Autor: admin

  • Experiencia límite en medio de la naturaleza

    Experiencia límite en medio de la naturaleza

    Soy ingeniero agrícola, vivo en Chile, cuento esto que me ha sucedido con algo de vergüenza y excitación. Me llamo José Manuel tengo 53 años, soy alto, delgado y mi señora dice que soy buenmozo. Confieso que soy bastante caliente, tengo una amante jovencita a quien me tiro dos veces por semana, también me tiro a una secretaria casada y experta en sexo anal. Sexo no me falta. Aunque sacando la cuenta, mi esposa es perfecta, exquisita, caliente y buena para el sexo.

    Estuve haciendo una asesoría en una viña muy famosa, invitado por un enólogo muy prestigiado a quien llamaré Carlos. Apenas llegué me invitó a conocer el lugar y luego por la noche una cena en el hotel donde alojé. El tipo es muy simpático, parece actor de cine o modelo y las mujeres lo tratan como rey por su aspecto. Cenamos catando vinos de cepas extrañas y sabrosas. Al terminar la cena estábamos algo ebrios y me sugirió que aprovecháramos la gentileza del hotel al regalarme champaña en la habitación. Me habló de unas chicas pero el alcohol borró la idea.

    Fuimos a mi habitación, una suite hermosa y amplia. A medida que pasaban las horas Carlos y yo fuimos perdiendo la compostura, tanto por el alcohol como por el tono de la conversación: sexo y mujeres. Cuando Carlos fue al baño estaba muy ebrio, así es que sin querer pude ver cuando orinó. ¡Confieso que vi una tremenda verga, impresionante! Parecía un perfecto burro y estaba algo erecto. Siempre he sido un hombre, macho, activo y heterosexual. Nunca he sentido atracción por un hombre, pero esta noche algo me estaba ocurriendo. Me acercaba a Carlos y sentia su olor a perfume de hombre, miraba sus manos y me sentía atraído. Cuando le vi su pene en el baño tuve una excitación francamente homosexual.

    Seguimos charlando y encendió un cigarrillo, al parecer era marihuana, yo no fumo pero me ofreció. Tomé su cigarro y le di una fumada. Se rio, “no sabes fumar” me dijo. Enseguida el tomó el cigarrillo y lo puso con sus manos entre mis labios, fumé, pero senti sus manos en mi boca y juro que me excité; quitó el cigarrillo y me pidió que le diera el humo de mi boca. Me quedé helado, quieto, no supe que hacer, Carlos se acercó y senti sus labios. Nunca habia besado a un hombre, aspiró el humo pero enseguida metió su lengua y me escarbó la boca, me tomó la cara y me lamió las orejas, el cuello y se puso como ebrio de caliente.

    Me tiré en la cama, el se levantó, me miró y me dijo, “¿siempre eres tan coqueto?”, Yo tirado en la cama lo miré meneándome lentamente, nervioso pero excitado. “Solo cuando me seducen” le dije riéndome. Carlos estaba de pie y lucia un paquetón sexual que era evidente. Se acercó, se arrodilló frente a mi, me besó el abdomen que se asomaba por entre mi camisa. Me asusté pero me dejé sumisamente, quería vivir esa experiencia; me quitó la camisa, me chupó el pecho y los pezones, me lamió el cuello, con lengüetazos sucios, luego se comenzó a desnudar.

    Estábamos en los sillones de la terraza de la pieza y ante nosotros no habia nada ni nadie (supongo), solo las plantaciones de uva. Reconozco que me asusté, era mi primera relación homosexual, me quitó el pantalón, se volvió a agachar y me comenzó a mamar la verga como una niña, gimiendo y dando sollozos, mi pene estaba erecto como pocas veces lo he tenido, creo que estaba hermoso. Luego de unos 10 minutos de lamerme la verga Carlos, se paró frente a mi con la verga en la mano, me mira se rie y me dice: “te toca corazón”.

    Echa el cuerpo hacia atras y un glande descomunal quedo frente a mi ¿pensará que se lo voy a chupar? me dije a mi mismo, pues bien, me toma la cabeza y yo miro este monstruo de carne, abro mi boca y comienzo a mamar como una princesa. El tipo era hermoso, alto musculoso, velludo, atlético, cuerpo escultural. Su miembro medía mas de 25 centimetros (como mínimo) era grueso, cabezon y con venas pronunciadas y un par de bolas preciosas. Le chupé la verga a Carlos como 10 minutos, es muy rico de verdad sentir una tranca de hombre que te va mojando con el jugo dulce mientras te roza la garganta y el paladar.

    Me entusiasmé y le mamé las bolas, le apreté las nalgas y le rocé el ano, se gira y me lo ofrece, lamí su agujero anal, un fuerte olor a raja me inundó la nariz, pro me dejo caliente. El sabor picante de un culo de hombre me llenó la boca. Carlos es duro, peludo, de piernas preciosas, y abdomen musculoso y plano, lami y bese su cuerpo escultural, es exquisito, enseguida se agacha, se pone de rodillas entre mis piernas y me lo mama de nuevo, durante 10 minutos senti su boca y su lengua recorrer mi verga y mis bolas. Me chupaba el pico mejor que mi esposa. Se pasaba mi pene por su cara, su pelo, su cuello, volvia a mamarmelo diciendo que yo era exquisito. Nunca pensé que yo caería rendido ante un macho joven.

    Nos tiramos en la cama, un 69 maravilloso hizo que su tranca me quedara ensartada en mi boquita de hombre. Lamiamos mutuamente nuestros culitos y el ano cuando senti un par de deditos violando mi intimidad, se chupaba los dedos para saborearse y volvia a metermelos en mi culito virgen, luego su boca jugaba con mi glande. Luego me dijo “ven precioso vas a probarme”, me puso boca abajo, me tiró escupo en mi raja y me abrió las nalgas, luego me culeó como si yo fuera su esposa. Nunca había sentido una verga entrar en mi trasero. Primero me lo dio suave, poco a poco me lo fue metiendo con mas fuerza.

    “Rica, flaquita caliente”, me decia sujetandome de las caderas y tratándome como mujer, “… dejame culearte, tienes el hoyo profundo putita rica”.

    Luego se me monto misionero: Me abrazó alcé las piernas y me dejé, era demasiado rico, me comí su tranca como una nena y mientras sentia que me llenaba el trasero le dije puras brutalidades, yo sollozaba y quise hacerlo como niña, gimiendo y quejándome… (ay amor, que lindo, que exquisito, amorcito culeame soy tu puta, precioso mi rey damelo… hermoso, que pene tan lindo me llena, le dije) luego le pedi que me eyaculara la boca (“dame la leche en la boca precioso, te quiero saborear amor”) asi es que a los 20 minutos de darme por atras hicimos nuevamente un 69 y se lo mamé, descargó y tragué, lo dejé seco y limpio.

    El semen es exquisito, y no me dio asco. Yo eyaculé también pero Carlos es un sucio, retiene mi semen y luego me besa y me devuelve mis mocos. Nos besamos de manera caliente mientras mi semen resbalaba por nuestros cuerpos desnudos. Estuvimos dos noches tirando y nos despedimos con mucha pena.

    Pasaron meses y me contactó, parti al campo muy de prisa, andaba ansioso, deseoso, caliente. Carlos me llama y yo corro. Me reia solo mientras conducia camino al sur de mi país. Llegue a su departamento erecto, me abrazó, nos besamos y antes de cerrar la puerta yo ya estaba de rodillas adorando a mi dios de carne. Mis deseos eran volver a sentir su verga entrando en mi cuerpo. Me habia convertido en un homosexual a mucha honra, adoraba que me besara, adoraba sentir su boca en mis bolas, adoraba sentir su lengua entrando en mi boca y en mi ano.

    Me puso de pie, se fue por detras y Carlitos me sodomizó más de 30 minutos, tuvimos que parar a descansar. Que manera de culearme, grite solloce como una niñita y le pedi mas y mas. Le insisti que yo era su puta y que me destrozara el culo con su polvo de macho. Fue rico, dormimos poco, estuve tres noches con él y fui su adorada princesa. Me enloquece.

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  • Follada bajo el sol de Tequila (2)

    Follada bajo el sol de Tequila (2)

    Cuando los albañiles ya empezaban a subirse los pantalones para vestirse, les solté una sonrisa pícara y les dije —¿Eso fue todo? Qué poquito me duraron—. Los miré directo a los ojos sintiendo cómo se encendía el fuego entre nosotros.

    Ellos me respondieron con risas bajas y miradas hambrientas —¿Quieres más? — me preguntaron casi al unísono, la tensión creció al instante.

    Sin pensarlo, les dije con voz firme y provocadora —¿Y qué acaso no me van a dar anal?—. En mi mente sabía que estaba lista para eso, después de todo, ya me había hecho mi limpieza y hasta lubricante me había puesto para que todo fuera perfecto y sin dolor.

    Me coloqué frente al lavadero con las piernas abiertas, apoyando el torso con mis brazos y pecho, dejando mis nalgas alzadas hacia el cielo en la posición perfecta para lo que estaba por venir. Sentí cómo el albañil más alto se acercaba, la respiración pesada, la mano firme jalando suavemente de mi cabello para sostenerme, mientras su otra mano sujetaba mi cintura con determinación.

    Entonces, sentí la punta de su verga caliente y gruesa rozando mi delicado ano ya lubricado. Se detuvo un instante para darme tiempo a acostumbrarme al contacto y entonces, de un empujón fuerte y decidido, me penetró profundo. Un gemido desgarrador, mezcla de dolor y placer, escapó de mi garganta —Aaay ufff síiii aaay—.

    Su miembro me llenaba completamente, cada centímetro entrando en mí con fuerza y firmeza, arrancándome jadeos y suspiros ahogados. Sentía cómo mi ano se tensaban y luego cedía lentamente mientras él me poseía sin piedad.

    Empezó a moverse en un ritmo frenético de embestidas, profundas y rápidas, golpeando mi ano con intensidad, haciendo que mi cuerpo chocara contra el borde del lavadero con cada impulso. Su mano seguía en mi cabello, tirando de él mientras sus labios susurraban en mi oído con voz grave —Así te quiero, puta y entregada.

    Mi cuerpo respondía a cada movimiento con gemidos entrecortados —Aaah mmm sí sí sí aaay que rico— mientras la mezcla de dolor y placer me consumía, aumentando mi excitación. La lubricación hacía que cada embestida fuera un vaivén delicioso, húmedo y salvaje, con fluidos mezclándose, sonidos de piel contra piel y el roce fuerte contra el lavadero.

    Cinco minutos de sexo anal frenético, un ir y venir que me hacía temblar, vibrar, perder la noción del tiempo y el espacio. Mis piernas abiertas, mis nalgas alzadas, el calor abrasador y la furia de sus embestidas me llevaban a un clímax inminente.

    Finalmente, él bajó la intensidad, suavizando sus movimientos mientras me besaba el cuello, susurrando palabras que solo aumentaban mi deseo —Eres mía, nadie más podrá darte así—. Se retiró lentamente, dejándome temblando y con el cuerpo ardiendo, lista para lo que siguiera.

    Cuando el albañil alto, terminó y se apartó para recomponerse, el albañil bajito se acercó con una sonrisa pícara y mirada llena de deseo. Aún sentía el calor dentro de mí, la piel sensible y mis nalgas alzadas, listas para más.

    —¿Quieres que te dé más, hermosa? —me preguntó mientras sus manos fuertes me agarraban suavemente por las caderas, acercándome aún más al lavadero.

    —Claro que sí —le respondí con voz baja y seductora—. Y no se te olvide que quiero sentirlo por aquí —dije señalando mi ano, recordando lo lista que estaba, lubricada y preparada para recibirlo.

    Me sostuvo firme y acarició mi espalda, bajando su mano hasta mis nalgas para acomodarlas mejor, mientras su otra mano seguía jalando mi cabello, obligándome a mantener la cabeza baja y la mirada fija en el lavadero.

    Sentí el contacto frío al principio de la punta de su verga contra mi ano, luego el calor abrazador que me llenaba con solo rozar la piel. Me dio un momento para prepararme, y después, sin aviso, de un empujón fuerte me penetró profundamente.

    Un gemido escapó de mis labios —Aaay mmm síii  ufff — mientras él comenzaba a embestirme con un ritmo firme pero menos violento que el primero, sus movimientos eran controlados pero intensos, buscando darme placer y hacerlo durar.

    Cada empuje hacía que mis nalgas chocaran con el borde del lavadero con un sonido húmedo, la lubricación haciendo todo suave y resbaladizo. Sus manos se aferraban a mis caderas con fuerza, tirando y empujando para que me abriera más y él entrara más profundo.

    —Eres tan deliciosa así —susurró en mi oído mientras sus embestidas seguían—. Quiero que sientas cada parte de mí dentro de ti.

    —Aaahh sí sí sí —contesté con voz jadeante, sintiendo cómo el placer crecía con cada movimiento—. Que rico, no pares —añadí, hundiendo las uñas en el lavadero para sostenerme.

    Cinco minutos de un ir y venir apasionado, mi cuerpo temblando, los músculos del ano dándome una mezcla de dolor y placer exquisito, los gemidos llenando el aire mientras él me poseía con firmeza y deseo.

    Al final, bajó la intensidad, susurrando en mi cuello —Eres mía, nadie más te va a tratar así— mientras se retiraba dejando mi cuerpo vibrando y esperando al siguiente.

    Justo cuando el albañil bajito, se apartaba aún jadeante, el albañil barbón apareció con esa sonrisa traviesa y ojos llenos de fuego que me hacían temblar de anticipación. No perdí tiempo en decirle lo que quería.

    —¿Y tú qué esperas para darme más cariño? —le dije mientras me mantenía inclinada en el lavadero con las nalgas bien alzadas, sintiendo la humedad de la penetración anterior aún caliente en mi ano.

    Él me tomó de la cintura y con un tirón suave me obligó a arquear aún más la espalda, mientras con la otra mano acariciaba mi cuello y tiraba de mi cabello con cariño salvaje.

    Sentí la punta de su verga presionando contra mi ano, esa mezcla de frío y calor, y justo antes de que comenzara, él me miró directo a los ojos y dijo:

    —Prepárate para sentir lo que nadie más te ha dado —y sin más, de un empujón fuerte y decidido entró profundamente en mí.

    —Aaay mmm aaau —salió de mis labios mientras sus embestidas comenzaban con un ritmo fuerte y constante que me hacía vibrar todo el cuerpo.

    Sus manos agarraban firmes mis caderas mientras sus caderas chocaban con las mías en un vaivén perfecto, llenando el lavadero con el sonido húmedo de nuestra piel y el roce de sus movimientos.

    Sentía cada centímetro suyo dentro de mí, cada embestida un placer brutal, mis músculos anales cediendo poco a poco para recibirlo con ansias y deseo.

    —Eres fuego en este lugar —susurró en mi oído—. No quiero que esto termine nunca.

