Autor: admin

  • Reforzando lazos maternales

    Reforzando lazos maternales

    Soy Lucas, un chaval de 22 años, delgado, que se la pasa estudiando y saliendo con sus colegas de la universidad. Mi vida no es muy interesante que digamos, soy un joven normal que trabaja, intenta sacar buenas notas y si hay suerte tener una novia. Mi situación familiar no es la mejor sinceramente, mis padres están divorciados y mientras que mi padre lo llevó bien mi madre tuvo un cambio radical. Antes ella era rubia (color que heredé) y ahora se tiñe el pelo de negro, también empezó a tatuarse, ir al gimnasio y quedar con sus amigas. Me alegro por ella obviamente, se le ve más feliz pero también más pasota conmigo, por eso me gusta más quedarme en la casa de mi padre mientras ella sale de fiesta con sus amigas.

    La relación que tenía con ella era un “sin más”, sus amigas me caían bien eso sí, normalmente ella quedaba con dos mujeres con el mismo estilo que ella. Una se llamaba Raquel, era una mujer que tenía unos pechos increibles, las curvas de su cintura y de su cadera eran espectaculares y tenía unos muslos… siempre llevaba un top o algo cortito que dejaba ver su abdomen decorado con pequeños tatuajes.

    Otra de sus amigas más cercanas era Lucía, que de ella también destacan sus tetas pero no eran tan grandes como las de Raquel, diría que son normalitas pero tenía un culazo que hacía que su figura fuese muy provocativa, otra cosa que puedo destacar de ella son sus ojos azules y al igual que Raquel, suele llevar ropa ligera. Tanto ellas dos como mi madre compartían el mismo estilo gótico-grunge que hacía que pareciesen modelos.

    Las dos me trataban muy bien pero no puedo negar que me sentía raro porque ambas me trataban y se dirigían a mi como si fuese su hijo, tengamos en cuenta de que Raquel me saca 20 años y Lucía 14 aunque aparentan más jóvenes.

    Cuando estaban las tres juntas eran solo risas y anécdotas, mi madre me obligaba a estar con ellas tres y hablar de mis cosas “¿Qué tal la universidad?” “¿Cómo te va en el curro?” “¿Has conocido alguna chica?”… no quiero sonar borde ni nada pero era muy cansino todo eso y bastante raro. Sin embargo tras estar un año en esa situación todo cambió una tarde de un viernes cualquiera.

    Llegué a casa de mi madre del trabajo, era las 22:46, aparqué el coche y entré dejando las llaves en el recibidor. Aquella semana me tocaba estar con ella, normalmente la cena está siempre servida. Fui a la cocina y no había nada, sé que debería ser más responsable y hacerme la cena yo mismo pero con lo cansado que suelo llegar es mi madre quien me la hace de normal. Pensé que ella estaría de fiesta y se olvidó de prepararme la cena pero escuché ruidos en el piso de arriba y recordé ver las luces de la ventana del dormitorio de mi madre encendidas mientras aparcaba.

    Fui arriba y esos ruidos fueron esclareciéndose, eran golpeteos y chillidos de la cama y gritos… ¿gemidos? Me acerqué a la puerta de su dormitorio y efectivamente eran gemidos y fuertes suspiros de mujeres, eran varias. “¿Mi madre está follando con mujeres?” Me pregunté a mi mismo. Dudé en si abrir la puerta o no pero me quedé paralizado cuando Lucía, al abrir la puerta, me vio en frente del dormitorio. Tanto ella como yo nos asustamos, la puerta se abrió de repente por su empujón y vi a mi madre con un arnés empotrando a Raquel en cuatro sobre la cama. Nos quedamos mirando los cuatro, sin saber qué decir, un joven recién llegado y cansado y tres góticas totalmente desnudas follando entre ellas.

    -Lucas. -Gritó mi madre-.

    -No puede ser. -Dijo Raquel mientras se reía y se tapaba la cara aún con el dildo de mi madre metido en el coño- Venga Lucía métele aquí.

    Lucía me agarró del brazo y tiró de mi, cerro la puerta tras de mi y las tres mujeres me rodearon. No pude dejar de mirar sus cuerpos, sobre todo el de mi madre por sus enormes tetas y su cuerpo curvilíneo y definido por el gimnasio.

    -Yo…

    -Cariño, no quiero que le digas nada a tu padre. -Me dijo ella aún con el arnés puesto-.

    -Vale… Yo solo… Es que… -Estaba jodidamente nervioso, ¿Qué hace un hombre cuando está rodeado de tres milfs góticas buenorras desnudas y cuando una de ellas es su madre?-.

    -Pobrecito, está muy nervioso. -Dijo Lucía mientras se acercaba a mi para agarrarme de la mano-.

    -Dejemos que se quede Paula, seguro que le gusta mirarnos follar. -Dijo Raquel a mi madre mientras le rodeaba la cintura con sus manos y le besaba.

    -¿Quieres quedarte cielo?. -Me dijo mi madre-.

    Yo no supe qué decir. Lucía me besó sin aviso alguno diciendo “seguro que sí”. Raquel y mi madre siguieron besándose. Yo me dejé llevar y recorrí el cuerpo de Lucía mientras nos besábamos. No paraba de abrir los ojos viendo de reojo como las otras dos se comían a besos pensando que una de ellas era mi madre. Lucía se arrodilló frente a mi, me quitó los pantalones y luego los boxers dejando mi pene mojado con líquido preseminal al aire y sin dudarlo se lo metió entero en su boca. Miré a mi madre y tanto ella como Raquel se estaban riendo.

    -Tu hijo tiene buen rabo eh Paula. -Dijo Raquel sin apartarme la mirada.

    -Y… muy rico… -Dijo Lucía mientras me la estaba chupando-.

    -Parece que les encantas a mis amigas cariño. -Me dijo mi madre-.

    Yo no supe qué decir, me dejé llevar y disfruté de la mamada que me estaba dando Lucía. Mi madre se tumbó sobre la cama boca arriba y Raquel se sentó sobre el dildo del arnés de ella poniéndose en posición de vaquerita. Nos daba la espalda pero pude ver como sus tetas rebotaban con su cabalgata sobre la polla de goma. Ella gemía y suspiraba con fuerzas mientras saltaba sin parar, mi madre le rodeaba la cadera con sus manos mientras también gemía ligeramente. Lucía me tumbó al lado de mi madre y se puso encima de mi pene y al igual que Raquel comenzó a saltar sobre mi en vaquerita haciendo que sus tetas rebotasen sobre mi.

    Su largo pelo chocaba con mi cara, su sudoroso cuerpo no dejaba de retorcerse de placer, sus nalgas no paraban de chocarse contra mis muslos y no paraba de gemir mientras gritaba.

    -Ay que polla tienes… sí sí sí… ay sí así sí así.

    Tras un rato de ver como las dos chicas cabalgaban sobre madre e hijo y gritaban de placer Raquel soltó un “Venga Lucía que quiero probarlo yo también”. Lucía se levantó y se montó sobre mi madre mientras que Raquel se puso encima de mi, fue metiéndose mi polla lentamente en su húmedo coño mientras me besaba y comenzó de nuevo la cabalgata de las dos. Los pechos de Raquel eran tan grandes que me golpeaban la cara con cada rebote, no me pude resistir y agarré una de sus tetas para chuparla y lamerla. Ella no paraba de gemir, gemía aún más alto que Lucía dejándome medio sordo. Lucía tuvo un orgasmo mientras estaba montada sobre mi madre. Cuando Raquel se cansó de cabalgar mi polla comenzó a besarme apasionadamente.

    -Quiero que me des en cuatro.

    Raquel se puso en perrito sobre la cama inclinándose hacia delante y dejando su gran culo en frente de mi, yo obedecí poniéndome detrás de ella, guiando mi pene a su vagina y metiéndosela mientras agarraba sus nalgas. Comencé a empotrarla fuertemente, dando empujones intensos. Mi madre se puso delante de ella y metió su dildo por la boca de Raquel. Lucía se estaba masturbando viendo como yo estaba dando por detrás a Raquel en cuatro mientras mi madre se la metía por la boca.

    -Espero que te lo estés pasando bien cariño. -Dijo mi madre frente a mi-.

    -Si… si… la verdad es que me está gustando.

    -¿Te gustan mis amigas?

    -Si… son… muy cariñosas.

    -A nosotras también nos gustas Lucas, teníamos muchas ganas de follar contigo. -Dijo Lucía cariñosamente mientras se metía los dedos en el coño y nos miraba lujuriosamente-.

    Raquel no pudo resistirse y tras un buen rato de sexo duro y gemidos continuos tuvo un orgasmo que la dejó reventada. Raquel se recompuso y comenzó a besarnos, primero a mi madre y luego a mí cambiando entre ella y yo. Miré a Lucía y ella seguía masturbándose, yo no tardé en tumbarme frente a su coño húmedo y lamerlo mientras ella se masturbaba el clítoris. Me agarró de la cabeza y tiró para que hiciese más presión con su coño. Se lo lamí y chupé con toda la rapidez e intensidad que pude mientras saboreaba su líquido vaginal y logré que llegase al orgasmo.

    Durante el oral pude escuchar los gemidos tanto de mi madre como de Raquel, no supe qué estaban haciendo ya que estaban a mis espaldas pero tras darle el orgasmo a Lucía y besarla, me di la vuelta y vi como las dos estaban frotándose las vaginas. Mi madre se había quitado el arnés y verlas en esa posición fue espectacular. Sus tetas no paraban de rebotar y sus bocas no paraban de soltar gemidos y gritos de placer.

    -Venga Lucas, dame en perrito.

    Lucía se puso en cuatro pero con la cara sobre los coños de ambas mujeres que se estaban tijereando. Yo me puse detrás de ella y al igual que a Raquel comencé a follarla con intensos empujones mientras ella les lamía el coño a Raquel y a mi madre. Las tres mujeres no paraban de gemir y tras un buen rato de tijeras, oral y follada vaginal, mi madre tuvo un orgasmo que la dejó temblando sobre la cama.

    -Venga Lucas, túmbate.

    Obedecí a Raquel y me tumbé boca arriba, Raquel se puso sobre mi cara mientras que Lucía se metió mi polla en su vagina en vaquerita y comenzó a saltar sobre ella. El culazo de Raquel me tapaba toda mi visión, mi cara se hundía entre sus nalgas y mi nariz casi se metía en su empapado ano. Hice el oral mejor que pude aunque me costaba respirar. No podía ver nada pero por los sonidos de los labios intuía que Raquel y Lucía se estaban besando mientras no paraban de gemir y que mi madre se estaba masturbando viendo cómo sus dos mejores amigas estaban sobre su hijo. Conseguí que ambas tuviesen un orgasmo a la vez, las dos soltaron gritos y se retorcieron de placer sobre mi.

    Tras eso Raquel y Lucía comenzaron a besarme a la vez en señal de agradecimiento por el orgasmo que les había provocado. Raquel nos dijo que follásemos en misionero, Lucía con el arnés a mi madre y yo con ella. Así, mi madre y Raquel se tumbaron sobre la cama una junto a la otra, yo me puse frente a Raquel y Lucía, con el arnés puesto, frente a mi madre. Empezamos a empotrarlas intensamente mientras sus piernas se posaban sobre nuestros hombros. Ambas mujeres comenzaron a gemir, Raquel no paraba de mirarme y decirme “no pares cariño, no pares” mientras gritaba apasionadamente.

    Mi madre también me miraba diciendo “así se hace hijo, sigue sigue” mientras veía cómo Raquel estaba muriéndose del placer. Lucía comenzó a follarse a mi madre aún más fuerte haciendo que esta aumente sus gritos y termine con un orgasmo. Yo no pude resistir ver el cuerpazo de Raquel con sus grandes tetas rebotando y sus muslos rodeando mi cara a la vez que Lucía hacía que mi madre llegase al orgasmo.

    -Voy a correrme, voy a correrme.

    -Córrete en mi boca -Dijo Raquel entre gemidos.

    Saqué mi polla y me puse sobre Raquel dejando que mi semen saliese disparado directamente a su boca y mojando parte de su cara. Ella lo recibió gustosamente y con una sonrisa en la cara.

    -Déjame probarlo Raquel. -Dijo Lucía-.

    Ambas comenzaron a besarse compartiendo mi semen entre las dos. Mi madre me miró orgullosa y cariñosamente.

    -No le dirás nada a papá ¿verdad?

    -No no… ni se me ocurriría.

    Las tres se rieron. Lucía me besó y luego Raquel.

    -Que buen chico eres cariño. -Dijo Raquel-.

    -Esto lo tenemos que hacer más veces, incluso si no está tu madre.

    -Bueno chicas, os dejo que folleis con mi hijo.

    -Mmm yo creo que abusaré de tu hijo eh Paula. -Dijo Raquel echándome una mirada muy pícara-.

    -Mi niño es todo tuyo.

    Siguieron riéndose. Terminamos los cuatro tumbados en la cama, tenía a Raquel delante de mi y a Lucía detrás y detrás de ella estaba mi madre. Dormí como un bebé, ni si quiera recordaba que tenía hambre.

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  • Esclava de los hombres

    Esclava de los hombres

    Jorge era nuevo en la empresa y había que iniciarlo. Era un ritual que pasaba con todos los nuevos varones que entraban en la empresa y que cada fin de semana repetían, y Jorge tuvo la suerte de tener a su mejor amigo dentro desde hace tiempo, lo que le ayudó a entrar a él también tras llevar un tiempo en paro. Lo que Jorge no sabía era que, dicho ritual, lo haría sentir placer, un placer como nunca antes.

    -Tú ya verás, tío, lo vamos a pasar en grande. Así que tranquilo, vale.

    Antonio iba conduciendo por la autopista con Jorge de copiloto hacia el lugar donde pasaría todo.

    -Eso sí -añadió con énfasis. Jorge lo miró de hito en hito-, no te asustes, vale tío. Ya te digo que será algo inolvidable. Aún recuerdo mi primera vez en ese sitio. Fue espectacular.

    Jorge no sabía que pensar.

    Cuando llegaron, Jorge se asombró de ver una gran mansión. Antonio le sonrió pícaramente. Aparcaron y un hombre con chaleco y pantalones con pinza cogió las llaves que Antonio le ofreció, y se llevó el coche. Los dos hombres entraron y un hombre trajeado, el mayordomo, los llevó a una zona de la mansión donde ya había otros hombres esperando, todos compañeros del trabajo. Se saludaron y jalearon a Jorge contentos de iniciarlo en su ritual semanal con ciertas ironías que le hicieron pensar en cosas inapropiadas. La estancia era una habitación amplia, bien iluminada y de paredes azul claro. Además, tan solo había, al final de todo el cuarto, una gran cama y otra puerta más justo al lado de esta.

    -Vamos a presentarte a nuestra esclava -saltó uno de cuerpo fornido y algo de barriga con una lujuriosa sonrisa en el rostro.

    -Anda calla -dijo otro de aspecto de poquita cosa-, no le estropees la sorpresa. Deja que lo descubra por si mismo.

    Todos miraban a Jorge con una excitación inaudita. De hecho, hasta se pensaba que dicha “esclava” sería él. Visto la forma en que lo observaban y le sonreían, qué otra cosa podría pensar.

    Pero se sorprendió cuando vio a sus siete compañeros de trabajo ponerse de espaldas a la pared, en fila. No solo eso: cada uno de ellos se abrió la bragueta, se sacaron las pollas erectas y se manoseaban.

    -Vamos, Jorge -instó Antonio.

    -¿Qué? -arguyó este completamente dubitativo.

    -Que te la saques de los pantalones, hombre -le exclamó otro de los compañeros. Este era alto y musculoso y tenía muy buena polla. Aunque el poquita cosa aún la tenía más grande.

    Nervioso obedeció, se puso al lado de Antonio y se la sacó, aunque flácida. Incitado por todos, Jorge comenzó a toquetearse su miembro y, sin saber muy bien por qué a causa de los nervios que tenía encima, en nada se le puso dura como una piedra.

    -Ole -aplaudieron todos con orgullo.

    Y, con parsimonia, todos los hombres se masturbaban. Intentando no dejar de tocarse, todos se quitaron la ropa como pudieron dejándola en el suelo como un guiñapo.

    Jorge no sabía qué era todo aquello pero, al ver que no sería él la “esclava, comenzó a disfrutar de estar rodeado de siete varones mientras se pelaba la polla. Algunos gruñían y otros gemían del placer que se daban.

