Autor: admin

  • Descubrí a mi hermana teniendo sexo con mi padre

    Descubrí a mi hermana teniendo sexo con mi padre

    Mi nombre es Celeste, tengo 18 años y mi hermana se llama Rocío y tiene 20 años. Ella es una chica bastante linda que tuvo y tiene varios novios. Le encanta el sexo y siempre me cuenta sobre sus encuentros sexuales. Nunca me hubiera imaginado que teniendo la posibilidad de tener a cualquier hombre terminara follando con nuestro padre.

    Ambas compartimos el mismo cuarto y dormimos en camas enfrentadas.

    Una noche cerca de las 2 de la mañana hubo un ruido que me hizo despertar. Ese ruido no era más que otra cosa que mi padre hablando con mi hermana.

    —Te dije que acá no —le dijo ella a mi padre.

    —No puedo, te deseo con toda mi alma.

    —No podés aguantar hasta mañana??

    —No, no puedo.

    Vi entonces como él se metía en la cama de mi hermana y se colocaba detrás de ella. Él empezó a besarla sobre el cuello y luego sobre la boca. Mientras la besaba, sus manos empezaron a buscar sus pechos y al encontrarlas las agarró y las apretó fuertemente.

    Él fue bajando hasta que lo perdí por debajo de la frazada. Yo seguía observando y vi como mi hermana levanto un poco sus piernas y luego las abrió. Mi hermana empezó a gemir y para no hacer tanto ruido mordía la almohada. Seguramente mi padre le debía estar haciendo sexo oral o metiéndole un dedo o las dos cosas.

    Luego mi padre volvió a subir y se colocó nuevamente detrás de ella. Empezó a darle besos como antes y lo que hizo ahora me impacto ver. Levanto la frazada y pude observar como mi hermana ya no tenía nada puesto debajo de la cintura, mi padre le había sacado todo.

    Él le levantó la pierna y empezó a penetrarla. Mientras hacía eso le levantó la musculosa a mi hermana y comenzó también a manosear esos melones.

    Intentaban hacer el menos ruido posible y es por eso que ella mordía la almohada con el objetivo de que no se les escapase ningún gemido que me vaya a despertar.

    Ella creo que sintió algo de frio porque volvió a taparse y el siguió follandosela de costado. Luego mi padre se movió y la coloco boca abajo. Se subió encima de ella y empezó a follarsela primero por la vagina y luego por el culo. Mi hermana levantaba las patitas cuando mi padre se la enterraba toda.

    Luego mi padre se recostó y ella se metió por debajo de la frazada. Fue entonces que ella empezó a chuparle la pija. Me pareció gracioso ver como mi padre levantaba la frazada varias veces para verla como se la chupaba.

    Ella lo hizo acabar en su boca y luego de eso volvió a subir.

    —Te la tragaste toda?? —él le pregunto.

    —Si papi, me la trague toda.

    —Bueno, me voy antes que tu madre me descubra.

    Creo que esa noche mi hermana durmió desnuda.

    Esos encuentros por las noches volvieron a suceder en reiteradas ocasiones. Algunas veces mi padre la ponía en posición de perrito y se la follaba o si no ella lo montaba a él.

    Un día agarre a mi hermana y le dije que sabía lo que sucedía entre ella y mi padre. Ella se largó a llorar como un bebe y me confeso todo.

    —Lo siento mucho hermana.

    —Cómo pudiste hacer una cosa así??

    —Soy adicta a la pija y tu padre tiene la más grande del barrio.

    Ella me contó que un día sin querer entró al baño y vio a nuestro padre bañándose y quedó impactada por el tamaño de su pene.

    Se tocaba pensando en él y fantaseaba con probarla un día.

    Los fines de semana mi madre suele salir a correr muy temprano con sus amigas y luego se va a desayunar con ellas. Siempre tarda una hora y media en regresar, mi hermana aprovechó ese tiempo para meterse en la cama de mi padre.

    Me conto que al entrar en la habitación se sacó el pijama que usa para dormir y se quedó desnuda. Se metió por debajo de la sabana y se colocó a lado de él. Comenzó a correrle la sabana y vio que lo único que tenía puesto era un calzoncillo de color negro. Luego empezó a rozar su mano por encima del calzoncillo, tocándole toda la pija. Mi padre reaccionó moviendo la cabeza para todos lados.

    —Así mi amor, seguí tocándome —murmuraba.

    El seguía medio dormido y no vio que la que lo estaba tocando no era mi madre sino mi hermana.

    Ella saco su poronga hacia afuera y empezó a chupársela. Mi padre seguía sin abrir los ojos.

    —Que rico me la chupa mi mujer —murmuraba él.

    Mi hermana fue más lejos y se le subió encima, acomodo su pija por debajo de ella y se dejó caer enterrándose su pija dentro de ella.

    Empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo y a gemir como una loca en celo. Mi padre al escuchar sus gemidos se dio cuenta que no era su mujer sino mi hermana.

    —Pero que haces?? —dijo él.

    Ella no dijo nada sólo le hizo la señal de que haga silencio. Ella empezó a moverse más rápido y el a sentir un mayor placer. Luego mi hermana agarro sus manos y las llevó a sus tetas y el empezó a juguetear con esos melones.

    Mi padre empezó a darle cachetadas en la cola, mientras ella seguía moviéndose hacia arriba y hacia abajo enterrándose su pija. Luego la agarro y la dio vuelta dejándola recostada sobre la cama, ella lo envolvió con sus piernas y él se la follo y acabo dentro de ella.

    Así fue como comenzó todo.

  • Mi novia me ayudó a pagar la deuda

    Mi novia me ayudó a pagar la deuda

    Mi nombre es Lucas, tengo 25 años y vivo junto a mi novia Daniela de 23 años. Ella es una joven delgada de cabello oscuro, mide 1.66 y mantiene su hermosa figura yendo mucho al gimnasio.

    Comienzo este relato contando que soy un apostador compulsivo y ella no lo sabe. He ganado y perdido mucho dinero desde hace varios años. Llegué a apostar en varias ocasiones parte de mi sueldo mensual. Cuando perdía mucho dinero y para que mi mujer no se dé cuenta pedía dinero a diferentes prestamistas.

    Una vuelta sucedió que entre en una mala racha y perdí mucho dinero. Pedí entonces un préstamo para que mi mujer no se diera cuenta. Lo malo fue que el dinero que reuní para pagarlo lo perdí todo luego de unas apuestas.

    No pude pagar a tiempo y me dieron una semana más. Si no pagaba en esa semana las cosas se iban a poner feas y fue lo que termino ocurriendo.

    Días después de cumplirse el plazo 2 hombres grandotes me emboscaron a la salida del trabajo y me dieron una buena paliza. Ya no podía seguir ocultando lo que estaba ocurriendo a mi novia y así con la cara toda rota le conté todo.

    —Como puede ser que debas 30.000$, estás loco.

    —Lo siento mucho amor.

    —Cómo vamos a juntar ese dinero??

    —De algún modo lo voy a solucionar, quédate tranquila que yo lo arregló.

    —Que vas a arreglar, mira tu cara. Te van a matar estos tipos.

    —Déjamelo a mí.

    Al día siguiente yo estaba descansando y mi novia estaba a punto de ir al gimnasio con un conjunto rosado y con el cabello atado como si fuese Arianna Grande, cuando escuchamos que golpean a la puerta. Mi novia me dice que son dos tipos grandotes, entonces yo le digo que son ellos. Ella me dice que me esconda en nuestra habitación porque iba a abrir la puerta.

    Mi novia abre la puerta y los hace pasar.

    —Hola señorita, su novio se encuentra??

    —No, el salió hace un rato.

    —Usted sabe que él le debe mucho dinero a nuestro jefe??

    —Sí, lo sé.

    —No sabe si pudo juntar ese dinero??

    —No, no pudo.

    —Lamento decirle esto pero su novio se encuentra en graves problemas.

    —Ustedes no pueden ayudarlo??

    —Lo siento pero nosotros somos simples empleados.

    —Y si le doy algo a cambio a los dos??

    —Como que??

    Entonces desde nuestra habitación veo como ella empieza a tocarles por encima de las camisas. Los hombres se miran entre si y luego la miran a ella.

    —No desean un poco de esto —mi novia se levantó el top rosado y les mostro sus tetitas.

    A uno de los hombres se les iluminaron los ojos y se lanzó a ellos como loco. Empezó a chupar y a tocar esos deliciosos senos.

    —El jefe no quiere que hagamos esto —dijo el otro hombre.

    —Aprovecha, no seas boludo —dijo el hombre que chupaba las tetas de mi mujer.

    Mi mujer puso su mirada en el otro hombre y entonces empezó a tocar su bulto. Luego de tocarlo por unos segundos se agachó y le bajó el cierre del pantalón. Metió su mano y saco la pija del hombre hacia afuera. Fue entonces que empezó a hacerle una paja con sus manitos mientras lo miraba fijamente a los ojos.

    —No hagas esto —dijo el hombre que estaba siendo masturbado.

    —Que no haga que?? —dijo mi novia.

    Mi novia se metió la pija en la boca y al hombre se le escucho decir «dios mío». Mi hermosa mujer empezó entonces a chupársela y el otro que antes había chupado las tetas de mi mujer ahora tenía su pija entre sus manos. Él se acercó a ellos y le mostro su pija a mi mujer. Ella al verla se la metió en la boca y decidió masturbar a la que dejo. Los hombres por momentos la agarraban de la cola de caballo para hacer fuerza y que le entre toda la pija dentro de su boca.

    Yo tenía la puerta de nuestra habitación apenas abierta y veía las cosas que estaba haciendo mi mujer por mí.

    Luego de estar chupando por un buen rato mi mujer decide hacer otra cosa. Se sube en el sofá, se pone en posición de perrito y decide bajarse la calza deportiva y levantar la cola.

    —No quieren metérmela?? —dijo mi novia.

    Los dos hombres se acercaron a ella y empezaron a tocarla por detrás. Uno de ellos estuvo metiendo y sacando uno de sus dedos por la concha de mi mujer.

    Luego empezaron a penetrarla de a uno. La tomaban de la cintura y la embestían con fuerza. Desde el primer segundo que se la metieron mi novia no paraba de gemir y de pronunciar «ahhh ahhh», parecía que lo estaba disfrutando. Luego uno de los hombres mientras la penetraba le metió varios dedos en la boca. El otro a veces golpeaba con las palmas de sus manos la cola de ella.

    En un momento el que la estaba penetrando se detiene y le dice vamos a tu habitación. Yo me tuve que meter debajo de la cama para esconderme. Ellos al entrar encendieron la luz, se sacaron la ropa y la arrojaron al suelo. Veo como mi mujer se arrodilla en el piso y creo que volvió a chuparle la pija a los dos.

    —Te gusta chuparnos las pija?? —dijo uno de ellos.

    —Me encanta —dijo mi novia.

    Uno de ellos se acostó en la cama y mi novia se subió encima de él. El otro permaneció de pie y creo que dándole pija por la boca porque yo sentía que la cama se sacudía pero no escuchaba a mi novia.

    Luego el hombre que estaba de pie se subió a la cama y creo que quería metérsela por el culo.

    —Me la vas a meter por el culo?? —pregunto mi novia.

    —Sí, putita.

    Creo que se la metieron porque ella empezó a quejarse.

    —Más despacio por favor —dijo mi novia.

    —Querés más despacio putita de mierda??

    —Sí, sí, ahh ahh.

    La cama se empezó a mover mucho más y ella a gritar mucho más fuerte.

    Luego los movimientos se detuvieron y el que le estaba dando por el culo se bajó y la cama empezó a moverse de nuevo y a escucharse los gritos de ella. Luego creo que el hombre la dio media vuelta y se la follo de costado.

    El tipo que estaba follándose a mi mujer se bajó de la cama y ahora el otro se la quería meter.

    —Abrí las piernas muñeca —dijo este hombre.

    Creo que mi novia las abrió porque él la felicito.

    —Así muy bien.

    El hombre apoyo las dos rodillas en el piso y creó que le practicó sexo oral a mi novia.

    —Sos una putita sabrosa —le dijo el a ella.

    Luego se subió a la cama y se follo a mi novia que tenía las piernas abiertas.

    Para terminar ambos hombres le preguntaron donde quería que ellos acabasen.

    —En la boca por favor —dijo mi novia.

    Ellos la dejaron en la cama y empezaron a masturbarse hasta acabar en su boca.

    —Buen trabajo muñeca.

    —Gracias.

    —Decile a tu novio que el dinero lo vamos a poner nosotros dos y ahora nos debe a nosotros.

    —Muchas gracias.

    —Una cosa más, ahora sos nuestra. Te vamos a coger cuando queramos hasta que hayan pagado todo.

    —Está bien —dijo mi novia.

    Continuará…

  • Noche de pasión en Lisboa (IV): Las tres gracias

    Noche de pasión en Lisboa (IV): Las tres gracias

    Cuando terminan de reírse a mi costa, Amália me comenta:

    —Alfredo, querido, Ana María y yo vamos a ir esta mañana al hospital, en Nazaré, a visitar a mi primo, que como te comenté, está convaleciente de la apendicetomía. Si quieres puedes acompañarnos, o puedes quedarte aquí, en la quinta, pero en ese caso te aviso que estarás sólo hasta la hora de la comida, ya que mi cuñado ha salido esta mañana hacia Lisboa para atender sus negocios y probablemente ya no venga hasta el fin de semana.

    Ana María toma entonces la palabra

    —Bueno, no ha ido solamente a eso. También va a visitar a los padres de Héctor para informarles de cómo ha sido el incidente y evitar que cursen una denuncia por agresión. De cualquier manera, no estarás completamente sólo, en la casa están Paulinha y Marta, la cocinera. Si necesitas algo, no dudes en pedírselo a cualquiera de ellas. Como si estuvieses en tu casa.

    —Y a ver cómo te portas, que no me den quejas —Dice Amália, cómo advirtiendo a un niño pequeño, aunque al final no puede evitar una sonrisa.

    En ese momento aprovecho yo para decir:

    —Ana María, me gustaría que me hicieses un servicio. De alguna manera, quisiera hacerle llegar a ese sinvergüenza un mensaje: Si le da publicidad a lo ocurrido y llega a oídos de los novios, y yo me entero, quiero que sepa que volveré a por él y entonces no tendré ningún reparo en vapulearlo a conciencia. También te agradecería que hicieses llegar a sus padres mis disculpas por el altercado. Aunque no hayan sabido educarlo convenientemente, no me gustaría que se sintiesen responsables de lo ocurrido.

    —Quédate tranquilo, les haré llegar tu recado —Dice ella.

    Se marchan, dejándome solo en la terraza. Enciendo un cigarrillo y veo que en el asiento de una de las sillas hay un periódico del día. Comienzo a ojearlo mientras fumo y oigo unos tacones a la carrera dirigiéndose hacia donde me encuentro. Levanto la vista y es Amália que llega corriendo con una sonrisa radiante en la cara. Cuando está delante de mí, me interpela:

    —Alfredo, ese juguete que está aparcado fuera, ¿es tu coche?

    —Bfffff, es verdad. Perdóname. Con todo lo que ocurrió ayer, se me fue el santo al cielo. Sí, es mi coche. ¿Recuerdas que te dije que te iba a dar una sorpresa?, pues esa era. Quería proponerte salir a hacer kilómetros tranquilamente durante la semana y parar dónde nos encontrásemos. ¿Qué me dices?

    —Ahora no tenemos tiempo para hablar, mejor lo estudiamos después de comer.

    Se acerca a mí, me agarra por el mentón con dos dedos, haciendo que mire hacia arriba y me estampa un beso en los labios. Cuando termina, con una sonrisa traviesa, de niña que pide un capricho me dice:

    —¿Me dejas las llaves para ir al hospital con mi hermana?

    —Están en la habitación, sobre la mesilla de noche. Ten cuidado, que tiene el volante a la derecha.

    —Lo tendré, no temas. —Me vuelve a besar y se marcha corriendo en busca de las llaves, como una adolescente ilusionada.

    Cuando me quedo nuevamente sólo, vuelvo a hojear el periódico, pero mi mente comienza a divagar y solo tengo los ojos posados sobre la hoja de papel. En realidad, en mi cabeza estoy dándole vueltas a lo que está ocurriendo en esta casa.

