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  • Profesora particular (12): No hay dos sin tres o más

    Profesora particular (12): No hay dos sin tres o más

    -Esther, ayer estuve hablando con Lole y me dijo que su hermana Juani y Lucas están tan contentos contigo.

    -¿A sí? –me ruborizo.

    -Dice que los chicos están sacando sobresalientes.

    -Bueno, en realidad… o sea… yo no…

    -No te quites mérito. Está claro gracias a ti y a tus clases. ¡Eres un sol! –me da un beso.

    -¡Gracias, mamá!

    Termino de desayunar y me visto para la universidad. Me encantan los profesores del máster. Creo que soy su alumna favorita. También estoy haciendo muy buenos amigos entre los compañeros de clase.

    Me quedo a comer en el comedor de la universidad con Sandro y otros compañeros del máster y luego ellos se van y yo me quedo un rato en la biblioteca a estudiar. A las cuatro y cuarto, me dispongo a marcharme, pero antes voy a cambiarme a uno de los lavabos, el que está más cerca de la salida. Me quito los jeans y también las braguitas, Después de mear y limpiarme con las toallitas que llevo en el bolso, me pongo una faldita muy corta al estilo colegiala, de cuadros azules y negros. Lucas me puso la condición de que no usara bragas cuando fuera a dar clase a sus hijos y la cumplo con satisfacción: me da morbo.

    Al salir de los aseos, me encuentro con Sandro, que se sorprende al verme vestida de esa manera. Me guiña un ojo y me dice que estoy muy guapa. Sonríe al exclamar que más que una universitaria, parezco una niña de escuela. Me arremango unos centímetros la falda y le pregunto si le gusta. Él se sonroja, me dice que le gusta mucho y me pregunta si siempre voy sin bragas. Le digo que solo cuando sé que me voy a encontrar con él. Aunque tengo poco tiempo, le pregunto si quiere entrar conmigo a los servicios.

    -¡Sandro, porfa! –arremango un poquito más la faldita.

    -¡Pues claro, Esther! –sorprendido.

    Entramos y allí me quito el top y el sostén, le tomo sus manos para que me agarre los pechos y me pongo de cuclillas. Le abro la cremallera del pantalón y le saco el miembro ya muy parado. Mientras me acaricia las tetas, le hago una de las mejores mamadas de mi vida. Él no tarda en correrse en mi boca y yo saboreo su semen y me lo trago. Me visto, nos damos un beso en los labios, salgo del lavabo y, pícaramente, me arremango la falda para él.

    Un profesor me mira y se queda sorprendido al ver como salgo de los servicios con un chico y más cuando ve que le enseño el culo. ¡Qué vergüenza! En fin, por suerte no nos conocemos. Me prometo que seré más prudente. Aunque me gusta exhibirme, no puedo arriesgarme tanto. Y menos en la universidad.

    Para no llamar la atención, voy con chaqueta larga por la calle, pero me aso de calor. Esta primavera empieza a hacerse notar con un sol radiante a ratos. Como veo que hay poca gente, me atrevo a quitarme la chaqueta. Noto que estoy muy excitada. Lástima que no haya podido estar un rato más con Sandro. Tengo la sensación de que todo el mundo me mira y que se da cuenta de que voy sin bragas bajo la faldita. Como camino deprisa, seguro que se me ve el culo. Tengo ganas de llegar y hacerme pasar la calentura con los dos alumnos particulares, así que me apresuro, aunque eso signifique que lo vaya enseñando todo andando.

    Llegó a casa de Lucas y Juani y los chicos están algo disgustados porque es un poco tarde, aunque solo pasan unos minutos de las cinco.

    -Lo siento, chicos. Es que he tenido algún contratiempo –cuando digo eso, aun noto el sabor del esperma de Sandro en la lengua y el paladar y me relamo. -Pero bueno, ya estoy aquí. Y os lo voy a compensar. ¿Os gusta cómo visto? –doy una vuelta de 360 grados y la faldita me sube hasta la cintura.

    -¡Mucho!

    -¡Oh, guau!

    Me siento en una silla delante de ello. Les ordeno que se arrodillen y miren bajo mi falda. Separo las piernas, primero unos milímetros, poco a poco, más. Ellos obedecen y miran fijamente mi sexo.

    -Poneos a cuatro patas. Cuando veáis que empiezo a mojar mi coño, por favor, lamed como buenos perritos obedientes. No dejéis de sorber ni una gota.

    -¡No, no, nos encantan tus jugos!

    -¡Saben muy bien!

    -Nos lo beberemos todo, de verdad.

    -Así me gusta, perritos buenos.

    Me bajo el top hasta debajo de los pechos. Me quito el sostén sensualmente.

    -¡No, malos chicos! ¡No me miréis las tetas, solo el chichi! Bueno ¡y el culo también, que sé que os encanta! No os preocupéis, luego os daré de mamar.

    -Sí, sí, Esther.

    -Yo soy vuestra perrita mimosa –separo más las piernas. –¡Venid, va!

    Mi vagina empieza a rezumar y los dos muchachos andan a cuatro patas hasta mí y me empiezan a lamer, desde el clítoris hasta el ano. Me besan los labios, me introducen sus lenguas, me chupan el clítoris, me lamen el culo. Yo me abro completamente de piernas y tengo la falda en la cintura. No tardo en tener mi primer orgasmo y ducho la cara de los chicos con varios chorros de squirt. Ellos se lo beben y me van dando placer con sus lenguas y labios. El segundo orgasmo es casi insoportable del gusto que siento y les lanzo tanto squirt que les empapa incluso la ropa. Gimo, suspiro y grito.

    Ellos siguen chupando, besando y lamiendo. Después de no sé cuántos orgasmos, sé que ellos deben estar a punto de explotar, así que les digo que se sienten en el sofá y que ahora seré yo la perrita que les dará placer. Acompaño mis palabras con un par de “guau, guau” y saco la lengua como una perra deseosa. Me pongo a cuatro patas y ando sensualmente hacia ellos. Tengo el top y la faldita en la cintura. Los pechos se balancean apuntando hacia abajo. Seguro que a ellos les encanta porque se sacan sus penes y están muy hinchados. Les doy un par de lametones y me encanta su sabor.

    -Me encantan vuestras pollas ya tan tiesas por mí. Oh ¿qué ha sido eso? –oigo un ruido –¿Hay alguien en la casa?

    -¡No hay nadie!

    -¿Y ese ruido?

    -No he oído nada.

    -Te lo habrás imaginado, Esther.

    -No, no, he oído algo, seguro.

    -Estamos solos.

    -Bueno, quizá sí me lo imaginé. –vuelvo a ponerme a cuatro patas y contorneo el culo. Vuelvo a emitir unos “guaus” mientras saco la lengua deseosa. El flujo me resbala por los muslos. Beso y lamo las vergas de los chicos, que no paran de aumentar de tamaño. Ahora una, ahora la otra. Voy sorbiendo el delicioso líquido preseminal que va humedeciendo sus glandes –¡Eh! ¿Y ahora lo habéis oído?

    -¡Será un ratón!

    -¡Un ratón! ¡No, por favor! ¡Les tengo pánico! –chillo y me levanto de golpe asustada. –Por favor, ¡decidme que no es un ratón!

    -No, no… es…

    -No temas, Esther. No es un ratón. Es solo que…

    -¿Qué? –me pongo el sostén.

    -Que tienes razón.

    -Es verdad, no estamos solos.

    -¿Cómo? ¿Qué? ¡Y yo así! –me subo el top y me doy cuenta de que la falda no me tapa nada, que lo enseño todo. –Pero ¿quién es? ¿Vuestro padre? ¿Vuestra madre?

    -No, no, Esther.

    -Es Nicolás.

    -¿Quién es Nicolás?

    -Un amigo, un compañero de clase.

    -De la clase de Ángel.

    -¿Está aquí?

    -¡Sí!

    -En la habitación.

    -¿Dónde? ¡Esperad, ya sé!

    Me precipito a la puerta del armario, la abro y sí, ahí está ese Nicolás, con los pantalones y calzoncillos en los tobillos y el pene erguido en la mano.

    -¡Sal del armario! ¡Ya está bien! ¡Me habéis fallado, chicos!

    -Lo siento, Esther.

    -Es que le conté lo guapa que eres y lo que hacías cuando venías.

    -Ángel me dijo que qué me parecía si le invitaba un día cuando vinieras. –se excusa Jorge.

    -Pero solo a mirar. –exclama Ángel.

    -¡Pero me podíais haber avisado!

    -Temíamos que si sabías que había alguien mirando, tú no…

    -¡Pues claro que no! Y tú, métete la polla en los calzoncillos. ¿Nicolás, no?

    -Sí, señora. Perdón. Es que no… no puedo… la tengo muy dura.

    -¿Sabes que es de pervertidos eso de mirar estas cosas?

    -Sí. Bueno, no. No sé, señora. Es que Ángel siempre está hablando de usted … lo guapa que es. Y que les deja hacer de todo. Y yo no…

    -No te lo creías, ¿verdad? –intento que la falda me cubra un poco, pero es en vano.

    -Es que… la verdad… me parecía imposible que… una señora…

    -Oye, basta ya de llamarme señora. Tengo pocos años más que tú. Porque… ¿tendrás unos veinte años, no?

    -Sí, los cumplí en diciembre.

    -Pero te ves más niño.

    -Esther, perdona, es verdad que no hicimos bien en invitarle a mirar a escondidas.

    -Pues no, la verdad. Ya os digo, deberíais haberme pedido permiso.

    -Pero tú no…

    -… seguro que no lo hubieras aceptado.

    -¡Pues claro que no! Bueno, no sé… o sea… quizá sí. No me duele tanto que Nicolás me haya visto desnuda y dejando que los dos me comierais el chocho, sino que me hayáis querido engañar.

    -Señora, yo creo que… que a usted… que le ha gustado.

    -Sí, Nicolás, no puedo mentir en eso. Ya has visto que me he estado corriendo en su cara.

    -Y les ha lanzado chorros de… no sé… yo no sabía que… porque, perdone que le pregunte, señora, eso no es pipí, ¿verdad?

    -No, no es orina, no. Claro que no.

    -¡Es un líquido muy sabroso! –se relame Ángel.

    -¡Sale hirviendo y es como un caldo muy rico! –exclama Jorge, relamiéndose.

    -Y sale a mucha presión.

    -¡Nos encanta cuando te corres así!

    -Gracias, chicos. Bueno, la verdad es que ni yo misma sabía que eso existía ni que yo tenía ese líquido, dentro, no sé dónde. Ni que salía a chorros con esa presión. Hasta hace uno meses yo no… o sea… nunca antes…

    -¿Hasta que usted tuvo su primer novio, no?

    -No, no, Nicolás. Yo novios he tenido muchos. Pero nunca antes, con ninguno, había eyaculado squirt.

    -¿Y con Jorge y Ángel, sí?

    -Sí, ya lo has visto. Bueno, y antes de ellos con algunos amantes que he tenido últimamente. Pero ya te digo, desde solo hace unos meses. Eso sucede cuando estoy muy, muy excitada. Bueno, yo me voy a ir.

    -No, por favor. –ruega Jorge.

    -No te vayas. Nicolás, te vas tú y ya está. –le dice Ángel.

    -Sí, claro. –acepta Nicolás, que por fin se ha podido meter su miembro, ya solo morcillón, en el pantalón.

    -No seas maleducado, Ángel. Él es quien tiene menos culpa.

    -Señora, gracias, pero yo…

    -A ver, son ellos los que me han engañado, no tú. Mirad, la verdad es que por él me iba a quedar. E incluso a darle clase.

    -Pero… ¿y nosotros?

    -Ya sabéis que os estaba a punto de hacer una felación, pero no os la merecéis. Si me aseguráis que solo vais a mirar, le doy clase a vuestro amigo, si queréis, delante de vosotros.

    -Eso no es justo, nosotros te hemos hecho correr y disfrutar.

    -Además, es papá quien te paga por las clases, no los padres de Nicolás.

    -No te equivoques en eso. Tu padre no me paga por dar el tipo de clase que os doy. No habría suficiente dinero en el mundo para pagarme eso. El dinero que me da es por enseñaros Matemáticas –aunque yo mismo dudo de que sea así y que Lucas no sepa lo que enseño a los chicos en realidad.

    -Bueno, o me voy o aceptáis que solo podéis mirar.

    -¡Sí, sí, por favor! –casi suplica Nicolás.

    -Mejor que te quedes a que te vayas, claro.

    -Sí, sí. Quédate, Esther. Solo miraremos.

    -A ver, Nicolás ¿tú quieres que… o sea… que yo dé a ti la clase? –aunque tiene la cara llena de acné, es bastante atractivo. Y su pene me ha parecido el más grueso de los tres, aunque no es demasiado largo. En todo caso muy apetecible. -¿Quieres que te enseñe o que me vaya?

    -Yo, señora, me encantaría que usted… verla otra vez desnuda y… claro… pero es que no tengo dinero y no podría pagarle nada.

    -Pero… ¿es que te crees que soy una prostituta?

    -No, no, para nada. Al contrario. Usted es una señora educada y elegante. Pero ellos me han dicho que su padre le paga.

    -A ver, Nicolás, yo no cobro por eso. Lo hago porque me gusta. Y con quien me gusta. ¿Lo entiendes? Y tú me gustas ¿vale? Y lo que escondes debajo del pantalón, también. –le guiño un ojo mientras le miro la bragueta y me relamo.

