Autor: admin

  • Sin más me llevó al hotel

    Sin más me llevó al hotel

    Después de 15 días de haber tenido mi segunda experiencia extramatrimonial en el putero, y el siguiente fin de semana la llegada de mi marido, hicimos el sexo muy intensamente, yo tenía de cierta forma un sentimiento de culpa por haberle sido infiel y quise recompensarlo con mucha pasión de mi parte.

    El lunes, de nueva cuenta mi marido se fue de viaje y pasé todo el resto de la semana ocupada en mis quehaceres domésticos y laborales. Pero cuando llegó el viernes, fui a la oficina telefónica a realizar el pago correspondiente, la fila era larga, así que me formé.

    Detrás de mí se formó un señor como de unos 40 años, quien me saludó y al voltear a ver quién era, vi que era un hombre muy guapo, de aspecto agradable, con el cabello entrecano, como me agradó, le correspondí con una sonrisa, eso bastó para que el tipo iniciara conversación, me dijo que se llamaba Carlos y que tenía un negocio de agroquímicos, luego me preguntó mi nombre y me dijo que era una mujer muy atractiva, le agradecí su comentario y siguió platicando cosas sin sentido.

    Así llegué a la caja, realicé el pago y me retiré a mi automóvil, estaba ya por encender el auto, cuando Carlos tocó el cristal de la ventanilla, bajé el vidrio y Carlos me dijo que me invitaba a tomar un café, que deseaba conocerme más y yo acepté. Carlos me dijo que dejara ahí mi automóvil y nos fuéramos en su camioneta, así que me bajé y subí a su camioneta, me dijo que ese era su día de suerte, que se sentía muy afortunado de que yo le acompañara y que realmente le gustaba mucho.

    Ese día yo llevaba puesto un vestido a media pierna y escote moderado. “Tú también eres guapo, le dije, ¿a dónde me llevas?”, con una mirada pícara me dijo que si no me molestaba me llevaría a algún lugar donde pudiéramos estar solos y a gusto, lejos de las miradas de la gente, “¿eres casado?”, “sí, me contestó, debo serte sincero, pero eres tan hermosa que no me resistí a conocerte”. “Yo también soy casada, mi marido es agente viajero y ahorita se encuentra fuera de la ciudad”.

    Cuando me di cuenta, Carlos ya iba entrando a un motel en las orillas de la ciudad, “mira nada más que atrevido eres, no pierdes el tiempo” y reí Carlos me dijo que si me incomodaba pues no entraríamos, pero yo ya estaba excitada por su plática y por lo decidido que resultó ser, así que le dije, “no, está bien, pero no haremos nada malo ¿eh?”. Carlos sonrió y dijo, “nada malo, todo bueno ya verás”.

    Entramos al estacionamiento de una habitación y él se bajó, abrió la puerta de mi lado y cuando me iba a bajar, me pidió que me esperara, abrió la puerta de la habitación luego me cargó como si fuéramos recién casados, ese detalle me agradó muchísimo, me sentó en la orilla de la cama y fue a cerrar la puerta, habló por el interfono y pidió unas copas y condones.

    Cuando tocaron para llevar el servicio, me fui al baño me retoqué el peinado y luego salí. Carlos me dijo que me fuera a sentarme con él en un sofá de dos plazas, ahí bebimos varias copas y Carlos me abrazó, luego entre dulces palabras me fue acariciando los pechos, las piernas, me puse bien excitada, me volteé y le di un besote en la boca, luego nos paramos y me abrazó sin dejar de besarme, sus manos fueron quitándome el vestido luego la tanga y el bra.

    Cuando quedé totalmente desnuda, yo le quité la camisa, el pantalón y él se quitó las trusas, los zapatos y los calcetines, ya su verga estaba bien parada, no era muy grande, pero si muy gorda, me abrazó y me besó, acariciaba mi espalda, mis nalgas y me acostó en la cama, “que rica estás tienes bonito cuerpo”, y se acomodó a mi lado acariciando mis pechos, mi vagina y las piernas, se empezó a subir sobre mí, pero le dije que se pusiera el preservativo, se lo puso y se volvió a montar sobre mí.

    Me besó el cuello, las orejas la boca, luego con sus manos me abrió las piernas y yo las levanté, acomodó su verga en la entrada de mi vagina y me la fue metiendo poco a poco, sin dejar de besarme la boca, las orejas, “mi amor, que rica estas, te quiero”, me decía, por lo grueso de su verga, mi vagina se ensanchó, y sentía claramente todo el contorno de su verga, hasta que sentí que estaba por tener mi orgasmo, apreté la vagina y me vine riquísimo.

    Carlos siguió penetrándome y luego me pidió que yo me montara sobre él, me subí y le dije que él no se moviera, que me dejara a mí moverme a gusto, subía y bajaba. Luego me movía en círculos y apretaba la vagina, “ay que rico te mueves, sigue así mi reina”, cuando noté que Carlos estaba por venirse, me salí de su verga y me acomodé a cuatro patas, Carlos se puso detrás de mí y así me penetró hasta que sentí sus testículos chocar con mis muslos, me agarraba las nalgas, la cintura, hasta que me dijo que se venía, yo apreté nuevamente mis músculos vaginales y los dos terminamos en un riquísimo orgasmo.

    Ya relajados después de esa rica sesión de sexo, vi mi reloj, era tardísimo, pues había quedado de ir a ver a mis suegros, así que le dije a Carlos que ya nos fuéramos, pero Carlos insistía en que nos quedáramos otro rato, me negué y le dije que tenía un compromiso, así que después de asearnos, salimos del motel y me llevó a mi automóvil. Antes de despedirnos nos dimos nuestros números celulares para hablarnos posteriormente.

    Cuando llegué a casa de mis suegros, sentí que sus miradas eran acusatorias, me sentí incómoda y a la vez culpable, esa tarde fue una de las más largas de mi vida.

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  • Un sábado solos en la oficina

    Un sábado solos en la oficina

    Me gusta recordarlo. ¿Tú te acuerdas? Habíamos estado tonteando y bromeando con nuestros PC en la oficina sin que nuestros compañeros se enteraran y yo cada vez te picaba más atrevido en palabras, que te haría esto, que te haría lo otro y nos reíamos, pero creo que nos poníamos a cien, hasta que te propuse que podíamos hacer el amor en un día en que nuestros colegas no estuvieran y llegamos al acuerdo de que nos encontraríamos en la oficina en un sábado en que todos hacíamos el día libre, pero que nosotros acudiríamos a la oficina a dar rienda suelta a todo lo que habían sido bromas en el PC. Yo me llevé las llaves de la oficina a casa y acudí a la oficina a la hora convenida con ella.

    Como es natural llegué antes que ella y con la duda de si al final vendría o no, esperé y llegaste, muy nerviosa, pero llegaste, te di las gracias y volví a cerrar con cuidado sin encender las luces dejé la llave puesta y me lancé sobre ella hambriento, la besé como loco y ella respondió a mis besos con agrado y pronto nuestras manos se perdían en el cuerpo del otro.

    Pude comprobar la turgencia de tus senos a los que dejé libres de cualquier impedimento y mis labios de niño goloso se apoderaron de ellos y pronto noté que tu conchita se humedecía rápidamente.

    Mi verga ya no resistía más y buscó tu conchita para rápidamente entrar en tu gruta deseada.

    Me dijiste que estabas protegida ya que no olvidabas la píldora diaria y ello provocó que mi orgasmo fuera ya incontenible te regué mientras tus gemidos me daban fe de que a ti te sucedía lo mismo, aparté las cosas de la mesa del jefe y te ayudé a tenderte, te abrí las piernas y mi boca se hizo dueña de tu gruta y conseguí que tuvieras un orgasmo tras de otro y ya pensé en conseguir otra meta, tu culito, pero ahí quisiste resistir, nunca lo habías hecho, pero pude convencerte de que tendría cuidado y no te haría daño, pero que era una experiencia que no debías de dejar de probar.

    Con cuidado te puse al borde de la mesa y conseguí hacer tu culito mío, no sin antes tener que sofocar con la mano tus gritos de dolor, volví a conseguir un orgasmo y me vacié dentro de ti mientras al poco tu volvías a tener otro orgasmo al que yo ayudé con mis dedos en tu clítoris mientras te tenía agarrada por detrás.

    Nunca había pensado poderte conseguir por ahí, pero me sentía orgulloso, te pedí al terminar que me chuparas la verga, pero me exigiste que me la lavara y así lo hice en nuestro lavabo y ya no hubo inconveniente.

    Te vi de rodillas ante mi mientras mi verga desaparecía en tu boca y pude comprobar que en eso eras una maestra, mi verga no era tu primera verga en la boca, volví a sentir como me vaciaba y mi semen cayó sobre tus preciosos senos.

    Fue el mejor sábado de nuestra vida, lo único que siento es que nunca más lo hemos repetido, y nunca me has dicho si te gustó y nunca te lo preguntaré, pero si sé que fue maravilloso para los dos.

