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  • Virgen de novia y ninfómana de casada (2 – final)

    Virgen de novia y ninfómana de casada (2 – final)

    Los encuentros con Eva solían ser bastante frecuentes y como a los tres meses, en una de esas citas, me dijo había roto con su novio y solo quería estar conmigo. No eran esos mis planes, que me proponía seguir follándola después de casada, por lo que su decisión me produjo una gran contrariedad. De golpe se me venían abajo los líos con mis maduritas, así que tenía que pensar una salida. En principio le dije que no dijera nada de nuestra relación y que había que dejar pasar tiempo, en el que nos veríamos en secreto en mi apartamento. No podía aparecer como el causante de la ruptura de una boda tan deseada por ambas familias, si se descubría estaba muerto.

    Después del bombazo de la ruptura de Eva y Luisito, las aguas volvieron a su cauce y todas las tardes Eva venía a mi apartamento a recibir su ración de polla. La nena era insaciable, se había convertido en una experta folladora y ya llevaba la iniciativa en las prácticas amorosas, por cierto con bastantes variantes y guarras la mayoría de la veces.

    Entre tanto me iba muy bien en el trabajo y me habían promocionado con un aumento de sueldo considerable que me permitía vivir desahogadamente. Aunque no me apetecía nada atarme a un chochito caprichoso, pensé en las ventajas que me supondría ser el yerno de D Manuel. Con total seguridad pasaría a ser uno de sus directivos y hombre de confianza si me casaba con su hija.

    Pasado más de un año, decidí proponerle a Eva matrimonio. Se llevó un alegrón pues hacía tiempo lo estaba esperando. Dimos la noticia a los padres respectivos y se oficializó el compromiso. La boda se celebró por todo lo alto y empezó mi nueva vida de casado.

    En el primer año de casados todo transcurría con total normalidad, aunque Eva se quejaba de mi falta de atención por mi trabajo y de falta de sexo que cada día le gustaba más, tanto es así que alguna vez la encontraba masturbándose viendo algún video o páginas porno. Con el tiempo comenzó a practicar cibersexo y cuando la sorprendí la primera vez y le reproché su conducta, me contestó que eso era algo virtual sin importancia y que peor sería me pusiera cuernos con otros hombres, que no me quejara. Desde ese momento hice la vista gorda cuando la pillaba mostrando su sexo y masturbándose con chicos delante de la cámara.

    También me llevé una buena sorpresa con mi querida suegra. Una tarde que estaba esperando a unos clientes en la cafetería de un hotel, vi a Helena con un amigo de la familia, con fama de mujeriego y vividor, esperando al ascensor que conduce a las habitaciones. Era evidente a donde iban.

    Lo que terminó de aclarar mis sospechas, fue cuando un día que pasé por su casa a recoger unas bolsas de compras que se había dejado mi mujer, vi la puerta del jardín entreabierta y entré por allí por comodidad. Quedé petrificado al ver la escena, mi suegra en la piscina en bikini sentada en una tumbona y mamando la polla del jardinero, un chico joven que disfrutaba con aquella preciosa madura que tan bien le comía su pollón. Cuando el chico no pudo más, la tumbó boca arriba, le abrió las piernas y se la metió apartando un lado del tanga. La zorra era una buena folladora y se vino gimiendo de placer sacándole al chico hasta la última gota.

    Desde ese momento solo pensaba en el día que tendría la oportunidad de ser yo el agraciado en poseerla, algo que no tardó mucho tiempo en suceder. Tuve que pasar a recoger a mi mujer, pero me retrasé y Eva es muy impaciente y se fue sin esperar. Helena estaba sola y me sirvió una cerveza sentándose a mi lado en el sofá. Estaba preciosa, siempre había admirado la belleza y clase de esa mujer, aunque me había decepcionado viéndola entregarse al jardinero.

    Llevaba una falda ceñida por debajo de la rodilla y una blusa con un cierre casi en la cintura y por delante un escote cerrado con un amplio pliegue que no dejaba ver nada, aunque producía morbo que sus hermosas tetas estuvieran tan accesibles.

    No lo pensé más y pasando el brazo sobre sus hombros me incliné y la besé. En principio extrañada quiso rechazarme, pero cuando le dije “sé que eres una zorra y te gusta demasiado follar”, se relajó y correspondió con deseo, mi mano entró en su escote sobando unos pechos deliciosos, liberándolos del sujetador se los mamé a conciencia, mientras ella me besaba y me metía su lengua por un oído produciéndome excitación. Puse la palma de la mano en su entrepierna oprimiéndole el sexo y ella instintivamente se abrió de piernas, la tenía caliente.

    Me levanté y desabroché mi pantalón sacando la polla y poniéndola en su boca. La mamaba de vicio, me comía los huevos, los metía en su boca como si fueran caramelos, bajó su lengua lamiendo hasta el culo sin olvidar presionar el punto prostático y luego se la metió entera en la boca y agarrándola por los huevos me hizo una felación que casi me hace correr. No se aguantaba la calentura y empezó a desabrochar su falda, le ayudé estirando de abajo y sacándola por los pies, aparecieron sus bragas con un lamparón de flujos blanquecinos que anunciaba como manaba su coño, hice lo mismo con sus bragas.

    Allí estaba a mi disposición, deseando ser follada por otro joven semental que le iba a hacer gozar. La puse en cuatro apoyada en el sofá, le abrí las piernas y coloqué mi capullo entre sus labios ya abiertos, ofreciendo su coño dilatado espectacular, palpitando de deseo como el de una yegua en celo, se la clavé de un golpe y al sentirla en lo más profundo empezó a mover su culo para aumentar su goce, se frotaba el clítoris gimiendo y pidiéndome la jodiera duro y le tocaba las tetas mientras le embestía como un cabrón, hasta que nos vinimos a la vez en un fuerte orgasmos compartido Nos gustó demasiado el polvo y lo repetimos desde entonces una o dos veces por semana en total secreto.

    Por mi parte también me satisfacía sexualmente con mi secretaria, Sandra, una morena de 35 años que estaba como un tren. Casada con un funcionario de bajo nivel, mal trabajador, bebedor y que gracias al trabajo de ella y mi ayuda por sus extras, podían vivir holgadamente. El debía saber que me follaba a su mujer porque nunca protestó cuando llegaba tarde o cuando me acompañaba a viajes de trabajo y pasaba un par de días conmigo. Ella estaba enamorada de mi a sabiendas que mi relación con ella se limitaba a trabajo y sexo.

    Con Eva ya llevaba tres años de casado y desde hacía tiempo vivíamos cada uno a nuestro aire, aparentando una pareja feliz pero que en la realidad aquello no se parecía en nada a un matrimonio convencional. Eva llevaba su vida, llegaba a casa algunas moches a las tantas, en muchas ocasiones bebida y con la ropa descolocada que parecía le había atropellado en tren de mercancías. Cuando le apetecía sin ningún pudor hacía cibersexo en mi presencia y hablaba con hombres por teléfono delante de mi quedando con ellos sin cortarse. No me importaba mi papel de cornudo consentido con tal de que me dejara tranquilo.

    Salíamos a cenar algún fin de semana y terminada la cena, en la que bebía bastante, íbamos a tomar unas copas. Le gustaba bailar, asi que íbamos a alguna discoteca y allí flirteaba y coqueteaba con quien le venía en gana. Bailaba sola contoneándose en medio de la pista de forma sensual y provocativa, rodeada de hombre que intentaban manosearla y disfrutar de ella, ante mi mirada, algo que por cierto lejos de darme celos me ponía caliente. En alguna ocasión se enrollaba con algún tío, se dejaba besar y meter mano y acababa follando en los aseos o invitándole a casa donde se lo follaba delante de mí.

    Un día llegué a casa y vi había dejado su PC conectado. No pude resistir entrar a ver sus registros recientes, apareció una página de contactos, en la que ella estaba registrada como Afrodita. Tenía colgadas algunas fotos eróticas mostrando su cuerpo desnudo, en distintas poses. En su perfil había puesto: “Casada joven, insatisfecha, sexi, atractiva, con ganas de fantasías y aventuras eróticas. Sexo sin compromiso”. Tenía agregados más de trecientos contactos, entre jóvenes, maduros y parejas. Encontré más de veinte correos privados sin borrar donde le pedían quedar para follar o le decían groserías.

    Ella también había enviado algunos. A una pareja diciéndoles le indicaran día y hora para el encuentro que habían hablado, dejándoles su móvil para que llamaran. A un joven cachas al que le decía: “Me encanta tu polla, me gustaría disfrutarla, contáctame”, y aun maduro:” Me gusta que te calientes conmigo, contacta mañana a las 10 y te enseñaré mi coño recién levantada”. Me hice una copia de todo y decidí encargar a un detective un seguimiento para poder probar en su momento con quien se acostaba.

    En un mes me entregaron un dosier con el resultado de la investigación. Había fotos con un maduro de la edad de su padre entrando en un inmueble de apartamentos de alquiler por horas; con su exnovio Luisito dándose el lote y entrando en el edificio de su despacho; con un joven en un pub besándose y donde se ve como le mete mano por debajo de la falda, es un camarero de una cafetería que ella frecuenta. Varias fotos mas de su coche en un descampado donde se le ve, en diferentes ocasiones, desnuda follando dentro del coche con chicos jóvenes diferentes.

    Como me interesaba quedar bien con sus padres, por razones distintas pero en ambos casos de vital interés para mi, me reuní con ellos y les mostré las evidencia. No se sorprendieron pues me confesaron les habían hablado de las andanzas de su hija. Comprendieron mis razones para divorciarme de Eva y consensué con su padre la liquidación del patrimonio conyugal, que se realizó de forma amistosa y razonable.

    Ha pasado más de un año de mi separación, mantengo mi puesto de trabajo en la empresa de don Manuel, que me respeta y aprecia, siendo uno de sus directivos de confianza. Sigo manteniendo mis encuentros con mi exsuegra dos veces por semana, es la mujer que más me ha encoñado de todas la que he conocido, recordándome las similitudes con mi madre en cuanto a belleza y sus adicciones al sexo (Ya conté en un relato anterior las prácticas sexuales de mi madre).

    Estoy enamorado de Helena y cuando le digo de irnos a vivir juntos a otra ciudad, se me ríe y me dice que ella tiene la vida muy organizada y emocionalmente equilibrada. Quiere a su marido, con el que tiene la hija y además le da seguridad y confort, razón por la que en su día se casó con él dejando a su novio Enrique, que fue quien la desvirgó y del que aún sigue enamorada.

    Recuperó la relación con Enrique después de los años para convertirlo en su amante. Yo soy solo un joven macho que le da sexo, algo para ella imprescindible, le hace rejuvenecer y le gusta que los jóvenes la deseen y disfruten con ella. Me aclara que ese es solo mi papel en esa relación y que si no estoy conforme le sobran jóvenes que le pueden ofrecer lo que yo le doy. Como es de entender, sigo con ella para poder disfrutar de la mejor hembra que he conocido. Los celos y sentimientos que me produce saber que la comparto con otros dos hombres, me hace follarla con más pasión y ella lo disfruta.

    Fin.

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  • Amistades peligrosas en un baño público

    Amistades peligrosas en un baño público

    Un céntrico pub de moda en Madrid era el escenario de aquella fría noche del mes de enero. Mi marido y yo, en compañía de otro matrimonio de amigos, charlábamos animadamente sentados en torno a una de las mesas del local. La música estaba bastante alta, pero se podía hablar sin tener que gritar como ocurre en la mayoría de las discotecas. Por eso nos gustan más los pubs, amén de que las copas son más baratas. Además, a nuestros cuarenta y tantos años, preferimos ambientes más tranquilos.

    En un momento dado se acercó hasta nosotros un chico joven, de unos veinticinco años, acompañado por una preciosa chica, que parecía conocer a mi marido. Tras las oportunas presentaciones aquel atractivo muchacho resultó ser un compañero de trabajo de mi esposo. Ella era su novia. Mientras nos presentaban pude observar que el chaval no retiraba su mirada de mi generoso escote, por el que sobresalían gran parte de mis voluminosos pechos.

    Aquello me causó dos sensaciones simultáneas, pero evidentemente opuestas. Por una parte estaba muy incómoda y violenta ante las persistentes miradas de aquel chico, pero por otro lado sentí un cosquilleo de orgullo al comprobar que, pese a mi edad, todavía levantaba pasiones entre los hombres, y más en aquel caso, al tratarse de un hombre joven y atractivo.

    Una vez intercambiadas las típicas frases de presentación, el chico y su novia desaparecieron entre el tumulto del local. Nosotros recuperamos nuestros asientos y continuamos charlando. Nuestras copas estaban ya casi vacías, así que mi marido y el marido de mi amiga se levantaron para ir a buscar otra ronda. Entonces mi amiga me comentó, entre risillas nerviosas, lo bueno que estaba el compañero de mi marido y las miradas de lujuria que había dirigido a mis tetas. Ambas estallamos en carcajadas. Luego nuestros maridos llegaron con nuevas copas y se sentaron con nosotras.

    Al cabo de un buen rato sentí unas tremendas ganas de mear. Apagué el cigarrillo, informé de mis intenciones y me levanté camino del cuarto de baño. Los baños estaban en la otra punta del local, por lo que tuve que ir abriéndome paso entre la multitud hasta alcanzar mi ansiado objetivo. Cuando por fin llegué a mi destino las ganas de orinar eran casi insoportables. Atravesé el umbral de la puerta general de los aseos. El baño de chicas, para variar, estaba a reventar. Había una cola de más de quince mujeres y ya me dolía la vejiga.

    Mientras esperaba en la cola, del baño de caballeros salió el compañero de mi marido que, al verme, se paró a saludarme. Nuevamente sus ojos se clavaron en mis tetas. Nerviosa y dolorida, sin saber de qué hablar con aquel chico, le hice partícipe de mis problemas de vejiga. Al principio esbozó una sonrisa jocosa, pero al ver que mis ganas de mear eran tremendas me propuso una idea. Dijo que el baño de caballeros estaba vacío y que él podía montar guardia en la puerta mientras yo meaba tranquilamente. De esa forma evitaba el suplicio de la cola de chicas que me precedía.

    La idea que, en un principio me pareció descabellada, fue tomando forma en mi cabeza, ayudada por la presión de mi vejiga que era ya insoportable. Entonces acepté su ofrecimiento. Aproveché que nadie estaba mirando en ese momento para colarme en el baño de caballeros. Fernando, que así se llamaba el compañero de mi marido, entró conmigo. Había varios urinarios de pared, frente a los cuales se encontraban los lavabos.