    -eh, eh, con tranquilidad, señores -masculló el poquita cosa-. No queremos corrernos antes de tiempo, a qué no.

    Algunos soltaron un gruñido como afirmación.

    Entonces, de improviso, por la puerta al lado de la cama apareció el jefe de los señores. Era un hombre alto, con gafas y de planta elegante que iba completamente desnudo y, también, con el pene erecto. Iba sonriendo y llevando una cadena entre las manos. Del extremo de la cadena había una joven hermosa a ojos, no solo de Jorge, sino de todos. Ahora entendía lo de “esclava”. Era porque había una de verdad que todos se iban a tirar. Al menos eso es lo que le pasó a Jorge por la cabeza, cosa que hizo que su polla palpitara pidiendo sexo caliente con premura.

    Se fijó en la chica por completo y se extrañó cuando vio que su piel era de un blanco verdoso y lechoso, con toques brillantes. ¿Verde? No podía ser. Además, no solo su piel era verdosa, su cabello largo le llegaba a arrastrar por el suelo, era ondulado de un tono marrón que recordaba las cortezas de los árboles, y tenía pequeñas hojas verdes enredadas en varias partes del cabello. Las cejas eran muy finas y del mismo tono amarronado que el pelo, los ojos diminutos tenían un fulgor verdoso y tornasolado, los labios eran de un tono verde más oscuro que la tez de la muchacha y con forma de corazón y labios gruesos.

    Era de tamaño estándar. Su cuerpo delgado mostraba unos pechos turgentes que hacían que todos se relamieran del gusto, de igual manera que lo hacían tras ver su vagina, una vagina de labios gruesos y deseables. Jorge estaba cada vez más excitado. Aunque hubo algo que, en lugar de asustarlo y parar dicha excitación, ayudó a que fuera en aumento. Y a Antonio le agradó comprobar cómo su amigo era de fiar. Al cuerpo de la joven le seguían unas alas de mariposa grandes y traslucidas de un tono rosado que conjuntaba a la perfección con el verde lechoso de la piel. ¿Aquello era real?

    -Sí -susurró Antonio en el oído de Jorge -, es real, nene. Te vas a follar a una hada.

    Y aquello le gustó a Jorge.

    El jefe obligó a la hada a echarse las alas hacia abajo, se puso detrás de ella y comenzó a manosearle las tetas, las aporreaba, las apretaba. Sus siete súbditos se masturbaban con más pasión y fuerza viendo aquello. El jefe se lamió los dedos y se dedicó a pellizcar, acariciar y retorcer los pezones oscuros de la muchacha. Ella no hacía nada, ni se quejaba aunque sí que se escuchaba un ligero y agudo gemido lastimero procedente de la garganta de la hada. Todos los varones se deleitaban con el espectáculo esperando con ansias su momento con la criatura mágica. Aquello hizo pensar a Jorge en algo y se le escapó en voz alta dichos pensamientos:

    -Si es mágica, ¿cómo es que no se libera de las cadenas?

    Antonio se dispuso a contestar pero el jefe se le adelantó:

    -No puede. Sabe que si intenta algo, yo personalmente destruiré a su querida aldea. Sé dónde encontrarla, así la encontré a ella. Además, su fuente de poder es el polvo de hada y se lo tengo bien requisado -iba diciendo todo aquello sin dejar de torturar los pechos de la criatura-. Solo yo sé dónde lo tengo guardado, y resulta que la hadita que tenemos aquí aún es muy joven para generar el suyo propio sin necesidad de fabricarlo.

    -Vamos que, por mucho que ella intente algo, no podrá deshacerse de nosotros -arguyó otro de los varones, el que estaba el primero en la cola.

    -¡Jorge, te toca! -exclamó el jefe- Ya que es tu primera vez…

    Y Jorge, con pasos temblorosos, se acercó hasta su jefe y la criatura sin dejar de observarla. Cuando estuvo justo delante, dejó que el jefe lo dirigiese cogiéndolo por la polla hasta posarla entre los labios vaginales. El corazón de Jorge iba a cien por hora. Siempre le había gustado la fantasía y se había masturbado pensando en cosas así y, ahora que iba a pasar de verdad, su cuerpo era todo euforia sexual. El jefe iba moviendo el pene de Jorge haciendo que este acariciara cada partícula del sexo de la criatura.

    Está parecía apática pero, si te fijabas en los ojos, observabas que parecía gustarle estar ahí. El jefe volvió a centrar su atención a los pechos de la hada mientras Jorge movía la pelvis para que su polla siguiera adherida a la vagina. Lentamente comenzó a penetrarla. Aquello era placer puro. Las paredes vaginales se pegaban con fruición al falo y estaba lubricada de manera nunca antes sentida por el hombre.

    -¡Joder! -exclamó.

    La hada gemía y su voz era antinatural.

    Jorge sostuvo su polla dentro hasta el fondo y, cuando vio que el jefe le daba el visto bueno, de forma nada amable, comenzó el ataque fuerte y agresivo a la vagina sobrenatural. Ambos gruñían del placer mientras el jefe seguía con los pezones, no solo de la hada, sino también de Jorge, quién se dejaba hacer mientras se follaba a la criatura. El resto observaba jaleando y animando a su compañero sin dejar de masturbarse frenéticamente. Uno de ellos no pudo más y se corrió viendo a Jorge follar violentamente a la joven pero, en cuestión de pocos minutos regresó a masturbarse otra vez. La excitación dentro de aquella sala era tal que obnubilaba la mente de todos.

    Jorge, sin hablar, se comunicó con su jefe y, cuando vio que le daba permiso afirmativo, sin salir del hada, gruñó fuertemente eyaculando dentro de la criatura. Unos gruñidos que llenaban el espacio de forma que alentaba a los hombres a querer hacer lo mismo.

    Violentamente, el jefe despegó a la hada de su trabajador y la llevó al primer hombre poniéndola de rodillas y obligándola a meterse le polla del hombre en la boca. Con una señal del jefe, Jorge volvió a ocupar su lugar en la fila con la polla erectando nuevamente. Cuando la tuvo dura de nuevo, al igual que sus compañeros, volvió a masturbarse frenéticamente recordando el placer que ofrece la cavidad del hada. Algo sin igual. Echando la vista atrás, ninguna mujer había hecho que sintiese ese placer tan extremo y extraño a la vez. Era un placer que se sentía antinatural y, del cual, te volvías adicto. Jorge quería, necesitaba volver a meterla ahí dentro pero, por gentileza, esperó a tener el turno de nuevo.

    La hada no se atragantaba, como Jorge pudo comprobar mientras esta se la chupaba al primero, quien gemía del placer. El jefe no solo miraba, también obligaba a la criatura a chupársela a él. Primero la polla de uno, luego la del otro. De ambas regalimaba una especie de líquido rosáceo que Jorge intuyó que sería la baba del hada. Al final, el primero se corrió y el jefe la obligó a tragarse la lefa del hombre. El jefe la arrastró con violencia hasta posarla ante el poquita cosa, y repitieron la operación.

    De la polla del poquita cosa también comenzó a regalimar aquel líquido rosa. En aquella ocasión, el jefe solo miraba deleitándose del gusto y con su rabo palpitando. Minutos después, el poquita cosa se corrió y manchó la cara de la criatura. Obligada por el jefe, la hada se limpió con los dedos y se los chupó.

    Después le tocó el turno al musculitos. Este no solo se dejaba hacer, sino que también la agarró por la nuca y le folló la boca con fuerza. Jorge creyó que ahora sí que la muchacha alada se atragantaría, pero lo aguantó, aunque sí que escupía su saliva rosada que le caía por el mentón y por los testículos del musculitos. El fuerte gruñido que lleno toda la sala les hizo saber que se había corrido garganta abajo, y no dejó de temblar con espasmos. El jefe dirigió a su esclava hacia el fornido. Este, en cuanto tuvo permiso del jefe, la agarró y la obligó a chupársela soltando improperios y abofeteando el rostro de la chica.

    Ella se dejaba hacer. Todos estaban cachondos y Jorge no podía más que sentir gratitud por estar allí. Cuando el fornido se corrió, la abofeteó aún más fuerte y la tiró al suelo. La hada no se inmutaba por ello. El jefe tiró fuertemente de las cadenas haciéndola gemir y la amodorró hacia el que estaba al lado. Ya casi le tocaba a Jorge.

    El hombre se corrió, siendo mucho más amable, y le tocó el turno a Antonio. Antonio también fue bastante agresivo. Jorge no sabía que su amigo fuera así en el sexo, pero tampoco le extrañó recordando sus gustos en otras cosas denotando su lado más salvaje. Poniendo las manos sobre su nuca, Antonio meneó la pelvis con fuerza orgulloso de sentir aquella boca en su polla, viendo como regalimaba la babilla. Con fuertes aspavientos, al cabo de unos minutos, eyaculó y le dio un beso a la chica en la coronilla. Y, por fin, le tocó de nuevo a Jorge. Estaba excitadísimo.

    Cuando el jefe la amodorró sobre su sexo, esta se metió el rabo de Jorge en la boca y, al igual que con la vagina, el placer que daba la hada se notaba sobrenatural; como si no fuera de este mundo. La criatura tenía cuidado de no hacer daño con los dientes y acariciaba, tanto con el paladar, como con la lengua, todo el falo. Cómo los demás, llegado el momento, Jorge eyaculó derramando todo su semen garganta abajo de la joven.

    A continuación, el jefe arrastró a la hada hasta el borde de la cama, la sentó con agresividad y la obligó a engullir su falo. El jefe fue el menos amable de todos los que estaban en aquella sala con la criatura, según el criterio de Jorge. Y más viendo cómo con aquel ataque a su garganta sí lograba hacerla tener arcadas. Arcadas que, el jefe, ignoraba profusamente haciendo que la hada expulsase cada vez más segregación rosácea. En lugar de hacer que Jorge sintiese compasión por la criatura, aquello hizo que su polla regresase a estar dura, sintiendo una tirantez.

    Mientras el jefe hacía, sus súbditos se pusieron alrededor de ellos sin parar de tocarse. Jaleaban a su jefe y manoseaban los pechos, y cualquier parte que pudiesen al ser tantos, de la criatura. Entre los sonidos de las arcadas y los jaleos de perversión, el jefe acabó derramando su semen dentro de la boca de la hada, quién no tuvo más remedio que tragar como con los demás que hicieron lo mismo.

    -Toda vuestra -jadeó el jefe, algo agotado.

    Y todos se echaron encima de la criatura con una violencia poco agradable. Aun así, la hada se dejó hacer, y Jorge volvió a vislumbrar el gusto de la chica a lo que le hacían, en sus ojos.

    El primero en poseerla fue el poquita cosa, quién la cogió y la estiró en el colchón, le agarró las piernas y, abriéndoselas, entró en ella con fuerza y moviendo la pelvis con rapidez. La hada, aquella vez , sí que gimió más fuerte. Era una voz muy aguda y sobrenatural que erizaba los pelos de la nuca, a la par que ayudaba a que los hombres estuviesen excitados hasta la muerte. Ambas pelvis chocaban de manera que, los gritos de diversión y perversión de los hombres, lograban que no se escuchasen.

    El fornido y el primero se pusieron alrededor de la cabeza y la obligaban a turnarse en chuparle las pollas a ambos; ahora un lametón al primero, luego otro al fornido. El resto se masturbaban y eyaculaban cuando no podían más y, sin dejar sus pollas descansar, pronto regresaban a estar cachondos.

    El poquita cosa eyaculó y fue sustituido por el musculitos, quién tampoco fue nada amable con la vagina de la hada. Si cabe, hasta se movía más rápido que el poquita cosa, y lograba que los gorjeos de la criatura fueran en aumento. El poquita cosa ya estaba cachondo otra vez y se dedicaba a manosear la teta izquierda, tanto con las manos, como con la boca y la polla. La teta derecha era Antonio quien tenía la atención; la chupaba con fruición. Jorge eyaculó otra vez derramando el semen en el abdomen. No sabe quién fue, pero unos dedos cogieron el líquido blancuzco y lo puso en la polla del primero para que, al chuparla, la hada se lo tragara.

    El musculitos se corrió, y fue el primero en entrar por la vagina, dejando su sitio a Jorge ofreciendo su polla a la boca de la criatura. Está chupó ambas pollas, la de Jorge y la del fornido a la vez, metiéndose ambas en la boca. El primero tardó nada y menos en eyacular y salió cansado de la chica, tal vez porque era el más mayor de todos. Jorge pensaba que, aquel hombre, podría tener bien unos setenta años. Entonces fue Antonio el que introdujo su miembro en la vagina. Cómo ya descubrió antes Jorge, a Antonio le gustaba el sexo salvaje y, con cada embestida, movía la cama. Eyaculó y otro lo sustituyó, quién duró como un segundo.

    Jorge aprovechó y no dudo en meterse de nuevo en la criatura. Ésta no cesaba sus gritos antinaturales con cada hombre que se la follaba. Mientras Jorge volvía a sentir aquel placer indescriptible, observó como el jefe regresó al ataque sustituyendo a uno de sus súbditos en cuanto a la mamada; tenía su polla dentro de la boca de la hada. Cuando Jorge eyaculó dejando el grumo dentro, otro lo sustituyó y, descansando un poco, vio como todos sepultaban el cuerpo de la muchacha. Entonces fue cuando oyó una voz en su mente. ¿Aquello era posible, si quiera? Una voz hermosa que demandaba más placer. ¿Era la hada quién le hablaba?

    -¿Me estás hablando? -preguntó.

    -Sí -dijo la voz hermosa.

    -¿Solo a mí?

    -Sí -repitió.

    -¿Por qué?

    Pero no obtuvo respuesta. Solo sabía que la muchacha alada pedía más y más placer, en ese momento, con el jefe encima suyo haciéndola gritar del placer.

    -No te preocupes por mí -dijo la voz-. Este es mi destino: ser esclava de los hombres.

    Y Jorge quitó de en medio a su jefe, quién ya se había corrido por segunda vez, para echarse encima de la hada.

    -¡Gracias! -entonó la voz en la mente de Jorge- ¡Gracias!

    Y Jorge sonrió sabiendo que solo él estaba enterado de lo que quería la criatura.

    Sin tener control del tiempo, uno tras otro de todos los hombres que estaban allí, se turnaron una y otra vez en penetrar a la hada, no solo por la boca y la vagina, también por el ano en alguna ocasión, siendo Antonio quien repitió por ese agujero más veces de las que se puede contar con una sola mano. Cuando todo terminó y se marcharon, el sol ya se había puesto.

    Jorge observó el reloj en el salpicadero, en el coche de su amigo, y se sorprendió tras ver que habían estado follando más de cuatro horas seguidas sin parar.

    -¿Qué? ¿Repetirás?

    Y Jorge, sabiendo lo que sabía gracias a la propia hada, respondió con una perversa sonrisa:

    -¡Ya te digo!

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  • Taller en la facultad de Filosofía

    Taller en la facultad de Filosofía

    Me vi la obligación de sacarme la bronca que tengo, siendo que me pelee con mi novio por algo injusto que me acusa. Entonces opte por contarles a ustedes. Una de mis tantas anécdotas sexuales. Esta vez fue en la facultad de Filosofía, entiendo que muchos se preguntarán si soy profesora, pero no, solo daba talleres de asistencialismo social, una actividad que realizaba cuando tenía 25 o 26 años y estaba muy involucrada a salvar el mundo.

    Tenía un amigo que estaba en centro de estudiante de la facultad y por medio de él pude tener un lugar chiquito en el subsuelo de la facultad en donde todas las semanas daba asistencialismo social, no tenía mucha concurrencia, pero siempre dos o tres personas se acercaban a participar.

    Desde hace una par de semanas se sumaron al taller cinco jóvenes que se los veía muy involucrados con la causa y eso me ponía contenta y, sobre todo, útil para lo que tenía pensado en ese momento, por medio de estos muchachos el taller se iba acrecentando semana a semana, de tener dos o tres a pasar a tener de diez a veinte personas, el corazón salía de mi cuerpo cada vez que llegaba y una horda de jóvenes me esperaban en la puerta del pequeño lugar para dar mi taller.

    Fue tal el éxito que me tuvieron que dar un aula vieja en el subsuelo para que pueda dar mi taller, y así y todo la cantidad de personas era creciente semana a semana.