    —Aaahh sí sí sí —jadeé, sintiendo la mezcla de dolor y placer mientras mi cuerpo se entregaba por completo—. Más fuerte, no pares —exigí, hundiendo mis uñas en el cemento del lavadero.

    Cinco minutos frenéticos de entrega absoluta, de placer intenso, de un vaivén explosivo que me hacía perder el control y gritar cada vez más alto.

    Cuando terminó, se quedó un momento pegado a mí, susurrándome al oído —Eres mía para siempre— antes de apartarse para dejar que el otro albañil tomara su turno.

    El albañil con el gran tatuaje en el pecho se acercó sin perder ni un segundo. Su mirada era una mezcla de deseo y concentración que me hizo estremecer.

    —¿Quieres que te demuestre cuánto puedo hacerte sentir? —me dijo mientras sus manos fuertes me agarraban de la cintura para ayudarme a inclinarme más sobre el lavadero.

    Mis brazos y pecho descansaban sobre el cemento frío mientras mis piernas abiertas y mis nalgas levantadas lo invitaban a entrar. Sentí la punta de su verga presionando contra mi ano y con un empujón firme me penetró profundo, arrancándome un gemido fuerte de sorpresa y placer.

    —Aaay que rico —exclamé mientras él comenzaba a embestirme con fuerza y ritmo constante.

    El roce de sus caderas con las mías, la humedad y los sonidos de nuestro sexo llenaban el aire. Su mano se enredaba en mi cabello, tirando con delicadeza y al mismo tiempo con intensidad que me hacía perder el control.

    Pero entre tanto movimiento y mis empujones involuntarios, el lavadero empezó a tambalearse peligrosamente. Sentí cómo se aflojaba y casi se cae conmigo encima.

    —¡Ey para un momento! —le dije mientras lo miraba preocupada— creo que este lavadero no aguanta más.

    El albañil sonrió divertido y asintió.

    —Mejor seguimos en otro lugar —dijo mientras me ayudaba a levantarme.

    Nos alejamos del lavadero hacia el pasto fresco del jardín, respirando y preparándonos para lo que vendría después.

    El albañil se recostó boca arriba, el pasto fresco me rozaba la piel mientras me acomodaba encima de él, con toda la intención, abriendo mis piernas para dejar que su verga se deslizara lentamente dentro de mi vagina. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío y cómo su punta rompía la entrada de mi piel con suavidad primero, luego con más firmeza. Un gemido escapó de mis labios cuando su miembro entró profundamente, estremeciéndome de inmediato. Mis pezoncitos rosados se endurecieron al instante, asomándose al aire libre, tan sensibles que el viento me hacía cosquillas. Mi pecho se alzaba y caía con cada respiración agitada, sintiendo esa mezcla de placer y necesidad que me quemaba por dentro.

    Los movimientos comenzaron lentos, suaves, y luego él aumentó el ritmo. Sentí cómo su verga entraba y salía de mí una y otra vez, llenándome, golpeando con cada empujón la parte más profunda de mi feminidad, haciéndome estremecer. Mis caderas se movían a su ritmo, mis manos aferradas a sus muslos, sintiendo cada vibración que recorría mi cuerpo. Era como un baile sincronizado de deseo y entrega total.

    Pero entonces sentí detrás de mí otra presencia. Una verga que rozaba y presionaba mi ano con insistencia hasta que la punta se deslizó con lentitud, y de repente, de un empujón firme y profundo, me penetró analmente. Un gemido fuerte y mezclado de dolor y placer salió de mí. Mi piel se erizó y una oleada de fuego intenso recorrió mi columna, desde el centro mismo de mi feminidad hasta la punta de mis dedos. La sensación dual de estar llena por ambos orificios era casi abrumadora y exquisita.

    Mientras él seguía entrando y saliendo de mi ano con ritmo y fuerza, sentía simultáneamente cómo la otra verga seguía haciendo lo mismo dentro de mi vagina. La combinación de esas dos sensaciones distintas, pero complementarias, me hacía perder el control. Mi ano se abría y cerraba a cada embestida, mientras mi vagina se contraía, atrapando cada movimiento, cada empuje, intensificando el placer hasta niveles casi indescriptibles.

    Mis pezoncitos, expuestos al aire y duros como nunca, vibraban con cada golpe. La piel de mi pecho se tensaba y temblaba, y el aire fresco me rozaba con cada movimiento frenético de mis caderas y esos cuerpos que me poseían con tanta fuerza. El olor de la tierra y el calor del sol se mezclaban con el sudor y el deseo, y me sentía viva, poderosa, mujer en su máxima expresión.

    No paraba de gemir, de sentir cómo el placer me invadía por completo, cómo esos dos cuerpos dentro de mí se movían al unísono, balanceándose en un ritmo frenético, profundo, entregado. Era como si cada embestida fuera una ola que rompía en mi interior, sacudiendo mi alma, despertando cada fibra de mi ser. Y yo me dejaba llevar, me abandonaba a ese vaivén salvaje que me hacía sentir completa, única, infinitamente deseada.

    Seguimos ahí, en el pasto fresco que se sentía delicioso contra mi piel sudada y sensible. Ellos comenzaron a intercambiar posiciones sin pausa, con ese ritmo intenso que me hacía perder la noción del tiempo y del espacio. El que estaba debajo se levantaba para descansar un momento, mientras otro tomaba su lugar, y el que estaba detrás cedía su puesto al que antes estaba en frente. Así, todos iban turnándose para disfrutarme y hacerme suya de diferentes formas.

    Yo seguía montada en la posición de amazona, mis piernas abiertas dejando que la verga caliente y firme de cada albañil se deslizara dentro de mi vagina, sintiendo ese ir y venir poderoso que me arrancaba gemidos profundos. A la vez, por detrás, la otra verga entraba y salía de mi ano con un ritmo que me hacía estremecer. La sensación dual me envolvía por completo, el placer me subía desde las entrañas hasta el pecho, mientras mis pezones duros y rosados se erizaban con cada movimiento.

    Los dos albañiles que estaban arrodillados frente a mí recibían todo mi deseo en la boca. Mis labios se abrían ansiosos para recibirlos, y mi lengua se convertía en un instrumento de placer para ellos. Les lamía con hambre y delicadeza, jugando con la punta de sus vergas, succionando con fuerza y sabor, explorando cada centímetro, mientras sus respiraciones se hacían entrecortadas y sus manos se aferraban a mi cabello y espalda.

    Me sentía infinitamente poderosa, siendo el centro de sus miradas y deseos. Sus gemidos me excitaban aún más, alimentando ese fuego que nos consumía a todos. Cada cambio de lugar traía nuevas sensaciones: ahora uno de los que antes estaba delante tomaba la posición trasera para la penetración anal, y el que estaba atrás bajaba frente a mí para recibir el placer de mi boca, mientras el que estaba debajo me daba golpes más profundos y vehementes.

    El vaivén era frenético, fuerte, pero con una sincronía perfecta. Sentía mis músculos apretándose y relajándose al ritmo de sus cuerpos, la piel de mis muslos y abdomen estremeciéndose, y mis gemidos saliendo con fuerza, llenos de deseo y entrega. El calor subía sin freno, mi respiración se aceleraba y mis sentidos explotaban con cada caricia, cada empuje, cada roce.

    Entonces llegó el momento en que el placer alcanzó su punto máximo. Un orgasmo poderoso me atravesó, un clímax que me hizo gritar y temblar, y de mi cuerpo salió un squirt abundante y liberador que sentí deslizarse por mis muslos. Me sentí femenina y plena, consumida por la pasión que había nacido entre nosotros.

    Sin dar tiempo a la tregua, ellos se derramaron en mi boca. Sentí la cálida, dulce y salada leche de cada uno llenando cada rincón, mezclándose con mi saliva, mientras mis labios y lengua los recibían con devoción y agradecimiento. Era su recompensa para mí, su manera de decir que me habían disfrutado por completo, que yo era suya y ellos míos, unidos en ese momento de éxtasis y entrega total.

    Cuando todo terminó, respiré profundo, satisfecha, con el cuerpo todavía temblando y el corazón acelerado, feliz y llena de un placer que nunca imaginé experimentar.

    Después de que todos terminaron y se vistieron rápido, me quedé un momento con ellos en el pasto, todavía temblando por lo que habíamos vivido. Con una sonrisa un poco inocente pero coqueta, les dije:

    —Oigan, ¿me harían un favor? El lavadero se cayó mientras me cogían ahí y, pues, si mi tía se da cuenta seguro me regaña… ¿Me lo podrían arreglar ustedes? No tengo dinero para pagarles, espero que no me cobren, porfa.

    Me miraron con complicidad y uno respondió:

    —Claro que sí preciosa, cómo crees, ahorita lo arreglamos no te preocupes.

    Me fui a bañar y ponerme algo limpio antes de que llegaran mis tíos, para que no sospecharan nada. Cuando ellos llegaron con las bolsas del mandado, justo los albañiles estaban sacando cemento, herramientas y materiales para reparar el lavadero.

    Les expliqué que se había roto mientras yo estaba lavando y que ellos me ayudaban con la reparación. Mis tíos se quedaron un poco extrañados de que no me cobraran nada, pero lo aceptaron como un favor amable de los vecinos, clientes de los albañiles.

    Los albañiles les contaron que me vieron echándole ganas lavando y que cuando se rompió el lavadero decidieron ayudarme sin cobrarme nada. Lo tomaron como un gesto de buena voluntad, aunque fue raro, pero no preguntaron más.

    Así, mientras ellos trabajaban en la reparación, yo guardaba en mi memoria cada roce, cada caricia, y el recuerdo intenso de ese verano que no olvidaría jamás.

    Los albañiles terminaron de recoger sus cosas y, antes de irse, sin que mis tíos vieran, les di un beso de lengüita a cada uno.

    —Muchas gracias por todo, de verdad que nos ayudaron muchísimo —dijo mi tío con una sonrisa.

    —Sí, gracias, en serio, se pasaron —añadió mi tía.

    Yo les sonreí coqueta y les dije:

    —Gracias chicos, no sé qué hubiera hecho sin ustedes.

    Ellos respondieron con complicidad:

    —Para eso estamos, señorita. Cualquier cosa que necesiten, con confianza.

    Nos dimos un último saludo y ellos se fueron dejando un aire de satisfacción y complicidad que todavía me hacía sonreír.

    —¿Cómo les fue con el doctor? —pregunté a mis tíos mientras les ayudaba a meter las bolsas a la cocina.

    —Bien, hija —respondió mi tía mientras colocaba unas cosas en la alacena—. Solo falta comprar unas medicinas y tomarse una radiografía para la próxima cita.

    —¿Y no las compraron?

    —No, ya no nos dio tiempo —dijo mi tío.

    —Si quieren, yo voy —me ofrecí enseguida—. Me vendría bien estirar las piernas.

    —¿Sí? Ay, gracias, hija. Aquí está el dinero —dijo mi tía, y me entregó el efectivo sin más preguntas. En casa me tenían plena confianza.

    Salí a paso tranquilo, pero sabía muy bien lo que necesitaba hacer. Fui primero a la farmacia, pedí las medicinas tal como estaban en la nota, y luego, con toda la calma del mundo, pedí también la pastilla de emergencia. No fue necesario disimular demasiado. Ya tenía claro lo que iba a hacer: pedí los tickets por separado. No porque me lo pidieran… sino porque soy lista, cuidadosa, y sabía que era mejor no dejar rastros. Mis tíos confiaban en mí, pero yo no pensaba arriesgarme a que algo se malinterpretara.

    De vuelta en casa, entregué las medicinas junto con el ticket correspondiente. Nadie me preguntó nada. Todo estaba en orden, como debía ser.

    El domingo pasó sin novedad. Los albañiles no aparecieron. Y aunque una parte de mí tenía ganas de asomarse, de volver a ver esos cuerpos bronceados y sudorosos, me contuve. Sabía que era mejor mantenerme al margen. No quería levantar sospechas, ni correr riesgos innecesarios.

    Por la tarde salimos a caminar al centro. Mis tíos me llevaron a comer unos tacos deliciosos cerca de la plaza. Caminamos entre turistas, música de mariachi y tiendas de tequila artesanal. Yo iba tranquila, pero por dentro, aún sentía el eco de todo lo que había vivido. Mi cuerpo seguía resentido, adolorido, como si me hubiera cruzado una estampida… pero con una sonrisa interior que nadie podía ver.

    El lunes temprano hice mi maleta, me despedí de ellos con un abrazo sincero. Durante el camino de vuelta a casa, me coloque mi vibrador vaginal para ir disfrutando, al recordar cada momento, cada roce, cada gemido que me había estremecido.

    Alexandra Love

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  • Mi casa se descontroló: Me cogí a mi hijastra y a la niñera

    Mi casa se descontroló: Me cogí a mi hijastra y a la niñera

    En casa todo se descontroló, pasamos de tener una vida tranquila y cotidiana a disfrutar del sexo como nunca antes lo imaginamos.

    Hace 2 años volví a casarme, su nombre es Claudia. Luego de 6 meses de relación ambos decidimos dar ese paso nuevamente.

    Cada uno tuvo su matrimonio previo, en mi caso no tuve hijos anteriormente, en el caso de ella si, Sofia, 25 años, estudiante de abogacía.

    Con Claudia si tengo un hijo en común de un año, y hace 3 meses contratamos una niñera que nos ayuda con el pequeño. Vino recomendada por Sofia, ya que era compañera suya en la universidad, y le convenía tenerla en casa seguido ya que se ayudaban con los estudios.

    Todo venía bien, tranquilo, cotidiano, hasta que comenzaron a suceder cosas, cosas que nunca pensé que iba a vivir, que ninguno de nosotros imaginó que iba a experimentar, y que nos abrió mucho la cabeza.

    Era sábado por la mañana y la casa estaba tranquila. Claudia se había ido al trabajo, y yo disfrutaba de mi día de descanso, ocupándome de nuestro hijo pequeño y compartiendo un rato con Sofía.

    La casa tenía ese ritmo pausado de fin de semana: el aroma del café recién hecho flotaba en la sala y la luz del sol entraba por las ventanas, iluminando suavemente cada rincón.

    A eso de las 9 llegó Valentina, la niñera, como siempre puntual, con su energía tranquila y confiable. Una mujer de 28 años, morocha, de ojos marrones y curvas atractivas.

    Saludó con una sonrisa y se acomodó, lista para hacerse cargo del pequeño y para ayudar en lo que fuera necesario.

    Pasaron un par de horas y el pequeño se durmió, dejando la casa más silenciosa. Valentina lo dejó en la cuna conmigo y, aprovechando que no había interrupciones, se dirigió al cuarto de Sofia para estudiar.

    Hasta ese momento, todo parecía perfectamente normal: una mañana tranquila, con rutina y responsabilidades compartidas.

    Pasaron unos treinta minutos y escuché risas provenientes del cuarto. No alcanzaba a distinguir de qué hablaban por la distancia, así que me levanté y me dirigí hasta allí para pedirles que bajaran un poco la voz; no quería que el pequeño se despertara.