    Al fondo había dos puertas que daban acceso a sendos váteres. Me metí por una de aquellas puertas, la cerré con cerrojo, me bajé los vaqueros y las bragas, y me senté sobre la tabla de la taza para dar rienda suelta a mi dolorida vejiga. Mientras Fernando montaba guardia al otro lado de la puerta, un interminable y abundante chorro de pis surgió entre mis piernas, aliviando poco a poco mi vejiga.

    Cuando terminé de mear, mi única obsesión era salir de aquel baño lo antes posible, para evitar que alguien me sorprendiera allí. Cuando abrí la puerta del váter, pude comprobar que Fernando seguía montando guardia, tal y como había prometido. De pronto la puerta general del baño se abrió. Fernando reaccionó rápidamente y, empujándome dentro del habitáculo del váter se metió conmigo dentro y accionó el cerrojo tras de sí.

    Aquella situación era embarazosa y a la vez divertida, por lo que ambos soltamos una carcajada. No había peligro de que nadie oyera nuestras risas, ya que en el interior del baño había altavoces por los que salía la misma música del local. El asunto estaba claro, debíamos esperar allí hasta que el baño quedara libre y así poder salir sin ser vistos.

    El habitáculo era bastante estrecho, por lo que el espacio libre entre Fernando y yo era muy limitado. Entonces oímos un ruido de puertas y Fernando se giró, abrió con cuidado la puerta y tras mirar hacia fuera por una rendija volvió a cerrarla, informándome de que todavía había gente. Al girarse hacia mí, como el espacio era pequeño, sin querer me rozó los pechos con una de sus manos. Los dos nos quedamos algo cortados mirándonos fijamente a los ojos.

    Yo esperaba la típica disculpa jocosa, pero Fernando, esta vez intencionadamente, acarició la parte superior de mis tetas con una de sus manos, mientras acercaba sus labios a los míos. Acto seguido, sin darme tiempo a reaccionar, comenzó a besarme en la boca. El muchacho, al ver que yo no oponía resistencia, me metió la lengua en la boca y comenzó a estrujar mis pechos con fuerza.

    Segundos más tarde me sacó las tetas fuera, por encima del escote, y empezó a lamerme los pezones. Instintivamente llevé mis manos a su bragueta y comencé a frotarle el paquete. Estuvimos besándonos y acariciándonos un buen rato, y nuestras respiraciones fueron aumentando. En plena excitación Fernando comenzó a desabrocharme el vaquero. Luego, nos separamos un poco y cada uno se quitó sus propios pantalones entre miradas lujuriosas. Me quité también las bragas y él hizo lo propio con su slip.

    Tenía la polla inmensa y erecta, con el capullo totalmente fuera de su prepucio. Entonces colocó una de mis piernas sobre la taza del váter, apuntó su capullo entre mis piernas y me la metió en el coño. Mi primera sensación fue de dolor, ya que mi vagina no estaba habituada a ese calibre y a la dureza extrema de su pene, pero cuando comenzó a follarme, poco a poco la sensación de dolor se fue tornando en placer infinito.

    Y de esa manera, de pie, me follaba sin parar al mismo tiempo que su lengua inspeccionaba mis encías y sus labios chupaban los míos. A los pocos segundos me sobrevino un tremendo orgasmo. Su polla me taladraba las entrañas con una fuerza increíble, mientras sus manos estrujaban mis tetas y su boca y lengua me morreaban sin parar. La tenía tan dura que el segundo orgasmo no se hizo esperar. Luego experimenté un tercero y hasta un cuarto casi seguidos.

    Entonces Fernando me anunció al oído su inminente corrida. Como no teníamos condones, y ante el peligro de que se corriera dentro y me dejara preñada, me senté en la taza del váter y me metí su polla en la boca. Le cogí los huevos con ambas manos y empecé a mamársela con el único contacto de mis labios en su pene, mientras que con mi lengua le lamí en círculos el capullo. En menos de quince segundos su leche empezó a salir como una exhalación inundando mi boca. Cada vez que le apretaba los huevos me obsequiaba con un nuevo chorro de semen espeso y caliente. Por descontado que me tragué hasta la última gota de su jugo sexual, mientras él se retorcía de placer con mi mamada.

    Cuando terminó de correrse estuvimos un buen rato, desnudos, de pie, besándonos como dos quinceañeros. Luego nos vestimos y, tras comprobar que el baño estaba vacío, abandonamos los aseos. Cuando llegué a la mesa, mi marido me preguntó que como había tardado tanto. Yo le dije que había tenido que guardar una interminable cola en el baño. Mi marido pareció conformarse con aquella explicación, pero mi amiga no se lo creyó. Entre otras cosas porque cuando nos marchamos del pub me dijo que ella había ido también al baño y no me había visto en la cola. Cuando le conté a mi amiga la verdad me felicitó por aquella experiencia, pero también, entre risas, me echó la bronca por no haberla avisado.

    Desde aquel día, cada vez que recuerdo el polvazo que me echó Fernando no tengo más remedio que hacerme un dedo en el cuarto de baño de mi casa, aunque es difícil emular el tamaño y la dureza de la polla de aquel chico, y su forma tan intensa de follar. En fin, ojalá mi marido me presente nuevas amistades peligrosas como la de aquel día.

    Fin

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  • Enamorándome de Dianita (9)

    Enamorándome de Dianita (9)

    Después del incidente con Tony, todos nos fuimos a nuestras casas, Sofia se fue sola en su auto, y Cristian nos llevó a cada uno a la nuestra, no tuve tiempo de hablar con Dianita ni con Paula, solo las dejamos a cada una en su casa. Paso una semana tranquila, no supe nada de Tony y los exámenes se acercaban y realmente necesitaba tranquilidad, esa semana me entregaban la motocicleta que yo había pagado para repararla, tenía unos amigos que sabían de mecánica y me dejaron prácticamente super económico el arreglo, estaba feliz por tener mi motocicleta ya no tendría que tomar un bus de servicio para ir a la universidad o para ir donde quisiera.

    El problema era que no sabía con quien compartir la primera vez de mi moto, con Dianita o con Paula, realmente las quería a los dos, lo tire a la suerte, una moneda al aire cara seria Dianita, cruz seria Paula, saque la moneda de mi bolsillo la lance al aire y sonó mi teléfono, me descontrole y la moneda cayo en una alcantarilla no supe la respuesta, y no tenía más monedas para lanzar, pero que idiota soy.

    Bueno puede ser que el destino me estaba previniendo de algo, por lo que decidí mejor ir a cortarme el cabello, fui a la peluquería que siempre voy, donde ya saben cuál es el corte que me gusta, entre al local no estaba lleno, pero si tenía que esperar varios turnos para que me atendieran ya que no tenía cita apartada, me puse a jugar en mi celular para que el tiempo pasara lo más rápido posible.

    Cuando llego mi turno, me llevaron al cuarto donde lavan el cabello a los clientes, lo que me pareció raro fue que me ubicaron en un cuarto individual, donde estaba un espejo, las personas que estaban dentro podían ver a los clientes, pero los clientes no podían ver a los que estaban en el cuarto, me senté y relaje cerrando mis ojos, sentí las manos de la chica sobando mi cabello muy suavemente, siento como le aplican el shampoo en el cabello después de varios minutos, la chica pone espuma en mis ojos, me levanto del letargo en que estoy, limpio mis ojos y veo a Dianita riendo.

    ¿Pero que carajos, como llegaste tú aquí? -le dije, realmente fue pura suerte, venia caminando y te vi entrar a la peluquería de mi amiga Amanda, entonces entre escondida y le pedí que te trajera hasta aquí, además debes agradecerme ya que aún faltaban varios turnos para que te atendieran ja, ja, ja, reía pícaramente Dianita, ya me había extrañado que me trajeran aquí, nunca lo habían hecho. -le dije.

    Claro es que este cuarto es solo para clientes exclusivos y desde hoy por ser mi Amor, te van atender como cliente exclusivo, Dianita termina de lavarme el cabello, me lo seca y después de una forma muy sutil, se sienta en mis piernas de frente a mí.

    -¿Pero qué haces afuera hay clientes y nos pueden ver?

    -Tranquilo, nosotros podemos verlos, pero ellos a nosotros no, aquí estamos a salvo. -me dice

    -¿Tengo días sin saber de ti, me estas evitando? -pregunto Dianita

    -Para nada, solo que tenía muchas cosas en la cabeza, además que estaba consiguiendo el dinero para terminar de pagar el arreglo de mi moto. -Le dije

    -¿Tienes moto?

    -Si me la acaba de entregar hoy.

    Ok, luego hablamos del porque no me has invitado a pasear en ella, porque ahora solo quiero besarte, con sus manos toma mi cara y empieza a besarme, nuestras lenguas se entrelazan, mis manos como si tuvieran mente propia van directo a sus nalgas, Dianita tenía puesta una falda que al subirse en mis piernas se levanta quedando prácticamente desnudas, por lo que termine de subir la falda, sentía todo su sexo frotando en mi verga, que ya estaba tiesa como un mástil, Dianita mete sus manos por debajo de mi camiseta y aprieta mis pectorales a la vez que me da suaves caricias, yo en cambio tenía una mano en sus nalgas y con la otra amasaba sus grandes y duros senos.

    Dianita gemía muy suavemente cada vez que apretaba sus tetas, no me contuve y levante su blusa, quedando sus senos a la altura de mi cara, hice a un lado el brasier y libere sus senos, podía ver su rosados pezones, que me apuntaban de los erecto que estaban, se los mordí suavemente, los rodeaba con mi lengua y los chupaba como queriendo sacar leche de ellos, al liberarlos sus pezones estaban rojos, de tanto succionarlos, Dianita apretaba mi cara contra ellos, mientras mi otra mano metía un dedo en su coñito que estaba todo empapado.

    Dianita se pone de pie y se arrodilla para abrir mi pantalón y liberar mi verga, que ya empezaba a doler por estar encerrada, cuando la saca y esta dura y apuntando al techo Dianita se muerde un labio, y empieza de darme una mamada descomunal, me agarraba los huevos y pasaba su lengua por todo mi falo, hasta llegar al glande y en la punta empezar a succionar, para luego tragársela hasta la mitad y volverla a sacar, sus babas llenaban mis huevos, a la vez que me masturbaba lentamente, estaba en la gloria con la mamada que me hacía Dianita, luego veo que coge sus tetas y ubica mi verga en medio de ellas y la rodea para empezar hacerme una fantástica rusa, del morbo no aguante más.

    -Ya voy a acabar. -le dije

    -Quiero que acabes en mis tetas. -me dice

    Por lo que baja un poco su cabeza y con su boca empieza a pasar la lengua sobre mi glande, haciéndome explotar en un descomunal orgasmo, Dianita tenía la boca abierta para que todo el semen que pudiera callera dentro de su boca, fueron varios chorros que me salieron y fueron a parar a su boca, cara y tetas, quedo con la cara llena de semen, la imagen era morbosa.

    -Uf, uf, uf, me encanto lo que hiciste. -le dije agitadamente

    -Esa era la idea, para que nunca más vuelvas abandonarme tanto tiempo. -Me dice

    -Pero mi amiguito aun quiere guerra. -me dice

    Por lo que se levanta aparta aun lado su diminuta tanga y se mete toda mi verga en su apretado coño y empieza a cabalgarme, Dianita era la que me estaba follando no yo a ella, con sus manos en mi cara y su mirada lasciva por la calentura que tenía, desde nuestra perspectiva le estábamos dando un show pornográfico a las personas que estaban afuera y ellos ni siquiera se enteraban, el morbo era descomunal, que me lleve sus tetas a mi boca sin importarme si estaban llenos de mi propia leche, y luego la besaba entrelazando nuestras lenguas, Dianita llego al orgasmo, para no gritar me comía la boca a besos largos y profundos, mientras su cuerpo se contraía del orgasmo que sentía.

    Me puse de pie y la puse en cuatro en la butaca donde yo estaba sentado, Dianita giro su cabeza hacia tras y me miraba entregada a la lujuria, lléname como solo tú sabes hacerlo, -me dice, por lo que sin pensarlo dos veces, dejo caer un hilo de saliva en su rosado ano, le hago un pequeño masaje con mis dedos para relajar su esfínter, cuando lo noto relajado introduzco un dedo en su ano, la espalda de Dianita se contrae al sentir mi dedo dentro de ella, hago suaves movimientos para ir acostumbrando su ano, saco mi dedo y apunto mi glande lubricado con los fluidos de su concha a su arrugado ano.

    Ejerzo presión para introducir mi falo en su culo, Dianita hunde su cabeza en el mueble para controlar su dolor y gemidos, cuando tengo toda mi verga pegada contra sus nalgas, le doy una nalgada, dejando mis dedos marcados en el portentoso trasero de Dianita, y empiezo a bombear su ano, muy lentamente para ir acostumbrándolo al grosor, con mis manos aferradas a su cintura empecé a meter y sacar con violencia, Dianita para ahogar sus gritos muerde una toalla que está cerca de ella, después de tomar aire me dice; -por estas cosas es que no logro sacarte de mi mente, estoy obsesionada por ti.

    Sus palabras hicieron que le diera con más violencia por lo que los dos llegamos al orgasmo al mismo tiempo, era brutal sentir como le llenaba el culo con mi semen caliente a Dianita, saque mi verga y levante a Dianita, la gire y la pegue al vidrio, sus tetas se aplastaban con este, me generaba mucho morbo esa imagen, era como exhibir a Dianita ante todos, pero solo nosotros podíamos verlos, bese su cuello, y mordí sus orejas, al oído le dije, -esta imagen siempre quedara en mi mente, por estas cosas es que yo tampoco puedo sacarte de mi mente, y nos fundimos en un beso, la iba a penetrar nuevamente cuando sentimos que tocaban la puerta.

    Rápidamente me acomode el pantalón, y Dianita acomodo su ropa, afortunadamente no estaba desnuda, aunque ganas me no faltaban para despojarla de toda su ropa, me sentó y me mojo el cabello, para luego ponerme una toalla en la cabeza y abrir la puerta.

    Era Amanda, que venía avisarme que ya era hora de realizar el corte de cabello, Sali del cuarto con la toalla en la cabeza secándome el cabello, me senté y Amanda le dice a Dianita, -Puedes venir un momento necesito comentarte algo, -claro que sí, -le contesta Dianita un poco extrañada.