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  • Me hacen un bikini a medida

    Me hacen un bikini a medida

    Estábamos al principio de la primavera, pero el buen tiempo ya iba dejándose notar, y el sol daba ánimos para iniciar el año de playa, por eso aquella tarde, pedí a Alberto, mi marido que me acompañase a comprarme un bikini.

    Me llamo Ana, tengo 35 años, soy delgada, tal vez demasiado, según opina mi marido, mis compañeros de trabajo, mis amigos.

    Estuvimos de tiendas, por el centro de la ciudad, pero lo que veía no me gustaba. El que no era escotado, era recatado, los colores tampoco me gustaban, por lo que comenzaba a desesperarme y a comenzar a enfadar a Alberto.

    Había desistido ya de la idea de la compra de la prenda de baño cuando pasamos por una tienda, no demasiado grande, cuyas letras indicaban que fabricaban a medida bañadores y bikinis.

    Agarré a mi marido de la mano y tiré de él hasta el fondo del local. El dependiente, que resultó ser el dueño, era un hombre de aspecto fibroso y más bien alto, nos atendió con suma educación y amabilidad.

    —Acabo de ver su letrero sobre los bikinis a medida. Nunca había estado en alguna tienda donde ofrecieran un servicio así.

    —Efectivamente señora, somos los únicos en la ciudad que ofrecemos la fabricación a medida de bañadores y bikinis. Normalmente, estas prendas, sobre todo el bikini, se hace de forma estándar, y se da por supuesto que una chica con exceso de peso tiene mucho pecho, si es delgada, poco y si tiene cadera le aumenta el volumen de los senos, y así, con demasiados tópicos que hacen que estas prendas no sienten bien.

    Pensé que había hecho esos comentarios porque no tenía demasiadas tetas, pero enseguida, como leyéndome el pensamiento, el comerciante replicó.

    —En su caso, como su volumen de sujetador es pequeño, necesitará un relleno para esa parte, de esta forma, realzará sus pechos. —Diciendo esto, señaló al maniquí con formas de mujer, que llevaba puesto un sujetador como él decía.— Con la braga puede haber más variedad, pero hagamos una cosa… Tenemos aquí unos bikinis de prueba, sobre los que podemos trabajar, y de esta forma, veremos como podemos sacarle el mejor partido. Después elegiremos la tela.

    La idea comenzaba a gustarme. No había preguntado el precio, pero la idea era excelente, iba a estar muy guapa con un bikini hecho a medida.

    —Lo quiero estampado, —le comuniqué.

    El vendedor sacó las prendas por separado. Primero un sostén, con su relleno, del cual me indicó que además de incrementar el tamaño de mis pechos, tiraba de abajo a arriba, ante lo cual haría que mi escote fuese aún más firme.

    La parte de la braga, era alta, con cintas laterales que subían sobre la cintura.

    El comerciante, el cual, me indicó su nombre, Pablo, me acompañó al probador con las dos prendas.

    El hombre se alejó, quedando cerca mi marido. Me desnudé, dejándome sólo puesto mi tanga, puesto que me daba vergüenza que me viera Pablo. Sé que era una tontería, puesto que estaba en bikini, con la misma ropa que llevaría en la playa, pero me sentía un poco incómoda, así que decidí dejarme el tanga, que llevaba como ropa interior, puesto por debajo de la braga de baño.

    Cuando me coloqué las prendas de baño, mi marido llamó a Pablo, no sin antes, hacer algún comentario jocoso por llevar el bikini por encima de la braga, lo que hacía que se vieran las tiras del tanga debajo.

    El dependiente se acercó a mí. Primero se acercó a mis pechos, y por debajo los empujó, viendo cómo me quedaba.

    Pensé que era muy osado tocándome los pechos, y más, estando mi marido delante, al cual no pareció importarle.

    Después se puso a comprobar la parte baja del bikini. Miraba las cuerdas, me las subía, y pensé que se estaba aprovechando. Después las bajó, y al hacerlo, las dos prendas se deslizaron ligeramente, dejando al aire la mitad de mi vello púbico, que aproveché a llevar a su sitio en cuanto se apartó de mí. Incluso llegó a meter un dedo por la parte trasera, estirando la goma y dando una palmada en mi cachete para dejarlo sin arrugas.

    —No me gusta demasiado como le queda. Voy a traer otro modelo, —dijo Pablo.

    —¿Has visto como me ha tocado? —Le comenté a mi marido

    Este no respondió a mi insinuación y sólo dijo:

    —Chiqui, ahora por favor, quítate el tanga cuando te lo traiga y deja de hacer el ridículo, —comentó mientras reía socarronamente.

    El vendedor me trajo otra braga, esta vez, de corte más clásico y me la ofreció, llevándose la anterior.

    Hice caso a mi marido, y me quedé desnuda primero, y después, me puse prenda.

    Me la subí mucho, y volví a llamar a Pablo.

    Cuando entró, me dio la vuelta, y quedé mirando al espejo que había en el probador. A la vez, él se puso detrás de mí. Aún llevaba puesto la parte alta del bikini anterior.

    —Mire señora, le marca mucho por delante, —señalando mi sexo en el espejo.

    No me había fijado, pero mi raja era más que evidente. No podía ir así a la playa. Mientras hablaba, pasó su dedo marcando los labios de mi sexo. Agarró la goma, ahora por debajo del triángulo del bikini, y lo sacó hacia fuera. Al hacerlo, sus dedos llegaron a tocar el inicio de mis labios vaginales, y de pleno, los pelos que cubrían mi sexo.

    —¿Ve usted señora, por qué conviene hacerse los bañadores a medida? No es agradable dar ese espectáculo en la playa, y le aseguro que hay mucha gente que llevan marcado su sexo en el bañador. ¿Ha probado usted los bañadores tipo tanga? —Preguntó Pablo.

    —No, tal vez sean demasiado atrevidos para mí, —respondí

    —Le sacaré uno para que lo pruebe, y así pueda decidir. Le sacaré también un sujetador más escotado, también con relleno.

    Volví a cerrar la cortina y a ponerme el nuevo bañador. Me quité el sujetador y al ponerme el otro, vi que no llegaba bien con mis manos, así que salí para que mi marido me viese, pensé que estaba sólo y mis tetas casi estaban por fuera, pero la sorpresa fue mayúscula, ya que quien estaba en la puerta era Pablo, quien echó el cierre a la hebilla.

    Agarró el sujetador y lo bajó un poco. Casi salían mis pezones por fuera de los cazos, pero era el ambiente justo, sin llegar a mostrarlos. Los apretó fuerte, para que llenasen, y casi sobresaliesen por encima de la minúscula cubierta.

    El tanga me quedaba pequeño, al menos dos tallas. Lo subió un poco y automáticamente la tira quedó metida dentro de mi rajita, quedando a su vista la parte baja de mi sexo. Para solucionarlo metió los dos dedos por delante del triángulo de mi braga, llegando a tocar de nuevo mi pelambrera, mi clítoris y hasta el comienzo de mi vagina, todo ello intentando que el tanga me tapase por delante, pero enseguida respondió diciendo:

    —Le queda a usted demasiado pequeño.

    Mi enfurecimiento comenzaba a dar paso a la excitación, y lo que al principio me parecía un agravio, ahora me resultaba placentero.

    —Quítese también el sujetador, porque este le queda grande.

    Según me dijo esto, me lo quité, ya sin cerrar la cortina, ni tan siquiera entré en el probador, lo hice delante de mi marido y de Pablo. Bromeé y dije que tal vez sería mejor hacer topless, y así evitar tantas pruebas.

    Como he dicho, mis pechos no son espectaculares, pero quedarme con ellos al descubierto en aquella situación tenía un enorme morbo.

    El vendedor me entregó un nuevo sostén, y me lo colocó sin ninguna discreción, después me lo ubicó correctamente, subió con sus manos mis pechos ya de una forma descarada, dirigiendo directamente a los pezones, que masajeaba. Estos respondieron de inmediato a sus caricias quedando como flechas y señaló que, aunque me bañase y el agua estuviese fría, en ningún caso, los pezones traspasarían la tela, y que podía estar tranquila.

    Mi excitación era ya total, y al entregarme el nuevo tanga para cambiármelo, decidí hacerlo delante de los dos hombres, total, Alberto me había visto muchas veces, y por el desarrollo de los acontecimientos, Pablo me iba a tocar por todos lados antes de terminar la prueba.

    Cuando me quité la braga, Pablo me pidió que no me lo volviera a poner.

    —Espere un momento, —dijo.— Mire, es que tiene los labios lúbricos muy salidos. Este es el problema. —Mientras decía esto, me los tocaba, pasando su mano por encima de mi sexo, tocaba mis labios, y sus dedos abrían mi raja haciendo que mis líquidos comenzaran a brotar en mi vagina.

    Miré a mi marido y noté el bulto en su pantalón, señal que se estaba poniendo a cien. A veces en la playa me bajaba un poco la braguita para que los hombres pudieran contemplarme el principio de mi vello, y de esta forma nos excitábamos, pero jamás habíamos llegado a iniciar un juego de estas características con un extraño.

    Pablo agarró mis caderas, dibujándolas con sus manos, y haciéndose una idea de lo que necesitaría para fabricar mi bikini.

