Autor: admin

  • Kristen y yo

    Kristen y yo

    Hace mucho que había terminado con mi novia, aunque el cariño era mutuo, estando ella en un país lejano y yo aquí, tratando de terminar de la mejor manera posible mi licenciatura, hacían que nuestra relación fuera difícil, por no decir imposible de sostener. Aunque aún había atisbos de tristeza en mi corazón, en el fondo sabía que había sido lo mejor, para ambos.

    Esa era una de tantas noches frente a la computadora; yo había estado tratando de que la tesis quedara lo más estilizada posible, corrigiendo errores ortográficos aquí y allá, y tratando de implementar las correcciones que muy amablemente mis sinodales habían realizado sobre mi trabajo. Llevaba muchas horas haciéndolo, y cuando por fin terminé, solo pude ver que eran ya la una de la madrugada, -Es muy tarde, pensé, -Y mañana debo comenzar a estudiar para la parte oral de mi examen de ingreso a maestría. En esos momentos, uno de esos en los cuales el deseo brota incontrolablemente desde el inconsciente, recordé a Kristen Stewart, aquella chica de Crepúsculo que yo había adorado años atrás. En aquellos días era más joven, inmaduro e inexperto. Y a pesar de mi negativa, la curiosidad fue mayor y comencé a buscar imágenes de ella por la red.

    Curiosamente una de mis búsquedas arrojó algo bastante curioso, por no decir sumamente sexy; una increíble imagen topless de Kristen, con unas hermosas bragas negras. Parecía estar en un closet, tratando de cambiarse de ropa. “Imágenes relacionadas”, cómo no podía buscar más imágenes como esta, si era como una fantasía hecha realidad, poder ver el precioso cuerpo de Kristen. De repente apareció un gif, una de esas imagencitas que duran muy poquito, pero tienen muchísimo que decir; en ella Kristen daba una vuelta frente al espejo, dejando caer sobre su brazo una extraña prenda cuyo nombre desconocía completamente, pero dejaba ver un hermoso y sexy trasero, con unos pliegues que hacían que la deseara aún más y, por la manera en cómo sus bragas se perdían en la línea entre sus nalgas, pude sentir cómo mi bóxer no podía contener más mi pulsante miembro erecto entre mis piernas.

    Apagué la computadora y me dispuse a ir a la cama, pero la imagen de Kristen, y de su hermoso y alucinante trasero, seguían grabadas en mi mente. –Supongo que no me iré a dormir hasta… hasta hacerte el amor mi preciosa Kristen. Y ahí estaba ella junto a mí, sonriendo, solo con un bra negro, muy transparente, y las sexys y delicadas bragas con las que me había hecho despertar mis más profundos deseos carnales.

    Me levanté y acaricié suavemente su rostro, pasando mis dedos por su cabello, ella solo sonreía, entonces nuestros labios se hicieron uno, mientras mis manos recorrían su nuca y su espalda. Sin despegar nuestras bocas, ella me pegó más a mí, tratando de que su entrepierna tocara mi pene erecto tras el bóxer, mis manos no tardaron en encontrar su trasero, y lo estrujé una y otra vez mientras ella se pegaba a mí aún más, para que el líquido preseminal, que ya mojaba mi bóxer hasta la superficie, dejara su rastro también en las delicadas bragas que cubrían su entrepierna. Ella me encantaba, era tan sexy, tan linda… saber que había estado con chicas, que a ella le gustaban también las chicas, lo hacía aún más alucinante y hermoso. Mis manos encontraron desabrocharon su bra, y pude ver al desnudo esos hermoso, pequeños y delicados pechos que tanto me encantaban; -¿qué puede haber en ti, que no desee yo?, ¿qué puedes tener que no me excite al máximo?, susurré suavemente en su oído, tras lo cual ella mordisqueó mi cuello y puso sus manos en mi trasero.

    Comencé a bajar mis labios suavemente por su cuello, sus hombros, hasta llegar a sus pechos, pasé suavemente mis manos sobre sus pezones, utilizando la yema de mis dedos para sentir lo duros y erectos que se encontraban. Con mi boca comencé a besárselos, al tiempo que sentía como si mi pene fuera a explotar bajo mi bóxer;-Dios cómo me gustas!!, le dije, mientras seguía besando y succionando de su pezón izquierdo, luego pasé al derecho, pasé mi lengua por su areola, y utilice mis labios para jalar suavemente de su pezón erecto. Mis manos sobaban su trasero, y pasaba mis dedos por los pliegues de sus muslos sobre su trasero que tanto me encantaban. Seguí bajando hasta llegar a su ombligo, enterré mi lengua en él y no dejaba de deleitar mis manos en su alucinante trasero; sin embargo yo quería más, mucho más.

    Le di la vuelta y pude seguir bajando mi boca por su espalda, hasta llegar a esa colita hermosa y sexy que tanto había deseado; utilicé mis dientes para sostener esas hermosas bragas negras, y suavemente las impulsé hacía el piso a través de sus piernas. Pasé la punta de mi nariz por sus muslos, y por los sexys pliegues que éstos hacían con sus glúteos, posé mis labios sobre una de sus nalgas, y la besé suavemente, mientras escuchaba como ella solo gemía de placer. Utilicé mis manos para liberar mi pene del aprisionante bóxer que lo atrapaba, y después pude usarlas para separar ligeramente esas hermosas nalgas de par en par, para posar mis labios en la cara interna de sus glúteos. Besé cada rincón, cada centímetro, hasta que pude llegar al precioso regalo que me esperaba en lo más profundo de su cola; su ano se cerraba suavemente, atrapando mis labios de vez en vez, como si de una boca se tratara; ella me estaba besando utilizando su ano. Mi lengua hizo círculos alrededor del precioso agujero, para después penetrarla como si de un delicado falo se tratara. Una y otra vez, metía y sacaba, metía y sacaba, mientras mi mano derecha masturbaba el delicado y erecto clítoris que tenía por delante. En un estrepitante e inesperado movimiento, ella se vino, gritando y gimiendo como loca, dejando mi mano escurriendo de líquido vaginal, y atrapando mi lengua en cada sacudida orgásmica que ella tenía.

    Jadeando, aún sin aliento por el intenso orgasmo que había tenido, ella volteó hacía abajo, sonriendo pícaramente, y mordiendo sensualmente el labio inferior de su boca. Poco a poco subí con mi boca hasta su nuca, y susurré a su oído:-Ahora me toca a mi preciosa. Acerqué mi pene a su hermosa vagina, y sin penetrarla, comencé a moverlo de adelante hacía atrás, haciendo que sus labios vaginales acariciarán mi pene todo a lo largo, hasta casi llegar a mis testículos. Pude sentir sus glúteos en mi pubis, y sentía como si fuera a explotar de puro placer.

    Con mi pene chorreando, con líquidos preseminales míos y vaginales de ella entremezclados en él, abrí aún más sus piernas, la hice apoyarse en la pared, y coloqué mi glande en su ano. Comencé a meter mi pene suavemente hasta el fondo, sintiendo la calidez y sensualidad de su precioso cuerpo. Cuando estuvo metido hasta el fondo, besé su nuca y susurré a su oído:-Eres la mejor, tras lo cual comencé a hacerle el amor a su ano. Sus nalgas rebotaban en mi pubis, y mis manos acariciaban esos diminutos y perfectos pechos suyos; una y otra vez, adelante y atrás, sin detenerme seguí cogiéndola. Podía sentir los pliegues de su ano alrededor del cuerpo de mi pene, sus diminutos pezones erectos en mis manos, y sus hermosas nalgas rozando mi pubis. No pude contenerme más, y exploté al mismo tiempo que ella, dejando en su interior una estela de fertilidad y amor, vaciando hasta la última reserva de semen que tenía.

    La imagen poco a poco se desvaneció, y de repente, cuando los jadeos y espasmos cesaron, me encontré nuevamente yo, solo conmigo mismo, en mi recamara en medio de la profunda oscuridad de la noche. Una fantasía, solo había sido eso, más sin embargo, el saber que en la Universidad había chicas tan o aún más lindas que Kristen con las cuales yo podía estar, solo hacía que una sonrisa se dibujara en mi rostro. Mañana me esperaba un día de trabajo arduo, y seguramente más bellas aventuras que vivir, y que escribir, mas sin embargo era tiempo de dormir, no sin antes decirle a Kristen: Gracias.

  • Mi mujer tiene gustos que yo no sabía

    Mi mujer tiene gustos que yo no sabía

    Mi nombre es Antonio y el de mi mujer Gloria, ambos tenemos 38 años y vivimos juntos desde hace 8 años, vivimos en El Salvador y tenemos una vida sexual activa. Gloria y yo siempre tratamos de probar cosas nuevas en el sexo y hemos realizado una que otra fantasía.

    Ella es una mujer morena de mediana estatura y un culo muy proporcionado. Hace tres días por la noche justamente estábamos en la cama y puse una película porno con el objeto de calentarla para comenzar el juego antes del sexo pero parece que a ella no mucho le gusto y le dije que si la apagaba y me dijo que la dejara y que mejor me fuera a bañar para dormirnos.

    Eso me molestó mucho y me fui al baño y estando en el baño me puse a ver un par de vídeos de esos excitantes entre parejas salvadoreñas y me pegue una calentadita, creo que me tarde una media hora y por un momento me olvidé de mi mujer, llegue a pensar que se había dormido.

    Luego salí del baño y me tome dos cervezas en la sala y en toalla me fui despacio a nuestro cuarto y vi la puerta que estaba un poco abierta y escuché gemidos, los cuales pensé eran de la película, pero al acercarme lentamente vi a mi mujer que se estaba masturbando con un pepino muy grande y estaba muy mojada. Eso me paro la verga en cinco segundos y la vi por lo abierto de la puerta, la verdad ella se movía de un lado a otro y miraba con mucho placer la televisión después de unos minutos que la observe entre y ella me dijo:

    «Me estoy dando una cogida rica y quiero que vos sólo veas” me dijo. Yo me sorprendí mucho porque ella jamás había hecho eso, pero a la vez me excitó mucho y comencé a disfrutar del espectáculo y luego de unos minutos me pidió que la cogiera y que la hiciera terminar. Fue en ese momento que puse de torito y la cogí fuerte con mi verga dura y cuando llegábamos al clímax me dijo “quiero que me coja alguien más, pero te podes enojar vos” y en lo excitado que estaba le pregunte que quien quería que se la cogiera y me dijo “quiero que me coja Mario”.

    Ese tipo es un vecino que vive a dos casas de la nuestra y me confeso que cada vez que ella lo miraba se excitaba y que una noche que yo llegué tarde a casa, ella había apagado las luces y había dejado la ventana que da a la calle abierta y sin que nadie la viera ella estaba desnuda y cuando Mario paso, ella se masturbo con un plátano y un condón.

    Eso me sorprendió y me costó terminar porque tenía sentimientos encontrados y por eso en ese momento la llevé desnuda a la sala de la casa, abrí la puerta y apague las luces dándole una gran cogida esperando que pasara Mario y el nunca apareció, pero terminamos bañados en sudor y fluidos, después de esa noche no ha querido hablar del tema y siempre me evade eso.

    Me gustarían sus comentarios de qué debo hacer con esa confesión.

  • Terapia sexual con mi fisiatra

    Terapia sexual con mi fisiatra

    Esto sucedido con Yanny, una hermosa fisioterapeuta de unos 25 años en el 2014, cabello castaño corto, blanca, piernas parejas y carnes firmes, labios sensuales gruesos, ojos marrones, pechos medianos que luego se los realzó, en fin sucedió así.

    En marzo 2014 mi madre sufrió una fractura en el pie derecho, debido a su edad avanzada y serios problemas respiratorios, se optó por colocarle una férula, junto con unas pastillas que catalogamos como milagrosas la lesión sanó bien a pesar de su edad, le recomendaron terapias, y es aquí donde entra Yanny recomendada por un buen amigo taxista a quién Yanny le hacía terapias a su mamá que había sufrido un ACV y estaba muy recuperada.

    Hablo con Yanny y cuadramos para las terapias de mi mamá, a domicilio, 5 sesiones para su pie, después 10 sesiones para una vieja lesión en los hombros, notando mucha mejoría, cuando estaba haciéndole las terapias en los hombros a mi mamá tuve un fuerte dolor en la parte media de la espalda que me privó, Yanny evaluó unas resonancias y unas placas que tenía de cuando fui al traumatólogo, aunque no le gustaba trabajar con hombres me escaneó de pies a cabeza y dijo que haría una excepción conmigo.

    Como trabajo por turnos rotativos esa semana tenía el turno de entrada a las 14 horas y salía a las 22 horas. Yanny llegó ese día con un pantalón de tela ceñido al cuerpo con una blusa que realzaban sus pechos, le hizo las terapias a mi mamá y luego vine yo. Recuerdo que empezó la sesión con electricidad luego unos masajes que debo admitir me hicieron ganar «SOBERANA ERECCIÓN» puesto que estaba nervioso por no hacer nada que la molestara, de hecho ella observó mi nerviosismo y me comento que me relajara, cuando sin querer tropecé mi mano izquierda con su cadera muy cerca de su vagina, sentí una sensación muy incómoda, pero ella lo subsanó muy sutilmente, luego vino la terapia frío-caliente y aún mantenía la intensidad de la erección a pesar de estar nervioso puesto que Yanny se veía muy amigable pero con un carácter fuerte que luego comprobé.

