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  • La versión más puta de la mujer de mi padre

    La versión más puta de la mujer de mi padre

    Cuando mi viejo nos dio la noticia de que se casaba y que Mariana venía a convivir con nosotros mucho no nos importó. Vivimos en una casa enorme y papá tenía derecho a rehacer su vida como se le diera la gana. Sin embargo, esa impresión cambió desde el primer momento que apareció con sus valijas.

    Mariana medía 1.65, tenía caderas anchas y una cintura angosta que le marcaba perfectamente su culo trabajado en el gimnasio. Era delgada, pero con una espalda de hombros ampulosos que le daban una elegancia suprema a su cuello delicado, sobre todo cuando se hacía peinados recogiendo su pelo rubio y lacio.

    Tenía apenas siete años más que yo y 9 más que mi hermana. Cuando se ponía los top apretados de entrenamiento su cuerpo se veía espectacular, con los abdominales marcados y la espalda separada por una línea delgada que llegaba hasta su culo grande y carnoso.

    Cuando Mariana se mudó yo tenía 28 años. Estaba terminando la residencia de medicina y pagándome un crédito para mudarme con mi pareja. La llegada de Mariana a la casa había cambiado bastante mis hábitos cotidianos, como por ejemplo andar todo el día en calzoncillos o bañarme en el cuarto de mi viejo que tenía un jacuzzi impresionante y era lo más relajante para después de los deportes. También para coger con mi novia era un lugar codiciado, porque lo usábamos los fines de semana cuando mi viejo se iba al campo.

    Mariana era una mina muy sensual y extremadamente metódica. Se despertaba todas las mañanas a las 6, salía a correr y luego se iba a trabajar en su despacho, porque era funcionaria judicial. Cuando volvía hacía ejercicios de yoga en lo que era la sala de juegos y recién después de un buen baño aparecía por la casa para organizar la cena. Mi padre se la pasaba yendo y viniendo del campo, casi siempre con Mariana, así que en escasas ocasiones nos quedamos a solas.

    El yoga y el running de las mañanas mantenían su cuerpo casi perfecto. Se cuidaba en las comidas y era muy meticulosa a la hora de elegir los outfit para cada momento del día. Siempre elegía ropa que le resaltaba su cintura y sus muslos dorados y largos. Sus piernas eran largas como de bailarina de tango. Tenía las tetas medianamente grandes y eran perfectas para terminar sus curvas pronunciadas. Con el pelo ondulado, unos pómulos pronunciados y una boca grande con labios carnosos, era hermosa por dónde se la mirara.

    La verdad es que mi viejo había elegido un hembrón imponente que llamaba la atención de cualquier hombre de carne y hueso con su andar sensual y despreocupado. Elegía también perfumes suaves, lo que hacía que su presencia siempre estuviera acompañada de una dulce fragancia. Dejaba una estela al caminar. Era educada. No se metía en la vida de los demás. Una mujer atractiva que sabía lo que quería y actuaba en consecuencia.

    Con mi viejo tenían una relación correcta. Se acompañaban, trataban de organizar salidas los fines de semana, pero no tenían demasiada intimidad. De hecho a los pocos meses de vivir en casa, Mariana ya había elegido dormir en camas separadas y cuando empezaban los primeros ronquidos de mi padre se mudaba al cuarto de huéspedes que estaba al lado de mi pieza.

    Ese cambio para mí fue crítico. Primero porque me inquietaba su presencia y segundo porque pensaba que se escuchaba cualquier cosa que yo hiciera en mi cuarto. Empecé a sentir algo más que interés por la mujer de mi padre, la mina estaba buenísima, tenía apenas unos cuantos años que yo y se movía con una sensualidad prolijamente estudiada. En mi cabeza empezaron a circular dos opciones: o tenía un amante secreto y en casa lo disimulaba. O estaba recaliente esperando que alguien le pegara una buena cogida. Y claro, ese alguien tenía que ser yo.

    Empecé a obsesionarme con la mujer de mi padre. De a poco fui acomodando mis horarios a los horarios de Mariana para tener más encuentros en la convivencia. Cuando volvía de correr y se preparaba el desayuno, ahí ya estaba yo esperándola con las tostadas “blanquitas” como le gustaban a ella y el café recién hecho. Le consultaba sobre temas que sabía que le interesaban para que también sintiera que había un interés de mi parte por su vida. Sin pasarme de rosca le decía algunos piropos que subieran su autoestima como “cada día más espléndida vos” o “no se puede ser más linda” cuando me avisaba que podía llevarme la vianda a la oficina.

    Con el correr de los meses había logrado la confianza de Mariana y cada vez más tenía ganas de cogérmela aunque fuera la mujer de mi padre. Estaba buenísima y yo quería tirar mis últimos cartuchos antes de casarme. Y qué mejor y más discreto que algo en mi casa con este hembrón impresionante que cada vez se ponía más cachonda cuando la halagaba o le decía cosas lindas.

    Y avancé una tarde cuando Mariana hacía yoga en el playroom, yo sabía que iba a ir en ese horario y me puse a jugar a la play con el único objetivo de ver ese cuerpazo más de cerca. Mariana tenía una blanca calza en la que se le marcaban el culo y la vagina. Y una remera suelta que dejaba apreciar sus tetas al aire y sin corpiño.

    En cada movimiento se venían perfectamente los pliegues se una conchita depilada y se le marcaban profundamente los dos cachetes de un culito que se paraba cada vez que estiraba sus piernas y quedaba como suspendida en el tiempo. Yo no podía quitarle los ojos de encima ni tampoco pude evitar una erección que traté de disimular con un almohadón. Se me había puesto tiesa fisgoneando a la mujer de mi papá como un espectador de lujo.

    —¿Martín, me ayudarías a elongar? —Me propuso Mariana y yo no sabía que hacer porque pararme iba a ser delatar lo dura que me había puesto la pija ese culo perfecto y trabajado. Pero me la jugué, porque, al fin y al cabo, mi único objetivo era ese, que sintiera ganas de mí. Yo sabía que estaba caliente, que lo de estirar era una excusa para tenerme cerca.

    Cuando me acerqué noté que sus ojos se fijaron directamente en mi entrepierna, se notaba a pesar de que traté de disimularla con la remera. Tenía una de esas bermudas deportivas sin calzoncillos y la pija casi libre. No me importó nada. Ella tampoco hizo ningún comentario. Me pidió que me parara frente a ella y con un movimiento de bailarina se inclinó y apoyó una de sus pantorrillas en mi hombro.

    Indefectiblemente mi pene quedó rozando su vagina, y más sentía su calor cuando ella estiraba sus manos para agarrar su talón sosteniéndose en puntas de pie y con mi pija. Mariana lanzó un gemido suave y se apoyó un poco más fuerte contra mi verga que a esa altura ya estaba tiesa haciendo presión en su calza. Se apretó más a mi pija y se quedó quieta por varios minutos. Lo mismo repitió con la otra pierna y otra vez se frotó contra mí con movimientos suaves, gemidos silenciosos y una sensualidad desmesurada.

    La dejé hacer sin hacer mucho hasta que cuando estaba frotándose contra mi pija comenzó a temblarle la pierna de apoyo. La tomé de la cintura y la acerqué más a mí. Sus tetas quedaron casi pegadas a mi pecho y tendría mi pija hasta las entrañas si no fuera por esa calza que se sentía caliente, húmeda y apetecible.

    Cuando bajó la pierna quedó en puntas de pie frente a mí y volvía a acercarla con mis dos manos a la altura de su cintura, cómo noté que no oponía resistencia, bajé las manos para que poder abarcar con mis palmas esos cachetes redondos. Los apreté suavemente y otra vez mi pija y su vagina se encontraron, sus labios quedaron encima de mi tronco y con las manos le abrí un poco las piernas para que la sintiera un poco más.

    —Esto no está bien Martín —me dijo y se frotó más frenéticamente con sus brazos cruzados en mi cuello y sus tetas en mi pecho. Yo abrazaba a Mariana con mi tronco casi incrustado en su calza y ella se ponía en puntas de pie para sentirla más y más cerca de su conchita caliente.

    —Me estás poniendo algo puta Martín —me dijo y me dio un beso en el cuello, con la punta de su lengua recorrió desde el escote de la remera hasta el pómulo de la oreja y cuando la acerqué un poco más, me mordió apenas el lóbulo y eso me la puso más dura aún.

    Le corrí la cara y le comí la boca con un beso de lengua que la sorprendió, pero noté cómo se le aflojaban las piernas y con sus dos manos me tomaba de la nuca para que se la hundiera más. Yo seguía sobándole las nalgas, y jugaba con mi pene en su calza empapada. Metí una de mis manos por detrás y por primera vez pude sentir su piel suave y caliente. Mariana gimió y se apretó más a mí. La tenía casi montada en mi pija y con sus nalgas apretadas para sentirla más y más en su rajita empapada.

    Mariana se dio vuelta y quedó con su culo apretado contra mi pija que todavía seguía debajo del pantaloncito. Instintivamente cuando se arqueó hacia mí le empecé a sobar las tetas con las dos manos. Mariana ya gemía sin tanto reparo, se apretaba a mi pija y daba pequeños gritos de placer cuando le hundía la lengua en su oreja mientras le masajeaba las tetas y le pellizcaba los pezones suavemente.

    Ella bajó su mano y por primera vez tomó contacto con mi miembro que latía de la calentura. Yo sentía que tenía la pija hirviendo y me dolían los huevos de la excitación que me había provocado esta tremenda yegua. Mariana estaba cada vez más caliente y decidida. Bajó la parte de arriba de mi pantalón y pude sentir cómo trababa de aprisionarla con los cachetes de su culo. Con la cabeza de mi miembro le rozaba la cintura pero ella gozaba sintiéndola en su piel. Mariana seguía yendo y viniendo con su mano por mi pene y en cada movimiento hacia abajo la pegaba a sus nalgas que ya estaban transpiradas.

    Le bajé pun poco más la calza y le separé las piernas, pude acomodar por primera vez mi tronco debajo de su conchita empapada y caliente. Ella quedó como apoyada en mi miembro y con sus caderas hacía movimientos suaves para sentirla entre sus piernas. Cuando llegaba a la cabeza se quedaba unos segundos quieta, como esperando que la penetrara, pero yo la hacía desear y volvía a frotarle toda la pija hasta que sus cachetes quedaban pegados a mi vientre.

    —Necesito que me la metas Martín, me pusiste muy puta, la quiero toda adentro —me imploró, pero otra vez quede con mi cabeza amenazante casi hundida en sus labios para volver a frotarla.

    –Cogeme pendejo, no seas hijo de puta, dame un poco de esa pija gorda y caliente —me volvió a rogar mientras yo seguía sobándole las tetas por debajo de la remera y acariciándole el cuello con mi lengua. Mariana estaba en llamas, con su mano agarró mi pija y la acomodó en su cueva mojada.

    Cuando sintió que sus labios habían rodeado la cabeza, levantó un poco la cola e hizo presión para que mi pija entrara sin resistencia alguna en esa vagina que estaba hirviendo y churreaba jugos dulces y espesos. Empecé a bombear lentamente y mi tronco entraba y salía y ella aprovechaba para frotar su clítoris cuando la cabeza pasaba por esa rajita que se veía más carnosa cuando se la hundía hasta el fondo. Mariana empezó a moverse con mayor frenesí.

    –Cogeme hijo de puta, haceme acabar con esa verga caliente que tenés —me suplicó mientras se soltó de mi cuello se inclinó hacia adelante y después de separar las piernas empezó a golpear sus cachetes contra mis mulsos para sentir cada vez la pija más adentro. Yo estaba aguantando el orgasmo porque quería darle la leche en la boca o en el culo. No iba a correr ningún riesgo innecesario, pero con ganas le hubiese llenado la rajita de leche porque me lo pedía a gritos.

    —Llenámela de lechita caliente pendejo hijo de puta. Dámela hasta el fondo, tu papá no me coge hace años, estoy muy caliente, necesito sentir ese chorro en mis cueva —me suplicó y empezó a gritar como una zorra cuando con las dos manos le separé los cachetes del culo para que sintiera mi tronco un poco más adentro.

    –Partime al medio hijo de puta, te gusta cogerte a tu madrastra —me dijo cuando me pegué a su cuerpo y le volví a pellizcar los pezones después de cada embestida. En una de esas posiciones, mi tronco quedó frotando su clítoris y ella empezó a gemir más y más intenso.

    –Ahí, ahí, pendejo, seguí cogiéndome que te estás haciéndome ver las estrellas —me dijo y le separé más el culo para que la pija entrara casi hasta los huevos. La empecé a coger con fuerza, sólo se sentían sus gritos de placer y el choque de sus nalgas en mis muslos después de cada pijazo.

    —ahhhh, voy a acabar Martin, que puta me siento —me dijo y otra vez se colgó de mi cuello y la pija literalmente se le metió un poco más. Pude sentir cómo sus labios empezaban a dar pequeñas descargas sobre mi miembro y como sus jugos desbordaban cada vez que la alejaba para volver a meterla con más fuerza. Otra vez tuve que contener el orgasmo. Ella seguía gozando con mi pija latiente y amenazante.

    Con mi pija todavía adentro, Mariana seguía con pequeños temblores en todo su cuerpo. Cuando superó el orgasmo, me pidió que me sentara en el sillón donde jugaba a la play y se abalanzó sobre mi pija que también chorreaba de sus jugos. Primero rodeó la cabeza con sus labios y la recorrió con su lengua varias veces. Yo empecé a gemir también y le agarré la nuca para poder cogerle la boca. Se la metí hasta que sentí cómo tosía con una pequeña arcada.

    Cuando sacó la pija estaba toda babeada, con un hilo que la unía a su boca. La escupió y volvió a metérsela hasta el que con su lengua tocaba mis huevos y su nariz clavada a mi vientre, casi sin poder respirar. Me la estaba chupando con maestría, recorriendo cada centímetro de mi pija para metérsela hasta la garganta.

