Autor: admin

  • En casa es mejor

    En casa es mejor

    Nuestros padres nos encargaron desde que estábamos chicos con unos tíos hermanos de nuestra madre que viven la Ciudad de México, donde ya habíamos tenido la oportunidad de haber venido de vacaciones con ellos, mi hermana María Luisa tiene 21 años y trabaja en una oficina de Gobierno donde tiene poco tiempo de haber entrado y como nuestros tíos salían de vacaciones, me encargaron cuidarla, tal cual era mi obligación como su hermano, yo tengo 20 años y ella estuvo de acuerdo. Nuestros tíos iban por espacio de un mes a Europa.

    Yo estaba durmiendo en mi recámara que se encuentra en la parte alta de la casa desde donde pueden verse algunas estrellas y admirar la Luna mientras ella dormía en la suya, en la parte de abajo junto a la recámara que es la de nuestros tíos Eugenia y Ernesto.

    Anteriormente hacía un par de años ambos dormíamos en la misma recámara aunque en camas separadas, luego de haber renovado la casa y haber construido nuestro tío Ernesto otra recámara para mí, fue que empezamos a dormir separados aunque también con la finalidad de evitar otro tipo de pensamientos, pues aun cuando ella y yo ya habíamos tenido unas bonitas relaciones durante las cuales nos comportábamos como novios a escondidas, relaciones en las que aunque a pesar de otros deseos que nos movían, solamente quedaron en algunos besos y caricias por sobre nuestras prendas intimas y a pesar de que solíamos estar a medio vestir, nunca pasamos a mayores.

    Sin embargo, algo más se estaba moviendo en nuestro interior desde el momento en que nos anunciaron sobre las vacaciones que tomarían nuestros tíos, sobre los cuales sospechábamos había algo más, ambos son solteros a pesar de sus edades de entre 33 y 36 años.

    A pesar de que María Luisa tenía su novio y yo mi novia, con la que me sucedió algo bastante intenso y curioso de lo cual platicaré más adelante, sin embargo, a pesar de nuestra relación secreta como novios que continuábamos siendo, tampoco había sido capaz de haberle comentado a mi hermana lo que mi novia Cristina me había confesado. De cualquier forma aún sigue siendo mi principal “novia” María Luisa, como a la fecha sigo siendo yo su novio favorito, tenemos una bonita relación tal como ella la tiene desde hace un par de años con su novio Antonio, aparentemente mi futuro “cuñado”

    Conocí a mi novia Cristina una muchachita muy hermosa, con la que llevo un año saliendo con ella, sin embargo con el paso de un par de meses me confesó algo que a la vez que me impactó, me movió mucho a tal grado que estuve a punto de decirle que también mi hermana y yo teníamos una relación de noviazgo desde hacía unos cuatro años.

    Mi nombre es Javier, actualmente tengo 20 años, según mi hermana soy de buen tipo, estatura 1,78, complexión mediana, me gusta la natación al igual que a mi hermana con la que asisto al deportivo, soy de piel blanca y abundante pelo en pecho que según la enloquece a ella cuando me ve sin camiseta o que me estoy bañando y ella entra de improviso, llegando a apreciar otras “cualidades” de mi físico, aunque a decir verdad también he hecho lo mismo, por lo que pude fotografiar en mi mente como es su cuerpo, aunque me dijo, sin que pareciera decírmelo en serio “salté cochino”, me sonreía con coquetería y hasta parecía posar para que la viera desde todos los ángulos.

    Excuso decir cómo se levantó “aquello” y como tuve que bajarlo con hielos que tomé del refrigerador, porque no me gusta la masturbación, aunque a mi novia Cristina le gusta practicármela con su boca cómo preámbulo antes de llegar a algo más cuando salimos a algún Motel, a ella le fascina hacerlo, Cristina dijo algo que me confesó y que me dejo helado desde una de las primeras veces que tuvimos la oportunidad de ir.

    Luego de que les diga como son mí hermana María Luisa y mi novia Cristina, les contaré lo que me confesó mi novia cuando estuvimos en el Motel en una de esas ocasiones, aunque también tuvieron algo que ver algunas copas de tequila que nos tomamos.

    Mi hermana y novia María Luisa es de piel blanca, estura de 1,65 cabello castaño de un bello ondulado el cual conserva corto con las puntas de su corte de cabello hacia el frente de su linda y angelical cara, de boca regular, de una coquetería innata y de bella mirada me gustaba ver mi rostro reflejado en sus ojos color miel, cuando nos besábamos, hermosas facciones que a cualquiera podían volver loco, cómo a mí me sucedía ya que siempre estoy pensando en ella y en nuestros besos que normalmente los hacemos de lengüita y en ocasiones nuestras caricias parecen estar más explosivas cada vez que nos besamos.

    A veces con escasa ropa, pues yo acostumbro cuando estamos solos yo en calzoncillos y ella solo con una camiseta o camisa mía con solo dos botones, sin brasier que las sostenga y sin su acostumbrada tanga por lo que cuando se descuida puedo observar sus hermosos labios cubiertos por un pelambre muy fino y enchinado, pero trato de voltear para otro lado aunque mi mejor amigo me traiciona y ella lo sabe.

    Sus pechos son copa C y están coronados por dos pezones alargados sobre unos montículos de areolas que los elevan aún más, hasta he llegado a observar que tienen una especie de agujeritos como coquetos asteriscos por donde debe salir la lechita, cuando ella llegue a estar embarazada del tipo afortunado a quien le toque embarazarla. Sus nalgas son redonditas y no muy ostentosas, creo desde que las vi sentí que eran de mi tipo favorito aunque Cristina las tiene un poco más voluminosas pero también muy hermosas.

    El momento mágico se presentó poco después de que nuestros tíos salieran en avión hacia el destino elegido por ellos, nosotros mismos los llevamos al aeropuerto para despedirlos.

    Esa misma tarde, luego haber ido a un restaurante con mi hermana acompañados por mi novia Cristina y sus hermanos, nos despedimos nada más al entrar a la casa y sabiéndonos los dos solos, nos pusimos muy nerviosos, sabíamos que algo inevitable estaba a punto de suceder, algo que tal vez ambos esperábamos con las ansías de dos enamorados, algo de lo que ya no habría punto de retorno, además era el momento oportuno según Cristina para compartir con María Luisa el secreto que ella misma me había confesado desde hacía un par de meses.

    Mi novia Cristina tiene 19 años con 1,67 de estatura, por raro que parezca se parece en mucho a mi hermana María Luisa, ella es un poco mayor que yo pues tiene 21 años. Hasta la vez cuando la conoció, fuimos a una cafetería y las confundían como si fueran hermanas.

    Mi Luisa ha llegado a pensar que podría ser su doble gemela solo que de ojos azules y un cuerpo ligeramente con un poco más de curvas, y por lo mismo mi hermana me dijo que la había escogido porque se parecía mucho a ella y aunque nunca le había contado el grado de intimidad que teníamos con todos sus detalles, algo me estaba moviendo por fin a contarle todo lo que hacíamos Cristina y yo cuando estábamos en el Motel al que nos gustaba ir y lo que hacía ella antes de que la penetrara.

    Cristina también es de piel blanca, tiene una cara hermosa y una nariz igual de respingada que la de María Luisa, boca más carnosa pero sinceramente antojable cuando la veo hacer lo que hace cuando saca mi miembro y lo chupa hasta hacerme llegar, de ojos azules, de un azul ligeramente intenso como a veces lo tiene el color del cielo. También sus pechos son copa C y como mencioné tiene un poco más de nalgas que mi hermana a veces no sabría por cuales decidirme.

    Aunque eso no era lo que en realidad era importante, sino el secreto que guardaba de todo lo que en realidad la hacía disfrutar mucho más con todo lo que ella me contaba cada vez que íbamos a esos lugares en busca de algo más de intimidad, ella disfrutaba y se excitaba más al hablarme de su delicado secreto, así como parecía volver a revivir todo nuevamente contándome con todo lujo de detalles todo lo que hacían y por increíble que pueda parecer yo también gozaba al igual que ella, escuchándola, de manera que ambos terminábamos muy complacidos, ella contándome al tiempo de llegar intensamente y yo llegando de igual manera imaginándome otras escenas en las que también deseaba participar pero con mi Luisa, tal como lo hacía ella.

    Yo también tenía un pequeño secreto con ella que estaba dispuesto a contarle de lo que había hecho y de lo que más deseaba hacer y así lo hice para sorpresa de Cristina.

    Esa misma noche mientras celebrábamos me marcó Cristina y estuvimos platicando un rato que se fue alargando ante la evidente desesperación de María Luisa que quería hablarme de lo que habían hecho en la oficina, al igual que yo le contaba sobre mi trabajo.

    Aunque en realidad me marcó para desearme mucha suerte en lo que acordamos que le contaría acerca de ella y de todo lo que disfrutaba, incluso ya conocíamos a sus hermanos tanto por foto como algunas veces que llegamos a salir juntos los cinco, aunque se comportaban normales como cualesquier hermanos que incluso llegaban a abrazarse y a saludarse de beso en las mejillas. Blanca mi cuñada era distinta a ella, más delgada y al parecer no con tanto busto, tal vez copa B, pero también de piel blanca como Felipe el hermano de ellas, también de tipo conquistador y atractivo, asiduo aunque no tanto al gimnasio, al menos así lo era para sus hermanas, un buen conversador y muy ameno para contar chistes.

    –Te manda saludos Cristina, que te cuide mucho ahora que vamos a quedarnos solitos. –el portafolios que siempre utilizo estaba cerca de mí con la revista que me había dado Cristina para mostrársela a mi Luisa, me estremecía el hecho de hacerlo.

    –¡Vaya!, hasta que me pones atención.

    –No me digas que te pones celosa, porque yo no te celo cuando te veo con Antonio

    –Pero sabes que también yo soy tu novia desde hace cuatro años y no son celos los que siento cuando andas con Cristina.

    –Sabes que eres lo principal para mí y que no puedo vivir sin ti.

    –¡Sí! Pero nunca me has demostrado todo el amor que dices sentir por mí, me tengo que conformar con unos cuantos besos y eso no es amor.

    –También sabes que estoy muy enamorado de ti, hermana pero es que es algo que debemos hacer porque realmente queramos hacerlo.

    –Sí también estoy consciente de que somos hermanos, pero no me puedo conformar ya con tan solo besarnos y acariciarnos por encimita, mientras tú bien que gozas con Cristina.

    –Quiero contarte un pequeño secreto sobre Cristina.

    –¡Humm!, ¿Qué puede ser tan importante?

    Le conté a mi hermana que iban seis o más veces que íbamos al Motel y que eso le gustaba mucho a ella, pero que nunca se lo había contado porque me daba pena decirle lo que hacíamos en el Motel, aunque a ella no parecía tampoco importarle ya que me pedía que por favor continuara contándole, hasta me pareció que mi Luisa también iba a disfrutar cuando le contara todo, pero aún no se imaginaba lo del secreto que ocultaba Cristina y que yo estaba dispuesto a decírselo con la aprobación de ella misma. Lo primero que hice fue contarle lo que le gustaba hacer antes de penetrarla.

    –Entonces tú y yo ya no somos vírgenes –me respondió mi Luisa

    –Me imagino que tampoco lo eres.

    –Sólo que Luis Antonio no me complace como debería, te debo confesar que no le gusta que apriete mis piernas cuando me la mete, y eso me quita la inspiración apenas si habré llegado un par de veces cuando mucho, tengo que masturbarme yo misma.

    –A mí no me gusta masturbarme pero a Cristina le gusta chupármela hasta hacerme llegar.

    –Debe disfrutarte mucho con lo grande que la tienes, ¿sabes cuánto mide?

    –Es que no me la has visto toda erecta pero dice Cristina que la tengo igual de tamaño que su hermano, unos 23 centímetros y casi 4 de gruesa.

    –¿Ella se la ha visto a su hermano?

    –Y según me dijo que su hermana también se la ha visto.

    –¡No te puedo creer eso!, nada más falta que me digas que también se cogen entre ellos.

    Me quedé en silencio como si con ello pudiera ella adivinar lo que con la falta de palabras le estaba tratando de dar a entender.

    –¡Pero si son los tres son hermanos! –atinó a decir al entender mi silencio- no puedo creer eso de Cristina.

    –Yo tampoco lo creía hasta que me lo contó las primeras veces que fuimos al motel.

    –¿A qué motel la llevas?

    –El que está en la calle donde te lleve una vez con un carpintero que me entregó un librero chico.

    –Sí, me acuerdo que está en una esquina, frente a una casa muy bonita,

    –¡Sí!, la de color amarillo que me dijiste que te gustaba mucho.

    –¡A ese mismo es al que me lleva Luis Antonio!

    –¡Vaya! –Cristina me había prestado una de las revistas de su hermano que trataba sobre ese mismo tema, con fotografías sumamente explícitas con diálogos en español donde dos mujeres tenían una relación amorosa con el hermano de ambas. Y me la había prestado con la intención de ayudarme en lograr una relación plena con mi Luisa.

    Todavía faltaba hablar un poco más con mi hermana, aún no la había visto yo, solamente la había hojeado con rapidez viendo que contenía una serie de fotografías al parecer con diálogos de los personajes que aparecían, ni siquiera quise hojearla a detalle. Se trataba de una revista bien impresa, aunque no tenía la apariencia de contar con una portada debido a que estaba cubierta con pastas oscuras sin ninguna especie de título. Solamente me la había encargado mucho pues tenía que devolverla de donde la había tomado.

    –¡Y tú quieres a Cristina aun así!

    –¿Así?, no lo que pasa es que me gusta porque se parece mucho a ti, pero tú eres a quien yo amo por ser mi novia además de mi hermana.

    –¿Vas a venir a dormir conmigo?

    –Sí, porque no quiero dejarte sola.

    –Hace mucho calor, no te importa si duermo sin ropa, ¿Sabes?, me estorba la ropa para dormir… Y para… No tener tanto calor.

    –¿Te puedo besar mientras nos dormimos?

    –¡Eres mi novio! ¿no? Los novios siempre acostumbran besarse.

    –¿En la boca?

    –En la boca y en otras partes…

    –¿De verdad ella te besa ahí? ¿En tu pene y te lo chupa?

    –Sí, no tengo por qué mentirte.

    –¿Y si te besara yo ahí? ¿me dejarías?

    –No lo hemos hecho nunca, pero debe ser bonito ver cómo lo haces.

    –Pues termina de cenar para irnos a la cama, novio mío, por cierto me bañe antes de que llegaras. –María Luisa era muy limpia con su cuerpo, hasta teníamos un bidet para lavar bien la parte de atrás.

    –Me encantara ir a tu cama contigo, yo también me bañe antes de salir. Tengo una revista que me prestó Cristina y que es de las que dice que edita su hermano Felipe.

    –Para que también me cuentes todo lo que hacen entre los tres, ya me dio curiosidad.

    Terminando de cenar nos tomamos de la mano hasta llegar al baño y lavarnos la boca, luego de eso mientras nos besábamos en la boca utilizando nuestras lenguas nos fuimos encaminando a su recámara en tonos rosa, pero muy confortable, la ayude a desvestirse, era la primera vez que lo hacía y aunque no tenía mucha práctica en esos menesteres, creo que lo hice bastante bien.

    No pude resistir cuando luego de quitarle el brasier ella se bajo los calzones mostrándome el hermoso peluche ensortijado que cubría sus hinchados labios vaginales que parecían responder al toque de mis dedos. Besé sus pechos uno a uno lamiendo sus pezones de color anaranjadito parecido al paraíso al que me transportaba, mientras los metía dentro de mi boca para chuparlos a placer.

    Pero lo mejor fue cuando ella misma me ayudó a desvestirme, al quitarme los calzones mi verga estaba totalmente endurecida y presta para entrar a ese lugar prohibido para quienes somos hermanos de la misma sangre de nuestros mismos padres a quien convertiríamos automáticamente al momento de eyacular dentro de la vagina de mi hermana y ella alcanzar del mismo modo su orgasmo, o serie de orgasmos en nuestros propios suegros. Como debe haberle sucedió a los padres de Cristina con sus propios hijos.

    –¡Te amo, Javier!, necesito que me hagas tu mujer, ya, pero antes quiero chupártela tal como dices que te hace Cristina, mi tremenda cuñadita, ¿Tú no les has mencionado nada de lo nuestro?

    –¿Qué somos novios tú y yo? No tiene nada de malo, eso sí se lo dije pero que nada más éramos novios de manita sudada, ¿acaso quieres que le diga de esto?

    –¡Sí me gustaría que ella supiera que también soy tu mujer, no nada más tu hermana! Y dile que nos besamos mucho en la boca para saludarnos, ¡pero cuéntame que tanto te dijo que hace ella con sus hermanos!, porque de seguro también le dijiste que nunca lo hemos hecho. –nuevamente me quede en silencio.

    –¡Ya entendí!, pues dile que lo que quiera contigo, también tiene que hacerlo conmigo.

    –¿Serías capaz de hacer algo así?

    –Sí lo hice en la secundaria con una compañera, ¿tú crees que no voy a ser capaz?

    –Eso nunca me lo contaste.

    –Pues tú tampoco me habías contado lo que hacías tú con ella y ella con sus hermanos, y si lo hace con su hermana no veo el motivo para que no lo haga con su cuñada. ¿O no querrá ser parte de la familia que formamos tú y yo?

    –¡Uff!, quiero ver como metes mi pene en tu boca.

    –Claro que quiero chupártelo, para no quedarme con las ganas.

    –Solo te prevengo que eyaculo mucho, ¿lo has hecho con tu novio?

    –Sí pero con él no me dan ganas y solo me vengo cuando estoy pensando en ti.

    –¿De verdad?

    –No tengo por qué mentirte, así que lo hubiéramos hecho desde hace cuatro años en vez de estarnos besando como noviecitos.

    –Pero entonces éramos menores de edad los dos.

    –¡Bueno!, eso sí, pero ahora nada nos lo impide, ya tenemos más de la edad necesaria para hacernos el amor.

    –Tengo una revista que me prestó Cristina pero creo que por dentro lleva el título de incesto, no supe que significaba.

    –Incesto es cuando haces el amor con tu propia hermana o con alguien de tu familia directa.

    –¿Entonces si lo hacemos bien tú y yo hasta que terminemos será Incesto?

    –¡Humm! Me parece que sí sería eso.

    Ya no pudo decir nada porque se estaba metiendo todo mi glande dentro de su boca y estaba chupándolo como si se tratara de un dulce, los dos estábamos totalmente desnudos y eso de vernos era realmente muy motivador. Además de ver como se metía mi verga abrazándola entre los labios de su boca, sin pensarlo siquiera me voltee para meter mi boca dentro de su vagina que estaba escurriendo demasiados jugos que me sabían a lo que seguramente debe saber el cielo.

    Mi lengua alcanzaba su clítoris y ella estaba de seguro viniéndose ya que sus piernas parecían estar temblando sin control, lo mismo que me estaba sucediendo a mí, el simple hecho de estar cogiendo con mi propia hermana era algo más grandioso y tal vez hasta adictivo, pues en cuanto sentí que me venía dentro de su boca inundándola con mi semen, intuí que no podríamos dejarnos una vez que la metiera dentro de su vagina y eyaculáramos los dos.