    Estaba tan caliente, que no pude aguantar más, y estando de rodillas, agarrando mis caderas, tomando medidas, le agarré su cabeza, llevando su boca a mi sexo, apretándole fuertemente contra mí.

    Abrí las piernas mientras lo hacía y Pablo comenzó a meter su lengua por mi clítoris, por mi vagina, por todo mi sexo. Introdujo su dedo. No le costó trabajo porque estaba muy mojada, y a la vez, su lengua seguía trabajando un poco más arriba.

    Mi marido se acercó y me tomó por arriba, besándome como hacía tiempo que no lo sentía. Apretó mis pechos, los masajeó y por último, tiró de los cazos y los subió para dejar mis tetas al aire, o quizá debí decir, tapadas con sus manos primero y con su boca después. Mis pezones erectos, eran caramelos en la boca de Alberto y mi sexo una fuente por las embestidas del dedo y boca de Pablo.

    Ambos se miraron y sin hablar supieron que debían traer al lugar donde nos encontrábamos una mesa.

    Cuando estuvo colocada en el sitio, me tumbaron sobre ella y continuaron trabajando sobre mí. Mis piernas se abrían de forma considerable, fruto de la excitación y ahora Pablo introducía dos dedos, rozando su boca y su barbilla en el resto de mi sexo, raspando mi vello, y mojando sus labios con mis líquidos íntimos.

    Por su parte, Alberto en ese momento, ya había sacado su pene fuera del pantalón, y me lo había puesto junto a mi boca. Sin dudarlo, comencé a chuparlo con una enorme excitación, casi con ansia. Tenía que reprimirme para no morderlo y no hacerle daño, aunque mi boca estaba tan cerrada, que debía sentir mucha presión en su miembro.

    Justo, cuando mi marido, iba a tener el orgasmo, se escapó de mi boca y me llenó la cara de semen. Yo me relamía e intentaba extraer de nuevo hasta la última gota de su polla.

    Pablo se puso de pie y colocó su miembro a la entrada de mi coño. Mi excitación era tan grande, que le agarré con mis piernas dejándole atrapado y haciendo que entrase de forma rápida dentro de mí.

    Comenzó a bombearme, a moverme. Su pene se salía de mi coño por lo mojada que estaba, y debía volver a colocarla su tranca dentro de mi sexo.

    Yo gritaba de placer, gemía como no recordaba haberlo hecho nunca, hasta que por fin, Pablo llenó mi habitáculo de su leche, dejándome llena y satisfecha.

    Al día siguiente, fuimos de nuevo a la tienda a recoger el encargo. No estaba Pablo, pero el empleado nos dijo que su jefe le había indicado que ya estaba pagado.

    Durante todo ese verano, cada vez que me puse el bikini, me excitaba muchísimo al comprobar como había llegado a mí y deseaba que llegase el próximo año, para que volviese Pablo a tomarme medidas.

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  • Mi ex no quería pero nos acostamos

    Mi ex no quería pero nos acostamos

    Santi y yo lo habíamos dejado hacía unos siete meses. Fue por mí. Las dudas eran cada vez mayores porque había aparecido Alex en mi vida y me lo había desordenado todo. Ya no sabía qué quería, así que le propuse dejarlo. Él estuvo de acuerdo, aunque luego lo pasamos ambos bastante mal, y llegué incluso a arrepentirme. Yo había sabido de él sobre todo los dos meses posteriores a nuestra ruptura. Ya se sabe, siempre queda esa sensación de ahogo y de duda, de no saber si hemos hecho bien, si el otro lo está pasando demasiado mal, etc.

    Después de aquellos dos meses de hablar de vez en cuando y vernos algunas veces, decidimos que la distancia era lo más apropiado, así que yo me centré en Alex y él encontró a una tal Laura con la que pasar el rato, así que ambos felices.

    Hasta aquí todo bien. La cuestión es que pasé por casualidad por delante de su piso de camino a la Universidad. Hacía un día de un calor brutal para ser otoño, y había decidido ponerme guapa. Era uno de esos días que amaneces tan decaída que necesitas animarte de alguna manera y decides ponerte sexy para subirte el ánimo. Así que saqué el vestidito verde que me habían regalado por mi cumpleaños y los zapatos con un poco de tacón que son tan cómodos. —El moreno del verano aún se deja traslucir — pensé—, y con este traje se me ven geniales las piernas—.

    Apenas me pinté porque nunca me ha gustado, pero me recogí el pelo de esa forma que sé que me queda tan bien. Así fui directa a clase, y cuando pasé por su calle, casi instintivamente (como había hecho tanto tiempo atrás cada día), alcé la vista hasta su balcón, más por costumbre que por querer encontrármelo. Y allí estaba Santi, mirando hacia abajo. Cuando me vio me saludó con la mano, un poco turbado. Le hice señas de que subía para saludar y me abrió por el portero.

    Es increíble, pero nada más entrar por aquella puerta sentí un golpe de calor por todo el cuerpo que me hizo tener que parar un segundo y sentarme en la escalera. Me sentía tan excitada que me asusté. No comprendo aún cómo me sucedió, tal vez puro conductismo, aquella vieja relación entre entrar en su piso y follar. No lo sé, la cuestión es que entré en el ascensor absolutamente húmeda, con unas ganas locas de que allí mismo cualquiera me la metiera hasta el fondo y me volviera loca.

    No digamos cuando me abrió la puerta y le vi. Estaba mucho más guapo que cuando lo habíamos dejado. Nos abrazamos y sentí su pelo recién bañado y su piel oliendo a perfume de bebés. Todo se me dio la vuelta. Estuve a punto de comerle la boca como una salvaje en aquel mismo momento, pero él estaba algo abochornado y me supe contener.

    Le pregunté si estaba bien, y me dijo que sí. Nos miramos largamente y nos dijimos que estábamos muy guapos, que tal vez la ruptura nos había sentado bien.

    Le pregunté si aún tenía en su cuarto la colección de vinilos que hacía años iba reuniendo y me dijo que tenía algunos nuevos, que se había acordado de mí comprándolos y que entrara para enseñármelos.

    Cuando vi su cama deshecha casi me derrito. Cada vez me sentía más húmeda y casi no podía disimular las ganas que tenía de que me amasara las tetas o me besara por todos lados. Me enseñó los viejos vinilos que acababa de reunir. Me fingí interesada y me senté en su cama. Él se colocó al lado mío, a prudente distancia.

    Empezamos a hablar sobre las clases. Él de cuando en cuando miraba el reloj, nervioso. Le pregunté si estaba esperando a alguien y me dijo que Laura estaría a punto de llegar. Le respondí que no se preocupara mientras me acercaba a él un poco más.

    Seguimos hablando un rato mientras yo me aseguraba de que el vestido estuviera bien subido con mis largas piernas al aire y el escote lo suficientemente desordenado para dejar intuir aquellos pechos decididos. De vez en cuando, al reírme, apoyaba casualmente mi mano en su muslo o le tocaba el brazo “sin querer” y notaba toda esa química de antaño, el arder sin tocarse. Recordamos viejos tiempos, y ya saben, una cosa llevó a la otra y acabamos hablando de lo bien que follábamos.

    Sólo pensar en aquello me hizo estremecer y noté de nuevo cómo me iba humedeciendo más y más sin poder controlarme. A aquel paso iba a dejarle la cama empapada sin siquiera tocarme. Me acerqué un poco a él y acerqué mi boca hasta su oreja. Respirando entrecortadamente le pregunté si su novia follaba tan bien como yo. No contestó. Estaba muy nervioso y miró el reloj. Se alejó un poco de mí y repitió: Laura está a punto de llegar.

    Yo sonreí, me sentía la zorra más puta del mundo. Sabía que estaba loco por follar conmigo, sabía que desde que me había visto se deshacía en ganas de tocarme, y todavía no me había puesto la mano encima. Siempre había sido fiel. Siempre. Él no paraba de pensar en su Laura y yo ni siquiera me había acordado de Alex en todo aquel rato. Lo cierto es que nuestra relación no iba demasiado bien, y en este momento sólo me interesaba volver a follarme a Santi.

    Aproveché que tenía la boca cerca de su oreja y le besé el cuello suavemente. Sentí cómo su respiración se agitaba y todo su cuerpo se tensaba. Hacía rato que le notaba la polla durísima contra el pantalón.

    —¿Tu novia te la chupa, Santi? — le pregunté mientras bajaba mi mano.

    —Eh… bueno, eh…

    —No te la chupa. No te la chupa porque le da asco y porque no me llega a los talones. Sabes que no encontrarás a otra que te la chupe mejor que yo.

    —Diosss…

    Yo estaba loca por quitarme toda la ropa y montarme encima de él para que me la metiera entera. Recordé lo grande que era su polla cuando la palpé a través del pantalón, y sí, recordé que follaba con él mucho mejor que con Alex.

    Le desabroché el botón y le bajé la cremallera.

    —Adri…

    —¿Sí?

    —Laura está a punto de llegar, no, nooo…

    —Bueno, pues que mire y aprenda.