    —Me encanta que me ahogues con esa verga gruesa, dame la lechita Martín, dale la lechita a tu puta madrastra —Me dijo con vos de puta, casi suplicando. Sus palabras me pusieron más cachondo y le bombeé en la boca con la misma intensidad con la que me la había cogido antes de dejarle las patitas temblando y la piel de gallina.

    —Dame esa leche hijo de puta, la quiero toda. Querés que me la trague?  —Me preguntó mientras con dos dedos acariciaba mis huevos para sentir cómo se descomprimían con el lechazo. Fue como un chorro interminable que ella fue succionando con sus pómulos hasta que sintió que no quedaba nada.

    Con una de sus manos la acariciaba desde la base hasta la cabeza y cuando llegaba al final la apretaba para sentir que se llevaba hasta la última gota. Siguió chupándomela unos minutos y mientras tanto se acariciaba el clítoris y volvía a calentarse. Mi pija seguía erguida a pesar del orgasmo. Mariana se incorporó, me dio un besito en los labios, recogió su ropa y enfiló para el baño del cuarto de mi padre. Yo aproveché los minutos de descanso, pero cuando advertí que se había metido en el jacuzzi me metí en el baño sin permiso. Ella se acomodó en uno de los bordes como quien se corre para hacer un lugar y yo me senté justo para que el corro de agua tibia me diera a la altura de la cola.

    La pija se me había puesto otra vez tiesa con tremendo espectáculo. A pesar del polvo era la primera vez que podía apreciar ese cuerpazo despojado de toda la ropa. Y esa cara de putona que puso antes de volver a inclinarse sobre mi pija para mamarla de nuevo. Cuando vio que estaba tiesa, Se paro y su culo quedó a la altura de mi cara. Mi reacción fue instantánea y le enterré la lengua en ese botoncito dorado y apretado.

    El culo de Mariana era algo que no me iba a perder en ninguna circunstancia y ahí lo tenía a mi merced, dilatado, perfumado y en el baño de mi viejo. Ella me dejó jugar con mis manos en su vagina mientras le seguía comiendo al culo que se dilataba cada vez más. Estaba más puta todavía porque hacía presión sobre mi cara para que la lengua la penetrara más y más.

    Mariana se sentó literalmente sobre mi pija. Se puso en cuclillas hasta sentir mi cabezota en su agujero trasero. Yo sólo atiné a agarrar la pija desde la base para guiarla cuando ella aflojó las rodillas y la verga se fue metiendo suavemente en su culo hasta que quedo clavada arriba mío, con la pija hundida en el fondo y mis manos frotándole el clítoris para que siguiera caliente mientras me la culeaba.

    Empezó a subir y bajar por mi tronco casi con desesperación. En cada golpe de sus cachetes contra mis piernas se abría un poco las nalgas para que la pija le entrara más. Yo seguía estimulándole el clítoris y eso la volvía loca.

    —Me vas a hacer acabar de nuevo pendejo —me dijo y se desplomó sobre mi verga y empezó a mover la cabeza de un lado al otro hasta que se le aflojaron las piernas y quedó como con peso muerto clavada en mi miembro que seguía tieso. Yo estaba muy caliente y me alcanzaron con tres o cuatro movimiento de mis manos para que entrara y saliera antes de largarle otro chorro de semen caliente. Me pareció que ella volvía a acabar cuando sintió mi esperma caliente en su culo. Yo hacía presión para que sintiera cómo mi pija se había adueñado de ese orificio tan pero tan caliente y cuidado.

    –Me rompiste el culo hijo puta, ni a tu padre se lo había entregado- me dijo Mariana ahora sí un poco más relajada y satisfecha. Yo traté de seguir actuando con naturalidad y después de un buen baño me despedí con un piquito y sin decir nada. Ella hizo lo mismo y aprovechó la calma de la casa para dormirse una siesta.

    Mariana sabía que teníamos la casa para nosotros todo el fin de semana, porque ya le había avisado a mi padre que esta vez no iría al campo por algunos compromisos personales.

    Fueron tiempos de lujuria y sorpresas, que ya les contaré más adelante.

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  • Mi amado vecino

    Mi amado vecino

    Aunque soy titulada universitaria, dejé de trabajar hace años y me dedico a ser ama de casa, a leer, viajar, escuchar música, baile de salón, gimnasio y siempre tengo tiempo para otras cosas… Os contaré lo bien que me lo paso tomando el sol en mi pequeño jardín, me encanta quedarme desnuda tendida en la hamaca tomando el sol y masajeando todo mi cuerpo con leche bronceadora y lo bien que me lo pasaba cuando comenzaba a acariciar mi coño llegando al orgasmo. Me da mucho morbo.

    Esto no quiere decir que mi marido y yo no practiquemos sexo, al contrario, muchas veces por la noche después de cenar nos animamos y bien en el salón sobre la mullida alfombra o en el dormitorio, hacemos apasionadamente el amor, cuando ya me he corrido dos o tres veces y ya estoy satisfecha yo se lo recompenso haciéndole una buena mamada y él me deja la boca llena de leche calentita que me procura un buen sueño.

    Bueno, pues últimamente, salgo al jardín y tumbada en la hamaca comienzo a dar masajes a mi cuerpo desnudo .Pero noto que desde la casa de mis vecinos alguien me está mirando, si me están mirando a través del seto de arizónicas. Descubro a una persona joven que me saluda desde allí y yo curiosa, envuelta pudorosamente en una toalla me acerco.

    Me cuenta que sus padres se han ido dos meses a un balneario y él ha venido de vacaciones para cuidar la casa. Se llama Apolonio, tiene 30 años, está casado y vive en Sudáfrica donde tiene un negocio de importación de bebidas y productos españoles. Me dice que su mujer, sudafricana y mulata por supuesto, no ha querido venir porque el clima le va mal y aparte tenía que quedarse al cuidado de sus negocios

    También me comenta que me ha visto tomar el sol y me pide que pase a su casa, que use su piscina y tome tranquilamente el sol allí. Yo acepto encantada.

    Al día siguiente, tal como habíamos quedado, cruzo el seto y paso a su parcela. Le llamo, pero nadie me contesta. Como soy invitada, tomo posesión del jardín, me baño y me tumbo desnuda indolentemente en una gran hamaca. Al rato llega Apolonio, se disculpa por no estar allí ya que ha tenido que ir a solucionar una urgencia y se alegra de que yo esté ya tomando el sol.

    Entra a casa y al rato sale en bañador con dos cervezas fresquitas. El bañador que lleva es un minitanga blanco y se le nota perfectamente el fornido paquete cosa que me empieza a poner cachonda. Entre risa y risa y muchas miradas, nos tomamos las cervezas.

    Apolonio dice que le gusta verme desnuda y, dando un tirón a su ligero tanga, se queda desnudo. Ahora es cuando compruebo la hermosura de su polla y lo tiesa que la tiene. Él me pide que me dé la vuelta en la hamaca ya que me va a dar un masaje y yo lo hago encantadísima. Comienza poniendo sus manos en mi cuello, bajando a los hombros, sobando la espalda, los riñones, me masajea muy bien los muslos, bajando a las pantorrillas y terminando en los talones. Vuelve a subir las manos, asciende hacia mis muslos, me masajea los glúteos, me los besa apasionadamente y, después, noto unas azotes secos y fuertes en el culo que, la verdad, me ponen muy cachonda.

    Con delicadeza me ayuda a darme la vuelta. Comienza a masajear mi cuello, después los hombros, bajando a sobar mis tetas, también saborea con su lengua unos momentos mis pezones que están duros como piedras. Sigue bajando suavemente alcanzando mis muslos, después sube las manos y delicadamente me abre los labios mayores y me introduce dos dedos en la vagina, yo estoy que reviento de placer.

    Me pide que me baje hasta el borde de la hamaca y comienza a comerme el coño. Me pasa la lengua una y otra vez por el clítoris haciendo que me corra como si fuera una primeriza. Después me introduce su verga y estamos follando hasta caer rendidos, yo tengo otro maravilloso orgasmo y, al final, se corre dentro de mí y siento su leche calentita en lo más profundo de mí y, apretándome aún más a él, tengo el ultimo orgasmo.

    Así todos los días, pero el tiempo pasa, todo llega y, para mi desgracia, a finales de agosto, Apolonio se marcha a Sudáfrica.

    Yo me acuerdo con placer y nostalgia de los maravillosos días que pasé a su lado y me consuelo pensando que pronto llega el mes de julio, sus padres se irán al balneario y Apolonio con sus atributos estará dentro de mí durante dos meses trasladándome día a día al cielo.

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  • Al fin lo logré

    Al fin lo logré

    Me llamo Iván, tengo 39 años, mi mujer Sonia tiene 36, hace 15 años que estamos casados.

    Mas que una historia lo que contaré es el largo y delicioso proceso que me llevo a materializar mi fantasía, digo delicioso porque para empezar mi comportamiento debía ser distinto al que había tenido los últimos años, pero resulto ser de lo más encantador y deseable, me arrepiento ahora de no haberlo empezado muchos años antes.

    Nuestros juegos eróticos se limitaban al acto sexual podríamos decir normal, con alguna masturbación, al principio intente que me la chupara y yo a ella, también penetrarla por el ano pero todo fue en vano, lo calificaba de guarradas, más adelante intente un día sacar el tema del swinger, la respuesta fue la misma, pasaban los años y supongo que al no tener una variación rica en el acto sexual se fue convirtiendo en monótono y mecánico, estábamos y estamos enamorados, a ella no la cambiaria por nada en el mundo, peor como he dicho ella estaba con sus cosas y yo con las mías.

    Nuestra vida era más o menos como sigue.

    Ella se levantaba sobre las cinco de la mañana, salía de casa sobre las seis para hacer el turno de mañana, yo me quedaba en cama hasta las siete, para salir de casa sobre las ocho.

    Al medio día yo no comía en casa, por la noche si que cenábamos juntos pero ella se iba enseguida a la cama para levantarse temprano, yo disponía de más tiempo y me quedaba a ver la TV. o sea que cuando me iba a la cama ella ya estaba durmiendo.

    Nuestro juego sexual si se le podía decir juego se limitaba al fin de semana, pero de una forma como he dicho rápida y casi mecánica.

    Hace un par de años volvió sobre mi mente la fantasía de hacer un trío ver como mi mujer, pero esta vez estaba decidido a proponerlo muy en serio.

    Tonto de mí, se lo propuse como siempre lo había hecho, el rechazo fue total, estuvo algún día enfadada conmigo, ella lo asimilaba a que yo no la quería y buscaba una excusa para acostarme con otra mujer.

    Fue entonces cuando empecé a buscar información, compre novelas de intercambios, me informe de clubes, visite alguno que me explicaron con detalla en que consistían, navegue por Internet sobre el tema, y me di cuenta de que yo estaba muy equivocado, estaba cometiendo un terrible error, si apenas disfrutábamos nosotros del sexo creo que por desgana, como podía yo intentar introducir a otra persona, lo primero que tenía que hacer es que entre los dos hubiera más comunicación, que nos deseáramos el uno al otro, llegar a un punto, que de verdad fuéramos una pareja sin secretos de ninguna tipo y menos en el campo del placer sexual, en que el placer de ella fuera mi placer y mi placer el de ella.

    ¿Como lograrlo?

    Empecé probando con las pequeñas cosas de cada día, empecé levantándome unos minutos después de ella, al llegar a la cocina justo había empezado a desayunar, se sorprendió, preguntándome que me pasaba, le respondí que no tenía sueño, nos dijimos cuatro palabras, ella al levantarse empezó a recoger la mesa como cada mañana, la detuve diciéndole que se arreglara ya la recogería yo que tenía más tiempo, no solo la recogí sino que lave los cacharros como eran pocos lo hice a mano, al verme que do un poco sorprendida pero no hizo ningún comentario, me dio un beso y se fue.

    La cosa prometía hacía tiempo que no me daba un beso al salir de casa.

    Por la noche con la excusa de que tenía sueño por haberme levantado un poco antes, no me quede a ver la televisión, me acosté al mismo tiempo que ella, nos abrazamos dimos un beso y a dormir.

    Fue durante el fin de semana que saco el tema, cuando nos acostamos me pregunto si me ocurría alguna cosa, porque mi comportamiento durante la semana había cambiado, desayunábamos juntos, nos acostábamos juntos y otras pequeñas atenciones que antes no tenia, le dije que no pasaba nada, pero que me había dado cuenta que posiblemente por culpa mía, poco a poco nos íbamos distanciando y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que esto no ocurriera, nuestras relaciones sexuales habían disminuido le dije, te quiero, te deseo, quiero gozar de tu cuerpo, quiero que tu sientas el máximo placer, dicho esto me abrazo, me beso como hacía tiempo que no hacía, tuvimos una noche de sexo más larga de lo normal, esto si dentro de lo normal en cuanto a práctica.

    Esto fue creo que el comienzo, las semanas que siguieron aumente mis atenciones, también ella lo hizo, la acompañaba al supermercado de compras, iba con ella de rebajas, cosa que yo nunca había hecho, al principio lo hacía con un poco de disgusto, no me agradaba hacer todo aquello, pero ahora estaba complacido de hacerlo, los dos queríamos que el otro sintiera el máximo placer, no era difícil entra semana encontrar un par o tres de huecos para hacer el amor, en la cocina, en el comedor, en cualquier parte, no como antes que tenía que ser siempre en la cama.

    Yo estaba muy satisfecho del resultado, ya ni me acordaba de las fantasías que había tenido antaño.

    Se acercaba un fin de semana largo, el sol empezaba a calentar y decidimos ir a un hotel en la playa para descansar y empezar a dorar nuestra piel, nada más entrar en nuestra habitación nos cambiamos de ropa para salir.

