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  • Valeria. Tuve que seducir y coger a la vecina para olvidarla

    Valeria. Tuve que seducir y coger a la vecina para olvidarla

    Camine hacia el baño. Me sentía confundido y desconcertado. No entendía lo que acaba de pasar. Era todo dantesco, deliciosamente dantesco. Oriné de pie, sentía que todo me daba vueltas. Respiré profundo y me acerqué al lavabo. Abrí la llave, lavé mi rostro con agua fría. Necesitaba despejar mi mente, enfriar mi cuerpo.

    Apagué la luz y salí despacio. Ambas dormían plácidamente y yo no podía quedarme más tiempo en esa casa. Fui recogiendo mi ropa y me dispuse a salir. Esto me estaba generando un verdadero conflicto emocional. Estaba empezando a sentir cariño por mi novia. De verdad era una mujer que se daba a querer de manera maravillosa. Atenta, dedicada, cariñosa, sexosa, sexy (con unas tetas de infarto y un culo delicioso) y no es que el sexo con ella fuera malo, al contrario, era muy rico pero lo que acaba de pasar con su hija no tenía precedentes en mi vida.

    No es lo mismo llegar a coger con tu sobrina o con alguna alumna que con la hija de tu pareja. No sabía como manejarlo y sobre todo que esta chica tenía la habilidad de ponerme super caliente con solo un mensaje, un guiño o una caricia, es más, con solo su cercanía y percibir el olor de su perfume ya me generaba una erección.

    Tomé mis cosas, me vestí y sali de su casa. Ya era algo noche así que respiré profundo, pedí un Uber y decidí esperar en la calle. Solo le mandé mensaje a Nayeli de que me tuve que retirar de urgencia para resolver unas cosas de trabajo, pero era mentira. Solo deseaba estar lejos de ahí.

    Llegó mi taxi, durante todo el camino desde Lindavista hasta el Ajusco traté de dormitar, pero no pude. Por mi mente pasaban imágenes de la boca de Valeria recorriendo mi miembro lentamente, viendo como mi semen se resbalaba de sus los labios y su lengua buscaba afanosamente recolectarlo gota a gota. Las imágenes de sus ojos y su boca estaban plasmadas en cada parte de mí. Respiraba profundo y parecía que tenía su vagina aun en mi cara. Podía inhalar ese elixir juvenil de pasión, esa poción mezcla de sexo y orina que no me dejaba en paz.

    Llegue a casa, entre malhumorado y caliente. Era increíble que esta chica me haya despertado este instinto sexual, la verga se me ponía dura por cualquier rose, recuerdo o estimulación. No estaba tranquilo. Necesitaba coger de nuevo pero esta vez con alguien diferente. Abrí el internet y estaba dispuesto a contratar a una cariñosa cuando me llego una notificación de watts con un mensaje de Valeria.

    -¿Por qué te fuiste? ¿no te gustó lo que pasó?

    -Hola Vale, por supuesto que me gustó solo que tenía que resolver algo de trabajo y tuve que salir volando, pero créeme que quedé más que complacido.

    -Me dejaste exhausta, así me gusta sentir a un hombre, que de verdad sepa como tomar a una mujer.

    -Me vuelves loco Valeria, de verdad y créeme que quiero que esta siempre quede entre nosotros, no quiero lastimar a tu mamá.

    -No te preocupes, mientras tu no digas nada, yo no diré nada. Oye papi, ¿si puedo llamarte papi, ¿verdad? En cierta forma lo eres, jejeje,

    -Jajaja pues sí, si quieres (el solo hecho de decirme papi hizo que mi miembro empezara a despertar de nuevo)

    -¿Te gustaron mis tetas? Es que una amiga dice que las tengo algo disparejas y quería saber tu opinión.

    -Están divinas, deliciosas – estaba pensando como describirlas de la mejor manera cuando me mandó una foto de ella en pantalón de mezclilla, con una ombliguera negra de red y sin bra. Puedo decir que han sido las tetas mas deliciosas que he visto de alguien de esa edad. Ni las de mi sobrina ni las de mis alumnas se ven así. Parecen senos de una mujer de unos 25 años, firmes, turgentes, blancos, pezones duros tanto como mi verga para ese momento.

    -Mándame foto de tu pito. – escribió abruptamente y no tuve opción.

    No lo dijo dos veces, me recosté en mi cama, me baje el pantalón y me saque el pene, busque el mejor ángulo y la mande.

    Seguí mandando varios mensajes pero de la nada se desconectó y ya no supe nada más.

    No sabía que pensar o sentir. Esta escuincla estaba jugando con mi mente. Primero me calienta al mil y después desaparece como si nada. Sentía que mi cabeza iba a explotar (ambas quizá).

    Me sentía completamente perturbado. En el lugar donde vivía había varios departamentos. Justo en el área de roof garden había un pequeño loft donde vivía una chica gordita, morena clara como de unos 30 años. Hasta donde yo sabía vivía sola porque nunca la había visto con nadie. Solo cuando subía a leer o hacer ejercicio al roof me la había encontrado y era muy amable. No era fea solo que no es de mi estilo propiamente dicho, pero en esta ocasión me sentía tan excitado y perturbado que no pensé más.

    Me subí los pantalones, me acicale un poco y aplique el cliché más usado de todo el mundo, tomé un frasco vacío de la alacena y subí esperando encontrarla. Tuve mucha suerte. La luz de su recamara estaba encendida y parecía que los vecinos no estaban o ya estaban dormidos porque solo su casa y la mía tenían luz encendida.

    Sin dudarlo me acerqué y toqué a su puerta. Después de unos segundos se escuchó una voz medio adormilada:

    -¿Quién es?

    -Hola vecina, buenas noches (ni siquiera sabía su nombre) Soy Hugo, tu vecino de abajo.

    Se abrió la puerta y se asomó con cara algo preocupada.

    -¿Esta todo bien? – fue lo único que atino a decir.

    -Si, dirás que es una tontería y que es más un pretexto estúpido pero estaba por hacerme un café para cenar y ver una peli y me di cuenta que no tenía azúcar y francamente no quería salir a la tienda y pensé que quizá tú, si no fuera mucha molestia, podrías regalarme quizá solo un par de cucharadas.

    -(soltó una risita coqueta y me invito a pasar) ay vecino, hasta me espantas, como no solemos casi platicar pensé que era algo de urgencia, ándale pásate, tu disculparas el reguero.

    -Ni lo digas, está muy bonito tu departamento. De verdad mil disculpas por molestarte por estas pequeñeces.

    -No te preocupes, pero ya me las cobrare he, no es cierto, no te creas (volvió a reír de manera nerviosa)

    -Pues yo dispuesto a pagar mis deudas, tu dime como y listo (reí respondiendo a su coquetería)

    -A ver que se me ocurre después. – Tomó el frasco, sacó una bolsa de azúcar de la estantería y lo llenó. Regresó a la entrada y me estiró la mano. Lo tomé y sentí el rose de sus dedos.

    Cabe hacer la aclaración que yo nunca he sido un gran conquistador y mucho menos alguien que ande ligando por doquier, pero en este momento no podía, no quería quedarme así. Necesitaba coger para sacarme la idea de Valeria de mi cuerpo, de mi ser. Iba a hacer todo lo posible por lograrlo.

    -De verdad te lo agradezco mucha vecina, me has salvado de tomar un café amargo. ¿Qué estabas haciendo? Si no es mucha indiscreción.

    -Nada que agradecer vecino, ya me lo cobrare en otra ocasión, pues estaba viendo mi cel, francamente algo aburrida. Iba a salir con unas amigas, pero se canceló todo así que me tuve que quedar en casa.

    -Que mal, si te entiendo, la noche esta como para no estar solito en casa. Yo por eso me tuve que hacer un cafecito (la miré y sonreí)

    -Uy que divertido (dijo en tono sarcástico) tú y tu café iban a tener una fiestota. Pues inviten.

    -Pues por mi estaría genial, Pedimos algo de cenar si gustas y vemos una peli.

    -¿En serio? Que vas a pensar vecino, no, mejor otro día.

    Estaba perdiendo, no podía ser que esto se quedara así, necesitaba ser más insistente pero sin verme desesperado, parecía que ella también me daba entrada pero siempre he sido medio estúpido para darme cuenta de esto. Pero hoy no podía darme ese lujo. Ya viéndola bien no estaba nada mal: caderas prominentes, tetas medianas, linda sonrisa (ósea labios mamadores) y yo no estaba para dejarle ir.

    Me entró un sentido animal, primitivo. Me sentía el cazador y necesitaba volver a mi cueva con la presa.

    -Anda, déjame pagarte con una cena y una peli por este gran favor. De verdad no imaginas lo cafetero que soy y el tomarlo con azúcar se merece todo. Tu pide.

    -No me tientes (reímos ambos).

    -No aceptaré un no por respuesta, no puedo hacer menos. – Le estiré la mano y pese a todas las negativas en mi cabeza, ella la tomó. El solo hecho de sentir su mano hizo que mi miembro se empezara a poner duro de una manera muy notoria.

    -Estoy seguro de que ella lo notó porque se incomodó un poco, soltó mi mano y me dijo que mejor otro día.

    -Mira vecina, la verdad es que, en serio quiero conocerte y platicar contigo, desde que te vi por acá llamaste mi atención, pero no sabía cómo acercarme. Soy algo malo para estas cosas, pero hoy, estando en mi recamara no podía dejar de pensar en ti y quise subir a saludarte con el pretexto mas tonto de la vida.

    -¿Es en serio? Wow, no me lo esperaba.

    -Se que debes tener novio o salir con alguien, eres muy bonita, pero dicen que no hay peor lucha que la que no se hace, así que pues aquí estoy. Pero perdón por molestar, creo es mejor que regrese a mi casa. Muchísimas gracias por el azúcar.

    Le estire la mano y me acerque para despedirme de beso en la mejilla. No me quería ver desesperado, pero ya no estaba pensando con claridad así que decidí regresarme a mi departamento.

    Ella solo me regreso el beso y cerró la puerta.

    Baje las escaleras nervioso, sudando frio, sentía como si me fuera a desmayar. Cerré la puerta, puse la cafetera y puse música. Necesita despejar mi mente. El aroma del café recién hecho me regresó a la realidad. Dispuse mi tasa, lo vacié hasta llenarla, 2 cucharadas de azúcar y mientras lo movía escuche que tocaban a mi puerta. Como si fuera un auto deportivo, mi sistema cardiovascular fue de 60 a 120 latidos por minuto.

    Me acerqué, abrí sin preguntar y ahí estaba, parada justo enfrente de mí, la vecina. Venía de pants, sudadera (que dejaba ver que no portaba bra por debajo) y sus chanclas.

    -Te aceptó la peli, francamente tampoco soy muy buena con esto de la gente, pero si hace friecito.

    -Adelante, pasa.

    Quería echármele encima. Arrancarle la ropa, pero respiré hondo y le ofrecí un café. Lo aceptó y mientras llenaba de agua la cafetera nuevamente le pregunté qué tipo de películas le gustaban.

    -Pues en general de todas, me gustan las de terror, pero no me gusta verlas sola.

    -A mi si me dan miedito. Pero vemos una si quieres. Oye, por cierto, y sin afán de ofender, te queda super bien ese look sport

    -Chismoso, si es mi pijama, como se va a ver bien.

    -Pues “todo” se te ve muy lindo.

    -¿Tú crees?

    -Bastante.

    -Mis amigas dicen que me veo gorda.

    -¿Gorda? Gorda me… – me quedé callado, estaba a punto de ser muy vulgar con alguien que apenas estaba conociendo.

    -Jajaja. Termínalo, anda. ¿Gorda te la que?

    Solo reí nerviosamente y negué con la cabeza, pero ella me reto a terminar la frase.

    -Gorda me la pones, (y reí apenado) perdón veci, es que me salió sin querer. Trabajo con puro patán y se pega.

    -Ella se paró frente a mí y mirando fijamente a los ojos me dijo: ¿a ver, que tan gorda te la pongo?

    No le di tregua, no estaba para coquetear ni para socializar. Ya estaba todo listo. Me acerqué a ella, la tomé del rostro y la besé. La bese de una manera tan apasionada que ella solo se dejó llevar.

    Nuestras bocas chocaban, las lenguas se batían en batalla campal por entrar a la boca del otro, baje mis manos y de inmediato rodearon su cintura y bajaron hacia las nalgas por debajo del pants. No traía calzones. El sentir su piel caliente, lisa, me puso la verga demasiado dura y sentía que iba a venir de lo excitado que estaba. Mientras dejaba que mis manos recorrieran esas carnes deliciosas no pude evitar pensar en Valeria, en Nayeli y me distraje por un momento. Me sentí raro de estar engañando a mi novia con la vecina y mas raro aun, sentir que engañaba a la hija de mi novia con la vecina.

    No era posible que estuviera pensando tantas pendejadas juntas en este preciso momento. Nunca en la vida me había pasado de convencer a alguien de coger a la primera y ahorita, que la tenía en mi departamento, ambos solos y sin ningún impedimento, yo estuviera distraído con esos pensamientos intrusivos.

    Decidí tomar acción y disfrutar este momento. La lleve hacia la pared, la recargué y la tome por el cuello. Mire fijamente a sus ojos y ella estaba jadeando con los ojos desorbitados por la excitación.

    -Vas a hacer todo lo que yo te pida. Ahorita eres toda mía.

    -Si mi señor, hare lo que me pidas. – Esas palabras despertaron en mi un deseo incalculable.

    La bese de nuevo sin soltarla del cuello, pero mi otra mano se fue directo hacia su entrepierna. De inmediato me llego un olor fuerte. No feo, pero si muy fuerte. Fue como haber pasado carne fresca frente a un animal hambriento.

    Pase mi dedo medio ente sus labios buscando su clítoris, no me fue difícil encontrarlo. Un botón grande y duro, demasiada mojada. Seguía besándola ferozmente mientras mi dedo se movía en círculos haciendo presión hacia su pubis. Sus piernas comenzaban a temblar y no le daba tregua. Conforme aumentaba el temblor hacia más fuerte el movimiento de mis dedos y la presión hacia su clítoris. En un momento sentí un chorro en mi mano, literalmente como si se estuviera orinando profusamente. Seguí frotando mientras la escuchaba gemir. Se sujeto con ambas manos de mi brazo que estaba a su cuello y me dijo que quería sentarse.

    -Te dije que harías todo lo que te pidiera. Híncate.

    -Déjame descansar

    -Híncate y no lo repetiré de nuevo.

    Obedeció. Quedó de rodillas frente a mí. Solo saque mi verga del pantalón y ya estaba escurriendo.

    -Abre tu boquita.

    -Límpiala un poco.

    No le pregunte de nuevo. Acerque mi miembro a su cara mientras que con una mano sujetaba todo su cabello, deje que mi glande lubricara por completo su rostro. Lo pase por su frente, sus mejillas y sus labios. Se lo frote como si fuera labial y ella cerro su boca. Comenzamos a forcejear para que la abriera. Le solté el cabello y le aprete las mejillas para que abriera mientras que con la punta de la verga empujaba sus labios. No tardó mucho en abrirla y lo metí hasta el fondo. La empecé a coger por la boca. Sujete su cabeza por los parietales y empujaba cada vez más rápido, más profundo y cual fue mi sorpresa que nunca se arqueo. Nunca tuvo el reflejo de vomitar.

    Esta gordita deliciosa mamaba como profesional y le cabía hasta el fondo. Me detuve de tajo, lo saqué y le empecé a pegar con el miembro en su lengua. Ella no deja de verme. La puse de pie. Le di la vuelta y solo recargo sus manos en el borde la cama, sin doblar las rodillas. Lleve la punta de mi verga a su vagina y cuando sentí el orificio lo metí fuerte. Estaba tan mojada que entro como cuchillo caliente en mantequilla.

    La sujete de la cadera, para poder apoyarme mejor y empujar con fuerza.

    El golpeteo de nuestras caderas y el olor que poco a poco se iba haciendo más penetrante aun, me trajo de nuevo el recuero de Valeria. Me sentí enojado conmigo mismo y eso me hizo bombear aún más fuerte, más violento. Mi vecina gemía como loca, sus gritos me trajeron de regreso. El sudor escurría por mis ojos y los irritaba, no podía mantenerlos muy abiertos.

    -Mi señor, métemelo por el culo por favor. Quiero sentir tu vergota rompiéndome el culo. ¿Me complacerías?

    -así será mi putita hermosa. Ponte en cuatro en la cama, pero quiero que apoyes la cabeza en el colchón y que con tus manos abras tus nalgotas.

    Lo hizo de inmediato. Era un espectáculo tan erótico. Ese culo moreno, con algunos vellitos me incito a besarlo. Pase mi lengua completamente. Ella no se inmuto, solo gimió y lo abrió aún más. Palpitaba. Le metí la lengua lo más profundo que pude, sin importar el olor que salía de él ni el sabor. No estaba pensando ya nada, solo me dejaba llevar. Le metí el dedo y ella me grito que quería la verga no el dedo.

    Me puse de pie y puse la punta en la entrada. Lo empuje y entro con algo de esfuerzo la cabeza, pero después de eso lo deje ir hasta adentro. Estaba muy apretado, pero resbalaba con facilidad. Sus gritos me incitaban a cogérmela aún más fuerte. Comencé a darle nalgadas. La huella de mis manos cada vez de empezaba a marcar más con un tono rojizo en esas nalgotas tan deliciosas.

    -Soy tu puta mi señor, soy tu putita. Úsame como quieras. Pídeme lo que quieras.

    -Vas a ser mi hijastra, te voy a coger como nunca putita. Y vas a contarle a tu mama que te cojo bien rico cada que yo quiero.

    Me quede congelado un par de segundos. ¿Qué acababa de decir?

    Le estaba pidiendo que representara a Valeria. Esto no estaba bien. Me estaba poniendo peor.

    -Si papi, hazme tuya, quiero que mi mami nos vea cogiendo, quiero que ambas te cojamos como te mereces. Que veas que tienes 2 putitas en casa.

    -Si hija, aprieta bien ese culito, que ya me vengo, te voy a dejar el culo lleno de lechita,

    -Si papi, Márcame, que solo mi culo sea para ti. Lléname de leche.

    No pude esperar más. Explote. Gemí, bufe como animal. Le deje ir todos y cada uno de mis chorros de semen dentro de su ano completamente dilatado.

    Me quede quieto unos momentos. Ambos respirábamos agitadamente, sincronizados. Aun mi pene pulsaba, pero iba perdiendo fuerza hasta que por sí solo empezó a buscar la salida de ese culito. Me separé un poco y salió por completo.

    Ambos nos recostamos, estábamos exhaustos. Comenzamos a sentir el frio de la habitación, solo jale las cobijas, nos abrazamos y nos quedamos dormidos.