    Habiendo finalizado la sesión y habiéndose marchado Yanny quede con un adormecimiento general, de hecho ese día trabajé algo incómodo por sentirme así aletargado. Al día siguiente cuando llegó Yanny y mientras le proporcionaba las terapias a mi mamá y los ejercicios hablábamos de cómo me había ido, le comenté que me sentía aliviado de la espalda, que había dormido excelentemente pero jajajaja le comenté lo del adormecimiento que me quedó.

    Muy sonriente me dijo que al rato de haberse ido se percató de lo que llamó su error, explicándome que había utilizado una técnica que se usa para que la persona tenga un sueño reparador que hoy usaría otra técnica que en efecto me sentí hasta más activo. A lo largo de las terapias, 15 en total, fuimos hablando de cosas más personales, pude comprobar que a pesar de que le llevaba como 7 años ella era muy adulta, pude comprobar también que en una de las sesiones físicas, ya que contemplaba ejercicios, Yanny hacía movimientos como el de agacharse y mostrarme o ponerme ese culo en pompas, pero lo hacía más de lo necesario.

    Un día estaba haciendo la parte de pesas para fortalecer mi hombro operado y cuando se acercó tocó mi pectoral y emitiendo un leve suspiro me miró ya de otra forma pude notar un brillo especial y diferente en su mirada, muy lentamente nos acercamos y nuestros labios protagonizaron un leve roce, ella con su mano en mi pectoral, yo con una pesa en la mano y la otra mano libre busqué acariciar su mejilla, en esto ambos reaccionamos y nos separamos para evitar ser sorprendidos. Hubo un silencio cómplice, noté su nerviosismo y como una lucha interna ya que ella en ese momento estaba felizmente casada amaba a su esposo pero le faltaba algo.

    Ese día en la noche ya tenía 3 semanas de terapias con Yanny recibo un mensaje diciéndome que la llame le envío un mensaje preguntándole sí no le ocasionaría un problema con su esposo y me comenta que estaba resolviendo un problema familiar, su mamá estaba enferma y como él es hijo único estaba fuera de casa esa noche, procedo a llamarle y de inmediato me salta encima que desde que me vio en casa de la mamá de mi amigo se sintió atraída y mucho más a medida que fuimos hablando hubo como especie de muchas cosas en común, PERO, que amaba a su esposo, y estaba en un dilema, que lo mejor sería dejar de venir a la casa, rápidamente y en forma desesperada debo admitirlo, le comuniqué que no era mi intención ocasionarle problemas, menos en su vida personal, le dije que esto no podíamos hablarlo por teléfono, quedamos en vernos al día siguiente en la terapia.

    Al día siguiente llegó a la hora acostumbrada, estaba hermosa, una blusa uniforme que dejaba mostrar un poco más esos hermosos pechos, pantalón mono en tela, se veía que llevaba boxers femeninos pero me dejó algo intrigado cuando en la habitación se dobló para recoger algo que se le había caído y creí ver que usaba hilo dental (luego comprobé que esa era o es su prenda favorita) estaba algo nerviosa, procedió a realizarle la terapia a mi madre, procedí a darle las pastillas de la tensión con un analgésico.

    Terminada la terapia con mi madre, ésta decidió irse al otro cuarto alegando que había quedado extasiada, cuando voy a recostarme para que Yanny me coloque el aparato eléctrico quedamos de frente, le tomo de sus manos y se las siento sudadas, estaba igual, nervioso, la miro a los ojos, los tenía vidriosos, me dijo que había llorado durante la noche, le calmé, besé sus manos subiendo por su brazo hasta llegar a su cuello, me dijo que estaba inquieta porque mi madre estaba por allí, le dije que le había dado su medicina y que con la terapia dormía más profundo, además le había agregado algo en el agua para que durmiera plácidamente, rápido como un león para atrapar a su presa me dirijo a sus gruesos labios, nos damos un beso apasionado, profundo, ya en cuestión de segundos nuestras lenguas estaban entrelazándose una con la otra, le tomé por sus pechos y la tiré en la cama, cuando caímos ella procedió a quitarse sus zapatos deportivos, le desabotoné la blusa quedando con un brassier blanco el cual prácticamente se lo desprendo quedando al descubierto unos hermosos pechos blancos, algunas pequitas y unos pezones rosados, puntiagudos de la excitación experimentada por mi bella dama, sin dejarla pensar me dispongo a besar y mamar dichas masas de carne mientras con mi mono y pene erecto se lo paso por su zona vaginal.

    Yanny procede a masajear mi espalda tal como lo hizo la primera vez haciendo que mi miembro estuviera más duro de lo normal, ya me sentía el bóxer mojado con mis líquidos preseminales, Yanny respiraba agitadamente, con mi mano izquierda procedí a desabotonar su pantalón para introducir mi mano en su rajita la cual ya estaba mojada, Yanny se muerde el labio inferior para no emitir grito, con la mano libre, o sea la derecha le procedo a bajar su pantalón, junto con su bóxer femenino junto con una tanga hilo ambos de color blanco, ella sube un poco la cadera para facilitarme la tarea, le saco mi mano izquierda de su rajita y lamo el dedo con sus líquidos, que delicia, así se lo expresé.

    Me quite rápido el pantalón del mono que cargaba quedando libre mi pene tieso, ella tapaba su rajita que aún emanaba chorros de líquido, le empiezo a besar desde sus tobillos y voy subiendo lentamente hasta su rajita, lubricada, depilada, que asomaba un clítoris rosadito, le paso la lengua sutilmente, dando ella un brinco, se lo muerdo suavemente retorciéndose y bramando del placer, le meto mis brazos debajo de sus glúteos, para abrazarla y poder mamarle la vagina con más comodidad y evitar que suba de la cama, tener su clítoris en mis labios.

    Entre suspiros y gemidos me dice que lo está pasando de lo lindo, que no le habían dado tanto placer, que ya llevaba 2 orgasmos fabulosos, que no pensara mal, que yo era su segundo hombre, estas palabras me volvieron como loco y empecé un oral más frenético, le pasaba la lengua de arriba abajo, mordía jalaba su clítoris, le hacía círculos con mi lengua.

    Yanny estaba empapada del sudor y su cuca súper mojada, yo aspiraba sus flujos que sabían y olían a esa fragancia de bebé recién nacido, ella acariciaba mi cabello como queriendo introducirme por completo dentro de ella, en eso siento cuando tensa sus piernas como queriendo ahorcarme arquea su espalda y lanza un grito un poco fuerte que tuve que meterle el dedo medio en su boca, lo experimentado por Yanny lo catalogamos como la «MAMA DE LOS ORGASMOS» ya que hasta se orinó, ya una vez alcanzado su clímax, le busque sus labios, cuello, dándole unos segundos para que se repusiera, me dolían los testículos, así se lo dije, me pidió limpiar su charco de orine y flujos, busqué rápido un coleto limpié todo en un santiamén, ella tomó mi pene y empezó un suave masaje y sube y baja con su mano mientras nos besamos apasionadamente, como a los 2 minutos le digo «Corazón quiero hacerte mía, estar dentro de ti».

    Ella procede a acomodarse y abre las piernas tomo mi pene con la mano derecha y le cacheteo con mi cabeza sus labios vaginales y procedo a pasárselo de arriba a abajo en una de esas ella me toma del pene y procede a enterrárselo ella misma, su raja estaba rica, calientita, ya habiendo enterrado la miro a los ojos y le digo lo hermosa que está, acto seguido busco sus labios nuestras lenguas se entrelazan y procedo el rítmico mete y saca y cuando se lo enterraba hasta el fondo le daba vueltas y hacía como un 8.

    Éramos dos poseídos por el placer la lujuria el deseo, nos besábamos por todas partes cuello ella besaba mis pectorales, masajeaba mi espalda, tomaba mis nalgas las apretaba y hacía como empujándome para que le entrara todo mi miembro, a pesar de estar en el paraíso mi mente también estaba en alerta por si mamá se despertaba aunque le di una buena dosis, al rato de estar follando como locos y de Yanny haber alcanzado 3 grandes orgasmos ya cuando venía su cuarto orgasmo me dice que no aguanta más le digo que yo tampoco y que estoy por venirme, me dice que no importa que le acabe adentro, ya que ella se cuida con la píldora, esto me excitó mucho más y le aviso que ya estoy listo ella también llegando ambos al orgasmo, al clímax de esa entrega, donde nos juntamos la manos entrelazándolas, ella rodeó mis glúteos con sus piernas quedándome encima de ella besándonos.

    Me pidió el baño para lavarse, se aseó rápidamente yo también, luego nos besamos y prometimos repetirlo pero en un ambiente neutro coincidimos en un hotel, pero debía ser día de semana para no interrumpir con su vida privada…

  • Noche de pasión en Lisboa (I)

    Noche de pasión en Lisboa (I)

    Era un jueves al mediodía; me encontraba en la zona de Lisboa, en Portugal, por motivos de trabajo, y debería estar alrededor de 3 semanas con aquel proyecto. Estaba supervisando el montaje de una serie de máquinas en una fábrica de la zona, y se me vino encima la hora de comer. No era la primera vez que me encontraba por la zona, ya que por motivos laborables viajaba hasta allí con cierta frecuencia, y sabía que en Portugal, al igual que en el resto del mundo, excepto en España, si a las 12:30 no estás en la mesa… directamente no comes, así que como ya estábamos al filo de las 12:20 y el restaurante del polígono estaba un poco alejado, salí apurado y sin cambiarme la ropa de trabajo.

    Cuando llegué al restaurante, para mi desesperación, estaban todas las mesas ocupadas y sabía que no se iba a desocupar ninguna en bastante rato, pues todos los comensales tenían la misma pinta que yo, trabajadores que estaban haciendo su alto para el almuerzo, así que acababan de ocupar las mesas. Llevaba todo el día, desde las 7 de la mañana con un café con leche y un bollo, y no había tenido tiempo de tomar otra cosa, ya que el trabajo se estaba complicando un poco, y si no me sentaba a comer pasaría el día en ayunas hasta la hora de la cena. Paseé la mirada por el local a ver si veía algún conocido con el que poder compartir mesa, pero no reconocí a nadie. En una mesa de cuatro comensales estaba sentada, sola, una mujer que rondaba la cincuentena, elegantemente vestida de hombre. Pensé: “el no ya lo tienes, arriésgate y con un poco de suerte puedes comer y no hacer ayuno todo el día”. Me acerqué a la mesa y dirigiéndome a la señora con toda corrección, la interpelé:

    —Discúlpeme el atrevimiento, habla Ud. Portugués?

    —Si, por supuesto, qué desea?

    —Verá Ud. no pretendo importunarla y si así fuese, solo tiene que decírmelo y me retiro, reiterándole mis disculpas. Tengo poco tiempo para el almuerzo, como ve, el restaurante está completamente lleno, y si no es molestia, le agradecería infinitamente me permitiese compartir mesa con Ud. para comer.

    La señora me miró de arriba abajo y aunque mi atuendo no se correspondía en absoluto con el suyo, debió notar que no llevaba segundas intenciones y que realmente, solamente deseaba poder almorzar, así que viéndome a los ojos me contestó:

    —Por favor, tome asiento, tendré sumo gusto en compartir la mesa con Ud.

    —Créame que el placer será totalmente mío, señora. Permítame presentarme: Alfredo, a su servicio.

    —Amalia, mucho gusto en conocerle.

    Nos trajeron la carta y dada la peculiar forma de servir en Portugal, cuando se ordena un plato, por defecto, esa ración es siempre para dos personas, en caso de comer solo, se debe pedir “media dosis”, acordamos compartir un bacalao al estilo de la casa, con toda la parafernalia de arroz blanco, patatas y demás. Yo ordené que nos trajesen una botella de vino tinto de la región del Alentejo para acompañar la comida (en Portugal el bacalao siempre con tinto, allí como ellos dicen: “el bacalao no es pescado”).