    Sonia me llamándome por mi nombre diciendo ven, me di media vuelta ya estaba tumbada en la cama desnuda y con las piernas abiertas, mi erección fue instantánea, ella nunca me había pedido que la follara y este ven parecía una súplica, subí a la cama por los pies, caminando a cuatro patas, cuando estuve encima de ella empezamos a besarnos en los labios yo continuaba de cuatro patas, ella levantaba el culo para rozar su coño contar mi polla, no pude aguantar más, me baje un poco, ella la tomo con fuerza apretándosela dentro del coño, después rodeo mi culo con sus piernas, acariciándome con sus uñas mi columna vertebral, la corrida fue muy rápida, no me esperaba aquella sesión.

    Por la noche estuvimos en una pequeña discoteca que tenía el hotel, fuimos a dormir un poco tarde, como era ya normal follamos otra vez, era la tercera ya que antes de ir a cenar fue el segundo, por lo que decidimos no madrugar.

    Estaba yo en el mejor de mis sueños, estaba yo tumbado boca arriba y una chica que no veía el rostro me la estaba chupando, tenía una fuerte erección, me fui despertando poco a poco, pero el sueño no desaparecía, notaba todavía que me la estaba chupando, levante un poco la cabeza y allí estaba mi mujer, con toda la polla en la boca, chupándola y masturbándome al mismo tiempo, al verme despierto me dio los buenos días, añadiendo, “hacía muchos años que no me lo pedías y he creído que te gustaría”, “pues has creído bien, le dije, continúa”, “si cariño hasta que te corras”.

    Me la estaba mamando y no me lo podía creer, nunca había querido hacerlo y ahora la tenía toda en la boca, por iniciativa propia, que era lo que me daba más morbo, cuando notaba el orgasmo cerca pensaba en otras cosas para que durara más, me la estaba chupando de maravilla, acabo tragándose toda la leche y continuaba chupando, unos golpes en la puerta me salvaron, se levantó rápidamente, se puso el chándal, es el camarero me dijo he pedido el desayuno en la habitación.

    Otra sorpresa, ella nunca lo había querido, siempre bajábamos el comedor, nos sentamos juntos en el sofá para devorar lo que habían traído, convertimos el desayuno en la continuación del jugo, entre otras cosas nos dábamos la comida el no al otro pero con los labios siendo un morreo cada bocado.

    Terminamos me tape un poco y fui a llevar el carro al pasillo, al entrar ella ya estaba a punto otra vez, tumbada en la cama, esta vez me arrodille a su lado, empecé por los labios, a besos fui recorriendo todo su cuerpo, tenía que corresponderle por la mamada que me había hecho, suspiraba de placer, cuando llegué a la ingle separó un poco sus piernas y empecé a pasarle la lengua por los labios de su coño, se lo chupaba, entraba la lengua dentro, con los dedos buscaba su punto, al rato me pidió que para, fóllame me dijo, no querida hasta el final, tenía que sujetarla porque se retorcía de placer, cuando termino me recosté a su lado estuvimos un buen rato abrazados mirándolos a los ojos sin pronunciar palabra.

    Evidentemente nuestra relación había cambiado por completo, tanto en el placer como en toda nuestras otras cosas. Durante el sexo tenía mi polla más en la boca que en el coño, le gusto mamarla, compramos juguetitos para los dos, la comunicación era plena, empezamos a frecuentar playas nudistas.

    En una playa de estas día apareció un matrimonio, se situaron cerca de unas rocas, al abrigo de ellas, un poco más jóvenes que nosotros, el bastante bien dotado y a más guapo, mi mujer se lo quedó mirando, más que su cara su polla, en aquel momento me vino a la mente otra vez la fantasía, quería ver a mi mujer con follando otro hombre y además bien dotado, a lo que le pregunte al rato, “¿Sonia te gusta esta, te imaginas tenerla entre tus piernas?”, solo me contestó, “vámonos al hotel”.

    Este distaba unos veinte kilómetros, nada más salir de la playa había una antigua cabaña abandonada de labradores, paré el coche entramos allí, tendimos la toalla y se puso a cuatro patas, yo también detrás de ella empecé a lubricarle el coño con la lengua un buen rato, después agachado le fui entrando la polla poco a poco, me arrodille abrazándola por los pechos, acariciándole los pezones.

    Con un movimiento de va y ven, tuvo muy rápido el orgasmo, terminamos como a ella le gusta, chuparla y correrme en su boca, volvimos a la playa, no quedaba nadie solo la pareja que antes he comentado, mi mujer no paraba de mirarlo, con tanto descaro que el chico se dio cuenta, una de las veces que mi mujer entro en el agua vi que el chico se le acercaba y le decía algo, mi mujer hizo una sonrisa y se zambulló totalmente varias veces en el agua.

    Al venir a mi lado le pedí que me contara lo que había pasado, dijo “el chico me preguntó si me gustaba su polla, le contesté afirmativamente, continuó diciéndome que podía tocarla, su mujer no era celosa y además eran una pareja liberal, por esto me zambullí varias veces, para acariciarla, incluso me la he puesto en la boca bajo el agua, por cierto hace tiempo que no sacas el tema de hacer un trío, ahora sería el momento, son jóvenes, liberales, bien dotado y ella no está mal para ti, tiene pechos generosos como a ti te gustan y un buen culo, que más quieres”.

    Yo no estaba convencido del todo, pero ella insistió, “por favor déjame chupar esta polla, deja que se corra en mi boca”. Le puse una condición que seguro que no aceptaría porque nunca lo había querido, que se dejase encular si el chico le apetecía, no tardó ni medio segundo en decir que si, la decisión estaba tomada, yo sería cornudo y ella enculada.

    Nos acercamos a ellos, mi mujer me lo presentó, Ernesto y él a la suya, Ana, nos invitaron a sentarnos con ellos, tomamos un refresco que llevaban en su nevera portátil, al rato mi mujer se fue al agua y Ernesto detrás de ella, empezaron otra vez las zambullidas, pero ahora eran los dos que lo hacían.

    Ana me preguntó si éramos liberales, no supe que contestar, me miró pasando su mano por mi nuca diciéndome, siempre hay una primera vez, junto mis labios con los suyos, mientras acariciaba mi pene disimuladamente, “a mi marido le gusta tu mujer, quiere follársela y a mi me excita verlo, ¿qué me dices?”, yo le contesté “siempre hay una primera vez, a mí también me excita verla con otro hombre, ahora mismo me está poniendo muy caliente”.

    Mi polla estaba tiesa a punto de reventar, se tumbó en el suelo sin dejar de acariciarla, abrió las piernas y ella misma me tumbó encima suyo metiéndola toda dentro de su coño, rodeó mi culo con sus piernas, no paraba de acariciarme y de decirme lo bueno que estaba, notó que yo estaba a punto de correrme, hizo que me tumbara su lado subiéndome ella encima de manera que yo chupaba cómodamente su coño, mientras ella chupaba mi polla, así nos corrimos los dos al mismo tiempo.

    Nos tumbamos al sol para descansar un rato, no tardó Ana en volver a tenerla en la boca, pasaba la lengua suavemente de arriba abajo, succionando de vez en cuando, cuando la tuvo tiesa se subió encima de mí, la entró toda en su coño y empezó a cabalgarme, apoyada en el suelo rozaba sus pechos contra los míos, uniendo su lengua con la mía, yo puse mis manos sobre sus nalgas, apretando fuerte, acompañando en el vaivén, al rato ella lego al orgasmo, pero no se bajó, continuó moviéndose cambiando el ritmo, notó que yo estaba a punto y me abrazó fuertemente, y con un morreo profundo, llegue al final.

    Se hacia tarde, nos levantamos para llamar a Sonia y Ernesto, pero no los vimos en el agua, los buscamos y los encontramos detrás de unas rocas, Sonia con las piernas abiertas y a cuatro patas, Ernesto detrás suyo se la estaba follando, no dijimos nada, medio nos escondimos para poder mirarlos sin ser vistos, nos pusimos los dos otra vez muy calientes, de ver a su marido follándose a mi mujer.

    Ana empezó a masturbarse, me puse detrás de ella, mi polla volvía a estar tiesa otra vez, me agaché, separé sus nalgas para lubricar su culo con mi lengua, ella adivinando mis intenciones se arrodilló y con las piernas bien separadas, se puso igual que Sonia a cuatro patas, direccioné mi polla en su ano, apretando suavemente para dilatarlo, entró toda en su culo muy rápidamente, pasé mi mano por entre su pierna para masturbarla acompasando los movimientos, al llegar al orgasmo oímos unos aplausos, eran Sonia y Ernesto, sin darnos nosotros cuenta, habían terminado y estaban en primera fila disfrutando del espectáculo.

    A partir de este momento nuestras visitas a casa de Ernesto y Sonia, fueron y son constantes, y viceversa.

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  • Noches diferentes a las demás

    Noches diferentes a las demás

    —Sigue, vamos, si oh, que bien se siente. —eso decías.

    La luna cayó, alumbrándonos con su resplandor, el sonido de los grillos, tu respiración, llenaban el ambiente con un fuerte olor a sexo, a calor humano, deseos y sentimientos encontrados.

    Fue una constante actividad, nos conocimos hasta la más mínima parte del cuerpo de cada uno.

    Al llegar el amanecer te vi plácidamente dormido, parecías un niño, tus finos cabellos castaños, parecidos a los de un ángel, tus facciones toscas y masculinas, ese cuerpo inmóvil, quien podría imaginar que horas atrás se movía a ritmos inimaginables.

    Despertaste y partiste ¿adonde? no lo sé.

    Continué con mi día, el trabajo me hacía olvidarte, descansaba un poco y recordaba aquella noche de pasión, tus manos envolviendo mi espalda, protegiéndola, acariciándola.

    Tu boca besando hasta el último poro de mi piel, tus piernas enredadas con las mías, dándose entre sí, friccionándose y queriendo hacerse una misma piel.

    Tus palabras retumban en mi cabeza; groserías, palabras suaves, una variedad de léxico. Prometías el sol, la luna y las estrellas, entregándome como adelanto tu cuerpo, tu alma, tus sentimientos, mezclándose con los míos, formando una nueva fragancia, un mismo sonido, una misma persona.

    Empezaste besándome el cuello, bajaste a mis pies ofreciéndoles un masaje, los besaste, te dirigiste a mis senos, succionándolos como un rico helado; volteaste mi cuerpo boca abajo y acariciaste mi espalda, bajaste hasta mis nalgas, deleitándote con sus formas, acariciando y besándolas, suspiraste y me dijiste: —parecen colinas, montañas más bellas en mi vida he visto. Fueron unas palabras dulces, de las que más disfruté.

    Tus dedos acariciaban ese espacio, lo tocaban con una delicadeza tan sutil, tan sublime; llegaste a mi intimidad, te apoderaste de ella, te deleitaste con tal paisaje, que tu ambición, tu virilidad deseó formar parte de tal lugar.

    Subiste, me observaste a los ojos, inspiraban una calidez y protección, me acariciaste la cara y me diste un beso tan dulce y cariñoso, me abrazaste por la espalda cargándome solo un poco y entraste en mí.

    Un fuerte suspiro salió de nuestras almas; era el momento en que tú y yo éramos uno, fui tuya, entrabas, salías, me hacías a tu antojo, topabas y te estremecías. Tus piernas empujaban y mi espalda se arqueaba cada vez más; decías mi nombre, me acariciabas los pechos, observabas toda mi anatomía y cuando quedaste exhausto de tal labor me dijiste: —eres preciosa, no puedo creer que seas mía.

    Tu delicadez, creía que te romperías en mil pedazos, me besaste y me dijiste “te amo”. Dormimos abrazados, arrullados por el cantar de la noche, sentí un beso en la mañana, era la señal de despedida.

    Dejaste una nota que decía: “Gracias princesa de mi vida, dueña de mi ser. Te amo”.

    Volviendo a casa lloré, y te anhelé como nunca lo había hecho por nadie, comenzó a llover y llegaste empapado, sonriendo me dijiste:

    —No pude irme, no sin ti.

    Con la música de la lluvia nos llevó a amarnos otra vez, siendo testigo de nuestra entrega y nuestra pasión.

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  • Le doblo la edad y sin embargo… (2)

    Le doblo la edad y sin embargo… (2)

    Soy Adriana, tengo 44 años y tal vez algunos hayan leído un relato anterior mío en el cual les contaba que hace unos meses estoy saliendo con Gabriel, un chico de 26 hijo de un matrimonio amigo. Pues bien, en esa ocasión les comentaba que me he enamorado sin remedio de él, y me temo que se está aprovechando de esa situación. Al principio me concentré en darle todo de mí, y en cumplir todas sus fantasías pues pensé que de esa manera me garantizaba tenerlo a mi lado.

    La cuestión es que Gabriel me pedía cada vez más y más, y yo terminé cediendo. No sean duros conmigo al juzgarme. Soy una mujer ya con algunos años y a punto de entrar al otoño de mi vida me he encontrado con este chico que me ha devuelto la pasión que creía perdida. Y puedo asegurarles que pasión es ahora lo que me sobra.

    Pues bien, al cabo de una noche romántica y mágica que pasamos juntos, Gabriel me dijo que su mayor anhelo era que otra mujer compartiera nuestra cama. Me explicó, para tranquilizarme, que no era un problema conmigo, es decir, que yo llenaba todas sus aspiraciones, pero esa fantasía la tienen todos los hombres y él no era la excepción. Yo estaba llena de dudas, pero mi amante sólo sabe de hechos concretos. Debe ser, supongo, por su edad, su juventud, su espíritu avasallante.

    Unos pocos días después me anunció: —Esta noche conoceremos a otra chica. Lo mejor será que te vistas como para la ocasión. Ah, y nada de ropa interior, sabes que eso me excita mucho —me dijo con un guiño cómplice.