    Él soltó un ligero gemido cuando tuve su polla entre mis manos. Le miré fijamente a los ojos y con toda la sinceridad y toda la excitación que a aquellas alturas sentía por todos lados, le susurré:

    —Te echaba de menos…

    Y empecé a chupársela lentamente. Primero me la metí en la boca hasta el glande, y apreté suavemente con los dientes, como sabía que le volvía loco. Le escuché gemir más fuerte. Mientras le acariciaba los huevos, le lamí todo el tronco con ternura, mientras él se afanaba en bajarme las tiras del vestido para tocarme las tetas, que tan duras estaban. Después me la metí entera en la boca, mientras soltaba ese gemido lento de placer que significaba lo mucho me gustaba mamársela.

    Después se la agarré con la mano y la agité mientras dejaba su glande en mi boca. Alternaba el metérmela hasta la garganta chupando y masturbarlo con la mano. Él se había echado en la cama hacia atrás y ya no parecía estar apurado porque Laura fuera a llegar. A mí aquella situación me ponía aún más cachonda, pensar en ser descubierta por la pija noviecita de mi ex.

    Después de un rato me dijo que parara, que a ese paso iba a correrse en seguida. Yo hice un ejercicio muy fuerte de dominación, le guardé la polla dura y caliente en el bóxer e hice muestras de marcharme, recordándole que Laurita iba a llegar y a lo mejor me pillaba allí, cosa que no le gustaría.

    Él me hizo sentar, y de un tirón me levantó el vestido y me arrancó el tanga, rompiéndomelo. Me empujó sobre la cama salvajemente (tan salvajemente que me asustó por un momento) y mientras se quitaba el bóxer me miró con dureza y me dijo:

    —Tú no te vas de aquí hasta que te folle como te mereces.

    Me volvió loca. Se había transformado. De niño tímido y fiel había pasado a fiera salvaje y totalmente presa de la excitación. Él cogió el mando. Yo me dejé llevar. Ya desnuda, paseó su lengua brutalmente sobre mis pechos y me agarró las tetas con fuerza. Yo ya no estaba para delicadezas, así que aquella potencia me puso a cien. Tal y como estaba tumbada, abrí las piernas. Él me miró de arriba abajo, y paseó su mano por mi coño caliente. Me dijo:

    —Esto está ardiendo, Adrianita, algo me dice que quieres que alguien te la meta.

    —Por favorrr…

    Y se puso sobre mí atrapándome las manos contra las suyas. No podía moverme. Con su polla durísima empezó a moverse sobre mí, masturbándome con ella y rozándome el clítoris a una velocidad vertiginosa, mientras yo sentía que a ese ritmo me iba a correr sin que me la metiera. Pensé en disfrutar de esa espera, en seguirle el juego y aguantar sin desear que entrara, pero me fue imposible. Estaba loca por sentir su polla dentro, como tantas otras veces la sentí, como no había vuelto a sentir una.

    Y entonces sucedió: me soltó las manos y colocó mis piernas sobre sus hombros, metiéndomela de un golpe. El grito que pegué fue tan escandaloso que me tapó la boca mientras me follaba cada vez más rápido y con más potencia. Ese no poder hablar ni gemir y casi ni respirar me ponía tan caliente, y pensar que me estaba follando como un loco en el mismo sitio donde se enrollaba con su novia… ufff… Mientras follábamos yo cerré los ojos y me agarré con fuerza a la almohada, pero él me cogió la cabeza y me dijo con firmeza:

    —Abre los ojos, Adriana, quiero que me mires mientras me muero por ti

    Aquello me desbancó. Todo lo que sentí tantos meses atrás me vino de golpe al corazón. Sentí que le amaba, que follar con él era hacerle el amor, que no había nada como aquello, que sólo por sentirle dentro merecía la pena la vida.

    En aquel momento sacó su polla y me hizo ponerme a cuatro patas. En aquella posición me metió dos dedos y empezó a sacudirme con fuerza pero sin hacerme daño. Aquello era la gloria. Quería que me la volviera a meter, pero sus dedos no lo hacían nada mal y yo apretaba para que él también sintiera mi tensión. Me preguntó si quería que me la metiera y apenas pude responder de lo agitada que estaba, así que me agarró del pelo hacia atrás y me preguntó más alto:

    —¿Lo quieres o no?

    —Sí… sí… —le respondí entre gemidos.

    Y entró directa, y grité más fuerte. No podía evitarlo, me sentía tan vencida, tan vulnerable a lo que él quisiera, me sentía tan vendida a su cuerpo, a sus manos, que sabíamos ambos que él podía hacer lo que quisiera conmigo.

    Después de poco tiempo a cuatro patas me hizo estirar las piernas y se colocó sobre mí, metiéndola por detrás, mientras me atrapaba las manos entre las suyas y me susurraba al oído que follaba como una verdadera puta y que me echaba de menos.

    Yo no podía decir nada porque casi no podía respirar, sólo sentía el calor y el placer que se derramaba por todo mi cuerpo, notaba mis pechos moverse sobre sus sábanas, y sentir su aliento en mi oído diciéndome aquello sólo me hizo sacudirme de nuevo y gritar con gemidos entrecortados.

    —San… Santi… me voy… me voy…

    —Sí, Adri, te vas a correr, te vas a correr…

    Y se sacudió con más fuerza y toda la tensión que sentía se disparó, y los dos llegamos casi al tiempo, y él me gimió en la oreja mientras se corría dentro de mí y yo me sentí desfallecer de felicidad.

    Estuve un rato fuera del mundo, como en una dimensión paralela, mientras escuché que decía algo que no sé qué fue. Sentí su peso sobre mi cuerpo y un beso suyo en mi oreja.

    Luego se levantó y se limpió un poco. Se puso la ropa con cuidado mientras me miraba desnuda en su cama. Volví a la realidad cuando me dijo:

    —Adri, Laura se retrasa, pero estará al llegar, por favor, vístete.

    Hice lo que me pedía y me puse el vestido. El tanga roto lo metí en el bolso y poniéndome los zapatos, escuché la puerta del piso abrirse y una vocecilla decir:

    —Santi, siento el retraso, ¿Ya comiste?

    Santi me miró tenso como su polla hacía dos minutos y dijo:

    —No, está aquí Adriana, que vino a pedirme CD´s.

    Yo me arreglé el pelo y salí del cuarto cogiendo un Cd en la mano. Conocía a aquella chica desde hacía unos años. Era compañera de clase de Santi, y parecía haber estado esperando la oportunidad de que yo me alejara un poco para abalanzarse sobre él. Me miró con desdén y me saludó como si fuera una asesina. Yo, al mirarla, empecé a sentirme húmeda de nuevo pensando en decirle:

    —Mírame, niñata, voy sin tanga porque tu novio me lo ha roto antes de follar conmigo, y si te acercas a mí un milímetro más descubrirás que huelo a él, a su sexo.

    Lógicamente no le dije nada y me largué del piso casi sin despedirme de Santi, que a estas alturas sabía que su relación con Laurita ya no tendría futuro.

    Así fue, porque hace un momento he recibido este mensaje:

    “Adri, sentirte tan caliente debajo de mí es lo que quiero. Quiero tu cuerpo y tus labios, quiero follarte siempre.”

    Sólo pensar en él me ha sacudido todo el cuerpo.

    Y qué quieren que les diga, la casualidad de haber pasado ayer por su piso me ha devuelto a la vida.

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  • Mi primera vez fue con un maduro

    Mi primera vez fue con un maduro

    Hola, me llamo Nahuel y actualmente tengo 30 años, soy de Ezeiza, Argentina.

    Empecé a sentirme atraído por hombres desde los 19 años aproximadamente, pero no me atraían hombres de mi edad, solo me gustaban muchos mayores que yo. De eso me di cuenta cuando miraba porno y me gustaba ver siempre a una chica con un hombre grande de 50 años o más, me re calentaba. De ahí empezó a nacer mi curiosidad con hombres mayores, me calentaban gordos, peludos y muy grandes, me morboseaba estar con un hombre viejo y me hacía pajas siempre pensando en esa fantasía.

    Más o menos mi primer encuentro con un hombre ocurrió cuando tenía unos 21 años. Trabajaba de lunes a sábados y mis únicos días libres eran los domingos, me gustaba mucho entrar a chats públicos y buscar hombres maduros por ahí, pero nunca tenía suerte, o estaban muy lejos de dónde yo vivía, o si estaban más o menos cerca, no tenían lugar o no podían cuando yo estaba libre. Igual el hecho de chatear me calentaba mucho, ya para ese entonces me empezó a gustar mucho usar lencería femenina.

    Es un morbo que de a poco fui explorando, me gustaba ponerme tanguita, medias y corpiño y verme al espejo, me sacaba muchas fotos y las pasaba por chat, obviamente sin mostrar la cara. Me calentaba mucho sentirme como mujer.

