Autor: admin

  • Pillé a mi madre follando con su suegro y su cuñado

    Pillé a mi madre follando con su suegro y su cuñado

     

    Yo estudiaba en la universidad, a 200 kilómetros de casa. Había terminado mis exámenes finales. Y cogí mi coche, fui a casa sobre las 23 horas llegué. Iba pensando en todos los hombres mayores que me había follado ese curso. Eran más de 20 hombres diferentes. No tenía ningún remordimiento, solo que dirían mis padres si lo supieran. Me puse muy cachonda recordando cómo me follaban, sobre todo con los que follaba en sus casas en la cama de matrimonio. Les quitaba lencería de sus mujeres. Y el que me hacía alguna le dejaba mis braguitas en compañía de las de su mujer.

    Me fui masturbando hasta que llegué a casa. Entre despacio para no despertar a mi madre ya que mi padre estaría de viaje. Oí gemidos desde que entré, sabía que era mi madre. Los había oído muchas veces. También follar y masturbase. Me dio morbo y conforme subía oí a mi abuelo decirle que moviera el culo. La puerta estaba abierta, mi madre a 4 patas chupando la polla de mí tío Marcial hermano mayor de mí padre. Mi abuelo Gregorio la follaba con fuerza, mientras mí madre chupaba la polla con desesperación. Mi tío le sacaba la polla y le comía la boca. Mi abuelo se corrió dentro de mí madre, cambiaron de posición y mi tío la metió la polla en el coño de mi madre del cual salía semen de mi abuelo. Mi abuelo cuando ya tenía limpia su polla por la mamada de mi madre, se dedicó a besar la boca de mí madre.

    Se notaba que no era la primera vez que follaban. Mi tío se corrió dentro a la vez que mi madre tenía un orgasmo largo y. Mi tío saco su polla y se puso a comer todo lo que salía del coño de mi madre. Cuando paro de limpiar, se puso mi abuelo a terminar de limpiar el coño, mi tío puso a compartir los restos de la limpieza con la boca de mí madre. Mi tío se fue a la ducha y mi abuelo y mi madre empezaron a besarse cómo dos adolescentes. Mi abuelo le decía que era como su mujer, que tenía mucha suerte mi padre y ellos dos de tenerla como hembra. Se fueron a su casa por el balcón que comunicaba las tres casas. Yo me fui a mi habitación, a los pocos minutos, mi madre entró en mi cuarto ‘no te hagas la dormida’. Yo me estaba masturbando y me pilló desnuda encima de la cama con todo el coño al aire.

    Se empezó a reír, se sentó junto a mí y me besó la boca. ‘Eres una mezcla entre tu abuela y yo, estas muy caliente de verme follando con tu abuelo y tu tío’. Metió sus dedos en mi coño, masturbándome y besándonos. Después se puso encima de mi haciendo un 69. De su coño todavía salía semen de mi abuelo y tío. Cuando terminamos, nos dormimos las dos juntas.

    A la mañana cuando me desperté, estaba sola. Bajé a la cocina y mi madre estaba con un camisón blanco de encajes, nunca me había fijado en ella. ‘Estás preciosa’, me miró ‘quieres preguntar por lo que viste anoche’. Yo me fui hacia ella y le empecé a besar la boca, ella correspondió cogiéndome por la cintura, y pegándome a su cuerpo. Cuando paramos le dije que no tenía que explicar nada. Ella me besó. Preparamos el desayuno entre las dos. Mi madre me dijo que lo pusiera en la mesa del salón.

    Lo llevó todo y mientras ella puso una cinta de video en el adaptador del vídeo, puso en marcha tele y video, en la primera imagen salía mi padre y mi madre en medio de su habitación desnudos. Él le ponía una venda en los ojos, y abrió la puerta de la habitación entro mi abuelo desnudo, empezó a besar y acariciarla, mi madre se quitó la venda y besó a su suegro con el cariño que él lo había hecho. Mi padre le comía coño y culo mientras, me fijé que por lo menos el video era de hace 6 años.

    Le pregunté a mi madre si todavía vivía la abuela, no hija hacia 6 meses que había fallecido. Mi abuelo tumbó a mi madre en la cama, mi padre se apartó. El abuelo empezó a follar a mí madre mientras ella comía la polla de su marido. La follaron los dos por culo, coño y boca. Mi abuelo besó a mi madre como besaba a su mujer.

    Terminamos de desayunar y nos vestimos. Salimos a comprar al pueblo, mi madre me llevó primero a la carnicería del padre de una amiga mía. Antes de llegar, mi madre me pidió que lo pusiera nervioso y todo lo caliente que pudiera. ‘Ya te lo has follando, sabrás como hacerlo’. Yo le di un beso y afirmé, hacia un par de meses que había follado con él en su cama de matrimonio. Como fue un espabilado le dejé mis braguitas en el cajón de las bragas de su mujer. Las encontró sucias de mis flujos y de semen de su marido. Su mujer se lo contó a mi madre.

  • Mi esposo y yo follando en una fiesta

    Mi esposo y yo follando en una fiesta

    Las relaciones sexuales entre Marco y yo siempre han sido buenas, es decir normales. Desde que éramos novios, antes de decidir casarnos formalmente, ya teníamos relaciones y lo disfrutábamos. Notábamos que todo iba bien, pero cada vez el sexo nos aburría más y no entendíamos porque siempre nos habíamos gustado uno al otro. Este sentimiento era de los dos y comentamos que algo pasaba o algo faltaba.

    Un sábado noche que salimos de discoteca, fuimos a una que nos gustaba mucho porque tenía strippers que en un momento dado se solían desnudar del todo y era grato y divertido ver, además, desde nuestra mesa cómo un montón de gente estaba intentando tocar sus pollas pero no había manera. Si algún espectador escalaba y conseguía subir, los perros —así llamábamos a los guardianes en lugar de gorilas—les echaban mano y los devolvían a su puesto.

    Al rato de estar viendo esta parte del espectáculo con cinco tíos totalmente desnudos, enormes pollas, fornidos por un cuerpo espectacular con poderosos pectorales y unos glúteos en su culo como para comérselos en crudo, guapos, brillantes por los ungüentos y los sudores, manejando sin parar sus pollas de mil maneras sin llegar a eyacular, mi esposo descubrió un conocido entre ellos, uno que habían presentado por el altavoz como Jaccopo.

    Entonces Marco se puso a gritar:

    —¡Jaccopo, Jaccopo! ¡Jaccopo, Jaccopo!

    Ignoraba lo que iba a ocurrir y lo que ocurrió es que todo el mundo comenzó a gritar ¡Jaccopo!, sin saber por qué. Como era costumbre en esta disco, si se vitoreaba a uno de los stripper, este se adelantaba, bailaba a su aire se masturbaba y cuando lo creía conveniente, se acercaba a la delantera y eyaculaba al público. Mi esposo se quedó sorprendido y a la vez apenado por lo que había ocurrido. Al rato se nos presentó Jaccopo vestido con un short de cuero muy ceñido con las nalgas visibles y el paquete pronunciado; no llevaba nada para cubre el torso, solo un collar dorado. Iba acompañado de dos perros que, en todo el rato que estuvo con nosotros, no se movieron de detrás de él y no dejaron acercarse a nadie. Besó a Marco y él me presentó y Jaccopo me besó. Se sentó con nosotros, conversaron ellos dos de su tiempo, del tiempo de su amistad. Resulta que ambos fueron amigos desde la infancia hasta que Jaccopo, que en realidad se llamaba Juan Martínez, se fue del pueblo para trabajar. Ya no se habían visto. Agradeció a Marco el vitoreo porque tenía una prima económica de compensación y nos pidió que esperáramos hasta que él regresara porque le faltaba poco. Lo hicimos con mucho gusto. Nos trajeron sendas copas con coctel muy especial y unas gominolas muy sensuales por sus atrevidas formas.

    Jaccopo se sentía muy cansado pero no tenía ganas de ir al hotel, quería conversar con nosotros y nos fuimos a donde vivíamos. Al rato y con un par de copas más, quedamos con ganas y Jaccopo se nos obsequió para hacer un trio y aprendimos muchos modos de hacer el sexo y de manera más sensual.

    Desde nuestro encuentro con Jaccopo, el stripper, Marco me estaba follando más que nunca, y cuando lo veía me daba cuenta que se estaba superando a sí mismo e incluso a Jaccopo, la verdad es que me follaba mejor y más fuerte. En resumen, que nuestra primera incursión en agregar más hombres a nuestra cama extraordinariamente mejoró nuestra vida sexual. Sentí que el sexo que ya estábamos teniendo era súper bueno.

    Aproximadamente un mes después de esa experiencia, viajamos desde Berlín que es donde vivíamos entonces al norte de España para visitar a los familiares y a unos amigos comunes. Marco y yo nos conocimos juntos en la misma empresa, y él siempre me animaba cada vez que yo estaba desanimado o disgustado por algo con muchas carantoñas y me enamoró. Íbamos a ver a nuestros padres que vivían en aquella ciudad donde nos conocimos y donde yo nací. Siendo nosotros novios, los padres de Marco se vinieron del pueblo para vivir en la ciudad y atender a Marco que es hijo único de ellos. Habíamos recibido también una invitación a una fiesta que había organizado nuestra anterior empresa. Nosotros trabajamos en montaje de películas porno y seguimos bien relacionados con nuestra anterior empresa porque les resolvemos algún problema técnico y también de distribución, también ellos colaboran con la actual empresa nuestra. Acudimos cuando ya había comenzado la reproducción de una película que, siendo porno, contaba una historia real y dramática precisamente de un actor porno.

    Luego de ver la película seguía la fiesta a la que se nos había invitado. Conocíamos a casi todas las personas que íbamos viendo, pero había otros totalmente desconocidos. Todo era en una finca propiedad del jefe que era uno de los directores; la finca tenía una casa enorme con una lujosa fachada, allí en esa casa se filmaban algunas tomas de películas de la empresa. La piscina era espectacular. Solo se encontraban el director y su esposa, los hijos estarían en otra parte, hay que reconocer que este matrimonio se lleva muy bien aunque tanto él como ella tienen sus respectivos amantes.

    Había como unas 50 personas invitadas, lo que indica que los anfitriones habían invitado a mucho más gente que los implicados en la película. Rápidamente saludamos a cuantas personas conocíamos y alguna que otra desconocida y nos fuimos donde estaba la mesa preparada con las bebidas. Nos preparamos unos cocteles en base de vodka y nos mezclamos con las personas que conocíamos. La gente se acercaba a nosotros y nos preguntaba qué tal nuestra nueva vida de casados. Me sorprendió ver a un tipo llamado Alfonso acercarse a nosotros. Alfonso es el epítome de un jovencito. Es bajo, en forma y adorable. Él tiene rasgos oscuros y su enorme sonrisa ilumina una habitación entera. Alfonso es a la vez divertido y dulce. Aunque tiene 20 años, se ve mucho más joven. Tiene la costumbre de peinarse con sus dedos hacia atrás su pelo flojo, grueso y marrón para sacárselo de su frente. Es uno de los tipos más hermosos que he visto en mi vida. Alfonso y yo hicimos un concierto juntos justo cuando cumplió 19 años y se pasaba el tiempo mirando mi trasero redondo. La semana de su cumpleaños, él y yo coqueteamos algo por Whatsapp incluso intercambiamos algunas imágenes de nuestras pollas. También me escribió su parecer respecto a que Marco era un tipo que siempre estaba caliente y con ganas. Lo conocía bien, porque coquetearon casualmente bastante al mismo tiempo que él y yo, así que sabía que mi esposo estaba interesado por mí y que a él se le hacía de noche.

    Al encontrarnos, conversó conmigo y con Marco sobre nuestro común trabajo, y vi a Marco y a Alfonso observándose mutuamente en diferentes puntos del cuerpo durante la conversación. En un momento, Marco fue a traer alguna bebida para los tres y Alfonso se quedó conmigo para hablar.

    —¿Recuerdas esa vez que conversamos y salimos juntos online?, —le pregunté.

    Mi mente estaba corriendo por cómo podría funcionar esta tarde, así que no perdí el tiempo.

    —¡Oh, sí! Eso fue divertido; tienes una polla muy gruesa, —respondió Alfonso.

    Su sonrisa era verdaderamente agradable.

    —Tú y Marco coqueteasteis un poco también… ¿verdad?, —presioné para sacarle los colores de la cara.

    Tímidamente sonrió y admitió que, sí, él y Marco coquetearon e intercambiaron algunas fotos.

    —¿Todavía crees que está tan caliente?, —pregunté.

    Alfonso hizo una inclinación de cabeza y un volteo a diestro y siniestro hasta ver a Marco, quedo fijo mirando en dirección a Marco y rápidamente me miró.

    —¿Estás bromeando? Él está más caliente ahora. ¿Sus brazos se hicieron más formados y poderosos?, —dijo Alfonso.

    —Entonces…, ¿estás insinuando que todavía querrías ponerte los pantalones?, —ahora presioné más incisivamente.

    —Que sepas que estaría dispuesto para un trío, —dijo.

    —No pregunté si estabas dispuesto para un trío, te pregunté si querrías ponerte los pantalones, —le dije tratando de acercarme más al punto en cuestión.

    A veces es difícil dejarse entender sin escapatoria. Volvió a mirar a Marco y luego a mí con una sonrisa cómplice.

    —Estaría dispuesto a ponerme de rodillas por él. ¿Cuándo quieres que haga esto?, —preguntó.

    Todo su estado de ánimo cambió. Pude escuchar la emoción en su voz. Me incliné más cerca, casi susurrándole al oído.

    —Nadie va arriba. Encuentra un dormitorio y chúpale su polla, —le dije como una instrucción, y caminé lentamente hacia Marco.

    Marco estaba camino de regreso para continuar nuestra conversación, pero tardo por los mil saludos que tenía que dar a cada uno que se encontraba en el corto trayecto. Le arrebaté mi copa rellena de su mano. Le dije que iba a salir y hablar con algunas personas, y me dio un rápido beso en los labios. Regresó a Alfonso y continuaron hablando. Me obligué a mantenerme alejado de esa habitación, porque no quería ver la interacción al principio. Tampoco quería poner nervioso a Alfonso. Quería que Marco pensara que fue idea de Alfonso porque deseaba que Marco tomara la decisión de escabullirse con este adorable jovencito cuando yo no estaba presente. Me di 20 minutos y volví al salón donde estábamos hablando. Se habían ido.

    Ya estaba yo poniéndome duro dentro de mis jeans. No pude verlos por ningún lado en ese lugar. Divisé una larga y sinuosa escalera de madera cerca del gran salón de la casa y me dirigí al segundo piso. Encontré un largo pasillo ancho con pesadas puertas de madera en ambos lados. Esta vieja casa es enorme, así que tenía que haber por lo menos diez dormitorios, sin contar el tercer piso. Seguí caminando por el pasillo entre volandas para no hacer ruidos y puse mis oídos a cada una de las puertas para escuchar cualquier cuchicheo. En mi cuarto intento, pude escuchar gemidos amortiguados, pero no sonaba como Marco. Lentamente abrí la puerta y me encontré en un pequeño cubículo con otra puerta de madera en la pared opuesta. Era una pieza de un metro cuadrado como máximo, una pequeña habitación cuadrada que tenía abrigos y un pequeño banco para sentarse y quitarse los zapatos. Pero el gemido fue más pronunciado desde aquí porque la puerta estaba rajada muy levemente. Cuando miré, no vi a Alfonso chupar a Marco. Alfonso estaba de espaldas sobre una gran cama con dosel, con los tobillos en las manos de Marco. Marco estaba de rodillas, bombeando lentamente en el culo de Alfonso. Alfonso estaba desnudo, pero Marco solo desabotonó su camisa de vestir.

    —Eres el chico con la polla más grande que he tenido, —dijo Alfonso con una sonrisa que no evitaba el fuerte gemido que soltó cuando Marco se deslizó profundamente dentro de él otra vez.

    —Mayor, ¿eh? Bueno, estás jodidamente apretado, —díjole devolviendo la sonrisa.

    Alfonso todavía se estaba acostumbrando al tamaño de Marco, porque de vez en cuando gemía más fuerte cuando Marco empujaba profundamente. Marco murmuraba por lo bajo:

    —¿Te gusta eso, eh…? ¿Cuánto tiempo has querido esta gran polla en tu culo que es tan puto y tan bueno?

    En poco tiempo, mis jeans estaban desabotonados, y yo estaba acariciando mi polla. A pesar de que estaban jodiendo en una cama enorme, aún se podía oír el colchón golpeando la gran cabecera de madera a medida que cada empuje se hacía más intenso. Los gemidos de Alfonso crecían en volumen, y Marco le recordaba que se callara. Después de unos minutos, Marco colocó a Alfonso en su regazo, y Alfonso instintivamente envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Marco.

    —Necesitas montar esta polla, —dijo Marco mientras besaba a Alfonso.

    Fue un beso largo y lento, lo que habitualmente reserva para mí, por eso yo estaba seguro que Marco estaba disfrutando reclamando el culo de este jovencito. Alfonso envolvió sus brazos alrededor del cuello de Marco y respondió besándolo. Fue entonces cuando se transformó de follar duro a sexo lento, deliberado, haciendo el amor en el límite. Las manos grandes de Marco ahuecaron fácilmente el culo de Alfonso mientras se balanceaba hacia adelante y hacia atrás en la gran polla de Marco. Alfonso de vez en cuando echaba la cabeza hacia atrás y soltaba un gemido antes de reanudar el profundo beso con mi esposo. Marco respondió empujando lentamente el hermoso trasero de la burbuja de Alfonso. Me di cuenta de que se estaban tomando su tiempo porque lo estaban disfrutando mucho. Mi esposo alfa tomando este jovencito para un recuerdo inolvidable.

    —Quiero ver tu bonito y sensual cuerpo, —gimió Alfonso, y le quitó la camisa de vestir a Marco.