    No soy un dechado de virtudes, pero hasta los criminales tienen unas reglas de conducta que no traspasan. Y yo tengo las mías. Ni mejores ni peores que las de los demás, pero son las que he ido acumulando y puliendo a lo largo de mi vida, y tampoco estoy dispuesto a traspasarlas. Ana María es presa fácil. En su cabeza (y solo en su cabeza) ha pasado de verme como un advenedizo a verme como un tipo duro, capaz de fajarse y reventar a un tipo más joven y más grande, defendiendo a su hermana. En contrapartida está casada con un hombre pusilánime que, para no ver afectados negativamente sus negocios, estaría dispuesto incluso a pasar por alto la ofensa a su familia. No es mi cuñada, ni tengo lazos familiares con ella. Solamente con dejarme llevar, sin hacer nada, estoy convencido que esta misma noche compartiría su cama. Pero está mi promesa a Amália, que aunque tampoco tenemos una relación oficial, es mi amiga. Y yo soy amigo de mis amigos, y mi palabra es sagrada. Además y aunque no lo había pensado conscientemente hasta hoy, mi relación con Amália se ha ido cimentando poco a poco. Sin darme cuenta he ido espaciando mi trato íntimo con otras amigas, y aunque no se lo he preguntado a ella, tengo la impresión de que ella también ha comenzado a guardarme alguna especie de ausencia. Pensándolo detenidamente, siempre que la llamo o estoy en Lisboa, está disponible para acompañarme, y cada vez con más frecuencia terminamos compartiendo la cama. El colofón ha sido este fin de semana. Es la primera vez que me hospedo en su casa. No lo había previsto, pero tal vez en unos años, cuando ninguno de los dos tengamos responsabilidades laborales, acabemos de alguna manera juntando soledades en el otoño de nuestras vidas. Es algo que, a no tardar mucho, debo aclarar con Amália. De momento he de salir de esta casa cuanto antes y dejar que se enfríen las cosas. Espero que a mi amiga le ilusione mi plan de vacaciones para esta semana.

    Puestos en orden mis pensamientos y no teniendo otra cosa más interesante que hacer, se me ocurre ir hasta la cocina y preguntar que nos van a preparar para el almuerzo.

    Cuando encuentro la cocina, entro y me encuentro con una mujer relativamente joven, de unos 40 años, no muy alta y con buena figura. Caderas rotundas y un pecho de tamaño mediano, tirando a grande. Sobre los hombros una cabeza coronada con una melena negra, y en la cara, de bonitos rasgos, dos ojos negros como carbones y unos labios hechos para el pecado. Por Dios… ¿es que en esta casa las menos agraciadas tienen prohibida la entrada?

    —Buenos días —la saludo—m¿Es usted Marta, verdad?

    —Buenos días. Sí, en efecto. Y usted es “Dom Alfredo” ¿no?

    —Efectivamente. Dígame ¿Qué nos va a preparar para el almuerzo?

    —Como “Dona Amália” me dijo que estaría usted a comer, en su honor voy a preparar una “paela” —Noooo, ya se yo lo que va a resultar del experimento, porque no es la primera vez que me lo hacen, así que trato de reconducir las cosas.

    —Escuche, le agradezco el detalle, pero paella (le remarco la pronunciación correcta) estoy cansado de comerla en España. Yo preferiría algún plato portugués, que eso sí que no me lo saben preparar allá. ¿Podría echar un ojo al frigorífico a ver qué es lo que tiene disponible?

    Un poco contrariada me abre la puerta de la nevera para que vea de qué dispone, y al primer golpe de vista veo que hay almejas y una cinta de lomo de cerdo, así que ya sé que voy a pedirle.

    —¿Me cumpliría usted el capricho de preparar “carne de porco a alentejana”, con arroz blanco y patatas cocidas?

    Ante mi solicitud veo que me mira ya de otra forma. Soy un español que conoce la comida portuguesa y sabe lo que pide, por lo que con un “repaso visual” me da el visto bueno y me confirma que será el plato que prepare.

    Bueno, un asunto arreglado. Hoy comeré como un príncipe. Si no se me ocurre ir a la cocina, a saber que me hubiese tenido que tragar. Y no es porque en Portugal no sepan preparar el arroz, que realmente lo preparan delicioso, pero las versiones de “paela” que he comido, francamente, mejor olvidarlas.

    Aún falta más de una hora para la comida, así que me dirijo a mi habitación, a fin de ordenar mi ropa y rehacer la maleta. Cuando entro veo el dormitorio ordenado, con la cama hecha, y la maleta, que debería estar sobre la butaca que utilicé ayer para el afeitado, no está a la vista. Abro el armario y me encuentro toda mi ropa colocada y la maleta dentro. Amália ha dado orden de que deshagan mi equipaje y cuelguen en el armario mi vestuario. A simple vista veo que faltan la camisa y los calzoncillos que llevé ayer. Con toda seguridad los han llevado para lavarlos. Mi amiga ha supuesto que pasaríamos aquí la semana, pero yo estoy dispuesto a irme cuanto antes, por el bien de todos.

    Estoy pensando en esto, cuando oigo que se abre la puerta del dormitorio y se vuelve a cerrar sin ruido. Veo hacia allí y me encuentro a Paulinha, con tres botones de la blusa desabrochados y la falda más arriba de lo que le corresponde, que me pregunta con algo de nerviosismo si necesito alguna cosa, “lo que desee” me remarca. Otra vez el síndrome del “tipo duro”, pienso. Pero como ya dije, yo tengo mis normas.

    Aunque para otros la presa sería fácil de cobrar, para mí, a estas alturas de mi vida, cualquier mujer que sea más joven de cuarenta y cinco años, es una jovencita. Con los aproximadamente veinte que cuenta esta niña, ni siquiera me despierta deseo de cualquier tipo. Haciendo acopio de todo el tacto que me es posible para no asustarla ni que se sienta ofendida, la interpelo:

    —Paula (no utilizo el diminutivo a propósito), exactamente ¿qué es lo que buscas? Y puedes hablar con franqueza.

    —Me da algo de vergüenza decírselo, por favor no le diga nada a “Dona Amália”.

    —No te preocupes que lo que me digas quedará entre tú y yo. Dime.

    —He visto como trata a la señora y como la señora está enamorada de usted. Además conozco un secreto que me hace pensar que usted, si lo desea, podría ser el primer hombre de mi vida.

    —A ver, me imagino cual es el secreto, aunque no sé cómo te has enterado, pero dime ¿eres virgen aún?

    —Sí, y me gustaría que me ayudase usted con eso.

    —Por favor, no te disgustes, pero eso no va a ser posible, por dos motivos. El primero es que a mí una muchacha de tu edad no me excita sexualmente y además, la primera vez deberías hacerlo con un muchacho que te quiera y al que tú quieras también. Deberías hacerlo de forma que te quede un buen recuerdo.

    —¿No le parezco bonita?

    —Niña, eres preciosa, pero ya te digo que yo no puedo.

    —Y ¿el otro motivo?

    —El otro motivo es que soy tu abuelito español.

    —¿Cómo sabe usted eso? —Me dice abriendo los ojos como platos.

    —Cariño… yo también tengo oídos en esta casa.

    Diciendo esto, le cerré los dos botones que sobraban desabrochados, y tomándole la cara con mis dos manos, le devolví el beso en la frente que ella me había dado hacía un par de horas. La abracé con ternura y le dije: “muito obrigado”.

    Abrí la puerta y le franqueé el paso para que saliese, al tiempo que la tranquilizaba, diciéndole que todo quedaba entre nosotros.

    A cada hora que pasa, me convenzo más de que tengo que salir de aquí a escape. Ya solo me falta que la cocinera me tire los tejos.

    Desde la ventana de la habitación se ve la entrada a la finca y veo a lo lejos llegar mi coche al que le han quitado la capota. Bajo a recibir a las mujeres y al llegar veo que la pobre Ana María viene sujetando la capota con las manos y ambas tienen cara de “lo sentimos, no queríamos haber roto nada”. Ahora el que estalla en una carcajada interior, soy yo.

    Hasta modelos posteriores, la capota no fue fija en el MG, cuando se suelta para plegarla hay que retirarla completamente y guardarla en un compartimento que hay detrás de los asientos, obviamente hay que hacer lo contrario para capotarlo. No les digo a ellas nada de esto y dejo que se expliquen. Tengo ganas de reírme un rato después de la mañana que llevo. La que toma la voz cantante, supongo que para suavizar todo lo posible mi probable enfado, es Amália.

    —Alfredo, cariño, al coger el coche de vuelta hacia aquí, hacía tan buen día, y nos veíamos tan guapas dentro de tu coche, que queríamos presumir y bajamos la capota. Pero entonces no sé qué hemos tocado, o qué habremos roto, que ha quedado totalmente suelta. Perdónanos, por favor. Por supuesto, los gastos de la reparación corren de nuestra cuenta.

    Yo me estaba divirtiendo de lo lindo. Sin dar más explicaciones le rogué a Ana María que soltase la capota y terminando de plegarla correctamente, levanté la tapa del compartimento de almacenaje y la guardé. Mirando a ambas, muy serio, les dije:

    —Ya está arreglado. Lo que no se es cuanto cobrar por la reparación.

    —¿Ya?, ¿No hay nada roto? —me dice Amália con un suspiro de alivio.

    —No, no hay nada roto. Este coche es así. Tranquilizaos, no habéis roto nada.

    Ambas se bajan del coche y Amália echándome los brazos al cuello me estampa un beso en la boca como si se fuese a acabar el mundo, y aprovecha para restregar su pecho contra el mío, asegurándose de que lo noto. Cuando mi amiga me deja libre, Ana María me pone una mano en el hombro y me besa en la mejilla, pero aprovecha también para asegurarse que me doy cuenta que sus atributos no desmerecen de los de mi compañera. Esto no puede seguir así mucho tiempo. Tengo mis normas… pero uno no es de piedra, y la hermana de Amália está para hacerle un par de favores, o tres. Y la condenada no para de darse al cuchillo.

    Cuando estamos entrando en la casa vemos venir hacia nosotros a Paulinha que nos informa que la mesa está preparada para el almuerzo.

    Entramos al comedor y me reservan a mí la cabecera de la mesa, sentándose las dos hermanas una a cada lado de mi sitio. Nos sirven la comida, y mientras comemos, Ana María me informa que ya ha enviado mis recados a Lisboa, lo que le agradezco. Pero mientras que Amália está tranquila, comiendo, a mi derecha, por debajo de la mesa, su hermana no para de rozarme mi pierna con la suya. Comienza a ser inaguantable ya el acoso. Esta mujer hace menos de veinticuatro horas me veía como un extraño y ahora está totalmente desbocada. A otra mujer, y en otras circunstancias, a estas alturas de la comida ya la tendría tumbada sobre la mesa, dándole el postre.

    Amália, que se huele algo, me dice:

    —Con respecto a tu propuesta de esta mañana y dado que hoy es un poco tarde para salir, te propongo que me dejes llevarte a un lugar especial para mí, y mientras echamos la tarde, charlamos y vemos como haremos el resto de la semana. ¿Te parece?

    —En principio me gusta la idea. ¿Salimos al acabar de comer?—Ruego a todos los santos que me responda afirmativamente.

    —De acuerdo. No es muy lejos pero el sitio es muy agradable. ¿Podemos ir en tu coche? Me encanta ese cochecito.

    —Por supuesto, pero esta vez conduzco yo y tú me guías.

    Así lo hacemos, y nada más terminar de comer, cogemos el coche y ella me va indicando, por caminos rurales, hacia dónde dirigirnos.

    Cuando llegamos a destino me encanta el lugar. Estamos a la orilla de un rio como de unos seis metros de ancho, en una zona sembrada de alcornoques bajo los cuales el suelo está alfombrado de una hierba corta y tupida. Más abajo, siguiendo el curso del rio, se puede ver un puente de piedra de aspecto medieval. El lugar parece una postal, o el decorado de una película romántica.

    De debajo del asiento de mi compañera saco una manta de viaje que siempre llevo enrollada y la extiendo sobre el suelo al lado de un alcornoque. Amália se sienta sobre ella, apoyando la espalda en el árbol y yo me tumbo boca arriba, apoyando mi cabeza en el regazo de mi compañera. Ella con una sonrisa pícara se desabrocha el sostén y se sube las copas, con lo que me cae uno de sus pechos sobre la frente. Del otro me ocupo con la mano que me queda más cerca, jugando con él por encima de la tela de su camisa. Mientras, ella me acaricia la cabeza y juega con mi pelo. Estamos solos en este lugar y no es probable que aparezca nadie a molestarnos. Nos relajamos y comenzamos a charlar:

    —Alfredo, he estado pensando en tu propuesta y podríamos hacer base en la quinta, saliendo cada día en una dirección, con tranquilidad, y volviendo sin prisas por la noche. Tu coche no tiene maletero y necesitamos ropa para toda la semana si seguimos tu plan de viaje. Además el jueves estoy de cumpleaños, y me gustaría celebrarlo contigo y con mi hermana, que estará sola en la casona.

    —En otras circunstancias me parecería el plan perfecto, pero es que tengo que salir de esa casa cuanto antes, por el bien de todos. Tu hermana está desbocada, ha perdido la noción de la realidad, y no para de insinuárseme. Si tengo que compartir techo con ella, en el plan en que está, vas a tener que compensarme mucho el sacrificio. Amália que tu hermana está de muy buen ver, mejorando lo presente y sabes que si el cántaro va mucho a la fuente… y no quiero tener problemas, ni con ella, ni sobre todo, contigo.

    —Y eso que no le has visto las tetas. Son aún más grandes que las mías. —Me dice soltando una carcajada.

    —Eso, tú encima echa sal en la herida —le contesto yo, con un mohín.

    —Mira, ya me he dado cuenta, que desde la escena con mi cuñado, mi hermana se comporta contigo como una adolescente. Esta mañana mientras estábamos a solas se lo he hecho saber y también le he dicho que me consta que no estás interesado en ella. Entonces me ha confesado que su matrimonio hace un par de años que va a peor, cosa que ya sabía. Pero lo que no sabía es que hace más de un año que no tienen relaciones sexuales, y que se teme que mi cuñado tenga una amante. Así que no sabe el por qué, pero cada vez que te ve delante, le entra el calentón y pierde los papeles. Quiero que sepas que si ocurre cualquier cosa, no te culparé de nada, pues me doy cuenta de que ella te está buscando. De todas formas piensa que vas a dormir conmigo, y si salimos por la mañana y volvemos por la noche, poco tiempo tendréis para que la cosa cuaje.

    —Visto así no parece tan grave la cosa. Probamos un par de días y si veo que el peligro es mucho, me voy y nos veremos otra vez en Lisboa. A no ser que entonces quieras venirte conmigo.

    —Vale, haz lo que te resulte menos violento. Por mí estará bien.

    —Tengo un mal presentimiento, y no me gusta. Veremos cómo anda todo.

    Aclaradas las cosas y como tanto el lugar, como el momento y la compañía se prestaban a ello, y dado que yo estaba tumbado atravesado a mi compañera, con la mano contraria al lado que tenía su cuerpo, fui acariciando sus piernas metiéndola por entre ellas, y como quien no quiere la cosa, fui subiendo hacia la confluencia de los muslos. Cuando llegué a tocar la braga, la noté húmeda y me entretuve un rato en mover los dedos a lo largo de lo que intuía era la entrada a su sexo, mientras con la otra jugaba con un pecho, al tiempo que le besaba el que tenía sobre mi cabeza, por encima de la tela de la blusa. Amália tenía su cabeza echada atrás, apoyada sobre el tronco del árbol y gemía y suspiraba con mis maniobras. Yo notaba la braga cada vez más mojada, y mi amiga levantó las rodillas dejando separados los pies en el suelo. En esa postura mi acceso a su vulva era total. Siempre por encima de la braga, localicé el clítoris y comencé a acariciarlo con el pulgar, presionando lenta y suavemente, al tiempo que con mis otros dedos recorría la zona del exterior de sus genitales. De repente, Amália me agarró el mentón con una mano y el pelo con la otra, tirando de mi cabeza y apretándome contra su pecho. Arqueó su espalda y lanzó un alarido salvaje, al tiempo que yo notaba en mi mano la fuerza de su orgasmo.

    —Para, para, paraaa. Sácame la mano que no lo soporto.