    Al acercarme a la puerta, intenté prestar atención lo más que pude sin acercarme demasiado. Lo que escuché me dejó helado: Sofía le estaba contando a Valentina que, sin querer, nos había visto a Claudia y a mi teniendo sexo.

    Lo más impactante fue el detalle con que hablaba. Hacía mucho énfasis en mí: en mi físico, en mi verga, describiéndolo con una mezcla de asombro y excitación. Valentina, lejos de sorprenderse, le confesó que yo le parecía atractivo, y que a veces, estando en su casa, se masturbaba pensando en mí.

    Sentí que mi cabeza empezaba a dar vueltas; estaba completamente impactado por lo que escuchaba. Quise seguir escuchando un poco más, intentando procesar cada palabra.

    Justo en ese momento sonó mi celular que había dejado en la sala. Corrí a contestar y era Claudia, avisándome que llegaría un poco más tarde porque iba a almorzar con una compañera de trabajo.

    Luego de colgar, me senté en el sillón tratando de procesar todo lo que había escuchado. Encendí la tele intentando aclarar la mente, pero el morbo era más fuerte; las palabras de Sofía y Valentina seguían dando vueltas en mi cabeza.

    No sé si pasaron quince minutos, pero la curiosidad me ganó. Me levanté y me dirigí de nuevo al cuarto para seguir escuchando. Al llegar, casi me paralicé: se escuchaban sonidos de besos.

    Dije para mis adentros: “No puede ser”. Sabía que Sofía era lesbiana, pero no tenía idea de que Valentina también lo fuera. O tal vez solo estaban experimentando, no lo sabía. Lo único que atiné a hacer fue acercarme muy despacio hasta la puerta entreabierta, necesitaba ver eso con mis propios ojos.

    Lo que vi fue una imagen que nunca imaginé: Sofía y Valentina besándose y acariciándose con pasión, como si estuvieran solas en la casa y nada más importara. Verlas así fue tan sorprendente como excitante; no pude evitar que la pija se me empezara a poner dura.

    Sofía le sacó la remera a Valentina, y comenzó a chuparle las tetas con una desesperación deliciosa. Le mordía los pezones, se los lamía enteros, mientras Valentina gemía bajito, con la cabeza para atrás, los ojos cerrados, apretándole la cabeza contra su pecho.

    Las manos de Valentina bajaron hasta el culo de Sofía, se lo agarraba fuerte mientras se restregaban una contra la otra. Al rato Sofía le bajó el short y la bombacha de un tirón, dejando a Valentina totalmente expuesta. Sin perder tiempo, se tiró de rodillas y le empezó a chupar la concha. Le pasaba la lengua de arriba abajo, chupándole el clítoris.

    Valentina se retorcía en la cama, se tocaba las tetas con una mano y con la otra le apretaba el pelo, empujándola contra ella. Los gemidos de Valentina eran cada vez más fuertes, como si estuviera a punto de acabarse.

    Yo no podía creer lo que veía, la pija me latía a punto de explotar.

    De repente, Valentina la empujó suavemente y le dijo con la voz entrecortada:

    —Ahora me toca a mí…

    Se acomodaron rápido: Sofía se recostó y Valentina le abrió las piernas, se tiró encima y empezó a chuparle la concha con unas ganas tremendas, metiéndole la lengua hasta el fondo y al mismo tiempo metiéndole dos dedos, haciéndola gemir como loca.

    Sofía no tardó en devolverle la jugada: se giró un poco y le metió también la lengua a Valentina. Quedaron en un sesenta y nueve perfecto, las dos con la cara enterrada en la concha de la otra, chupándose.

    En un momento cambiaron de posición, se subieron una encima de la otra y empezaron a frotarse directamente. Movían las caderas con fuerza, las conchas mojadas chocando, el sonido húmedo llenaba la pieza. Se agarraban de las tetas, se mordían el cuello, gemían sin pudor, como si estuvieran solas en el mundo.

    Yo miraba estupefacto, la pija ya me dolía de lo dura que estaba. Era la escena más morbosa y excitante que había visto en mi vida.

    Me la saqué la verga del pantalón y empecé a pajearme ahí mismo, en la puerta, viendo todo ese panorama, pensando en nada más que en estar ahí con ellas.

    El morbo me nubló completamente la cabeza. No podía seguir siendo un simple espectador. Con el corazón latiéndome en la garganta, abrí la puerta de golpe y quedé ahí, parado frente a ellas, con la pija dura en la mano.

    Se quedaron quietas apenas un segundo, sorprendidas. Sus miradas bajaron directo a mi verga empapada de paja. En lugar de taparse o gritar, se sonrieron entre ellas, cómplices, y Valentina me dijo con voz jadeante:

    —Pasá…

    Crucé la puerta sin pensarlo. El olor a sexo me golpeó en la cara, un perfume húmedo y caliente que me hizo temblar.

    Sofía me miró a los ojos, con la boca todavía brillante de los jugos de Valentina, y me dijo:

    —Mostranos qué tan caliente estás…

    Me quedé de pie al borde de la cama, la verga apuntando hacia ellas, se arrimaron despacito, como dos gatitas. Valentina fue la primera, me miró fijo a los ojos y le pasó la lengua por toda la cabeza, despacito, saboreándome, hasta que se la tragó hasta el fondo. Sofía no se quedó atrás: se inclinó desde el costado y empezó a chuparme la base, su lengua caliente deslizándose por la vena gruesa.

    De pronto se miraron entre ellas, con la pija todavía entre sus labios, y se dieron un beso sucio, compartiendo mi sabor. Yo gruñí de placer, no podía creer lo que estaba viendo.

    Después de ese beso fue Sofía que se la tragó entera, y me hizo gemir otra vez. Mientras Sofía chupaba, Valentina se encargaba de mis huevos, lamiéndolos con ganas.

    También, cuando Valentina me la chupaba, Sofia la pajeaba a ella lentamente, y viceversa. Ese ir y venir era un show morboso.

    Sin decir palabra, me tiré boca arriba sobre la cama, la verga empapada por la chupada que me habían dado. Apenas me acomodé, Valentina subió sobre mí, agarró mi pija con una mano y se la encajó despacio, dejándose caer hasta que la tuvo toda adentro.

    Soltó un gemido ronco, arqueando la espalda, mientras yo sentía cómo su concha caliente me envolvía apretadísima.

    Sofía no perdió tiempo: se acomodó sobre mi cara, abriéndose de piernas para que yo le chupara esa concha mojada. Apenas me rozó con su olor, me aferré a sus muslos y le pasé la lengua de abajo arriba, haciéndola gemir fuerte.

    Ellas quedaron de frente, las dos montadas sobre mí, y se besaban con desesperación, mezclando saliva y gemidos. Valentina cabalgaba mi verga con movimientos cada vez más intensos, haciendo que mis huevos rebotaran contra ella, mientras Sofía me restregaba la concha en la boca, pidiéndome más con cada gemido.

    Ellas se agarraban de las tetas, se pellizcaban los pezones, se manoseaban entre sí, todo sin dejar de besarse. Yo me volvía loco.

    El ritmo se volvió frenético. Valentina se hundía cada vez más fuerte en mi pija, cayendo con todo su peso, y Sofía se corría contra mi boca, gemidos húmedos, convulsionando encima mío.

    Valentina salió de arriba mío, se dejó caer sobre la cama con las piernas bien abiertas. Se acariciaba las tetas, jugaba con sus pezones, y su mirada iba directo a Sofía, la estaba llamando. Ella se acomodó entre sus piernas y le hundió la cara de lleno, chupándosela con desesperación.

    Sofía quedó en cuatro frente a mí, la cola bien arriba, la concha goteando. No me lo pensé, quería cogerme a mi hijastra. Me puse detrás de ella, primero le rocé la concha con verga un ratito, preparándola, luego le agarré las caderas y de un solo movimiento le clavé toda la pija.

    El grito que pegó se mezcló con el gemido ahogado de Valentina, que la tenía succionándole el clítoris sin parar.

    La escena era brutal: Sofía con la cara enterrada en la concha de su amiga, gimiendo con la boca llena mientras yo la cogía duro desde atrás. Mis embestidas hacían que su lengua se hundiera más en Valentina, que se retorcía de placer en la cama, con los ojos cerrados y la boca abierta.

    El choque de mis huevos contra ella sonaba fuerte, el cuarto se llenaba de gemidos, y jadeos.

    Valentina se arqueaba, se agarraba las tetas con desesperación y le gritaba a Sofía que no parara, que la siguiera chupando. Yo, cada vez más caliente, la embestía más rápido, sintiendo cómo la pija se deslizaba empapada en esa concha ajustada que me apretaba como una loca.

    Pasado un momento, ellas se acomodaron juntas, una al lado de la otra, las dos en cuatro frente a mí, las colas bien arriba, provocándome. Se miraron, se dieron un beso rápido, y fue Sofía la que me lanzó la frase entre jadeos:

    —Hacenos la colita…

    No necesité nada más. Me puse detrás de Sofía, le escupí un poco el culo y le clavé la pija de a poco hasta que entró entera. Ella pegó un grito ahogado, se aferró a la sábana con las uñas y enseguida Valentina le buscó la boca, besándola con fuerza mientras yo empezaba a cogerla por atrás. Cada embestida hacía que sus tetas se bambolearan y que su lengua se hundiera más en la de Valentina.

    El morbo era tremendo: Sofía gimiendo con la pija adentro del culo, Valentina chupándole la lengua y metiéndole la mano entre las piernas, haciéndola acabar más rápido.

    Le di duro un buen rato, disfrutando de esa colita ajustada que me apretaba con cada movimiento, hasta que la saqué con un gemido salvaje.

    Sin dejar que se apagase el momento, me puse detrás de Valentina. Le abrí bien las nalgas y le empecé a meter la pija en el culo, despacio primero, hasta que me la aceptó toda.

    Su cara se transformó, los ojos cerrados, la boca abierta, y Sofía aprovechó para besarla, para meterle la lengua y tocarle las tetas mientras yo la partía.

    El ritmo fue creciendo, las dos en cuatro, dándose besos sucios, y yo comencé a turnarme entre sus colas calientes, clavándoles la verga y haciéndolas gritar juntas. El cuarto se llenaba con ese coro de gemidos y el ruido húmedo de la piel chocando, un espectáculo que me tenía al borde de estallar.

    Yo ya no daba más, el calor del momento me estaba por reventar las pelotas. Les dije que estaba por acabarme.

    Ellas, jadeando, se dieron vuelta y se acomodaron frente a mí, de rodillas en la cama, una al lado de la otra, las bocas abiertas, las lenguas listas, mirándome con hambre.

    —Danos toda la leche en la boca… – me pidió Valentina, mientras Sofía se tocaba la concha y asentía con los ojos llenos de deseo.

    Me puse de pie, puse mi verga entre sus caras y me pajeé, hasta que sentí el estallido subir desde el fondo.

    Gemí fuerte y empecé a descargar. El primer chorro le dio de lleno a Sofía en la lengua, que se lo tragó enseguida; el segundo a Valentina, que lo recibió con un gemido y dejó que se le escurriera por la comisura de los labios.

    Yo seguía tirando leche caliente a las dos, que abrían más la boca y se besaban entre ellas, pasándose mi acabada de una a la otra, mezclándola con sus lenguas. Verlas compartir mi leche me terminó de desarmar, saqué hasta la última gota.

    Ellas se lamían mutuamente, como si no quisieran desperdiciar nada, mientras yo quedé ahí, respirando agitado, con la pija todavía dura y brillosa después de semejante acabada.

    Luego del polvo quedamos un rato jadeando, las tres respiraciones mezcladas en ese cuarto cargado de olor a sexo y sudor.

    Agarré mi ropa del piso y empecé a vestirme despacio, todavía con la pija pesada, brillando de la calentura que había quedado.

    Antes de salir, Sofía me miró con esa carita de nena traviesa y dijo entre risas entrecortadas:

    —No le digas a mi madre…

    —Por supuesto que no —le contesté, con una sonrisa que le marcaba que aquello quedaba entre nosotros.

    Valentina, más seria, se tapó con la sábana y me dijo con un dejo de miedo:

    —Espero que esto no afecte mi trabajo…

    Le sonreí y le susurré:

    —Tranquilizate… creo que hasta te merecés un aumento de sueldo.

    Cuando abrí la puerta para salir, me di vuelta una última vez. Ellas seguían pegadas, tocándose suavemente como si no pudieran dejar de estar calientes. Esa imagen me la llevé grabada en la cabeza.

    Cerré despacio la puerta, me quedé quieto unos segundos y pensaba en lo ocurrido, acababa de concretar la fantasía muchos hombres maduros, cogerse a su hijastra.

    Lo que no imaginé es que ese fue el comienzo del descontrol en casa.

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  • Mis inicios como travesti de clóset

    Mis inicios como travesti de clóset

    Un año más escribiendo en este sitio, que me borró muchos comentarios muy lindos, sensuales e incitantes.

    Revisando me di cuenta que nunca les he contado como fue que comencé a vestirme de mujer, y creo que debo comenzar diciendo que desde peque me gusta mucho la ropa de mujer; desde sentirla en mis dedos y por supuesto en mi cuerpo.

    El primer recuerdo que tengo de mi acercamiento con la ropa femenina es por la ropa de mis hermanas y primas mayores. De repente que salíamos de viaje o que había alguna oportunidad, me la ponía y me miraba al espejo. Fui notando que la ropa me ajustaba mejor; que las nalgas se me veían muy bonitas y redondas e incluso podía pasar por una jovencita si tuviera una peluca.

    Desde entonces todo fue gradual con el paso de los años. Desde la primera vez que me puse unos tacones altos de una tía que calzaba de mi mismo número y me di cuenta que mis piernas lucían más largas y mi caminar se volvía muy sensual, hasta la primera vez que me maquillé y ví que mi rostro de mujer era realmente hermoso. Después vino la curiosidad por volver mi figura más femenina, por lo que rellenaba brasieres con calcetines, con globos con arena y con bolas de unicel que simulaban unos grandes pechos durante mis transformaciones.

    Debo confesar que durante mis 20 fue la etapa en la que más femenina lucía, porque era muy delgada, pero con nalgas y piernas bonitas, pero en ese entonces era muy miedosa, y sabía que aunque quería estar con un hombre, me daba miedo. Por ese motivo experimenté con juguetes como dildos y plugs antes de animarme a tener sexo con un hombre por primera vez.

    Pasé muchas noches solita, vestida, posando frente al espejo con ropa cortita y con ganas de que alguien viera lo bonita que era Bellota y lo sensual que podía ser en la intimidad.

    Ahora a mitad de mis 30, con total conocimiento en la materia, me siento dispuesta, sexy y animada a conocer a un hombre especial que me permita ser Bellota por unas horas y experimentar mi femineidad y cachondez en su totalidad.

    Espero encontrarlo pronto.

    Besitos.