    Apenas luego de haber eyaculado en su boca volví a escucharla, ya se había pasado todo mi semen dentro de ella, así como yo ya me había atragantado con sus calientes jugos.

    –¡Uff!, apenas si pude pasarme todos tus espermas, ni siquiera Antonio me ha hecho gozar como tú lo has hecho metiendo tu lengua dentro de mi vagina y haciéndome eyacular como nunca había sentido. ¿Te gustó?

    –Creo que más me va a gustar cuando te la meta completa dentro de tu vagina.

    –Yo también quiero y siento que jamás voy a poder dejar de amarte como la mujer que vas a hacer de mí.

    Sin pensarlo más mi verga ya estaba nuevamente lista para emprender la magnífica tarea que le iba a encargar, ni más ni menos que eyacular toda su carga dentro de la vagina de mi propia hermana, para hacerla de una vez mi mujer, luego de cuatro largos años de espera en los que ni siquiera me había masturbado pensando en ella.

    –A Antonio no le gusta que apriete su verga entre mis piernas, es muy delicado, dice que le duele y que no lo haga.

    –Pues a mí me encanta que me lo haga Cristina, así que me encantaría más siendo tú mi propia hermana quien goce al igual que yo, apretándomela entre tus hermosas piernas.

    –Vamos a ver la revista que me dices te prestó Cristina mientras me penetras antes de venirte y hacerme tuya, ¿Crees que puedas aguantar?

    –¡Uff! No te prometo nada pero voy a intentarlo.

    Javier abrió la revista de un tamaño en donde se podían apreciar 4 fotos de buen tamaño por página de un total de 32 páginas, todas ellas con descripciones al calce de cada foto y con diálogos escritos de los personajes que intervenían. Todas las páginas estaban perfectamente impresas por algún tipo de escáner de alta resolución permitiendo que la calidad fuera inmejorable.

    Al principio se desarrollaba una historia con todos los personajes vestidos, pero algo les causó una gran conmoción luego de haber visto las primeras fotos y haber leído los primeros diálogos.

    –¡No puedo creer que sea tu novia Cristina con sus hermanos sean los que aparecen en las fotografías! ¿Pues cuantas copias habrán hecho?

    –¡No me digas, no puedo creer que sea ella!

    –¡Está revista está demasiado caliente!, ¡Ya me puso más caliente de lo que de por sí ya estaba!

    Ni siquiera pudieron empezar a hojear las primeras 4 páginas porque ya se anunciaba algo verdaderamente grande entre María Luisa y su hermano Javier.

    Al principio todos aparecían vestidos, Cristina y su hermana con ropas muy sugestivas, con vestimentas que denunciaban los perfiles que marcaban los pezones alargados de ambas sobre hermosas areolas con montículos que los elevaban aún más saliendo descaradamente por fuera de los escotes que mostraban con orgullo, mientras su hermano aparecía con una erección que se marcaba perfectamente con una especie de trusa en forma de trompa a modo de funda atada con una delgada cinta que guardaba su verga cuyo glande salía con orgullo por fuera de uno de los extremos ante las miradas lascivas de sus hermanas.

    Los diálogos eran sugestivos y se presentaban a manera de entrevista.

    –Cristina: Estoy con Blanca y Felipe, mis hermanos para preguntares que opinión tienen ellos sobre el incesto, ¿tú qué opinas Felipe?

    –Felipe: el incesto es lo máximo, las amo incestuosamente, hermanas.

    Continuará.

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  • El regalo de cumple para mi marido

    El regalo de cumple para mi marido

    Continuación de: “Al fin pude cumplir mi fantasía”

    Hace un tiempo que José (para quien no ha leído nuestros relatos anteriores es mi marido) quiere hacer un trío sea con una chica o un chico, pero no es fácil conseguir con quien hacerlo, somos un matrimonio de quién casi nadie sospecha de nuestra vida sexual. Por lo que no se nos ofrecen para concretar, salvo las parejas y amigos que nos conocen, pero la gran mayoría viven lejos y se nos complica concretar.

    La semana pasada fuimos a comer con José a local de comidas rápidas donde había conocido a Kadan, el negro sudafricano de mi relato llamado “Al fin pude cumplir mi sueño”. Y oh casualidad estaba él sentado en una mesa, al verlo volví a sentir esa electricidad de la primera vez que lo vi. Si bien en todo este tiempo me lo he cruzado un par de veces en el que solo nos miramos, con miradas picaras, esta vez lo tenía sentado frente mío y de espalda a José.

    José inmediatamente al verlo me pregunta: ¿si me lo quería coger otra vez? Que le encantaría poder hacer un trío con él. Mientras José me seguía preguntando, él no me sacaba los ojos de encima, lo que me había hecho entrar en calor, a todo eso le iba relatando a José cada movimiento de él. Hasta que le contesto, -sí vamos a hacerlo con él. En ese instante José gira como para llamarlo a nuestra mesa y Kadan se había parado para retirarse. Lo vimos salir por la puerta.

    Nos fuimos a casa, yo caliente y José también, así que a la noche tuvimos un polvo exquisito, donde me susurraba que me quería ver con kadan, que me quería ver cómo me tragaba esa enorme pija de la cual le había contado. Pasaron varios días hasta que llega el cumple de José y me pide como regalo, que el sábado pasemos la noche en un hotel de la zona.

    Al llegar a la habitación, José se quedó en la recepción tratando de extraer unas latas de cerveza de una máquina, mientras yo subía sin esperarlo, pues necesitaba darme una ducha. Sabía que íbamos a tener una hermosa noche de sexo, por lo que enjabone mi cuerpo muy lentamente, pero al ver que José se demoraba en venir, cerré mis ojos y empecé a acariciarme mis pechos, luego baje una de mis manos hasta el sexo y lo sentí caliente y húmedo, comenzando a acariciarme.

    Después de relajarme unos minutos, salí de la ducha, sequé mi cuerpo y lo cubrí de crema perfumada; abrí la puerta del baño y salí a la habitación. Me coloque algo de ropa, concretamente el tanga, para después echarme en la cama y descansar un poco mientras volvía José, que debía haberse ido a buscar cerveza a Europa, de lo que tardaba. Mientras el sueño me invadía, recordé nuevamente la imagen de cómo me había comido esa enorme pija de Kadan y de cómo me alegraba que José quería invitarlo para que hagamos un trío que me tenía inquieta para concretarlo lo antes posible.

    Tras lo que me parecieron solo unos instantes dormida, un ruido alteró mi descanso y al abrir los ojos mi sorpresa fue enorme: Frente a mí, sentado en la cama totalmente estaba Kadan. Me miraba fijamente mientras se tocaba sus entrepiernas. Al principio como que me asusté un poco e intenté taparme con la sabana, pero la presencia de José en la habitación me tranquilizó.

    -Tranquila Lau. He ido a buscar a nuestros amigos y les he explicado nuestra fantasía. Saben que, si tu no quieres, no habrá nada que hacer y se irán, así que depende de ti lo que quieras hacer.

    El plural me sorprendió, pero lo aclaré rápidamente al ver que, algo más allá, estaba otro negro con un cuerpo fuerte y musculado.

    Estaba claro que José había decidido por mí, me había evitado tener que elegir compañero esa noche, porque eran los tres para mí, mi marido y los dos negros. No pude articular palabra por la vergüenza y por el temor que me inspiraba la situación, más de lo que había imaginado en mis sueños más húmedos y calientes; no bastaba con una sola, sino que tenía a mi disposición dos enormes vergas negras y que, si yo quería, las disfrutaría toda la noche, además de la de mi marido.

    Antes que pudiera arrepentirme de lo que estaba a punto de hacer, los dos se acercaron hacia mí, arrancaron la sabana, dejando mi cuerpo casi desnudo frente a sus ojos, y se juntaron conmigo, cada uno, por un lado, de forma que los tres cuerpos se convertían en uno solo, mientras sentía como sus bocas comenzaban a besarme los hombros y sus manos me acariciaban.

    Tener dos negros esculturales hizo que cediese mi temor, y al ver a José en la punta de la cama con una sonrisa, lograron excitarme muy rápido. Sus manos recorrían toda mi anatomía, mientras sus bocas hacían lo mismo, devorando mi cuello, mis pezones. Mientras con sus manos se iban despojando de sus pantalones, remeras y calzoncillos, a tiempo que resaltaron enseguida en mis ojos sus enormes troncos venosos negros, a través de mi rabillo veía a José como también se desnudaba, me estaban volviendo loca y ellos lo notaban.

    Kadan comenzó a hablarme al oído, calentándome con sus palabras, de contenido crecientemente sexual y animal: -Eres preciosa Lau, tienes unas tetas divinas, estoy deseando saborearte. Mira que dos pijas tienes para ti princesa, te vamos a hacer gozar de verdad, te vamos a coger como nunca, te vamos a montar como animales hasta saciarte. Yo ya estaba a mil; me sentía como una estrella de una película porno, así que simplemente me dejé llevar, sintiendo como sus manos recorrían mi sexo, desde delante y desde detrás, a veces desde los dos lados al unísono. Volaba de calentura, ansiando ya probar esos enormes falos y ser por una noche la más viciosa de las mujeres.

    Poco a poco me fui soltando y me animé a tocarles, comprobando de esta manera la medida y dureza de sus penes; pero la verdad era que la realidad superaba en mucho a la ficción: cuando las tuve en la mano comprobé que eran como rocas de duras y de un grosor increíble, venosas con una cabeza que sobresalía de mis manos. Sentí como palpitaban cuando comencé a masturbarles muy lentamente, haciendo que crecieran aún más. Cuando los dos estuvieron casi completamente bien duros, me senté en la cama y se colocaron frente a mí, dejando sus pijas a la altura de mi cara, a mi disposición, por supuesto que entendí lo que querían y comencé a lamérselas y chupárselas, alternando mi boca de una a otra.

    La verdad es que me costaba, meterme aquellos enormes troncos en la boca, porque no la tenía acostumbrada ese grosor. Pese al esfuerzo que me costaba hacerle, me esmeré en mi trabajo, con ánimo de hacerles gozar, buscando su placer. Las besaba suavemente la punta, forzando con mi lengua su abertura, dejando que mi lengua jugase en torno a ellas, hasta que me la metía hasta donde podía en la boca, sin dejar de acariciar sus enormes huevos, sintiendo como el aroma de sus penes me embriagaba, me excitaba, me volvía loca. Más de una vez junte sus dos vergas en mi boca y, aunque lógicamente no podía metérmelas, me excitaba sentir como se tocaban entre ellas, pugnando por abrirse hueco y penetrar en mi boca, hasta la campanilla.

    Durante un rato alterné la boca entre las pijas de ambos, mientras me deleitaba rascar sus huevos, y oprimiendo con un dedo de cada mano la entrada de su culo, lo que lograba ponerlas como piedras, sin dejarme interrumpir la mamada, acariciaban ya mi húmedo y caliente sexo, haciéndome estremecer.

    José, mientras tanto, giraba a nuestro alrededor, tratando de no perderse ni una imagen de lo que sucedía. Yo no podía creer que estábamos metidos en medio de una orgía, en la que dos sementales me iban a recoger a la vez, como había visto más de una vez en las películas porno.

    Kadan, que tenía la pija levemente más grande y gorda que Mike hizo que me recostará en la cama, me abrió las piernas, colocándose entre ellas para comenzar, ¡¡¡por fin!!! a lamerme el sexo. Siempre me ha encantado el sexo oral y mi marido lo hace muy bien, pero sentir esa lengua grande en mi clítoris y como, luego, se introducía hasta donde podía en mi vagina, me estaba haciendo delirar, mientras sentía como Mike chupaba mis pezones, estrujándolos con sus manos, mientras yo no dejaba de masturbarle.

    Kadan me absorbía el clítoris y los labios del sexo con sumo deleite, alternando besos, sorbidas, presiones y pequeños mordiscos que me tenían al borde del infarto, ello sin olvidar que sus manos, de vez en cuando, exploraban mi húmeda cueva, con esos dedos largos y gruesos que casi llenaban mi interior.

    Después de unos minutos de gozar terriblemente con esa lengua, Kadan se levantó, y apuntó su estaca a la entrada de mi conchita, jugueteando unos momentos con ella, frotándola por mis labios vaginales, dándome una serie de golpecitos muy sensuales y excitantes, como si estuviera llamando educadamente a la puerta. Yo, a esa altura, no aguantaba más y estaba a punto de suplicar que me cogiesen de una vez, cualquiera de los dos. Necesitaba ser penetrada en ese mismo instante, así que agradecí ver como el negro agarraba un preservativo de talla XXXL y se lo ponía.

    Mi marido al ver lo que iba a ocurrir se acercó a mí, me beso y muy tiernamente me dijo al oído:

    -Tu manda amor ¿Quieres sentir ya esa pija? Aun puedes echarte atrás, porque cuando la tengas dentro ni tu ni yo podremos pararles.

    -Siii, quiero sentirla, le respondí, jadeando.

    -Señores, -dijo José dirigiéndose a los negros-todos a gozar.

    Kadan, no tardó en aceptar la invitación de manera que aquel tronco de carne que palpitaba en la entrada de mi sexo.

    Me estremecí había llegado el momento de la verdad, el momento en que me iba a ensartar con esa enorme verga que deseaba tener dentro ante la mirada de José y Mike. Kadan no se hizo ya esperar y apoyó la cabeza de su pene en la entrada de mi vagina, haciendo fuerza para meterla; al ver que le costaba penetrarme, porque mi sexo no acaba de dilatar lo necesario para acoger dentro aquella enorme tranca, el otro negro apoyó las manos en mi pubis y abrió lo más que pudo mis labios vaginales, consiguiendo, de esa manera, que esa cosa enorme comenzara a deslizarse dentro de mí, haciéndome sentir como si me estuvieran literalmente partiendo.

    Mientras entraba centímetro a centímetro, gramo a gramo, al mismo tiempo que se dejaba caer sobre mí. Solo la extrema excitación conseguía aplacar el dolor que me causaba esa enormidad dentro de mí, esa sensación de romperme, de estallar, de morirme de gusto y dolor.

    Empecé a gemir primero y luego a gritar, sintiendo como mi vagina se llenaba de carne negra caliente; me la metió a fondo, todo lo que pudo, hasta chocar con el fondo, como si quisiera partirme, disfrutando con mis gritos enloquecidos.

    Tenía la sensación de que la pija llegaba hasta mi estomago de la profundidad de sus embestidas, intensas y controladas, haciéndome gozar de verdad. Empapando mi concha, cada vez más dilatada y adaptada a las dimensiones de tan enorme verga que me estaba volviendo loca, me adapte a las embestidas de Kadan, abriendo con fuerza mis piernas. En un segundo pude ver la mirada de mi marido, que con su mano se acariciaba su pija completamente erecta, y a Mike sentado a mi lado. El morbo que me daba ser la perra de otros hombres delante de mi marido era inmenso, increíble. Me corrí enseguida aullando de placer, sin que me importase que me pudiesen escuchar otros clientes del hotel.

    Kadan me dio la vuelta para poder penetrarme por detrás, en cuatro, posiblemente la postura que más me gusta, comenzando a embestirme como un toro, con fuerza creciente, dándose cuenta de cómo mi coño ya estaba enteramente adaptado a sus dimensiones. Mike se puso frente a mí y me introdujo su grueso trozo de carne en la boca, de tal modo que por fin tenía dos enormes penes tanto por delante como por detrás, José ya no pudo aguantar más, se situó junto a Mike, permitiendo que yo pudiese degustar los dos trozos con mi boca, donde ambos se turnaban en entrar y salir, mientras Kadan no dejaba de martillearme por detrás.

    Así estuve, como una perrita a cuatro patas durante un buen rato, sintiendo esa enorme verga en mis entrañas, mientras una polla negra y otra blanca se turnaban en ocupar mi boca, que pasaba de una a otra con avidez, degustando sus diferentes formas y sabores. Me hubiera encantado agárraselas con la mano, como sé que le encanta a mi marido cuando se la chupo, pero la postura de perrita no me lo permitía, ya que necesitaba toda la fuerza de mis brazos para aguantar los embates de Kadan, completamente fuera de control, penetrándome como una bestia, mientras me agarraba con fuerza el culo, con sus grandes manos, a la vez que me lo palmeaba, como haría un jinete con su yegua.

    Me montaron en esa postura durante unos minutos más, afortunadamente Kadan, dejo su puesto a Mike, de tal forma que esos troncos intercambiaron sus agujeros, permitiéndome recuperarme un poco, mientras se intercambiaban de posición. La única que no cambiaba era yo, pues seguía como una perrita, a cuatro patas sobre la cama, con las dos vergas bien dentro de mí, volviendo a gritar de gusto mientras José arrima su blanca carne a mi boca otra vez.

    El garrote de Mike era algo más ligera que la de Kadan. Mike era, tan bueno como Kadan; se movía de un modo delicioso, buscando con su banana negra cada recodo, cada pliegue, rotando su trozo sin estar solo pendiente de meter y sacar. Vaya cogida que me estaban dando esos dos –pensé-que parecían que no se iban a cansar nunca.

    Después de un placentero rato, Kadan se recostó en la cama boca arriba y me obligó a montarme sobre él, por lo que aproveche para hacer algo que me encanta y que, si no me equivoco, gusta a cualquier hombre que ha tenido la suerte de estar conmigo, masturbarme con su verga dura, apoyando mi cuca sobre ella, sin llegar a metérmela, mientras me froto el clítoris contra la enorme extensión de carne negra, encantada de sentir el grueso tronco contra mi zona genital, veo la cara de satisfacción del hombre bajo mi cuerpo, orgulloso de su fuerza, de lo excitada que estoy con su verga dura, grande, gorda, larga, gozosa.

    Solo aguanto poco tiempo así, así que enseguida tuve la necesidad imperiosa de volver a tener la vagina llena de verga negra nuevamente, así que esta vez soy yo quien se abre un poco de piernas y, suavemente, agarrando con la mano el tronco negro, me dejo caer introduciéndome centímetro a centímetro esa maravilla de la naturaleza, hasta sentirla dentro, muy dentro, sin dejar ni un resquicio sin llenar.

    Subía y bajaba como podía, tratando de adaptarme al enorme falo, que, en esa postura, me llegaba aún más dentro si eso era posible, sorprendida de la profundidad de mi cajeta, capaz de acoger esa monstruosidad; no podía creer que me estuviesen metiendo esa tranca, mientras me miraba en el espejo pude aumentar el ritmo de mi cabalgada hasta casi saltar sobre ella, mientras veía la cara de extremo placer de Kadan.

    José se colocó nuevamente frente a mí, lo que me permitió agarrarle su palo que a comparación era corto, flaco, pequeño, pero duro también como una roca.

    -¿Te gusta amor? ¿Te gusta? –me pregunta con la voz entrecortada por la excitación, mientras me acaricia la cabeza, animándome a seguir con la mamada que le estoy dando.

    -Me encanta cariño, me encanta… Me vais a matar de gusto entre los tres.

    -Chúpamela, cariño, chúpamela así –me grita José, metiéndome su dura pija hasta la campanilla.