    Mientras picábamos “la ementa” que son unos bocaditos que ponen para mientras esperamos la comida, me fijé con más tranquilidad en mi compañera de mesa. Como dije, era una señora de alrededor de cincuenta años, un pelín entrada en carnes, con unos ojos verdes como dos esmeraldas y el pelo de color cobrizo, obviamente con ayuda química, en una melena ondulada peinada al estilo de los años cuarenta del siglo pasado, recordándome vagamente a Rita Hayworth. Una mujer que exudaba seguridad en sí misma. Como apunté anteriormente, iba vestida de hombre, con un terno azul marino, de raya de tiza con la chaqueta cruzada, camisa de finas listas rojas, con el cuello y los puños (de gemelos) blancos y corbata masculina de rayas grises negras y blancas alternadas, anudada con un perfecto nudo windsor. La única concesión a la femineidad podría parecer el pañuelo en el bolsillo de pecho, de un vivo color fucsia, orillado de azul marino y los zapatos con pulsera y tacón de aguja que había vislumbrado mientras me acercaba a la mesa, pero lo cierto es que estaba más femenina que si vistiese ropa de mujer. Me fijé que el traje no era un traje sastre de señora, si no que era un traje de caballero, cortado y montado por un sastre, a medida de una mujer. El armado de la pechera de la chaqueta y las hombreras, así como los martillos en las bocamangas, demostraban un trabajo de sastrería de gran calidad y de “muchos duros” y solo estaba viendo la mitad del trabajo. Yo suelo vestir así, aunque mi vestuario en ese momento era ropa de trabajo y zapatones de seguridad para poder moverme entre las máquinas. La corbata y el terno bien cortado no proceden en mi trabajo. Le comenté mis impresiones sobre su forma de vestir y me dijo el nombre de un sastre lisboeta del que yo tengo alguna americana y nos dio pie para una charla intrascendente durante la comida. Yo le dije que estaba supervisando unos montajes y ella me dijo que era auditora de no sé bien que organismo oficial que estaba examinando unos papeles en una empresa cerca de la que yo estaba trabajando.

    A pesar de su aspecto tan masculino y formal, Amalia resultó ser una mujer simpática y buena conversadora, por lo cual, casi sin darme cuenta llegamos a los postres, ambos declinamos el postre y coincidimos en pedir un café.

    Pedí la cuenta, y cuando hice ademán de hacerme cargo de la totalidad, ella, con una sonrisa me dijo:

    —La mesa era mía, así que es Ud. mi invitado.

    Me pilló de improviso la invitación y para agradecerle el detalle, o más bien los dos detalles que había tenido conmigo le hice una proposición:

    —Acepto gustoso, si me permite corresponderle con una cena formal, mañana viernes, en el caso de que no tenga adquirido un compromiso anterior.

    Ella, introdujo la mano por el escote de la americana y sacando un tarjetero, me dio una tarjeta con su dirección y me dijo:

    —Mañana a las 20 horas en esta dirección, tenga la amabilidad de recogerme y tendré mucho gusto en compartir con Ud. mesa y mantel.

    —Perfecto, la recogeré y espero que sea de su agrado el sitio donde cenaremos. Por cierto… Llevaré corbata negra.

    —Lo daba por hecho, no era necesario que me lo aclarase.

    Me despedí y me fui a continuar con mi trabajo. Le pedí a mi equipo que hiciésemos un par de horas más esa tarde y que por la mañana llegásemos a trabajar una hora antes. A cambio, para todos, la tarde del viernes sería libre y no volveríamos al trabajo hasta el lunes, haciendo un fin de semana más largo de lo normal, a lo que no pusieron pegas, al contrario, todos se entusiasmaron y así lo hicimos.

    Al terminar la jornada, fui a comer y seguidamente me pasé por una barbería de las de antes, atendida por profesionales de la vieja escuela. Necesitaba un arreglo de pelo y un afeitado en condiciones, pues aunque no lo he dicho antes, ya tengo casi sesenta años y necesito gafas para ver, lo que para un afeitado normal, del día a día me apaño bastante bien con la navaja, pero cuando tengo un compromiso me gusta un afeitado bien apurado, vamos que me gusta tener la cara como el culito de un bebé. Una vez cumplido el trámite, subí a mi habitación en el hotel y llené la bañera poniendo bastante gel de baño y sales, el olor del aceite mineral y de los productos de maquinaria se queda pegado a la ropa y la piel, y con una simple ducha no desaparece. Cogí un libro y me metí en la bañera “a remojo” cuando salí, tenía la piel completamente arrugada del tiempo que estuve en el agua, pero mereció la pena.

    Siempre que viajo a la zona de Lisboa, llevo en mi equipaje un esmoquin, ya que aunque no me gusta jugar, me gusta ir al casino a Estoril a tomar una copa y ver como juegan los demás, o cenar en algún sitio elegante de la zona del Chiado, así que me fui vistiendo para la ocasión, me puse unos calcetines negros de hilo, el pantalón azul noche del esmoquin y una camisa de seda con la pechera tableada, unos gemelos de plana y azabache y el fajín de seda ya que era verano y no me apetecía ponerme el chaleco, tomé un cuello de pajarita almidonado y la corbata de lazo negra y me la anudé. Me calcé unos zapatos Oxford de charol y una chaqueta blanca mezcla de lino seda, con solapas de punta de flecha forradas de seda marfil. Me puse un reloj cuadrado estilo art decó que había encontrado en un anticuario, al que había que darle cuerda y pensé que lo correcto sería un reloj de bolsillo, pero ya me había cargado la ortodoxia británica con los zapatos (deberían ser unos “opera pump”) y con la chaqueta blanca, pero era verano, y yo quería estar cómodo y fresco y los defectos tampoco eran tantos. Ya eran las ocho menos cuarto y aún tenía que desplazarme a la dirección de Amalia, así que solicité un taxi a recepción y salí para ir a mi cita. Cuando iba por el pasillo vi un centro de flores con unas orquídeas de color rosa, con los pétalos rayados en un rosa más oscuro y de un tamaño discreto, así que corté una de las flores y pasándola por el ojal de la chaqueta, la aseguré en la presilla del bajo solapa. Más bonito que un San Luís, me dije para mí, y salí a cumplir con la cita que había concertado.

    Llegué a las 8:20 y tomando la tarjeta que me había dado, sin bajar del taxi, le di una llamada avisándola de que estaba abajo, esperando. Me contestó que en dos minutos estaría en la puerta. Bajé del taxi y me acerqué al portal para recibirla.

    Cuando salió se me desencajó la mandíbula, venía con un vestido de raso de seda de color salmón con la falda plisada en tablas de unos dos centímetros y como cuatro dedos por debajo de la rodilla, del talle hacia los hombros, el vestido estaba drapeado y llegaba a los hombros dejando el cuello cerrado sin escote, ni por delante ni por detrás, lo que constaté cuando se dirigía hacia el taxi. El vestido tenía en los hombros unos ramilletes de capullos de rosa que ocultaban los cierres del vestido. Completaba el conjunto unos zapatos de charol a juego con el vestido y un bolso de mano pequeñito, casi una cartera. Su hermosa melena la llevaba recogida en un moño italiano que le descubría las facciones y dejaba brillar con toda intensidad las dos esmeraldas que Amalia tenía por ojos. Era la primera vez que la veía en pie y su estatura sin tacones debía rondar el 1.60, ya que yo mido un poco más de 1.73 y con los tacones era un poquito más baja que yo. Cuando le abrí la puerta del taxi y me incliné para recogerle el vuelo de la falda para cerrar la puerta me llegó el aroma inconfundible del Chanel nº 5, pero tan discreto que tuve que estar prácticamente sobre ella para notarlo. Aparentemente no iba maquillada solo el carmín de los labios un rojo tipo Hollywood destacaba en su rostro, tal era la maestría con la que se había maquillado. Solo había algo que no me acababa de convencer y era la parte superior del vestido, parecía como que lo hubiesen cosido dos modistas diferentes, así como la falda se apoyaba perfectamente en las curvas propias de una mujer alrededor de la cintura y cadera, la parte superior flotaba de una manera que no era muy natural, me tenía intrigado el detalle, pero por supuesto, mi discreción me impidió el hacérselo notar a Amalia, o preguntarle el motivo.

    Me dirigí a la otra puerta del taxi y entrando, le dije al taxista la dirección de un restaurante de pescadores, cerca de Estoril, yo conocía a la dueña de haber cenado en más de una ocasión y si bien no era un restaurante de 5 tenedores en la forma, si lo era en el fondo. La dueña del restaurante, Dona Fernanda, una viuda mayor cocinaba como los ángeles y sabía que al menos, en cuanto a la cena, no habría problemas y quedaría bien con Amalia. Me gustaba el local porque me sentía en él como en casa, tenía confianza y cuando había algo especial, Dona Fernanda me avisaba por si me apetecía. Yo bromeaba con ella, que si quería un novio español, yo estaba dispuesto incluso a llevarla al altar y ella me seguía la broma con la picardía propia de las mujeres que ya han dado más tiros de los que le correspondían, pero nunca pasamos a más, a pesar que era una señora todavía de buen ver, pero a veces una buena amistad, la estropea una mala relación. En aquel sitio, yo era como de la familia.

    Salimos y despedí el taxi, entrando en el restaurante. Ya había hablado con la dueña y tenía reservada una mesa, con mantel de tela y servilletas a juego (no comprendo cómo hay quien llama llevar a cenar a una señora a llevarla a comer fast food) en un patio interior al aire libre. La noche era cálida después de una cena agradable, con el café, me gusta poder fumar sin levantarme de la mesa. Esperaba que a mi acompañante no le molestase que fumara.

    Le aparté la silla para que se sentase, y le pregunté su opinión sobre el local, que no iba mucho con los “tiros largos” que nos habíamos vestido, pero le aseguré que la comida no la iba a defraudar y el trato, menos.

    El camarero me trajo la carta de vinos, ya que la comida estaba encargada y apareció Dona Fernanda en la mesa “a cumprimentar” lo que era algo que no hacía casi nunca, solamente con clientes muy particulares de la casa. Me levanté e hice las presentaciones formales, presentando a Dona Fernanda como una querida amiga y a Amalia como una amiga recién conocida. Se saludaron entre ellas y cuando se iba, Dona Fernanda por encima de la cabeza de Amalia me guiñó un ojo y me puso una cara como diciendo “esta noche te has esmerado, cabrito” a lo que no hice caso porque la verdad es que no tenía ninguna doble intención, solamente quería agradecer a mi acompañante su amabilidad del día anterior y pasar una velada agradable en compañía de una bella mujer, sin ir más allá.

    Nos trajeron la cena: Arroz de Langosta y una ensalada con piña y fruta tropical para refrescar el paladar, de la que dimos cuenta mientras hablábamos de lo divino y de lo humano, como harían una pareja muy establecida que no necesita conversar con dobles intenciones, o lo que realmente éramos, una pareja de conocidos que disfrutaban de una cena.

    Cuando nos preguntaron por el postre, igual que el día anterior, ambos declinamos y pedimos café, yo pedí que me trajesen una copa de “aguardente velhissima” en copa caliente, y para mi sorpresa, Amalia pidió otra para ella. Nos sirvieron el café y los cordiales y le pregunté a mi acompañante si le molestaba que fumase, a lo que ella me respondió que estaba loca por encender también un cigarrillo. Saqué mi pitillera forrada de piel de avestruz y para mi sorpresa, ella sacó otra igual, solo que en versión de señora, más estrecha y con menos capacidad. Nos reímos de la coincidencia, y le ofrecí uno de mis cigarrillos, ella lo tomó y se lo puso entre los labios y yo le arrimé fuego con mi encendedor y a continuación encendí el mío.

    Estábamos fumando y charlando cuando vino la dueña del restaurante a interesarse por cómo había ido la cena, yo la elogié y Amalia le pidió la receta, supongo que en un juego femenino de halagos y entonces Dona Fernanda me dijo que nos tenía reservada una sorpresa.

    Su nieta y unos amigos tenían formado un cuarteto de fados y tocaban entre ellos para divertirse, pero dado que hoy yo había llevado una invitada, la chica había traído a sus amigos y nos iba a cantar unos fados para rematar la noche. A mí me encantan los fados y a Amalia al parecer también le hizo ilusión la sorpresa.

    Vinieron los chicos con la formación típica de fado, dos guitarras portuguesas, la guitarra española y la muchacha cantando y nos deleitaron por una media hora, la verdad que a un nivel más que aceptable. Se despidieron y se fueron. Yo pedí la cuenta, y cuando me la trajeron, pagué la cena y dejé una generosa propina para los fadistas.

    Con disimulo vi el reloj y me asombró que ya fuesen las 11:30 de la noche, entre conversación y espectáculo habíamos pasado más de dos horas allí sentados, así que le pregunté a Amalia si le apetecía ir a algún local a tomar una copa o que plan le apetecía, y para mi sorpresa, me pidió que la llevase a casa, a lo que accedí sin darle más importancia, la noche era joven todavía, pero yo no esperaba nada especial, mi intención había sido salir a cenar con mi acompañante. Desde la barra, me pidieron un taxi, y cuando llegó nos despedimos de Dona Fernanda, con la promesa de Amalia de volver más veces. Cuando salíamos, Amalia me tomó del brazo hasta el coche, y al acercarse a mí, noté que en el pecho bajo el vestido tenía una especie de armadura, algo que se apoyaba en mi brazo con una rigidez fuera de lo normal. Seguí sin darme por enterado, ya que la confianza, aunque mucha más que el día anterior no daba para preguntas íntimas, por el momento.