    Bellota

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  • Placeres prohibidos. La melancolía del incesto (3)

    Placeres prohibidos. La melancolía del incesto (3)

    La sorpresa más impactante llegó cuando Diego y América rompieron el beso. Con la voz entrecortada, Diego murmuró: —No debí terminar dentro, mamá. ¿Y si te vuelvo a embarazar, como hace tres años? —América, con una sonrisa traviesa y los ojos azules brillando, respondió: —Me encantó llevar a tu hijo dentro de mí, mi amor. Pero si pasa, lo daré en adopción otra vez. —Las palabras resonaron como un trueno. Elizabeth y Atziry, con los ojos abiertos de incredulidad, no podían creerlo: Diego y América habían tenido un hijo juntos. Pero lejos de escandalizarse, la revelación encendió un deseo atrevido en ellas, la idea de un hijo embarazando a su propia madre avivaba un fuego prohibido en sus entrepiernas.

    El video continuó, mostrando a Diego y América vistiéndose, limpiando el sillón donde los jugos y el semen habían dejado su marca.

    Luego, se fundieron en otro abrazo apasionado, sus cuerpos se pegaban mientras sus labios se unían en un beso profundo, cargado de promesas. —Ya vete a la fiesta, mi amor —dijo América, con voz ronca—. Yo me voy sola al aeropuerto. —Diego, con una sonrisa, respondió: —Te espero de visita en mi casa. —América asintió, susurrando: —Estaré ahí lo antes posible. —Cuando ella salió, Diego se acercó a la cámara, su rostro llenó la pantalla. —Sé que verán esto —dijo, con voz grave y confiada—. Espero que les guste la sorpresa. Las amo. —Y lanzó un beso con la mano, un gesto que hizo que Elizabeth y Atziry sintieran sus vaginas contraerse, sus cuerpos temblaron de deseo y nostalgia.

    Elizabeth, sentada en el sillón, sentía su mente girar en un torbellino de emociones. El incesto no la escandalizaba—ella misma había saboreado la verga de Diego, su semen la llenó—, pero no esperaba haber presenciado algo tan crudo junto a su hija. Al girar la cabeza, sus ojos miel se encontraron con Atziry, cuya mano se deslizaba bajo el satín rosa de su pijama, frotando su clítoris con una urgencia que delataba su excitación. La vagina de Atziry, empapada, palpitaba bajo sus dedos, mientras gemía suavemente, cada minuto del video había encendido un fuego en su interior.

    Al ver el deseo desbordante de su hija, sintió un calor abrasador subirle por la entrepierna, su tanga se empapó al instante. Sin pensarlo, se despojó de su blusa de oficina, arrojándola al suelo junto con su sostén de encaje negro, dejando sus grandes senos libres, sus pezones lucían endurecidos y erguidos. Con un movimiento lento, los pellizcó, un gemido escapó de sus labios mientras miraba a Atziry con lujuria. —¡Lame mis senos! —ordenó, su voz estaba llena de deseo. Atziry, con los dedos aun moviéndose frenéticamente sobre su clítoris, alzó la mirada, sorprendida. —¿Cómo crees? —respondió, pero su tono vacilante traicionaba el calor que la consumía.

    Elizabeth, ya encendida, no aceptó la negativa. Con un movimiento decidido, tomó la cabeza de Atziry, enredando los dedos en su cabello rubio, y la atrajo hacia sus senos. La lengua de Atziry, tímida al principio, comenzó a recorrer los pezones de su madre, lamiendo con una mezcla de curiosidad y pasión. Elizabeth jadeó, sintiendo la calidez húmeda de la boca de su hija, un eco de las veces que la había amamantado años atrás, ahora transformado en un acto de lujuria pura. Liberó la cabeza de Atziry, sus manos cayeron a los lados mientras observaba, extasiada, cómo su hija succionaba sus pezones, mordisqueándolos suavemente, sus gemidos vibraban contra la piel sensible.

    Ambas estaban encendidas, sus cuerpos temblaban de deseo. El video de Diego y América las había llevado al borde, y ahora, mirándose con ojos cargados de pasión. Elizabeth, con la vagina goteando jugos por sus muslos, y Atziry, con el satín rosa empapado, se perdían en la lujuria, sus cuerpos vibraban al ritmo de sus gemidos.

    Atziry, con los ojos brillando de deseo, deslizó sus manos hacia la falda de su madre, desabrochándola con dedos ansiosos. La tela cayó al suelo, seguida por la tanga empapada de Elizabeth, que dejó al descubierto su vagina, reluciendo con jugos que goteaban por sus muslos blancos. Atziry, sin dudar, introdujo dos dedos en la vagina de su madre, moviéndolos con una precisión que arrancó un gemido profundo de Elizabeth. —¡Qué rico, mi vida! ¡Más, mételos más! —jadeó, sus caderas se movían contra los dedos de su hija, buscando más profundidad.

    Atziry, encendida por el placer que provocaba, respondió con un tono cargado de lujuria: —Como tú digas, perra. —La palabra, cruda y atrevida, sorprendió a Elizabeth, haciendo que su clítoris palpitara aún más. Aunque el vocabulario la descolocó, el fuego en su entrepierna no le permitió detenerse; quería que ese momento entre madre e hija continuara. Con la respiración entrecortada, le pidió a Atziry: —Para, mi amor… vamos a tu habitación. —Atziry asintió, su vagina empapada palpitaba de anticipación.

    En la habitación de Atziry, la penumbra envolvía la cama, creando un santuario de deseo. Elizabeth, con un movimiento rápido, despojó a su hija del top y el short de satín, dejando al descubierto su cuerpo desnudo, con sus pezones rosados erectos y la tanga empapada que pronto cayó al suelo. Elizabeth se recostó en la cama, sus muslos quedaron abiertos invitando a su hija, sus senos temblaban con cada respiración.

    Atziry, de rodillas junto a ella, comenzó a recorrer el cuerpo de su madre con la lengua, trazando caminos húmedos desde sus tobillos, subiendo por los muslos hasta el abdomen plano, y deteniéndose en los senos, lamiendo los pezones con una devoción que hizo que Elizabeth arqueara la espalda, gimiendo sin control. Luego, Atziry ascendió hasta los labios de su madre, y ambas se fundieron en un beso apasionado, sus lenguas se entrelazaron en una danza de deseo mutuo, sus alientos se mezclaban mientras sus manos exploraban sus cuerpos, tocando pieles ardientes.

    Tras un beso prolongado y apasionado, donde sus lenguas danzaron con una lujuria desenfrenada, Atziry retomó su exploración, deslizando su lengua por el cuerpo de su madre. Recorrió la piel blanca de Elizabeth, lamiendo desde el cuello hasta los senos prominentes, deteniéndose para succionar sus pezones, que se endurecían bajo su boca. Elizabeth gemía, sus manos se enredaban en el cabello rubio de su hija, mientras su vagina palpitaba, goteando jugos que empapaban las sábanas.

    Atziry, con una determinación cargada de deseo, descendió directamente a la vagina de su madre, separando sus muslos con suavidad para exponer los pliegues húmedos y relucientes. Al acercar su rostro, inhaló el aroma almizclado que la volvía loca, y su lengua comenzó a lamer con avidez, trazando círculos alrededor del clítoris hinchado antes de hundirse en los labios vaginales. —¡Uff, madre! —jadeó Atziry, su voz temblaba de lujuria—. Esta es la segunda vez que poseo tu vagina con mi lengua, y su sabor sigue siendo delicioso.

    La confesión golpeó a Elizabeth como un relámpago, su cuerpo se estremeció al darse cuenta de que la silueta angelical que le había dado el mejor oral de su vida no era Yareni, como había fantaseado, sino su propia hija. La revelación, lejos de detenerla, avivó su deseo, su clítoris palpitaba bajo la lengua experta de Atziry.

    Elizabeth, con los ojos entrecerrados y las caderas moviéndose contra la boca de su hija, se entregaba al placer, gimiendo sin control mientras Atziry lamía con una pasión voraz, succionando el clítoris y explorando cada rincón con su lengua. Los jugos de Elizabeth goteaban, y Atziry, con los labios brillantes, los saboreaba con deleite, sus gemidos vibraban contra la piel sensible. Tras varios minutos de lamidas intensas, Elizabeth alcanzó un orgasmo devastador, su cuerpo convulsionó mientras un chorro de jugos inundaba la boca de Atziry. La joven, con su dulce boquita, tragó cada gota, lamiendo con avidez mientras sus ojos brillaban de satisfacción, su propia vagina empapaba sus sabanas.

    Mientras Elizabeth se reponía, con el cuerpo temblando y los senos prominentes subiendo con cada respiración, Atziry no perdió el tiempo. Arrodillada junto a su madre, deslizó su lengua por los senos de Elizabeth, lamía sus pezones con una avidez que hacía que la piel blanca brillara con saliva. Cada lamida arrancaba un suspiro de Elizabeth, su vagina palpitaba de nuevo, sus jugos goteaban por sus muslos mientras Atziry succionaba con deleite, sus ojos brillaban de deseo.

    Una vez recuperada, Elizabeth se levantó de la cama con una determinación ardiente, tomando a Atziry de la mano y guiándola para que se pusiera de pie. Ahora era su turno. Con un hambre voraz, Elizabeth comenzó a besar cada centímetro del cuerpo de su hija, sus labios trazaron un camino desde el cuello hasta los senos perfectos de Atziry, que se erguían firmes, con sus pezones rosados como pequeños botones.

    Los recuerdos la inundaron: la vez que había lamido esos senos mientras Diego la embestía. Con un gemido, Elizabeth los estrujó, sus manos apretaban la carne suave como si quisiera arrancarlos, succionaba los pezones con una pasión que hacía que Atziry cerrara los ojos, gimiendo mientras su cuerpo se arqueaba, disfrutando de la lengua experta de su madre.

    Elizabeth, encendida, se arrodilló frente a Atziry, su rostro quedó a centímetros de la vagina depilada de su hija, un manjar que ahora deseaba con desesperación. Pero se contuvo, resistiendo la tentación de lamerla de inmediato. En cambio, volteó a Atziry con un movimiento firme, dejando frente a ella sus nalgas redondas, perfectas bajo la luz tenue. Elizabeth las besó, las mordisqueó suavemente, su lengua trazó caminos húmedos por la piel suave, saboreando el calor que emanaba de ellas. Luego, con un impulso, volvió a girar a su hija y la tumbó en la cama, abriendo sus muslos para revelar la vagina reluciente, los pliegues rosados brillaban en sus jugos.

    Con la mano derecha, Elizabeth separó los labios vaginales de Atziry, exponiendo su clítoris hinchado. Entonces, se lanzó al festín, su lengua lamió con una destreza que arrancó gritos de placer de su hija. Atziry se retorcía, sus caderas se movían contra la boca de su madre, gimiendo sin control mientras la lengua de Elizabeth exploraba cada rincón, succionando el clítoris y hundiéndose en los pliegues húmedos. Los jugos de Atziry goteaban, y Elizabeth los saboreaba con avidez, demostrando su experiencia en cada lamida.

    Sin mediar palabra, sus cuerpos, brillantes de sudor, se movieron con una sincronía instintiva, acomodándose en la cama para un 69 que las hizo gemir como perras en celo. Elizabeth, con sus grandes senos temblando, se posicionó sobre Atziry, su vagina descendía hacia la boca ansiosa de su hija. Atziry, con sus nalgas elevadas, abrió los muslos para recibir la lengua de su madre, sus pliegues húmedos relucían bajo la luz tenue. Sus lenguas se hundieron al unísono, lamiendo con avidez, saboreando los jugos dulces y salados que goteaban de sus vaginas. Elizabeth succionaba el clítoris hinchado de Atziry, mientras esta mordisqueaba los labios vaginales de su madre, sus gemidos resonaban en un coro de placer que llenaba la habitación.

    Durante varios minutos, se devoraron mutuamente, sus cuerpos temblaban con cada lamida, sus jugos se mezclaban en sus bocas mientras sus caderas se movían en un ritmo frenético. Pero Atziry, insaciable, quería más. Con un movimiento ágil, se volteó, rompiendo el 69, y entrelazó sus piernas con las de su madre, sus muslos rozaron los de Elizabeth. Con una mano temblorosa, abrió sus propios labios vaginales, exponiendo su clítoris palpitante, y miró a su madre con ojos ardientes de lujuria. —Abre tus labios, mami —ordenó, con voz ronca y autoritaria—. Te voy a enseñar lo que es bueno.

    Elizabeth, con la vagina goteando y el cuerpo ardiendo, obedeció sin dudar, separando sus pliegues húmedos con los dedos, dejando al descubierto su clítoris hinchado. Como piezas de un rompecabezas, sus vaginas se unieron en unas tijeras perfectas, los labios vaginales de Atziry chocaban con los de su madre en un roce húmedo y ardiente. Atziry movía sus caderas con una precisión salvaje, sus pliegues se frotaban contra los de Elizabeth, sus clítoris colisionaban en una danza de placer que arrancaba gritos de ambas. —¡Aaah, hija, esto es delicioso! —jadeó Elizabeth, sus senos rebotaban con cada movimiento, sus manos se aferraron a las sábanas mientras su vagina se contraía contra la de Atziry.

    Atziry, con los ojos entrecerrados y las nalgas temblando, aceleró el ritmo, sus jugos se mezclaron con los de su madre, el sonido húmedo de sus cuerpos resonaba en la habitación.

    Atziry, con sus senos temblando, levantó uno hacia su boca, lamiendo su propio pezón con una lengua ansiosa, mientras gemía: —¡Sí, mami, goza como yo lo hago, Aaah! ¡Tu vagina es tan húmeda!

    Los roces eran crudos, casi enfermizos, una madre y su hija entregadas a un tabú que las consumía. Sus vaginas se tallaban con rudeza, los clítoris hinchados colisionaban en cada movimiento, sus jugos chorreaban por sus muslos y empapaban las sábanas. Elizabeth, con sus grandes senos rebotando y los pezones erectos, miraba a Atziry con ojos llenos de lujuria, su cuerpo temblaba de placer. —¡Hija, me estás haciendo gozar como nunca! —jadeó, su voz se quebraba mientras sus caderas empujaban con más fuerza. Atziry, con las nalgas temblando, respondía con gritos: —¡Sí, mami, no te detengas! —Sus rostros reflejaban una felicidad pecaminosa, sus cuerpos vibraban de excitación.

    Los roces se volvieron más rápidos, más duros, el sonido húmedo de sus vaginas chocando, llenaba la habitación junto con sus gritos y gemidos. Sus manos se aferraban a las sábanas, a sus muslos, buscando más contacto, más intensidad. Tras varios minutos de frenesí, un orgasmo compartido las atravesó como un relámpago. Sus vaginas se contrajeron al unísono, los jugos de ambas estallaron en un torrente caliente que goteaba por sus pieles, pero ninguna se detuvo. Atziry empujaba sus caderas con más fuerza, sus clítoris se frotaban sin piedad, mientras Elizabeth, con los ojos entrecerrados, gemía el nombre de su hija, queriendo exprimir cada gota de placer.