    Los pectorales de Marco se veían impresionantes ya que últimamente estaba dándose verdaderas palizas con las máquinas del gimnasio de un modo brutal. Yo me encargaba de masajear sus pezones y sigo haciéndolo para que sean duros, grandes y salientes, están bellos. Su pelambrera oscura en el pecho, que exigí que siempre guardara sin rasurar, estaba empapada de sudor. Marco se inclinó y comenzó a masturbar a Alfonso. La gruesa polla de Alfonso se curvó hacia arriba, y pude ver que era líquido eyaculado de pre semen efusivamente derrochado. Cuanto más rápido Marco acariciaba, más duro Alfonso se ponía y comenzó a rebotar en la polla de Marco y sus gemidos eran mucho más fuertes. De momento Alfonso estaba haciendo la mayor parte del trabajo y Marco estaba disfrutando de su placentero paseo por la vida, dándole al culo de ese muchacho. Alfonso estaba cada vez más borracho y deseoso de la polla de Marco.

    —Llegas tan jodidamente a lo profundo, —gimió Alfonso.

    —¿Alguna vez has tenido un hombre tan profundo en ti? —preguntó Marco.

    —¡Uh, uh!, eres tan…, eres el puto… jodido y grande… ¡joder, joder, joder…!» —gruñó Alfonso que ya no podía hilvanar las frases.

    Marco había vuelto a follar duro de nuevo ese joven culo de Alfonso.

    —¿Necesitas correrte, cariño, o quieres que me corra yo?, —le preguntó Marco.

    —¡Uh huh!, manda a mi mierda tu semen, cabrón; alcanza mi mierda con esa gran polla, —respondió Alfonso medio alocado como estaba.

    Marco empujó suavemente a Alfonso fuera de él, lo agarró por los tobillos y lo giró sobre su estómago.

    Ahora, mi pene estaba dolorido y resbaladizo con tanto líquido preseminal que goteaba hasta el piso alfombrado.

    Marco se levantó de la cama y se paró en el borde y jaló a Alfonso hacia su polla con un movimiento constante. Alfonso soltó un profundo «ohhhh» cuando Marco estuvo completamente dentro de él. Ahora que estaba de pie, Marco podría ejercer más fuerza en el culo de Alfonso. Sus manos se veían enormes cuando tiró de Alfonso hacia él, y realmente pude ver lo grueso que era el trasero de Alfonso. Siempre supe que tenía un cuerpo de bailarina tonificado, pero su culo era redondo y regordete. Cada vez que las caderas de Marco hacían colisión con él, se ondulaba con mucha fuerza. De vez en cuando, le daba una suave cachetada al trasero de Alfonso y murmuraba «¡¡joder!!» o «¡¡maldito, cabrón!!», en voz baja y suave de placer.

    Era el turno de Marco de emborracharse en el culo de Alfonso. Cuando Alfonso arqueó la espalda, se encontró con cada una de las embestidas de Marco moviéndose de un lado a otro. Se encontraron el uno al otro a mitad de empuje. La cabeza de Marco estaba inclinada hacia atrás, su boca ligeramente abierta, y sus bíceps estaban constantemente flexionados. Parecía un hombre real tomando el culo de este tipo por lo que valía.

    —Debería haberte jodido contigo hace mucho tiempo, —gruñó Marco mientras se adentraba más, agarrando los hombros de Alfonso.

    —¡Fucckkk!, puedes mandar más verga…, desde que te conocí deseé que me follaras así, —admitió Alfonso con su sonrisa de marca registrada que se extendió por su cara mientras miraba a mi esposo.

    Era obvio que ninguno de los dos deseaba que aquello acabara. Siguieron disminuyendo y luego aceleraron el paso hacia lo que parecía ser el punto de no retorno. Pensé que terminarían en unos 5 ó 6 golpes más.

    Marco volteó a Alfonso sobre su espalda otra vez, y pude ver que ambos estaban cerca ya de acabar. Marco abrió las piernas de Alfonso y Alfonso acarició febrilmente la gruesa polla de Marco, mientras este lo bombeaba aún más fuerte.

    —Dámelo, papi… quiero ese esperma tuyo… quiero bajar donde todos con toda tu esperma dentro de mí… por favor, papi…, —Así gemía Alfonso.

    Marco estaba cerca. Estaba lamiendo el labio inferior y el pecho de Alfonso y brazos parecían musculosamente enormes.

    —Tienes que llevar esta descarga mía dentro de ti toda la noche, ¿está bien, bebé? Vete a casa con ella dentro de ti. ¡Ahí va, ahí va, mi bebé…! Me voy a correr, dentro de ti, mi querido mariconcito…

    Golpeó el agujero de Alfonso y le disparó todo su esperma dentro de él. Se desplomó sobre el muchacho por unos segundos y pude ver su cuerpo convulsionarse mientras descargaba lo último de su semen en el culo de Alfonso. Después de unos segundos, se inclinó hacia atrás, agarró los tobillos de Alfonso y los extendió una vez más.

    Tengo que hacer que ahora eyacules todo tu esperma, mariconcete, —dijo Marco sonriendo.

    Continuó con su duro empuje mientras Alfonso gemía como un loco.

    —Eres tan grande… eres tan puto y tan fuerte… fóllame, papi… sí, dame, dame esa enorme polla…, —gimió.

    Marco lo miraba con su grata sonrisa. Sabía que estaba pensando que Alfonso se veía adorable mientras continuaba empujando sus pelotas en profundidad y chocaban contra las nalgas de Alfonso. Siguió susurrando cosas como «vamos, bebé» y «veamos si aguantas una nueva descarga», mientras su polla lo golpeaba hasta el fondo sin cesar. Mi esposo es una maldita máquina de joder culos. Después de unos momentos más, Alfonso gimió y dejó salir esta gran descarga, si lo sabré yo. El primer disparo lo soltó dentro, luego sacó rápida su polla y el disparo pasó por encima de su cabeza, luego golpeó su mejilla, y algunos disparos subieron a su pecho y abdominales. Nunca estoy seguro de si siempre encontramos tipos que disparan grandes cargas o si la polla de Marco hace que los huevos acumulen mayor cantidad de semen. Fue entonces cuando al mismo tiempo disparé mi eyaculación por toda la alfombra. Sé que soy un gran tirador, pero esa corrida se me de las manos y se extendió fue por todas partes. Recuerdo haber pensado por un instante que esperaba que se secara antes de que nuestros anfitriones se dieran cuenta.

    Salí sigilosamente por la puerta y bajé rápidamente las escaleras mientras los dejaba vestirse. Inmediatamente fui a la cocina, porque me di cuenta que tenía una sed de cualquier mierda después de haber visto todo eso. Tomé un par de tragos y luego me hice una bebida mixta antes de volver a la fiesta. Como había tanta gente, dudo que alguien notara la ausencia de un invitado fuera de la confluencia. Salí al porche trasero para tomar un poco de aire fresco. Había algunas personas afuera fumando, pero nadie realmente se acercó a mí. Mi mente todavía estaba corriendo por lo que acababa de presenciar. Siempre le dije a Marco que me excitaba la idea de verlo cuando se estuviera follando a otros muchachos, pero me sorprendió lo rápido que decidió ejercitarlo. No de mala manera, no me malinterprete nadie, eso lo deseaba yo y deseaba verlo sorpresivamente; así es mi morbo, ¿qué le voy a hacer? Me enamora mi Marco follando a otros, a veces lo imagino, hoy lo hice realidad. Aunque hace como 7 minutos que me he corrido, aún zumbaba mi polla. Era como si estuviese drogado o borracho, pero solo por la idea de que mi esposo se folle a otro hombre a mis espaldas. Aunque me vine con una potente corrida, mi pene todavía estaba duro.

    Estaba a punto de volver a entrar para tomar otro trago, pero Alfonso salió al porche con esa grandiosa sonrisa de su rostro. Él también lucía un poco de pelo recién adornado con un largo grumo de semen.

    —Eso fue una mamada larga, —le dije.

    —¿Cómo diablos manejas eso?, —dijo de inmediato.

    No se hizo para nada el tonto. Ni siquiera estaba fingiendo que no hacían nada más. Me dijo con cara de pavo:

    —Su polla es enorme…

    —¿Qué pudiste hacer con ella?, —pregunté.

    —Me jodió en todas las direcciones; es un jodido martillo perforador, —me susurró, tratando de no llamar más la atención de los fumadores sobre nosotros mismos.

    Estaba emocionado de hablar sobre eso.

    —¿Cuál te pareció la mejor parte?, —pregunté mientras que, con mi mano libre que estaba en mi bolsillo, me frotaba mi polla aún dolorida.

    —Es súper fuerte. Nunca me han follado tanto por tanto tiempo y tan intensamente, —dijo Alfonso feliz.

    —¿Había un condón en el dormitorio?, —pregunté, aunque había visto que follaban sin protección.

    —Encontramos algunos condones en la mesita de noche, pero obviamente, Marco necesita un Magnum. Dejé que me follara sin condón, —admitió.

    Esa maldita sonrisa había vuelto…, pero yo insistí:

    —¿Dónde se ha corrido dentro o fuera?, porque Marco se corre mucho, así que a veces le gusta salir y ver cuánto dispara, —le dije.

    Alfonso miró a los fumadores inmersos en su propia conversación y respondió en voz muy baja:

    —Dentro de mí; se sentía tan bien, —respondió.

    —¿Puedo ver y tocar?, —pregunté sin pensar.

    Tomó un trago de su cerveza y asintió. Salimos del porche trasero y entramos al patio. Giramos a la izquierda hacia el costado de la casa y llegamos a una pasarela oscura. Caminamos alrededor de la mitad de esta enorme casa y nos detuvimos en el lugar más oscuro debajo de un ventanal que sobresalía. Había una alta valla de madera que separaba el patio de nuestros anfitriones del de sus vecinos.

    Alfonso se desabrochó el pantalón y se bajó los pantalones hasta las rodillas. Se dio la vuelta y me vino a la memoria su pequeño escroto y su corta pollita. Era completamente suave, pero su culo era peludo. Aunque estaba oscuro, pude ver que estaba resbaladizo con el semen de Marco. Literalmente brillaba en la oscuridad. Me incliné y dejé que mi pulgar rozara suavemente su agujero. Estaba repleto de semen. Lentamente froté mi pulgar en pequeños círculos alrededor de su agujero e irradiaba calor. Aún estaba caliente por la polla de Marco. Estaba pegajoso, cálido y húmedo. Mi mano buscó mi polla de mis jeans y la acaricié con fuerza mientras movía mis dedos de la otra mano alrededor de su trasero.

    —¿Lo disfrutaste, eh?, —pregunté.

    Levanté la vista y vi que se había preparado apoyando sus manos contra la casa y que tenía los ojos cerrados.

    —Mmmm…, gimió al sacar mi dedo de su culo.

    —¿Quieres que te folle ahora yo? ¿No tienes suficiente?, —le pregunté.

    Mi corazón latía en mi pecho. Me sorprende que no pudiera escucharlo.

    —Ohhh, sí, —dijo suspirando—, quiero tu polla ahora; nunca es suficiente.

    Abrió un poco los ojos y vio lo duro que yo estaba.

    —¡Joder!, ¡tú también eres un tanto espeso! —exclamó— empuja con esa polla gorda hacia mí… piensa en lo duro que me clavó, —me animó Alfonso.

    Ahora estaba lleno con mis dedos. Él había recibido muy bien uno de mis dedos, y yo estaba jugando para meter el segundo. Movía su culo cada vez más cerca de mí, y seguía empapado con el semen de mi esposo. Estaba claro hacia dónde iba todo esto, así que me coloqué detrás de él, dejé caer mis jean a los pies, deslicé mi polla profundamente dentro de él y cubrí su boca con mi mano. Dejó escapar un profundo «ohhh» cuando finalmente estaba dentro de él, pero sabía que no iba a durar mucho. Su agujero todavía estaba un poco apretado, pero el interior estaba muy caliente. Descubrí su boca y comenzó a retroceder sobre mi polla. Tuve que agarrarme de sus caderas para estabilizarme y él y yo comenzamos a trabajar entre nosotros en silencio. Gimotearía mientras me adentraba más en él y se separaba con gusto para que volviera a embestir.

    —Córrete dentro de mí, quiero ir a casa con vuestras dos descargas, —jadeó.

    Alfonso estaba con una mano apoyada y la otra acariciando con ganas por debajo de mis huevos. Empecé a correrme casi de inmediato. Pude sentir que le disparé una gran corrida, así que ahora su agujero estaba realmente húmedo y desordenado. Salí de su culo, y en ese momento una gran parte de mi corrida golpeó fuerte en la pasarela de piedra que había debajo de nosotros.

    —Pon tu polla de nuevo en mi culo, querido, —gimió.

    Y yo volví a embestir y lo penetré de nuevo hasta lo más profundo que se puede. Movió su culo contra mi polla para que llegara al tope. Entonces él descargó su corrida al costado de la casa.

    Nos besamos durante unos minutos, saqué mi polla dura de su culo, me la lamió para limpiarla y nos subimos los pantalones. Antes de regresar a la casa, me mostró que Marco ya le envió un mensaje de texto. El mensaje decía:

    «De nuevo estoy necesitando ese ano que llevas detrás de ti. Tal vez podamos escabullirnos antes de irnos de la ciudad mañana».

    Regresamos a la casa y tomamos más tragos. Encontramos a Marco en una sala de estar y nos sonrió a los dos cuando nos acercamos a él y le dije:

    —Aquí lo tienes. Te he estado buscando.

    Su bulto en sus pantalones vaqueros todavía parecía pesado y fuerte. ¿Ya estaba a punto y deseoso otra vez con solo ver a Alfonso? Sí y yo también. Cuando llegamos a la habitación de nuestro hotel, Marco se metió inmediatamente en la ducha. Tal vez para borrar la evidencia del lubricante de su pene. Me uní a él y él cargó contra mí una embestida tan profundamente encorvada en la ducha que llegó al tope. Descargó toda su lefa y le pregunté:

    —¿Pensabas en el culo de Alfonso mientras me follabas ahora?

    Nos lo contamos todo y, aunque deseábamos la oportunidad, no tuvimos ocasión para encontrarnos de nuevo con Alfonso antes de que nos fuéramos de la ciudad.

    Marco y Alfonso se envían mensajes por Whatsapp; todas las noches me los lee para calentarnos y nuestro sexo mejora día a día. Una vez, estando yo en casa, conversaron y se calentaban. Alfonso le iba diciendo lo que quería que me hiciera y mientras me follaba al dictado de Alfonso le iba dictando la satisfacción de lo que hacíamos. Definitivamente hemos decidido reunirnos de nuevo cuando volvamos de visita a ver nuestros familiares. De nuevo ellos follarán, yo los veré sin que lo sepan desde un lugar escondido. Luego me follaré a Alfonso. Porque también yo hablo con Alfonso por Telegram y me los organizo a los dos a mi gusto. A falta de Alfonso, también en Berlín metemos algún muchacho entre nosotros. Sinceramente, el sexo entre mi esposo y yo está mejorando considerablemente.

     

  • Me convertí en mi madre (3): JAV (2c)

    Me convertí en mi madre (3): JAV (2c)

    La acompañé a la cama, ella me ceñía la cintura con su brazo, yo la tomaba del hombro. Llegamos al cuarto, abrí la cama y la acosté. Me puse a su lado, tapado apenas con la batita que había tomado antes, al salir. Nos quedamos mirando. Una sonrisa de paz nos vino a las caras.

    —¿Estás mejor, mamá?

    —Sí, hijo, nunca había sentido algo tan fuerte, se ve que la falta de costumbre del cuerpo, bueno, de usar el cuerpo, fue una sobrecarga, me parece.

    —Estuviste mirando.

    —Sí, tenía miedo de lo que pudiese pasar, no sé, o no sabía. Ahora veo que me puedes sustituir sin problemas.

    Calló un momento, veía que tenía ganas de añadir algo. Tosió, por ganar tiempo y valor.

    —¿Te lo pasaste bien?

    —Eh… Primero tenía miedo, pero luego, me temo que las sensaciones fueron más exageradas de lo que jamás había sentido. Papá no tenía que enterarse, y esa fue mi excusa, pero la verdad es que disfruté mucho, y papá lo hace muy bien.

    —Sí, hijo, de eso no tengo queja. Me alegro por ti, pero me he quedado triste porque ahora que ocupas mi lugar he pensado que me queda toda una vida por delante, en ti, en tu cuerpo, y yo estaba hecha a esta vida…

    —Tendremos que tener la esperanza de que algo cambie, no sé, esto tan irreal no sé qué puede pasar en el futuro. Me encanta tu cuerpo, mamá, y pienso que esto se arreglará.

    —Ay, hijo, ojalá. ¿De verdad te gusto… O, más bien, te gusta?

    —Sí, no sabía lo que se puede disfrutar con el sexo femenino. Era algo egoísta con las chicas, y ahora… Bueno, ahora lo de las chicas, nada. Espera, ¿y las vecinas?

    —Eh, bueno, ten en cuenta que estamos solas gran parte del día, nos reunimos, nos contamos nuestras cosas y como nuestras cosas incluyen el deseo, nos tenemos que arreglar así. Ellas consiguen que, los días en que no hay débito, nos pongamos a tono. No todos los maridos pagan sus deudas como tu padre, hijo.

    —Ya, ya veo que es buen pagador y está bien de fondos.

    —Pues tú tampoco tienes malos recursos, según he visto antes, cuando tuve que usar tu pene.

    —Hombre, no me ha fallado hasta ahora.

    —Mira, hablando de él, por la puerta asoma.

    Era verdad, la cabeza asomaba por el calzoncillo arriba. Toqué a mi fiel amigo, que tantas alegrías me había proporcionado, y que me acompañaba de toda la vida, sin exagerar. Ahora, al tenerlo tan alejado, y sin embargo tan cerca, me entró nostalgia, y lo acaricié un poquito. Él parece que se alegró de verme, y me saludó creciendo un poco más. Mi madre sonreía.

    —Qué gusto.

    —¿Sigo?