    Mike se puso a mis espaldas y apoyó su cuerpo contra el mío, mientras me acariciaba las tetas y besaba mi cuello (cosa que me fascina), obligándome con su peso a inclinarme hacia delante, haciéndome caer sobre Kadan. Al sentir el contacto de la carne dura de Mike a la entrada de mi culo, volví a mí de inmediato. Aunque me moría de las ganas de que Mike me enculara con su enorme verga me negué, no me animé a que meta semejante tronco en mi cola. Creo que mi marido entendió mi pensamiento, porque acercándose a mí me dijo al oído:

    -Vaya verga tiene Mike, Lau. Te la voy a dar yo, que la mía te gusta mucho en el culo.

    Mike, comenzó a prepararme el agujero, mientras yo seguía ensartada en el rabo de Kadan; me excito sobremanera sentir los dedos grandes del negro recorriendo mi pequeño agujero, con una buena cantidad de gel lubricante, comenzando a dilatármelo poco a poco; mientras yo perdía el control con gritos al sentir esos dedos moviéndose con fuerza. José lo corre a medida que retiraba su enorme dedo de mi culo, apoyó la cabeza de su glande en mi agujero y comenzó lentamente a ensartarme su miembro centímetro a centímetro, al tiempo que Kadan, no paraba de rellenar el otro agujero con su bestialidad.

    Me volví loca de excitación al sentir como entraba con facilidad en mi cola dilatada la verga de José que lo hacía con sumo cuidado, casi con dulzura. Me encanta el sexo anal, pero estaba tan sumamente salida y Kadan me estaba dando un repaso tan intenso por el coño que no pude aguantar la llegada de otro orgasmo increíble.

    Poco a poco ambos aumentaron la fuerza y velocidad de sus embestidas, haciéndome gritar como una perra, sin control, logrando que me corriera una y otra vez.

    Sentía como las dos vergas me llenaban de placer e imaginé que ellos también estaban gozando, porque rugían y gemían, arriba y abajo, mientras sus copiosos sudores se mezclaban con el mío. Yo hacía mucho tiempo que había perdido el control, pasando a gritar y jadear como una loca, sin importarme que pensasen mis vecinos de habitación, que imaginé pegados a la pared medianera escuchándome.

    Mike que estuvo a mi lado solo tocando mis tetas y observando cada detalle, colocó su duro trozo en mi boca permitiendo que me la tragarse hasta donde entraba con las pocas fuerzas que me quedaban.

    Era impresionante verme reflejada en el espejo viendo como tenía todos mis agujeros ocupados. Llegué a pensar que nunca se correrían, que eran incansables y que lograrían matarme de placer y cansancio, porque no parecían dejar de tener ganas de taladrarme con sus vergas, siempre duras y fuertes.

    Era impresionante sentir dos pedazos de carne dentro de mí al unísono, sentir como se compenetran en entrar y salir, sentir como parecen acariciarse a través de la delgada membrana que separa mi coño de mi culo.

    José alcanzó el sumun de excitación al que todo hombre llega en algún momento y saliendo de mi culo, varios chorros caen sobre mi espalda, el cuello y, finalmente mi cabello. Casi al mismo tiempo Mike empieza a rugir mientras yo seguía chupando hasta que note que se venía, me la saque de la boca y su leche empezó a desparramarse en mis tetas, estómago y sobre Kadan que estaba debajo, que había demostrado estar un escalón por encima de los otros por su fuerza y aguante, que seguía moviéndose dentro de mi concha ya totalmente floja y adaptada a su verga, y al que parecían aún quedar aún ganas para seguir montándome como una perra.

    Kadan me dio la vuelta y, colocándome a cuatro patas sobre la cama, me pidió dármela por el culo cosa que no acepte, y de un solo empujón la metió en la floja y dilatada cajeta, que acogió sin problema el grosor de aquella verga.

    Era increíble Kadan. Yo ya quería que acabe, no daba más y él seguía poniendo la máxima intensidad en cada embestida, como si fuera el primer polvo que echaba esa noche.

    No sé las veces que acabe. Kadan era un amante excepcional, pensé que él había tomado alguna pastilla para no acabar porque me cogía con enorme fuerza, pero sin resultar en ningún momento violento, logrando que el enorme dominio que en ese momento tenía sobre mi fuera una experiencia deliciosa.

    Ahí decidí dar mis últimas fuerzas y moviendo mis caderas en torno a su verga, aguantando sus palmadas en mi culo sin protestar, gritando, para que el macho que me montaba se sintiese reconocido, orgulloso de coger una mujer como yo.

    No podía más, estaba a punto de rendirme y de suplicarle que parase de una vez, de rogarle que dejará, porque no podía más. Estaba agotada, me habían destrozado, dominado y sometido. Sentí que me había domado, que me dejase descansar o me iba a matar. Kadan parecía no cansarse nunca y me embestía enloquecido, palmeándome con la mano mi culo enrojecido que me ardía de los golpes. Sin embargo, hasta sementales como Kadan acaban por cansarse, así que sentí verdadera alegría cuando noté los primeros estremecimientos, como las embestidas de Kadan se volvían irregulares, sus bufidos de placer más fuertes. No había duda, iba a acabar, así que feliz con ello me preparé, comencé entonces a rotar mi argolla en torno a su enorme cilindro.

    Seguí animándole con mis últimas fuerzas con gritos hasta sentir como los chorros de Kadan llenaban el preservativo, sentía como aquellos enormes testículos se vaciaban en mi interior, hasta la última gota, y percibo como caía completamente agotado, se estremecía sobre mí, haciéndome sentir su peso y corpulencia. Debía estar agotado, pero yo estaba destrozada, no podía más, había llegado a mi último aguante después de haber sido recogida y culiada.

    Conseguí salir, como pude de debajo de Kadan, y colocándome frente a los dos negros, me arrodille frente a ellos y sumisamente, se las tome con mis manos, a sus vergas ya semi flácidas, mientras ellos acariciaban mis tetas que todavía tenían restos de leche. Me sentía esplendida, después de haber superado, la prueba de las tres pijas, sobre todo las de los sementales negros que me había montado durante casi hora y media.

    Mientras yo me acurrucaba en la cama, exhausta y agotada, ellos se levantan y veo como mis sementales se vestían y despedían de José, tratando de convencerle para repetir pronto. Oí como Mike comentaba a José la posibilidad de hacerlo en su habitación, mientras me daban un nuevo repasito con sus manos y un beso de despedida. Mi marido les contestó que por ahora estaba bien, que ya solo me cogería él.

    Al irse ellos me levanto de la cama, le tomo la mano a José y nos vamos al baño a darnos una ducha juntos. Sonrío mientras José me enjabona el cuerpo para sacar la leche pegada y casi seca que tenía, contenta por la terrible tarde noche que pasamos le agradezco a José, y le digo: ¿qué más quieres que te regale para tu cumpleaños?

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  • Mi vecino del fin de semana (2)

    Mi vecino del fin de semana (2)

    Creí que Justino se había sacado la calentura que le dejó su mujer Nina, dándome una hermosa cogida en su baño, donde lo encontré desnudo y al palo, aunque me había dejado caliente a mí.

    Lavé minuciosamente con una mano su pija en el lavabo mientras lo besaba en la boca con lengua a fondo y resoplaba para recobrar aliento y con la otra mano acariciaba su firme trasero, mientras Justi me manoseaba las nalgas, haciéndome calentar más.

    Me senté en el bidé para limpiarme el ano chorreante de su leche mientras lo miraba a los ojos y lamía su pene, que estaba recobrando dureza. Luego de secarme, él me puso con delicadeza una pomada con aloe vera, calmante y suavizante.

    -¡Qué frescura se siente!, le dije ronroneando.

    -¿Te gusta? ¿Te pongo más?

    -Sí, por favor, suspiré.

    Se aplicó a masajear mi ano por dentro con uno y dos dedos untados en crema, mientras yo le sobaba la verga. -No puedo parar, le dije ansioso. Tengo ganas de más, le susurré al oído. -Puedo darte más, me respondió con una sonrisa, pero en la cama. -Donde quieras, respondí emputecido.

    -Pero antes vamos a comer un caramelo. -Damelo en la boca.

    No supe de dónde sacó un par de pastillas azules, se puso una en la boca y me la pasó a la mía, con la lengua. Se la aprisioné con mis labios y le chupé la lengua furiosamente mientras me tragaba la pastilla azul sin dejar de pajearlo y acariciarle el torso. Se tragó su pastilla y me siguió chuponeando. -Está rica la pastilla. -Ni la probaste. -Quiero saborearte a vos. Fuimos al dormitorio, abrazados y franeleando.

    Me senté en el borde de la cama trayendo su cuerpo frente a mí para tomarlo de sus nalgas y volver a chuparle la pija. Saboreé con deleite su glande rosado, lamí y le besé el tronco y los huevos, me volví a poner el glande entre los labios y me fui tragando muy despacio su poronga sin dejar de mirarlo a los ojos. Lo insté a que me cogiera la boca y no se dejó rogar, tomándome de la cabeza para acompañar su suave vaivén, lo que me puso más cachondo todavía. Me cogió la boca varios minutos hasta que casi se me acalambraron los maxilares. Me retiré muy despacio para no dejar de saborear su pija con mi lengua y labios, lo puse de nuevo al palo, me incorporé y lo besé frenéticamente en la boca.

    -Te quiero coger otra vez, puto, me dijo al oído.

    -Me gusta, bombón, le respondí volviendo a apoderarme de su boca para dejarlo casi sin aliento. Le unté la poronga con la pomada con aloe vera sobándosela toda, hasta los huevos y me extendí hacia su precioso agujero, metiéndole uno y dos dedos, alternadamente, arrancándole largos gemidos de placer.

    Lentamente me volteó para ponerme de rodillas sobre la cama tomándome de la cintura y acomodando la punta de su pene entre mis glúteos, que yo abrí con las manos, y lentamente me fue penetrando hasta el fondo.

    -Quedate así quieto, por favor, le rogué, mientras apretaba y aflojaba mi esfínter para aprisionar mejor su pija.

    -La tenés toda adentro. ¿Te gusta?

    Me incorporé lentamente hacia él, recostándome sobre su pecho e inclinando la cabeza hacia atrás, murmuré en su oído: -Me encanta tener toda tu pija adentro. Me besó en la boca, nos besamos con pasión, seguí apretando mi esfínter, comenzó a moverse dentro de mí, me estaba cogiendo erguido y yo presionaba mi culo hacia su cuerpo. Me gustó que me acariciara el torso y me sobara la pija. Yo empujaba más aún el cuerpo más atrás, no quería separarme.

    Me volvió a inclinar sobre la cama, empujando mi torso algo más abajo y reanudó su movimiento de mete y saca, desde el fondo hasta casi dejar fuera su poronga de mi ano, lo que me ponía a mil, pidiendo más y más.

    -¿Qué más?, puto, me dijo.

    -Más pija quiero, más pija, le pedí desesperado, acompasando su vaivén con mi cuerpo hacia atrás. Cuando sentía chocar su pelvis contra mis glúteos creía enloquecer de placer, cuando casi me sacaba la pija del culo llegaba al éxtasis.

    Me hizo cambiar de lugar para posicionarnos de costado a un espejo para vernos y tomó su celular para grabar la escena. -¡Qué bien que estás!, le dije, sabiendo de sus gustos exhibicionistas.

    -¿Cómo estoy? ¿Te gusta como te estoy cogiendo?

    -Estás muy fuerte y me encanta como me estás cogiendo, respondí entre jadeos, gemidos y resoplidos, ya fuera de mí, viéndonos reflejados en el espejo y filmado con su celular, como si fuese una película porno.

    Estuvimos así varios minutos, hasta que le pedí que se pusiera de frente. Quería poder acariciar sus pectorales, me encanta hacer eso. Además, mi vecino está muy fuerte de verdad, con su torso en forma de V, desde sus hombros hasta su cintura estrecha, rematada en la pelvis bien marcada en V y su pubis depilado y tostado como el resto de su cuerpo, salvo un muy pequeño triángulo justo sobre su poronga.

    Cambiamos de postura, yo boca arriba, levantó mis nalgas, colocó mis piernas sobre sus hombros y me la metió con mucha facilidad. Veía su cuerpo húmedo y me relamía. Le acariciaba los pectorales, los abdominales, trataba de llegar a sus glúteos, lentamente se inclinó sobre mi cuerpo y me besó en la boca. Atrapé su lengua para devorarla chupando. -Tu lengua es una pija para mí, le dije. Había perdido totalmente el control de lo que hablaba, tal era el arrobamiento que sentía por el apasionado encuentro sexual que estábamos teniendo.

    -Ya quisieras tener también otra pija para chupar…

    -Claro que sí, le murmuré al oído. Pero ahora quiero también tu lengua en mi boca, bien adentro. Respondió enseguida, metiéndome la lengua, que chupé con avidez, tomándolo de la cabeza y cruzando mis piernas sobre su espalda para que no quedase ni un milímetro de su miembro fuera de mi cuerpo. Me cogió mucho, como si no hubiera otra vez, lo recibí con apremio, lo miraba a los ojos como pidiendo más y más, mientras también me deleitaba viendo reflejado su hermoso cuerpo en el espejo, cómo se movía al ritmo de sus acometidas, su cintura y trasero se meneaban como bailando una danza árabe.

    -Me gusta mucho tu cuerpo, le volví a decir. Es que realmente me gusta mucho, pensé. Me sonrió, sin dejar de cogerme. -Llename el culo de leche, la quiero toda. -Sos re puto, vocalizó a centímetros de mis ojos.

    -Imposible no serlo, teniéndote adentro le dije, y lo besé por enésima vez. Se puso tenso, arqueó el cuerpo, me embistió con más fuerza, lo recibí con ansias, le pedí que gritara. -¡Gritá, puto!

    Con un sofocado alarido, abriendo bien la boca, acabó dentro de mí, mientras yo le decía: -¡Sí, sí, puto! y me iba en seco sobre su cuerpo y el mío.

    Vimos la grabación del video. Era muy intenso, nos calentamos otra vez, nos besamos, acariciamos y nos pajeamos, no podíamos parar. Me puse encima de él, de frente. La pastilla azul estaba haciendo efecto y volvía a estar caliente.

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  • Segunda parte de mi historia

    Segunda parte de mi historia

    Hola gracias por leer mi primer relato, les agradezco sus likes y comentarios, anímese a comentar, para saber si les gustó y seguir escribiendo, como ha sido mi camino en esto del travestismo.

    Después de aquella mi noche de estreno continuo mi relación con mi vecino siempre con discreción y respeto el era todo un caballero, me mimaba, me consentía, me compraba ropita, lencería y zapatillas, me hacia el amor muy tiernamente, nunca salió de su boca una mala palabra hacia mi, y yo me dejaba consentir por el.

    Así paso mi primer semestre en la universidad y yo enfocada a mis estudios y a mi hombre que me trataba como una princesa, al ir a mitad del segundo semestre me dice que tendría vacaciones e iría a visitar a sus hijos que estaría fuera por dos semanas, yo comprensiva le dije que no se preocupe, que estaría bien que lo esperaría con ansias.

    Partiria en 3 días, a pesar de su ausencia de dos semanas yo me sentía tranquila, pensando en lo maravillosa que iba mi vida, excelente en la universidad y con una persona que yo ya consideraba mi pareja, parte de mi vida, era algo mágico para mi, la relación con mi familia era buena todo normal con ellos.

    Una noche antes de partir tuvimos una fogosa despedida, con muchos besos caricias y orgasmos maravillosos que me provocaba, que podía salir mal.

    Lo acompañe al aeropuerto, nos despedimos con la promesa de que a su regreso haríamos las mil locuras que nos encantaban, la verdad yo estaba muy ilusionada con el ya que el es el que me despertó mi sexualidad, me enseñó de la manera más amorosa y tierna posible la forma de hacer el amor, no tenía ojos para nadie más, ni nadie más sabía de mis preferencias ya que como dije en mi primer relato en público no me comportaba amanerado y procuraba ocultarlo hasta en el más mínimo detalle.

    Así pasaron 3 días de su partida, mensajeabamos, hablábamos por teléfono y me mandaba fotos de el con su familia, algo realmente bonito, limpio, yo seguía vistiendo en la intimidad de mi casa, ropa de nena, y para dormir, usaba una tanguita roja y una blusita corta qué dejaba ver mi abdomen, un día que salí hacer algunas compras vi un juego de lencería en una tienda no pude evitar enamorarme de él y lo compre, con la intención de recibirlo cuando llegara con esas prendas, el solo hecho de imaginarme en sus manos con esa lencería, me ponía fogosa.

    Faltaban cuatro días para que llegara y yo tan acostumbrada a él estaba que me derretida porque volviera y volver a sentirlo, recorriendo mi cuerpo con sus manos, con su lengua, sentirlo dentro de mi, esos espasmos de su miembro en mi interior depositando su semilla de macho.

    Qué decidí probarme aquel conjunto, era blanco, constaba de una tanguita, un tipo corsé blanco con algo de pedrería como el que usan las novias en su boda con portaligas pegado, medias a medio muslo y arriba tenían encaje divino con pedrería a juego con el corsé y un pequeño velo para la cabeza como ya dije tipo vestido de novia, a juego compre unas zapatillas blancas igual con algo de pedrería.

    Era un domingo por la tarde, cuando después de bañarme y retocar mi depilado, me empecé a poner mi conjunto, estaba tan excitada, las manos me temblaban de la emoción, cuando ya quede, vestida, aplique un poco de rubor y labial algo sencillo, hasta ese momento no había dominado completamente el maquillaje.

    Cuando me estaba viendo en el espejo quedé muy complacida con lo que me reflejaba el espejo, me tome algunas fotos y un video modelando mi atuendo.

    Cuando escucho que tocan la puerta, entre en pánico no esperaba a nadie, no sabía si contestar o no, opte por no contestar pensé que al no tener respuesta se cansaría y se irían, me quite las zapatillas y me pues unas sandalias para no hacer ruido, sin embargo los toquidos no sesaban y se hacían más fuertes, yo temblando me puse atrás de la puerta sin saber quien era y sin poder moverme.

    Hasta que escuche la voz de mi tío, llamándome por mi nombre, me decía abre se que estas ahí, para disimular le dije espere tío es que me estaba bañando y estoy desnudo, lo que me dijo a continuación me dejo helada, abre se que estas ahí vestido de marica te vi por la ventana abre ahora mismo o en este momento llamo a tu padre y le digo lo que acabo de ver, entre en pánico, como ya les había comentado en mi familia son muy tradicionalistas y pues algo machistas, yo sabía que aquellos era inaceptable para mi familia.

    Pensé en lo peor perdería todo mi universidad, mi alojamiento y tal vez a Daniel.

    Tome fuerzas y decidí abrir, mi tío entró como una tromba, diciendo me puedes explicar esto putito, eso es lo que has aprendido en la familia, yo llorando y pidiéndole perdón, tío no le diga nada a mis padres por favor, y a continuación diría la frase que sellaria mi destino, de ahora en adelante, tío hago lo que quiera pero no diga nada, no me descubra, mientras decía esto me arrodillaba frente a él hecha un mar de lágrimas.