    Un domingo como muchos estaba en estos chats gays, y me habla un hombre. Tenía 45 años y era de Lanús, me decía que era activo 100% y estaba libre todo el día, para ese momento eran como las 2 de la tarde aproximadamente, por su edad no me convencía, pero cuando me mandó foto me gusto, se veía mucho más grande que su edad, era morocho y moreno, lampiño, me gustan peludos, pero tenía una pija grande y muy gruesa, me calentó mucho cuando la vi, le pase fotos mías en tanguita y corpiño, y le guste, me dijo si quería ir.

    En ese momento me paralicé un poco, sería mi primera vez con un hombre y además con un hombre maduro como a mí me gusta. No lo pensé mucho más y le dije que sí, si mal no recuerdo hacia bastante calor ese día, estábamos en primavera. Decidí entrarme a bañar y cambiarme. Obviamente le dije que solo la chupaba, le mentí diciendo que ya había estaba con otros hombres, tenía miedo que me dijera que no, ya que solo se la iba a chupar.

    Me dijo que vivía a unas 15 cuadras de la estación de Lanús, la idea era que me vaya en tren desde Ezeiza y allá me tomé un taxi.

    Salí de mi casa eso de las 15:30 h aproximadamente y a un par de estaciones antes le hable para que me espere en la estación, en ese momento por seguridad preferí verlo antes que ir directo a su casa, cuando llegue eran las 16 h o quizás más no me acuerdo bien de los horarios. Baje del tren y me camine 1 cuadra hasta la esquina del bingo de Lanús. Y lo veo venir hacia mi cruzando la calle, estaba muy transpirado, hacia mucho calor ese día, nos damos un beso en la mejilla y caminamos juntos hacia la entrada del bingo a tomar un taxi. Yo estaba bastante tranquilo y a él se lo notaba un poco nervioso ya que se puso hablar mucho con el taxista.

    Cuando bajamos, me habló preguntándome con cuántos hombres estuve, le dije de nuevo que con dos (lo cual era mentira) caminamos una cuadra y media hasta su casa. La casa de él daba directamente a la vereda, era un mono ambiente, abrió la puerta y directo al frente estaba su cama, a la derecha una mesa y la cocina y luego pasillo chiquito llevaba al baño, y había una ventana grande que daba obviamente a la vereda.

    Cuando cierra la puerta entré en muchas dudas, era la primera vez que hacía algo así, me dio bastante miedo, pero tenía que cumplir esta fantasía, así que no pensé y solo actúe.

    La terminar de cerrar él se apoya contra la puerta y me voy a su cuello y lo beso y con la mano le agarro la pija, tenía puesto una camisa y un jean muy grueso, y me dice:

    Él: ¿la querés tocar un poquito?

    De inmediato me arrodilló y le empiezo a bajar el pantalón, el me ayuda sacándose el cinturón, le termino de bajar el bóxer, y por fin tengo frente a mí una pija de un maduro. En ese momento me calenté mucho pero a la vez estaba temeroso. Me la lleve a la boca y empecé a chupársela, no tenía ningún sabor en particular, pero me calentó mucho la situación, eso sí tenía mucho olor a transpiración, pero en ese instante no me importo.

    El luego me aparta la cabeza y se saca la camisa, todo el jean y se acuesta en la cama boca arriba, abre las piernas y yo me vuelvo arrodillar para seguir chupándosela, le pase la lengua por todas lados hasta los huevos me comí, pero no estuve mucho tiempo ya que su olor a transpiración era muy fuerte. Le dije que se valla a bañar que lo esperaba. Me dijo que si. Agarro un toalla que tenía en una silla y se metió al baño.

    Yo había llevado una mochila, y aproveché a desnudarme todo. Soy muy bajo, mido 1.60, piel blanca y con muy buena cola y piernas. Saque una tanguita y un corpiño para ponerme, pero de los nervios no me pude abrochar el corpiño así que solo quedé en tanguita, me senté a un lado de la cama y espere a que saliera.

    Cuando salió me hizo acostarme boca abajo en la cama, con mi cabeza sobresaliendo de la misma, se puso enfrente de mí y me hizo chuparle la pija mientras el me manoseaba toda la cola. Que rico se sentía cuando me tocaba.

    Después se puso arriba mío, coloco su pija entre mis nalgas y empezó a frotarse, estuvo un rato. El sabía que yo no buscaba penetración así que fue muy respetuoso. Estuvimos un rato largo así, se la chupaba en muchas posiciones. Lo malo que no se mojaba, no largaba líquido preseminal. Y eso era algo que estaba dentro de mi morbo, ya que yo cada vez que me pajeaba me encantaba tomar mis fluidos, eran muy ricos y salados.

    Después de un rato, él se volvió a sentar al costado de la cama abrió sus piernas y yo se la chupe arrodillado. Ya en ese momento quería acabar el, obviamente activo 100% ni hizo por tomarme más allá de mi cola, ni besos me dio y yo tenía una ganas de besarlo.

    Se la chupé más y más, y cuando quería acabar me quedé con su pija en mi boca y me tomé todo su leche, y ese fue el momento más rico, tenía una leche bien calentita y espesa y muy salada, ahí se me puso bien dura a mí, y me calenté un montón, abro la boca y le muestro como tenía toda su leche y me la tomé, que cosa más rica, nunca me había calentado tanto me sentí tan puta y sucia, se la seguí chupando para limpiársela bien y le di un par de besos en la panza y cuello.

    Y ahí terminamos. Él se vistió y yo también, me llamo un remis y nos despedimos. (Dato que me di cuenta cuando salí, es que la ventana grande había quedado abierta, y no se olviden que da directo a la vereda, así que alguien nos vio, y eso más adelante me generó mucho más morbo).

    Volví a mi casa, mucho más adelante nos volvimos hablar pero ya no coincidimos en horarios y días libres, pero bueno tuve otros encuentros que ya luego les contaré, gracias por leer, y los leo en los comentarios, nos vemos.

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  • Cosas de la vida, regresar a lo mismo

    Cosas de la vida, regresar a lo mismo

    Después que convencimos a mi esposo regresar a Lima con el juramento de ser fiel, pasaron más de 10 años cuando logramos comprar una casa con el banco, pero resulta que empezamos a tener deudas, quizás porque me gustaban las compras y gastos excesivos soy consciente; hasta que un día una vecina mía me comentó que viajaría a Chile pues había excelentes oportunidades de trabajo.

    Es así que convencí a mi esposo; pues le había demostrado el cambio ya que frecuentaba una iglesia cristiana; al final decidió enviarme a Chile; el cual salí rumbo a Santiago donde me instalé con mi amiga; pero ella conoció a un chileno y a veces me pedía el cuarto para encerrarse a cachar; hasta que decidí buscar otro cuarto y conocí a Franco un chileno que alquilaba cuartos, quien muy amable me dio un cuarto y que podía pagarle a fin de mes que me pagaban en mi trabajo; pues ya estaba trabajando.

    Me di cuenta que le gustaba mucho y me invitó a cenar en un restaurante el cual lo vi algo sospechoso, me preguntó si tenía pareja y cometí el error de decirle que era madre soltera y que vine a trabajar a Chile para darle una nueva vida a mis hijos. Luego me invitó a un bar tomamos unos tragos que me sentí mareada y al final amanecí desnuda en su cuarto; quizás me dio algo en la bebida no lo recuerdo, solo que amanecimos desnudos al otro día en su cama, me asusté y me dijo que me había emborrachado tanto que yo le pedí hacer el amor.

    Turbada volví a mi cuarto para cambiarme y salir a mi trabajo; todo el día me quedé pensando y preocupada en todo lo que había hecho pues sentía un estado de culpa por mi esposo; al regresar llegué a mi cuarto y estaba esperando con un gran ramo de rosas que siempre me han gustado las rosas.

    Me alegré y pasó a mi cuarto me besó y me puse a llorar; me dio pena por mi esposo lo que le había hecho; pero cuando me preguntó le dije que tenía miedo quedar embarazada ya que tenía 3 hijos ese fue mi pretexto; me abrazó con amor y me dijo que me ayudaría con mis hijos y que se había cuidado de no eyacular en la noche; lo abracé y le agradecí; nos desnudamos y dimos rienda suelta a nuestros bajos instintos, cachando como dos locos empedernidos; no era dotado pero si muy viril.

    Me ofreció pasarme a su cuarto y en ese momento de la noche lo hicimos, pasaron los días y éramos el uno para el otro. Al final pensé en quedarme en Chile para siempre; me pidió matrimonio y acepté iniciando los papeleos; siempre me llamaba mi esposo al cual le decía a Luis que era mi primo hermano que cuidaba a mis hijos en su casa ya que todos los depósitos iban a su nombre, mi mentira sobrepasaba los límites y lo sabía, pero me había enamorado pues Luis era muy atento conmigo y prometió traer a mis hijos a Chile.

    Cosa que pensé que sería fácil; hasta que cierto día mientras dormía tomo mi celular y saco el número de mi esposo y lo llamó invitándolo a nuestro matrimonio; sé que esto no le cayó bien a mi esposo en Perú que le dijo toda la verdad y había hablado con mis padres quienes inmediatamente llamaron para decirme que compraban los pasajes de su retorno o se quedaba y se olvidaba que tiene familia e hijos.