    —Sí, —dijo con otra voz, más profunda.

    Me agaché y besé mi pene, para luego lamerlo; todavía le quedaban algunos restos de la eyaculación anterior. Lo dejé limpio, y luego metí el glande en la boca, animándolo. Se me ocurrió que algo que no había hecho nunca, y que a lo mejor estaba bien era esto: Le bajé el calzoncillo a mi madre, sujeté el pene y lo metí entre mis tetas. El resultado fue rápido y placentero, a juzgar por la cara de mamá, que se movía ahora para despojarse de la camiseta. Yo ya no tenía nada encima, el calor me había hecho despojarme de lo poco que tenía encima.

    Había aceite corporal en la mesilla de noche, que yo usaba para mis masturbaciones, y ahora lo saqué del cajón, y lo apliqué generosamente en mis tetas y mi pene, o sus tetas y mi pene o mis tetas y su pene, da igual, todo quedaba en familia.

    Embadurnados así, comenzamos a besarnos dulcemente, subiendo la pasión con los minutos de frotes y caricias. Nos dimos cuenta de que cada uno podía obtener el mejor placer del otro sin decir palabra. Sabíamos qué era lo que nos gustaba en el otro cuerpo, pero no en el que habitábamos. De modo que las palabras más dulces salían ahora para completar nuestros deseos. A mamá le gustaba que le lamiera por dentro, que chupara su clítoris, a mí me fascinaba que pasara sus senos por mi espalda, y, puesta sobre mí, me besara, mientras yo giraba la cara para recibirla. Todo esto lo hacíamos en el otro, en la otra, y funcionaba, pues el cuerpo tenía memoria del placer o del deseo callado.

    Me subí a su cara y me chupó el pene, siempre reanimado, o quizá fue ella quien se subió a mi cara y fui yo quien abría su vagina y lamía su clítoris. Entrábamos y salíamos compartiendo ese día de aventura y deseo, que para ella había sido más esfuerzo que para mí. Sujeté sus nalgas, las abrí, lamí su ano, lo acaricié, apenas metí la punta del dedo, pero noté que deseaba algo más, y me pidió que más, más saliva y más dedo dentro de mi hijo, o quizá fue ella quien me pidió que entrara suavemente en su ano dispuesto, en un secreto que quedó por revelar para otro momento. Después de un sesenta y nueve que nos llevó tan arriba que no veíamos más que los ojos del otro, volvimos a usar el aceite para calmarnos con un masaje, que nos preparó para el final. Entró en mí con una fuerza que no me conocía, con un conocimiento que no tenía, entro hasta el fin de mí y mis pensamientos, yo respondí abriéndome del todo, cerrándome en torno a él, que era yo, desde donde ella había estado antes. Éramos uno o una, dos cuerpos que se aprendían y conocían y no olvidaban. Mi madre me penetró como si lo deseara de toda la vida, y yo la recibí con un enorme suspiro de satisfacción, de gusto que se me escapaba por la boca, y por eso volvía a respirar fuerte, para recuperar ese aliento que se me había ido, y así estuvimos tanto tiempo que no sé cuándo acabamos, eyaculando, corriéndome, húmedos, convertidos en un río sin cuerpo. Así, entrelazados, húmedos, llenos de líquidos por todos lados, nos quedamos dormidos.

    ***

    Al despertarme me sentía un poco raro, como que no me encontraba bien, como un hormigueo por todo el cuerpo. Me levanté y me vi en el espejo, con aspecto de haber pasado una noche agitada. Menos mal que era sábado. Me rasqué, como todas las mañanas, y volví a mirarme en el espejo. Volví a mirarme en el espejo. Volví por tercera vez a mirarme en el espejo. ¡Era yo! Por lo menos era el yo de hacía dos días. Me miré con atención. El pene y los testículos colgaban como debían, el pelo lo tenía revuelto… Era yo otra vez. El hormigueo estaba desapareciendo.

    Se abrió la puerta. Mi madre me miraba. Sonreía.

    —Buenos días, hijo, ¿dormiste bien?

    Vino a mi lado y me besó. Me besó en la boca, un rato largo.

    —Ya ves que hemos vuelto. Vístete, que hay que desayunar. Papá espera.

    Me dio con la mano en la nalga y se fue contenta, con una sonrisa…

    Cuando mi padre salió a jugar al golf, nos sentamos en el salón y, hablando y comentando, tocándonos para comprobar la realidad, pasamos un buen rato de madre e hijo. Con los comentarios y toques para comprobar esa realidad pasamos luego un buen rato de amante y amante. Así seguimos ahora, conocedores del secreto que no se ha repetido pero intentamos reproducir cuando podemos.

  • El culo de Celeste

    El culo de Celeste

    Al sábado siguiente de la noche con Carina, nos volvimos a encontrar en la disco. Estaba solo acompañada por Celeste. La tercera amiga había decidido otros planes. Otra vez Carina estaba sola mientras su amiga bailaba. Rato después se acercó y me saludó.

    —Él es Gerónimo —me presentó Carina…

    —Ah, si… —respondió la otra y sonrió.

    Intuí que algo sabía, que la amiga le había contado de nuestra noche de sexo.

    Hablamos de tonteras y en un rato Carina se disculpó diciendo que iba hasta el tocador.

    —Te acompaño —le dijo Celeste.

    —No, está bien… quédate con nuestro amigo. Ya vuelvo… —y desapareció entre la concurrencia.

    Imagino que estaba planeado. Apenas quedamos solos, Celeste habló de aquello…

    —Gracias por acompañarla el sábado pasado. A veces nos vamos a bailar y nos separamos…

    —Todo bien…

    —Bien, bien… sé que contigo la pasó bien…

    —Qué rápido corren los rumores…

    —Rumores? Jaaa…! Noticias diría yo. Pero ha sido tema privado entre tú y ella. Solo me alegra que hayan coincidido!

    —Realmente y en lo personal lo pasé bien. Y si ella también… mejor para ambos!

    —Así fue. —Me contó.

    Carina regresó y cambiamos de tema pero quedó ahí como flotando.

    —Charlaban…

    —Sí, cosas… de la vida!

    Después de un rato hablando en voz alta para escucharnos bajo el sonido de la música, Carina comentó:

    — No sé ustedes, pero ya quedo casi afónica de hablar como hablo… a los gritos!

    —Es verdad. Mejor busquemos un sitio más silencioso… jajajaja!

    —Salgamos a caminar. No sé, a una plaza… digo!

    — O nos invitas a tu casa —respondió Celeste.

    —Por mí no hay problema…

    Yo ni opiné. Era mejor seguirlas. Salimos y nos tuvimos que re adaptar para no seguir hablándonos a los gritos. Volví a repetir con ambas, el camino que una semana antes había hecho con Carina. Celeste tenía aspecto de adolescente a pesar de sus veinte y alguno más. No solo por su cara aniñada, sino también por su físico más bien diminuto, que no impresionaba demasiado. Tetas más bien pequeñas y una colita de medidas apenas justas. Recordé lo que me confiara Carina y no pude evitar imaginarme a un tipo rompiéndole el culo… Y sentí un cosquilleo en la verga.

    Llegamos, nos acomodamos y la charla continuó durante un buen rato. Temas variados hasta que, entre bromas y tonteras cuadró el tema sexo.

    —Me alegra por mi amiga Carina, que haya cortado la “sequía”… No puedo hablar por nuestra amiga Brisa, pero yo vengo cortada…

    —No será por falta de pretendientes…

    —Bueno, siempre hay alguno… tal vez me he vuelto cautelosa —dijo Celeste.

    —Con la cautela no irás a ligar nada, amiguita! Jajaaa!!!

    —No… de verdad y lo sabes. Sabes Gerónimo que tuve alguna mala y dolorosa experiencia…

    —Lo sé…

    —Y ya soltemos el tema! Cuando Carina me contó me dio mucha envidia. No por ella. Envidia en el sentido de que tuviera la experiencia que tuvo contigo y que fuera placentera…

    —Tuviste mala suerte… solo eso…

    —Bueno, si… y tonta de no saber adivinar la calaña del que elegí como acompañante…

    —Amiguita —dijo Carina—. Eso no podías tan siquiera adivinarlo ni saberlo.

    — Tiene razón —le dije— La mujer se entrega y el hombre tiene que medir sus impulsos…

    —Vaya si tú los mediste y ocultaste, maldito. Si cuando me di cuenta ya estabas dentro… —dijo Carina.

    —Jaaaa!!!

    —Carina, querida amiga… pregunto: Si a mí se me ocurriese reincidir… ¿me asesorarías?

    —Yo por mi parte si… te asesoraría. Solo que otra cosa no puedo hacer… no tengo con qué! Jajaa!

    —Jajajaaa!!! Tonta… Será cuestión de hurgar por los rincones, que algo aparecerá…

    —Acaso parezco estar en algún rincón, comenté entre risas…

    —Jajajaja! No te había visto!

    —Ahora me ves… pero como sigas tan lejos sentada, no habrá manera…

    Entonces se acercó para sentarse sobre mis piernas. Comprobé así que pesaba lo que una pluma. Se acurrucó en mi pecho, colgada a mi cuello.

    —Por mí no se preocupen —dijo Carina— ya me voy

    —Tú te quedas ahí, amiga… te nombré mi asesora y es lo que harás!

    Después levantó el rostro y me besó. Nos besamos. Nos acariciamos. Fui magreando sus tetas por sobre la camiseta que tenía puesta. Se la levanté para besar y chupar esas pequeñas naranjas de duros pezones. Pequeñas pero hermosas tetitas. Ya se sentía la excitación en el ambiente. Miré de reojo a Carina y había comenzado a tocarse. La inquieta mano de Celeste bajó hasta mi bragueta y la abrió. Hurgó y encontró lo que buscaba, dejando mi verga afuera.

    —Permiso, ya vuelvo… —Sonrió y bajó a chupar.

    —Chicos —dijo Carina— ¿Por qué mejor no van a mi cama?

    —¿Y tú, no vienes?

    —Yo los dejo para que se diviertan. Después… si sobra algo lo tomo! Jijijijii!!!

    —Acompáñame, amiguita… Y me pongo seria por un ratito. Yo estoy aquí porque trato de superar una cuestión traumática. Trato de probarme a mí misma. Gracias a que me contaste tu experiencia con Gerónimo, decidí que no por culpa de una bestia que me lastimó, deba renunciar a algunos placeres. Si tú, amiga, has podido gozar… ¿por qué no yo? Además… ya está medio trabajo hecho, ya me lo rompieron! Jajajaaa!

    —Que alocada eres, amiga. Me haces reír. Pero tienes razón, es la mejor manera de sacarte la duda y re armarte… re componerte! ¿Tú qué crees, Gerónimo?

    —Pues… ya lo dije. Lo último que haría sería lastimar. Si puedo ayudar, bienvenido sea… Será un placer!

    —De eso no te quepa duda… jaaajaaa!!!

    Fuimos a la habitación y a la cama que me eran familiares. Me acerqué a Celeste para abrazarla, acariciarla y empezar a desnudarla. Ya conocía sus tetitas y fui por el resto. Ya fuera de los pantalones, su físico no decía mucho aunque mal no estaba. Era de pequeña contextura y todo concordaba. Lindas y redondas nalgas también pequeñas. No esperé que ella lo hiciera y me quité mi propia vestimenta. Se acostó con las piernas colgando de la cama. También depilado su pubis, los labios vaginales aparecían apetecibles. Hasta ellos fui para brindarles una lenta y larga primera lamida, de abajo hacia arriba…

    —Mmmm… que riiico —dijo ella.

    Pronto los fluidos hicieron su trabajo de lubricación. Los de mi lengua y los que brotaron de su vagina. Después me subí a ella para penetrarla con sumo cuidado pero sin titubear. Simplemente entré y esperé su reacción. Me abrazó y movió la pelvis como invitando. Entonces la empecé a coger. Primero en vaivenes lentos. Luego en golpes cortos y manteniendo la profundidad. La manejaba a voluntad y su cuerpo pequeño era una delicia. Nos olvidamos de Carina que, sentada aparte y ya en pelotas, se masturbaba y amasaba sus tetas muy lentamente.

    —Hazme tu perrita… ven por detrás! —Dijo Celeste.

    La liberé y sola se acomodó en cuatro patas. La estocada fue lenta y profunda, llegando al fondo de su cuerpecito. Mi contextura no era exageradamente grande, pero así y todo me quedaba pequeña. Por supuesto, desde mi postura tenía vista a su ano. Apoyé la mano en una nalga y con el pulgar húmedo, entré a acariciarlo.

    —Ya?

    —Ja!… No, tranquila. Estamos en las previas de las previas…

    La cogida y manoseos de clítoris desembocaron en un orgasmo anunciado por chillidos y jadeos. Me retiré para bajar a lamerle el culo y reforzar así sus sensaciones. Al sentir el contacto anal, Celeste vino a tocarse la concha y al cabo de minutos tuvo otra descarga.

    Carina abandonó por un momento lo suyo. Se acercó y dejó cerca un gel lubricante.

    —No sé por qué, pero imaginaba de cómo venía esto. Así que me pareció prudente…

    —Gracias, amiga…Siempre en los detalles.

    Tomé un poco en mis dedos y lo descargué en la entrada. Fui masajeando hasta que presioné, le metí la punta del dedo en el ojete.

    —Tú flojita, amiga… tranquila y floja —dijo Carina— No solo te asesoraré… también voy a prepararte. Ya conozco tu cola y esto es para placer y no para curar heridas

    Cargó también sus dedos con lubricante y vino a ayudarme. O mejor dicho tomó mi lugar y la dejé hacer. Sus dedos eran más finos que los míos y casi enseguida logró meter dos en el delicado agujero, ayudada por la excitación de Celeste.

    —Si te molesta me avisas. Vamos despacio, si?

    —Va de puta madre, amiga mía… se siente genial!

    Yo simplemente miraba y me sobaba la verga para no perder dureza. Cuando sintió que la amiga estaba distendida y bien lubricada, me miró. Sacó los dedos, tomó mi verga para apuntarla a la entrada del culo. Dio dos palmaditas en la cola de Celeste y le dijo:

    —Ahí vamos, amiga…

    Simplemente empujé y entré sin casi esforzarme. Celeste apenas si suspiró hondo. La tomé por las angostas caderas en inicié el juego. Mi verga se escurrió entera en el diminuto culo y la recibió sin chistar. Carina no perdía detalle de la operación. Se la notaba también excitada y atenta.

    —Estás bien, amiga?

    —Genial… me siento genial… como ni me imaginaba!

    —Ya te ayudo un poco más… —dijo y le metió mano en la concha para masturbarla…

    —Mmmm… si, así, me encanta. Méteme los dedos, Carinita… quiero tener todo ocupado… Cójanme!

    No solo la cogimos, sino que además la hicimos derramar en un copioso orgasmo. Y ya tampoco me contuve más: le brindé toda mi leche, inundando su tripa. Y como, de momento, no me quedaban energías para Carina, le dediqué una buena chupada y lamida de concha para hacerla acabar y quitarse la calentura!

    Después reposamos atravesados en la cama, sonriendo satisfechos. Más tarde volvimos a hacer algunas travesuras, pero ya el paso principal estaba dado. Celeste hubo de tener sexo anal y ahora satisfactorio.

    Geronimo 68

     

  • Mario (02 de 22): Un comienzo

    Mario (02 de 22): Un comienzo

    “-¡Oh, pícaro muchachito! Me estas poniendo caliente. -terminé de abrirle la bata y me incliné para besarle el pecho, mi cara se ocultaba en el denso y duro vello y lamía una tetilla buscando entre los pelos.”

    Después de lavarme bien el culo por dentro, y todo el cuerpo por fuera, me apliqué una crema que suavizaba la piel, el día anterior mi abuelo me había depilado el ano con crema química, los pocos pelitos que me salían, decía que a don Guillermo le gustaban los chicos con el culo bien peladito.

    Por último me vestí con la ropa que no era nada del otro mundo, un slip estilo braguita con volantes y estampada en pequeñas flores, comprada por el abuelo para la ocasión, el pantalón que me llegaba a las rodillas y muy ajustado marcando a la perfección mi cuerpo, sobre todo el redondo y alto culito del que podía presumir y las largas nalgas, camisa de hilo azul claro y un ligero toque de crema cacao en los labios y hacerlos brillar.

    Todo el tiempo bajo la avispada mirada del abuelo inspeccionándome, él mismo me recolocó la larga cabellera de rubio pelo sobre los hombros, y no tenía más que ponerme que ensalzara mi belleza para impresionar al todo poderoso don Guillermo.

    Aunque terminaba de cumplir dieciocho años más parecía un muchacho de primera comunión que un joven en su inicial madurez. El abuelo parecía satisfecho, se había colocado su antiguo traje azul, de cuando era su chofer, con corbata y camisa blanca. Parecía imponente su delgado y fibrado cuerpo vestido tan elegante para el momento importante.

    Montamos en el suntuoso y viejo Mercedes Benz de color crema, un modelo de los años ochenta que precisamente le regaló don Guillermo en su jubilación, ese coche era un viejo cacharro que conocía bien, lo utilizaban para ir a pescar o de caza, los días de pesca nos llevaban algunas veces a los tres chavales, Marcos, Robert y yo en el asiento posterior, siempre con paquetes que no nos dejaban mover.

    No tardamos en llegar a la casa situada en una zona adecuada a su importancia, un barrio prestigioso para la gente con dinero que no reparaba en gasto, aparcó el vehículo en la calle y entramos por la puerta lateral en el jardín. Todo aquello era familiar para mi y sabía por donde me llevaba hasta llegar al gran salón.

    Don Guillermo nos esperaba de pie, con un vaso de licor y cubitos de hielo en la mano, vestía un batín de seda marrón que le llegaba hasta media pierna, y atado con un cinturón de la misma tela, como si terminara de salir de bañarse, completaba su vestimenta unas zapatillas de cuero del mismo color.