    Me acerco a él y le desabrocho el pantalón. Se lo quito y también los calzoncillos, que están empapados. Los huelo, le miro con picardía, los beso y los lamo. Él se sorprende al verme hacer eso. Me relamo para indicarle que me gusta el sabor. Me arrodillo en la alfombra y veo que su pene no está erecto. No me había fijado que tiene unos testículos muy grandes y apetecibles. Quizá no había visto nunca unos tan gordos. Noto que eso me excita. Saco la lengua como una perrita y su verga empieza a crecer y más cuando me quito el top y el sostén. Noto mis pechos hinchados y los pezones erectos.

    Se los ofrezco para que me los acaricie, lo que hace con gusto y le agrada tanto que, en menos de unos segundos, su miembro está muy duro, aun sin habérselo tocado ni nada. Decido empezar por lamerle y besarle los testículos, pero al primer beso, Nicolás gime y se disculpa y me lanza chorros de su esperma a mi pelo y a mi cara. Le miro sorprendida, empapada de su abundante lefa caliente.

    -Perdone, señora, es que yo nunca antes… no he tenido nunca novia ni… y al dejarse usted tocar los pechos, yo… ya ha visto que…

    -No pasa nada, Nicolás, guapo. –con la cara llena de su abundante eyaculación- Oye, puedo… o sea… ¿me dejas que pueda lamer y tragarme tu leche ¿sí?

    -¿Le gustaría? ¿No le da asco?

    -¡Pues claro que no, seguro que está muy rico!

    Alcanzo todo el semen que puedo con la lengua y el que no, lo recojo con un dedo y lo llevo a mis labios y lo sorbo mientras miro al chico. Cuando ya no me queda en mi cara, veo que su pene sigue erecto.

    -¿Dejarías que te limpie tu polla? ¿Con mis labios y mi lengua? ¿Sí?

    -Sí, pero a lo mejor le da asco, no sé.

    -¡Y dale con el asco! Pero si lo estoy deseando desde que te he visto tu polla irresistible.

    Le aparto el prepucio y le lamo el glande. No hay manera de secarle la punta porque en lugar de bajarle la erección, su pene sigue creciendo y no deja de sacar líquido preseminal.

    -¿Dejas que te acaricie y te bese los huevos? ¿Y que te los lama y te los chupe? ¡Es que me encantan tus cojones enormes!

    -Sí usted lo desea, sí. ¡Pero son muy sensibles!

    -No te preocupes, te los trataré muy bien.

    Al cabo de un par de besos en su escroto, Nicolás suspira y grita que no puede resistir y vuelve a eyacular en mi cara. Esta vez, le agarro su pene y se lo ordeño con la punta en mis labios. Le acompaño sus manos hasta mis pechos y él me los agarra fuerte. Noto que alguien me sube la falda y me agarra por las nalgas y me levanta el culo. Es Jorge que además acerca la punta de su pene a mi ano.

    -¡No, Jorge! No te mereces que… ¡oh! ¡Ya está bien! ¡Eres malo! –ya tengo la mitad de su miembro en mi culo y aunque mis palabras lo niegan, deseo que me lo rompa y me bombee durante un buen rato –¡Saca, saca tu polla de mi culo!

    Por suerte, no me hace caso y el cabroncete me folla bien el culo, mientras sigo chupando el pene de Nicolás. Me sabe mal por Ángel y le llamo:

    -Ven, Ángel. Tú has sido obediente y te mereces que te levante el castigo. Oh, hum, Jorge… tú… ay… deja, deja que tu hermano me dé porculo.

    -Sí, sí, ven Ángel. –me saca su verga y noto el ano abierto para recibir la de su hermano.

    Jorge se viene y eyacula en mi cara, mientras Ángel ya me está enculando y yo chupo el pene de su amigo, aún erecto. Ha cogido gusto a mis pechos y no deja de acariciármelos y eso, además de mi mamada, le debe excitar mucho.

    Ángel demuestra haber sido buen alumno y resiste un buen rato follándome el culo. Siento mucho gusto, aunque de momento no me corro.

    -Oye, Nicolás ¿quieres tú también darme porculo?

    -¿Yo? Me gustaría, sí, claro. Pero no sé, yo nunca… quizá no sabré…

    -Sí, sí, verás como sí. Lo tengo muy abierto y empapado porque estos dos perritos me lo han estado follando bien. Tu polla es muy gruesa, pero verás como te entra. Porque… no te dará asco ¿no?

    -Al contrario, no. Me gustaría darle porculo, señora. Me he fijado que es muy bonito.

    -Pues va, apártate, Angelito, deja que tu amigo me encule con su polla gordota. Y tú, ven a eyacular en mi cara, ¡va!

    Ángel, muy obediente él, me lanza su abundante semen a mi cara y noto la punta del pene de Nicolás en mi ano. Apenas me penetra unos centímetros y a pesar de haberse corrido ya dos veces, no resiste ni unos segundos y tiene un orgasmo acompañado de suspiros y disculpas.

    -No pasa nada, Nicolás, es muy normal si nunca has estado antes con una mujer. Intenta metérmela un poco más, sí, sí, aprieta, no temas que no me haces daño. Aunque notes mi culo tan prieto, lo tengo muy flexible y abierto. Así, así, hum, ya la noto muy adentro. ¿Te gusta? ¿Te gusta mi culo?

    -¡Sí, señora, mucho, oh, hum!

    -Aprieta, aprieta, bombéame el culo, que me encanta. Agárrame las tetas, hazme sentir tu perra caliente.

    En menos de un par de minutos, Nicolás siente tanto placer que vuelve a eyacular en mis entrañas entre gritos y palabras de agradecimiento. Es su cuarto orgasmo. Realmente sus testículos son eficientes.

    A cabo de poco, siento que ha bajado la erección de Nicolás.

    -Bueno, chicos, ahora quiero correrme yo, así que, espero que seáis mis perritos buenos.

    Me quito la falda y quedo completamente desnuda. Me siento en el sofá y me espatarro.

    -Va, a ver, uno que me lama el coño y los otros dos, me mamáis los pechos. Y luego os vais turnando. A ver quién es el primero que me hace correr.

    -Esther, no, no puede ser. Es muy tarde.

    -¿Cómo? ¿Ya?

    -Sí, sí, son casi las ocho.

    -¡Las ocho!

    -Mamá está por llegar.

    -¡Vaya, con las ganas que tenía que me dierais un buen rato de placer! Es que me habéis excitado mucho.

    -Uy, creo que se oye llegar su coche.

    -Oh, no, pero ¿dónde tengo mi ropa?

    -No sé, Esther. Bueno, sí, el top lo tengo yo.

    -Y yo, el sostén.

    -Señora ¿puedo quedarme con su falda?

    -No, ¿pero cómo quieres que…?

    -¡La puerta, la puerta!

    -Esther, ¿todavía aquí? ¡Oh, hola, Nico!

    -Hola, Juani.

    -Nico vino también a… que Esther le diera clase de repaso. –explica Ángel.

    -Pero eso no puede ser. Esther, creo que mis hijos abusan de ti.

    -No, no, no me importa, Juani. Nicolás ha sido muy buen alumno ¿verdad?

    -Sí, sí, señora –rojo como un tomate.

    -Le diré a Lucas que te pague más, no es lo mismo dar clase a dos que a tres. ¡Y además hasta tan tarde!

    -No, no, no me importa. Al contrario, me ha encantado. Nicolás, ven siempre que quieras.

    -Bueno, veo que ya llevas puesta la chaqueta. Es que ya te ibas, ¿verdad, Esther?

    -Esto… o sea… sí… bueno…

    -Hace bastante calor en la calle, creo que no necesitas la chaqueta. –me aconseja Juani.

    -Sí, sí, quítate la chaqueta, venga –dice Jorge pícaramente.

    -No, no… bueno… me voy. ¡Hasta mañana, chicos! –doy un par de besos a cada uno y también a Juani.

    Ando por la calle sin nada debajo de la chaqueta. Noto que mi ano rebosa de las dos corridas de mi nuevo alumno y su semen resbala por mis muslos. Estoy caliente como una mona. Deseo llegar pronto a casa y masturbarme. Veo que un operario descargando unas cajas se me queda mirando y, muy amable, me piropea:

    -¡Guapa, o eres un ángel o una princesa!

    -Una princesa, señor. Un ángel, no. –me paro y me sorprendo al oírme decir -¿Quiere comprobarlo?

    -¿Cómo?

    El hombre se queda pasmado cuando ando coqueta hacia él, le tomo de la mano y le acompaño a la entrada donde descargaba las cajas. Aunque huele a sudor, no me molesta y le beso en los labios, me abro la chaqueta y acerco sus manos grandes a mis pechos. Él alucina y más cuando me quito la chaqueta y ve que no llevo nada debajo. Le doy la espalda y me inclino para exponer mi culo y mi sexo al desconocido. Aunque no hay mucha luz, sé que me lo ve todo.

    -Ya ve, caballero, que no soy un ángel. ¡Una princesa, sí! –me abro el ano con las dos manos y noto que el agujero es inmenso. Quizá él se da cuenta de que lo tengo lleno de esperma.

    Veo que se saca su miembro parado y lo apunta hacia mí.

    -No, no, por el culo –le acompaño su pene hasta mi ano.

    -¡Serás guarra!

    -No, no, es solo que tengo novio.

    -¡Puta, ah, toma, puerca, cerda!

    -¡Así, sí, hasta el fondo, métamela hasta el fondo, sí!

    Me bombea salvajemente el culo y hago que me acaricie el coño con una mano mientras con la otra me magrea los pechos. No sé cuántas veces me corro y realmente me siento una cerda, pero consigo que me pase la calentura. Él me llena el culo son su lefa mientras me grita improperios y palabras soeces. Al cabo de unos minutos, le saco la verga y se la chupo como si se la ordeñara hasta que le baja la erección.

    -Bueno, ya ha visto que de ángel nada. Más bien una diabla ¡je, je, je!

    -Oye, no llevo dinero en metálico, lo siento.

    -No, no quiero su dinero. Al ver que era usted tan amable de llamarme princesa y eso… o sea… pero nada de dinero.

    -Ah, vale… esto… ¿cómo te llamas?

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  • Este no es mi dermatólogo

    Este no es mi dermatólogo

    Raúl fue directo del trabajo al dermatólogo, ya que le pillaba cerca.

    Tenía algunos granos en el pecho y un lunar al lado del ombligo que, a su juicio, necesitaba ser revisado por un profesional. Y el señor Ricardo, su dermatólogo, era uno de los buenos.

    Llegó con diez minutos de antelación y tomó asiento en una silla de plástico pegada a una pared. A esa hora, solo había dos pacientes más esperando, un chico más joven que él y una mujer delgada con falda larga y pelo rizado.

    Estaba nervioso o más que nervioso, algo indeciso. Siempre le habían revisado la espalda, los brazos, pero en aquella ocasión había más. Aflojó la corbata y desabrochó la chaqueta del traje. Luego, mientras miraba al suelo, a sus zapatos de vestir negros, pensó en ello. Tenía un grano en la nalga, un grano que, de vez en cuando, picaba. Lo había observado en el espejo del baño después de ducharse.

    Lo más prudente sería decírselo al doctor.

    Cuando volvió a la realidad, notó que ya no había nadie esperando. Y solo un minuto después, la mujer de falda salió del despacho.

    La luz parpadeó mostrando en la pantalla su número.

    Se levantó.

    Entró en el cuarto y dijo sin pensarlo.

    -Perdone, creo que me he equivocado, yo tenía cita con Ricardo.

    La chica que se sentaba al otro lado de la mesa era joven, muy joven. Y atractiva.

    -No, no te has equivocado. Esta es la consulta de Ricardo. Pero está fuera.

    Ricardo asintió tragando saliva.

    -Y bien, ¿qué le pasa? O bueno, ¿qué te pasa?

    Raúl, que había estado ensayando su parte, le contó sobre el lunar, los granos en el pecho y luego, bajando la voz y acelerando le comentó lo del grano en el glúteo quitándole importancia.

    La dermatóloga le miró, apartó un mechón de pelo con su mano y respondió de forma escueta.

    -ya veo.

    Luego, con decisión, se levantó de la silla, abrió un cajón y sacó un par de guantes azules.

    -Está bien Raúl, pase por aquí por favor. -dijo señalando un sitio detrás de un biombo.

    El paciente se puso en pie y fue a dónde le dijeron.

    Tras el biombo había una silla de metal blanca.

    El hombre se quitó la chaqueta y la corbata y comenzó a desabrochar la camisa.

    La doctora se acercó tras el biombo.

    Era curioso. Estaban solos en la habitación y aun así, iban detrás de un biombo.

    La chica pareció leer el pensamiento del paciente.

    -Me gusta la privacidad. Hay veces que entra alguien sin permiso y es mejor…

    Raúl terminó de quitarse la camisa. Hacía ejercicio regularmente aun así su abdomen no tenía la famosa “tableta de chocolate”, por lo menos, eso sí, no tenía apenas barriga.

    La doctora echó un ojo al lunar, a los granos del pecho y luego se colocó tras él.

    -Desnúdese por favor.

    Raúl dudo un instante.

    -Se refiere a bajarme los pantalones.

    -Y los calzoncillos. Quiero que se desnude por completo para poder hacer un examen exhaustivo.

    Raúl comprendió por primera vez lo del biombo y tragando saliva, obedeció sin demasiada ceremonia. Total, ya que iba a estar en bolas, cuanto antes lo hiciera mejor.

    La chica miró con atención su cuerpo desnudo, parándose en las nalgas. Tocó el grano y con ayuda de una especie de lupa lo observó.

    -Está bien, ahora usando tus manos separa las nalgas e inclínate.

    -Pero… -dijo el hombre azorado

    -Es necesario ver si hay algo más.

    Raúl obedeció exhibiendo lo que la raja de su trasero ocultaba.

    -Ahora date la vuelta.

    El paciente se volvió. El pene, de forma unilateral, reposaba algo más crecido de la cuenta.