    El departamento, saturado del aroma almizclado de su sexo y el eco de sus gemidos, era un santuario donde madre e hija se entregaban sin reservas. Sus cuerpos, empapados en sudor y jugos, seguían moviéndose, decididas a gozarse hasta el límite, atrapadas en una danza prohibida que las unía en un éxtasis que desafiaba todo lo permitido.

    Elizabeth y Atziry, con los cuerpos empapados en sudor y jugos, dejaron de frotar sus vaginas, sus clítoris palpitantes y sus pliegues húmedos relucían bajo la luz tenue. Jadeando, con los pechos subiendo y bajando al ritmo de sus respiraciones agitadas, se miraban extasiadas, sus ojos brillaban con una mezcla de lujuria y amor prohibido. Elizabeth, con sus grandes senos temblando y los pezones erectos, sentía su vagina aún contraerse, mientras Atziry sonreía con una satisfacción pecaminosa.

    Exhaustas pero felices, ambas se acostaron en la cama, entrelazando sus cuerpos en un abrazo cálido, sus pieles calientes se rozaban. Sus labios se encontraron de nuevo en un beso profundo, sus lenguas danzaban con una ternura cargada de deseo, mientras sus manos acariciaban mutuamente sus cuerpos, los dedos de Elizabeth trazaban las nalgas de Atziry, y las de Atziry exploraban el abdomen de su madre. —Te amo, hija —susurró Elizabeth, su voz era ronca y sincera—. Esta ha sido la mejor noche de mi vida desde el día de tu nacimiento.

    Atziry, con los ojos brillando de felicidad, sintió un calor en su pecho al saber que había lamido la vagina de su madre por segunda vez, pero en esta ocasión con plena conciencia de ambas, tras una sesión de sexo lésbico que las había consumido. —Y yo te amo a ti, mami —respondió, su voz temblaba de emoción, sus jugos aun goteaban por sus muslos.

    Elizabeth, acariciando el cabello rubio de su hija y rozando sus mejillas con ternura, sintió una curiosidad ardiente. —Sentí que no es la primera vez que lo haces con una mujer a solas —dijo, sus ojos destellaban con intriga—. ¿Con quién más lo has hecho? —Atziry, con una sonrisa tímida y las mejillas ruborizándose, respondió: —Con Yareni. —Elizabeth alzó una ceja, su vagina palpitó al imaginarlo. —¿La noche del trío con tu primo? —preguntó. Atziry negó con la cabeza, su rubor se intensificó. —No, mami. El día que cumplí la mayoría de edad. Me convenció de que ese sería mi regalo de cumpleaños. —La confesión encendía aún más la habitación, hizo que Elizabeth sintiera un cosquilleo en su clítoris, imaginando a su hija y Yareni entrelazadas en una danza de lujuria.

    Tras la confesión de Atziry sobre su encuentro con Yareni, Elizabeth esbozó una sonrisa traviesa, sus ojos brillaron con un hambre renovada. Sin decir palabra, se inclinó hacia su hija, sus labios se encontraron en un beso ardiente, que hizo que sus vaginas palpitaran de nuevo. Elizabeth, con sus grandes senos rozando los de Atziry, deslizó sus manos por el cuerpo de su hija, sintiendo la piel suave bajo sus dedos. La noche prometía más placer, y ninguna quería que terminara.

    Elizabeth, impulsada por un deseo voraz, guio a Atziry para que se girara, exponiendo sus nalgas firmes y bronceadas. Con una reverencia casi ritual, acercó su rostro al ano de su hija, inhalando su aroma almizclado antes de deslizar su lengua por él. El sabor, dulce y prohibido, la hizo gemir, lamiendo con avidez mientras Atziry se retorcía, sus gemidos llenaban la habitación. —¡Mami, ¡qué rico! —jadeó, sus manos se aferraron a las sábanas mientras su clítoris palpitaba. Atziry, no queriendo quedarse atrás, volteó a su madre y, arrodillándose, exploró el ano de Elizabeth con su lengua, saboreando cada rincón con una pasión que arrancó gritos de placer. Sus lenguas, expertas y hambrientas, se deleitaban, sus cuerpos temblaban de éxtasis.

    No durmieron en absoluto esa noche. Fue una maratón de sexo desenfrenado, sus vaginas y anos siendo lamidos, tocados, y explorados sin descanso. Sus jugos se mezclaban, sus gemidos resonaban, y sus cuerpos bañados en sudor, se fundían en una danza de lujuria.

    A partir de esa noche, su relación cambió para siempre. En la calle, se comportaban como madre e hija cariñosas, tomándose de la mano, riendo con complicidad. Pero al cruzar la puerta del departamento, se transformaban en una pareja de amantes lesbianas, insaciables y apasionadas. Cada noche, se devoraban mutuamente, vivían para gozarse, sus gemidos llenando el departamento como un himno a su amor prohibido.

    El departamento, impregnado del aroma de su sexo y los ecos de sus orgasmos, se convirtió en su refugio secreto. Cada roce, cada lamida, cada grito era una declaración de su nueva realidad: madre e hija en público, amantes lujuriosas en privado, unidas por un deseo que las consumía a diario y las llevaba al éxtasis en una relación que nunca quisieron abandonar.

    ¿Continuará?

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  • Oscar, mi vecino

    Oscar, mi vecino

    La nueva casa era aún más discreta, en un barrio un poco alejado y en un pasillo al fondo, me daba privacidad. Con una amplia habitación muy luminosa, era ideal para tener un ropero que volví a completar con la ropa femenina que tanto me gusta. Pero esta vez se intensificó algo, empecé a sacarme fotos y editarlas un poco, llegué a tener más de 200 fotos mías en ropa interior femenina y usando calzas, vestidos, remeras y un sinfín de atuendos de mujer.

    Mi nueva pareja casi ni visitaba mi casa, la suya era más cómoda y yo no tenía inconveniente en ir; nos habíamos puesto días, martes, jueves, sábados por las noches yo me quedaba en su casa, lunes miércoles, viernes y domingos cada uno en la suya y casi ni nos veíamos en esos días, lo que me daba la libertad de hacer lo que quisiera, obvio que trabajaba, pero manejaba los tiempos.

    Un sábado por la mañana un vecino me toca el timbre para ver si podía repararle un electrodoméstico que se le había roto, era un hombre mayor que yo, de unos 65 años, vivía solo y no sé por qué, tuve la intuición que podría tener sexo con él, lo que le dio cierta adrenalina al trabajo, le dije que sí, que en media hora estaría por su casa; fui a mi habitación derecho a buscar con qué seducirlo, por fuera debía ser normal, como un hombre, pero dado que hacía calor, con un pantalón corto y una remera bastaba, pero debajo llevaría una tanga roja, sólo tendría que ingeniármelas para que la notara, algo que no me resultaría difícil.

    Ni bien llegué a su casa Oscar me hizo pasar a un galpón del fondo donde tenía un frízer viejo que no funcionaba, me puse a investigar mientras charlábamos y me contaba que tenía una reunión con la familia y por eso quería que anduviera, me tuve que tirar al piso y fue el momento justo para que la remera se me subiera un poco y el pantalón dejara entrever un elástico de la tanga, en ese momento me ofreció algo fresco que fue a buscar a la casa y yo tirado boca abajo, bajando apenas el pantalón y que además se metía entre mis glúteos marcándolos, cuando volvió no dijo nada y me acercó una lata de cerveza

    -Mejor primero termino el trabajo, si empiezo tomando la cerveza la heladera no va a arrancar nunca

    -¡Eh! Un poquito no te va a hacer nada, después la terminás en casa. Me dijo

    Entonces me di cuenta que ya había mordido el anzuelo. Me senté y al moverme la remera se desacomodó un poco y dejó ver que estaba usando corpiño, yo sin mirarlo traté de disimular lo que había pasado; charlamos algo sobre mi trabajo:

    -No sabía que tenía tan cerca alguien que reparara heladeras, menos mal que me dijo la panadera y te pude encontrar. Dijo

    -Lo que pasa que soy nuevo en el barrio, hace menos de un año que estoy acá.

    -¡Ahhh! Entonces no te conoce casi nadie. Respondió con cierto grado de satisfacción

    -¿No, por? Dije un poco incisivo

    -Por nada, digo que no sabía.

    Bien, todo estaba listo, sólo tenía que buscar la forma de abordarlo, pero eso sería en la casa, por lo que volví a mi trabajo tirado en el suelo, me ofreció cambiar la heladera de lugar, pero le respondí que no hacía falta, que ya terminaba. Pusimos la heladera en marcha y le dije mientras me levantaba del piso:

    -Ahora hay que esperar un rato para ver cómo funciona.

    -Bueno, terminemos la cerveza en casa que acá hace mucho calor. Comentó mientras salía delante de mí

    La casa estaba con las ventanas cerradas, digamos que poco iluminada, fresca, agradable; me invitó a sentarme, él se sacó la camisa resaltando el calor que hacía y me invitaba a ponerme más cómodo.

    -Gracias, estoy bien. Le respondí mientras me acomodaba un poco, tocando mis senos.

    Empezamos una charla muy general sobre nuestras vidas, Oscar iba contando muy poco sobre él pero con la intención de que yo le contara sobre mí y obvio que lo hacía sin tapujos, aunque siempre en una nueva relación no cuento toda la verdad. La cerveza se acabó y vino con otra:

    -No gracias. Le dije

    -Dale, al menos compartamos una, hace calor y no te vas a emborrachar. Dijo mientras la abría y servía un poco en mi vaso y otro en el suyo

    -La verdad que es un día de mucho calor hoy.

    -Ponete cómodo, si querés te podés sacar la remera.

    -No sé si te va a gustar, mi ropa interior no es la de hombre. Me animé a decirle

    – ¿Y qué usás, ropa de mujer?

    -Sí, la verdad que me resulta más cómoda

    -Mmmm, no te creo, a ver cómo te queda.

    -Mmm, no sé, ¿seguro?

    -Nunca vi un hombre con ropa de mujer. Dijo algo nervioso

    Entonces me paré y me saqué la remera, Oscar clavó su vista sobre mis tetitas que llenaban el corpiño.

    -Te queda bien, es lindo. Comentó tratando de ocultar cierto entusiasmo. – ¿Y también usás bombacha?

    Yo ni respondí, solo dejé caer el pantalón y mostré mis nalgas que no tardó en acariciar y mientras alababa como me quedaba me guió hasta una especie de distribuidor que tenía frente al baño y la puerta de las habitaciones, en una de sus paredes había un gran espejo, entonces empezó a manosearme todo; levantó un poco el corpiño y llevó su boca hasta mis pezones; mis manos se fueron a su miembro que no era grande pero estaba bien duro y despacio fui desabrochando su pantalón para en unos segundos quedar de rodillas saboreando su pija de forma que su calentura lo hizo gemir:

    -Uhhh, que bien la chupás, me encanta. Exclamó

    Entonces, tomando sus nalgas lo atraje más hacia mí para que su corta pija llegue hasta el fondo de mi garganta.

    -Pará, me vas a hacer acabar. Yo sólo lo miré a los ojos y aceleré mi cabeceo hasta que sentí como su semen bañaba mi lengua.

    -Sos increíble, nunca me la mamaron así, sos el primer hombre con el que estoy.

    -Gracias, eso es un halago para mí.

    -Nadie sabe de vos así, ¿no?

    -Para nada, solo lo hago puertas adentro. Dije mientras nos vestíamos y volvíamos a la mesa a terminar lo que quedaba en los vasos, charlamos un poco más y me fui no sin darle antes el número de mi celular para que me localice cuando lo desee.

    Sólo le envíe un mensaje cuando llegué a casa diciendo que lo había pasado bien, sé que les gusta eso a los hombres. Una semana después me estaba contactando nuevamente, para que lo visite y ahí fui, esta vez me llevó directo a la cama y jugamos con un consolador que tenía y él usaba con las mujeres, me dijo.

    La relación con Oscar aún sigue, pero su miedo porque lo descubran con un puto es muy grande y cada tanto desaparece un tiempo, cuando iniciamos y mientras vivía a la vuelta de su casa digamos que nos veíamos al menos una o dos veces por mes, al final le encantaba venir y luego de un buen franeleo ponerse en 4 patas y que yo le chupara la cola los testículos y la pija, lo arrimé varias veces, pero no pasa de eso.

    Siempre me dijo que yo era su único hombre, nunca se lo creí, me resultaba raro que un italiano venido de chico, de más de 70 años se caliente conmigo sólo por ver mi tanga y me coja seguido, en algún momento llegamos a dos veces por semana y él me declaró que yo le gustaba mucho, creo que eso mismo lo hacía alejarse, por otro lado no le gustaba hablar de su niñez o por qué se había venido de su Italia natal. Cuando desaparece lo extraño un poco.

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  • Mis primeros pasos como putita

    Mis primeros pasos como putita

    Entrando en mis veintes, estudiante universitario de una carrera prestigiosa en una de las mejores universidades del país, tenía una novia muy guapa alta, unos senos como montañas de carne y caderas pronunciadas, piernas torneadas, tonificadas por años de voleibol y un trasero envidiable, ya teníamos más de un año de relación, yo vivía solo en la capital en un departamento amplio en una zona acomodada, sin mayores sobresaltos.

    Ella me visitaba y se quedaba fines de semana completos o varios días de lunes a viernes, el sexo era extraordinario, mis necesidades sexuales estaban más que satisfechas, por la frecuencia sus visitas y estadías, dejaba sus artículos personales en mi departamento, desde el cepillo de dientes, secador de pelo, artículos de belleza, hasta que su empezó a traer parte su ropa, como era una chica muy guapa, su ropa era bellísima, desde faldas, vestidos, poleras hermosas y una ropa interior de ensueño, que ocupaban la mitad de un armario en mi habitación, esto despertó la hembra silente que estaba dentro de mi.

    Después de sus visitas y una vez que terminaba todas mis labores, me entregaba completamente a explorar todas las posibilidades con la ropa de mi novia, que me quedaba de maravilla, conjuntos de lencería de todos los colores, minifaldas, polleras cortas, camisas, todo se amoldaba muy bien a mi cuerpo, como practicaba mucho deporte mantenía una figura bien delgada y con algo de curvas, especialmente mi trasero bien firme y de tamaño más que apetecible, me miraba al espejo, hacía poses, me tomaba fotografías, con orgullo ante el portento de hembra que se reflejaba en él, todo esto lo hacía en un trance de excitación y feminidad.

    Fueron varias noches que me quedaba tirada en la cama rendida después de tanto masturbarme con lencería y ropa de mi novia, algo me impulsaba a ir un paso más adelante, así que decidí compartir mi experiencia entrar al mundo de internet, compré una webcam e ingresaba a chats gays y bisexuales de mi ciudad.

    Con el siguiente anuncio “Joven, inexperto, 100% pasivo, que gusta usar lencería femenina, busca activo, maduro, discreto y varonil”, las solicitudes llenaron mi casilla de entrada, así que inicié mi proceso de selección, mientras exhibía mis atributos femeninos por la cámara, excitada al pensar que un señor se estaba masturbando y eyaculando al otro lado de la pantalla, me hice adicta a esto, noche libre que tenía, me dedicaba a complacer las solicitudes de estos señores, luciendo, jugando e introduciendo objetos en mi cola.