    Los cinco muchachos, Juan, Darío, Esteban, Javier y Maxi se transformaron en mis ayudantes para poder dar el taller con mayor control y prolijidad.

    Un día llegando al taller abro la puerta del aula y ese día había pocas personas, no más de diez jóvenes, mas mis cinco ayudantes, entendí que era un día muy lluvioso y que muchos estaban rindiendo finales.

    Yo: -¡¡¡Parece que vamos a ser pocos, hoy!!!- exclamé con un tono descontracturado y amistoso.

    Darío: -la lluvia le saca las ganas a cualquiera, yo vine porque es un placer ayudarte y verdaderamente la paso re bien en cada taller- saca el termo y el mate.

    Ya acomodado todo sobre el escritorio mío y listo para dar comienzo al taller, la alarma de incendio suena poniéndonos en shock a todos los presentes.

    Yo: -Uy!! ¿Y ahora dónde vamos? – pregunto asustada y sin saber que hacer.

    Esteban: -Seguime a mí, yo me estudié casi de memoria el protocolo de lucha contra incendio, sígame por acá- empieza a caminar hacia un pasillo de había en el subsuelo.

    Me parecía raro que ese pasillo no se dirigiera a la calle, pero por ahí él sabia una salida alternativa que no yo lo hubiera tenido en cuenta.

    Habrá la puerta de una aula llena de mesas y sillas apiladas, las ventanas estaban tapadas con afiches y papel de maderas, un olor a madera húmeda y muchos papeles tirados en el suelo.

    Yo: – estás seguro de que es por acá, esto es un aula y no creo que nos lleve a la calle- le digo a Esteban dubitativa.

    Esteban: – es que justamente, esta aula está aislada de la parte principal del edificio, si pasara algo arriba, este es un lugar inalcanzable, el fuego o un derrumbe no llegaría a esta aula, cuando pase todo podremos salir sano y salvo, créeme- me lo dice muy convencido.

    Miro mi celular y noto que no tengo señal, ya había pasado 20 minutos desde que quise empezar el taller, estaba en esa aula semi oscura y llena de polvo por todos lados.

    Yo: – Dios! No hay señal para avisar a mi novio que pasó, ¡Qué mal! – refunfuñé

    Maxi: – No te calientes serán unos minutos y ya nos vamos de esta mugrosa aula, como que me está agarrando asma, jajaja- le pone humor a la situación y todos nos reímos.

    Yo estaba como siempre, con unos jeans apretaditos al cuerpo y una remera blanca larga hasta la cola entallada, unos zapatitos de 5 cm de tacos, un rodete en el pelo y un poco de base para no estar a cara lavada.

    Javier: – hace cuanto que salís con tu novio? – se fija en el celular si tiene señal.

    Yo: – Uy! ¿vamos con esas preguntas? Me parece que voy a hacer que me rescate un bombero, jajaja- me puse nerviosa porque nunca hablamos de esos temas.

    Javier: – jajaja, no va a hacer falta, si no quieres contestarla está todo bien, es tu intimidad y a lo mejor la invadí con la pregunta. – sigue buscando algo en su celular.

    Yo: – no, nada que ver, con Emi salgo del último año del secundario, siempre nos gustamos, pero el último año decidimos formalizar asi no nos soparíamos- me transpira las manos.

    Juan: – ¿y es celoso? Porque si yo tuviera una novia como vos, no dejaría ni que se resguarde con un alumno en el aula de la facultad- se ríe sabiendo lo que dijo.

    Yo: – sí, es celoso y si, sería capaz de hacerme una escena si le cuento que estuve con Uds. En un aula semi oscura apartada en el subsuelo de la facultad, pero ya hemos pasados por otras escenas y ya estoy acostumbrada, yo no soy muy santa y a veces le doy motivos, jajaja – me relajé mucho y hasta me parece que conté de más.

    Sin darme cuenta veo que Esteban estaba filmando el aula y justo el momento en el que decía que haría Emi si loe contaba donde estaba y con quienes estaban.

    Esteban: – ¡Uf! Mirá el material que pesque, la confesión de la encargada de taller del taller… si cae en manos equivocada esto puede causar la tercera guerra mundial- se mira con los otros cuatros.

    Yo: – bueno creo que ya todo terminó, podríamos volver, ¿no? – digo preocupada y con nervios.

    Darío: – ¿Terminar? Era un simulacro, de incendio, ya nos lo habían comunicado el rector la semana pasada cuando vos faltaste al taller, este simulacro dura 2 horas con charla informativa y todo- se sienta en una mesa y saca su celular.

    Maxi: – en este momento no hay nadie en el edificio, estamos solos, solos, solo y haremos justicia por todos los días que venias en calza levantando ese culo hermoso que tenés, o los días que venias con la minifalda de jean que nos provocabas a todos levantártela y enlecharte el culo, o cuando venias con los trajecitos que nos hacías imaginarte chupándonos las pija y mirarnos a la cara mientras estabas arrodillada, uf! Qué puta provocadora que sos Celeste- se empezó a frotar sus entre piernas.

    Yo: – si vengo vestida así es porque me gusta y soy así, yo no tengo la culpa de tener un cuerpo apetecible para los hombres, no por eso me voy a vestir como una monja, si les caliento es su problema no el mío- el enojo hizo que los enfrente sin miedo.

    Esteban: – y si tu novio se hace del video… ¿También va a ser nuestro problema?

    Aporta el comentario sentado en una silla desde las sombras del aula y viendo el video que había filmado.

    Lentamente se levanta y me muestra el video acercándose.

    Esteban: – vos sos amiga de Gerardo el del centro de estudiante, pero tengo entendido que él es más amigo de “EMI” que tuyo, ¿me equivoco? Y si le paso este video a Gerardo, ¿cuánto tiempo tardará en sacarte el taller de la facultad y de destrozar tu noviazgo? A menos que este video nunca salga a la luz, que se borre que pase como que nunca se filmó, pero… ¿Cuánto vale que eso suceda? ¿Qué tanto está dispuesta a pagar una persona semejante operación? Creo que ninguna, ¿verdad cele? – guarda su celular en el bolsillo trasero

    Yo: – Si es plata lo que quieren, no tengo un centavo, solo lo que puedo hacer dando clases de inglés particular, no entiendo por que me hacen esto- las piernas me tiemblan.

    Esteban: – no queremos dinero, solo equilibrar la balanza universal, hay tipos que tienen mujeres muy bonitas y las tratan mal y hombres solteros que a esas mujeres le darían todo lo que se merecen, pero así no sucede. Con que digas que sí, solamente eso, decir que si a todo lo que tenemos en mente para hacerte… el video se borra, de lo contrario sale a la luz, de hecho, no creo que te sea difícil elegir, vos misma dijiste que no sos muy santita que digamos. ¿Empezamos? – se frota el pantalón para que se asome un gran bulto.

    No tenia alternativa, si ese video salía a la luz, mi taller se cerraría y mi novio me dejaría, era la ruina total y en verdad en el fondo… Darío y Maxi estaba para un permitido.

    Javier se acercó y me comió la boca sin que yo le diera el ok, pero tampoco lo iba a sacar ya me había entregado a ellos, me tenían en sus manos y solo podía salir ilesa dejando que me tomen de su juguete sexual.

    Me manoseaba las tetas y poco a poco me fue llevando al escritorio, los demás se reían y sacaban fotos.

    “si, así, sabíamos que eras una putita de oficio”

    “seguro que desde el primer día esperaba que la enlechemos”

    “uf! Como me pone la pija esta puta”

    Era alguna de las aclamaciones que escuchaba mientras Javier me comía la boca y me manoseaba las tetas.

    Javier: – arrodíllate que quiero que me comas la pija como ninguna, te quiero enlechar la garganta trolita social, mira que dura y jugosa tengo la pija para que te la comas- saca su pija y si, era grande.

    Me arrodillé la tomé con las dos manos, la masturbé para ponerla mas dura mientras lo miraba a los ojos desde abajo y la metí en mi boca muy suavemente hasta la garganta.

    Al ver esto los demás, de una forma inmediata sacaron sus pijas para masturbárselas y se fueron acercando para que vaya intercalando una pija con otra en mis boca, las pijas eran medianas y grandes, pero a ellos le importaban que pase por mi boca y los mirara a los ojos…

    Juan: – Bueno!, ¡¡¡apurate que el simulacro en una hora se termina y quiero enlecharte la concha más de una vez!!!- me agarra del brazo y me levanta dándome vuelta y haciendo que me apoye con los codos en el escritorio.

    Juan: – levantame el culo, putita, si vos sabes de esto, no te hagas la desentendida, si tenes mas años de puta que de noviazgo- me desabrocha el jean y me lo baja hasta los muslos, me corre la tanguita blanca a un costado y escupe sus dedos para pasármelo por mi conchita casi húmeda.

    Sin preámbulo previo siento como su pija se hace paso por mi conchita hasta sentir su pelvis en mis nalgas.

    Yo: -¡ah! ¡Despacio please! – la primera estocada me hizo ver las estrellas

    Juan: – jajaja capas que te dolió, esta concha esta apretada pero no significa que no tenga uso, ah! ¡Que rico se siente… como te voy a enlechar! ¡No tenes una idea! – y me la mete una y otra y otra vez con un ritmo bestial.

    Los otros filmaban y se reían diciéndome cosas sucias.

    “¡Nooo! Me encanta esas nalgas, quiero entrar yo también”

    “Que puta terminaste siento”

    “me hubiera gustado que traigas esa minifalda, me calienta más”

    Los sacudones de Juan hacia que mi boca sacara pequeños quejiditos y eso a ellos les encantaban. Sentía como el escritorio se iba corriendo hacia la pared, pero él no dejaba de bombearme la concha con su pija caliente y dura.

    Se acerca Darío y me dice:

    -ese quejidito me va a hacer acabar en cualquier momento, mejor haceme ese quejidito en mi pija así te acabo rápido- apoyó su pija en mi cara y yo se la chupé como una verdadera trola. ¡Dios! Tenia a dos flacos cogiéndome en simultaneo, siempre lo fantaseé, pero nunca pensé que se iba a dar de esta manera tan extorsiva.

    De un momento a otro siento que se hincha la pija de Javier, entiendo que está próximo a acabar y así era… sin pregunta que es lo que yo hubiera preferido, acabó dentro de mi conchita depositando los borbotones de leche tibian en mi vagina.

    Javier: – ah! Qué bueno que estuvo, estas para estar toda la tarde y toda la noche cogiéndote sin parar, ¡ese culo como invita a ser enlechado! – y saca muy lentamente su pija de mi concha.

    Esteban: – ahora vamos a saber que tan lindo es ese culito- se posiciona detrás mío me abre las nalga y desparrama un poco me mis fluidos vaginales por mi ano.

    Yo: – ¡el culo no! Acabame todo lo que quieras en mi concha, te trago la leche, pero el culo no, lo conservo virgen para Emi – se lo imploro, pero parece que eso lo motivó más.

    Esteban: – creo que se tardó mucho Emi, yo te lo hubiera hecho el segundo día que hubiéremos empezado a salir, ahora este culito es mío y lo voy a enlechar como todos los aquí presentes, ¿no muchachos? – todos dijeron que sí, eso me dio la pauta que no terminaría en breve.

    Y así fue, Esteban después de estar quince minutos bombeándome el culo, a principio con mucho dolor que creía que se me caía el mundo encima después con más placer, me enlechó el culo, para después sacarme el pantalón por completo y ver como Darío se acostaba en el escritorio para hacerme subir encima de el y que me coja la concha mientras atrás mío estaba juan haciéndome el culito y maxi me dejaba su leche en mi garganta.

    Se turnaron como quisieron y hasta Esteban y Maxi me metieron su pija de manera simultanea en mi concha, mientras Darío saco de mi bolso un desodorante impulse y lo usaba como dildo para metérmelo por el culo. Cuatro flacos haciendo de mí, su depósito de leche y morbo. Luego Juan y Javier hicieron lo mismo pero con mi colita, metieron su pija en simultaneo y me obligaron a meterme el impulse por mi concha mientras me destrozaban el orto.

    En el fondo me sentí una víctima de una extorción injusta, pero había otro perfil que le encantaba la adrenalina que causaba el sentirme tan manoseada sin derecho a decidir, solo decir que sí a sus bajos instintos.

    Se quedaron sin leche todos y me dejaron vestirme mientras Esteban me mostraba como borraba el video. Salimos de ahí y la facultad estaba funcionando normalmente, ese día no hubo taller, por dos meses no fui y suspendí todo, el último mes hice el taller y estaban ellos… ese día se habían ido todos y se quedaron Esteban y Javier.

    Me arrinconaron y me mostraron las foto y videos de cuando los cinco hicieron de mi lo que quisieron, ya sabía cuál era el precio… fuimos otra vez al aula del fondo y entre Esteban y Javier hicieron lo que quisieron de mi para borrar todo el material, ese día se ajusticiaron bien, porque había ido con la minifalda de jean, una remerita apretadita, unos zapatos de 5 cm de tacos y el pelo recogido en una sola cola. Ese día como era tarde cuando terminó el taller, nos quedamos toda la noche, ya que era un lugar abandonado y nadie iba por ahí, esos dos crápulas se pudieron sacar bien las ganas y hasta llevaron un consolador para llenarme todos mis agujeros en simultaneo.

    Ese fue el último día de taller en la facultad de filosofía, después me dediqué a otras cosas en donde por h o por b siempre terminaba en algún evento sexual. Y me encanta que eso suceda.

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  • Diario de una terapeuta: La fantasía de un cornudo

    Diario de una terapeuta: La fantasía de un cornudo

    Carlos, un hombre de mediana edad, siempre había sido un consumidor habitual de pornografía. Su rutina diaria incluía momentos en los que, en la privacidad de su hogar, se sumergía en el mundo digital en busca de excitación. Un día, mientras navegaba por su celular, se topó con una categoría que nunca antes había explorado: “cornudos” Intrigado y con una mezcla de curiosidad y excitación, decidió darle un vistazo.

    Al principio, sintió una emoción extraña, una mezcla de vergüenza y morbo que le resultaba nueva. Las imágenes y videos que veía mostraban a hombres siendo humillados sexualmente por sus parejas, quien disfrutaban de la compañía de otros hombres. Carlos, a pesar de la incomodidad inicial, se encontró cada vez más atraído por estas escenas. La idea de ser menospreciado y humillado por su esposa mientras ella se deleitaba con otro hombre le provocaba una excitación inusual.

    A medida que su adicción crecía, Carlos notó que su vida diaria comenzaba a verse afectada. Sus pensamientos estaban constantemente ocupados por estas fantasías, y a menudo se encontraba distraído en el trabajo o en casa, imaginando escenas de humillación y placer. Su esposa notó el cambio en su comportamiento, pero no entendía del todo la razón detrás de su distancia y su aparente falta de interés en ella.

    Finalmente, Carlos decidió que necesitaba hablar con alguien sobre su obsesión. La idea de visitar a un terapeuta le parecía embarazosa, pero sabía que no podía seguir así. Con el corazón acelerado, buscó en su teléfono el número de una psicóloga especializada en adicciones y sexo, y tomó la decisión de programar una cita. Sabía que este sería el primer paso hacia entender y posiblemente superar su adicción al porno de cornudos.

    Carlos, con el corazón latiendo fuerte en su pecho, entró en la consulta de la terapeuta. La habitación era cálida y acogedora, con muebles de madera oscura y un sofá cómodo que invitaba a la confidencia. La terapeuta, una mujer de mediana edad con una expresión amable y comprensiva, lo recibió con una sonrisa.

    “Buenas tardes, Carlos”, dijo la terapeuta, extendiéndole la mano. “Soy la doctora Ana Martínez. Por favor, siéntate y ponte cómodo.”

    Carlos asintió, tomando asiento en el sofá. Respiró hondo, tratando de calmar sus nervios. “Gracias, doctora. Es un placer conocerla.”

    La terapeuta se sentó frente a él, con una libreta y un bolígrafo en la mano. “Entonces, Carlos, dime, ¿qué te trae hoy por aquí?”