    —¿Qué te ha ocurrido? ¿Te hice daño?

    —Nooo, pero he tenido un orgasmo que no puedo moverme. Me tiemblan las piernas y no puedo controlarlas. Nunca me habían masturbado completamente vestida y ha sido una sensación impresionante.

    Al decirme esto, con toda la mala leche le di un golpecito con un dedo donde sabía que estaba el clítoris. Amália dio un grito y me dijo claramente:

    —Paraaa cabronazooo que me corro otra vez. Y cumplió su palabra.

    Nos fuimos de allí y durante los 3 días siguientes, no tuve problemas con Ana María. El martes salimos de mañana y cuando volvimos ya eran más de las 12:00 de la madrugada y ella estaba acostada. El miércoles repetimos y tampoco tuvimos oportunidad de estar juntos. El jueves, dado que era el cumpleaños de Amália, desayunamos todos juntos y acordamos que llegaríamos a cenar.

    Las mujeres se reunieron con Marta, la cocinera y acordaron como preparar la celebración. Salimos a cubrir nuestra ruta de costumbre y como a las 06:00 de la tarde, estábamos de vuelta en la quinta.

    Hasta la hora de la cena, faltaban un par de horas, así que Amália me dijo que se iba a dar un baño y a prepararse para la celebración. A mi vez, y dado que el coche llevaba un buen número de kilómetros recorridos y no lo había lavado desde que salí de España, lo acerqué a la zona de los garajes y me puse a lavarlo con una manguera.

    Estaba echado sobre el capó, enjabonándolo, cuando a mi espalda escucho una vocecita:

    —Abuelo, ¿quieres que te ayude? —No necesito volverme para saber que es Paulinha.

    —¿No tienes nada que hacer en la casa?

    —Ahora no, y me gusta tanto ese coche que si me dejas, me gustaría ayudarte a lavarlo.

    —Bueno, está bien, pero escúchame: Solo puedes tutearme cuando estemos solos. No quiero que te llamen la atención los señores por tomarte confianzas ¿entendido?

    —Entendido.

    Y nos pusimos a lavar el coche. Y no, no hubo nada más.

    Subí a la habitación y entré justo cuando Amália se estaba secando. Me desnudé y me fui a la ducha. Cuando salí mi amiga estaba completamente desnuda y comenzaba a vestirse. Lo primero que se puso fue una falda, demasiado corta para lo que suele llevar normalmente, le quedaba justo por encima de la rodilla y tomando una blusa azul marino, con lunares blancos, se la puso así, tal y como estaba. Se calzó un par de sandalias con piso de esparto y cuña y empezó a peinar su melena ante el espejo. Mientras, yo terminé de vestirme de forma informal, con un pantalón y una camisa remangada un par de vueltas. Cuando me vió vestido me dijo:

    —¿Bajamos a cenar?

    —Sí, bajemos que ya es la hora.

    En la mesa, durante la cena, estuvimos charlando con Ana María de todo lo que habíamos visto durante estos días. La conversación fue de lo más intrascendente. La hermana de mi amiga estaba vestida con un pantalón tejano y una blusa de cuadros, abrochada hasta el cuello y durante la cena se comportó correctamente.

    La que estaba guerrera hoy era mi amiga. Por debajo de la mesa no hacía más que meterme mano, y cuando bajaba la mía para apartarla, me la cogía y la llevaba a entre sus piernas. Yo sabía que estaba completamente desnuda, la había visto vestirse y el morbo de la situación estaba consiguiendo que tuviese una erección que era totalmente evidente a pesar del pantalón. Pero ella no cejaba en su empeño, me metía la mano entre sus piernas, intentado que la acariciase el sexo y me arrimaba el pecho, sabiendo que yo sabía que lo llevaba completamente suelto debajo de la blusa.

    A las 09:30 se presentaron en el comedor Marta y Paulinha, avisando que se iban a sus casas y preguntando si necesitábamos alguna cosa más, diciendo que quedaba una cafetera llena en la cocina. Amália les dijo que no necesitábamos nada y que podían irse. Le felicitaron de nuevo el cumpleaños y se marcharon. Nos quedamos los tres solos en la casona. Yo creía que alguna de ellas pernoctaría en la casa, pero al parecer, el servicio se ceñía a las horas diurnas.

    Mientras Ana María fue a por la cafetera, yo me dirigí al mueble bar y les pregunté que querían tomar. Ambas me contestaron que whisky. A mi vez, me serví una copa de coñac y desprecinté una botella de una marca conocida con varios años de envejecido, para ellas.

    Estuvimos riendo y tomando copas durante un buen rato y en un aparte momentáneo, Amália se acercó a mi oído, apretando sus pechos contra mí con toda la intención y me susurró:

    —Esta noche te voy a reventar, me vas a pagar la paja de la orilla del río.

    Cuando se retiró, vi su cara y vi la lujuria como no la había visto nunca en el rostro de una mujer.

    Al desviar la vista me doy cuenta de que entre las dos hermanas se han vendimiado casi la totalidad de la botella de whisky. Dirijo mis ojos hacia Ana María y veo que se está mordiendo el labio inferior mientras juega con el pelo de la nuca. Esto va mal. Va muy mal.

    Como ya es casi media noche, les propongo que nos vayamos a dormir, y con un mohín de disgusto, ambas aceptan, con lo que nos dirigimos a nuestras habitaciones.

    Ana María se dirige a la suya y Amália y yo, a la nuestra. Nada más entrar, Amália se me cuelga del cuello y comienza a besarme con furia. A trompicones y casi peleándonos nos desnudamos uno al otro. Me empuja sobre la cama y cuando va a subirse encima, oímos golpear la puerta, llamando con los nudillos. Mi amiga se dirige a la puerta y abre, solo puede ser Ana María. Ambas salen al pasillo y las oigo discutir en voz baja.

    Al cabo de un rato, Amália vuelve a entrar en la habitación y me dice:

    —Alfredo, es mi hermana (quien si no podría ser, pienso yo) quiere que te comparta con ella esta noche, que ya no soporta el calentón que lleva desde el domingo.

    —Pero, querida, es tu hermana. No estoy interesado y no quiero líos, sobre todo contigo.

    —Lo sé. Pero es mi hermana, como bien dices y no quiero que sufra. Además sé que no te estás aprovechando tú de la situación. Y ella me ha dado un par de argumentos que a lo mejor nos convencen a ambos. Dice que da el paso precisamente porque eres tú y sabe que no transcenderá de estas cuatro paredes (ese argumento es para convencerme a mí) para convencerte a ti me ha dicho que pienses que es el sueño de todo hombre, hacer un trío con dos mujeres y encima hermanas.

    —Cariño ¿tú estás de acuerdo?

    —Yo sí, pero solamente si tú quieres.

    Al diablo con todo, sabía que tenía que haberme ido hace días.

    —Vale entonces, dile que pase.

    Amália va a buscar a su hermana, que está ya completamente desnuda y la introduce en la habitación, dejando la puerta abierta. Constato que efectivamente, su pecho es mayor que el de mi amiga. Me levanto y voy hacia la puerta y…

    Aquí amable lector me vas a permitir que cierre la puerta y deje a tu imaginación lo que ocurra hasta la mañana siguiente. En mi habitación hay dos mujeres que cada una podría agotar a tres hombres ella sola, pero una de ellas es casada y probablemente, en breve comience un proceso de divorcio, así que es mejor que no haya testigos. Solo te pido que en tu imaginación tengas indulgencia con un hombre que ya no está en edad de acrobacias sexuales y que tratará de cubrir el expediente lo mejor que pueda… aunque lo más probable es que falle. Buenas noches.

    El domingo, cuando ya estoy despidiéndome de Amália junto a mi coche, para regresar a España, después de los arrumacos correspondientes, me dice:

    —Cariño, llevamos toda la semana buscando las pertenencias de Héctor y solo hemos conseguido recuperar su móvil. ¿Dónde diablos has metido la ropa y los zapatos, que no los damos encontrado?

    —Mira en el fondo del pozo, igual están allí.

    —¿En el pozo del agua? Jajajaja.

    CONTINUARÁ, si les ha gustado.

    Agradeceré sus comentarios, tanto a favor, como en contra.

  • Sin sacrificio no hay placer en la victoria

    Sin sacrificio no hay placer en la victoria

    —Que buen chico para nosotros —Yamato susurró al oído de Daisuke y éste se estremeció, al mismo tiempo sintió a Takeru moverse frente a él a través del colchón.

    Había una venda que le cubría los ojos, una cuerda sedosa que sujetaba las manos detrás de la espalda y alguien detrás de él, entre las piernas.

    Sintió que su mejilla se calentaba ante la sensación de estar tan expuesto a los dos hermanos. Su pecho estaba sobre el colchón, su mejilla presionada contra la suave tela, mientras que su trasero estaba en el aire y en plena exhibición, solo unas pequeñas bragas azules de bebé cubrían esa última parte de él.

    —¿No es un buen chico, Takeru? —Yamato preguntó a su hermano menor y Daisuke pudo escuchar algo que no pudo ubicar.

    —Por supuesto que lo es —Los dedos de los dos hermanos a la vez estaban en la mejilla de Daisuke y un momento después acariciaban suavemente su piel. Él tragó saliva, jadeando ligeramente.

    Sintió a Takeru inclinarse sobre él, presionando su entrepierna directamente contra su culo. Eso realmente no ayudó a la situación.

    —No… —respondió, tembloroso.

    —¿No qué? —Takeru le dio un golpe en el culo y Daisuke gritó, casi mordiendo el dedo de Yamato.

    —No, mis señores! —Dijo más fuerte, tratando de quedarse quieto y resistir la tentación de presionar contra el duro de Takeru y decirle que se vaya a la mierda con eso.

    Takeru se recostó de nuevo y ese cálido cuerpo contra el suyo ya no estaba allí.

    Estuvo en silencio por un momento y luego volvió a hablar mirando a su hermano mayor y a su vez acariciando el dulce cabello de su amante

    —Creo que se merece un regalo. Hizo un buen esfuerzo hoy en alejarse de la persona que más quiere —habló como si Daisuke ni siquiera estuviera en la habitación.

    —Gran idea, hermanito —De repente, las bragas de Daisuke se estaban bajando y había algo justo en los labios de que solo podía reconocer como la polla de Yamato

    Por supuesto que abrió la boca y comenzó a chupar. Lo que no esperaba, era sentir algo en su entrada ya resbaladiza.

    Fue entonces cuando supo que estaba jodido.

    —¿Sabes?, lo vi y pensé que te encantaría —Dijo cuando algo empujó dentro de Daisuke y gimió en voz baja alrededor de La polla de Yamato, lo que hizo que este último empujara más dentro de su boca.

    —Y lo amas, ¿verdad? —Volvió a decir, Lo que fuera lo que le estaba poniendo allí, era suave y arqueado y se sentía genial. No podía imaginar que se pusiera aún mejor cuando comenzó a vibrar y Daisuke casi se atragantó con la polla de Yamato y este solo lo agarró del pelo.

    Lo mejor para el SIEMPRE

    Dejó que sus piernas se deslizaran un poco más abajo, gimiendo continuamente cuando Yamato comenzó a empujar con cuidado.

    —Toma lo que mi querido hermano respetado por ti te da —Susurró Takeru con su voz más firme ahora. Comenzó a mover el vibrador y pronto Daisuke comenzó a lloriquear, las lágrimas corrían por sus mejillas y su polla goteaba.

    —¿Qué, ya has terminado? la lefa ya gotea alrededor, ¿es todo lo que tienes para nosotros? —Yamato preguntó aunque él también estaba jadeando.

    El agarre en su cabello se tensó y Daisuke dejó escapar otro gemido, enviando vibraciones directamente a la polla que todavía estaba llenando su boca.

    —Ni siquiera tu boca puede encajar bien contigo, pero aun así eres una buena puta para nosotros.

    —No te atrevas a correrte todavía, no te lo mereces, hiciste sentir incomodidad a mi hermanito —Takeru advirtió cuando Daisuke se volvió más y más silencioso, en su mente los maldijo por hacer exactamente lo que sabían que lo empaparía y sobre todo sin dejarlo tener su orgasmo.

    Los empujes de Yamato giraron un poco más rápido, sus gruñidos eran más fuertes lo que hizo Daisuke gimiera a su alrededor, a lo que al fin explotó y llenó su boca perversa y obscena.

    Yamato se retiró después de unos breves momentos y el otro podía sentirlo todavía goteando el semen en sus labios. Tragó y lamió todo lo que pudo conseguir.

    —Como una buena puta —zumbó Takeru acariciando su cadera

    De repente, el zumbido en su agujero estaba mucho más presente. Mucho más vivo, no sabía si Takeru había subido la vibración o simplemente porque no tenía nada con lo que distraerse, pero él era un ataque de nervios en esos momentos pero finalmente, se puso a lloriquear, algo que excitaba de manera salvaje a los dos hermanos, aquel chico, lider que no tenía miedo a nada estaba ahora mismo pidiendo compasión entre lágrimas

    —Por favor… Por favor… tú, Takeru… por favor déjame correrme,

    —¿Realmente crees que lo necesitas? —Susurró en su oido antes de morderle una de sus orejas

    —Es lo que quiero, me sentiré por favor! —Suplicó y los empujes del vibrador se hicieron más fuertes. gimió más, enterrando su cara en el colchón.

    —No lo hagas —ordenó Yamato, haciendo que Daisuke volviera la cara hacia el costado de nuevo, por lo que sus jadeos, gemidos y gritos eran claramente audibles.

    —¿Crees que puedes olvidar el enfado de mi querido hermanito si te follo después de esto? una por mí y otra por él —Takeru preguntó y Daisuke asintió rápidamente.

    —¡Todo lo que quieras, todo! —Jadeó y arqueó la espalda.

    -Córrete si puedes —dijo después de un momento de silencio, trazó un dedo burlón sobre la parte inferior de la polla a punto de hacer explosión

    Llegó a todas las sábanas con unos pocos empujes y unos gemidos muy fuertes, ahora todo el mundo en esa habitación cualquiera en el mundo sabían que estaba siendo follado.

    Ambos hermanos dejaron que el chico pelirrojo manejara su orgasmo con el juguete que todavía lo llenaba, antes de que la sensibilidad excesiva lo golpeara y él gimiera, volviéndose a poner duro, ser un eyaculador precoz es una bendición eterna.

    El vibrador se apagó, fue eliminado del ano y antes de que él pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo, Takeru estaba cumpliendo su promesa y metiendo su polla en él de forma agresiva, ante eso Daisuke dejó escapar un fuerte gemido y trató de adaptarse a la sensación, pero Takeru ya se estaba moviendo y todo lo que podía pensar era joder, joder, joder! y sí, sí, sí!

    Estaba bastante seguro de que Takeru sentía lo mismo detrás de él, a juzgar por sus gemidos y las manos firmes en sus caderas.

    —Te encanta esto, ¿no? ¿Te están follando duro? con la situación saliendose fuera de control —Daisuke logró asentir a las palabras de Yamato.

    -Apuesto que ni siquiera te importaría si Ken te viera así. Todo extendido, listo para que te follen hasta los sesos —Takeru sudoroso siseó en su oído y allí estaba Daisuke otra vez, quejándose por él, no para que se detenga, sino para que nunca más se detenga.

    Murmuró «por favor» O «Takeru» y «Yamato» en voz baja, entre gemidos. Realmente su mente se habia roto, ser follado por su amante y ser visto por los dos hermanos era algo que también deseaba experimentar.

    Finalmente Takeru mostró misericordia y se agachó para acariciarlo. Fue entonces cuando Daisuke se derramó sobre su mano, ante esa sensaciçón tan putamente genial, Takeru se corrió momento después de él.

    Ambos estaban jadeando cuando él se retiró. El nudo detrás de la espalda de Daisuke se desató rápidamente y Yamato lo sentó en una almohada.

    —Lo hiciste genial, estoy contento… —Murmuró besando su mejilla mientras Takeru le quitaba la venda.

    —Fuiste tan bueno para nosotros, me vuelves loco, nos encantas, a los dos Murmuró desde detrás de él y luego abrazandolo de forma firme y suave, Daisuke sintió su sudor detrás de él

    Murmuraron silenciosos elogios mientras se acostaban con él en la cama. Era un poco pequeña para tres personas, pero encajaban. Takeru fue el primero en dejar de hablar y simplemente se volvió a acariciar la piel mojada de Daisuke mientras le acariciaba el cuello.