    -No sabía de tus dotes de actriz porno. -le dice Amanda

    -Porque me dices eso. -le dice Dianita con la cara roja de vergüenza.

    -Sabes que te quiero con toda mi alma, pero la próxima vez que vayas a montar un show porno, primero revisa si hay cámara en el lugar, es un consejo.

    Le muestra en el monitor toda la escena de nosotros en el cuarto, Dianita se pone la mano en la boca, muerta de la vergüenza. -Amanda que vergüenza contigo no sabía que había cámaras, perdóname por favor, no vuelve a pasar. -le dice Dianita.

    Tranquila no te estoy regañando ni nada por el estilo, solo quiero que tengas más cuidado la próxima vez que quieras coger con Thiago, sé que es muy guapo, pero debes tener cuidado de estar montando estos espectáculos, por el bien de los dos, aunque verlos coger de esa manera hasta a mí me dieron ganas de cogérmelo, no te extrañe que alguna vez haga que te ponga los cuernos conmigo ja, ja, ja, ja.

    Dianita la mira pensando si sus palabras eran ciertas, pensaba Dios que problema tengo todas se quieren coger a Thiago, esto no va hacer nada fácil, -Amanda tú también sabes que te quiero, a Thiago lo quiero solo para mí, pero veo que eso va hacer imposible ya que todas se lo quieren coger, aunque contigo podría hacer una excepción y dejar que tu si te lo folles, contigo sé que solo sería sexo, sin ofender, sé que de tu parte no me lo robarías ja, ja, ja, ja.

    -¿Entonces tengo tu permiso para cogerme a Thiago cuando yo quiera? -le dice Amanda.

    -Si, pero cuando lo vayas hacer solo te pido que me digas antes, para saber, se abrazan en señal de cariño.

    -Está bien primero te informo y después me lo cojo vale no tengo problemas con eso, ja, ja, ja.

    Si Natalia se entera de esto pensara que ahora me volví la proxeneta de Thiago, será mejor que no se entere de esto. -pensaba Dianita.

    Cuando llego nuevamente donde estaban terminando de cortarme el cabello, intrigado por la conversación de Dianita con Amanda le pregunte, -paso algo con Amanda, -nada que no tenga solución. -me contesto sonriendo.

    Terminaron de cortarme el cabello y Dianita me quedo mirando, había un brillo especial en sus ojos, -te ves muy bien con ese corte de cabello me dice, -normal es el que casi siempre me hago no tiene nada de especial, le dije, -no se hay algo diferente te hace ver más provocador, pero deben ser ideas mías, debe ser que te veo con ojos de mujer enamorada, me dice, -¿me estás diciendo que estás enamorada de mí? -le pregunto.

    Que no se te suba el ego, pero no sé qué me pasa contigo, siento que te necesito a mi lado para ser feliz, me dice, -tranquila el sentimiento es mutuo yo también siento muchas cosas por ti, tengo la cabeza enredada, cada vez que quiero pensar en algo lo primero que se me viene a la cabeza eres tú, le digo, me pasa una mano por mi cara dándome una tierna caricia a la vez que me regala una tierna sonrisa.

    Me acerque donde Amanda, para pagar el corte de cabello y me dice; -Te gusto el corte que le dije a la niña que te hiciera, este hace que tus rasgos se acentúen aún más, es un regalo de mi parte porque veo que haces feliz a Dianita, -lo sabía te ves diferente me decía Dianita, y por el pago no te preocupes es un obsequio de la casa, desde ahora serás atendido como un cliente VIP, por favor ayúdame actualizando tus datos en esta pequeña encuesta, me dice.

    Lo que no sabía era que la dichosa actualización de datos solo era para tener mis datos y número de teléfono, me quede reparando a Amanda, era una mujer muy bonita, piel canela, ojos café, y cabello tinturado de color castaño claro con unos mechones rosados en las puntas, se veía muy hermosa, y para que decir tenía un cuerpo tonificado, un culo parado y unas tetas de buen tamaño, eran muy apetecibles, pero que te pasa estas con Dianita y estas mirando a Amanda, realmente eres una porquería Thiago, me decía mentalmente.

    Salimos de la peluquería de Amanda y nos fuimos en la moto, estábamos paseando por toda la costa, la brisa nos daba una tranquilidad, llegamos al faro donde me llevo Sofia el día de la pelea con Tony, estábamos disfrutando del atardecer, miro la cara de Dianita y a pesar que estaba contenta por estar conmigo se le notaba una tristeza en sus ojos.

    -Que te pasa te veo triste. -le pregunte.

    Me mira tiernamente y me dice, lo que pasa es que estoy feliz contigo, pero mi felicidad parece que está afectando el trabajo de mi padre.

    -¿Por qué lo dices, Tony cumplió su promesa, hizo que despidieran tu Papá? -le pregunte.

    No lo han despedido todavía, pero todo parece indicar que sí, llega a la casa cansado y triste, muchas veces lo ponen a trabajar hasta tarde sin razón, él nunca se queja, pero me parte el corazón no verlo sonreír como antes, Thiago tú sabes de la amenaza de Tony, lo que no sabes es lo que me pidió para que no despidan a mi padre.

    -Y que fue lo que te pidió ese degenerado.

    -Me pidió que me acostara con él y además de eso tendría que darle el culo, ya que eso nunca lo tuvo.

    -¿Y tú lo harías?

    -Por mi Papá si, no me importaría, pero apareciste tú y por ti nunca lo haría, me siento entre la espada y la pared.

    Como Tony no ha vuelto a la Universidad ese tema está en Stand By, pero estoy segura que apenas regrese a la U, eso es lo primero que me va a preguntar y no estoy preparada para eso, porque sé que si accedo a sus caprichos te pierdo para siempre, además nada me asegura que no vayan a despedir a mi padre.

    Me abraza mirando hacia el horizonte, yo solo le acaricio el cabello, no sé qué decirle con respecto a esa situación, me sentía impotente por no poder ayudarla, en eso suena mi teléfono, lo miro y era Cristian, ahora no quiero hablar con nadie solo quiero estar contigo le digo a Dianita, Thiago es tu mejor amigo no sabes si necesita algo de ti, por favor contéstale, me dice, está bien te voy hacer caso, le digo.

    ¡Aló! Cabezón como estas, -dime para soy bueno, le dije, -tú no eres bueno para nada, pero como te considero mi hermano me preocupo por ti, tenemos varios días sin hablarnos desde el incidente con Tony, donde estas te invito unas cervezas, quiero verte príncipe, te dije que no me estés diciendo príncipe van a decir que somos Gays, en eso Dianita se ríe por estar escuchando la conversación, ¿con quién estas?, escuché una risa y es de mujer, es Paula o es Dianita me pregunto.

    -Pero que cansón te estas volviendo Cris, estoy con Dianita.

    -Me lo imagine, ahora que me acuerdo tengo que hablar con tu querido amorcito, donde están para llegarles.

    -Y tú que tienes que hablar con Dianita. -le pregunte extrañado.

    -Alla les cuento, sabes que me preocupo por ti siempre, ah, y porque no le avisan a Natalia para pasar por ella y nos reunimos los cuatro. -me dice

    -¡Me parece genial! grita Dianita.

    -Listo no se diga más ya paso a recoger a Natalia avísenle por fa.

    Me cae muy bien Cristian, me dice Dianita, pero que será lo que quiere hablar conmigo, me pregunta, la verdad no tengo ni idea, le contesto, llamamos a Natalia para informarle que Cristian pasaría por ella, y le encanto el plan.

    Llegaron al faro y los cuatro nos sentamos a conversar y reírnos, mientras nos tomábamos las cervezas que Cristian había llevado junto con los mecatos para comer, -pero Cristian le dijiste a Thiago que tenías algo que decirme, ¿Qué es eso, o era solo por molestar a Thiago? -le pregunta Dianita.

    -Molestar a este príncipe nunca, si yo lo amo, dijo todo eso riéndose

    Por Dios Cris, ya deja eso, que me avergüenzas, eso te lo permito cuando no hay nadie, pero por favor aquí están Natalia y Dianita, estas matando mi imagen, le dije esto riéndome, Natalia y Dianita no dejaban de reírse, por nuestras ocurrencias.

    -Pero ya en serio si tengo algo que comentarte Dianita. -le dice Cristian.

    -Ok, soy toda oídos cuéntame en que te puedo ayudar. -le contesta.

    Bueno ya esto es en serio, recuerdan el día del incidente con Tony cierto, sí claro cómo olvidar ese día, contestaron las chicas, bueno ese día sin querer escuche que Tony habla con su padre, para que despidiera a tu padre Dianita, si tranquilo Cristian, si era eso ya lo sabía, justo cuando llamaste estaba hablando de eso con Thiago.

    Eso me parece genial, que tengan buena comunicación entre los dos, lo que no sabes es que el papa de Tony, como que le dijo que no podía despedirlo, porque Tony se puso a recriminarle que porque no podía hacerlo, -ok, eso sí es extraño, dijo Dianita.

    Claro por eso llame a mi padre para averiguar, ya que ambos tienen empresas y son rivales, me entere que ambas empresas están compitiendo por un contrato con el gobierno de muchos millones de dólares, y mi padre me dijo que tu papá era una pieza fundamental en ese negocio, ¿Por qué?, no lo sé o más bien no le entendí, pero me dijo que hablara contigo para ver si podías hacer que tu padre se reúna con el mío, es más me dijo que si lo despedían él lo contrataba de inmediato.

    Dianita al escuchar esas palabras se le iluminaron los ojos, -¡pero claro que puedo hacer que mi padre se reúna con el tuyo!, tú solo dime cuando podrían reunirse, -contesto feliz Dianita, -bueno ya eso depende de nuestros padres, Contesto Cristian.

    -Porque no lo llamas y le preguntas que día se pueden reunir. -le dije a Cristian.

    -Eso estaría bien, pero creo que primero Dianita debería hablar con su padre y ellos programar la fecha y hora, ya que mi padre está disponible cualquier día, eso me dijo.

    Ok, no se diga más enseguida llamo a mi padre y le comento para saber que me dice, en ese momento Dianita se apartó un poco y llamo a su padre.

    -Hola papá, ¿estas ocupado?, puedes regalarme un momento.

    -Sabes que para ti nunca estoy ocupado mi princesa, ¿te paso algo?

    No, tranquilo papá estoy bien, es solo que el tengo un amigo y su padre le gustaría hacerte una propuesta laboral, sabes que me preocupo por ti, y últimamente ya no sonríes, eso me tiene triste, -tranquila mi chiquita yo estoy bien, es solo que tengo demasiado trabajo, no pasa nada, el padre de Dianita no decía la verdad, se sentía humillado en la empresa del papa de Tony, pero no lo demostraba a su hija, -pero dime quien es el papá de tu amigo, -él se llama Fernando Duperly.

    ¡Es en serio!, su empresa es nuestra más fuerte competencia, ¿pero para que quiere hablar conmigo?, si es para pasar información olvídalo hija, le dice, -Papá no es nada de eso, quiere trabajes para él, además no quería decírtelo pero Tony me tiene chantajeada contigo, por eso salgo con él, y como se lo importante que es tu trabajo me lo aguanto, pero esta es la oportunidad para que tu estés tranquilo y para yo estar tranquila, por favor papá solo reúnete con él, y si te interesa lo que te propone, la decisión que tomes yo la respetare.

    -Está bien dile que nos reunamos mañana a primera hora, lo voy hacer por tu tranquilidad, eso es más importante que mi tonto trabajo, y desde ahora tú no tienes que estar sacrificando tu vida por mi bienestar, yo soy el que debe cuidar de ti, ¡está claro!

    -Si papá está claro, te amo.

    -Yo te amo más a ti hija.

    Listo Cristian ya hablé con mi padre, me dijo que puede reunirse con el tuyo mañana a primera hora, si esa reunión no sale bien no sé qué voy hacer, pero no puedo dejar solo a mi padre, nos dice en voz alta y mirando a Thiago.

    -Tranquila Dianita veras que todo va a salir bien. -le contesta Natalia

    -Si no te preocupes mi papá es un hombre muy persuasivo, y generoso. -le dice Cristian.

    -Todo saldrá bien ya verás, -le dice Thiago, pero en el fondo le preocupaba lo que acababa de decir Dianita.

    En otro lado de la ciudad Tony, planeaba como vengarse de Thiago y de Diana, aun no sabía con quién le habían puesto los cuernos, aunque Dianita le había dicho que nunca lo hizo, algo le decía que sí, pensaba que podía ser Cristian, pero tenía sus dudas igual, la golpiza que le dio Thiago se lo iba hacer pagar, y Dianita era la clave.

    Amber llego a la casa de Tony, para saber cómo seguía, ya que no lo habían visto por la U, la señora del servicio la hizo pasar y la acompaño a la habitación de Tony, cuando Amber entra a la habitación encuentra a Tony medio desnudo, solo con una toalla en la cintura, ya que acababa de salir de la ducha.

    Continuará…

    Espero les haya gustado este capítulo, dejen sus comentarios, para que me ayuden a mejorar y para motivarme para seguir con la historia, saludos.

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  • Lejos de casa y sin mi mujer (2): El encuentro

    Lejos de casa y sin mi mujer (2): El encuentro

    Después de haber dicho que sí al encuentro, yo temblaba. Me puse sandalias y bajé sin rumbo fijo a la recepción. Decidí salir a caminar por las calles alrededor del hotel para apaciguar mi ofuscación. Me sentía con el alma llena de emociones revueltas. Ansioso, nervioso, pero con ganas de peligro. La adrenalina me hacía ver el alrededor más brillante y los ruidos de la ciudad parecían aturdirme. Caminé por caminar, intentando sin éxito aliviar los nervios.

    Miraba ansiosamente el reloj. Cada minuto parecía eterno. Mi inseguridad aumentaba con cada paso que daba. Por momentos pensaba si acaso no era mejor no volver al hotel y dejar que se cansara de esperarme hasta que se marchara. Después simplemente desaparecer de su vida y acabar entonces con este momento de angustia. No, no. Eso no es ético ni valiente.