    La joven se puso de cuclillas y tomó el miembro en sus manos para levantarlo.

    Raúl reaccionó con un pequeño saltito.

    -Perdón, necesito ver si esta todo ok.

    Finalmente la doctora se incorporó.

    Raúl cogió sus calzoncillos.

    -Espere, no se vista todavía. El grano que tienes en el culete es bastante feo y te voy a poner una inyección de antibióticos potente.

    La chica llamó por teléfono a alguien.

    -Vendrán en un minuto

    Raúl cubrió el pene con sus manos y la joven, mirándolo, hizo un comentario atrevido.

    -No hace falta que te tapes tanto.

    Y sonrió.

    -Muchas horas de trabajo. -añadió Raúl cruzando los brazos y exhibiendo su instrumento sin vergüenza alguna.

    -Sí, la verdad es que sí, a veces…

    Llamaron a la puerta.

    Una enfermera joven entró con una bolsa, la dejó en la mesa y se fue.

    La doctora no tardó mucho en preparar la inyección. La aguja se veía enorme.

    -Inclina y saca ese culete pa’ fuera. Será un minuto.

    El alcohol, el olor, el tacto frío y húmedo del alcohol en el glúteo y el pinchazo.

    -Auff -dijo Raúl cuando el escozor del líquido comenzó a entrar en su cuerpo.

    -Relaje el músculo que ya no falta nada… eso es.

    Medio minuto después la chica extrajo la aguja y frotó la nalga.

    Raúl se llevó la mano al pene y comenzó a masturbarse.

    -¿Qué hace? -preguntó la doctora mientras se quitaba los guantes

    -Relajarme… ¿usted no quiere relajarse?

    La chica se mordió el labio y dijo:

    -Bueno… Raúl, eres el último paciente de hoy y tenemos veinte minutos. -dijo quitándose la bata y comenzando a desabrocharse la camisa.

    Pronto estuvo con los pechos al aire.

    Raúl se acercó, apoyó las manos en las nalgas de la mujer para acercarla más y comenzó a chupar los pezones erectos.

    La doctora gimió.

    -¿Cómo te llamas?

    -Eva

    -Eva, me estás haciendo pecar. Chica mala. -dijo Raúl dándole un azote.

    La muchacha se desabrochó la falda, se bajó las bragas y se sentó sobre la mesa con las piernas abiertas.

    Raúl metió el dedo medio de su mano en la vagina haciéndola gemir de nuevo.

    Eva se bajó de la mesa de un salto, haciendo temblar sus tetas, se dio la vuelta y ofreció el culo en pompa.

    Recibió una nueva nalgada.

    A continuación, Raúl se puso de cuclillas y metiendo el rostro en aquella rajita deliciosa, paso la lengua.

    Luego se incorporó, abrazó a la doctora por detrás, jugó a pinzar sus pezones y la besó en el cuello.

    No fue necesario el acto sexual. El semen de Raúl se deslizó por las nalgas de la dermatóloga mientras ambos jadeaban.

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  • De la sala a la recámara

    De la sala a la recámara

    Buenas noches estimados lectores, hoy les relataré otro encuentro (de muchos) que tuvo mi esposa con mi amigo Luis, la verdad es que la química sexual entre ellos era muy intensa por lo que tener encuentros era relativamente fácil, si bien pasó primero otro encuentro en un motel entre ellos dos, cuando realicé un viaje a los Países Bajos que después les narraré, les escribo este.

    Sucedió como siempre un viernes, ya que los trabajos de los tres permitían que ese día se pudiera llevar a cabo el evento, siempre era en el departamento donde nosotros vivíamos, llegaba mi amigo bañado y perfumado y degustábamos una rica cena con unos buenos tequilas o un tinto o ambos.

    Para esa ocasión mi esposa nuevamente se vistió muy sexy, un vestido negro ultra escotado que permitía admirar sus grandes senos, corto, pero utilizaba unas medidas de red que la hacían ver muy sexy, con unas zapatillas negras, una coleta, lista para entrar en acción.

    Lo curioso de nuestros encuentros es que no charlábamos nada de sexo, quizá alguna que otra frase aislada, pero nada directo, aunque los tres sabíamos de qué se trataba el asunto.

    Sin duda los tintos más los tequilas inducían a un ambiente sexoso, todos sabíamos perfecto nuestro rol y a mí me excitaba mucho dejarlos solos en la sala con el pretexto de ir al sanitario y escuchar su platicas en el pasillo contiguo a la sala, pero en realidad no eran mucha charla.

    En cuanto yo me levantaba y salía de la sala, mi amigo se acercaba a mi esposa y se empezaban a besar, yo lograba escuchar el ruido de sus besos, y el se atrevía a meter un poco sus manos dentro del escote de mi esposa, la cual como ya les comete, es muy sensible al tacto en sus senos, se excita muy rápido, fueron unas 3 o 4 veces que pretexte ir al baño para dejarlos solo y permitir que fajaran rico, hasta que en la última, al salir yo de la recamara principal, ellos venían tomados de la mano (mi esposa halaba a mi amigo de la mano), rumbo a la recamara.

    Sin ningún tipo de incomodidad, les invite a pasar a la recamara, donde ni tardo ni perezoso, el tomo a mi esposa de su cintura y la atrajo hacia su cuerpo para empezar a besarla, unos besos con lengua intensos, mientras sus manos exploraban sus hombros desnudos, bajando el vestido y dejando al descubierto sus ricos senos, los cuales fueron sometidos a ricas caricias, besos, lengüetazos, particularmente en los pezones erectos, finalmente mi esposa dejo caer el vestido para quedarse solo con los medias de red, se veía deliciosa, mi amigo se vio un poco nervioso y no podía quitar las medias, a lo que mi esposa sin problema se las retiro, quedando solo con sus bragas.

    Mi amigo llevo las manos de mi esposa a sus genitales para que los acariciaran, obvio ya tenía una erección bien puesta, él se retiró su ropa y le pidió a ella que se lo chupara, a lo que ella accedió sin ningún problema, pasando su lengua desde el prepucio hasta la base, chupándolo, mientras mi amigo continuaba acariciando el bello cuerpo de mi esposa.

    Estaba a punto de venirse, y le pidió que parara, la recostó y le quito el calzón, se metió entre sus muslos y empezó a besar su vulva, lentamente, pasando por su clítoris, el sexo oral a mi esposa le encanta y excita y es muy rápida para venirse con ello, por lo que pronto tuvo su primer orgasmo, gimió rico, y pidió que la penetraran.

    Sacó un preservativo del cajón del tocador y se lo dio a mi amigo, quien pronto se lo puso, y en posición del misionero la penetro intensamente, mientras metía su lengua en su boca, acariciaba sus senos, sus piernas, la hizo venir nuevamente, y la cambio de posición ahora la puso en cuatro, admirando su trasero que estaba listo nuevamente para recibir su pene erecto, se acercó y nuevamente la penetro, pidiendo que le dijera que si le gustaba ese pene, a lo que mi esposa contesto que le encantaba y le excitaba mucho, la intensidad se incrementó y los dos se vinieron al mismo tiempo.

    Mi amigo se retiró y se sentó en una silla de la recamara, yo ya estaba desnudo y excitado, solo puse nuevamente a mi esposa boca arriba, le abrí nuevamente sus ricos muslos y así, me metí, su humedad estaba al tope, seguía muy excitada y no tardo nuevamente en tener otro orgasmo muy sonoro, ya que gemía muy rico, mi excitación también era increíble y me vine dentro de ella, derramando mi semen en su vagina caliente y humedad, uff que rico.

    Mi amigo ya se había recuperado, yo me pase a ocupar la silla para el descanso y mi amigo se tendió en la cama, en donde nuevamente un fellatio de mi esposa a mi amigo se inició, hasta que nuevamente logro una erección, ahora ella se subió en él, dejando sus senos frente a su boca mientras su vagina apretada muy rico al pene de mi amigo, nuevamente se vinieron.

    Todos estábamos cansados, por lo que decidimos tomar una pausa, aunque después decidimos que otro día continuaríamos cogiendo a mi esposa entre los dos.

    Mi amigo tomó su auto y se marchó, mientras mi esposa y yo tuvimos nuevamente sexo intenso y excitante.

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  • En la multi: La jefa

    En la multi: La jefa

    Fiesta de fin de año de la empresa en una chacra fuera de la ciudad. La empresa había puesto un bus para ir y volver, pero yo tenía un examen que terminaba sobre las 21, así que me fui por mi cuenta junto a un compañero de trabajo que cursábamos la misma materia.

    Llegamos sobre 21.30 y la fiesta ya había empezado, todo el mundo cenando y algunos ya estaban medio chispeados, entre ellos mi jefa que me guardaba un lugar en la mesa a su lado, ya que ambos íbamos sin pareja.

    Me senté, me trajeron el plato, comí y en seguida nos fuimos a la pista a bailar y tomar.

    Me habían dicho que mi jefa tomaba como albañil recién cobrado, pero yo nunca la había visto en esa faceta, estábamos bailando entre varios, Martita estaba con el esposo, así que no me le iba a arrimar ni loco, aunque ganas no me faltaron porque estaba con un vestido medio justo que remarcaba toda esa carne que me había comido unos meses atrás.

    Como había llegado más tarde iba como 3 copas atrás del resto y 5 de mi jefa que empezó a hablarme al oído como borracho en un boliche, a los gritos por la música y no le entendía mucho. En un momento pasan la canción Karmencita que dice:

    «Karmencita tu tienes un no sé que

    Que me tiene pensando en yo no sé que»

    Y ella bailaba al lado mío, en un momento me hace señas para que la acompañe a fumar fuera del local. Salimos al fondo, caminamos unos metros, ahí vimos a Bruno (mano derecha de la gerenta) hablando con el nuevo cadete a lo que Carmencita dice… “¿a este también se lo van a garchar?” (¿Van? pensé para mis adentros).

    Caminamos un poco y me dice:

    C: vení acá a la derecha que no se ve nada.

    Y: ¿Por?

    C: Vení que después te explico.

    Y: OK

    Llegamos al lugar un poco apartado.

    C: ¡Que sea la última vez que te garchas a alguien del sector!

    Y: (haciéndome el boludo) ¿Que decís? No sé de qué hablas.

    C: Martita quedó loca después de la cogida que le diste, es una mujer casada y eso no se hace.

    Quedé petrificado.

    C: Eso no se hace, lo de garcharla a ella y a mí no, pendejo divino.

    Me agarró el paquete por encima del pantalón y me plantó un beso.

    C: Dale que acá no nos ve nadie, dale vení un rapidito.

    Me llevó contra un árbol, abrió la bragueta de mi pantalón, me sacó la verga y me pajeaba, se levantó el vestido, corrió su tanga y se me trepó como gata en celo clavándose mi verga en la concha.

    C: Aaaah hace tiempo que la quería probar

    Y: Tenes la conchita bien mojada

    C: Me tenés caliente, ¿por qué te pensás que te elegí ante que al pasmado de Agustín? Que además de ser burro, será rubiecito y carilindo, pero no sabe garchar a una mujer de verdad.

    Me giré, la apoyé contra el árbol y empecé a darle con furia

    Y: ¿Así que no me elegiste por como trabajo? ¡Vieja puta! ¿Verga es lo que querés? Verga vas a tener… te voy a llenar la concha de leche.

    C: ¡Uy siii tenías pinta de ponerte loco y meter verga, siii cogeme, garchame, dame pija y leche guachito! Pero no me garches 2 horas como a Martita, que en un rato dan los premios y tengo que estar. ¡Dale garchame, que me acabo pendejo! ¡Dame la leche en la concha!

    No me pude aguantar más, la calcé de las nalgas contra el árbol, aceleré la cogida, le metí un dedo en el culo y le llené la concha de leche mientras ella aguantaba las ganas de gritar y entre espasmos quedamos contra el árbol.

    Saqué la pija, me dio un pañuelo que sacó de la cartera

    C: Andá al baño y ponete presentable por favor. Andá que yo voy en 2 minutos.

    Fui al baño, me lavé la cara, me arreglé la ropa y escuché unos sonidos un poco extraños desde uno de los apartados de los váter y pensé que habría alguna parejita, así que como entre fantasmas no nos vamos a pisar la sábana, me arreglé y salí.

    Fui a la barra a hablar con unos compañeros y veo salir del baño al cadete nuevo y a los 2 minutos a Bruno, que venía con una sonrisa de oreja a oreja.

    Estaba el gordo Julio que en medio de la charla tira… este no le dio ni 2 semanas en la empresa y ya lo ordeñó al nuevo, mirá que hay que ser sinvergüenza.

    Se me acerca y me dice al oído:

    J: vos vergüenza nunca tuviste, así que no te digo nada, bandido.

    Y: No sé de qué habla Julio

    J: bandido (dijo riéndose)

    Y: Los caballeros no tienen memoria.

    J: ¡Muy bien guacho, muy bien!

    En eso la veo salir a Carmencita del baño como si no hubiera pasado nada y viene a donde estábamos nosotros, pide un Gin-tonic y se va sin antes acariciarme la pija. Julio se reía y me miraba.

    Pararon la música, prendieron las luces del local, el CEO tomó el micrófono y empezó con el discurso de cierre del año, que se había crecido en facturación, que los nuevos proyectos, que el EBIT y que habíamos pasado las metas de casa matriz y bla bla bla.

    Pasaron los otros 5 gerentes y empezaron a dar los premios.

    Que ventas, que marketing, que equipo de compras que había bajado los gastos y no sé qué más y anunciaron que iban a dar el premio al empleado del año y a 2 empleados que habían sido revelación. El empleado del año ya se sabía que era el enano Roke (1.55 metros, pero muy “altanero”) del departamento de ventas porque había metido el mejor negocio de los últimos 10 años de la empresa, así que lo dieron rápido y quedaban las 2 menciones por revelación, que eran premios que decidieron dar alguno de los gerentes a empleados que habían sido promovidos durante el último año y que habían tenido un desempeño superlativo.