    Hasta ese momento no había caído en cuenta de la cara de lujuria de mi tío, como me miraba, con una sonrisa casi diabólica, se pone la mano en la barbilla y me dice en serio lo que sea, yo me le quede viendo hacia arriba, y le dije si tío, si quiere le pago renta, le trabajo gratis en alguno de sus negocios, pero no me delate, no eso no me sirve, acto seguido se desabotonó el pantalón y saca su miembro, y me dice bueno ya que estas ahí, ya sabes que hacer.

    Lo vi hacia arriba, mi tío es un hombre de 1.70, moreno fornido, curtido por el trabajo en el campo, de brazos gruesos, espalda ancha, siempre viste vaquero, con su barba cerrada siempre bien arreglada.

    Ahora estaba ahí pidiéndome tener sexos conmigo alguien de mi familia, yo llorando le digo no me haga esto usted es mi tío como me pide eso.

    Pues tu dijiste lo que quiera y lo que quiero es eso hacerte mi putita ya que esta muy buena sobrina, y para que sientas y sepas como son los verdaderos hombres de la familia, acto seguido me tomo de la cabeza y me dio unos azotes con su miembro en mi cara.

    Y con su otra mano tomo su teléfono y me saco algunas fotos, o accedes o le mando esas fotos a tu papá, entre en pánico y sumisa mente opte por obedecer, solo asentí con la cabeza y dije esta bien tío, solo no me hagas daño, y tome con mi mano su pené, era más corto que el de Daniel, pero en lo grueso lo superaba con creces, empecé a pajearlo.

    Me le quede viendo y me dio un bofeton anda putito, no tengo todo el día mama, chupame la verga yo se que te mueres por ella, a los mariquitas como tu es lo que les gusta, no importa de quien sea, solo que sea verga.

    Abrí la boca y de un empellon me la metió hasta la garganta, decidí cooperar para que no me lastimara, y empecé a chupar, y sentí como se hizo más gruesa todavía, sentí en mi boca como se ponia durisima y caliente, soltando muchos jugos, mientras mi tío me decía de cosas, contra toda mi voluntad me empecé a excitar, los días de abstinencia y lo emocionada, que estaba con mi conjunto de lencería, me hizo caer.

    Le empecé a chupar su pené, grueso, muy grueso, lleno de venas muy marcadas, y ese par de bolas enorme como de toro, las chupaba, las lamia, el bufaba, mientras me decía, que era la vergüenza de la familia, que era puta, mariquita, extrañamente eso me excitaba más, sin saber porque ya que hasta ese momento mi trato con Daniel, había sido muy distinto.

    Mi tío era rudo, no tenía delicadeza conmigo y esa forma de humillarme, me tenía bien caliente, así le estuve chupando, como 15 minutos y después sin delicadeza alguna me levanto de un brazo, me llevo a la recamara, me aventó en la cama y me dijo anda, como la perrita que eres ponte en cuatro, y abre ese culo, que vas a saber lo que es un macho, quieres ser mujer pues ahora te voy a usar como una.

    Me acomode en cuatro levantando mi culto, pegando mi pecho en la cama, escupió en mi culito y se puso saliva en su pené, qué estaba por demás hinchado y sus venas parecía que iban a reventar, y sin ningún miramiento, ni dilatación previa me la enterró hasta la mitad, sentí que me desgarraba, unas lágrimas recorrieron mis mejillas, y me dijo aflojate puta o te va a doler más, te la voy a meter toda, me relaje y tome aire, me dejo ir la otra mitad, yo grite, me dolía, por favor tío con cuidado, si estas bien apretadita cabrona, pero ahorita arreglamos eso, se quedo quieto unos minutos acariciando mis nalgas.

    Las recorría con sus manos callosas hasta mi espalda, sentía unos escalofríos ricos en mi cuerpo, mi culito empezó a relajarse desapareció el dolor pero el ardor seguía, pero algo rico, me recorrió mis piernas con sus manos, sentí un cosquilleo delicioso en mi cuerpo desde mi nuca hasta la punta de mis pies, me tomo de las caderas y empezó a sacarla de poco y a meterla primero despacio, desde el primer momento sentí un placer muy intenso, cada que entraba y salía me masajeaba mi punto P, por lo grueso de su miembro más intenso que como lo sentía con Daniel.

    Empece a gemir como nenita, sentía una desesperación tremenda porque acelerara el ritmo, ya no pensaba que era mi tío, ni en mi familia, nada solo sentía un inmenso placer, gemia, gritaba cuando me la dejaba ir toda con fuerza.

    A diferencia que con Daniel, mi pollita no reaccionaba, estaba muerta todo mi placer era en mi culito, sentía oleadas de placer desde mi culito, hasta mi nuca, un cosquilleo intenso, me tomo del cabello y tiro fuerte hacia atrás acelerando el ritmo, empecé a temblar, el intuyo qué estaba por venirme y dándome una fuerte nalgada, me dice no putito, aquí yo mando usted se viene hasta que yo le diga, y empezó a azotar mis nalgas.

    Eso me ayudó a no venirme en ese momento, mientras recorría mi cuerpo, con sus manos callosas de macho alfa, mis nalgas me ardían de los azotes, mis ojos en blanco la baba me salía de la boca mojando mi cama, y mi tanguita esta mojada con mis jugos.

    Y este semental no paraba de darme placer, te gusta lo que estas recibiendo putita, reconocelo, que en la familia somos muy machos solo tu eres una puta, maricona, si tío, si eres un semental, yo solo soy una putita maricona que le gustan los machos como tu pero dame, dame más, dame duro, así, ves te dije que te iba a gustar.

    Así me tuvo mucho tiempo en cuatro perdí la noción del tiempo, preocupada en no venirme algo que era difícil ya que el placer era mucho, hasta que sentí como esa macana salió de mi haciendo un sonido como cuando se descorcha una botella

    Me volteo y levanto mis piernas las pudo en sus hombros fuertes y de una me la metió toda, yo temble de placer con esa embestida, a nada estaba de venirme, cuando con su mano fuerte, tomo mis partecitas, y las apretó, estrujandolas, eso auyento mi orgasmos pero produciendome un fuerte dolor, no tío no me maltrate, estoy haciendo lo que me dice, pues no te vengas perra hasta que yo te de permiso, me daba duro, podía ver como entraba y salía en mi, veía como esta mi culito restirado al máximo, no quedaba ningún pliegue.

    Bajo un poco el corsé dejando al descubierto mis pezoncitos, y empezó a pellizcarlos, a estirarlos, los retorcía y yo moría de placer debatiendome en mi inminente orgasmo, y el impasible metiendo y sacando, me tomo de los tobillos y me dio una arremetida muy duro, sentía desfallecer, te gusta puta, te gusta, si tío me encanta, me encanta, pues agradecerme lo, si tiito gracias, gracias por cogerme tan rico, deme más tío se lo suplico, nunca me la saque así por favor.

    Yo sentía desfallecer, las ganas de orinar eran inmensas y un dolor placentero en mis bolitas, nunca pensé en sentir placer con el dolor, pero ahí esta aguantando, disfrutando, no quería que terminara nunca.

    Soltó mis tobillos y me sacó su gordo miembro, me puso de ladito y se acomodo tras de mi, levanto mi pierna, yo me acomode su miembro y me la dejo ir de nuevo, que bien perrita veo que ya entendiste quien manda, y me empezó a dar así de cucharita, entraba y salía.

    Yo empecé a marearme de placer, veía mi piecito, bailando en el aire con sus embestidas, después me tomo de los hombros para hacer presión, sentí como entro más y y me solté.

    Mi cuerpo, era como de una muñeca de trapo, se movía al ritmo de el, así perrita te vas a desmayar de placer, así, empecé a sentir mi orgasmo y le empecé a gritar, tío, tíito deme permiso de venirme por lo que más quiera ya no aguanto, no me haga más sufrir, déjeme venirme, tío por favor, ves que fácil era haberlo pedido putita eres una cerda, anda pues, correte, puerca.

    Y me empezó a embestir como loco, miles de lucecitas empezaron a girar a mi alrededor, mi cuerpo temblaba, lo escuchaba a lo lejos, eres una puerca, una cerda, que se corre hasta con los de su propia familia, si tío, si hay que rico, gracias tío, gracias, soy una cerda, una marrana, pero que rico.

    Mi cuerpo temblaba, sentí como en cámara lenta mi pollita qué casi estaba desaparecida, botaba borbollones de leche qué manchaban mi tanguita nueva, unas de mis manos estaba aferrada a las sábanas, y la otra hacia atrás, agarrando el brazo de mi tío. Puerca, me gritaba, y yo solo atine a decir si mi amor soy tu puerquita, pero no dejes de cogerme, entre espasmos, me termine de venir y mi corazón estaba a punto salirseme por la boca, cuando paso todo me di cuenta que mi tío seguía bombeando mi culito.

    Aun no se venía, cuando saco, su pene de mi sentí un vacío enorme y me dijo anda puerca termina el trabajo con la boca, se puso de pie y me indicó que me arrodillara, tome una almohada para hincarme y me la quito, no puta así en el piso como la perra qué eres.

    Me arrodille todavía temblando y con espasmos y empecé a chuparsela, como si la vida me fuera en eso, muy excitada todavía, chupaba y me empecé a tocar mi pollita el de inmediato, me quito su pene de la boca y me dio un bofeton, delante de mi no vuelvas a tocarte tus miserias marica, que eso no te sirve de nada, ahora todo tu placer está en tu culito y en tu boca.

    Si te vas a correr será con una polla en tu culo o en tu boca, anda chupa que ya estoy por venirme, empecé de nuevo a chupar, y con mi mano le acariciaba sus enormes bolas negras, así estuve unos minutos hasta que emce a sentir como empezó a palpitar su miembro dentro de mi boca, primero salió un chorro de sus jugos, los sentí deliciosos algo saladitos, después su leche, espesa, caliente, y algo dulce, deliciosa, salió uno, dos, tres hasta cinco chorros abundantes alcance a contar.

    La junte en mi boca, lo mire a los ojos le mostré mi boca abierta con toda su leche adentro y así sin dejar de mirarlo, saboree su regalo para después tragarlo todo, le enseñe mi boca vacía.

    Muy bien cerdita ahora limpia tu desastre y le limpie su pené, hasta dejarlo reluciente, me tomo del cuello y me levantó, me miró a los ojos y me dijo, que te quede bien claro que, ahora eres mi puta disponible para cuando yo tenga ganas, y cuidado con negarte sabes que tengo tus fotos.

    No tío, cuando usted mande mi culito esta a su orden, pues ya lo sabes, y limpia todo este cochinero, y limpiate quedaste bien puerca, mañana, vuelvo y te doy lo tuyo.

    Y ahí me quede yo, temblando aun de placer, pensando que iba a hacer, como le diría a Daniel lo que paso, que pasaría con el si mi tío me quería exclusivamente para el.

    Les agradezco de antemano que se tomen el tiempo para leer mis relatos, les pido los comenten por favor para saber que les gustaron y publicaras sobre lo que me pasado en mi vida de travesti.

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  • Estamos en la misma causa (2)

    Estamos en la misma causa (2)

    Samanta gemía en voz baja, mientras trataba de no cerrar las piernas en torno a la cara de Martina. Arrodillada, Martina le hacía sexo oral. Sus dos manos separaban las piernas de Samanta. Los labios de Martina se habían enrojecido de besar el sexo de Samanta; capturaban y tallaban uno de sus labios vaginales, y sólo de tanto en tanto, un breve lengüeteo terminaba el trabajo.

    —¡Dios! —exclamaba Samanta, tratando de contenerse.

    —Tranquila —le pidió Silvia, que a duras penas podía concentrarse en su trabajo. —Haces esto para destensarte, Samanta, no para tensarte más. Déjalo fluir.

    —Es fácil para ti decirlo. Esta chica es buena —protestó Samanta.

    Silvia levantó sus ojos del trabajo y dejó la computadora. Martina no pudo evitar sentir su presencia. Nunca le había hecho sexo oral a una persona enfrente de otra y, aunque estaba muy excitada, tuvo que cerrar los ojos para no sentirse vista por Silvia.

    Martina sentía como Silvia se acercaba, y trataba de concentrarse en Samanta. Se pronto, sintió la mano de Silvia en el hombro:

    —Martina, ¿qué te parece si mejor le besas el pecho y la masturbas? Creo que eso la tensará menos.

    Martina vio a los ojos a Samanta y ésta asintió. Martina se paró, y se agachó a besarle los pechos. Para penetrarla, le metió dos dedos, curveándolos por dentro.

    —¿Spiderman? —observó Silvia, parada detrás de Martina. —Bueno, cada quien.

    —¡Silvia, por favor! —se rio Samanta. —La amiga Martina lo hace muy bien, y tú no me quisiste ayudar.

    Silvia se rió y se le acercó por la espalda a Martina, que sintió sus pechos. Con toda delicadeza sintió como Silvia quitaba sus manos de la vulva de Samanta, para tocarla ella misma.

    —Mira, si pones tres dedos en la vulva y los giras hacia los lados, cubrirás más espacio. Luego, ya puedes penetrarla un poco; los metes bien y muy rápido un par de veces, y luego sales y repites.

    Silvia hizo exactamente lo que estaba describiendo. Primero acariciaba con grandes giros la vulva, luego le metía dos dedos a la vagina a una velocidad que Martina sólo había sentido cuando a los 19 años se acostó con un aficionado del ciclismo.

    Samanta empezó a temblar en la silla y sus ojos se desorbitaron. Pero todo esto estaba pasando con Martina puesta entre las dos periodistas. La chica de Redes besaba aún el pecho de Samanta, y Silvia tenía que empujarla un poco para tocar a su compañera. Además, cuando Samanta empezó a sentir el toque de Silvia, pasó un brazo por detrás de Martina y la abrazó con fuerza. Martina pensó que quizá Samanta debería mejor abrazar a Silvia, que era quien la estaba masturbando… pero no iba a objetar nada.

    Cuando estaba a punto de tener un orgasmo, Samanta quitó a Martina de su pecho, ya llevó hacia sí y la besó. El beso fue muy húmedo, en parte porque Samanta estaba un poco fuera de sí y le metió la lengua a Martina; en parte porque Martina aún tenía en la cara los rastros del sexo oral.

    Martina se sentó un momento en el piso, exhausta —más de su propia excitación que del esfuerzo de complacer a Samanta. Silvia volvió de inmediato a su computadora. Samanta no hizo sino quedar más tensa. Se veía en la manera en la que estaba sentada.

    —¿Más? —preguntó Silvia, un poco molesta, cuando vio a su compañera.

    —No, no… otra cosa —comentó Samanta.

    Silvia se llevó una mano al entrecejo, que frunció con una desesperación un poquito teatral.

    —A ver… Martina. Vamos a ver… —Silvia no podía encontrar las palabras necesarias. —¿De casualidad tendrás un compañero de trabajo, sano y limpio, preferiblemente menor de 30?

    De la nada Martina, se encontró afuera del cuarto. El resto de su equipo apenas estaba llegando; se encargaban de la logística. Al primero que vio fue a Carlos.

    —¿Qué te pasó en la cara, capitán? —le preguntó él.

    —¿Qué me pasó de qué? —le contestó Martina, hostilmente. —¿Has visto a Johnny?

    —Tus labios: estás toda roja e hinchada. Parece que fueras alérgica a las almendras, o que te hubiera picado una abeja.

    —¿Has visto a Johnny o no?

    —Está en el sonido.

    —¿Y tú en qué estás?

    —Soy el reemplazo del que está en el sonido, capitán —contestó Carlos, haciéndose el payaso. —Siempre se necesita un reemplazo.

    —¡Bien dicho! Porque justo ahora necesito a Johnny, así que ahora tú eres el de sonido.

    Cuando Martina encontró a Johnny, no pudo evitar notar que estaba sudado.

    —¿Qué demonios hiciste? Estás todo sudado.

    —Cargamos la bocina, capitán. ¿No te acuerdas que la que tienen aquí es una basura?

    Como pudo, Martina consiguió unas toallitas y le quitó el sudor de la cara a Johnny. ¿Cómo es que ahora su trabajo era mantener presentable a un hombre para llevarlo como tributo? ¡Bah, luego pensaría sobre todo esto! Lo tomó del brazo y lo llevó sin explicaciones al camerino. Adentro, Silvia aún leía. Samanta usaba nuevamente la gabardina, cerrada. Se veía perfectamente formal, pero Martina notó que, en lugar de sus pantalones acampanados, se veían sus pantorrillas desnudas debajo de la gabardina, y reconoció, doblada sobre la mesa, la blusa aterciopelada de color hueso. Martina sentía que de un momento a otro, Samanta se abriría la gabardina y se desnudaría. Pensando en esta imagen, tragó saliva y empezó a hacer las presentaciones, completamente pálida:

    —Compañeras, éste es Johnny. Es un compañero bastante comprometido… es como mi mano derecha —dijo Martina, y se ruborizó al instante, al sentir en su mano derecha (la de verdad) los restos de la humedad de Samanta.

    —Hola, qué tal —dijo Johnny, visiblemente incómodo por la presentación.

    Silvia no respondió nada. Martina empezó a sudar frío. Samanta vio a Johnny de arriba a abajo y, cuando terminó su inspección, puso la misma cara carismática, empática y acariciadora que le había puesto a Martina antes de seducirla: era la cara que guardaba para cuando salía al aire.

    —Johnny, ¿es tu nombre real? —le preguntó Samanta, a lo que Johnny asintió. —Dime, Realmente Johnny, ¿conoces mi trabajo?

    —Sí, señora, conozco muy bien su trabajo —dijo Johnny. A Samanta le pareció muy gracioso el término “señora”.

    —Tengo 35, compañero. No me hagas sentir anciana.

    —Lo siento. Conozco su trabajo. Me gustó mucho su reportaje sobre… —y Johnny empezó a balbucear. Sus ideas inconexas mostraban que era un lector fanático de Samanta, pero un pésimo expositor. A cada cosa que decía, Martina se sentía más avergonzada.

    —Y, dime, ¿cómo te identificas políticamente?

    —Sindicalismo revolucionario, como mi compañera Martina —y, mientras Johnny decía esto, Martina rogaba que se la tragara la tierra.

    —¿Apruebas el uso de la violencia política, Johnny?

    —Me parece que es responsabilidad de cada lucha social responder esa pregunta.

    A diferencia de Martina, Samanta estaba encantada con Johnny. Mientras lo escuchaba hablar, lo veía atentamente y pasaba una pata de sus lentes oscuros por el borde de sus labios. Cuando terminaron esta plática, Samanta le dirigió una mirada rápida a Silvia, y luego apuntó a la puerta con los ojos. Silvia cerró su computadora, se levantó, tomó a Martina por los hombros y dijo:

    —Compañera Martina, este auditorio tiene palcos, ¿verdad? ¿Me los puedes mostrar? Hay algo que quiero confirmar.

    Y Martina y Silvia salieron, sin que Martina hubiera visto lo que tanto temía y deseaba: que Samanta se abriera la gabardina. Ya afuera, Carlos vio, con extrañeza, cómo Silvia y Martina subían por la rampa aterciopelada que llevaba a los palcos. Silvia notó que Martina estaba confundida.

    —Disculpa a Samanta —le dijo Silvia mientras subían. —Es muy, muy brillante, pero carga una ansiedad de los mil demonios.