    Alcé la mirada y me topé con una farmacia. Estaba algo vacía. Muy a pesar de mi inseguridad, pensé que debía estar preparado por si pasaba lo que en el fondo queríamos que pasara. Entré decidido, pero asustado. Una linda chica de cabello abundante me atendió. Le pedí con voz tímida y casi sin mirarla a los ojos unos condones y un aceite íntimo. Sentí algo de vergüenza. No estaba acostumbrado a ese tipo de compras. Ella, sin mucho drama, me preguntó si deseaba alguna marca en particular. Le dije sin titubear y con la mayor discreción que simplemente me diera unos condones normales. Sacó unos condones y dos tarritos de dos marcas distintas de lubricante íntimo.

    -¿Cuál lubricante va a querer?

    Los miré rápidamente sin tener ni idea. Uno, color azul, parecía ser más genérico en su descripción. El otro, de color blanco, explícitamente describía en la etiqueta “lubricante anal”. Sin preguntar el precio y ya deseando salir de ahí le dije que me llevaba el blanco. Justo cuando estaba pagando en la caja, una videollamada de Paola, mi mujer, me sacudió el aliento. Dejé perder la llamada. Pagué y nervioso salí disparado. Respiré profundo para recobrar mi aliento. Metí los dos productos comprados en sendos bolsillos de mi pantalón corto. Habían transcurrido doce eternos minutos desde que había salido del hotel. Tomé el celular y le devolví la llamada simulando al máximo total normalidad.

    Nos saludamos por la cámara y le dije que había salido a medio turistear cerca al hotel. Por suerte, la llamada no se extendió. Mi mujer estaba de compras con su hermana. Compraban ropa para un matrimonio al que estábamos invitados para el siguiente sábado. Así que, estando un tanto afanada, me dijo que más bien me llamaba más tarde cuando ya estuviera en casa. Cerramos la llamada y una enorme sensación de alivio reconfortó mi cuerpo. Sin embargo, los nervios los tenía de punta. Intenté recobrar la prestancia con los pasos. Me dirigí entonces como levitando hacia el hotel.

    Llegué. Me senté en el sofá de la salita de la recepción del hotel con el corazón en la mano. Igual, no tenía por qué pasar nada sino me sentía seguro. Pero sentirme a las puertas de algo real, como jamás lo había estado, era todo un acontecimiento para mí. Miré la hora y habían transcurrido veinticinco minutos exactos desde que había colgado la llamada con CasaditoQ. Cerré un poco los ojos y respiré hondo. Cuando los volví a abrir, ese hombre apareció en el portal de entrada. Nuestras miradas se cruzaron al instante. No había marcha atrás.

    Me levanté para recibirle. Intenté parecer normal dentro de la desesperación nerviosa. Nos saludamos de mano. En persona resultó ser más alto y acuerpado de lo que parecía por la webcam. Olía bien y se veía limpio. Tenía una actitud tranquila, vestido con la misma ropa que se puso cuando decidimos vernos las caras por la cámara. Le invité entonces a pasar a la zona de piscinas y nos sentamos en una mesita algo reservada para sentirnos tranquilos. Pedí un par de cervezas para la sed y bajar la tensión.

    Nos sentamos y nos mirábamos las caras sin saber bien que decir. Él también lucía algo tenso, aunque mucho menos que yo. Comenzó diciendo que el hotel estaba bonito. Opiné igual y eso generó una conversación un poco sobre mi trabajo. Hablamos sobre a qué nos dedicábamos y un poco de la familia sin decirnos los nombres. La cerveza nos refrescaba y la tensión fue cediendo al tenor de la noche joven.

    -¿Hasta qué horas tú puedes estar? –Le pregunté.

    -Hm, como una hora y media máximo. A las nueve, ya debería estar en mi casa por si mi mujer llama. A esa hora tiene una pausa en el hospital.

    -Ah, entiendo. Aquí aceptan visitas hasta las nueve de la noche –le comenté.

    -Ah que bien, entonces no tendríamos que ir a otro lado, ¿no?

    -Ajá. Así es.

    -Y, dime. ¿Quieres que hagamos algo? Sin presiones, ¿Eh? Como te dije.

    Le miré. Me sonreí nerviosamente y él también me sonrió bebiendo un sorbo de cerveza. Bebí yo también un sorbo largo con el que terminé mi cerveza y le dije:

    -¿Sabes qué? Creo que ya hicimos lo más difícil de todo: habernos encontrado. Bueno, al menos para mí ha sido lo más difícil de hacer, créeme. Sería una bobada no intentarlo menos. Como dicen, ya matamos al tigre, ahora no le vamos a tener miedo a la piel. No estoy seguro de hasta donde llegar, pero al menos, no lo sé, intentar a ver qué pasa.

    -Claro así es compadre. Ya estamos aquí. Tenemos todo a favor –dijo mirando hacia la piscina con serena profundidad.

    Me levanté de la mesa y le hice seña de que me siguiera. Caminé lento para que se me notara menos el nervio. Subimos las escaleras hasta la habitación tres cero seis en donde yo me hospedaba. El nervio lo tenía en el más alto voltaje. Sentía que me iba a desplomar. Mi corazón retumbaba como un bombo. Abrí la puerta. No había nadie por allí por fortuna. Se me dificultaba hablar. La garganta se me cerraba. Entramos y al cerrarse la puerta, hubo un silencio invasivo y tuve esa sensación abrumadora de estar haciendo algo muy arriesgado. Había cruzado la línea roja. Me sentía como un bandido haciendo la peor fechoría. Él notó mi nerviosismo. Me dio una caricia amigable en la espalda y me dijo que todo iba a estar bien.

    Se sentó al borde de la cama. Yo me quedé de pie como inerme, paralizado en mi accionar. No sabía bien si mirarlo a la cara o evitar sus ojos penetrantes. Mis manos nerviosas rascaban aleatoriamente mi mentón. Él me miraba, como estudiándome. Me sentí incómodo hasta que rompió el hielo:

    -Por cámara me dijiste que te gustaba mucho mi verga. ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial?

    La pregunta me daba vergüenza así en persona. Era extraña esa sensación. Me dio gracia su expresión. Me reí con nerviosismo.

    -Pues, no sé. Es difícil de explicar. Creo que su forma, el grosor o tal vez el todo. La tienes rectecita y eso me gusta. No sé. La tienes, hm, bonita.

    -Ja, ¿ah sí? La tengo bonita. Bueno gracias. No sabía que mi verga fuera bonita, ja, ja.

    Nos reímos y después agregó:

    -Tú, sí que tienes un culo lindo –lo dijo mirando con morbosidad mordisqueándose los labios.

    Me sonrojé. Me dio morbo que me dijera eso y mi tensión se desvaneció un poco. Me haló por mi mano, como obligándome a que me sentara justo a su lado. Caí sentado al borde de la cama y él se puso de pie. Lo vi grande e imponente. Se desabotonó su blue jean, bajó la corredera y sacó se pene dormido, como si fuera a orinar. El impacto que eso produjo ante mis ojos fue brutal. Era la primera vez en mi vida que mi rostro estaba tan cerca de una verga real. La tenía tan viva, tan bella, gorda así colgando sin tocársela en estado natural.

    -¿Te gusta?

    -Si, si –le dije con mi boca abierta y mi cara impresionada.

    Él se la sacudía suavemente y se la pelaba y volvía a cubrir. Jugueteaba a mostrar y esconder el glande brillante y colorido, bien definido que me hacía agua la boca. Ni me lo creía. Su pene era como un imán para mis ojos. Lo miraba embobado, como hipnotizado, casi estudiando cada detalle de su viril geografía.

    -Si quieres, lo puedes tocar. ¿Nunca has tenido la verga de otro hombre en tu mano?

    -No. Nunca.

    Lo miré a la cara. No me había atrevido a mirarlo a los ojos desde que me había sentado en la cama. Su mirada era varonil, dominante y morbosa. Se meneaba la verga despacio. Se le había puesto ya algo grande.

    -Bueno, ven, ¿por qué no me la agarras? –me dijo dejándola libre ya casi erecta apuntando a mi cara.

    Me encantaba como lucía ese pene así tan real. Olía a varón, a orines o sudores. Olía a macho. Lo tenté tímidamente con mi dedo índice y pulgar por el cuello, justo detrás del glande pelado. Sentí la suavidad tibia del tubo y los pálpitos leves. Percibí la potencia de hombre. La verga llegó a su máxima erección entre mis dedos. Se endureció y él y yo nos mirábamos con complicidad. Él se acercó aún más hacia mí. La cabeza de su picha casi rozó mi boca.

    No hice nada por evitar eso. El olor a verga penetró hondo en mis narices. Dejé que el glande topara mis labios y sin dejar de mirarlo a la cara comencé a lamerle el frenillo. Tenía un sabor indefinido, a algo entre salado y desabrido. Me gustaba el vaho que dejaba en mi boca. La textura era suave. Él meneó sus caderas y su verga penetró mi boca sin brusquedad. Por instinto, simplemente comencé a menear mi cabeza hacia adelante y hacia atrás. Fantasía cumplida. Había iniciado mi primera chupada de verga.

    Fue un instante especial. Tan especial y marcante como el primer beso. Los sabores de hombre se mezclaban en mi boca. Fui ganando confianza. Yo acariciaba su abdomen aun con ropa y jugueteaba a enredar mis dedos en su vello púbico. Su verga gruesa llenaba mi boca a plenitud. Me encantaba, sí, me encantaba. Y pensar que estuve varias veces a punto de no vivir esto por el tonto miedo simple. Se quitó su franela y su pecho peludo salió a relucir. Lo sentía tan varonil. ¡Qué nueva y rara sensación estaba yo experimentando! Me daba un morbo intenso acariciarle su pecho velludo, mirándolo a los ojos con mi boca inundada de su verga agreste.

    Él jadeaba. Yo saboreaba embelesado disfrutando las nuevas sensaciones en mi boca y los olores de su cuerpo. A ratos, la quijada se me cansaba, tomaba un respiro y lamía el falo hasta frotar mi lengua con sus bolas peludas. Si. Me encantaba esto. Si, definitivamente me había estado perdiendo de algo hermoso en la vida. Me encantaba hacer lo que estaba haciendo con este hombre. Pero chupar pene asiduamente es agotador para una quijada no acostumbrada. Él así lo supo ver cuando a ratos yo sacaba su falo de mi boca para tomar pausitas.

    -Chupas bien rico nene, como toda una putica. ¿Seguro que es tu primera verga?

    Me reí. Le dije que sí, sintiéndome raro de que me comparara con una puta, pero al mismo tiempo me daba morbo. Me haló por los brazos y me ayudó a ponerme de pie. Me quitó entonces toda la ropa hasta dejarme desnudo. Recorrió con su mirada mi cuerpo encuero. Había mucho morbo en sus ojos. Se terminó de bajar su pantalón hasta quedar él también completamente desnudo. Fue para mí un instante mágico. Estar completamente en cueros los dos ahí, de pie, solos en una habitación. Fue un instante erótico.

    -En esto, el aseo es primordial. Te lo doy como consejo –dijo y me haló de la mano llevándome hacia el baño. Se metió en la cabina de la ducha, abrió la llave del agua y me hizo seña para que me metiera con él.

    Le sonreí. Entré junto al él, bajo el chorro de agua suave que mojaba nuestros cuerpos. Se sentía todo tan mágico. Ni en mi más erótica fantasía de sexo con hombres, me había imaginado una escena así de erótica.

    -Por cierto. Mi nombre es José –me dijo acariciándose el pene.

    -Miguel –le dije y nos dimos la mano.

    Luego, nuestros cuerpos se pegaron juguetonamente en ese estrecho espacio. Carlos me enjabonaba y yo a él también. Me divertía viendo cómo se formaba bastante espuma en el pelaje espeso de su pecho. Nuestros penes se mantenían en plena erección. Los juntábamos como pequeños jugando a los espadachines y nos mofábamos de esa ocurrencia al chocar y rozar las vergas enjabonadas. Parecíamos como dos viejos amantes y no dos desconocidos en su primer encuentro.

    Después de enjabonar y pasar su mano varias veces por mi culo, Carlos se agachó hasta quedar de rodillas sobre las baldosas de la ducha. Me miró con picardía y sin titubeos engulló mi verga hasta la mitad. Él mismo, incómodamente extendió su mano y cerró la llave del agua. Se concentró por un par de minutos a mamármela. La sensación de su boca cálida al tragarse mi pene contrastaba deliciosamente con la frescura del resto de mi cuerpo mojado. Chupaba con intensidad. Se sentía fuerza en la mamada. Sí, muy distinto a como lo hace una mujer. Menos sensual quizás, pero más morboso. Le acariciaba sus cabellos dejándole a él marcar el tempo de la chupada.

    Pero no se entretuvo mucho más tiempo saboreando mi pene.

    -Voltéate, voltéate -expresó casi entre jadeos que denotaban excitación.

    Lo hice apoyando mis manos contra la cerámica mojada. Entendí su intención. Abrí un poco mis piernas. Él, permanecía agachado, besó mis nalgas, les dio varias palmadas y me las apretujaba ansiosamente.

    -Nene, nene, créeme, no lo digo por quedar bien. Que culazo lindo que te gastas. ¡Uf! mejor que el de muchas mujeres. Me tienes muy arrecho.

    Me encantaban sus halagos. Era todo nuevo para mí sentir que un hombre me deseara así con ganas.

    -Ah, gracias. Es tuyo, todo tuyo –le dije mirándole a los ojos.

    Con sus manos abrió mis nalgas y un calor húmedo me tomó por sorpresa. Mis ojos se explayaron e inevitablemente emití un gemido ahogado. ¡Dios! ¿que era eso? No conocía esa sensación tan intensa. Sí, sí. Carlos acababa de iniciar una lamida en mi culo. No lo esperaba y tampoco imaginé que eso allá abajo fuera tan sensible, quizás aún más que la zona alrededor del frenillo del pene. Me llevó al cielo a mirar pajaritos y estrellitas. No quería que parara. Comía y comía mi culo con fuerza, con ansias, con deseo quemante, con ganas masculinas. Fue fascinante sentir su lengua serpentina hurgar asiduamente dilatándome el ano. Lamía y lamía como perro hambriento.