    Esa noche llegué y Luis me recriminó mi mentira al cual acepté la realidad llorando y le dije que nunca amé a mi esposo y que a él lo amaba; pero había decidido regresar a Perú porque mis padres me dieron a elegir entre él o sus hijos, llorando aliste mis cosas y salí al cuarto de mi amiga; hasta que me llamaron mis padres diciendo que al día siguiente regresaría a Perú, cosa que así fue.

    Mi esposo no fue a recogerme y no sabía lo que me esperaría.

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  • Nuevo trabajo, nuevas experiencias

    Nuevo trabajo, nuevas experiencias

    Llegué antes de las 9 am a la dirección que me entregó el amigo; era una casona antigua por el centro de Lima, lo llamé y salió un hombre un tanto moreno y alto que me hizo entrar a una sala de espera, lo primero que vi sus grandes piernas y su gran porte.

    Me habló que tenía unos ambientes que administraba y necesitaba un ayudante, el pago era mínimo; pero tendría comida y cama; porque necesitaba cama adentro; le dije que estaba bien y aceptaba me enseñó lo que debía hacer, eran ambiente cerrados para parejas o solos con un mueble y TV debía poner videos al pedido del cliente sin excepción; también extendería productos y bebidas.

    Acepté sin mediar palabras alguna y me dijo que debía traer mis cosas a su casa le dije que vivía por villa el salvador y estaba lejos.

    Me replicó que iríamos en su carro y así fue fuimos y regresamos con su carro; mirar su gran cuerpo me excitaba pero a la vez tenía miedo que no le gusten los gay. Es así que me instalé en su carro que tenía una gran cama y un colchón en el suelo donde dormiría, me envió a bañarme para luego empezar a trabajar pues estaría conmigo para aprender; fui a la ducha mientras él se echó en su cama un rato revisando su celular; regresé desnudo tratando de provocarlo; me cambié en el cuarto mostrando mi culo de reojo noté un gran bulto entre su ropa que me asustó, la verdad era grande.

    Le dije que estaba feliz de estar con él; almorzamos y abrimos a las 2 de la tarde; ese día lo pasé genial y me preguntó si me gustaba el trabajo a lo que le dije que si, estaba excelente.

    Dormía con una pijama provocativa que había comprado.

    Un día llegó casi para cerrar un ingeniero bien vestido y pidió un video como faltaba poco para cerrar; le puse un video que dejó la puerta semi abierta y se masturbaba; eso me provocaba y tenía ansias locas de entrar; quizás se dio cuenta porque pasaba de rato en rato mirando; me llamó y me pidió una gaseosa y galletas corrí y lo traje viéndole con la pinga dura, le pagó y luego me dijo: “si lo mamas te daré 50 soles”.

    La tentación fue tan grande que le dije que cerraría el local y vuelvo; ese día Manuel quien era el dueño estaba durmiendo, mamé su pinga y me puso 100 más para cacharme me cachó complemente, su pinga era chica no me importó me di mi gusto volví al cuarto y encontré dormido a Manuel, me dormí feliz

    Al día siguiente vino de nuevo y cachamos otra vez; pero no me había percatado su Manuel estaba durmiendo pues dejamos la puerta abierta y él nos observaba mientras me cachaba.

    Volví al cuarto y encontré a Manuel desnudo haciéndose el dormido; tenía una gran pinga fenomenal que no me imaginaba.

    Me dijo que tal caché que te han dado me dijo, asustado le respondí que me perdone por haber hecho eso pues me había advertido, te perdono si mamas mi pinga, me acerqué y metí mi boca en tremenda pinga que me asusté; me puso en cuatro y intentaba meterme; pero la pinga salía.

    Me echó boca abajo y trajo una crema que untó todo mi ano mientras metía sus dedos que me hacían doler; hasta que sentí que poco a poco partía mi culo; fue super doloroso que sentía dolor horrible, puja, puja respira profundo me dijo mientras sentía en mis adentros abrirme el culo.

    Me cacho hasta sentir a borbotones la leche invadir mi culo fue una noche sensacional y alucinante.

    Dormí con el culo adolorido mientras me decía que era el moreno de la orgia.

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  • Rosy, definitivamente hermosa

    Rosy, definitivamente hermosa

    Después de haber penetrado a Beto, Rosy quiso que me quedara a dormir con ellos ya que al ver que era mi tercer palo, comprendió que su fantasía podía esperar un poco más, ya que Beto se había comido uno y los otros dos, entre ella y unas ricas mamadas, así que nos acostamos a dormir en la misma cama, yo a pesar de estar cansado seguía intuyendo que Beto tal vez no solo quería saber lo que sentía su vieja, creo que este cabrón ya era puto tapado y estaba por salir del closet con permiso de su mujer.

    Pero me dormí pensando en ello, como a la hora de estar dormido, me despertó una sensación muy rica, alguien me estaba mamando la verga muy suave y tiernamente, con delicadeza, eso me hizo emitir un gemido de placer, y escuché la voz de Rosy que me dijo:

    —Te gusta papi.

    Solo atiné a decir:

    —¡Siii!

    —Que rico mi vida, bueno que bien que te gusta —dijo Rosy— porque Beto quiere que se los eches en su boquita ¿verdad bebé?

    Abrí los ojos y en realidad era “Bety” quien me mamaba tan rico, sonreí a Rosy y le dije que se arrimara a mí, le comencé a mamar la tetas, que las tiene muy ricas, y le pedí enseguida que me pusiera su panochita depilada, así como pueden apreciarla, me la pusiera en mi boca para darle una rica mamada, mientras que el puto de su marido me hacía una rica felación.

    Después de hacer venir a Rosy unas dos veces con mi lengua en su rica panocha, le pedí que se pusiera en cuatro para penetrarla por el chiquito, (ya no eran tiempos de andar con terminologías rebuscadas de terapia, ya teníamos una cogedera y una desinhibición marca propia) así que a pesar de la momentánea molestia de “Bety” porque le quitamos su cupón un rato, le dije que su mujer quería saber que se sentía que le dieran por el culo como a él hacia un momento, eso lo hizo reflexionar, pero enfatizo que él quería saber a qué sabían los mecos, y que cuando me fuera a venir les avisara, para que un momento antes pudiera él disfrutar de ese gusto… no tuvimos ningún inconveniente…

    Ya que Rosy quería complacerlo porque ella estaba siendo complacida, lo hacía buey con su permiso y él era toda una puta con la anuencia de su mujer, y además Rosy, ya había terminado dos veces en mi boca y yo aún tenía cuerda, pues era el mañanero, después de tres palos de la noche anterior, con solo una hora de diferencia, estaba que no cabía de gusto, pues no había tenido esa experiencia y estaba dándome cuenta que podía tener más potencia con esta modalidad de descanso.

    Rosy se puso a gatas, y procedí a hacerle lo que a Beto, la lubriqué, mientras Beto seguía mamando con el pretexto de que quería lubricar para que su mujercita no sufriera, no me apuraba porque ahora tenía el aguante de un buen palo… así que cuando estuvo lista después de la estimulación, se la metí parsimoniosamente, mientras ella gemía rico, diciendo:

    —Pinche Bety con razón te gusta esto que rico se siente, hay papi que rico, hay mi amor culéame rico mmm, que bien sabe, déjame ser tu puta la mejor de todas, o tu puto como Betito ¿verdad mi amor? —le dijo a Beto, a lo que él solo sonrió y me acariciaba lo huevos.

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  • Angustiosa pesadilla

    Angustiosa pesadilla

    Solo oscuridad y a lo lejos ruido de tráfico, sirenas, voces lejanas, murmullo de la ciudad dormida. Siento la humedad fría en mi espalda, olor a hierba mojada, una fuerza irreconocible me impide mover brazos y piernas.

    Manos ásperas, zafias, recorren mi cuerpo con lujuria. Intento huir, pero varias manos me sujetan e impiden mis movimientos. Abren mi boca tapando mi nariz y un miembro viril me penetra hasta la garganta produciéndome nauseas. Ropa rasgada, arrancan mis bragas dejando mi vulva al aire. Apartan mis piernas y aunque intento apretarlas, una fuerza superior las separa. Siento un peso encima y un pene duro penetra mi sexo. Me duele, intento expulsarlo, pero su dureza penetra mi vagina seca haciéndome daño. Varias voces jalean al desconocido agresor.

    Vergas, a cada cual más dura, se turnan en conquistar mi boca y mi sexo. Líquidos tibios inundan mis entrañas.

    Huelo a hierba húmeda y siento mi cara chafada contra el suelo embarrado de tierra mojada. Humedad de rocío en mis tetas, vientre, sexo y un dolor irresistible en mi ano inundado por abundante esperma. Risas, palabras soeces, muñecas doloridas por la opresión y moratones en las piernas. Pierdo el sentido.

    Despierto sobresaltada, impregnada de sudor frío en todo mi cuerpo, abro los ojos, todo está en su sitio en la penumbra de mi habitación. Siento alivio. Un rayo de sol se cuela por la rendija de la ventana anunciando un día espléndido. Lo disfrutaré.

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  • Historias del spa ¡Relájame mucho!

