando la mejor excusa para evadirme, pero sin querer hacerlo. Sumergido en mis pensamientos y en el agua vi que ella se decidía a entrar a la piscina por la escalera de aluminio de la parte menos profunda (opuesta a mi posición). Con cortas brazadas fue avanzando hacia el centro mientras animaba a mi abuela para que se bañase ella también, que hacía mucho calor. Tras insistirle un poco mi abuela terminó por acceder diciendo: «Bueno, voy al baño un momento, me cambio y vuelvo para bañarme con vosotros. Esperadme».

    Yo me acerqué a lady-morbo para hablarle cara a cara acerca de lo acontecido los días anteriores. Durante la discusión, corta por cierto, no me quedó más remedio que confesarle que me había gustado. Mis razones no le valieron, ni siquiera el hecho de que estuviese manteniendo una relación estable actualmente. Casi sin pensárselo, o eso creo, metió su mano de forma inclinada dentro de mi bañador y comenzó a masturbarme otra vez, sólo que de forma distinta. Un minúsculo grito escapó de mis labios y ella me besó profusamente para callarlo.

    Terminó por bajarme el bañador, yo le dije que mi abuela estaría al venir pero ella negó con la cabeza y afirmó diciendo: «Cada vez que tu abuela va al baño tarda una eternidad, créeme». Entonces se acercó, tanto que su canalillo quedaba bajo mis ojos. Su sonrisa era malévola pero me gustaba, así que esta vez fui yo quien la besó a la vez que la agarraba entre mis brazos. Ella se agarró a mi cintura, unió su cuerpo al mío, me echó contra el borde de la piscina y, allí apoyado, comenzó a frotar su sexo, aún oculto, contra mi miembro desnudo y pasado por agua.

    No puedo explicar la cantidad de emociones distintas que pasaron por mi cabeza. Ella estaba allí, el objeto de mi deseo, frotándose suavemente al principio y posteriormente con mayor celeridad. Disfrutaba como la primera vez, casi con miedo e inexperimentado. Era un roce cuantioso y lleno de pasión, el tacto de aquella tela estaba por volverme loco. Mis gemidos se hicieron cada vez más pronunciados, pero ella, diccionario abierto del sexo, giraba mi rostro y lo encaraba hacia el suyo para volver a besarme y así acallar mis casi lamentos de placer.

    En una de sus acometidas, de las más lentas hasta entonces, eyaculé dentro de la piscina, permitiendo que el semen se esparciera en la misma y se perdiese entre el agua. Tras unos roces más para calmarme se apartó. Me lanzó un dulce beso y se aproximó a la zona profunda de la piscina. Por mi parte me subí el bañador e hice como si nada hubiera sucedido (como diría Pynn: «Gran don de los jóvenes»). Lo cierto es que mi abuela tardó aún más de lo necesario en llegar. Pero bueno, por ahora estaba bien, hubiera preferido más tiempo pero pienso que ella había marcado los suyos propios, ¿acaso me estaba preparando para algo?

    Mi pregunta no iba a tardar demasiado en recibir respuesta. Un día más tarde (sábado) mi abuela me anunció que esa noche, como despedida, íbamos a ir a una fiesta, allí me presentaría amistades suyas y de mi difunto abuelo y que, con algo de suerte, daría con alguna joven de talante y porte distinguidos. Fue entonces cuando recordé a mi amada, que muy probablemente estaba en su casa, esperando noticias mías. Lamento lo que hice pero me llamaba demasiado la atención como para no hacerlo.

    Mi intención era no volver a ver aquella mujer, y si para ello debía abortar mi plan pues mucho mejor, así abandonaría la hipocresía que hasta entonces me inundaba. Qué decir… nuevamente tuvimos que encontrarnos. Por la mañana mi abuela quiso llevarme de tiendas, yo insistí en que llevaba ropa de fiesta si era eso lo que pretendía comprarme; no importó, ella quería hacerme ese regalo y no me quedó más remedio que acceder. Por descontado su vecina iba a acompañarnos.