    Este amó cada segundo que pasó con ellos, Amaba cada segundo de estar con su amante y con la persona que mas respetaba de esta manera, de ser elogiado, de ser retenido como si valiera la pena más que nada, nada mas morboso que compartir cama y tener sexo con dos hermanos sexualmente activos para él.

  • Elsa, mi sumisa (II)

    Elsa, mi sumisa (II)

    Entré con la botella de vino, y tal como le ordené estaba sentada en el suelo, apoyada la espalda en el pie de la cama. Era excitante su postura, desnuda solo con el collar y los zapatos puestos.

    —¿Te encuentras bien? —pregunto cuando me siento a su lado.

    —Sí, sí… estoy perfectamente

    —Me gustaría besarte.

    —Estás impaciente… ¿Me deseas?

    —Déjame descubrir si puedo ser tu sumisa.

    Ella levantó la cabeza con la intención de besarme, pero cuando estaba a punto de alcanzarme, me separé de ella lo suficiente para que no consiguiera su objetivo, no estaba dispuesta a que ella marcara la situación.

    —Aquí mando yo. Me besaras cuando yo quiera, no cuando tú lo digas. ¿Queda claro?

    Tenerla tan cerca encendía mi sangre, y necesitaba mantener la calma si quería que todo saliera según mis planes. Bajó la vista, parecía que la había intimidado. El perfume que desprendía era agradable, realmente olía muy bien.

    —Sí, mi ama.

    —Deseas seguir complaciéndome.

    —Por eso estoy aquí, para complacerte, mi ama.

    Me levanté. Vivo en uno de los montículos que rodean la ciudad, una casa antigua de dos plantas, desde la habitación se divisa gran parte de la ciudad que se extiende a sus pies, separé las cortinas y cerré las luces, la habitación quedó iluminada por la luz de la luna llena que resplandecía aquella noche en el cielo. De todas maneras encendí también unas velas. Sentándome en la cama a su lado, cogí la botella de vino y llené la única copa, de unos sorbos y se la ofrecí, seguro que por miedo a nuevos reproches la cogió y dio unos sorbos también.

    —Sube a la cama y tiéndete boca arriba—. Obedeció rápidamente, le coloqué unas esposas en las muñecas y en los tobillos, además de un antifaz. Quedó atada a la cama y con los ojos vendados. Ella se relamía los labios, por los restos del vino o quizás presa de la expectación, pero no dijo nada.

    —He recibido unos artículos que al igual te gustara probarlos, seguro que descubrirás nuevas sensaciones. ¿No crees?

    —Yo no veo nada, tú dirás, mi ama.

    Empecé paseando las cintas de un flogger por sus piernas, subí por entre los muslos y me desvié a sus costillas, hice círculos sobre sus pechos, su boca, su cara. Ella se arqueaba como buscando las caricias. Fui descendiendo por su vientre, paseé por el pubis, ella misma contorneó la cintura arqueando las piernas y se le escapó un gemido cuando golpeé en su sexo. Inicié de nuevo el recorrido, pero esta vez golpeando en ambos pechos y lanzó un grito.

    —¿Ocurre algo, querida? No me gusta que grites, pero si vuelves hacerlo tendré que amordazarte.

    Ella apretó los labios y continué el paseo, de nuevo por su sexo, profundizando las caricias, se le veía ya hinchado y empezaba a brillar por la humedad. Se relajó suspirando al notar que dejé de acariciarla, me aparté de golpe. Ahora con unas pinzas vibradoras se las coloqué en sus pezones, hinchados ya quizás por el deseo. Se tensó unos segundos, creyendo que solo era eso y sonrió. Accioné el mando y las pinzas empezaron a vibrar, primero despacio, y cada vez con más fuerza. Se retorció, pero se mordía el labio para evitar desobedecerme. No pude evitar el impulso de morderle un pezón, que sobresalía de la pinza, consiguiendo que levantara la espalda de la cama. Afloje la intensidad de la vibración y acerqué la lengua a su sexo y lamí. Su clítoris de un rojo brillante se ofrecía prominente entre los labios, se lo succioné una y otra vez, después introduje mi lengua dentro, por sus suspiros a punto de correrse, paré de inmediato.

    —¡Joder! —suspiró jadeando.

    —¿Qué quiere, mi dulce sumisa?

    —No sé si podré aguantar más.

    —Podrás, porque te gusta.

    —Vamos a ver qué más hay por aquí… creo que ahora vas a disfrutar muchísimo.

    Con una cinta de piel atada al collar, a través de la espalda, por entre las nalgas, y tirando de ella se la até alrededor de la cintura, dejé su sexo partido en dos. Alcancé un vibrador, lo encendí pasándoselo por sus costillas, su ombligo, su pubis… pero evitando el contacto con su botón rosado. Bajé por el muslo, la pantorrilla, el pie… y retorné por la otra pierna hasta el punto de partida. Se lo sujeté con la cinta apoyándolo sobre los labios, abiertos como alas de una mariposa. Me aparté para observarla, movía las piernas y el vibrador rozaba su clítoris, a cada movimiento suyo se introducía más en su sexo, a simple vista cada vez más hinchado y húmedo. Se relamía los labios, respirando más rápido. Cogí una vela y derramé unas gotas de la cera líquida primero sobre sus hombros, después su vientre y un fuerte gemido salió de su garganta cuando la cera tocó la piel de sus senos.

    —¿No te ha gustado? ¿Sigues queriendo ser mi sumisa?

    —Ahhh… si… mi ama.

    —Bien, veo que tienes claro que soy tu dueña y tu mi sumisa.

    Apagué el vibrador, le solté las tobilleras de la cama, uniéndolas a las manillas en cada lado entre sí. Piernas levantadas, muslos abiertos, expuestas las nalgas, ambos orificios vulnerables y entregada por completo al placer mío, y era de suponer también suyo. Con el flogger golpeé la curva donde el muslo se encuentra con el trasero. Se le escapó un sollozo cuando golpeé en el otro lado. Repetí un par de veces más. Paseé la mano alisando la carne colorada y tierna, ella gimió. La desplacé para encontrar la humedad que se le estaba acumulando. Aparté la cinta y empujé un dedo, lo más profundo que puede y ella se sacudió gimiendo.

    —¿Los azotes te hacen estar tan mojada? —se lo dije con tono suave, pero ligeramente divertido.

    —Sí, mi ama.

    —¿Y qué crees que debería hacer al respecto?

    —No sé.

    Mientras un segundo dedo se lo deslizaba dentro acelerando los movimientos, percibí su orgasmo. Los saqué bruscamente y golpeé con la mano y con fuerza, dejándola colgada, con su coño vacío apretando el aire.

    —Te hice una pregunta.

    —¡Ahh! Ah. Por favor, ama, tú decides.

    —Yo sé que tú. Vas a darme muestras de cuánto me necesitas. ¿Entendido?

    —Lo intentaré… mi ama.

    —Cómo vas será buena ¿verdad? voy a compensarte, te quitaré el antifaz —Por la manera de mirarme mostró agradecimiento.

    —De acuerdo. Vamos a ver qué más hay por aquí…

    Aparte la cinta y untados con un gel deslice mis dedos entre sus nalgas, las terminaciones nerviosas de su ano se dilataban y contraían, uno de los dedos entró suavemente sin dificultad, moviéndolo en círculos, se dilataba por momentos, un segundo dedo entró y ella soltó un gemido.

    —Veo que entran fácilmente, alguien te toma por el culo.

    —Nooo…

    —Nadie ¿seguro? —insistí.

    —Bueno yo a veces también…

    —Así que te gusta, tomarte el culo.

    —Siii…

    —Pues dime, te gustaría que te follara el culo.

    —Si me gustaría que me follaras el culo… ama.

    —Bueno de momento, que te parece si ahora probamos con estas bolas, seguro te darán placer inmenso. ¿Qué es lo que desea, mi pequeña Elsa?

    —A ti —susurra desesperada.

    —Tienes ganas de probarlas.

    —Fóllame con ellas, por favor… mientras cerraba los ojos

    Las unté con el gel y lentamente las fui entrado en su culo, tiraba de las ataduras en una acción para poder soltarse, suspiraba, gemía, no sé si de placer o de dolor.

    Cuando las tuvo dentro, las sujeté con la cinta para que no salieran. Abrió los ojos le brillaban. Me tumbé a su lado.

    —¿Estás cachonda verdad? ¿Quieres correrte viva, no es así?

    —Síííí, no sé si podré aguantar más, pero…

    —Ya te dije que desearías terminar, ¿quieres que siga?

    —Estoy mareada, pero sigue por favor.

    Me subí a la cama, con las piernas abiertas sobre su cara, fui bajando hasta ponerle literalmente mi coño en la boca y le ordené que me lo comiera, sacó lengua y la movía como una loca, ya cerca de mi orgasmo, tiré de la cadena que unían las pinzas que aún estaban presionando sus pezones. Ambas chillamos yo de placer ella seguramente de dolor.

    Tiraba de las ataduras, pero aún era el momento. Después de darme ese increíble orgasmo me bajé de la cama.

    —A ti alguna polla de carne y hueso te habrá follado, pues no creo que seas virgen, ¿verdad? —solté sonriéndome.

    —Siii…

    —Pues, me has puesto muy cachonda y como lo has hecho muy bien, voy a dejar que seas tú quien folle ahora.

    —No entiendo a qué te refieres —seguro que no esperaba esta oferta.

    —Te gustaría

    —Lo que a mi ama le guste, será también el mío.

    Llegó el momento de soltarla, le permití que me observara, mientras le colocaba un arnés amarrándolo en su cintura, con consolador doble, lo lubrifique y lo inserte en su coño. Dejándole insertadas en el culo las bolas. Me tumbé en la cama abriéndome de piernas, tiré de ella para colocarla sobre mí, y sujetándola de las caderas empecé a moverme para ayudarla a penetrarme.

    —Venga guarra muévete y fóllame —La vi echar la cabeza hacia atrás, a darme placer.

    Mientras el consolar entraba y salía de mi coño, le azotaba las nalgas con mis manos. Cada vez que me penetraba, abría su boca ligeramente y sus gemidos eran más prolongados e intensos.

    —Me voy a correr ama, ummm. Quiero que te corras conmigo.

    Cuatro o cinco embestidas después empezó a correrse, se me nubló la vista y la acompañe a los pocos segundos, acabando ambas con un orgasmo bestial y tumbadas en la cama.

    Después de ducharnos me acerque a ella le di un beso y le susurré —Algún día serás tú quien mande…

    Dormimos las dos hasta las primeras horas de la tarde, comimos algo, para volver a la carga. Estuvimos toda la tarde hasta que nuestros cuerpos dijeron basta. No vale la pena relatar el resto de aquel día. Sí que serán alguno de los siguientes en los que el vicio, la lujuria y el morbo siguieron siendo los ingredientes principales de nuestros encuentros.

  • Mi madre quiere panza

    Mi madre quiere panza

    Mi madre tiene un gran instinto maternal. Estarán de acuerdo que una cosa es quedar embarazada y otra muy diferente desear y procurar a los hijos en todos los aspectos, o sea ser madre. Bueno, pues ella es una de esas mujeres que solo ven un niño y ya quieren cargarlo, besarlo y abrazarlo. Ya se imaginarán como fue mi niñez, no pasaba un segundo sin que tuviera a mi madre encima. Fui muy consentido por ella, me daba todas las cosas que yo le pedía sin necesidad de hacer berrinche. Cuando salíamos a la calle procuraba que no se me acercaran mucho otras señoras en una actitud un tanto celosa. En las noches dormíamos en la misma cama, bueno, por lo menos desde los 5 años que fue cuando mi padre nos abandonó. Supongo que esa fue una de las razones para que me procurara tanto, su rol de madre se convirtió en su vida entera.

    Durante toda mi niñez y adolescencia no recuerdo que haya salido con algún hombre, quizás a comer con alguna amiga pero jamás a desahogar sus deseos. Algo puedo asegurar, no fue por falta de propuestas. A sus 45 años no tiene nada que pedirle a una chica de mi edad, de hecho cualquier mujer al verla se ha de morir de envidia. Es de estatura media, con una de esas figuras que recuerdan a las pin ups de los años 40″s. Bustona, caderona, culona, piernas carnosas pero bien definidas, su piel clara con un ligero bronceado, su rostro enmarcado por una abundante melena negra tiene pocas arrugas, si no fuera por ese no sé qué del que gozan las maduritas le podrían calcular diez años menos. Como ven no habría razón para que no volviera a rehacer su vida pero prefirió dedicarse únicamente a mí.

    Cuando entré a la adolescencia poco a poco fui separándome de ella, dejé de dormir en su cuarto, prefería quedarme en el departamento que acompañarla a hacer sus cosas, ya no me gustaba que estuviera sobre mi llenándome de besos y abrazos. Ella buscaba la manera de estar cerca de mí, pero yo la rechazaba, al punto que me encerraba en mi habitación la mayor parte del día. Estaba en esa etapa de rebeldía en la que buscamos separarnos totalmente de todo eso que nos hace sentir niños. Ni siquiera sus abrazos que ponían mi rostro tan cerca de sus pechos lograban despertar un interés en mí. ¿Acaso un prepuberto se excita con los abrazos de su madre?

    Esto originó que buscará otros desahogues para su instinto maternal. Llegó a cuidar a los hijos de los vecinos con tal de estar rodeada de niños, mayor razón para que yo me encerrara en mi habitación. Ya con mi humor un poco más estable al cumplir casi la mayoría de edad fui dejando que mi mamá se volviera a acercar a mí. Claro que ahora es la universidad la que me mantiene encerrado en mi habitación. Entre tareas y las clases no puedo pasar mucho tiempo con ella. Algunas veces mientras hacía mis trabajos en la computadora llegaba y comenzaba a masajearme los hombros para liberar un poco de tensión o venía cada media hora a preguntarme como estaba y si se me ofrecía algo. Sin embargo parece que esto no fue suficiente para ella. Mi madre necesitaba de un bebé que se gestara en lo profundo de su útero, que utilizara su hermoso cuerpo como refugio, que mamara la abundante leche de sus grandes pechos, en fin, que le devolviera a su rol de madre. Es ahí es donde comenzó todo.

    Después de un largo curso en la universidad salí de vacaciones de verano. No podía esperar a tumbarme todos los días en la cama y esperar a que mi servicial madre me hiciera sentir mejor que en un hotel de lujo. Los primeros días fueron de relajación total para mí como lo había previsto. Mi madre me procuraba de todas las comodidades, prácticamente solo tenía que dejar la computadora para ir al baño. Si quería un refrigerio en menos de 2 minutos ya estaba ella en la entrada de mi cuarto sosteniendo un plato. Siempre enfundada en una blusa ligera que deja ver sus pezones cuando no trae bra y en sus pequeños shorts de mezclilla que se embarran en su tremenda cadera dejando al descubierto sus carnosos muslos.

    ¿Qué si no había notado su exquisito cuerpo desde antes?. Claro, casi desde siempre, solo bastaba compararla con las amargas y descuidadas mamás de mis amigos para darme cuenta de lo especial que era y sigue siendo. Pero uno no anda usándola de inspiración para darse una buena jalada por esa razón ¿o sí? Nota para los lectores, no porque tu madre este como para ponerla en cuatro va ser tu sueño dorado follártela, o al menos a mí no me sucedió así. Me acostumbré a su belleza, para mí era lo más normal verla enseñar su cuerpo mientras realizaba sus ejercicios de fitness o yoga. Tiene que suceder algo para que esa barrera que no te permite ver a tu madre como mujer quede reducida a cenizas.

    Entre tanto ir y venir a mi habitación para satisfacer mis peticiones mi madre se fue quedando más tiempo junto a mí en la computadora. Primero fueron pequeños momentos, después lapsos de tiempo un poco más prolongados hasta que terminó trayendo una silla para estar junto a mí. Al principio me desesperaba un poco tenerla a un lado viendo todo lo que hacía, intente correrla de formas sutiles pero no funcionó. Terminé asimilando que estuviera a mi lado gracias a sus relajantes masajes.