    Pasé el día muy nerviosa esperando que llegara la noche. Yo seguía llena de dudas e inseguridad, jamás había hecho algo así. Pero por Gabriel era capaz de cualquier cosa. Tomé un largo baño, luego me puse un vestido rojo, bastante escotado (si me agachaba un poco podía verse casi por completo el globo de mis pechos), largo hasta la mitad de mis muslos, me maquillé y me peiné. Y nada de ropa interior, como él lo había pedido. El roce de la tela sobre mi piel sin bragas ni sostén aumentaba mi inquietud, aunque estaba sola en casa me parecía que todo el mundo me estaba viendo desnuda. No sé por qué pero no podía evitar que mis pezones estuvieran endurecidos y se marcaran bajo el vestido.

    Gabriel llegó cerca de la medianoche. Me dio un beso profundo y me dijo que estaba bellísima, lo cual me devolvió la confianza. Claro que no llegó solo. Lo acompañaba una chica llamada Anabel. Quedé impactada al verla. Era muy joven (luego supe que tenía 22 años, justo la mitad de los míos) y vestía de manera extremadamente provocativa. Una falda muy muy corta y un top que marcaba sus pechos grandes y duros. Llevaba el pelo corto y rojizo.

    —Estoy seguro de que se llevarán muy bien las dos —dijo Gabriel mientras servía unas copas.

    Nos sentamos los tres en un amplio sillón, nosotras a los lados y mi amante en el medio. Anabel sólo sonreía y hablaba poco. No tardé nada en descubrir que no era la primera vez que hacía algo así; es más, creo que era una profesional del sexo.

    Fue ella la que comenzó a besar profundamente a Gabriel y a acariciarle el cuerpo por encima de la ropa, deteniéndose en especial sobre su bragueta. Al mismo tiempo, daba suspiros cortitos y respiraba fuerte por la nariz. Yo estaba paralizada, no sabía qué hacer.

    —Vamos a quitarnos la ropa —dijo él poniéndose de pie— Adriana, Anabel, desvístanse entre ustedes.

    La chica no perdió tiempo. Me subió el vestido por los hombros y me dejó desnuda en un segundo. Era mi turno. Le quité el top y luego la micro falda, dejando a la vista un cuerpo espectacular. Debo decir que para mi edad no estoy nada mal, pero no podía competir con la juventud de aquella chica. Pensé que la única manera de superarla (las mujeres siempre estamos compitiendo) era ser mejor que ella en la cama.

    Gabriel ya estaba desnudo también y seguía de pie. Tenía una formidable erección. Estaba orgulloso de su pene, siempre lo daba a entender. Manoseándolo delante de nosotras, nos dijo:

    —Chicas, aquí empieza mi sueño. Quiero ver cómo se disputan esta hermosa verga, arrodilladas delante de mí.

    Anabel no tardó nada en hacerle caso. Se puso de rodillas y comenzó a lamer y mamar con ganas. Yo también me sentía en un sueño, no podía creer lo que estaba haciendo, pero allí estaba, de rodillas, como una grandísima puta, disputándome con desesperación la verga de un hombre con otra mujer. Ella, como si nada, peleaba por esa verga con toda su lengua, pero al mismo tiempo me rodeaba con un brazo por la cintura.

    Chupamos y lamimos como dos poseídas. Gabriel gemía y gritaba de placer. Anabel tomó la verga con una mano y me la ofreció. Sin pensarlo, me la comí. Si leyeron mi anterior relato (en la sección Maduras) sabrán que mamar me gusta y sé hacerlo bien, por lo que se renovó la confianza en mí misma. Me sorprendió que la chica abandonara tan pronto la parte oral, pero en seguida comprendí por qué: fue cuando sentí que me mordía un pezón.

    En efecto, Anabel se dedicó a comerme las tetas con la sabiduría de una experta. Ningún hombre me lo había hecho antes con tanta pasión y suavidad a la vez. Ahora era yo la que gemía con fuerzas, sin permitir que mi boca abandonara la verga de Gabriel. Los dientes de esa chica mordiéndome me excitaron terriblemente y estuve a punto de pedirle más y más. Hubiera querido que nunca se detuviera.

    De pronto Anabel interrumpió mi mamada y me dio un beso largo y profundo en la boca obligándome, con su mano sobre mi nuca, a que apretara mis labios contra los suyos. Yo estaba tan desconcertada como excitada, sentía su lengua pequeña y ágil dentro de mi boca, invadiéndome, mientras su otra mano retorcía mis pezones hasta el límite entre el dolor y el placer. Gabriel deliraba.

    —Así, así mis putitas, así las quiero ver —repetía— ardiendo por la verga de su macho.

    Volvimos a disputarnos su miembro después de que él lo agitara para golpearnos el rostro con la dureza de su rabo. Yo mamaba la cabecita y ella recorría todo el tronco a lo largo con su lengua, hasta llegar a los huevos. Después volvió a tomarla toda para ella sola. Tragó, tragó, tragó, tragó, hasta que su nariz quedó apoyada contra el vientre de Gabriel. Toda la verga estaba en su boca, debía llegarle hasta más allá de la garganta. Se fue retirando de a poco, expulsándola de su boca (parecía interminablemente larga) dejándola cubierta por su saliva. Al final, unos hilos de baba unían la cabeza con sus labios.

    La frotó un poco, masturbando a mi amante, y me la ofreció. Nunca me he tragado una verga por completo, sé que con algo de práctica se puede hacer, pero no era ese el momento de intentarlo. Anabel tomaba ventaja.

    —Las quiero a las dos en cuatro —ordenó Gabriel.

    Nos pusimos como indicaba, con los brazos apoyados sobre el sillón y las rodillas en el suelo. Él inspeccionó un poco nuestros traseros (fue algo humillante, pero yo estaba dispuesta a cruzar todos los límites) y anunció que empezaría por el de Anabel.

    —Chúpale el culo, prepárala para mi —me dijo. Y agregó, al verme vacilar: Vamos, sin remilgos. Métele la lengua.

    —Hazlo, te gustará —me alentó Anabel con una sonrisa caliente y mirada angelical.

    Y sí, lo hice. Tenía el agujerito pequeño y con gusto a piel, nada en particular. Ella pareció disfrutarlo mucho, a juzgar por sus gemidos. Cuando estuvo bien mojada Gabriel se colocó tras ella, apuntó con la cabeza de su verga hacia ese ano que me parecía diminuto y comenzó a empujar. Creí que iba a desgarrarla, pero por el contrario el agujerito de Anabel se dilató suavemente y todo el tronco de mi amante se perdió dentro de ella. Los dos gritaban de placer.

    —Ahh eres tan estrecha que me haces doler la verga —decía él. Ella se mordía los labios, entrecerraba los ojos y clavaba sus uñas en los almohadones del sillón. Gabriel la bombeó largo rato. Su estaca entraba y salía por completo, se deslizaba sin dificultad hasta las profundidades de Anabel. Cuando la metía hasta el fondo, cuando sus huevos hacían tope contra las nalgas, ella se quejaba un poco.

    No podía creerlo. Ante mis ojos, esa chica estaba siendo poseía por detrás, sodomizada intensamente, y nada menos que por mi amante. Ingenuamente se me ocurrió preguntarle:

    —¿Acaso no te duele?

    Ella volvió a su sonrisa angelical y perversa.

    —Sí, pero me gusta sentir este dolor. Anda, acaríciame el clítoris.

    Metí mi mano entre sus piernas (recuerden que estábamos en cuatro las dos) y me topé con un clítoris hinchado, redondo y muy húmedo. Ella se estremeció cuando lo hice rodar entre mis dedos.

    En eso Gabriel sacó toda la verga afuera y me dijo:

    —Mira, mira cómo le queda abierto el agujero. Adoro esta visión.

    Era cierto. Me impresionó un poco, nunca había visto algo así, el estrago que causaba un pene duro dentro de un trasero. Una pelota de golf habría entrado perfectamente en ese agujerito redondo en que se había convertido el ano de la chica. Me costaba aceptar que ese trasero pequeñito pudiera comerse una verga entera y abrirse de tal manera. Y me estremecí al pensar cuántas veces mi culo habrá quedado en esas condiciones. Justo en ese momento Gabriel agregó:

    —Ahora te lo abriré así a ti.

    No tuve tiempo de decir nada. Anabel metió su lengua en mi trasero para lubricarme, me dilató un poco con un dedo y enseguida sentí que Gabriel me apoyaba la cabeza caliente, dura, enrojecida de su verga justo en la entrada. Apoyé mi rostro contra la alfombra, quebré mi cintura y levanté las nalgas, sé que a él le gusta que lo reciba en esa posición. Pronto empezaría el ardor que siento cada vez que me hace el culo.

    Los hombres no tienen idea de lo que significa sentir una verga dentro del culo. Y creo que deberían tener más consideración con las mujeres que aceptamos practicar el sexo anal. Nos dicen sexo débil, pero hay que soportar una penetración de esa clase. Y en la mayoría de los casos, él obtiene más placer que nosotras. No crean todo lo que se ve en las películas, esas chicas son profesionales. Una mujer común y corriente siente dolor la mayoría de las veces. Gabriel hundió la punta de su verga en mi ano y se me escapó un quejido. Anabel me frotaba el clítoris y eso hacía el dolor más tolerable. También le lamía el pedazo de tronco que aún no había entrado en mí.

    Los tres gemíamos como desesperados. Me sentía extraña, ahora era yo la que estaba siendo sodomizada delante de los ojos de una desconocida que metía y sacaba dos de sus finos dedos de mi concha. Gabriel no me la pudo meter hasta el fondo, por más que empujó no entraba más, y mis gritos de dolor se debían escuchar ya por todas partes. De todos modos él se quedó conforme, y le mostró orgulloso a Anabel mi agujero abierto.

    —Te ves preciosa —me susurró ella. Yo seguía con el rostro contra la alfombra. Había lágrimas en mis ojos.

    —Date vuelta. Te quiero boca arriba y bien abierta de piernas —me ordenó mi amante.

    Cuando hice lo que me pedía, la chica se sentó en mi cara y apoyó su raja húmeda contra mi boca. Con su mano guió la verga de Gabriel hacia mi concha. Él se empezó a mover en forma salvaje. Anabel gemía y ambos se besaban. Formábamos un triángulo del cual yo era la base. Ella me frotaba el clítoris y le acariciaba el tronco, mientras dejaba sus líquidos en mi boca. Él le apretaba los pezones sin dejar de moverse para cogerme. Se estaba por venir dentro mío.

    —Vas a dejarme preñada —protesté. Él sabe que no puedo tomar pastillas y que no tengo colocado el DIU.

    —¿Y cuál es el problema? —preguntó él— No sabes qué gusto me dará metértela cuando tengas la panza bien redonda y grande. Hasta me gustaría preñarlas a las dos a la vez, si pudiera.

    Finalmente lo hizo. Me llenó la concha con su leche. Los tres quedamos tirados en la alfombra, agotados. Me temblaba todo el cuerpo y sentía el líquido de mi amante agitándose dentro mío y escurriendo un poco hacia mis muslos. Gabriel se incorporó.

    —Voy por un trago. ¿Sabes una cosa? La próxima seremos un amigo, tú y yo. Y si quedas preñada no sabrás cuál de los dos ha sido.

    —Cómo te envidio, lo pasarás genial —me dijo Anabel.

    —¿Tú lo has hecho con dos hombres a la vez? —le pregunté asombrada.

    —Con dos y con tres. Cuando sientas dos vergas dentro tuyo, una por atrás y la otra por delante, rozándose una contra la otra, ya no querrás saber de otra cosa. Suspiré. El semen de mi amante me seguía escurriendo de la concha hacia los muslos. Con la yema de los dedos me toqué el agujerito del ano: aún estaba dilatado y me ardía. No sabía qué pensar, pero una cosa era segura: mis aventuras con Gabriel no habían terminado.

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  • El tímido del colegio me acabó en la cara

    El tímido del colegio me acabó en la cara

    Mayo me trajo una sorpresita.

    Había tenido una semana larga, y esas reuniones de ex compañeros siempre me parecieron una mezcla rara de nostalgia forzada y competencia pasiva.

    Una de las chicas insistió, me tiró el “vamos un rato y si pinta, nos vamos”… y bueno, fui. No tenía grandes expectativas. Y ahí estaba.

    En una esquina del bar, con esa misma cara de serio de siempre, pero más hombre. Germán.

    El Germán callado del colegio. El que no hablaba con nadie. El tímido.

    Alto, con esa barba que le marca más la mandíbula, remera negra que le ajustaba en los brazos y su perfume amaderado.

    Lo vi riéndose con los chicos, hablando relajado. ¿Desde cuándo este se volvió tan canchero?, pensé.

    Me acerqué con una sonrisa, metiéndome en el grupo. Comenté algo boludo del pasado, me reí fuerte, y le toqué un brazo. El roce de su piel me dejó tibia.

    En un momento, quedamos mano a mano. El resto se había dispersado. Él me miró con esa media sonrisa y me dijo:

    —En el cole… yo te tenía terribles ganas. Pero no me animaba ni a saludarte.

    Me reí, genuina.

    —¿Y por qué no me dijiste, boludo?

    —Porque no me dabas ni cinco.

    Nos miramos. Hubo un silencio que me calentó más que cualquier piropo.

    —¿Nos vamos?

    No hizo falta repetirlo.

    Salimos del bar como ladrones, casi sin despedirnos de nadie. En la esquina, tenía su auto, un Fiat Siena negro y en cuanto cerramos las puertas, me le tiré encima.

    Lo besé con hambre, con lengua. Él me agarró la cara, el cuello, me metía la mano en el pelo y me apretaba los muslos con fuerza.

    —Estás más buena que nunca —me dijo con voz ronca.

    Arrancó el auto y en el camino fuimos poniéndonos al día entre risas y alguna mano descarada que tocaba de más.

    Cuando llegamos, me ofreció otra birra. La acepté.

    Me senté en la mesada de la cocina. Fría, dura, perfecta. Él se paró entre mis piernas, me agarró de la cintura y me besó de nuevo. Esta vez más lento, más hondo.

    Me mordió el labio, me chupó la lengua. Me sacó la campera, después la remera. Me miró el collar y se quedó ahí, clavado.