    Llegamos a su casa, y me bajé para acompañarla al portal del edificio, y cuando le pedí la llave para abrirlo, me la dio diciéndome:

    —Por favor, despide el taxi, y sube conmigo, más tarde puedes pedir otro desde casa.

    Me descolocó bastante la petición, ya que en todo el tiempo que llevábamos juntos, no había habido ninguna insinuación sexual por parte de ninguno de nosotros, es más, yo, aunque ella no llevaba alianza no sabía si era soltera, casada o divorciada, pensé para mí que había sido un atrevido ya que ni siquiera le había preguntado su estado civil, pero bueno, cumpliendo su deseo, despedí el taxi y subí con ella a su apartamento.

    Cuando entramos en su apartamento ella me dijo que estuviese tranquilo, que vivía sola y no debía rendir cuentas a nadie de lo que hacía o dejaba de hacer. Entramos en el salón y me dijo que me sirviese una copa si me apetecía, que ella tenía que retocarse el maquillaje y vendría enseguida. Como su maquillaje estaba perfecto, no habíamos hecho nada durante la noche que pudiese estropear aquella obra artística, asumí que era el eufemismo propio de “tengo que empolvarme la nariz” para indicar que necesitaba utilizar el aseo, y no le di más importancia.

    Mientras esperaba su vuelta, me desanudé la corbata, que ya me empezaba a estorbar, la noche realmente era calurosa y necesitaba abrir el cuello de la camisa. Alzando la voz, le pregunté si podía fumar y ella me contestó de la misma manera diciendo que me sintiese como en mi casa. Me quité el fajín y la chaqueta, colocándolo todo sobre el respaldo de una otomana y mientras fumaba un cigarrillo, di un repaso al salón y vi que había varios cuadros, entre ellos un Klimt, dos Renoir y un detalle de la crucifixión hipercúbica de Dalí. Obviamente eran reproducciones, o había asaltado los museos donde estaban los originales y los había sustituido por falsos. Luego me dijo que los había pintado ella, que de joven había estudiado Bellas Artes en París y le traían recuerdos de juventud al mirarlos.

    La oí venir por el pasillo y me volví hacia la puerta para recibirla. Entonces ocurrió algo extraño para mi entender. El vestido que traía era el que había lucido toda la noche, pero aquello que me era discordante cuando la vi por primera vez, había desaparecido. El vestido tenía un movimiento y una caída espectacular, como realmente tenía que ser, al verlo, supuse que era la luz del salón lo que producía aquel efecto, pero el caso es que estaba arrebatadora, y aparentemente, no había cambiado nada de su vestuario. Se quedó mirándome y le pedí disculpas por haber tenido el atrevimiento que quitarme la chaqueta y quedarme en mangas de camisa, pero el calor me estaba agobiando y esperaba que no la incomodase por haberme puesto cómodo. Ella en lugar de enfadarse se acercó a mí y me dijo:

    —Yo también prefiero estar cómoda en casa, me ayudas soltándome los cierres del vestido?

    Se puso de espaldas a mí y yo solícitamente le solté los broches de los hombros. Ella dejó caer el vestido y moviendo la cintura permitió que el vestido cayese al suelo, salió del ruedo del vestido y se dio la vuelta, viendo hacia mí.

    Si en ese momento me dan una patada en la entrepierna, el shock no hubiese sido mayor. Entendí de repente todo lo que no me cuadraba en su vestuario. Llevaba un corsé sin copas, por debajo del pecho, de seda, con liguero incorporado, unas medias hasta el muslo, una braga sin elásticos, de piel de ángel color champagne, tipo calzón de boxeo, que se cerraba en la cintura con 3 botones de perla de cada lado y rematadas en la bocamanga de la braga con una puntilla de 10 cm de encaje de bolillos en seda, a todas luces tejida a la medida de la braga. Aquella braga costaba más que mi camisa y pantalones juntos. Pero el gran secreto desvelado era su pecho dos mamas con un tamaño E de copa, en mi vida había tenido cerca un pecho de semejante tamaño. Por supuesto no se podía pedir que se cayesen hacia arriba, la gravedad hacía su trabajo, pero era tal el volumen de la mama que la impresión es que estaban hacia adelante. Cuando vio mi cara bajando los ojos me preguntó:

    —No te gusta lo que ves?

    —Que dices? Me encanta, pero jamás había visto un pecho tan grande. No quieras saber cómo tengo la entrepierna solo de verte.

    —Tengo problemas con el tamaño, aparte que no le gusta a todos los hombres, tengo que utilizar sostenes especiales ortopédicos, porque si no termino el día con las cervicales y la espalda destrozados, me han dicho para operarlas, pero tengo miedo al bisturí y la verdad es que con los sostenes, me voy apañando bastante bien, de momento.

    —Así que era por eso el armado de la americana del traje y que el vestido te sentase raro durante la cena? Y supongo que también la armadura que noté cuando me tomaste del brazo era el sostén.

    —Sí, porque además el sostén me las disimula, no sabes que espectáculo cuando salgo con un sostén normal. No puedo dar dos pasos sin que se vuelvan a mirarme.

    —Pues mira, a mí me encantan y estoy contento de que no te hayas operado.

    —Acompáñame a mi dormitorio, ven.

    Me tomó de la mano, y me llevó a su dormitorio. Al llegar, me dio un beso en la boca mientras me desabrochaba la camisa, yo mientras solté los gemelos de los puños, y ella, deslizándomela por la espalda, la dejó caer al suelo. A continuación, soltó los botones de la bragueta y en un solo movimiento, me bajó el pantalón y los calzoncillos. Al llegar a los calcetines los empujó hacia abajo al tiempo que me quitaba los zapatos y quedé completamente desnudo, con una erección que no tenía hacía años.

    Le solté los botones de la braga y ella sacudió las caderas dejándolas caer al suelo, y se quedó con el corsé y las medias sujetas con el liguero de éste. Tenía el sexo completamente depilado y me pareció precioso, parecía un pequeño monedero con los cachetes gorditos. Mi erección ya era épica. Me empujó sobre la cama y me hizo sentarme con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas extendidas. Para mí era una posición incómoda, así que crucé las piernas como sentándome a lo moro. Ella se subió a la cama, pasó una pierna sobre las mías y se encajó en la especie de cuna que formaban mis piernas cruzadas. Arrimó su sexo al mío, me arrimó el pecho, yo apoyé mis manos en la curva de sus caderas, ella me abrazó la cintura con su mano izquierda y llevando la derecha a mi nuca, me estampó un beso en la boca, sin lengua, pero de una sensualidad que yo, al momento, sentí un latigazo eléctrico en los riñones y eyaculé como un quinceañero principiante. Llevé rápidamente mi mano al glande para intentar tapar la eyaculación y no pringarle el corsé, pero fue todo lo que pude hacer. Me moría de vergüenza, aún no habíamos empezado y ya había echado la noche al traste. Ella viendo mi azoramiento, con voz grave y susurrante me dijo:

    —Tranquilo meu bem, a noite apenas começa (Tranquilízate cielo, la noche acaba de empezar).

    Me sentía pringoso y sucio, y le pedí que me permitiese ir al baño a limpiarme, y así de paso me calmaba, porque la verdad es que había triunfado, si quería hacerlo peor, ni a propósito lo hubiera conseguido. Me lavé y volví a la habitación. Ella estaba reclinada sobre el cabecero, tal y como yo estaba hacia un momento. Me subí a la cama, la atraje hacia mí y le devolví el beso que me había dado hace un momento, ella volvió a poner su mano en mi nuca, y volví a sentir algo sumamente erótico, pero esta vez me pilló descargado y el efecto no fue tan fulminante como la primera vez, aunque mi erección volvió a ser importante, no me había pasado jamás una recuperación tan rápida. Bajé mis manos hacia sus pechos, que paradójicamente, aún no había acariciado, y los sopesé en mis manos, comprendiendo el suplicio que debía sentir cargando ese peso día tras día. La empujé de lado suavemente, dejándola atravesada en la cama y la giré hasta dejarla con el pecho pegado a la sabana y su espalda, nalgas y parte trasera de las piernas a mi disposición. Ella estiró los brazos por encima de su cabeza y sus pechos quedaron aplastados, saliendo por los laterales de su torso. Estaba divina. Comencé mordisqueándole la nuca y besándole los hombros, cuando le mordisqueaba la nuca, ella agitaba las caderas y abría un poco las piernas, saqué mi lengua, la puse en punta y descendí por su columna acariciándola con la lubricación de mi saliva. Al llegar a la cintura tuvo una sacudida y gritando diossss, arqueó la espalda hacia atrás. Mientras le besaba la zona de los hoyuelos de la cintura, aproveché para ir bajando las manos a lo largo del interior de sus muslos. Al llegar a la parte interna de la rodilla, me entretuve acariciando esa zona. Ella al notar las caricias comenzó a mover su cadera de arriba abajo remedando los movimientos del coito, al tiempo que abría más las piernas en compás. Le di la vuelta poniéndola mirando al techo y encogí sus piernas sobre la cama, metiéndome en el medio de ambas. Fui besando sus muslos por el interior, desde la rodilla hasta la ingle, evitando todo contacto con su sexo. Alcé la cabeza y la vi con los ojos cerrados, tenía un pecho agarrado con las dos manos y trataba de lamer el pezón sin conseguirlo. Sin previo aviso, baje mi boca hasta la entrada de su vulva, y le metí la lengua entre los labios menores, al tiempo que succionaba el clítoris y lo sujetaba con los dientes. Ella dio un respingo y comenzó a agitarse y a pedirme que la penetrase ya. Hice oídos sordos a sus súplicas y mientras le lamia y mordisqueaba el clítoris, introduje mi dedo medio con la palma hacia arriba en su sexo, localicé la zona tumefacta del punto g y lo masajee con delicadeza mientras seguía comiéndole el clítoris. Amalia era un concierto de gemidos y de ayes. Estaba gozando del tratamiento y yo a fuerza de darle placer a ella estaba también a punto de un segundo orgasmo.

    Sin moverla de posición, me fui aupando hasta tener mis labios a la altura de su boca. Ella me miraba con ojos arrobados, la besé en los labios lo más tiernamente que sabia y al mismo tiempo, me introduje en ella. Al sentir la penetración, ella comenzó a moverse lentamente, y yo le seguí el ritmo, estuvimos así un rato y noté que me venía un segundo orgasmo así que le avisé, ella comenzó a moverse un poco más rápido, su respiración comenzó a agitarse y cuando sentí que llegaba e intenté retirarme, ella me abrazó con las piernas por la cintura impidiendo mi salida. Me vacié dentro de ella, y ella al mismo tiempo, se arqueó, y emitiendo un alarido tuvo un orgasmo al unísono conmigo.

    Caí sobre ella rendido y mientras recuperaba el resuello, notaba como ella me acariciaba la cabeza y la nuca, diciendo bajito “meu bem, meu bem” (mi bien mi bien).

    Necesitaba un trago de algo, así que le pregunté si quería beber y me pidió que le trajese una tónica de la nevera. Preparé las bebidas y fui de vuelta a la cama. Las tomamos tranquilos, y una vez recuperados, volvimos a entablar otro combate sexual.

    A las dos de la mañana, cuando iba a vestirme y despedirme de Amália, me abrazó y me dijo:

    —No te vayas, Alfredo, duerme conmigo esta noche.

    Le di la vuelta poniéndola de espaldas a mí, le pase un brazo por debajo del cuello y agarrándome a su pecho, me quedé dormido. Al despertar por la mañana, seguíamos abrazados en la misma posición que nos habíamos quedado dormidos.

    CONTINUARA… espero sus comentarios, tanto favorables como en contra.

  • El mejor regalo de cumpleaños

    El mejor regalo de cumpleaños

    Mi nombre es Marcos, tengo 27 años y me encanta el sexo al igual que a mi novia Andrea de 25 años. Ella es una rubia con un tremendo cuerpo, sus pechos no serán los más grandes del mundo, pero me encantan igual así como son. Su cara y su cuerpo me hacen recordar a Margot Robbie, la rubia de la película ‘The wolf of the wall street’.

    Se puede decir que somos una pareja swinger, nos encanta el sexo con otras parejas. Yo al igual que ella no somos celosos para nada, nos encanta vernos teniendo sexo con otras persona, nos excita.

    Mi hermano menor había cumplido 18 años hace unos días y yo no le había regalado nada, así que pensé que me hubiera gustado recibir como regalo al cumplir 18. La respuesta era fácil, una hermosa mujer en ropa interior solo para mí.

    Con esta idea en la cabeza le hice una propuesta a mi novia.

    – amor necesito que hagas algo por mí.

    – qué cosa?

    – viste que te conté que mi hermano cumplió 18 años y que todavía no le regalé nada.

    – si claro.

    – quiero que vos seas mi regalo para él.

    – yo?? No entiendo lo que me estás diciendo.

    – quiero que tengas sexo con él.

    – uhh que guarro.

    – lo harás?

    – ehhh, bueno está bien.

    – cómo te quiero.

    Le di dinero para que se comprara ropa interior nueva de encaje y si era posible de color rojo. Quería que mi hermanito tenga su mejor cumpleaños.