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  • Aún en el armario, pero ya lo probé

    Aún en el armario, pero ya lo probé

    Tengo 55 años, soy casado, tengo 4 hijos, y un profesional ya formado. Un día en la tarde de verano pase a cargar bencina y un chico de unos 22 años se acerca a que le conteste una encuesta. Era delgado, muy educado, bonito algo afeminado, rubio, lampiño. Le acepte llenar la encuesta… al irme me pidió si lo podía llevar al metro. Me pareció gay, era realmente hermoso. Yo jamás he tenido una relación homosexual y siempre he sido fiel a mi señora, Maruja con quien llevo 20 años casado.

    En medio de la conversación hablamos de mi trabajo y como soy economista hablamos del emprendimiento y me conto que estaba tratando de poner en pie una herramienta web. Me pregunto si lo podía asesorar y acepté. Nos vimos un jueves confieso que estaba curioso por saber más del muchacho y me sentí cometiendo delito, nada de esto le conté a mi mujer. Por la noche soñé que tenía sexo con el muchacho y definitivamente sentí una atracción homosexual. Estaba curioso y la curiosidad en este plano te dice muchas cosas.

    Roberto es delgado, finito, suave, rubio. Charlamos en su departamento y todo se dio de manera muy natural. Reímos y avanzamos harto en nuestra amistad. Lo volví a ver tres veces más ese mes y esa última tarde el champaña me invadió. Al despedirme me abrazó y me dio un beso coqueto en la mejilla, no sé en qué estaba pensando yo, que desvié la boca y le plante un beso en sus labios.

    El chico abrió la boca y sentí su lengua escarbar en la mía. Me abraza más fuerte, baja una mano y me palpa la verga, nos transformamos. Fuimos a la cama, lo desnudé; es precioso. Su cuerpo delgado está cubierto de una pelusilla rubia muy suave; su pene es diminuto y tiene preciosas nalgas, lo bese lo chupé, lo acaricie ¡y mi erección era más potente que cuando penetro a mi mujer…! increíble.

    Roberto se dejaba, gemía, era una nena. Lo bese en la boca mientras palpaba su cuerpo, puse mi pene en su boca y me mamo mejor que como lo hace mi esposa, me lamia el glande, me besaba el ano (siempre quise que Maruja me lo hiciera y nunca quiso. Esa primera vez, fue excelente, penetre varias veces al muchacho, lamí sus pies, chupe sus dedos, sus piernas, sus brazos, su cuello su espalda y su ano. Groseramente puedo decir que me lo culeé bien culiado.

    Me pidió que eyaculara en su boca y le di todo para que tragara. Disfrutó mi semen, como ninguna mujer lo había hecho nunca. Me despedí de Roberto a las 8 de la noche. Varios días estuve pensando en el chico, lo llame y me recibió de nuevo; nos juntamos solo a tener sexo. Me acariciaba mejor que mi mujer, se dejaba penetrar mejor que mi esposa, tenía iniciativa, era cariñoso, amable, erótico y un caliente precioso, además era bello. Varias veces eyacule en su cara, le gustaba que lo dominaran incluso que lo humillaran. Una tarde hicimos un 69 y lo hice eyacular en mi boca, delicioso, era la primera vez que yo probaba semen, trague todo y lo limpie con mi boca. Exquisito.

    Hasta que una tarde, me acaricio, me lamio entero y lentamente fui sintiendo su pene pequeño entrar en mi cuerpo. Fue el paraíso, al oído por detrás me susurraba cosas sucias, palabras eróticas, fui poseído por completo y me eyaculó. Desde ese día con Roberto tenemos una intensa relación homosexual, lo mantengo, le doy dinero, es mi amante y complementa mi vida heterosexual con mi esposa, quien aún no sabe nada.

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  • Las amistades ¿peligrosas?

    Las amistades ¿peligrosas?

    La vida de casado, con hijos, trabajo, perro, lleva a la monotonía y el letargo, y vas aparcando los pequeños placeres de pareja, escapadas, fines de semana, juegos sexuales, y al final el sexo más corriente. Los encuentros se vuelven más espaciados en el tiempo, y al final, te acostumbras tanto a no tenerlo, que el día que cae, es una fiesta. Nos fuimos metiendo en años, rondando casi los 50, y la vida va pasando no sé si lenta o rápida, pero aburrida. Vivimos en una urbanización a las afueras de una pequeña ciudad del norte.

    Mi mujer, Lara, es encargada de una conocida cadena de tiendas a nivel nacional, y yo, Miguel, jefe de ventas en un concesionario de vehículos. La urbanización ha ido creciendo en los 12 años que llevamos en ella. Es una zona muy tranquila, con mucho espacio verde, zonas para hacer deporte, para los niños, los perros, zona de restauración, etc. Mucha gente ha ido dejando el centro para comprar casas aquí, adosada, que son la mayoría, o pequeños chalets independientes, los primeros que vinimos. De esta última hornada, ha venido una pareja con la que hemos hecho gran amistad, Pablo y Belén.

    Las mujeres han hecho buenas migas, y nosotros, con muchas aficiones similares, y pasión por los perros, pues más de lo mismo. Su amistad, nos ha sacado un poco de la monotonía, hemos empezado a quedar y salir algún fin de semana, y este año, hemos planeado las vacaciones juntos, los 4, sin hijos ni mascotas. De edad similar a la nuestra, Pablo y yo somos de constitución fuerte, aunque él es un poco más alto que yo, ronda el metro noventa, trabajamos gimnasio 5 días por semana, y a pesar de nuestra edad nos mantenemos agiles y fuertes, pero sin decir no a los placeres de la vida, como un buen vino o una buena comida. Pablo, es subinspector de la policía y un amante de la pesca desde embarcación.

    Belén es totalmente contraria a Lara. Lara apenas mide metro 60 y pesa unos 48 Kg, no hace casi deporte y aun así, la genética es generosa con ella. A pesar de sus años, tiene la piel tersa y firme, sus pequeños pechos talla 85, totalmente erguidos como una adolescente, y un culito respingón y proporcionado. Belén, sin embargo, Directora de una marca de seguros, mide cerca del metro setenta y cinco, y aunque se machaca en Pilates y camina más de 2 horas diarias, le sobra algún kilo. Aun así, viste bastante ajustada, y cuando vamos a caminar o al gimnasio, suele llevar mallas, que le hacen un culo tremendo, y tiene un generoso pecho, calculo 95 o más.

    Reconozco que he fantaseado con ella en más de una ocasión, sobre todo desde el fin de semana que fuimos en el pequeño barco de Pablo a pescar. Las dos mujeres se dispusieron a tomar el sol, y Belén, pregunto si nos importaba que hiciera topless, pues odiaba las marcas del bikini. Tras no saber muy bien que decir, Lara contestó que no, y yo también, a lo que inmediatamente Belén respondió quitándose la parte de arriba. Como yo creía, menudo par de melones se gastaba, con unos pezones grandes y oscuros, erguidos por la brisa del barco. Animó a Lara a hacer lo mismo.

    -Venga mujer, aquí no hay nadie, y los que estamos somos como familia ya

    -De acuerdo, dijo Lara mirándome, como pidiendo mi aprobación, a lo que asentí con la cabeza

    Belén tomo la crema solar y comenzó a ponerse a Lara, aplicando generosamente sobre sus pechos, que respondieron irguiendo los pezones, duros como piedras. Belén rodeo por detrás a Lara, y le aplico crema en la espalda, y desde detrás, volvió a masajear sus tetas, cogiendo sus pezones y girándolos un poco, a lo que Lara respondió con leve jadeo. Belén sonrió y continuó aplicándole la crema por el vientre, entrando ligeramente con la mano en la escasa tela del tanga, y después paso a las nalgas. Estaba embobado mirando y la voz de Pablo me sobresaltó:

    -Vamos a preparar los aparejos, o voy a tener que terminar haciéndome una paja, dijo, con una mano dentro del bañador atrapando el tremendo bulto que se dejaba notar a través de la tela, y creo que no soy el único, dijo con una sonrisa, indicando mi entrepierna

    Un poco ruborizado, me di cuenta de la erección que mi bañador ya no disimulaba, pero es que la escena era excitante al máximo. Las chicas nos miraron riendo, mientras Lara aplicaba la crema ahora a Belén de la misma excitante manera que antes se lo había hecho a ella, y se tumbaron en la proa, a broncearse. Pablo y yo nos fuimos a popa, a preparar las cañas.

    -Lara está muy buena, me dijo sin tapujos, y parece receptiva. Creo que si Belén insiste mas, se la lleva al huerto

    Un poco incrédulo por el comentario, acerté a decir:

    -Ayer te habría dicho que no, sin pensarlo, pero después de lo visto, igual tienes razón, de todos modos, no te quejes, Belén es un mujeron

    -¿Te pone verdad? Me he fijado como la miras

    -Repito que es un mujeron, lo siento si te he ofendido por mirarla, es tan distinta a Lara

    -No te disculpes idiota, yo también miro a la tuya, y he fantaseado con ella muchas veces, hasta lo he comentado con Belén.

    -¿Cómo?

    -Si, hemos hablado de cómo sería follar los 4 juntos, intercambiando parejas, he incluso verlas a ellas dos solas. Belén te tiene ganas y a Lara ni te cuento, y yo, vamos, lo que haría con ella. ¿Acaso tú no te follarias a mi mujer si tuvieras oportunidad? Niégame que has fantaseado con ello.

    -No te lo niego, pero de pensarlo a hacerlo…

    -La oportunidad es hoy y aquí, solos los 4, sin opción de que nadie nos vea. Solo si estamos todos de acuerdo.

    -Me excita pensarlo, la verdad, pero no creo que Lara acepte.

    -Eso déjaselo a Belén, es muy persuasiva, jajaja

    -No lo dudo, viendo lo visto

    Seguimos pescando y hablando del tema, ya sin ningún tapujo, alabando cada uno las virtudes de la mujer del otro, lo que más nos gustaba hacerles y que nos hicieran, así como lo que menos o lo que nunca habíamos hecho. Acabé reconociendo que nuestra vida sexual era muy monótona y aburrida comparada con la de mis amigos, que incluso habían probado locales de intercambio, y un hotel de temática Sado, en Barcelona.

    Varias piezas después, de buen tamaño, que nos garantizaban comida y cena para un par de días, decidimos dejar de pescar e ir a por unas cervezas, pues el sol apretaba, y de paso ver que hacían nuestras parejas. Pablo, que iba delante por el paso lateral de la embarcación, se detuvo, y me mando acercar despacio y en silencio. En la proa del barco, que tenía un pequeño espacio de solárium, con colchonetas que formaban un acogedor y cómodo triangulo, estaba Lara, tumbada, completamente desnuda, con Belén encima, desnuda también, con su cabeza enterrada entre las piernas de mi mujer, que se contoneaba y jadeaba, retorciéndose los pezones con ambas manos.

    Belén mantenía con sus manos las piernas de Lara separadas, y se veía su lengua recorrer su vagina de arriba abajo. Soltó una de las piernas e introdujo varios dedos dentro de ella, mientras seguía lamiendo, a lo que Lara respondió arqueando la espalda y teniendo un sonoro orgasmo, tras el cual quedó tendida. Belén acomodo un cojín bajo la cabeza de Lara, y se puso a horcajadas con su depilado sexo a escasos milímetros de la boca de mi mujer, la miro y le dijo:

    -Venga, me toca, hazlo como te enseñe

    Lara, sin mediar palabra, rodeo con sus brazos a Belén, agarró su culo con ambas manos y comenzó a comerle el coño a su amiga, que tardó menos de un minuto en correrse también, gritando como una loca, cogiendo la cabeza de Lara por la coleta, para que no se separara ni se detuviera.

    Cuando las dos parecieron relajarse, nos acercamos.

    -Veo que os lo estáis pasando genial sin nosotros, dijo Pablo

    -Sí, creo que estas dos son un poco egoístas, ¿no? Dije yo

    -Había mucha tensión sexual en este barco, solo liberamos un poco, dijo Belén

    -Si, afirmo Lara, pero acercaros, que se os ve tensos, mirando pícaramente a su amiga

    Pablo sea cerco a Belén desnudo ya, y yo me quite el bañador para ir también. Belén y Lara se pusieron de rodillas para esperarnos, y según llegamos, cada una tomó nuestras pollas en su boca y comenzaron a chuparlas golosamente. Lara, a pesar de ser bastante “clásica” en el sexo, hacía unas mamadas de escándalo. A Belén, le costaba tragarse el aparto de Pablo, de generosas proporciones y más largo que el mío, aunque menos grueso. Tras unos minutos, y perfectamente compenetradas, intercambiaron posiciones. Ver a mi mujer con la polla de mi amigo en su boca, mientras Belén se comía la mía, me puso a 1000.

    Pablo agarraba la cabeza de Lara y le follaba la boca lentamente, disfrutando de cada centímetro de mamada, y yo hacía lo mismo con Belén. Incremente el ritmo, porque estaba a punto de correrme, le miré a los ojos pidiendo permiso, algo que entendió muy bien, respondiendo con un parpadeo, y solté toda mi descarga directo al fondo de su garganta, un par de disparos mas, abundantes, y la deje retirarse un poco, mientras lamia y succionaba el resto de mi corrida.

    Miré a Pablo y Lara, este tenía su polla en la mano, mientras varios chorros de semen se deslizaban en la cara y tetas de mi mujer, así como en el pelo. Belén se le acercó a terminar de limpiarlo, y después, con la lengua, recogió todo lo que pudo del cuerpo de Lara. Yo, estaba atónito y en éxtasis tras lo ocurrido. Ni en mis más húmedos sueños hubiera imaginado esta situación. Belén tomo de la mano a Lara, y dijo:

    -Vamos a bañarnos, preparar algo de comer mientras, que el finde es largo, y necesitaremos fuerzas

    Lara me miro, me guiño un ojo, y me lanzó un beso sonriendo, mientras saltaban al mar

    -Miguel, obedezcamos, que este finde no lo vamos a olvidar, te lo prometo, mi mujer esta desatada, y la tuya, no le va a la zaga, dijo Pablo

    -Ya lo veo, respondí, esto promete

    Preparamos un poco de ensalada, un par de hermosas lubinas recién pescadas y abrimos una botella de Albariño bien frio. Las chicas subieron por popa, totalmente desnudas y mojadas. Lara me rodeo con sus brazos y me dio un morreo metiéndome la lengua hasta el fondo. Después tomo una copa de vino y le dio un sorbo. No solía beber, pero este fin de semana era completamente distinta, y eso me estaba gustando. Belén y Pablo estaban fundidos en un beso profundo mientras este masajeaba el voluptuoso culo de su mujer y separa sus nalgas, dejando descubierto su rosado ano, que invitaba a penetrarlo directamente. Una nueva erección creció en mí, a la cual Lara no fue indiferente, tomando mi miembro con su mano, e iniciando un movimiento firme pero suave, de masturbación.

    -Chicos, chicos, vamos a comer que nos calentamos nosotros pero se enfría el pescado, dijo Pablo riendo

    -No sé si podré sentarme así, jajaja respondí yo

    Nos sentamos los 4 a la mesa y comimos con ganas, hablando de cosas triviales, mientras terminábamos la primera botella de vino. Pablo bajo a la cabina a por otra. Belen me miró y me comento:

    -Me dice Lara que te tiene muy abandonado, y que este finde es para que veas que te quiere y que todo va a cambiar. Sabe de tus fantasías y de su dejadez y está muy orgullosa de que la hayas respetado y no le pusieras los cuernos por ahí, aunque lo entendería

    -Es cierto, dijo Lara, llevo unas cuantas terapias con Belén, en secreto, y me han cambiado mucho, soy otra. Y quiero hacerte este regalo, que llevamos preparando los 3 algo de tiempo ya.

    -¿Vaya, así que esto estaba preparado? Pregunte, pues me encanta la sorpresa.

    -¿Ya se lo habéis contado? Dijo Pablo saliendo de la cabina con la botella en la mano

    -Si, respondieron ambas al unísono

    -¿Habías pensado alguna vez en ver a esta belleza follar con otro? Dijo Pablo, mientras levantaba a Lara de su silla y la giraba sobre si misma, como en un paso de baile

    -No, la verdad, respondí, la mera idea me repugnaba, sin embargo, esta situación es completamente distinta, y admito que verla chupártela mientras tu mujer me lo hacía a mi, me excitó muchísimo

    Belén, que aún estaba sentada, se levantó, tomó las cabezas de Pablo y Lara y los juntó, a lo que respondieron fundiéndose en un profundo beso. Belén retiró un poco a Lara para tomar ella el lugar de Pablo en su boca, y alternaba esta con la de su marido. Pablo estaba, al igual que yo, completamente empalmado. Su hombría se aplastaba contra el vientre de mi mujer.

    La giró sobre si misma y deslizo desde detrás su polla, entre sus piernas, saliendo un buen trozo entre los labios vaginales de Lara. Belén se arrodillo y comenzó a chupar y lamer el glande de su marido, que se movía atrás y adelante, haciendo que mi mujer comenzara a jadear presa de la excitación. Belén aprovechaba cuando él se retiraba para lamer la vagina y el clítoris de Lara. Pablo tenía presos los dos pechos de Lara, y jugueteaba con sus inhiestos pezones, duros como piedras.

    -¿Vas a seguir embobado mirando? O me vas a ayudar con estas dos fieras, me dijo Pablo

    Me acerque a Belén por detrás, me puse a un lado, Lara apresó mi polla con su mano y la dirigió a la boca de Belén, que comenzó a darnos placer a los 3, alternando de uno a otro, durante un buen rato. Decidí tomar la iniciativa. Puse a Lara tumbada boca arriba, y a Belén sobre ella a horcajadas. Inmediatamente ambas comenzaron a comerse los coños mutuamente. Me coloque detrás de Belén y comencé a frotar mi polla en su vagina, haciendo que la lengua de Lara también me la lamiese, y en cuanto noté que Belén estaba bastante húmeda, se la metí dentro. Su coño me acogió dentro cálidamente.

    Vi como Pablo, que llevaba todo este tiempo, recibiendo una mamada de su mujer, que alternaba la polla de su hombre con el coño de mi mujer, se retiraba y se acomodaba, para penetrar vaginalmente a Lara. Separó las piernas de esta, levanto un poco su pelvis acomodando sus muslos sobre los suyos, y vi como hundía lentamente todo ese pedazo de carne, en la vagina que hasta hace unas horas, solo había probado yo. Me retiré un poco de Belén para ver la cara de mi mujer, que abrió los ojos, y al ver mi polla delante suyo, la tomo con las manos y se la metió en la boca, estaba fuera de sí.