    -Buenas tardes don Guillermo, aquí le traigo el encargo. -entonces él me miró sonriente como le conocía de siempre, su extenso bigote estaba ligeramente más recortado en esta ocasión, y lo mismo que el pelo, negro como la noche, estaba poblado por alguna cana, su piel era muy morena y Robert en eso se parecía muchísimo a él.

    Creía recordar que tenía cincuenta y cuatro años, siempre hablaban de que le llevaba doce años a mi abuelo que ya trabajaba para su padre antes de nacer él. Era alto, de un metro noventa o así, una montaña de humanidad pero bien puesta por el continuo ejercicio físico y su afición al motociclismo de montaña, de hombros anchos y pectorales abultados, muy peludo desde la cabeza a los pies, siempre me distraía contemplándolo en la piscina.

    -Vaya Marito, tienes el pelo más largo, no puedo decir lo mismo del cuerpo, acércate. -ciertamente me había quedado algo pequeño sin llegar al metro setenta aunque eso quería creer.

    -Dale un beso al tío Guille, parece que no me conoces. -inclinó la cabeza para que le besara en la mejilla, en otras ocasiones cuando no había alguien presente aprovechaba para besarme la boca, era una costumbre que se perdía en el tiempo y que dejó de hacer en público cuando cumplí trece años. Continuaba oliendo muy bien a alguna colonia con esencias de madera y al licor que estaba bebiendo.

    Siempre había sido bien recibido en aquella casa, doña Amelia su mujer decía que yo tenía que haber sido niña y nacido en su casa para ser una hermanita de Robert. Me preferían a mi sobre mi primo que al ser seis años mayor dejó pronto de frecuentar la casa. Ella me llamaba Marinín que a Robert no le gustaba, le decía a su madre que era nombre de chica, y me lo redujo a Marín que le sonaba más a chico.

    -Román, usted ya puede marchar, le llamaré para que recoja a Marito cuando sea el momento. -le daba por despedido pero el abuelo no se movió de su lugar.

    -Don Guillermo, ya sabe el trato, y no es que desconfíe de usted pero tengo necesidad urgente, usted ya conoce.

    -Por descontado, sígame al despacho y tu Marito espera mi vuelta. -desaparecieron los dos y cuando regresó venía solo.

    -Tu abuelo ya se ha marchado y estamos solos en la casa, ¿quieres que vayamos a la cocina a buscar alguna bebida para ti? -se acercó y tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarle al estar tan cerca. Me colocó el brazo sobre los hombros y me llevó hacia la cocina.

    -No vas a crecer demasiado pero ya eres un hombre y ahora beberás bebidas de jóvenes y no de niños. -y dejó salir una pequeña y ronca risa.

    -Coge lo que quieras de la nevera. -la abrí y escogí una cerveza, no era frecuente que la bebiera pero ahora me hacía falta. aunque conocía al detalle la casa y al hombre que tenía a mi lado, no era lo mismo que en otras ocasiones.

    Antes era, o yo quería creerlo así, como un padre para mi, ahora, cuando lo quisiera se convertiría en mi desvirgador, en el primer macho que me poseyera, mi abuelo terminaba de salir hacía unos segundos de la casa con parte del precio pactado por mi entrega.

    Tampoco era una sorpresa que me asustara demasiado, llevaba algunas semanas preparándome para el momento, además de mi culo y mi cuerpo también en el sentido psicológico.

    Saqué un vaso de la alacena y me vertí la cerveza. Don Guillermo elevó el vaso que aún portaba.

    -¡Salud Marito, por nosotros!

    -Salud don Guillermo. -y me bebí la cerveza de un sorbo. El hombre soltó la carcajada.

    -Igual necesitas algo más fuerte.

    -No, sé a lo que he venido y estoy de acuerdo.

    -Me alegro, siempre he sabido que a pesar de pequeño eres un valiente, ven aquí cerca de mi. -me acerqué después de dejar el vaso en la fregadera, él se había sentado con medio culo sobre la mesa grande del centro y se le había abierto el batín que llevaba, por arriba del cinturón se le veía el velludo y fuerte pecho, por abajo las piernas desde los muslos a los dedos de los pies también negras por los pelos.

    Me cogió de la barbilla y me levantó la cara, me miraba como arrobado dejando que la perenne sonrisa mostrara su perfecta y blanca dentadura.

    -Eres tan hermoso y femenino que la duda me asalta a menudo, si no nos habremos equivocado todos contigo. -entonces se inclino y colocó los labios sobre los míos. Eran suaves, cálidos, el aliento le olía al whisky que bebía, respondí a su beso abriendo los labios, en eso Miguel había sido un excelente profesor, lo mismo que para compartir, mamando a duo, la verga de mi primo, hasta que se corría en nuestras bocas y saboreamos el semen entre nosotros dos, de todo menos dejarle que me abriera el culo como ellos querían.

    -Sabes besar muy bien pequeño, tu boquita es muy golosa. -se deslizó de la mesa y me cogió en sus brazos llevándome entre besos por mi cara de vuelta al salón, allí se sentó en una butaca manteniéndome sentado en sus piernas, en realidad montado a caballo sobre ellas.

    -¿No me tendrás miedo, verdad?

    -No don Guillermo, es solo que estoy un poco nervioso.

    -Bésame otra vez precioso así te vas acostumbrando y te relajas. -esta vez fui yo quien cazó sus labios y le lamí los pelos del bigote, sabía a licor, el beso se prolongó y metió la lengua en mi boca buscando la mía, gemí en sus labios al sentir la suavidad de su lengua batiendo sobre la mía y luego me la chupaba absorbiéndola.

    -¿Te gusta besar eh nene?

    -Si, no deje de besarme, me encantan sus labios y el bigote que me hace cosquillas en la boca.

    -¡Oh, pícaro muchachito! Me estas poniendo caliente. -terminé de abrirle la bata y me incliné para besarle el pecho, mi cara se ocultaba en el denso y duro vello y lamía una tetilla buscando entre los pelos.

    -Sí mi niño, sigue bonito, dale placer a papi, así quiero que me llames cuando nos amemos, llámame papi y dime lo que te gusta. -lo grabé en mi cabeza para no fallarle, sería mi papi mientras me hacia el amor.

    -Sí papi, sí, me gusta tu piel, y el vello que la cubre y tu boca me sabe dulce, me gustas papi, me gustas tu. -sin darme cuenta había terminado las formalidades, ahora no era don Guillermo, él era mi amanta, mi hombre y luego sería el macho que preñara a su hembra, o sea yo. Iba a cumplir lo que tanto deseaba aunque mi deseo se quedaba a la mitad, y hoy dejaría de ser virgen, sabría cual era ese placer que hacía gritar a Miguel y rugir como un león a mi primo.

    Mi amante se calentaba progresivamente a la vez que acariciaba su torso y le besaba el cuello y la boca. El bulto bajo mi culito seguía cogiendo consistencia y haciéndose más duro, más caliente.

    -Quiero verlo papi, déjame que lo vea. -le miraba sus insondables ojos negros, a veces pensaba que era Robert a quien besaba, eran tan parecidos.

    El viejo macho soltó una carcajada a la vez que me sujetaba de los hombros y me retiraba para fijar la mirada en mi.

    -¿Qué es lo que quieres ver? -sin palabras miré hacía su vientre.volvió a reír divertido, o entusiasmado al saber lo que le pedía.

    -¿Qué quieres ver mi verga? -sonreí con picardía y le dije, moviendo la cabeza, que sí.

    -¿Nunca has visto un polla?

    -Sí las he visto, pero no la tuya. -y empezó a reír como un loquito, y me besaba entre risas la cara, y yo también reía con él sin saber donde estaba la gracia.

    -¡Oh, me encantas bebé! Qué salidas tienes. Vamos a mi habitación para desnudarnos. -no me dejó caminar, como me había quitado las sandalias y estaba descalzo, volvió a cogerme y sin dejar de besarme se encaminó a su habitación en la misma planta donde estábamos. Abrazado a su fuerte cuello yo le besaba los labios y a mi vez disfrutaba de aquel hombre maduro al que no tenía miedo alguno, solo respeto a la dureza que había sentido presionando mi culo.

    -No te rías papi, me parece que es muy grande por lo abultada que la he sentido.

    -Si, si es muy grande y también muy tierna, todos me lo dicen cuando la prueban, eres un granuja que me hace reír. -cuando llegamos me depositó con delicadeza en el suelo y se retiró unos pasos cerrándose el batín, miró mi cara de sorpresa y no paraba de reír.

    -Primero tu pequeño, necesito ver tu cuerpito para que mi amigo se ponga en forma, desnúdate muy despacio. -ahora venía mi numerito erótico, uno de los ensayados entre Migue y yo delante de mi primo, sabía la reacción de antemano, a mi primo se lo ponía durísima y tirando pre semen en abundancia, sin poderse controlar montaba a Miguel sin importarles que yo estuviera allí mirando y sintiendo envidia, ahora iba a ser mi turno.

    Me quité lentamente la camisa y se la tiré, la cogió al vuelo y se la pasó por la cara oliéndola.

    -¡Huele a hembra ganosa! -entonces fue él quien me hizo reír y perdí el control unos segundos.

    Me pasaba las manos por las tetillas y acariciaba mis caderas simulando que eran más anchas de lo que en realidad eran, él me miraba sorprendido cuando movía ondulante el cuerpo haciendo resalta mi redondo culito, colocándome en jarras de espaldas a él y sacando todo el culo que podía moviéndolo en molinete. Entonces se sentó en el borde la cama con las manos apoyadas sobre ella un poco tirado hacia atrás, se le abrió el batín y se soltó el cinturón permitiendo que viera todo su ancho pecho y el abdomen plano, negro como la noche oscura por el vello que le cubría.

    No dejaba de observarme y colocó una mano sobre el bulto que contenía el slip marrón, con cinturilla de goma adornada con el nombre de marca.

    Jugué un poco con mi pelo subiéndolo hasta la nuca y dejándolo caer en cascada, eso hizo que abriera la boca y se sobara la verga, tenía toda su atención en mi cuerpo y cuando le sonreí dichoso del resultado no se dio cuenta.

    -Eres hermoso, increíble bebé, una imaginable nena en cuerpo de chico. -reconozco que algo andrógino ya soy pero no tanto como Migue, de todas formas sus palabras me sonaban bien y eran agradables.

    Continué con mi representación y me bajé el pantalón hasta aparecer la cinturilla con volantes de la braguita.

    -¡Bufff! riquísima. -consiguió balbucear, me quité el pantalón y estiré las piernas, una a una colocando los pies sobre el borde la cama, sabía que tenía unas hermosas y torneadas piernas igual que mamá y me las acaricie mientras mi papi resoplaba sin dejar de acariciarse el bultote que ya no cabía en la tela.

    Sin quitarme la braguita jugué con ella subiéndomela hasta encajar la tela entre las nalgas, enterrándola totalmente en la profundidad de la raja como si hubiera desaparecido, me acaricie el duro culito y me di unas palmaditas, mi papi había dejado de tocarse y apoyaba las dos manos en la cama.

    -No te quites la braguita, déjala puesta como estás.

    -Si papi, ¿ahora me enseñaras lo tuyo?

    -Sácala tú a la luz, es tuya y te la has ganado. -me acerqué y coloqué la cara a escasos centímetros, un intenso olor a sexo se escapaba de su entrepierna y lo aspiré profundamente, luego con cierto temor puse la mano sobre aquello, Sujeté su bóxer por los costados y tiré cuando él elevo el culo de la cama. él me ayudó con una mano recolocándose el paquete.

    Siempre había intuido que aquel macho estaba muy bien dotado por la naturaleza, por el bulto que lucía con algunos bañadores e incluso pantalones apretados, pero no esperaba aquello, mi primo no la tiene precisamente pequeña y la de aquel macho le ganaba por varios centímetros de longitud y mayor grosor. Dos enormes huevos se apretujaban entre sus piernas y debajo de la polla, sobresaliendo a los costados de esta. Todo un espectáculo afrodisiático para mi vista, mi boca se llenó de saliva.

    Me había quedado quieto e incrédulo, mirando con fijeza aquel elemento que quería erguirse de su vientre donde reposaba soberbio como si respirara estando en reposo.

    -¿Qué te parece? tocala.

    -Es muy grande.- soltó un graznido queriendo ser alegre y se la agarró por el glande cubierto aun de piel.

    -Nunca has visto una igual.

    -No papi, una parecida, pero no tan grande.

    -¿Y te gusta así?

    -Me encanta pero no sé qué hacer con ella.

    -Tócala, es tuya y puedes hacerle lo que gustes. -y acerqué la cara y la besé en la base justo a los dos gordos huevos, el vello me hizo cosquillas en la nariz y mi cabello cubrió como una cortinilla cayendo en cascada envolviendo la polla, mi papi me retiro el pelo para ponerme mirar y ver como pasaba la lengua a lo largo de la verga, la pija temblaba bajo mi boca hasta que llegue a la punta, y chupé el pellejo que escurría el precioso líquido que expulsaba en gotas gordas y brillantes.

    Al fin introduje unos centímetros en mi boca, el sabor me sabía rico, delicioso, y la verga era una pura belleza que acompañaba el varonil contorno.

    -Me gusta papi, definitivo que me encanta. -era cierto y no una actuación aduladora, me encantaba tener la cara enterrada entre sus testículos, olerlos, lamiéndolos y comiéndole la enorme verga ahora dura como un riel de ferrocarril.

    Guillermo solo gruñía y temblaba con mis caricias.

    -Para, para ya, o conseguirás que me corra.

    -Si papi, pero está muy rica tu verga.

    -Ven precioso sube a la cama, vamos a mirar que otra cosa podemos hacer. -el momento se acercaba y sentía algo de temor, mi culito no estaba entrenado para recibir ese enorme tronco de carne, pero otros lo había echo antes y yo no iba a ser menos.

    -¿Tendrás cuidado papi, no me harás daño?

    -Solamente el necesario pequeño, así debe de ser, una hembra siempre será una hembra, tanto si se la das por coño o por el culo, la primera vez es dolorosa no te voy a engañar, pero seré cuidadoso para no romperte.

    Guillermo era un hombre entendido y sabía de todo esto, confié en su pericia de macho experimentado y me sometí a su voluntad, algunos momentos fueron sublimes mientras me preparaba el culo, con una boca sabia que sabía comer y lamerme el ano, y con tiernos mordiscos en mis redondas nalgas. Se esforzó en ir lento, primero un dedo, mucha lengua y cantidad de besos y caricias entre descansos, así hasta que me tuvo preparado y podía meter tres dedos en mi ano sin que me doliera, hasta que llegó el momento esperado…, y temido

    -Te la voy a meter a cuatro patas, yo lo controlo mejor.

    -Como tu mandes papi, pero ten cuidado.

    -Estas muy abierto y te entran tres dedos, prueba tu. -lo hice, podía meterme con facilidad tres de mis dedos, inferiores en grosor a la verga que me iba a perforar.

    Estuvo un tiempo más besándome recargándose en mi espalda, con la verga haciendo contacto con mi ano para que la reconociera y la deseara, moviéndola arriba y abajo, besos y más besos, más lamidas de culo, una crema que me introdujo con los dedos.

    -Ya está listo para ser mujer. -pasó un brazo por debajo de mi barriga para evitar que escapara o cayera, y con la mano derecha se sujeto la dura lanza de carne y la apunto en mi ano.

    A pesar de poderme meter tres dedos, la verga era más gorda, se le doblaba y tenía que ayudarse sujetándola.

    -Ábrete más pequeño, entrégate y relaja el culo, no quiero hacerte daño. -hacia lo que me pedía o lo intentaba hacer, pero la presión de la verga en la entrada me ponía nervioso y comenzaba a hacerme daño.

    Enterré la cara entre la ropa de cama y elevé el culo sacándolo hacia él, buscando una postura que permitiera que el glande comenzara a perforarme. La presión era terrible, tiraba de mi cuerpo hacia él con el brazo bajo mi tripa atrapando mi polla, no sé en que momento me había quitado las braguitas y abrí las piernas todo lo que pude en un supremo esfuerzo.

    El dolor que sentí cuando el gordo glande salvo la entrada fue de tal calibre que me pensé que moría, pero solo me contraje y amargas lágrimas salieron de mis ojos, no podía hacerle que se sintiera culpable y gemí solamente enterrando la cara entre la ropa que mitigaba el ruido.

    -Ya está lo peor pequeño, ahora todo ira más fácil, pero no era así, el tiempo se me hizo interminable hasta que consiguió meterse por entero en mi vientre, sentía el sudor de su pecho mojando los pelos y mi espalda, y el que le resbalaba por la cara y me dejaba al besarme con dulzura la espalda.-

    -Ahora está toda dentro pequeño, te has convertido en una mujercita. Así estuvo mucho tiempo hasta que la mayor parte del dolor cedió, no todo, pero era soportable, compensaba el dolor al sentirle amoroso y sensible para no dañar a su hembra entregada y sufriente.

    -Voy a moverme un poco, si te duele me avisas, te follaré con cuidado.

    Cada vez que se movía era un calvario y yo aguantaba como todo un macho, sin quejarme en voz alta, gimiendo de dolorido y con rabia. Sentía que para él era un esfuerzo suplementario contenerse, su necesidad de hembra ya era muy grande y necesitaba moverse para estimularse la verga y llegar al orgasmo.

    -Muévete papi. ya no duele, dame verga papi, folla a tu mujer, date gusto con tu hembra, vamos dame fuerte. -ni yo podía creerme mi reacción y creo que él tampoco, pero hizo lo que le pedía y a ratos me follaba salvaje y con fuerza rompiéndome el culo, o me besaba agradecido antes de volver a entrar y salir sin importarle en el último momento lo que yo pudiera sentir.

    Era el momento del macho, del semental que tiene que conseguir que la simiente salga proyectada con fuerza para hacer su labor de fecundar, hasta que un rugido fiero escapó de su boca y se contrajo aferrado a mis caderas, con su verga que me llegaba al estomago escupiendo leche y preñando el cuerpo no fértil que lo recibía.