    Me conciencié lo mejor que pude y salí junto a mi abuela hacia el taxi que había solicitado por teléfono. La vecina estaba allí esperándonos vestida con un traje rosa, una falda un tanto corta, una camisa que dejaba ver su largo canalillo y el pelo mojado, símbolo de que se acababa de duchar.

    Subimos al taxi, mi abuela delante para indicar los lugares de compras correspondientes al conductor y la vecina y yo detrás. Estuvimos en mil tiendas lo menos, en cada una de las cuales tuve que probarme miles de pantalones, corbatas, camisas, chalecos, etc. Y creo que en cada sesión de probador la vecina intentaba distinguir algo a través de las cortinas. Llegué incluso a pensar que tendría la osadía de introducirse en el probador para acosarme.

    Finalmente abandonamos la zona de tiendas y nos subimos a nuestro taxi (un servicio especial y muy caro según creo). Tras cargar los bultos tomamos nuestras posiciones y nos dirigimos a casa. Lady-morbo es una mujer observadora, de sangre fría y calculadora. Descubrí esto cuando ella tramó un astuto plan en el mismo taxi. Dicho vehículo no tenía el retrovisor interior pues los cristales eran tintados (creo que eso es ilegal) y no servía para nada o para más bien poco. Mi abuela, debido al ajetreo, inclinó su cabeza hacia un lado y parecía dormir como si nada. Entonces fue cuando nuestras miradas se cruzaron, sin saber qué hacer tragué saliva y me contuve. Ella, sin perder ni un segundo más, tomó mi mano y la dirigió a su sexo, que comencé a tocar con ganas por encima de la falda. Ella dibujó una mueca en su rostro e introdujo mi mano por la falda, por la parte de arriba, rozando así su delicioso estómago.

    Tras eludir una masa de pelos di con su sexo y comencé a frotarlo con gran habilidad. Ella parecía estar en la gloria pero no emitía ruido alguno para que el taxista no se cerciorase de lo que estaba ocurriendo justo detrás de él. Me gustó mucho ese tacto, lo tenía muy grande, muy abierto, lleno de vello, muy natural. Me gustó tanto que mi miembro quería saltar del pantalón y estrellarse allí donde mi mano derecha se encontraba. Tras frotar introduje uno, luego dos y finalmente tres dedos. Su cavidad era asombrosa a la vez que acongojante. Me hubiera tirado así todo el día, viéndola disfrutar, pero el coche llegaba a casa y lo dejamos. Mi mano olía a esencia de sexo: húmedo y morboso. Tras despedirnos acabé con mis sufrimientos con una prolongada y relajante masturbación en mi dormitorio.

    La noche, final de mi travesía por unos canales de placer que no sé si volveré a surcar. Ni jóvenes, muy jóvenes, vírgenes, lesbianas, fetichismo, masoquismo ni gente de otras razas, nada, absolutamente nada, era comparable al hecho de hacerlo con una mujer experimentada y mucho mayor que yo.

    Para la noche estaba decidido a darlo y a aguantarlo todo. Acabaría ella conmigo o yo con ella, el caso es que me daba igual con tal de dar la talla. Así que me puse el espléndido traje negro que me acababa de regalar mi abuela, los zapatos a juego y los gemelos plateados. Iba hecho un señorito de las más altas esferas (no, no me refiero a Yog-Sothoth). Mi abuela esperaba abajo, muy maquillada y con un traje blanco de falda y mangas largas, un bolso blanco de cierres dorados a juego y nos pendientes de perlas a juego con el collar. Salí con ella de la mano y al encontrarnos con la vecina hice lo propio. Ella vestía una falda de un color un tanto singular, era entre marrón y blanco, como con manchas, encima una camisa que transparentaba su sujetador blanco adornado de los más finos bordados (me recordaban a la armadura de Aquiles descrita por Homero). Sus tacones y bolso a juego, su pelo corto, ¡poco maquillaje y adornos! , lo mejor de todo, sus piernas cubiertas por unas medias en forma de red.