    Llame a mi hermano y le dije que venga a mi casa porque tenía algo que darle por su cumpleaños.

    Cuando llegó le pedí que se sentara en el sofá y yo me senté a su lado.

    – que es lo que me querías dar??

    – es una sorpresa, así que necesito que te pongas esta venda en los ojos.

    Él se puso la venda y yo le hice un gesto a mi novia para que viniera. Estaba vestida únicamente con la ropa interior nueva de color rojo y tenía los labios pintados del mismo color. Ella puso un poco de música sensual y se acercó hacia nosotros, se colocó en frente nuestro y empezó a bailar de forma sexy.

    – que es lo que sucede hermano?

    – ya verás.

    Le saqué la venda y el quedo perplejo con lo que estaba viendo.

    – feliz cumpleaños hermano, que lo disfrutes.

    Mi novia siguió bailando hasta que se sentó encima de el pero dándole la espalda. Luego se dejó caer sobre su cuerpo y empezó a moverse de forma muy sensual. Mi hermano dejo la timidez a un lado y empezó a pasar su mano por todo el cuerpo de mi novia.

    Ahora el único movimiento que ella hacía era frotar su cola por encima del paquete de mi hermano. Luego ella tomó sus manos y las coloco en su cintura y empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo jugando a ser follada por él. Después se dio vuelta y coloco una pierna a cada lado y empezó hacer el mismo juego de ser follada.

    – qué lindo que sos.

    – de verdad me lo decís??

    – claro.

    – bueno, gracias.

    – me dejas besarte??

    Él se quedó callado y ella no quiso esperar así que lo beso y a partir de ese beso comenzaron a besarse mutuamente los dos. Mi novia lo mancho un poco con el rouge de color rojo.

    Mi mujer se bajó de encima de él, se arrodilló en el piso y le saco el pantalón.

    – que grande la tenés, es mucho más grande que la de tu hermano.

    Ella tomo la pija con la mano y empezó a darle besos por todo los costados y como tenía los labios pintados le dejo varios besos marcados.

    Luego de tantos besos ella abrió la boca y se metió su poronga. Mi novia era la mejor chupando pollas, muchos hombres acabaron en la primera vez que ella se las chupaba, esperemos que esta vez no suceda eso.

    Mi hermano luego de unos minutos de chupadas, agarró a mi mujer fuerte de la cabeza y le hizo tragar toda su poronga. Luego la soltó y mi mujer dejo caer mucha baba de su boca.

    Ella continuó chupándole la pija hasta que lo tomo de la mano y se lo llevó a nuestra habitación.

    Continuará…

  • Un debut sexual que ni me esperaba

    Un debut sexual que ni me esperaba

    Han pasado los años, pero por supuesto no me olvido, no podría olvidar mi debut sexual. Y menos por las circunstancias en que se dio y con quien…

    Tenía yo 18 años. Varios de mis amigos de entonces, ya habían debutado con señoras pagas o cierta noviecita del momento. Yo no hacía más que envidiarlos y refugiarme en las pajas para aliviar el ardor.

    De eso se trata y por eso se dio. Vivía con mi madre ya divorciada en casa de mi abuela materna. Mamá era aún muy joven y mi abuela, me doy cuenta ahora, tampoco era una vieja ni mucho menos. Mi madre trabajaba y yo, si no estaba en el colegio, quedaba en casa, la mayoría de las veces con mi abuela.

    Así fue que un buen día me encontraba enfrascado en ver imágenes que tenía una revista porno prestada y por supuesto meneándomela. Ya me gustaba aguantar lo más que pudiera sin acabar para prolongar el placer. Yo sabía que mi abuela había salido y estaba solo en casa, por lo que apenas si tenía entornada la puerta de mi habitación. Los culos y tetas de las fotos me ponían a mil y casi soltaba el lechazo cuando de reojo vi cierto movimiento y una sombra en el umbral de la puerta. Levanté la vista y quedé petrificado. Mi abuela había vuelto sin que yo la escuchara y estaba allí viéndome. Intenté esconder todo, amagué una disculpa pero no me salió nada. Ya me esperaba la reprimenda, la denuncia con mi madre y todo eso. Pero mi abuela simplemente sonrió y dijo.

    -No te avergüences mi niño, es natural en un joven como tú. No te mortifiques!

    Igualmente mi cara ardía de vergüenza y el calor seguramente la enrojecía. No atinaba a nada con la verga agarrada por el tallo y la revista en la otra.

    -¿Puedo entrar? Preguntó mi abuela.

    -Sss sisi… murmuré tartamudeando.

    Ella se acercó y se sentó a mi lado para abrazarme.

    -Qué bonito eso que tienes ahí… hermosa herramienta tiene mi niño…

    Yo ya ni entendía. No parecía mi abuela la que hablaba.

    -La abuela te va a ayudar… ¿puedo?

    ¿Qué pude haber dicho? Pues claro, nada. Solo solté lo que la abuela llamó “herramienta”, tiré la revista a un costado para quedarme expectante. Ella me pidió que me recostara en la cama y me bajó más los pantalones. Quedé mirando al techo al solo primer roce de su mano, mi verga se volvió a poner tan dura como al principio de la faena.

    -Mmmm… que rico se ve esto. La abuela va a probar este caramelito!!!

    Se acomodó y abriendo la boca engulló mi poronga hasta casi atragantarse. Retrocedió hasta la punta y volvió a tragarla. La acariciaba con los labios y hacía juguetear su lengua. Yo simplemente lancé un bufido más que un suspiro! El trabajo no fue tanto…

    -Abuela… voy a…!!!

    Levantó los ojos y apenas alcanzó a asentir con la cabeza antes que yo explotara en leche dentro de su boca. Fue increíble! Ella lejos de inmutarse se la bebió toda sin derramar una gota y no paró hasta dejármela totalmente limpia.

    -Qué rica tu lechita, bebé. A la abuela le gustó mucho, mucho!

    Apenas unos minutos tardé en recomponerme y más con la ayuda de sus labios y lengua que casi no dejaron aflojar mi verga.

    -¿Listo para ponerla en una concha…? Porque nunca lo has hecho, verdad?

    Solo sacudí la cabeza para decirle no. Ella se empezó a quitar la ropa. La blusa, la pollera… ya en corpiño y calzones me parecía una hembra increíble. Nunca la había visto así ni evaluado con ojos que no fueran de nieto. Soltó las tetas, se quitó las bragas y quedó en pelotas mostrándome su cuerpazo.

    -¿Te gusta?

    -Si… mucho!

    -Y te va a gustar más… ¿Listo para chupar tu primera conchita? Hazme un lugar…

    Se dejó caer en la cama boca arriba y separó las piernas. Se frotó con los dedos y me dio a probar sus jugos. El sabor no me desagradó y el olor a hembra me puso como loco.

    -Ve ahí abajo y lame bien!

    No me hice repetir el pedido. Instalado entre el ángulo de sus piernazas, me lancé a lamer y lamer entre los labios que ella misma separaba con sus dedos.

    -Así, así mi bebé… así, ahí… un poquito más arriba… así, lame, lame más fuerteee!!!

    Entró de repente en unos temblores y me asusté. Pero pronto se calmó y ya relajada sonrió entornando los ojos…

    -Qué lindo, bebé… hacía mucho que no acababa así! Ven!

    Me acerqué a gatas para montarla. Mi verga ya era como un ariete dispuesto a romper lo que sea. Cuando estuvimos enfrentados, ella misma agarró mi falo y lo oriento.

    -Ahora empuja, dijo.

    Ni lerdo ni perezoso fui vagina adentro… Ella se entró a mover y me hizo mover también…

    -Así mi amor, así mi bebé… cójame… cójase bien a su abuela… más rápido… empuja mi amor, empuja fuerte…

    Ya el vaivén era imparable… Esto era lo más bello de la vida.

    -¿Te gusta mi amor? ¿Te gusta la concha de la abuela?

    -Siiii… mucho!!!

    -Es tuya bebé… llénala de tu lechita. Cógeme fuerte y derrámate dentro mío!!!

    Y claro que me derramé… ¿Cómo no hacerlo? Seguí follando hasta que la última gota de esperma salió de mis huevos… Qué delicia! Me bajé hacia un lado y quedé junto a ella. Suspiraba y me manoseaba la verga. Poco tardé en volver a quedar listo para otra batalla!

    -Abue… ¿Puedo otra vez?

    -Claro que si mi niño! Aprovecha y quítate la calentura! Probaremos de otra forma.

    Se levantó para arrodillarse en la cama. Fue hacia adelante y se apoyó en los codos levantando bien su cola.

    -Cógeme desde atrás, me dijo.

    Me arrodillé y verga en mano fui buscando su abertura. Una vez que la encontré, no me costó mucho volver a entrar. Encantado con esa posición la entré a bombear fuerte.

    -Mmmm… que lindo se siente. Métela bien adentro, bebé… bien adentro que a la abuela le gusta mucho!

    Como ya había descargado antes, pude contenerme para durar más y disfrutarla… Yo empujaba y ella se tiraba atrás para ensartarse mejor…

    -No acabes todavía, mi amor… dame más duro!!!

    Y claro que le di!

    -¿Ves mi otro agujerito más arriba? Déjale caer de tu saliva para mojarlo y pásale el dedo… Así, así… méteme el dedo, mételo. Eso, así. Pajéame el culo con tu dedito! Ay! Cómo me gusta!!!

    Ahora cambia de agujero tu verga. Dámela por el culo, bebé, dámela!!!

    No me quedaba sino obedecer y hasta allí fui. Apoyé la cabeza de mi verga y empujé. Qué hermoso fue ver como su ojete se abría para dejarme entrar!!!

    -Así bebé… así. Cógeme fuerte. Rómpeme el culo!!!

    La delicia de ir y venir por el estrecho canal no podía durar tanto. Sentí venir mi leche y se la solté toda!!! Ella gemía enardecida y gustosa. Se la saqué y fue primero con uno y luego con dos dedos a pajearse el culo un buen rato hasta quedar satisfecha! Se estiró en la cama y quedó medio adormilada. Yo la observaba y mi mente medio que no asimilaba lo que había pasado, más allá que lo disfrutara como loco! Había tenido una terrible faena, pero igualmente al poco rato volví a una nueva erección. O sea que me quedaba por descargar. Me acerqué por detrás y aprovechando que estaba boca abajo volví a tocarle las nalgas. Ella ronroneaba. Acerque mi verga al agujero y la froté un par de veces, hasta que apunté y la clavé otra vez.

    -Hay bebé… ¿Otra vez? Estoy muerta de cansada pero mi culito te recibe… Dame otra vez! Así, siii, que lindo se siente tu verga, cariño!

    Tiré mi cuerpo hacia adelante para extenderme sobre su espalda y así la cabalgue durante largo rato. Ella acompañaba meneando y levanto su ojete divino… Finalmente llegué al éxtasis y nuevamente tiré mi leche en su apretado hoyo…

    Después nos fuimos a duchar y estuvimos impecables para cuando llegó mamá…

    Por supuesto que apenas se dio la ocasión, intenté que me diera otra dosis. Ella simplemente me dijo que esto no podía transformarse en una relación, que la entendiera. Que lo había hecho para que yo debutara y conociera las bondades del sexo, pero que seguía siendo mi abuela, que me quería mucho y que ya encontraría una chica de mi edad con la que tener una linda relación. Y así fue…

  • Nuestra amiga argentina con Gonzalo y el primo

    Nuestra amiga argentina con Gonzalo y el primo

    Voy a ser prolija. INTRODUCCIÓN.

    Gonzalo es uno de mis ‘amiguitos’ con los que nos juntamos para coger, solo una que otra vez antes fuimos a tomar algo, aparte tiene una pija digamos, nada, pero nada despreciable. Y es más un par de veces me cogió con alguno de sus amigos, solo trío, no más que eso.

    La cosa es que hacía mucho, pero mucho que no lo veía, ayer me manda un whatsapp para ver qué onda (no se los copio, porque sería muy largo), la cosa es que quedamos en que me pasaba a buscar por casa a la noche, tarde, y así fue.

    Pero como ya me conoce (porque cuando hicimos los tríos me puse re loca), el guacho llega a casa, me manda un whatsapp diciéndome que estaba en la puerta con una camioneta, ¡y salgo!

    Ah, eso si, me produje, cosa que no siempre hago, aprovechando que hacía calor y quería volverlo loquito, me puse esas polleritas cortitas, una blusa que dejara ver bastante mi pancita (sin corpiño, total no tengo muchas tetas) y unos zuecos nada más.

    La cosa es que salgo y veo en la puerta una de esas camionetas chicas (creo que era una Fiat o algo así) con una sola fila de asientos adelante, nada más.

    Gonzalo, ya estaba debajo de la camioneta esperándome y me dice que estaba con Juanchi (que fue unos de los chicos con los que me cogió), que lo llamo Juanchi, que estaba al pedo, por lo que Gonzalo le dijo que iba a salir conmigo, y seguro a mi no me molestaba salir con los dos (boludeces que ni en pedo me creí, cuando me dijo eso me di cuenta que me querían coger ¡entre los dos!) cosa que ¡no me disgustaba!