    Llamaron a Carlita de Marketing que había armado una campaña muy buena. Mientras hablaba la Gerenta de marketing, veo a Carmencita a un costado con un sobre, que me mira y se sonríe. Terminan de hablar, aplausos y toma el micrófono la amarga de la gerenta, habla 2 bobadas, le da el micrófono a Carmencita, dice no sé qué de soporte de dar la milla extra y dejar “todo en la cancha” (mirándome a los ojos) y dice mi nombre.

    Recibí el premio, agradecí, saludé a Carmencita, a la amarga, al CEO y me volví con Julio y otros compañeros que me felicitaron.

    Siguió la noche y sobre el final viene el compañero con el que había ido, diciéndome que estaba muy borracho, que no podía manejar así y si lo podía llevar hasta la casa y si llevábamos a otro compañero que quedaba de pasada.

    Obviamente que le dije que sí, fui a saludar antes de irme y Carmencita me dice que, si la podía llevar, ya que vivía cerca de lo de mi compañero.

    Me subí del lado del conductor, Carmencita del lado del acompañante y los 2 que iban bastante perjudicados por el alcohol se sentaron atrás y a los 500 metros se durmieron. En 20 minutos se bajó el primero y 15 minutos después llegamos a los de mi compañero, que me dijo que me lleve el auto y al otro día se lo devolvía.

    Lo acompañé hasta la puerta porque no podía embocarle a la cerradura y nos fuimos con Carmencita que vivía a 3 cuadras de allí.

    C: ¿Queres tomar un café?

    Y: No, quiero otra cosa, algo más fuerte.

    C: Dale, vamos nene.

    Entramos al edificio y en el ascensor ya estábamos desacatados, besándonos y agarrando todo o que se podía, abrió la puerta de su casa y seguimos de largo hacia el cuarto, nos fuimos desvistiendo entre besos y apretones, me tiró en la cama y se vino directo a chuparme la pija, se atragantaba y sonaba glu glu glu, se giró y quedamos en posición 69, le pasé la lengua por todo el largo de la concha y la muy pilla se había lavado bien cuando había ido al baño, así que me dediqué a saborear esa conchita y a ese clítoris que era más grande que el promedio y sobresalía rosado y redondo. Se lo lamí chupé mordisquee, y fui con la lengua hacia el hoyito que ya había palpado con un dedo mientras acababa unas horas atrás.

    Tenía la verga como si no hubiera cogido esa misma noche, la agarré. la acosté boca arriba y mirándola fijo a los ojos se la fui clavando.

    Y: ¿Así que dejo todo en la cancha?

    C: No iba a decir en la concha porque quedaba muy feo.

    Empecé con un mete saca constante, mirándola a los ojos mientras la penetraba, empecé a apurar el ritmo y ella abría la boca, gemía y decía “siii papi siii”.

    C: ¡Escupime en la boca!

    Le dejé caer la saliva y parecía que estaban aplaudiendo, la cama sonaba y chillaba, no le daba respiro y ella ya gritaba de placer “¡Esto es saber garchar la puta madre!”.

    Me acostó, se subió en mi verga, moviéndose como una amazona, después se puso en cuclillas, sus manos en mi pecho y parecía una ranita saltando, hasta que no dio más.

    Y: Falta el postre.

    C: Pensé que te habías olvidado.

    Se puso en cuatro, se salivó una mano, se mojó al mil arrugas, me agarró la verga y la enfiló hacia el hoyito, entró sin problemas y a mi juego me llamaron. Empecé a sodomizarla sin piedad y ella pedía más, la veterana aguantaba como la mejor, al rato le dije que no aguantaba y me dijo que la quería en las tetas (que ara tener 50 estaban de muy buen ver), largué la descendencia, ella me masturbaba y con el pulgar me masajeaba la zona del frenillo y el glande para extender el placer.

    Caí rendido y le dije que me diera 15 minutos y me iba.

    C: ¿Para que te vas a ir si mañana tenés que llevar el auto acá a 3 cuadras?

    Y: ¿Decís?

    C: Vamos darnos una ducha que debemos estar hechos un asco.

    Estaba amaneciendo ya, nos metimos a la ducha, me empezó a enjabonar la pija que se puso dispuesta de nuevo, se agachó a chuparla, hasta que acabé de nuevo con las ultimas energías.

    Salimos, nos secamos y desnudos como estábamos nos acostamos a dormir.

    A las 11.30 suena mi teléfono, era mi compañero diciéndome que su padre le había dicho que por qué había estacionado a 3 cuadras de la casa y que el no se acordaba de nada.

    Y: me dijiste que estacionara ahí y te fuiste caminando. Para que no hicieras más cagadas me llevé tu llave, en un rato voy y te la llevo, ¿te parece? Salgo de mi casa en media hora, agarro el auto y te lo llevo, nos vemos. Carmencita se reía.

    C: ¿Media hora?

    Y: Y si, que te pensás, ¿qué me voy a ir sin garcharte de nuevo?

    C: ¡Bendita juventud! Me vas a matar nene, menos mal que es fin de semana…

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  • Mi mujer, su ex y yo

    Mi mujer, su ex y yo

    María y yo paseábamos por el centro de la ciudad cuando oímos un grito, en medio de la multitud, el nombre de ella.

    —¡María! ¡María!

    Nos volteamos ambos, era un señor de unos 60 años, aunque aparentaba algo menos, él se acerca a nosotros y dirigiéndose a mi esposa le dijo:

    —María ¿no te acuerdas de mí? —Ella le mira como intentado recordar quien podía ser, pero sin saberlo

    —Manolo, veraneábamos en Alicante ¿no recuerdas? —dijo el desconocido hasta entonces

    —¡¡Manolo!! —Exclama ella al tiempo que le daba dos grandes besos en la mejilla

    Rápidamente se me encendió la luz, aquel tipo era el amante que mi mujer había tenido al principio de nuestro noviazgo y con el cual estuvo a punto de irse a vivir. Ese era quien había despertado el hambre de sexo, sexo duro, de mi mujer, hambre que desde entonces me ha costado saciar.

    En cuestión de décimas de segundo urdí un plan para intentar llevar a cabo uno de mis más inconfesables deseos, ver a mi esposa follada por otro.

    —Mira te presento a… —comenzó María señalándome

    —Juan, un compañero de trabajo —me adelante antes de que ella dijera que era su marido

    —Encantado —dijo Manolo mientras nos estrechábamos la mano.

    Mi mujer me mira sorprendida, pero al ver mi mirada comprendió que tramaba algo y decidió seguir con el juego.

    —Oye ¿por qué no nos sentamos y tomamos algo? Hace tantos años que no se nada de ti —dijo Manolo sujetando la mano de mi mujer

    —Estupendo —dije yo

    No dirigimos a un bar que estaba allí mismo y nos sentamos en la terraza puesto que hacia un día muy agradable. Estuvimos casi una hora de charla, bueno en realidad estuvieron, y aunque no se habló, explícitamente, de su pasada relación, estaba muy claro que algo había habido entre ellos.

    A esas alturas Manolo ya sabía que mi mujer estaba divorciada, eso le hice creer. Él insistía para que ella fuera a cenar con él, pero ella le dijo que le era imposible puesto que ya había quedado conmigo.

    Miré el reloj y al ver que era tarde le recordé a María, mi mujer, que tenía que llamar a casa y puesto que teníamos que salir a cenar solté de pronto:

    —¿Qué os parece si vamos a cenar los tres? —María me miró estupefacta

    —Si, magnifico —dijo rápidamente Manolo, seguramente pensando en sacar tajada

    —Bien pues llevo a María a su casa —Dije— luego paso sobre las 20:30 por tu hotel y no vamos a recoger a María. ¿Os parece?

    María no contesta, Manolo asintió. Nos fuimos, ya en el coche María me pregunto

    —¿Por qué has hecho esto? ¿Qué te propones?

    —Tranquila, sé lo que me hago, además te lo estabas comiendo con los ojos.

    Llegamos a casa, me arregle un poco y me fui al hotel a recoger a Manolo, Quede en recoger a María en la calle paralela a la nuestra.

    Antes de irme le dije

    —Ponte sexy, que así se le saldrán los ojos a tu ex —remarque lo de ex.

    Manolo esperaba en el vestíbulo y como era temprano me invito a tomar una copa en el bar del hotel.

    —¿Hace mucho que conoces a María? —me pregunto

    —Si, varios años, trabajamos en la misma empresa

    —¿Tu y María salís juntos? —siguió

    —De vez en cuando

    —¿tú también estas divorciado?

    —No, yo estoy casado, pero ya sabes, uno no es de piedra

    —Si claro, hay que vivir.

    Manolo se estaba haciendo una composición de lugar, ahora sabía que mi mujer y yo éramos amantes ocasionales y que yo engañaba a mi mujer.

    —Tu habías tenido algún lío con María ¿verdad? —le pregunte

    Tras un breve silencio dijo:

    —Sí, un verano. Ella y yo fuimos amantes. Yo me acababa de divorciar y ella era una jovencita con muchas ganas de pasarlo bien.

    —Si, siempre está deseando pasarlo bien. —añadí

    Apuramos nuestras copas, subimos en mi coche y me dirigí a recoger a mi esposa en el lugar indicado. En el camino Manolo me preguntó:

    —Oye ¿María y tu sois amantes o algo?

    —No, no, solo salimos de vez en cuando

    —¿Te acuestas con ella?

    Hice ver que dudaba y le dije

    —Si, pero no soy el único

    —¿Ah no?

    —No, esa se ha acostado al menos con media empresa —le dije mintiendo.

    Al oír eso note como se alegraba de saber que mi mujer seria, seguramente, una presa fácil.

    —¡Joder! —exclamó Manolo

    —¿Cuándo saliste con ella era así? —le pregunte

    —No, pero era muy caliente. Follábamos entre dos y cuatro veces al día. Era increíble.

    —Pero ¿sólo lo hacía contigo?

    —Si, creo que sí

    Llegamos al lugar donde tenía que recoger a mi mujer, al poco llego Manolo y yo bajamos del coche para saludarla. Yo la bese en la boca y Manolo en la mejilla pero aprovecho para posar su mano, disimuladamente, en una de sus nalgas.

    María llevaba puesto un vestido negro, ajustado y corto, con un escote que dejaba ver lo suficiente, medias y un tanga.

    Me permitiréis un inciso, voy a describiros como es mi esposa María. Como ya os he dicho, mi mujer, cuando éramos novios no fue demasiado fiel, pero una vez casada siempre ha permanecido fiel. Ella tiene unos 45 años y es madre de varias criaturas, a pesar de ello aparenta menos edad, su pecho, talla 90, todavía está firme, tiene algo de barriguita y quizá un poco de pierna. Su coño siempre lo lleva depilado y en la cama es una mujer dispuesta a todo.

    Tan dispuesta, que sólo nos queda probar con otros, que no pone reparos a nada, la chupa, tragar el semen, ser enculada o correrse en su cara, no tiene ningún tipo de inconveniente, es más, le gusta. Como yo le digo, medio en serio medio en broma, es una máquina de sexo, pues nunca tiene bastante. Siempre está a punto para que la folle.

    Bien, llegados a este punto continuo con el relato.

    Llegamos al restaurante y nos acomodamos, mi mujer tuvo que sujetar el vestido al sentarse para que no se le subiera en exceso. Ella estaba entre los dos.

    La cena transcurrió de lo más normal, charlamos del trabajo, de los viajes de Manolo a nuestra ciudad por negocios, los recuerdos de aquel verano, su matrimonio, sus hijos. En fin lo de siempre.

    Me di cuenta, por la cara de mi mujer, que Manolo le estaba metiendo mano por debajo de la mesa y que a ella no le importaba pues no hizo ninguna ademan para detenerlo.

    Manolo y yo nos pedimos una copa. María se levantó y dijo que iba al baño.

    —¡Cómo esta tu compañera! —mientras la miraba

    —Sí

    —Oye, ¿Es cierto lo que me has contado antes?

    —¿A qué te refieres?

    —A que se acuesta con todos en el trabajo

    —Bueno con todos no, con casi todos

    Bip. Bip. Era mi móvil que sonaba.

    —Perdona —le dije al tiempo que miraba mi teléfono

    Era un mensaje de mi mujer y decía “Eres un cabrón, me ha estado metiendo mano y voy caliente”

    Bip. Bip. Otro mensaje. “Quieres que siga?”

    —Es un mensaje de mi mujer, perdona, pero voy a contestarle

    Le puse la siguiente respuesta: “tu misma, pero si es si, quítate el tanga”

    —Ya está —le dije a Manolo— Me decías

    —No si María es muy … ya me entiendes

    —¿si es muy caliente o… muy puta? —le pregunte con sorna

    —Eso

    —Ambas cosas —le dije

    —En Navidad —proseguí— en la cena de la empresa, sé que al final se fue a un hotel con algunos y creo que entre baile y baile se follo a unos cuantos.

    —¿tu estabas?

    —Sí

    —Y también te… —Interrumpió pues vio que mi mujer venia hacia la mesa

    —Si también —le contesté pues supuse que me preguntaba si también me la había follado.

    —Hola, ya estoy de vuelta —dijo mi mujer contenta

    Mientras se sentaba, disimuladamente, metí la mano hasta su clítoris y noté que no llevaba nada.

    —Puta —le susurre al oído

    —Es lo que quieres ¿no? —me dijo en voy baja

    —Me encanta —volví a susurrarle

    Manolo, que debía estar con su polla dura como una piedra después de oír mis historias, se pego al lado de mi mujer sin ningún reparo. Debió pensar que si se la follaba todo el mundo él no iba a ser menos.