    Me lamió el dije. Después subió por el cuello y me mordió la oreja, lento, jadeando. Me derretía.

    Me bajó de la mesada como si no pesara nada, me llevó hasta el sillón, sin dejar de besarme.

    Me tiró ahí y empezó a sacarme la ropa con desesperación contenida.

    Él se sentó, abrió el cierre de su pantalón, y me miró.

    —¿Querés?

    Me arrodillé frente a él, lo miré a los ojos mientras le bajaba el jean.

    La pija estaba dura, gruesa, curvada para arriba. Me la metí en la boca sin decir nada. Él gimió, me agarró del pelo y me dejó hacer.

    La chupé con hambre. Lo lamía, lo mamaba como si tuviera sed. Sentía sus gemidos bajitos, graves, como si no pudiera contenerse.

    —La puta madre…

    Me subí encima suyo, le pasé la concha mojada por la punta de la pija sin meterla, solo frotando. Él me miraba, jadeando. Lo volví loco.

    Después me la metí despacio. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba. Lo cabalgué con fuerza, con ritmo, con todo el cuerpo.

    Él me agarraba las tetas, me las apretaba fuerte. Me pellizcó los pezones, me mordió uno. Me hizo gritar.

    —Puta linda… —me dijo entre dientes.

    Después me puse en cuatro, me escupió la concha y me la metió de nuevo, con ganas, con violencia.

    Me sonaban sus huevos contra el clítoris y me daban espasmos de placer. Me pegó una nalgada tan fuerte que me hizo gritar y me dejó marcada.

    —Eso… gritá —me provocó.

    Terminamos acostados de cucharita. Me la metió desde atrás, una mano en el cuello, la otra en las tetas.

    Yo jadeaba, me agarraba de su brazo como si me fuera a desarmar.

    Cuando se sintió por acabar, me empujó al piso. Me arrodillé y abrí la boca. Lo miré. Él se pajeaba rápido, jadeando.

    —Sos una puta hermosa —me dijo.

    Me pegó con la pija en la cara, dos, tres veces. Me tiró del pelo hacia atrás. Y acabó. Me llenó la cara. El pelo. Un chorro cayó justo sobre uno de mis aros.

    Se quedó un rato mirándome, con la respiración pesada. Me alcanzó un pañuelito.

    —Tené —me dijo, y me acomodó el collar con los dedos llenos de semen seco. Me besó el cuello.

    Me empecé a vestir en silencio. Él me miraba, como sabiendo que no me iba a quedar. Cuando agarré la campera, me preguntó:

    —¿Te puedo volver a ver?

    —Veremos —le dije, con media sonrisa.

    Intercambiamos teléfonos. Me mandó un emoji ahí mismo. Un fueguito. Le respondí con una berenjena.

    Antes de salir, me besó una vez más. Lento. Rico.

    —Bueno, hablame cuando te den ganas de repetir —me dijo al oído.

    Me subí al Uber. Tenía las piernas temblando. En la cara, su perfume. En la bombacha, su recuerdo. Y en mi teléfono, su número.

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  • La psicóloga de mi mujer

    La psicóloga de mi mujer

    Ana, mi mujer, me ha dejado encima de la mesa una libreta de teléfonos abierta por la letra S. En letras grandes y en rojo, destacándose del resto de nombres y números puede leerse Silvia. Silvia es su psicóloga, lo es desde que poco después de nacer Toni, nuestro primer hijo, ella cogiera una pequeña depresión. Al principio yo no creía demasiado en eso. Pensaba que la psicóloga no iba a solucionar nada y que tan sólo íbamos a estar pagando dinero a cambio de nada. Pero he de reconocer que mi mujer mejoró mucho en poco tiempo y que tras un par de meses volvía a ser la jovial y divertida Ana que me enamoró hace ya 12 años

    El caso es que desde hace unos meses mi mujer y yo no hacemos el amor. Mi pequeño soldadito, que hasta hace unos meses se había comportado como una auténtica arma de destrucción masiva hoy en día no era más que un pequeño revolver, recuerdo de épocas anteriores. Yo lo achacaba al estrés puesto que la empresa últimamente no nos daba más que disgustos y en vista de eso decidí tomarme unas pequeñas vacaciones. Me llevé a mi mujer y a mi hijo una semana a la nieve. Yo pensaba que una vez que volviera la tranquilidad y el sosiego aquello volvería a funcionar. Pero no fue así.

    Las vacaciones acabaron igual que habían empezado, haciendo trabajitos con la lengua a mi mujer para que al menos ella tuviera su ración de sexo. Lo mío era bastante más complicado. Mi rabo, en otros tiempos orgulloso y espléndido no era más que un colgajo de pellejos que no conseguían ponerse en pie por más piruetas que Ana intentara, y juro que intentó bastantes.

    Ella me decía al principio que no me preocupara, que no le diera importancia, que eso les pasaba de vez en cuando a todos los hombres, pero a medida que iba pasando el tiempo y veía que la cosa no se solucionaba comenzó a preocuparse también. Lo intenté todo, revistas, películas, shows en directo, incluso probé con las pastillas, pero las mini erecciones que conseguía eran incompletas e insatisfactorias. A veces conseguía penetrar a mi mujer, pero eso duraba poco y tenía que acabar la faena haciéndole un dedo y con una molesta herida en mi ego machista.

    Ana no me decía nada, para no agobiarme aún más, pero yo era consciente de que para ella tampoco debía estar siendo fácil. Desde que la conozco Ana siempre ha sido muy solícita en lo que al sexo se refiere y no es por presumir, pero conmigo siempre había estado bien servida. Ahora en cambio no era así ¿pero qué narices podía hacer yo? Creo que en una de las periódicas visitas que Ana hacía con su psicóloga ella le comentó algo de lo que me estaba pasando.

    Luego, ya en casa, me sugirió que quizás mi problema era mental y que quizás Silvia me podía ayudar como en el pasado la había ayudado a ella. Como he dicho anteriormente yo no creía demasiado en eso pero quería que mi mujer estuviese contenta y que viera que por mi parte estaba dispuesto a cualquier cosa.

    He marcado el teléfono y la he llamado para concertar una cita. Voy esta tarde.

    Silvia es una mujer muy atractiva. Debe tener unos treinta y pocos pero como digo la conocemos desde hace unos años, y digo la conocemos porque en la primera entrevista que Ana tuvo con Silvia me pidió que la acompañara. Silvia es de esas mujeres que con los años se vuelven más interesantes. Segura de sí misma, independiente, inteligente, con un buen físico y unos ojos azules que irradian optimismo y alegría Su voz era dulce y calmada y al hablar parecía que lo hiciera en susurros.

    —Hola Carlos, ¿qué tal? ¿Cómo va todo? Hace tiempo que no nos veíamos ¿verdad?

    —Sí así es.

    Mi voz era entrecortada y temblorosa debido al nerviosismo que me producía tener que hablar de un tema tan íntimo con una desconocida, por muy psicóloga que fuese.

    —Bueno, tu mujer me ha contado más o menos lo que te trae hoy aquí. Dime, ¿desde cuándo notas esa disfunción?

    —No sé, hará un par de meses más o menos.

    —¿y te pasa siempre?

    —Sí, siempre que intento mantener relaciones con mi mujer.

    —¿lo habéis hablado?

    —Sí, lo hemos hablado, hemos intentado no darle importancia, pero nada.

    —Ya. Dime, ¿habéis probado algo para solucionar el problema?

    —Sí, lo hemos intentado todo. Desde lencería atrevida hasta pasar tardes enteras en un sex shop viendo películas y actuaciones en directo y nada.

    —Ya. ¿Y las erecciones matutinas como son, son igual que antes?

    —No, no son tan fuertes. —hice un gesto con las manos para apoyar mis palabras pero al mismo tiempo que lo hacía me arrepentía de ello por si Silvia lo encontraba grosero.

    —Bien, eso es bueno pues significa que las erecciones no han desaparecido totalmente.

    —No totalmente no pero…

    —¿te masturbas, puedes llegar a masturbarte tú mismo o tu mujer?

    —Hace tiempo que ya no lo intento. Al principio lo hacía, pero no conseguía mucho.

    —¿recuerdas si te sucedió algo inmediatamente antes de la primera vez que tuviste el bajón?

    —No, no sé, ¿a qué se refiere?

    —Bueno, a algo que pudiera haber bloqueado tu mente y que por eso no tengas una buena respuesta sexual.

    —No, no sé, no recuerdo.

    —Intenta recordar aquellos primeros días, si conseguimos saber qué es lo que te ha bloqueado conseguiremos que vuelvas a tener erecciones fuertes. –Silvia realizó el mismo gesto que minutos antes había realizado yo y eso me relajó bastante.

    —No sé, quizás sea una tontería, pero recuerdo que pocos días antes de que me sucediera esto tuvieron que hacerme un reconocimiento médico anal porque tenía problemas con mis intestinos.

    —¿una exploración anal?

    —Sí, me tuvieron que introducir unos aparatos por el ano para ver cómo estaba por dentro el intestino.

    —Ya, ¿y cómo asumiste ese reconocimiento? ¿Lo viste como algo normal, como parte de un chequeo o lo vistes como algo negativo?

    —Sí, creo que sí, que lo vi como algo negativo ¿sabes? Yo siempre he sido muy hombre y cuando el médico me introdujo aquel aparato por el culo fue como si me violaran, como si después de aquello fuera menos hombre.

    —Entonces estoy segura que ahí tienes la causa de todos tus problemas.

    —¿usted cree?

    —Estoy segura. Pero déjame hacer una prueba.

    Entonces Silvia comenzó a desabrocharse la blusa lentamente ante mi sorpresa. Su blusa de color pistacho dejaba paso a un sensual sujetador de color negro que dejaba al descubierto buena parte de sus pechos.

    Yo, que debía tener los ojos como platos debido a lo inesperado de la situación comencé a sentir un picorcillo conocido en la entrepierna.

    —No puede ser. —dije en voz alta

    —¿qué es lo que no puede ser? —dijo ella a la vez que se deshacía de su sujetador.

    —No puede ser. —repetí de nuevo. Creo que voy a tener una erección —le dije con una sonrisa estúpida mientras me bajaba la cremallera de los pantalones.

    Silvia se levantó de su asiento y bordeando la mesa de su despacho se situó en cuclillas a mi lado.

    —A ver, déjame ver.

    Yo me bajé los pantalones y los calzoncillos para que Silvia pudiese admirar la robustez de mi polla que se estaba poniendo tan dura como en los viejos tiempos.

    —Creo que el hablar conmigo de esto ha desbloqueado tu mente. Vaya, tienes una buena polla. —me dijo mientras la cogía con una mano y la recorría de arriba abajo— Déjame ver la consistencia. —y la apretó varias veces antes de introducírsela en la boca.

    Yo no me lo podía creer. Esa mujer con sólo unas palabras había hecho que mi polla recobrara el vigor que ya le creía perdido y ahora me estaba ofreciendo una mamada que ni las putas lo hacían mejor. Alcancé sus pechos desnudos que quedaban a pocos centímetros de mis manos y comencé a masajearlos al ritmo que su lengua proponía en mi glande. Silvia estaba siendo deliciosa. No sé si eran los meses que hacía que no tenía sexo o las cualidades innatas de una boca hecha para mamar pollas el caso es que sabía que de un momento a otro podía llenarle la boca de leche.

    Intenté avisarla para que se retirara a tiempo pero la chica parecía estar pegada a mi rabo con pegamento y no se retiró ni siquiera cuando los chorros de semen se vertieron inundándole la boca.

    —Lo siento. —le dije cuando Silvia se incorporó para limpiarse los restos de semen que aún le quedaban en la boca.

    —No tienes que sentirlo, a mí me encanta ayudar a la gente. De todas formas creo que esta terapia será más larga de lo que yo pensaba en un principio así que te daré hora para la semana que viene.

    Hacía ya una semana desde que su pericia y su lengua habían hecho revivir a mi otro yo. Desde entonces había hecho el amor con mi mujer cada día, en ocasiones varias veces, pues la pobrecilla había estado pasando hambre durante los últimos meses.

    —Ya te decía yo que esa chica era muy buena en su trabajo. —dijo Ana la primera vez que vio mi polla de nuevo dura. Y tanto que lo es, pensaba yo recordando las caricias que su lengua me había regalado pocas horas antes.— A mí me ayudó mucho cuando lo de mi depresión. —Continuaba hablando Ana y en mi mente imaginé a mi mujer, sentada en la misma silla en la que había estado yo, con la falda remangada y las bragas en las rodillas mientras Silvia, acurrucada junto a ella, le lamía el coño con voracidad.

    —Ya, ya me imagino. Pero Silvia dice que aún no estoy totalmente recuperado y que para evitar recaídas deberé ir un par de veces más a su consulta.

    —Eso me parece muy bien. —dijo mi mujer mientras me llevaba de la mano al dormitorio.

    La segunda visita a Silvia duró unos 20 minutos. Nada más llegar me hizo pasar a su despacho.

    —¿Qué tal? ¿Cómo vas de lo tuyo? —me preguntó picarona.

    —Muy bien, desde que vine a verla la última vez todo funciona como las agujas de un reloj.

    —¿Puntuales?

    —No, imparables.

    —Está bien, bájate los pantalones, tengo que examinarte de nuevo.

    Yo creía que Silvia iba a premiarme con otra buena limpieza de sable y sólo con pensarlo mi rabo se puso duro e inhiesto. Ella misma lo cogió con la mano antes de que comenzara a desbordarse por el lateral de los calzoncillos.

    —Sí, ya veo que funciona bastante bien pero tengo que hacerle una prueba de resistencia para asegurarnos de que se encuentra en perfectas condiciones.

    —Lo que usted diga. —le dije mientras me relamía sólo con pensar en lo que Silvia me iba a hacer.

    Silvia comenzó a desnudarse y antes de que me diera cuenta la tenía frente a mí, tan sólo con un minúsculo tanguita de color rosa.