    LA NOCHE

    Me subí a la camioneta y me senté, obvio en el medio de los dos, y con la pollerita que tenía, ya estaba casi en bolas, con todas mis piernas al aire, aparte era una camioneta bastante chiquita, ¿me explico? dimos mil millones de vueltas, a ellos (obvio como excusa) decían que no le gustaban ninguno de los lugares para tomar algo porque ¡había mucha gente!

    Gonzalo nos dice: “¿y si vamos a casa a tomar algo?” obvio Juanchi dice que sí, y yo no iba a quedar como una forra cagona y le digo que está bien.

    Obvio en el camino a su casa mi pollerita (como les conté, pero gustaba sentirme así, media en bolas en la calle, digo en la camioneta, entre los dos) me quedaba como un cinturón, Gonzalo, me pone la mano en mi pierna, no le digo nada, sigue, me la empieza a acariciar a tocar, yo como siempre ya me estaba calentando, lo miro, me mira y nos partimos la boca de un beso, hasta que no sé donde llegaron sus manos, pero ya estaba casi en bolas, Juanchi, manejando, pero no perdió oportunidad de meterme alguna mano y yo me dejaba, me gustaba, que entre los dos ¡me disfrutaran!

    Llegamos a la casa de Gonzalo, él se va a preparar algo a la cocina, y así como siempre me pasa, sentada en el sofá, con Juanchi nos miramos, y basto solo eso, para que me besara y yo dejarme que me besara, y seguía besándome mientras empieza a ponerme las manos en mis piernas, lo dejo, me gusta, me calentaban sus caricias, hasta que llega a mi conchita, ya toda mojada (como siempre) abro bien las piernas, como para ¡regalársela!

    Se agacha, se tira en mi conchita, primero me corre la bombacha, después me la saca (seguro que Gonzalo estaba haciendo tiempo en la cocina), bueno dejo que me la saque, y me la empieza a ¡chupar! Como siempre hago, abro bien las piernas, pongo los pies sobre el sofá, cosa que me la pueda chupar todo lo que quiera, y sola, algo inconsciente, empiezo a gemir, a demostrar que me gusta, que me calienta y mucho eso, aparte me empezaba también a meter ¡los dedos!

    Ahí, cuando ya estaba re caliente, aparece Gonzalo, nada, me besa, me saca ¡la remerita!! Ya estaba casi en bolas, me chupa mis tetas, mis pezones ya estaban duros, mis gemidos, mis gestos demostraban que me gustaba lo que me hacían, hasta que Juanchi me saca la pollerita, me dejaron en bolas, y eso me gusta, si me gusta estar en bolas enfrente ¡a dos chicos!

    Gonzalo se tira en el sofá, yo arriba de él (otra vez sin forros estoy re loca), me clavo su pija en mi concha, empiezo a saltar, mientras Juanchi empieza a jugar con mi cola, me la besaba, me la escupía, con mis jugos me metía uno, dos, dedos (como siempre).

    Pero esta vez yo sola, me apoyo sobre Gonzalo dejándole a Juanchi mi cola ¡de regalo!, mientras Gonzalo me seguía cogiendo Juanchi seguía jugando con sus dedos en mi cola, hasta que siento que me empieza a meter su pija en la cola.

    Esto con Gonzalo nunca lo había hecho. La cosa es que estaba tan caliente que nada me importaba, quería pijas por todos lados, ¿me explico? Y si había una más me la metía en la boca.

    Bueno me empezaron, bah Gonzalo ya hacía rato que me estaba cogiendo, pero cuando sentí la pija de Juanchi en mi colita es como que ya ni me podía mover, ¡DOS PIJAS PARA MI SOLITA!, empecé a moverme como pude hasta que Juanchi fue el primero en acabar (bah de los chicos, porque mientras me cogían yo ya había acabado, pero seguía caliente), y me llena el culo con esa leche calentita, y después, acabe de nuevo junto con Gonzalo mientras me llenaba la concha ¡de leche!

    Ni siquiera me fui a lavar, me quede en el sillón, mientras la leche que se me salía se lo ensuciaba todo.

    Nos quedamos en sofá, poco tiempo, y como hago siempre para probar la resistencia de cada chico, con cada una de mis manos, le empiezo a tocar las pijas, hasta que se les pararon de nuevo, y como una buena trolita, me pongo de rodillas y de a uno se las empiezo a chupar, a besar (me llevó un rato, pero quería conseguir mi premio), hasta que primero uno, después otro, me llenan la boca de leche y les dejo (como siempre las pijas bien limpitas).

    Obvio que había que hacer un “intervalo” Gonzalo que es de los que me gustan re grandotes, me trae una camisa de él, me la pongo y los chicos los bóxer.

    Y ahí sí, nos ponemos a tomar algo y a hablar ¡como si nada hubiera pasado!

    Nos quedamos así un rato largo, hasta que Juanchi dice que se tenía que ir (yo boluda no soy, seguro que ya había arreglado con Gonzalo que me cogían entre los dos y después me dejaba sola con el).

    Bueno se va, Gonzalo, me agarra de la mano y me lleva arriba donde está su dormitorio, yo me siento en la cama, y le empiezo a acariciar la pija (sobre el bóxer) le digo, cosa que me encanta: “¿te gusta bebé?” obvio me enterraba mi cabeza en su pija, se la chupe un rato hasta que no daba más y me dice: “veni pendeja, te quiero coger ¡de nuevo!”

    Me saco la camisa, me pongo en cuatro y me empieza a coger la conchita por atrás, me la mete así, ¡re caliente!, yo me movía como una bestia, gritaba, gemía, le decía (como me gusta hacerlo): “cógeme, cógeme bien ¡puto!”, cosa que no le quedó otra que cogerme con esa pija que no es nada despreciable y me pone loca, mientras me cogía acabé, me siguió cogiendo hasta que acabamos de nuevo, ¡los juntos!

    Nos quedamos en la cama, y ahí a mi cabecita loca, que para eso soy una capa, le cuento sin muchos detalles, que había conocido a una pendeja, obvio hablaba de Valen (Gonzalo no sabe que me acuesto también con mujeres), pero que esta pendejita de 18 años, se me daba que tenía ganas de empezar a probar de todo, a pesar de estar ¡de novia!

    Y le propuse (como una trola sin límites, porque así en bolas acariciándonos los dos estaba re caliente de nuevo), bueno, digo le propuse algún día, si la convencía hacer un cuarteto con: ¡Juanchi, Valen el, y yo!

    Obvio que con solo proponérselo, se re calentó, más como le conté como era Valen (la voy a sacar re trola y fiestera a la pendejita esta, porque se ¡que le gusta!)

    Bueno, no sé, ya era tarde, me habían cogido dos veces, me hicieron la cola, era como que mi “cuota sexual” estaba cumplida ¿no?

    Pero no, Gonzalo, me empieza a besar de nuevo, me lleva a darme vuelta, me empieza a besar desde la nuca, la espalda, me tocaba las tetas, me besaba la cintura hasta que llega a mi ¡cola!

    Primero me la besa, me la acaricia, se pasó un largo rato así, con solo besarla, mimándola y chupándola, hasta que con mis gemidos, gritos de placer, dolor, más su lengua que ya la tenía dentro de mi cola, con lo cual ya se estaba empezando a dilatar y estaba muy húmeda, me mete primero un dedo, dos, y lo de siempre, yo y me retorcía en la cama de placer, mis piernas bien abiertas y moviéndolas (no las podía dejar quietas) hasta que llegó el momento que obvio empiezo a sentir como su pija empieza a entrar de a poco en mi cola (como les dije no la tiene nada despreciable y él lo sabe).

    Se toma su tiempo, para que me duela lo menos posible, mientras mi calentura iba ¡aumentando!, hasta que de a poco me la empieza a meter, me dolía pero la gozaba, y ay, me la mete toda y me empieza a ¡bombear!, yo ya ¡ni me movía! Me bombeaba, hasta que acabamos de nuevo los dos juntos y otra vez mi cola ¡llena de leche!

    Pero esta vez fui al baño, me lavé, volví a la cama, me acosté, y estaba muerta (encima la noche anterior mucho no había dormido y en dos días ni se cuántas veces me hicieron la cola).

    Bueno la cosa es que me tiro en la cama, así en bolas, y sin darme cuenta, me voy quedando dormida. Me despierto tipo 11 de la mañana, y pobrecito, ya me había tapado con una sábana y así ¡PASAMOS LA NOCHE JUNTOS! (Que no fue la primera vez que lo habíamos hecho).

    Él estaba dormido, no me importaba, le digo: “buen día amor” nos empezamos a besar de nuevo (quería mi premio de la mañana, el famoso mañanero, me encanta despertar ¡cogiendo!)

    Bueno, para no hacerla muy largo, después de tocarnos, ponerme un poco su pija en la boca, para que se le pare bien, me pongo debajo de el, el arriba mío, llegue a poner hasta mis piernas sobre sus hombros asi sentía bien su pija y la verdad por ser a la mañana, me pego ¡flor de cogida! De esas que ¡me gustan!

    Nada, nos quedamos un rato en la cama, me dice de desayunar, me pongo solo esa camisa enorme (que como conté más de una vez me encanta ponerme camisas de hombres que me queden bien grandes y estar en bolas abajo).

    Bueno, otra vez me voy en detalles, bajamos, desayunamos unas tostadas y todo eso, nos quedamos bastante desayunando. Hasta que llegaba el momento de levantar todo, lo llevamos a la pile de la cocina, me pongo a lavar las cosas (cosa que en mi casa en la puta vida hago, no lavo ni una taza).

    Ya terminando de lavar todo el desesperado de Gonzalo, se pone detrás mío, me empieza besando la nuca, sigue desabrochándome la camisa (y aunque les parezca mentira, le decía que ya no, que basta, que no daba ¡más!)

    Le importo ¡un carajo!, me saca la blusa, me deja en bolas, me doy vuelta, ya esa pija irresistible estaba re parada, y eso es más fuerte que yo, le saco el bóxer y se la empiezo a chupar, me la como, me atragantaba con esa pija hermosa, y ya explotaba y el guacho hace una de las cosas que más me gustan, ¿y sabe cuál es?

    Me levanta, me agarra de la cola, me pone así de parados en el aire, yo me cuelgo de su cuello (nunca había cogido así con el), hasta que me mete esa hermosa pija en la concha, y yo como puedo empiezo a saltar y el a bombearme (les aclaro es bastante alto, con un muy buen estado físico para aguantarme cogiendo en el aire, bombearme, hacerme calentar a mil), hasta que terminamos acabando los dos juntos (con Gonzalo es uno de los pocos que acabamos los dos juntos a la vez).

    Serían las 14 h., le digo que me tenía que ir, me deja en casa, y como es más fuerte que yo, me puse a contar la noche hermosa que tuve.

    La verdad fue un fin de semana que me dejé coger, y me la pase cogiendo y es más, planeando cosas para seguir con esas aventuras que me ponen re loca.

  • Primera experiencia en un trío

    Primera experiencia en un trío

    Nuestro vecino nos convenció de hacer un trío pero no resultó de la mejor manera.

    Mi nombre es Sergio tengo 22 años y vivo con mi novia Sol de 20 años. Somos una pareja que no experimentaba mucho en el sexo como las demás parejas. Éramos muy monótonos, muy básicos en el sexo, pero todo cambió cuando nos mudamos y conocimos a nuestro nuevo vecino.

    Él se llamaba Juan tenía 35 años y vivía con su esposa Jimena de 32 años. Él era un tipo bastante abierto que en las conversaciones que teníamos nos hablaba mucho de sexo, mi mujer se moría de vergüenza al escucharlo. Nos recomendó varias posiciones sexuales, las cuales pudimos probar algunas y otras no nos salieron.

    Un día lo invité a mi casa para tomar algo con mi novia y durante la charla que teníamos salió el tema del sexo.

    —Probaron las posiciones que les dije?

    —Sí, algunas y otras no me salieron.

    —Lo disfrutaste?? —él le pregunto a mi novia.

    —Estuvieran buenas.

    —Alguna vez pensaron en hacer un trio??

    —Yo lo pensé pero nunca me anime a preguntarle si se animaba hacer uno —le dije a él.

    —Y vos, nunca quisiste hacer uno??

    —Toda mujer tiene la fantasía de hacer un trio, siempre quise hacer uno pero no me animaba a decírselo —ella respondió.

    —Qué tal si hacemos un trío ahora conmigo.

    —No lo sé, no sé si ella quiere —dije.

    —Sí, quiero —dijo ella.

    —Estas segura amor??

    —Muy segura.

    Le di un beso y le dije que todo iba estar bien.

    Él nos guio y nos fue diciendo que es lo que debíamos hacer.