    Carlos vaciló por un momento, sintiendo cómo la vergüenza y la ansiedad luchaban en su interior. Finalmente, con una voz apenas audible, comenzó: “Soy adicto al porno. Empecé a ver videos de una categoría llamada ‘cornudos’ y, desde entonces, no he podido dejar de pensar en ello. Me excita imaginar a mi esposa con otro hombre, viéndola disfrutar y humillarme. Es una sensación extraña, pero no puedo sacármela de la cabeza.”

    La terapeuta escuchó atentamente, sin interrumpir, permitiendo que Carlos se desahogara. Cuando terminó, ella asintió con una expresión comprensiva. “Carlos, lo que me has contado es perfectamente normal. Las fantasías y deseos sexuales son parte de la experiencia humana, y no hay nada de lo que avergonzarse. Lo importante es entender de dónde vienen y cómo pueden afectar tu vida y tus relaciones.”

    Carlos sintió un alivio inmediato, como si un peso hubiera sido levantado de sus hombros. “Entonces, ¿no estoy loco?” preguntó, con una mezcla de esperanza y alivio en su voz.

    La terapeuta sonrió suavemente. “No, en absoluto. Lo que sientes es una respuesta natural a estímulos sexuales. Lo que necesitamos explorar es cómo estas fantasías se han convertido en una obsesión y cómo podemos ayudarte a manejarlas de una manera saludable.”

    “¿Y cómo podemos hacerlo?” preguntó Carlos, ansioso por encontrar una solución.

    Carlos se recostó en el cómodo sofá de la consulta, cerrando los ojos como la terapeuta le había indicado. Respiró profundamente, tratando de calmar la tormenta de pensamientos que se agitaba en su mente. La terapeuta, con una voz suave y reconfortante, le preguntó: “Carlos, ahora que estás relajado, dime, ¿qué es lo primero que te viene a la mente?”

    Carlos cerró los ojos, siguiendo las instrucciones de la terapeuta. Respiró profundamente, permitiendo que la imagen en su mente se volviera más clara y vívida.

    “Veo a mi esposa”, comenzó, su voz teñida de una mezcla de excitación y vergüenza. “Estamos en casa, y de repente, la puerta del dormitorio se abre. Entra un joven, un atleta, alto y musculoso, con una presencia dominante. Su cuerpo es perfecto, cada músculo definido. Y su verga… es grande, realmente grande. Más grande de lo que jamás había imaginado.”

    La terapeuta asintió, animándolo a continuar. “Describe el joven. Mira su verga y describelo.”

    Carlos tragó saliva, su voz temblando ligeramente. “El joven tiene un aire de confianza, una seguridad en sí mismo que es casi intimidante. Su verga es gruesa, larga, y está semierecta, balanceándose ligeramente con cada movimiento. La cabeza es ancha.”

    “Y tu esposa”, preguntó la terapeuta, “¿cómo reacciona?”

    Carlos respiró hondo. “Mi esposa lo mira con una cara de deseo que nunca había visto antes. ,Su respiración se acelera, y se muerde el labio inferior, humedeciéndolo con la lengua en un gesto de deseo contenido, sus pupilas dilatadas reflejan el anhelo que siente. y sus ojos brillan con una lujuria que me deja sin aliento. Nunca la había visto así de excitada. Es… es abrumador.”

    “Y eso te excita”, afirmó la terapeuta. “Te excita ver a tu esposa excitada viendo a otro hombre, que digo la verga de otro hombre.”

    “Sí”, admitió Carlos. “Me excita muchísimo.”

    Carlos cerró los ojos con más fuerza, sumergiéndose más profundamente en su fantasía. “Mi esposa camina hacia él, moviendo sus caderas de una manera que nunca había visto. Es como si fuera una perra en celo, y él la mira con una mezcla de lujuria y diversión. Llega hasta donde está el joven. Ella se arrodilla, y comienza a lamerlo lentamente, mirándome con una sonrisa burlona mientras lo hace

    “dice, perdón amor es que me deje llevar de esta verga, solo quería saber si es real nunca había visto algo así de grande, me dice amor me dejas probar, mientras ella ya lo esta lamiendo lentamente preguntándome me das permiso, por favor amor solo quiero chuparlo, quiero probar.

    Sus labios, húmedos y entreabiertos, se acercan con una lentitud tortuosa, sus ojos fijos en los del joven, ardiendo de lujuria. Con un gemido profundo, cierra sus labios alrededor de él, chupando con una ferocidad que refleja su deseo insaciable, sin romper el contacto visual.

    “Describe”, le instó la terapeuta. “¿Te gusta? ¿Qué sientes?”

    Carlos se retorció en su asiento. “Mi esposa está chupando esa verga con una intensidad que nunca había visto. Sus labios se deslizan sobre su longitud, y puedo ver cómo su cabeza sube y baja, tomando más y más de él en su boca. Sus mejillas se hunden, y sé que lo está chupando con fuerza. Es… es increíblemente erótico.”

    Terapeuta: “Carlos, ¿te gusta la idea de que tu esposa te humille así?”

    Carlos: “Sí, me excita.

    Terapeuta: “¿Y te gustaría que ella te hablara así? ¿Con ese tono burlón y dominante?”

    Carlos: “Sí, me encantaría. Quiero que me diga cuánto le gusta la verga de otro hombre, cómo la hace sentir mejor que yo.”

    Terapeuta: “Muy bien, Carlos. Ahora, imagina que tu esposa te está hablando en este momento. ¿Qué te dice?”

    Esposa: (Con la verga del joven en su boca, mirando a Carlos con una mezcla de lujuria y desafío) “Mmm, amor, está tan rico.”

    Esposa: (Sacando la verga de su boca, con chorros de saliva en sus labios) “Mira, amor, cómo me llena este hombre. Su verga es mucho más grande que la tuya.

    Carlos: (Sintiendo una mezcla de vergüenza y excitación)

    Esposa: (Volviendo a chupar la verga del joven, ahogándose ligeramente con su tamaño) “Mmm, está tan rico, amor. yo eh comido muchas vergas, pero como está así de grande así de delicioso nunca. (Sacando la verga de su boca) Te amo amor, si supieras lo rico que es chupar está verga, amor perdoname pero esta verga está rica no puedo parar, me tiene tan deseosa y necesitada,.

    Esposa: ¿No te excita verme así?”

    Carlos: (Asintiendo, con una voz apenas audible) “Sí, amor. Me excita verte así, me gusta ver a mi esposa chupando una verga ajena, me gusta verte amor como te conviertes en una puta para otro hombre.

    Esposa: (Con una sonrisa burlona) “Carlos, ven aquí. ven mi amor, acércate y mira de cerca cómo lo chupo, ven sin pena.

    Carlos: (Acercándose, con una mezcla de excitación y vergüenza) “Sí, amor. Haré lo que quieras.”

    Terapeuta Carlos describe tu posición y que vez y sientes.

    Carlos me acerco pero muy cerca, que puedo escuchar el sonido de la saliva de mi esposa como suenan, el sonido cuando ella lo saca de la boca ese eco es tan excitante, lo veo de cerca se agacha lentamente. Sus ojos se abren de asombro al ver la verga del joven de cerca. La verga es grande, palpitante, y húmeda con la saliva de su esposa. La punta brilla con un líquido pre-seminal, y las venas se marcan claramente a lo largo del tronco.)

    Esposa: (Besando a Carlos, pasando su lengua por sus labios) “Mmm, prueba mi boca. Sabe a él, a su verga. (Con una risa burlona) ¿Te gusta el sabor de otro hombre en mi boca?”

    Carlos: (Asintiendo, sintiendo una mezcla de emociones) “Sí, amor. Me gusta.”

    Terapeuta: (Con una voz suave pero firme) “Carlos, ¿te gustó eso? ¿Qué sentiste al ver a tu esposa chupando la verga del joven y luego besarte?”

    Carlos: (Respirando hondo) “Sentí una mezcla de excitación y humillación. Verla disfrutar así, y luego besarme con su boca llena de saliva… es intenso. Pero me excita.”

    Terapeuta: “Es normal, Carlos. Lo que sientes es una respuesta natural a estímulos sexuales. No hay nada de lo que avergonzarse. Es normal sentir deseo y excitación en estas situaciones.

    Terapeuta: como te estás sintiendo

    Carlos me siento un poco mejor, sentí que se quitó un peso encima.

    Terapeuta: la idea es salir de esta sesión liviano, no te sientas culpable, suelta ese deseo, expresate. ¿Que es lo más deseas?

    Carlos: ver mi esposa como se la comen*

    Terapeuta: cierra los ojos, respira y visualiza.

    Carlos se encontraba en la habitación, observando cómo el joven se acercaba a su esposa, quien estaba en cuatro, mirándolo con una mezcla de lujuria y anticipación.

    Carlos, con el corazón latiendo fuertemente, observaba cada movimiento, cada expresión de su esposa. La escena ante él era una mezcla de erotismo y humillación, y él se encontraba en el ojo del huracán de sus propias emociones contradictorias.

    “Dios mío”, pensó, su mente corriendo a mil por hora. “Verla así, tan deseosa y excitada, es… es abrumador.”

    Mientras el joven continuaba moviéndose dentro de su esposa, Carlos sintió una oleada de excitación mezclada con una profunda sensación de pérdida. La humillación de ver a su esposa así, tan deseosa de otro hombre, se mezclaba con una especie de perversa satisfacción.

    Joven con una voz dominante y segura, le ordenó a Carlos: “Ponte debajo, quiero que veas y aprendas cómo se penetra.”

    Carlos, excitado y sumiso, se colocó debajo, mirando hacia arriba, con una clara vista de lo que estaba a punto de suceder. El joven se posicionó detrás de la esposa, sus manos recorriendo su cuerpo con deseo. Ella, al ver a Carlos en esa posición, se excitó aún más, su respiración acelerándose con anticipación.

    “Te gusta ver de cerca, ¿verdad?” preguntó el joven, con una sonrisa traviesa. “Te gusta esta verga, ¿cierto? Te gusta ver cómo voy a culearme a tu esposa.

    Carlos asintió, incapaz de apartar la mirada, su excitación palpable.

    El joven comenzó a penetrar a su hermosa esposa, sus embestidas firmes y rítmicas, llenándola por completo.

    Ella gimió de placer, su cuerpo respondiendo a cada movimiento. “Dile que la amas mientras la estoy culeando tan rico”, ordenó el joven a Carlos.

    Carlos, con voz temblorosa, dijo: “Te amo, amor.”

    El joven, sin dejar de moverse, preguntó: “Pregúntale, ¿prefieres a tu esposo o a esta verga?

    Ella, entre gemidos de placer, respondió: “Lo siento, amor, pero esta verga es tan rica. Jamás en mi vida me han hecho sentir así.” Su voz estaba llena de éxtasis y rendición.

    Mientras el joven penetraba a su esposa, comenzó a hablar con una voz llena de desprecio:

    “Tu esposo no te come así, ¿cierto? Mira cómo te follo, ordeno a Carlos que se sentará frente a su esposa.

    Dile a tu esposo que eres una puta, una mujer infiel, que le has puesto los cuernos con otro hombres… dile… dile.

    Ella, excitada por las palabras del joven, gimió más fuerte, su cuerpo respondiendo con más intensidad.

    El joven continuó: “No eres hombre suficiente para ella.”

    Carlos, humillado pero excitado, asintió, incapaz de responder.

    Ella, con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción, dijo: “Sí, sí, así, más duro. Me encanta, me encanta.”

    El joven, complaciendo sus deseos, aumentó la intensidad de sus embestidas, llevándola al límite del éxtasis.

    “Eres un perdedor, Carlos. Ni siquiera puedes satisfacer a tu propia esposa”, dijo el joven, su voz llena de desprecio.

    “Mira cómo la hago gritar. Eres un cornudo, y te encanta, ¿verdad?”

    “Siii, asiii, asiii”, gritó, su voz llena de deseo y desesperación. “No pares, por favor, no pares.

    La terapeuta, con una voz suave pero firme, le preguntó: “Carlos, ¿cómo te sientes al ver a tu esposa así, tan excitada y satisfecha con otro hombre?”

    Carlos, con una voz temblorosa, respondió: “Me siento… abrumado. Es puro placer. Verla así, tan viva y deseosa,

    Terapeuta muy bien Carlos te estás entregando a tu placer sin culpa, sigue Carlos imagina tu esposa que te gustaría decirte en un momento tan intenso.

    Esposa: “Amor, dime qué te gusta verme con otro”, suplicó, su voz llena de deseo y necesidad. “Dime lo rico que es.”

    Carlos respondió: “Me gusta verte así, me gusta ver a mi esposa a mi mujer que la están comiendo ,verte tan excitada y deseosa. Me excita ver cómo te llena, cómo te hace sentir completa, me gusta como el joven te está culeando Es rico, muy rico.”

    Ella asintió, sus ojos brillando de éxtasis. “Sí, me encanta. Me hace sentir completa, he comido tantas vergas ,pero esta, miro a su esposo ,tienes q probar y comerte esta verga así me entenderás. cada parte de mí esta siendo satisfecha.”

    “Siii, asiii, asiii”, gritó, su voz llena de deseo y desesperación. “No pares, por favor, no pares. Comete a esta mujer casada, soy una mujer infiel, te eh puesto los cuernos tanta veces, y me gusta ponerte los, Soy una puta barata, soy una puta regalada.

    Sus ojos se ponen en blanco, las mejillas se tornan de un rojo profundo, y su boca se abre en un grito mudo, formando una “O” perfecta, con la lengua asomando ligeramente, en una mezcla de éxtasis y lujuria desenfrenada.

    El cuerpo de la esposa se convulsó con oleadas de placer, y con un último grito liberador, alcanzó el clímax. Su expresión era de puro éxtasis, y un chorro de líquido salió de su interior, empapando las sábanas y al joven. Su rostro se contorsionó en una mezcla de alivio y satisfacción, y finalmente, se dejó caer sobre la cama, jadeando y sonriendo.

    “Ha sido… ha sido increíble”, susurró, su voz temblando de emoción. “Gracias, mi amor. Gracias por dejarme vivir esto.”

    El joven, con una sonrisa satisfecha, se retiró y se acostó a su lado. La esposa de Carlos, aun jadeando, se giró hacia Carlos y le tomó la mano.

    La terapeuta, con una sonrisa cálida y comprensiva, felicita a Carlos: “Carlos, has dado un gran paso hoy. Estoy muy orgullosa de ti.

    Todos tenemos deseos y fantasías únicas. Lo importante es que sean consensuadas y que ambos se sientan cómodos y excitados con la experiencia. Te sugiero, como le he dicho a otros pacientes, que consideres la idea de un trío con tu esposa. Mira la reacción de ella y, si ves que le gusta, poco a poco puedes introducir elementos de la fantasía del cornudo

    Carlos asiente, agradecido, y se levanta para irse. Justo antes de salir, se gira y le da una última mirada a la terapeuta.

    Carlos sale de la habitación, dejando a la terapeuta sumida en sus propios pensamientos, con una sonrisa secreta “Tu esposa dirá que sí de una, créeme, lo digo por experiencia”, murmura para sí misma, con una mezcla de deseo y anticipación, recordando sus propias aventuras y sabiendo que el placer compartido puede ser incluso más intenso.

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  • Mi vecino del fin de semana (5)

    Mi vecino del fin de semana (5)

    Mientras descansamos desnudos en una amplia reposera al costado de la pileta y yo no dejo de acariciarlo viendo los videos que había grabado con su celular, me dice que se lo enviará a su mujer, Nina.

    -Me gusta mucho Nina, le digo.

    -¿Te la querés coger?

    -Sí, está fuertísima. Le di un beso de lengua cuando se fue en el auto con mi mujer, me sincero.

    -Es muy puta, me dice el Justi.

    Jadea, nos miramos a los ojos.

    -Yo me quiero coger a tu mujer, me susurra con voz ronca.

    Nos besamos con furia.

    -Me gustaría verlos cogiendo, quiero verlos, le digo de frente.

    Lo pajeo, está bien al palo. Pienso en chuparle la pija otra vez, resoplo.

    -¡Cómo me gusta tu poronga!

    Se suponía que Nina ya estaba con mi Luli en el bar gay. Al toque, le llega un video de ambas, franeleando entre dos bombones bailando en el bar. Ambos de físico ligeramente marcado, remeras de colores claros ceñidas al torso, bermudas ajustadas que les marcaban los traseros y sus respectivos bultos. Uno rubio ceniza, de mirada intensa, con anteojos, pelo cortado a la moda, casi al ras a los lados y revuelto y abundante en la parte de arriba, y el otro de cabello castaño claro, lacio, raya al medio, que le caía sobre su rostro muy atractivo, ojos claros ambos y con la piel tostada con un tono muy sensual.