    Por mi mente paso la idea de acabar con aquello pero el morbo se había apoderado de mí y yo también la tenía dura, ya me estaba imaginando a mi esposa siendo follada, enculada o cualquier cosa por Manolo o ambos.

    Me di cuenta que en la mesa faltaban una mano de Manolo e, increíble, de mi mujer. Seguro que se están metiendo mano, pensé. Deslicé mi mano hacia el muslo de María y efectivamente tropecé con la mano de Manolo que estaba a la altura del clítoris. Note como mi mujer estaba masturbando a Manolo allí mismo. Sabía que cuando eran amantes, eso lo hacía a diario, en cualquier lugar. Conmigo también lo hacía cuando salíamos a cenar y si el lugar donde nos sentábamos quedaba algo discreto como ahora. Seguramente estaba recordando viejos tiempos.

    Vi como mi mujer cerro por unos instantes los ojos, supe que en ese momento, la muy guarra, se estaba corriendo. Quise terminar con la farsa y dije:

    —Porque no vamos tomar algo no sé… algún sitio más tranquilo —no sé como pude decir algo semejante

    —Siii, dijo rápidamente mi mujer —un si que denotaba un deseo extremo

    Manolo pago y nos fuimos a buscar el coche, su mano, al salir, se pega al culo de mi mujer sin ningún tipo de reparo. Antes de subir María beso, en la boca a Manolo y luego a mí mientras me susurraba

    —¿te gusta, estas contento?

    Como repuesta le di una palmada en el culo.

    En el trayecto hacia uno de esos apartamentos que alquilan por horas vi como Manolo, desde atrás, y por el lado de la puerta, tocaba un pecho a mi mujer o el muslo y la nalga derecha.

    Aparque el coche y los tres nos dirigimos hacia la recepción, mi mujer se puso en medio abrazándonos a ambos, nosotros hicimos lo mismo. Pedimos una habitación, nos dieron la llave y fuimos hacia allí.

    Al entrar, Manolo cerro y se dirigió al bar a preparar unas copas, María me beso, era un beso caliente, muy caliente, le puse mi mano en su clítoris y estaba mojado, incluso el muslo.

    Yo le había subido el vestido casi hasta la cintura, su culo quedo a la vista de Manolo el cual deja su copa en el bar, se acercó a nosotros y se puso a meter sus dedos, desde atrás, en el clítoris de mi mujer. Ella se voltea ligeramente y lo beso mientras su mano se posaba en su polla. Luego me miro, sonrío maliciosamente y puso su otra mano en mi polla.

    —mmmm, que duras están y son sólo para mi —dijo con voz melosa

    Se arrodillo en la moqueta y desabrocho el pantalón de Manolo, una dura verga se hizo visible, se puso a chuparla. Yo por mi parte me quite los pantalones dejando también al alcance de su boca mi polla.

    Nos fue chupando por turnos, con deleite. Mi polla estaba a punto de reventar. Sabía que mi mujer es muy caliente, y que cuando quiere hace unas mamadas de órdago, pero allí entre los dos parecía que lo hubiera hecho toda la vida. Miré a Manolo y le dije:

    —haz los honores, comienza tu

    Yo me retiré, me puse una copa y me senté a contemplar como mi mujer mamaba con una perfección increíble. Por fin tenía delante de mí la escena que tantas veces imagine cuando ella me contaba sus aventuras de adolescente.

    Manolo la tomo de la mano y la llevo a la cama, la recostó, y separándole las piernas se puso a chuparle el coño, veía como su lengua jugaba con maestría. Ella le acariciaba e intentaba llegar a su polla.

    Él se incorpora, la tomo por las piernas y acercándosela la penetro. Mi mujer exclama.

    —¡Aaah, por fin! Una polla

    Ella rodeo con sus piernas el cuello de Manolo, él bombeaba y bombeaba como si nunca se cansara. La sacaba y la volvía a meter, y cada vez que la penetraba ella gritaba de placer.

    La muy puta estaba disfrutando como nunca y yo tenía mi polla que iba a reventar. Dios que morbo, que placer, ver a mi María follada con aquel vigor, menuda zorra tenía por esposa.

    —¡Aaaah! —gritó Manolo

    Se había corrido dentro de mi mujer, ni siquiera uso una goma, me miro y me dijo al tiempo que la sacaba.

    —tu turno

    Me acerqué con el rabo tieso, puse a mi mujer a cuatro patas en la cama, y por detrás de ella le clave mi polla en su coño lleno de leche de ambos, entro con una facilidad pasmosa. Manolo se había sentado recostados en la cabecera de la cama y sujetando su miembro entre las manos le dijo a mi esposa:

    —ven

    Ella se acerca un poco y se puso a limpiarle la polla con su lengua.

    —¿te gusta como la limpio?

    —Siii, no me acordaba lo bien que lo hacías

    Sujeté con fuerza sus nalgas y me corrí, aquello era más de lo que yo esperaba. Mientras me la follaba ella mamando otra polla.

    María se sentó, y me limpio la polla, la bese, su boca sabia a semen, sus labios estaban más hinchados de lo normal, eso le sucedía siempre que estaba caliente, cuanto más caliente estaba, más gruesos tenía sus labios.

    —¿Una copa? —preguntó Manolo

    —Si —dijo mi esposa

    María besa a Manolo y luego a mí y se fue al baño.

    —Menuda marcha lleva esta —me dijo Manolo en voz baja

    —Si, y va a pedir más —dije

    Cosa que era cierta pues conocía muy bien a mi mujer y sabía que nunca, en cuestiones de sexo, tiene bastante, siempre necesita más.

    —Menuda zorra está hecha —aseveró Manolo

    —Entre tú y yo. Es una puta de mucho cuidado

    Mi mujer volvió del baño, Manolo le dio la copa y ella tomo un sorbo. Miro nuestras fláccidas pollas y haciendo un gesto de ánimo dijo:

    —Venga, espabilar que esto sólo era el aperitivo

    Se arrodillo delante de la polla de Manolo y la mojo con el alcohol de su copa, a continuación la chupo, le paso la lengua de abajo arriba.

    —¡mmm! Que bien sabe

    Repitió lo mismo con mi polla. Tomo una polla en cada mano y se puso a darnos lengüetazos, a mordisquear los huevos. Nos miraba y sonreía con cara de zorra experta. Con las manos nos masturbaba suavemente, nuestras pollas volvieron a ponerse duras. Ella seguía chupando y masturbando.

    Su mirada de perra viciosa nos ponía cachondos, Manolo tomo su polla con la mano derecha le hizo un par de meneos y un chorro de semen se estrelló en la cara de mi esposa. Yo hice lo mismo y mi semen se estampo en sus pechos. Ella pasa el dedo por nuestro semen y se lo lleva a la boca.

    Se levanto y nos besó, sus besos sabían a leche de alguno de nosotros, nos fuimos los tres a la cama y nos echamos a dormir con ella en medio y sujetando nuestras pollas. Sería para que no nos escapásemos, la muy zorra.

    Me desperté de madrugada porque la cama se movía, era mi esposa, bueno a estas alturas, ya la puedo llamar la puta de mi mujer, que estaba montando, cabalgando encima de Manolo. Si conmigo ya era bastante putita ahora era claro que le gustaba su papel.

    Miraba como follaba como una posesa, mi polla se enderezo, ella me pajeaba y cuando la vio dura dijo:

    —encúlame cabrón

    Manolo se detuvo para facilitar mi enculada, cuando la tuvo toda entera dentro de sí gritó:

    —No paréis cabrones

    Manolo y yo nos pusimos como locos follándola y enculándola, ella nos besaba, ora a mí, ora a Manolo.

    Me corrí y Manolo seguía follando, me fui al baño a limpiarme y al volver me encontré a mi mujer de rodillas apoyada en la cabecera de la cama y con sus manos separándose las nalgas para dejar bien abierto su culo. Manolo se la metía y sacaba con furia.

    —Te gusta —le repetía cada vez que se la clavaba

    —Siii —gritaba ella

    —Más fuerte, más fuerte —seguía gritando

    Manolo la sujeta por la pelvis y descargo su esperma en el culo de mi mujer, la puta de mi mujer.

    Él se fue al baño y ella se acostó. Yo me eche a su lado.

    —¿Te gusta los que estás viendo? —me dijo

    —Menuda puta estas hecha

    —Si y a ti te gusta que sea tu puta

    —Si, ya sabes que si, pero ahora también eres la puta de Manolo

    —Bueno, pero él se va mañana y yo sigo aquí siendo tu putita

    Me beso en la boca, seguía sabiendo a semen, Manolo se acercó y se echó al otro lado.

    Nos volvimos a dormir, a las ocho sonó el despertador mi mujer se fue al baño y detrás de ella fue Manolo.

    Me acerque a la puerta del baño a oír lo que decían.

    —¿Por qué no me das tu teléfono? —le pedía Manolo a mi mujer —así cuando vuelva podré llamarte

    —No, no quiero que mis hijos sospechen nada.

    —¿Y cómo te localizo? —insistía él

    —No sé, ahora me voy a duchar

    El la besa mientras le acariciaba el clítoris.

    —Ahora no, que es tarde —decía mi mujer

    —Venga el último que hoy me voy, de despedida —insistía él

    Los dedos de Manolo debieron obrar milagros, pues ella tomo su polla y se puso a chuparla, él seguía metiendo sus dedos en el coño de la muy puta.

    Ella se apoya en el lavabo y él la penetra, fue un polvo suave y a la vez rápido pues él se corrió pronto.

    Ella se metió en la ducha y Manolo se fue al dormitorio, yo estaba sentado en la cama viendo le televisión.

    —¿Tú sabes como la puedo localizar? —me pregunto

    —Te ha gustado la putita esta ¿verdad?

    —Si, siempre me ha gustado, nunca la he olvidado. Ya cuando la conocí era bastante putita, aunque sólo fuera conmigo. Piensa que lo hacíamos en todas partes y nunca tenía bastante.

    Le di él número de mi móvil.

    —Si vuelves me llamas y organizo una salida

    —veras… te lo agradezco —me dijo dubitativo

    —¿no será que quieres pasar una noche tu sólo con ella? —le pregunte

    —Si, si no te importa

    —No, hombre no, te comprendo, que también apetece follar con algo de intimidad

    Nos duchamos, vestimos y acompañamos a Manolo a su hotel, mi mujer y él se dieron un gran beso de despedida y nos fuimos a casa.

    —¿Lo has pasado bien, cariño? —le dije

    —Si, y tú también ¿verdad? —añadió

    —Si, me ha gustado ver lo puta que puedes llegar a ser.

    No le dije nada a mi esposa de que había dado mi número de móvil a Manolo. Me había gustado, es más, había sentido placer de ser cornudo, disfrutado del espectáculo que todo marido cabrón más desea: ver a su mujer follada por otros.

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  • Arrastrada por la lujuria

    Arrastrada por la lujuria

    Las vacaciones que me tomé en Guadalajara, fueron decisivas en mi vida, no sólo por lo calientes recuerdos que me dejaron, sino porque dieron a mi vida un giro de 180 grados. Ya había tenido algunas experiencias íntimas, pero esa fue la primera vez que lo hice con desconocidos y se los quiero platicar por lo maravilloso que resultó.

    El ferrocarril me ha provocado siempre una deliciosa sensación de voluptuosidad, a la mitad entre la lujuria y el romanticismo. Compré el boleto de pullman, abordé y me dirigí a mi litera alta, como siempre que utilizó ese medio para transportarme. El vagón estaba lleno y en la litera de abajo descansaba un hombre de unos 40 años. Era fuerte y atractivo. Se había quitado toda la ropa, quedándose tan sólo con una pequeña trusa que no ocultaba la pujanza de su miembro viril.

    Aparte la mirada, sintiendo que aquella sensación de voluptuosidad empezaba a envolverme, provocándome humedad que difícilmente podría apaciguarse, a menos que tuviera a un verdadero macho dispuesto a “aliviarme”. No pude evitarlo, fue algo superior a mis fuerzas. Miré al hombre de nuevo y él me sorprendió; vi un fulgor lascivo en sus ojos y en su entrepierna noté una poderosa erección, lo que me estremeció y no supe que hacer. Hubiera dado cualquier cosa por estar sola en ese momento; sola con el hombre, desde luego.

    Cerré los ojos y respiré hondamente, tratando de relajarme, pero eso era imposible, dada mi natural fogosidad. Al darme cuenta de que mis movimientos y mi nerviosismo empezaban a ser advertidos por los otros pasajeros, decidí ir a cenar al comedor. Un muchacho se cruzó conmigo en el pasillo y me apreté contra la ventanilla para evitar su cuerpo, pero aun así, sentí en mis nalgas el roce de su maciza verga.

    No pude aguantar más. Corrí sin importarme un cacahuate lo que la gente pensara y me metí al baño del vagón, sin preocuparme de cerrar la puerta por dentro. Lo único que deseaba en esos momentos, era una verga que despedazara el coño o el culo, para apaciguar mi temperamento volcánico.

    Me desnudé por completo, mirando mi cuerpo en el espejo mientras me acariciaba el busto. Siempre he tenido los senos duros y erguidos como frutas listas a ser saboreadas, pero en esos momentos, la dureza en los botones era algo fuera de lo común. Me abrí de piernas, como si mi propia humedad me lastimara y empecé a restregarme furiosamente la vagina. Disfrutaba, pero eso no era, ni con mucho, lo que deseaba.