    Pablo comenzó a bombear dentro suyo y cada envite hacia que mi mamada fuera cada vez más profunda, llegando a provocarle alguna arcada. Deje la boca de mi mujer para volver al coñito que tantas pajas me había sacado, pensando en cómo sería. Y allí lo tenía a mi completo servicio, empapado, latente, esperando que me lo follara. Lentamente, volví a meter mi miembro, hasta el fondo, deleitándome con cada centímetro, mientras Lara volvía a chupar y lamer con avidez el coño de Belén, y también mis bolas y polla cuando la sacaba, impregnada de los flujos de nuestra amiga, que parecía que no iba a tardar mucho en correrse. Un par de minutos después, así lo anunciaba

    -¡Aaaah! ¡Me corro, me corro, aaah!

    Según sacaba mi polla de su interior, un potente chorro transparente de flujo impacto en mi pelvis, arrollando todo sobre la cara de Lara, que tenía la cara desencajada del placer que Pablo y Belén le ofician simultáneamente

    -Yo también me corro, seguir, seguir ¡aaah!

    Me quedé viéndola correrse con los envites de Pablo, que metía toda su polla hasta el fondo de mi mujer mientras la suya lamía con avidez su clítoris. Le arrancaron un tremendo orgasmo entre los dos. Sin perder tiempo, Belén tomó un bote de lubricante, y se lo pasó a su marido, que se lo puso en el culo, metiendo primero un dedo, luego dos, hasta que este empezó a dilatar. Pablo se tumbo en el suelo, y Belén se puso sobre el, metiéndose todo su miembro en el coño. Se echó sobre su torso, poniendo el culo en pompa y me dijo:

    -Ven, métemela, quiero que me folleis los dos

    Obedecí sin pensarlo, el culo que tanto había imaginado bajo las mallas, estaba lubricado y abierto esperando que me lo follara. Separé un poco aquel impresionante par de nalgas, acomodé mi prepucio, y comencé a metérselo dentro. Entró sin demasiado esfuerzo, a pesar de que tengo un diámetro bastante considerable, aunque no el largo de la de Pablo, que podía ser unos 8 cm mayor que la mía. Pablo indicó a Lara que se aproximara y se acomodara en su cara, así mientras los dos nos follabamos a Belén, el, la deleitaba con un delicioso cunnilingus.

    Yo estaba a mil, y no tardaría en correrme. La escena era excitante al máximo, y lo prieto del culo que me estaba follando, así como sentir dentro la otra polla a través de la fina pared de piel que las separaba, daba un placer indescriptible. Tome las dos tetas de Belén con mis manos, pellizcando y retorciendo sus pezones. Pablo simplemente se dejaba llevar por el ritmo que yo imponía, mientras el también jugueteaba con las tetas de Lara. Belén no tardó en exclamar:

    -¡Me vais a romper hijos de puta, aahh! ¡Que placer, seguir así, seguir!

    -¡Ahhhh!

    Tras correrse se quedo exhausta, y Pablo dijo:

    -Quiero terminar dentro de ti, mirando a Lara

    -Por supuesto. Follarme también los dos

    Volvimos a acomodarnos, esta vez yo abajo. Lara me cabalgo sin esfuerzo, estaba empapada. Pablo se deleito lubricando su ano y dilatando su esfínter, con lubricante abundante y sus dedos, preparando el estrecho y poco usado culo de mi mujer para albergar el tamaño de su imponente miembro. Cuando creyó que podía estar, cogió a Lara por la cadera, esta se inclinó sobre mí, como había visto hacer a Belén, y Pablo se dispuso a penetrarla analmente. Le costó pasar el glande, mi mujer tenía una mueca de dolor en la cara.

    Para aliviar un poco intente moverme dentro de ella para darle algo de placer. Belén se acercó también, puso lubricante en su mano, la deslizo entre nosotros y sentí como comenzaba a estimularle el clítoris. Lara entonces comenzó a jadear y Pablo por detrás, y poco a poco comenzó a moverse. Un par de minutos después, la mueca de dolor se convirtió en cara de placer y lujuria. Levante mis manos para juguetear con sus hermosas tetas. Pablo anuncio que no podía mas:

    -¡Me voy a correr, que placer, me voy a correr! Tenso su cuerpo, y descargó todo su semen dentro del culo de Lara. La cara de placer de mi mujer era indescriptible, y casi al unísono, comenzamos a jadear los dos, para tener un gran orgasmo simultáneo.

    -¡Joder si, siii, siii, me corro otra vez, si, siii!

    -¡Yo también, ahhh, ahhhh!

    Pablo y yo seguíamos dentro de Lara, que yacía sobre mi pecho, terminando de descargar, con leves espasmos, los últimos restos de nuestra hombría. Cuando por fin se retiro, esta se hizo a un lado y yo me levante. Estaba cubierta de sudor, y el semen salía de sus dos agujeros abundantemente, mezclándose con sus propios fluidos. Belén, que estaba tumbada, se arrodillo frente a nosotros y termino de limpiar nuestras pollas con la boca. Nos tumbamos alrededor de Lara y nos dormimos, completamente ajenos a la embarcación que ha escasos 50 metros había fondeado a babor de la nuestra. ¿Estarían pescando? ¿O habrían visto todo el espectáculo?

    Continuará.

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  • Follada bajo el sol de Tequila (1)

    Follada bajo el sol de Tequila (1)

    Este verano estaba siendo un infierno de calor y aburrimiento. Vivir en Zapopan tiene su encanto, pero a veces me siento atrapada en la rutina, deseando un cambio, un escape. Recordé entonces que mis tíos de Tequila, Jalisco, me habían dicho varias veces que podía visitarlos cuando quisiera, que su casa era como la mía. Así que decidí tomarles la palabra y emprendí mi viaje en camioneta.

    El viernes por la noche hice la maleta con algunas cosas que siempre llevo conmigo: mis dildos favoritos, lubricante y mi enema para limpiezas anales, porque para mí sentirme limpia es esencial, sobre todo cuando quiero disfrutar sin preocupaciones. También metí ropa fresca, perfecta para el calor del verano.

    Cuando llegué a la casa de mis tíos, me recibieron con los brazos abiertos. La casa olía a limpio, a hogar, y me sentí al instante más tranquila. Nos sentamos a platicar y a ponernos al día; ellos estaban encantados de verme y yo feliz de estar ahí, rodeada de ese aire relajado que sólo el campo puede dar.

    A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, se empezaron a escuchar ruidos fuertes desde la parte trasera de la casa. Mis tíos me contaron que estaban levantando un segundo piso en la casa de al lado, pegada a la suya, y que unos albañiles llevaban ya varios días trabajando.

    —Alexa —me dijo mi tía entre sorbos de café—, tus tíos salen temprano al médico y luego a hacer la despensa. ¿Quieres venir con nosotros o prefieres quedarte?

    El sol ya calentaba mucho y la idea de salir no me atraía en absoluto. Además, saber que esos hombres estaban cerca me despertaba una extraña curiosidad y algo más.

    —Creo que me quedo a ayudar con la casa —contesté con una sonrisa—. Puedo lavar ropa, hacer un poco de aseo y luego, si quieren, salgo con ustedes.

    Mis tíos me miraron con confianza y me desearon que me cuidara. Salieron de la casa y me dejaron sola en ese espacio que pronto se sentiría mío por completo.

    El silencio quedó, sólo roto por los sonidos de la construcción y el calor que ya pesaba en el aire. Estaba sola, con mis pensamientos y ese cosquilleo que empezaba a crecer dentro de mí.

    Apenas mis tíos salieron y cerraron la puerta, un silencio delicioso invadió la casa. Por fin sola. Me senté un momento en el sofá, escuchando a lo lejos los sonidos de la construcción detrás, como un zumbido constante, metálico, algo que comenzaba a despertar en mí ese calorcito que llevaba tiempo acumulando. Me mordí el labio sin querer. No era casualidad que me hubiera quedado. Ya desde anoche, cuando llegué, la idea de saber que había hombres trabajando ahí, en plena obra, encuerados bajo el sol, me rondaba la cabeza. Y ahora tenía la casa para mí sola. Qué peligro.

    Me levanté decidida y me fui directo al baño. Lo primero que hice fue poner música desde mi celular, algo suave pero con ritmo, como para entrar en ambiente. Me desnudé frente al espejo, contemplando mi figura al natural. Me gustaba lo que veía. Mi piel blanca resaltaba más ahora que el sol empezaba a colarse por las ventanas. Mis pezones, rosaditos y erguidos por el ligero cambio de temperatura, parecían saludarme. Mi cintura delgada, mis caderas marcadas, mis nalguitas firmes… sí, estaba lista para ponerme linda.

    Abrí mi maleta y saqué lo que había traído a propósito: mis juguetes, mi lubricante favorito, y mi kit personal de limpieza anal. Sí, lo acepto, soy una ninfómana. Me encanta jugar, explorar, provocar. Y por supuesto, cuando planeo algo, lo hago bien. Esta no era la excepción.

    Antes de bañarme, me dirigí al baño secundario con todo lo necesario. Ahí, con la puerta bien cerrada, me hice una limpieza anal completa usando el enema que siempre llevo conmigo. Agua tibia, tranquilidad, paciencia… lo hice como siempre, asegurándome de quedar totalmente limpia por dentro. Sabía que si todo salía como lo imaginaba, no quería dejar ningún detalle al azar.

    Después de eso, me metí a la regadera. Dejé que el agua cayera por todo mi cuerpo, deslizándose por mis senos, mi vientre, mi espalda. Me lavé con un jabón suave, perfumado. Me tomé mi tiempo. Me depilé con cuidado: axilas, piernas, y por supuesto, toda mi zona íntima. Quedé suave, lisa, perfecta. Cuando salí, me sequé con una toalla y apliqué crema humectante en todo mi cuerpo, masajeando lentamente desde los tobillos hasta el cuello, sintiendo cada curva, cada centímetro. Me encantaba prepararme así. Me daba poder. Me daba antojo de carne y sed de semen.

    Fui al tocador y me arreglé el cabello, me lo solté completamente. Me maquillé con lo justo: labios ligeramente rojos, un delineado fino, un poco de rubor. Y me vestí con lo que ya sabía que iba a usar desde antes de venir a este viaje: un shortcito de mezclilla diminuto que dejaba a la vista la mitad de mis nalgas, una blusita blanca de tela ligera, muy corta, que dejaba ver mi ombligo y transparentaba un poco. Debajo, me puse un conjunto negro de encaje: brasier y tanguita. Para completar, unos Converse blancos. Me miré al espejo. Perfecta.

    Antes de salir al patio, fui a la cocina y me serví cuatro caballitos de tequila. No quería emborracharme, solo soltarme, fluir. Me los tomé uno tras otro, sintiendo el calorcito recorrerme el pecho, la garganta, la entrepierna. Ya estaba cachonda y lubricando de excitación.

    Con jabón, suavizante, ropa sucia y todo lo necesario, salí al patio trasero. Ahí estaba la gran pileta con el lavadero, y junto a ella, la lavadora automática. Me sentí emocionada. De fondo, los ruidos metálicos de los albañiles seguían presentes, cada vez más nítidos.

    Comencé a separar la ropa: blanca por un lado, de color por otro. Encontré pantalones, camisas, ropa interior de mis tíos… y mientras lo hacía, me agachaba y me movía con naturalidad, sabiendo exactamente lo que estaba mostrando. Mi tanguita se marcaba claramente por debajo del short, y la blusa dejaba ver el encaje de mi brasier al menor movimiento. No hacía falta exagerar, yo ya sabía cómo provocaba sin siquiera mirar.

    Sabía que me observaban. Lo sentía. Desde una de las ventanas podía ver el reflejo de lo que pasaba al otro lado: los albañiles habían bajado el ritmo, hacían pausas largas, hablaban entre ellos en voz baja, soltaban risas. Estaban atentos a cada paso mío. Y yo, fingiendo que no me daba cuenta, disfrutaba el efecto que causaba. La ropa giraba en la lavadora, y mientras tanto, yo tendía lo que ya estaba limpio. Mis movimientos eran lentos, sugerentes. Levantar los brazos, agacharme, ajustar mi blusa… todo era parte del juego.

    Sabía que en cualquier momento alguno de ellos se animaría a decir algo. Y ese momento, lo estaba esperando con ansias.

    El calor de Tequila no daba tregua. Me sentía húmeda por dentro y por fuera, pero no era solo el clima… era la mezcla de tequila en mi sangre, la soledad de la casa, y las miradas que sabía que se clavaban en mí desde la construcción trasera. Ellos pensaban que yo no notaba nada, pero cada vez que pasaba cerca del lavadero, escuchaba los murmullos, los silencios incómodos, las risitas ahogadas. Sabía perfectamente que les gustaba lo que veían.

    Ya había terminado de tender la ropa de mis tíos, pero la camiseta blanca y el shortcito de mezclilla que llevaba puestos estaban algo húmedos por haberme salpicado, así que tuve la excusa perfecta para quitármelos y enjuagarlos también. Lo hice con toda la intención, claro. Despacio. Sensual. Me deslicé la blusita por encima de la cabeza, y luego bajé el short dejando que rozara suavemente mis muslos, dejando ver mi lencería negra de encaje. Me encantaba cómo contrastaba con mi piel clara, cómo se marcaba mi cintura, mis nalgas respingadas, y cómo se notaban mis pezones a través del brasier ajustado.

    Apenas me quedé así, escuché la reacción inmediata.

    —¡Mamacita! —soltó uno, sin disimulo.

    —¡Güey, ven, asómate! —gritó otro—. ¡No mames, tienes que ver esto!

    Yo fingí que no los escuchaba. Me acerqué al lavadero con mi ropita en las manos, jugué un poco con el agua, la espuma… y me mojé más a propósito. El encaje empezó a pegarse a mi piel. El brasier ya estaba más mojado que seco, y eso lo transparentaba aún más. Sentía las miradas quemándome la espalda, y eso me excitaba como no tienen idea.

    Entonces, simulando un poco de titubeo antes de quitarme el sostén, volteé hacia la entrada de la casa para asegurarme que no viniese nadie y, después, me desabroché el sostén y lo dejé caer. Me quedé de espaldas, pero sabía que al menor giro, ellos lo verían todo. Y lo hice. Me giré, de lado, dejando ver mis senos al natural, firmes, pequeños, con los pezoncitos rosados y duros por el contraste del agua y el deseo.

    Un silencio lleno de tensión se apoderó del ambiente. Y para coronarlo, deslicé lentamente mi tanguita hacia abajo, quedando completamente desnuda bajo el sol. Mi cuerpo brillaba, entre el agua, el sudor y el deseo. Me dirigí sin prisa al tendedero, colgando cada prenda mientras movía las caderas con naturalidad, dejando que mis curvas hablaran por mí.

    Entonces, decidí mirar. Levanté la vista hacia ellos, con una sonrisita traviesa en los labios y los ojos entrecerrados. Me hice la tímida, cubriéndome apenas con mis manos.

    —¿Qué tanto miran? —dije, divertida.

    Uno de ellos soltó una risa nerviosa.

    —Perdón, señorita… es que… está muy bonita.

    —¿Sí? —dije, fingiendo sorpresa—. ¿Les gusta lo que ven?

    Los tres asintieron sin dudar. Sus ojos me recorrían con hambre, y sus rostros no ocultaban nada.

    —Pues si les gustaría divertirse un rato… estoy solita —les dije, ladeando la cabeza, mordiéndome el labio—. Si se animan, solo toquen el portón… y yo les abro.

    No hubo que repetirlo. Desaparecieron en segundos y, poco después, escuché los toquidos en la entrada.

    Caminé desnuda por el pasillo, segura, sintiendo cómo cada paso me encendía más.

    Abrí el portón sintiendo el calor del metal en mi zona intima, quemaba ligeramente mi cuerpo, mostrando la mitad de mi silueta con vista a la calle. Ellos estaban ahí, cuatro figuras fornidas que me miraban como bestias hambrientas, con ojos llenos de morbo y ansias contenidas.

    Me recorrieron de arriba a abajo, devorándome con la mirada, mientras sus respiraciones se hacían más pesadas y sus cuerpos se tensaban con un deseo primitivo.

    Sin decir una palabra, los invité a entrar con una sonrisa pícara y una mirada cargada de promesas. Mis caderas se movían con una lentitud provocativa, cada paso un desafío, cada gesto una invitación al fuego que ya sentía arder dentro de mí. Ellos me siguieron con pasos seguros, respiraciones agitadas, y manos ansiosas que no tardaron en rozar mi piel.

    Estaba yo a merced de esos cuatro sujetos. El primero alto, de hombros anchos y brazos marcados por el trabajo duro; el segundo, más bajo pero fornido, con una mirada que devoraba. El tercero lucía una barba espesa y desordenada, y el cuarto, con un tatuaje en el pecho bajo su camiseta sucia y sudada, tenía algo salvaje en la forma en que me miraba.

    Al llegar a la pileta del patio, me recargué en ella y comencé a tocar mis senos y pezones duritos, mientras les preguntaba provocándolos:

    —¿¡y entonces, solamente me van a ver o me van a coger!?

    De inmediato, se dejaron ir sobre de mi como bestias, y pude sentir sus manos fuertes y toscas palpando mis muslos, rozando mis nalgas, mi piel erizándose bajo sus caricias. Una mano se atrevió a deslizarse hasta mis senos, pellizcando mis pezones rosados con hambre, haciendo que un gemido involuntario escapara de mis labios.

    —Aaay síii —susurré, arqueando la espalda, sintiendo la presión crecer.

    El albañil barbón fue el primero en bajar la mirada hacia mis orificios, explorando con la lengua mi vulva y luego mi ano, probándome, mojándome con su boca voraz. Su lengua se movía experta, mezclando el dulce sabor de mi piel con su propio aliento caliente, mientras yo me entregaba entre sus dedos y su boca, gimiendo sin control.

    Los otros tres me rodeaban, sus manos hambrientas buscando cada rincón de mi cuerpo, sus respiraciones pesadas y jadeos a mi alrededor aumentando la tensión en el aire.

    Cuando el momento llegó, el albañil alto —el más fuerte y fornido de los cuatro— me tomó con decisión y fuerza. Me condujo hacia el lavadero de cemento, un poco bajito, perfecto para lo que tenía en mente. Me incliné con delicadeza, apoyando mis brazos y pecho en el borde frío y áspero, arqueando mi espalda para que mis nalgas se levantaran hacia el cielo, firmes y suaves, expuestas, invitándolo.

    Él me agarró de las caderas con manos firmes, apretándome contra el lavadero mientras sus dedos se hundían en mi piel. Me jaló del cabello con fuerza, haciendo que girara la cabeza hacia atrás para mostrarle mi cuello y mi cara llena de deseo.

    —Aaay, que rico, más fuerte —gemí con voz temblorosa y jadeante—. Síii, así, no pares.

    Su polla dura buscó mi entrada con hambre, y con un empuje decidido penetró mi vagina, haciendo que mis labios vaginales se abrieran para recibirlo, cálidos y húmedos, lubricados por mi deseo. El contraste del frío cemento contra mi piel y el calor de su cuerpo crearon una mezcla exquisita que me hacía temblar.