    -¡Ahhh! Me corro, me corro, toma mi leche maricón, siente como preño tu barriga. ¡Aaummm! -cayo sobre mi espalda temblando, su verga había aumentado de tamaño, temblaba apoyado en mi, empujando para tener la verga bien dentro y que saliera todo el semen de sus huevos, Guillermo en ese momento era la esencia misma del macho.

    El culo me dolía, me dolía la tripa, las caderas me ardían encerradas entres sus fuertes manos…, y sin embargo, me llenaba una inmensa satisfacción, un placer inexplicable por conseguir que mi papi fuera feliz, aprisionando y teniendo sometida a su niña bajo él.

    Estaba roto y no me podía mover, su cuerpo me aplastaba, cuando su verga salió de mi culo creo que más que alivio fue un sufrimiento agudo el que me invadió.

    Guillermo tardó en recuperarse.

    -Estás bien Marito?

    -Si papi, muy cansado y no puedo levantarme, me dejas que duerma a tu lado, mañana marcharé temprano, no puedo ni levantarme para ir al baño.

    -Duerme pequeño, mañana llamaremos a Roman para que te recoja.

    A pesar del dolor, y de que tenía que acariciarme el ano de vez en cuando, ayudado por el semen que me iba desbordando, puede dormir a ratos.

    A la mañana andaba sin poder cerrar las piernas.

    -Parece que te he roto bien, estás machacado como asfalto de carretera… -y a pesar del dolor también pude sonreír.

    -Bueno todo tiene un precio, ninguno me lo habría hecho mejor que tu. -me acerqué a él que se estaba afeitando y le di un beso en el brazo.

    -Gracias papi.

    -¿Por qué? ni siquiera conseguí que te corrieras. -le sujeté la verga que ahora estaba colgando, lacia y derrotada y la acaricié con cariño.

    La próxima vez será mejor y lo conseguirá, si hay próxima vez. -Guille no me respondió como yo quería asegurándome que habría más veces, pero yo había hecho todo lo que pude, mi abuelo no podía exigirme más.

    -Llamaré a tu abuelo para que venga a por ti.

    -No, no es necesario, solamente dame dinero para coger el autobús.

    Empecé a vestirme y recogí las braguitas tiradas entre la ropa.

    -Déjamelas de recuerdo. -eso me confirmaba que probablemente no habría más ocasiones y había fallado al abuelo.

    Guillermo estaba un poco seco, distinto a lo que había sido a la noche y me dispuse a marchar cuando estuvimos vestidos.

    -No quieres tomar algo para desayunar, en la cocina habrá de todo, y comida preparada para calentar.

    -Ahora tengo que regresar a casa, allí tomaré el desayuno.

    -Espera, necesitas el dinero para el autobús. -fue a buscar su cartera y venía contando algunos billetes.

    -He visto que no tienes móvil, cómprate uno o lo que se te antoje. -me alargó el montoncito de billetes.

    -No tienes que pagarme, ya lo hiciste con mi abuelo.

    -Cógelo, de esto me sobra, llamaré a tu abuelo más tarde. -no me dio un beso, dejó que saliera sin una palabra de esperanza ni de ánimo. ¿Y qué esperaba? ¿Qué se volviera loco por mi? Tendría un montón de chicos y mujeres mejores que yo esperándole.

  • El placer de la paja

    El placer de la paja

    Una mano amiga

    Mi mejor mano amiga es la mía. Cuando me encuentro nervioso por algo pasajero pero que me gustaría alcanzar ya, un remedio es masturbarme, también esto es pasajero, pero inequívocamente alivia. Casi todos aquellos con los que hablo me dicen lo mismo: que les pasa lo mismo y el alivio más a mano, nunca mejor dicho, es masturbarse.

    El caso es que a mí me gusta masturbarme. No es que lo haga cuando lo necesite solamente, es que en cualquier momento me digo a mí mismo: «¡Anda, siente el gustirrinín que te entra en los huevos!» y zás, me cepillo mi polla hasta que me sale el grumo, ¡joder!, el gusto que da es impresionante, la mar de agradable y te quedas por un rato más fresco que en la luna de Valencia, que nada tiene que ver con masturbarme, pero es por un decir, porque donde más veces me he masturbado de noche de cara al cielo estrellado y con luna ha sido en Valencia. Allí encuentro una magia con el aspecto masturbatorio que tiene esa luna, aunque lo importante es darle al canuto, ponerlo tieso, y bruñirlo hasta que salga la lefa. Los cojones deben quedarse contentos, pero a la vez enfadados por cómo expulsan de fuerte y vuelven a cargar tan rápido.

    Eso de masturbarse debe ser una cosa buena de nuestra naturaleza, porque si fuese mala los testículos se cansarían y nos mandarían a la mierda.

    Una mano extraña

    Es una mano que no es mía, vamos que no está unida a mi cuerpo. Siempre es una sorpresa cómo una mano extraña sostiene tu sexo y te lo masturba. Tu pene se siente extraño y con nuevas sensaciones al ser acariciado por una mano desconocida. Si sabes quién es porque lo conoces o estás despierto, sientes cariño hacia el amo de esa mano, pero pronto te olvidas, bueno, en verdad soy yo el que me olvido para sentirme lleno de placer.

    Con la mano de ella

    A algunas personas les gusta masturbarse con el sexo opuesto. Abelardo, un amigo mío, me dice que a él le gusta masturbarse con la mano de su mujer, vamos, que le gusta que su mujer lo masturbe. Bueno, para algo servimos los que vivimos en compañía de otro. Yo también a veces me masturbo por mano de algún amigo mío. Quique es, por ejemplo, mi masturbador oficial, porque es quien más veces me ha masturbado. Lo que le pasa a Quique es que se siente muy femenino, a él le hubiera gustado ser mujer, por eso se viste de mujer de vez en cuando. Pero cuando yo le pido que me masturbe, siempre se viste no solo de mujer, sino muy atrevida, muy puta, ya con solo verlo en minifalda se me pone dura y solo tiene medio trabajo que hacer, solo le queda ordeñármela y beberse mi leche. Así de puto es el muchacho, pero siempre vestido de colegiala, con falda a cuadros y blusa blanca. Lo que no se pone nunca es bragas, pera que no me resulte difícil penetrarlo. Así es Quique. Pero es un gran amigo, que no se retrae para hacerme favores.

    La mayor parte de amigos que tengo no son gays, aunque parezca mentira, pero todos son tocados de ganas de sexo y solemos comentar esos deseos y cómo darles solución. Ellos me dicen que prefieren tocar el sexo húmedo de su mujer, hurgar en la concha y besarla, lamerla, husmearla como perros antes que dejarse masturbar por ella. Pero Antonio, con tan macho que es y poco de hacer mariconadas, me ha masturbado más de diez veces. Debe ser por el cariño que me tiene, si no es porque su lengua es atrevida para decir cosas que le dejen en buen lugar. Hasta el momento actual no se me ha resistido ningún hombre heterosexual. «Dejo que me folles si tú me masturbas hasta que me corra» y todos aflojan sus resistencias. También he de reconocer que tengo un culo de puto perdido, y todo ayuda.

    Antes de casarse mi hermana Alba, sí le pedía que me masturbara y lo hacía muy bien. No sabe mi cuñado —o quizá sí—, el favor que le he hecho enseñando a mi hermana Alba a masturbar una polla. Llegó a hacerlo divinamente, incluso le gustaba mi lefa. No sé qué hará con su marido, pero si él no aprovecha esa cualidad de su esposa, es tonto del culo.

    Mi hermana, cuando yo estaba en mi estudio haciendo los deberes o en mi época de estudiante universitario, se metía debajo de la mesa, me abría la bragueta, me sacaba el paquete y comenzaba a masturbarme hasta que me hacía derramar mi leche. Era mi placer sorpresa. Cuando mi hermana no estaba, no tenía más remedio que con una mano pasar hojas y con la otra, bragueta abierta y paquete fuera, bruñir mi pinga hasta sacar mi lefa.

    Con la mano de él

    La masturbación recíproca con otro hombre es una de esas cosas que han llegado a formar parte del grupo de mis favoritas. Todos nos tocamos de una u otra manera, unos tocamientos no llaman la atención porque son habituales en público, como un saludo con darse la mano, y otros tocamientos son más agradables y solemos hacerlos con algo más de privacidad. De entre estos hay unos que yo llamo el «acto sensual» —diferente y previo al acto sexual—, aunque no se toque el sexo, se siente en las bolas una especie de cosquillas muy agradables como si fuera una pequeña electrificación que produce mucho placer ¡pero que mucho placer! Todos tenemos diferentes maneras de tocarnos. La mano descubre nuevos objetos de diferentes texturas y nuestros genitales se sorprenden con las caricias que le llegan por comunicación o que reciben directamente.

    Es una escena muy tierna, imagínate que estáis tú y tu amigo, amante, esposo u otro, pero estáis dos, dos cuerpos acariciados por los dedos de dos soles, porque dos chicos desnudos juntos son cómo dos soles; dos cuerpos acariciados por las manos de dos artistas, por el abrazo de dos amantes. Tú lo contemplas y lo ves desnudo, ansioso y dispuesto, él te contempla y te ve deseoso, anhelante, ansioso, ávido, expectante, sediento de placer y os contempláis, os miráis y os agradáis. Nos hemos tocado los labios, hemos metido el dedo en la boca, hemos besado los ojos, la nariz y los labios, hemos acariciado los pezones y los hemos lamido, hemos paseado los dedos por los nudos de la columna vertebral como si tocáramos el piano, hemos asomado un dedo en el ano, quizá hemos empujado y se ha metido hasta hacer gemir al amado. Ya, una vez las manos en ese lugar pasan adelante y acarician nuestro pene, luego nuestro escroto, ya lo estábamos deseando. Entonces abrazas con la palma de tu mano y con tus dedos el pene de tu amante, él hace lo mismo contigo, sonríes, cierras los ojos, sientes como mariposas en tu estómago y comenzamos la masturbación lenta, lenta, arriba, abajo, descapullamos el glande, se va poniendo amoratado, lo miramos, nos damos un beso sin interrumpir nuestra mutua masturbación…

    ¡Qué bueno es masturbarse mientras se contempla el cuerpo deseado!

    Sentado, acostado o de pie, disfruto imaginándome y representado a continuación todas las posiciones para la práctica de la masturbación. Sé que masturbarme con mi amigo no consiste solo en un juego de manos, sino que, al igual que los pies y los muslos, otras partes del cuerpo pueden rodear un pene hasta hacerlo vomitar.

    Con varios

    Me gusta poderosamente cuando dos o varias manos se pasean por mi pene o mi escroto y cuando son varios los que me masturban y también varios los que yo masturbo, aunque sea un rato largo que jamás será tedioso sino placentero. Pero me produce mayor placer cuando dos manos a la vez me masturban al unísono, con el mismo ritmo. Si las dos manos son de dos mujeres diferentes me hacen creerme un dios por ese momento. Me retuerzo, me tumbo, me incorporo, me dejo besar, me dejo adorar.

    Me encanta acariciar los cuerpos cuando son dos de mi mismo sexo, llego a su polla, a su culo, a sus pezones…

    Hay muchas maneras de masturbarse pensando en la persona deseada. La masturbación siempre es un placer, pero cuando es acompañada por uno o varios es eminentemente placentera. Pone a todo el cuerpo en movimiento, en acción para lograr placer y con el placer quizá también el amor.

    Todos salimos victoriosos de nuestras caricias. Todos salimos contentos, todos salimos satisfechos y a la vez deseosos. Algunos dicen que un placer no satisface si se siente deseo de volverlo a provocar. No hay mayor falsedad que esta. Igual que los placeres espirituales del alma humana se desean, nos satisfacen y los volvemos a desear, el cuerpo no es ajeno de estas ansias del alma, porque no es una máquina, porque no es un mero animal que realiza su sexo para ejercer la función reproductiva, el ser humano sabe sacar provecho y elevar a categoría humana singular las pasiones del cuerpo como ha hecho con las del alma.

    Dicen que el cielo consiste en contemplar la divinidad, sentirnos satisfechos y volver a llenarse de ese deseo de contemplar para volver a holgar en el amor de Dios en el más allá.

    El más acá no es tan extraño a este pensamiento. Lo más íntimo del hombre, aquello en lo que sentimos mayor pasión, deseo y amor, satisface y a la vez enciende para volver a comenzar. La masturbación no tiene barreras, el coito con mujer o la penetración anal con hombre, los necesitas, con la masturbación te vales, con ella, puedes más fácilmente encontrar un amigo que te lleve y de ahí al orgasmo coital solo va un paso.

    La masturbación puede ser un comienzo para la realización de todas las formas y maneras del sexo y a la vez para concluir todo el proceso dedicado para manifestar el amor. Es en ese final cuando suelo realizar con mi amigo, ambos tumbados, una masturbación hecha con las plantas extremadamente suaves de los pies.

    Mi amigo siempre me agradece que acabemos de esta manera por la suavidad que se siente en el tacto del centro de los pies con el pene. El arco, las almohadillas suaves bajo los dedos y el talón hacen que esta zona sea extremadamente erógena, de modo que concluir el sexo con un masaje de pies en el pene, produce un mayor y excitante relax.

  • La chica de mis sueños

    La chica de mis sueños

    Siempre tuve una mente viajera. A pesar de haber vivido toda mi vida en Madrid, soñaba con vivir en el extranjero, lo más lejos posible. Me atraía la distancia.

    A los 22 años, me fui con la beca Erasmus a Copenhague, ciudad que me encantó. Volví a Madrid a terminar la carrera, y tras unos años trabajando, me tomé unos meses sabáticos para ir a vivir a Nueva Zelanda. Allí, quizá por casualidad, o quizá no, conocí a una danesa, Aneka, que estaba viajando por el país. Me enamoré y dejé todo para irme a vivir, otra vez, a Copenhague. A pesar de chapurrear el idioma, no me costó encontrar trabajo, dado mi buen perfil. Aneka era de mi edad, la mayor de tres. Tenía dos hermanos, uno 2 años menor, y el otro 5. El menor, Soren, llevaba un tiempo saliendo con una chica, Dana, que había conocido en su universidad. Ella tenía 2 años más que él, 3 menos que yo, y ya estaba integrada en la familia como una más.

    Tras unos meses en la ciudad, Aneka decidió que era momento de presentarme a su familia. Hasta ese momento había vivido de alquiler en un piso, pero la idea era irnos a vivir juntos lo antes posible. Había ido todo muy rápido. La reunión sería en casa de los padres de Aneka. Estarían también sus dos hermanos, y Dana. Llegamos los primeros, recibiéndonos con cariño sus padres. Unos minutos más tarde llegó el hermano mediano, Karl. Finalmente aparecieron Soren y Dana. Ya la había visto en fotos, pero en directo me dejó sin palabras. Alta, aunque más baja que yo, rubia de melena casi hasta la mitad de la espalda, potentes ojos azules claros, muy claros, claros como el océano en las Maldivas, de nariz y labios finos, tenía una expresión muy sensual. Sus increíbles ojos marcaban la cara, era lo primero que veías. Tenía buen cuerpo, claramente ejercitado. Esto no era raro en los daneses, pueblo muy atleta y deportista. La bici es un medio de transporte habitual en el día a día. Dana llevaba puestos unos pantalones vaqueros, con unas botas altas. La figura de sus piernas y culo era espectacular. Durante la reunión se veía a Soren y Dana jugar tontamente, bromear, se les veía en sintonía. El encuentro fue bien, caí en gracia en la familia, y pasé a ser uno más.

    Los años siguientes fueron buenos. Progresé en el trabajo, me acomodé a la vida en la ciudad, la relación con Aneka iba bien. Organizábamos salidas y excursiones con la familia una vez al mes. En verano, íbamos al barco que tenían los padres de Aneka y navegábamos por las islas. Por aquel entonces, mi mente estaba fielmente concentrada en Aneka, pero la visión de Dana en bikini era distractora. Dana vestía elegante, con gusto, pero nunca de forma provocativa, era bastante tímida para ello, y por ejemplo nunca mostraba escote. Por tanto, estas ocasiones eran una delicia, a pesar de usar bikini conservador que cubría todo lo que un bikini podía cubrir. Tenía unas piernas tonificadas, fruto de ejercicio habitual y de usar la bici a diario. La parte de abajo del bikini cubría todo el culo, pero se notaba que estaba en forma. Una tripa plana ligeramente marcada. El top era también conservador, y no dejaba mucho que ver, pero daba para intuir que de tetas iba bien. Estaba muy buena, pero no iba de diva. Yo intentaba concentrarme en Aneka, que por otro lado no estaba nada mal, me daba pena por ella cuando mi mente se fijaba en Dana.

    Dana no solo era una chica bonita. Era bastante inteligente, se le notaba en la cara, en la forma en que miraba. Trabajaba para una consultora tecnológica, y estaba ascendiendo con rapidez. Sin ser muy extrovertida, más bien tranquila y discreta, era bastante atenta. Siempre preguntaba en las reuniones cómo iban las cosas, recordaba cualquier evento, examen, entrevista, visita, cumpleaños, etc. de cualquiera, y mostraba interés. Me llevaba bien con ella, las conversaciones siempre eran interesantes. No me extrañaba que le fuesen bien las cosas en el trabajo.

    Pasé los 30, llevaba ya bastante tiempo en Dinamarca, con Aneka. La vida nos iba bien, y claro, las preguntas sobre descendencia empezaron a llegar. Aneka estaba lista, pero yo no tenía prisa. No es que dudase de mi relación, pero muy en el fondo, dentro de mí, algo no iba bien. Poco a poco, con los años, había tratado de enterrar este sentimiento que empezaba a florecer. Más que desaparecer, se estaba haciendo más grande. Ya no me sentía culpable de mirar a otras mujeres, y con el tiempo, de fantasear con ellas. Seguía queriendo a Aneka, pero ya no era lo mismo.