    —¿Por qué a mí no me hizo esas preguntas?

    —Ah, eso. No te lo tomes a mal. Le gustan más los hombres, pero también los desprecia un poco

    —Yo le habría contestado mejor…

    —No todo en tu vida tiene que ser un examen, Martina.

    Desde arriba, nadie podría escucharlas. Silvia se puso al borde el palco, sintiendo la adrenalina de la altura y viendo trabajar al equipo de Martina

    —¿Por qué vinimos aquí? —preguntó Martina. —¿Vas a comprar mi silencio?

    —¿Silencio?

    —Sí… por lo que pasó con Samanta…

    —¿De qué me sirve tu silencio? —se burló Silvia. —¿Has visto las cosas horribles que dicen de Samanta? Le han inventado relaciones con inmobiliarias, con narcotraficantes, con un “ala socialista de la CIA”. Han dicho que es madre de los diez mayores capos latinoamericanos… y tiene 35. ¿Crees que me interesaría en lo más mínimo que alguien diga que Martina, la hermosa pero desconocida hija de Eleuterio Ruiz, le hizo sexo oral en el cubiculucho de un auditorio del Partido?

    —Este no es un auditorio del…

    —Que te lo crea Dios —la interrumpió Silvia.

    —Entonces, ¿qué hacemos aquí arriba?

    —Ay, Martina, ¿de verdad vas a dejar pasar que dije que eres hermosa?

    Silvia llevó a Martina a un recoveco del placo. Desde allí, los técnicos que acomodaban tres sillas en el escenario, no podrían verlas. Se besaron. Silvia era delicada y daba pequeños besos, moviendo la barbilla de Martina para guiarla. Los besos de Silvia eran como un gato que toma agua poquito a poco, inclinando su cabeza con cada lengüetazo.

    —Tienes el sabor de Samanta. Te imaginarás que lo he probado en otras más veces de lo que me gustaría —dijo Silvia, mientras acariciaba el labio inferior de Martina.

    Tal como le dijo a Samanta, Martina tampoco llevaba brasier ese día, así que Silvia no tuvo ningún problema levantándole la blusa arcoíris y besándole los pechos.

    —Me gusta la forma que tienen —observó Silvia. —Es como una media luna. Turgentes de abajo, chiquitos de arriba. Y tienes un bonito color de piel.

    Silvia se refería al color negruzco de sus pezones, que le acarició suavemente con las palmas de las manos abiertas. A Martina se le escapó un gemido. Silvia se rio y volvió a cubrir sus pechos con la blusa.

    —Vas a tener que contenerte mejor, porque apenas vamos a empezar.

    Martina cerró los ojos. Sintió que Silvia levantaba su falda; sintió que, del centro, la dejaba al nivel de su ropa interior y la sostenía con la muñeca; sintió que esa misma mano se aventuraba en su ropa interior.

    Al contrario de la técnica que Silvia le había enseñado antes, el comienzo fue bastante lento. Silvia se limitaba a abrir y cerrar los labios mayores de Martina, constriñendo y soltando un clítoris que se sentía trabajado sólo muy por los lados. Sólo cada tanto, el dedo medio se Silvia caía sobre sus labios menores, sonrosados y abiertos, y le daba un golpecito como de telégrafo. Tan lento era todo, que Silvia se dio el tiempo de acariciarle el cuello, pasándole un dedo ligero como una pluma.

    Luego Silvia puso sobre la vulva de Martina aquellos famosos tres dedos, que lo mismo se apoyaban sobre los labios, la entrada de la vagina y el clítoris. Antes de que la mano de Silvia empezara a moverse, ambas se miraron a los ojos y se dieron un beso muy breve. Y entonces Silvia empezó a masturbarla de verdad…

    Martina sintió que la mano de Silvia la quemaba. A veces, en los días más complicados de su ciclo, Martina pasaba horas y horas intranquila, entre la calle y el trabajo, y se imaginaba cogiendo con cada cara linda que se le pasaba por enfrente. Sentía que la vulva le quemaba, y que chorros pastosos de humedad amenazaban con mancharla. Cuando por fin llegaba a casa, apagaba todas las luces, se recostaba y se daba cuarenta minutos de tranquilidad y fantasías.

    Pero nunca había sentido que se quemaba durante el sexo: nunca había sentido a alguien que, más que satisfacerla, la llenaba de más y más deseo, acrecentando su carencia. Así se sentía Silvia, moviendo sus dedos, en círculos pero hacia los lados, haciendo un cuenco, moviéndose como una cuña, dando golpecitos en su sexo, ¡todo a la vez y en un orden que Martina sentía, pero que no podría repetir!

    Y, entonces, finalmente, Silvia le metió dos dedos. Casi de inmediato empezó a embestirla con la mano; la precisión de sus movimientos la hizo temblar como antes había visto temblar a Samanta. Todo el fuego que se había acumulado en su sexo se paralizó; se le coaguló por dentro, como si fuera escarcha, y empezó poco a poco a derretirse.

    —Siento que me penetras —dijo Martina —Siento que es un… bueno…

    —¿Un… pene? Aquí un hombretón diría: “te estoy haciendo mía” —se burló Silvia, parodiando la voz grave de un hombre.

    —No… tuya no… me estás haciendo mía.

    Martina sintió como todo su cuerpo se contraía de golpe. El orgasmo se le hizo eterno, y sólo muy poco a poco, sintió que sus músculos se relajaban y que las presiones se evaporaban de su cerebro. De pronto todo se veía claro y sencillo. ¿Esto era lo que buscaba Samanta? De cualquier manera, Silvia seguía masturbándola y Martina pensó, con una mezcla de placer y angustia, que la tensión poco a poco se acumularía en ella otra vez.

    —¡Capitán! —llamó gritando la voz de Carlos, que se acercaba al palco.

    Martina se revolvió sin saber qué hacer. En lugar de preocuparse, Silvia quitó su mano con toda calma, arregló la falta de Martina y le dio un beso en la mejilla; todo eso antes de que llegara Carlos.

    —¿Capitán? —repitió Carlos, entrando al palco. —¿Todo en orden?

    Martina tenía el cabello revuelto; su trenza había perdido toda su forma. Su rebozo se había caído de un lado y su blusa estaba ligeramente ladeada hacia el lado contrario.

    —No, no creo que usemos los palcos —dijo Silvia. —Cabe muy poca gente y no hay posibilidad de participar desde acá. Es una cosa muy antidemocrática el palco, ¿no crees?

    Martina no podía responder nada.

    —Pero ¡ya empezamos en unos minutos y yo quitándote tiempo con esto! Ve a resolver lo que te piden —siguió Silvia, mientras salía del palco. —¿Nos vas a llevar al hotel después, verdad?

    —Sí —contestó Martina, sin aire.

    —Súper. Eres un ángel.

    Martina se quedó mirando hacia abajo; las bancas vacías de pronto le parecieron como asientos de juguete en una maqueta.

    —¿Capitán? —repitió Carlos, ya visiblemente preocupado.

    —¿Qué quieres?

    —¿Ya dejamos entrar al público?

    —Sí, que pasen —dijo Martina después de considerarlo un momento.

    Ya abajo, Johnny llegó junto a Martina. Parecía que le había pasado un tren encima. Sus ojos se entrecerraban; caminaba con dificultad; por aquí y por allá algunos mechones salían de su cola de caballo; como se había lavado la cara, grandes gotas de agua colgaban, olvidadas, en los mechones más rebeldes.

    —Creo que te amo, capitán —dijo con una voz espectral. —Ni en diez mil años podría pagarte esto.

    —Callate y busca a Carlos. Necesitamos un micrófono para el público —le dijo Martina, sin verlo. Y, cuando Johnny se había ido, agregó para sí misma: —Este evento tiene que ser perfecto.

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  • La semana de prueba

    La semana de prueba

    Me encontraba solo en el apartamento que usaba para fines recreativos, observaba las paredes debidamente insonorizadas, cuando llego la mujer, de mediana edad, no muy alta, contextura un poco rellena, pero se dejaba ver. Morena, vestida con unos jeans ajustados que marcaban sus curvas generosas, una chaqueta negra de cuero brillante que crujía al moverse y unas encantadoras botas negras hasta la rodilla, de cuero pulido con tacones altos y hebillas metálicas que resonaban en el suelo de madera.

    Por medio de una amiga común, me contacto y me indico se encontraba desesperada, porque me indico necesitaba sentirse viva, me indico conocía mis gustos fetichistas extremos y quería probar sentirse una sumisa dispuesta al placer de la entrega

    Observe a la mujer, la encontré atractiva, entonces le dije, que por una semana la pondría a prueba en las más duras condiciones fetichistas, con ciertas limitaciones, para asegurar su seguridad física y si pasaba tendría como premio ser mi sumiso personal, sopeso mi propuesta y se imaginó las pruebas a que la sometería y acepto, lo que me sorprendió, ya que no pensé aceptaría mis condiciones.

    Entonces para demostrar su compromiso me bajó el cierre del pantalón y me dio una mamada celestial, recorrió toda la extensión de mi pene hasta llegar al fondo. Yo estaba loco; nunca pensé que ella me haría eso. Me dijo: « Voy a ser tu esclava sexual, tuya totalmente por el tiempo que dispongas, y obedeceré a todos tus caprichos, excepto los limites ya fijados». A lo que yo, asentí. Antes habíamos acordado la palabra de seguridad y las señales para parar su prueba.

    Después procedí a sacarle la ropa, empezando por su chaqueta de cuero, que se desprendió con un sonido chasqueante, la desnude por completo, entonces le di un catsuit de goma que cubría todo su cuerpo, y que se untara el cuerpo con un aceite especial, su rosto lo cubría una máscara de goma. Me coloqué un preservativo ultra resistente, untado en lubricante brillante para un deslizamiento extremo. Le dije que la penetraría por el ano, a lo que aceptó con cierta reticencia, pero excitada por el morbo. Primero coloqué mis dedos en su culo, dilatándolo con lubricante hasta que brillara como látex líquido; cuando sentí su ano dilatado y resbaladizo, procedí a introducirlo.

    Al principio fue una sensación dolorosa para ella, que gemía con un placer masoquista leve, terminando en una vorágine de placer fetichista. Se puso en cuatro pies en la cama, las botas altas arqueando sus piernas, el cuero tenso y aceitado reflejando la luz. Procedí a penetrarla por detrás una y otra vez, como una máquina, mis manos agarrando sus nalgas untadas, dejando huellas resbaladizas. Ella gemía como loca, lo que aumentaba la sensación de placer. La esclava me rogó que cambiáramos; accedí después de varios ruegos (estaba para mi placer, de todos modos).

    Me coloqué yo de lado, mientras con mis manos apretaba mis carnes sudorosas; ella agarró mi pene enfundado, limpio con su lengua lo untó en más lubricante brillante y lo introdujo en su concha, lo que me agradó mucho, aumentando el placer a cada momento con un sonido chapoteante y extremo. Así estuvimos mucho rato, el aire cargado de olor a goma, aceite y sexo.

    Después, como gran colofón fetichista, me coloqué yo de espaldas y dejé que ella se subiera y me cogiera. Se untó más aceite en el cuerpo, convirtiéndose en una diosa de látex Mientras sostenía mi pene erecto, se lo introdujo en su coño, haciendo ella el ejercicio de sube y baja por mi pene, sube y baja y se perdía mi pene en su vagina untada, sube y baja; yo veía su cara de placer contorsionada, las botas crujiendo con cada movimiento, sube y baja; ya estábamos gritando, sube y baja, el lubricante salpicando como en una sesión extrema de goma y fluidos. Ambos llegamos a un orgasmo simultáneo, causándonos gran placer.

    Así más o menos estuvimos toda es primera noche, explorando fetiches extremos:

    Después la obligué a ducharse, le ordene se secará bien y llenara de talco su cuerpo, le di un catsuit completo de látex negro con cremalleras en zonas estratégicas, máscara parcial que dejaba solo su boca expuesta para mamadas infinitas, y guantes integrados que hacían que cada caricia fuera resbaladiza y alienante. La até con correas de cuero a la cama, lamiendo cada centímetro de su indumentaria brillante, inhalando el olor confinado de goma y sudor durante horas. —ahora mi esclava sexual voluntaria— era un objeto vivo de deseo absoluto, asi inicie un duro cronograma que tenía pensada, a partir del día siguiente

    Día 1: Encierro total en látex negro

    Compré un full-body catsuit de látex de 0.8 mm, negro brillante, con cremalleras dobles en la entrepierna y los senos, y una capucha integrada que solo dejaba expuestos los ojos, la nariz y la boca. La obligué a untarse el cuerpo entero con un lubricante de silicona especial que hacía que el látex se deslizara como una serpiente viva sobre su piel rellena. El proceso de vestirla duró más de una hora: cada pliegue ajustado, cada burbuja de aire expulsada con un rodillo, hasta que su figura se convirtió en una escultura negra, sin rostro, sin identidad, solo un cuerpo brillante y comprimido.

    La até a una silla de bondage con correas de cuero reforzado, no para dolor, sino para inmovilidad absoluta. Pasé horas observando el látex desde sus botas hasta la capucha, inhalando el olor confinado a goma caliente, sudor y lubricante. Luego abrí la cremallera de la boca y la obligué a succionar mi pene durante varios minutos seguidos, sin pausa, mientras yo masajeaba sus senos comprimidos por el látex, sintiendo cómo se endurecían bajo la presión. Cuando se corrió, el látex vibró con sus espasmos, y yo eyaculé sobre la capucha, viendo cómo el semen resbalaba lentamente por la goma como perlas en aceite.

    Día 2: Total encierro y respiración controlada

    Alquilé un vacuum bed profesional: una lámina doble de látex negro con un marco de acero. La metí desnuda dentro y succioné todo el aire con una bomba eléctrica. Su cuerpo quedó aplastado contra el látex superior, cada curva marcada como en un molde perfecto, los senos aplastados, el sexo hinchado visible a través de la goma tensa.

    Solo un tubo respiratorio salía de su boca. La dejé allí durante dos horas, acariciando el látex con mis manos enguantadas, lamiendo la superficie donde su clítoris palpitaba debajo. Inserté un vibrador remoto a través de un orificio estratégico y lo encendí en pulsos largos, viendo cómo su cuerpo intentaba arquearse pero no podía. Cuando finalmente la liberé, estaba empapada en sudor y lubricante interno; la penetré de inmediato en el suelo.

    .Día 3: Trabajo de botas extremo y fluidos

    Le compré botas thigh-high con tacones de 18 cm y plataforma, con cordones traseros y hebillas cromadas. La obligué a caminar durante una hora por la habitación. Luego la puse de rodillas y le ordené lamer cada centímetro de mi cuerpo, para la ocasión vestía un catsuit de goma de cubría todo mi cuerpo y cubría mi cabeza una máscara de gas que me encerraba totalmente del mundo exterior, entonces lamio, eyaculando sobre ella para que ella lo limpiara con la lengua. Después la até boca abajo en la cama, con las botas elevadas, y usé un consolador inmenso para penetrarla vaginalmente. El olor a látex, semen y sudor era abrumador; ella gemía en éxtasis, perdida en la sumisión.

    Día 4: Traje inflable y compresión extrema

    Compre un traje inflable de látex transparente, con válvulas en los senos, el sexo y el ano. La vestí con él, luego lo inflé lentamente hasta que su cuerpo quedó suspendido dentro de una burbuja de goma, los senos hinchados como globos, el sexo presionado contra el látex transparente. La até colgando del techo con cuerdas de bondage, balanceándose como una marioneta fetichista. Inserté tubos de lubricante en las válvulas y los dejé gotear lentamente, llenando el traje hasta que chapoteaba con cada movimiento. La penetré a través de una cremallera estratégica, sintiendo la presión del aire y el líquido alrededor de mi pene.

    Ella gritaba de placer, su voz amortiguada por la capucha inflable. Al final, desinflé el traje de golpe: el látex se contrajo con un sonido húmedo, expulsando todo el lubricante en un chorro que inundó el suelo.

    Día 5: Privación sensorial y electroestimulación

    Obligue a la sumisa a usar una capucha total de látex con solo orificios nasales, guantes de goma gruesa, y tapones auditivos. La até a una camilla ginecológica con las piernas abiertas en estribos. Conecté electrodos a sus pezones, clítoris y ano, controlados por un mando remoto. Durante tres horas alterné pulsos suaves y descargas intensas, lamí su sexo a través de una abertura en el catsuit y le inserté un dildo con control remoto. Ella no veía, no oía, solo sentía: el látex pegado a su piel y el zumbido eléctrico. Cuando se corrió, fue un orgasmo convulsivo que duró minutos, su cuerpo temblando dentro del traje como si estuviera electrificado desde adentro.

    A esta altura pensé mi sumisa renunciaría, diciendo una palabra clave o dando un indicio, pero note que cada vez gozaba más de mis ocurrencias.

    Día 6: Mueble humano y objetificación

    La convertí en una mesa de látex humana, la até en posición de mesa, con el cuerpo cubierto por un catsuit negro y una bandeja de acero adherida a su espalda. Sobre ella coloqué botellas de bebestibles y snacks.

    Durante toda la tarde, permaneció así, mientras yo trabajaba en mi laptop (en modo “asueto”), vestido tambien con un catsuit de cuerpo completo de cuerina negra, ella permaneció inmóvil, solo gimiendo cuando un plug inflable que le inserte aumentaba de tamaño cada hora, cuando se movía, le increpaba y le ordenaba no te muevas, no quiero caigan las cosas puse en la mesa. Al final de la tarde, cuando la libere, ella me beso y follamos profusamente

    Día 7: Gran final – encierro total en látex + doble penetración

    El clímax. Deje pasar un poco mas de una semana, para que mi sumisa se desorientara, el día final, la vestí con Un catsuit base negro brillante, con corsé inflable que redujo su cintura y una capucha sellada (solo tubo respiratorio). Yo igual vestía un traje que cubría todo mi cuerpo.

    La até en una silla de bondage con las piernas abiertas al máximo. Inserté un dildo vibrador en su vagina y otro en su ano, ambos controlados remotamente. Me puse un condón de látex extra grueso y la penetré vaginalmente sobre los vibradores, creando una triple penetración imposible. El látex crujía, el sudor se acumulaba dentro del traje, el lubricante salpicaba. Durante una hora alterné ritmos brutales con pausas largas, hasta que ambos colapsamos en un orgasmo simultáneo que dejó nuestros trajes empapados en fluidos.

    Al liberarla, el látex se despegó de su piel con un sonido húmedo y obsceno, revelando un cuerpo rojo, marcado, exhausto… y absolutamente mío.

    Se arrodillo y me rogo fuera su esclava sexual 24/7, me indico nunca se había sentido tan viva, y que nunca pensó sentiría tanto placer con las actividades había programado.

    La mire, me llego el exquisito olor de hembra mezclado con el látex, entonces dije – Acepto seas mi sumisa, serás mía y yo seré tu amo- acepte felizmente ya que en esa semana me habitué a dicha sumisa tan exquisito.

    Ahora para el mundo vainilla, somos una feliz pareja, guardando nuestras posiciones y apariencias, y respectos a nuestros fetiches, es nuestro secreto, que desatamos en nuestra intimidad.