    Se puso de pie. Su verga dura se estrelló contra mis nalgas. Sí, podía sentir su longitud y su grosor ahí, tan potente y palpitante bien acomodada entre la raya que separa mis nalgas. Los pelos de su pecho se pegaron contra mi espalda generando un cosquilleo agradable y dándome calor, su brazo varonil me abrazó desde atrás poseyéndome y acarició mi pecho jugueteando con mis tetillas. ¡Qué momento tan sensible! Con su otra mano acarició mi verga. Me tenía atrapado en su piel, allí en la estrechez de la ducha. Su boca respiraba detrás de mis orejas. Las besaba. Me daba cosquillas electrizantes. Podía sentir su respiración profunda y desesperada de hombre excitado. Su voz jadeante y cargada de ganas habló por fin:

    -Ahora sí, ya no me aguanto más. Te quiero culear. Déjame meterte la verga. ¿Si, nene?

    -Sí, sí, sí –respondí desesperadamente, deshecho en deseos vivos.

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  • Una propuesta diferente de tres lesbianas

    Una propuesta diferente de tres lesbianas

    Ana Paula y sus dos compañeras: Rayane y Lariza. Tres mujeres distintas, unidas por algo que iba más allá del amor. Compartían un vínculo profundo, una complicidad que se sentía en el aire cuando estaban juntas. Siempre creí que su relación era cerrada, un mundo al que ningún hombre tenía acceso. Hasta ahora.

    Ana Paula una chica de 24 años, piel morena con un teñido rubio que le quedaba bien sexy, cuerpo de gimnasio donde sobresaltaba sus nalgas grandes y firmes, Rayane de 25 años con características similares solo que más fornida por años en el gimnasio y luego Lariza de 22 años, blanca de pelo negro, con abdomen plano y con una cintura y cola no tan grande como las otras pero bien esbelta en cintura, ellas 3 eran un trío de lesbianas que gozaban compartir entre ellas hasta entonces.

    La tarde en el departamento transcurría en silencio, con el sonido suave de la música ambientando el espacio. Rayane hojeaba una revista sin mucho interés, y Lariza, con las piernas sobre el sofá, jugaba distraída con su cabello.

    Ana Paula, en cambio, parecía inquieta. Caminaba de un lado al otro con el teléfono en la mano, mordiéndose el labio.

    —¿Todo bien? —preguntó Rayane, sin levantar mucho la vista.

    Ana Paula dudó. Luego se sentó frente a ellas, entrelazando los dedos.

    —Necesito decirles algo. Pero no sé cómo lo van a tomar.

    Lariza y Rayane intercambiaron una mirada. La escuchaban con atención.

    —Hace semanas que mi entrenador del gimnasio… me mira distinto. Es mayor, muy musculoso, serio, pero hay algo en su mirada que me hace pensar que me desea. Y… no sé. Parte de mí quiere saber qué se siente que un hombre me mire así… que me tome así.

    Rayane frunció el ceño, no por celos, sino por sorpresa.

    —¿Quieres acostarte con él?

    Ana Paula se encogió de hombros.

    —Una vez. Solo una. No es amor, no es que quiera algo más. Es deseo puro. Curiosidad.

    Lariza intervino, su voz más suave:

    —¿Y por qué lo estás pensando tanto?

    Ana Paula bajó la mirada.

    —Porque pensé en hacerlo… frente a ustedes. Como una especie de entrega… o experimento. Ver qué siento. Qué sienten ustedes. Como si me desnudara de otra manera.

    Rayane cerró la revista.

    —¿Quieres que lo veamos?

    Ana Paula asintió, con un leve rubor en las mejillas.

    —Sí. No es para provocar celos. Es… abrir una puerta. Saber si hay algo más allá del límite que siempre nos pusimos.

    Lariza sonrió.

    —Me parece atrevido… pero intrigante.

    Rayane cruzó los brazos, pensativa.

    —Solo si tú lo haces por ti. No para probar nada.

    Ana Paula levantó la vista.

    —Lo haré por mí. Y si ustedes me acompañan, me voy a sentir más fuerte.

    Unos días después, Ana Paula esperó a su entrenador al final del turno. El gimnasio estaba casi vacío. Se acercó con decisión, con ese movimiento de caderas que no necesitaba práctica.

    —¿Tienes un momento? —le dijo, con una sonrisa apenas contenida.

    Él asintió, sorprendido por su cercanía.

    —Quiero proponerte algo… directo. Me gustas. No busco una relación, ni confusiones. Solo una experiencia… algo que siempre quise. Pero con una condición.

    El entrenador alzó las cejas, expectante.

    —No estaremos solos —continuó Ana Paula, despacio—. Mis dos amigas estarán allí. No harán nada. Solo observarán. Pero eso es parte de lo que quiero vivir.

    El silencio fue intenso, cargado. Él asintió con una mezcla de desconcierto y deseo.

    —¿Y por qué yo? —preguntó.

    Ana Paula lo miró con seguridad.

    —Porque tu cuerpo me despierta algo salvaje. Y porque sé que lo aceptarías sin enredos.

    Esa noche, el departamento fue preparado con una delicadeza especial. Luz tenue, aroma a incienso, música suave. Rayane y Lariza esperaban sentadas, algo nerviosas, algo expectantes.

    Ana Paula entró con el entrenador, ambos vestidos con ropa deportiva. Pero la tensión en el aire no tenía nada de inocente.

    Cuando Ana Paula se giró hacia él y comenzó a desvestirse lentamente, con los ojos de sus amigas fijos en cada movimiento, supo que no había vuelta atrás.

    Y en ese instante, entendió que no se trataba solo de deseo físico. Era una búsqueda de libertad, una forma nueva de ser vista… de ser deseada y, a la vez, sostenida por aquellas que más la conocían.

    El entrenador, cuando entró al departamento y vio a Rayane y Lariza sentadas, tranquilas, hermosas, lo recorrió una mezcla de nervios y poder. Nunca había estado con una mujer frente a dos más, mucho menos sabiendo que lo miraban con atención.

    Cuando Ana Paula se desvistió lentamente y él la sostuvo con las manos en su cintura, todo pensamiento se desvaneció. Solo quedaba el momento: piel, respiración, el roce de los cuerpos. Las miradas de las otras chicas no lo inhibían, al contrario. Sentía que estaba siendo parte de un rito, algo íntimo y crudo, pero sin vulgaridad. Su pija era una piedra, admirado por Lariza y Rayane a lo lejos, a sus 34 años, disfrutaba ver 3 mujeres desnudas, aunque solo probaría a una ya que las otras dos eran “lesbianas” cosa que entendía, pero le excitaba

    En medio del acto, él se sentó en una silla mientras Ana Paula se subía sobre él y comenzó a cabalgarle con fuerza y deseos, el entrenador sintió cómo el control se le iba. Cada salto de Ana Paula era un charco de flujos vaginales, mientras en el fondo Lariza y Rayane se tocaban entre ellas, esa imagen lo llevo al límite del placer, hasta que no aguanto más y exploto dentro de Ana Paula, llenándole de su semen, que rebozo fuera de su vagina, lo invadió una sensación inesperada: no solo placer, sino extrañeza. ¿Había cruzado un límite?

    Miró a las otras dos, que seguían en silencio. Hermosas. Distintas. Y sin pensarlo demasiado, tal vez guiado por el instinto o la embriaguez del momento, soltó la pregunta:

    —¿Puedo… probar con alguna de tus amigas?

    El silencio fue claro.

    Rayane se limitó a sacudir suavemente la cabeza. Lariza desvió la mirada.

    No hubo reproche, pero sí un mensaje implícito: eso no formaba parte del pacto.

    Él asintió, entendiendo. Se vistió en silencio, mientras Ana Paula lo acariciaba aún con la respiración agitada, pero satisfecha.

    Aunque no lo esperaba, entendió que no todo se trataba de placer físico. Había entrado en un espacio íntimo entre tres mujeres que compartían más que una relación: compartían códigos, silencios, miradas. Y él había sido invitado… por un momento. Nada más.

    Y eso, de alguna manera, lo hacía aún más especial.

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  • Devota a Dios

    Devota a Dios

    Nací en una familia evangélica muy devota a Dios, a las vírgenes y santos, mis padres ayudaban a la congregación e íbamos dos o tres veces a la semana y el papa de la iglesia era amigo de mi familia y muchas veces iba a cenar a la casa.

    Lo que quiero decir es que me conocía la biblia de génesis a apocalipsis, los 10 mandamientos y crecí con el temor de Dios.

    Por eso cuando veía y deseaba ver a mujeres desnudas sentía tanto miedo que me castigarán en ese mismo momento.

    Hasta los 18 estuve así, con arrepentimiento por masturbarme imaginando mujeres, pero era adicta y había empeorado porque ya había pasado la raya de ver pornografía, me gustaba ver a dos mujeres comiéndose el coño

    Un día estaba de ayudante en una feria de la iglesia donde vendían todo tipo de dulces, estaba distraída en mis pensamientos cuando veo pasar a una chica de mi edad, tenía un aire rebelde, provocativo y arrogante, de seguro era de las familias no creyentes, no la podía dejar de ver, tenía un shorts super corto que dejaba ver sus piernas largas y sus nalgas apretadas y levantadas.

    Lo primero que hice fue juzgar, era muy provocativo pero luego lo deseé, no le quitaba los ojos de encima y cuando ella lo percibió, tampoco me quitaba la mirada.

    Me fui de la carpa antes de que se acercara a mí, a la parte de atrás.

    -Te vi viéndome -me dijo, con su cabello rebelde y su mirada perspicaz- Reconozco esa mirada.

    -Disculpa, no sé de qué hablas.

    -Me deseas, debe ser difícil para ti.

    Como no le dije más nada se acercó más a mí, no podía reaccionar porque quería que me tocara, apretó su cuerpo en mi contra la lona de la carpa, sentía sus pechos duros contra los mío y su aliento caliente cerca de mi boca.

    Me sentía hervir, de gelatina y anhelaba más.

    Tuve miedo, así que corrí lejos de ella y al mes siguiente hice lo más drástico que podía imaginar para dejar de pensar de esa manera de las mujeres y dejar de masturbarme, fui a un convento de monjas.

    -Señorita Susan, vaya con Carla a ayudar en la cocina, necesitan ayuda allá ya que la hermana Constantina está enferma.

    Estábamos en pleno desayuno, siempre nos ponían oficio en el día para estar ocupados, Carla era otra chica de mi edad, muy blanca con pecas y no le gustaba mirar a las personas a los ojos.

    Ayudar en la cocina se volvió un trabajo de todo los días porque a la hermana Constantina le gustó la rapidez y lo centrada que éramos las dos en la cocina, y las dos comenzamos a ser más unidas, hablamos y hacíamos todo juntas.

    Un día en la cocina se habían hecho pescado y teníamos el olor super impregnado en el cuerpo.

    -Vamos a bañarnos, Susan, este olor es totalmente desagradable, no quiero ir por ahí incomodando a las demás, ¿me acompañas? -me dijo Carla, mientras así una cara de desagrado que me pareció absolutamente dulce.

    La acompañé, eran baños compartidos así que mientras arreglaba mi jabón y shampoo para meterme a bañar, vi que ella se quitaba la ropa sin el mínimo pudor, estaba de espaldas a mí y ver cómo se bajaba la ropa que tenía debajo de la túnica, su short de tela y camisa de tirantes, se lo quitaba con una lentitud casi lasciva, su espalda recta marcando sus delicados omóplatos, sus nalgas tan blancas con unas bragas rosas.

    Me sentía pervertida al notar la humedad en mi vagina, y cuando me volvió a ver me creció la humedad, Carla agarro su toalla y se cubrió con ella pero antes había volteado frente de mí y pude ver por milésimas sus pechos pequeños y duros.

    Sé que noto mi mirada y no parecía molestarla, si no que me miró de vuelta de la misma manera.

    -Susan -me pregunto con su voz tímida pero resuelta- ¿Por qué viniste aquí?

    -Pues, mi familia es muy devota y me inculcaron sus mismos valores -le mentí.

    -Sé que mientes, a esta hora nadie se viene a bañar, puedes decirme la verdad.

    No sé si fue que me sentía muy confiada junto con ella o la excitación me nublaba la mente pero le dije.

    -Creo que tú ya te diste cuenta porque, Carla.

    -Te atraen sexualmente las mujeres -me dijo si ningún pudor- A mí también y mi familia, también devota, me hizo venir porque me encontraron teniendo sexo con una amiga de la iglesia, ¿ya tú has besado alguna mujer?

    Su honestidad me excitaba más, decir abiertamente lo que deseaba me daba un morbo, una valentía a aceptar lo que sentía yo también.

    -No -Fue lo único que pude decir, lo caliente de mi vagina no me dejaba pensar.

    Carla dejó caer su toalla, vi su cuerpo con más detenimiento, ella se acarició un seno mientras me decía suavemente que fuera con ella.

    Me acerqué a ella como un robot, no pensaba en más nada que querer acariciar su cuerpo, de sentir esos pechos contra los míos que ya me había hecho sentir electricidad en mi cuerpo cuando los pegaba en mis brazos sin querer.

    Cuando llegue cerca de ella me beso, no suave si no con un hambre como si hubiera querido hacerlo desde hace mucho, me calentura y húmeda aumento un 100 por ciento, me latía el corazón y mi timidez se fue, aproveche su cercanía y agarre sus nalgas, las apretaba con fuerza, hundiendo más su pelvis contra la mía, que mi vagina daba saltos deliciosos cada vez que se unía con mi pelvis y ella se frotaba suave, gemía pasito, me mordía los labios y se apretaba más a mí.

    Era curiosa, quería tocar todo su cuerpo, así que metí mi mano por debajo de sus nalgas cuando unía más mi pelvis hacia la de ella y sentí lo mojada y caliente que estaba, ella ronroneo y río un poco.

    -Pensé que ibas a ser más tímida -mi dijo sonriendo muy cerca de mi cara.

    -He deseado hacer esto desde muy pequeña.

    -¿Que querías hacer?

    Me sonroje un poco, mi timidez volvía, pero ella comenzó a besarme el cuello y me excitaba.

    -Lamer, morder, chupar el cuerpo de una mujer.

    -Te dejaré hacerme todo pero primero vamos a bañarnos -Me dijo mientras me quitaba la ropa.

    Estar desnuda con el cuerpo de otra mujer restregándose jabón al lado mío, ella tocando mi cuerpo mientras me enjabonaba, cayendo el agua sobre nuestros cuerpos, me hacía sentir más satisfecha y deseosa más que cuando me masturbaba.