    Pensé en el hombre de la litera, con su poderosa manguera erguida y dispuesta a satisfacer mis ansias. De pronto, se abrió la puerta, ¡era él!…

    Cerró la puerta por dentro. No se sorprendió al verme desnuda; me abrazó desesperadamente y me besó con mucho erotismo, haciendo que su lengua se frotara con la mía, al mismo tiempo que sus manos llegaban a mis pechos para estrujarlos con frenesí. Se echó hacia atrás y se quitó los pantalones. Debajo no llevaba nada y ante mí quedó su enorme verga, lista para triturarme. No me dijo nada, pero yo sabía lo que él quería y, enloquecida, me arrodillé abrazándome a sus caderas y tomé en mi boca su interminable cilindro de carne.

    Se lo estuve chupando por varios minutos, gozando al ver que él se retorcía ante la habilidad de mi lengua y labios. Estaba muy excitado y me obligó a doblarme sobre la cintura, me poseyó con fiereza y se empezó a menear. Después de que ambos terminamos, sacudidos por los espasmos y el traqueteo del tren, nos sentimos satisfechos momentáneamente y salimos, decididos a dar rienda suelta a nuestra pasión en algún lugar más propio.

    Nos bajamos en un pueblito mucho antes de llegar y nos dirigimos a un hotel “Hotel del Marques”, el más próximo a la estación. Después de alquilar una habitación, nos desvestimos para caer uno en brazos del otro. Me tumbé en la cama y Jaime comenzó a besarme y darme lengua en todo el cuerpo, sin desatender un sólo centímetro de mi piel.

    Durante toda la noche estuvimos follando en cuantas posiciones pueda imaginarse, haciéndome gozar como no lo había logrado ninguno de los hombres con quienes me había ido a la cama. Cuando al día siguiente regresamos a la estación a tomar el siguiente tren rumbo a Guadalajara, de lo que más me acordaba, era de lo que sucedió en el baño del vagón.

    El recorrido se me hizo interminable y cuando llegamos a Guadalajara, lo primero que hice fue dirigirme a un hotel céntrico. Me recibió un joven exageradamente bajito. Tomó mis datos personales y me ayudó con mi maleta y demás pertenencias. Por la noche sentí frío y me levanté a pedir otro cobertor en la administración. Segura de que encontraría en la oficina al joven, no me preocupé por la ropa que cubría mi cuerpo. El camisón era transparente y yo no llevaba nada debajo, a excepción de las pantaletas; pero a pesar, se me adivinaba el cuerpazo me cargo.

    Vi la puerta de la oficina abierta y llamé:

    ―Adelante —me dijo la voz chillona del joven.

    El tipo estaba echado en un catre, con la ropa puesta pues tenía que recibir a quienes llegaran a solicitar hospedaje. Lentamente se incorporó y me miró como pocas veces me habían mirado. Había en él, algo extraño, casi maligno que me obligó, involuntariamente, a dar un paso hacia atrás. Sus ojos ardían con un fuego que exteriorizaba su urgente necesidad de hembra.

    Tragué en seco y traté de recuperar la compostura.

    ―Tengo frío y vengo a ver si me puede dar otro cobertor —dije con voz temblorosa.

    ―Sí, señorita; estoy para servirle —me respondió con un tono de voz que justificó mi alarma.

    Se levantó y abrió un armario. El mueble estaba lleno de cobertores, sábanas y colchas. Fue entonces cuando descubrí “aquello”, su miembro viril. No podía creer lo que estaba viendo; era algo enorme, monstruoso, pues parecía que le había salido una joroba en la entrepierna. Dándose vuelta, me preguntó:

    ―¿Qué le parece ésta?

    ―Cualquiera —respondí sin poder salir de mi estupor.

    Con manos temblorosas tomé el cobertor, asustada tanto por lo que había visto, como por mis propios pensamientos.

    ―¿Te gusta la habitación? —me preguntó, tuteándome, cuando me disponía a salir.

    ―Es acogedora —respondí molesta porque él me había tuteado.

    Me volví y lo miré, tratando de que mis ojos no fueran hacia el enorme bulto que el tipo traía abajo del pantalón.

    ―Si quieres puedes quedarte y comer en el hotel todo el tiempo que estés en Guadalajara, sin pagar un sólo centavo. Yo puedo arreglar todo —dijo.

    Mi cerebro se fue aclarando y comprendí lo que él me estaba proponiendo. Sentí miedo. Un miedo que heló mis entrañas ante la posibilidad de cualquier contacto con aquello que había visto y estaba fuera de toda proporción. Ni siquiera pensé en la conveniencia de lo que me estaba ofreciendo a pesar de que representaba un buen ahorro.

    ―Hasta mañana —respondí secamente.

    Salí al pasillo, pero me detuve repentinamente y volví sobre mis pasos.

    ―¿A cambio de qué? —le pregunté.

    ―De esto —respondió.

    Se bajó el pantalón y ante mis ojos hizo su aparición aquella vergota hambrienta de mujer. Eran por lo menos 25 centímetros de largo y gruesa como un brazo. No contesté, ni dije nada, sólo sé que unos segundos después, estaba montada sobre de él, recibiendo en mi interior aquella monstruosidad que iba penetrando en mí, arrasando con todo, y provocándome un intenso dolor paralelo a la excitación que se apoderaba de todo mi ser.

    El tipo no sabía hacerlo, era torpe y actuaba con mucho nerviosismo. Sus besos eran tímidos e inexpertos, pero pasado el dolor, el placer que me proporcionaba su cañón era indescriptible, enajenante… Además, tenía una resistencia sobrehumana, como si toda su vida hubiera estado esperando ese momento.

    Al día siguiente, para alejarme de aquella obsesión que me esclavizaba, me acosté con un hombre que conocí en un bar, sin conseguir otra cosa que impacientarme por la necesidad que sentía de estar con el joven del hotel.

    Desde entonces, vivo en Guadalajara y no me interesa conocer otros hombres. Permanezco en el hotel día y noche, encerrada en mi habitación, en espera de mi joven esposo, que me somete a todos sus caprichos y me proporciona todos los placeres que necesita una hembra.

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  • Su lengua es una provocación

    Su lengua es una provocación

    A mí siempre me ha gustado Ana, no lo podía remediar. Soy una lesbiana convencida, de las que no se andan con disimulos. Tampoco voy por ahí queriendo acariciar y comerme las tetas de la primera chica que se me pone por delante, ya que poseo la suficiente intuición para saber dónde se encuentran las amantes que me permitirán gozar durante una temporada más o menos larga.

    Por otra parte, no soy muy amiga de mantener una relación muy larga. Ah, por cierto, me llamo Silvia, tengo 24 años soy andaluza para más señas de Granada y tengo un cuerpo muy bien proporcionado.

    Volviendo con Ana, os diré que nos conocimos en una fábrica de la localidad. Las dos teníamos 18 años, pero ella ofrecía en los vestuarios la visión de unas tetas, de unas caderas y de un pubis que me obligaban a masturbarme por todos los rincones. Gracias a que nadie conocía mis inclinaciones sexuales, en ocasiones me ofrecía a abotonarle la bata —las nuestras se abren y cierran por detrás— o a ayudarle a ponerse el sujetador.

    Creo que ella adivinó lo mucho que yo gozaba al percibir el temblor de mis dedos; además, no pude resistir el hecho de pedirle con mucha insistencia que me permitiese servirle de criada “para lo que me quisiera mandar”. Esto le llevó a sospechar, y comenzó a distanciarse de mí.

    Sufrí mucho con su decisión, me había enamorado de ella. Si embargo, sentí como una especie de alivio al enterarme de que se iba a despedir del trabajo para casarse. Pensé que de esa manera dejaría de verla, lo que haría más fácil el olvido y la cicatrización de mis heridas amorosas.

    Eso fue lo que ocurrió durante bastante tiempo. Otras chicas y mujeres vinieron a sustituirla, con la ventaja de que todas ellas sí que se dejaban amar y terminaban pasando por mi dormitorio.

    A los seis años, la vi en el parque con un niño pequeño que era suyo. Yo aparenté no verla para así no volver a sufrir lo de hacia tanto tiempo, pero fue ella la que me llamó. Me besó en la mejilla, se alegró mucho de verme y me estuvo contando infinidad de cosas de su vida, de su marido y de lo infeliz que se sentía. Por lo visto la vida matrimonial le había ido muy bien durante los primeros tiempos, hasta que ella se quedó embarazada. Como todo el parto fue bastante complicado, se vieron obligados a racionar el aspecto sexual. Los cuatro últimos meses casi ni se tocaron; lo mismo sucedió con los dos siguiente al nacimiento del chiquillo. Su marido no aguantó más y se fue con otra mujer.

    Ana se sentía desesperada. Además, había llegado a la conclusión de que “los hombres eran unos cerdos” y ella necesitaba otra forma de “amor”. De verdad, yo no se la ofrecí en aquel preciso momento, preferí que me convirtiera en el objetivo de sus deseos, que pensara en mí como su única solución. Le concedí un tiempo prudencial y, por último, claudicó al aparecer en mi casa como una gatita sumisa… ¡pero vaya gatita!

    En el momento que nos quedamos desnudas, sus manos demostraron que estaban deseando fabricar mil caricias sobre mi cuerpo. Poseía unos deseos sensitivos, artísticos en el instante lujurioso de buscar el despertar de mis calores sexuales. En seguida, escuché sus tenues jadeos. Se aceleraron nuestras acciones y las respiraciones adquirieron esa agitación que revelaba que se estaba produciendo nuestra transformación en unas teas encendidas.

    Los ojos de Ana relampagueaban igual que los de una gata hambrienta, su lengua materialmente dio un chasquido entre sus labios resecos y saltó en busca de mis pezones. Me los lamió por espacio de varios minutos. Luego, fui yo la que metí mi boca glotona en el trigal que adornaba sus ingles. Sorbí con delectación, hice crujir las madejas de pelos, me abrí paso con la punta empinada de mi lengua y la penetré en una ardiente cavidad, que esperaba todos mis ataques. Había sabido provocarme con la misma “arma” que yo estaba utilizando con ella.

    Casi en el acto atrapé el caperuzón del clítoris de Ana, para titilarlo en un modelado de erección. Mientras, sus muslos se extendían a ambos lados de mi cabeza, cada vez más agresiva, impulsados por el delirio provocado por mi mamada. Su cuerpo se venció hacia atrás, sus manos se pusieron a temblar, toda ella se convirtió en una ballesta cada vez más tensa a medida que se iba aproximando al orgasmo, un orgasmo que yo llevaba más de seis años deseando provocar en su coño adorable.

    Esta conquista adquirió toda su verdadera dimensión en el momento que montamos el sesenta y nueve. Para entregarnos a unos chispazos que llegaban a nuestros coños a tropel, sin dejar de manejar las lenguas. Las audacias de una servían para, aumentar las actividades de la otra sin ponernos ningún freno. Pronto los orgasmos se convirtieron en un manantial de flujos, densos e hirvientes que nos bebimos con una glotonería lujuriosa.

    Entonces se produjo un hecho sorprendente, un acontecimiento que sólo podía deberse al magnetismos sexual del instante. Las dos nos dedicamos a besar, lamer, chupar y mordisquear los clítoris, en una acciones combinadas que lograron que nuestros vientres se pusieran a dar saltos de goce.

    Las palabras ya sobraban. Como los orgasmos continuaban fluyendo, aprovechamos la necesidad de una recuperación de las fuerzas para besarnos en el pubis y en el interior de los muslos. Yo apoyé mis labios en el vértice superior del umbral del chumino, que compuso una arruga bellísima. Lo besé y relamí con la lengua, hasta que la seda se llenó de gotitas de caldos vaginales a la vez que una piel carnosa, se hizo blandísima.

    Entonces di un salto, monté a Ana y miré sus ojos bellísimos. Me estaba contemplando con esa sorpresa de la persona que lamenta no haber disfrutado de un placer “prohibido” la primera vez que sintió la necesidad de conocerlo. Pero no existía ningún reproche en la sonrisa de su boca, sólo el convencimiento de que yo me había encargado de compensarle por todo lo perdido.

    Se lo di a manos llenas. Frotando nuestros coños, en un amago de penetración heterosexual. Para que se hiciera más real, llevé la mano derecha a la conjunción e introduje dos dedos, escarbando placeres. Poco a poco, fui aumentando la invasión hasta que le metí todo el puño que ella lo aceptó fácilmente, pero me dijo…

    —Prefiero tu lengua, cariño. No necesito esto…

    —Pensé que podías estar echando en falta la presencia de una verga Ana…

    —No Silvia, además, ¿para qué…? A mi marido se le quedaba morcillona con excesiva facilidad, me gusta más tu lengua. Quiero que me enseñes a usarla, para que la mía te haga lo mismo, en una provocación permanente. Me gustas tanto… que me voy a enamorar de ti como una loca…

    Ya está enamorada de mí. Nos vemos tres veces por semana y gozamos lo indecible. Yo soy modista en mis horas libres, esto nos sirve de disculpa para evitar las “malas lenguas” y os puedo asegurar que su lengua es una verdadera provocación.

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  • Once hombres y una lluvia de leche

    Once hombres y una lluvia de leche

    Una chica aparece de manera inesperada en mi Messenger. Enseguida que nos presentamos e intercambiamos un par de palabras, la atmósfera ya se había transformado en un hervidero. No tardamos mucho en calentarnos y en solo cinco minutos nos tratábamos como dos putas de las mejores. La mirada que transmitía su foto excitaba irremediablemente. Su nombre era Laia y los pechos y su culito eran su mejor arma de seducción, aunque lo mejor era la sensualidad que irradiaba ante cala palabra ardiente que recibía.

    Unos días después comenzamos a contarnos nuestras fantasías más perversas. Ella deseaba estar con una mujer y mientras le contaba mis experiencias, me dijo de manera directa “En verdad mi mayor fantasía es estar contigo y con diez machos que me llenen el cuerpo de leche”.