    Fuimos a la fiesta, era en una casa suntuosa de patio mayor que el de mi abuela. Fui presentado a numerosa gente, tanto mayores como menores que yo. Incluso vi algún que otro famosillo pero no es cuestión mencionarlos aquí. Mi abuela insistía en presentarme a las típicas niñas pijas solteronas que en su vida han probado un buen polvo. De hecho bailé con muchas, la mayoría de ellas entre los 18 y 19 años; pero mis ojos buscaban a mi lady-morbo.

    En un baile lento la invité a salir y nos introducimos abrazados entre el tumulto de parejas bailando. Nos aproximamos mucho el uno al otro, su cabeza se apoyó en mi hombro y con suaves palabras me dijo: «Nos iremos ya mismo, ¿verdad?». Afirmé con un movimiento de cabeza y ella comenzó a urgir su plan.

    No más de media hora después la vecina manifestó a mi abuela la necesidad de dirigirse a casa, sufría de jaqueca y no estaba en condiciones de permanecer durante más tiempo en la fiesta. Mi abuela, con algunas copas de más, intentó convencerla para que se quedase entonces fue cuando entré en escena. Caballerosamente me ofrecí a acompañarla hasta casa y volver o bien, si no tenía demasiadas ganas, a quedarme en casa. Mi abuela, despreocupada, me dio sus llaves.

    Así que tomamos un taxi y nos marchamos como almas que lleva el diablo.

    Llegamos a su casa, ella abrió la puerta mientras yo esperaba ansiosamente observando su trasero. Rápidamente pasamos al salón y allí comenzó nuestra aventura. Me despojé del chaleco y de la corbata, luego ella comenzó a desabrocharme uno a uno los botones de mi camisa celeste mientras me besaba con sus suntuosos labios. Posteriormente bajó, besando mi pecho descubierto, hasta caer de rodillas. Acto seguido quitó la correa, bajó la cremallera de mi pantalón y de él sacó mi miembro desproporcionadamente excitado. Mientras lo contemplaba con ojos voraces y sedientos, se quitó la parte superior de su conjunto permitiendo que me deleitase con sus pechos, no demasiado grandes pero de la medida justa.

    Miembro en mano se lo introdujo en la boca chupándolo hasta le límite. Una de sus manos ayudaba a la boca mientras que la otra masajeaba mis testículos. Su mano bajaba y subía girando sobre sí misma a la vez que movía horizontalmente su cabeza, tocando con sus deliciosos y experimentados labios mi otro y. Su lengua jugaba exquisitamente con lo que iba quedando dentro de la boca a cada movimiento. Era sublime. De vez en cuando dejaba de chupar para sacar su lengua y lamérmelo de arriba abajo, rozando con sus dientes la punta del mismo.

    Era una profesional. Sus uñas alargadas rozaban mi piel y me producían dulces cosquillas, consecuencia de ello eran gemidos por mi parte. Eso parecía excitarle: los gemidos, saber que me tenía a su merced. Sus lametazos eran alargados, profundos, extasiantes, cada milímetro de mi miembro sufría espasmos, símbolo de que estaba a punto de eyacular. Dándose cuenta de lo que estaba a punto de suceder, se lo sacó de la boca y tiró de él hasta su pecho aún «enguantado» en sujetador. Hizo recorrer la punta por toda la extensión de sus alzados pechos provocando así un «gustillo» que no podría describir con otra palabra que no fuese esa.

    Entonces eyaculé, era inminente, y todo el semen fue a parar a sus pechos, desparramándose por ellos mientras ella dibujaba con él sobre sus pechos a modo de pincel. Recorrió cuanto puedo, y yo tuve la impresión de que aquellas cotas estaban siendo inundadas por la nieve. Jamás había eyaculado tal cantidad. Por fin su mano se despegó de mi miembro, que cayó exhausto; luego, con algunos dedos, limpio parte de aquel líquido espeso pegado a su pecho para introducírselo en la boca con todo el morbazo del mundo.