    Silvia estaba realmente tremenda. El otro día, entre el apuro que llevaba yo por lo de mi impotencia y la sorpresa que me llevé cuando se me amorró al nabo no había sido capaz de apreciar su sensual atractivo en toda su plenitud. Su piel bronceada, supongo que con algunas sesiones de uva, contrastaba con el color claro de sus ojos y el rubio chillón de su cabello que ahora le caía suelto hasta sus pechos.

    Estos no eran excesivamente grandes, normalitos diría yo, pero muy firmes y duritos, con los pezones duros y pequeñitos como dos botones. Llevaba un pearcing en el ombligo y un pequeño tatuaje en uno de los cachetes del culo, aunque eso no lo vi hasta más tarde. Debía llevar el sexo depilado pues el tanga apenas si podía tapar su delicada rajita.

    —Tengo media hora antes de la próxima visita. —y mientras decía eso pasó nuevamente una de sus manos por mi verga.

    Estaba claro que esta vez me iba tocar trabajar a mí y que no disponíamos de demasiado tiempo y que por eso ella me estaba apremiando.

    De pie, el uno junto al otro, nuestros cuerpos se unieron. Mis manos salieron disparadas en busca de sus tetitas mientras que ella restregaba su tanga por mi polla.

    —Mi mujer dice que eres muy buena haciendo terapia.

    —¿Ah sí? ¿Y tú que le has dicho?

    —Que sí, que realmente eres muy buena.

    —Bueno, intento ser bastante profesional.

    Después de varios minutos de besos y caricias, de susurros y chupetones, de mordiscos y obscenidades al oído una de mis manos abandonó sus pechos y se dirigió inexorable hacia su entrepierna. No fue nada difícil deshacerse del tanga y mucho menos aún introducir en su chochito un par de dedos que exploraban el nivel de excitación de Silvia. En una escala de 1 a 10 marcaba 100 así que no esperé más y estirándola sobre la mesa del despacho comencé a follarla lentamente.

    —¿Te parece que aguanta bien? —le decía yo mientras la penetraba profundamente.

    —Sí, va muy bien, pero deberías moverte más rápido para ver cómo responde.

    —¿Más rápido? Así, así, así…

    —Sí, sí, sigue así. Lo haces muy bien.

    —Así, así, así…

    —Siii, asiii, no pares, sigue.

    Silvia tenía una forma muy escandalosa de joder y tuve miedo de que la siguiente visita ya hubiese llegado y que nos estuviese escuchando desde fuera pero al mismo tiempo sus gritos y gemidos me excitaban mucho y pronto tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme.

    —Siii, siii, siii, maaas, maaas, dámela toda, vamos no pares, ya, ya, ya, siii.

    Silvia se corrió con un grito escandaloso y poco después yo me dejaba ir en su interior llenando su coño con mi esperma.

    Cuando nos incorporamos para vestirnos nos dimos cuenta que habíamos dejado la mesa perdida y que incluso algunos papeles se habían manchado de nuestros fluidos.

    —¿Y eso? —le pregunté yo, en referencia a los papeles manchados.

    —No pasa nada, es tu historial clínico, pero creo que ya no va a hacer falta.

    —¿Entonces eso significa que me das el alta?

    —No, aún no, estas cosas son muy delicadas y hay que ver cómo evolucionan en el tiempo. Vuelve la semana que viene. Ah, y dale recuerdos a tu mujer, ahora entiendo muchas de las cosas que me contaba en la consulta.

    Me despedí de Silvia con un beso intentando imaginar que tenía preparado para mí la próxima vez aquella diosa del sexo.

    Cuando regresé de la consulta de Silvia mi mujer me esperaba en casa con ganas de marcha. Llevaba puesto un sugerente albornoz de color amarillo pues acababa de darse una ducha y sus voluptuosos pechos de madre aparecían visibles en parte por entre la bata de baño. En condiciones normales, sólo con la visión seductora y sensual de mi mujer me hubiese empalmado como un caballo, pero yo acababa de echar un polvo con la psicóloga y mi rabo estaba saciado de sexo.

    —¿Qué tal? ¿Cómo ha ido con Silvia? —dijo mientras se desataba el albornoz.

    —Bien, ya sabes, hemos estado hablando y eso.

    Ana dejó el albornoz tras la puerta del baño y desnuda por completo se acercó a mí y me dio un beso en la boca mientras con sus manos me palpaba los bajos.

    Mi polla comenzó a endurecerse pero lo hacía sin la potencia con que lo hacen las pollas cuando están ávidas de sexo.

    —Vamos a la cama, tenemos todavía un rato antes de que venga Toni.

    Cuando acabé de quitarme la ropa la tenía de nuevo tan dura como una roca y me tumbé al lado de mi mujer que me esperaba echada boca arriba en la cama. Al verla desnuda recordé también el cuerpo desnudo de Silvia. Silvia era algo más joven que mi mujer, pero al no ser madre conservaba aún un cuerpo mucho más estilizado.

    Sus pechos, por ejemplo, aunque no tan grandes como los de mi mujer eran más firmes y duritos. Ana tenía las caderas más anchas y el culo más grande que el de Silvia. Recordé el tacto de mis manos en sus nalgas, mientras la follaba sobre la mesa de su consulta. Eran unas nalgas apretaditas, seguramente bien trabajadas en el gimnasio que contrastaban con las nalgas flojas de Ana.

    Se las acaricié, pellizcando suavemente en sus mofletes como solía hacer cuando novios para indicarle que tenía ganas de follarla. Ana se puso de lado dándome la espalda y ofreciéndome su culito.

    Mi verga se restregaba contra sus riñones y algo más abajo aún, justo donde empezaba la rajita de su culo. Le pasé una mano por el coño y lo encontré excitado como de costumbre. Ella abrió las piernas para facilitar mis caricias pero tan sólo buscaba su flujo, sus fluidos, su humedad que me permitiera lubricar su ano.

    Mi mujer entendió rápidamente mis intenciones y se puso boca abajo sobre la cama. Su culito había dejado de ser virgen mucho tiempo atrás, antes incluso de llegar a casarnos y aunque no era lo que más gustaba a Ana nunca me había rechazado cuando sin palabras se lo proponía.

    Coloqué un cojín bajo su estómago para que su culito quedara aún más expuesto y volví a hurgar en su chochito para extender más cantidad de flujo en su ano y en mi polla.

    —Relájate cariño, voy a entrar.

    Con las manos le separé las nalgas y con mi polla en su agujerito comencé a empujar hasta que conseguí introducírsela toda. Nada que ver la resistencia de ese ano ya experimentado a la que ofreció la primera vez, y sin embargo, por la preocupación de no hacer daño y de que Ana también disfrutara recuerdo que aquella primera vez fue bastante normalita, dadas las grandes expectativas que tenía en ella.

    Pero ahora mi polla entraba y salía con cierta facilidad de su culito y a medida que el ritmo de mis embestidas aumentaba escuché los crecientes jadeos y gemidos de mi mujer. Vi que tenía una mano en el coño como solía ser costumbre cuando adoptábamos esta postura y decidí darle con más fuerza. A cada penetración mis huevos chocaban contra sus nalguitas provocando un sonido indecente y morboso.

    Clak, clak, clak, no dejaba de sonar mientras un fuerte orgasmo se iba fraguando en el interior de la vagina de Ana.

    Ella se corrió antes que yo, que tenía el deseo algo más calmado que ella pero cuando la escuché correrse por segunda vez me imaginé que era el culo de Silvia el que me estaba follando y me vacié en ella dejando caer mi cuerpo sobre el suyo y permaneciendo así durante un buen rato.

    Pasó la semana como habían pasado todas desde que fui por primera vez a la consulta de Silvia. Hacía el amor todos los días con mi mujer pero a veces, mientras la follaba imaginaba que se la estaba metiendo a Silvia y me excitaba recordando nuestros dos encuentros. El martes era el día fijado por Silvia para nuestro encuentro.

    No sé bien cuál fue el motivo, quizás Ana sospechara algo, quizás se me había escapado en algún momento el nombre de Silvia mientras hacíamos el amor y yo no me había dado cuenta, el caso es que mi mujer se empeñó en acompañarme a la consulta y no hubo forma de hacerla cambiar de idea. Me preguntaba si Silvia se cortaría sabiendo que mientras ella estaba en el despacho conmigo, fuera iba a estar mi mujer, en otros momentos también paciente suyo, pero pronto me di cuenta de que no iba a ser así.

    Nada más entrar a su despacho y verme entrar vi cómo se relamía los labios mientras enviaba una primera mirada lasciva hacia mi paquete.

    —¿Cómo es que has traído a tu mujer?

    —Ha querido venir y me ha sido imposible convencerla de lo contrario.

    Silvia se levantó de su asiento y me endiñó un morreo sin más.

    —Entonces tendré que ser más discreta cuando tenga un orgasmo ¿no?

    Esa Silvia era increíble. Tenía la misma facilidad para hablar como para quitarse la ropa.

    —Vamos, dame tu pollón, quiero sentirte dentro una vez más.

    Se había bajado los pantalones y las bragas y peleaba con el cinto de mis pantalones mientras en mi paquete comenzaba a marcarse un tremendo bulto.

    No tardó en tenerme como ella, con los pantalones bajados hasta los tobillos. Yo lucía una hermosa erección mientras la observaba a ella quitándose también la blusa y el sujetador. Tenía los pezoncitos tan duros como la primera vez que se los vi y la piel de sus pechos estaba tan caliente que parecía que tuviera fiebre.

    —Vamos, fóllame, ¿a qué esperas para metérmela?

    Silvia se abrió el sexo con los dedos como si yo no conociera cuál era el camino que debía tomar pero mis dudas se debían a un terrible pensamiento que me asaltaba desde hacía unos días.

    —Quiero follarte el culo. —le dije para que no pensara que estaba atontado.

    —¿Cómo dices? ¿Quieres mi culito?

    —Sí, quiero joderte por detrás, llevo días soñando con ello.

    Entonces, por primera vez desde que conocí a Silvia la vi dudar. Era como si la idea de ser penetrada por detrás no le hiciese demasiada gracia.

    —Verás, es que….

    —No importa, si no te apetece lo dejamos y ya está.

    —No, no es eso, es que verás… Es que nadie me ha tocado el culo nunca, ¿sabes? No sé si me va a gustar.

    —Si no lo pruebas nunca lo sabrás. —dije yo intentando mostrar decisión y seguridad en mis palabras.

    —Prometo ir con cuidado, tú sólo déjate llevar.

    Entonces repetí la operación que había hecho tantas veces con mi mujer. Le acaricié el coño y le restregué sus flujos por el ano y cuando me pareció que podía comenzar a intentarlo le ordené que se pusiera a cuatro patas en el suelo.

    Yo me puse tras ella y observé su trasero durante unos segundos. Era un trasero delicioso. Tenía un pequeño tatú en una de las nalgas que decía devórame. Me extrañaba que hasta entonces ningún hombre hubiese querido poseer ese lindo agujerito. Le separé las nalgas como solía hacer con Ana le inspeccioné el ano. Parecía que lo tenía muy cerrado. Intenté presionarlo con un dedo y aunque hubo cierta resistencia, gracias a la buena lubrificación pareció aceptarlo bien.

    —¿Te duele? —le preguntaba yo de vez en cuando.

    —No, de momento no.

    —¿Y ahora? —le decía mientras le intentaba introducir un segundo dedo.

    —Un poco.

    Costó un poco pero al fin conseguí que aceptara tener varios dedos dentro de su culito. Era el momento de penetrarla. Acerqué la cabeza de mi polla a su culo y presioné sobre su ano que comenzó a abrirse poco a poco. Costaba lo suyo introducir una polla como la mía en un agujerito virgen como era ese pero poco a poco conseguí introducir la punta de mi nabo.

    —Ya la tienes dentro. —le dije para darle ánimos. Con mis manos le acariciaba el coño para que sintiera más placer y se relajara aún más, pero la tarea era lenta y ya comenzaba a arrepentirme de haber querido forzar ese culito.— Voy a metértela un poco más. —le dije y apreté con fuerza.

    Silvia soltó un gemido mitad dolor, mitad placer pero ahora mi polla estaba ya dentro de su culito.

    —Ya ha pasado lo peor, a partir de ahora disfrutarás de lo lindo.

    Comencé a moverme adelante y atrás sacando y volviendo a meter todo mi rabo en su interior cuando la puerta del despacho se abrió y Ana apareció tras ella.

    Yo me quedé petrificado al verla pero Silvia prácticamente ni se inmutó, era como si no hubiese pasado nada, como si nada tuviese sentido fuera de lo que estaba sucediendo en su culo.

    —¿Estás disfrutando? —me preguntó burlona Ana mientras se acercaba a nosotros.

    Yo no sabía que decir. Hice la intención de salirme de su trasero pero Silvia no me dejó.

    —Espera… —dijo Silvia

    Aturdido por lo inesperado de la situación vi como Ana se subía la falda de color negro que llevaba puesta y le mostraba impúdicamente su coñito desnudo a Silvia.

    —Tu mujer es parte de la terapia, terapia de pareja que le llaman los expertos. Fui yo quien la llamé. —dijo Silvia.

    Entonces Silvia hundió su cabeza entre las piernas de mi mujer y comenzó a lamerle mientras yo continuaba perforándole el culo.

    —¿Así que vosotras dos también estabais en algo? —pregunté a mi mujer que había cerrado los ojos para concentrarse en las agradables sensaciones que le provocaba la lengua experta de Silvia.

    —Desde el primer día.

    La visión de mi mujer siendo comida por Silvia me acabó de poner como una moto y agarrándome a su trasero cogí impulso para penetrarla con fuerza.

    Clak, clak, clak, volvían a sonar mis cojones contra el culo de Silvia, clak, clak, clak, hasta que no pude aguantar más y una tremenda lechada de semen salió disparada de mi polla para desbordar el estrecho culito de la psicóloga de mi mujer.