    Lo primero que hicimos fue sentarnos en el sofá y mi novia se arrodillo en frente nuestro. Él le pidió que me sacara el pantalón y cuando lo hizo le dijo que me la chupara. Ella empezó a chupármela y el a mirar como mi novia me la mamaba. Luego metió su mano dentro del pantalón y empezó a tocarse.

    Luego de que dejara que ella me la chupara por 10 minutos dijo que ahora le tocaba a él. Mi novia se acomodó entre sus piernas y le sacó el pantalón y su pija monstruosa se levantó como si fuese un resorte. Era mucha más grande que la mía.

    Ella agarró la pija con la mano y se puso en posición para chupársela pero él le dijo todavía no. Le pidió que sacara la lengua y que se la pasara de punta a punta por la pija. Ver eso me excito bastante y comencé a pajearme. Al terminar de pasarle la lengua, ella comenzó a chupársela.

    Tenía sentimientos encontrados, por un lado sentía algo de celos y cierta incomodidad al ver a mi novia con otro hombre y por otro lado me excitaba esa situación.

    Sin darme cuenta aumente el ritmo de mi mano al ver que el hacía fuerza para que ella se la trague toda por la boca. No pude aguantarme y expulse una gran cantidad de leche que cayó sobre el sofá y el piso.

    El decidió que era momento de pasar a otra cosa, así que él se sacó la ropa y le ordenó a ella que también lo hiciera. Le pidió que se ponga en cuatro patas sobre el sofá y ella acepto la orden. Él se colocó detrás de ella y empezó a chuparle la concha y a meterle varios dedos, también por el culo. Como yo estaba delante de ella, me empezó a chupar la pija, la cual estaba súper muerta.

    El luego se decidió a penetrarla, así que acomodo su pija en la concha de mi mujer y se la enterró hasta el fondo y mi novia pego un grito bastante fuerte, el cual se escuchó como si fuese por placer y a la vez de dolor. La tomo de la cintura y empezó a meterla y sacarla en un buen ritmo. Ella no pudo seguir chupándomela debido a que empezó a gemir y no podía hacer las dos cosas a la vez.

    —Más duro papi —decía ella con la voz entrecortada.

    —Querés más fuerte putita?

    —Sí, papito —con la voz muy entrecortada.

    El la soltó de la cintura y el tomo de los hombros, las embestidas empezaron a ser más lentas pero más fuerte como si fuesen golpes.

    —Así, así, así, seguí así —decía mi novia.

    —Te gusta así putita?

    —Siii.

    Luego tuve que levantarme del sofá porque el la recostó ocupando todo el espacio y luego se la follo de costado y mientras lo hacían se besaban con pasión y yo me moría de celos porque sentía cierto fuego entre los dos.

    Luego probaron una posición que él nos había dicho y que nos costó hacerla. Como mi novia es delgada la subió encima de él y se la follo de parado. Era algo único para ver, es una posición muy difícil de hacer.

    Luego la bajó y la hizo arrodillarse en el piso. Le pidió que abriera la boca y que sacara la lengua hacia afuera. El empezó a masturbarse y cuando estaba listo a cabo en la boca de mi novia y ella se lo trago todo.

    —Sos una hembra única.

    —Vos también sos único —dijo ella.

    —Me gustaría verte más seguido.

    —Cuando quieras, yo te estaré esperando —Dijo ella.

    Continuará??

    Si me escriben varios comentarios para que la siga me pondré a pensar en una segunda parte.

  • De chapero de pueblo a gigoló de capital

    De chapero de pueblo a gigoló de capital

    El día que llegué a Londres iba con ganas de comerme el mundo, y me lo iba a comer, me iba a comer un mundo de coños insatisfechos de mujer, aunque antes trabajé en un hospital fregando platos, barriendo y fregando suelos y limpiando baños y aseos por 50 libras semanales. En fin, que después de acabar el bachiller fui a Inglaterra a perfeccionar el inglés y volvería a ser chapero, esta vez un chapero de lujo.

    Aconsejado y recomendado por un viejo español que fuera chapero y que había conocido en un pub, vestido con un traje gris, fui a una agencia sita en una céntrica calle de Picadilly Circus. Allí me esperaba el puto, jefe. Aquel hombre de pelo negro engominado, trajeado, con porte de galán, de nacionalidad italiana, sentado en su trono de papel, que chapurreaba cinco idiomas, ni se molestó en levantarse, me señaló con un dedo un sillón, y después de sentarme, me preguntó:

    -¿Has follado mucho?

    -Era el chapero de mi pueblo.

    -Te he preguntado si has follado mucho, no si jugaste mucho a las chapas.

    -Un chapero de aldea es un gigoló, a lo pobre.

    Luigi, sacó un cigarrillo Royal Crown de la cajetilla que tenía encima de la mesa, lo encendió con su encendedor de oro, le dio una calada, y dijo:

    -Una palabra más que aprendo, chapero.

    -En España se dice chapero, puto…

    -Ya, ya. ¿Has follado con alguna mujer mayor?

    -Con muchas.

    -Bien, bien, ya que vas a tener que pasar la prueba.

    -¿Qué prueba es esa?

    -La que pasan todos los nuevos, hacer que se corra la más vieja de nuestras clientas.

    -¿Es muy vieja?

    -Hace diez años, cuando entré a trabajar en la agencia tenía 82 años.

    -¡¿Las mujeres se corren a los 92 años?!

    -Se corren hasta el día en que se mueren. ¿Te vuelves atrás?

    Si se creía que me podía acojonar iba dado.

    -¿Cuánto voy a cobrar?

    -Los novatos cobran 300 libras por trabajo.

    -¿Limpias?

    -Sí, la agencia se queda con las otras 300 y de ellas paga el tax (el tax era el impuesto).

    -¿Dónde está la vieja?

    -Antes te voy a contar mi experiencia con ella. Puede que te vuelvas atrás.

    -Por 300 libras no me volvería atrás ni aunque fuese la novia del monstruo de Frankenstein. Cuenta, cuenta.

    Y Luigi, me contó.

    -Estaba recién llegado de Italia. El anterior jefe, en mi primer trabajo, me dijo:

    -«Tenemos una clienta de 82 años en el hotel Saboy. Esta mujer lleva requiriendo nuestros servicios desde la fundación de la agencia y estrena a todos los nuevos. Debes dejarla hinchada de placer».

    Me dio el número de la habitación y un maletín con cremas, condones, consoladores… Allí había de todo. Dejé mi bicicleta en el garaje de la agencia…

    -¡¿Tenías una bicicleta?!

    -Sí, y ahora tengo un Ferrari. ¿Ya llegaste tú a una bicicleta, gallego?

    -No.

    -Pues escucha y calla. Dejé en el garaje mi bicicleta y cogí un taxi hasta Westminster. Al llegar a la habitación me abrió una mujer muy fea que tenía más arrugas que una pasa. Estaba en bata de casa. Era seria como un palo. Me dijo que entrase en la habitación. Al estar dentro vi una botella de champán en una cubitera y dos copas encima de un mueble. Encima de la mesita de noche había un vaso con agua y en ella una dentadura postiza. No me inmuté, yo era Luigi, Luigi el amoroso, Me di la vuelta y vi que la señora Carrington se había quitado la bata. Tenía unas tetazas. Una le llegaba a la altura del ombligo y la otra la llevaba colgada a la espada…

    -¡No jodas!

    -Tal y como te lo cuento. No tenía un kilo de carne, era todo huesos y pieles arrugadas. De la seriedad pasó a la sonrisa, y mejor sería que no lo hiciera, ya que me sonrió con su boca desdentada, luego llenó las dos copas de champán. No le quise la copa. Agarré la botella y hasta que la terminé no paré. Necesitaba estar medio borracho para realizar el trabajo que me había sido encomendado. La putona, para romper el hielo, me preguntó:

    -«¿Cuántos años tienes?»

    -Veinte.

    -«Yo treinta más muchos.»

    -No mentía, a los treinta le había que sumar muchos. Fui al grano.

    -¿Alguna posición preferida?

    -«La del misionero. Me gusta que me coman la boca mientras me llevan al cielo.»

    -Le dije que se echara sobre la cama. Se echó sobre ella y se abrió de piernas. Abrí el maletín y cogí la herramienta para hacer mi trabajo… Y ya no te acojono más, el caso fue que no pasé la prueba, no me dejó que la hinchara, aunque, eso sí, le caí tan bien a la vieja, que me dieron otra oportunidad con una mujer más joven.

    -¿Qué herramienta quisiste usar para hincharla que ella no quiso que usaras?

    -El bombín de mi bicicleta.

    Me dio la risa.

    -Estás de cachondeo.

    -No, en aquel momento me pareció una buena idea.

    Me dije a mi mismo que si aquel idiota llegara a puto, jefe, yo llegaba a ser el dueño de la agencia.

    -¿Adónde tengo que ir para hacer feliz a esa vieja?

    -Se ve que tienes cuajo.

    Me dio la dirección y el maletín. En vez de gigoló me sentí como un ejecutivo, que iba al matadero, pero ejecutivo al fin y al cabo, ya que iba a ejecutar. La mujer estaba otra vez en el hotel Saboy.

    Delante de la puerta de la habitación me encontré con dos tipos que parecían dos armarios empotrados. Me cachearon y miraron que llevaba en el maletín, después uno de ellos me abrió la puerta. Me encontré con una muchacha de veinte y pocos años. Supe quién era al momento. Aquella cara salía mucho en las revistas. No voy a decir quién era porque no puedo. Sólo diré que guapa no era, que usaba Chanel nº 5 y que Luigi me había engañado.

    La cubitera con el champán estaba sobre un mueble. Sobre la mesita de noche había una lámpara. Le pregunté, por preguntar:

    -¿Are you mrs Carrinton?

    Mintió.

    -Yes. ¿Any problem?

    -No, no.

    La chica me dio una copa con champán. Después puso en un tocadiscos la canción: «When I need love.» Tomó un sorbito de su copa y me besó con sus jugosos labios y su lengua traviesa. Posamos las copas. La agarré por las nalgas y la apreté contra mí. Rodeó mi cuello con sus brazos y nos seguimos besando. Mi verga estaba dura como una piedra. La chica, que era algo más alta que yo, comenzó a bailar sintiéndola entre sus piernas.

    Paso a traducir del inglés al español.

    Le pregunté:

    -¿Cómo lo quieres?

    -Dulce, como si estuvieras enamorada de mí, y sin goma.

    Le desabotoné la blusa blanca mientras la besaba. Le quité el sujetador. Unas tetas redondas y duras con areolas y pezones rosados quedaron al descubierto.

    La muchacha quiso ver la mercancía. Me quitó la corbata, la chaqueta, la camisa. Me acarició los pectorales y me chupó los pezones. Me bajó los pantalones y los calzoncillos. Yo me quité lo zapatos. En cuclillas y acariciando mis nalgas, metió mi verga en la boca y le dio unas deliciosas mamadas. Al levantarse le masajeé las tetas y le trabajé los pezones y las areolas. La chica comenzó a gemir. Después le lamer magrear y mamar, le quité la falda. Quedó en bragas y liguero. Le quité las bragas, y en cuclillas le trabajé el coño mojado, o sea, lamí y chupé, labios y clítoris, y follé con la punta de mi lengua su vagina. La puse a huevo. Después le di la vuelta. La agarré por las tetas y la besé en el cuello. La chica se apoyó con las manos a la pared. Le di canela fina… Giró el cuello buscando mi boca con su boca más de una docena de veces. Yo ignoré sus labios. Follándola a toda hostia, la agarré por los pelos y tiré de su cabeza hacia atrás.

    Estaba haciendo lo contrario de lo que me había dicho. La dulzura brillaba por su ausencia. Pero sus gemidos me dijeron que había acertado al no hacerle caso. Seguí besando y lamiendo su cuello. Le mordí los lóbulos de las orejas. Poco después, me dijo:

    -Me voy a correr.

    Le quité la verga del coño empapado y se la acerqué a la entrada del ojete. Echó el culo hacia atrás y la fue metiendo muy despacito. Al tocar fondo volví a darle canela fina. Gozando como una perra volvió a buscar mi boca con su boca. Como no la besaba, me dijo:

    -Bésame, por favor.

    Ni puto caso. Desprecié sus labios y le volví a tirar de los pelos atrayendo la cabeza hacia atrás mientras le clavaba la verga con fuertes golpes de riñón. Volvió a decir:

    -Me voy a correr.

    Se la quité del culo. Le di la vuelta. La cogí en alto en peso y se la metí en el coño. Sus brazos rodearon mi cuello y sus delgadas piernas mi cintura. Tenía mi boca al alcance de la suya. Me besó con dulzura, al principio, ya que al ratito me chupó la lengua con fuerza. Las piernas le empezaron a temblar. Su coño apretó mi verga y entre gemidos, apretándola y soltándola, la encharcó con sus jugos. Era el momento de llenarla, y la llené con una larga y calentita corrida que se mezcló con la suya.

    Al sacarle la verga dos regueros de jugo y semen salieron de su coño peludo, bajaron por el interior de sus muslos hasta sus tobillos y acabaron mojando el piso de la habitación.