    El tan ansiado nieto para los padres de Aneka llegó sin embargo por un lado inesperado. En una de nuestras reuniones familiares, Soren y Dana, por aquel entonces ya de 27 y 29 años respectivamente, anunciaron que iban a tener un hijo. Por un lado, esto me quitó algo de presión, pero por otro, el humor de Aneka decayó. No me reprochaba nada, pero se lo notaba en la mirada y comportamiento, quería un hijo. La relación empezó a deteriorarse, y mi humor empezó a ensombrecerse. No sabía qué hacer. La quería, pero al mismo tiempo ya no la quería.

    Con el embarazo, Dana se puso aún más bonita. En este caso, era cierto que las embarazadas se ponían más guapas. Aunque seguía vistiendo de la misma forma, nunca escote, se notaba que las tetas adquirieron más volumen. Mi mente ya calenturienta empezó a fijarse más de lo normal en ella. Hasta entonces había sido un pasatiempo, una chica en la que me fijaba, pero nada más allá. Me empezaba a preocupar que mi mente pensase habitualmente en ella. Cuando tuvieron el niño, Soren y Dana anunciaron que ella iba a dejar de trabajar a tiempo completo. Es más, iba a pedir una reducción de jornada para trabajar solo 2 días a la semana. Esto era bastante habitual en Dinamarca, país que ayuda bastante en la conciliación familiar. Sin embargo, en la práctica, especialmente para Dana que no había cumplido todavía los 30 años, supondría un parón en su carrera. Parecía convencida de ello y no preocuparle. En mi opinión, para una chica tan brillante y ambiciosa, era un error del que quizá no se estaba dando cuenta todavía.

    Pasó un año. En la celebración del cumpleaños del niño, noté que Dana estaba más callada de lo normal, algo más sombría. La verdad, llevaba un tiempo sin ser la misma. Seguía estando preciosa, pero tenía un aire más triste. Aneka me contó que Dana tenía el ánimo más decaído desde el parto. Soren viajaba a menudo entre semana por el país, y estaba ella sola para cuidar al niño. Se estaba planteando volver a trabajar a tiempo completo, aunque Soren no estaba del todo de acuerdo ya que él viajaba y consideraba que el niño debía estar con uno de los padres. En cuanto a mi relación con Aneka, seguía igual. No estábamos mal, pero tampoco bien. Nos queríamos, pero había algo que nos estaba separando.

    Mi trabajo también se convirtió en mi distracción. Los martes me había acostumbrado a ir a comer a un bar que estaba relativamente cerca. Era el único día que me permitía el lujo de tomarme tiempo de más para comer. No era casualidad que el bar estuviese también relativamente cerca de la casa de Dana y Soren. La había visto una vez mientras comía, hacía un mes paseando con el cochecito del niño. No sé muy bien qué estaba haciendo. Estaba peleando conmigo mismo. Cada martes iba al bar, me sentaba, y esperaba mirando por la ventana ver otra vez a Dana. Y ese día llegó. El día estaba desapacible, y presagiaba lluvia. Estábamos en primavera, por lo que a pesar del día, la gente ya había dejado el abrigo en casa y vestía más ligero. Estando sentado en la mesa, comiendo, observé que el cielo se cubrió completamente, y oscureció. Se esperaba lluvia, pero esto parecía que iba a ser una tormenta grande. Empezó a llover, primero de forma normal, para pasar a llover de forma muy fuerte. El viento se intensificó, la fuerza de la tormenta era inesperada. Las calles se vaciaron. Estaba ensimismado en mis pensamientos, cuando vi una mujer con un cochecito de bebé corriendo lo más que podía, y con una mano sujetando un paraguas que pronto rompió el viento. Era Dana, la había pillado la tormenta en medio del paseo. Estaba diluviando como no había visto nunca en los años que llevaba allí. Pagué rápidamente y salí en su ayuda. Crucé la calle y llegué hasta ella, ya prácticamente empapado en un par de segundos. Ella, que llevaba ya un rato debajo de la lluvia, estaba como si hubiese saltado a una piscina. Me miró sorprendida de encontrarme ahí, y sin decir nada, cogí el cochecito y empecé a empujar corriendo hacia su casa, mientras ella me siguió detrás. Llegamos a su casa, abrió la puerta y subimos a su piso por unas escaleras. Iba con un vestido blanco hasta las rodillas, de tela algo gruesa, sin mangas, sin escote como habitualmente. Ella iba delante y yo detrás con el cochecito a cuestas. El niño estaba algo mojado, aunque se había salvado de lo peor al llevar la capota puesta. Ella sin embargo estaba tan empapada que, a pesar de no ser un vestido de tela fina, y gracias también a que era blanco, intuí desde atrás el contorno de un tanga. Me puso a mil. Llegamos a su piso, y abrió la puerta rápidamente. Se dio la vuelta, tenía la cara algo manchada con el maquillaje de los ojos que se había corrido por la lluvia. Más allá de estar preocupada por su apariencia o por lo que yo pudiese ver o no, estaba preocupada y centrada, como buena madre primeriza, en calentar lo más rápido al niño.

    – Voy a meterle en la bañera en agua caliente! – dijo apresuradamente.

    Su cuerpo chorreaba agua en el suelo. Entonces, sin importarle lo más mínimo mi presencia ni prestarme atención, y para no mojar el suelo, se quitó los zapatos primero, y estando de espaldas a mí, bajó las manos a la parte inferior del vestido, lo agarró y empezó a subirlo. Me quedé paralizado. Estaba parado en el descansillo, agarrando con ambas manos el cochecito con el niño dentro, mi boca abierta por completo y mis ojos como platos. Delante de mí, y de espaldas, Dana levantaba con dificultad el vestido, ya que estaba pegado a su cuerpo por la humedad. Cuando llegó a la altura de la cintura, me recorrió un escalofrío por el pecho, oprimiéndolo. Al levantar el vestido dejó ver un tanga blanco, los extremos de unos 5 centímetros que al llegar al centro bajaba, disminuyendo en grosor y perdiéndose a medio camino entre sus nalgas. Qué culazo, ni un defecto, fuerte, tonificado por el continuo deporte que había comenzado al poco de dar a luz, me entraron ganas de follármelo ahí mismo. Siguió subiéndose el vestido, dejando a la vista la parte de atrás del sujetador. Al pasárselo por la cabeza, y por lo mojada que estaba, se quedó atascado, y ahí estaba intentando quitarse el vestido mientras yo observaba sin ningún rubor su increíble culo, moviéndose de un lado a otro para sacarse la ropa. Finalmente se lo consiguió quitar, y aceleradamente sin mirarme dijo que trajese al niño al baño. Desperté del trance, cogí al niño y lo llevé. Allí otra vez me quedé embobado. La bañera se estaba llenando, y Dana se acercó a coger al niño. Ahora la vi de frente. El sujetador enseñaba más que los bikinis que solía llevar, y pude ver más de lo que jamás había visto. Era un sujetador también blanco, ajustado, sus tetas lo llenaban completamente y lo rebosaban, y dejaba a la vista el canalillo entre ellas. Además al estar empapada, tenía agua por toda la piel, incluido sus tetas, parecía una película de adultos. Cogió al niño a toda velocidad para desvestirlo y meterlo en la bañera de agua caliente. Con el movimiento sus tetas botaban visiblemente en el sujetador. Yo no podía más. Nunca me había pasado, pero esto era de película. Me dio la sensación de que me iba a correr ahí mismo. Qué espectáculo. Metió al niño en la bañera, y por primera vez me miró para decirme que se iba a bañar con él, y yo podía usar el otro baño y coger ropa de Soren. Claramente era una invitación a irme. Reaccioné, salí, me sequé, me vestí, y dije desde fuera que me iba. No esperé a escuchar su respuesta. No sé si se había dado cuenta de cómo la miraba pero tenía que irme de allí lo antes posible. Sentí vergüenza. Llamé a mi trabajo y dije que me iba a casa, ya que me había pillado la tormenta en la calle.

    Los días siguientes no escuché nada de ella, ni un mensaje de gracias, o de cualquier otro tipo. Me acojoné, pensé que la había cagado, se había dado cuenta seguro del repaso que la di con la mirada. El fin de semana fuimos a casa de los padres de Aneka, para la típica reunión familiar. La ocasión esta vez era hablar de la boda de Karl, el hermano mediano, que se casaba en 2 semanas con una chica con la que salía desde hacía un par de años. Estaba nervioso por cómo me recibiría Dana, o peor, por si le hubiese contado algo a Soren. Por fortuna nada ocurrió, es más, Dana, dentro del estado de ánimo algo más decaído que tenía, charló amigablemente conmigo y se disculpó por no darme las gracias antes por haberla ayudado el día de la tormenta. Sin embargo, parece ser que no se lo había contado a nadie, lo que me resultó raro.

    La boda se celebró a mediodía, y por la tarde cenamos en un restaurante que tenía un club en el piso de debajo. Como es tradicional allí, a la cena y fiesta acudimos un grupo pequeño de los familiares más cercanos, unas 30 personas en total. El alcohol fluyó durante la cena, y después en la pista de baile. Tanto Aneka como Dana, necesitadas anímicamente de ello, iban bastante contentas. Dana vestía un elegante vestido rojo pasión por encima de las rodillas, sensual para lo habitual en ella. Era la fotógrafa oficiosa de la boda, por lo que iba con su móvil haciendo fotos. Se la veía animada, por fin después de tanto tiempo, aunque fuese fruto del alcohol. Era ya tarde, y no me había prestado especial atención hasta ese momento. Aneka estaba en un sillón, medio borracha, hablando con sus primos, y yo estaba de pie con mi copa apoyado en una mesa, cuando vi que Dana finalmente se me acercaba, sonriendo y caminando con cierto desequilibrio. Sin dejar de sonreír y a un metro de mí, dijo:

    – Una sonrisa del chico más guapo de la fiesta!

    Sorprendido por la espontaneidad, miré alrededor, y vi que Soren seguía en el club, hablando con algún familiar. Me pregunto qué hubiese pensado de esta afirmación. Se puso detrás de mí, alargó el brazo con el móvil en la mano para hacernos una foto. Entonces se acercó más para salir los dos, y noté que apoyaba su cuerpo en mi espalda. No se apoyó fuertemente contra mí, pero tampoco fue un ligero roce. Sentía claramente sus tetas, y estoy seguro de que ella se estaba dando cuenta de que estaba apoyándose con ellas en mi espalda. Puso su cara a unos centímetros de la mía, y sacó la foto. Un relámpago recorrió mi cuerpo, presionando mi pecho, los pocos segundos que estuvo apoyada contra mí. Me vinieron a la cabeza las imágenes de ella empapada, en tanga y sujetador, sus tetas apretadas dentro, botando, esas mismas tetas que ahora estaban apoyadas contra mi cuerpo. Mi polla empezó a dar saltos, mis piernas a flojear. Una vez hizo la foto, se alejó como si nada buscando alguien con quien hacerse más fotos. Yo por mi parte quedé hecho un flan, mi corazón latiendo fuertemente. Tenía que salir de allí. Dejé la copa en la mesa y me fui al baño. Eran los últimos momentos de la fiesta, y ya quedábamos pocos, por lo que el baño estaba vacío. Abrí el grifo, me mojé la cara y me quedé mirándome al espejo. Qué coño estaba pasando con mi vida. Entonces, en el espejo vi que la puerta del baño, detrás de mí se abrió. Me quedé de piedra. Dana estaba entrando. Me di la vuelta rápidamente del susto. Se acercó hacia mí sin titubear, mientras yo me quedaba hipnotizado por esos preciosos ojos azules que me miraban fijamente. Se abrazó a mi cuello, volvió a apoyar sus tetas contra mí, esta vez contra mi pecho, y enterró su cabeza sobre mi hombro. Esta vez se apretó fuertemente, sentía completamente sus tetas, y arrimó su cintura contra la mía. No supe cómo reaccionar, me quedé inmóvil. Mi única preocupación en ese momento era que alguien entrase y nos viese.

    – Qué haces! – conseguí decir finalmente

    – Por qué me mirabas así el otro día? – me dijo al oído

    Me quedé helado. Entonces sí se había dado cuenta. Sin dejarme responder, Dana levantó su cabeza de mi hombro, y tras medio segundo en la que su cara quedó a unos centímetros de la mía, me besó. Estaba borracha, aun así no pude resistirme. Me encantaba la delicadeza de sus labios, no me podía creer que me estuviese besando con ella. Por un momento me olvidé de lo peligroso de la situación, y me dejé llevar. Tras unos segundos en los que ella estaba besando mis inmóviles labios, empecé a mover los míos también. Cerré los ojos, puse mis manos alrededor de su cintura, mientras ella seguía agarrándose a mi cuello, besándome cada vez más apasionadamente. Sus tetas presionando mi pecho, noté su entrepierna contra mi polla. Esto era demasiado, había fantaseado con este momento muchas veces, pero nunca imaginé que ocurriría. Mi polla no tardó en ponerse dura. Dana lo notó. Dejó de besarme, abrí los ojos. Me estaba mirando con esos preciosos ojos fijamente, mordiéndose el labio inferior sensualmente, estaba calentísima, y borracha, no tenía ya control sobre sí misma. Bajó su mano y me tocó la polla ya bien dura por encima del pantalón. Yo estaba alucinando, conocía a Dana desde hacía años, nunca me dio la impresión de que fuese tan atrevida. En ese momento, mi conciencia volvió a despertar, y asustado, la separé de mí. Qué estaba haciendo. Me estaba liando con la novia del hermano de mi novia, madre de un niño. Me dirigí a la puerta y salí apresuradamente. Por suerte, a los baños se accedía por un pasillo, por lo que la poca gente que quedaba en la fiesta, la mayoría pasada de alcohol, no nos vio entrar ni salir del mismo baño. Me dirigí a Aneka, que seguía en el sillón, la dije que me quería ir que estaba cansado, y que la esperaba fuera.

    Desperté el día siguiente, domingo, con dolor de cabeza. Aneka se pasó el día en la cama, se había pillado una buena borrachera. Salí a caminar, mientras me comía la cabeza sobre lo que había pasado la noche anterior. A parte del remordimiento, había otra pregunta, egoísta, que no podía quitarme de la cabeza. Fue lo ocurrido consecuencia del día de la tormenta y del alcohol? O se había fijado ya antes en mí? No me atreví a escribirla, pero necesitábamos aclarar las cosas. No había sido un desliz con una desconocida. Éramos en cierto modo familia, y nos íbamos a seguir viendo sí o sí. Tenía que hablar con ella, tenía que mirarla a los ojos y asegurarme de que había sido un error, por mucho que hubiese fantaseado en el pasado con ella.

    Soren iba a estar un par de días fuera esa semana. Dana trabajaba miércoles y jueves, por lo que el lunes estaría en casa. Y yo no podía esperar. Tomé una decisión impulsiva, quizá no muy reflexionada, estaba en un momento muy confuso. El lunes por la mañana me despedí de Aneka como si fuese a trabajar. Llamé a mi trabajo para decir que estaba enfermo, y me fui directo a casa de Dana. Esperé al otro lado de la calle hasta que vi marcharse a Soren. Entones crucé, y llamé al timbre. Solo esperaba que Dana no le hubiese confesado nada. No tenía ni idea de cómo iba a responder. Quizá no me quisiese ver. Me había convencido a mí mismo de que tenía que verla para aclarar las cosas. Pero era esto cierto? Era esta la única razón por la que necesitaba verla? En mi mente repetía una y otra vez el momento en el baño, la sensación que sus labios me habían provocado al tocar los míos, la sensación al sentir sus tetas, su mano tocando mi polla. Vivía una lucha interna.

    De repente sonó el aparato y la puerta se abrió automáticamente, sin mediar ninguna palabra. Quizá Dana se pensó que Soren se había olvidado algo y abrió sin preguntar. Subí las escaleras, lentamente, mi corazón martilleando contra mi pecho. Llegué a la puerta, dudé un momento, y llamé. La puerta se abrió, y apareció Dana. Llevaba puestos unos leggings ajustados, y una camiseta sin mangas. Qué preciosidad de mujer. Se quedó muda. Esos increíbles ojos azules sorprendidos al verme. Yo tampoco sabía qué decir. Las palabras se atropellaban en mi mente. Finalmente habló ella.

    – Qué haces aquí – dijo con voz temblorosa

    – Tenemos que hablar de lo que pasó. Tenemos que arreglar esto lo antes posible, antes de volver a vernos con toda la familia delante – respondí

    Se retiró, cabizbaja, quedando apoyada contra la pared. Entré cerrando la puerta, quedé enfrente de ella. Viéndola apoyada contra la pared, con la cabeza agachada, indefensa, derrotada, se me olvidó cualquier razón por la que había venido, y la abracé. Tras un segundo, subió los brazos para rodearme el cuello, y me devolvió el abrazo, mientras la oía sollozar. Nos quedamos un rato abrazados hasta que me separé ligeramente. Dana levantó la cabeza, y se me quedó mirando con esos ojos azules claros, llorosos ahora. Me miraban de una forma especial, me tenían atrapado.