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  • Suegra descarada

    Suegra descarada

    Después de los encuentros con mi prima, mi mujer que se había puesto en onda y teníamos sexo salvaje casi todos los días, mi suegra había sido desatendida.

    Pasaron los días y al irla a visitar con mi mujer, nos recibió con un: “¡Hola! cuanto tiempo sin dar una visitadita siquiera para saber cómo está esta vieja ¡y si se mueve todavía!”, diciendo lo último mirándome fijamente. La saludé con beso en la mejilla como siempre y ella al bajar el brazo de mi espalda me agarró fuerte una nalga, lo que me sorprendió por la cercanía de mi mujer, pero creo que pude menguar la sorpresa. Al pasar saludé a mi suegro y a mis cuñados que estaban de salida se iban a la calle; entonces nos quedábamos los 6 en casa, mis hijos, mi esposa, mis suegros y yo.

    La tarde transcurrió tranquila jugando con mis hijos en el parque que está frente al departamento de mis suegros y tomando cervezas con ellos, obviamente al empezar a tomar cerveza dan ganas de ir al baño y así fue cuando me disponía a entrar al baño, mi suegra entró detrás de mí, cerró la puerta detrás de ella y sin decir nada se arrodilló, sacó mi verga del pantalón ¡y me empezó a mamar el pene de una manera posesa! con tanta lujuria mirándome directamente a los ojos, dándole pequeñas mordidas a la cabeza y metiéndoselo hasta la garganta…

    Tal fue la manera que además de hacer que mi pene se erectara de manera instantánea, de la misma manera terminé escupiendo todo el semen dentro de su deliciosa boca la cual inundé y se le salía por la comisura de los labios. Terminó, se limpió bien y salió como si nada hubiera pasado, creo que no fueron ni 5 minutos dentro. Al salir yo del baño un rato después, se rieron de mi diciendo que no quería orinar sino hacer “del otro” por eso me había demorado, mi suegra fue la que más se reía del asunto.

    Pasó la tarde y no pusimos a ver una película en la sala de mis suegros, mis hijos habían jugado todo el día y después del almuerzo se dieron una siesta y el sueño también llegó a nosotros, mi esposa se quedó dormida viendo la película mientras mi suegro su fue a su cuarto a dormir, mi suegra y yo todavía seguíamos viendo la película.

    La gordita de mi suegra llevaba puesto un pantalón leggin, esos de tela que se pegan al cuerpo y me encantan, una blusa normal, manga corta de color negro con un pequeño cierre para enseñar sus pechos medianos ¡pero muy sabrosos!

    En eso se levanta al baño que está al otro lado de la sala, por un pasillo a la izquierda, cuando salió del baño y llegó al final del pasillo me llamó en voz baja, me acerco sin hacer ruido y mi suegra estaba con el pantalón en las rodillas, me dio un caliente beso y me dijo al oído: “¡Métemelo ya!”, lo cual no dudé, y me puse inmediatamente detrás de ella, me desabroché el pantalón y saqué mi verga que al ver ese culote impresionante ofreciéndose hacia mí ¡me puso a mil! se lo introduje de un solo golpe lo que ella no pudo soportar y le salió un gemido… Ahhh…

    Empezó el bombeo, pero mi suegra con un ojo en que no despertara su hija y su esposo que estaba en el cuarto al otro lado de la sala y yo con un ojo en la puerta del cuarto donde dormían mis hijos que estaba exactamente a mi lado.

    El culo de mi suegra estaba más rico que de costumbre, bueno el tiempo que no tenia de comérmelo me hacía disfrutar más, además la adrenalina de ser descubiertos era más excitante, el mete y saca era fuerte y mi suegra en silencio, pero repetidas veces me pedía más, mas, mas, más y mientras eso, ella con su mano se acariciaba el clítoris ¡lo que la hizo inundarme las piernas con su orgasmo!, al sentir eso no pude contenerme más y descargué mi espesa leche dentro de las entrañas de mi suegra.

    Nos fuimos al baño y rápidamente nos acomodamos, al salir y ver que todo seguía igual, nos besamos desesperadamente y seguimos tocándonos hasta que escuché que mi hija se despertaba, así que nos separamos y fuimos a seguir viendo la película.

    Terminamos el día cuando despertaron mi mujer y mi suegro, cenando y mi suegra haciendo la clásica de la mujer, con su pie debajo de la mesa me sobaba la pierna. Mi suegra me calentaba y me volvía más cachondo.

    Terminamos de cenar, yo estaba con una erección increíble, ayudé a recoger la mesa y a lavar los servicios. Al terminar y ya para irnos mi suegra me llama a la cocina y me dice… “¿regresas pronto?”, a lo que yo le dije, “¡mañana mismo suegra! Gracias ¡la comida estuvo increíble!”.

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  • Me perdió el deseo

    Me perdió el deseo

    He sido siempre una persona reputada en el ámbito social en el que me instalé gracias a mi esfuerzo, mi suerte y mis artimañas. A pesar de proceder de una familia humilde, cuya cabeza, mi padre hablaba de valores como la honestidad y la honradez, yo salí de esa esfera precisamente porque consideraba esas ideas estúpidas.

    Estudié derecho y prosperé ejerciendo como abogado de empresarios corruptos y explotadores, políticos indecentes y gente de pelaje similar. Me casé con la hija menor de un industrial francés millonario y tuve con ella cuatro hijos, pues nuestro matrimonio funcionó bien en el tema de la descendencia, por lo demás Claudette, que así se llamaba mi esposa, y yo, nos manteníamos distantes entre nosotros, sobre todo al final y por ambas partes de forma intencionada. Eso nos satisfacía a ambos.

    Lo único que me procuraba placer en la vida era ganar dinero y alejarme de la vulgaridad en que te sume la carestía. Dinero procedente de mis ilícitos servicios a clientes inmorales, tan inmorales como yo.

    Sí, eso era precisamente era lo que me gustaba. Jamás fue el sexo para mí una prioridad, porque mientras mis clientes cerraban tratos en burdeles, yo me comía la cabeza en mi despacho aclarando documentos que nos eximiesen de una pena pecuniaria o carcelaria. Como contaba, Claudette y yo tuvimos cuatro hijos: André, el mayor, Jacques, el segundo, Marie, la tercera y Gustav, el menor de todos y con una marcada diferencia de edad con respecto a sus hermanos, pues su madre y yo lo tuvimos cuando éramos ya ciertamente maduros.

    Recuerdo que al nacer André la misma Claudette se ocupó de él, y cuando llegaron los medianos contratamos una niñera que los crio. La despedimos cuando crecieron y de ella no recuerdo ni su nombre. Finalmente nació Gustav cuya diferencia de edad con respecto a los mayores era sustancial; yo ya peinaba canas. Tuvimos que contratar a una niñera nueva, de lo cual se encargó mi esposa y una noche durante la cena me comunicó que ya había encontrado una, que aunque joven, tenía buenas referencias. No quise saber más.

    Al día siguiente, al regresar de la oficina, llegué a casa y me dirigí al dormitorio del pequeño Gustav. Al entrar para darle un beso a mi hijo, lo encontré en brazos de una chica joven de cierto atractivo. Mimaba al pequeño como si fuera su madre. La saludé aturdido y le pregunté su nombre: dijo llamarse Dalía. En mi interior admití que hacía tiempo que una mujer no me impresionaba de aquella manera, me gustó mucho y la constatación de ello fue que esa noche soñé con ella.

    Durante las semanas siguientes la busqué con la mirada hasta la extenuación y ella acabó dándose cuenta de que la amaba, o de que al menos, la deseaba; pero nunca intercambiamos unas palabras al respecto.

    Un sábado por la tarde, mi esposa salió con los hijos mayores para pasar un rato en un parque de atracciones. Dalía se quedaría cuidando del pequeño y yo supuestamente preparando documentos para causas pendientes de la semana que iba a empezar. Me metí en mi despacho, pero sólo pensaba en ella. Me dirigí hacia la habitación de juegos y la encontré junto a Gustav cantándole una nana. El pequeño se quedó dormido y ella lo tapó con una mantita.

    —¿Quiere que le preparé algo en la cocina? —me preguntó susurrando para no despertar a Gustav.

    —Esa no es tu tarea Dalía.

    —No me importa hacerlo. ¿Un café, un zumo…?

    —Bueno, deja que te acompañe.

    Mientras Dalía preparaba un café para ambos, yo la miraba apoyado en el quicio de la puerta. La deseaba. Ella me miraba esbozando una imperceptible sonrisa a la par que preparaba las tazas, las cucharillas y el azucarero.

    —¿Por qué no lo tomamos aquí mismo? —preguntó.

    —Lo que tú prefieras.

    Al servir el café la cafetera se le volcó y el hirviente líquido negro se vertió sobre su falda. Me alarmé, pero ella me tranquilizó diciendo que no era nada, aunque al parecer un poco traspasó la tela quemándole la piel. La chica se apoyó contra la encimera y alzó la falda. Creo que no había visto nunca unas piernas tan bonitas. No le pasó nada, apenas una leve quemadura; pero me miró intensamente a los ojos. Tan solo restaba acercarme a ella y tomarla.

    Dalía se abrió ante mí como una flor. Mi erección fue total, como la de un chico de veinte años, por eso mismo, porque me sentí joven. Olvidé negocios, pleitos y demandas; olvidé el dinero, a mi mujer, sólo quise fundirme con mi amante, que abrazada a mí me susurraba al oído que la follase. Jamás nunca una mujer me habló así. Llegué al final en un polvo extenuante para ambos. Los alaridos de placer de Dalía fueron tremendos, tanto que despertó al pequeño. Tras el coito, en el que hubo intenso amor, todo pareció disiparse y volvimos a ser como desconocidos.

    Apenas dos meses después Dalía me dijo que estaba embarazada de mí y no lo puse en duda. Ya no valía atormentarse pensando si habría sido mejor poner remedio para evitar la concepción; un condón o acaso la marcha atrás. Fue tan hermoso que no mereció la pena. Di mis apellidos a una niña, Gracia, que era idéntica a mí. Esto me costó el divorcio.

    Quise emprender una vida con Dalía, pero ella se negó a formar pareja conmigo y pronto se largó con un empresario dueño de una cadena de discotecas costeras. Un chulo prácticamente. Entre Dalía y mi exmujer me extraen el dinero a montones. Creo que ya no hay remedio para mí en la vida; y todo por un polvo. ¡Pero qué polvo!

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  • Me estrenaron (5): Final feliz

    Me estrenaron (5): Final feliz

    Me llamo Juan y me considero bisexual, aunque públicamente no lo sea, siempre me han gustado y me siguen gustando las mujeres, estuve casado y tengo hijos, mentiría si dijera que me excitan los hombres… no es así. Sin embargo, la sensación ser penetrado, chupar una verga caliente y el poder de un hombre sobre mí, me calientan y me hacen gozar tanto que no puedo contenerme y solo pienso en disfrutarlo mientras dura.

    Ha pasado mucho tiempo desde que escribí el capítulo anterior, no tengo mucho tiempo disponible para escribir, pero no quiero dejar a medias la historia, para quienes pudieran estar interesados en conocerla.

    Es probable que lo que estoy narrando parezca una fantasía inventada, pero no lo es, son hechos reales de mi vida, quizás aderezados un poco con lo que mi mente crea a partir de la calentura que siento al recordar. Fechas y edades, por obvias razones de publicación quedan a su criterio y entendimiento, señalando la base de la época de los años 70s. que, como ya dije antes, era una época de inocencia; en la que aún no se daba educación sexual en las escuelas (ni en ninguna parte), en la que abundaba la ignorancia y el conocimiento errado sobre el tema.

    Por supuesto, no existía el internet y era casi imposible aprender correctamente sobre sexualidad debido a estar en una sociedad llena de prejuicios y autocensura que bloqueaba hablar de esos temas públicamente. Lo único que existía era la retroalimentación, esos diálogos en los que cada quien aportaba lo que sabia o creía saber, ya fuera verdad o mito.

    Así que las frases utilizadas por todos salían de forma casi natural, repitiendo quizás los escasos diálogos escuchados por ahí como parte de aprendizaje popular en el barrio.

    Ese día, habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo, creo que mi estreno fue el inicio de la sexualidad no solo mío, tal vez de algunos más, eso nunca lo sabremos porque nadie habló de otras experiencias o aventuras.

    A manera de resumen, para quienes no hayan leído las partes anteriores, les comento que la situación comenzó con una idea en la plática, jugar a la botella y cogernos por parejas. Me tocó ser el primero, con Omar, mi primer macho, el que me estrenó, que me llenó de un placer indescriptible y desconocido hasta entonces.

    Después de cogerme le chupé la verga agradecido por la dicha que me dio, y maravillado por las sensaciones descubiertas, descargó dentro de mi boca tragándome todo, saboreando y disfrutando. Eso yo si sabía hacerlo bien, tomando en cuenta que yo ya tenía, de años atrás, el conocimiento de chupar una verga y comerme el delicioso semen de un hombre, como ya conté en mi primer relato.

    Después de mamársela a Omar, arrodillado como estaba recargué mi cabeza sobre su pierna mientras el me acariciaba el cabello, tratándome como una mascota agradecida. Andy estaba parado junto a él y por la calentura y curiosidad me acercó su verga, que tragué y que prácticamente exprimí con gran maestría, mientras los demás observaban con sus vergas paradas por la calentura de los acontecimientos.

    A partir de ahí cambió el plan, pues aunque ahora me tocaba cogerme a Omar, el tamaño de verguita y su impotencia hacían imposible que sucediera. Vino entonces la propuesta, absurda y poco creíble debido a la realidad, que disfrazaba con palabras la real vergüenza de considerarme el putito al que todos se cogen. Así que como un justo acuerdo, acepté que todos me cogieran a mí, para que después yo me cogiera a todos, salvando “el honor de hombrecito”.

    Enseguida me cogió Pancho con su enorme y gruesa verga, haciéndome conocer las delicias de una salchicha enorme y sabrosa. Gracias a él conocí el doloroso placer de ser enculado, llevado al éxtasis, llevando al límite el ensanchamiento de mi culo.