    Nuestras mujeres se menean bailando con atrevimiento entre los dos y manoseándose entre los cuatro. Los chicos al palo y ellas mostrando sus encantos, que son muy deseables. Se dicen cosas al oído, ambas asienten, Luli le baja el top a Nina para ofrecerle sus pechos al rubio Many (supimos su nombre después) y Nina desabrocha la blusa de Luli para hacer lo mismo con el carilindo Hermán.

    Los varones las besan muy atrevidamente mientras se apoderan de sus preciosas nalgas. Ellas responden con entusiasmo erótico, tomándolos de la cabeza y metiéndoles la lengua bien adentro de la boca. Los chicos les susurran al oído, ellas asienten, murmuran entre sí y con ellos, se voltean, poniéndose ambas cara a cara sin dejar de moverse y apoyando sus traseros en los respectivos bultos, comienzan un lascivo morreo de lengua y labios entre ellas que dura un rato largo. Intercambian posiciones, mi mujer atrapa al rubio y Nina le come la boca a Hermán. Se vuelven otra vez, susurran a los oídos de sus machitos y, teniendo a nuestras mujeres aferradas de los pechos, los dos chicos se besan entre sí, apasionadamente, con ellas en el medio.

    Vemos el video y nos calentamos nuevamente. Sin sacar los ojos de la pantalla del móvil, en ningún momento dejo de acariciar el cuerpo de mi vecino, besar su cuello, orejas, pezones erectos, en la boca, a la que le como a cada rato, mientras le sobo la pija, otra vez parada increíblemente, y los huevos tan pequeños y delicados, recubiertos de una pelusa suave, como si fuesen un par de damascos.

    Jadeando, le pido que pause el video para chuparle la pija de nuevo que lamo, beso y succiono con fruición, mientras él eleva su pelvis y lleva mi cabeza hacia abajo sin presionar mucho pero obligándome a tragármela toda, hasta el pubis. Simplemente no puedo dejar de hacerlo, me gusta mucho chuparle la pija, saborearla, sentirla toda dentro de mi boca, en un creciente sube y baja a fondo.

    Comienza a grabarme con el celular, me gusta, se lo demuestro, arrodillándome a un lado para comerle la pija mirando al móvil y relamiéndome con ganas. Lamo, chupo y saboreo su glande rosado y delicioso, el tronco largo y sabroso y los huevos que semejan un par de kiwis mellizos unidos por el escroto que llena mi boca durante varios minutos, en un crescendo que lo pone muy caliente al Justi, haciendo que levante su pelvis para hacerme tragar toda su poronga. No me hago rogar y la mantengo entera en mi boca un rato largo, jugueteando con mi lengua en el tronco, mientras me pajeo.

    Su pija está a punto de caramelo, me alzo para sentarme sobre ella, en cuclillas, de frente a él. La voy guiando con mi mano para acomodarla a mi ano insaciable y entra toda al primer intento. Lo cabalgo varios minutos mientras me sigue grabando y me retuerzo de gozo. Me inclino sobre su pecho para morrearlo y chuponearlo a gusto hasta que vuelvo a incorporarme para hamacarme sobre su pelvis con la pija dentro de mí.

    El Justi comienza a bombearme acompasando su ritmo a mis meneos y voy apretando y aflojando el esfínter anal para retener y recibir su poronga lo más que puedo mientras me pajeo con una mano y me sostengo sobre su torso con la otra, un largo rato, hasta que lo siento tensarse, abre bien los ojos y eyacula otra vez en mi interior.

    Acabo al toque pajeándome sobre su abdomen jadeando y mirando al celular y a los ojos. Un par de minutos quedo así, resoplando, con las piernas temblorosas por mi posición en cuclillas hasta que puedo inclinarme sobre su pecho para refregarme en mi propia y escasa leche, susurrándole al oído: ¡Hermoso polvo! tras lo cual nos besamos profundamente suspirando y resoplando, todo para el video que no dejó de grabar.

    Debemos seguir viendo el video del bar gay que habían grabado nuestras mujeres.

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  • Evocaciones

    Evocaciones

    Lo que les voy a platicar me sucedió hace un tiempo.

    Había salido de viaje de trabajo una semana. Cuando hice mi registro en el hotel, dejé mis cosas y me fui a trabajar. Ese día regresé a buena hora y entonces inició “mi fiesta particular”.

    Llevaba suficiente ropita para una semana, no faltaban conjuntos de brassier y pantaleta, pantiblusa con la parte superior de encaje, liguero y medias, corsee, una blusa transparente color negro, una blusa con los hombros descubiertos, falda entallada y corta, falda tipo lápiz, pantalones de mezclilla pegaditos, zapatillas y los accesorios y maquillaje correspondientes.

    El hotel era de esos grandotes, tradicionales de las capitales de los estados, con habitaciones en dos niveles, terraza con mesa, amplísimos jardines, alberca como de 25 m, antro, etc.

    Ya había terminado mi arreglo y estaba harta de la habitación (más bien quería exhibirme) así que salí a la terraza que estaba a nivel de calle, separada de la misma sólo por vegetación. Me puse a revisar mi correo y mis redes, así que tenía todo lo que podía pedir (no es cierto, estaba sola).

    Como en la etapa de montarme, siempre llega cierta cosquillita de deseo. Cuando me senté a la mesa de la terraza a revisar mi celular, me sentía media cachonda así que como no queriendo, me subí la falda hasta que se notara el liguero. Estaba yo feliz, me miraba con pasión las piernas y eventualmente me tocaba la entrepierna fingiendo acomodar el liguero.

    Estuve ahí como una hora leyendo y fantaseando.

    De pronto escucho ruidos de hierba que se mueve acercándose hacia la terraza donde yo estaba. De repente me desconcentró el ruido. Súbitamente aparece de repente un huésped del hotel que paseaba por los jardines y calles interiores, sin aparente preocupación o finalidad específica. De inmediato me vio y bueno, que les puedo decir, yo estaba casi de piernas abiertas. Me sentí tremendamente sexy y deseosa, pero fingiendo “decencia” reaccioné cerrando las piernitas y clausurándole al tipo la sensual visión de mi entrepierna con liguero y pantaleta negra. Era obvio que vio lo que estaba yo enseñando, pierna, liguero y lo de en medio enfundado en pantaleta.

    Fue haciendo lento su caminar y cuando ya iba a más de la mitad de la terraza, me envió un beso. Me levanté y me acerqué a él diciéndole hola guapo ¿perdido? Me sonrió y me dijo si ¿por aquí se llega al centro? Yo le dije, tienes que buscar bien el camino, pero si, por aquí se llega. Yo solté la carcajada porque se lo dije haciendo poses insinuantes y el centro al que me refería, pues era el mío. Se quedó de una pieza y no supo ni que decir.

    Yo con calma me metí a la habitación casi al mismo tiempo que él llegaba al otro extremo de la terraza, donde se detuvo a mirarme. Traté de mostrar decoro, pero, con la idea fija de ligar, de inmediato me metí a la habitación y corrí las cortinas. Me encerré como una mozuela asustada. Se imaginan, una madura tratando de parecer una mujer inocente y sorprendida en su intimidad.

    Entonces que se acerca a la puerta y toca, yo me asomé por una rendija de la cortina y le guiñé el ojo. Abrí la puerta y me dijo hola guapa ¿te puedo acompañar?

    Era evidente que él “quería” y yo ni tarda ni perezosa le dije pasa guapo, aquí estaremos más a gusto.

    Mi mente empezó a volar y aunque él no era un adonis, bueno que se le hace, había que aprovecha el momento y, si iba a estar una semana en el hotel, había que “hacer amigos” desde ya.

    Me dijo de nuevo: Hola, buenas tardes, disculpa, te vi al pasar y me impresionaste gratamente y si estás de acuerdo quisiera que platicáramos, a lo que le respondí, claro ¿quieres pasar?

    Ya adentro me dijo lo guapa que estaba y yo le coqueteé. Me paré cerca de él y le sonreí para romper el hielo y después lo tomé de la mano.

    Lo invité a sentarnos en el único sillón (yo sobre él, o ¿no?) y, así de facilota, lo empecé a excitar para que iniciáramos una candente sesión de sexo. Entonces él inició tocándome, tocándome rico, acariciándome con ternura y a la vez con pasión. Acariciándome los senos, hasta que me prendió, que no faltaba mucho y que me besó con urgencia. Me metió la lengua y jugueteó con la mía, hurgando cada rincón de mi boca, tal como después quisiera que hurgara mi ojito.

    Me levantó y dijo vamos a poner música y empezamos a bailar, juntitos, bien pegaditos. Yo sentía como le iba creciendo el pene, y yo me tallaba rico en ella. Él se me pegaba tanto que lo sentía fundido en mi cuerpecito. Me besó, me besó con tanta pasión que me hacía volar en mil sueños, todos eróticos. Me acariciaba los senos con urgencia y me hacía sentir mujer. Entonces llegó a mi pubis y aunque había ocultado muy bien “aquello”, se me quedó viendo y dijo bueno, ya estamos en esto y, además, luces tremendamente femenina, así que no importa, además, también me gusta coger chicas como tú.

    Ante esa confesión, me entregué, le mostré toda mi apertura y me dejé seducir. Poco a poco me fue llevando a la cama y me dio un tremendo faje, poco a poco me fue desnudando, le costó trabajo cuando llegó a la pantiblusa, pero la desabrochó con maestría y dejó libre mi pantaleta. Me bajó la falda y me quitó la blusa, quedando yo en ropita interior, bien mona y coqueta. No dejaba de besarme, me metía la lengua con urgencia y yo le correspondía con alegría de sentirme deseada y toda una mujer. Entonces me recostó y me empezó a mamar la vagina, que rico sentía su lengua, me clavaba sus labios en la pantaleta y me hacía volar.

    A un instante puso un dedo en mi ano, sentí la locura, me iba a preparar para penetrarme lo cual hizo con rapidez, era obvio que tenía buena experiencia ya que lo hizo con gran facilidad (o a mi me urgía). Lo fui desvistiendo con delicadeza y lo dejé en calzoncillos, que eran bikini, que visión tan sexy, con un falo de gran tamaño y palpitante. Me fue dirigiendo hacia su miembro y yo, como que no entendía, pero rápido que lo pesqué con mis labios, primero su cabeza, grande y brillosa, luego lo lamí, lo lamí todo desde la base y se la mamé rico, lento primero y muy rápido después, hasta casi hacerlo venirse. ¿Me separó y me dijo, te gustaría un 69?

    Y rauda me coloqué en posición y empezamos a mamarnos con pasión. Estaba tan rico su falo que me lo comía todo, lo succionaba con ardiente pasión, así como él lo hacía conmigo. A punto de venirnos, me levantó y me colocó en la cama con ternura y me dijo levanta las piernas y colocó su herramienta en mi entradita. De ensueño, sentí como me iba penetrando poco a poco hasta tenerla toda bien metida y yo le dije métemela toda, la deseo con urgencia, iniciando un embate brioso y dulce a la vez.

    Que rico coges le dije, démela toda, todita, que no quede nada fuera, para eso está mi ojito, cógeme. Así estuvo como 15 minutos y en un momento me dijo, ya no aguanto te voy a bañar de leche y le respondí, anda papi hazme tuya, hazme mujer, cógeme como a tu putita como a tu putito, cógeme, como me consideres, pero cógeme.

    Así lo hizo y se vino, se vino en oleadas inmensas de semen, de leche sabrosa, de manjar propio de una gran puta. Se seguía moviendo con furia, me penetraba con fuerza y con pasión, hasta que dijo ya, es todo, por el momento. Ante esa promesa solo cerré los ojitos y pensé, esto va a estar de ensueño.

    Nos levantamos de la cama y fuimos directo al baño, nos metimos a la tina, me metió con la ropita que traía y sentí una gran delicia. Me siguió besando y me hizo que se la mamara de nuevo, que hermoso.

    En eso estábamos cuando me dijo vamos al antro, te invito, quiero lucirte, quiero que vean la hembra que traigo. Eso me halagó y nos vestimos raudos.

    Ya en el antro, que me tomó de la cintura y me pegó su virilidad en mi vientre para que yo sintiera su excitación y me diera unos ricos tallones para sentirlo todo. Me besó en medio de todo mundo y me presumió ante todos, esta es mi mujer. Me puso las manos en mis nalgas, las sobó rico hasta el éxtasis metiendo su lengua en mis oídos para hacerme sentir aquello.

    Y después de un buen rato fajando en la pista de baile me susurrara al oído, vamos a la cama Marijó, con lo cual partiríamos raudos a la habitación, siempre haciéndome sentir muy femenina.

    Llegando a la habitación, me besó intensamente hasta saciar nuestras ganas de sexo. De nuevo me desnudó rico, cadenciosamente y con gran lujuria y me hizo bajarme a su enorme pene el cual estaba a mil para darme placer. La succioné con emoción y la calentura de toda una chica fácil. Entonces me tiró al piso y me dio de nuevo tremenda cogida, rica, salvaje, con ansias, con gran pasión hasta que me dejó seca.

    Quedamos en vernos todas las tardes que estuviéramos y saciar nuestras necesidades de sexo tan rápido como nos viéramos. Y, así lo hicimos toda la semana.

    Les contaré lo sucedido después, me encantó ser poseída toda la semana por ese macho tierno y cogelón.

    ¿Y por qué las evocaciones?

    Bueno lo que pasa es que me recuerdo que de adolescente me paso en varias ocasiones en que estaba solita en casa y vestidita, oía el llamado a la puerta y como eran conocidos y sabían que estaba yo, salía en ropa deportiva para ocultar la ropa y daba cualquier pretexto para echarlos lo antes posible. En ese tiempo ni por equivocación quería que me vieran.

    ¿Qué opinan?

    Les mando besos.

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  • Conociendo a Ger (1): Cine

    Conociendo a Ger (1): Cine

    -¿Vos decís que no nos verá nadie?

    -Tranquilo, siempre está vacío este cine, vamos a tener la sala para nosotros seguro.

    Ger dijo esto con bastante seguridad, me hizo pensar que no era la primera vez que hacía algo como esto, pero no me importo demasiado.

    Sea como sea, ya estábamos ahí, caminando despacio a la sala 3, entradas en mano, charlando bajito sobre cualquier cosa para ocultar el nerviosismo, al menos en mi caso. Si bien siempre tuve curiosidad, la suficiente para leer algunos relatos eróticos o mirar algún que otro video, nunca había tenido contacto sexual con otro chico.

    Pero bueno, me estoy adelantando. Antes de narrar lo que ocurrió debería presentarme (y a Ger) brevemente.

    En ese entonces era un joven en mis tempranos 20s, de estatura media, morocho de pelo relativamente largo, algo gordito pero no demasiado. Estaba dando mis primeros pasos en la vida adulta, con mis primeros trabajos y responsabilidades, cursando en la universidad, e intentando conocer gente nueva para conseguir nuevas amistades, o algo más si era posible.

    Ger estaba en sus tardíos 20s, casi 30, aunque aparentaba menos. Era más alto, 1.80 creo, pelo recortado, piel muy blanca y bastante gordito. Creo que eso fue lo que más me gustó de él, siempre sentí mucha atracción por los gorditos (y por las gorditas). Nos conocimos en una de las muchas apps de citas que hay por ahí, y apenas hicimos match, luego de los primeros mensajes, estaba claro que nos gustamos y nos caímos bien. Pasamos de la app de citas a WhatsApp, de los mensajes a los mensajes picantes, de los mensajes picantes a las fotos explícitas, y de las fotos decidimos pasar a conocernos, tener una cita y ver que pasaba.

    La idea del cine fue suya, incluso se molestó en elegir la película, pagar las entradas y los pochoclos. Cuando nos encontramos todo se dio con naturalidad, como si no fuese la primera vez que nos veíamos en persona. Nos encontramos cerca del shopping donde se encontraba el cine, caminamos unas pocas cuadras charlando con confianza, y llegamos a destino.

    Me era muy difícil no sentirme excitado y ansioso, primero por sus claras intenciones de que ocurra algo interesante en la sala, y segundo porque no podía mirarlo sin recordar las muchas fotos de Ger que había en mi teléfono, su torso desnudo con su panza hermosa, su culo blanco, gordito, y su pija dura por la calentura.