    Cada embestida fue un vaivén fuerte, rápido y constante. Su cuerpo golpeaba el mío con potencia, sus manos apretando mis caderas para hundirse más profundo. Sentí cómo sus movimientos arrancaban gemidos profundos de mi garganta, mi cuerpo respondía temblando y arqueándose, entregado al placer brutal y absoluto.

    —Aaauuu, sí, más, así —jadeaba, aferrándome al borde del lavadero mientras sus uñas clavaban un poco en mi piel—. Ufff, que rico, ufff, no pares, me vuelves loca.

    Su ritmo era salvaje, un martilleo constante que golpeaba mi placer y mi resistencia. Me jalaba del cabello con fuerza, tirando de mí hacia atrás mientras me penetraba sin piedad, obligándome a mostrarle mi entrega total. Mi piel se erizaba, mis pezones se ponían duros, y mi vagina se apretaba alrededor de él, succionándolo con cada empuje.

    Los fluidos que nos unían brillaban bajo el sol, mezclando su sudor con mi humedad, el sonido húmedo de nuestra unión resonando en el silencio del patio. Cada embestida era un golpe directo a mi placer, un choque intenso entre dos cuerpos que se consumían en deseo.

    —Aaay, mmm sí, ufff, más fuerte, más profundo —jadeé, perdiendo el control, temblando, sintiendo el clímax acercarse con fuerza.

    Su cuerpo se tensó, y con un gruñido de aviso, aceleró aún más, llevándome al borde de la locura. Me dejé caer más sobre el lavadero, abierta y vulnerable, mientras su semen caliente llenaba mi interior, inundándome con su calor y su esencia.

    —Aaay, síii —susurré con voz entrecortada, sintiendo cómo su calor me envolvía—. Gracias… ufff.

    Cuando terminó, me soltó con cuidado pero firmeza, dejándome temblando, apoyada en el lavadero con las piernas aún abiertas y el cuerpo henchido de placer y satisfacción. Miré hacia atrás, jadeando, esperando el siguiente, mi cuerpo aún palpitando por el deseo, lista para lo que siguiera.

    El albañil bajito, se acercó con una determinación que hizo que mi piel se erizara de inmediato. Sin perder tiempo, tomó mis caderas con firmeza, elevándome un poco para que mis nalgas quedaran aún más expuestas, abiertas, ofreciéndole sin resistencia mi vagina, ese lugar que solo él iba a habitar ahora.

    —Vamos, muéstrame lo mucho que te gusta —susurró con voz grave y cargada de deseo justo detrás de mí.

    Incliné mi cuerpo sobre el lavadero, apoyando mis brazos y pecho contra el frío cemento, mientras él se colocaba detrás. Sentí cómo su mano me jalaba del cabello, apretando con fuerza, mientras su miembro comenzaba a rozar mi entrada vaginal, húmeda y lista para recibirlo.

    Con un empuje firme y decidido, su pene entró en mi vagina, lento al principio, explorando, acomodándose dentro de mí, despertando cada fibra de mi cuerpo. El roce de su piel contra la mía, la humedad que nos unía, el aroma y el calor hicieron que mis gemidos escaparan casi sin control.

    —Aaay síii —gemía mientras él comenzaba a moverse con un ritmo firme y profundo, llenando mi vagina con cada embestida— mmmm qué rico —susurraba entre jadeos, sintiendo cómo su cuerpo golpeaba el mío, sus manos apretando mis caderas, guiándome en cada vaivén.

    Sus embestidas eran constantes y potentes, el vaivén perfecto para hacer vibrar mi vagina, para que cada roce dentro de mí se convirtiera en fuego puro. Sentí cómo la lubricación natural facilitaba cada movimiento, cada entrada y salida que me hacía retorcer de placer y soltar gemidos incontrolables.

    —Aaauuu sigue así —jadeé mientras él aumentaba el ritmo, empujando más profundo— ufff me vuelves loca —mis dedos se aferraban al borde del lavadero, mi cuerpo entregado a ese placer vaginal intenso, absoluto.

    El albañil no soltaba ni un segundo la firmeza en mis caderas ni el tirón de mi cabello, lo que hacía que cada embestida fuera aún más salvaje y excitante. Yo me movía con él, dejando que su ritmo me llevara, que cada golpe dentro de mi vagina me consumiera de deseo y fuego.

    —Aaay que rico me coges —gemía con la voz rota mientras sentía que el clímax se acercaba— mmmm síii —cada movimiento suyo dentro de mi vagina era un latido de pura pasión.

    Cuando finalmente jadeó un aviso, me arrodillé para recibir su semen, saboreando la dulzura salada en mi boca, un cierre perfecto para ese intenso y delicioso turno vaginal que acababa de regalarme.

    El albañil el barbón, llegó con una sonrisa pícara que me hizo estremecer desde el primer instante. Sin perder tiempo me acercó a la pila con esa fuerza que solo sus músculos curtidos por el trabajo podían dar.

    —Prepárate que esta vez te voy a hacer sentir como nunca —dijo mientras sus ojos brillaban con deseo.

    Me incliné sobre el lavadero con mis brazos y pecho apoyados, mis piernas abiertas, nalgas elevadas y listas para que él me tomara, sintiendo cómo su mano firme se posaba en mi cadera para sostenerme.

    Con delicadeza pero con la certeza de un hombre que sabe lo que quiere, me jaló el cabello hacia atrás y me susurró al oído:

    —Te voy a llenar hasta el fondo mi reina.

    Su pene comenzó a rozar mi vagina, húmeda y preparada por los embates anteriores, y con un movimiento lento y decidido penetró suavemente. Sentí cómo llenaba mi vagina, cómo cada centímetro de su cuerpo entraba en mí, mientras un gemido profundo escapaba de mis labios.

    —Aaay síii mmm —susurraba mientras él comenzaba a moverse con un ritmo firme y constante, profundo, que hacía que mi vagina se apretara y se abriera a su vez para recibirlo mejor.

    Cada embestida era un vaivén entre dulce y salvaje, sus manos firmes apretaban mis caderas mientras sus golpes dentro de mi vagina eran cada vez más intensos, acelerados, haciéndome perder el control.

    —Uffff aaauuu que rico —jadeaba entre gemidos mientras sentía la lubricación natural que facilitaba cada movimiento, el roce húmedo y cálido que nos unía, ese contacto que me hacía explotar en placer.

    El barbón no dejaba de morder suavemente mi cuello mientras sus embestidas penetraban mi vagina con fuerza y pasión, yo me movía con él, entregada a la sensación, dejándome llevar por ese placer salvaje que nos consumía.

    —Aaay sigue así —jadeé con voz rota— mmm síii aaauuu —cada embestida dentro de mi vagina me llevaba más cerca del éxtasis, mientras sus manos firmes se aferraban a mis caderas para guiarme en ese baile íntimo.

    Cuando sentí que el clímax se aproximaba, me aferré con fuerza al lavadero y solté un último gemido potente, mientras él seguía empujando dentro de mi vagina, lento y profundo, hasta llegar a su propio clímax, derramándose dentro de mí.

    —Aaay ya me tienes toda —susurró entre jadeos mientras sus movimientos se ralentizaban, y yo me quedé temblando, completamente satisfecha.

    El otro albañil apareció con una presencia imponente, su gran tatuaje en el pecho era lo primero que llamaba la atención, esa mezcla de fuerza y misterio que me hizo estremecer apenas me miró. Sin perder un segundo, me acercó otra vez al lavadero donde seguía apoyada, piernas abiertas y nalgas levantadas, listas para ser tomada.

    —Esta vez vas a sentir algo diferente —me dijo con voz grave mientras sus manos fuertes agarraban mis caderas con firmeza.

    Me incliné aún más, dejando que mis brazos se apoyaran bien en el borde del lavadero, sintiendo el frío del cemento contra mi piel caliente, mientras él me jalaba suavemente del cabello hacia atrás para mantener mi cabeza erguida y atenta a cada movimiento suyo.

    Su pene comenzó a acariciar la entrada de mi vagina, que ya estaba sensible y húmeda por todo lo que había pasado antes. Con lentitud, pero sin dudarlo, me penetró de nuevo, llenándome con ese volumen y fuerza que solo él tenía.

    —Aaay síii —gemí mientras sentía cómo su cuerpo se unía al mío por completo, cada embestida profunda y firme hacía que mi vagina se apretara y se abriera para recibirlo mejor.

    El ritmo que marcaba era diferente, una mezcla de potencia y control que me hacía perder la noción del tiempo, sus manos me apretaban las caderas, guiando cada movimiento mientras yo respondía con suaves jadeos y gemidos:

    —Mmm aaay que rico —decía mientras él aceleraba, cada penetración dentro de mi vagina era una ola de placer que me llevaba más y más lejos.

    El tatuaje en su pecho parecía cobrar vida con cada golpe que daba, y yo me entregaba por completo, sintiendo la lubricación natural que hacía todo más suave y delicioso, el roce húmedo que me hacía temblar.

    —Aaay sigue así —susurré sin poder contener más mi excitación— ufff mmm síii aaauuu —cada embestida profunda en mi vagina me hacía explotar en placer, mientras sus manos seguían firmes en mis caderas, dominando nuestro ritmo.

    Cuando el clímax se acercó, me aferré al lavadero y solté un último gemido profundo, mientras él seguía dentro de mí con movimientos lentos y largos hasta que se derramó adentro de mi vagina, llenándome con su calor.

    —Aaay ya estás toda mía —murmuró jadeando, mientras nos quedamos temblando, enlazados en ese instante perfecto.

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  • Convertí en una puta a mi exnovia

    Convertí en una puta a mi exnovia

    Como muchas veces pasa, el sexo se vuelve aburrido cuando tú pareja es seria y mujer de hogar. Catalina y yo éramos novios, ella era muy linda, cabello castaño, piel blanca, ojos negros no tenía grandes tetas pero amaba sus pezones rosas, es la panocha más bonita que he visto, me encanta el bello castaño que se deja, y sus piernas perfectas me volvían loco. Como lo han notado soy amante del sexo, no me puedo contener y me encanta experimentar cosas nuevas.

    Al cabo de un tiempo me comencé a aburrir, era siempre tener relaciones de misionero, nos acostábamos, comenzábamos con besos apasionados, la penetraba y ella gemía riquísimo, esa voz de mujer sensual al gemir me encantaba, con cada embestida podía sentir la humedad de su panocha, y como les comenté, era una panocha deliciosa. Muchas veces le insistí tener relaciones en otra posición pero nunca aceptó. A pesar de que me encantaban sus besos y me encantaba meterle la verga opté por terminar la relación con ella, yo necesitaba más, necesitaba a una mujer seria en la calle pero una puta en la cama.

    Naturalmente, lo primero que hice fue contactar a una mujer que le encantara el sexo. Recordé a una exalumna que múltiples ocasiones se me insinuó diciendo abiertamente que le encantaba el sexo. La llamé de inmediato “hola, ¿cómo estás? Oye por fin aceptaré tu invitación por una cerveza si sigue en pie” de inmediato me contestó “ven a este bar, estoy con unas amigas”.

    Llegué a tan rápido como pude y para cuando menos acorde sus amigas se habían ido, la invité a mi casa e hice lo propio; mientras la besaba le saqué las enormes tetas que tenía y ella acariciaba mi verga, de inmediato comenzó a mamarla “Uff si eres bien puta, ya me habías dicho pero no pensé que tanto” recorría mi verga con su lengua con una alegría que podía notar “ya te traía ganas, quiero que me cojan tú y tu amigo” me dijo mientras yo acariciaba su panocha, la empiné y comencé a cabalgarla, y evidentemente la hice tragar hasta la última gota de mi semen, como buena puta se quedó en mi casa hasta el otro día, tiempo en el que me cogí como quise.

    Ella sabía que eso haría, estaba dispuesta que solo la usara como yo quisiera pero ya más adelante les contaré con detalles de ella.

    Pasaron unos días y Catalina me volvió a buscar “te extraño” francamente yo quería volver a sentir su panocha así que la invité a un viaje que tenía planeado, era solo el fin de semana así que aprovecharía para cogérmela y convencerla de ser más abierta. Apenas llegamos al hotel, le quité la ropa, y comencé a cogérmela, me encantaba meterle la verga y acariciar sus tetas, como les comenté no eran enormes pero sus pezones me volvían loco, me vine adentro de ella, y aproveché para meterle un dedo y hacerla probar mi semen.

    Ella accedió y para mi sorpresa no se inmutó. Más tarde la invité a bañarnos juntos antes de salir a un evento, le pedí que se pusiera de rodillas y me mamara la verga, ella accedió, sabía que era la única forma en la que volvería con ella ya que muchas veces se lo había pedido. Me di cuenta que no tenía experiencia así que le dije como hacerlo, yo estaba muy caliente y con la verga bien parada por la experiencia, sabía que a ella le encantaba mi verga y para tenerla adentro tenía que mamármela primero, me pidió penetrarla y así lo hice.

    Cogimos durante un buen rato y salimos al evento. Al regresar le pedí que me la mamara nuevamente y así lo hizo, yo la puse en 4 y mientras la penetraba la nalgueaba como, ella fuera de molestarse se éxito y aproveché para cogérmela más duro. Terminé en su espalda y esa sensación a ella le gustó. Poco a poco le fui enseñando más posiciones y desperté en ella curiosidades, algunas veces mientras me la mamaba yo le metía un dedo en el culo, comencé a cachetearla mientas me la cogía o la ahorcaba, a ella le empezó a gustar eso. Lo último que le enseñé fue a comerse mi semen, lamentablemente por sus celos terminamos nuevamente pero es aquí donde comienza lo verdaderamente excitante.

    Un par de años después me la encontré en un evento, se veía riquísima y pude notar que ya no era la inocente que conocí, nos saludamos e intercambiamos números de teléfono. La busqué a los pocos días “hola Catalina, estoy en un bar por tu casa, quieres un trago?” Ella accedió y llegó al poco tiempo, durante el tiempo que estuvimos ahí nos besamos y acordamos vernos más seguido, yo la invité a mi casa pero me dijo que no tenía tiempo. Me dejó con la verga bien parada.

    Pensé que era una especie de venganza pero repentinamente empiezo a recibir fotos y videos de ella masturbándose “te encanta mi panocha peludita, ¿verdad? Quiero que te la comas” me dijo en un mensaje, me pidió fotos de mi verga y yo ya la traía bien parada comencé a enviárselas “quiero tenerla adentro, quiero que me cojas” me decía en uno de sus mensajes, yo estaba fuera de la ciudad y acordamos que el fin de semana que llegara nos veríamos.

    Así pasó, llegué a la ciudad y la llamé, me dijo que pasara por ella, como ya les dije antes, amaba sus piernas y le pedí que llevara un short corto y sexy, así lo hizo. Al subirse a mi coche me recibió con un beso bastante caliente, apenas llegamos a mi casa y ya estaba encima de mi, me pidió hacer un 69, yo encantado accedí, pude notar que su técnica de mamarla había mejorado la chupaba como una verdadera puta “ya métemela, no aguanto más” así lo hice, puse sus piernas en mis hombros y comencé a penetrarla, la cacheteaba y ella gemía como perra, cuando comencé a ahorcarla pude ver sus ojos llenos de placer “soy tu puta, papi” gritaba una y otra vez, la puse en 4 y ella sola se abrió las nalgas.

    Cuando se la metí estaba goteando de lo mojada que estaba “pégame” me dijo, yo le daba con mucha fuerza las nalgadas y ella gemía, después la puse de cucharita y mientras se la metía le apretaba las tetas, le toque la panocha mojada y después llevé mis dedos a su boca para probar sus jugos, eso le encantó, la cacheteaba una y otra vez y le decía que era puta, y que como buena puta solo yo podía cogérmela “eres mi dueño” me dijo, le pedí que me la mamara nuevamente para venirme en su boca y obedeció, se comió hasta la última gota de mi semen. Mientas reposábamos me confesó que había probado muchas vergas y por eso ahora estaba dispuesta a todo conmigo, quería recuperarme.

    Yo estaba listo para volver a la acción y le pedí que me la mamara antes de penetrarla, está vez ella me la estaba mamando delicioso cuando comienzo a sentir un masaje delicioso en mis huevos con sus dedos y poco a poco bajo con su lengua hasta mi ano y comenzó a lamerlo, nunca había experimentado algo así pero me excitó, mientras me masturbaba con su mano lamía mi ano, y después volvió a mamarme la verga, que rica sensación. Yo la tenía durísima y estaba feliz recibiendo su mamada.

    Me pidió penetrarla, se puso en 4 y se la metí, la estaba bombeando tan duro que terminó por acostarse completamente boca abajo y yo seguía cogiéndomela, note de inmediato que ya era toda una puta, me encantó escuchar las vergas que había probado y que la mía era la que más le había gustado así que se la metí con más fuerza “vente adentro” me pidió.

    Así lo hice, igual que la primera vez que la enseñé, con mi dedo saqué semen de su panocha y le pedí que se lo comiera, así lo hizo, no dejaba de chupar mi dedo y yo aún tenía la erección así con ella costada me subí en su cara y le metí la verga en la boca, observaba como me limpiaba el semen y le repetía que era una puta, ella asentía y yo no dejaba de acariciar sus tetas y su panocha.

    Después de un rato nos levantamos a tomar un trago. Al calor de las copas me la volví a coger pero esta vez solo de misionero, la energía ya no era la misma. Acordamos ser solo amigos sexuales, ella me pidió exclusividad pero por obvias razones yo no cumplí ese trato.

    Espero les haya gustado este relato. Si quieren alguna segunda parte de los relatos anteriores, me avisan.

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  • Placeres prohibidos. La melancolía del incesto (2)

    Placeres prohibidos. La melancolía del incesto (2)

    América colocó sus manos en la cabeza de Diego, sus dedos se enredaron en su cabello mientras lo empujaba con firmeza, obligándolo a restregarse más contra sus senos. Echó la cabeza hacia atrás, su cabello negro caía como una cascada, y dejó escapar un gemido profundo, disfrutando de la lengua que lamía y mordisqueaba sus pezones con devoción.

    —Deja que mamá te amamante siempre, mi amor —repetía, con voz cargada de una entrega total—. Mis tetas siempre serán tuyas. —Con un movimiento lento y sensual, sus manos descendieron por su cuerpo, dejando caer el vestido rojo al suelo. La cámara captó su figura desnuda, revelando que no llevaba nada debajo: sus nalgas firmes, su abdomen plano y su vagina depilada relucía con un brillo húmedo que delataba su excitación. Era un cuerpo que desafiaba el tiempo, perfecto y provocador.