    Como era un poco inexperta, imitaba sus caricias y sus besos, aunque eran un poco inocentes, quería más, así que me atreví a bajar mi mano a su vagina mientras el agua caía de nuestros cuerpos y ella gimió y abrió más las piernas, imitaba los movimientos que me hacía a mi misma, movimientos circulares en el clítoris, con mucha precisión y suaves para acostumbrar su cuerpo a la electricidad y ella movía sus caderas en círculos mientras gemía bajito mordiéndose los labios contra mi cuello.

    -Dios mío, que rico -sentía que me iba a correr solo con escucharla y nombrar el nombre de Dios me daba un morbo tremendo, sabiendo que era pecado y cochino lo que estábamos haciendo- Méteme los dedos, me gusta así.

    Juguetee con su entrada, que estaba ardiendo y mojada, ella tenía su mano agarrando con fuerza el cuello, me lo pidió una más porque me quedé jugando aquí, me lo rogaba y me excitaba escuchar esas ganas que tenía de que me la cogiera, y cuando movía sus caderas hacia adentro haciendo que se metiera un poquito de mis dedos, en una de esas veces, le metí dos dedos, que placer era sentir algo tan caliente y húmedo apretando mis dedos, los metía al fondo, lentamente, ella se mordía el labio para controlar los gemidos violentos que quería soltar, movía sus caderas con más fuerzas y no fue muy extraño saber lo que quería, así que le di más rápido.

    Sentía que todo su peso me lo colocaba en los hombros cuando me abrazaba, que sus piernas se ponía débiles y que su vagina se apretaba más, se sentía más caliente y más húmeda, sus gemidos se hacían más quedos, más suaves pero intensos, sentí que me apretaba los dedos con fuerza y aguantaba la respiración, como si se quedaba sin aire y supe que se corrió, la bese saboreado sus labios, chupándolos para sentir sus pequeños gemidos en mi boca, cuando le saque los dedos tenía una cara de satisfecha, tan sexy y morboso que quise meterle los dedos otra vez.

    -No eres lo que pareces verdaderamente.

    Me dijo mientras me acariciaba el estómago y llegaba a mi vagina con sus pelitos crecientes y los acariciaba, se arrodilló mientras pasaba sus manos por mi cadera y me abría las piernas, estaba extasiada con verla y al sentir su labios en mi clítoris sabía que no iba a soportar mucho, temblaba y las piernas me fallaban pero ella seguía ahí, lamiendo y chupando como si de hambre se tratara, la sentía gemir abajo de mí, estaba excitaba al máximo así que movía mis caderas mientras ellas metió un dedo en mi vagina y succionaba mi clítoris sin descanso, estaba tan excitada que me corrí ahí mismo, sabía que no me iba a olvidar nunca de la primera vez en recibir sexo oral, era una maravilla.

    -Date la vuelta -me ordenó.

    Pensé que había terminado, pero ella quería más, obedecí y le di la espalda apoyando mis manos en la pared, ella con una mano apretaba mis nalgas mientras que con la otra acariciaba mi vagina y subía toda mi humedad devuelva al clítoris, me besaba las nalgas, daba mordisquitos y eso hacía que aumentará mi humedad.

    -Sabía que tenías un culo precioso -me dijo abriendo mis nalgas apretando cada uno de los cachetes, los unía y separaba, unía y separaba, sentía ya me estaba chorreando, otra vez estaba mojada al máximo.

    Gemía porque ese movimiento daba cosquillas a mi vagina y la imaginaba mirando morbosamente mi cuerpo y en un momento que dejó abierta mis nalgas sentí su lengua en mi ano, mojándolo todo, sin ningún tipo de vergüenza y casi me caigo, apoye mi cara contra la pared, no pensé mi vagina fuera a mojarse más, nunca me había humedecido tanto, ella chupaba, lamía, movía mis nalgas en su cara y yo solo podía gemir porque sentía si lengua en mi ano y mi vagina se contorsionaba de placer, me fui a tocar y ella no lo notó.

    Me quitó la mano y puso la de ella, sin ninguna delicadeza me metió los dedos en la vagina, me daba con fuerza, como nunca me había dado, sentía mis dientes en mis labios, mordiéndome porque el placer que se sentía no me dejaba gemir, Carla chupaba baboseaba mi ano mientras yo mojaba todo su mano y la apretaba con fuerza, en un momento donde mi mente estaba nublada, le agarre la cabeza para unirla más a mis nalgas y me movía frenéticamente y sentí como me llegaban el orgasmos, sentí que salía de mi agua, y que apretaba sus dedos, me corrí como nunca y cuando me di la vuelta ella estaba allí, lamiéndose los dedos con una sonrisa de orgullosa, era tan morbosa que sentía ganas de más.

    Ella me beso, suave y largamente pero ya las dos satisfecha nos acordamos en donde estábamos y fuimos a vestirnos rápido para salir pero sin antes darnos un beso y decirnos que obviamente necesitábamos más de esto.

    Mare

    Postdata: Quiero dejar claro que estás no son vivencias personales, son historias que me imagino. Gracias por leer.

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  • Follando con mi amiga en la playa

    Follando con mi amiga en la playa

    Hace ya tres años que conozco a Luisa, ella es una chica que me causó debilidad desde el primer momento que la vi. Ella no es muy alta, medirá 1.62 cm más o menos, tiene una carita que parece un ángel, con los mofletillos enrojecidos, y alguna que otra pequilla; acompañando a una sonrisa de esas que quitan el hipo, junto con una mirada felina de esas que te hacen estremecer. Con su melena de color caoba y del resto del cuerpo destacar un pequeño pero erguido pecho (unos 88 cm de contorno) una cintura delicada (64) y un más que apetitoso culo que sin duda es una de sus mejores facetas (100 de contorno más o menos).

    La conocí en clase de Biología, ella era bastante callada, en principio se relacionaba muy poco con la gente, pero a medida que pasaba el tiempo se fue ganando amigos dentro del aula.

    Nosotros pasamos de no saludarnos pues sólo nos conocíamos de vista a ser muy buenos amigos en muy poco tiempo. Nosotros hablábamos de todo, incluso de nuestras relaciones, o, mejor dicho, mis relaciones puesto que ella la verdad es que no tuvo ningún escarceo en ese tiempo, y si lo tuvo desde luego a mí no me lo contó.

    Un buen día, me dijo que le gustaría ir a las piscinas de la Universidad. Yo que verdaderamente era muy vago a la hora de hacer deporte me hice bastante de rogar; no obstante al final acepté, pues mi curiosidad por verla en bañador, pudo con mi indolencia a este deporte.

    Al día siguiente nos apuntamos y empezamos a ir a la piscina, el primer día recuerdo que llegué a estar nervioso. Había salido yo ya del vestuario y me dispuse a esperarla dentro del agua. A los 5 minutos apareció ella envuelta en una toalla; para mi decepción fue hasta la orilla de la piscina dejó allí la toalla y rápidamente se introdujo en el agua, sin apenas darme tiempo a observarla con detenimiento; lo que si que me dio tiempo a observar fue que llevaba un bañador algo pasado de moda y no demasiado atrevido.

    Estuvimos nadando unos 40 minutos y cuando ya decidimos salir, ella se hizo la remolona, teniendo que salir yo antes y después ella que se envolvió en la toalla a tal velocidad que ni pude distinguir nada.

    Mi primer día había fracasado, no había sido tan divertido y morboso como yo esperaba. Eso no me hubiera preocupado salvo porque fueron pasando los días y siempre era igual, hasta el punto que llegue a faltar varias veces a nuestra sesión de natación ante la falta de interés.

    Estando yo ya muy intrigado un buen día en pleno almuerzo entre clases decidí preguntarle acerca de su excesiva timidez; a lo cual tras varias negativas y varios balones fuera me llegó a reconocer que de pequeña su grupo de amigos siempre se metía con su culo, pues la llamaban culo gordo y cosas así, lo cual le llegó a causar un trauma. Eso me daba otra explicación que también me obsesionaba y es que nunca le había distinguido cuando llevaba sus pantalones apretados un tanga, siempre se le marcaban las costuras de las bragas.

    Desde ese momento yo empecé una campaña de asedio y apoyo a su culo, diciéndole que tenía muy buen culo y que no entendía porque siempre intentaba ocultarlo; poco a poco ella fue cediendo ante tantas alabanzas y de vez en cuando yo ya pude llegar a observar eso si con bastante disimulo su hermoso culo en la piscina; siempre con ese bañador hortera que se gastaba.

    Cuando ella ya empezó a ceder en la piscina yo lance mi ataque a su excesivamente conservadora ropa interior, diciéndole lo mal que quedaban esos pantalones que ella se ponía con esas bragas de “cuello vuelto” como yo les llamaba.

    Un buen día llego a clase con un estupendo pantalón de color rojo, y un polo atado a la cintura, cuando se sentó en clase me pareció que se le distinguía la Y del tanga y me puso un poco morcillón, no quise hacerle ninguna apreciación para que no se sintiera atosigada; los siguientes días ya pude apreciar que lo mismo llevaba bragones que tangas. La verdad es que cuando los mofletes del culo iban sueltos se le hacia un culo de ensueño, que daba ganas de comérselo a bocados.

    En el transcurrir de los días terminaron las clases y llegó el verano; un buen día quedamos para ir a la playa y se presentó allí con un bikini que ni mi abuela se hubiera atrevido a llevarlo; fue tanto lo que me reí y metí con ella que llegó por momentos hasta enfadarse.

    A las 2 semanas de ese día, recibí su llamada para ir a la playa, quedamos que yo me pasaría por su casa a recogerla; cuando llegue allí salió ella con un pantalocito corto vaquero y una camiseta roja atada al estómago. Nos saludamos y me dijo que no le apetecía ir a la playa que íbamos siempre y que le apetecía algo menos concurrido. Después de pensar un rato le dije que conocía una cala casi solitaria, pero que estaba a más de 1 hora de camino. Ella entusiasmada dijo que iríamos allí.

    A la hora de camino, tuve que aparcar el coche y teníamos que caminar unos 10 minutos más, llegamos a la estupenda cala. Estaba tal y como la recordaba y para nuestra suerte no había absolutamente nadie.

    Extendimos las toallas y nos dispusimos a quedarnos en bañador, yo en seguida terminé; y cuando ya estaba con mis bermudas casi me desmayo. Ella se había quitado la camiseta y había aparecido una parte de arriba del bikini de esas diminutas de triangulillo, el bikini era de color rojo. Se sentó y se quitó el pantalón y no cabe duda de que era más moderno pues se le metía bastante en la ingle.

    Se sentó sin poder verla por detrás y empezó a untarse bronceador. Cuando terminó me dijo que si le ponía por la espalda. Y se tumbó bocabajo; casi me muero, llevaba un tanga casi de hilo, mi pene se levantó en armas, ¡qué visión! Le puse el bronceador por toda la espalda y cuando iba a llegar a su apetitoso culo, me dijo que no me pasara de listo. Total que lo dejé, y me fui a bañar a ver si se me bajaba el garrote.

    Al salir del agua empezamos a tomar el sol y ella me dijo que era una lástima el corte que se me iba a hacer por culpa de mi extenso bañador, me dijo que me lo quitara, y ella se quitaría la parte de arriba, ni que decir que con tal de verle las tetas enseguida me lo quité, tenía mi tronco totalmente empalmado; ella me dijo que bestialidad era eso; yo le dije que era un instinto, que lo sentía. Ella ya con las tetas al aire y sus pezones apuntando al cielo, me dijo que algo tenía que hacer y sin mediar palabra se agachó y empezó a chupármela; yo estaba alucinado y no podía ni reaccionar. ¡vaya sorpresa!

    La chupaba bien la cabrona, estaba a punto de correrme y la avisé; ella me insinuó que un día era un día. Yo le di la vuelta y la puse a cuatro patas, que visión, le fui bajando el tanga y se me quedó todo su ano abierto a mis ojos así como su depilado coño. Empecé a chuparle el culo y el coño con verdadero furor, que gusto me daba.

    De momento ella me dijo que si se la metía y yo ni corto ni perezoso me puse de rodillas y apoyé mi polla a la altura de su ojete; ella me dijo que por ahí no por favor y yo sin hacerle caso embestí; como estaba más que lubricado ante mi sesión oral entró casi hasta el fondo de golpe, de la primera embestida. Ella realizó un grito amargo, pero después de varios bombeos empezó a gemir, en unos cinco minutos le había llenado su ojete de toda mi leche.

    Caí exhausto, y ella me dijo que esto no acababa ahí, y empezó a chupármela de nuevo; en 30 segundos la tenía otra vez durísima, y se sentó encima de mi metiéndosela a tope en la vagina, tras unos minutos de bombeo, se apartó y continuó chupándomela, hasta que le avisé que me iba a correr y ella se comió toda mi segunda corrida.

    Fue un día genial, por desgracia para mi desde el verano han pasado ya muchos meses y no he vuelto a repetir, ella siempre me dice lo mismo, que un día era un día. Seguimos siendo grandes amigos y algún día volveré a perforarla.

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  • Experiencia extramarital

    Experiencia extramarital

    Habíamos hablado de que sería interesante comprobar el morbo de estar ella con otro hombre, al principio se resistió, pero ante mi insistencia, un día me dijo que había un colega que siempre la estaba haciendo insinuaciones sobre sexo, le dije que aceptara, aunque con una condición y era que me contara luego con pelos y señales sus impresiones y como lo había pasado.

    Quedamos de acuerdo y un día me sorprendió diciéndome que había aceptado su invitación a salir con él a un baile, no puse más objeción de que debía cumplir lo acordado y quedamos de acuerdo aunque volvió a repetir que lo hacía por mí y porque yo se lo había pedido, observé como se bañaba, se acicalaba y se ponía su ropa interior más sexual que poseía, Le di un beso al salir y le deseé mucho placer y comenzó mi espera. Pasaron las horas y yo imaginando que en aquellos momentos otro hombre estaba poseyendo a mi mujer. Había entrado la madrugada cuando sentí su coche llegar al mismo tiempo que mi corazón explotaba en mi pecho.

    Me besó al llegar y se sentó en el sofá de nuestro salón, tuve que decirle que comenzara a contarme y comenzó su relato, mientras la oía mi corazón se encogía al mismo tiempo que mi calentura subía de grados de tal manera que le pedí que nos fuéramos a la cama y allí me lo contara con todo detalle. Tan pronto entramos en el dormitorio yo ya estaba con el pene bien erecto de ansiedad y ella me decía que lo que más le había impresionado era la forma maravillosa como le besaba, sus besos fueron deliciosos, la interrumpí para rogarle que me contara desde el principio y así lo hizo.