    Finalmente entramos a la sala 3, la que nos recibió casi completamente vacía, salvo por una o dos personas en las primeras filas. La sala solo estaba iluminada por la gran pantalla en la que se veían algunos trailers, la película aún no empezaba. Nos sentamos alejados tanto de las pocas personas presentes, como de la puerta de entrada. Buscábamos privacidad y escondite. Ger se sentó con el pasillo a su izquierda y conmigo a su derecha. Acomodamos las pocas cosas que llevamos en el asiento vacío a mi lado, que seguro nadie reclamaría.

    El clima estaba caluroso ese día, por lo que ambos íbamos vestidos ligero, no más que una remera y una bermuda de Jean en mi caso, una musculosa y un short deportivo en el caso de Ger.

    Comienza la película.

    Era una de estas películas de superhéroes qué estaban de moda hace unos años, entretenida, incluso buena, pero se me hacía difícil prestar atención.

    Ger pegó su hombro al mío y me tomó de la mano, fuerte, con intención. Apretaba y acariciaba mis dedos con los suyos, podía escucharlo respirar hondo mientras lo hacía. Me miró por un momento e inclinó su cara hacia la mía. Nos besamos, primero con timidez y luego con indisimulada calentura. Yo mordía sus labios de a ratos, él chupaba mi lengua mientras acariciaba mi pierna. Quería que me tocara, pero más ganas tenía de tocarlo. Me decidí, puse mi mano sobre su entrepierna y me dejé llevar. Su pene estaba tan duro y gordo; no fue difícil agarrarlo por fuera de su short. Comencé a masturbarlo lento, apretando y acariciando.

    Enseguida sentí su mano, pero me sorprendió descubrir lo pronto que desabrocho mi bermuda, bajó el cierre de la bragueta y metió su mano por debajo de mi ropa interior. Seguimos besándonos mucho, yo lo masturbaba lentamente, aún por sobre el short; el amasaba con dureza mi pija y mis huevos, me volvía loco. Metí mi mano dentro de su ropa, lo escuché gemir muy despacio. Su pene no era mucho más grande que el mío, pero si más gordo, y tan caliente que temí qué estuviera por acabar.

    Me sorprendí a mi mismo imaginando como se sentiría tenerlo en la boca, lo deseaba, y eso me puso al límite.

    -¿Te gusta? – Me preguntó, con la voz alterada por la calentura. Era obvio que si, pero no dije nada, solo lo besé y aumente la velocidad y la fuerza de mi mano. Me moría de ganas de hacerlo acabar, pero no era conveniente.

    Estábamos en el cine, había que volver a casa y ninguno de los dos quería hacerlo con una mancha en el pantalón.

    Termina la película.

    Nos acomodamos la ropa, recogimos nuestras cosas y salimos despacio, riendo. Hablamos un poco de la película, pero no de lo ocurrido, haciéndonos los tontos por la razón que fuere. Ger me acompañó hacia mi parada y me despidió. No podía sacar de mi cabeza lo que había pasado, pero más aún no podía ignorar lo mucho que lo había disfrutado, lo mucho que quería repetirlo, y lo mucho que deseaba tener la oportunidad de dejarme llevar mucho más.

    No era el único que se sentía así; a las pocas horas, me llega un mensaje de Ger:

    -Me quede con las ganas de hacerte un rico pete, será la próxima.

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  • En la cama de mi mejor amiga

    En la cama de mi mejor amiga

    ¡Hola! El día de hoy les voy a contar lo que pasó un día jueves 24 de noviembre del 2022, han de preguntarse que por qué escribo de cosas que pasaron hace años, es algo fácil, para que sepan que tan puta me he vuelto con el paso de los años y contextualizar todo lo que escribo, me gusta ser detallista en mis relatos y sobre todo que ustedes sientan que son los que están ahí.

    Fidel, el esposo de mi amiga con el que ya había tenido relaciones un mes antes, cuando según iba yo a un masaje (lean las anteriores anécdotas o relatos en mi perfil) me mandó mensaje, me dijo que ella se iría a jugar a Toluca a los juegos del sindicato, que iba a estar libre todo el día, que si no quería estar con él, me gustaba tanto que sinceramente no lo pensé y le dije que me encantaría, pero que no quería serle infiel a mi marido y que aparte lo que había pasado la única vez que me había cogido fue un desliz, que no estaba bien.

    Sin embargo, insistió tanto y me hice del rogar muchísimo pero al final acepté, le dije que le iba a pedir permiso a mi director, me recordó las 2 reglas que siempre me ha dicho: borrar los mensajes y discreción, ambos sabíamos los riesgos de estar juntos, además de que su esposa y mi esposo eran super amigos, pero eso era lo que más excitante lo hacía, el cogernos uno al otro sin que nuestras parejas sospecharan por la cercanía que teníamos.

    Pedí mi permiso para ese día jueves, y le avisé que ya me lo habían dado, nos pusimos de acuerdo y le pregunté que dónde nos veríamos, me contestó que dónde yo quisiera, pero que él quería hacerme el amor en su casa, en la cama de su mujer, mi amiga, o en mi casa, dónde mi esposo me coge. Le dije que me parecía bien en su casa, sobre todo discreto ya que para entrar a su casa hay que pasar un camino o brecha solitaria, y nadie entra por ese camino más que su familia.

    Cómo ustedes también recordarán, yo me cambié ya de escuela, esa escuela donde mi director me cogía y dónde le hicimos su despedida (lean las anécdotas anteriores) y bueno, ahora viajo diariamente con mi esposo.

    Le dije que no iría a la escuela ya que tenía cita en el ISSSTE a las 9 am, saque efectivamente mi cita para enseñarle la hora y el día, obviamente hacerlo creíble ya que no iba asistir al doctor, así que me quedaría, le di mi permiso económico para que se lo entregará a nuestro director y se fue a la escuela, cuando vi que salió de la casa y se fue en el carro, entre al cuarto, me puse una tanga negra, mi pantalón de mezclilla, una blusa escotada, tacones y metí a mis inseparables amigos (mis dildos y plug) a la bolsa junto con un liguero, unas medias, un bralett y un baby doll completo, cuando mi esposo avisó que ya había llegado a la escuela, salí de mi casa y le hable a Fidel.

    Me dijo que ya estaba abierto el portón, que metiera la camioneta y entrara como si nada. Al llegar seguí las instrucciones, entre al sendero que solamente ellos ocupan para llegar, entre y salió él a cerrar el portón.

    Baje de la camioneta rápidamente mientras él cerraba y entre a su casa, lo espere en la sala, cuando regresó, estaba yo sentada en el sillón, me levanto y sin decir nada me besó.

    Me dijo que como estaba, le dije que bien, que estás oportunidades no se daban todo el tiempo, me contestó que estaba más nervioso que la primera vez, le dije que no se preocupara que era normal, que yo también estaba así, hasta temblando y sin decir alguna otra cosa, ambos nos acercamos el uno al otro y nos fundimos en un beso apasionado y caliente.

    Comenzó a manosearme toda con desesperación mientras nos besábamos, me apretaba las nalgas y las tetas, me besaba el cuello, los oídos y eso me prendió aún más. Entramos a su cuarto, ese cuarto donde hace el amor con mi amiga, su esposa, le dije que se pusiera cómodo que entraría al baño, saqué de mi bolsa mi liguero, mi bralett y mis medias, colocándome todo.

    Cuando salí, ya había sacado él del cajón del buró varios juguetes sexuales y no eran míos si no de mi amiga, su esposa, así mismo el perfume que ella usa, me pidió que me lo pusiera, así que esparcí su perfume por todo mi cuerpo, mientras yo veía que él ya se había quitado todo.

    Subí a la cama y comencé a besarle primero el pecho, luego sus labios, baje hasta la parte baja del estómago y regresaba hasta sus labios, me dijo que si se la iba a chupar, le dije que si el quería si, me dijo que se la chupara como se la mamo a mi esposo, su amigo con el que juega fútbol cada fin de semana, así que fui bajando poco a poco hasta quitar la cobija y tomar su pene entre mis manos, me recogí el cabello, y comencé a darle unos pequeños besos en los testículos, seguí pasando mi lengua por el tronco, lo tome con mi mano derecha, y lo metí en mi boca, comencé a mamar mientras él me tomaba con ambas manos la cabeza y me empujaba hacia su verga.

    Chupaba y chupaba, mientras él gemía y pedía más, así que yo como toda una puta le daba más, le pregunté que quien lo hacía mejor, si yo o ella, me dijo que ella no lo hacía, y que cuando lo hacía lo hacía con asco hacia él y su pene, le contesté que como era eso posible si estaba delicioso, me dijo que ella era muy cerrada en ese aspecto, y que casi no se dejaba coger por el ano.

    Deje de mamar y subí en él, comencé a jugar con su pene sin condón en la entrada de mi vagina, le dije que ya la quería sentir, me dijo que la metiera, me tomaba de la cintura para que me diera un sentón en su verga sin embargo solamente pasaba la cabecita por la entrada a mi vagina.

    Me pedía que lo metiera, sin embargo yo excitada le decía que no, que se tenía que cuidar, me dijo lo mismo que la primera vez, que si a poco no éramos amigos de confianza, yo comencé a reír, le dije que podía quedar embarazada y lo bese con mucha pasión, me beso de igual manera y mientras lo besaba tome su pene en mi mano derecha, hice mi tanga al lado y lo metí todo de una sola vez.

    Besándonos con mi pecho pegado a su pecho, comencé a moverme poco a poco, sentía como ese pene a pelo taladraba mi vagina, aguante más y me levanté puse mis manos en su pecho y comencé a darme los sentones que a él ya le habían gustado la primera vez. Recordó que si me apretaba los pechos me prendía muchísimo más, saco mis nenas del bralett y apretó mis tetas, mis pezones y me daba nalgadas mientras yo solamente gemía y disfrutaba de los sentones en su verga.

    Mientras estaba en esa posición me dijo que si era cierto eso de las bromas que hacíamos mi esposo y yo sobre el sexo anal, y si era cierto que mi esposo chupaba su dedo pulgar antes de meterlo en el ano para dilatarme, le dije que sí que el sexo anal era algo que hemos disfrutado muchísimo los 2, qué él me había enseñado todo lo que sabía. Me dijo que mi amiga solamente decía que esa parte era de salida y no de entrada.

    Le dije que si quería intentarlo, me dijo que sí, no sin antes besarnos con mucha pasión. Así que baje de él, me puse de perrita y le dije que tenía que ser muy cuidadoso y sobre todo lubricar muy bien. Puse saliva en mis dedos me puse su verga atrás, y le dije que si algún día había visto un video porno que recordara como se hacía.

    En cuatro y recargando mi pecho ya sin el bra en el colchón, con la colita bien parada, quito mi tanga y mi liguero, me dejó las medias. Puso mucha saliva en mi ano y metió poco a poco su dedo, comencé a sentir lo rico que es, siguió metiendo tu dedo pulgar hasta que le dije que usara uno de los juguetes de su esposa, mi amiga. Tomo uno de sus vibradores lo metió en mi ano, mientras yo disfrutaba él lo metía y sacaba, gemía y me dijo que si lo estaba haciendo bien, le dije que si.

    Le pedí que parara y que era tiempo de meter el suyo, sin decir otra cosa tomo su verga y la metió atrás, yo gemía de placer y él también, comenzó a embestirme, primero fue cuidadoso y después fue un verdadero hombre, me cogía sin piedad, me decía que se sentía muy apretado y caliente, yo seguí pidiendo más y más, sentía como realmente su esposa o sea mi amiga casi no le había permitido meterlo por atrás.

    Sentía como le gustaba, al oírlo gemir, al sentir con que ganas la metía por ahí, le pedí que se acostara, me dijo que si no me estaba gustando, le dije que si, pero que quería moverme y meterlo yo.

    Lo acosté en la cama y le di la espalda, le pedí que lo tomara y que yo me iba a ir sentando en él, así que dándole las nalgas, me fui sentando poco a poco en su pene, mi ano iba abriendo camino nuevamente para recibirlo, sin embargo fue muy rápido.

    Comencé a moverme y a coger por atrás, me daba nalgadas y me fui haciendo hacia atrás hasta tener mis piernas adelanté, mis manos en su pecho y seguí moviéndome, le pedí que me apretara las tetas, y siendo así él también empezó a moverse, ambos nos movíamos y era rico sentir como mi ano se abría para él, era tanta su excitación por haberlo metido atrás que no duro mucho tiempo cuándo sentí su pene se iba haciendo más y más duro, me dijo que si podía dejar su leche atrás, le dije que donde él quisiera, que en ese momento yo era de él, me tomo de la cintura y así apoyada en su pecho con mis brazos, comenzó a moverse más y más rápido.

    Sin decir nada más echó su leche en mi colita, me fui haciendo hacia adelante para sacarlo y me recosté en la cama.

    Me pidió una disculpa pero me dijo que casi no lo había metido en otro lado con su esposa, me volvió a repetir que según él yo era la “primera” mujer con la que tenía relaciones después de su esposa, obviamente yo sabía que no ya que mi amiga me había comentado y contado en confianza que hace muchos años cuando apenas estaban recién casados él tuvo un amante con la que tuvo un hijo, y después como mi amiga vende zapatos por catálogo lo mandaba a cobrar a él y también lo encontró con otra mujer.

    Sin embargo él no sabía que mi amiga ya me había contado todo eso, seguimos platicando, así como me lo había dicho la primera vez, según él no había estado con nadie más, yo hacía como que le creía, yo le dije a lo mejor mi amiga lo había orillado a eso, y que ambos nos gustamos, que por eso ahora era infiel conmigo, y al igual le dije que yo también solamente era el primer hombre al que le entregaba mi cuerpo después de mi esposo, y al parecer él sí me creyó, ya que yo siempre en las reuniones de amigos me manejo con respeto hacia todos, y que además se veía que yo era una mujer y una señora en toda la extensión de la palabra, ya que lo rechacé muchas veces.

    Me dijo que yo le guste desde la primera vez que nos presentaron, que siempre pensaba en mi cuando le hacía el amor a su esposa, que era su fantasía y sobre todo por lo que hablábamos entre amigos en las pedas que nos poníamos entre los 6 (somos 3 parejas de esposo y esposa inseparables), que veía como besaba a mi esposo, cómo lo abrazaba.

    Sin embargo le dije que yo también veía como era mi amiga con él, sin embargo me dijo que si era cariñosa, pero como ya me había dicho la primera vez que tuvimos relaciones no le ayudaba en el quehacer de la casa, siempre decía que su dinero era su dinero y que él tenía que mantenerla (ambos son maestros también), que en ocasiones tardaban hasta un mes sin sexo y todo porque ella estaba estudiando la maestría y siempre estaba cansada.

    Que lo desatendida mucho. Le dije que a mí me trataban como reina, que no me quejaba en lo sexual porque casi todos los días había coito, que en los cuidados siempre ambos nos preocupaba los el uno del otro y que en el quehacer siempre ambos lo hacíamos, que los 2 hacíamos el que hacer en conjunto con nuestros hijos, él decía que sus hijos no le ayudaban, inclusive eran groseros (cosa que es cierto ya que el mayor es un higadito), así que platicamos nuestras penas, más él que yo.

    Me invitó a almorzar, nos levantamos de la cama y me dió una bata que es de mi amiga, me la puse y ambos fuimos a la cocina, me dijo que me sentará que él preparaba todo, le dije que no, que ambos teníamos que hacerlo, así que mientras él ponía el agua para el café, yo me puse a hacer unos huevos con salchicha.

    Mientras ambos hacíamos el desayuno, entro al cuarto, se puso su pijama y me dijo que iba por unos bolillos, salió y me dejó ahí sola. Aproveche para entrar al baño nuevamente y ponerme el baby doll blanco que llevaba y me lo coloqué abajo de la bata. Cuando él llegó ya estaba el desayuno servido en la barra, me senté en un banco alto y ambos comenzamos a almorzar, fue a la alacena y saco un polvo blanco que vende Omnilife, me dijo que era para la energía, el vigor y como para entrenar, lo sirvió en un vaso con agua y lo tomo antes que el café…

    Seguimos platicando de nuestras vidas como casados, me di cuenta que de verdad mi amiga es una desgraciada con él, aunque se muestre amorosa delante de todos lo trataba mal. Van a decir ustedes qué es lo hizo para poder cogerme, pero no muchas cosas que yo había visto coincidía con lo que él me decía.