    Elizabeth, sentada en el sillón con su blusa de oficina desabrochada, sintió una punzada de envidia al ver el cuerpo de su hermana, sus grandes senos palpitaban bajo el encaje de su sostén mientras imaginaba tocar esa piel. Atziry, con su pijama de satín rosa marcando sus curvas, sintió un calor nuevo subirle por la entrepierna, su tanga se empapó al desear, por primera vez, el cuerpo de su tía. Diego colocó sus manos en las nalgas de América, apretándolas con fuerza mientras su boca seguía devorando sus senos, lamiendo y succionando con un fervor que hacía que los gemidos de América resonaran en el departamento.

    —Te amo, mi amor, eres el hombre de mi vida —susurró América, su voz temblaba de deseo. Diego, con las manos hundidas en las nalgas firmes de su madre, las apretaba y separaba con una pasión feroz, sintiendo la carne suave ceder bajo sus dedos, su verga se endurecía más bajo el traje de boda. América levantó el rostro de su hijo, sus ojos azules ardían de lujuria, y lo atrajo hacia ella, sus labios se fundieron en un beso profundo, sus lenguas chocaban en un torbellino húmedo que hacía temblar sus cuerpos.

    —Lámeme la panocha, mi amor —pidió América, su tono era vulgar y desenfrenado, revelando cuánto lo había extrañado. Se acomodó en el sillón con una audacia que desafiaba todo límite, apoyando la pierna izquierda en el suelo y alzando la derecha sobre la cabecera, abriendo su cuerpo por completo. Sus senos prominentes temblaban con cada movimiento, y su vagina, depilada y reluciente de jugos, se abrió ante Diego cuando ella, con las manos, separó sus pliegues, exponiendo su clítoris hinchado. Sus ojos destellaban con un deseo crudo, invitándolo a devorarla. Diego, con la respiración acelerada, se despojó del traje, los pantalones cayeron al suelo para revelar su verga erecta, gruesa y pulsante, brillando con una gota de pre-semen en la punta.

    América, al verla, cambió de planes con una sonrisa traviesa. —Mejor deja que te la chupe primero, mi amor —dijo, llena de hambre. Diego se posicionó cerca de su rostro, y ella, sin dudar, engulló su verga, sus labios la envolvieron con una avidez que arrancó un gruñido de Diego. América lamía y succionaba, escupiendo sobre el miembro para lubricarlo, metiéndoselo hasta la garganta con una intensidad que hacía que las lágrimas brillaran en sus ojos.

    Casi se ahogaba, pero sus gemidos vibraban contra la carne, su lengua danzaba por cada centímetro. Diego, con la mano izquierda, apretaba los senos de su madre, amasándolos con rudeza, los pezones se sentían endurecidos bajo sus dedos. —Amo cómo siempre me la chupas, mi amor —jadeó—. Una madre debe saber chuparle la verga a su hijo, y tú lo haces de maravilla. —América, entre arcadas, respondió con la voz rota: —Desde la primera vez que te la mamé, no he probado otra.

    Elizabeth envidiaba la entrega de su hermana. Atziry apretaba los muslos, su clítoris palpitaba mientras imaginaba esa verga en su propia boca.

    América, desnuda sobre el sillón, devoraba la verga de Diego con una pasión desenfrenada, sus labios se apretaban alrededor del miembro grueso mientras lo succionaba hasta la garganta. Tras varios minutos de una mamada intensa, Diego abrió los ojos, con su rostro contorsionado por el placer, los músculos de su mandíbula se tensaron mientras un gruñido bajo escapaba de su pecho. Sin avisar, empujó su verga aún más profundo en la boca de su madre, sus manos se aferraron a su cabello negro mientras se recargaba contra el sillón, su cuerpo temblaba de éxtasis.

    Con un rugido gutural, Diego liberó su semen, chorros calientes y espesos inundaron la boca de América. Ella, con los ojos entrecerrados y las mejillas ruborizadas, tragaba con avidez, su garganta trabajaba para no dejar escapar ni una gota. Al mismo tiempo, sus dedos se movían con rapidez sobre su clítoris, frotándolo frenéticamente mientras su vagina goteaba jugos sobre el sillón. —Toma tu leche, mamá, como tanto te gusta tragarla —jadeó Diego, su voz estaba cargada de dominación mientras seguía descargando en su boca. América gemía contra su verga, el sonido ahogado vibraba en su garganta, sus senos prominentes temblaban con cada espasmo de placer.

    Cuando Diego finalmente sacó su verga, un hilo brillante de semen y saliva conectó la punta de su verga con los labios hinchados de América, algunas gotas resbalaron por su barbilla. Con una mirada lujuriosa, ella lamió los restos con la lengua, saboreando cada gota con deleite, limpiándose hasta no dejar rastro. —Amo tu semen, hijo —susurró, ronca y satisfecha—. Siempre sabe delicioso. —Sus ojos azules brillaban con una mezcla de amor y deseo, su cuerpo desnudo relucía bajo la luz.

    Diego con su verga aún brillante por la mamada de América, se posicionó entre las piernas de su madre, que descansaban abiertas sobre el sillón. América se masajeaba el clítoris con dedos frenéticos, sus jugos goteaban por sus muslos. Diego, extasiado, acercó su rostro a la vagina depilada de su madre, inhalando profundamente su aroma almizclado. —Huele tan delicioso, mamá —gruñó, con voz grave vibrando de deseo—. Amo el olor de tus jugos. —América, con los ojos azules ardientes de lujuria, respondió: —¿Y no extrañas su sabor? —Su tono era una invitación cruda, cargada de anhelo.

    Diego, sin dudar, hundió su rostro en su vagina, su lengua lamía con una intensidad voraz. Chupaba cada pliegue, saboreando los jugos dulces y salados, su lengua danzaba sobre el clítoris hinchado antes de mordisquearlo suavemente, arrancando gemidos de América. Besaba sus labios vaginales, succionándolos con hambre, mientras introducía dos dedos en su interior, sintiendo las paredes húmedas apretarse. América, con una mano masajeaba su clítoris y con la otra empujaba la cabeza de Diego más profundo, gemía sin control, sus caderas se movían contra su boca. —¡Sigue lamiendo la vagina por donde saliste, hijo! —gritaba entre sollozos y jadeos, su cuerpo temblaba de placer—. ¡Estoy lista, méteme el puño!

    Diego, con dos dedos ya dentro, añadió un tercero, luego un cuarto, sus movimientos eran lentos y precisos mientras América gemía más fuerte, sus jugos escurrían por el sillón, manchando la tela. Con un movimiento audaz, introdujo el quinto dedo, y dentro de su útero cerró la mano en un puño, comenzando a moverlo de arriba abajo, sin sacarlo, en un ritmo que hacía que los senos de América rebotaran.

    Ella, sin dejar de frotar su clítoris, gritaba: —¡Así, mi amor, así, hijo! ¡No pares, no saques el puño, es delicioso! —Su voz estaba quebraba, sus ojos estaban en blanco mientras el placer la consumía. Diego, con el rostro empapado de sus jugos, intensificó el movimiento, hasta que, tras un rato, sacó el puño lentamente, desencadenando un orgasmo explosivo. América gritó, su cuerpo convulsionó mientras un chorro de squirt salpicaba el rostro de Diego, quien, extasiado, lo recibía con una sonrisa, lamiendo los jugos que goteaban por su barbilla.

    —Mira, hijo, mira cómo hiciste que tu madre tuviera un orgasmo riquísimo —jadeó América, sus gemidos resonaban mientras su vagina palpitaba, sus muslos temblaban. Elizabeth y Atziry voltearon a ver el sillón al mismo tiempo y se percataron de la mancha que América había dejado.

    América, aun temblando por su orgasmo reciente, se repuso y, con un movimiento deliberado, se giró en el sillón, poniéndose en cuatro. Sus manos separaron sus nalgas firmes y blancas, exponiendo su ano apretado. —Métemela por el ano, hijo, como lo hacías cada mañana —suplicó, con voz cargada de deseo crudo. Diego, con su verga gruesa y pulsante aun brillando por los jugos de su madre, gruñó: —Eres la más puta de todas, mamá. —América brillando de lujuria, respondió: —Soy tu puta mayor, mi amor.

    Diego se posicionó detrás de ella, alineando su verga con el ano de América. Con una lentitud tortuosa, la penetró centímetro a centímetro, cada movimiento arrancaba un grito de placer de su madre. —¡Eso, así, hijo! ¡Destrózame el ano! —gritaba América, su cuerpo se arqueaba mientras sentía la carne gruesa abrirse paso, la sensación de su verga la llenaba hasta el límite. —Amo cómo se siente tu verga por ahí —jadeó, sus senos prominentes se balanceaban con cada embestida.

    Diego, sin decir palabra, comenzó a embestirla con fuerza, los gemidos y gritos de América resonaban en el departamento, su placer lo extasiaba. Sus manos alcanzaron los senos de su madre, amasándolos con rudeza, sintiendo los pezones endurecidos bajo sus dedos. —Eres mi puta, mamá, siempre serás mi más grande puta —gruñó, su voz vibraba con dominación.

    América, gimiendo en afirmación, empujaba sus nalgas hacia la pelvis de Diego, buscando más profundidad, el choque de sus cuerpos resonaba como un tambor en el silencio. Diego comenzó a darle nalgadas, el sonido seco de sus manos contra la piel blanca llenaba el aire. —Amo tus nalgas, mamá —dijo, dejando marcas rojas en su carne. —¡Sí, hijo, déjamelas rojas! —gritó ella, su ano se apretaba alrededor de su verga con cada golpe, sus jugos goteaban por sus muslos.

    Elizabeth sintió una punzada de celos al ver el placer que América recibía, Atziry apretó los muslos, su clítoris palpitaba al desear la verga de Diego en su propio ano.

    En el video, Diego, tras una sesión intensa de sexo anal, sacó su verga de golpe del ano de América, dejando un eco de sus gemidos resonando en el aire. Su miembro, rojo e hinchado por el roce, palpitaba erecto mientras él tomaba asiento en el sillón, su pecho musculoso brillaba con sudor. —Súbete en mí y date de sentones, mamá —ordenó.

    América lo miró con ojos ardientes de deseo. Sin decir palabra, se posicionó de espaldas a él, con sus nalgas firmes y marcadas por las nalgadas rojas expuestas al aire. Con una precisión sensual, alineó la entrada de su vagina empapada con la punta de la verga de Diego, sus jugos goteaban por sus muslos. Apoyó sus manos en las rodillas de su hijo, sus dedos apretaron su piel, y comenzó a flexionar las rodillas, subiendo y bajando lentamente. Cada movimiento hacía que sus nalgas se alzaran y descendieran, un espectáculo hipnótico que hacía que Diego gruñera, sus manos se aferraban al sillón mientras sentía la humedad cálida de la vagina de su madre envolviéndolo, apretándolo con cada sentón.

    Extasiado, observaba cómo las nalgas de América se movían, el choque de sus cuerpos resonaba en el departamento. Se inclinó hacia adelante, sus labios rozaron los hombros desnudos de su madre, besándolos con una mezcla de reverencia y hambre. Su lengua trazó un camino húmedo por la curva de su espalda, saboreando el sudor salado de su piel. —Te amo tanto, mamá —susurró, con voz rota por el placer mientras sus manos subían para acariciar los costados de sus senos, sintiendo su peso. América, gemía con cada sentón, empujaba sus caderas con más fuerza, sus paredes vaginales se contraían alrededor de la verga de Diego, sus jugos goteaban hasta los testículos de él.

    América no aguantó más tras varios minutos, y montando a Diego con sentones frenéticos, alcanzó un orgasmo devastador, su cuerpo convulsionó mientras sus jugos cálidos se derramaban por los muslos musculosos de su hijo, goteando hasta el sillón. Diego, con su verga gruesa aun palpitando dentro de la vagina empapada de su madre, no detuvo sus embestidas. Se echó hacia atrás, y con un movimiento firme, jaló a América desde sus senos prominentes, pegando su espalda sudorosa contra su pecho. Sus manos se deslizaron bajo los muslos de ella, levantándolos y abriendo sus piernas lo más que pudo, exponiendo la vagina depilada de su madre en todo su esplendor ante la cámara.

    La imagen era hipnótica, los pliegues húmedos de América relucían, su clítoris hinchado temblaba mientras la verga de Diego entraba y salía con un ritmo implacable. Ella, con los ojos en blanco, gemía y gritaba, su voz se quebraba de placer. —¡Soy tu madre, hijo! ¡Tu puta madre! —jadeaba, recordándole su vínculo prohibido mientras su cuerpo se rendía al éxtasis. Diego, gruñendo, mantenía sus piernas abiertas, asegurándose de que la cámara captara cada detalle de su verga deslizándose en la vagina de su madre, los jugos se mezclaban con el sudor. Durante veinte minutos, el departamento resonó con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, y los gemidos de América llenando el aire.

    Finalmente, Diego, con la respiración entrecortada, gruñó: —Párate rápido, mamá, que ya me voy a venir. —Pero América, perdida en el placer, apretó sus caderas contra él. —¡No, hijo, termina dentro! —suplicó, con voz ronca—. Quiero sentir tu semen en mis entrañas otra vez. Llena a mamá de tu rica leche caliente. —Sus manos amasaban sus propios senos, sus dedos pellizcaban y lamían sus pezones de café claro, mientras su vagina se contraía alrededor de la verga de Diego. Él, incapaz de resistir, dejó que un palpitar intenso recorriera su miembro, liberando chorros calientes de semen que inundaron el interior de América. Ella gritó, su cuerpo temblaba mientras sentía el calor llenarla, sus jugos se mezclaron con el semen de su hijo.

    Diego, aún con su verga profundamente enterrada en la vagina de América, bajó las piernas de su madre con suavidad, dejando que descansaran en el sillón. Sus manos, temblando de placer, ascendieron lentamente desde los muslos sudorosos de ella, acariciando la piel suave de su vientre plano hasta llegar a sus senos prominentes. Los apretó con reverencia, sus dedos se hundieron en la carne firme mientras los pezones se endurecían bajo su toque. Ambos, agitados y extasiados, respiraban al unísono, sus cuerpos subían y bajaban en una danza sincronizada, sus pieles brillaban con el sudor del éxtasis compartido.

    América, con un gemido suave, acomodó su cabeza hacia atrás, buscando los labios de Diego. Sus bocas se encontraron en un beso apasionado, sus lenguas se entrelazaron en un choque húmedo cargado de lujuria y amor prohibido. Sus cuerpos, aún conectados, vibraban con la intensidad del momento, con el aroma a sexo impregnando el aire del departamento.

    Continuará…

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  • Dos admiradores me follan por el coño y por el culo

    Dos admiradores me follan por el coño y por el culo

    Dos admiradores me follan por el coño y por el culo
    Dos admiradores me follan por el coño y por el culo
    Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.

    Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.

    Escúchalo narrado por su autora

    Relato

    Hace tres días, la última noche de agosto de 2024, mientras mi novio se hallaba lejos por negocios, mi hermano Álex me regaló el placer que mi cuerpo anhelaba con desesperación. Nos entregamos en el balcón del dormitorio, bajo el manto de la noche, en un espectáculo improvisado para un voyeur. Lo descubrí acechando entre las sombras, sentado en un banco frente a nosotros. Lo presenció todo, y mi mente se elevó en una fantasía ardiente, imaginando cómo seduciría a ese desconocido para fundirme en éxtasis con él.

    La noche siguiente, la del domingo, mis ojos no se apartaban de la calle, fija en ese banco que prometía el fuego del deseo. Mi hermano estaba en casa conmigo, y sabía cuáles eran mis intenciones, pero albergaba dudas.

    -No entiendo tu manía de follar con desconocidos -dijo-. ¿No te conformas conmigo, o con tu novio, o con los dos al mismo tiempo?

    -Follar es siempre lo mismo -respondí, como lo haría una mujerzuela-. Siempre es lo mismo, se reduce al mete y saca, con mayor o menor intensidad, pero siempre lo mismo. Últimamente, ya no me conformo solo con eso. Cada hombre es un mundo, su morbo y motivación son únicos, diferentes a los del resto, y esto es lo que me motiva, la novedad. Para una hembra ansiosa como yo, una zorra que prefiere recibir, y que el macho lleve la iniciativa y me domine, todo lo anterior es importante. De todas formas, no tienes de qué preocuparte, porque, cuando termine con el desconocido, seré tuya el resto de la noche para que hagas conmigo lo que quieras.

    Mi hermano cedió por fin, y se retiró al dormitorio de invitados, donde permanecería sin hacer ruidos que delataran su presencia.

    Desde la ventana de la cocina, envuelta en la oscuridad, volví a espiar y allí estaba él, el desconocido que había invadido mis fantasías. Rápida como un suspiro de viento cálido, corrí al dormitorio y me desnudé junto al balcón. Luego me apoyé en la barandilla, encendí mi cigarrillo habitual y lo fumé con languidez. Fingía contemplar el horizonte, pero mis ojos devoraban sus reacciones, bebiendo de su mirada fija. El momento era un elixir perfecto. Mientras exhalaba nubes de humo, mi mano derecha trazaba senderos de fuego sobre mi piel, lenta, deliberada, demorándose en las curvas que gritaban mi desvergüenza. Mis pechos, suaves y tersos, temblaban bajo el roce, y de los labios escapaban gemidos suaves. Eran como invitaciones flotando hacia él. Finalmente, alcancé el epicentro de mi deseo, donde los dedos, con masajes lentos y constantes, desataron corrientes eléctricas que recorrieron mi ser entero. Estaba al borde, madura y lista para ofrecerle todo.

    Con pereza felina, entré en la habitación y regresé arrastrando una butaca al balcón, que coloqué mirando a la calle. Me senté en ella, las piernas entreabiertas en una promesa sutil. Di una última calada profunda, lancé el cigarrillo a la oscuridad y me sumergí en la danza erótica. Primero, jugué con mi cabello, enredando el dedo índice en mechones sedosos, siguiendo su caída con los ojos entrecerrados.

    Apenas había comenzado, y ya el fuego del deseo me consumía por dentro. Cubrir mis pechos con las manos fue un torrente de excitación, caricias lentas pero firmes, pellizcos juguetones en los pezones que me arrancaban suspiros de puro placer. Abrí más las piernas, me recliné en una pose que invitaba a la lujuria, y los dedos exploraron la humedad cálida entre los muslos, dedicando devoción especial al botón sensible que latía con vida propia. “Un ratito más”, me susurré, percibiendo el clímax que llamaba a las puertas, amenazando con desbordarme en un río de calor irresistible. Y llegó, con tal intensidad que los gemidos se tornaron grititos desesperados, al tiempo que me contorneaba sobre la butaca.