    Historias del spa ¡Relájame mucho!

    Os voy a contar algo que me pasó hace muy poco y que jamás me imaginé que me podría suceder a mí. No voy a decir que soy una mujer guapa, pero soy bastante alta, morena, de ojos grandes y negros y labios carnosos. Soy bastante curvilínea, lo que nunca me ha ido mal con los hombres, siempre y cuando les gusten las hembras de verdad, porque además necesito que me tengan bien satisfecha en cuanto a asuntos de cama se refiere.

    Sexualmente siempre he sido bastante activa, aunque no he tenido más que tres parejas a lo largo de mi vida, pero soy de las que nunca tiene un dolor de cabeza nocturno. Hace diez años me casé muy enamorada de mi marido y nos ha ido muy bien en todos los aspectos hasta hace unos seis meses. Él me engañó con una compañera de su trabajo y le pillé enseguida porque resulta que es incapaz de mantenernos a las dos contentas a la vez y la que se quedó a dos velas fui yo.

    Para no enrollarme mucho, resumiré diciendo que hace medio año que no hacemos nada de nada, así que no podéis ni imaginaros cómo estoy de histérica. No he querido nunca tener una aventura con otro hombre y no sé muy bien por qué, digamos que simplemente no puedo, no me apetece nada. Con el que siempre he querido tener sexo desde que le conocí, es con mi marido, que ha sido el que mejor me ha follado con mucha diferencia. No creo que haya nadie que me pueda hacer sentir lo que me hacía sentir él y no tengo ganas de experimentos.

    Hace dos semanas, cuando salí de la oficina y sabiendo que no me esperaba nadie porque mi marido estaba de viaje, decidí pasarme por un spa cercano a ver si podía darme un masajito relajante. No soy muy aficionada a este tipo de terapias, pero me entró el antojo repentino y me dije que por qué no iba a darme un capricho de vez en cuando, así que dicho y hecho, allí me presenté.

    Me recibió una señora de aspecto muy elegante de unos cuarenta y tantos años con el pelo recogido en un moño alto y vestida con una bata blanca. Le conté que estaba muy estresada últimamente y que lo único que quería era poder relajarme completamente durante el tiempo que duraba el masaje.

    —Tenemos exactamente lo que necesitas, además ahora hay una oferta estupenda de cinco masajes pagando solo cuatro. Y déjame que mire, pero creo que incluso la terapeuta ha tenido una cancelación de última hora y está libre ahora si quieres.

    —¡Oh! ¡Eso sería fantástico! —contesté.

    La señora me dejó esperando unos minutos en la recepción y volvió sonriente.

    —¡Efectivamente! Si lo deseas, Morgana está libre para ti.

    —¡Genial! No la hagamos esperar.

    Saqué mi tarjeta de crédito y pagué los cinco masajes. La señora me hizo seguirla por un pasillo donde la luz era tan tenue como en la recepción y olía a deliciosos aceites esenciales. Me llevó a una sala donde había una pequeña fuente en el medio y se escuchaba una música suave por el hilo musical. Me senté entre un montón de almohadones y me pidió que esperara allí a mi terapeuta. No se veía mucho movimiento de gente por ahí, solo unas voces de mujeres a lo lejos que debían estar usando un jacuzzi cercano a juzgar por los sonidos que me llegaban.

    Al poco apareció una empleada bajita con rasgos orientales que me ofreció agua con limón muy sonriente. Aquello me pareció muy buen comienzo. Justo cuando se marchó la chica del agua, llegó una mujer de unos treinta y tantos años que llevaba una bata blanca que le sentaba perfectamente. La verdad es que nunca me han atraído las mujeres, pero he de confesar que aquella tenía un cuerpo escultural.

    Sin ser muy alta, no tenía ni una gota de grasa, pero lo que más sobresalía de ella eran sus dos enormes pechos que se aprisionaban contra aquella bata abotonada. Llevaba su pelo liso recogido con una pinza en un moño y se sentó a mi lado cruzando las piernas y descansando en ellas una carpeta de plástico con un formulario que mucho me temía, era para mí.

    Tal y como esperaba, tuve que contestarle a unas cuantas preguntas de si me habían operado de algo, si tenía alguna lesión, alergias, bla, bla, bla. Cuando acabó me dirigió a los vestuarios y me dio una llave para una taquilla. Me dijo que cuando estuviera lista me llevarían a su cabina. La misma chica que me había llevado el agua me dio un albornoz, unas zapatillas y un paquetito que supuse que sería el típico tanga desechable.

    No hablaba mucho pero sí sonreía, así que deduje que no hablaba español. Tampoco necesitaba muchas más instrucciones, así que me desnudé y me puse el albornoz, guardé todas mis cosas en la taquilla y cerré con llave con una gran satisfacción de no llevar nada encima, sobre todo el móvil. Durante una hora iba a estar completamente perdida del mundo disfrutando de un relajante masaje.

    La chica oriental me hizo un gesto para que la siguiera y me llevó a través de pasillos y escaleras hasta la cabina donde me esperaba mi terapeuta. Nunca pensé que aquella casa diera tanto de sí, pero era mucho más grande de lo que parecía. Entré en la pequeña habitación donde había varias velas encendidas y un agradable aroma a rosas. La temperatura era un poco alta para mi gusto pero enseguida me di cuenta de que llevaba puesto un albornoz bastante grueso y que cuando me lo quitara, la cosa cambiaría.

    Por una pequeña puerta auxiliar apareció Morgana, mi terapeuta, frotándose las manos con un aceite o una crema. Me dijo que me quitara el albornoz y se lo diera y que después me tumbara boca abajo en la camilla. Me pareció un poco raro que se me quedara mirando descaradamente. Lo que había visto en otros sitios donde había ido, era que la masajista no entraba hasta que tú ya estabas tumbada en la camilla, pero en cualquier caso, no soy nada pudorosa, así que me quité el albornoz y se lo di.

    Ella me miró descaradamente de arriba a abajo y me sonrió. Mientras colgaba mi albornoz detrás de la puerta me tumbé en la camilla tal como me había dicho y pude oír como corría los cerrojos de las dos puertas. Estábamos solas y aisladas del resto del mundo.

    Como tenía colocada la cabeza en el hueco por el que solo podía ver el suelo, empecé a guiarme por los ruidos que venían hasta mis oídos. Morgana puso una música súper relajante y me tapó con una toalla para que no me enfriara. La oi manipular algunos frascos y seguidamente se acercó a la camilla y me destapó la espalda. Cogió una cantidad de aceite y se frotó las manos posándolas suavemente sobre mis omoplatos. En ese momento sentí electricidad desde la coronilla hasta la punta de los pies. El roce de sus manos contra mi piel me hizo respirar profundamente y Morgana se rio.

    —¡Buf! ¡Sí que vienes tensa! —dijo suavemente—. No te preocupes. Relájate que vas a salir nueva de aquí.

    Yo no pude ni quise contestar nada. Solo dejé escapar una especie de gruñido de satisfacción. El masaje continuó como todos, arriba y abajo desde los hombros hasta la mitad de la cintura. Entonces noté como me separaba ligeramente las piernas sin levantarme la toalla y se subía encima de la camilla de rodillas para hacer más fuerza sobre mi espalda.

    Aquello me pareció extraño pero excitante porque me la imaginaba detrás de mí frotándome con las dos manos estando yo casi completamente desnuda. Jamás se me habría ocurrido pensar algo así dándome un masaje. Me extrañó mi propia manera de pensar, pero decidí seguir imaginándome cosas… Después de todo era la primera vez que alguien acariciaba mi cuerpo desnudo en mucho tiempo, así que cerré los ojos y me propuse disfrutar.

    Cuando Morgana acabó con la espalda me volvió a cubrir y se colocó en uno de los lados de la camilla para masajearme una pierna. Cuando sentí que me levantaba la toalla, separé las piernas con tanto descaro que cualquiera podría haber pensado que lo hacía por comodidad. A ella no pareció importarle. Me masajeó deliciosamente los dedos de los pies, los tobillos, las pantorrillas… Se puso al final de la camilla y comenzó a masajearme la parte posterior de los muslos, desde la rodilla hasta la ingle.

    La toalla me cubría el culo y el principio de la pierna, así que notaba como sus dedos se metían por debajo de la tela y eso me excitó mucho. Sus movimientos eran largos y lentos desde la rodilla hacia arriba. Cada vez subían un poco más, yo creí que estaba probando a ver si me sentía incómoda si llegaba demasiado arriba, (ya se sabe que hay mucho tiquismiquis).

    Me di cuenta de que cada vez con más frecuencia, en cada pasada me rozaba “accidentalmente” con la punta de sus dedos en la ingle, incluso llegando a tocarme el labio mayor. Al principio me quedé petrificada, pero viendo que lo hacía con naturalidad, no solo no le di importancia, sino que separé un poco más las piernas para hacerle creer que lo hacía para ayudarla dándole un poco más de espacio.