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  • Acuerdo de entrega absoluta

    Acuerdo de entrega absoluta

    La luz de la oficina era clara y cruel, revelando cada mota de polvo en el aire y cada tensión en la carne expuesta de Katerina.

    Estaba arrodillada bajo el amplio escritorio de madera, completamente desnuda, su cuerpo era una sombra bajo el mueble. Una máscara de látex ceñida cubría su rostro, limitando su visión y obligando a su mente a enfocarse en su única tarea: el servicio a los pies de su amo.

    Marko estaba sentado arriba, concentrado en la pantalla de su laptop. Su pie derecho, calzado en una bota pesada, estaba plantado firmemente sobre la coronilla de ella, manteniéndola en una reverencia forzosa. La abertura de la máscara en su boca, obedecía a un solo propósito, que Katerina lamiera la suela del zapato izquierdo de él.

    Él tecleaba sin parar, enfocándose en la tarea que tenía por delante. Sin prestarle atención a ella y lo que hacía. El sonido del teclado era un castigo sordo y rítmico para ella. Era un recuerdo constante de que su servicio y humillación no era algo especial. Solo era una de las comodidades que él esperaba tener de algo que era de su propiedad.

    De repente, Marko presionó la bota sobre su cabeza con una fuerza fría, sin apartar los ojos del trabajo. Katerina gimió débilmente, sintiendo el crujido de la presión.

    (¡Mierda, si! ¡más fuerte! No te muevas. Él no me está mirando, pero sabe que estoy aquí. Esto me lo prueba.)

    Mi cuello duele, mis rodillas arden. Pero el dolor carece de importancia, lo único que importa es que ÉL esté conforme con mi servicio. No hay “yo” que se resista. Solo el servicio. Solo ser suya.

    (El roce de su bota es como una llave. Desencadena algo en mí. Siento el calor subiendo por mi vientre, esa urgencia de ser usada. Quiero que me ordene gemir, que me prohíba tragar mi propia saliva. Que me niegue el control sobre mi ser.

    Mi mente es una pizarra limpia, lista para la siguiente orden. El castigo ya no me molesta; lo ansío, lo espero, a través del castigo es que mejoro en mi sumisión. Y yo lo he aceptado. Le he entregado a él la responsabilidad de mi vida, y es en esa entrega que encuentro mi libertad, soy esclava porque soy libre y soy libre porque soy esclava. Es aquí donde encuentro mi única paz y mi mayor excitación. Soy su juguete sin voluntad. Úsame, amo.

    Marko dejó de teclear, sin mirar abajo.

    —Sal de ahí.

    Katerina gateó fuera del refugio de la mesa, Marko le desabrochó y retiró la máscara de látex. Sus ojos, enrojecidos por la restricción, lo miraron esperando la siguiente orden.

    Marko giró el laptop hacia ella. En la pantalla se veía el título, en negrita: “Acuerdo de Absoluta Entrega”.

    —El trabajo está terminado —dijo, su voz tranquila, desprovista de emoción. Oprimió el botón de impresión.

    La impresora, en una esquina de la oficina, escupió una serie de hojas. Katerina, aún de rodillas, esperó la orden de acercarse. Marko tomó las hojas, las dejó sobre una carpeta de cuero y la deslizó hacia ella.

    —Firma si es verdad que esto es lo que deseas.

    Ella tomó el bolígrafo con decisión. Leyó con cuidado todas las cláusulas que definían su nueva vida. En la última página, en el espacio final, donde antes estaba su identidad legal, trazó encontró el espacio que aguardaba su firma. El punto en donde ella misma marcaba su esclavitud. Se detuvo.

    No por inseguridad, no por indecisión. Era la emoción y el deseo que le pedía a la vez hiciera eterno este momento para saborearlo. Y a la vez le exige que lo terminara lo más pronto posible para poder empezar su nueva vida. Con prisa lo firmó e inmediatamente lo colocó por encima de su cabeza con las manos extendidas, mitad como ofrenda a su amo, mitad como súplica para ser recibida.

    Marko tomó el documento, lo guardó en la carpeta. La calma en su rostro era absoluta, pero sus ojos, al mirarla por un instante, revelaron la ambición que hervía debajo. Ya no era un juego, sino un proyecto de dominio total. La posesión era un hecho consumado. Ahora solo quedaba entrenarla a su gusto.

    —Felicitaciones, Katerina. O debería decir… Propiedad.

    Se levantó con un movimiento lento y cargado. De un cajón sacó un collar de cuero negro con una anilla de metal y una correa a juego.

    —Ahora que sos mía, vas a ser lo que quiera que sea, cuando lo quiera. Por ahora vas a ser un animal de servicio.

    Le colocó el collar alrededor del cuello, ajustándolo hasta que el metal frío se sintió pesado contra su piel.

    —Hasta que yo lo diga, solo te vas a comunicar con los sonidos de un animal. Un perro, si se quiere. Entendido?

    Katerina soltó un ladrido ahogado y se inclinó, gateando hasta sentarse a sus pies. Marko le sirvió un pequeño cuenco de agua de plástico.

    —Para que te mantengas hidratada por ahora.

    Unos minutos después, el timbre de la puerta sonó con insistencia. Katerina se tensó. El mundo exterior.

    Marko sonrió con una satisfacción tranquila pero perversa.

    —Comida. Mi almuerzo. El tuyo llegará en breve. Ve a la puerta, Perra. Asegúrate de que nadie entre, pero saluda.

    Katerina gateó hasta el hall. Se puso en cuclillas justo detrás de la puerta de entrada.

    —Ladra. Fuerte.

    Katerina obedeció, soltando tres ladridos secos y agresivos. El repartidor, al otro lado, se detuvo, confundido.

    Marko abrió la puerta lo justo para deslizar la mano, tomar la bolsa de papel y firmar el recibo.

    —Disculpe, mi perra está un poco… eufórica hoy.

    —No se preocupe, señor. Que tenga buen provecho.

    Marko cerró la puerta y miró a Katerina, cuyo cuerpo temblaba por la adrenalina.

    —Buen trabajo, perra. ¡Ahora, a comer!

    En el comedor, Marko se sentó a la mesa, abriendo los recipientes de plástico con su comida: Una cazuela de mariscos. Para ella, abrió una bolsa de alimento para perros y vertió una ración en un nuevo cuenco de plástico junto al que Katerina ya tenía.

    —Provecho.

    Marko se sentó en la mesa del comedor a almorzar, revisando su teléfono. Katerina se arrodilló, empujó el cuenco con la nariz y comenzó a lamer el alimento directamente del plato, obligándose a emitir gemidos de placer y agradecimiento por su ración. El sonido del metal en el plato de su amo contrastaba con su propia degradación en el suelo.

    Marko terminó su cazuela de mariscos, deslizó el plato a un lado y limpió su boca con una servilleta. Katerina, con su rostro apenas manchado por el sudor y la concentración, y el collar pesado en su cuello, esperaba junto a los cuencos vacíos.

    —Mi almuerzo ha terminado. Ahora, comencemos a establecer algunas reglas.

    Marko se puso de pie.

    —Quiero que traigas al comedor todas tus maletas. Ya tengo un mueble para tus cosas, quiero ver toda tu ropa. Y te voy a indicar cómo la vas a organizar. Podes andar a dos patas para esta tarea.

    Katerina se levantó velozmente y fue al garaje a buscar sus maletas. Regresó minutos después, arrastrando con dificultad una maleta grande y dos pequeñas

    Marko la observó extender cada prenda en la mesa, la ropa íntima, la de trabajo, la casual, todas mezcladas en un caos de telas.

    —Estás desnuda porque ese es tu estado natural. Tu ropa solo tiene un propósito: servir a mis gustos y mi agenda. No tienes derecho a elegir la tela, el color o el contexto. Eso lo hago yo.

    Señaló una cómoda de cuatro cajones en el cuarto que se veía desde la sala. .

    —Primer cajón: Ropa que solo usarás en la casa, cuando te permita o quiera que estes vestida..

    —Segundo cajón: Ropa para cuando salimos juntos y estás a mi lado. Discreta que no revele el carácter de nuestra relación.

    —Tercer cajón: Ropa para cuando estamos con gente que sabe de nuestra relación, ropa que refuerza tu identidad de esclava.

    —Tercer cajón: Ropa de trabajo. Profesional. Pero libre para colocar los aditamentos que considere, para que te recuerden durante todo el día que sos mía.

    Marko se detuvo y señaló el último cajón.

    —Cuarto cajón: Ropa para cuando estés en tu ambiente, quiero que elijas cómo querés verte ante tus amigos y familiares. Este es uno de los pocos puntos de tu identidad sobre los que aún tenes un mínimo control y deseo que así permanezca.

    Katerina se concentró, doblando y clasificando cada prenda, según las órdenes de su amo.

    —Bien, suficiente de mi atención por ahora, debo ponerme a terminar cosas del trabajo.

    Marko volvió a su laptop. Katerina, terminada su tarea, gateó de vuelta a su posición junto al escritorio.

    Marko trabajó concentrado durante horas. Katerina, con el collar todavía puesto, se había mantenido a sus pies, quieta.

    —Servicio. —ordenó Marko, sin levantar la vista—. Levántate y sírveme el café.

    Katerina se puso de pie, un ladrido de obediencia sutil salió de su garganta, casí sin que ella se diera cuenta. Preparó el café y un plato con galletas, regresó y lo sirvió en la mesa auxiliar.

    —Aquí.

    Marko la obligó a arrodillarse frente al sofá. Tomó su taza y un plato con galletas y una crema espesa.

    —Y ahora, tu turno.

    Marko deslizó el pantalón y liberó su erección. Katerina empezó a practicarle una felatio con total devoción, mientras él comía las galletas y bebía el café.

    Sus manos se colocaron inmediatamente a la espalda, sabiendo que así lo prefería él: su cuerpo entregado, sin posibilidad de manipular el placer de su Amo. Comenzó a besar y lamer sus muslos internos, ascendiendo lentamente hasta el tronco de su placer. Ella tomó la cabeza de su pene en su boca, succionando con maestría. Luego, con la destreza de la esclava que conoce las preferencias de su dueño, bajó el ritmo para lamer y saborear la piel sensible de sus testículos.

    (Se que no debo pero no me puedo resistir, verlo gemir saber que ante todo su control yo puedo aunque sea por un momento quebrar su armadura, desarmarlo de placer. Lo voy a volver loco de placer, que sea mio por este instante)

    Marko sintió una oleada de placer ascender por su cuerpo. Apretó la mandíbula y contuvo el aliento, negándose a emitir el gemido o el suspiro que Katerina estaba buscando. Su cuerpo se había tensado por la intensidad del acto, pero él reprimió la respuesta, manteniendo su rostro en una máscara de desinterés. Supo de inmediato lo que ella pretendía, no dudaba de su obediencia pero sabía que ella era juguetona, eso le atraía de ella, siempre es más divertido doblegar que solo tener una obediencia ciega.

    Está bien, ella empezó el juego, buen movimiento, pero él la conocía mejor que ella misma. Y el último movimiento lo iba a hacer él.

    —Buen movimiento perra, pero, te conozco, sé lo que estás intentando y creeme, es un grave error que creas que podes ganar con este jueguito.

    Él tomó su cabeza con las dos manos y la obligó a ir hasta la garganta profunda, sofocándola . Katerina sintió el reflejo nauseoso, pero lo dominó con disciplina. Unas pequeñas lágrimas se acumularon en los bordes de sus ojos por la presión y el esfuerzo. Se equivocó al jugar así y este era su castigo. Hizo esfuerzos por respirar por la nariz pero él tenía su pene tan profundo en su garganta que era inutil.

    Cuando Katerina ya sentía la falta de aire Marko la agarró por el cabello y tiró, sacando su pene mientras ella tomaba aire a grandes bocanadas.

    —¡Abre la boca! (Le dijo mientras jalaba su cabello hacia atrás para que lo mirara)

    Marko se masturbó con fuerza, su respiración agitada. Buscando el Climax

    El semen salió con fuerza: una parte cayó directamente sobre su lengua extendida, otra más abundante se esparció sobre su barbilla, mejillas y frente.

    Marko respiró hondo, con su expresión ahora de fría satisfacción.

    —No tragues. Manténlo en la boca. Y no te limpies el rostro.

    Katerina sintió el fluido caliente en su lengua y el pegajoso escurrir sobre su rostro. Marko se acomodó la ropa sin mirarla. Se levantó con expresión calma

    —Es hora de la cena. Y de paso que aprendas un poco de disciplina.

    Tomó una cadena corta y la esposó por los tobillos, restringiendo su movimiento a pasos diminutos e incómodos. La guio a la cocina, en la cual había una vista directa a las casas vecinas.

    —Aquí tienes (dijo Marko, dándole una remera de él).

    —.Al frente vive Don Luis, es un jubilado de 70 años, que sale a esta hora siempre a ver el atardecer, a la distancia que está su casa de acá, no va a notar mi semen en tu cara, pero sin lugar a duda que el viejo pillo, va a notar ese buen par de tetas que tenes, cubrite.

    Luego se dirigió a un estante bajo, bajo el nivel del mostrador. De donde saco un pequeño timbre de servicio que colocó directamente en el suelo.

    —Sé que siempre va a salir un poco de esa rebeldía, pero cada vez que salga te garantizo que la voy a aplastar. Así que por tu pequeño jueguito, vas a hacer la cena de puntitas. Este timbre va a estar debajo de tu talón. Cada vez que bajes el talón para descansar y toques el timbre por descuido, sumarás cinco azotes a tu castigo de la noche.

    Marko le dejó los ingredientes en la mesada, la puso de puntillas sobre el timbre de modo tal que cualquier pie que bajara lo activara y se fue al estudio a terminar su trabajo. La luz del atardecer caía sobre la cocina, y por la ventana se veía el cuidado jardín de la casa de enfrente.

    Katerina, con la remera cubriendo apenas su torso, el semen seco y pegajoso en su rostro, y los tobillos esposados con la cadena corta, se enfrentó a la tarea de la cena.

    Comenzó a picar las verduras sobre el mostrador, cada movimiento del cuchillo era un riesgo. Su concentración en el corte era total, pero la tensión en sus músculos era insoportable. Un minuto después, en un intento de reequilibrar su peso, el talón derecho descendió.

    ¡Ding!

    El sonido del timbre fue agudo y resonó en el silencio de la casa. Katerina se encogió.

    (¡Mierda! Cinco azotes.) Ella se obligó a subir los talones más alto.

    Marko, desde la sala, solo dijo: —Cinco. Sigue cocinando.

    Continuó el trabajo, picando con una precisión maníaca. El cansancio se acumulaba. Minutos después, al intentar alcanzar una especia, perdió el equilibrio por el tirón de la cadena corta. El talón izquierdo golpeó el timbre.

    ¡Ding!

    —Diez. —Marko ni siquiera miró.

    La Esclava continuó cocinando, el sudor y el semen se mezclaban en sus mejillas.

    En ese momento, la puerta de la casa de enfrente se abrió. Don Luis, el jubilado, salió a regar sus macetas de geranios. Miró distraído hacia la casa de Marko y procedio a levantar la mano en forma de saludo.

    Katerina, por instinto quiso preguntarle a su amo que hacer pero recordo que seguía bajo la orden de ser su perra, y se detuvo. Emitió un gruñido bajo de advertencia y luego un ladrido más fuerte.

    —¡Guau! ¡Grrr!

    —¿Qué pasa? (Dijo marco volviendo a la cocina)

    —Ahh Don Luis!, saluda con la mano, como yo!

    De la prisa y el susto por obedecer la orden y no alertar a Don Luis Katerina se desconcentro y toco el timbre

    ¡Ding!

    (Mierda, carajo el timbre)

    ¡Ding!

    (Mierda concentrate Katy)

    Don Luis sonrió y asintió, un poco confundido por los saltos Katerina volviendo a sus macetas, sin notar el rostro manchado, solo la figura de Katerina y detrás de ella a Marko.

    Marko regresó al estudio. Katerina volvió a su tarea. El dolor en sus pantorrillas era insoportable. Solo la idea de sumar más castigo la mantenía en puntitas. Ella completó la cena, pero la última verdura cayó al suelo, el timbre sonó dos veces más en los segundos finales.

    ¡Ding! ¡Ding!

    Marko, solo dijo: —Diez más. treinta azotes en total, Esclava. Ahora, vamos a comer.

    Katerina llevó la cena a la mesa, moviéndose con la incomodidad de la cadena en sus tobillos. Colocó el plato humeante delante de Marko y luego se arrodilló a su lado. Él le quitó las cadenas de los tobillos, le coloco una correa en el collar y ató la correa a su silla.

    Marko comió lentamente. Katerina permanecía inmóvil, sabiendo que el semen seco y pegajoso en su rostro y la boca llena del fluido de su amo eran ahora su única vestimenta.

    De pronto, Marko tomó un trozo de carne del plato.

    —Abre la boca, esclava.

    Ella abrió la boca de inmediato. Marko le dio la comida, tal como se alimenta a un perro. Katerina masticó y tragó, sintiendo un placer profundo y humillante por la indulgencia inesperada.

    —Buen animal. —Marko le dio dos trozos más, intercalados con mimos en la cabeza—. Ahora, límpiame.

    Él levantó la mano. Katerina se estiró con la lengua, lamiendo los restos de salsa y grasa de sus dedos. Lo hizo con una minuciosidad obsesiva, saboreando el último contacto con el placer de su Amo. Era una recompensa simple, un momento de calma y de conexión casi afectuosa después de la dureza del día.

    Marko terminó su cena, tomó el plato con calma y lo llevó a la cocina. Regresó con las manos vacías y se detuvo detrás de su silla, junto a Katerina. Su expresión era neutral, su movimiento pausado.

    Katerina se levantó sobre sus rodillas, esperando la orden de ir al rincón o a la cama. Ella se sintió momentáneamente a salvo.

    —Suficiente por hoy como perra.

    (Uf, si, por fin, mis rodillas ya no podían mas, ya es hora de ir al cuarto y está siendo suave, puede que esquive mi castigo por hoy)

    —Pero aun no termine con vos como esclava.

    ¡PUM!

    En un solo movimiento repentino, Marko le agarró el pelo con una mano y la estampó contra la mesa, la misma que acababa de servir. Katerina golpeó la madera fría con el vientre, el aire se le escapó de los pulmones.

    Quedó extendida de bruces, el shock de la traición borrando todo rastro de la calma anterior. Claro, pensó con un terror helado. Me dio de comer y me acarició la cabeza solo para tomarme desprevenida para esto. El muy sadico.

    Marko fue increíblemente rápido. Con tres pares de esposas en la mano:

    El primer par fue sobre sus muñecas, esposándola fuertemente a su espalda.

    El segundo par fue sobre su tobillo derecho, y la cadena fue atada a la pata de la mesa.

    El tercer par fue sobre su tobillo izquierdo, atado a la pata contraria.

    Quedó completamente indefensa, con sus nalgas elevadas y expuestas por la posición.

    Marko abrió un tubo de lubricante y, sin pausa, lo aplicó directamente sobre el ano de Katerian. La frialdad la sobresaltó, pero no hubo tiempo para el miedo.