    Cuando nos encontramos donde habían quedado de acuerdo, entraron en un local donde había una sala de baile, él quiso invitarla a alguna bebida, pero ella se negó y solo pidió un refresco y él una bebida alcohólica y notó como acercaba su silla a ella y le pedía que le besara, sus besos eran de lengua y besaba, según me volvió a insistir maravilloso. Ella notó que el bulto en su entrepierna sobresalía ya y él le pidió que bailaran y salieron a bailar, enseguida se arrimó de tal manera y la estrechó entre sus brazos que podía notar la prominencia de su pene que parecía estallar. Desde aquí la dejo que siga el relato ella que fue la que lo vivió.

    «Estuvimos bailando hasta que al oído me dijo que ya no podía resistir más, que tenía que hacerme suya y me propuso que nos fuéramos a mi coche. Asentí y salimos a la calle, entré en mi coche y él entró en el lugar del copiloto, pero tomándome de los hombros su beso fue de tal intensidad que todo mi cuerpo se estremeció. Noté como se abría la cremallera y sacaba su miembro mientras buscaba mi mano y la llevaba a que yo lo tomara, cosa que hice, mientras sus besos continuaban con pasión agarró mi mano y la movió a lo largo de su pene indicándome como debía de hacerlo o lo que quería que le hiciera yo y así comencé a darle movimiento a mi mano de arriba abajo…

    Mientras una de sus manos tomaba posesión de mis senos y a lo que pronto noté que dejando mis labios comenzó a succionar mis pezones que estaban ansiosos de ser acariciados y besados. Yo notaba como mi humedad vaginal subía y me temí que estaba cerca de un orgasmo. Hacía tiempo que mi marido no me conseguía ninguno, al menos de esta forma natural solo ayudándome yo con mis dedos en el clítoris. Su otro brazo que se mantenía tras de mi cabeza, me fue atrayendo hacia su lado y bajando mi cabeza, con lo cual me di enseguida cuenta de lo que deseaba y me plegué a ello…

    Pronto mi boca entró en contacto con su pene y comencé a chuparlo, mientras él se echaba en el asiento hacia atrás y acariciaba mi abundante melena y con la otra mano pellizcaba mis pezones que caían cerca del cambio de marchas y me hacían daño, cosa que él apartaba sosteniéndolos apartados mientras los acariciaba y la mano que sostenía mi cabeza indicaba el ritmo de mi chupeteo, hasta que llegó el momento que estirando las piernas elevó su pene y al tiempo noté su chorro de semen en mi boca, intenté apartarme pero me lo impidió sosteniendo mi cabeza firmemente sobre su pene por lo que no tuve más remedio que tragar gran parte de lo que estaba entrando a chorros intensos en mi boca y esperar a que me dejara un poco libre.

    Yo tenía un paño que usaba para secarme las manos cuando conducía y con el pude escupir y limpiarme la boca mientras recuperaba mi posición, pero después de haber oído sus exclamaciones de placer y de darme las gracias por lo feliz que le había hecho, me dijo que ahora él quería hacerme feliz a mí.

    Introdujo sus manos por mis entreabiertas piernas y comenzó a intentar bajar mis bragas, pero yo las llevaba bien sujetas ya que para satisfacerle me había puesto un liguero y al bajarme las bragas se hacía complicado estando sentada, por lo cual tras un par de intentos optó por apartarlas a un lado y sus dedos buscaron mi coñito y encontraron en su interior mi clítoris inflamado que yo recibí abriéndome mucho más las piernas y echándome como él había hecho antes hacia atrás.

    Su mano abarcaba todo mi coñito y sus dedos se movían frenéticos en su interior, causándome escalofríos por todo el cuerpo por lo que estiré lo que pude mis piernas mientras sus labios succionaban mis senos del uno al otro como un bebé hambriento, el ansiado orgasmo no me llegaba, pero ya me dolía todo el cuerpo y lo que yo ansiaba era estar en una buena cama libre y disfrutando por lo que le hice creer en un orgasmo como muchas veces hacia con mi marido…

    Y después de muchos besos noté que esto llegaba a su final, recompuse mi figura en lo que pude, él guardó su pene y pensé que me invitaría a su casa para continuar esto con mayor comodidad, pero besándome en un beso de despedida me volvió a dar las gracias y bajó del coche y se fue al suyo después de decirme adiós.

    Puse mi coche en marcha y regresé a mi hogar en el que mi marido me esperaba ya en la cama y lo primero que me preguntó fue que como me había ido y que me metiera en la cama para que se lo contara. Le contesté que regular lo cual le pareció extraño y una vez a mi lado noté que estaba completamente desnudo y con su verga durísima y la verdad que yo tenía ganas de sentirla adentro…

    Apenas comencé el relato que es exacto como os lo acabo de explicar se sintió y así me lo dijo que él no me hubiese penetrado y me dijo que porque no le había dicho que nos fuéramos al asiento de detrás y allí yo hubiese estado más cómoda y él me hubiese podido penetrar. Noté como con su mano inspeccionaba mi coñito para notar si había restos de semen y yo le había ocultado una parte de lo vivido, pero yo le insté a que me poseyera de una vez porque el otro me había dejado muy caliente y yo deseaba correrme con él, que él era la persona, el hombre, el único al que yo quería y que si lo había intentado fue para cumplir su deseo, así que ahora no se me quejara…

    Él siguió preguntándome como era su verga y si me había gustado chupársela y que sabor tenía su leche y así hasta que en un grito noté como su leche me inundaba y quedaba exhausto sobre mí y por segunda vez en aquella noche me quedaba sin mi orgasmo, lo cual con él no estaba dispuesta a consentir y le dije que ahora me tocaba a mi así que obediente se bajó a mi coñito y comenzó a lamerme con frenesí y ya ahí no quise ni pude aguantar…

    Le apreté la cabeza contra mi coñito y me pude correr al final a gusto, pensando que esta noche había tenido a dos hombres, pero que entre los dos no llegaban a lo que yo deseaba de un hombre y me juré que algún día lo encontraría. Nos dormimos ya satisfechos y hasta el día siguiente.»

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  • La biblioteca es para estudiar

    La biblioteca es para estudiar

    Estaba en la biblioteca de la universidad preparando el último examen de la carrera. El que me llevaría a ser una verdadera enfermera. Por fin. Pero el examen era más que difícil. Llevaba poco tiempo preparándolo y era mucha materia para aprenderme en dos semanas.

    Delante de mí veía otras 12 o 15 mesas repletas de gente que, como yo, estaba concentrada en su taco de folios. Excepto un chico. Siempre se sentaba en el mismo sitio. Estaba tres mesas por delante de mí. Siempre con sus folios esparcidos por la mesa y sus cuatro bolígrafos alineados a su derecha. Siempre tan bien vestido y tan peinado. Qué pijo me parecía. Me lo imaginaba echando un polvo desenfrenado… No, era imposible. Tenía pinta de no haber roto un plato en su vida.

    Empecé a imaginar cómo sería que me desnudara despacito, con esa calma y ese sosiego que parecía caracterizarle. Y que me dijera cosas guarras al oído mientras me tocaba hasta el último centímetro del cuerpo.

    Yo soy una chica normal, con el pelo largo castaño, liso, ojos verdosos, un culo bien puesto y unas buenas tetas. No sabía porqué, pero siempre me gustaba ir bien vestida a la biblioteca. Otras iban con un chándal y una camiseta sin más. Poco femeninas. A mí me gustaba que los tíos se me quedaran mirando y que fantasearan conmigo. Por eso llevaba escotes que dejaran entrever lo que había debajo…

    De repente, mientras fantaseaba con aquel chico, me di cuenta de que me estaba mirando y bajé la vista avergonzada. ¿Se daría cuenta de lo que estaba imaginando? Volví a levantar la vista al cabo de treinta segundos y ahí estaba, mirándome con una cara que… madre mía… ¡¡Quien le pillara en ese momento!!! ¡¡Que morbo tenía el tío!!

    Me sonrió con una mirada penetrante que me hizo estremecer, me guiñó un ojo, y se levantó de la silla despacio, sin hacer ni un ruido. Había demasiada gente en la biblioteca como para llamar la atención. Me hizo un gesto que yo entendí como para que le siguiera. Me salió una sonrisa estúpida.

    ¡¡Qué nerviosa estaba, dios mío!! No lo pensé dos veces. Estaba demasiado cachonda. Una oportunidad así no se tiene todos los días. Me levanté de la silla despacio y le seguí a una prudente distancia para que nadie se diera cuenta de que salíamos juntos. La puerta estaba lejos de donde estábamos sentados. Había que rodear un estante de libros enorme dedicado a la Política. Inmediatamente después de doblar la esquina de la estantería ya estaba la puerta, que daba a un recibidor bastante grande. Cuando salí de la biblioteca él ya estaba cerca de la puerta de un aula de informática que había en esa ala del edificio, a la derecha según salíamos. Cuando le miré me hizo un gesto para que le siguiera. Y eso hice.

    Cada paso que daba hacia aquella puerta se me pasaban mil cosas por la cabeza. A lo mejor se me estaba yendo la olla y aquel tío quería otra cosa. El caso es que entré en el aula. No había nadie. Él cerró la puerta detrás de mí y se me quedó mirando como preguntándose qué hacía yo allí. Y me dijo: —¿En qué pensabas hace un rato? Has estado mirándome mucho rato y me has puesto a cien.

    Me quedé muda. Se me había notado. Bueno. Así la cosa sería más fácil. Cuando intentaba buscar las palabras idóneas para contestarle me cogió del cuello y me acercó hacia él. Empezamos a besarnos, primero tanteando el terreno, despacio. Después de manera más fogosa. Hacía mucho tiempo que no estaba tan cachonda. No paraba de abrazarme de mil maneras diferentes tocándome todo el cuerpo. Entonces yo también empecé a tocarle por todas partes. Primero el pecho, que estaba fuerte como un toro, y después fui bajando hasta que me encontré con su polla que luchaba por salir de aquel pantalón.

    Estaba dura como la piedra. Sin dudarlo le desabroche el pantalón y su miembro quedó al aire, grande y grueso… ¿Quién iba a pensar que la tendría así? Estaba alucinada. Él no paraba de tocarme las tetas que, por supuesto, ya había sacado de la camiseta, y ya estaba chupando sin parar. Dios… que gusto me estaba dando… Tanto tiempo fantaseando con él y ahora… me estaba chupando las tetas.

    —”Dios que tetas tienes. Son cojonudas…” —Me dijo. Y siguió chupando y tocando como si le fuera la vida.

    Yo mientras tanto le masajeaba el manubrio fogosamente mientras el jadeaba como un loco. Empezó a besarme el ombligo y fue bajando poco a poco y de manera muy sutil.

    Detrás de nosotros había una hilera de pupitres. Poco a poco me fue echando hacia atrás hasta que me eche sobre aquellas mesas con las piernas flexionadas. Entonces siguió besándome y acariciándome. Empezó a tocarme el chumino suavemente con ligeras caricias en el clítoris. Como siguiera así iba a correrme en dos segundos… Ahhh… Los dos gemíamos de placer… Siguió tocándome y me metió los dedos en la almeja con movimientos de dentro a fuera que me estaban volviendo loca…

    Acercó la cara y me la empezó a comer de una formas tan sutil… tan suave… oh ohhh madre mía, que maravilla… Eché la cabeza hacia atrás. Iba a correrme… Siguió chupando, metiendo la lengua hasta el fondo. Estaba empapada. Jugaba con la lengua de arriba abajo, hacia los lados… ¡Joder! Nadie me había comido el coño de aquella manera. ¡Dios! ¡Ohhh! Siguió así durante un buen rato hasta que ya no pude más. Tuve un orgasmo de los que hacen historia. Intenso no. Más que intenso. Fuerte. Desgarrador.

    Cogió su polla y me la metió hasta el fondo… “Sigue así, sigue así…”. Yo estaba agotada del tremendo orgasmo que acababa de tener, pero no sé de dónde salieron fuerzas para seguir. Me folló como un toro. Me decía: “¿Te gusta? ¿Te gusta que te coma el coño y luego te folle?”… “Sí, sí, me gusta que me folles así… ¡Sigue!”.

    De repente sacó su pepino y me dijo que me diera la vuelta y que me pusiera mirando para las mesas. Casi no lo había hecho y ya me estaba intentando meter la polla desde atrás. Allí empezó a follarme como quiso. Yo no decía nada. Me dejaba llevar. Me estaba gustando tanto… Que placer… Sentía como su polla entraba y salía perfectamente. “Más más más, quiero más” le decía. “¿Quieres más?” decía él… Pues toma más… Aquel pedazo de nabo entraba y salía de mi coño sin parar. Con su mano derecha me tocaba el clítoris sin parar.

    Yo ya no podía más. Tuve otro orgasmo intensísimo. Cuando notó que me estaba corriendo él también se estremeció, gimiendo como un condenado y empezó a correrse dentro de mi coño. ¡Qué maravilla de polvo dios! Sacó el pepino del chocho todavía goteando, me agaché y me lo metí en la boca. Empecé a chuparle el instrumento sin parar. Él se había apoyado ahora en los pupitres. Las gotas de sudor le caían de la frente.

    Le chupé la verga mientras le miraba como lo hacía desde la mesa de la biblioteca. “¡No me mires así cabrona, que me voy a correr otra vez!”. Gemía como un loco. Me agarró la cabeza para que no dejara de chapársela mientras se corría otra vez. Me tragué hasta la última gota de su corrida. Estábamos exhaustos. Llevábamos casi una hora dale que te pego y no nos habíamos dado ni cuenta. Había sido una gozada.

    Me besó en la boca de forma tierna y me dijo: “Ha sido estupendo”. “Yo también lo he pasado muy bien”, le dije. Nos vestimos y salimos del aula. Ahora la ropa de él estaba algo más desaliñada y el pelo revuelto. Así estaba mucho mejor. Me pregunto: “¿Vas a venir mañana?”… “Supongo, tengo mucho que estudiar”. A lo que él contestó: “Cuando hagamos un descanso hablamos y a lo mejor te puedo ayudar con Anatomía. Hasta mañana”.

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  • Mi primer trío para salvar mi matrimonio

    Mi primer trío para salvar mi matrimonio

    Aquella tarde vi a Manolo, mi marido, que llegó más serio de lo que era habitual en él. Como cada día, lo esperaba en casa a que llegase, para juntos terminar la jornada.