    Sonó el teléfono, la muchacha lo cogió, y se acabó la sesión. Según me dijo se tenía que ir por motivos de seguridad, había estallado una bomba en un pub de Guildford.

    Quique.

  • Rubelo

    Rubelo

    Llueve. Oigo el repiqueteo de las gotas de agua golpeando la persiana echada. El cuarto está en penumbra; la escasa claridad de esta mañana se vislumbra como una luz detrás de una pantalla casi opaca. Huelo la diferencia. Doblo la cabeza sobre la almohada. Veo el rostro de Rubén. Bah, dice que le gustan mis pies, ¡mis pies! Sí, y bien que anoche se chupó cada uno de mis dedos: se hartó; después pasó a mi coño. Ayer se me ocurrió salir en chanclas a tomar café al bar de la esquina; él estaba allí; se fijó en mis pies. Ah, tengo ganas, sí. Le haré una mamada.

    Retiro poco a poco la manta que cubre el cuerpo de Rubén. Primero besuqueo su torso peludo, sus suaves pezoncitos; luego paso a meter la lengua en su ombligo; por último, tras oír su amortiguado resuello, tomo su polla en una mano y me la meto en la boca.

    Hum, está blandita todavía, ya la iré haciendo crecer, hum, me gusta sentir como se endurece, poco a poco.

    La saco de mi boca unos instantes para lamer bien su frenillo, su prepucio, su glande, y comienzo a cabecear con constancia sobre el hinchado pene. Oigo la voz somnolienta de Rubén, como si estuviera debajo del agua: «Sigue… así, Sonia, oh, me corro, oh, me co-rro, ooh.»

    Terminamos. Le he dicho a Rubén que debe huir, lejos.

    El día anterior tuve una inesperada visita…

    Sonó el timbre de la puerta. Fui a abrir. «Buenos días», me dijo uno de los dos hombres que aparecieron en el descansillo, el más mayor, alto, barbudo, gordo y peludo: «Buenos días», dije sonriente; «Verá, su nombre es Sonia Leta, ¿verdad?», preguntó el otro, más bajito y musculoso; «Verdad», dije; «Somos agentes de paisano», dijo el barbudo, «policías, vamos», mostraron sus placas, «estamos buscando a Rubén Nilo, ¿sabe usted donde puede estar?» Un leve escalofrío me recorrió la espalda, pero disimulé cerrando las solapas de la rebeca que llevaba puesta. «No», respondí secamente; «Pero, lo conoce», dijo acusador el musculoso; «Sí, es vecino, sí, hemos hablado en varias ocasiones», dije. Ellos se miraron cómplices, luego me miraron a mí: «Señora… Sonia, ¿nos ocultas algo?»; «No», aseguré con énfasis adelantando la cabeza, «¿quieren pasar y hablamos más cómodos?», invité. Ellos aceptaron.

    Me hicieron preguntas y más preguntas, pero, claro, yo desconocía qué clase de historial era el de Rubén. Me despojé de la rebeca al final del interrogatorio: tenía calor; dejando al descubierto mi palabra de honor escotado. Eso a ellos no los dejó indiferentes, ya que mis redondos pechos, sin sujeción alguna, resaltaban sobremanera. «Sonia, ahora queremos saber qué hacía Rubén en tu casa la tarde del dieciséis de septiembre». Esta fue su penúltima pregunta. «Es algo muy personal», respondí; «¿Nos lo puede explicar?». Esta fue la última.

    Los tres desnudos en mi cama. Yo, a gatas sobre el colchón, tragaba la polla del gordo barbudo mientras el bajito musculoso me penetraba duro el chocho desde atrás. Todo sucedió de pronto. Me hicieron la pregunta, ¡quería que les explicara qué hacíamos Rubén y yo!, y les hice pasar a mi dormitorio. Me quité toda la ropa frente a ellos y les invité a que hiciesen lo mismo. Después acaricié con dulzura sus masculinos cuerpos; ellos reaccionaron metiéndole mano al mío. Y nos acostamos.

    La polla gorda y dura del gordo barbudo se ensanchaba más y más a cada empuje de mis labios; me sobrevenía la asfixia, y el bajito musculoso culeaba cada vez más rápido. Yo respiraba sonoramente por la nariz. Tal dificultad para respirar, reteniendo tanto tiempo el aire en mis pulmones, me provocaba un orgasmo y otro y otro, tan seguidos que los espasmos que sufría hacían que perdiese la horizontalidad de mi espalda y el de atrás me la metiera de arriba hacia abajo aumentando si cabe más mi placer. Oía sus gruñidos de satisfacción, sus roncas frases obscenas en las que se animaban el uno al otro, sus respiraciones cada vez más agitadas. Súbitamente, el semen del gordo barbudo se disparó a mi garganta; yo retiré mi boca y rebañé los grumos blanquecinos de su prepucio, adorando su gran polla. El gordo dijo: «Así, nena, así». El bajito musculoso parecía que también acababa, porque un vaivén me lanzó hacia la barriga del barbudo sin poderme sostener, y su aullido sonó feroz.

    Allí me dejaron, sobre las sábanas como una muñeca descoyuntada, pero satisfechísima.

    Ahora debía avisar a Rubén.

    Conocí a Rubén a finales de verano: una noche…

    Salí de la ducha y me puse la batita semitransparente sin sujetador ni bragas. Así me paseaba por mi casa, de la cocina al salón, del salón al dormitorio, con mis quehaceres, cuando sonó el timbre de la puerta. «¿Quién será a estas horas?», me pregunté, después de mirar el reloj analógico colgado de la pared de la cocina, que señalaba las once de la noche; me encaminé hacia la puerta de la entrada y abrí. Ni siquiera me acordaba de lo que llevaba puesto encima, que era poca cosa, y si a eso le sumamos que yo, a mis treinta y seis años, estoy metidita en carnes, con curvas sobresalientes, no es de extrañar que al hombre joven que se me presentó de frente se le extraviase la vista, pues no sabía dónde mirar. «¡Señora!», exclamó; «Mi nombre es Sonia, tutéame, ¿qué quieres?», le pregunté; «Verá, verás, mmm, Sonia, me llamo Rubén, soy el nuevo vecino de abajo, y, no sé, me da la impresión de que tienes problemas de humedades». «Sí, de humedades», pensé, «desde luego, te he visto y se me ha hecho el chocho agua». Vaya con mi vecino nuevo: uno ochenta, moreno, ojos verdes, buena figura… «Bueno, entra, echaremos un vistazo a la instalación», solté. Enseguida entramos en mi casa; entramos en la cocina. Él llevaba puesto un calzón corto deportivo, y, una de las veces que se puso en cuclillas para comprobar las conexiones de los tubos, se le salió la punta de la polla. Hum, me gustó; así que hice como que tropezaba con la pata de una mesa y caí de espaldas sobre el suelo, soltándoseme un poco el cinturón de mi batita, quedándoseme una teta bien visible. Él se inclinó sobre mi cuerpo estirado, apoyando sus dos fuertes antebrazos sobre el suelo, «¿Estás bien, Sonia?», me preguntó; «No sé, no sé, quizá…, tócame en el costado, a ver… no, nada, estoy bien, ahora…, toca mi rodilla, a ver…, no, nada». Por cada tocamiento yo iba notando su hinchazón en la entrepierna: ya no se pudo contener: puso sus labios en mi pezón desnudo y empezó a chuparlo.

    Me lo llevé a la cama y me lo tiré.

    Primero le chupé bien la polla, despacio pero tragándola entera, repasándola de arriba a abajo con mi lengua, dando fuertes chupetones a su glande rojizo. Después, ahorcajada encima de él, cabalgué; hum, me gustó tanto sentir su hinchazón dentro de mí, y tanto recibir su tibio esperma; me gustó tanto oír mi nombre pronunciado entre resuellos, y su ronco grito de placer. Acabamos y me desplomé en su tórax peludo; él me acarició suavemente la espalda.

    Respecto al tema de las inexistentes manchas de humedad en el techo de su casa, que tiempo después me confesó que fue una estratagema, quedamos para hablarlo al día siguiente.

    Al día siguiente. Hum…

    Rubén, nada más entrar en mi casa, me sujetó mis rollizos senos con las palmas de sus manos, haciendo presión en las areolas. Tan cerca estaban sus labios de los míos que, sacando mi lengua, los lamí. Montada sobre él, aún vestidos, mi falda alzada hasta mi ombligo, su pantalón bajado hasta las rodillas, la telita de mis braguitas apartada, su cipote sacado por la portañuela de su calzón, follamos sobre el parquet barnizado del saloncito.

    Dormimos juntos después de que me follara un par de veces más. ¡Qué hombre tan fogoso! Lo que más me gustaba era que pronunciaba mi nombre en mi oído cuando estaba a punto de correrse: «Sonia, ohf, Sonia.»

    Sí; estas cosas ocurrieron a finales de verano: ya se acerca el invierno.

    No hace mucho me he enterado que Rubén Nilo, mi Rubén, es alguien famoso; o, si se quiere, famosillo. Una especie de cantante de ese género que llaman rap, o hip-hop, o qué sé yo. Lo dijeron en la tele. Es conocido por el nombre Rubelo, ¡vaya nombrecito! Al parecer, sus textos son ofensivos para el orden establecido; lo estuvieron investigando. Y lo hubiesen detenido si no hubiese huido del país, quizá si yo no lo hubiese avisado con tiempo; aunque creo que él algo se olía. Dicen los informativos que está fuera del país, en otro país, uno en el que las ofensas que dicen que él vertió en los textos de sus canciones son tema baladí. Me alegro por él.

    Albricias; ayer me llegó a través de una red social que suelo usar un mensaje de Rubén: me pide que me reúna con él; me dice que… que no puede olvidarme.

    Vuelo a reunirme con él.

    Rubén me ha recibido en la terminal del aeropuerto con los brazos abiertos. Me ha colmado de besos, aunque fue el primero el que más me ha gustado: un beso mordido: sus labios se han apretado tanto a los míos que nuestras lenguas enseguida han tomado contacto y se han entrelazado durante…, no sé…, perdida la noción del tiempo. Rubelo, ay, Rubelo.

    Me ha invitado a desayunar en un café cercano al apartamento donde se aloja en un edificio altísimo. Luego hemos subido. Me ha parecido muy confortable su nidito: temperatura ideal, estanterías llenas de cedes y aparatos reproductores de música, paredes y suelo enmoquetados. Usa un sofá cama para dormir, ya que las dimensiones del apartamento son tan exiguas que no tiene dormitorio. Rubén me ha ofrecido una silla para sentarme y se ha quedado de pie frente a mí, mirándome. Voy vestida de sport: zapatillas deportivas, pantalones vaqueros, jersey ancho, no sé en qué se fija tanto. Ahora se agacha y arrodilla entre mis rodillas. Espera. Alarga las manos para soltar la hebilla de mis pantalones; lo hace; tira de las perneras hacia él; estoy en bragas; mete sus dedos entre el elástico de las bragas y mi cintura, quiere dejar mi coño al aire; lo hace. Yo estoy excitadísima; agarro con mis manos su cabeza por detrás de la nuca y la empujo hacia mi calentura. Los vellos de mi pubis, ralos, parecen apartarse para que pasen sus labios: luego siento la humedad de su lengua en mi interior. He dado un fuerte gemido cuando la punta de su lengua, explorando, ha rozado mi clítoris. Creo que esa ha sido la señal que ha esperado Rubén, porque ahora sus lametones masajean mi pipita cada vez con más tino, hum, hum. «Ay, Rubén», suspiro «Ay, Rubén…, no pa-ah-ah, no pares, me gu-uh-ah, me gusta ta-ah, tanto» Yo tiro hacia mí de su cabeza, la quiero meter en mi coño. El orgasmo me viene. Tengo espasmos que recorren mi cuerpo: mi cabeza me parece que va a estallar, mis tetas están llenas de electricidad, mis piernas tiemblan. «¡Aaahh!», grito. Rubén afloja la presión, sorbe mi jugo almibarado: levanta la vista y me dice: «Sonia, te quiero.»

    Después de comer algo de lo que había en su nevera, un par de pizzas y dos cervezas, hemos abierto el sofá cama y, desnudos, nos hemos acostado. He debido quedarme dormida al instante, con mi cabeza recostada en su pecho, pero sospecho que Rubén no, porque cuando me he incorporado, él seguía dormido, he visto un folio A-4 escrito a bolígrafo entre sus dedos. Lo he cogido. Lo estoy leyendo:

    «Esta tarde te quedarás

    en mi casa dormida.

    Soñolienta te cubrirás;

    tú eres la que se cuida.

    Peligros hay en cada esquina;

    gente perversa e insana,

    que dice no ser mezquina

    y usa tarifa plana.

    La sábana rosa,

    tan suave de flor,

    cálida se ha puesto,

    funde en piel hermosa:

    pliegues de candor.

    Late el corazón limpio y honesto.

    By Rubelo»

    «Vaya», estoy pensando, «un poeta es mi Rubelo.»