    Ahí nos tenían a ambos hasta altas horas de la noche, viendo películas o series online frente al monitor. Durante la tarde nos dedicábamos a reír viendo las fotografías que mis contactos suben a las redes sociales. Todo iba normal hasta que una tarde mientras nos entreteníamos como era habitual vimos una foto que iba a cambiar ese verano y nuestras vidas para siempre. En el monitor se dibujó la foto de mi prima Raquel amamantando a su bebé que había nacido apenas unos meses atrás. Mi madre se sobresaltó y se llevó las manos a la boca.

    —No puede ser, ¿enserio ya es mamá?

    —Sí, el niño nació hace unos pocos meses, ¿qué acaso no te habían dicho?

    —Ya sabes que no tengo mucho contacto con la familia. Pero que estaba pensando esa chica, es demasiado joven para tener un bebé.

    —Bueno mamá, ya no es una niña. Recuerda que tenemos la misma edad.

    —Pero si tú todavía eres un niño ¿a poco te sientes capaz de ser padre?

    —Jaja pues muchos de mis colegas en la universidad ya lo son.

    Mi madre se quedó pensando un momento, sus ojos se clavaron en la foto mientras se humedecían un poco.

    —Tienes razón, tú ya no eres un niño aunque me duela aceptarlo. Me encantaba creer que aún me necesitabas pero cada vez eres menos dependiente de mí.

    —Tranquila mamá, no es como si me fuera a irme de la casa mañana y te fuera a dejar sola. Aparte veme, no soy ni capaz de pararme a la cocina por algo de comer, siempre te ando molestando con mis peticiones.

    —Para mí no es molestia bebé, de hecho me encantaría poder hacer más por ti pero ya no soy tan necesaria. De hecho, envidio a tu prima porque ahora va ser el centro de la vida de un ser y ese ser será al centro de su vida. Veme ahora, tú eres el centro de mi vida pero yo ya dejé de ser el tuyo… Es lo duro de verlos crecer.

    —Siempre te voy a amar mamá.

    —Lo se hijo pero es diferente la necesidad al amor. Alguien que te necesita para todo reafirma el porqué de tu vida. Tú, por ejemplo, encontrarás a una mujer que te lleve tus refrigerios, te de masajes y hasta hará más. ¿Ves cómo soy remplazable para ti? En cambio un niño pequeño siempre te necesita. Una puta puede cumplir los deseos de todo hombre, hasta los tuyos, pero solo una madre puede brindarle protección a su bebé.

    Me sorprendió lo que mi madre decía, ella estaba abriéndose y dejando salir sus inseguridades como mujer. Era obvia su necesidad de valorizarse a través de la dependencia de otros hacia ella. Me surgieron muchas dudas y se me ocurrieron demasiadas cosas que decirle, entre ellas recomendarle un psicólogo (en ese momento me parecía que sufría de un problema… quizás sí pero que excitantes se volvieron todas sus inseguridades) pero creo que hice la mejor pregunta de mi vida o por lo menos la que nos llevaría a un destino más interesante.

    —Estoy tratando de comprender lo que dices pero algo no me termina de quedar claro. Al parecer tienes muchas ganas de tener un bebé, entonces ¿por qué no te embarazaste?

    Mi madre posó las manos sobre sus desnudos muslos, suspiró y comenzó a contestar.

    —Lo hice por ti hijo.

    —¿Por mí? Sabes que yo nunca he sido celoso como hijo. No me hubiera molestado un hermanito o que te volvieras a casar.

    —No me entendiste, déjame explicarte. Tú eres el mayor tesoro de mi vida, si tuviera otro hijo ambos serían mis mayores tesoros. Pero habría un problema, ustedes no estarían totalmente vinculados, serían solamente medios hermanos. No quiere tener hijos de uno y otro hombre como cualquier ramera calleja. Nuestra familia debe ser cerrada en cuanto al vínculo que nos une. Muchas veces he hablado con tu padre para que tengamos otro hijo juntos, le he dicho que no tendrá que hacerse cargo de él pero se niega a acceder, hasta se atrevió a decirme que buscará a un psicólogo. – (Y creo que ustedes lectores también se lo recomendarían.)

    —Eso explica por qué siendo tan bella nunca volviste a juntarte con alguien.

    —Pude volver a hacerlo, pero para mí ya no tiene sentido. Tu padre me demostró como una puta puede hacer remplazable a cualquier mujer, el único amor abnegado es el de un hijo pequeño.

    —Vaya estúpido en creer que esa guarra con la que se fue puede remplazarte.

    —¿En serio lo crees?

    —Claro, tan solo hay que verte y recibir tus atenciones para darse cuenta de que eres la mejor mujer del mundo.

    Seguido de estas palabras mi madre se lanzó hacia mí y me abrazo, metiendo mi cara entre sus pechos.

    —Gracias bebé, me hace sentir muy bien que sigas viéndome de esa forma.

    Ya fuera de sus pechos…

    —No hay de que mamá. Ya sabes que aunque pasen los años tú seguirás siendo especial para mí.

    —Ni me recuerdes los años, Cada vez estoy más cerca de convertirme en un anciana infértil y perder para siempre mis sueños.

    —Deberías de tener el bebé entonces…

    —NO… ya te dije que tú y él deben de estar emparentados totalmente.

    —Pues si mi padre se sigue negando va ser imposible eso.

    Todo quedó en silencio después de estas palabras, mi madre tenía la vista hacia abajo, se mordisqueaba el labio inferior y sus manos se posaban sobre su sexo. Su pose era la típica de alguien que quiere decir algo que le avergüenza bastante. Por fin, con voz temblorosa y en un tono muy bajo rompió el silencio.

    —Hay una manera en la que tú le puedes regresar el sentido a mi vida.

    Estaba confundido, no sabía a qué se refería mi mamá entonces dije en forma de broma…

    —Ni creas que volveré a usar pañal y tomar del biberón.

    —No, yo necesito un bebé y tú ya te convertiste en todo un hombre. Eso significa que eres capaz de darle un hijo a una mujer, de darle un hijo a tu madre.

    Me quedé petrificado, no podía creer lo que estaba escuchando. MI MADRE DESEABA QUE LA PREÑARA. En unos breves segundos sus manos estaban colocadas sobre la bragueta de mi pantalón, dispuestas a sacar mi verga. Su suave mano encontró mi sexo flácido pero con unos ligeros movimientos circulares de sus dedos sobre mi glande se puso duro como una estaca.

    —Tú acabas de decir que soy la mujer más maravillosa del mundo ¿por qué negarme la felicidad? Si tenemos un hijo juntos este estará aún más vinculado a ti que si fueran hermanos. Serías también su padre. Seríamos una familia perfecta.

    —Pero eres mi madre.

    —Pues tu pene parece que no me ve así.

    Mi verga estaba al cien, pequeñas gotas de líquido seminal escurrían del glande y se impregnaban en sus dedos. Mi madre pasó de su silla a sentarse sobre mis piernas, frente a frente, con sus piernas abiertas alrededor de las mías. SU MANO APRESÓ MI VERGA Y COMENZÓ UN MOVIMIENTO ASCENDENTE Y DESCENDENTE SOBRE ELLA. Yo no sabía a donde mirar, ni siquiera me atrevía a alzar la vista por temor a encontrarme con los lujuriosos ojos de mi madre. Solo sentía el exhalar de su respiración en mi frente mientras mi vista se clavaba en el escote de sus pechos. Entre el vaivén del movimiento sus pezones color miel se asomaban por la orilla de la blusa. Después de pocos segundos salieron grandes chorros de semen que llegaron hasta esos grandes pechos. Algunos cayeron justo en sus erectos y duros pezones marcándolos aún más como en los shows de playeras mojadas. Mi madre gemían un poco pero entre sus gemidos se escuchaban palabras entrecortadas.

    —¿Entonces… harás… feliz… a… mamá…?

    La excitación del momento había abandonado mi cuerpo junto a mi venida sobre el torso de mi madre. Sentí repulsión por lo sucedido y estaba muy confundido. Mi madre, aun sobre mis piernas, me acariciaba el cabello. Cuando por fin mi emití un sonido ella lo cortó metiendo su lengua dentro de mi boca, dándome un beso lo suficientemente largo como para recorrer cada centímetro de ella. Mi asco creció, me despegue de ella metiendo mis brazos entre nosotros.

    —Por favor, bájate.

    —Bebé…

    —Bájate ya mamá.

    Ella obedeció, se incorporó a un lado de mi y me apretó ligeramente el hombro. Yo no quería saber absolutamente nada de ella, me puse de pie y quite su mano de mi cuerpo. Necesitaba aire, salí al balcón de la recamara después de meterme la verga en el pantalón. El atardecer llenaba de tonalidades naranjas el cielo.

    —Supongo que tienes muchas cosas que pensar.

    Al voltear esa hermosa vista quedó opacada por mi madre bañada en mi leche.

  • Me encuentro al que me folló en la casa abandonada

    Me encuentro al que me folló en la casa abandonada

    Ese día había bajado al centro de la ciudad donde vivo (La Coruña), iba salido y con ganas de que me dieran por el culo. Había ido por la tarde a los aseos de cuatro caminos y de la calle Fernández Latorre, como no había tenido suerte, decidí bajar hasta el centro de la ciudad, dispuesto a encontrar quien me diera por el culo. Llevaba el culo que me hervía de la calentura que tenía, estaba dispuesto a dejar que me follara el primero que me lo pidiera, no miraría si era viejo o joven, guapo o mal parecido, el primero que quisiera darme por el culo, iría con él; esto siempre lo pensaba cuando andaba caliente y salido como ese día, pero luego siempre esperaba a encontrar algo que me gustara, a no ser que diera con algún lanzado que no te daba tregua, y terminaba follándome; y eso fue más o menos lo que me pasó ese día.

    Al estar llegando a la plaza de Orense, crucé hacia la acera que iba hacia los jardines de Méndez Núñez, de esa manera me daba menos reparo cruzar hacia ellos, ya que era como si saliera del puerto. Seguí por la rosaleda, y entré en los jardines de Méndez Núñez. Sabía que aún era algo temprano; serían alrededor de las 10 de la noche, pero llevaba una calentura y ganas de ser follado, que me hacía perder toda la timidez que tenía.

    Nada más entrar en los jardines, ya tuve suerte, me había tropezado de frente con el hombre que me había dado por el culo en una ocasión, en la casa abandonada que había junto al viaducto, no hacía mucho tiempo. Nada más verme ya me saludó, Hola, me dijo acercándose a mí. Cuanto tiempo sin verte, ¿te acuerdas de mí?

    Sí, le contesté; claro que lo recordaba, me había dado por el culo en aquella casa abandonada que había junto al viaducto, y que rico me había sabido; me había puesto colorado como un tomate sin saber que decir, por lo que nervioso cómo me estaba empezando a poner, saqué el paquete de tabaco encendiendo un cigarrillo, a la espera de que él continuara con la conversación.

    ¿Entonces hoy que milagro verte por aquí? Decía él al ver mi nerviosismo y enrojecimiento.

    Me encogí de hombros, contestándole que dando una vuelta.

    ¿Tienes dónde ir? Me preguntó a la vez que nos poníamos a caminar despacio los 2 juntos.

    No, no tengo a donde ir, le contesté, esperando que él tuviera donde llevarme, o al menos supiera de algún lugar donde me pudiera follar.

    Ven, dijo agarrándome de la mano y tirando por mí, metiéndonos entre unas cañas de gramíneas que había en los jardines, donde empezó a meterme mano.

    Dios, ni tiempo me dio a reaccionar, ya me había metido entre aquellas cañas que supuse eran gramíneas, y se había abalanzado sobre mí. Me sobaba el culo y agarraba la polla por encima del pantalón, manoseándome sin parar. Echó mano al cinturón aflojándolo, me desabrochó el pantalón, mientras yo le decía que allí no, que era temprano y aun había mucha gente. Cuando me di cuenta, ya me estaba bajando el slip y pantalón por las rodillas. Me agarró la polla empezando a menearla, mientras me decía que callara, aquí nadie nos va a ver, además lo estás deseando, mira cómo estás maricón, andas bien salido y con ganas de polla. ¡Ohhh maricón que bueno estás! Jadeaba mientras me iba sobando e intentando quitarme la camiseta que llevaba. Ya me la tenía por los hombros, y yo con los pantalones y slip sobre los tobillos, con el culo al aire, la polla tiesa a más no poder, y un nerviosismo que me hacía estar más excitado. Deseaba que mediera por el culo, quería sentir cómo me abría el culo y me follaba la polla de aquel hombre maduro, que intentaba desnudarme y follarme prácticamente en la vía pública.

    Cuando terminó de sacarme la camiseta, me abrazó a él, empezando a morderme el cuello, mientras me iba metiendo mano y jadeando, ¡ohhh que bueno estás maricón! ¡ohhh qué bueno! ¡Dame el culito que te lo voy a follar! Anda sácame la polla que te quiero dar por el culo, me dijo sin soltarme y dejar de meterme mano.

    Le aflojé el cinturón, luego desabotoné el pantalón, bajé la cremallera, sacándole la polla mientras empujaba el calzoncillo para abajo, liberando la polla y huevos de aquel hombre maduro que estaba a punto de darme por el culo en la vía pública, prácticamente a vista de cualquiera que pasara por allí.

    Chúpala me ordenó llevando mi cabeza hacia su polla.

    Me sujeté sobre sus caderas empujándole el pantalón y calzoncillo hacia abajo, mientras abría la boca metiéndome aquel rico falo que me iba abrir el culo y follarme hasta dejarme preñado.

    ¡Ohhh maricón! ¡ooohhh que gusto! ¡chupa maricón! ¡chupa que te voy a dar por el culo! ¡ooohhh que rico se siente!

    Después de un rato chupándole la polla al maduro aquel, me levantó ordenándome que me diera la vuelta.

    Me estaba dando la vuelta, cuando me ordenó, quítate el pantalón que así te follaré mejor.

    Dios que nervios, estaba en plena vía pública del centro de la ciudad, en medio de unas cañas de gramíneas de los jardines públicos, con los pantalones y slip por los tobillos, sin camiseta, a punto de que me dieran por el culo, y el hijo de perra aquel, quería que me quitara por completo el pantalón y slip, y así tenerme completamente en pelotas para darme por el culo. Aquello además de ponerme nerviosísimo y estresarme, me ponía tan caliente y excitado, que, con mucho miedo y nervios, accedí a realizar lo que me pedía.

    Cuando me agaché para sacarme los zapatos y poder quitarme el pantalón, me sujetó por las caderas, llevando una mano a mi culo, metiéndome un dedo en mi hoyito.

    Uy maricón, ya estás lubricadito, mmm, y que calentito se siente tu culito. Así me gusta, relájate y deja que te abra el culito pedazo de maricón.

    Ya me había sacado el pantalón y slip por completo, cuando me metía otro dedo en el culo, ¡ooohhh! Gemí al notar como me entraban los 2 dedos en el culo.

    No grites tanto que nos van a escuchar en todo el jardín, joder, me dijo sin dejar de meter los dedos en mi culo.

    Dios que nervios y excitación tenía. Las piernas ya me empezaban a temblar, y el culo estaba que me echaba chispas porque le metieran una buena polla y me lo preñaran bien preñado de leche.

    Métemela, le dije, métemela ya que no aguanto más.

    Tranquilo maricón, tranquilo que no pasa nada. Aquí nadie nos va a molestar, y te voy a dar por el culo hasta que te salga por las orejas mi polla. No te preocupes que te voy a dejar el culo bien abierto y bien preñado de leche.

    Sujetó la polla con su mano llevándola a mi hoyito, mientras con la otra mano me empujaba por la espalda para que me agachara más, quedándole mi esfínter dispuesto para ser abierto por su polla.

    Nada más colocar la punta de su polla en mi ojete, empujó su polla moviendo sus caderas, entrando todo el glande en mi culito.

    ¡Ohhh! Gemí al notar entrar su polla, ¡ooohhh! Volví a gemir al sujetarme las caderas y enterrarme el resto de su polla al dar otro movimiento a su pelvis.

    ¡Ohhh que gusto maricón! ¡ooohhh que gusto! Gemía el muy cabrón mientras movía sus piernas pegándose más a mí, a la vez que con sus manos tiraba de mi culo pegándolo a su pelvis, enterrándome la polla en lo más profundo de mis entrañas.

    Así maricón así, así me gusta tenerte, con el culito abierto y mi polla enterrada en tu culo, ¡ooohhh que gusto! ¡ooohhh que gusto me da maricón!