    —A veces sos muy facil de engañar, se que pensaste que te librabas del castigo

    Marko se posicionó y la penetró por el ano con una fuerza salvaje. Katerina expreso un gritó, parte sorpresa, parte dolor, parte placer.

    El acto fue brutal, un recordatorio de que su cuerpo era un mero contenedor para su placer. Él la usaba sin el menor asomo de ternura.

    Marko deslizó su mano sobre los muslos de Katerina e introdujo un potente vibrador vaginal..

    La sensación fue inmediata y enloquecedora: el dolor de su culo se mezclaba con el placer eléctrico de la vibración, creando una sobrecarga sensorial que la llevó al borde de la histeria.

    Marko sacó un flogger bien escondido en su bolsillo trasero.

    (¿Como mierda no lo vi, el siempre hace eso de esconder cosas en el bolsillo trasero, pero 3 esposa un lubricante y un flogger? o soy ciega o soy tonta)

    —Tienes treinta azotes que cosechaste en la cocina, esclava. Ahora, recíbelos.

    Los azotes cayeron con ritmo preciso sobre sus nalgas. Cada impacto era un latigazo de dolor que la obligaba a gemir contra la madera, pero la vibración y la penetración anal convertían el dolor en una puerta distorsionada al éxtasis. Ella estaba en el torbellino del límite, su mente gritaba de dolor y placer simultáneos. Las nalgas ya ardían.

    Marko golpeaba y se movía con un ritmo implacable, observando cómo su cuerpo se arqueaba bajo el ataque. Katerina, al borde del colapso, sintió el placer punzante, la negación final de su voluntad. Su cuerpo se tensó, acercándose al punto de no retorno, al clímax que borraría todo dolor y toda vergüenza.

    Marko sintió el espasmo de su cuerpo, la aceleración de su respiración. Sabía que estaba a segundos de ceder.

    En ese momento, detuvo su embestida. Se inclinó y con un movimiento seco, apagó el vibrador vaginal.

    El éxtasis murió de forma inmediata. Katerina se quedó colgando, al borde de la liberación, atrapada en la tensión física y el dolor anal sin la red de seguridad del orgasmo. La negación era el castigo final.

    Marko se movió con un ritmo furioso.

    —Solo cuando yo quiera lo vas a tener.

    Gritó al alcanzar su clímax, y acabó dentro de ella, llenándola con un calor espeso que sellaba su propiedad.

    Marko se retiró y desató las esposas. Katerina cayó de la mesa a la alfombra, su cuerpo un desastre de dolor, semen y frustración.

    Marko la tomó bruscamente por el cuello y la arrastró fuera del comedor. La llevó a la habitación, la soltó a los pies de la cama, le dio una colcha gruesa para que pusiera debajo y se metió bajo las sábanas.

    —Mañana a las 6 am, comienza tu entrenamiento.

    Katerina se acurrucó con la colcha, su cuerpo temblando por el agotamiento y la negación. La única verdad era la del collar en su cuello y el semen dentro de su cuerpo. El primer día había terminado, pero ella no podía dormir aun, ella comenzó a recordar cómo había iniciado todo…

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  • Escapada al hotel

    Escapada al hotel

    Desde la mañana que llegamos y nos saludamos le toqué las boobs. Me dijo: -“ah hoy vienes de buenas“-, solo reí y le dije: -se me antojó-.

    -“A mí también se me antoja y no me dejas” contestó.

    Y como a medio día le dije: -“¿y si me dejas darte unos besos en la hora de la comida?”

    -“Solo si me das lechita”- fue su respuesta.

    Salimos de la oficina en coche y nos quedamos hasta el fondo de la cerrada a la vuelta de la oficina, casi sin tránsito ni pase de personas.

    Le tocaba las boobs sobre la blusa y pellizcaba sus pezones porque ella yo ya se había quitado el bra.

    De pronto me tocó y dijo -“si quiero, pero igual nos ven”- EL placer que causa la posibilidad de ser descubiertos es algo que siempre nos ha puesto hornys.

    Jalé su camiseta y me acerqué a chupar su pezón. Mi lengua jugaba con lo durito que ya los tenía. Chupaba fuerte. Así estuve un ratito y ya se veía bien levantados y sentían muy duros de excitación.

    Le dije ya me toca, me desabotonó el pantalón y metió mano, le di un besito y le empecé a chupar el cuello mientras me la jalaba. Ya estaba súper duro.

    Se separó de mí, yo busqué sus boobs otra vez, pero me dijo que no.

    Se “acomodó” y me escupió en la verga, me la empezó a chupar. Estaba ya agitado y le dije: -“así no voy a durar eh”-, pero me ignoró y siguió con lo suyo. Mis manos apretaban sus boobs grandes, duras. Creo que me escuchaba intentando controlar mi respiración. Mi mano intentaba entrar a su pantalón. -“Quiero sentir que estás mojadita”- Mis dedos empezaron a tocarla y obviamente ya estaba mojada.

    No dejó de chupármela hasta que llené de leche su boca en el primer round. Me dio un chupetón con fuerza en mi glande y me dijo: -“Ahora si chúpame las tetas si quieres“-

    Con la verga aún afuera me giré y se las chupé fuertisimo mientras le metía los dedos. Una de mis mordidas se sincronizó con su orgasmo y quedó extremadamente mojada.

    -“Estamos a mano” dijo.

    Pero aún no acabamos, me pasé al asiente de atrás y sin tener que decirle nada ella hizo lo mismo y de inmediato se acomodó para sentarse frente a mi e insertarse rápidamente para montarme en un vaivén lento, pero continuó, firme, sus boobs descubiertas todavía rebotaban suavemente y comenzaba a jadear y a apretarme, señal de que se iba a venir nuevamente, y me preguntó con apenas un soplido al oído: -¿juntos? ni terminó de mencionarlo cuando me vine dentro de ella y la llené nuevamente de mi semen calientito.

    Nos vestimos y acomodamos las prendas fuera de lugar, regresamos a nuestros asientos y ahora sí fuimos por algo de comer rápido porque ya casi era la hora de regresar al trabajo, cada quién a su oficina, sus labores y su puesto.

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  • Julia, la farmacéutica (4)

    Julia, la farmacéutica (4)

    He estado varias semanas sin acudir a la farmacia. Fui el lunes siguiente de ese sábado, con la esperanza de que Julia me devolviera el dinero o pudiera hacer algo con ella, pero nada más entrar, el dueño me dijo, muy secamente, que ella no me podría atender, que estaba ocupada, y que a ver qué quería, que me lo serviría él. Yo, claro, no quería nada, ni comprar ninguna medicina ni ninguna otra cosa de la farmacia.

    -Bueno, yo, es que no…

    -Si no quiere nada, no sé qué hace usted aquí.

    -Solo quería ver a Julia.

    -Ya le dije que está ocupada. Además ¿tiene usted dinero?

    -No, bueno, en realidad…

    -A ver, pues si no tiene dinero y no quiere nada…

    -Solo deseaba… esto… hablar un momento con ella.

    -Nada, ya se puede ir.

    -Ah, Julia, ¡hola! – en este momento ella sale de la salita de al lado.

    -¡Oh, ay! ¡Don Varisto, qué pillín es usted! – riñe pícara a un señor que sale tras ella y sin disimular le da un pellizco en el culo.

    -Julita, no te enfades. ¡Creo que no te puedes quejar, ja, ja, ja!

    -No, no. Don Varisto ¡ha sido usted muy generoso!

    -Gracias, Julita. Bueno, hasta la semana que viene.

    -Adiós, don Varisto.

    -¡Adiós, guapa!

    -Todo un señor. ¡Hombres como estos sí que vale la pena, don carpintero!

    -¡Hola, Julia! Yo quería…

    -Es que además de ser rico es muy espléndido.

    -Ah, ya. Julia, tendría que hablar un momento con usted. El otro día…

    -Julia, ya le dije al carpintero que, si no tiene dinero, no…

    -Bueno, es que yo… el sábado…

    -Don Boscos, seguro que algo de dinero tiene… entramos un momento a la salita, que tampoco hay ningún cliente esperando.

    -Pero solo un momento. Y si no paga, pues nada de nada. Y sin engaños, Julia.

    -No, claro que no, don Boscos.

    Entramos a la salita. Voy a cerrar la puerta y ella me dice que no, que su jefe se iba a enfadar. Y que debemos salir enseguida.

    -Julia, es que yo, el sábado, ya sabe, le di cien euros, pero…

    -¿Es que le sabe mal haberme dado ese dinero?

    -Bueno es que… yo no… usted ya sabe…

    -A ver, creo que me lo gané ¿no? Ya le dije que con lo que hicimos no habría cobrado a nadie menos de doscientos o trescientos euros.

    -Pero… usted sabe que… que llegó el señor Boscos y…

    -Sí. Y se quedó con los cien euros.

    -Eso no está bien.

    -Y además… bueno… me avergüenza decir que él… que me castigó.

    -¿A sí?

    -¡Sí! ¡No quiera saber los detalles!

    -Sí, sí quisiera saberlos.

    -A ver, no le importa que yo… ¿verdad? – ella saca sus braguitas del bolsillo de la bata, se sienta y se las pone. Yo me esfuerzo y consigo ver su sexo durante menos de un segundo – Es que ese caballero, don Varisto, quiere que siempre vaya sin bragas bajo la bata cuando he estado con él. Pero yo estoy incómoda para atender la farmacia y cuando él se va, me las pongo.

    -Ya, claro. Bueno, pues yo le decía que, el sábado le di los cien euros y que usted luego no…

    -A sí, ¡pobre de mí! ¡No sabe lo que me hizo el farmacéutico!

    -No ¿qué? – en realidad sí que lo sabía porque lo escuché todo y lo vi tras la puerta.

    -Me da apuro…

    -Hay confianza, mujer.

    -¡El muy cabrón me dio bien porculo! ¡Me cabalgó como a una yegua, me dijo de todo mientras me daba fuerte!

    -Usted debió de pasarlo mal y llorar ¿verdad? – yo sabía cómo se corrió cuando él le follaba el culo.

    -¡Me trató muy mal!

    -Ya, me lo imagino, pobre – ella se arregla el sostén bajo la bata y yo trato de verle tantos milímetros como puedo de su escote.

    -Y lo peor es que… bueno… que mi marido se enfadó mucho cuando no dejé que esa noche él… ya sabe…

    -No, no sé – sí que me imaginaba qué pasó con su esposo– ¿Por qué se enfadó?

    -Es que Ramón… bueno… él todos los sábados… yo… vaya, que le gusta encularme. Y a mí también me agrada, no crea, pero es que tenía el ano muy irritado, me dolía por culpa de las embestidas tan fuertes de mi jefe y claro, no dejé que me la metiera por allí. Pero no podía explicarle por qué obviamente.

    -Ya, entiendo.

    -Se enfadó mucho. El enfado le ha durado todo el fin de semana. Esta mañana ni me ha mirado cuando ha salido para el trabajo.

    -¡Vaya!

    -Lo peor de todo es que además don Boscos se quedó con mi dinero y no me dio nada por darme porculo. Dijo que me lo merecía por querer engañarle con usted y por ser tan puerca.

    -¡Julia, sal ya, que hay clientes!

    -¡Sí, ya voy, don Boscos!

    -¡Que maleducado!

    -Sí, en cambio, este señor con el que he estado ahora es todo lo contrario. Generoso y amable como hay pocos. Mire. Le diré que él es de los que disfruta dándome también porculo. A él le gusta atar mis muñecas al sillón, que yo me ponga en pompa, me quita las bragas, me arremanga la bata hasta la cintura y me la mete suavemente hasta el fondo y luego sacarla y meterla, meterla y sacarla, cada vez más rápido y más fuerte, hasta que yo me corra de gusto. Él nunca eyacula hasta que yo haya tenido varios orgasmos. Es así de generoso. Un caballero.

    -¡Sí que…! – yo estoy cada vez más excitado de solo escucharla.

    -Pues mire si es atento y amable, que no se ha enfadado cuando le he dicho que hoy no podría metérmela por el culo. Ha tenido un disgusto, pero enseguida lo ha entendido. Solo se la he estado chupando mientras él me magreaba los pechos. Luego yo he seguido chupando su verga y él me ha metido varios dedos en el coño y me ha acariciado el clítoris. Después de que yo me corriera varias veces y que él, al final, eyaculara en mi pecho, con el sostén y todo, pues va él y me dice que me va a pagar lo mismo que si me hubiera follado el culo. ¡Dos mil euros!

    -¡No me diga!

    -Pues sí le digo, sí. Es todo un caballero. Bueno, debemos salir, don carpintero.

    -¿No hay manera de que usted me devuelva los cien euros?

    -¡Pero si se los quedó el jefe!

    -Ya, pues por lo menos, usted podría…

    -Nada, nada, el sábado ya hicimos mucho más de lo que pagan cien euros.

    -¡Me siento estafado!

    -¡No se enfade! Va, le doy un besito.

    Me besa la mejilla y cuando quiero acercar mis labios a los suyos, ella ya se aparta y salimos a la tienda. Don Boscos me mira muy mal. Salgo caliente como un mono y oigo que Julia me llama:

    -Don carpintero, espere. De verdad, deseo con ganas que usted tenga el dinero y podamos… pasar un buen rato juntos. ¡Venga enseguida que pueda pagar y así don Boscos no se va a enfadar! ¡Le estaré esperando con ganas!

    Así que he estado bastantes semanas sin ir a la farmacia ni ver a Julia. Por suerte, este mes no he tenido gastos extra, ni ninguna fiesta de aniversario, ni multas, ni pagar a hacienda ni nada y creo que en pocos días podré tener unos mil euros para poder follar con Julia. Muy contento me acerco a la farmacia a comprar cualquier tontería y a decirle a Julia que en pocos días tendré suficiente dinero.

    -¡Hola, Julia!

    -¡Don carpintero! ¡Usted por aquí! Pensaba que ya se había olvidado de mí.

    -No, Julia, eso es imposible.

    -Pase, pase a la salita. Ahora mismo don Boscos no está y no hay ningún cliente en la farmacia. Si viene alguien, suena la señal al abrirse la puerta y salgo. ¡Qué ilusión, don carpintero!

    -¡Y yo! – ella me abraza y me besa en la mejilla y al separarse empieza a desabrocharse los primeros botones de la parte de arriba de la bata -Venía a decirle que en unos pocos días, ya tendré el dinero.

    -¿Cómo? ¡Oh! Pero quiere usted decir que… que hoy no…

    -No, hoy todavía no. Pero…

    -¡Oh, qué desilusión, don carpintero! – vuelve a abrocharse los botones. – ¿No tiene usted por lo menos cien euros? Mire, por ese dinero yo podría…

    -Cien euros sí que podría pagarle. ¡Y doscientos!

    -¡Pues va! – se pone en cuclillas y me abre la cremallera del pantalón.

    -¡No, no, espere, Julia!

    -¿Es que no quiere que yo le haga una…?

    -Sí, me encantaría, pero… prefiero en pocos días poder pagarle mil euros y así, bueno, ya sabe.

    -Ah, claro. Follar conmigo, ¿verdad? – se levanta y se abrocha bien la bata.

    -¡Sí, follar por fin con usted!

    -¡Me va a encantar! ¿Cuándo?

    -Yo creo que, si nada se tuerce, a finales de la semana que viene…

    -Oh ¿No puede ser antes?

    -Quizá el jueves o el viernes.

    -Tendría que ser antes del miércoles. El lunes o el martes.

    -El dinero no lo tendré aún.

    -¡Vaya, pues no podrá ser!

    -¿Por qué?

    -Es que desde el miércoles, no estaré en la tienda.

    -¿A no? ¿Y cómo es eso?

    -Es un poco difícil de explicar… usted sabe que… ya le dije un día que… ay, me da apuro contárselo.

    -Julia, mujer, hay confianza.

    -Ya, sí, pero… es que… no, no, dejémoslo en qué no estaré en la farmacia unos días y ya está.

    -Bueno, pues, podríamos vernos fuera. Y le iba a dar el dinero igualmente.

    -No, no, esos días, imposible. No estaré en la ciudad.

    -¿Se va otra vez de vacaciones?

    -No, no es eso, no. Es solo que…

    -¿Qué? Cuente, Julia, cuente.

    -Quizá recuerde que un día le conté que… bueno… en alguna ocasión… yo…

    -¿Qué?

    -Que, aparte de los servicios especiales… yo… alguna vez… pues que hago… unos servicios, digamos que muy, muy especiales.

    -Sí, me lo dijo. Pero no sé…

    -Solo ha sido un par de veces. Bueno, no, tres.

    -¿Y qué son esos servicios tan especiales?

    -No se lo voy a decir, no, es muy… me da vergüenza. Uy, la puerta, voy a ver quién es.

    Me quedo en la sala. Como siempre que veo a Julia, tengo una buena erección. Me quedo pensando en qué debe ser ese servicio tan especial y qué tiene que ver en qué esté unos días sin ir a trabajar a la farmacia. Por suerte, solo era un cliente y enseguida Julia vuelve a entrar.

    -Bueno, don carpintero. Pues… ya está, ya sabe. Más adelante, cuando tenga dinero…

    -Espere, Julia, dígame, qué es ese servicio tan, tan especial. Quizá yo… bueno, a mí me interese.

    -¡No, eso es imposible! ¡Le costaría, como mínimo diez mil euros!

    -¡Diez mil euros!

    -¡Depende de qué se tratara, más!

    -¿Más de diez mil euros?

    -Sí, puede qué más.

    -Pero, es que no sé qué…

    -Mire… le voy a contar… la primera vez yo dejé que… estuve… aquí en la sala…

    -¿Qué, Julia? ¡Dígame!

    -Pues yo… hice… bueno, hicimos… vaya, que estuve con dos hombres, uno detrás de otro. Sí, sí, así cómo lo oye. Y me dieron diez mil euros. Y lo mejor del caso es que don Boscos se quedó un porcentaje muy pequeño, sólo un veinte. Así que pude quedarme con ocho mil euros.

    -¿Y usted no se sintió mal? Quiero decir…

    -No, la verdad es que no. A ver, se trataba de dos hermanos, bastante mayores. Son amigos de don Boscos. Uno es viudo y el otro soltero. Ya había estado alguna vez con ellos por separado y… Un día le dijeron a don Boscos que les haría ilusión hacer un trio conmigo, el me lo dije a mí. Yo le contesté que de ninguna manera, pero me convenció cuando me dijo que me iban a pagar diez mil euros y que él se quedaría solo un veinte por ciento. Nunca había hecho un trío ni me lo había imaginado ni sentía ningún deseo ni interés. Pero la verdad es que fue bien. Ellos fueron muy amables y atentos.

    Don Boscos me dijo que no tuviera ninguna prisa, que por ese dinero podía estar toda la tarde si ellos lo deseaban. Así que yo me quité las braguitas delante de ellos, se las di a oler. A ellos les hizo ilusión darme, antes que nada, veinte billetes de quinientos euros. Nunca los había visto así juntos. De manera que eso me decidió a ser muy cariñosa con ellos.