    Aparecieron muchos pretendientes, mi primer filtro, mayores de 55 años, segundo, idealmente casados por la discreción, tercero, con poca experiencia y cuarto, idealmente dotados o un miembro viril agradable a vista, hasta que decidí por dos seleccionados, maduros casados 58 y 60 años, la primera vez no fue tan destacable, entre nervios e incomodidad, no hubo nada muy sobresaliente, no eran muy dotados, ellos me estuvieron follando un par de veces, encuentros furtivos y rápidos.

    No me sentía completamente satisfecha, pero eran los primeros pasos necesarios para ir ganando confianza en este terreno, a veces muy putita, tenía una cita en la tarde con uno y en la noche con otro, terminaba con mi cola bien dilatada y dolorida, mientras llevaba mi vida normal, cumpliendo mis compromisos académicos y relación con mi bella novia.

    Después de eso, tuve un par de encuentros con otros señores, todos maduros desde 55 años para arriba, hasta que conocí al que me conquistó y pudo saciar todas mis necesidades de hembra.

    Un señor de 65 años, ascendencia europea, alto, 1,95 m de estatura, corpulento, ejecutivo de una transnacional, casado con familia numerosa y tradicional, yo soy alta, mido 1.80 m y delgada, con un cuerpo de “twink”, pero nalgona, con él me sentía pequeña, tenía un pene maravilloso, sobre los 20 cm de carne dura y grueso, era como un tubo, con un glande inmenso, me contactó por una página de citas, conversamos mucho tiempo, me entregó detalles personales, que me dieron confianza, era casado, muy discreto y tenía muy poca, casi nada de experiencia con chicos o chicas trans.

    Pero me relataba siempre tuvo la curiosidad de probar alternativas, hasta que nos atrevimos a dar el paso de la cita, nos reunimos en un departamento que se alquilaba por horas, en el centro de la ciudad, yo lo alquilé porque me gustaba tener el control del lugar de encuentro, así no estar merced de la incertidumbre de ir a cualquier lugar, lo espere con una botella de vino, me preparé, con lencería, pero sobre esta me puse ropa de chico, polera y jeans, hasta que sonó el timbre, me dirigí a abrir la puerta con el corazón a mil por hora, cuando abro la puerta, tuve un disparo de mis hormonas femeninas, grata fue la sorpresa al ver un señor guapo con un cuerpo forjado por jornadas extenuantes de remo, pero se notaba bastante nervioso.

    Con el señor platicamos largo y tendido, sobre gustos personales, familia, deportes, etc., siempre con una copa de vino en la mano, para relajarnos y romper esa tensión de principiante, hasta que le dije, que me iba a preparar, el aceptó con agrado, me dirigí al baño, me saque la ropa de chico, me puse una peluca larga y negra, la ajusté muy bien, perfume de mi novia, crema en el cuerpo, ya estaba depilada y con mi colita bien vacía para no tener ninguna sorpresa, con un sugerente conjunto de lencería negra, que había comprado especialmente para la ocasión, me miré al espejo, me sentía una diosa y me di ánimo como una amazona antes de la batalla.

    Aún recuerdo su cara de asombro, al ver a una “chica”, alta como modelo de pasarela, con nalgas firmes y voluminosas, piernas torneadas, con un conjunto de lencería delicado y bello, como una amazona, es un espectáculo que nunca iba a olvidar.

    Me acerqué lentamente, se encontraba sentado en un sillón, le di la espalda y puse mi trasero a la altura de su cara, acariciaba mis nalgas con incredulidad y muchas ganas, me las besaba románticamente, unas suaves palmadas asombrado de la turgencia de estas, tocaba mis piernas que estaban con unas medias negras hermosas y suaves, yo paraba mi colita para facilitar su tarea, sus besos en mis nalgas cada vez eran más lascivos, hasta que hizo algo que me sorprendió y agradó a la vez, hizo a un lado mi tanga y con su lengua empezó a explorar mi rajita, hasta que encontró mi anito.

    Yo me incliné un poco, parando mi cola y abriendo mis nalgas con mis manos para que tuviese un mejor acceso y vista, después que haber devorado mi ano, con este bien dilatado y húmedo, correspondía devolver la atención, con ese macho de exhibición sentado cómodamente en el sofá, me puse a gatear y me fui a su entrepierna, entendió mi intención, bajó sus pantalones y quedó con ropa interior, se veía un gran bulto, que empecé a acariciar con ambas manos y jugaba con sus huevos grandes también, no aguante más las ganas y retire su ropa interior, una grata sorpresa, una verga gigante y hermosa, la mejor que había visto en mi vida.

    Me acerque, su aroma a macho era embriagante, empecé a besar el largo tronco, masajeaba sus huevos, metía sus huevos en mi boca, lamia su glande como un cono de helado, hasta que me la empecé a meter en la boca, por el tamaño y grosor, con su glande sentía mi boca al límite, llena de una bola de carne, trataba de tragarla entera, pero llegaba hasta un poco más de la mitad de ese largo tronco, su glande copaba mi garganta.

    Así estuve varios minutos mamando, hasta que el señor no aguantó más, empezó a jadear, tomaba mi cabeza, movía sus caderas follando mi boca aumentando el ritmo progresivamente, hasta que expulsó todo su semen, en nuestras conversaciones previas, le había sugerido que fuera bien acumulado antes de la cita, para tener la primera corrida en mi boca, el señor siguió las indicaciones, juntó leche una semana, recibí un semen de sabor intenso, espeso como crema, con aroma de macho, quemaba mi garganta, no desperdicié ninguna gota, limpie bien su tronco y glande, eliminando todos los restos de semen, apretaba su tronco para sacar hasta la última gota.

    Frotaba su larga tranca por mi cara, como si estuviera adorando a un tótem de carne, le dije, “es hora que vayamos a la cama”, se desnudó completamente y nos fuimos caminando a la cama, yo lo llevaba tomado por la verga, por delante de él, moviendo mi cola con exageración para darle un espectáculo, estaba muy fogosa y sorprendida, que a pesar de la potente eyaculación, su verga mantenía su tamaño y firmeza.

    En la cama, me puse como una perrita, con la cola bien parada, le dije, mientras te recuperas, puedes jugar con mi cola, él con sus grandes manos, tomaba mis nalgas, las apretaba y acariciaba, hasta que empezó a meter sus largos dedos en mi cola, se sentía tan rico, una confluencia de sensaciones placenteras, yo gemía lo más putita posible, empezó con un dedo, y tímidamente trataba de meter otro, hasta que pudo acceder a mi golosa entrada, llegó el tercer dedo, yo gozando como una cerda, eran dedos gruesos y largos y lo instaba a meter más dedos, con cuatro dedos llevó al límite la elasticidad de mi ano.

    El notó la resistencia de mi agujero, me ordenó acostarme boca arriba, como una sirvienta sumisa obedecí, subí mis piernas, exponiendo mi rayita, con mis dedos abrí mi rosado esfínter, en una atmosfera de deseo y erotismo, le digo “estoy lista, métemela por favor”, ahí me encontraba, toda abierta y dispuesta a recibir ese mástil de carne que tenía este señor, se ubica entre mis piernas, era un hombre inmenso, con todo el juego previo que hizo con sus dedos en mi cola, esa masa de carne que tenia de glande, entró fácilmente, y lentamente empezó a hundir ese grandioso pene en mi cola, quería disfrutar cada centímetro, entraba un poco y paraba.

    Me preguntaba cómo lo sentía, yo me sentía en las nubes, le respondía ” muy rico, me encanta, métemela toda”, entraba un poco más y hacía una pausa, quizás estaba acostumbrado a que mujeres de quejaran por el tamaño de su herramienta, pero viendo mi cara, era solo placer y concentración en sentir cada centímetro, yo lo masajeaba con contracciones rítmicas de mi recto, hasta que él no se contuvo más y me la clavo hasta el fondo, sentí el tope de sus huevos golpear en mi cola, su glande muy profundo dentro de mí, presionando de lleno mi punto g, me sentí la perra más afortunada, en tener ese grandioso pene dentro de mí, lo tuvo varios minutos en las profundidades de mi recto.

    El quieto con los ojos cerrados, quizás concentrado en todas las sensaciones de mi interior, yo soltaba y apretaba esa serpiente que tenía bien profundo en mis entrañas, hasta que sentí que pasó esa tensión, el relajó sus músculos y empezó una exquisito bombeo, con la regularidad y fuerza de un pistón, a veces muy amplio, otras veces más corto y profundo, yo acariciaba su espalda, sus brazos fuertes como pilares sobre mis hombros, lo enrollaba con mi piernas siguiendo el ritmo, tenía mucho aguante, me tuvo varios minutos espoleando mi colita, que ya se había adaptado a ese gigante invasor.

    Posteriormente, con autoridad me dijo, ponte en cuatro, yo al instante obedecí, me puse como perrita con mi cola al borde de la cama, mi cara pegada en la cama y con la cola bien parada, con ambas manos abriendo mis nalgas, como una experta para recibir en esa fogosa posición, pasó la lengua rápidamente por mi agujero, metió varios dedos en mi ano que ya estaba convertido en una vagina, completamente abierto y dilatado, tomo su pene y a diferencia de la primera vez, lo metió todo de una estocada, sentí un doloroso pero placentero arponazo en mi vientre, se apoyó con un pie en la cama y otro en el suelo.

    Tomo con firmeza mis caderas y me empezó a dar la mejor cogida de mi vida, yo sentía que todo mi cuerpo se estremecía, mi pene goteando liquido preseminal, mis ojos blancos, aguantando como buena hembra cada embestida de ese macho gigante, a veces sacaba su pene completamente y yo hacía mi cola para atrás buscando la penetración, después de varios minutos, que sentí una eternidad, se quedó quieto y entendí el mensaje, ahora yo me tenía que mover, como una adicta al verga, empujaba mi cola hacia atrás, con firmeza y sintiendo la rica penetración, me quedaba con la verga hasta el fondo de mi vientre, sintiendo una puntada en mi estómago.

    Sentía que me iba a salir por la boca y empezaba una serie de movimientos circulares, él lo gozaba mucho, escuchaba como jadeaba y un cambio en la dureza de su pene, con cada movimiento circular, sus manos apretaban con más fuerza mis nalgas, pegándome más a su cuerpo.

    Continuamos cogiendo en esa posición, hasta que ya sentíamos fatiga en nuestros músculos, con mis piernas aguantando las embestidas y el de tanto mover sus caderas, me ordenó que montará su pene, yo encantada, me incorporé, él se acostó boca arriba, yo hipnotizada miraba esa verga erecta en gloria y majestad, él pudo notar mi fijación en su miembro y me pregunta “¿Te gusta?”, a lo que respondí “Me fascina”, me fui con la boca a recorrer todo ese tronco, me metía sus huevos en mi boca, y saboreaba los jugos de mi cola en su pene, lo tomaba con dos manos y aún quedaba verga descubierta y un glande como una bola de carne.

    Cómo tenía preservativo, se veía apretado a punto de explotar, le di la espalda, abrí mis piernas, el acostado con sus piernas al interior del arco que formaba con mis piernas, tome su verga y lentamente me senté sobre ella, tragando y disfrutando cada centímetro, me abría las nalgas, quería que fuera un espectador de como mi cola se tragaba esa manguera, me la tragué toda y empecé a mover mis caderas, hacia adelante y atrás, después movimientos circulares, también sentadillas, hacia arriba y abajo, nunca sacando su verga de mi interior, ya la sentía parte de mí y la quería para siempre dentro de mí.

    Posteriormente, después de varios minutos, y mis piernas cansadas, me acosté de espaldas sobre él, siempre penetrada hasta el fondo, el tomo mis piernas las abrió y me empezó a follar, besaba mi cuello, acariciaba mis pezones, nunca en mi vida adulta, me había sentido tan hembra, después de un largo mete y saca, me toma fuertemente, a esas alturas yo era su muñeca inflable, me acostó boca abajo, yo instintivamente levanté mi cola y puse un cojín bajo mis caderas, se puso sobre mí y me la clavó como un animal apareándose, yo extasiada, completamente entregada a ser su hembra, mi pene blando y pequeño goteando.

    Mi cuerpo instintivamente sabía que no lo necesitaba para ese momento, resonaba en la habitación el ruido de sus caderas golpeando mis nalgas y sus huevos tocando mi rajita, a veces la sacaba casi completa, solo dejando su glande dentro de mí, yo sentía un vacío en mi interior, y me la clavaba profundo, golpeando mi punto g, yo no daba más de placer, era cosa que me tocara un poco e iba a tener mi orgasmo femenino, hasta que escuche una frase que me estremeció, dijo “No aguanto más linda, voy a acabar”, yo bien putita le dije, “Dámelo todo papi”, sus ojos se iluminaron, aumento la intensidad de sus estocadas, una mano en mi cadera, otra mano en mi nuca.

    Yo estaba completamente sometida, aunque no hubiese querido, no había escapatoria, ese señor se iba a correr con fuerzas dentro de mí, su respiración más agitada, su sudor en mi espalda, su mano estrujando mis nalgas, su otra mano, inmovilizando mi cuello, yo por debajo me empecé a tocar, quería correrme con él, hasta que siento una explosión dentro de mí, un calor intenso en mis entrañas, su pene hinchándose como un embutido, el señor tratando de silenciar un gruñido de macho apareándose, el rictus de su cuerpo y su pene empezó a vibrar, eran los chorros de semen que estaba expulsando, por mi parte me toque suavemente el pene un par de veces.

    No necesitaba más y tuve un intenso orgasmo, masajeaba y comprimía su pene con los efectos de mi orgasmo en mi recto, era una lucha, su pene se hinchaba, mi cola lo apretaba, fue un minuto eterno de éxtasis, hasta que el cayó sobre mí, sin sacar su pene, aun sentía que luchaba por expulsar sus últimas gotas, bajamos un poco las pulsaciones, su pene había perdido dureza pero no tamaño, hasta que lo sacó de mi cola, que se sentía tan vacía sin ese maravilloso órgano reproductor, hasta sentí aire frio entrar dentro de mí de lo abierto que estaba mi ano, me di vuelta, tome su pene, que tenía un saco lleno de semen colgando de su preservativo.

    Le retire el condón, lo tenía cerrado en mi mano, empecé a mamar su verga para dejársela limpia, no vaya a sospechar algo su esposa, bese sus huevos, tome el condón, que aun tenía semen hirviendo, lo exprimí y todo su interior fue a parar a mi boca, me lo trague todo, espectáculo que hice frente a él, su cara era una mezcla de asombro y lujuria.

    Me acosté en la cama y él se puso detrás de mí, una rica cucharita, descansamos y conversamos, se nos había acabado el tiempo, pero fue el inicio de una lujuriosa relación, cogíamos con regularidad una o dos veces al mes, yo cada vez más enamorada de su verga, la vida sexual con mi novia iba de maravilla, pero el sexo con este señor, estaba en otra dimensión, por primera vez estaba consciente que me gustaba más la verga, que el coño de mi novia.