    Le dije que si ya estaba listo para el segundo, me dijo que era muy golosa, que si así era con mi esposo o solo con él, le dije que sí que así era con ambos. Así que ahí sentada en el banco alto, me quité la bata y le enseñé lo que ya me había puesto.

    Abrí las piernas y le dije que era su turno, así que se arrodillo, hizo mi tanga a un lado y yo con una pierna en su hombro y otra en la barra disfrute de las chupadas de clítoris que me daba, sentía como su lengua jugaba con mi vagina, lo tomé de la cabeza y entre caricias lo empujaba para que no parara, me había quedado a medias en el primero, no me vine y estaba muy caliente y con ganas de llegar a un orgasmo. Pasaron unos minutos cuándo se levantó así abierta de piernas cómo estaba me penetró, sentía que nos caíamos de ese banco, sobre todo yo, sin embargo me tenía bien agarrada, tanto que me levantó del banco y me llevó a la sala.

    Se sentó en el sillón, ambos de frente nos besamos, abierta de piernas y el abajo de mi, comencé a moverme, mientras él se daba su atascón con mis tetas, ambos disfrutábamos del momento hasta que sentí como me estaba mojando mucho más le pedí que no parará, que lo quería sentir de nuevo, fue entonces cuando ahí en el sillón me puso en 4, me tomo de la cintura y me penetro, le pedía que no parará que estaba a punto de explotar y acto seguido lo hice, me vine y tuve mi orgasmo, mientras explotaba mi vagina, él no paró de cogerme, me tenía tomada de la cintura mientras yo mordía un cojín para que callaran mis gemidos y mis grito.

    Él aún no se venía ni daba indicios de hacerlo, así que espere un poco, salí de él y le dije que así como estaba sentado al principio se sentará, le pedí que abriera las piernas y le di nuevamente la espalda, fui metiendo nuevamente su verga a mí cavidad anal hasta que lo tuve dentro todo, comencé a moverme, me apoye en sus rodillas y me movía para que él disfrutara de mi colita, seguí moviéndome hasta que me recargue en su pecho nuevamente, sentía como sus manos agarraban mis glúteos y me la metía hasta el fondo, había veces que me recargaba en su pecho para moverme y otras me tomaba de la mesita del centro para darme unos sentones sobre su verga.

    Me dijo que fuéramos a la recamara, me levanté, saque su verga de mi ano y se levantó, me alzó como recién casados al llegar a su nuevo hogar y me arrojo sobre la cama de mi mejor amiga, su perversidad lo llevo a otro nivel, y me dijo que quería verme con ropa interior de su esposa, que quería cogerme con algo de su esposa puesto, es decir baby doll, bras y tangas de mi amiga.

    Obviamente le dije que no me quedaría, ya que yo soy más caderona y tengo mucho más tetas que ella, hicimos el intento obviamente no quedó la parte de arriba y de los baby doll pues las tetas ni siquiera entraban en la copa, así que me puse solamente sus tangas, se las fui modelando una a una, hasta que me dijo que me quedara una puesta, que era la que a él más le gustaba y si, me quedó, ya que esa se podía amarrar y desamarrar de los costados, era perfecta para mis caderas…

    Me dijo que fuera hacia la cama, pero primeramente me pasee por toda la recamara con mis tetas de fuera y la tanga de mi mejor amiga puesta, me acerque hacia él para besarlo, y provocarlo aún más, le dije que qué haría con la tanga después de haberla visto en mis caderas, me dijo que la iba a guardar, que él lavaba la ropa, me tomo del brazo y me arrojo sobre la cama, me abrió las piernas y comenzó a mamar nuevamente mi zorrita, me retorcía del placer que me estaba dando, gritaba y le pedía que no parara, que estaba a punto de venirme otra vez, sin embargo se levantó, no me hizo terminar, me dijo que le iba a rogar para que me cogiera y pudiera venirme.

    Tomo un vibrador de su esposa, lo metió en mi zorra, comenzó a meter y sacar mientras vibraba, me besaba las tetas, la boca, mientras gemía y veía como estaba excitado de estarme cogiendo con los juguetes de su esposa, con la tanga puesta comenzó a rozar con ella mis labios vaginales, los abría y comenzó a rozar mi clítoris con la tanga, me dijo que se tenía que impregnar de todos mis jugos, yo no aguanté mucho y le pedí que me cogiera que me la metiera pero me dijo que primero se la mamara nuevamente, y así fue comencé nuevamente a mamar su verga, esa que me había metido hace poco por el culo, le di unas mamadas que hasta la fecha no ha olvidado.

    Con mi mano izquierda lo masturbaba mientras mamaba su tronco y glande, me pegaba con él en la lengua y en la cara, hacía surcos en mi mejilla, estaba tan excitada que me vine, cuando sentí salieron mis jugos disparados hacia afuera, le pedí que parara que estaba muy sensible y lo hizo, le dije que si quería ver algo que le hacía a mi esposo y que a él le encantaba, me dijo que si, así que le hice una garganta profunda, me tragaba toda su verga hasta el fondo, lo tenía maravillado y excitado, tanto que me tomo de la nuca y él metía su verga hasta el fondo, mis labios tocaban sus huevos y mi boca se abría al máximo, se seguía moviendo mientras me cogía por la boca.

    Saque su verga de mí cavidad bucal y le dije que me cogiera, que quería sentir su verga, así que me dio la mano y me recargo sobre el tocador de mi amiga, y sin quitar la tanga metió su verga en mi zorra, comenzó a moverse mientras yo me recargaba con mis manos en la orilla del tocador, mis tetas se veían cómo rebotaban por el espejo y brincaban en cada embestida que me daba ese macho, mis gemidos comenzaron a llenar la recámara de mi amiga pidiéndole que no parara y que me siguiera cogiendo, él llevaba el ritmo rápido y duro, otras tantas lento y suave.

    Le pedí que me cogiera en la cama que me hiciera lo que más le gustaba a mi amiga, me dijo que a ella le gustaba montar, así que lo acosté en la cama y me subí, su verga taladraba en mi zorra mientras sus manos se llenaban con mis enormes pechos que en cada movimiento mío rebotaban, me decía yo le gustaba muchísimo desde antes, y que jamás pensó que ambos fuéramos a terminar de amantes, le pedí que no parara que me siguiera diciendo de ese tipo de cosas, que ya venía uno más mío, ambos nos comenzamos a mover de nuevo, me tomo de la cadera y apoyo sus pies en el colchón.

    Comenzó a moverse mientras mis manos se apoyaban en su pecho apretando mis pechos con los antebrazos sintiendo como me cogía y no tardó nada cuando sentí como se vino de nuevo, mi zorra se llenó de su semen, baje de él y por mis nalgas y mis piernas comenzaron a escurrir sus bendiciones, me fui al baño a limpiarme, cuando salí del baño obviamente ya no traía la ropa de mi amiga puesta, me puse solamente mi tanga y mi bralett.

    Nos sentamos en la cama los dos, me dijo que le gustaba mucho, que sabía que no estaba bien lo que hacíamos pero que como me lo había dicho en uno de los primeros mensajes “no me la iba a perdonar”.

    Ambos comenzamos a levantar el tiradero que teníamos, tendimos la cama, la dejamos como estaba, abrimos las ventanas, me vesti y le ayude a lavar los platos, a levantar la barra y cuando terminamos de hacer todo eso, le dije que me iba a retirar, que debía hacer unas cosas. Me dijo que cuando nos veríamos de nuevo, le dije que no sabía. Me pidió que no le dijera nada a su esposa, obviamente le dije que no. Salió a abrir el portón y subí a la camioneta, nos despedimos con un beso en la mejilla y me retire a mi casa.

    Espero les guste y sigo leyendo y contestando sus comentarios, ¡saludos!

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  • “Papi” me saca leche de mis ubres

    “Papi” me saca leche de mis ubres

    En esta ocasión les traigo un relato que me sucedió a los 20 años aproximadamente, en esa época estudiaba la universidad, y quise hacer algo con el tiempo lo re que tuve, ya que por medio de una conocida de mis padres me ofrecieron cuidar de un “adulto mayor”, lo comento así porque este hombre tenía aproximadamente unos 60 años, sin embargo tenía buen físico, siempre se arreglaba y aunque no era el rostro más bello, tenía algo que lo hacía licor bastante varonil y que a mí me atrajo, por lo que decidí aceptar la oferta de trabajo.

    Este hombre a quien llamaré “papi” era divorciado y vivía solo, sus hijos lo frecuentaban pero no tenían una relación más allá de verse unas dos o tres veces al mes, y llamadas cada tercer día, “papi” necesitaba ayuda puesto que por situaciones laborales habría sufrido un accidente y requirió un operación que lo limitaba de sus piernas, más que nada mi trabajo sería de compañía y apoyo en cosas que no él no pudiera realizar, pero tenía un rehabilitador que acudía en ciertos momentos del día.

    Cuando me lo presentaron acudí a esa cita con un vestido lindo, sexi más no vulgar, al verme sentí como me miraba de arriba a abajo con cierto tinte sexual, y obviamente eso me gustó.

    Durante la primera semana salía de mi casa vestida lo más normal posible, pero al llegar a su casa solía ponerme más cómoda, con el pretexto de que al realizar ciertas tareas me sentía mejor, desde luego “papi” no tenía problema alguno, al contrario podía sentir sus miradas y alguna que otra vez vi su bulto erecto, “papi” permanecía en silla de ruedas la mayor parte del tiempo, sim embargo con ayuda de sus manos podía hacer movimientos a sillones, cama y lugares que el necesitaba, pero a veces con cierta perspicacia me pedía ayuda para poder ver mis tetas o tenerlas más cerca, eso era usual cuando tenía escotes pronunciados.

    Una tarde calurosa, aproveché para quedarme en una blusa delgada, sin bra, y en un short delgado y ajustado, el cual marcaba mi redondo culo y una tanga, “papi” no dejaba de verme y me dijo:

    Papi: ¿Danita, pero que calor hace hoy verdad? Me encanta verte tan fresca, con mucho respeto te tengo que decir que tienes un cuerpo muy bonito, tu novio debe ser el más afortunado.

    Danna: Si, el día de hoy está muy caliente, espero que no te moleste verme con esta ropa, pero hay mucho trabajo por hacer. Y sobre el cumplido, gracias, la verdad no tengo novio, y por lo general nunca me dicen cosas tan lindas.

    P: Pero como puedes decir eso, eres una niña hermosa si yo tuviera tu edad no te dejaba ir, lástima que pudieras ser mi hija o hasta mi nieta.

    D: Que lindo, imagínate si yo fuera tu hija, serías mi “papi”, pero sería raro tener un “papi” tan guapo y varonil, eso no se si me gustaría. Y me acerque a él, agachándome y dejando ver mis senos.

    P: ¿De verdad me consideras guapo?

    D: Por supuesto, eres un guapo, amable y varonil. Supongo que alguna novia tendrás.

    P: No bella Danita, lo que me dices es un halago, hace muchos años que no tengo pareja, que no recibo un beso, un abrazo y menos que tengo intimidad con una mujer.

    D: Que pena, ellas se lo pierden, “papi”.

    P: Me está gustando que me digas así, ¿Danita me dejarías tocarte? La verdad llevo días mirando esas tetas y ese culito, daría lo que fuera solo por verlas y tocarte.

    Me acerque a su silla de ruedas, desabotone mi blusa lentamente y deje expuestos mis tetas, y le pregunté ¿Te gustan papi?

    P: Ay Danita, tienes unas tetas bellas, me encantan esos pezones marrones y esos pezones erectos como mi verga.

    Me acerque, tome su mano y la puse sobre mis tetas y le dije: Son tuyas papi, has lo que quieras.

    Papi comenzó a jugar con mis tetas, jalaba mis pezones, hacía rebotar mis tetas, jugaba con mis aureolas y luego las puso en su boca, cuando sentí mis tetas húmedas por su saliva comencé a gemir suave, era muy excitante su forma de chupar.

    En seguida me pidió que fuéramos a tu recámara, al llegar le ayude a desnudarse y cuando llegue a su miembro lo tome con ambas manos y lo metí a mi boca, mame su verga gorda, y luego la puse entre mis tetas, mientras la deslizaba, le daba golpecitos a su punta en mis pezones. Cuando termine, me quite el short y mi tanga, toque mi vagina y le dije:

    D: Papi me tienes mojada, prueba mi miel, porque necesito tu verga en mí.

    Tomé mis jugos y los puse en su boca, cuando se recostó le puse mi vagina en su cara, me chupaba con deseo, yo me movía suavemente y abría con mis manos mis labios, para que pudiera probarme toda, luego continúe mamando su verga. Lo monte, lo cabalgue y yo misma apretaba mis tetas, tocaba mi cuerpo y se lo ofrecía, después el no dejaba de lamer mis senos hasta sacarme gotas de leche que yo no sabía que tenía, en un momento y mientras seguía arriba de él, cabalgando apretó mis senos y un chorro de leche nos bañó.

    Papi dijo: Que rico, eres una zorrita escurriendo leche por arriba y por abajo, me encantan las tetas con leche, te voy a mamar diario para que tengas más.

    Seguí cabalgando mientras el chupaba y me exprimía mis ubres, mientras más me acercaba al orgasmo más leche salía, era mi primera vez lactando, no sabía que podía y eso me prendió, tuve un orgasmo increíble. Papi también se vino, saco su verga de mí y deposito su leche en mis nalguitas. Esas vacaciones siempre que llegaba el succionaba mis ubres, hasta sacarme lechita, en ocasiones nos masturbamos mutuamente y en otras teníamos sexo completo, a ambos nos llenó de morbo la leche de mis tetas.

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  • Mi viaje de cumpleaños

    Mi viaje de cumpleaños

    Cuando me apareció la notificación en el celular, casi ni registré el nombre. Venía caminando del trabajo, cansada, pensando en cualquier cosa menos en él. Pero ahí estaba:

    “Hola perdida.”

    Era Guido. Me quedé quieta en la vereda, sintiendo un pequeño latigazo en el pecho. Hacía años que no hablábamos. Años. Y aun así, ese saludo… tenía exactamente el mismo tono que usaba cuando yo era adolescente y él venía a visitar a mis primos. Esa mezcla entre burla suave y algo que nunca supe descifrar.

    Le respondí algo corto, casi automático. Y él tardó. Tardó lo suficiente como para hacerme sentir ridícula por haberme puesto nerviosa.

    Hasta que mandó otro mensaje:

    “¿Así que 28, che? Estás irreconocible… para bien.”

    Ahí sí sentí el golpe. No era un cumplido común. Venía con algo debajo, una intención, una picardía que no decía pero dejaba flotando.

    Y yo… yo me hice la que no pasaba nada. Una carita, un “jajaja nada que ver”. Pero por dentro ya estaba caliente. Y confundida. Y completamente fuera de eje.

    Los mensajes siguientes fueron un juego que él manejó sin apuro. Me hablaba por momentos y desaparecía por otros, como si supiera exactamente cuándo dejarme pensando. Como si supiera —maldita sea— que yo escuchaba sus audios más de una vez. Tenía la voz grave, pausada, con ese acento suyo que nunca me había dejado del todo indiferente.

    Y cuando me cargaba, cuando me decía:

    “Antes eras tranquila, eh… ahora te veo distinta”, yo sentía el estómago apretarse y me mordía el labio sin darme cuenta.

    Nunca decía demasiado. Nunca revelaba lo que estaba pensando. Pero en los silencios, en la forma en que dejaba caer una frase y se quedaba callado… había una intención que me recorría la columna.

    Y después llegó el mensaje que me cambió todo:

    “Hace años que no hablamos así… estaría bueno verte. Si tenés ganas, venite. Así celebramos tu cumpleaños.”

    Lo leí tres veces. Sentí el corazón en la garganta. No pensé. Ni un segundo. Le puse:

    “Bueno… dale.”

    Y apenas lo mandé, apoyé el celular en la mesa y me quedé mirando al vacío, preguntándome qué carajo estaba haciendo.

    El sábado emprendí viaje. El colectivo estaba casi vacío. Me senté en la ventana como si fuera una adolescente escapándose a una aventura prohibida.

    No podía parar. No podía frenar mi cabeza.