    Mi nombre es Clara, y no tengo una ocupación específica, aparte de ser la mujer de Manolo. Soy madre de un niño de 9 años y yo tengo 37, soy morena, pecho abundante, no demasiado alta, y me conservo muy bien, y sin resultar falsamente modesta, puedo presumir de ser muy atractiva.

    Prácticamente, mis únicas obligaciones son ocuparme de mi marido y de mi hijo. Mi trabajo es ser esposa y madre.

    Por todo esto, cuando veo a Manolo serio, me preocupo, y sé que soy pesada al intentar sacarle todo lo que le ha sucedido en el día para que se desahogue.

    Aquel día salimos a pasear, cenamos los tres juntos, y cuando se acostó el niño, nos quedamos los dos solos, como hacíamos con frecuencia, disfrutando un poco de nuestra propia compañía.

    Al rato, decidimos acostarnos. Ya en la cama, intenté besarle, pero él no respondía a mis caricias, lo que terminó alarmándome.

    —Cariño ¿Qué te sucede? ¿Te pasa algo? —Pregunté.

    —No, no pasa nada, sólo me siento cansado.

    Después de mi insistencia, iniciamos una conversación larga, cuya primera frase me dejó helada.

    —Quiero el divorcio —me dijo

    No supe que responder. Sólo podía preguntar los motivos, el por qué de esto.

    Él se explicó durante varios minutos. Tenía muchas quejas de mí, no como madre, no como ama de casa, pero si como mujer, como pareja.

    Manolo alguna vez, medio en broma, me había propuesto hacer algo diferente en el sexo. Tal vez que entrase otra persona con nosotros para hacer el amor, o practicar sexo.

    Yo no llegaba a profundizar nunca en estos temas, y salía como podía. La verdad es que tal vez no sea una persona a quien le vuelva loca el sexo, aunque también es cierto, que no tengo demasiada experiencia en el mismo, puesto que siempre he sido mujer de un solo hombre.

    Nuestras relaciones se basaban en los actos clásicos, en la penetración, los juegos con mis pechos, alguna felación, y poco más.

    Manolo me decía que no le llenaba sexualmente, y que nunca me había sido infiel, aunque ya deseaba a otras mujeres, y por ello prefería separarse.

    Aquella noche no pude dormir. La persona que más quería ya no deseaba estar conmigo. Siempre pensé que disfrutaba enormemente del sexo cuando estábamos juntos.

    Yo nunca he tenido más novio que Manolo. Comenzamos a salir muy jóvenes, y después de unos años de noviazgo, nos casamos. A los pocos años me quedé embarazada y desde entonces, nuestra vida ha sido estar siempre los tres juntos.

    Me sentía angustiada, no sabía como encauzar la reacción de mi marido. Tampoco sabía si existía alguna posibilidad de retomar la relación después de la conversación que habíamos mantenido

    Cuando llegó a casa al día siguiente, su carácter era el de siempre, como si no pasase nada, aunque veía en sus ojos que mantenía todo lo dicho la noche anterior.

    Después de irse el niño a la cama, nos quedamos de nuevo solos. En un intento desesperado por no perderle le dije que haría todo lo que él quisiera, con tal de salvar su matrimonio.

    Manolo rio al escuchar mi osadía.

    —Cariño, sabes que no puedes cumplir lo que prometes, —dijo él.

    —Ponme a prueba, —respondí yo. Estaba segura de poder hacer todo lo que él quisiera, con tal de no perderlo.

    —Vale, contestó. Quiero que hagamos un trío. Quiero que otro hombre y yo disfrutemos de ti.

    Sé que enrojecí de vergüenza cuando lo escuché. Le respondí.

    —¿Eres consciente que no he estado con otro hombre nunca, aparte de ti?

    —Lo sé, —afirmó Manolo.— Por eso mismo, me gustaría que cambiase esa situación. Tienes mañana para pensarlo, si cuando vuelva por la noche sigues pensando que harías cualquier cosa por salvar el matrimonio, y en concreto un trío, lo haremos el sábado, dejaremos el niño con mis padres y nosotros iremos a un hotel con otra persona que yo me encargaré de buscar. De no aceptar, la semana que viene pondré el tema de la separación en manos de mis abogados, y no te preocupes, que tendrás todo lo que te mereces, esta casa, más una aportación económica que os permita, a ti y al niño, vivir sin dificultades, como lo haces ahora.

    Durante el día siguiente, mi estado de ánimo pasó por varias fases, alguna complaciente, en el que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por no perder a mi marido, otra deprimida, en el que veía que iba a ser usada como una vulgar prostituta y otra altiva, en la cual no iba a permitir que se saliese con la suya.

    Según fueron pasando las horas, me daba cuenta que mi vida sin Manolo no sería igual, y que haría cualquier cosa que él me pidiese para poder estar junto a él, así que en cuanto llegó, aun estando mi hijo delante, le dije, acepto tu propuesta.

    Manolo me dio un beso, como hacía siempre, dio otro a su hijo y marchó de nuevo a la calle. Yo sabía que llamaría por teléfono para hablar con esa persona y organizar el encuentro el fin de semana.

    Cuando volvió, me dijo que sería el sábado, que después me daría los detalles.

    El niño se durmió enseguida aquella noche, y mi marido me explicó como sería el encuentro. Me indicó la ropa que debería llevar, debía ir sexy pero sin parecer una zorra, elegante pero no provocativa, en realidad, el resumen era el de parecer una gran señora, lo que en realidad siempre he sido, y la imagen que siempre he dado ante los clientes de mi marido cuando he asistido a alguna fiesta con él.

    Al día siguiente fuimos de compras, él me acompañó para vestir como deseaba Manolo, no obstante, esperaba que al final se arrepintiese y saliésemos los dos solos.

    Por fin llegó el sábado. Por la mañana varias veces le pedí que reconsiderase su postura, que había otras alternativas a lo que me proponía, podríamos imaginar, fantasear, incluso ir a un sex shop y comprar algún juguete para disfrutar de una noche divertida. Su respuesta fue clara, “me he comprometido esta noche, y tú también lo has hecho conmigo. Sino quieres ir a la cita, no hay problema, pero el lunes iniciaré los trámites de divorcio”.

    Mis escasas esperanzas de evitar lo que sucedería por la noche, se desvanecieron por completo.

    A última hora de la tarde comencé a arreglarme. Mi marido quería que cenásemos solos, y después, quedaría con nuestro “invitado”, en un local de moda.

    Me vestí tal y como me había indicado. Llevaba una falda un poco por encima de las rodillas, blanca, de lino y una camisa del mismo color, de tirantes, abotonada por delante.

    Salimos juntos de casa, al cruzar la puerta miré hacia atrás pensando que cuando regresara de madrugada no sería la misma.

    Estuvimos cenando. Durante ese tiempo, apenas hablé, apenas comí, me sentía tensa. Después nos fuimos al lugar donde habíamos quedado con aquel hombre.

    A los pocos minutos, vi que Manolo se acercaba a hablar con alguien, y supuse que era “la persona”. Así fue, me lo presentó como Leo, nos dimos dos besos, y pasamos al interior del local.

    El lugar comenzaba a estar ambientado. Había bastante gente. Manolo fue a pedir las consumiciones, y cuando nos las entregó, dijo que volvería enseguida.

    Allí estábamos Leo y yo. No sabía cómo reaccionar, y a todas las preguntes suyas, sólo sabía responderle con monosílabos. Le veía poco a poco más atrevido, acercándose a mí, tomándome por la cintura y hablándome al oído.

    En uno de sus acercamientos, rozó sus labios con los míos. No me aparté, puesto que sabía para lo que habíamos quedado, pero tampoco le correspondí.

    Por su parte, Leo, cada vez estaba más metido en la situación, y sus manos no paraban de agarrarme la cintura y los hombros.

    Cuando volvió mi marido, me acerqué a él, momento en el que nuestro amigo aprovechó para pasar su mano por el culo, algo que me molestó sobremanera.

    Manolo preguntó si ya habíamos roto el hielo, y Leo respondió sonriendo, que yo era muy tímida.

    Mi marido dijo que mejor nos iríamos de allí. Había reservado un hotel dijo, y nos dirigimos al lugar en cuestión, todos en nuestro coche.

    Al llegar allí, Manolo sirvió de nuevo unas copas, y nos sentamos como pudimos, Leo en un extremo de la cama, yo en el otro, mientras mi esposo lo hacía en una silla que arrimó a nuestro lado.

    —Tienes una mujer preciosa, Manolo, tienes mucha suerte.

    Su respuesta fue contundente:

    —Esta noche quien tiene suerte eres tú, eres nuestro invitado.

    Leo se levantó y se acercó a mí. Me sentía muy rígida, pero él cogió mi cara y me besó de forma lenta y apasionada, mientras que su mano se acercaba a mi pecho.

    En un gesto instintivo puse mi mano parapetando mis tetas. Manuel salió verbalmente en mi defensa, explicando que me sentía muy cortada, puesto que era la primera vez que hacía algo así.

    Para tranquilizarme, Manolo se colocó detrás de mí, y empezó a besarme el cuello y la nuca, apartando mi pelo. Con sus manos, fue desabrochando uno a uno todos los botones del abrigo, quedando al descubierto mi sujetador.

    De nuevo, mi instinto llevó a colocarme las manos sobre los pechos, pero mi marido me las apartó y las colocó por detrás sobre la cama, mientras que era él quien comenzaba a masajearlas.

    Aunque no podía verle, supongo que hizo un gesto a Leo, puesto que se acercó a mí y comenzó a besarme las tetas por encima del sujetador, lo movía, desplazaba y a veces, mis pezones quedaban al descubierto.

    Mientras me besaba, noté como empezaba a meter su mano por debajo de mi falda. Crucé las piernas, pero esta vez fue él mismo quien me agarró las rodillas y sin demasiado esfuerzo hizo que mis piernas quedaran entreabiertas, momento que aprovechó a rozar mis bragas, y pasar su mano por encima de mi sexo.

    —Clara, cielo, ¿por qué no te quitas la falda y dejas que veamos tus muslos?

    Como una autómata, me levanté y me quité la falda, quedándome con la falda y el sujetador solamente. Me sentía humillada, aunque a la vez me excitaba que un extraño me viese y además estuviese excitado al poder tocar y contemplar mi cuerpo.

    Sin llegar a volver a sentarme, mi marido me desabrochó el sujetador, y Leo terminó de quitármelo. Ahora también ellos decidieron quedarse con la misma ropa, y se desnudaron quedando únicamente con sus boxers.

    Manolo comenzó a masajearme los pechos y continuó besándome. Leo aprovechó para acariciar el resto de mi cuerpo, mis piernas, me tocó las bragas y terminó por meter su mano por debajo de ellas.

    Al notar sus dedos en mi rajita, no pude evitar mojarme. Comenzaba a excitarme, algo que en ningún momento pude imaginar, ya que esto lo hacía para complacer a mi marido y salvar mi matrimonio.

    Manolo me empujó contra él y caí encima de Leo. Su dedo estaba enganchado en mi vagina y nuestras bocas se juntaron. Ahora si fui yo quien tomó la iniciativa y besé con fuerza a nuestro amigo, mezclando nuestras lenguas.

    Mi coño comenzaba a parecer una fuente de fluidos vaginales. Mi marido me leyó el pensamiento agarrando mis bragas, y tirando de ellas hasta sacarlas quedando totalmente desnuda.

    Ahora era yo quien quería más. Comencé a besar el pecho de Leo, y bajé por su estómago hasta llegar a su bóxer. Lo bajé un poco, suficiente para sacar su pene, y comenzara a besarlo, acariciarlo, tocarlo, lamerlo y por último rítmicamente, me lo metí entero en mi boca, mientras que mi marido me puso a cuatro patas, estilo perro, y comenzó a lamerme mi sexo, que seguía fluyendo líquido.

    Me levantó ligeramente y noté como me introducía su polla dentro de mí. Me sentía una golfa, pero estaba disfrutando como nunca del sexo. Intentaba acompasar las embestidas de Manolo con los movimientos de mi boca sobre el pene de Leo. Mi marido no pudo más y noté enseguida como me llenaba de leche.

    Leo era más experto. Sin llegar a correrse me dio la vuelta, limpió el semen de Manolo con una toalla y metió su lengua dentro de mí. Nunca había sentido nada igual, y enseguida comencé a temblar y un orgasmo invadió mi cuerpo quedando totalmente entregada en la cama.

    Pensé que me dejaría descansar un rato, pero no fue así. De forma inmediata me abrió las piernas y comenzó a penetrarme de forma acompasada, de nuevo volví a excitarme. Me daba mordisquitos en los pezones, me mojaba los pechos con su lengua, los absorbía con su boca. Era la primera vez que hacía el amor con otro hombre que no era mi marido y la experiencia resultaba excitante.

    Llamé a Manolo, sólo quería besarle, y nuestros labios se rozaron. Quería decirle que le quería, que era el hombre de mi vida, pero las embestidas de Leo sólo permitían que gimiera y cerrase los ojos de placer.

    Me dio la vuelta. Hizo un intento de meter su miembro en mi ano, pero le pedí que no lo hiciera, algo que respetó. Bajó un poco y la penetración volvió a ser vaginal. De nuevo se recuperaba mi marido con mis besos en su polla. Iba aumentando el tamaño a medida que la masajeaba con mi boca. Creo que jamás le había hecho una felación similar, con tanta energía. Me di cuenta cuando volvió a estar erecto, algo que hacía muchos años que no conseguíamos en una misma sesión de sexo él y yo juntos.

    De nuevo, fue Manolo quien se corrió primero, y por primera vez, tragué todo su semen. Siempre me había dado cierto asco, pero esta vez, quería hacerlo, sentirme guarra.

    Leo me seguía manejando a su antojo, de nuevo me dio la vuelta y me volvió a lamer el coño. Eso me excitaba muchísimo, nunca me había sentido así. Noté que pronto me correría y le pedí que continuase penetrándome.

    Lo hizo, y no tardé en correrme. Cuando se dio cuenta, aceleró sus embestidas y él hizo lo mismo, eso si, dejando su semen encima de mi sexo totalmente depilado.

    Cuando nos despedíamos, dije a Leo que me gustaría volver a tener un encuentro similar. Manolo también se había sentido a gusto, por lo que no dudamos en volver a quedar en otra ocasión.

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