    – El niño está durmiendo – dijo

    No entendí qué quiso decir, pero no hizo falta. Inmediatamente después, se acercó a mí para besarme, otra vez. Esta vez no había alcohol de por medio, sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Estaba rendido a ella. No podía rechazarla, Aneka no era ya un elemento de fuerza suficiente para sentir culpa. Dana me tenía loco, esos ojos, esa bonita cara, esa cuidada melena rubia, esa figura atlética, esas tetas perfectas, ese culo increíble. El tiempo de remordimiento y cautela había pasado. La rodeé con los brazos y bajé las manos hasta su culo, agarrándolo. Qué culazo, que sensación al tocarlo. Nos besamos, la empujé contra la pared mientras la sujetaba del culo, ella me abrazaba fuertemente del cuello. Sentí sus tetas contra mí, y me pareció que no llevaba sujetador. Me gustaban sus suaves labios, tocaba su lengua con la mía. Tras un rato, me apartó para mirarme. Su expresión había cambiado. Volvía a ver en sus ojos la lujuria que vi en el baño. Me cogió de la mano y me llevó a su cuarto. Mientras caminábamos, iba mirando su culo de forma perfecta en esos leggings ajustados. Entramos y me empujó a su cama, todavía deshecha. Quedé tumbado bocarriba. Se quedó delante de mí, de pie. Bajó sus manos para agarrarse la parte inferior de la camiseta. Se quedó un momento así, con la mirada perdida, quizá dudando, quizá pensando en Soren, que había sido con bastante probabilidad su primer novio serio. Si daba este paso, ya no había vuelta atrás para ella. Salió de su pequeño trance, me miró y esbozó una pequeña sonrisa. Que Dana me sonriese así me hizo sentir especial, ya no me veía simplemente como uno más de la familia. Empezó a subir su camiseta de forma lenta. No creo que fuese su intención hacerlo de forma tan provocativa, más bien sus nervios no la dejaban ir más rápido. Noté que las manos le temblaban. Yo respiraba con rapidez, estaba a punto de ver lo que había soñado durante años. Descubrió su tripa plana, como la recordaba. Siguió subiendo la camiseta, y a continuación se produjo la imagen más sexy que hubiese visto nunca. Vi el contorno inferior de sus tetas, sin sujetador, como había pensado, lo que ya me provocó un sentimiento frío en el pecho. Iba a explotar, mi corazón acelerado como nunca, mi mente iba a la velocidad de la luz. Dana era un monumento de mujer. Al seguir subiendo la camiseta lentamente, las tetas se elevaron también, arrastradas por ella. Subió más, y finalmente las tetas se liberaron de la camiseta, bajando botando a su posición normal, mientras se terminó de quitar la camiseta por completo y la dejó en el suelo.

    No se podía ser más sensual. No se podía estar más buena. Qué tetas tenía. Voluminosas, pero no grandes, bien sujetas en su sitio, con los pezones pequeños pero sexys. Dana, la novia del hermano de mi novia, madre de un niño, a la que conocía desde hacía años, con la que había hablado normalmente, parte de la familia, a la que lo máximo que había visto era en un bikini conservador, y a la que nunca me había siquiera imaginado que podría ver desnuda, estaba de pie, enfrente de mí, vistiendo solo unos leggings ajustados.

    Me incorporé y la arrastré de la mano para tumbarse encima de mí. La agarré del culo, y la besé. Yo estaba nervioso, y ella también, pero la atracción mutua era grande, y la calentura empezó a vencer al miedo. Cogí los leggings del elástico y tiré hacia abajo, hasta dejarlos a la altura de sus muslos. Volví a subir las manos para ponerlas en su culo. Llevaba un tanga parecido al de la otra vez. El tacto de su culo era brutal, lo agarré con fuerza, dando Dana un suspiro al que acompañó con una pequeña sonrisa. Se levantó, se quitó completamente los leggings, y quedó de rodillas sobre mi cintura. Levanté las manos para tocar sus tetas. Suaves, las cubrí con mis manos, apretándolas, luego pasé a tocar sus pezones con mis dedos, excitándolos. Ella mientras desabrochaba los botones de mi camisa, quitándomela. Pasó entonces sus manos hacia abajo, centrándose en el botón del pantalón. Un escalofrío me recorrió el vientre, desde hacía años las únicas manos que habían estado por esa zona eran las de Aneka, a parte de la misma mano de Dana el otro día en el baño. Me desabrochó el pantalón y cremallera, mientras yo seguía disfrutando de sus preciosas tetas con mis manos. Se incorporó un momento para quitarme el pantalón y demás, dejándome únicamente con mi bóxer puesto, bajo el que se notaba ya una incipiente erección. Según volvía a ponerse de rodillas sobre mí, sus tetas se movían acordemente, libres. Me excitaban muchísimo. Se quedó mirando el bulto debajo de mi bóxer antes de ponerse encima de mí, para posteriormente mirarme a los ojos echándome una traviesa sonrisa. Esa mirada con esos ojos y esa sonrisa podrían parar guerras. Solo la tela de mi bóxer y de su tanga separaba mi polla de su coño, pero podía sentir el enorme calor que desprendía su entrepierna. Dana estaba cachonda como una mula. Se empezó a mover, restregando su entrepierna contra mi polla, mientras se agachaba para besarme, agarrándome la cabeza. Yo no desaproveché el momento para poner las manos en ese culo que tanto me gustaba. No iba a esperar más. Cogí el tanga de los lados y tiré para abajo. Ella me ayudó despegándose de mí, para que pudiese quitárselo del todo. Parece que ella tampoco quería esperar más, porque dejó de besarme, se incorporó y cogiendo el bóxer del elástico, empezó a bajarlo. Fue en este momento cuando pude verla por fin completamente desnuda. Tenía un coño tremendo, depilado y tan solo dejando una pequeña tira de pelo. Como había notado, estaba cachondísima. El coño estaba ya bastante mojado, se veía lubricado, más de a lo que estaba acostumbrado con Aneka. Entonces vi dos pequeñas gotas saliendo de su coño, deslizándose por su pierna. Estaba chorreando. Madre mía, pensé. Esto no lo había visto nunca. Qué follada me va a pegar.

    Me quitó el bóxer y sin esperar un segundo se lanzó a por mi polla, metiéndosela en la boca por completo. Mi polla estaba dura, pero no completamente erecta. En cualquier caso, tardó solo unos segundos en llegar a su máximo dentro de la boca de Dana. Recorría el largo de mi polla despacio, pero sin descanso, con los ojos cerrados, se la veía disfrutar. Se sujetaba el pelo para que no le cayese en la cara, así también podía yo ver perfectamente su boca rodeando mi polla. Sus tetas colgando me ponían cachondísimo, me incliné un poco y alargué las manos para poder sujetarlas, sintiendo sus excitados pezones en las palmas de mis manos. Con una mano se sujetaba el pelo, con la otra sujetaba mi polla, o se apoyaba en mi muslo, momento en el que quedaba su boca como única sujeción. Levantó la mirada hacia mí, abriendo los ojos, con mi polla dentro de su boca. Me temblaron las manos, que estaban sujetando sus tetas. Era demasiado para mí, yo no podía con semejante mujer. Esos ojos azul claro brillante del mar, esa preciosa cara conocida durante años, familiar, prohibida, imposible, esa delicada boca de sensuales labios, que llevaba años viendo, y ahora estaban rodeando mi polla. Tenía que recomponerme o me iba a correr en segundos.

    La atraje hacia mí, ella comprendió al instante. Se sacó mi polla de la boca, y se puso otra vez de rodillas sobre mí. Por sus muslos se deslizaban gotas. Cogió mi polla con la mano y se la acercó a la entrada de su coño. Se me pasó por la cabeza preguntar por un condón, pero estaba tan caliente que no dije nada, quería follármela a pelo. Ella tampoco lo mencionó. Mientras me miraba fijamente, mi polla empezó a entrar lentamente dentro, dándome un placer indescriptible. Tenía un coño estrecho a pesar de haber tenido ya un hijo, notaba perfectamente como la piel de mi polla se iba retirando según entraba más profundo. Pero gracias a lo mucho que estaba lubricando, entraba sin dificultad. Dentro la sentía caliente, el coño de Dana era un horno. Vi cómo apretaba los labios fuertemente de placer, una pequeña lágrima salió de sus ojos mientras me miraba. Mi polla entró por completo dentro. La cogí con las manos del culo y empecé a moverme. Ella me siguió, y pronto estábamos cabalgando a buen ritmo. Entraba y salía de su lubricado coño una y otra vez. Mi entrepierna chocaba contra su culo, el cual yo sujetaba con fuerza. Sus tetas botaban al ritmo de la follada, su melena se movía como una cortina con el viento. Dana jadeaba, gemía, suspiraba. Ya no era la novia de Soren, ni parte de mi familia, ni la cuñada y nuera perfecta de Aneka y sus padres, ni una amiga, ni una persona a la que conocía desde hacía años. Era mi mujer, entregada totalmente a mí.

    Me iba a correr casi ya, pero quería seguir disfrutando del momento. La levanté y eché a un lado, indicándola que se pusiese a cuatro patas. Al lado de la cama, colgado en la pared, había un espejo estrecho, pero largo, y tuve una idea. La moví de tal forma que su cara quedó de frente al espejo, por lo que podía follármela a cuatro patas, viendo y sintiendo su magnífico culo, mientras en el espejo podía ver su bonita cara y tetas. No sé si se dio cuenta de que la quería ver en el espejo, Dana estaba solo concentrada en la follada que la estaba dando. En esa posición, con todo el culo de Dana delante de mí, acerqué mi polla a la entrada de su coño, y la metí sin ninguna dificultad. Empecé un movimiento cada vez más rápido de mete y saca, golpeaba con fuerza contra su culo con mi cadera, estrujándolo con fuerza con una mano mientras con la otra me sujetaba de su cintura. Sentía mis huevos balancearse cada vez que su culo detenía mi embestida una y otra vez. Su jadeo dio paso a un gemido cada vez más alto, hasta convertirse en gritos de placer cada vez que mi polla salía y entraba en su coño, entrecortados e interrumpidos por el fuerte golpe de mi cuerpo contra su culo. Esperaba por nuestro bien que a esas tempranas horas del día los vecinos no estuviesen en casa, si no Dana tendría un problema en explicar esos gritos de placer mientras su novio estaba de viaje.

    Me iba a correr de un momento a otro. Levanté la mirada hacia el espejo. Dana estaba con las palmas de las manos apoyadas en la cama, sus tetas bailaban con cada arremetida, y su cara, esa preciosa cara, era la descripción literal del placer absoluto. Cerraba y abría los ojos, la boca medio abierta gimiendo y gritando, miraba hacia un lado, hacia el otro, hacia abajo, no se dio cuenta de que la estaba mirando por el espejo. Esta imagen fue la más morbosa de todas, la buena de Dana, cariñosa y atenta novia de Soren, madre de su hijo, disfrutando como una poseída de la follada que yo la estaba pegando. No aguantaba más, quería correrme dentro de ella, quería llenarla con mi semen, quería vaciar dentro de ella hasta la última gota que mis huevos almacenaban. Mi mente no pensaba racionalmente y no pregunté si podía correrme dentro. Ella tampoco dijo nada. Faltaba muy poco, sentí el cosquilleo típico que precede a la descarga. Embestí con todas mis fuerzas, más aún que antes, la estaba follando con rabia. Sentí presión en mis huevos, que seguían balanceándose con cada golpe. Un cosquilleo frío, la presión se trasladó a mi polla, y finalmente un sentimiento de descarga tremendo por toda la base hasta llegar a la punta, desde donde sentí cómo el semen salió con violencia, dentro del coño de Dana. Mientras me corría, la miré en el espejo, sus ojos cerrados con fuerza, cara desencajada y boca completamente abierta emitiendo unos entrecortados gritos de placer enormes que se tuvieron que oír hasta en la calle. Al mismo tiempo que Dana gritaba fuertemente y yo me empezaba a correr dentro de ella, sentí líquido descendiendo por mi polla, bajando por mis huevos y deslizándose por mi entrepierna y muslos. Pensé que era mi propio semen, dada la potencia de una corrida como no recordaba nunca. La sensación del semen cargándose en la base, el movimiento de espasmo en el tronco y la descarga por la punta se repitió unas veces más, cada vez con menos intensidad, haciéndome desfallecer al final por la brutal corrida. Mi ritmo también deceleró, quedando en una simple embestida brusca contra su culo en las últimas descargas. Al terminar de correrme, me dejé caer sobre la espalda de Dana, ella se dejó caer sobre la cama, y me tumbé a su lado. Me miré los muslos, el líquido que había descendido por ellos no era mi semen, Dana se había corrido al mismo tiempo que yo. Nunca había estado con una mujer que se corriese así. Dana quedó tumbada bocabajo, con su cabeza girada hacia mí. Sus bonitos ojos azules mirándome, con una pequeña dulce sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo, vi un atisbo de felicidad real en ella.

     

  • Confesión secreta

    Confesión secreta

    Tengo 22 años, mido 1,73 y soy latino. Me gustaría compartir algunas de mis fantasías sexuales con vosotros. Algunas ya las he realizado, otras no. Pero cada experiencia es única entonces no cuenta como repetida aunque sea la misma, no? Carpe diem

    Muchas veces me como la cabeza pensando si eso es normal o no e intento encontrar un motivo para tener unas fantasías tan poco comunes como las mías. Puede que sea normal para mucha gente, la verdad es que no lo tengo claro. Una vez leí en un periódico que al ver porno idealizábamos situaciones que en la «vida real» no existían y eso generaba una insatisfacción en nuestra relación y eso me hizo pensar un montón porque a menudo me pasaba eso.

    No sé si por ver porno o si por leer muchos cuentos y relatos eróticos. Leía desde confesiones hasta relatos de cuernos y exhibicionismo y casi todos me ponían muchísimo, algunos, inclusive, intenté realizarlos. Creo que el hecho de haber leído tantos relatos fomentó mi creatividad sexual, por eso hoy tengo esas fantasías que para mi son un poco raras.

    Perdón por los errores gramaticales, aún estoy aprendiendo a escribir en castellano y me cuesta un poco.

    Exhibicionismo

    Creo que el exhibicionismo le da morbo a casi todo el mundo, pienso que es una de mis fantasías más normales, pero confieso que me pone muchísimo. Imaginarme follando en un sitio público o que mi pareja me provoque en un sitio público, rollo, usar faldas sin nada por abajo. O que alguien nos vea o vea solo a ella mientras yo lo esté viendo… Puf, solo en pensar tengo casi un orgasmo mental.

    Spitting

    Otra cosa que me pone bastante es el spitting. Para mi cuanto más guarro sea el sexo, mejor es la experiencia, pero eso no significa que siempre tenga que ser así, hay que saber moderar.

    Sumisión

    Imaginar que tu pareja te domine en la cama, te coja y haga lo que quiera contigo de forma brusca como si fueras un juguete, cogerte de los pelos, escupirte, darte una bofetada, ponerte el coño o culo en la cara, eso me flipa. Nunca me lo hicieron pero aún tengo esperanzas de encontrar a alguien que se atreva.

    Griego

    Creo que el griego es la cereza de la tarta en el sexo, me encanta hacerlo y pienso que no puede faltar en el sexo.

    Provocación

    Parecido al exhibicionismo pero involucrando a personas aunque sea en la imaginación. Me pone muchísimo cuando mi pareja me dice cosas guarras o me cuenta detalladamente sus experiencias pasadas o sus fantasías más obscuras. Me flipa imaginar otro haciendo lo que yo quiero hacer. Que conste que eso solo me pone en la mente, creo que no llegaría a hacer nada del tipo físicamente.

    Pero que te diga al oído cosas guarras como sus experiencias pasadas, sus deseos por otros, sus fantasías, lo que hizo ayer o lo que le gustaría hacer contigo o con otro, me flipa muchísimo.

    Bueno, creo que esos son mis fantasías más obscuras, me gustaría que compartierais vuestras opiniones para quitarme el peso de la cabeza de que no soy tan raro así, que más personas también sienten morbo por esas cosas.

  • Un colombiano me coge frente a mi marido

    Un colombiano me coge frente a mi marido

    Lo conocimos en un bar de Acoxpa, ahí por Coapa, era un tipo muy fornido elegante, muy educado y guapísimo, me encantó desde que lo vi, Luis lo notó de inmediato y me dijo que era libre de coquetearle y lo que viniera.

    Lo invité a nuestra mesa, charlábamos cosas interesantes, tenía 35 años, era casado y de Colombia su nombre es Jhocar, vino a México para trabajar de instructor de un gimnasio privado.

    Yo no podía dejar de coquetearle, lo abrazaba, me le repujaba en los bailes, Luis me miraba tan excitado que sabía que pronto vendría algo muy rico.

    Ya pasando la media noche y hablando más en serio, fuimos directos…

    L: Mira amigo, me caíste bien y veo que a mi esposa le gustas, eso no me molesta, pero nosotros somos especiales, a mí me gusta ver a mi esposa con otros, aquí la pregunta es, ¿te animas a cogértela? ¿¡Y tendrías problema si yo los observo!?

    M: ¡Anímate guapo, te voy a complacer mucho!

    Él nos miraba serio, miraba a Lety y luego me miraba mí, nos sonreía y miraba nuevamente a Lety, ¡así estuvo un par de minutos hasta que acepto, solo que nos pidió fuera en un hotel y no en nuestra casa!

    Llegamos a un hotel cerca de la zona, Luis se puso cómodo mientras yo besaba muy apasionadamente al colombiano, el besaba y acariciaba riquísimo, de reojo miraba como Luis disfrutaba lo que sucedía, eso me prendía más y más gozaba al colombiano.

    Poco a poco nuestras ropas fueron cayendo, su delicioso cuerpo estaba a mi merced, el me desprendía del vestido dejándome solo en tanga! Sus manos acariciaban mis piernas y mi abdomen, apretaba fuerte y delicadamente mientras nos besábamos como si estuviéramos enamorados.

    L: ¡Ya pasen a algo mejor corazón!

    M: ¡Parece que mi marido está impaciente

    J: ¡Jajá, vamos a complacerlo!

    Me tiro a la cama y con su boca me quito la tanga, comenzó a besarme de los pies a la cabeza, yo miraba a Luis mientras la lengua del colombiano subía suave y excitantemente por mis muslos, besaba mis entrepiernas, sus manos acariciaban mis pechos y apretaban mis pezones, quise mostrarle o darle un adelanto de lo que le iba a hacer en mi turno, así que tome sus manos y comencé a lamer sus dedos como si de un pene se tratara.

    L: ¡Lety que zorra!, como te devoras sus manos!

    M: ¡Sabes que me encanta hacer eso amor!

    J: ¡Que pareja tan loca son!

    Jhocar se quitó la trusa y casi me desmayo al ver su tremendo y hermoso animal entre sus piernas, unos testículos grandes y depilados y una deliciosa y enorme verga bien hermosa, nunca había visto una así, media aproximadamente unos 27 cm y 6 cm de grosor, de solo verla me moje, Luis también se sorprendió al ver el animal de Jhocar.