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  • Me pagaron una deuda, con una mujer (9): Nuevo juguete

    Me pagaron una deuda, con una mujer (9): Nuevo juguete

    En la habitación del hotel, las dos chicas se abalanzaron contra mí, estaban excitadas, contentas y un poco borrachas. Mientras que Maite me sacaba la ropa, Ana me besaba y acariciaba el pecho, yo tome directamente una de sus nalgas.

    Ana: Cariño te puedo pedir un favor.- me dijo con vos melosa, mientras me lamia la oreja.- deja que seamos nosotras que te demos placer.

    Yo solo asentí, no sabia que tenían planeado, pero que algo habían conversado estaba seguro. Ana empezó a besarme mientras que Maite comenzó a lamerme el pene, no era una mamada, eran caricias con su lengua, en ningún momento se metió el pene a la boca, no se si le pasa a todos pero ese tipo de caricias son muy gratas, pero me cuesta mucho acabar así, si no hay una mamada con un mete saca.

    Me dirigieron a la cama, como me habían pedido me dejaría hacer. Ana me acostó y me dio muchos besos cortos, mientras su prima se había sacado la ropa. Maite se dirigió a mi y se subió arriba mío, tomo mi pene y lo restregó en su vulva para acto seguido dejarse caer, tenia un poco de lubricación pero no era suficiente y causo un poco de dolor en ambos.

    Esteban: Despacio.

    Ella sonrió y empezó a mover sus caderas, mientras sus grandes tetas blancas se movían de un lado para el otro, las sujete y apreté sus pezones. Ana se nos unió y empezó a besarme, chuparme los pezones, acariciarme, la verdad que las dos se estaban esforzando en darme mucho placer. Maite solamente se restregaba sobre mí con mi pene adentro, moviendo sus caderas, en pocos minutos más esta acabo y su lugar lo ocupo Ana, que hizo exactamente lo mismo, era una placentera tortura, no acabaría así. Maite se inclino sobre mí, con dudas, pero yo la atraje y le di un buen beso, lleve mi mano a su vulva y estaba empapada de su orgasmo reciente, ella se separo un poco y puso sus pechos en mi boca, Ana también acabo, y yo seguía duro igual.

    Ana: Cariño ven aquí.- me dijo reponiéndose.

    Me hizo sentarme en un sillón alto que había de un cuerpo, ni bien me senté Maite se sentó sobre mi, dándome la espalda y se clavo me miembro, yo pensé por fin voy a acabar, yo tome sus tetas y empecé a besar su cuello y espalda, Ana se arrodillo y pasaba su lengua desde mis huevos terminando en la vagina de su prima. Maite no duro nada y acabo en poco tiempo, y Ana la sustituyo sobre mí. En un momento dado estaba por acabar y las chicas lo notaron, Ana tomo mis testículos y le dio un apretón, me dolió, no tanto como para hacerme daño pero si como para cortar mi eyaculación. Ana si pudo acabar y se tiro para atrás para apoyarse en mi.

    Ana: Tranquilo amor, ya te va a tocar.

    Ya llevábamos casi una hora con estos jueguitos y yo tenia las bolas llenas, literalmente. Maite se agacho y puso mi pene entre sus tetas y empezó a moverlas muy lentas y con dándome mucho placer. Mientras Ana me besaba el cuello y hablaba al oído.

    Ana: los tres quedamos muy caliente desde lo de la tienda.- lleve mi mano a su vagina y estaba chorreando.- esa gordita debe estar masturbándose pensando en nosotros.- lleve mi pie hasta la vulva de Maite y esta respondió restregándose contra el, sin dejar mi pene.- yo vi su mirada mientras miraba los monitores y se imaginaba lo que pasaba en los vestidores, vi como se restregaba las piernas, a esa le picaba el chocho.- yo sentía que estaba a punto de explotar como un volcán.- te gustaría amor que esa puta estuviera aquí para romperle el culo.

    Yo asentí y me deje ir, sentí como el semen abandonaba mis bolas y subía por mi pene, el primer lechazo impacto en la mejilla de Maite, Ana tomo mi pene y empezó a masturbarlo, mientras que su prima lo metió en su boca, no sin antes recibir otra descarga en su nariz, ya dentro de su boca empezó a jugar con su lengua mientras seguía escupiendo semen. Ellas volvieron a acabar, Maite frotándose en mi pie y Ana por la mano de su prima que me reemplazo.

    Las muy putas me habían llevado a un orgasmo devastador, tarde veinte minutos en recuperarme, mientras ellas no habían parado de acariciarme o besarme. Nunca nadie me había dado tanto cariño como ellas, y no es normal que un hombre reciba cariño así por parte de una mujer. Una vez recuperado no me quedo otra que castigarlas rompiéndoles el culo, ahí descubrí que ha Maite le encantaba que se lo hiciera violento por detrás.

    Esteban: Vamos a tener que comparar un arnés para hacer una doble penetración.- le dije a Ana cuando Maite estaba en el baño, una sonrisa diabólica se apodero de su rostro, hasta miedo me dio.

    Todavía lo hicimos otra vez más antes de dormirnos. A la mañana contrario a todo lo previsto, nos despertamos tarde, nos preparamos y comimos un rico desayuno en el hotel, la idea era irnos temprano, pero dado lo bien que la estábamos pasando decidí tomarlo con calma.

    Ya a media mañana partimos, y al medio día estábamos en la casa. Almorzamos con la misma temática de complicidad y buena onda que teníamos, a Maite se la veía más suelta, incluso pego un gran salto cuando le di una nalgada en la cocina, ella me miro con una sonrisa y ruborizándose, era la primera que le daba, siempre lo hacia con Ana cada vez que pasaba cerca de ella, era algo cariñoso entre nosotros.

    Ana pidió hablar conmigo antes de irme a la empresa, quería en que sea figurar a la tarde. Lo que quería pedirme era simple, ella quería volver a trabajar a la empresa, y que le buscara un trabajo a Maite en la misma. Conversamos un momento y no vi nada que impidiera a ella volver al trabajo, quedo en hacerlo al día siguiente, en cuanto a su prima tenia que buscarle un puesto o un lugar, ya que no tenía la misma capacitación que ella. Así que hablamos de prepararla en casa para que pudiera desarrollar alguna labor. Ya vería yo donde la metería, con eso en mente volví a trabajar.

    Ya en el trabajo empecé a ver un par de tareas y hablando con mi secretaria y después con los chicos del deposito me di cuenta en el acto cual era el trabajo que podía realizar Maite, era sencillo y no requería mucha capacitación, eran en el deposito asegurar y verificar la mercadería que estuviera lista para el despacho, simple y con un lector laser podía leer los códigos de barra y verificar el destino de cada mercadería. Y yo me sacaba un problema de encima, y ella ayudaba en la empresa. Según Ana su prima le había preguntado si ella también podía trabajar, ya que su marido solamente la tenía para lavar los platos y tener sexo cada tanto.

    Esa noche las chicas me estaban esperando con una rica cena, yo me demore un poco porque fui al gimnasio que lo tenia bastante abandonado en los últimos meses. La cena fue bastante relajada, las chicas hablaban mucho entre ellas y conmigo. Se notaba que se llevaban muy bien, era como si fueran hermanas, tenían una química única entre ellas, y como no querían que yo me quedara afuera me hacían participe de todas sus conversaciones.

    Ya a última hora nos fuimos a acostar, me sorprendió que Maite se viniera con nosotros, nos acostamos los tres en la misma cama. No íbamos a hacer nada supuestamente estábamos cansados de la noche anterior y el viaje, pero caricia va, beso viene terminamos teniendo sexo oral entre los tres, teniendo un lindo orgasmo cada uno, yo me dormí con una bella mujer a cada lado mío, seguro iba a tener que mandar a hacer una cama más grande.

    Al otro día nos despertamos con fuerzas renovadas, la verdad acostarnos temprano y un sexo light es reparador. Las chicas estaban conversando bastante de lo que iban a hacer se las veía entusiasmadas aunque Maite tenia estaba un poco triste lo que la íbamos a dejar sola todo el día, pero ella decía que haría todas las tareas de la casa y cuando se aburriera iba a ver alguna serie en la tele, era increíble como había cambiado mi vida antes desayunaba solo y en silencio ahora tenia a estas dos loros parloteando a mi alrededor permanente, aunque no paraban las muestras de cariño.

    Ana pasaba a mi lado y me daba un beso o una caricia, y Maite me servía todo y procuraba que no me faltara nada, cuando nos íbamos me acerque a ella que estaba levantando la mesa y le di una nalgada cuando se dio vuelta le di un beso hasta dejarla sin aire.

    Maite: Que tenga un buen día amo.- dijo con una sonrisa sincera.

    Ya en la camioneta Ana saco la música, se notaba nerviosa algo quería decirme.

    Ana: Cariño, quiero decirle a las chicas que somos pareja, no te preocupes, le diré la verdad, pero adaptada, algo así como apto para todo público.- dijo con una sonrisa tímida.

    Ella me explico y yo no vi ningún impedimento para seguir ocultando esto, por lo menos a un grupo cerrado, no quería que se expandiera la noticia y llegara a oídos de Juan Carlos. La verdad me sorprendía cada vez más Ana, no se comportaba en si como una sumisa, ya se comportaba como mi mujer, que me pedía permiso para todo y en algunas ocasiones se ponía en el rol de sumisa era verdad pero cuando se la dejaba libre actuaba más como mi mujer. Ojo me encantaba esto, no quería un robot o una muñeca inflable. Ya vería como resultaba todo en la empresa, creía que todo iba a estar bien.

    Ya en la empresa nos dirigimos cada uno a nuestras funciones, yo mire que hacia Ana, y ella saludo a todas y les dijo que hablaban en el descanso, algo aprendió de la vez que metió la pata, y se dedico de lleno a su trabajo, la vi concentrada y bastante eficiente, viendo los datos cargados en mi monitor.

    Ya en el descanso de media mañana y cuando el ritmo había bajado si, parecían loros parlanchines, incluso quedaron en ir al centro comercial al día siguiente que era sábado. Ana dijo que llevaría a Maite, y le hablo de la situación especial de su prima y su separación, también le dijo que estaba viviendo con ella, y que pronto empezaría a trabajar en la empresa, las chicas se quedaron sorprendidas con todo lo que había sufrido, y alguna le tiro que si su marido la aceptaba, y ella les respondió que hablarían mejor el sábado, dejar con la duda a una mujer es terrible y estas no son la excepción.

    Ana: Bueno chicas como adelanto les digo que no estoy más con mi marido.

    Ellas se sorprendieron incluso empezaron a idear hombres para presentarles, que si un amigo, un cuñado, o alguno de los operarios, y otra tiro el jefe esta soltero. Ana rio y dijo que les contaría todo el sábado.

    Yo en la tarde organice para ir a ver a mi amigo Raúl, quería saber como iba todo con Juan Carlos y la banda de ampones, como siempre elegimos el café habitual, mi amigo como dije era de Inteligencia, por lo tanto no parecía policía, ni nada, es más era un rockero de los noventa, estaba más un poco más gordo que yo con barba, el pelo rapado a los costados y un poco más largo arriba, él parecía de una pandilla de motociclistas que trabajaba en oficina, vestía casi siempre de jeans y un saco con parches en los codos y camisa informal.

    En realidad pasaba desapercibido, y era alguien medianamente importante dentro de inteligencia, pero justamente ahí radicaba su peligrosidad que no podía ser identificado como policía. Con su familia era un pan de Dios, todo lo contrario a lo que uno pensaría.

    Hablamos de la investigación, algo con lo que me había relajado por el momento, un gran error de mi parte, es que la buena vida provoca eso justamente. Ahí Raúl me comento todos los pormenores de la investigación, día que pasaba y más pruebas había contra la banda del Gordo Tony, contra Juan Carlos y ahora también la gente de la política y la policía que lo protege. Hablamos de lo que venia en estos días en la investigación, y cuando podía terminar o los desenlaces que podían suceder. Ya más relajado hablamos sobre mi vida y las chicas, este me dijo que no se metería en la relación pero si era evidente el cambio positivo que había tenido en mí.

    Raúl: Bueno sacando el hecho que son más jóvenes que tu, y te pueden matar en la cama, ha y que un grupo criminal quiere matarte, todo es muy normal.- Dijo irónicamente.

    Esa noche volví a casa tranquilo, siempre me hacia bien hablar con mi amigo, antes pase por el gimnasio, no quería engordar, ahora tenia que hacerme cargo de dos mujeres. Ya en la cena le conté a las chicas mi día, cosa que prestaron bastante atención, después fuimos a ver una película al living, las chicas me llevaron un trago suave de frutos tropicales con un chorrito de vodka, y Maite me hizo un masaje en los pies, después nos sentamos los tres a ver un rato la película, a la noche en la cama volvimos a tener sexo light aunque este vez si hubo penetración, un orgasmo para cada uno y a dormir, las chicas usaron mi pecho como almohada. La sensación que tenia era de sentirme querido, y que ellas constantemente hacían cosas para que yo lo notara.

    El sábado trabajamos medio día en la empresa así que nos preparamos para irnos a trabajar con Ana, Maite nos despidió con un beso en la boca a cada uno y al partir yo le di su nalgada del día. Los sábados son días movidos para nosotros, así que estuvimos entretenidos en la mañana.

    Al salir fuimos a casa con Ana y Maite estaba un poco nerviosa por la salida de la tarde, así que no paraba de hablar con Ana, si bien me dieron bolilla, no la habitual, aunque podía entenderlas, era algo que Ana hacia para desconectarse con todo y para su prima era todo nuevo, aparte conocía poco de la ciudad, aunque ese centro comercial lo conocía bien, más que nada los vestidores de cierta tienda. Yo aprovecharía para ir al polígono de tiro, y de paso me juntaría con algunos amigos.

    Ya en el centro comercial se juntaron Las Brujas de la Oficina, estaban todas. Ellas aprovecharon para recorrer y ver vidrieras, alguna se compro algo, mientras las otras le daban su opinión. Después fueron a tomar un café, y siguieron de compras. Al terminar todo cerca de las siete se cruzaron al bar que hay frente al centro comercial y pidieron cervezas, querían que Ana contara todo, Sofía y Carla eran las más ansiosas.

    Ana: Bueno chicas, ya sabrán porque esta mi prima aquí, ella sufría mucho en nuestro pueblo, un mal hombre estaba a su lado y sufrió tormentos y humillaciones que no se lo desea ni a mi enemiga.- ella tomaba de la mano de su prima, trago saliva y continuo.- bueno la verdad es que ella y yo somos iguales, yo viví la misma situación. Mi marido era un golpeador, drogadicto, adicto al juego, me trato peor que a un perro y me tenia completamente sometida, tanto física como económicamente, el incluso dilapido la plata de un seguro que cobre por la muerte de mi familia, y también el dinero del campo. Todo esto lo viví por años, hasta que un buen hombre me saco de todo esto, si bien tengo que superar todavía muchos traumas por lo menos estoy en un ambiente más sano.