    Me senté en este sillón y me abrí de piernas. Me vieron el chocho ya húmedo. Me pasé un dedo por la rajita y lo chupé. Me quité sensualmente la bata y se la tiré a los dos señores. Me quedé solo con el sostén y espatarrada ante ellos. Me metí un par de dedos en el coño y se los di a chupar, uno a cada uno. Me levanté y abracé al más mayor. El más joven me abrazó por detrás.

    Sentía sus paquetes pegados a mi cuerpo, el del mayor apretando mi barriga y el otro, mis nalgas. Nos besamos en la boca con el mayor mientras el otro me besaba el cuello. Al cabo de unos minutos, me puse en cuclillas, les bajé el pantalón, les saqué sus miembros de los calzoncillos empapados y empecé una buena mamada, ahora a una polla, ahora la otra, y así un buen rato. Ellos me decían cosas lindas como que qué bien que la chupaba, que era un cielo, que si una buena mamona, que solo por eso ya merecía los diez mil euros y así.

    Bueno, acabamos follando, primero con el mayor y luego con el otro. Mientras el mayor me follaba, yo masturbaba al más joven. Eso me daba mucho morbo y me corrí no sé cuántas veces. El hombre no terminaba y yo me movía para darle más placer. La cuestión divertida es que el joven no pudo resistir más y eyaculó en mi mano y, cuando me di cuenta, apunté su pene a mi pecho, así que me llenó el sostén con su lefa. Cuando por fin el mayor vio que le venía el orgasmo, sacó su verga de mi vagina y eyaculó en mi barriga, mi ombligo y también en el sostén. Luego era el turno del más joven, que ya volvía a estar trempado.

    Él dijo que no me quitara el sostén, que le excitaba saber que estaba empapado de su semen y el de su hermano. Cada uno tiene sus gustos y a mí no me importaba. Quiso que me pusiera a cuatro, en plan perrito, y me folló bien el coño. Tan bien que no pude resistir lanzar varios chorros de squirt antes que él se viniera en mis nalgas, mientras su hermano nos miraba feliz sentado en ese sillón.

    -Vaya, pues sí que…

    -Ya ve, don carpintero. Al terminar y vestirnos, yo aún con semen en la barriga, las nalgas y el sostén, ellos, muy amables, me dijeron que me merecía más que los diez mil euros. Sacaron varios billetes más de quinientos y me dijeron que no le dijera nada a don Boscos. Pero yo, muy digna, les dije que eran muy generosos pero que no, que un trato era un trato.

    -Muy bien, Julia.

    -Quedaron muy satisfechos. Bueno, y yo también, la verdad.

    -Sí, por lo que cuenta… Oiga, y… dijo usted que había tenido algún otro servicio muy especial.

    -Dos más. Por el segundo, al cabo de un mes o así del primero, cobre también diez mil euros. Bueno, después supe que en realidad ellos dieron doce mil euros a don Boscos, pero él me engañó. No le dije nada para que no se enfadara así que me conformé con quedarme con otros ocho mil.

    -¿Y qué hizo? ¿También con esos dos hermanos?

    -No, fue muy distinto, pero también muy especial porque estuve con un matrimonio, acudí a su casa, por eso don Boscos les dijo que debían pagar doce mil.

    -¡Ah! Pero usted me dijo que solo hacía servicios en la farmacia.

    -Y así es, pero ese fue muy, muy especial. Ella es una clienta habitual de la farmacia. Se enteró que yo… bueno, que no solo vendía medicinas y eso y… Mire, ella quería hacer un regalo a su esposo, un regalo muy especial para celebrar su cincuenta aniversario de bodas.

    -¡Su cincuenta aniversario!

    -Sí, imagínese, la bodas de oro!

    -¡Oh!

    -Bueno, ellos se habían casado jóvenes, pero claro, ambos pasan de los setenta. Creo que él está cerca de los ochenta.

    Imagínese la sorpresa cuando él me ve llegar, vestida yo muy sexy, como una putilla, vaya. La falda era de cuando iba al instituto, pero aún la acorté más para que casi no me cubriera nada las braguitas. Llevaba una camiseta blanca muy escotada y sin mangas que dejaba mi barriga al aire. Les deseo un feliz aniversario y empiezo el servicio.

    Primero les hago un estriptis, luego ellos se desnudan y nos metemos juntos a la cama. ¡No veas el hombre qué tranca tenía y ya bien parada! Ellos se besaban abrazados mientras yo, detrás del señor, le acariciaba el cuerpo, luego me apretaba a él, para que sintiera mis pechos en su espalda, después le agarré su miembro por detrás y lo masturbé. Mi sorpresa es que su tranca continuaba creciendo. Y otra sorpresa es cuando la esposa se levantó de la cama y, por detrás, me introduce su dildo enorme en el coño. Me guiña un ojo y vuelve a abrazar a su marido. Se abre de piernas a su alrededor y le acerca su sexo mojado.

    Yo, muy excitada con medio dildo en el chocho, acompaño el trabuco del señor hasta la vagina de su mujer y él empieza a follarla. La esposa empieza a suspirar y a gemir y él también jadea. Ella toma el dildo y lo mueve en mi sexo. Yo separo las piernas para que me quepa muy adentro.

    No me avergüenza decir que soy la primera en correrme. Y la segunda. Y la tercera. Ellos siguen follando y yo agarro los testículos del señor y los masajeo para darle más placer. Con la otra mano, me saco el dildo del coño y me las ingenio para acariciar el clítoris de la mujer con él. Por fin ellos tienen un orgasmo y quedan abrazados satisfechos. Al cabo de unos minutos, yo les digo que si les ha gustado y ellos me dicen que mucho.

    -Bueno, pues yo ya me visto. ¡Felices bodas de oro, son un encanto!

    -No, no, hija, espera – dice la esposa.

    -¿Ya está no? – pregunto mientras me pongo las bragas.

    -No, no te vistas ni te vayas aún.

    -¿Es que quieres darle algo de pastel a la chica, Reme? – pregunta inocente el marido.

    -No, bueno, si ella quiere, luego podrá comer pastel.

    -¡Está muy rico!

    -Pero antes… querido… tienes que tener tu regalo.

    -¿Un regalo? Pero si ya…

    -Calla, Fernandito. A ver, Julia, vuelve a quitarte las bragas y túmbate en la cama y ábrete de piernas para mi esposo.

    -Querida, pero si yo ya… yo no… a mi edad…

    -Querido, no habré pagado doce mil euros para que no te folles a la chica.

    -¿Doce mil? – pregunto.

    -Sí, pero los vales, niña. Verdad, ¿querido?

    -Y tanto que los vale. Pero yo ya no… mira como la tengo – muestra su pene arrugado y diez veces más pequeño que hace unos minutos.

    -A ver, hija, vamos a conseguir que mi Fernandito vuelva a deleitarnos con una erección de su enorme polla, ¿verdad?

    -Bueno, no sé… a ver… si le parece a usted, vamos a besarla y a chuparla las dos.

    -Vale, sí, pero yo me siento, que las rodillas…

    -Sí, siéntese usted. Venga, Fernando, acérquese a la cama.

    Le agarro el pene y al poco de acariciarlo ya empieza a estar morcillón. Se lo acerco a la boca de su esposa y le pega un lametón. Luego yo se lo beso y también lo lamo. En menos de un minuto, ya tiene el miembro parado. Ella empieza a chuparlo y yo le tomo las manos y las acerco a mi pecho. Él me agarra las tetas y me las masajea. Su polla no cesa de crecer ahora en mi boca, ahora en la de su mujer. Ella se acerca a la mesilla de noche y saca otro consolador, más largo que el otro y con la particularidad que tiene dos puntas, como dos glandes bastante grandes. Vuelve a mamar su pene mientras se introduce uno de los glandes sintéticos y me acerca la otra punta.

    Yo me penetro con ella y me acerco a la señora para que me entre más adentro. Eso, mis tetas y las dos mamadas hacen que el señor empiece a suspirar y a respirar fuerte. Su mujer y yo compartimos el consolador y ya no se ve, lo tenemos completamente oculto en nuestros coños. Yo empiezo a temblar y no puedo evitar a tener un orgasmo tras otro. Grito como una loca. Veo que la señora también gime y suspira aunque su orgasmo es mucho más discreto que el mío. Cuando él ve que ya está muy excitado, sin soltar mis tetas, me levanta, me tumba en la cama y me atraviesa el chocho con su polla enorme.

    Me entra con facilidad porque estoy rezumando toda clase de jugos pero aun así, parece que me vaya a partir en dos. Me folla muy duro y al cabo de un par de minutos eyacula su semen caliente en mi vagina. Es tan abundante su lefa que aún con su tranca dentro rebosa de mi sexo. Mientras chillo y me corro, veo que la señora sigue jugando con el dildo en su vagina y que casi lo tiene todo dentro. Y sí, si se lo pregunta, don carpintero, al final los tres comimos pastel. Y bebimos cava.

    -Vaya, Julia, estoy sorprendido.

    -Pues ya ve.

    -Oiga, y… me decía que había tenido aún otro servicio muy especial, ¿verdad?

    -Sí, uy ¡ese! Me da reparo contárselo.

    -No, mujer, si ya…

    -Bueno, mire, solo le diré que por ese cobré veinte mil euros.

    -¿Cómo? ¡Uala! ¿Pero qué tuvo que hacer?

    -Me da vergüenza, pero se lo voy a explicar. Ese fue hace solo un mes. Mire, el señor Boscos me dijo que… ¡uy, la puerta! Oh, ahora sí que es él que ha vuelto.

    -Pero Julia, yo quería saber…

    -¡Venga usted mañana y se lo explico, don capintero! Y si tuviese dinero, a mí me encantaría…

    -No, mañana no podré pagarle todavía.

    -Bueno, pues nada. No sabe cuánto lo siento.

    Cuando el farmacéutico nos ve salir a ambos pone muy mala cara. Yo, por lo que pudiera ser, salgo rápido de la farmacia. Espero que no la riñe demasiado ni la castigue.

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  • Economista y prosti: Parte final de mis vacaciones

    Economista y prosti: Parte final de mis vacaciones

    Cuando llegó Tommy al hotel donde estábamos Sam y yo, lo esperé en mi habitación, sola, deseosa de contarle todo lo de la noche anterior, y por supuesto, cogimos gozosamente.

    A pedido mío me la metió muy de a poco, como había hecho Sam. Sorprendido cuando le conté del pedido “especial” se asombró de que lo dejé hacer eso.

    -¡Que lindo! me dijo, quiero hacerlo junto a varios, quizás Sam y tu papá y el mío, que los va a sorprender muchísimo.

    -Gracias por comprenderme amor, lo hice como recompensa por lo mucho y bien que me había cogido, y hasta me ha prometido un regalito extra en Montevideo o Punta del Este, se ve que será algo especial.

    -Amor, me encanta que cumplas con todos tus deseos, y quisiera que cuando vuelvas a la estancia del amigo de Mary junto a ella, me dejes ver como cumplen nuevamente el desafío del dueño, que ya cumplieron en la primera visita. Ver eso me encantaría, es una de las pocas cosas que aún no te he visto hacer.

    Y se hizo la hora de que con Sam visitarán al Distribuidor Norte, para evaluar la marcha de la nueva operación.

    Yo ya sabía que los resultados son muy buenos, y ya está muy cerca de alcanzar el aumento de ventas que Sam puso como objetivo para que pueda estar conmigo. Seguramente se dará en uno o dos meses más.

    Regresamos a Montevideo, yo con Sam para agradecerle la manera en que me trató y lo bien que me cogió.

    Ya entrando a la ciudad, paró frente a una conocida casa de cambio situada afuera de un Shopping Center, y en diez minutos volvió con “ un regalo muy personal, que quiero que guardes siempre”. Una preciosa moneda de oro de 1/2 onza. Una belleza con su brillo, su diseño de un antílope, etc., ya me entienden. Dijo que no importaba su valor, (que igual no es poco) sino que quería que siempre lo tuviera presente, y que no olvidara que él fue el primero con el color dorado ja ja.

    Un dulce nuestro amigo.

    Dos días estuve en Montevideo, atendí algunos de los clientes más cercanos, y por última vez a papá y a Tomás, el padre de Tommy, antes de irme de viaje con mi esposo.

    Con papá, acordamos todo lo atinente a que me cojan en su presencia y sin que pueda intervenir. Recuerdan que este encuentro con Bob, mi nuevo cliente está acordado y pendiente (reporte 3 de mi última estadía en Bs As).

    Le pregunté si realmente se prestaría a hacerlo, si no se sentiría mal. Y por suerte me respondió que lo ha asumido, y que realmente está dispuesto a hacerlo y disfrutarlo como novedad y demostración de mi “putez excelsa” nada menos, ¡ja ja!

    Al día siguiente, jueves, fui a Punta del Este, para un par de días de desenganche total, sola. Aproveché a pasear sola de shorts y camiseta (aún no hace calor) en Chihuahua, la playa naturista, el busca de alguno de los vendedores de ropa que suelen hacer sus ventas. En la tarde del segundo día, me encontré con uno, justo lo que buscaba, le compré dos mínimos, vestidos playeros muy livianos y cortos. Y lo observé descaradamente.

    Unos 40 años, de un país de África occidental, excelente físico. Y tomé nota.

    El viernes de noche Tommy fue a Punta, hicimos el amor muy ricamente, y el sábado volvimos a Montevideo para salir de viaje el domingo, a Madrid.

    Le expliqué lo del africano y pasamos por esa playa, en la ruta a Montevideo, a ver si estaba.

    Lo encontramos, los presenté y volví al vehículo para dejar a Tommy hacer su trabajo.

    Tommy le explicó que yo suelo tener sexo fuera del matrimonio y que buscamos alguien como él. Y que lo buscamos muy dotado. Por supuesto le explicó que sería para el fin de primavera o verano y que debería hacerse análisis pagos por nosotros.

    El vendedor dijo que si queríamos podría mostrar su dotación pero conmigo presente y que estaba de acuerdo en todo, que algunas mujeres que van a esa playa en verano se lo piden. Se acercaron a los médanos, Tommy me llamó por teléfono y fui.

    Cuando el señor extrajo lo suyo, quedamos impresionados por buena longitud, ¡excelente grosor… y cabeza enorme!

    ¡Ojalá siga por allí en verano!

    El domingo partimos hacia Madrid para la mejor parte de las vacaciones. Simplemente cinco días de disfrute y compras (precios bajísimos en ropa), aprovechando para ampliar guardarropa. Además aproveché dos o tres casas, en calle cercana a Sol, que venden ropa digamos muy atrevida a precios insignificantes.

    Nos entretuvimos comprando esas cositas lindas para vestir con clientes reales o para presentarme en futuros desfiles de seducción de nuevos clientes.

    Visitamos los mejores Museos, lindos restaurantes no de lujo pues allí se come bien en todos lados, y seguimos viaje a Paris.

    Por razones de que estoy con mucho trabajo y para ponerme al día cuanto antes con los relatos, les contaré brevemente lo de París.

    Fuimos por otros cinco días, invitados por Paul y Sra. para divertirnos haciendo algunas cosas que habían quedado pendientes. Tuvieron el gesto de alojarnos en su hermoso y enorme departamento.

    Lo primero, a la segunda noche (en la primera, haciendo gala de su voyerismo nos vieron coger), fue mi debut en el Bois de Boulogne, a donde ya nos había llevado su chofer a ver en la primera visita. Aún el clima era aceptable en comienzos de octubre, y llevé un abrigo liviano y nada más.

    Recordarán que hay una zona donde señores de fortuna exhiben y ven coger a sus esposas o amantes, en general de Europa Oriental, auténticas bellezas.

    Suelen entregarlas a choferes de camiones o coches de alquiler que se estacionan allí, en la acera de enfrente a donde ellas se exhiben en general en abrigos abiertos y lencería.

    Yo opté por diferenciarme con abrigo abierto y ¡nada más! Tetas y landing strip a la vista.

    Paul, su esposa Jeanne, el chofer Charles y Tommy me mirarían en acción.

    Me paré al lado del coche de nuestros anfitriones, abrí my abrigo y me mostré tal cual soy, desnuda totalmente, mis tetas al aire, mi vello púbico en landing strip a la vista, y logré algo muy excitante: algunos de los choferes que estaban del otro lado de la avenida, me señalaron, como mostrándome a sus colegas. Quizás por gustarles, o simplemente porque vieron una “nueva”.

    Miré detenidamente, seleccioné uno que me resultó atractivo, les dije a mis acompañantes que cruzaría a buscarlo y que ellos bajaran del coche a verme.

    Así lo hice, me traje al que me interesó y entramos a la zona de árboles y arbustos a que me cogiera.

    Me despojé del abrigo que entregué a Tommy, le entregué al hombre un condón (había que usar condón sí o sí, obviamente) y él se bajó los pantalones y el slip, ya de verga dura.

    Se puso el condón, le chupé la pija mientras Tommy me lamía la concha (es aceptable que el marido colabore) y doblé la cintura abriendo un poco las piernas, ofreciéndome al afortunado desconocido.

    Me cogió sin pena ni gloria, con condón no me gusta, pero todos disfrutaron de verme. Nos fuimos, habiendo cumplido con algo que deseaba, pero que no me atrae especialmente repetir. Casi diría que preferiría ir a mirar ja ja.

    Dos días siguientes fueron de sexo en el apartamento de nuestros amigos, y compras y más compras ja ja. Lencería fina, lencería purés a, vestidos elegantes, vestidos atrevidos, zapatos…

    Y la última noche, algo pendiente. He estado en grupo, hasta con cuatro hombres, pero nunca en una orgía.

    Y fuimos tres matrimonios, más los anfitriones, un caballero invitado y Charles, el chofer.

    Las reglas, eran de orgía (yo encantada de hacer algo nuevo): no se pide permiso, todos tienen acceso a sexo con todos. En este caso, no se habilitaban relaciones entre caballeros. Por lo demás, libertad total. Y como todos teníamos salud comprobada, al fin podría hacerlo sin condón.

    Ustedes pueden imaginar. Aquellas diosas rubias altísimas, la dueña de casa ya mayor, y yo, recibimos todo tipo de fornicaciones, de sexo oral, les dimos sexo oral a hombres y mujeres.

    A veces la leche volaba a una cara o rumbo a unos senos, otras veces se escuría desde una concha o entre unos labios.

    En lo personal, fui muy muy bien atendida (cogida) por ser “la desconocida” y no tener implantes de ningún tipo.

    Una experiencia que espero repetir en Uruguay o en Buenos Aires (si alguien me invita).

    Cuenta al presente, 41 hombres y 2 mujeres (cuerpo a cuerpo), cuatro mujeres más en la orgía.

    Regresamos a Uruguay vía Madrid, y me tomé dos días de descanso y luego sí, ¡a ponerme al día atendiendo a todos mis queridos clientes locales! (Y a papi y suegrito, también).

    Discretamente, le informé a Tibu que estaba de regreso, quien, sabiendo todo me dijo que seguramente Bob debería viajar a Montevideo por trabajo en el proyecto del nuevo laboratorio de su compañía… él entendió mi mensaje y yo el suyo ja ja.

    ¿Al otro día, ya recibí llamada de Bob… podríamos hacer lo planeado?

    Por supuesto que lo hicimos, y será el objeto de mi próximo relato.

    ¡Hasta la próxima! Prometo seguir poniéndome al día.

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