    L: ¡Puta madre! ¡Mi amor te va a reventar todo!

    M: ¡Si amor, la tiene muy grande y hermosa!

    J: Gracias por los halagos, pero Lety, ¡porque no pasas a demostrarme como chupan las mexicanas!

    Él se acostó y yo bajé a su parte, comencé a poner su verga en mi cara, con mis manos sobaba los testículos que parecían un par de piedras, mi lengua besaba desde donde inicia su ano hasta la cabeza de su hermosa verga, lo tomé con mis dos manos y daba lamidas en la cabecita de su verga, el lanzaba ligeros gemidos y mi marido observaba atento.

    Comencé a meterlo lentamente a mi boca, apenas si me cabía, increíblemente sabia delicioso, nunca había chupado una verga tan arreglada, lo devoré como si de una cena fina se tratara, Luis ya se acariciaba por encima de su pantalón, abría toda mi boca y metía ese animal hasta sentir como me ahogaba, el me acariciaba la frente y jugaba con mi cabello, yo seguía devorándome su deliciosa verga.

    M: ¡Que rica verga, nunca había comido una tan rica!

    J: Hermosa, ¡pero se va a enojar tu marido!

    M: No se enoja, ¿verdad que no te enojas amor?

    L: Sigue comiendo nena, ¡demuéstrale que las mexicanas lo hacen rico!

    Jhocar me tomo de la cadera y me subió a su cara, comenzamos un delicioso 69, su lengua lamia y entraba de una forma tan rica en mí, sus dedos jugueteaban mi clítoris y mis nalgas.

    J: ¡Que hermoso cuerpo, estas riquísima!

    M: Gracias nene, ¡tú igual eres un manjar!

    Después de estarnos comiendo por un rato, me subí a cabalgarlo, el me besaba y me mordía las tetas, yo me dejaba caer suave en su rico y duro palo, Luis nos comenzó a grabar, mientras yo hacía gala de mis sensuales movimientos de cadera.

    L: ¡Así amor, muévete, goza esa verga!

    J: ¡Que rico coges Lety, muévete así rico mami!

    M: ¡Disfruten, disfruten a esta hembra!

    El me acostó en la cama y me levanto las piernas, dejándome las rodillas en mi frente, la empezó a meter suave, yo gemía del placer que sentía al tenerla en esa forma, el me besaba los pies y me acariciaba las nalgas, no dejaba de decirme lo buena que estoy y como lo apretaba mi vagina, Luis seguía grabando y animándonos a los dos, yo estaba gozando de lo lindo, ¡ese colombiano cogía como dios!

    Decidió hacerlo un poco más normal y pasional, me acostó y se subió en la de misionero, me besaba y mordía mi cuello, sus manos apretaban mis nalgas, en ese momento Luis ya tenía su verga de fuera y lista para masturbarse.

    M: ¿Estas gozando Luis?

    L: ¡Amor, te coge bien rico!

    M: ¡Me coge más rico que tú amor!

    L: ¡Si bebe, pues pídele más!

    Me puso en cuatro, yo me abrí todita para que su verga entrara más rica, él se puso de pie debajo de la cama, tomándome de la cintura me empezó a penetrar, su verga entraba por completo, sus movimientos fuertes y suaves al mismo tiempo me hacían jadear como perra, estaba siendo cogida de lo más rico, ¡nadie me había cogido así hasta en ese momento!

    M: Jhocar bebe que rico, métemela, ¡Luis que rico me coge Jhocar!

    L: ¡Si Jhocar, dásela toda, métesela toda!

    J: ¡Lety, que coño más rico y que nalgas, eres la mejor, Luis gracias por dejarme cogerme a tu esposa!

    Sus embestidas eran fuertes, me levanto una pierna y me la dejaba ir mucho más fuerte, me jalaba el cabello, me metía los dedos en mi ano, yo solo gritaba, Luis lo incitaba a que me partiera el ano, yo ya estaba en éxtasis así que no me resistí y le di mi ano, él lo comenzó a besar y lamer mientras sus dedos apretaban mi clítoris, ese colombiano era un dios sexual.

    J: ¡Que hermoso culo, amigo Luis, me dejas darle por aquí a tu Reyna!

    L: ¡Te estas tardando pana!

    M: ¡Métemela papi, hazlo tuyo!

    Me tomo de las manos y comenzó a meterme la puntita, inmediatamente sentí como si me estuviera rompiendo, él puso mis manos en mi espalda como si me estuviera arrestando, la introducía lentamente, yo ya gritaba, el dolor era inmenso y Luis seguía grabando y masturbándose.

    L: ¡Que rico chillas amor, destrózale el culo amigo!

    M: ¡Mira amigo, que puta esposa tienes, me da su rico culo, sufre, pero no quiere que la saque!

    L: ¡Hazla llorar de placer amigo, no me defraudes!

    La conversación de ambos me excitaba más, yo solita comencé a moverme, el sintió mi movimiento que gemía y me pedía que no parara, ambos nos movíamos, Luis me tomaba fotos y grababa clips, Jhocar me embestía tan fuerte que me tiro en la cama, él se subió en mi como toro vuelto loco, yo gemía, ¡estaba siendo empalada por una rica verga colombiana!

    M: ¡Así nene, cógeme, que rico, tu sí que coges rico mi culo!

    J: ¡Así puta, gózala, goza mi verga!

    M: ¡Me matas, me matas!

    L: ¡Lety eres la mejor, te amo!

    Los tres estábamos excitadísimos, yo ya no aguantaba más y mis fluidos salían como si estuviese lloviendo, jhocar que estaba encima de mí, me aplastaba tan rico mientras su verga ya había hecho suyo mi culo, sentí como se empezó a inflar, sabía que se acercaba una tremenda descarga.

    J: ¡Me corro, amigos me voy a correr!

    M: ¡Dámelo en mi culo bebe, Luis tu termina en mi cara!

    L: ¡Si amor, como tú digas, Jhocar llénala de leche!

    J: ¿En serio lo puedo hacer?

    M: ¡Si, lléname de ti!

    Una tremenda descarga salió de su hermosa verga, mi culo era llenado su caliente leche, yo también escurría como esponja y Luis me tiraba su leche en mi cara, mientras me tragaba el semen de mi marido, Jhocar me apretaba los hombros para continuar descargándome su rico néctar.

    J: ¡Lety, eres la numero uno!

    L: ¡Bebe que rico!

    M: ¡Jhocar eres lo máximo!

    Terminé en la cama boca abajo respirando agitadamente, Luis estaba en el sofá y Jhocar acostado acariciándome las nalgas.

    Cogí un par de veces más con él, Luis siempre fue observador y solo se limitó a masturbarse.

    Salimos del hotel, lo dejamos en su trabajo prometiendo hacerlo nuevamente.

    Saludos su amiga Lety.

  • Mi hija y yo somos yo y mi hija

    Mi hija y yo somos yo y mi hija

    Mi familia es muy normal. Papá, mamá, mi hermano y yo, que soy la pequeña. Pequeña, además, de tamaño. Tengo dieciocho años, pero nadie me supondría esa edad. Digo yo que eso irá cambiando, y a lo mejor algún día la gente me toma más en serio porque aparento ser persona mayor. Tenemos una rutina muy normal también, por la mañana desayunamos juntos, y nos vamos todos a trabajar o a estudiar, y no queda nadie en casa hasta la tarde.

    El piso es amplio, y cada uno puede tener una cierta intimidad. No nos llevamos mal, aunque mi hermano es un pesado, y a veces nos peleamos. A mi madre le descubrí facetas nuevas, que ya contaré. Mi padre ha mejorado mucho, ahora que lo conozco mejor. Él también piensa que nos conocemos mejor ahora, pero, claro, con lo que hemos pasado juntos…

    El día comenzó como la familia, muy normal. Yo me levanté, me aseé, y me estaba poniendo el uniforme, primero la blusa, cuando entró mi hermano, sin llamar, como de costumbre, para devolverme un libro de física que le había dejado hacía ya una semana. Qué gandul es, ay.

    —Pero bueno, llama primero, que me estoy vistiendo, dije, poniéndome detrás de la silla. Desde luego, qué falta de educación.

    —Vale, vale, te dejo el libro y me voy, qué finuras nos entran.

    Lo que tengo que aguantar. Luego, cuando iba a entrar al baño, me encuentro a mi padre sentado, leyendo el periódico.

    —Pero, papá, cierra con llave, jolín qué desagradable.

    Mi padre gruñó un poco y me fui. Ay, qué jaleos por la mañana. Después de desayunar, y haber protestado yo por la mala educación de los varones de la familia, fui a la academia de preparación universitaria, y hasta la tarde no volví a casa. Un día como tantos otros.

    Hasta la hora de la cena todo se había desarrollado de manera habitual. Ni frío ni calor, ni más sustos o alegrías que los comunes en la vida. Cuando terminamos, recogimos y ya estábamos todos en pijama, fui a consultarle a papá mis quince días de experiencia en el trabajo, que pensaba yo que podía pasarlos en su empresa. A ver si echaba mano del nepotismo y me conseguía algo no muy complicado pero sí jugoso. Quedamos en que al día siguiente hablaba con el jefe.

    Volví a mi cuarto, y al encender la luz vi que se había fundido la bombilla. Papá vino a cambiarla, con una escalera. No me fío yo mucho de la pericia de mi padre, y lo que pasó me dio la razón. Subido en la escalera hizo el cambio, pero como no encendía cuando yo pulsé el interruptor, apretó un poco, pero nada, y entonces, tocó el lateral del portalámparas, y empezó a moverse y gritar. Le estaba dando un calambrazo bien fuerte. Yo no lo pensé, y fui a tirar de él, sujetándole la mano. Claro, pasó la corriente a mi brazo también, él se cayó de la escalera y los dos caímos desvanecidos.

    No sé cuánto tardamos en despertar, pero no creo que fuera mucho. Nos levantamos algo mareados, ahora sí había luz y ya más tranquilos nos fuimos cada uno a su cama. Al meterme en la cama me di cuenta de que mi pijama tenía manga larga y pantalón largo, cuando yo me había puesto un short de felpa y una camiseta de manga corta. Algo me rozaba la entrepierna. Separé el pantalón de la cintura, y vi que aquello no era mío. El grito que lancé se unió con otro mío abriendo la puerta, por lo cual paramos en seco los gritos de los dos, mientras nos mirábamos. Yo estaba en la puerta, asombrada. Pero si yo me veía, ¿cómo podía estar allí?

    Yo me acerqué a donde yo estaba, y me dije.

    —Soy yo.

    —Claro que soy yo. ¿Pero quién eres tú?

    —Papá.

    —¿Eh?

    —Iba por el pasillo y vi que todo estaba más alto, y que tenía fresco en las piernas, y miré y me miré y vi que aquello no era mío, ¡ni yo era yo!

    Se nos habían intercambiado las mentes. ¿Qué podíamos hacer ahora? Nos quedamos mirándonos un rato.

    —Fue cuando nos dio la corriente, seguro —dijo papá—. Hay que volver a probar con el enchufe.

    E iba a meter los dedos en el enchufe.

    —Pero, papá, no seas bruto.

    En fin, que probamos, pero nada. Papá se echó saliva en los dedos, a ver si así.

    —Es que habrá que meter los dedos bien dentro, ¿no?

    Subiéndose a la silla de mi cuarto, la que tengo donde la mesa, desenroscó la bombilla y me dio la mano; metió dos dedos en el portalámparas. Calabazo. Nada.

    —Pues sí que estamos buenos. ¿Y ahora?

    Estuvimos pensando un rato, pero ver que tú ya no eres tú crea una falta de interés en la filosofía y los aspectos prácticos, que no nos dejaba seguir adelante.

    —Mira -dijo papá—. Mañana empezamos el día con normalidad, y después de salir volvemos a ver qué se nos ocurre. Yo llamo al trabajo y a la academia, alegando enfermedad, y ya está. Por lo menos, a ver si así estamos más despejados.

    —Más bien seré yo quien llame, ¿no? Con esa voz no te van a creer.

    —Es verdad, Yuri. Bueno, entonces, de acuerdo.

    —Vale. A ver, yo esto no lo entiendo.

    Yo fui al dormitorio de matrimonio, y allí le dije a mamá, que me besó y se me insinuó, que estaba cansado, que me dolía la cabeza, tosí, me di la vuelta, fingí dormir mientras la oía mascullar y estar enfadada, hasta que al final se durmió.

    ***

    Cuando mi hija se marchó, me quedé en su cuarto, de colores alegres, fotos en la pared, cama sencilla, y seguí sin ver solución al problema. Nunca había yo oído que pasara esto, y físicamente desde luego no era lo más probable. Eso sí, la agilidad de este cuerpo era notable, en comparación con el mío. Claro, Yuri hacía algo de deporte, y yo ni siquiera veía los partidos en la tele. Podía incluso saltar a la cama y todo, cosa que hice algunas veces. Tenía ventajas este trueque. Otra ventaja era, desde luego, tener un cuerpecito que investigar. Yuri tenía un espejo de pie en su cuarto, y me quedé mirando el pijamita, las piernas, y, naturalmente, el cuerpo de debajo. Qué podía hacer, sino desnudarme, por ganar perspectiva y porque, jobar, esta oportunidad no se me iba a dar más. Y si no me la quitaban (la oportunidad) iba a tener que acostumbrarme a esto. De todas maneras, win-win.

    Me desnudé y vi que Yuri se quitaba el sujetador para dormir, supongo que es un engorro, por lo que comenta mi mujer, y el suspiro de alivio que suelta cuando se lo suelta, al llegar a casa. Pechitos pequeños pero monos, apenas despuntaban, pero con unos pezones oscuros y que enseguida reaccionaron cuando los toqué, confieso que con algo de respeto. Respeto el que me dio la sensación, que no fue sólo allá en los pezones, sino el resto del cuerpo, un cosquilleo que ahora no era eléctrico, sino biológico. Bajé las manos de los pezones a la cadera, sólo tocando con la yema de los dedos, y comprobé que el hormigueo placentero me acompañaba. Me toqué un poco más y aumentó el gusto, seguramente porque a mí me estaba poniendo cachondo el ver cómo me movía en el espejo.

    La vulva de Yuri estaba despejada, depilada muy bien, y, después del baño, estaba todo limpio y perfumado. Allí fue a investigar. Me acerqué al espejo, me senté en el suelo para tener mejor visión y fui separando con los dedos las partes que iba encontrando, y luego metí esos dedos en misión de exploración. Lo que allí encontré me era conocido, claro, de mi mujer, pero esto estaba todo nuevo, a estrenar. Cómodamente sentado me puse a frotar, y, animado por mi imagen nueva en el espejo, tuve un orgasmo muy pronto, empezaron a temblarme las piernas, se me aceleró la respiración, se me agitó el corazón, me llevé un gusto de muerte.

    Descansando en la alfombra, mirando al techo, pensé que ahora que ya tenía esta primera práctica bien podía hacerlo más cómodamente. Me subí a la cama y me empecé a sobar los pechos, que, con la juventud, respondieron enseguida. Vi que había crema, y la apliqué para aumentar la suavidad. Qué fresca estaba, y cómo me gustaba. No llegaba a chuparme las tetas, no tenían bastante tamaño. En fin, no se puede tener todo.

    Comencé a frotarme otra vez, y aquello iba en aumento. Estaba todo mojado, tanto que mojé la sábana y todo, pero yo seguía, metiendo los dedos, frotando, lo más que podía, pero, claro, se cansa uno, a pesar de que el deseo era mucho. Yo seguía chof, chof, adelante, venga a soltar líquido, me iba a deshidratar. Estaba cansado, y entonces vi que la puerta se entreabría y se asomaba un ojo, y bajo el ojo una boca que se abría mucho. Era Yoshi, mi hijo.

    Sin pensarlo, lo llamé.

    —Yoshi, ven acá.

    Abrió la puerta y entró, asombrado de lo que veía.

    —Pero Yuri, ¿qué haces, sabes el ruido que se oye en el pasillo?

    —Ayúdame, no te puedo explicar. Trae la mano.

    —¿Qué?

    —La mano, venga.

    Me dio la mano, metí lo que pude en la vagina y le ordené:

    —A meter y sacar la mano hasta que te diga.

    Le sujeté fuertemente la mano y le enseñé a qué me refería. Intentó sacar los dedos que tenía dentro, pero le miré fijamente y le amenacé con que le diría a papá (yo) que le cortara Internet porque nada más que veía vídeos porno, producto nacional, eso sí, que en casa somos patriotas. El asombro y aquella situación seguramente le vencieron, además de que las hormonas del tipo de mi hijo, que está muy salido, son como una riada. De modo que allí estuvimos un rato, yo al clítoris y las tetas, él entra y sale, yo a emitir gemidos y líquido, él a quedarse asombrado y empalmado.

    Finalmente me corrí con un gran chorro que empapó aún más la sábana. Mañana habría que lavar. Mientras estaba corriéndome, Yoshi se soltó de mi, y se me quedó mirando, viendo aquello que le estaba pasando a su hermanita. Yo me eché para atrás, respirando aceleradamente. Me daba pena el chico, así que después de reposar un poco me senté, y le dije que se bajara los pantalones. Él se me quedó mirando más asombrado todavía. De todas formas me obedeció. Yo tomé la polla en las manos, no estaba mal el chico, y fui frotando con ambas manos, una tocando los huevos, otra adelante y atrás con su pene, hasta que se corrió encima de mí. Qué desastre, estaba todo manchado. Dio unos ah, ah, y se quedó temblando.

    Yo le escurrí lo que quedaba de semen, le pasé unos pañuelos de papel, y lo mandé a la cama. Se fue mirando para mi, que estaba en la parte algo más limpia de la cama, más tranquilo que antes, pues este ejercicio relaja. Se tropezó con la puerta, volvió a mirarme, se tropezó otra vez y desapareció.

    El resto de la noche lo pasé durmiendo placenteramente.