    Cuando el clímax me abandonó como un eco disipándose en la brisa, me incorporé en la butaca con un suspiro profundo, y me puse en pie. Extendiendo el brazo hacia adelante, le mostré los cinco dedos de la mano, separados. Acto seguido, me toqué la muñeca, como si señalara un reloj invisible, y repetí los gestos con una sonrisa cómplice. Luego corrí por el dormitorio y bajé al garaje. Allí cogí un par de pelotas de tenis, cinta adhesiva, un bloc de notas y dos bolígrafos. Con todo en la mano, regresé al dormitorio y me senté en la butaca. Arranqué una hoja y escribí con caligrafía firme y temblorosa por la excitación:

    “Eres un pervertido y yo una golfa insaciable. Esta es la segunda vez que vienes a espiar, y eso me enciende hasta el delirio. No imaginas los orgasmos que me provoca saber que estás ahí, devorándome con los ojos.”

    Doblé la nota, la pegué a la pelota con la cinta adhesiva, junto con un bolígrafo, y lo lancé al otro lado de la calle con precisión. El tipo leyó mi mensaje y garabateó una respuesta que me devolvió con un tiro certero.

    Desplegué el papel, con el corazón latiendo como un tambor, y lo leí:

    “No era mi intención incomodarte. Ayer paseaba a Dona, mi perra, y te vi fumando en el balcón como Afrodita emergiendo de las olas. No pude resistirme a contemplarte, ni a regresar esta noche. Esto no me convierte en un pervertido, sino en un admirador cautivado.”

    Sus palabras me arrancaron una sonrisa lasciva. ¿Afrodita? Qué cursi y qué deliciosamente encantador. Había en su tono una mezcla de timidez y erudición que me humedecía aún más. Mi siguiente nota fue directa, un desafío envuelto en seducción ardiente:

    “Lo de Afrodita, diosa de la belleza, la sensualidad y el amor —entendido como sexo puro—, me encaja a la perfección. Ven a la puerta del garaje; te la abriré para que entres. Esta noche estoy sola y podrás hacerme lo que Ares le hacía a Afrodita en sus encuentros apasionados”.

    Lancé la nota, corrí al garaje y abrí la puerta apenas lo suficiente para verlo acercarse, su silueta recortada contra la luz ámbar de las farolas, un aura de misterio que aceleraba mi pulso.

    —¿Estás seguro de que quieres entrar? —pregunté, mi voz un susurro ronco que ocultaba mi propia incertidumbre temblorosa.

    —Solo si tú lo deseas. Pero ten en cuenta que vengo acompañado por Dona, mi perra —respondió, su tono tan dulce que disolvió cualquier sombra de duda, dejando solo un calor líquido entre mis muslos.

    Miré a la perra, una pastora alemana de ojos brillantes que me conquistó al instante con su lealtad inocente. Sin embargo, un impulso involuntario me hizo girar la vista al otro lado de la calle, detectando un bulto redondeado acechando tras el árbol junto al banco.

    —Quiero hacerte unas preguntas rápidas —le dije a través de la rendija—. Si no respondes antes de tres segundos, te cierro en las narices y me consuelo sola… o llamo a cualquier amigo con ganas de acción salvaje.

    La primera pregunta era sobre su edad, pues me parecía casi un niño de rostro fresco. Respondió que 18 años, y respiré aliviada, un suspiro que liberó la tensión acumulada. La segunda era menos predecible, pues no podía esperarla. Pregunté si había venido acompañado por otro, y si estaba escondido tras el árbol. Tardó cuatro segundos en mi conteo mental, confirmando la sospecha, pero no era cuestión de castigarlo por un mísero segundo de vacilación.

    —Creo que has sido sincero, y esto me excita —le dije, abriendo la puerta un poco más—. Pero dime ahora si tu amigo alberga las mismas esperanzas lujuriosas que tú.

    El joven se rascó la cabeza, señal de los nervios que bullían bajo la superficie, pero respondió con voz entrecortada.

    —Esta tarde le conté lo de anoche, y solo vinimos con intención de mirar. Pero te ha visto y está que arde, subiéndose por las paredes.

    —Entiendo que también le gustaría follarme —deduje, esbozando una sonrisa perversa. Afirmó con un movimiento de cabeza y un tímido ‘sí’—. Entonces, llámalo para que venga y montamos un trío salvaje. Una golfa como yo nunca rechaza dos machos ansiosos.

    Cuando el otro llegó a la puerta, me pareció que tenía la misma edad fresca y tentadora, pero le pregunté igualmente, y respondió que 19 años, su respuesta un susurro que aceleró mi pulso.

    —Entrad antes de que alguien nos vea —ordené, tirando de sus brazos con una urgencia febril que no admitía réplicas.

    Una vez dentro, la luz del garaje reveló con nitidez sus rostros juveniles, agraciados y apetecibles, su timidez, un velo que confirmaba que podría confiar en ellos y entregarme sin reservas. Sin embargo, sus ojos pícaros se clavaban en mi desnudez, devorándome con un apetito mudo, que hacía que mi cuerpo se humedeciera todavía más.

    —Imagino que no estáis acostumbrados a que las mujeres os reciban así —bromeé con una risa ronca, restando importancia mientras mi cuerpo se exhibía sin pudor—. He venido corriendo para no hacerte esperar. Además, después de lo que habéis visto, no creo que vayáis a desmayaros.

    Sin darles tiempo a responder, comencé a subir las escaleras. Acentué, con una cadencia hipnótica, el movimiento de mi culo perfecto, —esculpido a base de sudor y esfuerzo en el gimnasio—. Balanceaba mi cuerpo como una invitación pecaminosa, y presentía sus miradas ardientes clavadas en cada curva. Me alcanzaron en la puerta del jardín, donde Dona podía corretear libremente. Envueltos en una energía erótica, los llevé al dormitorio. Allí, la timidez de ambos se desvaneció ligeramente. Pero una voz susurraba en mi interior, me decía que uno de ellos podría ser virgen, o posiblemente los dos. Si este fuera al caso, sería un delicioso pleno para mí, una conquista que me convertiría en legendaria. Les pregunté abiertamente, sin tapujos, con la misma norma implacable de los tres segundos. Los dos respondieron al unísono, uno afirmativamente, con un rubor encantador, y el otro, el mayor, negando con la cabeza. Su experiencia era un misterio que avivaba mi fuego.

    Con el corazón a punto de salirse del pecho, latiendo con deseo, me moría por comerles la polla. —No recuerdo cuando me vino esta afición, pero es algo que me vuelve loca. Con una verga en la boca, me siento poderosa. Me gusta jugar con ella, besar y lamer el glande, y succionarlo hasta que adquiere un tono más oscuro. luego la trago entera y comienzo a mamarla, primero despacito, luego con ansia—. Con un suspiro de rendición, me arrodillé en el suelo, pero, cuando me disponía a bajar los pantalones al más joven, el virgen, caí en la cuenta de algo que había pasado por alto con mi prisa lujuriosa.

    —No me habéis dicho vuestros nombres —dije, alzando el rostro, mis ojos clavados en los suyos con una intensidad que prometía devorarlos—. Yo soy Laura, tengo 22 años y estoy lista para todo.

    El de 18 años respondió que Toni, el otro Bernat, sus nombres rodando en mi lengua como promesas dulces. Ahora nada se interponía entre mis ansias devoradoras y el miembro de Toni, mi primer admirador, aquel cuya curiosidad había prendido una llama que me quemaba por dentro, un fuego que exigía ser apagado. Su juguetito no era impresionante en tamaño, pero suficiente para mí, palpitante y ansioso entre mis manos, prometiendo un placer crudo y puro.

    Lo orienté hacia mi boca con dedos temblorosos, y besé el glande, brillante y suave como un capullo tierno y prohibido. Toni gimió al primer roce de mis labios carnosos, un sonido ronco que me impulsó a elevar la apuesta, tragando el cabezón hinchado y succionándolo con repetidos pulsos de calor húmedo. Sus ojos, azules como un mar en calma infinita, me sostenían la mirada con una intensidad que ardía, hasta que el placer lo forzó a cerrarlos, rindiéndose al éxtasis que yo tejía. Finalmente, lo engullí entero, entregándome a una felación más intensa, mi lengua danzando en espirales voraces alrededor de su longitud palpitante.

    En esto estaba, cuando sentí algo rozando mi mejilla derecha, con insistencia. Miré de reojo y era el miembro erecto de Bernat, impaciente y desnudo de cintura para abajo, un pilar de deseo que clamaba atención. Lo abracé con la mano, acariciándolo con movimientos lentos y firmes mientras mamaba la verga de Toni con devoción. Pero no planeaba prolongar este preludio tortuoso. Mis rodillas protestaban, y mi cuerpo ardía en deseos de sentirlos hundiéndose en mí, llenándome por completo. Así que, con un giro gracioso y felino de mi cuello, Bernat recibió el calor abrasador de mis labios, envolviéndolo en un beso profundo. Mientras tanto, Toni disfrutaba de la agilidad experta de mi mano izquierda, que lo mecía con promesas de más emociones. “Unos segundos más”, pensé, un susurro de anticipación, antes de lanzarme a la cama con un suspiro impaciente.

    Desde allí, tumbada bocarriba con las piernas abiertas y flexionadas en una invitación descarada, el panorama entre ellas era un banquete tentador, igual que una flor exuberante, desplegada, esperando a una abeja traviesa. Bernat, más experimentado y audaz, introdujo la cabeza entre mis muslos temblorosos y comenzó a regalarme un cunnilingus que me hizo ver estrellas danzantes, no tanto por su técnica, sino por la entrega feroz con que su lengua exploraba mis pliegues húmedos.

    Mientras tanto, Toni me dedicaba caricias alternas en ambos pechos, sus dedos trazando senderos de fuego sobre mi piel sensible. Consumida por el placer devorador que Bernat me infligía, con olas de calor subiendo por mi columna, pedí a Toni que me pellizcara también los pezones, esos botones endurecidos que clamaban por un toque áspero. Me tenían al borde de la locura, un precipicio de éxtasis que me hacía arquear la espalda, pero contuve el tono de mis grititos para no alterar innecesariamente a mi hermano. Jadeando descontrolada, con el aliento entrecortado y el cuerpo en llamas, supliqué a Bernat que me la metiera ya, que me penetrara con urgencia salvaje.

    Cuando lo hizo, hundiéndose en mí con un movimiento fluido que me llenó por completo, y comenzó a moverse con un ritmo hipnótico, aferré la verga de Toni y tiré de ella levemente, invitándolo con una mirada lasciva a situarla al alcance de mi boca ansiosa. La tragué entera, mamándola con avidez, usándola para amortiguar los sonidos de placer que burbujeaban en mi garganta, escapando ahora como gemidos nasales roncos. Fue un esfuerzo en vano, porque Bernat me embestía con una pasión que me deshacía, y mi válvula de escape fueron gemidos descontrolados que llenaban el aire con mi rendición. Pero procuré que Toni no se resintiera por mi distracción, pajeándolo con la mano en los momentos en que no tenía su verga envuelta en el calor de mi boca, alternando entre su placer y el mío en un baile de deseo interminable.

    Y llegó lo inevitable, un orgasmo intenso que me sacudió, como una tormenta eléctrica, tras un rato de entrega salvaje y absoluta. Bernat era todo un hallazgo, un tesoro de resistencia y pasión. Seguía embistiendo sin desfallecer ni un instante. Su ritmo era implacable, y mi cuerpo, fusionado al suyo, se abandonaba al clímax, arqueándome en olas de placer que me desbordaban. Mi voz, rompiéndose en gemidos roncos, llenaban la habitación con el eco de mi rendición total. Entre jadeos, le hablé a Toni.

    —Si no sabías cómo se hace, ahora ya lo has visto. No te pido la fogosidad ardiente de Bernat, aunque la agradeceré si logras igualarla, pero procura no correrte, porque la noche promete más emociones.

    Al principio, comenzó titubeando, como si buscara la posición perfecta, pero, cuando lo logró, se entregaba con una devoción absoluta, y cada penetración era una sinfonía de chapoteos sensuales. Eran fruto de mis propios jugos, que encharcaban el interior con un calor líquido.

    —Métela por el agujerito ahora —le ordené con un susurro ronco, acelerando mi placer con dedos que danzaban sobre mi clítoris hinchado y sensible.

    Alcé las piernas todavía más, hasta que las rodillas besaron los pechos en una curva de rendición total. Toni miró extasiado el orificio expuesto, Bernat me miró a los ojos con la misma expresión de deseo crudo. Ninguno era capaz de articular palabra, como si no supieran que el sexo anal es un deleite común entre muchas mujeres, un secreto ardiente que se susurra en la oscuridad. La impaciencia me consumía por dentro, y mis dedos ya tejían oleadas de placer, pero anhelaba su miembro hundiéndose en mí, así que insistí enérgicamente, suplicando con voz entrecortada que por favor lo hiciera. Había costado, y me estremecí cuando por fin se decidió. Un ratito de tensión deliciosa, primero, y otro más de invasión feroz, así hasta que me vi superada por un nuevo orgasmo.

    Estaba fatigada, mi cuerpo temblando en las secuelas del clímax, y busqué una postura más cómoda para que Bernat me diera también por el culo, un reclamo profundo y prohibido. Rápidamente, me di la vuelta y quedé con las piernas totalmente extendidas y los muslos juntos, una línea de tentación. Él se sentó sobre ellos, dirigió su polla endurecida y la fue hundiendo con lentitud hasta que sus pelotas rozaron mi zona genital, cálida y húmeda, y comenzó a moverse dentro de mí con un ritmo hipnótico. Respecto a Toni, sin que yo le dijera nada, se sentó delante con las piernas abiertas en una invitación muda, y se la chupé con frenesí, mi boca envolviéndolo en un remolino de calor, mientras el otro me arrancaba alaridos de placer.

    Ya no me importaba que mi hermano se alarmara, pero no hacía falta, porque allí estaba, observando entre la rendija de la puerta entreabierta, su mirada un fuego que avivaba el mío. Lo miré con deseo ardiente, mis ojos una promesa susurrada de lo que tendría cuando los otros se marcharan, un banquete exclusivo para él. Entonces tuve una revelación, una idea que había fraguado en mi mente tiempo atrás. La verga de mi hermano y la de mi novio son de tamaño considerable, por esto nunca me atreví a una doble penetración vaginal, y mucho menos anal, un territorio inexplorado de placer extremo. Pero con las de Toni y Bernat, más asequibles y manejables, me decidí a probar, con el morbo latiendo en mis venas. Con una sonrisa perversa, les sugerí la idea, y esta novedad les atrajo como un imán. Sus ojos brillaban como luceros ilusionados, y los imaginé presumiendo con sus amigos, narrando su hazaña como si fueran los héroes del barrio.

    La postura más cómoda y eficaz sería con Toni tumbado en la cama, yo encima pegando mi espalda en su pecho cálido, con su verga dentro de mi coño, un ajuste perfecto que me hacía jadear. Así Bernat lo tenía fácil, su miembro pugnando con el del otro, y me resultó gracioso que ninguno hiciera remilgos por rozar la suya con la del compañero, un roce accidental que añadía un toque de tabú delicioso. Este hecho me hizo reír con una carcajada ronca. Pero colaboré, ajustando mi cuerpo con movimientos fluidos, hasta que tuve, con menos inconvenientes de los esperados, las dos vergas dentro del coño, un llenado que me hacía sentir completa y desbordada. No supe si fue por el morbo que bullía, o porque los dos se sincronizaron como un reloj preciso, pero aquella experiencia, nueva para todos, resultó de lo más excitante.

    Poco más tarde, abrumada por el morbo y las sensaciones, lancé un buen chorro de fluido, un squirt en toda regla. Lo recibió el vientre de Bernat con una cascada cálida, justo antes de alcanzar uno de los orgasmos más intensos hasta la fecha. El clímax me sacudió hasta el núcleo de mi ser. Quedé destrozada por el esfuerzo, mi cuerpo temblando en éxtasis, pero ellos seguían insistiendo, con una resistencia admirable, y temí que pudieran correrse en ese momento de delirio.

    —Tomemos un descanso, estoy agotada, bañada en sudor y necesito refrescarme —dije, tratando de recuperar el aliento entre jadeos.

    Yo entré delante en el cuarto de baño del dormitorio. Ellos lo hicieron acto seguido y me pillaron orinando. Repentinamente se giraron. Yo solté varias carcajadas y les dije:

    -Nunca entenderé a los hombres. Habéis visto mi coño, y lo habéis follado. También el ano, y me habéis dado por el culo. No entiendo de qué os asustáis ahora, solo soy una chica meando. Daos la vuelta y venid a mí -les ordené-. Ahora me ha dado morbo chuparos la polla, sentada en la taza.

    Toni y Bernat obedecieron, y les hice mamadas cortas y alternas, mientras ellos, animados, se inclinaban para sobarme las tetas o pellizcar los pezones. Cuando pensé que era suficiente para mantener la llama, les hablé como un juez implacable.

    -Debéis prometer no correros dentro. Hablo muy en serio. A cambio, podéis hacerlo en la boca. Me fascina recibir la leche y tragarla. Juro que será una imagen inolvidable para vosotros.

    Ambos clavaron sus ojos en los míos, atónitos, luego intercambiaron miradas cómplices entre ellos. Yo los veía tan felices, que propuse seguir un rato más, para terminar como les había prometido. Volvimos a la cama, pero yo tenía un desafío que latía en mi mente, averiguar si mi ano admitiría dos pollas al mismo tiempo. Nuevamente Toni se tumbó, yo encima, mirando hacia él, con mi botecito de gel lubricante en la mano, y pedí a Bernat que me embadurnara el orificio sin escatimar. Sus dedos esparcieron el fresco ungüento en círculos tentadores, y lo intentamos un par de veces, pero yo no era capaz de admitirlo, mi cuerpo resistiéndose al límite. Luego, aprovechando la postura, cada uno me penetró una entrada, y la doble penetración contentó a todos, un vaivén de placeres duales que me hacía gemir. Para mí fue una de tantas, pero la disfruté tanto como ellos, cabalgando las olas hasta que me corrí por última vez, un clímax que me dejó extenuada.

    Era tiempo de que ellos se coronasen, pero la cama no me pareció lugar apropiado. No era higiénico que las sábanas se mancharan con restos de semen. Entonces, recordando lo ocurrido en el cuarto de baño, se me ocurrió una idea morbosa. Tomé a cada uno del brazo, y tiré de ellos invitándolos a seguirme.

    En el aseo, me senté en la taza y los situé delante de mí. Primero empecé con Toni, el debutante. Cogí su verga menuda, la engullí en la boca e hice maravillas con ella, al tiempo que acompañaba con la mano. Yo no apartaba los ojos de los suyos, buscando en ellos la señal que indicara que se iba a correr. Cuando intuí que iba a suceder, retiré la verga palpitante, abrí la boca, saqué la lengua como una invitación obscena, y seguí pajeándole con insistencia. Finalmente, recibí varios chorros tibios y salados. Uno entró limpio en la boca, los otros cayeron en la lengua. Lo aglutiné todo en el interior, mirándolo fijamente, y tragué ante su atenta mirada saboreando cada gota. Luego me relamí con deleite felino, y succioné su capullo del mismo modo. El pobre novato estaba como flotando en una nube, con los ojitos cerrados y los músculos faciales en tensión.