    Luego siguió Manuel, que por ser mayor que nosotros tenía una verdadera reata de hombre, con rugosidades y venas saltadas que le daban un aspecto más rudo, con un tronco grueso y una cabeza más ancha en forma de flecha, el garrote mucho más duro y firme que los anteriores. Esa verga cabezona, con su glande gordo y picudo me hizo lubricar el culo en forma natural, o al menos así se sentía.

    Luego de toda esa actividad, vino un breve descanso, desnudo, con el culo palpitando y expulsando semen, recostado de lado sobre la colchoneta, mientras Gabriel y Andy fueron a la conserjería (su casa), por sodas y botana.

    En ese momento, la conversación de Manuel, Omar y Pancho se centró en señalarme como si fuera un objeto de su propiedad, hablaban de mi pero entre ellos, yo era una cosa de la que hablaban, no un compañero o amigo con el que compartían opiniones.

    -Que putilla tan sabrosa es Juanito ¡Quien lo hubiera imaginado!

    -¡El mejor culo que he probado! ¡Ese culo te exprime la verga como si fuera una boca!

    -¡Y le encanta la verga! La chupa delicioso Lo dicho nació para eso. Puto se nace, no se hace, jajaja.

    -Y además, tiene un culito muy bonito, de nena. Si se fijan, tiene las facciones algo delicadas, las piernas, la cintura, toda la figura como de mujer, y como usa el pelo largo, a lo mejor se le puede peinar como tal.

    -Totalmente de acuerdo, una faldita, un poco de pintura labial, chapetes, ojos y cualquiera diría que es mujercita.

    En ese momento regresaban Andy y Gabriel, el novio de mi hermana María, que comentó.

    -Pues parece que estamos de acuerdo o me adivinaron el pensamiento, miren lo que traje. Andy me prestó pinturas y una faldita corta que su hermana ya no usa. Así que vamos a prepararte para la siguiente cogida. Te vas a ver bien bonita.

    Inicialmente, me molesté y les reclamé airado.

    -¡Yo no me voy a poner eso y a pintar! ¡No soy puto! ¡Yo soy hombre!

    Pero luego que vino la explicación de Gabriel, todo tenía sentido.

    -Mira – dijo Gabriel.

    -A mi no me gustan las mariconerías ni coger putos, así que si quieres que te meta mi verga, vamos a pintarte tu boquita y toda tu carita como de mujercita, y te pondrás la faldita, porque te pareces a tu hermana María, y yo quiero sentir que me la cojo a ella, y así tu no serás un putillo, sino que actuarás como una putilla. ¿De acuerdo?

    Ante tal argumento, asentí moviendo la cabeza, tenía sentido y yo aún estaba muy caliente y emocionado. Quizás por coincidencia, ya había estado saboreando que se sentiría cogerme al novio de mi hermana antes que ella, ya que estaba seguro, que ella era virgen.

    Lo siguiente fue fácil y rápido, aunque ninguno tenía experiencia en maquillaje de mujer, eso importaba poco. Cualquiera que tenga hermanas ha visto el proceso de pintar los parpados, rubor en las mejillas y lápiz labial.

    Desnudo como estaba, ponerme la faldita y alisar el pelo que me llegaba a los hombros me transformó de inmediato en una muchachita. No había espejo para mirarme, pero las caras de todos y sus vergas paradas de nuevo me hicieron ver que los había cautivado. Faltaba seducir, Gabriel quería el show completo, así que me ordenó.

    -Vas a pararte en la puerta, caminar moviendo las caderas con las manos en la cintura, hasta que te subas a la colchoneta, te arrodillas, bajas la cara y levantas el culo, luego te das la vuelta para quedar boca arriba, con las piernas abiertas, y levantando un poco las rodillas, con la falda puesta. Quiero que hables como tu hermanita y me pidas que vaya contigo. Yo no te voy a coger por atrás, te voy a coger por enfrente, como se coge a una mujer y no a un puto.

    Yo había visto caminar una mujer seductora, me encantaban, me sabía los pasos. Así que no me costó ningún trabajo hacer lo que Gabriel me pedía. A mí me gusta hacer bien las cosas, creo que le puse empeño y estoy seguro que quien no me conociera, fácilmente hubiera caido cautivado por el caminar de una hembra como yo.

    Ya en la colchoneta, acostado boca arriba, con las piernas bien abiertas, con la falda corrida hasta la cintura por mi posición, Gabriel tenía frente a sí a una mujercita cachonda, que le dijo:

    -Papi, ven conmigo, quítate el pantalón, quiero sentirte, ¡Anda! ¡Méteme tu verga en mi panochita! ¡Ándale mi amor ven! ¡Te deseo!

    Gabriel se quitó el pantalón y al verlo de pie frente a mí me pareció enorme. Enorme él como hombre y enorme su verga parada frente a mí.

    Inclinándose, se arrodillo en medio de mis piernas y luego se recostó sobre mí, poniendo para empezar sus fuertes brazos a mis costados, con su cuerpo sobre el mío pero aun sin tocarme, a escasos centímetros. En la parte baja donde estaba mi diminuta verguita, sentí el enorme calor de su verga potente, que aun sin tocarme, parecía como si exhalara calor cerca de mi culo.

    Paso una mano sobre mi cintura y fue acariciando de ahí hasta mi pecho que, como ya dije antes, en una extraña reacción corporal había puesto ese día mis pezones hinchados y puntiagudos, como de mujercita. Luego la mano siguió recorriendo hasta mi cuello, y acariciando por detrás de mi oreja.

    Bajó su cabeza sobre mi pecho y comenzó a besarme las tetillas. Luego a chupar y succionar, como si existiera alguna posibilidad de extraerles lechita, lo cual lógicamente era imposible. Pero mi excitación estaba al máximo, al chuparme las tetillas yo alzaba mi cola levantándola de la colchoneta y pegando mi abdomen a su cuerpo, sintiendo su verga en mi verguita y mi escroto.

    Luego levanto su cabeza, y siguió acariciando la parte de atrás de mi cuello con su mano y, mientras miraba fijamente mi rostro me dijo:

    -¡Que linda te ves, María! ¡Que carita tan hermosa!

    Yo estaba respirando fuerte, con la boca abierta y los labios rojos deseosos de algo más, algo que no comprendía. Y entonces sucedió.

    Sin dejar de mirarme a los ojos, acercó sus labios a los míos y me besó en la boca. Un piquito primero y luego con sus labios chupando los míos, con su lengua dentro de mi boca que jugueteó con mi lengua.

    ¡Mi primer beso! ¡Jamás lo olvidaré!

    Un choque eléctrico recorrió todo mi cuerpo de forma maravillosa. Se sentía diferente, no era solo sexo. Ese día conocí el sabor de algo que, mucho tiempo después supe lo que era: ¡Así se siente y así sabe el amor!

    Con el sabor de su boca y con la sensación recorriendo mi cuerpo, mi reacción fue automática, mis brazos lo abrazaron rodeando su espalda, alzando mis caderas y pegando su cuerpo al mío, mis nalgas se separaron más y mi culo palpitaba, mi verguita pequeñísima, tuvo una reacción química inevitable, se puso dura (aunque nunca creció), lanzó un chisguete insignificante de eyaculación precoz, y volvió a desaparecer como si fuera una panochita apenas resaltada.

    Al separar su boca de la mía, yo no me contuve, con mi voz delgadita, que me salía natural, sin tener que fingirla, empecé a decirle y a rogarle:

    -¡Te amo mi amor! ¡Tómame toda! ¡Hazme tuya! ¡Méteme tu verga! ¡Ya! ¡Quiero sentirte todo! ¡Por favor cógeme ya! ¡Hazme el amor! ¡Por favorrr! ¡Yaaa cógemeee!

    El sólo decía:

    -Que preciosa estas María. Por fin voy a saber que se siente tenerte ensartada.

    Entonces se posiciono entre mis piernas, las abrió y las levantó para ponerlas sobre sus hombros, puso su verga en la entrada de mi culo, y me hizo sentir su poder metiéndome un poco la cabeza, sólo para dármela más a desear… sólo para que yo me alzara y me empujara más hacia él y sentirlo entrar.

    Y me fue penetrando poco a poco, moviendo su cadera en círculos, no había comparado su tamaño y no sabía si era mayor o menor que las otras, pero se sentía enorme, inmenso. Lo sentía resbalando en las paredes de mi culo y seguía entrando y saliendo un poco y volviendo a entrar por lo que yo ignoraba su tamaño. Realmente no importaba, mi consejo es que, cuando te metan una verga. ¡Disfrútala!, no la estudies.

    Con mis piernas sobre sus hombros y su vientre sobre el mío presionando mi “puchita”, pegó como pudo su pecho a mí y volvió a besarme en la boca. Yo no lo soltaba, mis manos en su espalda lo apretujaban hacia mí, y se movían desde su espada baja hasta su cuello o subían hasta su cabeza metiendo mis dedos entre su pelo. El ritmo que tomamos no era un baile, era una sinfonía, era amor, amor total, entregado, sin nada que lo interrumpa. Hasta que volvimos a la realidad.

    Las voces que no estábamos escuchando y los rostros que no habíamos mirado de pronto tomaron forma. Se escuchaba aplaudir, animar, darle instrucciones:

    -¡Rómpele el culo!, ¡Hazla gritar! ¡Acábala para que le demos una segunda vuelta!

    -¡Rellénale el culo! ¡Báñale la cara para acabarla de maquillar!

    Y entonces sucedió, tuve lo que algunos llamarían, un orgasmo por el culo. Y con las contracciones intensas de mi ano ya no pudo contenerse y empecé a exprimirlo. Ya había probado varias vergas y varios tipos de descargas. Esta era diferente, por eso creo que se asemeja a la sensación de un orgasmo, por eso tal vez le llaman así.

    Gabriel dejó de besarme y bajó mis piernas de sus hombros sin salirse de mi, hasta que su verga se fue desinflando poco a poco y se salió sola.

    Sin embargo, mi culo no detuvo sus contracciones ni yo los temblores de mi cuerpo, por lo que empezaron a bromear sobre mí.

    -¡Mírala! ¡además de nenita, la linda Juanita resultó ser una ninfómana! Jajaja

    -Nada más era que conociera la verga para que ya nunca la quiera dejar.

    Gabriel se retiró de mí y yo seguí acostado con las patas abiertas, los brazos extendidos, exhalando fuerte y casi gimiendo con un deseo de ¡más! que no podría explicar, parecía no tener llenadera, no me sentía cansado, el culo no me dolía y el placer me tenía aun en éxtasis.

    Por lo que fue algo muy fácil y sin encontrar resistencia, me dieron la vuelta poniéndome a gatas de nuevo y comenzaran a pasar todos de nuevo sobre mí. Ahora de dos en dos. Uno me tomaba, levantaba la cabeza y metía su verga parada a mi boca para que yo chupara y mamara con ahínco, con desesperación y con el gusto de hacerlos sentir más. Ya que ponerlos duros era mi responsabilidad, y yo era experto, sabía hacerlo muy bien. A veces acariciando sus huevos con una mano, y otras veces solo con la boca.

    Cuando lograba poner una verga como fierro duro y caliente, se iba a la parte atrás, me abría las nalgas y me ensartaba sin contemplaciones. Mi culo abierto no necesito pausas, las más gruesas, causaban un poco de dolor al entrar, pero yo las había catado a todas. No les temía, todas me cabían. Yo lo sabía, lo sentía, lo gozaba.

    Mientras era ensartado por una, otra se metía en mi boca para hacer el trabajo necesario, para ponerlas al punto y para disfrutarlas. No había análisis, no había restricciones y no había porque ocultar el gusto y el placer que sentía siendo la nenita de todos ese día.

    El tema de cogérmelos yo no surgió de nuevo, no era importante y no iba a suceder jamás. Para que eso ocurriera, primero tendrían que pasar tres cosas:

    1. Que se me parara la verguita y tuviera tamaño suficiente para entrar en algún sitio, porque ni siquiera cuando se endureció y eyacule creció más que una canica.
    2. Que alguno de ellos realmente aceptara dejar de comportarse como macho, cosa que, ahora lo sabía no iba a suceder. La hombría y el poder sobre mi les había dado la seguridad de no actuar como maricas y no iban a experimentar algo que no les gustaba.
    3. ¡Que yo quisiera cogerlos! La verdad sea dicha, era lo que menos me importaba. Yo no quería que lo que estaba sucediendo terminara, porque ante cada nueva cogida lejos de cansarme y querer parar, cada vez quería más. ¡Sentir más! ¡Gozar más! ¡disfrutar más!.

    Eso era el cielo, eso era algo maravilloso, eso era algo que, si no fuera porque no me gustan los hombres, además de las restricciones sociales y de familia que eran muy fuertes, yo lo quería como única opción. Si mi decisión hubiera dependido de mis deseos, posiblemente yo hubiera elegido seguir ese camino de ser una nenita.

    Después de que todos y cada uno descargó en mi culo por segunda vez y, gracias al poder juvenil, en mi boca por tercera vez, estuve un rato ahí tirado en la colchoneta, mientras ellos se vestían y me decían que a ver cómo le hacíamos para que me organizara y los visitara después a cada uno donde pudieran cogerme otra vez. Pero todo terminó ahí. Ya se habían ido todos, menos Andy que vivía ahí. Me vestí y me fui a casa.

    Afortunada o desafortunadamente, mi destino cambió. Por razones que nada tienen que ver, nos cambiamos de casa y de escuela, por lo que jamás volvimos a ese barrio.

    Con el paso de los días, se me fue pasando el deseo y nunca me dio por buscar quien me cogiera, supongo que al no gustarme los hombres, las cosas no se dieron en forma natural. Por el contrario, empecé a tener una novia, después otra y mi historia siguió un rumbo diferente. Tuve otros encuentros con hombres que ya contaré en otro relato si el tiempo me lo permite.

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