    Anda maricón, anda y mueve el culito para que te vaya entrando más mi polla. Me decía el muy cabrón, moviéndome las caderas con sus manos haciéndome que su polla entrara y saliera de mi culo cada vez más rápido.

    Se escuchaba el ruido de algunos vehículos pasar, y los gemidos y jadeos que dábamos, y el chof, chof chof chof, de su polla entrando en mi culo. Cuando de pronto empezamos a escuchar los ruidos de pisadas entrando entre aquellas cañas de gramíneas donde nos encontrábamos, yo desnudo por completo, empalmado como un burro e inclinado recibiendo una polla por el culo, y a aquel hombre maduro, dándole por el culo a un jovencito al que sujetaba por las caderas teniéndolo completamente en pelotas y la polla ensartada en el culo.

    Quedamos parados mirando a ver quién era, seguramente se tratase de algún maricón que nos había escuchado y venía a ver que pasaba, o sería algún otro madurito que nos había visto entrar o al pasar por allí nos escuchó, y venía a ver si le dejaban participar de la fiesta. Cuando se asomó a donde nos encontrábamos, pudimos ver que se trataba de otro maduro de mediana edad, en busca de algún culito donde meter la polla. Joder, el tío era feo pero feo como él solo, vamos que era feo con ganas; se me pareció al jorobado de Notre Dame; se nos quedó mirando, no sacaba la vista de mí. Miraba cómo me tenía enterrada la polla aquel hombre, y cómo me tenía inclinado, totalmente en pelotas, dándome por el culo.

    El hijo de puta no se movía, seguía allí mirando, acariciándose la polla, y viendo como me daban por el culo.

    Tranquilo que no pasa nada, dijo el que me estaba dando por el culo, le gusta mirar y pajearse, y si lo dejan, también le gusta dar por el culo.

    Joder, pues menudo panorama. Menos mal que yo andaba salido y más caliente que una perra en celo, y a aquellas alturas ya no me importaba nada. Si quería mirar y pajearse, pues que lo hiciera, y si quería darme por el culo, que se apuntara, seguro que cuando terminara de darme por el culo el que me estaba follando, le dejaba que metiera la polla en mi culo ardiente y vicioso.

    El que me estaba follando siguió dándome por el culo, mientras el mirón, empezó a sacarse la polla y pajearse mientras miraba como me follaban. Menudo rabo que tenía el Quasimodo aquel; era un rabo bien largo y bien formado; desde luego era más bonito que la cara y cuerpo de aquel hombre. La boca se me hizo agua al verle el rabo que tenía, pasé la lengua por los labios, sin poderme sacar la vista de aquella polla.

    Gozando como estaba mientras me daban por el culo, miraba para la polla del mirón aquel con ojitos de cordero degollado y lujuria, relamiéndome los labios con la lengua y deseando que se acercara y me dejara disfrutar de aquel rabo que me mostraba mientras se pajeaba mirando cómo me follaban.

    Poco a poco el mirón empezó a acercarse a mí; no sacaba la vista de mis ojos viendo cómo le estaban rogando que se acercara y me dejara tocar aquel rabo que me mostraba; Cuando estuvo a mi altura, eché la mano alcanzándole el rabo que no dejaba de meneárselo.

    Una vez que estuvo pegado a mí, dejó que le agarrara la polla pudiendo disfrutar de ella. Mientras él me acariciaba la cabeza y cara, yo apoyaba una mano en su cintura, y con la otra en su polla, se la iba descapullando y meneando suavemente, mientras seguía siendo enculado por el otro hombre.

    El mirón con sus manos acariciando mi cara, fue acercándose hasta quedar pegado a mí. Tenía su polla delante de mi cara invitándome a que abriera la boca y le dejara meterla en ella.

    Y eso hice, abrí la boca llevándome aquel rabo a mi boca, empezándome a tragar aquel rabo que me tenía hipnotizado.

    El Quasimodo aquel empezó a mover su cadera, metiéndome más su polla a la vez que me sujetaba por la cabeza.

    Me sujeté a su cintura, dejando que me follara la boca, mientras el otro cabronazo, seguía dándome por el culo.

    Dios que morbo y excitación sentía, me estaban dando por el culo y metiendo una polla en la boca, en plena vía pública teniéndome totalmente en pelotas, y expuesto a cualquier mirada de cualquiera que pasara por allí y nos escuchara, ya que solo nos cubrían aquellas cañas de gramíneas que había en el jardín.

    El que me daba por el culo, agarrado a mis caderas, sacaba y metía su polla en mi culo sin dejar de jadear y decir lo que le gustaba, ¡ohhh que gusto! ¡ohhh que gusto! ¡ooohhh como me gusta tu culo maricón!

    Notaba entrar y salir su polla de mi culo y como me iba masajeando la próstata, haciendo que mi polla fuese soltando gotas de semen, al ritmo del bamboleo que me daba mientras me follaba teniéndome inclinado, sujetado a la cintura de aquel Quasimodo que, agarrándome por la cabeza, me estaba metiendo el rabo en la boca.

    Dios como me gustaba y excitaba aquello, estaba disfrutando de 2 pollas, una que me follaba la boca, y la otra me rompía el culo.

    El hombre que me estaba dando por el culo, empezó a gemir más fuerte y clavándome los dedos en las caderas, empezó a gritar que se corría. Me corro, me corro, ¡ooohhh maricón me corro! ¡ooohhh que gusto! ¡ooohhh que gusto maricón!

    Estaba soltando toda la corrida dentro de mi culo, teniéndome clavada la polla en lo más profundo de mis entrañas, sin dejar de impulsar su pelvis, pegándome con los huevos en la entrada de mi ano.

    Toma maricón, toma leche, toma, toma toma maricón, gritaba mientras iba derramando todo su semen dentro de mi culo.

    Cuando su polla dejó de soltar todo el semen, sudando y recuperando el aliento, sacó la polla dándome palmaditas En el culo a la vez que me decía, ay maricón que culito más rico y calentito tienes.

    ¿Vas a dejar que te dé por el culo el mirón?

    ¿O prefieres que te haga una paja y te corras? Me preguntaba llevando una mano a mi polla para empezar a meneármela.

    No, deja que no me quiero correr todavía, le contesté a la vez que me daba la vuelta, agarraba su polla que acababa de sacar de mi culo, llevándomela a la boca. Empecé a chuparle la polla y lamerle todos los restos de semen que quedaban mientras le acariciaba y masajeaba los huevos, dejando que mi culo quedara expuesto para ser penetrado por la polla del mirón.

    ¡Ohhh maricón que gusto! Decía el que acababa de darme por el culo, eres bien maricón, te gusta el rabo ¿eh? Te gusta chupar pollas y que te den por el culo ¿eh? Pues chupa y déjala bien limpita pedazo de maricón.

    Mientras empezaba a chupar aquella verga que me acababa de preñar el culo de leche, el Quasimodo mirón, agarrándome por las caderas, llevó su rabo a la entrada a mi ano, y de un fuerte empellón me enterró todo el rabo en el culo, mmm, solo pude acertar a decir al recibir aquella invasión en mi culo. El gran hijo de la chingada me había largado semejante envestida, que me hizo tragar toda la polla de un golpe y hasta la base atragantándome, no nos fuimos al suelo de milagro.

    ¡Eh, despacio Miura, que lo vas a reventar! Le soltó el otro hombre al que le estaba chupando la polla, casi nos tiras joder.

    Me había llegado la polla que estaba chupando, a las amígdalas, y el rabo del Quasimodo que me la había enchufado en el culo, a la boca del estómago.

    El toro aquel estaba desesperado por empotrarme la polla en el culo, y se notaba que ardía en deseos por llenarme el culo de leche y preñarme bien preñado. Había empezado un frenético mete y saca, que por veces me levantaba los pies del suelo, menos mal que me agarraba al que ya me había follado, si no ya estaría tumbado en el suelo, con la polla del Quasimodo clavada en el culo y follándome a todo meter.

    Ya le había terminado de chupar la polla al maduro que me había follado, dejándosela bien limpia y reluciente, sin ningún rastro de semen, ahora solo me sujetaba a él, dejando que el Quasimodo terminara de romperme el culo y lo dejara embarrado de leche.

    Solo se escuchaban los gruñidos del Quasimodo dándome por el culo, los gemidos que emitía yo al ser penetrado, y el chof, chof chof, del rabo que me estaban metiendo por el culo.

    ¡Ohhh que gusto! ¡ooohhh dios que gusto! Como me estaba gustando aquello. Mi polla se bamboleaba soltando continuamente gotas de semen, que más que gotas ya era casi un chorreo continuo.

    El que ya me había follado, al escuchar cómo gemía decía, joder maricón, como te gusta, se nota que lo estás disfrutando. Mira como se oye cuando te mete la polla en el culo; se escuchaba el chof, chof chof; joder te va a dejar el culo abierto que te va a entrar un puño en él. Hoy vas a quedar bien servido de polla, vas a quedar bien preñado maricón.

    De pronto, el Quasimodo agarrándome más fuerte por las caderas, empezó a clavarme más a fondo el rabo, y levantándome en el aire me hizo poner erguido, y llevando su boca a mi cuello y oreja, me mordía a la vez que soltaba gruñidos mientras empezaba a correrse dentro de mí.

    Dios, me daba unos empellones con su pelvis clavándome el rabo en lo más hondo de mis entrañas, notando como palpitaba e hinchaba su polla en mi culo, Soltando una gran cantidad de esperma que me hicieron que mi polla estallara soltando chorros de semen como si fuera un volcán en erupción.

    ¡Ohhh! ¡ooohhh! ¡ooohhh me corro, me corro! Gemía y gritaba mientras me corría a la vez que el Quasimodo me mantenía en el aire abrazado a él, Clavándome su rabo en lo más hondo de mi culo, y soltando su semen en él.

    Cuando su polla dejó de palpitar y terminó de eyacular dentro de mí, dejó que apoyara los pies en el suelo, y mientras su polla terminaba de soltar el semen que le quedaba, fue mordiéndome el cuello y oreja a la vez que me acariciaba con sus manos dando pequeños gruñidos hasta que su polla terminó por salir por si sola de mi culito.

    Dios, estaba sudando como si estuviera en una sauna. El Quasimodo me acariciaba el culo mientras yo recuperaba el aliento, y ayudado por el otro que me había follado primero, iba recogiendo la ropa y vistiéndome.

    Cuando terminé de vestirme, salimos de allí, y caminando en medio de los 2, íbamos caminando por los jardines, iban tocándome el culo, diciéndome que les gustaba mi culito, y que hoy lo llevaba bien preñadito.

    Eso era bien cierto, llevaba el culo bien abierto y llenito de leche, pero lo que ellos no sabían, era que todavía estaba caliente y con ganas de seguir siendo follado. Al llegar al semáforo que hay en la rosaleda, fui a cruzar por allí hacia la calle Sanchez Bregua, e ir a tomar algo a la cafetería que había. De paso a ver si me despistaba de ellos, y podía seguir buscando quien me diera otra vez por el culo.

    Pero eso ya es otra historia que contaré en el siguiente relato.

    Podéis escribirme a:

    [email protected].

  • Noche de pasión en Lisboa (V): Odiseo y las sirenas

    Noche de pasión en Lisboa (V): Odiseo y las sirenas

    Despierto. Me doy cuenta que estoy abrazado a la espalda de Amália, tal y como solemos dormir juntos. Huelo su perfume en su pelo y noto mis manos agarradas a sus pechos. Un momento, un pecho no está en la posición que debería, tengo mi mano con la palma hacia el frente y noto el pezón en ella. Entonces recuerdo donde estoy y vagamente lo que ha ocurrido. Veo en la esfera de mi reloj que son las 04:30, y recuerdo. Tengo mis normas, jodidas normas que me obligan a salir ahora de esta cama y proteger una reputación.

    No pretendas amable lector que haga un relato de lo ocurrido desde que cerré la puerta. Para los jóvenes de hoy en día, un trío con dos mujeres posiblemente sea algo más o menos normal. Pero a mi edad, y en mis tiempos, eso era algo así como si el Cielo te diese un anticipo del Paraíso. Sencillamente, no ocurría. Por lo tanto solo recuerdo que al cerrar la puerta todo fue un maremágnum de cuerpos y movimientos. No sabría decir quien hizo qué, ni a quien se lo hizo. Lo último que puedo hilar con una cierta claridad, ocurre a partir de que nos dispusimos a dormir. Amália hizo valer sobre su hermana sus derechos. Ana María pretendía que yo durmiese entre las dos, pero mi amiga dijo que de eso nada, que el trío se había terminado, así que colocándose ella en el medio, me dio la espalda, pasando mi brazo bajo su cuello y llevando mis manos a sus pechos. Pero casi fue peor el remedio que la enfermedad. Su hermana se dispuso a dormir colocándose de lado pero enfrentada a ella. Yo ya había roto mis normas y por mí, se podía acabar el mundo, así que con la mano más cómoda, la extendí y agarré uno de los pechos de su hermana, tenía ambos a tiro. Amália, cogiéndome la mano, la volvió a llevar a su pecho y dio un golpe de cadera hacia atrás, golpeándome en el vientre con sus nalgas. Repetí la acción y ella volvió a repetir la suya, dejándome claro que yo era solamente suyo. Pero por lo que veo, durante la noche, he conseguido dormir agarrado a un pecho de cada hermana.

    Me estoy dispersando, centrémonos. Tengo normas, hay que proteger una reputación.

    Me levanto de la cama y me pongo la ropa que llevaba ayer en la cena. Tengo que ir al cuarto de Ana María y traer la ropa que ella llevaba puesta. Al llegar al pasillo noto que huelo a una mezcla de perfume de mujer, sudor y no quiero saber qué más cosas. He de ducharme antes de continuar con la puesta en escena.

    Entro en el dormitorio de Ana María y constato que la cama está sin deshacer. En este momento podría tomarla en brazos y traerla, acostándola en su lecho. Pero me puede el miedo a como responda si la despierto ahora.

    Veo su ropa en el suelo y la recojo. Los tejanos, la blusa de cuadros y un sostén más un tanga a juego. Observo la ropa interior de color azul cielo, transparente, con unas flores bordadas, lo que le da un aspecto como de pieza de cristal decorado. Parece que el buen gusto en ropa interior, también es patrimonio de la familia. Me dirijo a la puerta y cuando estoy llegando… ¡los zapatos! Vuelvo atrás y tomando los zapatos del suelo, me dirijo de vuelta a mi dormitorio. Hago un montón con la ropa de Amália en el suelo, respetando más o menos el orden al desnudarse y lo mismo hago con la ropa de Ana María.

    Entro en nuestro baño, cierro la puerta y me doy una ducha. Vuelvo a vestirme y, haciendo el mínimo ruido posible, bajo al salón. Mientras voy yendo, me doy cuenta de que no le he comprado nada a Amália por su cumpleaños. No conozco bien la zona, así que se me ocurre que mañana le pediré a Amália que me deje a Paulinha por la tarde, con cualquier disculpa, y que la niña me sirva de Cicerone.

    Al entrar en el salón, me dirijo a un sofá Chesterfield, con capacidad para cuatro personas, en el que quiero que me encuentre el servicio por la mañana. Creo que me he desvelado y me va a costar dormirme. Jodidas normas.

    Nada más poner la cabeza en uno de los cojines, mi cuerpo se desconecta automáticamente y caigo dormido como un bendito.

    Dom Alfredo… Dom Alfredo… Alguien me agita empujándome un hombro. Entreabro los ojos y veo mi reloj. Las 7:30. Alzo la vista y veo a Marta, la cocinera que me mira con cara de preocupación. Frotándome la cara con ambas manos, me siento en el sofá, dejando las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas.

    – Buenos días Marta. ¿Podría por favor prepararme un café bien cargado?

    – Claro que sí, pero perdóneme la pregunta… ¿qué ha pasado para que tenga que dormir en el sofá, y no con la señora?

    – Las señoras están durmiendo en mi cuarto. Ayer con las celebraciones del aniversario de Dona Amália, tuvieron un accidente y decidieron dormir juntas – Le explico mientras le hago un gesto señalando la botella de whisky y le guiño un ojo, cómplice. (Según mis normas y en mi escala de valores, es menos grave “borracha accidental” que “adúltera buscona”). Así que las ayudé a llegar a la habitación y me he venido a dormir aquí al sofá. Procuren hacer poco ruido y déjenlas que duerman hasta tarde hoy.