    -Ya puedes presumir de que no eres virgen -le dije con un hilo de voz y añadí una palmada en su nalga.

    Con Bernat fue diferente. Se la chupé, le miré a los ojos esperando la señal, pero no me dejó soltar su verga. Se mostraba furioso, sujetando mi nuca para que la cabeza no cediera, y me folló la boca hasta que descargó en el interior. Cuando se sintió satisfecho, la sacó y tragué con la boca abierta para que lo viera.

    La moraleja del cuento se resume, sin más, en lo que soy, una adicta al sexo que prefiere dos mejor que uno, o tres mejor que dos y así hasta donde el cuerpo aguante. A mi hermano lo dejé al margen por no asustar a Toni, luego a los dos cuando surgió Bernat.

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  • Un desarrollo adicional

    Un desarrollo adicional

    Bueno, había algo que no se veía todos los días.

    Una corpulenta mujer de 35 años, había bajado de un vehículo para empezar a caminar hacia un elegante chalet usando un delicado conjunto de lencería negra y unos tacones altos con ambos brazos extendidos como una sonámbula. Murmuraba algo en voz baja y monótona mientras se dirigía a su destino.

    ¿Por qué se comportaba tan extrañamente? Bueno, antes de profundizar en esa historia, se debe profundizar en la protagonista.

    Kathy Hillshire, quien reside en Ontario, Canadá, trabajaba como desarrolladora y diseñadora web independiente. Disfrutaba muchísimo siendo su propia jefa y era excepcionalmente hábil en su trabajo. Además, era lo que quienes trabajaban en televisión llamarían una mujer imponente y hermosa.

    De hecho, a pesar de pesar poco más de 70 kilos, Kathy era muy guapa. Tenía el pelo corto y pelirrojo, que cuidaba como su vida, ojos azul profundo y grandes hoyuelos en las mejillas que le ayudaban a esbozar una sonrisa encantadora. Su cuerpo también era impresionante. Pese a tener una barriga grande y suave su estatura lo compensaba con creces, sus piernas no estaban descuidadas parecían jamones carnosos y sus pechos copa doble D que se balanceaban sugerentes cuando caminaba complementa un cuadro sexy y exótico.

    Era tarde y estaba terminando su nuevo sitio web. El dueño de una cadena de clínicas de fisioterapia la había contratado para crear un sitio web para la sección local de la clínica. Como de costumbre, Kathy había diseñado un sitio web estéticamente agradable, intuitivo e informativo. Estaba a punto de lanzarlo cuando recibió un mensaje en su bandeja de entrada de Dwight Yeoman, hijo de su actual cliente, el señor Daniel Yeoman.

    Aunque le pareció extraño, hizo clic en el mensaje. Al parecer, el Sr. Yeoman quería añadir una función más al sitio web. Si lo hacía, le pagaría $500.000 adicionales. Dwight le había enviado un enlace al artículo que el señor Yeoman quería añadir. Dijo que su padre no podía enviar el correo electrónico porque había tenido que viajar por trabajo.

    Suspiró, un poco exasperada, pero aún dispuesta a añadir la nueva función al sitio web. Hizo clic en el enlace, con la esperanza de terminarlo rápido. Vio lo que parecía un vídeo. El vídeo tardó unos segundos en cargar. Entonces empezó.

    El video era bastante básico. Era una espiral rosa y azul que giraba a gran velocidad. Se preguntó en voz alta:¿Por qué el señor Yeoman querría esto para su sitio web?.

    Sin embargo, un zumbido agudo interrumpió sus pensamientos. el video zumbaba con fuerza. Kathy se quedó atónita. ¿Quién pensaría que esta función sería una buena idea?

    Bueno, Kathy tuvo que admitir que la espiral era hermosa. Era bastante llamativa, incluso hipnótica. Las espirales eran tan bonitas girando una y otra vez. Captando toda la atención de Kathy. No podía ver ni oír nada más que la espiral y su ruido. Luego no quería hacer otra cosa. Cuanto más la miraba, más le gustaba. De hecho, le encantaba ver la espiral girando y el ruido se empezaba a convertir en una música vibrante que le estaba empezando a gustar. Debería sentarse allí y contemplar la espiral. Simplemente sentarse allí y perderse en ella.

    Unos 15 minutos después, Kathy estaba completamente atontada. Estaba en un profundo trance hipnótico. Su mirada estaba perdida en la nada su boca entreabierta dejaba ver un pequeño hilo de saliva que escurría por la comisura de sus labios

    De repente, un nuevo texto apareció en la pantalla:

    “Kathy Hillshire, ahora estás hipnotizada. Escríbelo”

    “Estoy hipnotizada”. Kathy escribió sin pensar realmente en lo que hacía.

    “Responderás a todos los mensajes que aparezcan en pantalla” un nuevo mensaje apareció en la pantalla. “Y estarás de acuerdo con lo que aparezca”.

    “Responderé a todos los mensajes que vea en la pantalla” respondió Kathy. “Y estaré de acuerdo con lo que aparezca”.

    “La espiral se ha apoderado de tu voluntad” apareció en la pantalla

    “La espiral se ha apoderado de mi voluntad” tecleo la mujer sin resistirse.

    “Dwight Yeoman controla la espiral. Por lo tanto, te controla a ti” fue el siguiente mensaje que apareció.

    “Dwight Yeoman controla la espiral. Por lo tanto, me controla a mí” fue la siguiente respuesta que escribió Kathy

    “Debes servir y obedecer” apareció en letras grandes y rojas en la pantalla.

    “Debo servir y obedecer” tecleo sin menor resistencia.

    Así que Kathy había sido controlada por el hijo de su cliente la había hipnotizado y ahora caminaba hacia su casa. Kathy había ido en coche, claro, pero tuvo que aparcar y caminar hasta la casa de Dwight. Subió las escaleras y tocó el timbre.

    Su maestro emergió. Dwight Yeoman tenía veinticinco años y, al igual que Kathy, era muy bueno con las computadoras. De hecho, había usado su talento para crear el programa en espiral que le permitió controlar la mente de Kathy. Dwight era alto y fornido, con cabello rubio rojizo, ojos marrones y un bigote fino. Vestía con sencillez: vaqueros, sudadera y zapatillas deportivas.

    —Bienvenida, Kathy —dijo Dwight—. Debes atenderme, ¿no?

    —Sí. Debo obedecer a Dwight Yeoman y seguir sus instrucciones —dijo Kathy con voz monótona, repitiendo su mantra sin pensar.

    —Excelente —cloqueó Dwight triunfalmente—. Ahora pasa para que pueda verte bien.

    Sí, así es, Dwight era un “cazador de gorditas”. Por alguna razón, disfrutaba de toda la carne extra y de sus pechos, a menudo más grandes. En cualquier caso, le gustaban las mujeres grandes y no podía mentir.

    —Kathy, de ahora en adelante, cada vez que te dé una orden, responderás “sí, amo”. ¿Entiendes?— dijo el sujeto con una amplia sonrisa

    —Sí, amo—dijo Kathy con un elegante acento inglés.

    —Kathy —preguntó Dwight—. ¿Borraste definitivamente el correo que te envié, como te pedí?—

    —Sí, amo —dijo Kathy afirmativamente—. He borrado definitivamente el correo electrónico que me usó para hipnotizarme—

    —Excelente —dijo Dwight triunfante—. ¿Sabes, Kathy? Eres muy guapa—

    —Gracias amo— respondió ella.

    —Ahora prepárate tendrás el mejor sexo de tu vida—ordenó Dwight mientras se quitaba la ropa.

    —Sí, amo— respondió Kathy.

    Dwight se acercó a su presa sin tener realmente prisa observo aquel amplio sostén que cubría unos pechos aún más grandes. se lo quitó y los pechos quedaron libres.

    Parecían enormes cocos carnosos de color beige, acompañados de los pezones más grandes que jamás había visto.

    Estaba tan contento de haber seguido el consejo de su padre y haber tomado esos cursos avanzados de informática.

    Dwight empezó a amasar y acariciar las soberbias esferas de carne que apenas podía contener en una mano, se llevó a la boca uno de esos grandes pezones y empezó a chuparlos con firmeza.

    Empezó por el izquierdo, besándolo con gusto. Luego fue por el pezón y empezó a mordisquearlo. Kathy respondió con suaves gritos que indicaban sorpresa, placer o ambos.

    Después hizo lo mismo con el pezón derecho. Disfrutó cada minuto de su boca sobre los enormes montículos de Kathy. Kathy también lo disfrutó, gimiendo de placer durante la mayor parte de la experiencia.

    —Sabes no es justo que solo tu disfrutes mi esclava — dijo Dwight mirando a la mujer bajo su control — hazme una mamada rusa con tus grandes melones.

    —Como ordene mi amo— respondió Kathy.

    Sin dudarlo un momento se inclinó ante su amo y cubrió con deseo su falo con sus grandes pechos.

    Empezó a moverlos suavemente casi con veneración dando suaves besos y lamidas al glande cada vez que estaba cerca de su boca.

    —Sabía que serías una experta en esto— dijo Dwight entre gemidos.

    Kathy no respondió simplemente continuo con su labor como se lo habían ordenado.

    Dwight empezó a sentir que llegaba a su límite y que se correría como pocas veces en su vida.

    —Voy a correrme — dijo Dwight mirando a su esclava — me correré en tu cara.

    —Hágalo amo no se contenga — respondió Kathy redoblando esfuerzos.

    Dwight se corrio en el rostro de Kathy como lo había dicho, espesos chorros de semen salieron disparados desde la punta de su glande dejando manchones blancos sobre el rostro de Kathy y una gran cantidad entre los pechos de la misma.

    Dwight tuvo que tomar un respiro había sido más intenso de lo que había esperado.

    —Kathy —ordenó Dwight— quiero que lamas el semen que deje en tu rostro y pechos.

    —Si amo — respondió Kathy.

    La mujer empezó a juntar el semen que cubría su rostro y pechos para llevarlo a su boca.

    Ese espectáculo fue suficiente para hacer que Dwight recuperará su erección.

    —Ahora vamos a follar —dijo Dwight Te pondrás en cuatro para poder hacértelo como la puta que eres ¿Entiendes?

    —Sí, amo — respondió Kathy.

    Kathy se colocó como Dwight le había indicado y se puso manos a la obra con entusiasmo. Se mecía con fuerza. Mientras tanto, Dwight no pudo resistirse a darle palmaditas en su gigantesco trasero y a pellizcarle ligeramente las nalgas. Kathy gritó un par de veces, pero no dejó que eso la distrajera de la sesión de cabalgada.

    —¡Que rico te mueves! Por eso adoro los culos gordos — dijo Dwight mirando como el trasero de Kathy se movía tras cada embestida.

    —Y yo adoro su verga amo— respondió Kathy — es la primera vez que me siento llena.

    —Pobre cerdita — dijo Dwight azotando nuevamente el trasero de Kathy — ningún tipo ha podido llenar tu coño.

    —Si mi amo— respondió Kathy — he vivido frustrada por eso.

    Dwight empezó a azotar el trasero de Kathy como si fuera algún exótico tambor.

    Unos minutos después Dwight, sintió que nuevamente llegaba a su límite y por cómo las paredes íntimas de su esclava apretaban su hombría ella también tendría un orgasmo.

    Dwight no sé atrevió a decir nada simplemente dejó que sus cuerpos se liberarán junto a un intenso gemido.

    Kathy se desplomó en el suelo, exhausta. Dwight se quedó un momento a su lado azotó nuevamente su trasero.

    —Ahora bonita, vamos a trabajar un poco — dijo con calma mientras se levantaba y caminaba a un armario.

    —Sí, amo —dijo Kathy con voz monótona, aún recostada mirando a la nada.

    El regreso con un conjunto de arneses una cuerda de bondage ,juguetes sexuales de diversos tipos y colores además de un visor Vr.

    Al día siguiente…

    Kathy vestida con cierta normalidad se encontraba frente a Dwight.

    —Muy bien mi querida esclava — dijo Dwight como si fuera lo más normal del mundo — ¿has entendido tu lugar a partir de ahora?—

    —Si mi amo — respondió Kathy — Soy tu esclava y mi único deber es obedecerte en cualquier cosa que ordenes.

    —Bien mi querida esclava — dijo Dwight sonriendo triunfante — me ayudarás a perfeccionar mi espiral y así construir mi harem de dulces jamones.

    —Si mi amo — respondió Kathy — Será un honor para mí.

    Dwight sonrió con lujuria. Ahora que tenía a una diseñadora web experta a su disposición, perfeccionaría su espiral hipnótica y atraparía a más bellezas de talla grande.

    Él era el lobo feroz y muy pronto tocaría en las puertas de muchas “cerditas” que lo dejaría entrar.

    Fin

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  • Tierras Doradas (2): Marcada por las Tierras Doradas

    Tierras Doradas (2): Marcada por las Tierras Doradas

    El rugido del portal aún resonaba en los oídos de Valeria Montes cuando el mundo se asentó a su alrededor, reemplazando el almacén polvoriento de Brooklyn por una selva densa y sofocante. El aire era espeso, cargado de humedad y el zumbido frenético de insectos invisibles. Su cabello rubio, un río de oro líquido, se pegaba a su piel sudorosa, enmarcando unos ojos azules que destellaban con una mezcla de miedo y desafío. Su cuerpo voluptuoso, con curvas que tensaban la tela de su camiseta negra y jeans ajustados, parecía fuera de lugar en este mundo primitivo, como una diosa caída en un reino de bestias. El Ojo de las Sombras, el espejo que la había traído aquí, yacía en la tierra, sus runas serpentinas ahora apagadas, como si se burlaran de su destino.

    Antes de que pudiera orientarse, el crujido de ramas rompió el silencio. Cinco hombres emergieron de la maleza, sus armaduras de cuero raído brillando bajo la luz moteada. Eran cazadores de esclavos, con rostros curtidos por el sol y cicatrices que hablaban de una vida de violencia. El líder, Kravos, un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba la cara como un río seco, la miró con ojos que ardían de codicia y deseo. Sus compañeros, un grupo de lobos hambrientos, recorrieron con la mirada el cuerpo de Valeria: sus pechos generosos, la curva de sus caderas, la piel clara que contrastaba con la suciedad de la selva. Ella sintió sus miradas como manos invisibles, y un escalofrío le recorrió la espalda.

    —¿Qué tenemos aquí? —gruñó Kravos, su voz un ronroneo oscuro mientras se acercaba—. Una extranjera con carne de reina. Jalizar pagará en oro por esta belleza.

    Valeria retrocedió, su corazón latiendo como un tambor, pero la selva era un laberinto sin salida. —Aléjense —siseó, su voz temblando pero cargada de fuego, mientras agarraba el espejo como si fuera un arma. Los hombres rieron, un sonido gutural que resonó en los árboles, y uno de ellos, un tipo flaco con dientes amarillos y ojos febriles, lanzó una red que la atrapó como a una presa. Valeria cayó al suelo, el aliento escapándosele en un jadeo, las cuerdas mordiendo su piel. Intentó forcejear, pero Kravos la inmovilizó, sus manos ásperas sujetándola con una fuerza que prometía dolor.

    —Tranquila, paloma —dijo, su aliento apestando a vino agrio mientras rasgaba su camiseta con una daga, dejando su piel expuesta al aire húmedo. La chaqueta de cuero cayó al suelo, seguida de los jirones de su camiseta, revelando la curva voluptuosa de sus pechos y la suavidad de su vientre. Valeria apretó los dientes, su rostro ardiendo de humillación, pero sus ojos azules brillaban con una furia que no podían domar. Los hombres la rodearon, sus miradas lujuriosas devorándola como hienas. Uno de ellos, un joven con el rostro cubierto de mugre, se acercó demasiado, su respiración agitada mientras sus manos temblaban de deseo. Murmuró algo en un idioma gutural, sus ojos fijos en la piel desnuda de Valeria, y ella sintió una oleada de asco cuando él se apartó, jadeando, su cuerpo estremeciéndose en un éxtasis privado que dejó una mancha húmeda en la tierra.

    Kravos rió, un sonido seco y cruel. —¿Tan excitado estás por la mercancía, Grunt? Ya tendrás tu turno. Todos lo tendréis. —Su mirada se posó de nuevo en Valeria, y esta vez no había solo codicia, sino una intención oscura y posesiva. —Primero, probemos lo que vamos a vender.

    La arrastraron a un claro cercano, donde la luz del sol se filtraba a través del dosel de la jungla, iluminando un parche de tierra húmeda. Valeria forcejeó, escupió, maldijo en un idioma que no entendían, pero eran demasiado fuertes. Sus brazos fueron retorcidos detrás de su espalda y atados con una correa de cuero áspera. Kravos la empujó hacia delante, haciéndola ponerse a cuatro patas sobre la tierra fría y las hojas muertas. La posición era profundamente humillante, exponiendo completamente su desnudez a sus captores.

    —Mira esa piel, suave como la seda de Tricarnia —murmuró uno de los hombres, escupiendo en la tierra.

    Kravos se arrodilló detrás de ella. Valeria oyó el ruido de su cinturón siendo desabrochado. —Esto no es personal, extranjera —dijo, su voz ronca—. Es solo para recordarte tu lugar. Y para recordarnos a nosotros el botín que tenemos.

    Antes de que pudiera prepararse, una mano áspera se enredó en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás. Otro hombre, el flaco de los dientes amarillos, se arrodilló frente a ella, desabrochándose los pantalones. —Abre la boca, puta —ordenó, y cuando ella apretó los labios, él le pellizcó la nariz hasta que, jadeando por aire, se vio forzada a abrirla. Él se introdujo brutalmente, ahogando sus gritos, golpeando la parte posterior de su garganta hasta que las lágrimas nublaron su visión. El sabor a sal, sudor y suciedad la hizo arcadas, pero la mano en su cabello la mantenía inmovilizada.

    Mientras tanto, Kravos se posicionó detrás. No hubo preparación, ni lubricación, solo la fuerza bruta de un hombre acostumbrado a tomar lo que quería. Con un empuje brutal, la penetró. Valeria gritó, el sonido ahogado por la carne en su boca. El dolor fue desgarrador, un fuego blanco que le desgarró el interior. Él se movió con embestidas duras y ritmicas, cada una sacudiendo todo su cuerpo, frotando su piel contra la tierra áspera. Los otros hombres observaban, animando a su líder con gruñidos y risas, haciendo comentarios soeces sobre su cuerpo y cómo ellos serían los siguientes.