    Me tocaba el collar que me regaló mi mamá hace varios años, jugaba con mis aros, me acomodaba el pelo, y miraba mis manos como si tuvieran la respuesta a algo.

    Cada tanto me llegaba algún audio suyo.

    “¿Ya saliste?”

    La voz baja, ese tono que parecía decir más de lo que decía.

    “Viajá tranqui, negra.”

    Ahí, cuando me decía “negra”, yo sentía algo moverse adentro mío. No era un simple apodo. No con ese tono. No viniendo de él.

    Me imaginaba su sonrisa, la forma en que me había dicho que estaba irreconocible, y sin querer —o queriendo— me preguntaba cómo me iba a mirar cuando me viera llegar.

    La mezcla era insoportable: nervios, la panza revuelta, y esa sensación caliente que me subía por el pecho cada vez que recordaba su voz.

    Cuando bajé en la terminal de su ciudad, el aire me chocó en la cara como si me despertara de golpe. Le escribí cuando ya había llegado al hostal.

    Y él… desapareció. Diez minutos. Quince. Treinta. Una hora. Yo no sabía si putearlo, preocuparme o reírme de mí misma.

    Me tiré en la cama, mirando el techo, convencida de que había sido una idiota.

    —Qué boluda sos, de verdad —me dije en voz baja.

    Cada veinte segundos miraba la pantalla, como si esperara un milagro, como si necesitara que él me salvara de esa mezcla de deseo y vergüenza.

    Cuando finalmente vibró el celular, el alivio fue tan grande que casi me mareé.

    “Llegué hace un rato. 23 en el bar de siempre.

    No llegues tarde, negrita.”

    No pedí explicaciones. No se las quería pedir. Su manera de manejar el tiempo —y de manejarme a mí— ya empezaba a tener un peso que me hacía temblar.

    Me duché lento, como si cada gota de agua fuera parte de un ritual. Me puse la tanga y el corpiño blanco, la musculosa escotada, el pantalón floreado, las sandalias negras, los aros de perla, y el collar.

    Me perfumé con ese aroma floral, de verano, el que siempre me hacía sentir un poquito más segura.

    Me pinté los labios muy despacio, siguiendo la línea exacta, sin apuro. No sé cuánto tardé. Ni me importaba. Solo pensaba en él.

    En cómo iba a ser verlo de nuevo. En si me iba a mirar como lo imaginaba. En si iba a ver en mis ojos todo lo que yo venía escondiendo desde que tenía dieciséis.

    En un momento me detuve frente al espejo. Me quedé observándome y respiré hondo.

    —Listo —susurré.

    Pero no estaba lista. No del todo.

    Cuando llegué al bar, las luces bajas hacían que todo se viera más lento, más íntimo, más eléctrico.

    Y ahí estaba él, sentado. Codo apoyado, espalda contra el respaldo, ocupando espacio sin esfuerzo. Con esa chomba negra que le marcaba los brazos tatuados y con esa sombra de barba que lo hacía ver todavía más hombre de lo que recordaba.

    Lo vi antes de que él me viera. O eso creí.

    Cuando levantó la vista y nuestros ojos se encontraron, noté una chispa… como si recién ahora entendiera que yo había crecido, que no era la chica que conoció a través de mis primos.

    Caminé hacia él despacio, consciente de mis sandalias, del sonido suave de mis pasos, de su mirada siguiéndome como si me estuviera probando.

    —Hola —dije, intentando sonar casual.

    —Negrita… —su voz baja, ronca, arrastrada, me golpeó en el pecho— pensé que ya no ibas a venir.

    No dijo más, pero no hizo falta. Ya estaba todo dicho en cómo me miraba.

    Me acerqué a su lado y él me rodeó la cintura con una mano, apenas, como si fuera natural, como si siempre hubiese estado permitido.

    Sentí el roce cálido de sus dedos en mi espalda baja, firme, y el cuerpo me respondió antes de que pudiera pensarlo. Tragué saliva, jugué con un mechón de pelo para disimular, y él sonrió apenas, como si lo hubiera notado.

    Hablamos un rato. De mis primos, de la vida, de los años. Pero en realidad ninguno estaba escuchando del todo. Cada vez que él se inclinaba para decirme algo cerca del oído por el ruido del bar, sentía su respiración chocarme contra el cuello.

    Él se acercó para hablarme algo sobre no sé qué banda que sonaba de fondo, y sus labios rozaron mi aro de perla. No fue un beso. Fue un accidente… o eso parecía. Pero fue suficiente para que el corazón se me escapara del ritmo.

    El aire se volvió espeso. Yo mordí mi labio sin querer. Él lo vio. Y ahí supe que la noche ya estaba marcada.

    A lo largo de la charla él me tocaba como si fuera inevitable: la mano en el brazo, en la cintura, en la curva de la espalda. Cada gesto suyo era más firme que el anterior, más seguro, más dueño del espacio entre nosotros.

    Y yo… yo me entregaba. Sentía mis movimientos volverse más suaves, más conscientes, más atentos a su cuerpo.

    En un momento me contó algo sobre cómo había cambiado de trabajo, pero apenas podía escuchar su voz sin recordar la primera vez que lo vi.

    Tenía dieciséis. Él estaba con mis primos, con esa sonrisa de “yo hago lo que quiero”, ese cuerpo grande, esa forma de caminar. Mis primos lo cargaban, decían que era “el típico machito mujeriego con el que toda mujer se quiere acostar”.

    No estaban tan errados. Y yo, en silencio, había sido una más.

    Volví al presente cuando su mano bajó a mi cintura de nuevo. Mi respiración cambió. La de él también.

    La tensión se encendió del todo cuando él se inclinó para pedir otro trago. Me rodeó con el brazo para que los cuerpos no chocaran con la gente que pasaba, muy natural, muy suyo, y me apretó contra él. No era necesario. No era accidental. Era una declaración muda.

    Me quedé helada por fuera y caliente por dentro.

    Él bajó la mirada a mi boca, apenas un segundo. Y sin decir nada, sin avisar, se levantó del asiento, me tomó suavemente la mano y murmuró:

    —Vamos, negrita.

    No pregunté a dónde. No hizo falta. Mi cuerpo había estado esperando esa orden desde hacía años.

    El camino hasta su departamento fue un borrón de luces amarillas, calles vacías y la seguridad de su paso firme a mi lado.

    Él no hablaba mucho; solo caminaba con esa tranquilidad dominante, como si supiera exactamente lo que iba a pasar al llegar. Yo caminaba con el corazón en la garganta.

    Cuando entramos, me envolvió un aroma a madera cálida. El departamento era masculino, ordenado, silencioso. Un silencio cargado. Casi vivo.

    Apenas cerró la puerta, pasó.

    Él apoyó la mano detrás mío, sin tocarme la espalda pero encerrándome contra la pared. La otra me tomó la mandíbula con firmeza, sin brusquedad, pero con ese tipo de control que no admite duda.

    Sentí un estremecimiento recorrerme desde la base de la columna hasta el pecho. Una mezcla de vulnerabilidad y deseo puro.

    Su mirada me sostuvo ahí, clavada, respirando su aire. Entonces se inclinó y me besó. Sus labios me aplastaron firmes, y luego su lengua entró, profunda y lenta, explorando cada espacio de mi boca como si siempre hubiera sido suyo.

    Me devoró con una urgencia que me dejó sin aire y a punto de rendirme.

    —Mirá lo que sos… —murmuró despacio, con voz baja, casi un gruñido suave.

    No dijo más. Pero yo entendí todo. Mi cuerpo también.

    Me entregué rápido, sin resistencia, como si por fin soltara el hilo que había mantenido tenso durante tantos años. La tensión era tanta que dolía.

    Su mano abandonó mi mandíbula y descendió con una lentitud tortuosa hasta mis tetas. Apretó con fuerza mientras su boca seguía devorando la mía.

    Luego, su mano siguió bajando, se detuvo en la entrepierna y me frotó por encima del pantalón. Un gemido se me escapó contra sus labios. Sentí cómo me empapaba, cómo el tejido se mojaba, delatando el caos que él había provocado en mi cuerpo.

    Yo apoyé mis dedos en su pecho, sin fuerza, apenas un contacto, pero fue suficiente para que él reaccionara: me acercó un poco más, respiró hondo, y ese gesto me derritió de adentro hacia afuera.

    Su cuerpo me guiaba, su silencio hablaba. Yo me dejaba llevar. Toda. Sin reservas.

    Sin soltarme la boca, me guio hacia el dormitorio, caminando hacia atrás sin dejar de besarme, como si supiera el camino con los ojos cerrados.

    Sus manos en mi cintura me marcan el ritmo, y yo solo sigo, flotando en un torbellino de deseo. Cuando mis piernas chocan contra el colchón, caigo hacia atrás con un suave golpe.

    Él se queda de pie, mirándome desde arriba, con una intensidad que me quemaba la piel. Se arrodilla en el suelo, y con una calma que me vuelve loca, desata las hebillas de mis sandalias y las tira a un lado.

    Sus dedos se enganchan en el elástico de mi pantalón y lo baja con un solo movimiento, seguido por la tanga, que me arranca con una impaciencia que me hace temblar.

    Entonces se inclina, abre mis piernas y me devora. Su lengua es húmeda, voraz; me llena de baba, me estira los labios con sus dedos y traza círculos lentos sobre mi clítoris hasta que un gemido largo y ronco se escapa de mi garganta, sin que yo pueda controlarlo.

    Se puso de pie frente a mí, y su silencio era una orden. Me senté en el borde de la cama, a la altura exacta de su entrepierna, y mis manos temblorosas encontraron la hebilla del cinturón.

    El sonido del cuero deslizándose me heló la sangre. Le bajé el pantalón y su pene quedó libre, duro y enorme frente a mis ojos. Lo miré un instante, y luego lo tomé en mi mano.

    Incliné la cabeza y lo introduje en mi boca, despacio al principio, saboreando su piel caliente y su peso en mi lengua. Pero el deseo me ganó y mi ritmo se volvió frenético, hasta que lo sentí golpearme el fondo de la garganta.

    Él entrelazó sus dedos en mi pelo, tiró de él con fuerza y presionó la nuca para empujar más profundo, usándome para su placer, mientras yo me ahogaba en él sin querer que nunca terminara.

    Sus gemidos, la forma en que me sostuvo, cómo mis sentidos se mezclaron, cómo el mundo desapareció detrás del sonido de nuestras respiraciones es lo que más recuerdo de ese momento.

    Me recosté de nuevo en el colchón, con el cuerpo vibrando y el pecho agitado. Él se irguió sobre mí, y con una calma casi metódica, se puso un preservativo.

    Luego se posicionó entre mis piernas, apoyando su peso sobre mis brazos, y mirándome a los ojos, me penetró. El golpe fue profundo, lleno, y me abrió por completo, haciendo que el aire se me escapara en un grito ahogado.

    Comenzó a moverse con un ritmo lento y potente, mientras su boca descendía hacia mi cuello. Sentí sus dientes jugando con la tela de mi musculosa, mordiéndome el pezón a través del corpiño, húmedo y tenso.

    Cada embestida suya era más profunda, más firme, y yo me aferraba a su espalda, arqueándome para recibirlo todo, perdida en la sensación de su piel contra la mía.

    En un momento, mientras la penetración se volvía más profunda y la piel ardía, supe algo con claridad: no era un impulso. No era nostalgia. No era capricho.

    Era él. Era yo. Era todo lo que había esperado desde que era una chica mirándolo desde la distancia.

    Como si leyera mi pensamiento, se retiró de golpe, dejándome vacía y temblando. Con una fuerza bruta, me arrancó la musculosa y el corpiño, exponiendo mis tetas al aire frío de la habitación.

    Se inclinó sobre ellos y los embadurnó con su saliva, lamiéndolos con voracidad, hasta que me tomó un pezón con los dientes y lo mordió con justeza. Un grito se me escapó mientras mi mano bajaba, instintivamente, y mis dedos encontraban mi concha, frotándome sin descanso mientras él seguía devorándome las gomas.

    Necesitaba sentirlo dentro de mí otra vez, con una urgencia que me quemaba. Me di vuelta sola, me apoyé sobre las manos y las rodillas en el borde de la cama, ofreciéndole mi espalda y mis nalgas en una invitación silenciosa.

    Él entendió al instante. Se colocó detrás de mí, agarró mi cintura con firmeza y sin previo aviso, volvió a penetrarme. Esta vez fue brutal, profundo, una embestida que me hizo gritar y clavar los dedos en las sábanas.

    Su ritmo se volvió salvaje, sin piedad. Cada golpe me sacudía por completo, y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación.

    Sentí el agudo dolor de su verga contra mi concha, una vez, otra vez, marcándome como suya. Los quejidos que escapaban de mi garganta eran incontrolables, primitivos, una mezcla de padecimiento y un placer tan intenso que me sentía a punto de desmoronarme por completo bajo su cuerpo.

    Él se desplomó exhausto en el borde de la cama, con el pecho subiendo y bajando. Pero yo no había terminado. Me levanté, me paré frente a él y, de espaldas, me guíe sobre su pija todavía dura.

    Volví a sentirlo entrar, y esta vez el control era mío. Comencé a subir y bajar, despacio al principio, ajustándome a su ritmo, mientras él me miraba con los ojos vidriosos por el agotamiento y el deseo.

    Mi movimiento se volvió más rápido, más desesperado. Sentía cómo el orgasmo se aproximaba, una ola creciente que me ahogaba.

    Él se inclinó hacia adelante, sus brazos me rodearon por la espalda y sus manos se cerraron sobre mis tetas, apretándolas con fuerza mientras yo seguía cabalgándolo.

    Su respiración era un jadeo junto a mi oído, y el mundo se redujo a ese movimiento, a esa presión, hasta que el estallido me recorrió por completo en un espasmo incontrolable.

    Mi cuerpo se derrumbó sobre él, temblando sin control por el orgasmo que me había partido en dos. Estaba agotada, rendida, pero él no había terminado.

    Con un gruñido bajo, me tomó por la cintura, me sostuvo y comenzó a moverse desde abajo, ahora con una ferocidad animal. Las embestidas eran brutales, secas, sin compasión, golpeando el fondo de mi cuerpo. Ya no podía moverme, solo recibirlo.

    Con un último espasmo, me empujó de sí con una fuerza brusca. Caí hacia atrás, y mi hombro chocó violentamente contra el respaldo de una silla antes de estrellarme contra el suelo.

    El golpe me robó el aire, pero antes de poder reaccionar, él ya estaba encima de mí, sentado en mi estómago, con los ojos vidriosos y la respiración entrecortada. Tomó su miembro con la mano y se empezó a pajear con una urgencia frenética, mientras yo lo miraba desde abajo, sin poder moverme, con el hombro ardiendo y el cuerpo rendido.

    Solo faltaron unos segundos. Con un gemido gutural que salió desde lo más profundo de su pecho, se corrió. El semen caliente me salpicó el cuello, las tetas, el estómago. Quedé tirada en el piso, cubierta por él, mientras los dos jadeábamos como si nos estuviéramos muriendo.

    Cuando el silencio se calmó y la noche quedó suspendida en ese aire tibio, él apoyó la frente contra la mía, todavía respirando agitado, todavía con la mano en su verga, firme, posesiva, segura.

    —Negrita… —susurró, casi con una seriedad que me cortó el aliento— que buena que sos.

    Sentí un latido fuerte en el pecho. No había dudas. No había preguntas.

    Él me abrazó, apoyé mi cabeza en su pecho y dejé que su respiración me envolviera.

    Volví a mi casa al día siguiente con el cuerpo cansado, el hombro dolorido y una calma rara, dulce, como si todavía llevara su olor pegado a la piel.

    Mientras el colectivo avanzaba, me descubrí sonriendo sola, repasando los besos con los que me desarmó, la forma en que me lamió, la intensidad con la que me la metía.

    Recordaba sus manos recorriéndome como si por fin reclamaran algo que había quedado en pausa por años. Y yo… yo entregándome sin resistencia, por fin viviendo todo lo que había imaginado desde que tenía dieciséis.

    Cuando entré a mi casa y cerré la puerta, me apoyé un segundo contra la pared. Respiré hondo. Me toqué el aro, el collar. Había sido exactamente lo que soñé. Y más. Mucho más. Y mientras me acostaba en mi cama, supe que no iba a ser la última vez.

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