    La imaginación volaba rápido en nuestras cabezas y al otro día lo conversamos como una posibilidad para intentar convertirla en realidad. Teníamos algo más de cien kilómetros para recorrer y juntarnos; solo faltaba lo más importante: conseguir muchos hombres dispuestos.

    La idea era que sean todos desconocidos sumados al tío de ella, con el que se acostaba seguido y a quien deseaba hacer partícipe. Pensamos que el contacto sería mejor hacerlo por internet y yo misma ingresé en algunas páginas poniendo un aviso que discriminaba la búsqueda a chicos de 25 a 30 años de buen cuerpo y con una dotación de miembro importante (eso era imprescindible).

    Para esa averiguación abrí una cuenta de mail especialmente para agregar a los contactos que iba sumando. Sabía que encontraría muchos candidatos, pero no supuse que en solo una semana habría 50 fotos de penes de todos los colores y tamaños. Arreglamos con Laila seleccionar 20 hombres para luego conversar en el Messenger y quedarnos con los 10 definitivos, nuestro equipo para combatir los bajos instintos sexuales.

    Todavía faltaba arreglar el lugar y el día. Después de averiguar bien conseguí la casa de unos tíos alejada del ruido de la ciudad. Cuando terminé de arreglar todo e invitar a todos lo hombres, Laia comenzó a sentir un poco de vergüenza y dudo en principio de la aventar. Tenía miedo y algo de timidez, cosa que no había demostrado hasta ese momento en nuestras charlas calientes.

    —Mira –le dije– vas a tener 11 vergas que te darán por el culito como a ti te gusta y seguramente no lo repetirás nunca en tu vida.

    Mi convencimiento, casi una advertencia, dio resultado. Al otro día ya estábamos las dos sola ansiosas, esperando en la cabaña a nuestros invitados.

    Mi amiga era más bonita que en la foto. Estaba vestida con un buen escote y un pantalón negro bien ajustado que marcaba sus hermosas caderas.

    —Sabes Any, eres encantadora, —dijo ella. No tardo un segundo en acercar sus labios con los míos. Nuestras lenguas jugaron con ansiedad y locura. Minutos después mis manos desvestían sus tetas con premura y los amasaban con ternura y salvajismo… Ya se escuchaban los primeros gemidos de mi amiga cuando sonó el timbre que anunciaba la llegada de la delegación de machos (tenían la orden de llegar todos juntos).

    Ya habíamos olvidado completamente a quienes esperábamos y después de acomodarnos la ropa como pudimos atendimos a los invitados. El primero en entrar era el tío de Laia, el abanderado de 10 chicos de alrededor de un metro ochenta y de buen físico que fueron acercándose al living rodeado de sillones y con una buena alfombra celeste.

    Las fantasías más perversas de ambas comenzaban a hacerse realidad. Nos comportamos como auténticas anfitrionas y le servimos unos tragos que preparamos como así también una buena música para distendernos. Sin embargo, los muchachos enseguida estuvieron bien dispuestos y sin mucho preámbulo comenzaron a manosear nuestros cuerpos.

    Mi cuello y mis orejas ya tenían como cinco o seis lenguas hurgando y otras tantas manos desvistiéndome, manoseándome los pechos con descaro. La boca está siendo violada con sus lenguas repletas de saliva. Por otra parte, Laia ya estaba completamente desnuda desabrochando braguetas con una rapidez enorme. Sus pechos eran fabulosos y tan ricos como los vi en fotos, con los pezones bien duros que se movían junto a las manos de los hombres.

    Un hombre alto y moreno estaba absorto con mis tetas y no dejaba de succionarlas y chuparlas como un loco. Otros tres muchachos me manoseaban la cola y mi sexo y además frotaban sus vergas ya erectas y calientes sobre mis redondas nalgas

    El escenario a esa altura era el siguiente: cinco chicos chapándome todo el cuerpo y masturbándose lentamente. Por otro lado, Laila junto a una verga (la más grande de todas creo) en su boca, dos en sus manos que agitaba con fruición y una que penetraba por atrás su conchita ardiente.

    A raíz de mi excitación, me corrí rápidamente cuando me tocaron mi sexo mojado. Aún no había probado las carnes gigantes que colgaban de esos cuerpos voluptuosos. Luego, uno de ellos se acostó sin que me dijeran nada, abrí bien las piernas y me senté arriba de ese pene venoso para cabalgarlo a gusto.

    Estuve de espaldas a él para que el resto disfrute de mi cuerpo. A mis costados podía entretenerme chupando vergas. Les veía las cara a los chicos y me transportaban su alegría y su placer. No tardaron en inundarme la cara de leche caliente. Pareciera que hubieran aguantado meses sin tener sexo, pues tenían gran cantidad de semen acumulado en mi cara, en mi pelo y en mis tetas.

    En el otro sillón de la casa había descuidado a Laia que aparentemente la estaba pasando muy bien. Gemía y gritaba como podía, ya que los sexos que le penetraban su boca y que se turnaban, no le dejaban opción a hacerlo. Estaba sentada arriba de un chico rubio y arriba de su culo su tío preferido penetrándola sin compasión. No paraban de moverse en el cuerpo que parecía estar en el cielo. Los sexos de los hombres que la penetraban no aguantaron más y descargaron su leche en su culo y en su vagina.

    Límpiamelo putita, gritó ella con una voz sensual y repleta de cansancio. No dudé un instante y el hermoso agujerito de su culo pudo ser todo para mi sola. Le limpié bien el semen que tenía y metí mi lengua lo más adentro que pude. Además, bajé mi boquita hacia su vagina y con una chupadita logré producirle un orgasmo intenso, que mezclado con la leche caliente fue una locura indescriptible

    Después de un breve descanso que terminó rápidamente, los chicos ya masturbaban sus sexos y estaban otra vez listos para la acción. Las escenas anteriores volvieron a repetirse constantemente. Luego de que nos penetraran por todos los agujeros, el momento más preciado por mi amiga estaba llegando a culminar.

    Los hombres, a esa altura bien transpirados, respiraban con más dificultad y era señal de que estaban por correrse. Ya sabían de antemano cual era lo convenido.

    –Ahora si chicos pónganse en círculos que tienen que llenar de leche a mi amiga, –dije en voz alta.

    Ellos no perdieron tiempo y la rodearon, al tiempo que agitaban sus vergas bien cerca de ella. Laila gemía y les pedía de manera agresiva que descarguen todo lo que tienen.

    —¡Vamos, que esperan cabrones, llénenme de leche!

    Y así fue como en respuesta y casi sincronizadamente se corrieron en todo en el hermoso cuerpo de mi amiga. Los ojos le brillaban como a los de un niña a la que le regalan un muñeca, solo que esta chica disfrutaba de esparcirse semen caliente de unos hombres que conocía solo una hora atrás. A lo único que atiné yo fue a limpiar sus sexos uno por uno sin dejar de observar cómo podía la carita angelical de Laia que sonreía pícaramente.

    La misión que nos habíamos encargados mutuamente se había cumplido. Luego hubo mucho tiempo para que pueda disfrutar de su conchita mojada, de unos 69 fantásticos y horas y horas del mejor sexo salvaje.

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  • Con mi amiga y un morenazo

    Con mi amiga y un morenazo

    La fiesta no fue tan intensa como imaginamos, pero si con muchas miradas sobre Leylia. Ante las cuales, ella y yo nos respondíamos intercambiando sonrisas cómplices sobre nuestro secreto, dado que todo lo que pudieran imaginarse estas personas, sin que ellos lo supieran, había realmente sucedido esa tarde. También hubo bastantes comentarios sobre su sexual disfraz.

    Hablamos bastante con algunos amigos y otros desconocidos, bebimos bastante y bailamos un rato. Luego nos acercamos a una mesa para comer algunos bocados ya que teníamos verdadero apetito. Lo mejor de la fiesta vendría luego de esta pequeña cena y habiendo pasado no más de hora y media que estábamos allí. Ya con algo en los estómagos y con el más mínimo recuerdo de la increíble follada de esta tarde, nos alcanzaba para sentirnos, “bien arriba”.

    No obstante, la música crecía en su volumen, propuse que descansáramos unos instantes en el piso superior. Subiendo las escaleras, con Leylia delante de mí y ante la vista de algunos desconocidos, no pude resistirme a morder su culo, a lo que respondió golpeándome suavemente con su rabo de león y diciéndome que eso no debía de hacerse a “una amiga”… Ambos nos reímos cómplices… Ya arriba continuamos hablando y comentando sobre la fiesta en si, pero cada roce casual de nuestros cuerpos o cada vez que al acercarnos para hablar al oído, el vaho de nuestras hormonas no excitaba nuevamente.

    Me dirigí a unos de los enormes y suntuosos baños que todas estas residencias poseen, para recargar mi vaso con un poco de agua. Dentro encontré a una pareja que había acabado de follar recientemente. La mujer era algo delgada y el, un negro enorme, con una polla más enorme aún. Observé que poseía una máscara que lo hacía irreconocible.

    Pensé que Leylia quien nunca había estado con un hombre africano, varias veces había comentado que le gustaban los hombres de piel algo morena y este era el más oscuro que yo había visto. Además, jamás sabría quién era él. Hablé con el morenazo y estuvo de acuerdo. Salí a la par de la mujer e ingresé de inmediato a Leylia vendándole previamente los ojos.

    Le sugerí suavemente que se arrodille y que apoyara sus manos en el piso, susurrándole cuanta guarrería pasaba por mi mente. Ella aun no estaba muy excitada y no sabía ni donde estaba ni que vendría. Masajeando y mordisqueando su cuello levanté su cabeza, Leylia se relamió y le hice señas al moreno que le colocara lentamente su artefacto a medio crecer en la boca.

    Leylia estaba algo confusa, pero su olfato era potente y supo rápidamente que la comida ofrecida no era para desperdiciar. Le permití solo una mínima mirada al muchacho y a la matraca a media asta y casi color violeta del moreno y volví a cubrir sus ojos…

    Su cuerpo se estremeció y supo que no podía dejar de comerse enorme chocolate. Comenzó chupando sus bolas, luego siguiendo hacia arriba y lamiendo diez veces cada milímetro de ese pollón negro, que continuaba creciendo. No sin algo de dificultad logró meterse en la boca la negra fruta, haciendo esfuerzos para tragarse hasta el final ese largo bicho que a cada chupada crecía más y más, no obstante, lo hacía con total gusto.

    La excitación la hacía transpirar a mares, su olor corporal inundaba el recinto, la descomunal polla había crecido a su límite dilatando al máximo posible sus labios, pero la voracidad de Leylia no tenía límites. Me coloqué debajo de ella y retiré el cobertor y el aplique pectoral y también el de su coño. Mis manos jugaron un rato en sus tetas y mientras con mi boca las chupaba y mordía. Sabía que le debía una follada a su coño, por lo que me levante, quite el cobertor trasero y separando sus nalgas introduje mis tres dedos largos en su ya castigado agujerito trasero, inclinándome para saborear su excitada raja.

    Sus gestos de placer aumentaban a cada momento, la descomunal herramienta violeta continuaba perforando su boca, mis dedos dilatando su apretado culo y mi lengua lamiendo su clítoris que parecía querer salirse de su lugar. Supe que era el momento adecuado para joder su mojado coño, me levante, le quite la venda de sus ojos que se abrieron al límite al ver lo que tenía dentro de su boca y metiéndole duramente mi polla.

    Leylia giro hacia atrás su cabeza lo poco que le permitió la descontrolada herramienta en su boca y de reojo me dedico una romántica mirada de mucha satisfacción y placer. La cogí con firmeza de su cabello y penetrando su coño con dureza, llevé mi otra mano a jugar nuevamente con sus enormes y tubulares tetas que colgaban y se balanceaban con furia ante cada una de mis embestidas. Nunca había visto tetas como las de Leylia… su forma más que su tamaño me excitaba solo con verlas. Las cogí con firmeza, apretándoselas suavemente masajeando y estimulando sus puntiagudos pezones.

    El moreno anunció su corrida con un ahogado y profundo gemido entregándole un primer e increíble chorro de leche que le quedaba de su polvo anterior, con el que bañaría la mitad de su cara. Leylia relamió los costados de su boca con su larga lengua recogiendo su apetitoso alimento y se ocupó que los siguientes chorros de leche fueran a parar directamente a su interior. Tragó gustosa los cálidos jugos africanos y continuo mamándole la grotesca arma hasta quitar todo su contenido y dejarla flácida.

    Seguí follando su coño cada vez más mojado y caliente mientras le decía lo grandioso y excitante que sentía estar follando con ella… “mi tan tímida y santa amiga” y “tan puta” a la vez, vestida hoy de “insaciable gata folladora”; lo que le produjo un fuerte temblor en todo su cuerpo, se irguió y estirando sus brazos hacia atrás, abrazó mi cuello. Apoyé una de mis manos en la pared, mordí firmemente su cuello y presionando con la otra mano sus duras tetas la apreté contra mi pecho. Nuestros gemidos y jadeos distrajeron de su descanso a Shoent, nuestro oscuro compañero, que no dejaba de mirarnos sorprendido.

    Ni Leylia ni yo podíamos controlarnos mucho más. Estirando uno de sus brazos cogió mis bolas asegurándose que mi bicho se le enterrara bien adentro. Seguí embistiendo cada vez más seguido mientras ella me miraba con lujuria y agradecimiento. Cerró sus ojos… su largo y pesado jadeo anunciaba que estaba por correrse. Enterré con toda violencia mi polla y con un nuevo interminable grito acompañado de llanto, bañó mi nabo y mis bolas con sus jugos.