    Primer objetivo conseguido. Ahora tengo que lograr hablar con ellas antes de que lo haga el servicio.

    Acompaño a Marta a la cocina y me siento a la mesa de trabajo, al tiempo que Marta prepara la cafetera. Mientras se va haciendo el café, la cocinera me pone delante un platillo y un pocillo de café, pequeño. Entonces le digo que ese no. He visto una colección de tazas con asa, de esas que se compran de recuerdo, sobre la encimera, así que me levanto y tomando una, la pongo frente a mí, sobre la mesa. Veo de donde es y como no podía ser de otra manera, leo “Recuerdo de Fátima”. Cuando el café está preparado, tomo la cafetera y lleno la taza de un café espeso y negro como mis pecados.

    Estoy tomando el café, sintiendo como la cafeína recorre mis arterias, cuando oigo entrar a Paulinha, que viene cantando una canción de esas que cantan los jóvenes, que ni tiene música, ni tiene fundamento. Escucho como Marta la detiene en el salón y como le dice en voz baja, aunque no lo suficiente:

    – Hoje seu Vovô dormiu no sofá (Hoy tu abuelito durmió en el sofá).

    – ¿E assim? (¿y eso?).

    – As senhoras exageraram celebrando e dormirom juntas (las señoras se excedieron celebrando y durmieron juntas).

    – Coitadinho (Pobrecito).

    Esto de momento va bien, el personal ya tiene la información que yo quiero.

    Mi aspecto debe ser lamentable, no me he visto todavía en un espejo. Me saco la camisa, y allí mismo en la pileta de la cocina, me lavo las manos y la cara. El agua fría de la pileta me refresca y me hace revivir. Mientras me estoy secando la cara con un paño de cocina, siento entrar a alguien en la cocina. Es Paulinha, que me abraza por detrás, apoyando su mejilla en mi espalda mientras me saluda:

    – Bom día Vovô (Buenos días abuelito). – Esta niña es un peligro, no tiene filtros.

    – Olá netinha (Hola nietecita).

    – ¿Durmió bien esta noche?

    – Ya lo sabes. Te oí hablar con Marta, no seas arpía.

    – ¿Necesita algo de mí? Tengo que empezar con las labores de la casa.

    – Ahora no, gracias. Pero luego le pediré a Dona Amália que te permita ir conmigo por la tarde. No le he comprado nada por su cumpleaños y no conozco la zona. Espero que tú me hagas de guía. Pero no le digas a la señora que sabes a qué vamos juntos. Es una sorpresa.

    – Vale, yo hago como que no se nada.

    – Eso es.

    Después de estar estorbando al personal en sus quehaceres por más de una hora, decido que ya es hora de que vaya a hablar con las hermanas. Tenemos que ponernos de acuerdo en lo ocurrido durante la noche.

    Subo a mi habitación y entro con cuidado. El espectáculo, si no fuese lo que es, es para película de risa. Amália está boca arriba con los brazos y las piernas en cruz, y el pelo tapándole la cara. Su hermana no está mejor. Está boca abajo, con una mano sobre el vientre de mi amiga, y una pierna doblada pasada por encima de Amália, con todo el culo en pompa, mostrando hasta lo que no tiene. Hasta me daría pena despertarlas, si no fuese porque he roto mis normas y alguien tiene que pagar por ello, y no voy a ser yo.

    Las despierto como puedo, y cuando más o menos logran comprender de qué se está hablando les digo:

    – Escuchadme: Ayer noche os pasasteis bebiendo, os empeñasteis en dormir juntas y yo os ayudé a llegar a la habitación, os metisteis juntas en la cama y a partir de ese momento, no sabéis nada más.

    – Alfredo, cariño, no te entiendo – dice Amália dando un bufido para sacarse el pelo de la cara.

    – Jijijijii No es así como recuerdo yo la noche – dice Ana María, moviendo el culo provocativamente.

    – Centraos de una vez y escuchadme – Digo con el tono más duro que consigo emplear.

    – Ana María, creo que Alfredo está hablando muy en serio.

    – Eso es. Ahora se trata de que hagáis lo que yo os digo. Os hago un esquema: borrachas-habitación-dormir las dos juntas y solas. Y no os salgáis del guion.

    – Pero cielo y entonces tú ¿Dónde has dormido? – Me dice Amália.

    – Eso es lo primero que debéis preguntarme cuando bajéis. Pero aseguraos de preguntármelo delante de las chicas. Ya hablaremos más tarde con tranquilidad y lo entenderéis.

    – De acuerdo – dice Amália.

    Me voy de la habitación, procurando que no me vean ni Paulinha ni Marta y salgo de la casona, a pasear por la finca un rato.

    Cuando veo que las dos hermanas se sientan a la mesa de la terraza, me dirijo hacia ellas para continuar con el guion de la representación. Al tiempo que yo me voy acercando, sale Paulinha de la cocina con el servicio del desayuno y llegamos al mismo tiempo. Paulinha me pregunta:

    – ¿Va a desayunar con las señoras?

    – Si, por favor, tráeme otro servicio.

    Paulinha se retira para cumplir con en el encargo y le doy un repaso visual a las hermanas. Santo Dios que espectáculo. Parece que les haya pasado por encima un camión y de remate, un terremoto. La cara de ambas es un poema. Aprovecho para decirles:

    – Ahora cuando venga Paulinha, me preguntáis donde he dormido.

    – No hace falta, ya nos lo ha cascado. Dice que te ha encontrado Marta durmiendo en el sofá cuando llegó a trabajar. Yo creo que hasta se ha enfadado – Dice Amália.

    – Ya sabes cómo es Paulinha, no se lo tengas en cuenta – Dice Ana María.

    – ¿A qué viene todo esto, Alfredo? No entiendo nada – Dice Amália.

    – Piensa en que pasaría si nos encuentran a los tres juntos en la misma cama – le digo.

    En la cara de Amália, de repente se refleja la comprensión de las implicaciones de lo que estoy diciendo. Ana María todavía no ha caído en la cuenta. Así que para que no meta la pata, se lo explico:

    – Ana María, la relación entre Amália y yo, es pública y notoria, pero tú eres una mujer casada y hermana de Amália. Tu reputación quedaría muy mal parada y le darías armas a tu marido de cara a un posible divorcio.

    – Tienes razón, no había caído en eso. Pero cuando te levantaste, en lugar de irte a dormir a la sala, podías haberme llevado a mi habitación.

    – Créeme, lo pensé. Pero sabía que despertarte e irme contigo, sola, a una habitación, no era buena idea. Esta mañana al despertar, me lo has confirmado. Te faltó tiempo para menear el culo delante de mí. – Jodidas normas… ¡que culo!

    Pasó la mañana, las hermanas subieron a sus habitaciones y con la maestría propia de las mujeres volvieron a recomponer los estragos causados por los excesos nocturnos. Cuando bajaron para comer volvían a ser las dos mujeres de bandera que todos conocíamos.

    Tomábamos café Amália y yo solos, ya que su hermana se había retirado a hacer una siesta. Le dolía la cabeza del resacón que arrastraba. Lo cierto es que ayer el que menos había bebido era yo. Un par de copas de vino blanco con la cena y la única copa de coñac que me serví al principio de la velada. Lo de ellas había sido distinto. Además de asistir al palo con el vino de la cena, se habían beneficiado entre las dos la botella de whisky. Esta mañana comprobé que apenas quedaba un chupito en el fondo. Aunque me temo que el reparto de la botella no fue equitativo y que Ana María se había llevado la parte del león. Amália estaba mucho menos perjudicada hoy que su hermana. En este momento, aproveché para pedirle que me dejase salir con Paulinha unas horas.

    – Amália me haría falta salir unas horas con Paulinha para hacer unas gestiones. No conozco la zona y me vendría bien como guía.

    – ¿Y por qué no voy yo contigo? Total no voy a hacer nada esta tarde.

    – Preferiría ir con ella. Si no te molesta.

    – ¿No te ha llegado con lo de anoche y quieres anotarte otra mujer de la casa en tu cuenta? – Me dice bajando la voz y en plan de broma.

    – Supondría un cambio con respecto a lo que ha pasado durante la semana ¿no crees? Además es simpática y me tiene aprecio – bromeo yo a mi vez.

    Entonces ella, sin duda a causa del embotamiento que arrastra todavía, comienza a tomarse en serio la insinuación

    – Alfredo, si es una niña – Me dice, dudando todavía y no queriendo creer que me la quiera beneficiar.

    Jodidas normas. Me las he saltado y alguien tiene que pagar por ello, y no voy a ser yo. Así que continúo la farsa y me quedo mirando a Amália con cara seria, sin decir nada. Ella, viéndome, Achina los ojos, furiosa y entre dientes me espeta:

    – No te atreverás. No serás capaz.

    Yo continúo sin decir nada y pongo cara de “no tengo que dar explicaciones”. Ella se da cuenta y me dice:

    – Perdona, no soy quien para pedirte explicaciones de nada. Puedes servirte de Paulinha el tiempo que necesites – remarcando el “servirte”.

    – Por cierto, ¿podríais prestarme un coche para esta tarde? El mío es incómodo y tengo la espalda rota del sofá.

    Sin inmutarse, me pide que la siga al garaje. Entramos y veo dos automóviles Mercedes Benz. Una berlina moderna de la que no soy capaz de identificar el modelo a simple vista y un 300 SL “alas de gaviota” del año 1.954, color negro con la tapicería en blanco fileteada de negro. Amalia me dice:

    – Escoge. El 300 SL fue legado directo de mi abuelo, ese al que yo afeitaba como te afeité a ti. Fue el último coche que condujo en su vida. El otro es el coche de mi hermana.

    El cuerpo me pide coger el 300 SL y salir a quemar kilómetros como un loco y no aparecer con él de vuelta hasta el domingo. Es un sueño de automóvil. Su valor en euros, en ese estado, es de siete cifras. Pero le contesto:

    – Para lo que yo lo necesito hoy, creo que el coche de tu hermana es más adecuado.

    Es cierto que si quieres vengarte matando a tu enemigo, es mejor que caves dos tumbas. Cuando Amália me da las llaves de la berlina, puedo ver sus ojos anegados. Se me partió el corazón y estuve a punto de tirarlo todo por la borda, pero seguí adelante con la farsa.

    Paulinha me llevó a Nazaré después de preguntarme que era lo que quería comprarle a la señora. Le dije que quizás algo de ropa o complementos y me llevó a una boutique bastante bien surtida y muy elegante.

    Después de que me mostrasen una serie de prendas, escogí para Amália un chal de lana de alpaca en color beige, al que mi amiga sabría sacarle todo el partido, sobre todo en las noches de entretiempo. Mientras me lo envolvían para regalo, le pregunté a Paulinha si había algo que le gustase en la tienda y me contestó que el tipo de ropa era “de mujer mayor” y que además ella no tenía ropa con qué lucir algo de lo que había allí. Entonces cogí un pañolón azul metálico, de seda, que me habían mostrado anteriormente y le enseñé que podría utilizarlo como pañuelo de cabeza, al cuello o puesto sobre los hombros. Solicité que me lo cargasen también en cuenta y cuando lo metieron en la caja y lo iban a envolver para regalo, pedí que lo dejasen así. Le dije que era para ella, un regalo de su abuelito español, para que tuviese un recuerdo, y en agradecimiento por haberme ayudado a buscar el regalo para Amália. Cuando se lo di, y lo iba a coger, lo retiré de repente de su alcance y le dije:

    – Con una condición.

    – Dígame cual.

    – Necesito que cuando lleguemos a la casa, te lo pongas sobre los hombros y que se lo enseñes a las señoras, y muéstrate todo lo ilusionada que puedas por el regalo. Pero si las señoras te preguntan por qué te lo he dado, da las explicaciones más vagas que se te ocurran.

    – Pero… así se van a creer que me lo ha dado a cambio de algo inconfesable. Yo no quiero hacerle daño a Dona Amália.

    – Eso es lo que quiero. Confía en mí. Te garantizo que a partir de hoy, al menos Dona Amália te va a tener mucho más aprecio y consideración.

    – Bueno, si usted lo dice…

    – Confía en mí. Y por favor, no digas nada del regalo que le hemos comprado a ella. Necesito que me guardes el secreto.

    Cuando volvimos a la casa, mientras yo dejaba el coche en el garaje, Paulinha cumplió con su parte. Entró en el salón corriendo, con el pañuelo sobre los hombros y luciéndolo como una modelo, se lo enseñó a las dos hermanas. Yo entré y subí directamente a mi habitación y dejé el regalo de mi amiga sobre la almohada de la cama, del lado que ella acostumbra a dormir.

    Al entrar al salón Amália estaba sola. Su hermana había salido. La miré y tenía los ojos rojos y cara de tristeza. Me senté a su lado y me dijo:

    – ¿No podías haberla respetado a ella? Si es una niña, por Dios. Hiciste mucha más fuerza para respetar a mi hermana. Creí que te conocía mejor.

    – ¿Me acompañas a nuestro dormitorio?

    – ¿Es que todavía no has quedado satisfecho? ¿O es que quieres comparar? – Cada vez le costaba más aguantar las lágrimas.

    – Ven conmigo al dormitorio, por favor, Amália.

    – Vamos, pero no te conozco.

    Al abrir la puerta, lo primero que vio fue el regalo sobre la almohada. Se giró hacia mí y me inquirió:

    – ¿Qué es eso?

    – Tu regalo de cumpleaños, que ayer no te regalé nada. Paulinha estaba de acuerdo conmigo en ayudarme a escogerlo y le pedí que se comportase como lo hizo. Has de saber que ella no quería. Bajo ningún concepto quiere hacerte daño.

    – ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me has hecho pasar este mal trago?

    – Porque tengo normas. Normas que hacen que cuando me las salto alguien tenga que pagar por ello. Y ayer noche hiciste que me las saltase.

    – Ayer noche no pusiste muchas pegas. No seas cínico.

    – Ayer noche deberías haberme arrancado los ojos cuando accedí a vuestra petición.

    – Perdóname Alfredo.

    En ese momento, ya no pudo más y enterrando la cara en mi pecho rompió en llanto. Ella no me podía ver, pero yo también hice uso de mi propia tumba. Por mi cara rodaban las lágrimas en silencio. Jodidas normas.

    Separándose de mí, entró en el baño y se retocó el maquillaje. Volvió a la habitación y de un cajón de la mesilla sacó un frasquito de colirio, y me pidió que se lo pusiera en los ojos. Una vez recompuesta y todo en orden, procedió a abrir mi regalo.

    Cuando vio el chal, se lo probó delante del espejo del armario de todas las formas posibles, sobre los hombros, dejándolo caer por la espalda, sobre la cabeza cruzando las puntas sobre un hombro, sobre el otro. No creí que se pudiese utilizar una prenda de tantas formas diferentes, pero yo no soy mujer. Saliendo apresurada de la habitación, me dijo sonriendo con alegría, por encima del hombro:

    – El chal es precioso, voy a enseñárselo a las chicas.

    Volvía a ser la Amália alegre que yo conocía. Y yo volví a aterrar las dos tumbas. Pero la muy ladina se había olvidado de agradecerme el regalo con un beso, al menos. Bajé tras ella al salón.

    Al entrar veo que ahora es Amália la que luce su regalo paseándose y posando delante de las otras tres mujeres y Paulinha desde detrás de ella me interroga con la mirada, consultándome si lo ha hecho bien. Yo le contesto con un asentimiento imperceptible de mi cabeza y le sonrío agradecido. Veo que la niña sonríe tranquila y contenta por haber cumplido bien con su parte de la sorpresa.

    Amália mira hacia mí y se me acerca. Camina remedando a una modelo en la pasarela y cuando está a mi altura acerca la boca a mi oído y me pregunta:

    – Si fuisteis a comprar mi regalo ¿Para qué diablos necesitabas el coche de mi hermana?

    – Amália, cariño. Recuerda que mi coche no tiene maletero.

    – El mío sí, y no quisiste llevarlo.

    – El tuyo, al igual que su dueña, era demasiada tentación.