    Creo que cuando vio que a mí no solo no me importaba, sino que parecía gustarme, con la mano izquierda levantó la toalla dejando al descubierto las dos piernas y el culo, mientras que colocaba su mano derecha de manera que podía masajearme la ingle desde atrás. Noté como su dedo pulgar se acercaba peligrosamente a la raja de mi culo mientras me amasaba la entrepierna sin llegar a tocar más allá con una mano y con la otra me estrujaba y sobaba el glúteo.

    En ese momento empezaba a darme igual casi todo. Supongo que con la facilidad que tengo para lubricar, en ese momento debía estar bien mojada y Morgana tenía que estar viéndolo. Simplemente me dejé hacer. De pronto paró y ni corta ni perezosa tiró lentamente de la tira del tanga desechable hacia abajo, como para sacármelo por las piernas. Eso me pareció realmente extraño, porque precisamente era una prenda que te daban para no quitarte… Para que quedara clara mi aprobación, levanté el culo de la camilla para ayudarla a desnudarme, pero tuve que juntar las piernas para que lo sacara. Entonces me dio vergüenza volverlas a abrir y esperé a ver qué hacía ella.

    Tiró el tanga al suelo y sin dudarlo metió sus dos manos entre mis rodillas para separarlas despacio pero firmemente desde la cara interna de los muslos, con sus palmas pegadas a ellos. Abrí las piernas todo el ancho de la camilla sabiendo que desde su perspectiva Morgana me estaba viendo todo el coño húmedo perfectamente. Mi respiración estaba bastante agitada, pero desde mi situación no podía ver si Morgana también estaba excitada. Sin saber muy bien qué esperar, Morgana empezó a masajearme mi redondo culo desde el centro hasta afuera, metiendo sin ningún sonrojo sus manos entre mis nalgas, separándolas.

    En cada pasada bajaba siguiendo la forma redonda para seguir por la línea de mis ingles hasta los muslos, así continuamente en un movimiento circular, separándome descaradamente el culo en dos y bajando por las ingles, con las puntas de sus pulgares rozándome los labios mayores. Yo no pude evitar levantar ligeramente las caderas con una ligera cadencia producida por la excitación.

    Ella debió darse cuenta de cómo yo estaba y decidió plantar sus manos abiertas sobre mis nalgas metiendo los dos dedos gordos en mi raja y bajando de manera que se apoyaran firmemente sobre los labios. Esta vez no fue un roce, sino que apretó más fuerte y sentí un placer muy parecido al que se siente al apretarse el clítoris.

    No pude evitar que se me escapara un pequeño gemido, pero traté de disimular porque temía estar malinterpretando sus acciones. ¿Y si después de todo era una técnica diferente de masaje de relajación? En realidad solo quería autoconvencerme de que eso no podía estar pasando ni aun menos, de que me estuviera gustando que una mujer me tocara tan íntimamente.

    Repentinamente y cuando estaba casi a punto de reventar, paró de tocarme y se acercó suavemente a mi oído para pedirme que me diera la vuelta. Había olvidado que todavía me faltaba la parte de delante. Ahora sí que estaba completamente expuesta ante ella. Cerré los ojos porque me dio algo de pudor y ella me cubrió otra vez con la toalla. Pensé que aquello había sido un gran malentendido y me avergoncé por haberme mostrado como una perra en celo.

    Morgana empezó a masajear mis brazos y mis manos con mucha sensualidad. Me levantó el brazo hasta la altura de su cara y lo masajeó desde el codo. Siguió bajando hasta la axila y el hombro apoyando descaradamente la palma de mi mano sobre una de sus gordas tetas. No me atreví ni a moverme ni a abrir los ojos, pero eso ya no me pareció tan normal. Se fue moviendo de manera que mi mano inerte terminó entre sus pechos, apoyada en el primero de los botones.

    Ella sabía bien que el botón estaba a punto de saltar y solo con el roce de uno de mis dedos, eso fue lo que pasó, pero en ese momento yo ya estaba decidida a no dejarme intimidar. Si ella tenía morro, yo doble ración, así que dejé que mi mano se moviera “tontamente” según ella masajeaba mi brazo y le acaricié el borde de sus preciosas tetas con la punta de mis dedos.

    Era la primera vez que hacía algo así y me excité como una perra, tanto que inconscientemente me moví en la camilla, flexionando las rodillas y separando las piernas, pero sin abrir los ojos. La jugada se repitió en el otro brazo y yo volví a tocarle sus pechos, redondos, suaves y duros. Tuve que contenerme para no meterle la mano más adentro buscando sus pezones y pellizcarlos. En ese momento yo ya estaba desbocada. Me dejó delicadamente la mano en la camilla y se puso detrás de mi cabeza. Ya sabía lo que tocaba ahora.

    Suavemente, retiró la toalla de la mitad superior de mi cuerpo, doblándola sobre mis piernas. Allí aparecieron mis dos tetas con los pezones tiesos como para cortar un cristal. Empezó a darme un suave masaje en el cuello y cuando menos lo esperaba bajó hasta mis pechos. Manipulaba los dos a la vez en movimientos simétricos, evitando tocarme los pezones. Noté que mi respiración no era precisamente la de alguien relajado, incluso tenía calor y había empezado a sudar ligeramente.

    El masaje de pecho no fue muy largo, pero en los últimos movimientos agarró mis pezones con todos sus dedos y los frotó como si estuviera sintonizando una emisora en una radio antigua. Se mantuvo así durante unos deliciosos segundos, consiguiendo que se endurecieran más y se alargaran. Entonces los soltó y los acarició suavemente con la palma de las manos.

    Se movió hasta los pies de la camilla. Yo vi que aquello estaba cerca del final y abrí los ojos. Ella me miraba divertida mientras yo la seguía con la mirada, con cara de desesperación por saber qué sería lo siguiente que me haría para excitarme. ¡Maldita zorra! ¡Me había puesto terriblemente cachonda y yo no tenía quien me consolara!

    Cogió la toalla que me había doblado antes sobre las piernas para taparme el torso, pero yo le pedí que no lo hiciera.

    —Hace mucho calor aquí —le dije mirándola con deseo.

    —Sí, es verdad, tienes razón —me contestó.

    Por un momento pensé que se desnudaría y se subiría encima de mí para que pudiéramos besarnos y acariciarnos, pero no lo hizo. Solo me quitó todas las toallas que me tapaban y me dejó completamente expuesta sobre la camilla. Se dirigió a masajearme la parte anterior de las piernas y justo cuando empezaba con la primera decidí flexionar la contraria y abrirme ante ella descaradamente. Casi me muero cuando la vi que levantaba la mirada hacia mí, muy seria y soltándome la pierna.

    En ese momento me quería morir de la vergüenza y cerré las piernas instantáneamente. Entonces ella sonrió y me agarró de los dos tobillos, echándomelos hacia atrás y abriendo mis piernas como si fuera un portón de una fortaleza. Para mi sorpresa, metió las manos debajo de la mesa y sacó dos alas extensibles de los lados, colocando mis pies en ellos.

    Inmediatamente recogió la parte del final de la camilla de manera que mi culo quedó justo en el borde, con mis pies sobre las extensiones, completamente abierta. Ahora sí que le estaba ofreciendo todo mi sexo baboso. Ella acercó un pequeño taburete de ruedas y se sentó de manera que quedó casi a la altura de mi sexo.

    Ya no había duda, pero aun así me miró y con una sonrisa me preguntó acercando cada vez más sus labios a mi coño. Creo que esperaba alguna reacción por mi parte, así que me incorporé sobre mis codos y dejé caer la cabeza para atrás justo en el momento en el que su boca entreabierta entraba en contacto con mi ansioso sexo. Me tumbé completamente y disfruté de aquellos profundos lametazos arriba y abajo que me daba aquella mujer.

    Después de saborear un rato todos los jugos que abrillantaban mi sexo, abrió la boca y apoyó sus labios rodeando mi clítoris. Después hizo que chocara delicadamente su lengua con mi pepita. Pasó unas cuantas veces la punta de su lengua por la bolita dura y yo no pude aguantar más. Levanté las dos piernas hacia el techo agarrándome de su cabeza mientras me corría como una salvaje, momento en el que Morgana aprovechó para meterme dos dedos en la vagina y otro en el culo, moviéndolos de dentro a fuera, al principio rápido y luego despacio hasta que vio que me había quedado relajada, con la cabeza hacia un lado y completamente despatarrada.

    Morgana me dejó así, tumbada en la camilla, después de haberme tapado otra vez y se marchó. Cuando me pareció bien, me levanté, me vestí y me fui hacia la recepción. Ni rastro de mi terapeuta, pero en el mostrador de la entrada estaba la misma mujer elegante de antes.

    —¿Qué tal? ¿Qué te ha parecido el masaje?

    —¡Oh! Ha sido simplemente delicioso. Soy otra persona.

    —¡Jajaja! —rio abiertamente—. Eso es lo que suelen decir de los masajes de Morgana. Es fantástica. Por eso está tan solicitada. La próxima vez llame antes porque no tendrá tanta suerte como hoy.

    —Desde luego —no pude decir más.

    —¿Nos vemos la semana que viene?

    —Sin duda. Llamaré antes para pedir hora.

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