    No paraba de decir que la leche anterior no le había alcanzado… que necesitaba más. Quité mi hinchado nabo de su chorreado coño para ponerlo a su disposición y con un rápido giro comenzó a chupármelo y tragárselo con desesperación. Gemí como un gorila y mi chorro de leche llegó pronto ya que no pude aguantar más sin que reventara mi polla. Leylia sació una vez más su hambre gatuna con más leche, saboreando y relamiéndose hasta tragarse sin desperdiciar la última gota de mi jugo.

    Nos dimos cuenta que Shoent nos había abandonado… Leylia retiró con sus dedos restos del jugo de su coño y lo saboreó muy gustosa. Hizo nuevamente lo mismo , esta vez entregando en mi boca su néctar. Me besó con pasión… volví a castigar su coño hasta que mi aún duro nabo se bajara. Exhaustos nos abrazamos… Sus ojos totalmente húmedos volvían a brillar de forma especial. Descansamos un rato, nos aseamos y bajamos nuevamente a la fiesta.

    Por suerte para nosotros que queríamos mantener secretos nuestros encuentros, salvo Shoent y su compañera que eran extranjeros, nadie se percató de nuestra ausencia. Transcurrió una nueva hora desde que la conversación con los presentes nos llevó a distanciarnos un poco. Rato después, mientras yo coqueteaba con una pelirroja muy sexy, observé como algunos muchachos intentaban sin éxito seducir a mi gatuna amiga, aunque ella no los apartaba.

    Me distraje un poco al continuar seduciendo a mi compañera, cuando caí en cuenta que Leylia hacía unos diez minutos que ya no estaba a la vista, aunque supuse que estaría en el baño, me puse algo incómodo. La pellirroja seguía hablándome por lo que giré mi cabeza hacia ella y observé de reojo por la pequeña ventana detrás de mi compañera, que Leylia a escasos quince metros, pero fuera del recinto y en un lugar algo inaccesible, me observaba con detenimiento. Subida a un pequeño pedestal y en posición animal refregaba su trasero contra la fría polla del bicho mitológico de piedra que estaba a su lado, mientras masajeaba su coño y acariciaba sus tetas con su rabo de león.

    No dudé. Abandonando a la pelirroja cogí la gabardina de Leylia. Tardé escasos minutos en llegar allí. Apoyado en un tejido rígido de alambre, dejé unos instantes que continuara con su demostración de animal hambriento de sexo… Con sus tetas al aire y su andar felino comenzó a acercarse, mientras otra pareja ajena a la fiesta que se encontraba cerca también observaba con detenimiento. Desde mi posición nadie podría vernos desde la casa, pero la parejita, si.

    La idea de ser observado por desconocidos, que se notaba no iban a perderse el suceso, aumentó la excitación que me provocaba la putísima felina que me acompañaba. Apenas se acercó y rozó mi cuerpo con sus “otra vez” endurecidas y largas tetas, mi polla estaba engarrotada. Se quitó los cobertores de sus genitales, bajó mi cremallera y comenzó a engullir con ganas nuevamente mi instrumento. Ambos sabíamos que esta situación no sería como las anteriores, pero no íbamos a desperdiciarla por eso.

    La levanté lentamente girando mi cuerpo por detrás de ella y la aprisioné suavemente contra el enrejado masajeando sus tetas y pezones. Ella alzó sus manos cogiéndose con firmeza del enrejado empujando su cadera contra mí y recordándome suavemente que aún no había destrozado su culo. Arremetí mi polla nuevamente en su caliente y agujero trasero y lo follé con frenesí durante unos veinte minutos quitándosela cada tanto para observar como por unos segundos, su “antes” pequeño agujero quedaba totalmente abierto y dilatado al mismo tamaño de mi polla.

    Se estremeció más de placer cuando le dije lo excitante y bello que era poder ver “más adentro” de su culo, mi excitación era enorme y mi polla había crecido más que en las folladas anteriores. Leylia mostraba ahora gestos de dolor en mis continúas penetradas, pero alcanzó a decir que no me frenara y que el dolor le producía mayor excitación.

    La penetré con mayor dureza otro tanto… me susurró el placer que le producía sentir las venas hinchadas de mi herramienta destrozando su culo… su jadeo profundo se transformó en un grito bajo y ahogado y su cuerpo se aflojó por completo. Recogí repetidas veces con mi mano el abundante y cálido jugo de su orgasmo, llevándomelo a la boca y compartiéndolo con la suya dejándoselo caer desde mi lengua en la suya.

    Pidió que la mantuviera penetrada, pero sin moverme por un momento, para disfrutar como latía mi venosa polla en su castigado y maltratado agujero. Sus palabras actuaban como desencadenante afrodisíaco, me recosté sobre el tejido metálico mientras ella volvía a ocuparse de comerse mi garrote, masajeándolo, lamiéndolo y chupando sin pausa. Mi cuerpo ya no tenía resistencia, quebré mi cintura por encima de su cuerpo y vacié la leche que me quedaba en su boca. Leylia me exprimió hasta el final, relamiéndose gustosa como las veces anteriores… Arrodillados en el suelo nos abrazamos para recuperar fuerzas.

    Observando como la parejita con bastante inexperiencia intentaba imitarnos… Nos dijimos de sumarnos a nuestros atentos espías y ayudarles, pero sabíamos que ya no tendríamos resto… Arreglé un poco mi traje, cubrí a mi amiga con su gabardina y nos dirigimos andando hacia el coche…

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  • Dos jóvenes, dos hermosos amantes

    Dos jóvenes, dos hermosos amantes

    Durante casi tres años le fui “fiel” a mi marido. ¿Por qué? No lo sé. Pero sí sé que todos y cada uno de esos años soñé con otras vergas, anhelé otras vergas, me masturbé casi a diario pensando en otras vergas, escribí relatos ficticios bajo un nombre ficticio, relatos en que me cogía a dos, a tres, a cuatro varones, en los que usaban y abusaban de mí, en los que me volvía la puta que llevo dentro y me paseaba desnuda y chupaba infinitos penes…

    Y entonces, sin mucha preparación, me encontré al primer amante de mi segundo matrimonio: Mariano, joven contador de una empresa a la que yo acudía quincenalmente a dar asesorías, volando a su ciudad. Cuatro meses fuimos amantes, exactamente el mismo tiempo que llevo con Matías y en parecidos circunstancias. Y no terminan ahí las similitudes, pero son de las diferencias de las que quiero hablar.

    Con Mariano empecé en abril del 2008 y lo hicimos una noche cada quince días, en su ciudad, hasta septiembre de ese año, coincidiendo el final de mis idas a aquella ciudad con la formalización de la relación con su novia. Era relleno sin ser gordo, de dulce cara morena y facciones aindiadas, suave piel color de bronce, lampiño y sutil, de dulce voz y modales un poco amanerados, aunque nada gay, nada. Le llevaba yo exactamente diez años de edad y mucha vida cuando lo seduje, en mi segunda visita o, mejor dicho, por correo, luego de ver cómo me veía en la primera, tras la comida de bienvenida de los gatos de medio pelo de la empresa en cuestión.

    La siguiente visita, ya puestos de acuerdo por correo –esta fue mi penúltimo amante- me recibió en el aeropuerto y me llevó a cenar a un lugar de suave música viva, un blues bien tocado, con una botella de vino y suaves manjares.

    Luego me besó como debe besarse a las diosas, porque era evidente que me adoraba, que le parecía que un joven recién titulado, un contador con coche chico y viejo, un hombre de clase humilde, se estuviese besando con la “reconocida científica” que iba a dar importante asesoría a la empresa, de piel blanca y tipo caucásico –ni tanto- elegante y sofisticada, para él… en realidad, una señora llena de traumas y urgida de alguien que la tratara bien, que le besara las manos y los brazos, los hombros, que la llevara de la cintura y que ya avanzada la noche, la desvistiera prenda a prenda.

    Un muchacho que ya en la intimidad me desnude, como él me desnudaba, prenda a prenda, con sigilo, sin importarle que su morada verga estuviese a punto de reventar. Que posara muy suavemente sus labios en mi vagina, como un casto beso, antes de subir otra vez hacia el ombligo y luego, dejarme a mí conducirlo, acostarlo y sobre él, deslizarme despacio, muy despacio, besándolo otra vez y otra vez.

    Curiosamente, Matías tiene casi la misma edad que entonces tenía Mariano y, se supone, también me considera su diosa. Sin embargo, su religión es de corte muy distinto como se verá. De hecho, por su culpa pasé cinco días sin escribir: estuve con él en una ciudad lejana, que no es la suya ni la mía… y me siento en parte usada, un poco violentada, un poco más puta que de costumbre, un poco putera por ese fin de semana loco, allá lejos, mientras mi marido cuidaba la casa y me imaginaba trabajando duro… sí, no sabe qué duro.

    A Matías me lo empecé a coger o mejor dicho, él me empezó a coger en julio, en una vista a la ciudad de Márgaro. Vale decir que ésta es apenas la quinta vez que nos encontramos, siempre en ciudades distintas, solo que esta vez yo le pagué el avión, los taxis, la comida, la bebida (lo bueno es que no es muy borracho). Si mi marido lo supiera, ¡ay, si supiera tantas cosas!

    Lo recogí el viernes (antes de antier) en la noche, cerca de las dos de la mañana de sábado, en realidad, pues apenas había conseguido para el avión y no le restaba un peso. Yo estaba bastante bebida y muy cachonda, muy, pues con dos amigas de aquella ciudad, tras trabajar todo el viernes, nos fuimos a un ladysbar.

    Las muy locas pagaron a unos muchachos y yo me entretuve tocando sus músculos de acero y haciendo, sí, que se le parara la verga. Mis pechos salieron a relucir y ganas tenía, por primera vez en mi vida, sí, a mis 40 bien cumplidos, de llevármelo… total, ya llevaba ahí gastados casi tres mil pesos de sus vodkas y los míos, pero no, iba a llegar Matías y tenía más de un mes sin verlo, sin sentirlo dentro.

    Llegaba así porque lo invité tres días antes, porque en realidad se fue directo de su oficina al avión y lo agarró. No llevaba ni recambio de calzones: hasta eso tuve que comprarle, sí como una perra, una cougar cualquiera. Pero Matías, a diferencia de Nathaniel, no es ningún angelito inocente, además de que es mayor por cuatro años. Un hermoso efebo de botas vaqueras, cabello castaño, brazos gruesos, que me ensartó sin preámbulos en cuanto llegamos al hotel, pues yo estaba a punto y a él lo puse así en el taxi.

    Me penetró con violencia, vestidos, yo despatarrada completamente, él entrando y saliendo con la fuerza de sus bien trabajados 23 años, de su poderosa verga que entraba y salía de mí hasta hacerme daño, sin delicadeza, pero entre grandes gemidos, hasta el primero, el segundo orgasmo, hasta recibir la avenida desmedida de su semen, más ardiente que cálido, dentro de mí, afuera de mi vagina, en mi vientre. Y luego, borracha, ahíta, llena, dormirme sin bañar, aferrada a su pecho, a su espalda.

    Gracias a Dios, antier sábado tenía que trabajar a las nueve, así que apenas le dio tiempo para un polvo rápido mañanero y luego lo llevé a comer. Estaba un poco irritada y desvelada y cruda y solo unos buenos mariscos me salvaron y me hicieron preciar su charla, sus ojos clavados en mí, su mano en mi pierna y yo besándolo, escuchándolo, queriendo cogérmelo que fue, por supuesto, lo que hicimos durante dos horas en las que, tras haber pagado (aunque no a él, no, pero pagué), me sentí como si yo fuera la puta.

    Recuerdo, sobre todo, mis pechos bamboleándose, mis ojos en el espejo, viéndome a mi misma a cuatro patas, penetrada desde atrás, partida por su enorme verga, gimiendo como actriz porno y él, apretándome las nalgas hasta hacerme ver estrellas, entrando y saliendo, desde el capullo hasta los testículos, penetrándome como a mariposa en un exhibidor, como objeto sexual.

    Cómo no recordar en ese momento similar escena cuatro años atrás: yo a cuatro patas, viéndome al espejo, penetrada desde atrás por la gruesa y corta verga de Mariano, pero una vez más, hasta ahí las similitudes. La cara de Matías era pura locura, la de Mariano devoción pura; Matías entraba en mí con violencia, hasta lastimarme, Mariano con todo cuidado se deslizaba, como pidiendo permiso.

    Matías casi rubio, alto, atlético, de pelo en pecho y barba de lija, de enorme verga, al que yo había pagado –no exactamente, pues, pero sí- por estar ahí, esa noche, penetrándome así luego de haberme montado, comido, matado. Mariano casi indio, bajo de estatura, casi gordo, lampiño, delicado, de corta y gruesa verga, que me había consentido toda la tarde pagándome una cena espléndida y tratándome como reina y que al momento de verlo por el espejo, entraba y salía de mí a un ritmo de vals, casi.

    Aunque, perdón, sí hay otra enorme similitud: las dos veces me vine en un orgasmo intenso, devastador, total. Las dos veces me llenaron de semen, las dos veces caí agotada… y una vez más ahí acaban las similitudes: Mariano se acostó a mi lado y empezó a acariciarme, durmiéndonos dulcemente, con un suave y delicioso despertar. Ayer domingo, en cambio, amanecí adolorida, lastimada y ¡horror! Con unos moratones en los muslos que no sabía como explicarle a Marido en caso de que los viera… el terror se apoderó de mí, otra vez el terror, maldito seas, Matías…

    Pero el chico se dio cuenta y me pidió perdón. No intentó hacerme el amor, solo me acarició, me lleno de palabras dulces, de cariños suaves y en la tarde, rumbo al aeropuerto, me masturbó suavemente, muy suavemente, con su mano dentro de mi pantalón, fuera de la vista del taxista, yo recargada en su amplio pecho. Te perdono, querido Matías… y espero, quizá, sí, esa visita a tu departamento, roomate incluido.

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