    Luna: Que duro que es todo esto amiga.- dijo apoyando su mano en su hombro.

    Carla: ¿pero quien es ese hombre, es el mismo del que te has enamorado?

    Sonia: Es que parece que algunas son ciegas.- dijo como si la respuesta fuera obvia.

    Sofía: No me jodas que es el jefe.- las chicas se quedaron mirándola fija a Ana, esperando su respuesta.

    Ana: Si, Esteban es mi salvador, mi príncipe azul. Yo me fui enamorando de a poco de él, hasta que salí, o el me saco de ese mundo.- una mentirita piadosa de cómo la logre sacar.- iba a terminar mal, ya que mi ex por deudas de juego se ha metido con gente muy peligrosa. Por eso es importante que lo que hablamos hoy quede entre nosotras, nadie se puede enterar de donde estoy, esto es serio incluso la policía a intervenido, por eso no se los he podido decir antes.

    Clara: Entonces tu Maite también vives con nuestro jefe.

    Maite: Si, ni bien mi marido trajo a su amante a mi casa y me hecho, Esteban y Ana me han recibido y ayudado en todo, son grandes seres humanos.

    Las chicas siguieron conversando sobre el tema y investigando sobre la vida de las primas, aunque ellas sabían que decir y que no. No es que quisiéramos esconder que éramos un trio. Más bien no queríamos contarlo, ya más adelante si veíamos la necesidad lo diríamos. Las chicas volvieron a casa contentas cenamos algo rápido y fuimos a ver tele al living, aunque no hicimos mucho ya que Ana se me subió a caballito y no me quedo otra que tener sexo con las dos. Fue bastante bueno, me sacaron dos descargas de semen, mientras que ellas tuvieron tres orgasmos Maite y cuatro Ana, y nos fuimos a dormir.

    El domingo fue tranquilo, nos levantamos tarde, almorzamos y cuando anochecía salimos a pasear por la ciudad, terminamos en una heladería compartiendo un rico helado. Caminamos por un parque, escuchamos a los músicos callejeros, cenamos algo rápido por ahí y volvimos a casa, no hubo sexo por que las chicas estaban cansadas. Y yo estaba más que satisfecho así que descanse bien.

    El lunes amanecí descansado, las chicas igual estaban nerviosas querían prepararse para el trabajo. Ana apoyaba en todo a Maite, estaba re nerviosa nunca antes había trabajado fuera de la casa. La deje que en la empresa se adaptara ella sola, con los mismos compañeros la apoyaron. Se desenvolvía bien, se la veía un poco nerviosa pero estaba bien. No me quise entrometerme pensé que sin me presencia no sentiría tanta presión.

    El día martes era feriado dominical, por el patrono de la ciudad, los negocios y centro comerciales estarían abiertos, mientras que el los trabajos gubernamentales y las empresas permanecerían cerrados. Yo aproveche para hacer trabajos en la empresa las chicas se iban a quedar en casa, la verdad estos feriados me molestaban.

    Estaba cansado y ya eran las tres de la tarde, cuando me llego un video de mi esclava, el video era grabado por Maite, y se veía nuestra habitación, en nuestra cama había una mujer atada, tenía una especie de correas qué acaban sus muñecas a sus tobillos, estaba completamente desnuda, le tenían boca arriba, con sus piernas separas mientras que Ana estaba rasurando su pubis, también estaba desnuda. Ni bien terminó la dio vuelta e hizo lo mismo con su ano.

    Ana: a nuestro amo le gustan las putas, bien limpias.- y mirando a la cámara. -mira cariño lo que te estoy preparando para tu regreso.

    La cara se me hacía familiar, hasta que la enfocaron bien, era la chica de la tienda, Rosa. Ana le hizo una seña a Maite y esta se subió arriba de la cama y se sentó en la cara de Rosa. La cámara se le fue un poco pero siguió apuntando a la vagina de esta, mientras Ana le insertaba algo en ella, para luego darle una lamida a lo largo de su vulva, se escucho un gemido ahogado.

    Maite la estaba pasando muy bien con la comida que le estaban haciendo, entonces tomo una de las enormes tetas y la apretó, un chorro de leche salió despedido a presión, era una mamá lactante. Ana le pidió a su prima que le abriera bien las piernas, esta tiro de las sogas unidas a sus tobillos y Rosa dejo toda su vulva bien abierta para Ana, esta le lamia la zona mientras metía y sacaba algo de dentro de la vagina, Ana tomó su celular y aumento algo que tuvo efecto inmediato, Rosa no pudo mucho más y acabo con gemidos ahogados.

    El video terminaba ahí, solo 4 minutos. Lo primero que pensé es que mi novia y esclava habían secuestrado a Rosa, no me pregunten porque pensé así, por lo tanto le mande un audio a Ana para que me explique, mientras subía a mi camioneta para volver cuanto antes a casa.

    Resulta ser que Ana y Maite fueron a cambiar unas prendas de ropa a la tienda el sábado, y estaba Rosa, y empezaron un coqueteo entre ellas recordando el sexo qué tuvimos en los vestidores. Aunque no creo que el encuentro haya sido tan casual conociendo a mis chicas. La cosa es que las chicas le pidieron el número y siguió todo por WhatsApp, le calentaron tanto la oreja que le ofrecieron una experiencia como esclava. No podía creer lo que me decía Ana y para remataron me dijo con total desparpajo.

    Ana: Cariño y como a ti te gustaba para usarla un rato tus esclavas te cumplimos los deseos.- dijo esto haciéndome mención a lo dicho mientras acababa en hotel. No si no tenía cara. Yo entre casi de una a mi casa, hasta las llaves puestas dejé en la camioneta, que aparque en la calle.

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  • Incesto secreto. Mi tía, la cincuentona insaciable

    Incesto secreto. Mi tía, la cincuentona insaciable

    Relato ficticio.

    Los dos, solos en su casa, no perdimos tiempo, ella me empujó, terminé en el sofá y se arrojó hacia mí, cayó sentada entre mis piernas y comenzó a desvestirse mientras que yo hacía exactamente lo mismo.

    Se quitó la blusa que tenía, muy llamativa, por cierto, y yo metí mi cara en sus enormes senos, firmes, y con un ligero olor a sudor que me excitaba, los chupé, mordí y lamí hasta que me cansé y ella sólo gemía, me di cuenta de que tenía mi pierna derecha completamente húmeda porque ella estaba lubricando sin parar.

    Nunca nos quitamos la ropa, al menos no la parte inferior, aun así, entre la falda que tenía, logré meter mi mano y luego dos de mis dedos dentro de su vagina tibia y húmeda. Empujaba mis dedos lo más profundo que podía, no se imaginan la cara de placer que esa mujer tenía, una cincuentona que se creía universitaria cada vez que estaba conmigo.

    Les juro que mientras ella gozaba mis caricias, yo tenía una erección tremenda y mi pene dolía porque estaba encerrado entre mis calzones y mis pantalones, y no podía hacer nada porque prometimos tener sexo delicioso con el morbo de permanecer con los calzones puestos (algo raro, pero diferente y placentero).

    No dejaba de moverse con mis dedos metidos en su vagina, me miraba con deseo, me decía cosas, groserías, frases estimulantes que me da vergüenza contar. Así estuvimos un buen rato, con besos apasionados incluidos, hasta que no aguanté, sus movimientos encima de mi provocaron que mi pene tremendamente duro eyaculara, yo solté un gemido nada masculino mientras levantaba un poco mis piernas, los dedos de mis pies se retorcían de placer dentro de mis zapatos y mi calzón en compañía de mis pantalones, se ahogaban en semen tibio y pegajoso.

    Ella se detuvo, al igual que yo, porque había tenido unos cuatro orgasmos antes de que yo eyaculara, estaba agotada, sudada, no podía ni hablar, y simplemente nos quedamos en el sofá, sin decir nada, yo la abrazaba y ella sonreía, sabía que el infierno nos estaba esperando, pero eso le encantaba. Mi tía, era insaciable.

    Mi sobrino, el padre de familia, me espera esta noche en su rancho, hace una semana que no lo penetro como a él le gusta, sin condón y de ladito.

    Continuará…

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  • Yo tengo 18 años y ella 50

    Yo tengo 18 años y ella 50

    Historia real, algunos detalles han sido modificados por privacidad.

    La conocí en una sala de baile y así fue: encuentros y charlas informales.

    Yo tengo 18 años y ella 48, quizá 50. Su apariencia es un poco regordeta pero sensual (un poco como las bailarinas del vientre, y muy atractiva).

    Una vez la conocí en la playa cuando estaba con otras dos amigas. Hablamos y las ayudé a montar una tienda de campaña y listo. Le di un pequeño masaje, me tocó el muslo y me dijo: “¡Guau, qué fuerte eres!”.

    Después de que rompimos, la abrazó muy fuerte. Resulta que vive al lado. La besé y fui a decirle: “Sabes que estoy esperando tu invitación para tomar un buen café como el que preparas aquí”. Ella sonrió y dijo: “Vale, nos mantenemos en contacto”.

    Después de unas dos semanas, charlamos un rato por mensaje. “¿Vendrías al baile, etc.?”. Entonces me preguntó qué hacía esa noche. Le dije que me iba de viaje y que era en una zona que parecía cerca de tu barrio. Me dijo que quizá podrías pasar a tomar un café y luego me uniría a ella. Le dije que estaba bien.

    Fui a verla, le preparó un café, etc., y luego me dijo que todos los días hace todo tipo de ejercicios para la recuperación muscular, etc., y que son muy relajantes y me ayudan a ganar mucha masa muscular. Le dije que lo probara conmigo unos minutos porque tenía curiosidad por ver cómo me sentía.

    Así que empezamos. Montamos juntos en la colchoneta (llevaba pantalones cortos blancos, casi transparentes; se le veían las bragas y el sujetador negros). Fue muy relajante.

    Después de unos minutos, se tumbó boca abajo, cerró los ojos y respiró hondo. Me senté con sus pies a mi lado. Le toqué el pie y le dije: «Soy buen masajista. ¿Quieres que te lo toque?». Sonrió y dijo que sí.

    Empecé a masajear cada dedo individualmente, luego todo el pie. Continué con la pantorrilla y repetí esto varias veces. Continué masajeando primero la parte superior de los muslos durante unos 7 minutos, luego la parte interna de los muslos.

    Cerró los ojos y pareció quedarse dormida, pero abrió las piernas. Continué masajeando su muslo desde la pantorrilla hacia arriba (cerca de la ingle) y hacia los glúteos.

    Respiró hondo y abrió aún más las piernas. De nuevo, la masajeé con ambas manos desde la pantorrilla hasta la ingle. Con los pulgares, seguí acercándome a su vagina y masajeé sus nalgas. Lo hice durante unos instantes, aumentando ocasionalmente el masaje y acercándome a su vagina.

    Me senté sobre ella. Me dijo que no se sentía cómoda con los pantalones y me preguntó si podía sentarme sin ellos. Le respondí que así era más cómodo.

    Me senté sobre ella y le masajeé el resto de la espalda, desde la zona lumbar hasta la cabeza. La masajeé profunda y suavemente con movimientos largos. Después de unos minutos, dijo…

    El masaje de pies fue muy divertido, pero quiero que lo hagas con aceite ahora, ¿te parece bien? Le respondí que también era más divertido y agradable para mí tenerlo en mis manos.

    Trajo aceite con aroma a vainilla. Me bajé de ella y me senté sobre mis rodillas, deslicé mis manos desde sus muslos (cerca del colchón) hasta su pierna hasta cerca de su ingle, abracé sus nalgas con mis manos, me acerqué a su ingle y volví a bajar completamente.

    Respira hondo y me parece oírla suspirar. Mientras vuelvo y empiezo a acariciarle las pantorrillas, de vez en cuando detengo mis manos cerca de su coño (parece que estoy cerca de sus labios).

    Me siento sobre su espalda y masajeo sus nalgas con aceite, y con las manos, la zona debajo de sus bragas. Ella me susurra que continúe.

    Continúo desde sus nalgas, empezando con las manos separadas, y luego las acerco y presiono desde sus nalgas hacia su vulva, y su vulva hacia sus muslos, así durante unos 5 minutos.

    Continúo, y esta vez mis manos bajo sus bragas están un poco apretadas, y se detienen, masajean y tocan ligeramente su coño. Continúo mientras ella detiene sus piernas e intenta acercarse con mis manos, y toco, pero no sus labios.

    Ella se acerca y esta vez toco sus labios de verdad, separándolos con mis manos. Me quedo así unos segundos, y el coño se acerca. Le quito las bragas con los dientes, y le pido que se dé la vuelta sobre su espalda y la ayudo, ella se recuesta boca arriba con las piernas cruzadas beso su clítoris suavemente, ella respira y suspira mi cabeza entre sus piernas, la lamo alrededor del coño y un poco de sus labios, ella se acerca a mí beso su clítoris y muevo mi lengua desde el clítoris en círculo sobre sus labios, introduzco mi lengua en ella un poco y lamo desde la abertura y hacia el clítoris, lo hago con mi lengua en el clítoris y abro mi boca con mi labio cuando el clítoris se coloca en mi labio superior y lamo sus labios con mi lengua.

    Ella aprieta mi cabeza contra la suya y dobla las piernas, separándolas. Hago un movimiento con los labios como si besara su clítoris y se lo chupara. Después de unos minutos, se arquea, coloco su clítoris sobre mi labio superior e introduzco la lengua. Está muy húmedo y supura. Se acerca y aprieta mi cabeza contra la suya. De vez en cuando, saco la lengua y chupo sus fluidos mientras lamo todos sus labios desde abajo hasta el clítoris. Unos minutos después, jadea de verdad. Vuelvo a introducir la lengua. Jadea de verdad y arquea el trasero en el aire. Introduzco un dedo justo al lado de su entrada y lo lamo desde la entrada hasta el clítoris.

    Se acerca a mí, introduzco el dedo un poco más profundo y siento su músculo sobre mí, temblando de vez en cuando. Con la otra mano, sostengo sus pechos mientras empujo el dedo aún más adentro, ella tiembla y con cada lamida la hago gotear sobre mí. Hago círculos con mi dedo dentro de ella y subo hasta sus labios y lo chupo todo. Entonces su clítoris tiembla y de vez en cuando saco el dedo un poco hacia su raja y lo chupo un poco más. Ella se arquea y apunto mi dedo hacia su curva. Sus gemidos son casi gritos y un montón de fluido sale a borbotones de ella y de vez en cuando lo chupo de mi dedo y se lo como todo (toda su concha).

    Introduzco mi dedo un poco más y lamo solo la punta de su clítoris hacia arriba. Ella tiembla de verdad sobre mí. Sus piernas tiemblan incontrolablemente. Cuando se contrae y introduzco mi dedo un poco más, gime y luego grita: “¡Ay!”

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