    Cuando se retiró viéndome a los ojos, la abracé con un brazo por la cintura, le puse una mano en la nuca, y acercando mis labios a los suyos, le estampé un “beso asesino”. Por supuesto no funcionó, ni yo soy Amália, ni ella es Alfredo. Soltó una carcajada socarrona y me dijo:

    – Cariño, tienes mucho que aprender, todavía. – Y se alejó sonriendo.

    Durante la cena hemos estado conversando las dos hermanas y yo. Mientras que noto a Amália un poco más melancólica y tierna conmigo, su hermana parece que se ha calmado bastante, y me trata como a un cuñado. Si no se tuerce nada, las cosas van encauzándose razonablemente bien. Ana María me comunica que su marido ha hablado con ella por teléfono y que me tranquilice, ya que no va a haber demanda de ningún tipo por la agresión. También me informa de que la madre de Héctor ha contactado con ella por teléfono y le ha pedido que me agradezca las disculpas, en su nombre y el de su marido. En el fondo, la buena señora sabe la prenda que tiene en casa, e íntimamente, la compadezco.

    Terminamos de cenar y tomando café les pregunto a las chicas si les apetece tomar una copa y antes de que pueda contestar Ana María, Amália con cara de espanto, me contesta:

    – Vade retro, Satanás.

    Mientras me río a carcajadas, me sirvo para mí dos dedos de coñac en un balón y me siento de nuevo junto a ellas, con la intención de seguir conversando. Pero mi amiga comenta que con el ajetreo de estos días (sin hacer mención explícita a la noche anterior) se encuentra cansada y que se va a retirar ya.

    – Alfredo, cariño, espera veinte minutos antes de subir, por favor.- dice dándome un beso.

    – De acuerdo, en veinte minutos estoy contigo.

    Ana María aprovecha que su hermana se retira y me anuncia que ella tampoco está en las mejores condiciones para seguir la velada, así que se va a retirar también. Y dándome un beso en la mejilla, sube a la par de su hermana hacia las habitaciones.

    Me tomo la copa mientras voy haciendo balance mental de la semana y llego a la conclusión de que he conseguido que al menos una mujer de la casa no me haya tirado los tejos. Mejor, porque según mis normas, Marta entra en la categoría de jovencitas y está de muy buen ver. Me río de mi propia tontería y terminando la copa, me dirijo a mi dormitorio.

    Abro la puerta con cuidado, suponiendo que Amália está ya en la cama durmiendo y la veo reclinada en la butaca, con las piernas cruzadas, completamente desnuda, con zapatos de tacón y el chal que le he regalado echado sobre los hombros. Al verme entrar me dice:

    – ¿No creerías que iba a dejar sin estrenar tu regalo, verdad?

    Y levantándose se dirige hacia mí, me desabrocha la camisa y nos envuelve a ambos en el chal, al tiempo que nos besamos. Me desnudo y nos echamos en la cama, uno junto al otro. El chal que era la disculpa, ya está en el suelo junto al resto de nuestra ropa.

    Con la semanita que llevo solo me apetece estar con mi amiga abrazados y haciéndonos carantoñas. Ella lo intuye y no hace nada para ir más allá. Realmente he rebasado con creces mi ración de sexo, piensa amigo lector, que ya no tengo veinte años. Amália me agarra una mano y la lleva a su sexo y me pide que la masturbe lentamente, mientras me arrima un pecho a la boca. Así lo hago y mientras le beso y chupo el pecho, ella toma mi miembro y me corresponde con una masturbación lenta también. Estas maniobras al final dan como resultado que consigo una erección. Cuando ella lo nota comienza a mover su pelvis con más rapidez y en poco tiempo mordiéndose los labios, gime y tiene un orgasmo prolongado. Cuando ha terminado, viendo que yo estoy excitado todavía, se sube estirada sobre mí, me abraza con una mano por la cintura, pone otra en mi nuca y me estampa un beso asesino.

    – Me corrrooo, puñetera.

    – Ya te dije que tenías mucho que aprender todavía, cariño.

    Fiel a su costumbre, me dio la espalda, puso mi brazo bajo su cabeza y mis manos en sus pechos y con voz somnolienta, me dijo:

    – Por favor, no vuelvas a hacerme pasar por lo que me hiciste pasar hoy. Te quiero demasiado.

    – Descuida, cielo, no lo haré.

    – Boa noite, meu bem (Buenas noches, mi bien)

    – Boa noite, meu amor (no necesita traducción).

    En esa misma postura despertamos por la mañana. Y nadie llamó a la puerta esa noche.

    CONTINUARÁ.

    Agradezco mucho sus comentarios, tanto a favor como en contra.

  • Sintiendo a Mireya

    Sintiendo a Mireya

    Ahí estaba yo, desnudo, nervioso como si volviera a ser un adolescente, observando atentamente cómo Mireya se iba desprendiendo una por una de sus prendas. Su cuerpo delgado me desveló primero sus pequeños pechos, que altivos y firmes parecían pedir que compartiese con ellos el calor de mis labios. Luego mostró la belleza de sus largas piernas y sus apretadas nalgas, entre las cuales deseaba locamente sumergirme. Finalmente, con un movimiento lento y una mirada que buscaba mi complicidad, su lencería cayó hasta sus tobillos y me descubrió el misterio de su sexo, que erecto y poderoso parecía desafiarme.

    Durante unos segundos pensé en qué habría dicho mi novia… perdón, mi exnovia. Ella, siempre tan correcta y de moral tan estricta, siempre tan dispuesta a juzgar a los demás, y sin embargo capaz de engañarme durante todo un año con su compañero de trabajo sin siquiera despeinarse. ¿Qué habría pensado aquella mujer que ya era parte de mi pasado? ¡Que pensara lo que le viniera en gana! Por primera vez en mucho tiempo estaba haciendo lo que realmente deseaba, no lo que pensaba que los demás esperaban de mí.

    Mireya extendió un poco de crema sobre su sexo y lo acercó al mío, pegándolos, haciéndome partícipe del calor de su piel y del húmedo frío del lubricante. Aunque me sentía excitado, a mi cuerpo le costaba reaccionar, aunque el agradable roce que sentía me hacía sentir maravillosamente, hasta el punto de que se entrecortaba mi respiración. Su mano nos aferró a ambos, como si fuéramos el tallo de dos flores sin espinas, y con una firme y rítmica calma aumentó la sensación de placer que me llenaba. Era evidente que ella controlaba la situación, y a mí me encantaba.

    Es curioso cómo Mireya conseguía hacer que me dejara llevar. Cuando la había conocido en una página web, un par de meses atrás, me había gustado por la forma en que sabía escucharme, como si me comprendiera mejor de lo que yo me comprendía a mí mismo. Al explicarme que era una mujer transexual, el vínculo que nos unía era ya demasiado fuerte como para que eso me importara. Y cuando nuestra relación pasó de ser puramente platónica a poseer un carácter más físico, la forma en que deseaba sus labios y la manera en que me excitaba el susurro de su voz hacía que todo lo demás fuera secundario.

    Mi compañera se dejó caer sobre la cama y me hizo una señal para que me acercara. Yo aún seguía sin desarrollar una erección completa, pese a estar excitado como nunca antes lo había estado, y ella me tranquilizó mientras untaba sus dedos en lubricante y buscaba entre mis nalgas la parte de mi cuerpo que más deseaba.

    Lo habíamos hablado hacía ya algunas semanas: Mireya no tenía problema alguno cuando yo me introdujera en ella, y de hecho lo consideraba muy placentero, pero no se veía manteniendo una actitud pasiva en todos nuestros encuentros, máxime cuando mi trasero la excitaba enormemente y la tentaba en calientes sueños nocturnos. Y yo, lo reconozco, estaba maravillado con ella y habría hecho lo que fuera por complacerla.

    Una vez bien lubricado, sintiéndome un poco extrañado por la sensación de humedad permanente, me coloqué encima de ella. Quizá en otra situación habría sentido cierta incomodidad, pero al ser capaz de moverme con libertad y marcar el ritmo al que se iba introduciendo dentro de mí, lo único que me asaltó fue cierta sensación de extrañeza que, rápidamente, fue sustituida por una sensación de sosegado placer.

    Coordinarse con Mireya era un auténtico placer, y lo digo en todos los aspectos. Aunque se notaba su excitación y deseo, respetaba los ritmos que yo iba marcando, galopando sobre ella de acuerdo a los impulsos que mi cuerpo iba sintiendo. Y fue así como, lentamente, sin precipitaciones, sentí el primero de los orgasmos explotó dentro de mí. Nacía en mi sexo, pero en lugar de ser expulsado, parecía empujar hacia lo más íntimo de mi ser, hasta que mis sentidos quedaban saturados por una sensación de absoluto placer que me hacía perder la conciencia de lo que sucedía a mi alrededor. Consciente de lo que me sucedía, pues ella misma lo había experimentado en múltiples ocasiones, Mireya reía al ver que ahora ambos comprendíamos cómo funcionaban nuestros cuerpos mucho mejor que antes.

    Para mí, el sexo siempre había sido algo que se hacía deprisa y con fuerza, pero junto a mi nueva compañera había empezado a comprender que tomarse tiempo para disfrutar, que moverse con cuidado para complacerse tanto a uno mismo como a la otra persona, podía ser infinitamente más satisfactorio.

    Cuando me recuperé por segunda vez de la explosión que me consumía por dentro, mi mirada suplicó a Mireya que pusiera fin a aquello. El deseo era demasiado grande, la erección demasiado fuerte, mi cuerpo pedía derramar toda su esencia pero no sabía cómo. Empapando su palma con su propia saliva, Mireya aferró con fuerza la cabeza de mi sexo, y apretándola sin miramientos, fue estimulándome de una forma tan enloquecedora que me faltaron tanto el aire como las palabras. Fui incapaz de avisarla de lo que estaba a punto de pasar, y cuando salpiqué sus pequeños pechos y su rostro, su risa de satisfacción fue absoluta.

    Agotado pero consciente de los muchos cuidados que mi compañera me había dedicado, continué unido a ella, moviéndome ahora con mayor control, pensando en cada golpe e cadera en lo que ella sentía, acariciando con mis yemas la ardiente piel que parecía a punto de estallar en combustión. Su grito, repentino y victorioso, indicó que acababa de culminar dentro de mí. Y que yo, a partir de ese momento, era suyo, igual que ella era mía.

  • Una tarde con mi hermano (Parte 2)

    Una tarde con mi hermano (Parte 2)

    Mi hermano entró a bañarse y yo también necesitaba bañarme y como mis padres no estaban, me metí en el baño luego que él entró.

    Él estaba debajo de la ducha lavándose el cabello cuando ingresé al baño. Él no se dio cuenta que había entrado, seguía en lo suyo. Yo me saqué la ropa y se percató de que yo estaba con él cuándo me metí dentro de la bañera y empecé a tocarle la pija.

    —Pero que haces??

    —Pensé que necesitabas algo de compañía.

    —Van a venir nuestros padres y nos van a ver.

    —No te preocupes, están en la casa de la abuela.

    Yo empecé a hacerle una paja, mientras él seguía lavándose el cabello. Cuando la pija se la puso dura me la metí en la boca y empecé a chuparla. Esta bastante bueno chupar pijas debajo de la ducha, pruébenlo chicas.

    Luego hice una pausa, metí su pija entre mis pechos y lo empecé a masturbar de esa forma. Después volví a meterme su pija en la boca.

    El tomo la esponja y empezó a pasarla por la parte superior de su cuerpo y luego quiso pasarla por abajo.

    —Me dejas hermanita pasarme la esponja??

    —Dame que te ayudo.

    El me dio la esponja y la pase primero por sus piernas y luego por sus testículos y su pija. Cuando frotaba la esponja por su pija lo hacía despacio y no deje ninguna parte sin jabón.

    —Ahora vos me tenés que pasar la esponja —le dije a él.

    Le di la esponja y el primero me la paso por mis brazos y por mis tetas, luego por mis piernas y cuando sentí que me la pasaba por la concha empecé a excitarme y decidí abrir un poco una pierna para que el me enjaboné mejor esa parte.

    Luego de sacarnos el jabón de nuestros cuerpos yo me di vuelta, apoye mis manos en los azulejos y empecé a pedirle pija.

    —Métemela hermanito.

    El me agarró de la cintura y luego de acomodar su pija en mi concha empezó a penetrarme con buen ritmo.

    —Ahh ahh —decía yo.

    El por momentos dejaba mi cintura y me agarraba las tetas.

    —Más fuerte hermano.

    El acelero sus empujes y me hizo sentir más placer. El mucho no pudo mantener ese ritmo y termino acabando dentro de mí.

    —Perdón hermanita.

    —No pasa nada, no es la primera vez que acaban dentro de mí.

    —No vas a quedar embarazada??

    —Ahora me tomo una pastilla y ya está.

    Luego de esa mini charla yo me arrodille y se la chupe.

    Ambos salimos del baño y él se cambió y se puso muy lindo, yo me puse una pollerita muy cortita y una blusa.

    Nos tomamos el ómnibus hacia el cine y yo me sentí demasiado observada por algunos pasajeros que habían en el.

    Al llegar al cine sacamos las entradas y en vez de sentarnos en el medio agarre a mi hermano de la mano y me lo llevé a la última fila que no había nadie. A mí me dieron ganas de mamársela así que le baje el cierre del pantalón y le saqué la pija.

    —Pero que haces??

    —Te la voy a chupar.

    —Te parece bien acá??

    —Vigila que nadie venga.

    Yo empecé a chupársela hasta que me dijo que un hombre se acercaba y yo tuve que detenerme. El hombre se sentó a 6 o 7 asientos a mi derecha.

    La película comenzó y yo me puse cariñosa, así que me senté sobre sus piernas y luego de darle unos besitos me recosté sobre su cuerpo.

    Habían pasado 40 minutos de la película y yo quería hacer otra cosa en ese momento. Empecé a tocarle el bulto, luego le baje el cierre y saqué de nuevo su pija. De la forma que estaba sentada era imposible que el hombre me vea lo que estaba haciendo ya que sólo podía ver mi espalda. Entonces comencé a masturbar a mi hermano y cuando se le puso dura me acomode para que me la meta. Corrí mi tanguita, acomode su pija en mi concha y me dejé caer enterrándome toda su pija. Con mi pollera era imposible que alguien vea que él me estaba penetrando. Yo me agarre del asiento de adelante y empecé a moverme hacia arriba y hacia abajo.

    Sin darnos cuenta nos olvidamos del hombre y mi hermano luego de levantarme la pollera me agarró de la cintura y empezó a moverme más rápido hasta que volvió a acabar dentro de mí. Yo miré al hombre y vi que se estaba haciendo una paja viéndonos a nosotros. Debía hacer algo para que al hombre no se le ocurra contar lo que había sucedido.

    —Ya vengo hermano.

    Me baje de mi hermano y fui con el hombre.

    —Necesita ayuda con eso?? —le pregunté.

    —Tú veras.

    Me arrodille en el suelo y empecé a chupársela.

    —Hmmm que rico putita.

    Mi hermano en vez de mirarme se puso a ver la película.

    Yo me levanté la blusa, saqué mis pechos y luego de colocar el pene en medio de ellos empecé a masturbarlo de esa manera.

    —Nena vamos a mi coche.

    —Bueno, vamos.

    No le avisé a mi hermano y lo deje viendo la película.

    Como ya era de noche y el auto del hombre tenías las ventanas oscuras pudimos hacer varias cositas en el asiento trasero.

    Primero se la estuve chupando por un buen rato y luego me follo de distintas formas. Primero me hizo subir encima de él para follarme, luego me dio vuelta y me follo como lo había hecho con mi hermano, me senté encima de él y mientras me movía hacia arriba y hacia abajo yo me agarraba del asiento de adelante. Después bajo el asiento de adelante y me puso en cuatro patas para seguir follandome. Mientras me follaba de esa manera mi hermano me llamó por teléfono.

    —Donde estás hermana??

    —Salí a tomar un poco de aire —decía con la voz entrecortada, mientras era penetrada.

    —Te encuentras bien??

    —Sí, ahora voy.

    —Te espero —dijo mi hermano.

    —Acaba pronto que me tengo que ir.

    El me agarró del cabello y acelero con sus embestidas. Cuando sintió que se venía me soltó del pelo, saco su poronga y acabo encima de mi cola. Al hombre le di un beso y el me dio su número de teléfono. Yo fui a buscar a mi hermano luego de haber pasado una buena tarde con él y con este desconocido.