    La cosa no iba a acabar aquí. Yo me dejé caer sobre el sofá blanco de tres piezas y ella marchó hacia el baño probablemente. Al poco rato apareció desnuda en su mayoría, y digo en su mayoría porque aún llevaba puestas las bragas, unas bragas que antaño fueron blancas y que ahora, tras lavados y más lavados, tenían un toque amarillento. Su pelo corto suelto, su mirada traviesa, su cuerpo vencido a leves arrugas, algo de barriga y piernas un tanto afectadas por la celulitis, la piel no era del todo morena, si acaso anaranjada, pechos de tamaño normal, similares a bellotas (no me refiero al tamaño, si no que sus pezones eran grandes, de ahí el símil), brazos caídos y mucha, mucha naturalidad.

    Tal que así se sentó encima de mí. Su pelo caía sobre mi cara y me besó; nos comimos mutuamente la boca. Inmediatamente comencé a sentir su sexo frotarse contra el mío mientras su lencería los separaba. Debo reconocer que el roce era un tanto correoso hasta que poco a poco me fui acostumbrando, y ello de debió a que sus bragas empezaron a humedecerse. Yo no comprendía cómo me sentía con tantísimo vigor después de lo ocurrido, tal vez ella me había estado preparando a consciencia para esto. Lo cierto es que volvía a estar erecto.

    Como he dicho el roce pasó a ser más líquido y gozoso. Ella, debido a la calentura que le corroía, desprendía un delicioso líquido desde su sexo que se encontró con el muro de la tela, lo atravesó y después fue a encontrarse con mi miembro. Así que los movimientos se hicieron más rápidos y alargados mientras que yo intentaba aferrarme lo mejor posible a aquel sofá para no caer sin fuerzas y así estropear la escena. Me besaba allí donde pillaba a la vez que continuaban con sus movimientos que emulaban la penetración. Yo intentaba alzar mi pelvis por encima del nivel del sofá demostrando así cuánto estaba gustándome aquello.

    Ya totalmente mojados, con su líquido derramado por todo mi miembro y más abajo, sus movimientos se volvieron un tanto más lentos pero duros. Sus gemidos se pronunciaron aún más y yo los acompañé sin querer. Pronto llegaría la segunda eyaculación y de hecho así fue. En una acometida más, casi dolorosa e impregnada de todo líquido, volví a dejar escapar inmensas cantidades de semen. Pero la cosa no acabó a ahí, a pesar de mi grito de finalización, ella frotó y frotó expandiendo el maravilloso líquido aún más, manchándose las bragas si más cabría aún y gimiendo como una loca. Yo ya estaba prácticamente muerto pero por suerte terminó de forma inminente, dejando escapar un grito del más rico de los placeres y abrazándose a mí con tal ferocidad que llegó incluso a arañar mi espalda.

    Fui al baño y me aseé lo mejor que pude. Ella me aconsejó que fuese a su habitación, arriba. Subí de manera casi inconsciente, sin tener muy claro lo que ocurriría a continuación. Al tiempo ella subió, totalmente desnuda, permitiéndome ver ahora su sexo, inundado del pelo más oscuro, rizado y bello que jamás pueda imaginarse.

    Su habitación era digna de la niña más mimosa y joven. Toda de rosa y blanco exquisitamente combinados; casi podría decirse que era la habitación de la Barbie. Su cama era grande, con columnas enroscadas de color blanco que subían hasta una parte superior (no sé cómo se llaman) de telas rosas y bordados blancos. De dicha zona caía una tela fina y blanca que permitía ver el interior.

    Ella se introdujo tras aquellas cataratas de tela blanca sedosa y se tumbó justo en el centro de la cama. A continuación se abrió totalmente de piernas dejándome que me deleitase nuevamente viendo aquello que en el taxi había tocado y que tanto placer me había ofrecido hasta ahora. Con un gesto de su dedo me invitó a pasar. Imitando a un gatito fui a cuatro patas por su gran cama hasta donde se encontraba ella. Bruscamente tomó mi cabeza y la hundió en su peludo sexo, hecho que agradecí comiendo como mejor sabía: introduciendo mi lengua, expandiendo mis labios para abarcar el mayor terreno posible, besando cada centímetro de piel…

    Me acariciaba la cabeza mientras gemía dolorosamente. No interrumpí mi marcha y seguí disfrutando de aquel manjar del cual yo era digno en aquel instante. Algunos pelos se desprendían sobre la suntuosa cama, otros se enredaban y se esparcía por mi rostro, pero no por ello cesaba en mi empeño. Su sexo era mío. Mis lametones recorrían los bordes, luego introducía la lengua, acto seguido entraban en juego los labios que apretaban y tensaban su piel al besar. Casi sin darme cuenta estaba en procesos de erección otra vez.