    Fue un abuso no solo de su cuerpo, sino de su mismísima esencia. La convirtió en un objeto, un trozo de carne para ser usado y descartado. El hombre de su boca se vino con un gruñido, echando su semilla amarga en su garganta, y se apartó, dejándola toser y jadear. Kravos continuó un minuto más, sus manos agarrando sus caderas con tanta fuerza que supo que le dejarían moretones, antes de alcanzar su propio clímax con un rugido gutural, derramándose dentro de ella con un calor que sintió como una nueva marca de vergüenza.

    Él se retiró, y por un momento, solo quedó el sonido de su propia respiración entrecortada y el zumbido de la selva. Luego, una patada en el costado la hizo rodar sobre la espalda, exponiendo su vulnerabilidad a los cielos indiferentes.

    —La marca —dijo Kravos, abrochándose su cinturón, su voz de nuevo profesional, como si lo que acababa de pasar no fuera más que un trámite.

    La arrastraron hacia el fuego que ardía en un círculo de piedras. Uno de los hombres, un gigante con una barba trenzada, sacó un hierro candente del fuego, su punta brillando con un rojo infernal. Valeria ya ni forcejeaba. El vacío y el dolor la entumecian. La sujetaron con fuerza, sus cuerpos apretándose contra ella, sus alientos cálidos y codiciosos rozando su piel. Kravos la empujó al suelo, boca abajo, y la daga cortó lo que quedaba de sus jeans, dejando su nalga izquierda expuesta.

    El hierro candente se acercó, y el dolor fue un relámpago blanco que le arrancó un grito ahogado. La marca, una runa en forma de serpiente enroscada, se grabó en su piel, el olor a carne quemada llenando el aire, mezclándose con el olor a sexo y sudor. Valeria jadeó, lágrimas de rabia y dolor cayendo por sus mejillas, pero su mente, ahora fría y afilada como el cristal, memorizaba cada rostro, cada insulto, cada sensación. Jurando venganza.

    La arrojaron, desnuda y temblorosa, a una jaula de hierro en un carro tirado por bestias escamosas que gruñían como demonios. Las barras frías mordían su piel, y la paja sucia apenas cubría su cuerpo, rozando los lugares doloridos. El Ojo de las Sombras, confiscado por Kravos, estaba envuelto en un trapo, como si temieran su poder. Mientras el carro traqueteaba por un sendero fangoso, Valeria se acurrucó, cubriendo su desnudez lo mejor que pudo, su cabello rubio cayendo como un velo sucio sobre sus hombros. El collar de bronce pesaba en su cuello, un recordatorio constante de su nueva realidad, y las marcas en su cuerpo —la visible en su nalga y las invisibles en su interior— ardían como fuegos que no se apagaban. Pero en su interior, el fuego de su espíritu, ahora alimentado por una fría y pura furia, ardía más fuerte. No se rendiría. No en este mundo.

    El viaje a Jalizar fue un tormento de calor, hambre y miradas lujuriosas. Los hombres no la tocaron más allá de atarla y darle agua, pero sus comentarios —sobre su cuerpo, sobre los placeres que los compradores disfrutarían, recordando su “prueba” en la selva— eran dagas en su orgullo. Valeria memorizó sus nombres, sus risas, prometiéndose que pagarían. El carro cruzó llanuras abrasadas y ríos turbios, hasta que las cúpulas agrietadas de Jalizar aparecieron, brillando como un espejismo podrido bajo el sol implacable.

    La Ciudad de los Ladrones era un caos vivo. Las calles, un laberinto de adoquines rotos y callejones oscuros, apestaban a especias, sangre y sudor. Mercaderes gritaban, ladrones acechaban, y el aire vibraba con el tintineo de monedas y el siseo de dagas desenvainadas. El carro se detuvo en el mercado de esclavos, una plaza abarrotada donde plataformas de madera exhibían a hombres y mujeres encadenados, sus cuerpos expuestos como mercancía. Valeria fue sacada de la jaula, el collar de bronce reluciendo en su cuello, la marca en su nalga palpitando con cada paso. Desnuda, con solo su cabello rubio cubriendo parcialmente su cuerpo, sintió el peso de cientos de ojos: mercaderes, nobles, asesinos, todos devorándola con miradas que mezclaban deseo y crueldad.

    Kravos la empujó a una plataforma, donde un mercader gordo, con anillos en cada dedo, la examinó como si fuera una joya rara. —¡Una diosa extranjera! —gritó a la multitud, su voz resonando sobre el bullicio—. Cabello de oro, ojos como zafiros, y un cuerpo que haría arder los altares de Nemea. ¡Pujen, señores, por una esclava que encenderá vuestras noches!

    Valeria tembló, no de frío, sino de una furia que quemaba más que cualquier marca en su piel. Su belleza, que en su mundo había sido un arma, aquí era una cadena. La multitud rugía, levantando monedas y joyas, sus gritos cargados de lujuria. Una mujer alta, envuelta en una capa negra, se acercó, sus ojos brillando con un interés que era tanto calculador como hambriento. —El Gremio de las Sombras pagará por ella —dijo, su voz un susurro sedoso que cortaba como una daga—. Esta extranjera tiene… potencial.

    Las pujas subieron, el aire cargado de codicia y deseo. Valeria, de pie en la plataforma, alzó la barbilla, sus ojos azules destellando con un desafío que silenciaba a los más cercanos. El collar de bronce pesaba en su cuello, las marcas en su cuerpo ardían como promesas de venganza, pero su espíritu seguía intacto. No sabía qué era el Gremio de las Sombras, ni qué horrores la esperaban en Jalizar, pero una cosa era segura: no sería una presa para siempre. Mientras las cadenas tintineaban y la multitud rugía, Valeria juró que escaparía, que haría pagar a quienes la humillaron, y que el fuego de su alma consumiría este mundo de oro y sangre.

    El mercado de esclavos de Jalizar era un caldero de lujuria y codicia, donde las almas se vendían bajo el sol abrasador. Valeria Montes, encadenada y expuesta, sentía el peso de cientos de ojos sobre su cuerpo desnudo. Su cabello rubio, un río de oro desordenado, caía sobre sus hombros, apenas cubriendo sus pechos generosos, mientras sus ojos azules ardían con una furia que desafiaba su humillación. El collar de bronce, grabado con runas serpentinas, pesaba en su cuello como una sentencia, y la runa quemada en su nalga izquierda palpitaba, un recordatorio candente de su cautiverio. Pero su postura —mentón alzado, curvas voluptuosas desafiando la vergüenza— gritaba una rebeldía que ni las cadenas podían apagar.

    La puja había terminado con una voz que cortó el aire como una daga envuelta en seda. —La extranjera es mía —declaró una mujer alta, envuelta en una capa negra que se adhería a su figura como una sombra viva. Sus ojos, oscuros como la noche, recorrieron a Valeria con una mezcla de crueldad y deseo, y su sonrisa prometía tormentos que harían sonrojar a Nemea. Era La Viuda Negra, líder del Gremio de las Sombras, una belleza de cabellos negros que caían como una cascada de ébano, su piel pálida contrastando con labios rojos como la sangre. Su presencia era un veneno dulce, cada movimiento cargado de una lujuria sádica que hacía temblar a los presentes. —Esta —dijo, su voz un susurro que erizaba la piel—, será un placer romperla.

    Los esclavistas de Kravos entregaron a Valeria a los hombres de La Viuda Negra, quienes la arrastraron por un callejón oscuro hacia un edificio de piedra cubierto de enredaderas. Sus botas resonaban en el suelo, y el aire olía a incienso, vino y un trasfondo metálico, como sangre seca. Valeria fue arrojada a una celda subterránea, una cámara húmeda con un catre de paja y cadenas colgando de las paredes. La Viuda Negra se detuvo frente a los barrotes, sus ojos recorriendo el cuerpo de Valeria con una avidez que era tanto depredadora como sensual. —Tu belleza es un arma, extranjera —dijo, sus dedos rozando el aire como si pudiera tocarla desde la distancia—. Pero aquí, en mis dominios, aprenderás a sangrar por ella.

    Le arrojaron una túnica de gasa negra, tan fina que era casi transparente, que se ceñía a sus curvas como una caricia traicionera. El collar de bronce pesaba en su cuello, las runas latiendo como un corazón maligno, y Valeria sintió el frío de la celda contra su piel. Se sentó en el catre, su cuerpo temblando de rabia y cansancio, pero su mente era un torbellino de recuerdos. Cerró los ojos, y la imagen de Lucas apareció: su cabello oscuro, su sonrisa pícara, el calor de sus manos en su piel. En Brooklyn, su deseo había sido un incendio, sus cuerpos entrelazados en una danza de pasión que la hacía sentir invencible. Ahora, en esta celda, el recuerdo de su toque era un tormento dulce, un eco de un mundo perdido. Su mano rozó su muslo, la gasa deslizándose bajo sus dedos, y por un momento, se permitió imaginarlo, su fuerza, su calor, un refugio contra la crueldad de Jalizar. Pero el sonido de pasos rompió el hechizo, y abrió los ojos, su rostro ardiendo de frustración.

    Un guardia entró en la celda, un hombre fornido con una barba desaliñada y ojos que destilaban lujuria. Su armadura de cuero crujió mientras se acercaba, su mirada recorriendo la túnica translúcida, deteniéndose en las curvas de Valeria con una codicia que la hizo apretar los puños. —La Viuda quiere verte —gruñó, pero su tono era un ronroneo oscuro, cargado de intenciones—. Pero primero, veamos qué tan dispuesta estás a complacer.

    Valeria se puso de pie, su cabello rubio cayendo como un desafío, sus ojos azules brillando con desprecio. —Tócame, y te arrancaré los ojos —siseó, su voz baja pero afilada como una daga. El guardia rió, acercándose más, su mano extendiéndose hacia su rostro. Pero su lujuria lo hizo descuidado. Valeria esquivó su agarre, su cuerpo moviéndose con una agilidad nacida de la desesperación, y lo empujó contra los barrotes. El hombre gruñó, su deseo transformándose en rabia, pero antes de que pudiera atacarla, un grito desde el pasillo lo detuvo. —¡Déjala, idiota! —ladró otro guardia—. La Viuda no comparte sus juguetes.

    El guardia retrocedió, su respiración agitada, su mirada aún fija en Valeria con una mezcla de frustración y deseo. Dejó caer un saco de tela en el suelo, murmurando maldiciones, y salió de la celda. Valeria se arrodilló, su corazón latiendo con fuerza, y abrió el saco. Dentro estaba el Ojo de las Sombras, el espejo que la había traído a este mundo. Su marco de bronce, grabado con runas serpentinas y figuras de demonios, mujeres danzantes y bestias con colmillos, parecía latir con un brillo verde enfermizo. El cristal no reflejaba la celda, sino un torbellino de sombras salpicado de destellos dorados, como un cielo roto.

    Valeria lo levantó, sus manos temblando, pero el peso de la realidad la golpeó. Este era su único vínculo con su mundo, con Lucas, con la vida que había perdido. Antes de que pudiera reaccionar, el guardia regresó, arrancándole el espejo con un gruñido. —¡Eso no es para ti! —rugió, pero su torpeza fue fatal. El Ojo de las Sombras cayó al suelo, el cristal estallando en mil fragmentos que brillaron como lágrimas de estrellas. Un viento frío llenó la celda, un lamento sobrenatural que parecía venir de las entrañas de otro mundo. Las runas del marco se apagaron, y Valeria sintió un vacío aplastante en su pecho. El espejo estaba roto. Su esperanza de regresar a Brooklyn, de volver a sentir los brazos de Lucas, de perderse en su calor, se había desvanecido. Estaba atrapada en las Tierras Doradas, un mundo de sangre, oro y deseos oscuros, donde nunca volvería a ver a su amante.

    Las lágrimas rodaron por sus mejillas, pero no eran de derrota. La furia creció en su interior, un fuego que quemaba más que la marca en su nalga. Si este mundo la quería esclava, tendría que pelear por su libertad. Si no podía volver, entonces haría que Jalizar temblara ante su nombre.

    Horas más tarde, el mismo guardia regresó, su respiración cargada de vino barato. Esta vez, no hubo advertencia. Empujó la puerta de la celda y se abalanzó sobre Valeria, que estaba sentada en el catre. La inmovilizó contra la pared fría, su peso aplastándola.

    —La Viuda está ocupada —bufó, su aliento fétido en su rostro—. Dice que no compartimos, pero una probadita no le hará daño a nadie.

    Una de sus manos ásperas se enredó en su cabello, tirando con fuerza, mientras la otra buscó liberar su propia entrepierna.

    —Ábreme esa boca, puta rubia —ordenó, con los ojos vidriosos por la lujuria y el alcohol—. O te la abro yo.

    Valeria forcejeó, escupió, pero era demasiado débil. La punta de su miembro, dura y repulsiva, rozó sus labios cerrados. Ella apretó la mandíbula, negándose, la humillación quemándole la garganta. Él gruñó, enfadado, y levantó la mano para abofetearla.

    —Parece que mis instrucciones no son lo suficientemente claras para algunos —una voz cortó la atmósfera como un latigazo. Fría, afilada y llena de una autoridad letal.

    El guardia se paralizó de inmediato, su rostro palideciendo visiblemente incluso en la penumbra. Se apartó de Valeria tan rápido que tropezó con sus propios pies.

    En la entrada de la celda, envuelta en los pliegos de su vestido de seda negra, estaba La Viuda Negra. Su belleza era glacial, sus ojos oscuros brillaban con una furia silenciosa que era más aterradora que cualquier grito.

    —Creí haber dicho que este juguete era solo mío —dijo, su voz apenas un susurro, pero cada palabra cargada de veneno.

    —Mi… Mi Dama, yo solo… ella me provocó… —tartamudeó el guardia, retrocediendo.

    —Cállate —lo interrumpió ella. Sin siquiera alzar la voz. Hizo un gesto leve con la mano. Dos guardias más, impecables y de rostros impasibles, aparecieron detrás de ella. —Llevad a este insecto a los pozos. Que reflexione sobre su insubordinación entre los gusanos.

    El guardia suplicó, pero se lo llevaron a rastras, su suerte sellada. La Viuda Negra entonces posó su mirada en Valeria, que se había incorporado, jadeando, cubriéndose instintivamente con los jirones de gasa. La rabia en los ojos de la mujer se transformó en una curiosidad fría y posesiva.

    —Parece que necesito dejar las cosas muy claras —murmuró, avanzando hacia Valeria. Su dedo, con una uña larga y afilada, le levantó la barbilla con una presión que no admitía rechazo—. Cada parte de ti me pertenece. Tu desobediencia, tu fuego… y tu sumisión. Ven.

    Agarró del collar de bronce de Valeria y tiró, no con brutalidad, pero con una fuerza inexorable que no invitaba a la resistencia. La sacó de la celda y la condujo a través de pasillos cada vez más lujosos, alejándose de los calabozos hasta llegar a unas estancias privadas.

    Los aposentos de La Viuda Negra eran una extensión de ella: opulentos, oscuros y sensuales. Tapices de terciopelo negro, muebles de ébano tallado, y el aroma pesado de un incienso exótico y embriagador. Arrojó a Valeria al centro de la habitación, sobre una gruesa alfombra de pieles oscuras.

    —Has desperdiciado mi tiempo y has tentado a mi propiedad —dijo, despojándose lentamente de su pesado vestido negro hasta quedar en una vaporosa bata de seda que apenas velaba sus propias curvas. Se reclinó en un diván bajo, abriendo las piernas con una intimidad deliberada y dominante. Su vello púbico, tan oscuro y sedoso como el cabello de su cabeza, formaba un triángillo perfecto y cuidado.

    —Vas a aprender el precio de la insubordinación, y el sabor de tu dueña —susurró, su voz un hilo de miel envenenada—. Acércate. Y empieza a lamer. No pararé hasta que mi placer haya borrado todo rastro de tu mundo anterior de tu lengua.

    Valeria, temblorosa de rabia, humillación y una extraña y terrible fascinación, comprendió que esta no era una violación bruta, sino una lección mucho más profunda y perversa. Con el peso del collar apretando su garganta y los fragmentos rotos de su vieja vida clavados en el alma, se arrastró hacia adelante. El aroma íntimo y almizclado de la Viuda llenó sus sentidos. Cada lametada, cada gemido forzado que escapaba de sus labios, era un clavo más en el ataúd de Valeria Montes, la periodista de Brooklyn. Y con cada hora que pasaba, sintió cómo ese antiguo yo se desvanecía, reemplazado por algo más frío, más duro y imbuido de una oscuridad que empezaba a sentirse extrañamente como poder.

    La Viuda Negra apareció en la puerta, su silueta envuelta en sedas negras, su cabello ébano cayendo como una cortina de sombras. Sus labios rojos se curvaron en una sonrisa sádica, sus ojos brillando con una lujuria que prometía tormentos exquisitos. —El espejo está roto —dijo, su voz un susurro que acariciaba y cortaba al mismo tiempo—. Pero tú, extranjera, aún tienes un propósito. —Se acercó, sus dedos rozando el collar de bronce en el cuello de Valeria, luego deslizándose por su clavícula, un toque que era tanto posesión como provocación—. Me gusta romper cosas bellas —murmuró, su aliento cálido contra la mejilla de Valeria—. Y tú, mi querida, serás una obra maestra.

    Valeria retrocedió, su cuerpo temblando de rabia y algo más, un calor traicionero que la confundía. La Viuda Negra rió, un sonido que era tanto melodía como amenaza, y señaló una puerta al fondo de la celda. —Prepárala —ordenó a los guardias—. Esta noche, la extranjera servirá en la taberna del gremio. Veremos cuánto tiempo arde su fuego antes de que se consuma.

    Mientras la llevaban por un pasillo oscuro, el collar de bronce pesando en su cuello, Valeria sintió el peso de su nueva realidad. El Ojo de las Sombras estaba roto, Lucas era un recuerdo perdido, pero su espíritu seguía intacto. La Viuda Negra podía disfrutar torturando a sus esclavas, pero Valeria no sería una presa fácil. En este mundo de dagas, deseos y sombras, aprendería a pelear, a seducir, a sobrevivir. Y algún día, la mujer de cabellos negros pagaría por cada marca, cada cadena, cada mirada que había intentado quebrarla.

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  • ¿Cómo te sientes?

    ¿Cómo te sientes?

    Es una pregunta aunque sencilla, muchas veces deja abierta una brecha a un sin fin de situaciones absurdas que tú cerebro no para de reproducir alterando todas tus emociones.

    Ahora bien el tener una relación en la cual puedas conversar tan desnudamente como lo hace la rosa frente al sol que sabe que su toque suave le permite dar paso a brotar su belleza pero con el más mínimo cambio de intensidad la mataría pero aun así ella moriría feliz.

    Esa rosa eres tú, soy yo somos todas tratando de abrirnos a la vida sin tapujos o prohibiciones con la certeza de aquello que te hace feliz, tu media mitad a lo que conocemos con el nombre de compañero de vida…

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