    Cuando sus gritos resultarían inconfundibles en tres manzanas a la redonda escalé puestos. Me puse a su altura, cara con cara, e introduje mi miembro en su sexo de un tirón. Comencé a moverme mientras que mi ideal de morbosidad agitábase frenéticamente por la cama. La sacaba y metía procurando sentir el roce en toda su plenitud (incluso contándolo ahora estoy erecto). Respiraba profundamente, movía mi pelvis casi de manera acompasada a mi respiración, hundiendo todo aquello lo más profundamente posible (que no era poco). Quiso que cambiásemos de posición, así que me puse detrás y se la volví a introducir por la misma cavidad a la vez que besaba su cuello y masturbaba sus pezones con la mano que me quedaba libre.

    Sus pechos eran aptos para estar tocándolos todo el día. Veía su cuerpo moverse gelatinosamente a cada acometía que le daba. Disfrutábamos, «aaaah» era la palabra que más usamos durante aquel día. Perdía fuerzas, así que la ayudé levantando su pierna con la mano mientras la acariciaba, de arriba abajo. Me gustaba aquello. Sus gritos eran cada vez más y más prolongados. Parecía que pronto iba a estallar pero no era así; lo que hizo fue revolverse sobre sí misma y tumbarme, luego cogió y se puso encima y empezó a botar como una loca, como una posesa más bien.

    Iba a destrozarme la pelvis con cada bajada. El ritmo era frenético así como nuestros gritos. Apoyó sus manos sobre mi pecho cuando disminuyó un tanto el ritmo. Ahora todo más suavito pude tranquilizarme y contemplar aquellos senos de pezones duros que caían sobre mi pecho y lo rozaban. Tras un lametón en sobre mi boca volvió a erguirse. Mirándome realizó fuertes acometidas acompañadas de profundos gemidos. Era evidente que trataba de excitarme aún más, y de hecho lo consiguió.

    Dicen que la tranquilidad acontece a la catástrofe, y esta no fue una excepción. Las aguas calmadas volvieron a formar olas. Puso sus brazos en la cintura a modo de jarra, e hizo unos movimientos de pelvis, unos movimientos lentos y en círculo, dándole vueltas a mi miembro oculto. Eso me gustaba más que nada en este mundo y sentía renovadas fuerzas y deseos de eyacular.

    Rítmicamente ascendió su velocidad de rotación o giro hasta que mis ojos se desorbitaron. Ante tal síntoma volvió a botar de forma exagerada. Yo iba a eyacular una vez más, casi sin nada que echar, pero ella me rogó que aguantase. Era muy costoso esperarle quería hacérmelo ya, ella, entre gemidos, pedía paciencia. Yo gritaba de dolor, mi estómago se revolvía, a cada instante me imaginaba terminando, cada segundo era eterno, cualquier acometida me haría explotar. Así que ella aumentó su ritmo, con lo que el roce apenas se sentía pero se oía de forma inconfundible y totalmente placentera. Al cabo de no sé cuánto tiempo descargó sobre mí y yo dentro de ella. Una masa de líquidos nos mojó y nos dejó muertos. Mi miembro abandono aquella cavidad sin dificultad gracias al agente lubricante. Caímos uno enfrente del otro y estuvimos así un rato.

    En cuanto pude volví a casa de mi abuela y, a escondidas, me fui a la cama. Al día siguiente partí con el deseo de volver a verla y el de no volver a tener nada que ver con ella. Mi plan no dio sus frutos por culpa de lo sucedido con la vecina.

    Ahora mismo me encuentro en un debate conmigo mismo, si doy a conocer esto a mi pareja nuestra relación se desmoronará. Además no estoy seguro de lo que quiero en este momento, sin olvidarla y proseguir con mi feliz relación o volver a los brazos de la morbosidad personificada.